domingo, 30 de junio de 2024

Declaración trimestral: lecturas de abril a junio de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de abril a junio de 2024


He cumplido con el propósito de volver a pasarme por aquí sin dejar pasar demasiado tiempo. Acaba el segundo trimestre del año y aprovecho para repasar lo leído y dejar algunas recomendaciones. Para quien ande buscando lecturas veraniegas le puede servir.

Me hace gracia que pensamos en lecturas veraniegas como mamotretos con poca exigencia. Novelas que se mojan al salir de la piscina o que se llenan de arena bajo la sombrilla en la playa. Pero la lectura y el verano dan para todo. O deberían. Y hay ediciones de bolsillo estupendas de clásicos y novelas ambiciosas que pueden ser igual de todoterreno para entrar y salir de mochilas, bolsas de tela y esconderse bajo toallas mientras nos damos un chapuzón. Tenemos que conseguir que se vea igual de normal estar leyendo Los ensayos de Montaigne, en alguna edición económica (y aunque no sea completa) que la enésima novela de detectives de ese mismo autor norteuropeo del que tanto hemos oído hablar.

Las lecturas de este trimestre han sido en general buenas. Las ha habido excelentes y las ha habido más normalitas. Intento que nunca las haya malas.

Os cuento algunas cosas.

Ensayo, entre lo matemático y lo filosófico: Nassim Nicholas Taleb. Que un libro ha trascendido de su público inicial se sabe cuando un tertuliano de radio cualquiera utiliza uno de sus conceptos como si supiera de qué está hablando. Es el caso de la idea de cisne negro que puso en circulación hace casi veinte años Nassim Nicholas Taleb, matemático americano de origen libanés. Resumiendo mucho, un cisne negro es un suceso altamente improbable, imposible de predecir por esa altísima improbabilidad pero que sin embargo se produce. Y al producirse, altera sustancialmente todo a su alrededor. Por ejemplificar: la pandemia del covid fue un cisne negro. Solo a posteriori vimos a tantos expertos decir cómo hubiera sido posible saber que algo así iba a suceder. En la práctica sabemos que la próxima pandemia nos pillará de nuevo por sorpresa (porque ahora solo visualizamos pandemias de virus aéreos, similares al covid), y si no es una pandemia será cualquier otro fenómeno. Taleb defiende, desde una visión muy personal, que encaja en una corriente del empirismo representada por Locke o Karl Popper, que los cisnes negros existen. No vamos a saber cuáles son, no podemos predecirlos en particular, pero sí sabemos y podemos predecir que cruzan la realidad. Y movernos en un mundo de modelos ideales, como si la humanidad obedeciera exclusivamente a leyes físicas (son muy interesantes sus diatribas contra los modelos económicos y en general toda clase de platonismos) y los cisnes negros no existieran, es simplemente absurdo. Por no decir estúpido. El cisne negro es un libro ágil, para cuya lectura no hacen falta conocimientos matemáticos, y Taleb expone con brillantez lo que quiere decir. Lo cual no implica que nos convenza siempre. Porque no siempre lo logrará. Y está bien que así sea, que podamos discutir con el autor y su libro. Después de El cisne negro leí Antifrágil, que es una continuación espiritual del primero, y aunque las ideas, por repetición, pierden fuerza, la escritura es igual de potente y hay imágenes y conceptos muy aprovechables.


Taleb me llevó a leer algo más de Karl Popper. Como alguien que estudió Físicas y que se interesó por su historia y su metodología y filosofía, había leído algo de él. Había leído un poco de Popper y al menos La historia de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn, para tomar partido en esa diatriba sobre qué es y qué no es la ciencia y sobre todo la realidad que nos sitúa más cerca de uno o del otro. Estos meses leí Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual, de Karl Popper. Es un libro que nos lleva a la centroeuropa de principios del siglo XX con todo lo que eso significa. Tiene las memorias personales e intelectuales de Popper, quien comenzó trabajando como aprendiz, fue maestro de escuela primaria y desde aquella escuela fue escribiendo sus ideas y primeros libros. Tiene algo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y tiene mucho de reconstrucción del pensamiento de alguien que se interesó por todas las grandes cuestiones del siglo XX.


Sin alejarnos mucho del antiguo Impero Austrohúngaro, llegué a Maniac, de Benjamín Labatut. Leí hace menos de dos años Un verdor terrible. Aquel me llenó más. Y creo que no soy el único lector al que le ha pasado. Es más poético, más concentrado, más potente. Pero Maniac es una lectura que vale la pena. Sobre todo para los decepcionados (que somos muchos) con la decepcionante película de Oppenheimer. En Maniac el protagonista, en paralelo con esa construcción del conocimiento que podía abrir las puertas del cielo como las del infierno, es John Von Neumann. No es el mejor libro para conocer a Von Neumann (ese quizá sea El dilema del prisionero: John Von Neumann, la teoría de juegos y la bomba, de William Poundstone), pero es un muy buen libro. Y es que Von Neumann es un gran personaje. Es el siglo XX. Un intelecto brillante (de los más brillantes del siglo XX, y esto lo decía Albert Einstein y casi cualquiera que coincidiera con él) y un tipo peligroso, capaz de poner en juego cualquier cosa con tal de experimentar un poco más. Un niño que disfruta destripando camiones de juguete, aunque pueda llevarse por delante a la humanidad.


Experimentos sociales y maltratos salen a montones en La llamada, de Leila Guerriero. No había leído nada de Guerriero (bueno, sí, algunas columnas en prensa, pero nada largo) y empiezo reconociendo mi pereza ante el libro. No ante él sino ante la unanimidad que lo señalaba como uno de los libros del año. Esos libros (vale igual para pelis, obras de teatro etc) que nacen unánimes me echan para atrás. Yo esperaría que fueran los lectores los que fueran señalando lo que les gusta. Sin meterme más en estrategias de marketing, terminé el libro diciéndole a todo el mundo que es uno de los libros del año. Y que difícilmente leeré algo mejor este 2024. Es la crónica de la militancia, tortura, malos tratos y vida posterior de Silvia Labayu. Chica bien, hija de familia de dinero, militante de montoneros, apresada durante más de un año, con unas condiciones particulares que hicieron que muchos de sus antiguos compañeros desconfiaran de ella. Leila Guerriero aprovecha muy bien al personaje de Labayu para construir una historia contraintuitiva. Las víctimas son los personajes principales del mundo que hemos construido. Y ella es víctima, se sabe y reclama ser víctima, pero no quiere ser y casi desprecia a quien es víctima profesional. En el libro aparecen mil temas interesantes. Machismo y la negación de lo que fueron violaciones, para empezar. Las sospechas. Los venenos. La capacidad de algunos para decir nos equivocamos y la incapacidad de otros para decirlo, porque sería reconocer que sus mejores años fueron desperdiciados. Silvia Labayu es un personaje de primera y con ese material Leila Guerriero hizo un libro de primera.


