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domingo, 25 de septiembre de 2022

Los diarios de Patricia (Highsmith)

 Los diarios de Patricia (Highsmith)

Esta es, lo aviso y lo reconozco, una entrada tramposa. Porque hace referencia desde su título a un libro que no he leído. Y aún más, a uno que no tengo pensado leer, o al menos no ahora, al menos no en las próximas semanas ni meses. Quizá dentro de algún año, cuando pase el hype (y perdonad el anglicismo, y si podéis, también la idiotez).

Me refiero, claro, a los Diarios y cuadernos de Patricia Highsmith, que Anagrama ha publicado hace poco, aunque haya hecho una broma con aquel viejo programa de la televisión al que iba gente, friki y no tan friki, a contar sus cuitas o a buscar solución a sus problemas. 1400 páginas, he leído, seleccionadas de las más de 8000 de cuadernos en los que Patricia Highsmith fue tomando anotaciones y que se encontraron después de su muerte.

Parece, si uno se asoma a las redes sociales y a las revistas y suplementos de libros, que todo el mundo (ese reducido todo el mundo que lee) está leyéndolo o en fase de compra y prelectura. No me veo, ya lo siento. Y me gustan los diarios, y las memorias, y esos géneros ensayísticos que entran y salen de ellos (pero no esa pesada autoficción con mucho auto, casi con autotune, y con muy poquita ficción, no como los diarios de los buenos diaristas, llenos de ficción, porque están llenos de literatura).

El caso es que esa repetición del nombre de Patricia Highsmith me hizo querer volver a leerla. La había leído hace bastante hace años. Recuerdo sensaciones, esa crueldad de algunos de sus personajes, esas tramas alambicadas, que a veces se mueven cerca de lo rocambolesco pero que acaban resultando verosímiles, que ya sabemos desde hace al menos veinticinco siglos que es más importante que ser reales.

Me quedaba la sensación de que en sus novelas el mal no era sofisticado, aunque Ripley pudiera leerse así a veces, sino era sobre todo un mal banal, propio del hastío de vidas aburridas y monótonas, esa herida que el zapato va haciendo hasta que el pie acaba sangrando, hasta que se gangrena, hasta que hay que cortarlo. Y muchos de sus personajes acaban cortando por lo sano, tomándose la justicia por su mano, gritando que están hartas y que hasta aquí. Y cruzada esa frontera, cualquier cosa puede pasar.

Es fácil encontrar los libros de Patricia Highsmith, decenas de ellos, en las bibliotecas públicas, lo que nos dice que lleva décadas siendo popular y publicada con regularidad. También veo ahora muchas de sus novelas y colecciones de relatos en bolsillo, quizá a rebufo de la popularidad de sus diarios. ¿Cómo se ha definido siempre la prosa de Highsmith? Retorcida y misógina. A veces misántropa.

Con todo, es difícil soltar uno de sus libros cuando empiezas con él.

Y decidí acabar agosto, en unos días de playa, con dos novelas que no había leído antes. El cuchillo fue la primera, y cayó entre una tarde bajo la sombrilla y una noche de lectura que se alargó. Vemos un crimen, un tipo que ha buscado tener una coartada, a la policía que no es capaz de resolver el misterio que para nosotros, lectores, no lo es. Y vemos también a un hombre apocado, harto de su mujer, que lee esa clase de noticias por afición y que cree saber lo que ha pasado, quién ha sido, y decide que sería capaz de imitar al asesino de la noticia y que nadie lo pille tampoco a él. ¿Por qué no probarlo?, parece decirse. Y se anima a hacerlo, pero no llega a llevar a cabo su plan. Lo cual no elimina la posibilidad de que algo ocurra accidentalmente y la policía, la que no ha sido capaz de resolver el crimen original, crea saber que él sí lo ha imitado y se ponga a investigar.

Muy interesante en su juego de espejos y en el trato del peso de la culpa, en el asesino real que teme que lo pillen por culpa del imitador que no llegó a imitarlo.

Pasé después a El diario de Edith, la crónica  -valga la referencia ya tan tópica a la novela de García Márquez- de una muerte anunciada. Edith se muda con toda su familia fuera de la ciudad, a una pequeña localidad en el campo. Allí, ella y su marido, que son periodistas, quieren poner en marcha un semanario de ideas progresistas, y criar a su hijo con más atención. Pronto vendrán las cargas familiares impuestas, que Edith acepta en la forma de un tío de su marido enfermo, no tardará mucho en seguirle la huida del marido con su joven y atractiva secretaria, con la que se va de vuelta a la ciudad, y los fracasos sucesivos de su hijo en todo lo que emprende y deja de emprender. Edith va cargando con cada vez más contando con cada vez menos, y su único consuelo parece ser escribir la vida soñada en su diario. Esa disociación acaba tomando la peor de las formas. Un libro realmente agobiante para quien lo lee.

También podría ser agobiante, si no fuera porque es divertido en su juego cruel, el siguiente que leí, Mar de fondo, una novela que ya había leído. Una novela realmente retorcida, con un matrimonio en descomposición, en el que la mujer va de un amante a otro a la vista de todos, en una comunidad cerrada llena de habladurías. El marido lo lleva y lo sobrelleva, hasta que un día amenaza a uno de los amigos de su mujer y cuando se presenta la ocasión, y sin testigos, lo mata. No por venganza, sino más bien por hastío. Su mujer sabe, o sospecha, que ha sido él. Y lo acusa. Y empieza, junto a un vecino metomentodo, a decirlo por toda la ciudad. Pronto, sin embargo, vendrá un nuevo amante, nuevas tensiones, y una nueva muerte misteriosa. Y ya todo irá en un crescendo sostenido hasta el final de la novela.

Creo que voy a seguir leyendo algunas novelas más de Patricia Highsmith en los próximos meses. Y creo que sacaré más de ahí que de leer sus diarios. Creo, además, que en sus novelas y en sus narraciones se ve bastante bien quién y cómo era ella (con las lógicas distancias entre realidad y ficción, que nunca debemos olvidar y a veces olvidamos).

He leído, para cerrar este último mes de lecturas de la autora, un libro llamado Suspense, subtitulado Cómo escribir novelas de misterio, una vieja edición que encontré rebuscando en la Cuesta de Moyano. Ni tengo pensado pasarme al thriller ni creo demasiado en los libros (ni en los cursos) que prometen enseñarte a escribir. Este no hace tal promesa, lo cual se agradece. Y puesto a que alguien dijera que puede enseñar a escribir, creo que siempre sería más fiable alguien que escribe con solvencia demostrada que cualquier profesor dudoso. En Suspense, más que herramientas, uno encuentra como lector a una autora interesante explicando, dentro de lo que quiere y puede, sus procesos creativos. Algunos trucos, algunas dificultades recurrentes, algunas soluciones a estas, algunos ejemplos prácticos de cómo resolvió ciertos problemas, algunos comentarios sobre sus propias obras.

