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domingo, 29 de diciembre de 2019

Mis cuentos pendientes de 2019


Mis cuentos pendientes de 2019

Cerramos el año. Otro año. Otro año más de libros, lecturas y comentarios sobre esas lecturas. No sé cómo me he organizado, pero tengo registradas 126 lecturas de libros este año. Cuando la sensación subjetiva es que tengo menos tiempo que nunca para leer, esa cifra me ha descolocado para comenzar a hacer este balance. Quizá he leído libros más cortos (aunque no lo creo), quizá es que he registrado más relecturas, y siempre avanzas más rápido por los terrenos conocidos. Quizá he sido más generoso apuntando en mis lecturas lecturas que han sido parciales, esos ratos, esas ciento cincuenta páginas de una novela con la que sientes que ya sabes lo que necesitas saber antes de descartar el libro. 

Como en los últimos años, he ido leyendo más ensayo, y trato de leer de vez en cuando algo de novela gráfica, porque aunque no acuden a mi mente como un formato prioritario, luego siempre las disfruto. He leído, además de puro ensayo, bastantes obras de narrativa de no – ficción y he desarrollado una afición hasta ahora desconocida a leer Diarios de manera casi compulsiva en el segundo semestre del año, encontrando en algunas de sus páginas una forma más auténtica y depurada de comunicación y creación literaria.

Sin darme cuenta al haber ido haciéndolos, identifico algunos ciclos de lectura con ejes temáticos o estilísticos al repensar ahora en las lecturas, y aparte de los que vaya a listar en esta entrada, me encuentro con bastantes lecturas de algunos autores de los que no había tomado conciencia de estar haciendo ese recorrido. Cuatro novelas del británico Graham Greene en primavera, cuatro de la japonesa Yoko Ogawa a finales del verano, por ejemplo.

Hacía años, probablemente muchos, que no pasaban 12 meses y no leía ningún libro de Stephen King, Emmanuel Carrère, Don DeLillo o Haruki Murakami. Ha pasado este 2019. He mantenido, entre mis habituales, lecturas y relecturas de Etgar Keret, Roberto Bolaño, Kafka y Mario Levrero.
A finales de 2018 no quise lanzarme a la tarea de hacer una lista de 10 libros con un orden en concreto, como si fuera este pequeño blog uno de esos anticuados suplementos culturales. Pero este año me apetece más esa lista de recomendaciones que hacer recomendaciones parciales y temáticas, que al final son igual de arbitrarias que las otras.

Son 10 libros, con algunas trampas (como agrupar lecturas) y después unas cuantas recomendaciones más, a modo de extra.
Empezamos

1. Oficio + La maleta + Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
2019 ha sido el año de Dovlátov para mí. Sospechaba que seguiría leyendo al ruso desde mis primeras aproximaciones, y de hecho ya nombré Retiro y La extranjera en 2018 como lecturas destacadas. Pensaba que iba a gustarme más, pero no pensaba, hasta que caí en las páginas de Oficio, que iba a alcanzar ese nivel de éxtasis e identificación que creo que no sentía desde que me caí, como Obélix en la marmita de poción mágica, en La novela luminosa de Levrero en 2013. Dovlátov ha ensanchado un poco más mi canon de imprescindibles, porque ahí he situado la ya nombrada Oficio y La maleta. En tiempos en los que se cuestiona a la autoficción y hay algunos críticos que la consideran poco menos que una opción para vagos que no tienen ganas de pensar en otras tramas, estos dos libros nos recuerdan que la diferencia entre una gran obra y una menor no está en el género y la forma, y que la gran literatura, casi toda, bebe en gran medida de la experiencia personal del autor, que la transforma en tramas más o menos cercanas o reconocibles, pero nunca ajenas a lo que conoce y ha vivido.

2. Cuentos, de John Cheever (Mondadori)
En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

3. Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward (Papel de liar) + La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO)
Agrupo estos dos libros porque los dos hablan, en el fondo, de un mismo impulso. El de meterse la vida en vena o por la nariz, el de evadirse de la realidad con la ayuda de las drogas y llegar a perder cualquier referencia más allá de quién te ha pasado la última dosis y a quién le vas a pedir la siguiente. Los dos libros me han parecido perturbadores porque no son libros moralistas ni tratan de convencernos de nada. También porque ambos usan las drogas en las que cayeron sus protagonistas como símbolos de muchas más cosas. Porque cualquiera puede verse reflejado en sus excesos, en sus adicciones, aunque no sean las mismas que las suyas. Porque quizá todos estamos más cerca de lo que queremos reconocer de caer por ciertas pendientes en la búsqueda de un poco más de felicidad. La trayectoria de Belushi apuntaba a tragedia y nadie hizo un esfuerzo real por evitar lo que podía pasar. Y pasó. El libro de Carr es además de impactante, muy interesante por su forma, pues el autor se lanza a aplicar su experiencia como autor de reportajes a investigar su propio pasado en los años 80. Su caída en las drogas, los trabajos que iba perdiendo, la familia a la que destrozaba, las hijas a las que irresponsablemente trajeron al mundo dos adictos al crack. Y vemos la salida de todo aquel mundo gracias a la disciplina y el sueño de la escritura. Y aprendemos cómo es posible contar dos historias como esas sin caer en la moralina.

4. Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
Esta novela corta, situada entre el terror psicológico y el costumbrismo, es una absoluta maravilla. Me impactó su historia, y me dejó francamente impresionado su perfección, su estructura imposible de mejorar, su lenguaje siempre bien medido, su voz narradora tan poco fiable como encantadora e irresistible. Creo que es uno de esos libros que puedes leer una y otra vez sin dejar de verte sorprendido, por más que sepas dónde están los giros y cuáles son las sorpresas que la trama te va a ir deparando. Hablaba en la reseña que hice del libro que era un ejemplo perfecto para trabajar en las escuelas de escritura creativa. Creo que recomendaría cambiar algunos meses de talleres de escritura por una lectura atenta y en profundidad de este libro.

5. Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)
La colección completa de todos los cuentos de Levrero llegó después de muchos años de esperarlos. Los cuentos de Levrero nos permiten asomarnos a la parte más imaginativa y surrealista de su producción, en general imaginativa y surrealista. Quienes ya conocemos y amamos a Levrero encontramos aquí más motivos para hacerlo. Quienes no lo conozcan pueden encontrar aquí un acceso divertido y fácil a su obra. La libertad absoluta, la búsqueda de lo lúdico, la reescritura de géneros literarios más trillados. La búsqueda de la verdad literaria, esa que está a veces en lo más disparatado, y hacerlo siempre sin renunciar nunca al estilo, aunque muchas veces sea un estilo contrario al ortodoxo, pero un estilo propio, lleno de marcas personales, que se relaciona con la literatura de kioskos, con el psicoanálisis, con lo detectivesco, con el absurdo de la existencia y las obligaciones que la sociedad nos impone. Leer a Levrero es un acto de rebeldía. Igual que escribir fue siempre uno de supervivencia para él.

6. Illska. La maldad, de Eirikur Örn Norddahl (Hoja de Lata)
Esta novela, que la editorial (en otro gran acierto de esta pequeña editorial gijonesa) presenta como la gran novela sobre el auge de la ultraderecha en Europa, me pareció mucho más que esa supuesta novela política. Es una novela política, quizá también, pero es una novela que trata sobre todo de la era de desarraigo y precariedad, también emocional, en la que nos ha tocado vivir. En ese mundo de relaciones frágiles y escasos valores duraderos, la ultraderecha, como movimiento que apela al pasado y a unas comunidades fuertes que ya no existen (ni volverán a hacerlo, y que quizá nunca lo hicieron), tiene su oportunidad. En Islandia, un pequeño país, muestra quizá poco válida pero perturbadora de cómo las comunidades se pueden ver afectadas por la amenaza externa, seguimos una historia de amor y odio entre tres personajes que vendrían a ocupar el lugar del nazi con labia, la estudiosa de los movimientos ultras que es descendiente de supervivientes del Holocausto y un pringado normal, no tan normal pero sí muy pringado, que irán avanzando por la oscura noche de los tiempos.

7. Salón de los pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello (Pre - Textos)
Hace algunos años que llevo oyendo (leyendo) a alguna gente hablar muy bien de estos diarios de Andrés Trapiello, que van apareciendo bajo el título colectivo de Salón de los pasos perdidos. No pensaba que fuera a encontrar ningún interés en estos escritos, y pensaba que no empatizaría demasiado con la persona de Andrés Trapiello, a quien conocía como personaje (más o menos) público y con el que pensaba que no tendría demasiado en común. He confirmado que no tengo mucho que ver con él en cuanto a las características que lo sitúan como personaje público, aunque sí me he reconocido en muchas de sus interioridades. Pese a todas las reticencias, al terminar el año y mirar atrás, veo que he pasado muchas noches (sobre todo han sido libros que he leído por las noches, antes de dormir) de estos últimos meses leyendo páginas y más páginas de los diarios de Trapiello. He leído, concretamente, Locuras sin fundamento (editado en 1992, que narra el año de 1988), El tejado de vidrio (editado en 1994, que narra el año de 1989), Las nubes por dentro (1995, 1990), Los caballeros del punto fijo (1996, 1991), Las cosas más extrañas (1997, 1992), y La cosa en sí (2006, 2000). Hay páginas brillantes que se van alternando con momentos bastante inanes, y cierta cantidad de comentarios y ambientes un tanto rancios. Con todo, la finura del observador, la ironía para describir algunos males (que se reconocen desde una distancia de ya casi treinta años y se ven hoy en día aumentados y agravados), la verdadera vocación literaria, los sinsabores del escritor de fondo, y la prosa y la sintaxis, tan bien ajustadas, hacen que sean libros que valen mucho la pena. Al menos un poco, al menos durante un rato. Los juegos metaliterarios y las reflexiones del Trapiello diarista sobre las correcciones que el Trapiello escritor hará son muy valiosas. Aunque en el último que leí, del año 2000, ya se le ve demasiado pendiente de la reacción que despertarán sus comentarios cuando finalmente sean editados (todos han sido editados por Pre – Textos en una apuesta constante y valiente, por el tipo de libro del que se trata).