Hablaba de los libros que se van haciendo unánimes poco a poco frente a los que vienen con la unanimidad impuesta. He tardado un año en leer Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado. Y fue llegando la unanimidad a su alrededor. Y por lo que al fin leí, bien merecida. El año pasado quise ir a la presentación en Madrid, pero una combinación de horarios laborales y familiares lo hizo imposible. Y dije, a la próxima. Y al final pues tuve que ir a una librería a comprarlo cuando ya pensé que no quería postergarlo más. Yeguas exhaustas es un artefacto extraño. Muy cansado y bien ajustado. Es una novela, o es al menos una narración, y tiene mucho de memoria (imagino que personal, aunque prestada al personaje de Beatriz) y de reflexiones. De género, muchas, y eso está bien pero lo tenemos en muchos otros libros, y sobre todo de clase, que falta muchas veces en esas reflexiones de género. Si hablamos de feminismo interseccional, aquí lo tenemos. De la terreta, de cercanía, de una huerta valenciana a la universidad, de quien vio a sus padres deslomarse y llegó a tener un doctorado y dijo, aquí hay trampa. Me valen de poco las lecturas de quien nos cuenta lo duro que le resultó ser mujer siendo millonaria. Entre millonarios es más difícil ser mujer que hombre, no lo pongo en duda. Pero vistas en un contexto amplio, no son dificultades reales, compartibles por las lectoras comunes. Aquí hay mucha vida común. Mucho día a día. Mucha toxicidad y muchísimo cansancio. Lenguaje cuidado y perfectamente ajustado, veneno medido. Un libro muy particular y muy interesante. Para club de lectura y debate. Quizá no estaría de más que para club de lectura y debate en institutos (que sé que se ha utilizado en institutos, pero que no está de más pedir que se use en más institutos).


Más familia y más memoria es lo que hay en Nada es verdad, de Veronica Raimo. Nada es verdad es un título intercambiable con Todo es verdad. Todo en este librito suena a honesto y verdadero. Y como sabemos, lo honesto y lo verdadero es, a efectos literarios, mucho más importante que lo cierto y lo verídico. Estas memorias familiares, estas historias de un padre obsesionado con trocear los pisos, una madre angustiada por la desaparición de sus hijos del mundo y dos hijos brillantes pero que acaban siendo escritores (en vez de desarrollar todo ese talento que les ha sido dado, para disgusto de quienes los rodean) son divertidas, tiernas, y a su manera llenas de amor. Un muy buen libro para leer a la orilla del mar. O eso me parece ahora mismo.


Una autora clásica de la que no había leído nada es Marguerite Duras. Y leí Los caballitos de Tarquinia y me pareció un libro perfecto. Precioso, bien medido. Nada más que decir. Seguiré leyendo a la autora.


He estado releyendo cuentos (Todos los besos del mundo) y ensayos y no ficción (Por qué escribo) de Félix Romeo. Félix Romeo se murió joven y dejó poco publicado. Pero siempre vale la pena volver a leerlo. Conseguí y leí el único de sus libros que no tenía y no había leído. Es Amarillo. Se suele decir que es un libro sobre el suicidio de un amigo de Romeo, que se tiró por la ventana del piso que compartían en Barcelona cuando los dos tenían veinticuatro años. Pero es realmente un libro sobre la idea del suicidio y lo desamparados que nos deja saber que existe esa puerta. Es un libro triste, cómo si no. Es un libro bien escrito. Hay fragmentos del amigo y fragmentos de Félix Romeo, que se desarma para intentar entender lo que no se entiende o se entiende de sobra. Está la inmensa sombra de Camus y Sísifo y está la sombra de Handke y aquel libro tan difícil de olvidar cuando se ha leído que es Desgracia impeorable. Y está la inmensa figura de Félix Romeo y está la idea de pérdida.


También he aprovechado estos meses para releer a Eduardo Halfon. Estuve, en paralelo a la Feria del Libro de Madrid, en la presentación de su última novela, Tarántula. Halfon siempre escribe bien y siempre es interesante, pero yo no he leído todavía esa novela. Así que, aunque supongo que será un buen libro, me parece aventurado recomendarla. Sí aprovecho para recomendar casi cualquiera de sus libros. Yo he estado releyendo (algunos completos, otros solo a trozos) Signor Hoffman, El boxeador polaco (¿tal vez su obra magna?), Biblioteca bizarra (su libro menor estupendo) y Clases de chapín. Tal vez Halfon, por temas y miradas, no parezca muy veraniego. Sea contraclimático. Pero tal vez, bien leídos y metabolizados, Biblioteca bizarra o Clases de chapín sean estupendas lecturas para viajes cortos o largos, porque ocupan poco, pesan poco y pueden leerse muchas veces sin que se agoten.


Después de años sin leerlo (no por nada, sino porque me di un atracón hace cinco o seis años) encontré en la biblioteca algo de Georges Perec que no había leído. Pensar / clasificar es otro libro para aprender a mirar el mundo de manera diferente. Perec es un autor para aprender a mirar el mundo de otro modo. Como pequeños sociólogos aficionados, como paseantes observadores. ¿Qué mejor para el verano que aprender a mirar de otro modo?


Nunca había leído a Joan Didion como ensayista. Como novelista, que era lo que había en la biblioteca, nunca ha acabado de convencerme. Pero conseguí, después de mucho tiempo, hacerme con una copia de Los que sueñan el sueño dorado. Y es verdad que tiene algo. Es una recopilación de escritos periodísticos y pequeños ensayos y lógicamente los hay brillantísimos y más normalitos, pero los buenos son muy buenos. Me sorprende, eso sí, que la mirada clasista y siempre juzgadora que tiene Didion no haya sido repensada y recalificada en las últimas décadas. Más bien al revés, parece que siguen llegando legiones de seguidoras a sus textos.


Y voy terminando. Si queríais pensar en libros veraniegos, gordos, narrativos, llenos de giros, algo a lo que pasar páginas desde la orilla del mar, también he leído algunas cosas en este trimestre que os podrían ayudar en ese fin. Van listados, sin más. Todos están bien construidos, con todos se te van las horas de lectura.

¿Puedes oírme?, de Elena Varvello.

El explorador, de Tana French.

El reloj de sol, de Shirley Jackson.

Y ayer mismo, en una silla plegable a la orilla del mar, terminé de leer Después, de Stephen King.

Lo dicho, hay buenos libros recogidos en estos apuntes.

A la vuelta del verano habrá algunos más.

Ha habido libros decepcionantes, pero no vale la pena hacer sangre. Me los guardo, no lea alguien esta entrada en diagonal, los pille y luego me culpe.


Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.


Felices lecturas


Sr. E

sábado, 30 de marzo de 2024

Declaración trimestral: lecturas de enero a marzo de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de enero a marzo de 2024


Voy a intentar darme un paseo por aquí aunque sea cada tres meses y reflexionar un poco sobre lo que he ido leyendo. Escribir y explicar me ayudan a entender mejor lo que leí, supongo que como a todos.

Han salido buenas lecturas, muy buenas en muchos casos, al pensar en este trimestre. Novela, ensayo, relato, libros de esos que no sabes muy bien dónde poner pero que sin duda son de los más interesantes que uno se puede encontrar.

Como se trata de ordenar mis ideas y de que quien se acerque por aquí apunte algún título recomendado, voy a evitar hacerme mala sangre (ya me la hice en el momento de la decepcionante lectura) y no hablaré mal de algunos libros fenómeno que no justifican ningún tipo de pirotecnia alrededor. Y no hablo de bestsellers con escasa calidad o de subproductos variados. A esos no suelo acercarme. O si me acerco sé lo que son y lo que se puede esperar. Hablo más bien de libros que críticos, reseñistas, comentadores en radios y en podcasts y el habitual largo etcétera recomiendan y que no tienen sustancia alguna. No hablemos de los gustos de cada cual. A mí no me gusta Antonio Lobo Antunes pero veo que es literatura de primera. Y me gustan escritores que no son los mejores prosistas del planeta. Deberíamos saber qué es un buen libro, qué es una buena novela, un relato bien construido o un ensayo que aporta algo. Creo que con cierto bagaje lector encima sabemos de sobra, leyendo un capítulo o un par de páginas cuándo un libro es banal. Decíamos que no veníamos a hacernos mala sangre.