Seguiremos leyendo. No solo a Highsmith.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 23 de diciembre de 2021

Mis cuentos pendientes de 2021 (I)

Mis cuentos pendientes de 2021 (I) 

Me da bastante vértigo plantearme que se acaba un año como 2021. Vértigo por cómo ha sido el año y vértigo por ver cómo siguen avanzando los calendarios y recuerdo cosas de 1989 o de 1992 como si fueran de ayer y ya son de hace varias glaciaciones. Todos nos hacemos mayores y ese sentimiento lo ha tenido, tiene o tendrá todo el mundo, ya lo sé. Pero cuando es mío me afecta más, como es lógico. 2021 ha sido el segundo año de pandemia, y el segundo año de lecturas de pandemia.

¿Qué tendrá que ver? No debería tener que ver, pero noto que estos casi dos años han afectado a mi manera de leer. Así como los meses de encierro iniciales afectaron a mi capacidad de concentración y seguimiento de los libros, la vuelta a las bibliotecas y a la lectura con cierta lucidez me han llevado a querer leer libros que sé que me van a aportar algo especial.

Eso no quita que siga pendiente de las novedades, o que no le eche un ojo a según qué prestigiosos autores contemporáneos, pero intento concentrarme en valores seguros, o en aquellos que no conozco pero creo que pueden aportarme más.

También cuenta, y está relacionado con lo de seguir cumpliendo años, que cada vez uno entiende mejor los funcionamientos del mercado editorial y comprende cuánta verdad (muy poca) hay en esas llamadas a la excelencia que hacen que ciertos libros sean lo mejor del mes, incluso del año, y nadie (ni quien los encumbró) los recuerde pasado un nuevo año. O que haya quien encadena obras maestras, una detrás de otra, sin relajo ni descenso en la calidad de su producción. No buenos libros, no buenas novelas, sino puras obras maestras. De esas de las que Thomas Mann escribió quizá tres, Dostoievski tal vez cuatro.

Esta última entrada del año (en un año en el que ha habido tan pocas entradas) me vale para ir haciendo revisión de los libros que he ido leyendo durante el libro. Han quedado anotados 130 libros, a tres por semana. Algunas lecturas solo fueron parciales, por supuesto, libros de los que sentí que ya había leído suficiente y que terminé en ocasiones en diagonal. Anoto relecturas, que tampoco siempre son totales. Pero vamos, lo importante no es lo numérico.

Algunos de esos libros anotados ya había olvidado que los había leído. Otros, al revés, sentía que los había leído hacía más tiempo, de tanto como he pensado sobre ellos.

Es gratuito, siempre, intentar seleccionar diez libros y resumir en ellos lo mejor que uno ha leído. Pero también está bien ayudar a la memoria a filtrar.

Me han gustado mucho otros libros, y empiezo de hecho hablando de ellos.

Luego llegaremos a esa lista de diez.

Hay de todo. O eso me parece. Y está bien que sea así.

Lo que no hay es ningún llamamiento a que estos sean los mejores libros del año, porque salvo excepciones no son de este año. Ni pretendo imponer un criterio de lo mejor. Son los libros que mejores momentos de lectura me han dado.


Empiezo hablando de relecturas: Cada vez las programo con más frecuencia y siento que me aportan más. Hace cosa de un año releí Doktor Faustus, que había leído con veinte años (si no menos) y me di cuenta de todo lo que el libro me decía ahora y no me había dicho entonces, habiéndome gustado ya mucho. Este año abordé algunas relecturas importantes y que me llevaron a momentos estelares de mi año lector, como fue la lectura completa de todos los cuentos de Roberto Bolaño. Leo sus cuentos, (algunos) con gran frecuencia, forma parte de mi dieta básica de lectura cuando escribo, (en la que entran Cortázar, Bolaño, Kafka, Keret, poquitos más). Pero no me había puesto a leer todos sus cuentos, desde el primero de Llamadas telefónicas hasta el último de El secreto del mal. Y en verano lo hice. Con un volumen de bolsillo ideal para viajar con él, me di el gusto de volver a todos los cuentos de Bolaño, un autor que aunque va a quedar como novelista, era esencialmente un cuentista. Le recomiendo la experiencia y el viaje a cualquier lector interesado.

Como recomiendo otras relecturas del año, que también fueron acompañando mi verano. Una fue la que quizá es mi novela preferida, una de las novelas largas y decimonónicas por excelencia (aunque no sea precisamente canónica), Moby Dick, de Herman Melville.

Otra fue una novela bastante breve, que creía recordar con cierta frecuencia pero de cuya perfección (absoluta) no era ya tan consciente. Hablo de Desgracia, de J. M. Coetzee. En mi recuerdo esta era su mejor obra, aquella novela en la que su escritura, siempre afilada, siempre precisa, se desarrollaba sobre una historia bien desarrollada, que no fuera una mera estructura sobre la que exponer una manera de escribir, que es la sensación que otras de sus novelas me han dado. Confirmo que es su mejor obra. Subo la apuesta y después de la relectura digo que es una de las mejores novelas de esta época.


Ha sido también relectura, pero sobre todo ha sido un gustazo: Leer los Relatos Cortos completos (en dos volúmenes) de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. En mi formación inicial como lector estuvo muy presente Sherlock Holmes. A mis nueve y diez años fui un enamorado de Sherlock Holmes que de vez en cuando se metía en novelas de Julio Verne (y que nunca se alejaba demasiado de todo tipo de cómics). Durante algunos años más seguí leyendo a Sherlock Holmes y en algún momento de mi primera adolescencia leí también sus novelas. Digamos, con todo, que podía hacer veinte años que no leía sus relatos. Y me compré, en un impulso melancólico, estos dos volúmenes con todos ellos. Y volví a leer con la inocencia perdida (perdón por el exceso lírico y cursi), sin analizar, sin detectar los trucos (evidentes, repetitivos), dejándome llevar a ese mundo. A veces damos por sabidos a algunos autores y algunas obras por sobreexposición, y vale la pena leerlos (o volver a hacerlo). Si alguien muy lector no los ha leído, creo que los disfrutará. Si alguien no lee demasiado y quiere algo así como un entretenimiento inteligente, que tampoco lo dude.

Me han gustado, pero reconozco que no entiendo todo el ruido alrededor. Aquí traigo libros que se leen bien, que aportan buenos momentos literarios o algunas reflexiones interesantes, pero que no entiendo que despierten pasiones (ni a favor ni en contra). Libros a los que si les pusiera una nota les pondría un bien alto, todo lo más un notable bajo. Panza de burro, de Andrea Abreu, Feria, de Ana Iris Simón y La uruguaya, de Pedro Mairal (este además ha sido en la segunda lectura, recuperó nota aquí sin maravillarme, cuando lo leí por primera vez le puse mentalmente un insuficiente). Entiendo que es muy posible que el problema sea mío. Pero como son mis lecturas, se quedan con mis sensaciones.

