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domingo, 8 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (II)


Vuelta al cole, vuelta al blog (II)

Enlazo con la anterior entrada, y continúo con la narrativa, aunque sea en formato gráfico.
Cómic
Los combates cotidianos, de Manu Larcenet: He terminado esta serie de cómics, de la que leí las dos primeras entregas a finales de 2018. Ahora he leído la tercera y la cuarta entrega. La serie de Larcenet es una de estas obras que no cuentan nada en particular, que simplemente nos muestran la vida, que nos dejan asomarnos por una historia costumbrista que comienza en un estado cercano a la depresión y acaba dándonos algo de esperanza. Marco, el protagonista de estos cómics, es un fotógrafo de guerra que desmotivado decide dejar temporalmente su trabajo e irse a vivir al campo. Allí irá asentándose, conociendo a la que será su pareja, tomando conciencia de algunas cuestiones importantes de la vida y de su pasado, comprendiendo mejor a sus padres, teniendo una hija y dándose cuenta de lo difícil que es dar el paso de hijo a padre, y las incoherencias a las que suele llevarnos.

Érase una vez en Francia, de Fabien Nury y Silvain Vallée: No sé cómo esta historia aún no ha llegado a las salas de cine. El mismo dibujo y los encuadres parecen muchas veces un storyboard ya preparado. Me imagino que al menos hasta el despacho de algunos productores ya habrá llegado, y no tardará en ser película, o serie. Lo que no tengo claro es si será una película francesa o americana. La historia de Joseph Joanovici da para seis cómics y daría para un peliculón. En España se ha editado en volúmenes con dos historias en cada uno, y en mi biblioteca solo he podido conseguir de momento los dos primeros volúmenes, así que me queda el tercio final. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, y después va hasta las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Nos lleva de unos secretos a otros y nos enseña una importante colección de personajes con doble moral.

También he aprovechado visitas a la sala infantil de la biblioteca con mis hijos (y habría que hablar mucho sobre por qué estos cómics están siempre en la sala infantil) para releer un par de entregas de Tintín (Objetivo: la luna y Aterrizaje en la luna) y empezar la serie Bone, de Jeff Smith.

Ensayos fáciles de identificar como tales

La invención de la naturaleza, El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf: Con estas biografías – ensayos tan completos uno acaba con la sensación de si no se está dando una importancia casi capital a un personaje (Von Humboldt), del que apenas se tenía constancia de su nombre, pero la escritura, tan apasionante, nos convence de que debía ser culpa nuestra, de nuestra inmensa ignorancia, no saber más de este gran personaje, humanista, viajero incansable, curioso impenitente, precursor de Charles Darwin, buen amigo y fuerte influencia en Goethe. Merece la pena dejarse llevar por la pasión de Humboldt por la naturaleza y el saber y el de su biógrafa por contarlo.

La vista desde las últimas filas, de Neil Gaiman: Gaiman me gusta mucho como narrador. Tiene libros muy divertidos (y este verano he visto la serie basada en su novela Buenos presagios, que me ha parecido que capta muy bien ese espíritu lúdico e irreverente del libro) y otros que trascienden el mero entretenimiento. Este libro, que no conocía y encontré por casualidad en la biblioteca, reúne pequeños textos de revistas, ensayos y discursos de Gaiman, en los que habla sobre la lectura, la escritura, escritores a los que conoce y otros a los que admira sin conocerlos (Gaiman es un lector entusiasta, de esos que intenta convencerte de las virtudes de lo que a él le gusta leer), sobre viajar con la imaginación, la libertad, y principalmente, al final, sobre hacer las cosas con pasión.

Biografías, memorias, diarios:
J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski. No soy un loco de Salinger pero sí he leído toda su obra publicada (lo cual no es difícil), y releo con cierta frecuencia algunos de sus cuentos y sobre todo las novelas cortas de Seymour: una introducción y Levantad, carpinteros, la viga del tejado. La figura de Salinger y los muchos rumores sobre su retiro y su silencio han dado para muchos libros y miles de leyendas entre lo urbano y lo esotérico. La biografía de Slawenski me gustó porque apenas da páginas a todas las habladurías y se concentra en la escritura de Salinger, y en el camino que fue recorriendo desde que decidió que sería escritor hasta que The New Yorker lo puso en su lista de escritores fijos y cómo el éxito de El guardián entre el centeno lo cambió todo, llevándolo a una dimensión que nunca llegó a asimilar. Es una biografía relativamente amable del escritor, pero ni mucho menos una hagiografía, y despertó en mí las ganas de releer ciertos textos bajo nuevos ángulos.

Ya viviste lo tuyo, de Anthony Burgess: La segunda parte (la primera es El pequeño Wilson y el gran Dios) de las memorias de Burgess comienza cuando a este le diagnostican un tumor cerebral y le dan menos de un año de vida. Burgess, que no había tenido ningún éxito como escritor hasta entonces (y que solo conocerá el éxito masivo cuando Kubrick haga la adaptación de La naranja mecánica, un éxito lleno de malentendidos), decide que escribirá muchos libros muy deprisa para dejarle como herencia los derechos de autor de esos libros a la que se convertirá en su viuda. De esa premisa un poco absurda nace un libro que muestra una vida que siempre es un poco absurda, la del escritor profesional, que cuanto más triunfa menos tiempo tiene para escribir. El diagnóstico de Burgess estaba equivocado y vivió treinta años más escribiendo a un ritmo tremendo, el que aprendió a llevar cuando pensó que se le acababa el tiempo, y vemos a un autor culto, inteligente, sarcástico, bebedor, que no esconde sus miserias.