Libros que terminé en enero pero venían casi del año pasado:

Me pasó con dos libros de Carrère. El estrecho de Bering es una buena lectura. No es un Carrère top pero se lee bien, y tiene interés por lo que cuenta, una historia de la ucronía y por lo tanto una historia de lo que no ha sucedido. Y es interesante porque Carrère parece que está tomando notas y escribiendo para sí mismo y nos va preguntando qué hubiera pasado si... enlazándolo con decenas de obras y situaciones históricas. El otro libro de Carrère que cambió conmigo de año fue V13. Son las crónicas del juicio por el atentado de la sala Bataclan de París, en noviembre de 2015. Confieso que llegué a él desde la pereza. Me parecía que sería un refrito de aprovechamiento de la editorial. Ya que Carrère había estado escribiendo para la prensa sobre el juicio, lo empaquetamos, encuadernamos y vendemos. Lo estuve viendo semanas en la biblioteca y me resistía. Y en un momento bajé la guardia y lo cogí y es un libro de primera. Son crónicas periodísticas del juicio pero todas juntas tienen una coherencia y una hondura que te va haciendo un nudo en la garganta. Seguramente fue el primer gran libro que he leído este año.


Algo divulgativo: Disfruté como un enano, algunas semanas después, de Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León. Mi formación académica es científica pero la Biología es una de las disciplinas de las que menos sé en el mundo. Posiblemente mi último curso reglado en Biología fue 3º de la ESO y nunca he sentido mucho interés por leer sobre ella. He leído mucho más, alejado de mi formación, sobre historia, sobre sociología, sobre cine y artes. Me encantan, eso sí, los libros de curiosidades. Y este lo es. Empieza con los hipopótamos del zoológico de Pablo Escobar, convertidos en reyes del entorno desde que se escaparon, y desde ahí va hacia arriba. Noto, cuando leo divulgación y ensayo, en general y con lo que tiene de injusta la generalización, una diferencia evidente entre el ensayo y la divulgación que viene del ámbito anglosajón y una tradición más centroeuropea y francesa, que marca más el molde en España. La diferencia se manifiesta en la calidad narrativa. En la intención de llevarte por el tema con imágenes potentes y un ritmo bien llevado. Cuando leo divulgación espero algo así. Y aquí está. Es un libro estupendo, supongo que poco conocido, y muy disfrutable para cualquiera con curiosidad. Edad de 10 a 99 años, como se suele decir.

En una línea parecida, brillante, entretenido y capaz de conducirme por el mundo de la biología, aquí especializándose en la genética y no en la zoología, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer es otro libro estupendo. Divertido, lleno de conocimiento y relacionando la herencia genética con todos los ámbitos en los que la herencia, desde lo más material a lo más espiritual, puede aparecer.

He leído estos meses un libro que no conocía de Carson McCullers, Reloj sin manecillas, y solo puedo decir que todo lo que se lee de Carson McCullers vale la pena. Es una novela delicada, brillante. Fue el último libro que Carson McCullers escribió y el tema central podríamos decir que es la muerte. Un farmacéutico de un pequeño pueblo sureño se enfrenta al diagnóstico de una enfermedad mortal y debe aprender a convivir con ello. Su visión del mundo cambiará (cómo no va a hacerlo) y me recordó a la película (estupenda), Living, de hace un par de años, remake de Vivir de Kurosawa.


Un gran descubrimiento: Llegué a su nombre por una recomendación vista en redes sociales, no recuerdo exactamente dónde. Algo bueno tienen también las redes, no se lo neguemos. Leí y apunté el nombre de André Dubus y viendo que lo editaba Gallo Nero y lo bonitas que eran las portadas fui a la biblioteca a por algo. Leí Vuelos separados, que fue la primera colección de relatos publicada por el autor, en 1975. Y fui a comprarla para poder releerla a no mucho tardar y subrayar y apuntar sobre ella. Hay al menos dos relatos ahí dentro a los que el calificativo de obra maestra no les queda grande. Y después pude leer Adulterio y puedo decir lo mismo. Estoy esperando la creo que inminente publicación de Encontrar una chica en América para volver a entrar en ese mundo de historias de parejas que se rompen, de tristezas íntimas y de decepciones y miedos. La obra de André Dubus, esos relatos tan estupendos, me llevaron a plantearme por qué unos autores americanos nos llegan y nos los venden como los grandes autores de su generación y otros nos acaban llegando casi cincuenta años después y son escritores de primera. Me gusta Carver, o me gustó Carver, pero me pregunto qué tenía Carver para que nos bombardearan con él y para que fuera la entrada a un canon en el que empezamos muchos a leer a finales de los noventa y primeros dosmiles y no tenían Tobias Wolff o Lorrie Moore o André Dubus o Deborah Eisenberg. Y ya sé que Lorrie Moore es muy conocida, pero no como Carver, y Tobias Wolff tuvo unas cuantas obras en España, y hasta sus cuentos completos, pero sin comparación con lo que había alrededor de Carver hace veinticinco años.


Algunos clásicos: He leído algunos clásicos. Y los he disfrutado. He vuelto a leer La casa lúgubre (anteriormente titulada como Casa desolada) y confirmo que me parece el mejor libro de Dickens. He leído, y nunca lo había hecho, Madame Bovary. Me encantó. Es absurdo que yo diga eso, ya lo sé, porque al final los clásicos son los que deben. Disfruté también la breve lectura de la edición con El crimen de la Calle Fuencarral y El crimen del cura Galeote, de Pérez Galdós. Algún día terminaré de leer, que lo cojo y suelto por temporadas, Las ilusiones perdidas, de Balzac.


Disfruté mucho, aunque: De Lake Success, de Gary Stheyngart. Lo leí con ansia. Lo devoré, como se suele decir. Es una novela muy bien armada. Una obra pop nihilista sobre yonquis del éxito y el dinero que descubren que la vida no va siempre cuesta abajo, esencialmente. El aunque, los peros, los tengo por ahí. Creo que no es para cualquiera. Pero creía que no era para mí. Lo cogí en la biblioteca sin tener muy claro por qué y lo disfruté. Pero dejo la advertencia de que no a todo el mundo le convencerá.


Libros anfibios: Tengo apuntados tres libros que me gustaron mucho, cada uno por sus motivos, y que creo que no pueden ser más distintos entre sí. Los últimos días de Roger Federer, de Geoff Dyer, toma a Federer como excusa e hilo conductor y escribe sobre el final. El final por la muerte, el final por el abandono, el final por el olvido, el final por la rendición. Es un libro corto, poético, con capítulos más cortos. Se lee a sorbitos, si puede ser al sol de invierno, con un té cargadito o un buen café en la mano. Buscaré más libros del autor, que parece tener intereses muy variados y obras sobre temas diversos. No creo que vaya a leer algo mejor este año que Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien. Es novela pero no es ficción pura. Tampoco es memoria ni crónica. Es un poco de todo y es una experiencia de lectura brutal sobre lo que tener 20 años y pasarte dieciocho meses en Vietnam puede suponer. ¿Cómo se vuelve de algo así? ¿Se vuelve? ¿Es posible? ¿Qué pasa con los fantasmas de los que no vuelven? Todo eso está en el libro, y la lectura tira tanto de ti como la sensación de que deberías dejar de mirar, porque resulta una experiencia violenta. En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte, es un libro pequeño y muy bonito. Habla, no hay sorpresa, de Franco Battiato. Y habla sobre todo de lo importante que el arte puede ser en la vida de una persona. El arte, aquí la música de Battiato, acompaña, consuela, enseña, nos lleva a pensar en nuevos caminos. Soy battiatiano tardío. Llegué a él después de su muerte. Por un amigo que representa lo mismo que gente como Laporte, que se vio tan afectado y ante un vacío tan grande que tuvo que sentarse y escribir un libro. Olé por el editor que decidió ir adelante con la idea, añado.