Siempre son escritores soberbios, aunque estas no han sido sus mejores obras: Ambos libros podrían estar entre las diez mejores lecturas del año, sin duda. Pero son autores de los que espero tanto que me he llevado una pequeña decepción, porque ninguno ha hecho su mejor libro. Quedan, con todo, totalmente recomendados, libros y sobre todo autores. Tokio Redux, de David Peace y Avería en los confines de la galaxia, de Etgar Keret. Quede dicho también, porque algo significa, que el libro del mejor cuentista vivo del mundo (Keret, cualquiera que lo haya leído lo confirmará) saliera casi en silencio en España, y que a los pocos meses fuera prácticamente imposible encontrar copias en ninguna librería.

No vamos a caer aquí en el halago excesivo a los amigos: Y únicamente por eso no quiero meterlo entre las diez mejores lecturas del año. Pero si ha habido un libro en España este año que hubiera merecido mucho más éxito y mejor acogida (habiéndola tenido buena), ha sido Un nublao de tiniebla y pedernal, de Miguel Ángel González. En un momento en el que se nos quieren vender como valores literarios máximos la autenticidad y la memoria, no hay un libro más auténtico, más emotivo y más lleno de verdad (de la literaria, que es la que importa; la otra, la de cada día, es cosa del autor, y como su libro dice al final, además, si os contara exactamente lo que pasó quizá no me creeríais). Ya le gritaba Jack Nicholson a Tom Cruise en Algunos hombres buenos aquello de: ¿Quieres la verdad? Tú no puedes soportar la verdad. Un homenaje loco a un clan que no debe ser menos loco, capitaneado por un abuelo que siempre supo hacer magia sin haber sido mago.

Apuntes interesantes de autores noveles: Hay cierta coincidencia generacional con estos dos libros y eso empaña un poco la objetividad con la que los he leído (no me dedico a juzgar libros, así que no pretendo ser objetivo, solo lo advierto). En el caso de Videoclub, de Aarón Sáez, la coincidencia es además geográfica y la dificultad doble. Ha escrito un muy buen libro, ligero, simpático, que es a la vez (y es admirable que logre el doble objetivo, que no sé si lo era como tal) una refutación y un elogio de la nostalgia. Tiene un muy bien logrado punto costumbrista millenial, aunque a veces las digresiones se vayan a puntos de fuga de los que no vuelven. En la historia que nos cuenta vemos que la nostalgia es un lastre pero también un refugio. Y no nos quiere dar ninguna lección, solo contar una historia, que es para lo que se escriben las novelas. Y eso también se agradece. Los nombres propios, de Marta Jiménez Serrano, ha tenido mucho éxito comercial, y lo merece, porque es una excelente primera novela. Hay una voz propia, poderosa, y una historia bastante corriente, la de una chica que crece, y la cuenta a través de un recurso muy original, la amiga invisible de esta chica, que no la abandonó en la infancia, cuando estas suelen desaparecer. Es una novela divertida, es fresca. Está muy bien. A ambos libros, debo decirlo también, les he notado demasiado el andamiaje de taller de narrativa (sin siquiera saber si se han escrito al amparo de esos talleres, pero mi sensación ha sido esa). Se nota que son novelas iniciales y que han seguido patrones de construcción más o menos fiables y probados, y en futuras entregas tendrán que ir retirando las ayudas y construir algo totalmente propio.


No ha sido mi año de mayor amor hacia la narrativa de ficción, pero si me preguntáis por una novela que sea perfecta, os diría esta: Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy. Me mantenía sin haberme estrenado con este autor americano. Una novela con ese título, debo decirlo, me hacía temer lo peor. Pero es un verdadero novelón. Una maravilla. Un prodigio narrativo, además, perfectamente equilibrada. Hablaba de Desgracia, de J. M. Coetzee, como novela perfecta. Esta no lo es menos. Después ya he leído En la frontera, continuación espiritual, y Ciudades de la llanura espera su momento.


Un poco de diarios: Me he ido convirtiendo, en estos últimos años, en un lector muy volcado en los diarios, memorias, dietarios y otras formas de la memoria personal. Aparte de seguir explorando a mis clásicos (capitaneados por Trapiello), me he acercado al primer volumen de los diarios de André Gide, que no me ha llevado a ningún éxtasis. Los diarios que más me han dicho este año han sido sin duda Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince, de quien aún no he podido leer El olvido que seremos. En este cuaderno, Abad Faciolince, un niñato enviado a estudiar a Italia, va evolucionando, entre las trampas de la vida y los castigos (el asesinato de su padre aparece ya aquí). Valoro especialmente, además de ciertas reflexiones sobre la trascendencia en la creación o el amor y el deseo, lo crudo y poco compasivo que es consigo mismo, que creo que es algo que todo aquel que se expone hace, antes o después. Son excelentes también los apuntes de Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró. De Peyró me separan cuatro años, muchos litros de whisky (yo solo soy, y muy moderadamente, bebedor de bourbon), los puros, las creencias religiosas y muchos restaurantes que le envidio. Nos separan las fincas y el modo en que hemos desperdiciado los veranos. Pero he sentido leyendo el libro que todo eso son cuestiones secundarias, que su visión trasciende todo lo circunstancial y apunta a verdades mucho más importantes. Que es de lo que tratan los buenos libros. Aunque use esa parte circunstancial a veces como frívolo atrezzo, y nos haga reír en algunas páginas, que lo hace.

Continuaremos en unos días. 

Seguimos leyendo

Saludos cuentistas

Sr. E

martes, 30 de marzo de 2021

Declaración trimestral: enero - marzo 2021

Declaración trimestral


Confieso que no echo de menos hacer una reseña semanal, ni estar pendiente de qué contar de los libros que voy leyendo, pero sí echo de menos asomarme de vez en cuando por aquí y hablar de algunas lecturas que creo que pueden resultar interesates. Puede que la manera de no alejarme del todo del blog ni tener una obligación sea una aparición trimestral, como las entregas de notas de los colegios o los pagos de impuestos en ciertos sectores.

El primer trimestre de 2021, donde la anormalidad sigue vigente, ha sido una buena época de lecturas. Reviso mi cuaderno de anotaciones y veo bastantes libros que me han dejado sensaciones muy positivas.

La idea es comentar algunos de ellos, y que le puedan servir a quien visite esta entrada como recomendaciones.

 

Relatos

¿Quién te crees que eres?, de Alice Munro. La editorial no la presenta como tal, pero el libro, aunque aspire a ser una novela, es una colección de relatos enlazados. No creo que tenga importancia, más allá de que en muchos artículos se presente como la única novela de Alice Munro. Da igual cuál sea el género al que se adscriba, es un muy buen libro.