Las cosas más extrañas (Salón de los pasos perdidos, 6), de Andrés Trapiello: Trapiello me ha resultado siempre un personaje literario como de otra época, como si fuera (y no lo conozco de nada, y hasta hace unos meses apenas había leído nada suyo, era una imagen formada a partir de verlo en alguna fotografía, haber oído alguna declaración) un escritor un poco antiguo, comprometido con lo suyo y solo con lo suyo, enroscado sobre su escritorio con sus cuadernos, más un contemporáneo de los Torrente Ballester o Delibes que un contemporáneo nuestro. He ido leyendo en los últimos años, en muchos sitios, elogios de sus diarios, de su Salón de los pasos perdidos, por ejemplo a Alberto Olmos, que es un entusiasta de los mismos. Hace unos meses leí El tejado de vidrio, el tercer tomo de esta serie, y me gustó y sorprendió muy favorablemente. Sirven los diarios de Trapiello, lo primero, para darse cuenta de cuánto ha cambiado la sociedad española en los últimos veinticinco años, y a la vez para ver lo poco que ha cambiado. Lo mucho que ha cambiado en lo aparente y circunstancial y lo poco que lo ha hecho en lo esencial, por así decir. Este sexto volumen, el segundo que leo, me ha dado muy buenos ratos de lectura antes de dormir durante el mes de agosto. El trabajo de prosa de Trapiello es muy bueno y desmiente la idea de un diario como una serie de anotaciones al vuelo, se nota que hay escritura, reescritura, pensamiento, sobre todo cuando algún diario ya hace referencia a la recepción de otro pasado, lo que ya sucede en este, dando lugar a una metalectura muy interesante. La figura de Trapiello que se va viendo aquí, con lo que de personaje tiene uno cuando es uno mismo el que escribe sobre sí, confirma parte de las ideas que podía tener uno, como lector, de Trapiello, antes de leerlo, un bibliófilo antiguo, un lector de clásicos, un señor que seguramente lee en un sillón orejero hasta el anochecer, que solo visita librerías de viejo (algo que de hecho confirma continuamente en sus diarios, con sus continuas visitas al Rastro, al que ha dedicado recientemente todo un libro), un tanto redicho y que vive en ese juego de decir que no le importa tener más o menos reconocimiento, lo que es probablemente una manera como otra de estar pendiente de ello. Para algunos de sus devotos lectores uno de los atractivos es reconocer en esas X., Y., P. que pueblan sus páginas a escritores amigos de Trapiello, enemigos de Trapiello, en cada momento lo que corresponda. Liberado como me encuentro de ese juego, siguen siendo una lectura muy entretenida, que como muchas obras nacidas sin mayor ambición quizá dibujan mejor su época que otras que nacieron con la vocación de hacerlo. Y tienen el encanto que tiene muchas veces la vida, un encanto tibio, modesto, en voz baja, pues como repite mucho una idea de estos diarios, si nos pasaran cosas realmente interesantes no estaríamos escribiendo diarios, si escribimos diarios es porque parece que no nos pasa nada destacable.

Lo que sea esto:

La noche de la pistola, de David Carr: Cuando David Carr tenía entre veinte y treinta años trabajaba como periodista, sobre todo de sucesos, iba de un problema en otro y sobre todo bebía y se drogaba con dedicación casi exclusiva. Una noche, después de ser despedido del periódico tras una de esas disyuntivas del tipo: o cambias de hábitos o dejas el trabajo, se recuerda siendo encañonado con una pistola por su mejor amigo (nada menos), para que abandone su casa. Cuando muchos años después, rehabilitado, con éxito profesional y una vida bastante ordenada, se pone a recordar esa noche, los testimonios parecen afirmar que fue él quien amenazó a su amigo con la pistola si no lo dejaba entrar en su casa, y Carr se da cuenta de que ni siquiera sabía que tuviera una pistola, algo que todos los testigos confirman que sí. Reflexionando sobre el gran vacío que tiene en la memoria sobre esos años de exceso, Carr empieza a investigarse a sí mismo y logra un libro estupendo (pero muy duro, claro, con muchas drogas, muchas muertes, muchos disparates, vidas destrozadas, cárcel y niñas pequeñas) que mezcla la autoficción con la no – ficción y la investigación periodística.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 20 de junio de 2019

Algunos libros de la Feria del Libro 2019, paseos variados, apresurados y con niños