8. El giro de Italia, de Dino Buzzatti (Gallo Nero)
No hace falta que te guste el ciclismo para disfrutar de este libro. Deben interesarte, eso sí, la ambición, el drama, la tragedia, las reacciones humanas ante la victoria y ante la derrota, las trapacerías, indignarse por el servilismo de quienes acuden a aplaudir al ganador y por cómo le retiran, casi los mismos, el saludo a quienes empiezan a decaer. El Giro que Buzzati narró para Il Corriere della sera fue el del gran duelo Coppi – Bartali, que contó con la épica de un enfrentamiento entre héroes atenienses y troyanos. Lleno de simbolismos, en una Italia de posguerra, ciclotímica, que fingía haber olvidado su pasado fascista y buscaba nuevos talentos jóvenes con los que impresionar al mundo, el Giro no defraudó y cumplió con las expectativas, coronando a un nuevo rey. No hace falta que el ciclismo te interese, igual que no hace falta haber subido jamás a una montaña para disfrutar de Los indómitos de la montaña (también de Buzzati, también en Gallo Nero). La excelente prosa y el ritmo aventurero del que dota a sus historias, y la emoción que sabe darles, son universales, y quien las lea sabrá apreciarlo.

9. Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)
Si Merricat es una narradora de cuyo encanto es imposible escapar durante todo el libro de Siempre hemos vivido en el castillo, la Penny de Con rabia, con su descaro, su frescura, su espontaneidad y su sentido crítico, no se queda atrás. Con rabia es sin embargo lo contrario a una novela corta perfectamente medida, pues despliega una voz de primeras notas, como recién escritas, siempre cercanas a la conversación y al diario. Aunque ese tipo de voz, como las muy medidas y ajustadas, son muy difíciles de escribir. Este retrato adolescente de una vida aburrida en una ciudad señorial y burguesa, como es Florencia, encantará a cualquier adulto que no se haya olvidado de esos años determinantes que nos enseñan a movernos por la vida.

10. El salto de papá, de Martín Sivak (Seix Barral)
Martín Sivak abre las puertas del armario de la memoria familiar. Su papá, Jorge Sivak, banquero y comunista (extraña combinación, sí, pero cierta y duradera en su vida), se suicidó cuando Martín tenía quince años, saltando de palito desde las oficinas de su empresa, que había entrado en bancarrota. El libro comienza ahí, con ese salto, y más que comprenderlo, y menos justificarlo, trata de perdonarlo. Martín Sivak trata de descubrir algo en el pasado de su padre y la familia, en el secuestro y asesinato de su hermano, del que nunca se recuperó, en los problemas económicos del país, en las malas decisiones, en los viajes, en las reuniones familiares y en las creencias a las que nunca renunció. No descubre nada, no se siente capaz de explicar nada, pero mientras va reconstruyendo una Argentina que va pasando por los años 80 de una dificultad a otra, va cerrando las heridas de una vida marcada por el suicidio de su padre. La prosa es sencilla, directa, casi cruda, y perturba esta historia de silencios, problemas, ideales rotos y una gran tragedia.

Bonus: Érase una vez en Francia, de Fabien Nury (Norma)
Esta serie de novelas gráficas, seis historias en tres volúmenes, es la historia de Joseph Joanovici, y daría (y en algún momento dará) para un peliculón (o gran serie). Está basada en hechos reales. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, nos lleva a conocer a un chatarrero rumano que poco a poco va armando un gran emporio, a relacionarse con unos y otros, buenos y malos, y a convertirse en una especie de doble agente entre los franceses y los nazis, un colaboracionista que también salvó a muchos judíos. La historia nos enfrenta después con las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Y llevándonos de unos secretos a otros nos lleva a conocer a una importante colección de personajes con doble moral. El guión es estupendo, y los dibujos, expresivos y llenos de vida, parecen el storyboard de un clásico contemporáneo del cine negro.