 

Novelas bastante breves

Son libros que tienen en común, entre otras cosas, que son bastante breves, y que, además por su interés se leen en un par de ratos.

Esto es placer, de Mary Gaitskill. Este es un librito muy corto que cuenta un mismo caso desde dos perspectivas, la de un hombre y una mujer. Es un libro polémico que toma un papel delicado en la era del metoo. La diferencia entre placer y dolor es a veces muy fina, dice la autora en algún momento, y sobre eso investiga en sus páginas. Hay un caso de denuncia por acoso contra un veterano editor, y vamos leyendo, de manera alternada, la visión del denunciado y la de una vieja amiga que no acaba de comprender la situación.

Querido Miguel, de Natalia Ginzburg. Es una novela corta, escrita a modo de cartas, en la que vemos cómo una madre, dirigiéndose a su hijo Miguel, nos muestra cómo una vida, la suya, pero también la de su ex – marido, la de otros familiares, y en general la de una ciudad de provincias, se ha ido derrumbando, sin un motivo claro, simplemente porque el óxido ha ido haciendo su labor de desgaste.

La edad del desconsuelo, de Jane Smiley. Es posible que a todos nos haya de llegar esta edad del desconsuelo, un momento indefinido entre los treinta y los cincuenta años en el que parece que las emociones se hacen más grises, la vida se vuelve rutina y lo que nos daba la vida empieza a parecer lo mismo que nos la está robando. Puede acabarse el amor, y pueden acumularse los derrumbes. Un matrimonio de dentistas, Dana y Dave, con una buena posición económica y tres hijas, se dan cuenta, en un instante, de que quizá la vida que llevan no es tan feliz, o que esa no era la felicidad. Empiezan a re – evaluarlo todo, y a sospechar de su pareja. La escritura es finísima y siempre en la frontera entre la realidad y la lírica, y la lectura es deliciosa.

Personajes desesperados, de Paula Fox. La lectura del libro anterior me hizo acordarme de este, que había leído hace quince años, si no alguno más. Fui a la biblioteca a buscarlo y lo releí. La experiencia no podía haber sido mejor. En esta historia que transcurre en un fin de semana, nos encontramos con un matrimonio, los Bentwood, Otto y Sophie, burgueses entrando en la cuarentena en un Nueva York enfermo. A Sophie, el viernes por la noche, le muerde un gato callejero al que venía alimentando. La herida empieza a hincharse y ante la sospecha de que pueda ser rabia, y también ante la resistencia a ir al médico, va haciendo una valoración completa de su relación, del tipo de vida que tienen, y del tipo de vida que tienen todos los que viven como ellos.

El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon. Este librito es un pequeño ensayo novelizado, con un fuerte componente de eso que se llama literatura testimonial. Mercedes Halfon es una periodista y escritora argentina, que desde pequeña ha sufrido estrabismo. Utiliza esa circunstancia para reflexionar sobre los cánones, la mirada, un término siempre tan literario, el enfoque, y dónde se sitúa cada persona en función de problemas como los de visión. Halfon va mezclando recuerdos con apuntes casi técnicos, historia de la vista, y la influencia de esta en manifestaciones artísticas de todo tipo.

 

Clásicos

Corremos el riesgo, al final, de considerar clásico a todo lo que haya llegado al mundo antes que nosotros. Reconociendo lo poco definido que es llamar clásico a un libro, y no llamárselo a tantos otros, llevo los últimos años intentando completar mis carencias lectoras en cuanto a los clásicos.

Me han interesado especialmente dos novelas cortas de Thomas Wolfe, Hermana muerte y El viejo Rivers, que son dos buenos ejemplos de escritura económica, realismo poético y el siempre difícil arte de la novela corta, esas historias concentradas en poco más de ochenta páginas que construyen un mundo totalmente completo.

La escritura de Wolfe me recuerda a la de Henry James, de quien he leído últimamente Lo que Maisie sabía, la historia de una niña a la que sus padres usan como motivo de discordia, en una guerra posterior al divorcio, en la que estos no paran de lanzarse puñales, y donde decenas de personajes van poniendo su granito de arena en uno u otro lado del campo de batalla.


Algunas novelas negras

He combinado relecturas de clásicos (fue una maravilla volver a leer al completo El largo adiós, de Raymond Chandler), con la primera lectura de otras obras que no había leído antes.

¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, me pareció un libro ligero, quizá menor pero muy bien hilado, y un ejercicio de sabiduría narrativa que podría estudiarse en cualquiera del millón de cursos de escritura creativa en marcha.

La muerte de Belle y El hijo del relojero son otro par más de buenos ejemplos de por qué siempre es buena idea volver a leer a Simenon, en cuyos libros siempre encontraremos historias amargas y buena escritura.

Maderos, de Ken Bruen, me gustó mucho, y me hizo pensar que había encontrado a un nuevo autor al que seguir, aunque las siguientes novelas del autor que cogí de la biblioteca me disuadieron de tal idea.

 

Diarios o similares

Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince. Este autor es sobre todo conocido por su libro El olvido que seremos, que aún no he leído, un libro en el que reconstruye el asesinato de su padre en Colombia. Lo que fue presente recoge sus diarios de los años ochenta, en los que comienza siendo un frívolo estudiante colombiano en Italia, sin preocupaciones, que se casa y es padre sin dejar de ser un adolescente inmaduro, y se ve sorprendido por el asesinato de su padre, por la vuelta a Colombia, por la mancha que la violencia deja sobre todos, por la imposibilidad de volver a tener una vida completa después de algo así, por la sensación de que hay muchos (demasiados) que quieren seguir como si no hubiera pasado nada.

Contemplaciones, de Zadie Smith. Es un libro con seis ensayos breves, anotaciones que Smith fue escribiendo durante los meses de confinamiento, que pasó en Nueva York. Se va fijando en las pequeñas cosas, en las comodidades, las incomodidades, los repartidores, la falta de intimidad cuando todo el mundo está en casa siempre, y también va haciendo recuento de las grandes desgracias que nos cayeron encima casi de golpe. No había leído nada de Zadie Smith, y me pareció una escritora muy aguda, una observadora fina y elegante, y de hecho después de este libro quise saber cómo era su escritura de ficción y leí su novela más conocida, Dientes blancos, que ha sido quizá la mejor novela de ficción larga (pasa de las quinientas páginas) que he leído en lo que va de año.

El colgajo, de Philippe Lançon. Lançon era periodista cultural. Iba al teatro, escribía reseñas, publicaba en distintas revistas y periódicos. Uno de los medios en los que escribía era la revista satírica Charlie Hebdo, en cuya redacción estaba Lançon una mañana de enero de 2015 cuando unos terroristas la asaltaron. Muchos de sus compañeros murieron, y a Lançon le dispararon en la cabeza, dejándole con vida pero sin mandíbula. El colgajo, que es el nombre que una de sus cirujanos le da a la reconstrucción que le hacen, da título a esta memoria de vuelta a la vida en la que acompañamos a Lançon entre camas de hospital, quirófanos y visitas de familiares y fantasmas de su vieja vida y temores de la nueva.