Los viejos amigos: Quienes paseáis de vez en cuando por el blog sabéis que no me gusta decir que este es el mejor libro del mundo y callarme que es de mi amigo. Me parece poco honrado. No soy objetivo con mis amigos porque son mis amigos. Cualquiera lo entiende. Tengo la suerte, con todo, de tener pocos amigos escritores (eso ya es una suerte, cualquier escritor con muchos amigos escritores os lo podría confirmar) y de que sean muy buenos. Baste decir que no tendré más de cuatro escritores en mi agenda del móvil y dos de ellos han sido ganadores del Premio Café Gijón. Hablamos de escritores de primera, miembros de ese selecto club. Los dos han sacado libro en este trimestre.

Miguel Ángel González llegó a finales de enero con Perder el equilibrio. No es su primera novela, pero es quizá la primera de sus novelas que va a llegar a un público más grande. De momento ya está nominada al premio a la mejor novela negra del Festival Valencia Negra de este año. Perder el equilibrio es una historia de venganza. Jonás ha perdido mucho más que una pierna. Ha perdido una vida y quiere que alguien pague por ello. Y urde un plan que iremos descubriendo capítulo a capítulo, entre viajes a otros lugares y vueltas al pasado y el futuro. Seca y poética, se adapta perfectamente al molde de la novela negra pero lo enriquece. Chandler también escribía novela negra. James M. Cain. Este libro de Miguel Ángel se acerca más a Cain que a Chandler. Por si os suena menos, aprovecho para recordar que Cain es un autor enorme. La novela tiene poesía y bajeza. Vuelos transatlánticos y un plan que se va acercando a su resolución. Humor negro. Un muy buen libro.

Rafael Balanzá eligió el 29 de febrero, y apuesto a que no fue casual, para que saliera su nueva novela después de seis años. Muerte de atlante es un libro que a primera vista podría parecer también una novela negra. Pero creo que le encaja mejor la etiqueta de thriller. Balanzá se resiste siempre a los moldes y los subvierte desde dentro. Hay narración pura y thriller. Hay de hecho una historia super concentrada, doce tensas horas en el interior de un buque dedicado a la investigación en el que aparece el cadáver de una de sus tripulantes. No será, e intento no destripar demasiado, el único. No hay que averiguar quién ha sido. Lo sabemos. Hay que asistir a lo mejor y a lo peor, sobre todo a lo peor, de la condición humana. Los libros de Rafael Balanzá suelen ser profundamente humanos, y sirven para recordarnos lo peor de la especie. Algo que puede considerarse accidental pone en marcha la trama. Y hay que sobrevivir.


Lo que me dejo: apuntes sobre una serie de ensayos que estoy leyendo y que están modificando algunas de mis ideas sobre el mundo y la manera de estar en él, por grandilocuente que suene. Intentaré dedicarles un post cuando los acabe de pensar. Y la mala sangre que quería evitar al pensar en algunas lecturas fallidas, no por fallidas sino por celebradas en su insustancialidad. Hay un título, ahora vuelvo a verlo, que quizá necesite un ajuste de cuentas, pese a todo.

Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E


sábado, 30 de diciembre de 2023

Mis cuentos pendientes de 2023 (II)

Mis cuentos pendientes (II)

¿A quién no le gusta una buena lista con las diez mejores lecturas del año? Estoy seguro que hay muchísima gente a la que no le gusta una lista con las diez mejores lecturas del año. Pero ayuda a terminar de clasificar y reflexionar sobre las lecturas que uno ha ido haciendo. Y por si fuera del interés de alguien, aquí van diez libros, del décimo al primero, en un orden tan firme como el de los continentes y su deriva, un orden que mañana podría ser, perfectamente, otro. Pero mañana no volveré a pensar en ello. Hoy quedará establecido y así se queda. Una lista sin amiguismos ni presiones editoriales ni publicitarias. Que ya es algo. Con novedades y antigüedades. Con narrativa y ensayo e incluso un poco de poesía.

 

10. El movimiento del cuerpo a través del espacio, de Lionel Shriver, Ed. Anagrama.

 

9. Una vida de pueblo, de Louise Glück, Ed. Pre – Textos.

 

8. Relatos, de Deborah Eisenberg / La casa en llamas, de Ann Beattie, Ed. Chai.

 

7. Los chicos de Hidden Valley Road, de Robert Kolker, Ed. Sexto Piso.

 

6. Tu mente bajo los efectos de las plantas, de Michael Pollan, Ed. Debate.

 

5. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, Ed. Debate.

 

4. Todo esto para qué, de Lionel Shriver, Ed. Anagrama.

 

3. El desencantado, de Budd Schulberg, Ed. Acantilado.

 

2. Cumbres borrascosas, de Emily Brönte, Ed. Alba.

 

1. El artesano, de Richard Sennett, Ed. Anagrama.

 

Ahora sí, a por un 2024 de mejores lecturas.

 

Saludos cuentistas

 

Sr. E


viernes, 29 de diciembre de 2023

Mis cuentos pendientes de 2023

Mis cuentos pendientes de 2023 


Se nos ha pasado otro año leyendo y pensando sobre lo leído. Se ha ido rápido 2023. O eso me ha parecido. Comienzo diciendo que no leo en digital, porque ya trabajo bastante con pantallas como para añadir otra más a mis ojos. No leo en digital, por decirlo todo, con la excepción de algunas incursiones en el servicio e – biblio para ver cómo empieza algo y decidir si merece la pena la excursión a la biblioteca para cogerlo. Y en paralelo, casi siempre escribo directamente en el ordenador. Esa escritura es más ligera y seguramente más superficial. Y tiene problemas, claro, como que algo se pierda y no se pueda recuperar. Algo así me pasó este año con mi cuaderno de lecturas, y perdí las referencias de los libros leídos durante julio y agosto. Recuperé los que mi memoria no había desechado, y da miedo ver a qué velocidad nos olvidamos de algunos libros. También reconforta ver con qué solidez se nos han quedado algunos, que ya parecen clásicos de nuestra vida, y ahora vemos que leímos hace solo 8 o 10 meses. Aprovechamos estos últimos días del año para hacer balance y recomendar algunas cosas.

Con la posible pérdida de algunos libros poco memorables, durante 2023 he leído 92 libros. Dejo al margen relecturas parciales o lecturas abortadas después de treinta o cuarenta páginas, algo que cada vez practico con mayor frecuencia. Serán las cosas de hacerse mayor o de darse cuenta de que hay mucho que leer. Ahora mismo me siento capaz de retirarle la palabra a quien me diga que cuando empieza un libro se siente obligado a terminarlo. ¿Por qué? ¿Qué necesidad?

Hay novela, relato y ensayo entre mis lecturas. Algo haré mal cuando el porcentaje de malas elecciones es mucho mayor en la novela que en el relato o el ensayo. Algo haré mal yo como lector o algo harán mal los autores y sus editores permitiendo que en novela pasen el filtro obras mucho más flojas. Podremos echarle la culpa a Kundera y su concepto flexible de la novela. O podremos citar a Levrero cuando decía, en La novela luminosa, que cualquier cosa entre tapa y tapa es una novela.

He leído algunos diarios y cómics y después de bastante tiempo he leído poesía.

Voy a clasificar de manera fácil de comprender los libros que más me han gustado durante este año y que paso a recomendar a quien quiera tomarlos como tales recomendaciones. Aún quedan los reyes magos y hay mucha gente esperando buenos libros. Estos lo son.