Más libros: Del 11 al 20, sin mayor explicación (aunque muchos han salido reseñados)
11. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)
12. Paciente X: El caso clínico de Ryunosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)
13. Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)
14. La vista desde la última fila, de Neil Gaiman (Malpaso)

15. J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg)

16. El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)
17. El pozo: Novelas breves 1 y Tan triste como ella: Novelas breves 2, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo)

18. El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada (Mondadori)

19. Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

20. El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 26 de noviembre de 2019

La Odisea ilsutrada, de Miguel Brieva y Carmen Estrada


La Odisea ilustrada, adaptación de Miguel Brieva y Carmen Estrada (Malpaso)

No vamos a descubrir el Mediterráneo y decir que La Odisea (como La ilíada o como Las mil y una noches) es un libro, no solo fundacional de nuestra tradición cultural y de la Literatura, así contada, con mayúsculas, sino además un libro que cuenta una historia que permanece con el mismo poder de seducción y entretenimiento que siempre ha tenido.

No pretendemos descubrir el Mediterráneo, pero sí está muy bien que recordemos que este clásico, como otros, es un libro que habría que leer más. Quizá respetarlo menos y leerlo más sería una buena recomendación.

La Odisea, como saben todos los que no la han leído, narra las vicisitudes de Odiseo (o Ulises) en su regreso a Ítaca, su reino, tras el fin de la Guerra de Troya. Odiseo consumirá la misma cantidad de tiempo en regresar que el que empleó en la propia guerra. Quizá porque la verdadera guerra a la que se debe enfrentar es la de la vuelta al hogar.

A mi hijo, de 6 años, le flipan las aventuras de Odiseo, y las de la Guerra de Troya y las de Jasón y sus argonautas. Es cierto que ningunas de estas le gustan más que las de los trabajos de Heracles, que son sin duda sus aventuras preferidas entre las de la mitología. Pero las leemos recurrentemente, en un par de ediciones para niños que tenemos en casa y que son parte del menú habitual de nuestras lecturas de antes de dormir.

Cito a mi hijo de 6 años y su fascinación por La Odisea y otras leyendas épicas como ejemplo de que son historias tremendamente atractivas, que se siguen con interés natural, que nos inquietan y nos hacen desear saber cómo seguirán.

No deberíamos dejar que esa fascinación se perdiera, y deberíamos ejercitarla, leyendo estas leyendas y otras. La edición de La Odisea ilustrada por Miguel Brieva, con textos de Carmen Estrada, es un libro muy útil en ese camino. No es una traducción de La Odisea al uso, y no lo pretende. Asume, como proyecto, que hay lectores que van a recurrir a la fuente clásica y otros que no lo harán, y a los que será más fácil acercarse desde otros planteamientos. Y eso es lo que se hace aquí con un texto simplificado y muy ágil, que se lee con fruición y se disfruta. No es La Odisea, pero es una versión de La Odisea muy divertida, muy bien trabajada y con la que uno conecta con Homero a través de dos médiums, una del lenguaje y otro que le presta apoyo gráfico a la historia.

Al margen del tema lingüístico, los dibujos de Brieva sacan el poema épico de su apariencia tradicional y lo envuelven en un aspecto gráfico lleno de referentes al cómic americano (sin caer en la estirpe de los superhéroes, porque no necesita Odiseo que lo tomen por un Batman cualquiera). Dotan al libro de un valor artístico muy importante y hacen que sea un objeto que vale la pena tener para releer de cuando en cuando. Además del lenguaje, el texto también adapta la estructura, acercándola más a la que un lector contemporáneo sin especiales intereses en las Humanidades y las Letras Clásicas pueda tener, asumiendo que el lector se sentirá más cómodo en la novela moderna y en la lectura de novelas gráficas e incluso en el visionado de series de televisión, y dándole un libro que se adapta a esos ritmos y expectativas.

Creo que sería un libro muy aprovechable en una asignatura de Cultura Clásica de instituto, y una buena idea también para cualquier lector adulto que nunca haya encontrado el momento de enfrentarse a uno de los clásicos fundacionales de la Literatura, uno de esos pocos libros de los que se puede decir realmente que salen todos los demás. Una muy buena opción de lectura y disfrute.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 8 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (II)


Vuelta al cole, vuelta al blog (II)

Enlazo con la anterior entrada, y continúo con la narrativa, aunque sea en formato gráfico.
Cómic
Los combates cotidianos, de Manu Larcenet: He terminado esta serie de cómics, de la que leí las dos primeras entregas a finales de 2018. Ahora he leído la tercera y la cuarta entrega. La serie de Larcenet es una de estas obras que no cuentan nada en particular, que simplemente nos muestran la vida, que nos dejan asomarnos por una historia costumbrista que comienza en un estado cercano a la depresión y acaba dándonos algo de esperanza. Marco, el protagonista de estos cómics, es un fotógrafo de guerra que desmotivado decide dejar temporalmente su trabajo e irse a vivir al campo. Allí irá asentándose, conociendo a la que será su pareja, tomando conciencia de algunas cuestiones importantes de la vida y de su pasado, comprendiendo mejor a sus padres, teniendo una hija y dándose cuenta de lo difícil que es dar el paso de hijo a padre, y las incoherencias a las que suele llevarnos.