Algunos libros de la Feria del Libro 2019

Este año no he tenido libro nuevo y me he librado de firmar en la Feria, a donde creo que me había tocado acudir durante los últimos tres años. Firmar en la Feria tiene algo de bonito y de incómodo a la vez, así que no ir tiene un punto de alivio importante. En esta Feria 2019 me he podido concentrar en pasear como lector, y ya sabemos lo que es la Feria, ya sabemos que es algo ajeno a la literatura, a veces hasta a la venta de libros con un poco de sentido, muchas veces es un lugar en el que los youtubers o personajes que no logro descifrar quiénes son reúnen a su alrededor grandes colas, de esas que salen del paseo donde están las casetas y dan la vuelta a la esquina, mientras autores serios, buenos, pasan las horas con un botellín de agua y el boli en la mano esperando que llegue la hora de marchar. El domingo 9 estuve por allí y Sara Mesa, una de las mejores escritoras de España, veía cómo se acercaban pocos lectores, sin prisas ni demasiada frecuencia, mientras en otra librería decenas de personas esperaban a que empezara a firmar una tal Charuca. Dejo todo eso al margen, porque ya lo sabemos, y es parte (aunque sea la parte malsana) del encanto de la Feria.
Me centro en los libros. No todos los que voy a comentar me los he comprado, por supuesto, porque los libros alimentan el espíritu, pero también necesitamos el dinero para alimentar el cuerpo, y los libros ocupan mucho sitio y los compro con precaución, y siempre recurro a la biblioteca pública como lugar preferente de suministro de lecturas.
El primer fin de semana me fijé en:
Editorial Hoja de Lata: Illska, La Maldad, ya hice reseña de este libro que leí con prisa y sin pausa y que aún me está produciendo ardor de estómago. Una pasada, una pasada incómoda, añado. Un libro diferente, impactante, que se recuerda.
Libros del Asteroide: A finales del año pasado me impresionó bastante La casa de los lamentos: Crónica de un juicio por asesinato, de Helen Garner (Libros del KO). Me resultó un libro apasionante y que construía, sobre una de esas historias que parecen de las de película de sobremesa de domingo en la televisión, una novela de no – ficción que no incurría (no demasiado, al menos) en amarillismos. Asteroide ha publicado ahora una selección de crónicas de la autora titulada Historias reales, que hablan de toda clase de temas, cercanos a la vida y a la muerte, parece que con inteligencia y buen estilo. Siguiendo con la no – ficción, Nada más real que un cuerpo: Un asesinato y unas memorias, de Alexandria Marzano – Lesnevich, parece un libro terrible pero que puede merecer la pena leer. Y termino con otro cuaderno personal, Maniobras de evasión de Pedro Mairal. No me han gustado especialmente las novelas que Asteroide ha editado de Mairal y que tan buenas críticas han tenido (La uruguaya y Una noche con Sabrina Love), me parecieron libros que sí, estaban bien, pero sin más. Abrí este libro con ejercicios de estilo, que algo así parecen, en la caseta de la editorial, y sí noté que me apetecía seguir leyéndolo. Apuntado lo dejo.
Gallo Nero: El Giro de Italia, de Dino Buzzati. Una joyita, ya lo comenté hace un par de semanas.
No hace falta tener interés ni conocimientos de ciclismo para disfrutarlo. Buzzati no lo tenía cuando lo mandaron a escribir estas crónicas e hizo un libro maravilloso. Algo parecido pasará con Los indómitos de la montaña, del mismo Buzzati, que sí fue toda su vida un apasionado del montañismo. Y cambiando de escritor y deporte, El profesional, de W.C. Heinz, y saltando ahora de editorial, El combate, de Norman Mailer, este de la editorial Contra.
Alianza: Es un lujo el fondo con el que acuden a la Feria estos editores (algo que no hacen otras muchas editoriales, y que creo que es el sentido de un acontecimiento así, poder ir a por libros que normalmente es más difícil encontrar). Los libros (libritos) de Peter Handke valen pocos euros y es verdad que tienen pocas páginas pero dejan huella. Me vale lo mismo con los de Albert Camus o J.D. Salinger. Por poner títulos y que no sean los de siempre: Desgracia impeorable o Ensayo sobre el jukebox de Handke, La caída de Albert Camus, Levantad carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, de Salinger. Celebro también que hayan reeditado La saga / fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester, un clásico que releeré este verano (si no se me cruzan otras cien lecturas por delante). Enlanzando con Buzzati, quien no haya leído El desierto de los tártaros que no deje pasar la oportunidad de tenerlo, leerlo y releerlo.
Para niños: El origen de las especies, de Charles Darwin, por Sabina Radeva, en Harper Collins. Mi hijo mayor es un biólogo aficionado de alto nivel y decidimos que era el momento de darle un poco de base teórica a sus conocimientos, y este libro, precioso, muy bien ilustrado y que maneja perfectamente el equilibrio (tan difícil) entre rigor y divulgación para niños, es estupendo. Un acierto.
El segundo fin de semana acudí con menos tiempo y me concentré en buscar:
Svetlana Aleksiévich: Cuando le dieron el Premio Nobel en 2015 todos mis prejuicios se activaron. Pensé, me temo, que habían ido a buscar a la periodista más desconocida del país más exótico que se les había ocurrido, en este caso de Bielorrusia. Pese a esas ideas preconcebidas, cogí de la biblioteca y leí El fin del Homo sovieticus (Acantilado), y me pareció un libro muy interesante, un artefacto narrativo (aunque quizá no sea especialmente narrativo) muy potente, explosivo, en el que la autora jugaba a desaparecer de manera casi total y dar la única voz a los protagonistas, a esos restos del “Homo sovieticus” que añoraban unos tiempos que para el resto de la humanidad no parecían precisamente envidiables. Incluso aquellos que no los añoraban tenían recuerdos de ellos, y los contaban, como si se tratara de un documental en el que iban pasando uno tras otro ante la cámara e iban recordando sus años de juventud. Con el éxito de la serie de televisión Chernobyl (que no he visto, pero de la que he oído contar todas las maravillas imaginables, todas esas maravillas que se repiten mensualmente sobre al menos dos o tres series) me apeteció leer su libro Voces de Chernobyl, en el que parece que se inspira la serie. Fue un deseo compartido por muchos lectores, ya que el libro estaba agotado en la caseta de la editorial y en todas las librerías en las que pregunté. Me quedé con Últimos testigos: los niños de la Segunda Guerra Mundial, que repite el esquema y la operativa de El fin del Homo Sovieticus y me está gustando mucho.
Fulgencio Pimentel: Fascinado como me encuentro con Dovlátov desde el principio de este año, decidí ir engordando mi biblioteca del autor con los que para mí son hasta ahora (de las que yo he leído hasta ahora) sus dos mejores obras: Retiro y La maleta. Pude hablar con el editor (o uno de ellos) y me anunció que la intención es ir editando todas las obras de Dovlátov, que la siguiente sea seguramente Los nuestros y no tardarán mucho en editar ambién La zona. Me alegro. Y vuelvo a recomendarlo. Ya que estaba allí, estuve ojeando otros libros de la editorial y me fijé en El libro del agua, unas memorias de Edvard Limónov, que estuvo firmando todo el fin de semana. Limónov no me interesa como escritor, y en las entrevistas parece un personaje en el peor sentido del término, y creo que todo lo que quería saber sobre él ya lo leí en el libro de Emmanuel Carrère (Limónov, Anagrama).
Astiberri: El invierno del dibujante, de Paco Roca, habla de una época de un gris con un tono bastante oscuro y de un puñado de pioneros, los dibujantes de cómic ligados (en mayor o menor medida) a la editorial Bruguera. Mercenarios a sueldo que escribían sin parar y que crearon a algunos de los personajes más populares del tebeo español de las décadas de los 50, 60 y 70. Hay impagos, trampas, cuestiones personales, creatividad y ternura. Es muy divertido, y descubrí una novela gráfica de aventuras del propio Roca (y Guillermo Corral), que no conocía y que tiene muy buena pinta y me recordó a Tintín por su línea de dibujo y ambientación. Se llama (y el título también suena al personaje de Hergé) El tesoro del cisne negro.
El último fin de semana de la Feria busqué algunos regalos para despedirme por este año:
Shirley Jackson: Es una de esas escritoras rescatadas de décadas de desmemoria (aunque nunca completa, pues algunos de sus cuentos o novelas nunca han dejado de aparecer en antologías y muchos autores muy populares siempre la han reivindicado como una importante influencia). El año pasado me compré y leí Cuentos escogidos (Minúscula), y este año he completado con Deja que te cuente (Minúscula), un libro que reúne más relatos, inéditos o poco conocidos, ensayos y simples notas. Los dos están muy bien, aunque siempre recomendaría empezar a leer a la autora por el volumen de Cuentos escogidos.
Sergio del Molino: No me posee la mitomanía, pero en los últimos años he ido leyendo más o menos todo lo que ha publicado Sergio del Molino, sigo sus columnas en prensa, escucho su Biblioterapia y sigo el programa de La Cultureta en el que es colaborador. Me apetecía acercarme a saludarlo, ya que vi que iba a estar firmando, y aproveché para comprar La memoria de los peces, que ya leí de la biblioteca, que probablemente no es su mejor libro, pero que no tenía, y es, sin duda, una novela con encanto, una de esas obras menores (quizá) que se te quedan en la memoria lectora.
Gadir: Un amor, de Dino Buzzati. Buzzati, aparte de novelista y periodista, fue desarrollando en la década de los sesenta su faceta como dibujante. Gadir tiene editado este libro, que es una rareza, una novela gráfica que recrea, en un prostíbulo y con músicos de rock, el mito de Orfeo y Eurídice.
Para niños: Tenemos en casa y le hemos sacado mucho partido a una vieja edición de los Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari. Rodari es una maravilla para los niños, imaginativo, un poco loco, y eterno. Y sus cuentos, muy divertidos, fomentan valores contrarios al materialismo y al consumo desbocado y lo hacen sin caer en lo obvio, sin resultar pedagógicos ni pesados. Simplemente muestran un mundo inocente y lleno de juegos, mejor que el nuestro. Paseando por la Feria nos encontramos con que Blackie Books había recopilado varios de sus libros de cuentos en un único volumen, Libro de la fantasía: los mejores cuentos. Creo que cualquier niño será siempre un poco más feliz con buenos cuentos a mano, y estos son estupendos.
Hoja de Lata: Una historia popular del fútbol, de Mickaël Correia. Hace años que me despegué del fútbol como un interés prioritario. Creo que incluso podría decir que como un interés. Veo, sin embargo, todo lo que mueve, en cuanto a temas materiales (dinero, corrupción) y sentimentales (pasiones). Creo realmente que sirve y se utiliza como narcotizante. Me da rabia que sea así, que mucha gente que debería estar protestando y preocupada por muchas circunstancias de su vida solo lo esté por el resultado de su equipo de fútbol el domingo que viene o por el siguiente galáctico que será fichado. Y me interesa también cómo ha cambiado la relación de la intelectualidad y la izquierda con el fútbol en las últimas tres décadas (más o menos, creo que Vázquez Montalbán tuvo mucho que ver en que ahora no haya escritor que no presuma de equipo de fútbol preferido). Y pensé que este libro trataría, al menos parcialmente, algunos de esos temas, y por eso decidí cerrar con él esta Feria del Libro 2019.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 28 de diciembre de 2018