 

Otro tipo de libro

Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Llevo quince años viviendo en Madrid, y como tantos de los que vivimos en Madrid, no nací aquí. Madrid es una ciudad ambivalente, acogedora y dura, en el fondo como toda gran ciudad, donde vienen a parar millones de personas de distintos orígenes. Iñaki Domínguez analiza la composición de las ciudades, y cómo una de las formas de vida plenamente urbanas que surgen para sobrevivir entre sus calles es la del macarra. El libro sirve como guía sociológica de Madrid en los últimos cincuenta años, y siguiendo las bravuconadas y desventuras de distintas bandas callejeras por diferentes barrios y distritos, no deja de dar sorpresas. Muy diferente a cualquier otra clase de libro y muy recomendado.

 

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 29 de diciembre de 2020

Mis cuentos pendientes de 2020

Mis cuentos pendientes de 2020

Una lista desordenada

El blog lleva cerrado desde abril, y bien está así. Le han salido telarañas, y esos diminutos insectos que viven entre los libros y ayudan a la buena conservación del papel (por lo que es recomendable limpiar el polvo de los libros de vez en cuando, pero tampoco con gran frecuencia) corretean por aquí felices y salvajes. 

No respondo a ninguna demanda social asomándome por aquí a final de año, lo sé de sobra. Pero con estas fiestas raras, me entró cierta melancolía por hacer balance final de mis lecturas anuales. 

Ha sido un año extraño, no merece la pena hacer un nuevo comentario sobre por qué, o cómo nos ha afectado. Porque a cada uno le ha afectado de distinta manera, y me imagino que eso es así también a nivel de lecturas. 

Durante el confinamiento estricto, con las bibliotecas cerradas, mi lectura se vio especialmente afectada, ya que la mayoría de mis lecturas vienen de ahí. En verano fui recuperando las visitas a estas, y he intentado desde entonces ir eligiendo los seis libros que mi carnet me permite como si pudieran ser los seis libros con los que me quedaría encerrado otra vez durante tres meses. El sistema funciona, y filtra mucha lectura que realmente no necesitamos hacer, aunque pueda parecernos por un momento que sí.

He releído muchos libros, y a algunos autores en los que siempre encuentro satisfacción. Fue, cuando no podía acceder a libros nuevos, una gestión lógica de los recursos. Y ha sido, después, otra manera de asegurarme el éxito como lector. He hecho, a lo largo del año, ciclos de relectura de Ballard, Bolaño, Philip Roth, Cortázar y Etgar Keret. Los he disfrutado enormemente.

Por esa acumulación de relecturas, la lista de libros que presento este año no se centra en novedades, y tampoco va a presentarse como una lista del 1 al 10. He incluido libros que no he leído por primera vez junto a otras lecturas de novedades. 

Quizá a alguien le sirvan para rematar listas de deseos a los Reyes Magos. Vamos a ello. 


Novela

Vivir abajo, de Gustavo Faverón (Candaya). En un año normal, este sería probablemente el número 1 de mi lista. Es una novela estupenda, en la que la sombra de Bolaño, enorme, no pesa, sino que sirve para crear algo nuevo, algo que puede leerse como otra gran novela de Bolaño o como la gran novela de un discípulo. Una de esas novelas enloquecidas en las que el arte y la muerte se mezclan. 

Había humo o neblina o no sé qué, de Cristina Rivera Garza (Tusquets). Se trata de un libro muy especial. Un homenaje muy particular a Juan Rulfo, en el que se siguen más sus pasos y sus andanzas, sus fotografías y vivencias, que sus textos. Un lenguaje poético, un resultado muy particular. 

La peste, de Albert Camus (Seix Barral). Había leído ya bastantes libros de Camus, y este esperaba el momento en mis estanterías. Y llegó. No fue precisamente una lectura para distraerse de la actualidad. Pero es una novela perfecta. Profunda, poderosa, llena de ideas, imágenes y momentos poderosos. 

Estrella distante, de Roberto Bolaño (Anagrama). Como lector de Bolaño, siempre he defendido la superioridad de sus novelas desbocadas (Los detectives salvajes y 2666) sobre sus novelas cortas, que sé que muchos lectores prefieren. Este año he releído Estrella distante, Nocturno de Chile y Amuleto. Y aunque sigo creyendo que su gran obra está en sus grandes novelas, en Estrella distante hay que reconocer que no hay nada que sobre ni que falte, que es una de esas novelas cortas (en torno a 150 páginas) inmejorables. El horror y la poesía, la barbarie en Chile. 

Kramp, de María José Ferrada (Alianza). Un Papá Noel acertado me lo regaló la semana pasada, y lo leí en un día. Quiero releerlo para estudiarlo mejor, pero en primera lectura me ha parecido una novela corta perfecta, redonda, con una voz que nos encanta, la de una niña que se mueve por los pueblos de Chile junto a su padre, vendedor de productos de ferretería, en una época que se va llenando de fantasmas, la del golpe de estado de Pinochet en 1973 (lo que emparenta esta novela con la de Bolaño).  

Kaputt, de Curzio Malaparte. En un Nápoles de posguerra, Malaparte nos enseña una ciudad arrasada, que intenta levantarse de sus ciudades. Una ciudad orgullosa que ha sido derrotada, por el fascismo y por los aliados, que ha perdido otra vez, que intenta levantarse. Malaparte muestra la derrota como una de las situaciones que enseña a los seres humanos a seguir adelante. 

El general del ejército muerto, de Ismail Kadaré (Alianza). De nuevo en Italia, una expedición de este país va a Albania a rescatar los cadáveres de un batallón que no volvió de la Segunda Guerra Mundial. La vergüenza entre ambos países y los fantasmas van dibujando algo extraño, que pesa, que tarda en definirse, pero que se va dibujando poco a poco ante nuestra mirada. 

Relato

¿Quién ha visto el viento?, de Carson McCullers (Austral). Hace años leí El aliento del cielo, que incluye estos mismos relatos y sus tres novelas cortas. Este verano me compré esta edición en bolsillo y volví a encontrarme con la prosa sutil de Carson McCullers. Es una maravilla. Leí el libro dos veces seguidas, y no me importaría volver a leerlo estas próximas semanas de vacaciones. 

Final del juego, de Julio Cortázar (Suma de Letras). Ya decía que había estado releyendo a Cortázar en los últimos meses. Podría elegir cualquier otro libro de relatos, pero quizá este sea mi preferido. Incluye mi relato preferido de Cortázar (Los venenos), un buen número de clásicos (Continuidad de los parques, Torito, La noche boca arriba, el propio Final del Juego) y es una muestra estupenda de lo ricos y variados que son los cuentos de Cortázar. Uno de esos libros a valorar si has de quedarte encerrado con un único libro durante un buen tiempo, por sus infinitas lecturas.  