Érase una vez en Francia, de Fabien Nury y Silvain Vallée: No sé cómo esta historia aún no ha llegado a las salas de cine. El mismo dibujo y los encuadres parecen muchas veces un storyboard ya preparado. Me imagino que al menos hasta el despacho de algunos productores ya habrá llegado, y no tardará en ser película, o serie. Lo que no tengo claro es si será una película francesa o americana. La historia de Joseph Joanovici da para seis cómics y daría para un peliculón. En España se ha editado en volúmenes con dos historias en cada uno, y en mi biblioteca solo he podido conseguir de momento los dos primeros volúmenes, así que me queda el tercio final. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, y después va hasta las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Nos lleva de unos secretos a otros y nos enseña una importante colección de personajes con doble moral.

También he aprovechado visitas a la sala infantil de la biblioteca con mis hijos (y habría que hablar mucho sobre por qué estos cómics están siempre en la sala infantil) para releer un par de entregas de Tintín (Objetivo: la luna y Aterrizaje en la luna) y empezar la serie Bone, de Jeff Smith.

Ensayos fáciles de identificar como tales

La invención de la naturaleza, El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf: Con estas biografías – ensayos tan completos uno acaba con la sensación de si no se está dando una importancia casi capital a un personaje (Von Humboldt), del que apenas se tenía constancia de su nombre, pero la escritura, tan apasionante, nos convence de que debía ser culpa nuestra, de nuestra inmensa ignorancia, no saber más de este gran personaje, humanista, viajero incansable, curioso impenitente, precursor de Charles Darwin, buen amigo y fuerte influencia en Goethe. Merece la pena dejarse llevar por la pasión de Humboldt por la naturaleza y el saber y el de su biógrafa por contarlo.

La vista desde las últimas filas, de Neil Gaiman: Gaiman me gusta mucho como narrador. Tiene libros muy divertidos (y este verano he visto la serie basada en su novela Buenos presagios, que me ha parecido que capta muy bien ese espíritu lúdico e irreverente del libro) y otros que trascienden el mero entretenimiento. Este libro, que no conocía y encontré por casualidad en la biblioteca, reúne pequeños textos de revistas, ensayos y discursos de Gaiman, en los que habla sobre la lectura, la escritura, escritores a los que conoce y otros a los que admira sin conocerlos (Gaiman es un lector entusiasta, de esos que intenta convencerte de las virtudes de lo que a él le gusta leer), sobre viajar con la imaginación, la libertad, y principalmente, al final, sobre hacer las cosas con pasión.

Biografías, memorias, diarios:
J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski. No soy un loco de Salinger pero sí he leído toda su obra publicada (lo cual no es difícil), y releo con cierta frecuencia algunos de sus cuentos y sobre todo las novelas cortas de Seymour: una introducción y Levantad, carpinteros, la viga del tejado. La figura de Salinger y los muchos rumores sobre su retiro y su silencio han dado para muchos libros y miles de leyendas entre lo urbano y lo esotérico. La biografía de Slawenski me gustó porque apenas da páginas a todas las habladurías y se concentra en la escritura de Salinger, y en el camino que fue recorriendo desde que decidió que sería escritor hasta que The New Yorker lo puso en su lista de escritores fijos y cómo el éxito de El guardián entre el centeno lo cambió todo, llevándolo a una dimensión que nunca llegó a asimilar. Es una biografía relativamente amable del escritor, pero ni mucho menos una hagiografía, y despertó en mí las ganas de releer ciertos textos bajo nuevos ángulos.

Ya viviste lo tuyo, de Anthony Burgess: La segunda parte (la primera es El pequeño Wilson y el gran Dios) de las memorias de Burgess comienza cuando a este le diagnostican un tumor cerebral y le dan menos de un año de vida. Burgess, que no había tenido ningún éxito como escritor hasta entonces (y que solo conocerá el éxito masivo cuando Kubrick haga la adaptación de La naranja mecánica, un éxito lleno de malentendidos), decide que escribirá muchos libros muy deprisa para dejarle como herencia los derechos de autor de esos libros a la que se convertirá en su viuda. De esa premisa un poco absurda nace un libro que muestra una vida que siempre es un poco absurda, la del escritor profesional, que cuanto más triunfa menos tiempo tiene para escribir. El diagnóstico de Burgess estaba equivocado y vivió treinta años más escribiendo a un ritmo tremendo, el que aprendió a llevar cuando pensó que se le acababa el tiempo, y vemos a un autor culto, inteligente, sarcástico, bebedor, que no esconde sus miserias.