Novelas clásicas, tanto en estructura como en escritura:

Este año he ido cubriendo algunas de mis lagunas lectoras. Y de esas lagunas que he ido cubriendo salen las novelas más sólidas que he leído. Aunque son novelas bastante modernas y contemporáneas en muchos de los aspectos de su escritura. Lo es Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y lo es aún más Cumbres borrascosas, de Emily Brönte. Del libro de Flaubert se puede hacer un tratado (y varios se han hecho) sobre el uso del punto de vista y el lenguaje. Pero vale la pena olvidarse de los aspectos técnicos y no leer esta novela como si fuera un libro frío, porque no lo es. Vale la pena meterse en sus páginas y dejarse llevar por las pasiones de Emma Bovary y quienes la acompañan. Pasiones hay también, aunque extrañas, entre Catherine y Heathcliff, protagonistas de Cumbres borrascosas, y ese micromundo rural en el que viven está retratado con viveza. Es, como decíamos, un libro con una estructura curiosa, muy innovadora para su época y francamente precisa.

Terminando el año leí otra novela clásica, decadente, muy americana y con evidentes aires a lo Scott Fitzgerald. Pero, ¿a quién no le gusta un buen imitador de Scott Fitzgerald? Lo difícil es imitarlo bien, como es difícil imitar bien a Bolaño o a Kafka. El libro se llama El desencantado y su autor Budd Schulberg. No conocía de nada ni al autor ni su obra, aunque las tenga en su catálogo Acantilado. Escuché su nombre en uno de esos programas de radio en los que colabora José Luis Garci. Y después vi que el prólogo lo escribía Anthony Burgess. Soy devoto de las memorias de Burgess y de su inteligencia como lector, no tanto de sus novelas. Pero me gustó encontrarlo como introductor de esta novela, que decía releer cada dos años o menos. La historia es sencilla, Hollywood, años cuarenta, un joven aspirante a escritor, recién licenciado, con dudas sobre su talento y mucha ilusión, es contratado para ayudar con la construcción del guión de una frívola comedia de chicos que conocen a chicas a un novelista legendario, el autor al que toda su generación leyó deslumbrado y al que ahora apenas se reconoce bajo las ruinas de un hombre alcoholizado incapaz de sentarse a trabajar. Aventuras, desventuras, desilusiones, muchas, y más de quinientas páginas que saben en todo momento a dónde quieren ir y regalan alguna perlita en todas y cada una de ellas. Una novela sólida, llena de literatura y vida.

 

Memorias, diarios y similares:

Comienzo otra vez con Budd Schulberg. Deslumbrado con su novela, acudí raudo a la biblioteca a ver qué más tenían suyo. Y tenían sus memorias, tituladas De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood. Que yo no conociera previamente a Budd Schulberg solo habla de mis lagunas y carencias. Fue un guionista que ganó un Oscar en su trabajo por La ley del silencio, con Marlon Brando. Fue el guionista de esa estupenda película que se llama Más dura será la caída, con Humphrey Bogart. ¿Y por qué un príncipe de Hollywood? Porque en sus memorias, que se detienen quizá más de lo deseable en su infancia y primerísima juventud (pero así es la memoria, y así nos almacena y construye) nos cuenta que su familia fue una de las pioneras de Hollywood tal y como se construyó en los años 20 y 30. No es un libro, pero este año me impactó y disfruté muchísimo con la película Babylon, de Damien Chazelle, con una Margot Robbie que se come la peli y no estuvo ni entre las candidatas a todos esos importantes premios que este año es posible que gane por hacer de muñeca. El caso es que reconstruye ese mismo mundo de pioneros y excesos. Y nos va enseñando cómo Hollywood pudo llegar a ser lo que fue. Y cómo fue crecer entre estrellas y el desierto. Y lo difícil que siempre resulta destacar en el mismo medio en el que tu familia lo ha hecho.

Una de las estanterías temáticas más pobladas de mi biblioteca es sin duda la de adicciones y crónicas sobre caídas y recaídas. Este año leí y añadí a esa estantería La huella de los días. La adicción y sus repercusiones, de Leslie Jamison. No es un libro top sobre el tema. Pero es una reflexión interesante sobre el alcoholismo. Y sobre cómo esa adicción se cruza con el hecho de ser mujer y con el tema quizá central del libro, cómo pasarse con la bebida y otras sustancias no despierta demasiadas alarmas cuando se hace dentro de un entorno artístico o seudoartístico.

Compré algunos tomos más de los diarios de Trapiello, a los que dediqué un importante tiempo de búsqueda. Quienes andamos detrás de ellos podremos decir que hay precios disparatados en librerías de segunda mano, y particulares que piden cifras obscenas por sus viejas ediciones de Pre – Textos. Leí Seré duda, el tomo de 2005. No es el mejor, pero creo que es la clase de lectura por qué me compré un sillón nuevo, reclinable y muy cómodo, para pasarme dos o tres horas seguidas por las tardes leyendo, cuando las tardes y las horas permiten ese dispendio. Compré también el último tomo, Éramos otros, que seguramente sea el próximo que lea.


Relatos:

Hacía bastantes años que no leía tantos cuentos. Ni tan buenos. El cuento es el género en el que más cómodo me siento, y no puedo evitarlo. Así soy como escritor y así soy como lector. Seguramente sea porque así es como soy como persona. Han caído, con los meses del año, muchos de los cuentos de Maupassant, los Cuentos completos de Dylan Thomas y los cuentos casi completos de Raymond Chandler, titulados como conjunto, en la edición que tengo, Nunca soñaron con la posteridad. Casi completos son también, aunque mucho menos numerosos, las compilaciones que la editorial argentina Chai ha hecho de las escritoras Ann Beattie, La casa en llamas, y Deborah Eisenberg, Relatos.

Asoman en el horizonte, como proyectos para 2024, los cuentos completos, o casi, de William Faulkner, y las historias completas del Padre Brown, que adquirí como quien compra una propiedad para disfrutar de ella en un futuro lleno de promesas y tiempo libre.

Me sorprendió mucho el libro Niña con monstruo dentro, de Rosa Navarro. Quienes escribimos creo que identificaremos una serie de libros y relatos que, más allá de sus bondades o debilidades, son libros que nos incitan a ponernos a escribir. Sea a favor o en contra de lo que hemos leído. Pues esa clase de libro. No debería estar descubriendo nada citándolo, puesto que fue finalista del premio Setenil y ganó el Premio Tigre Juan, pero como nadie de ningún suplemento literario parece haberlo leído, y han dejado el puesto de mejor libro de cuentos español del año o bien vacante o bien lleno de clichés, lo dejo apuntado, por si alguien lo quiere buscar.

Lionel Shriver:

No sabía si ponerla en novela o darle su propio lugar. Ha sido la escritora que ha definido mi año lector. Ya había leído un par de libros suyos con anterioridad. Propiedad privada, el primero que leí, quizá siga siendo mi preferido. Después de la pérdida de mis archivos lectores, si hubo un libro que tenía claro que había leído durante el verano, y cómo, con qué ansia piscinera y de siestas perdidas, fue Todo esto para qué. También leí Big Brother y rematé el año shriveriano con Tenemos que hablar de Kevin, su obra más famosa (y me atrevo a decir que de las más flojitas) y El movimiento del cuerpo a través del espacio, su última novela. Esta es sin duda un regalo perfecto para hacerle a ese amigo que ha decidido, después de años de sedentarismo, correr un maratón. O varios. Y a poder ser en Tokio. Como se suele decir, si no reconoces el perfil entre tu círculo de amistades, probablemente seas tú.

Lionel Shriver busca un tema incómodo y mete el palito y remueve la mierda alrededor. Y lo hace con una prosa limpia, muy americana, con un enfoque comercial poco disimulado. Se le pueden hacer algunos reproches estructurales, por la manera en la que cierra las historias. Pero construye novelas de 600 o 700 páginas sobre temas que a priori no te dicen nada y las mantiene en pie con nervio y sin que puedas alejarte de ellas.