La torre de ébano, de John Fowles (Impedimenta). Creo que Fowles es más conocido por El coleccionista que por El mago, pero esta me parece una novela asombrosa, que lleva años sin ser reeditada. La torre de ébano es una colección de relatos largos (algunos, especialmente el primero, el que da título, es una novela corta) donde están los mismos temas que allí. Engaños, reflexiones sobre el amor y el arte. El poder. Creadores que se consideran a sí mismo dioses, y la pregunta flotante de si el arte lo justifica todo. 

Cuentos completos, de Lorrie Moore (Seix Barral). Me regalaron esta edición por mi cumpleaños, y vale realmente la pena. Había leído Pájaros de América (una maravilla, una colección de relatos perfecta, de mis preferidas). De las otras tres colecciones que recoge, hay otras dos estupendas: Autoayuda y Como la vida misma. Moore sabe ser cruda y sarcástica a la vez que no deja de mantener cierta dulzura en la mirada hacia sus personajes, lo que no es nada fácil. Narra con facilidad y siempre te deja dándole vueltas a los cuentos. 

Corazones en la Atlántida y Las cuatro estaciones, de Stephen King (DeBolsillo). Son dos colecciones de novelas cortas más que de cuentos, muchas de las cuales han tenido película (no es demasiado conocida, pero la película de Verano de corrupción es muy recomendable). Estas historias no son las clásicas de King, no hay elementos fantásticos ni de terror sobrenatural. Aquí despliega sus habilidades para el relato costumbrista, en el que, descontado su 8 - 10% de referencias un tanto cargantes, quedan historias que retratan muy bien el mundo de la infancia y de la adolescencia (que no otra es la base de muchas de sus novelas, niños y adolescentes que se sienten solos o que se pierden, pensemos en It).

Cuentos completos, de Franz Kafka (Valdemar). Con lo arriesgado que es decir algo así sobre el autor de El proceso y El castillo, siempre he pensado que lo mejor de su obra está en sus relatos.

Cuentos reunidos, de Saul Bellow (DeBolsillo). Bellow no es un cuentista sencillo, cuyas historias fluyan. Es denso, y algunos de sus relatos son mini - novelas, con muchas líneas dirigiéndose en distintas direcciones y esperando cruzarse. Aunque eso pueda hacer que alguien piense que por qué acercarse a sus cuentos, la verdad es que vale mucho la pena el viaje. En este volumen hay cuatro o cinco historias de primera división mundial (El contacto Bella Rosa, El robo, Memorias de Mosby y Algo por lo que recordarme). 


Ensayo

Ensayos, de Michel de Montaigne (Penguin). Los Ensayos de Montaigne me sonaban a libro lejano, erudito, consagradísimo. Me daba pereza, vamos. Pese a ello, en verano me hice con esta edición de bolsillo (no son sus Ensayos completos, pero son casi 800 páginas, y como no sabía qué encontrarme, valoré que mi bolsillo no debía hacer el intento con ediciones que pasaban de los 50 euros) y me encontré con un autor nada solemne, muy ágil, muy vivo, que va viviendo y registrando, pensando y opinando, sin un método claro, simplemente donde el pensamiento lo iba llevando. Con algunas reflexiones valiosísimas, casi todas a partir de sus comentarios aparentemente más ligeros.   

Argentina y el fantasma de Eva Perón, de V. S. Naipaul (DeBolsillo). Es una de las crónicas clásicas de Naipaul (está incluida en El escritor y el mundo). Naipaul es siempre inmisericorde con la realidad que ve. No maquilla nada. Mete el dedo en las heridas. Escarba. Y durante veinte años fue añadiendo páginas a sus contactos con Argentina, lo que permite ver la descomposición de un país a cámara lenta, con movimientos y derrumbes previsibles ante los que nadie hacía nada. Da miedo pensar en lo cercanos que parecen algunos de los síntomas.

Armas, gérmenes y acero (DeBolsillo) y Crisis (Debate), de Jared Diamond. Diamond es uno de los maestros del hoy célebre Noah Harari (Sapiens), y comparte ese tono de ensayo muy ágil, claramente divulgativo, pero que abre puertas muy interesantes. Diamond estudia de manera sistémica cómo ciertas civilizaciones murieron y cómo otras sobrevivieron, y cómo algunos países han sabido recuperarse de enormes crisis internas y externas, y explica qué hicieron para ello. Libros imprescindibles para ir pensando en el futuro después de este 2020 de pandemia (y no tiene por qué pensarse en un futuro optimista, advierto). 

Memorias y diarios

Ha sido un año de leer muchos diarios y memorias. Hay poco que explicar aquí. Tan solo que incluyo los cómics de Pekar en esta sección porque su trabajo de autoficción está más cerca de esta categoría que de ninguna otra. 

Antología de American Splendor, I, II y III, de Harvey Pekar (La Cúpula).

Patrimonio: una historia verdadera, de Philip Roth (Seix Barral). Roth sobre su padre, más allá, sobre las relaciones padre - hijo, y ese concepto en movimiento de masculinidad. 

A propósito de nada, de Woody Allen (Alianza).

Diarios, de Kafka (DeBolsillo).

Siete moderno y Miseria y compañía, del ciclo Salón de los pasos perdidos, de Andrés Trapiello (Pre-Textos).

Hitch – 22, de Christopher Hitchens (Debate).

Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz (DeBolsillo). Amos Oz recuerda la historia de amor de sus padres, su propia infancia y los libros, muchos libros. De fondo, la construcción del Estado de Israel. 


Ni ensayo, ni memoria, ni novela

Un autor muy peculiar. Incómodo. Político en un sentido no corrompido. Pasen y lean.

Literatura de izquierda, El amo bueno y La expectativa, de Damián Tabarovsky (Caballo de Troya).


Hasta aquí hemos llegado este año

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



domingo, 29 de diciembre de 2019

Mis cuentos pendientes de 2019


Mis cuentos pendientes de 2019

Cerramos el año. Otro año. Otro año más de libros, lecturas y comentarios sobre esas lecturas. No sé cómo me he organizado, pero tengo registradas 126 lecturas de libros este año. Cuando la sensación subjetiva es que tengo menos tiempo que nunca para leer, esa cifra me ha descolocado para comenzar a hacer este balance. Quizá he leído libros más cortos (aunque no lo creo), quizá es que he registrado más relecturas, y siempre avanzas más rápido por los terrenos conocidos. Quizá he sido más generoso apuntando en mis lecturas lecturas que han sido parciales, esos ratos, esas ciento cincuenta páginas de una novela con la que sientes que ya sabes lo que necesitas saber antes de descartar el libro. 