Las cosas más extrañas (Salón de los pasos perdidos, 6), de Andrés Trapiello: Trapiello me ha resultado siempre un personaje literario como de otra época, como si fuera (y no lo conozco de nada, y hasta hace unos meses apenas había leído nada suyo, era una imagen formada a partir de verlo en alguna fotografía, haber oído alguna declaración) un escritor un poco antiguo, comprometido con lo suyo y solo con lo suyo, enroscado sobre su escritorio con sus cuadernos, más un contemporáneo de los Torrente Ballester o Delibes que un contemporáneo nuestro. He ido leyendo en los últimos años, en muchos sitios, elogios de sus diarios, de su Salón de los pasos perdidos, por ejemplo a Alberto Olmos, que es un entusiasta de los mismos. Hace unos meses leí El tejado de vidrio, el tercer tomo de esta serie, y me gustó y sorprendió muy favorablemente. Sirven los diarios de Trapiello, lo primero, para darse cuenta de cuánto ha cambiado la sociedad española en los últimos veinticinco años, y a la vez para ver lo poco que ha cambiado. Lo mucho que ha cambiado en lo aparente y circunstancial y lo poco que lo ha hecho en lo esencial, por así decir. Este sexto volumen, el segundo que leo, me ha dado muy buenos ratos de lectura antes de dormir durante el mes de agosto. El trabajo de prosa de Trapiello es muy bueno y desmiente la idea de un diario como una serie de anotaciones al vuelo, se nota que hay escritura, reescritura, pensamiento, sobre todo cuando algún diario ya hace referencia a la recepción de otro pasado, lo que ya sucede en este, dando lugar a una metalectura muy interesante. La figura de Trapiello que se va viendo aquí, con lo que de personaje tiene uno cuando es uno mismo el que escribe sobre sí, confirma parte de las ideas que podía tener uno, como lector, de Trapiello, antes de leerlo, un bibliófilo antiguo, un lector de clásicos, un señor que seguramente lee en un sillón orejero hasta el anochecer, que solo visita librerías de viejo (algo que de hecho confirma continuamente en sus diarios, con sus continuas visitas al Rastro, al que ha dedicado recientemente todo un libro), un tanto redicho y que vive en ese juego de decir que no le importa tener más o menos reconocimiento, lo que es probablemente una manera como otra de estar pendiente de ello. Para algunos de sus devotos lectores uno de los atractivos es reconocer en esas X., Y., P. que pueblan sus páginas a escritores amigos de Trapiello, enemigos de Trapiello, en cada momento lo que corresponda. Liberado como me encuentro de ese juego, siguen siendo una lectura muy entretenida, que como muchas obras nacidas sin mayor ambición quizá dibujan mejor su época que otras que nacieron con la vocación de hacerlo. Y tienen el encanto que tiene muchas veces la vida, un encanto tibio, modesto, en voz baja, pues como repite mucho una idea de estos diarios, si nos pasaran cosas realmente interesantes no estaríamos escribiendo diarios, si escribimos diarios es porque parece que no nos pasa nada destacable.

Lo que sea esto:

La noche de la pistola, de David Carr: Cuando David Carr tenía entre veinte y treinta años trabajaba como periodista, sobre todo de sucesos, iba de un problema en otro y sobre todo bebía y se drogaba con dedicación casi exclusiva. Una noche, después de ser despedido del periódico tras una de esas disyuntivas del tipo: o cambias de hábitos o dejas el trabajo, se recuerda siendo encañonado con una pistola por su mejor amigo (nada menos), para que abandone su casa. Cuando muchos años después, rehabilitado, con éxito profesional y una vida bastante ordenada, se pone a recordar esa noche, los testimonios parecen afirmar que fue él quien amenazó a su amigo con la pistola si no lo dejaba entrar en su casa, y Carr se da cuenta de que ni siquiera sabía que tuviera una pistola, algo que todos los testigos confirman que sí. Reflexionando sobre el gran vacío que tiene en la memoria sobre esos años de exceso, Carr empieza a investigarse a sí mismo y logra un libro estupendo (pero muy duro, claro, con muchas drogas, muchas muertes, muchos disparates, vidas destrozadas, cárcel y niñas pequeñas) que mezcla la autoficción con la no – ficción y la investigación periodística.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 22 de abril de 2019