Mis cuentos pendientes 2018


Mis cuentos pendientes de 2018

Acaba el año y me apetece hacer recuento y valoración de mis lecturas de este período. Por la combinación de circunstancias familiares y laborales, he tenido meses de muchas lecturas y otros de menos. Al final, como veo que es costumbre en mis últimos años, el total de libros (aunque creo que en esto como en tantas cosas no se trata de cantidad) ronda los 100. Este año he anotado 109 libros. Otros años, llegando a estas fechas, elaboraba una lista de 10 libros (con distintas trampas para colar siempre alguno más), sin separar géneros. Pero esta vez creo que me apetece más clasificar (con lo tramposo que es a su vez esto) mis lecturas por alguna característica (más que género) y destacar unas pocas en cada uno de esos grupos. He releído más que otros años y he ido leyendo como viene siendo tendencia ya en los últimos años más ensayo y no – ficción, en algunos meses casi tantos libros de estos como de ficción. Sigo tachando clásicos pendientes, aunque siempre quedarán huecos por ahí, y siempre habrá clásicos que no me atraigan (como a cualquier lector), y aunque mi memoria trataba de engañarme diciéndome que no había leído demasiados libros de cuentos, resulta que han sido 16. Incluso nunca hubiera dicho que había leído 7 cómics, y resulta que sí, así que hasta recomendaré alguno. Normalmente leo bastante novela negra, y cuando no es negra, de terror, y este año también (unas 15), pero debo reconocer que ninguna ha quedado especialmente en mi memoria, quizá la mejor ha sido Tiempos oscuros, de John Connolly, una buena entrega de su serie de Charlie Parker, pero tampoco un libro a recordar, y a ratos Corrupción policial de Don Winslow, un autor con el que insisto e insiste el mercado editorial pese a que nunca ha vuelto a acercarse al nivel de El poder del perro. Me ha costado hacer una diferenciación clara entre novelas de ficción, autoficción y narrativa no – ficcional, porque mucha autoficción tocaba por sus extremos a cualquiera de las otras dos, y no sabía muy bien qué hacer con las novelas que no son de autoficción pero que juegan a parecerlo, así que bajo esas etiquetas hay a veces artefactos narrativos que realmente no tienen demasiado que ver unos con otros. Lo importante, y quizá sea lo esencial al final, es que los libros que destaco considero que merecen una lectura, más allá de dónde podamos (o queramos o debamos) clasificarlos, o si lo mejor sería no clasificar tanto.

Empezaré con la narrativa larga
Novela traducida.
Me refiero a novela traducida más o menos contemporánea (porque luego decidir qué es o no un clásico es difícil, y siempre arbitrario, como ese stand de la librería de El Corte Inglés de Goya donde dice: Clásicos hasta Generación del 27, pero te puedes encontrar libros de García Márquez, Rayuela de Cortázar o El túnel de Sabato). Es el grupo al que puedo asignar mayor número de lecturas (algo más de 40), entre las que destaco especialmente



1. GB84, de David Peace (Hoja de Lata)
2. No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)
3. Némesis, de Philip Roth (Mondadori)
4. Tránsito, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide)


Novela en español
¿Sólo uno? Sólo uno. He leído menos novela en español que traducida, es verdad, unas 10 novelas, y por honestidad intelectual (por ponerle un nombre) he decidido no destacar dos libros que me han gustado al mismo nivel (al menos) que el de Sara Mesa, pero que han escrito amigos y que además me invitaron a presentar, y me parece siempre feo destacar: El libro de mis amigos, ese mismo que yo presenté, es muy bueno, de lo mejor del año. Así que los vuelvo a dejar recomendados, pero no los meto a competir, por decirlo de alguna manera, son: Cariño, de Miguel Ángel González, y Distinta Clara, de Alba Ballesta, y ambos tuvieron reseña en su momento.


Clásicos
¿Dónde empiezan y terminan los clásicos? Supongo que llamo clásico a todo libro que está en un panteón, que ya no se discute, y como decía alguien, que casi no se lee. Novelistas del XIX, Premios Nobel, esas cosas. A los clásicos nos acercamos a veces con una reverencia, y con temor a no entenderlos. Nos acercamos a veces también con medio bostezo ya en la boca, y la verdad es que lo apropiado sería plantearse que algo tendrán cuando llevan décadas o siglos leyéndose. Muchos de los que he leído este año, aparte de más o menos importantes y destacables por sus cualidades literarias, han sido lecturas muy entretenidas. Me pregunto ahora por qué no había leído antes libros como:
1. Las palmeras salvajes, de William Faulkner (Edhasa)
2. Los Buddenbrook, de Thomas Mann (Edhasa)
3. La caída, de Albert Camus (Alianza)
4. Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens (DeBolsillo)


Ensayo (o aproximaciones cercanas)
Teniendo un concepto elástico del ensayo (o sabiendo, sencillamente, que bajo el nombre de ensayo puede haber textos de ambiciones, construcciones y formas), cada vez disfruto más metiéndome en sus páginas, flipando con la realidad como a veces me cuesta hacerlo con la ficción, igual que me pasa con los documentales y las series documentales en vez de con el cine. Aquello de que la realidad supera a la ficción se convierte muchas veces en una verdad, como cuando he leído:
1. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs (Taurus)
2. Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus)
3. Del boxeo, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)
4. Las especias: historia de una tentación, de Jack Turner (Acantilado)
5. Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon (Jeckyll y Jill)