Novelas cortas, de esas que puedes leer en una tarde:

Puedo repetir que este año decidí cubrir algunas de mis lagunas lectoras y que leí algunos de esos libritos breves de Tolstói que publica Acantilado. Cayeron Sonata a Kreutzer y La felicidad conyugal, y en ambos encontré un alma rusa quizá demasiado fría para mi gusto. Me ha pasado siempre algo parecido cuando he leído a Chéjov. No encuentro en ellos la fuerza que sí me llega cuando leo a Dostoievski o a Gógol.

Cuando yo tenía veinte años había muchos escritores y aspirantes que citaban a Bukowski como inspiración y referencia. No creo que hoy nadie lo haga. Y quizá el mundo sea mejor sin ese ejército de bukowskitos. Aunque no tiene la culpa Bukowski, claro, de sus apóstoles no solicitados. No he estado leyendo a Bukowski este año, no lo he leído nunca demasiado ni con demasiado interés. Pero me acuerdo de él porque siempre se ha contado que fue su éxito el que permitió que se rescatara a John Fante, su antepasado literario. Al que sí he leído este año ha sido a Fante. Me ha gustado mucho más que Bukowski. Es tierno, feroz, soñador. Un escritor ágil que retrata mundos pequeños, familias de inmigrantes, encierros domésticos, aventuras de corto alcance, éxitos de corta duración. Llenos de vida, Un año pésimo y sobre todo La hermandad de la uva me gustaron mucho. Son buenos libros y quizá no está mal tenerlos como referencias de un mundo empobrecido.

Fante me recordó a un escritor que me gusta aún más y en el que también hay sueños de grandeza, ternura, pequeños círculos familiares y un mundo de inmigrantes. William Saroyan, el armenio que vivía en California y tuvo durante un breve período éxito en lo que escribía. La comedia humana es un libro menor, cortito, excelente. Precioso.

Un amor cualquiera, de Jane Smiley, no es su obra más redonda ni la más ambiciosa. La leí hace algo más de dos años, quizá tres, después de quedar deslumbrado con La edad del desconsuelo. Me pareció un libro menor. La he releído y no lo es, para nada. Es un libro menor que La edad del desconsuelo pero para nada una obra menor. El amor y el desamor están presentes. Los engaños y desengaños. La vida, que pasa. La memoria, que pesa. Muy buena lectura.

Poesía:

Es triste llegar así a una autora nueva para ti, pero debo confesar que leí a Louise Glück porque murió y en la biblioteca prepararon un mostrador especial con su obra. Es una alegría que aunque sea así lleguemos a buenos libros. Leí tres poemarios y me gustó su estilo, su lirismo contemplativo, sus poemas más narrativos, su mirada pequeña. Vida de pueblo es el que más me gustó. Me gustó mucho.

Ensayo:

Comencé el año diciendo que notaba que ya estaba leyendo uno de los mejores libros que leería en todo 2023. Así fue. El artesano, de Richard Sennett. El autor lo describe como un estudio de la cultura material. Y es una descripción perfecta. Y dicho así, cultura material, puede sonar demasiado marxista y poco atractivo. Pero es un libro inteligente, agudo, lleno de valores sociológicos, filosóficos y literarios. Un libro para regalar, para tener, para leerlo y releerlo.

En verano leí un libro que me habían regalado y que me pareció de una absoluta brillantez. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman. Kahneman es Premio Nobel de Economía y presenta aquí la obra de una vida. Analizó, en el marco del ejército israelí, las maneras de pensar. Detectó y definió muchos de los sesgos cognitivos que aceleran y condicionan nuestra manera de pensar y que la hacen, muchas veces, ineficiente. Y otras, nos hacen peligrosos para nuestros propios intereses y para interpretar el mundo en el que nos movemos.

El ensayo que más me impactó durante el otoño fue Tu mente bajo los efectos de las plantas, de Michael Pollan. Son, realmente, tres pequeños ensayos, el primero dedicado al opio, el segundo a la cafeína y el tercero al peyote. Son la clase de artículos desarrollados en profundidad que algunos periodistas americanos pueden alojar en revistas tipo New Yorker y que después pueden tomar forma de libro. Tan divulgativo y reflexivo como bien narrado, vale la pena leerlo.

Los chicos de Hidden Valley Road, de Robert Kolker, es un estudio sobre el desarrollo de la esquizofrenia en la familia Galvin, con seis hijos afectados por esta enfermedad. El libro es tremendo y a ratos demoledor. La enfermedad mental siempre se encuentra en la frontera entre lo cultural y lo genético, y el libro no va a aclarar sus misterios. El libro sí va a valer para ver cómo se lleva décadas medicando a gente sin tener claro cómo funciona su cerebro ni qué es lo que provoca sus síntomas.

Relacionado con los dos últimos, tanto por el tema del opio como por el de las compañías farmacéuticas y los usos poco reflexionados de muchos medicamentos, El imperio del dolor, de Patrick Radden Keefe, investiga a la familia Sackler, los dueños de Purdue Pharma, creadores del Oxycontin, un medicamento del que hemos oído hablar mucho como causa inicial de la llamada epidemia de los opioides y relacionado con el nombre del fentanilo. Patrick Radden Keefe ya había escrito No digas nada, que es un libro trepidante y demoledor sobre los peores años de la violencia en Irlanda del Norte. En El imperio del dolor hay técnica periodística e investigación casi detectivesca. El mismo Radden Keefe sale en el premiado documental La belleza y el dolor, como fuente rigurosa a la que acudir buscando información, y cuenta algunas de sus conversaciones y experiencias con los Sackler.

No terminamos precisamente con el ánimo por todo lo alto.

Pero es hora de ir terminando y dejar que el año 2023 y sus lecturas acaben.

Pronto más.

Saludos cuentistas

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos.

 Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos

 

Queda ahora la parte difícil, la de intentar cumplir con esta tradición anual y elegir diez libros e incluso ir más allá y ordenarlos. Sin pensarlo mucho más, vamos con ello.

 

10. Suspense, de Patricia Highsmith. No me gustan los libros que enseñan a escribir y tengo, más allá, serias dudas de que se pueda enseñar a escribir en un sentido parecido en el que se puede enseñar a cocinar o a hacer punto. Lo bueno de este libro es que no pretende ser uno de esos libros que te enseñan a escribir, sino que es una visita guiada al taller de trabajo literario de una buena autora, que tuvo bastante éxito popular y de ventas pero que no dejó de ser nunca una escritora comprometida con su oficio. Aquí nos va contando cómo fue encontrándose ante ciertas dificultades a la hora de escribir sus novelas y relatos y cómo las fue sorteando. No pretende enseñar, y se agradece, pero si te dedicas a escribir, se aprende, como siempre se aprende viendo a alguien que maneja bien el oficio y es original llevándolo a cabo, mientras trabaja. Y aunque el título alude al género en el que Highsmith más se especializó, lo que cuenta es extensible a toda clase de escritura narrativa.

 

9. El legado de Maude Donegal. El hijo superviviente: dos novelas de misterio, de Joyce Carol Oates. Si los escritores fueran tipos de coches, Joyce Carol Oates sería un todoterreno muy completo, capaz de hacer muchos kilómetros y hacerlos por toda clase de carreteras. De su inacabable producción he leído unos diez libros y puedo decir que es una buena escritora costumbrista, una original biógrafa, una cuentista muy acertada, una inmejorable teórica del boxeo y una escritora de misterio de primera categoría. Aquí se dedica a esta última faceta, y lo hace de una manera que convencería a Patricia Highsmith. El legado de Maude Donegal es una novela corta de tipo gótico, clásica, con elementos fantásticos y malsanos, muy bien planteada, sostenida y resuelta. El hijo superviviente se acerca más a la crónica de sucesos morbosa, al mundo contemporáneo y sus terrores familiares, y también te atrapa y mantiene tu atención de la primera a la última página.


8. Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon. Halfon lleva algo más de una década (década y media, más o menos) escribiendo uno de los proyectos más interesantes que se están haciendo dentro de la literatura en español, y más aún, de la literatura, sin apellidos. Halfon no ganará un Nobel dentro de 30 años, estoy casi convencido, como Annie Ernaux este año, por haber novelado su vida con distintas variaciones. Creo que lo único que podría conducir a Halfon al Nobel es que alguna causa más o menos política lo tomara como representante, y eso creo que es poco probable. Aunque hay mucha política (que no ideología, ni politiqueo) en todo lo que escribe. Hay Historia de esa que se infiltra en sus historias. Abuelos de distintos rincones del mundo que acaban en la conflictiva Guatemala de los setenta. Un exilio provocado por la violencia. Una historia nunca aclarada de supervivencia en Auschwitz. Una situación social desahogada en un país muy pobre. Todo eso sigue estando en Un hijo cualquiera, su entrega de este año, un libro muy destacable. Muy destacable pero, me atrevo a decir casi por primera vez con este proyecto en marcha. ¿Se está desgastando la voz, el tono, la idea? No lo sé. Pero me ha dado cierta sensación de que pudiera ir por ahí. La misma sensación que me ha dado de que Halfon se reinventará en otro proyecto después de este libro u otro más, y que todas estas novelas sin ficción que lleva quince años escribiendo en forma de cuentos, acabarán agrupadas en un único volumen enorme que le ganará una gloria no multitudinaria (porque hoy en día eso es impensable), pero sí muy amplia.

 

7. Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra. Creo que Halfon es el heredero de Bolaño que más se acerca a su excelencia y al que menos le importa eso. Cabe recordar que Bolaño no era, ni mucho menos, un autor siempre excelente. Tiene cientos de páginas mediocres. Pero siempre tiene una gran fuerza. Zambra es probablemente el heredero de Bolaño que más empeño pone en que lo identifiquen con él. Es chileno y supongo que eso hace que lo tenga más fácil que un guatemalteco criado en Estados Unidos y que vivió durante un año en una casona abandonada por la Guardia Civil en un pueblo de La Rioja (esa historia la cuenta mejor Halfon). Nunca me interesó demasiado leer a Zambra por esa obsesión por salir en la foto cerca de Bolaño. Pero Formas de volver a casa, que he emparentado rápidamente con el Bolaño menos ambicioso, y con la también chilena María José Ferrada, es una novela corta que me ha ganado. A medio camino entre la literatura juvenil y la novela adulta, cuenta una historia de niños que crecen y sobreviven en el Chile dictatorial. Y lo hace con una fuerza poética envidiable, un tono contenido y poco sobreactuado. Una muy buena novela.

 

6. Ha dejado de llover, de Andrés Barba. Los relatos muy largos de esta colección comparten muchas de las virtudes del Zambra de Formas de volver a casa. ¿Llegamos a crecer alguna vez, o somos tantos los que somos eternos adolescentes? No es que sea importante responder a esa pregunta, pero sí es importante saber reflejar esa manera de moverse por el mundo. Andrés Barba lo logra perfectamente en estos cuatro relatos que se mueven en una longitud que quienes escribimos sabemos que es muy difícil, las más de 40 y menos de 60 páginas. No llegan a ser nouvelles, pero son más amplios (mucho) que los relatos. Empiezan a asomar las tramas secundarias, pero no se las deja crecer. Hay más personajes y más variedad. Pero la forma se contiene y la mirada es la que debe en cada página. Hay trabajo de artesanía y mirada al campo lejano. Muy buen libro.

 

5. Memorias de ultratumba, de René de Chateaubriand. No he leído la obra completa de Chateaubriand, lo confieso, sino que leí el primer volumen que Acantilado tiene publicado. Es esta una obra total, una reflexión sobre la vida, en forma de ensayo al modo clásico y distinto al que hoy le damos a esa palabra. Sobre todo y sobre nada, en forma de autobiografía, es un libro de aire a lo Montaigne y sus Ensayos, que fueron una lectura que descubrí y me enamoró en 2020. Esta es otra de esas lecturas que te impregnan y duran para siempre. Chateaubriand, que siente que lo ha sido todo (dentro de lo que aspiraba a ser), se encuentra viejo y acabado y obligado a poner por escrito sus memorias para obtener algo de dinero. Y lo hace con la condición de que no se publiquen hasta su muerte, como así sucedió. Acabó siendo, sobra decirlo, la obra que recordamos ligada a su nombre, un clásico que hizo olvidar sus libros anteriores, de los que habla aquí con nostalgia.  

 

4. Mueren más por desamor, de Saul Bellow. Cada vez me gusta más Bellow. Cuanto más releo lo ya conocido (sus Cuentos, Las aventuras de Augie March) y cuanto más descubro lo que no conocía, más me encuentro con un autor que maneja infinidad de registros, que mezcla como muy pocos la buena narración con las ideas profundas, con un aire irónico y un mundo judeoamericano propio, cercano aún a la inmigración a los Estados Unidos. Mueren más por desamor es una novela de ideas, de intelectuales que no saben moverse por el mundo real y que naufragan como amantes y como seres humanos. Un tío y un sobrino, un botánico célebre y un diletante, que no saben vivir uno sin el otro y que, en general, no saben vivir, y a través de los cuales aprendemos, por paradójico que sea, nuevos matices sobre la existencia. Por ejemplo, ese que da título a la novela y que nos dice que por peligrosas que sean algunas enfermedades y amenazas, por reales que suenen, muere más gente de soledad y desamor.

 

3. Borges, de Adolfo Bioy Casares. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares son probablemente la pareja de amigos íntimos que más ha aportado a la literatura del siglo XX. Borges, el Sherlock Holmes de esa pareja, Bioy, su fiel doctor Watson. Aficionados a la literatura policíaca, a la narrativa fantástica, a la poesía. Cultísimos. Un eremita y un vividor. Un autor consagrado ya en vida y otro, su escudero, del que a veces olvidamos lo magnífico escritor que fue. La idea del libro es sencilla, recoger y editar todas las entradas de los diarios de Bioy Casares en las que aparece nombrado Borges. Muchas son simples muestras de familiaridad (El famoso y centuplicado Hoy come Borges en casa), en otras los vemos en las pequeñas miserias de pelear con editores mediocres o prepararse un huequecito en la posteridad porteña. Un libro que es una vida que son dos vidas, la del contado y sobre todo la del que cuenta. Un libro que es, en una forma químicamente pura, literatura.

 

2. No digas nada, de Patrick Radden Keefe. Los duros años del terrorismo del IRA y el protestante en Irlanda del Norte. Cielos grises, chimeneas, ladrillos, amenazas, chivatos. Falta de sentido común y una pareja de hermanas legendarias. Tan bellas como desquiciadas. Y la mirada de un libro que nos cuenta la historia y la política pero sobre todo nos habla de aquellos que no eran parte en el conflicto, que no querían saber nada, y que podían verse salpicados. Una madre de familia irlandesa, católica, que atiende a un soldado que ha quedado herido en una reyerta en aquellas colmenas de pisos. Los rumores, los chivatos profesionales, la mala baba de las comunidades pequeñas y envenenadas por la ideología y el odio al de fuera. Y el secuestro y desaparición que deriva de todo ello. Una investigación para tratar de darle respuesta a todo aquello. Muchas más preguntas. Gente con ideas venenosas capaz de salir bien en la foto. Y miles de víctimas a ambos lados de la cuneta. Una paz frágil. Un libro de primera.

 

1. Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Moshfegh. Voy a ser muy breve. Un libro de relatos en la estela de Lorrie Moore y David Foster Wallace. Una mirada lúcida e implacable al mundo contemporáneo y sus gilipolleces. Una colección de historias con tanto humor como mala leche. Una maravilla.