Algunas ideas para el Día del Libro 2019


Algunas ideas para el Día del Libro 2019:

Junto con las recomendaciones veraniegas y el balance de final de año, la entrada del Día del Libro es de las que repito cada año. Sigo participando, año tras año, en algo tan absurdo como las celebraciones del Día (y la Noche) del Libro, y lo hago con la ilusión de un niño más pequeño en la noche de los Reyes Magos. Iré a ver alguna conferencia, pasaré por librerías, aprovecharé para comprarme algún libro con descuento y haré regalos. Pensando en mis propios deseos y en ideas para regalar a otras personas, acabo encontrándome con una lista de libros que pueden ser buenas ideas, que quizá en alguien despierten las ganas de leer alguno de los títulos o sirvan a su vez como inspiración para regalar un libro.


Narrativa negra / negrísima: Aunque intenten colarnos la novela negra como una hermana cualquiera de la novela de misterio y de detectives, y en el fondo como otra forma más de entretenimiento (siendo el entretenimiento el hermano blando e inofensivo de la literatura y el arte), la novela negra de verdad, la buena, siempre ha mirado en los peores charcos, y los grandes herederos de esa novela con vocación social siguen haciéndolo. Me permito recomendar a mis dos autores preferidos en ese aspecto, y sus obras maestras: El Red Riding Quartet, de David Peace (Alba Editorial): Siempre hablo con admiración y maravilla del Cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980 y 1983), una saga brillante y oscura de novela negra (negrísima), de David Peace. La leí a finales de 2012 y vive desde entonces en mi memoria. Llevo años recomendándola en esta clase de entradas y este año he pensado que me la regalaré a mí mismo, con la intención de releerla en verano. Es prosa de primera con una trama que provoca arcadas en algunas páginas, de tan oscuro que pinta el mundo.

L. A. Confidencial y / o La Dalia Negra, de James Ellroy: Ellroy es uno de los antecesores más claros de lo que hace Peace. Los dos escriben de un modo excelente y crudo sobre asesinatos, compatibilizan de un modo impactante la parte más detestable de la sociedad y la psique humana con la prosa más artística, y lo mezclan con retratos costumbristas de épocas llenas de conflictos (el fin del mundo industrial británico en el caso de Peace, los suburbios de Hollywood y el anverso del sueño americano en el caso de Ellroy). No me gustan tanto el Ellroy más reciente, demasiado perro furioso para mi gusto, pero el reencuentro con todo su Cuarteto de Los Ángeles es una alegría, y la mejor manera de empezar su lectura creo que sería con estas dos novelas, ambas llevadas al cine, en una versión excelente (L. A. Confidential) y otra muy discutible (La Dalia Negra).

Narrativa contemporánea: Si lo que queremos es comprender mejor el mundo en el que vivimos, o recrearnos en sus conflictos, debemos acudir siempre a las estanterías de literatura contemporánea, pero no a las del los bestsellers, sino a las de aquellos libros que en las formas literarias que sean, explican y a la vez cuestionan nuestra sociedad. Propongo buscar un ejemplar de No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba) si queremos ver un retrato que ha cumplido los cuarenta años de lo que significa y significó ser madre y sentirse descolocada, y cómo salir (o no) de la sensación de desamparo y extrañeza. O Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire) si lo que queremos es no dormir durante un par de semanas si somos padres y dejamos a nuestros hijos algunas horas de la semana en las manos de una niñera encantadora, perfecta, que lo hace todo bien, pero, que nunca se sabe, ¿verdad?. Y por terminar con la contemporaneidad y la maternidad / paternidad y el miedo a todo lo que puede pasar y hacer que lo que tenemos se rompa, La casa de los lamentos, de la australiana Helen Garner (Libros del KO), es una maravilla a la vez que una bestialidad. Retrata, en la forma de una novela de no – ficción, uno de esos casos, que resumidos sin más, suenan a telefilm, y demuestran una vez más, que lo importante de la literatura no está (casi nunca) en qué se cuenta sino en la forma que se le puede llegar a dar y el conflicto que puede nacer y el desasosiego que puede generar en el lector.

En este caso, un padre recién separado va con sus tres hijos en el coche, pierde el control, se caen a un río y los tres niños mueren, solo él sobrevive. Hay serias sospechas sobre su versión de lo sucedido, y casi nadie quiere creele. ¿Ha sido un asesinato? ¿Hay crimen más horrible? En esta misma línea contemporánea y de mirar a los claroscuros, recomiendo un par de Novelas gráficas: Piruetas, de Tillie Walden (Norma Editorial), y Niño prodigio, de Michael Kupperman (Blackie Books).