Como en los últimos años, he ido leyendo más ensayo, y trato de leer de vez en cuando algo de novela gráfica, porque aunque no acuden a mi mente como un formato prioritario, luego siempre las disfruto. He leído, además de puro ensayo, bastantes obras de narrativa de no – ficción y he desarrollado una afición hasta ahora desconocida a leer Diarios de manera casi compulsiva en el segundo semestre del año, encontrando en algunas de sus páginas una forma más auténtica y depurada de comunicación y creación literaria.

Sin darme cuenta al haber ido haciéndolos, identifico algunos ciclos de lectura con ejes temáticos o estilísticos al repensar ahora en las lecturas, y aparte de los que vaya a listar en esta entrada, me encuentro con bastantes lecturas de algunos autores de los que no había tomado conciencia de estar haciendo ese recorrido. Cuatro novelas del británico Graham Greene en primavera, cuatro de la japonesa Yoko Ogawa a finales del verano, por ejemplo.

Hacía años, probablemente muchos, que no pasaban 12 meses y no leía ningún libro de Stephen King, Emmanuel Carrère, Don DeLillo o Haruki Murakami. Ha pasado este 2019. He mantenido, entre mis habituales, lecturas y relecturas de Etgar Keret, Roberto Bolaño, Kafka y Mario Levrero.
A finales de 2018 no quise lanzarme a la tarea de hacer una lista de 10 libros con un orden en concreto, como si fuera este pequeño blog uno de esos anticuados suplementos culturales. Pero este año me apetece más esa lista de recomendaciones que hacer recomendaciones parciales y temáticas, que al final son igual de arbitrarias que las otras.

Son 10 libros, con algunas trampas (como agrupar lecturas) y después unas cuantas recomendaciones más, a modo de extra.
Empezamos

1. Oficio + La maleta + Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
2019 ha sido el año de Dovlátov para mí. Sospechaba que seguiría leyendo al ruso desde mis primeras aproximaciones, y de hecho ya nombré Retiro y La extranjera en 2018 como lecturas destacadas. Pensaba que iba a gustarme más, pero no pensaba, hasta que caí en las páginas de Oficio, que iba a alcanzar ese nivel de éxtasis e identificación que creo que no sentía desde que me caí, como Obélix en la marmita de poción mágica, en La novela luminosa de Levrero en 2013. Dovlátov ha ensanchado un poco más mi canon de imprescindibles, porque ahí he situado la ya nombrada Oficio y La maleta. En tiempos en los que se cuestiona a la autoficción y hay algunos críticos que la consideran poco menos que una opción para vagos que no tienen ganas de pensar en otras tramas, estos dos libros nos recuerdan que la diferencia entre una gran obra y una menor no está en el género y la forma, y que la gran literatura, casi toda, bebe en gran medida de la experiencia personal del autor, que la transforma en tramas más o menos cercanas o reconocibles, pero nunca ajenas a lo que conoce y ha vivido.

2. Cuentos, de John Cheever (Mondadori)
En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

3. Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward (Papel de liar) + La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO)
Agrupo estos dos libros porque los dos hablan, en el fondo, de un mismo impulso. El de meterse la vida en vena o por la nariz, el de evadirse de la realidad con la ayuda de las drogas y llegar a perder cualquier referencia más allá de quién te ha pasado la última dosis y a quién le vas a pedir la siguiente. Los dos libros me han parecido perturbadores porque no son libros moralistas ni tratan de convencernos de nada. También porque ambos usan las drogas en las que cayeron sus protagonistas como símbolos de muchas más cosas. Porque cualquiera puede verse reflejado en sus excesos, en sus adicciones, aunque no sean las mismas que las suyas. Porque quizá todos estamos más cerca de lo que queremos reconocer de caer por ciertas pendientes en la búsqueda de un poco más de felicidad. La trayectoria de Belushi apuntaba a tragedia y nadie hizo un esfuerzo real por evitar lo que podía pasar. Y pasó. El libro de Carr es además de impactante, muy interesante por su forma, pues el autor se lanza a aplicar su experiencia como autor de reportajes a investigar su propio pasado en los años 80. Su caída en las drogas, los trabajos que iba perdiendo, la familia a la que destrozaba, las hijas a las que irresponsablemente trajeron al mundo dos adictos al crack. Y vemos la salida de todo aquel mundo gracias a la disciplina y el sueño de la escritura. Y aprendemos cómo es posible contar dos historias como esas sin caer en la moralina.

4. Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
Esta novela corta, situada entre el terror psicológico y el costumbrismo, es una absoluta maravilla. Me impactó su historia, y me dejó francamente impresionado su perfección, su estructura imposible de mejorar, su lenguaje siempre bien medido, su voz narradora tan poco fiable como encantadora e irresistible. Creo que es uno de esos libros que puedes leer una y otra vez sin dejar de verte sorprendido, por más que sepas dónde están los giros y cuáles son las sorpresas que la trama te va a ir deparando. Hablaba en la reseña que hice del libro que era un ejemplo perfecto para trabajar en las escuelas de escritura creativa. Creo que recomendaría cambiar algunos meses de talleres de escritura por una lectura atenta y en profundidad de este libro.

5. Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)
La colección completa de todos los cuentos de Levrero llegó después de muchos años de esperarlos. Los cuentos de Levrero nos permiten asomarnos a la parte más imaginativa y surrealista de su producción, en general imaginativa y surrealista. Quienes ya conocemos y amamos a Levrero encontramos aquí más motivos para hacerlo. Quienes no lo conozcan pueden encontrar aquí un acceso divertido y fácil a su obra. La libertad absoluta, la búsqueda de lo lúdico, la reescritura de géneros literarios más trillados. La búsqueda de la verdad literaria, esa que está a veces en lo más disparatado, y hacerlo siempre sin renunciar nunca al estilo, aunque muchas veces sea un estilo contrario al ortodoxo, pero un estilo propio, lleno de marcas personales, que se relaciona con la literatura de kioskos, con el psicoanálisis, con lo detectivesco, con el absurdo de la existencia y las obligaciones que la sociedad nos impone. Leer a Levrero es un acto de rebeldía. Igual que escribir fue siempre uno de supervivencia para él.

6. Illska. La maldad, de Eirikur Örn Norddahl (Hoja de Lata)
Esta novela, que la editorial (en otro gran acierto de esta pequeña editorial gijonesa) presenta como la gran novela sobre el auge de la ultraderecha en Europa, me pareció mucho más que esa supuesta novela política. Es una novela política, quizá también, pero es una novela que trata sobre todo de la era de desarraigo y precariedad, también emocional, en la que nos ha tocado vivir. En ese mundo de relaciones frágiles y escasos valores duraderos, la ultraderecha, como movimiento que apela al pasado y a unas comunidades fuertes que ya no existen (ni volverán a hacerlo, y que quizá nunca lo hicieron), tiene su oportunidad. En Islandia, un pequeño país, muestra quizá poco válida pero perturbadora de cómo las comunidades se pueden ver afectadas por la amenaza externa, seguimos una historia de amor y odio entre tres personajes que vendrían a ocupar el lugar del nazi con labia, la estudiosa de los movimientos ultras que es descendiente de supervivientes del Holocausto y un pringado normal, no tan normal pero sí muy pringado, que irán avanzando por la oscura noche de los tiempos.