Autoficción y No – ficción:
Estos libros podrían estar en otras de las categorías, pero he decidido agruparlos aquí, sabiendo que uno además es simplemente una biografía.
1. Fun Home, de Alison Bechdel (Reservoir Gráfica)
2. La casa de los lamentos, de Helen Garner (Libros del KO)
3. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama)
4. Open, Memorias de André Agassi (Duomo)





Libros de cuentos
Conozco pocas sensaciones tan difíciles de olvidar como caerte en un libro de cuentos realmente potente. Quizá solo darte cuenta de que estás escribiendo uno y que está funcionando (sin pretender comparar niveles, claro). ¿Cómo debió sentirse Gógol por ejemplo escribiendo en un breve periodo de tiempo obras maestras consecutivas del relato como El capote, La nariz y La avenida Nevski? ¿Cómo no sentirnos hoy impresionados ante algo así? A Gogol lo pongo en la lista aunque es en cierto modo relectura, ya que leí hace dos años una colección con sus cuentos completos, y estos, claro, estaban allí (y ya veo que los destaqué como los mejores). Aún así, no ha sido el libro de cuentos que más me ha llenado en este año de lecturas. Y algunos que he leído aunque no los he situado en la lista me parecen también muy buenos (Pájaros en la boca y otros cuentos, de Samantha Schweblin o Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana, por ejemplo).
1. Cuentos escogidos, de Joy Williams (Seix Barral)
2. Cuentos de San Peterburgo, de Nikolai Gógol (Alianza)
3. Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula)
4. Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)
5. En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (La Navaja Suiza)


Descubrimientos, rarezas, rusos que han ido apareciendo en mi vida
Hay libros que aparecen sin esperarlos, o libros que nunca pensaría que iba a leer (con esos títulos, con esos resúmenes), libros a los que llegas desde otros libros, o autores que caen por casualidad en tus manos y te obligan a apuntar sus nombres. Eso me ha pasado con algunos libros este año, como me pasa todos, y ha sido constante durante todo el año la aparición de autores rusos poco conocidos (al menos para mí), algunos autores de género (negro, de ciencia – ficción, espías) rusos y alguien a quien seguiré descubriendo, Sergei Dovlatov.
1. Retiro, de Sergei Dovlatov (Fulgencio Pimentel)
2. Moscú 2042, de Vladimir Voinovich (Automática)
4. Magma, de Lars Iyer (Pálido Fuego)


Cómics
Ya colé Fun Home en la parte de autoficción. También me han emocionado los dos primeros volúmenes de la serie Los combates cotidianos, del francés Manu Larcenet (Norma Editorial). Me quedan otros dos que caerán a principios de 2019.








Fuera de categoría
Nunca pensé que acabaría leyendo un libro como Las confesiones de San Agustín de Hipona (Tecnos). Un amigo lleva años recomendándolo, y siempre me sonó a recomendación friki. Otra amiga me lo regaló hace unos años y dormía en mis estanterías hasta que este verano lo cogí y estuve leyéndolo y releyéndolo durante muchas noches. Supongo que es un libro que normalmente se leerá desde la fe, y yo lo he leído desde lo ajeno y como un artefacto literario. Y como obra literaria me planteé que puede ser el libro con el que empieza toda la autoficción que haya podido venir después. Y entre reflexiones lúcidas y miradas en un espejo cruel disfruté mucho de él. Tanto que sigue en mi mesita, como algo que leer de vez en cuando, más en busca de consuelos que de consejos, como contaba Philip K. Dick que hacía con el I Ching. Pero creo que es un libro tan distinto que no tiene sentido tratar de colarlo en una lista de lecturas del año, entre novelas, cuentos y ensayos.


Por no romper del todo la continuidad con otros años, he ido decidiendo, según escribía estas líneas y aclaraba mis propias ideas y jerarquías, dar un listado del 1 al 10, tentativo, lleno de dudas, pero que trate de resumir lo resumido.
1. GB84, de David Peace

2. Las palmeras salvajes, de William Faulkner

3. Cuentos escogidos, de Joy Williams

4. Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs

5. Cara de pan, de Sara Mesa

6. No, mamá, no, de Verity Bargate

7. Cronometrados, de Simon Garfield

8. Cuentos escogidos, de Shirly Jackson / Estabulario, de Sergi Puertas

9. Fun Home, de Alison Bechdel

10. Némesis, de Philip Roth


Todos los títulos que he incluido en esta entrada son, en cualquier caso, grandes libros, que me han hecho disfrutar y sentir algo distinto. Espero que algún lector decida apuntarlos y darles una oportunidad, lo agradecerá.

Felices lecturas

Seguiremos leyendo en 2019

Sr. E

domingo, 3 de diciembre de 2017

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, de Goscinny y Uderzo

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, de René Goscinny y Albert Uderzo (Salvat)

Mi hijo mayor, de 4 años, entró el verano pasado en el mundo de las aventuras de Astérix y Obélix. Ya habíamos visto en un cine de verano la (excelente) película La residencia de los dioses, y habíamos construido alguna vez a los galos y a los romanos con las piezas de construcción para simular sus batallas. Pero fue al abrir mi viejo ejemplar de Astérix el galo cuando cayó de verdad atrapado en ese mundo. Lo leímos unas mil veces y casi cada semana estamos yendo a la biblioteca a renovar un ejemplar de la colección.