Ensayos o crónicas: Me pillan ahora mismo leyendo estos dos libros. Uno es una maravilla, El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate). Se trata de una maravilla exigente, desbordante, llena de ironía, originalidad en la mirada, sarcasmo, y un desapego respecto a lo que está retratando que convierte sus crónicas en miradas muy originales y ricas sobre lo retratado, que va desde la India o América del Sur a una convención republicana en Dallas o el mundillo literario británico. La dulce ciencia, de A. J. Liebling (Capitán Swing) es un libro menor, una recolección de ensayitos sobre el boxeo y crónicas de combates célebres. Mi interés en el boxeo es pequeño, o menos que pequeño, pero el libro es uno de esos que consigue mantenerte atrapado alrededor de un tema ajeno, y eso, es magia. Retrata el fin de un imperio, de un modo de ver el mundo, de una afición, y siempre es interesante seguir la historia de los derrumbes pasados.


Clásicos que podrían ser buenas ideas: Desde luego Moby Dick, de Herman Melville, siempre será un buen regalo, y hay ediciones baratas muy cómodas de leer (las de Alianza, por ejemplo). Llevo un tiempo leyendo muchas críticas a la novela, que si le sobran páginas, que si se demora demasiado con la descripción de las ballenas, la vida de los pescadores, etc. Sigue siendo una maravilla, y siempre encontraremos quien no la haya leído y pueda sorprenderse con ella. Para sorprendernos con la plácida belleza de los cuentos bien hechos, una buena idea serían los Cuentos de San Petersburgo, de Nikolái Gógol (Cátedra), que contienen al menos tres obras maestras del género (El capote, La nariz, Avenida Nevski). Mi interés personal (esas lecturas y recomendaciones que te llevan a otras lecturas y recomendaciones) me han llevado en las últimas semanas a querer estrenarme con Balzac, y no sé si lanzarme a por La piel de zapa (Alianza) o Las ilusiones perdidas (DeBolsillo).


Philip Roth, I. B. Singer y algo más: El año pasado murió Philip Roth y aunque no sabría muy bien cuál es mi libro preferido o cuál recomendar a alguien para empezar a leer su obra, creo que no sería una mala idea para nadie interesado en una literatura de primera calidad, profundamente humana (también con todos los aspectos negativos de la especie humana, por lo tanto) pero accesible a casi cualquier lector probar suerte con Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana o la trilogía de Zuckerman encadenado. Mi último buen momento con Roth fue con Némesis, que también podría gustar a mucha gente. A modo de regalo propondría los Cuentos de Isaac Bashevis Singer (Lumen), que son una verdadera maravilla y seguramente su obra mayor, pero tampoco está nada mal y es también una experiencia lectora enriquecedora su novela Sombras sobre el Hudson. Su hermano, Israel Yehoshua Singer, no es tan conocido (entre otras cosas porque no ganó el Nobel), pero tiene también un par de novelones – sagas familiares que se leen muy bien y con mucho gusto, recomiendo especialmente La familia Karnowsky (Acantilado).


Apuesta a ciegas. Si alguien aún no los ha leído: Solo puedo recomendarle que corra inmediatamente a una librería y aproveche el descuento para hacerse con La novela luminosa, de Mario Levrero o Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Háganse el favor. Yo, que los tengo leídos y releídos, me he topado con la prosa hipnótica de Thomas Pynchon, a quien había evitado hasta ahora. Empecé con Al límite, que parece de las fáciles, pero me hizo pensar que quería subir la apuesta y me haré con El arcoiris de gravedad (Tusquets) o Mason y Dixon (Tusquets) en alguna edición de bolsillo que llevar en el metro en las próximas semanas. También animo a quien esté leyendo estas líneas a lanzarse a por algún libro de Dovlátov, mi gran apuesta de lo que va de 2019, valgan por ejemplo El oficio o La maleta (ambos en Fulgencio Pimentel), y espero que pronto lleguen a editar La zona. Y aunque es amigo y presenté en noviembre su libro, e intento que no parezca que el blog se alimenta de relaciones personales, sí animo a quien nunca lo haya leído a darle una lectura a Miguel Ángel González y probar con Todos los miedos (Siruela) o Cariño (Alianza).


Libros infantiles: Babar, todas las historias, de Jean de Brunhoff (Blackie Books).
¿De qué color es un beso? o La montaña de libros más alta del mundo, de Rocío Bonilla.
Soy un artista, de Marta Altés.
De vuelta a casa, Perdido y encontrado o Cómo atrapar una estrella, de Oliver Jeffers.
Inventario ilustrado de animales, Inventario ilustrado de insectos, Inventario ilustrado de aves, Inventario ilustrado de animales con cola, etc.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas, esta semana y todas las del año.

Sr. E