7. Salón de los pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello (Pre - Textos)
Hace algunos años que llevo oyendo (leyendo) a alguna gente hablar muy bien de estos diarios de Andrés Trapiello, que van apareciendo bajo el título colectivo de Salón de los pasos perdidos. No pensaba que fuera a encontrar ningún interés en estos escritos, y pensaba que no empatizaría demasiado con la persona de Andrés Trapiello, a quien conocía como personaje (más o menos) público y con el que pensaba que no tendría demasiado en común. He confirmado que no tengo mucho que ver con él en cuanto a las características que lo sitúan como personaje público, aunque sí me he reconocido en muchas de sus interioridades. Pese a todas las reticencias, al terminar el año y mirar atrás, veo que he pasado muchas noches (sobre todo han sido libros que he leído por las noches, antes de dormir) de estos últimos meses leyendo páginas y más páginas de los diarios de Trapiello. He leído, concretamente, Locuras sin fundamento (editado en 1992, que narra el año de 1988), El tejado de vidrio (editado en 1994, que narra el año de 1989), Las nubes por dentro (1995, 1990), Los caballeros del punto fijo (1996, 1991), Las cosas más extrañas (1997, 1992), y La cosa en sí (2006, 2000). Hay páginas brillantes que se van alternando con momentos bastante inanes, y cierta cantidad de comentarios y ambientes un tanto rancios. Con todo, la finura del observador, la ironía para describir algunos males (que se reconocen desde una distancia de ya casi treinta años y se ven hoy en día aumentados y agravados), la verdadera vocación literaria, los sinsabores del escritor de fondo, y la prosa y la sintaxis, tan bien ajustadas, hacen que sean libros que valen mucho la pena. Al menos un poco, al menos durante un rato. Los juegos metaliterarios y las reflexiones del Trapiello diarista sobre las correcciones que el Trapiello escritor hará son muy valiosas. Aunque en el último que leí, del año 2000, ya se le ve demasiado pendiente de la reacción que despertarán sus comentarios cuando finalmente sean editados (todos han sido editados por Pre – Textos en una apuesta constante y valiente, por el tipo de libro del que se trata).

8. El giro de Italia, de Dino Buzzatti (Gallo Nero)
No hace falta que te guste el ciclismo para disfrutar de este libro. Deben interesarte, eso sí, la ambición, el drama, la tragedia, las reacciones humanas ante la victoria y ante la derrota, las trapacerías, indignarse por el servilismo de quienes acuden a aplaudir al ganador y por cómo le retiran, casi los mismos, el saludo a quienes empiezan a decaer. El Giro que Buzzati narró para Il Corriere della sera fue el del gran duelo Coppi – Bartali, que contó con la épica de un enfrentamiento entre héroes atenienses y troyanos. Lleno de simbolismos, en una Italia de posguerra, ciclotímica, que fingía haber olvidado su pasado fascista y buscaba nuevos talentos jóvenes con los que impresionar al mundo, el Giro no defraudó y cumplió con las expectativas, coronando a un nuevo rey. No hace falta que el ciclismo te interese, igual que no hace falta haber subido jamás a una montaña para disfrutar de Los indómitos de la montaña (también de Buzzati, también en Gallo Nero). La excelente prosa y el ritmo aventurero del que dota a sus historias, y la emoción que sabe darles, son universales, y quien las lea sabrá apreciarlo.

9. Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)
Si Merricat es una narradora de cuyo encanto es imposible escapar durante todo el libro de Siempre hemos vivido en el castillo, la Penny de Con rabia, con su descaro, su frescura, su espontaneidad y su sentido crítico, no se queda atrás. Con rabia es sin embargo lo contrario a una novela corta perfectamente medida, pues despliega una voz de primeras notas, como recién escritas, siempre cercanas a la conversación y al diario. Aunque ese tipo de voz, como las muy medidas y ajustadas, son muy difíciles de escribir. Este retrato adolescente de una vida aburrida en una ciudad señorial y burguesa, como es Florencia, encantará a cualquier adulto que no se haya olvidado de esos años determinantes que nos enseñan a movernos por la vida.

10. El salto de papá, de Martín Sivak (Seix Barral)
Martín Sivak abre las puertas del armario de la memoria familiar. Su papá, Jorge Sivak, banquero y comunista (extraña combinación, sí, pero cierta y duradera en su vida), se suicidó cuando Martín tenía quince años, saltando de palito desde las oficinas de su empresa, que había entrado en bancarrota. El libro comienza ahí, con ese salto, y más que comprenderlo, y menos justificarlo, trata de perdonarlo. Martín Sivak trata de descubrir algo en el pasado de su padre y la familia, en el secuestro y asesinato de su hermano, del que nunca se recuperó, en los problemas económicos del país, en las malas decisiones, en los viajes, en las reuniones familiares y en las creencias a las que nunca renunció. No descubre nada, no se siente capaz de explicar nada, pero mientras va reconstruyendo una Argentina que va pasando por los años 80 de una dificultad a otra, va cerrando las heridas de una vida marcada por el suicidio de su padre. La prosa es sencilla, directa, casi cruda, y perturba esta historia de silencios, problemas, ideales rotos y una gran tragedia.

Bonus: Érase una vez en Francia, de Fabien Nury (Norma)
Esta serie de novelas gráficas, seis historias en tres volúmenes, es la historia de Joseph Joanovici, y daría (y en algún momento dará) para un peliculón (o gran serie). Está basada en hechos reales. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, nos lleva a conocer a un chatarrero rumano que poco a poco va armando un gran emporio, a relacionarse con unos y otros, buenos y malos, y a convertirse en una especie de doble agente entre los franceses y los nazis, un colaboracionista que también salvó a muchos judíos. La historia nos enfrenta después con las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Y llevándonos de unos secretos a otros nos lleva a conocer a una importante colección de personajes con doble moral. El guión es estupendo, y los dibujos, expresivos y llenos de vida, parecen el storyboard de un clásico contemporáneo del cine negro.

Más libros: Del 11 al 20, sin mayor explicación (aunque muchos han salido reseñados)
11. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)
12. Paciente X: El caso clínico de Ryunosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)
13. Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)
14. La vista desde la última fila, de Neil Gaiman (Malpaso)

15. J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg)

16. El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)
17. El pozo: Novelas breves 1 y Tan triste como ella: Novelas breves 2, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo)

18. El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada (Mondadori)

19. Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

20. El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E