Para mí ha sido una vuelta a la infancia también, en la que los cómics de Astérix y de Tintín fueron una presencia y una compañía bastante continua. He tratado de releer a Tintín en los últimos años y las historias han pasado por mí dejando poco poso, pero debo reconocer que en mis relectura adulta de Astérix estoy encontrando cantidad de matices en los guiones de Goscinny, tanto en los referentes culturales de distintos niveles, a la historia, literatura, cultura y tópicos de cada lugar, como en la construcción narrativa de las aventuras. Goscinny falleció en 1977, y la serie se inició el 1959, y siguen siendo frescos y atractivos.

Se ha señalado ya muchas veces que el fallecimiento de René Goscinny cierra la etapa canónica (con 24 álbumes) de las aventuras de Astérix. Albert Uderzo, el dibujante original, guionizó unos cuantos más que no alcanzaban esa magia, y otros autores están intentando mantenerlo con vida hoy en día. No los he leído así que no sé con qué éxito (he leído por ejemplo los últimos Corto Maltés, tras Hugo Pratt, y son muy buenos).

Me he mantenido bastante al margen del boom de la novela gráfica, como ahora se suele llamar a los cómics en las páginas de cultura, entrando y reconociendo grandes muestras de talento, pero me parece que hay una cierta inflación de las llamadas a admirar obras maestras y una cierta necesidad de los lectores de cómic de elevar sus gustos a la categoría de alta cultura, como ha pasado en gran medida con las series de TV. Ningún medio produce 10 o 12 o 15 obras maestras al año, tampoco el cine lo ha hecho nunca, ni la literatura.

Sin desviarme más, compré el mes pasado este cuento (porque es más un cuento ilustrado que un cómic), que nos lleva a conocer uno de los mitos fundacionales del universo Astérix, cómo Obélix llegó a ser superfuerte y ya no pudo volver a consumir poción mágica, uno de los leitmotivs de sus intervenciones en las historias (junto con: ¿quién es el gordo? O ¡Están locos estos romanos!). Todos sabemos que Obélix se cayó de pequeño a la marmita de poción mágica (y supongo que se habrá señalado muchas veces la similitud con el baño de inmortalidad que su madre dio a Aquiles, haciéndolo invulnerable, salvo en el talón por el que lo agarraba).

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño es un relato corto de tono infantil que Goscinny escribió en 1966, siete años después del inicio de la saga, y que Uderzo ilustró a finales de los años 80 (siendo la primera edición del libro de 1989). Es una bonita historia que nos muestra a Astérix y Obélix de niños, compañeros de colegio, con un Obélix bonachón, sensible, soñador y muy alejado de su imagen de amante de las peleas, un miedoso con el que todos se metían y al que solo defendía Astérix.

Ese pequeño Astérix piensa en darle poción a Obélix para que pueda defenderse, y mientras se cuelan en la cabaña del druida Panorámix hay un pequeño accidente que hace que Obélix acabe dentro de la marmita de poción y se la beba entera. Y ya todos conocemos lo que vino después. Es una historia muy tierna y debo reconocer que también me ha hecho valorar en su justa medida a Albert Uderzo, que se recrea en ilustraciones mucho más amplias que las que una viñeta permite (aquí cada dibujo ocupa una página) y consigue un acabado muy detallista y lleno de calidez, como por ejemplo aquí.


Es un libro perfecto para redescubrir a Astérix, y quizá un regalo estupendo para los niños en futuras fechas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

martes, 25 de octubre de 2016

Punto de control, de David Albahari, y otras lecturas balcánicas

Punto de control, de David Albahari (Ed. Baile del Sol) y una cierta trilogía balcánica.


Esta reseña va a hablar de una novela, Punto de control, aunque no sólo de ella. A veces acumulamos lecturas y no es de manera casual. Al terminar la novela y pensar en reseñarla me di cuenta de que otros dos libros con los que andaba entre manos tenían una conexión evidente con ella. No siempre leo narrativa, aunque casi siempre lo haga. Y cuando no leo narrativa suelo dejarme caer por el ensayo. Aún así, a veces leo poesía u otros formatos, como cómic (o como ahora se dice, novela gráfica). Debería leer más poesía, porque me ayuda a luchar contra mi tendencia a la dispersión, ya que si el relato obliga a concentrar las ideas en la escritura, la poesía obliga mucho más a buscar la palabra que transmita todo, y sé que en los últimos años están apareciendo novelas gráficas que tratan temas muy interesantes y son quizá una muy buena aproximación a ellos, fácil y cómoda.

Basta ver la sobria y sugerente portada de Punto de control para comprender que será un libro duro e incómodo. Desde niño me ha fascinado lo que sucedió en los Balcanes en los años 90 (y digo fascinado como un término medio entre algo que me ha horrorizado y algo que no alcanzo a comprender del todo, sobre lo que hay muchas versiones y las verdades me parece que son siempre poco fiables). Nunca he entendido de dónde surgió tanto odio, y siempre he intuido que se trataba de odios ancestrales que no habían sido resueltos y que periódicamente se purgan. Esperemos al menos que la guerra de los 90 sea la última vez que llegan a tanto.