 

Seguiremos leyendo en 2023, y de vez en cuando comentándolo por aquí.

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 26 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (I): Recomendaciones

Mis cuentos pendientes de 2022 (I). Recomendaciones.

Calienta la chimenea, lo mejor que puede, el salón de casa, y en el despacho me echo otra chaqueta por encima y me pongo a pensar en los libros que he leído este año. Los hay que dicen que se escribe mejor con hambre y con frío, con la amenaza de un desahucio. Bajo presión, en definitiva. Lo dijo algún escritor, algo así, pero no recuerdo quién era. Siempre que pienso en esa idea pienso en el agente de Joe Gillis en El crepúsculo de los dioses, cuando el guionista sin fortuna interpretado por William Holden le dice a su agente que está en las últimas y este le contesta que es lo mejor que podía pasarle, porque así se escribieron las grandes obras maestras. Creo que esto, caso de regir, solo tiene sentido en una comedia negra de Billy Wilder y solo lo hace para Dostoievski y demás rusos trascendentes y definitorios, y no para alguien que solo quiere ordenar un poco sus ideas sobre lo que ha leído este año.

Aún puede caer algún libro antes de que el año se acabe en un sentido literal, pero cuando me siento a escribir esta entrada, una tarde fría en la que ya no llueve después de dos semanas de agua sin tregua, son 106 los libros apuntados entre mis notas de lectura. Hay de todo, de cómic a poesía, aunque la mayoría es narrativa y ensayo, con las infinitas formas intermedias en las que la no – ficción, si existe, que es una cuestión muy dudosa, ha ido tomando en las últimas décadas.

Llevo ya demasiados años en este blog, y demasiados de esos años diciendo que cada vez leo más ensayo y menos narrativa. Llevo demasiados años diciendo que cada vez leo más clásicos y menos contemporánea, que hago menos caso de los suplementos y de las voces autorizadas, y que a toda obra maestra súbita (esa que ya nace con la condecoración de libro para la historia) es mejor darle seis meses de cuarentena antes de acercarse como para volver a considerar que ninguno de esos hábitos ya es una novedad.

Soy, y supongo que toca asumirlo, un lector escéptico, que conoce demasiado los trucos de la narrativa convencional y que no se engancha con facilidad a sus giros, por sabidos. Alguien que cuando oye las exageradas alabanzas sobre un libro recién salido tiene la tentación de buscar las relaciones personales y de interés entre quien dispara la salva de consagración y el consagrado. Si uno tuviera un perfil polémico, llevaría cuenta pública de cuántas maravillas de febrero son grandes olvidadas en las listas que los mismos suplementos hacen a final de año, o de la aberración que supone que comencemos el libro con reseñistas bien mandados diciéndonos qué libros leeremos en 2023 y qué nos harán sentir. De la crítica nos hemos olvidado.

Últimamente compro muchos de los libros que compro por wallapop, y una de las herramientas que he desarrollado, para saber cuánto de real hay en la apuesta por la última maravilla, es buscar ese libro maravilloso un mes después. Abundan los ejemplares a la mitad de precio del que cuestan en las librerías. Intuyo que muchos vienen de la promoción de las propias editoriales, y me gusta jugar a adivinar quién, de entre los periodistas que han declarado su admiración por esa obra y se han rendido a su maestría, han pensado sacarse 10 euros extra, que todo suma a final de mes y ese sector, como el editorial, no están para brindar con champán bueno, vendiendo el ejemplar que la editorial les envió como obsequio para su reseña.

Es bonito descubrir clásicos (y entiéndase por clásico cualquier libro suficientemente asentado por el tiempo, a veces dos siglos, a veces treinta o cuarenta años), o releerlos y tener ganas de tirarle algo a la cabeza (ese mismo clásico, si es contudente), a quien eras a los 20 años y lo leyó sin sacarle casi nada del jugo que ahora obtienes. Es interesante comprobar que toda la literatura es ficción, sobre todo la que grita que no lo es (volvemos al tema) y que muchas veces lo más interesante que podemos leer nos llega en esa forma.

Es triste no encontrar libros de entretenimiento que cumplan con ese sencillo objetivo, entretener, y tener que afinar mucho lo que uno elige un par de libros con ese modesto fin porque se va a ir unos días a la playa o tiene un viaje en tren largo con niños y solo aspira a un poco de lectura cuando las condiciones ambientales no son las mejores y la energía no está concentrada en la lectura.

Es descorazonador ver qué libros infantiles y juveniles le quieren colar a nuestros hijos y nuestros alumnos. Y es una aventura ir con el machete desbrozando esa jungla de intereses y ver que al final acaban funcionando, y ya sé que va a sonar viejo y mortecino, Julio Verne o La isla del tesoro. Pero es que lo mortecino acaba siendo lo que las editoriales quieren colarnos, y las fallidas intenciones pedagógicas, casi pretextos, con las que quieren que se pierden.

Acabará teniendo razón aquel Roberto Bolaño que ya veía la muerte cerca y decía que había que alabar a ese lector puro que sale a la calle a buscar una nueva edición del Diccionario filosófico de Voltaire, porque sabe que esa obra no va a fallarle. Estoy por apuntarla a mis lecturas pendientes para 2023.


Pero todo esto no iba a ir de lamentos, sino de celebración de lo bueno leído, que ha sido mucho, pues para eso hago tanta labor de filtrado previo.

Sin demasiado orden ni concierto (es mentira, mi sistema de anotaciones de lecturas tiene sus trucos para rescatar ahora con facilidad esta información, pero no vamos a contarlo todo), celebro haber leído en 2022:



 Ensayo, en sus distintas y variadas formas

Memorias de ultratumba (I – XII), de Chateaubriand

¿Por qué nada funciona?, de Marvin Harris

Ensayos, de George Orwell

Para escribir hay que leer, de Vanni Santoni

Nieve negra: Dioses, héroes y bastardos del ajedrez, de Jorge Benítez

La abolición del trabajo, de Bob Black

El mal dormir, de David Jiménez Torres

Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur

Hay más cuernos en un buenas noches, de Manuel Jabois

Suspense, de Patricia Highsmith

Borges, de Adolfo Bioy Casares

 

Novela de ficción fácilmente identificable como tal

El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Tres, de Dror Mishani

Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga

Debería haberme quedado en casa, de Horace McCoy

El club y Sylvia, de Leonard Michaels

El revés de la trama, de Graham Greene

El aire está lleno de agua, de Juan Miguel Contreras

Prolepsis, de Miguel Ángel González

Amor, de Maayan Eitan

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Mosfegh

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

Mi vida como hombre y Engaño, de Philip Roth

El cuchillo, de Patricia Highsmith

Mueren más por desamor, de Saul Bellow

El legado de Maude Donegal, de Joyce Carol Oates

Heredarás la tierra, de Jane Smiley

Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal

No dar de comer al oso, de Rachel Elliot

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

 

Relato corto

Fiesta en el jardín y otros cuentos, de Katherine Mansfield

Dime una adivinanza, de Tillie Olsen

Amor + odio, de Hanif Kureishi

Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh

Ha dejado de llover, de Andrés Barba

Ventanas y otros relatos, de Stephen Dixon

 

Libros de no – ficción, en su amplia variedad

No digas nada, de Patrick Radden Keefe

Todas nuestras maldiciones se cumplieron, de Tamara Tenenbaum

Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey, de Ander Izagirre

Valle inquietante, de Anna Wiener

Canción y Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon


Cualquiera de esos libros cuenta, si para alguien eso aporta algo, con mi sello particular de recomendación. Pasado el año, todos esos siguen significando algo positivo para mí. Sigo teniendo presentes las razones por las que los disfruté. Sigo sabiendo por qué funcionan y por qué lo hacen tan bien.

Mañana seguimos

Felices lecturas

Sr. E