El año pasado leí Canción muda, una antología de relatos del autor serbio David Albahari, que me interesó mucho, y me descubrió a un autor brillante, dominador de técnicas narrativas muy variadas, cercanas a lo posmoderno sin olvidar lo importante, que al final es contar una historia que interese. Punto de control es una novela publicada originalmente en 2011 que nos lleva a acompañar a una serie de personajes que deben cruzar un punto de control en un conflicto bélico que aunque no se concreta temporalmente, es muy fácil identificar con la guerra de Yugoslavia en los años 90. Ha sido traducida hace poco por Baile del Sol dentro de su muy interesante colección Deleste. En Punto de control nos encontramos con las dudas de los soldados a los que han obligado a estar ahí y no acaban nunca de entender qué sucede, y se cuestionan qué es lo que ha empujado a sus dirigentes a utilizarlos como carne de cañón. Una guerra siempre es una suspensión de la vida normal, y ser enviado al frente, o ni siquiera, como en este caso, sino a un punto de control entre dos fronteras difusas, debe producir, entre otros muchos sentimientos, el de extrañeza. La gente que iba a la mili, cuando en este país había servicio militar obligatorio, parecía dejar su vida aparcada, a la espera de retomarla después de un período de año o año y medio. Imaginemos aparcarla durante un tiempo mayor y para ir a una Guerra, en mayúsculas, con la tensión permanente de no saber si te matarán allí, o casi peor, si al volver a casa no habrán matado a los tuyos.

Punto de control también nos acerca a refugiados que tratan de entrar a un país saliendo de otro, y eso, dada la situación de los últimos años, enriquece aún más su lectura, aunque fuera quizá un punto secundario en la escritura original. Punto de control es una novela que busca generar extrañeza en el lector, y lo consigue. En una entrevista (que debe ser la única que se le ha hecho) que la poeta Inma Luna le hizo para Revista de Letras, decía que sus principales influencias venían de Kafka y Beckett, y se nota que viene de ese mundo y a ese mundo nos acerca. La actitud de extrañeza ante la guerra, por absurda, es un clásico en la literatura, y Albahari se suma a esa tradición. Siendo un libro al que inicialmente cuesta un poco entrar, por esa extrañeza de la que hablaba, es un libro al que una vez pillado el ritmo y el tono, resulta muy difícil abandonar. Apetece leerlo de manera continua hasta que se acaba, y creo que se entiende mejor después de pensarlo durante unos días tras su lectura, o tras releer algunos pasajes. Albahari tiene un mundo narrativo propio y poderoso, es un novelista importante, que espero que sigan traduciendo al español y al que podamos seguir acercándonos.

Los escritores de la península balcánica parecen estar muy ligados al exilio. Albahari se fue en 1994 a Canadá, que acogió a muchos refugiados de aquel conflicto (como está haciendo ahora con Siria), donde vivió durante una década, hasta su regreso a Belgrado. Después de Punto de control leí dos libros también de autores de origen serbio ligados a Canadá y Estados Unidos. 


La autora de la novela gráfica Patria (Ed. Turner), Nina Bunjevac, también vivió en Canadá, aunque ella llegó antes de la guerra de la década de los 90. Patria nos acerca a una realidad previa a esa época, y que quizá nos ayuda a entenderla. Nina Bunjevac, con un estilo de dibujo sobrio, utilizando el blanco y negro y con muchas referencias a su vida personal, nos cuenta el pasado de su familia, que es la historia de su padre y es también, en gran medida, la de Yugoslavia. Bunjevac nació en Canadá y a los pocos años se mudó a Yugoslavia con su madre, que estaba preocupada por el radicalismo de su marido, implicado en atentados y complots con grupos terroristas serbios, anticomunistas, anti – Tito y quizá por encima de todo nacionalistas. Las ideas con las que el padre de Bunjevac simpatizaba son las ideas que acabaron llevando a la guerra. Una vez que se fueron a Yugoslavia (la madre con sus dos hijas, el padre no dejó salir a su hijo), conocen un mundo distinto. Y allí, esperando, algo pasa. El padre muere preparando explosivos para un atentado. La familia se reúne con el hijo y se quedan en Yugoslavia hasta que Bunjevac tiene edad de estudiar en la Universidad y elige volver a Canadá. Y en el silencio trata de comprender qué pasa en aquel país y qué pasó con su padre. Es un cómic que esencialmente trata sobre la incomunicación y las murallas que el silencio construye dentro de muchas familias.


El poeta Charles Simic nació en Belgrado y a los dieciséis años se marchó a los Estados Unidos y allí se quedó. La historia de Simic no es la de un exilio provocado por la guerra, sino la de un emigrante lejano. De hecho cuando se habla de Simic se habla de un importante poeta americano. 1938, una antología de sus mejores poemas editada por Valparaíso, también hace referencias, no obstante, a Yugoslavia. A lo que fue y a lo que se convirtió tras la guerra. Simic es un poeta sencillo, de ideas afiladas pero metáforas controladas. Sus poemas tienen fuerza y se apoyan en la memoria, la desmemoria, la vida del individuo, el insomnio y la indefensión ante el mundo y el sistema. Simic no confía en la memoria y la cuestiona, y eso hace su lectura necesaria y útil. La poesía de Simic se acerca muchas veces al relato poético, y maneja referencias de la cultura popular americana. Simic va buscando la belleza, o la trascendencia, si a veces no son lo mismo, en cada esquina de cada ciudad gris por la que camina. Parece un poeta que camina y mira de manera aguda y toma notas con las que construir la realidad.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E