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jueves, 20 de junio de 2019

Algunos libros de la Feria del Libro 2019, paseos variados, apresurados y con niños


Algunos libros de la Feria del Libro 2019

Este año no he tenido libro nuevo y me he librado de firmar en la Feria, a donde creo que me había tocado acudir durante los últimos tres años. Firmar en la Feria tiene algo de bonito y de incómodo a la vez, así que no ir tiene un punto de alivio importante. En esta Feria 2019 me he podido concentrar en pasear como lector, y ya sabemos lo que es la Feria, ya sabemos que es algo ajeno a la literatura, a veces hasta a la venta de libros con un poco de sentido, muchas veces es un lugar en el que los youtubers o personajes que no logro descifrar quiénes son reúnen a su alrededor grandes colas, de esas que salen del paseo donde están las casetas y dan la vuelta a la esquina, mientras autores serios, buenos, pasan las horas con un botellín de agua y el boli en la mano esperando que llegue la hora de marchar. El domingo 9 estuve por allí y Sara Mesa, una de las mejores escritoras de España, veía cómo se acercaban pocos lectores, sin prisas ni demasiada frecuencia, mientras en otra librería decenas de personas esperaban a que empezara a firmar una tal Charuca. Dejo todo eso al margen, porque ya lo sabemos, y es parte (aunque sea la parte malsana) del encanto de la Feria.
Me centro en los libros. No todos los que voy a comentar me los he comprado, por supuesto, porque los libros alimentan el espíritu, pero también necesitamos el dinero para alimentar el cuerpo, y los libros ocupan mucho sitio y los compro con precaución, y siempre recurro a la biblioteca pública como lugar preferente de suministro de lecturas.
El primer fin de semana me fijé en:
Editorial Hoja de Lata: Illska, La Maldad, ya hice reseña de este libro que leí con prisa y sin pausa y que aún me está produciendo ardor de estómago. Una pasada, una pasada incómoda, añado. Un libro diferente, impactante, que se recuerda.
Libros del Asteroide: A finales del año pasado me impresionó bastante La casa de los lamentos: Crónica de un juicio por asesinato, de Helen Garner (Libros del KO). Me resultó un libro apasionante y que construía, sobre una de esas historias que parecen de las de película de sobremesa de domingo en la televisión, una novela de no – ficción que no incurría (no demasiado, al menos) en amarillismos. Asteroide ha publicado ahora una selección de crónicas de la autora titulada Historias reales, que hablan de toda clase de temas, cercanos a la vida y a la muerte, parece que con inteligencia y buen estilo. Siguiendo con la no – ficción, Nada más real que un cuerpo: Un asesinato y unas memorias, de Alexandria Marzano – Lesnevich, parece un libro terrible pero que puede merecer la pena leer. Y termino con otro cuaderno personal, Maniobras de evasión de Pedro Mairal. No me han gustado especialmente las novelas que Asteroide ha editado de Mairal y que tan buenas críticas han tenido (La uruguaya y Una noche con Sabrina Love), me parecieron libros que sí, estaban bien, pero sin más. Abrí este libro con ejercicios de estilo, que algo así parecen, en la caseta de la editorial, y sí noté que me apetecía seguir leyéndolo. Apuntado lo dejo.
Gallo Nero: El Giro de Italia, de Dino Buzzati. Una joyita, ya lo comenté hace un par de semanas.
No hace falta tener interés ni conocimientos de ciclismo para disfrutarlo. Buzzati no lo tenía cuando lo mandaron a escribir estas crónicas e hizo un libro maravilloso. Algo parecido pasará con Los indómitos de la montaña, del mismo Buzzati, que sí fue toda su vida un apasionado del montañismo. Y cambiando de escritor y deporte, El profesional, de W.C. Heinz, y saltando ahora de editorial, El combate, de Norman Mailer, este de la editorial Contra.
Alianza: Es un lujo el fondo con el que acuden a la Feria estos editores (algo que no hacen otras muchas editoriales, y que creo que es el sentido de un acontecimiento así, poder ir a por libros que normalmente es más difícil encontrar). Los libros (libritos) de Peter Handke valen pocos euros y es verdad que tienen pocas páginas pero dejan huella. Me vale lo mismo con los de Albert Camus o J.D. Salinger. Por poner títulos y que no sean los de siempre: Desgracia impeorable o Ensayo sobre el jukebox de Handke, La caída de Albert Camus, Levantad carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, de Salinger. Celebro también que hayan reeditado La saga / fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester, un clásico que releeré este verano (si no se me cruzan otras cien lecturas por delante). Enlanzando con Buzzati, quien no haya leído El desierto de los tártaros que no deje pasar la oportunidad de tenerlo, leerlo y releerlo.
Para niños: El origen de las especies, de Charles Darwin, por Sabina Radeva, en Harper Collins. Mi hijo mayor es un biólogo aficionado de alto nivel y decidimos que era el momento de darle un poco de base teórica a sus conocimientos, y este libro, precioso, muy bien ilustrado y que maneja perfectamente el equilibrio (tan difícil) entre rigor y divulgación para niños, es estupendo. Un acierto.
El segundo fin de semana acudí con menos tiempo y me concentré en buscar:
Svetlana Aleksiévich: Cuando le dieron el Premio Nobel en 2015 todos mis prejuicios se activaron. Pensé, me temo, que habían ido a buscar a la periodista más desconocida del país más exótico que se les había ocurrido, en este caso de Bielorrusia. Pese a esas ideas preconcebidas, cogí de la biblioteca y leí El fin del Homo sovieticus (Acantilado), y me pareció un libro muy interesante, un artefacto narrativo (aunque quizá no sea especialmente narrativo) muy potente, explosivo, en el que la autora jugaba a desaparecer de manera casi total y dar la única voz a los protagonistas, a esos restos del “Homo sovieticus” que añoraban unos tiempos que para el resto de la humanidad no parecían precisamente envidiables. Incluso aquellos que no los añoraban tenían recuerdos de ellos, y los contaban, como si se tratara de un documental en el que iban pasando uno tras otro ante la cámara e iban recordando sus años de juventud. Con el éxito de la serie de televisión Chernobyl (que no he visto, pero de la que he oído contar todas las maravillas imaginables, todas esas maravillas que se repiten mensualmente sobre al menos dos o tres series) me apeteció leer su libro Voces de Chernobyl, en el que parece que se inspira la serie. Fue un deseo compartido por muchos lectores, ya que el libro estaba agotado en la caseta de la editorial y en todas las librerías en las que pregunté. Me quedé con Últimos testigos: los niños de la Segunda Guerra Mundial, que repite el esquema y la operativa de El fin del Homo Sovieticus y me está gustando mucho.
Fulgencio Pimentel: Fascinado como me encuentro con Dovlátov desde el principio de este año, decidí ir engordando mi biblioteca del autor con los que para mí son hasta ahora (de las que yo he leído hasta ahora) sus dos mejores obras: Retiro y La maleta. Pude hablar con el editor (o uno de ellos) y me anunció que la intención es ir editando todas las obras de Dovlátov, que la siguiente sea seguramente Los nuestros y no tardarán mucho en editar ambién La zona. Me alegro. Y vuelvo a recomendarlo. Ya que estaba allí, estuve ojeando otros libros de la editorial y me fijé en El libro del agua, unas memorias de Edvard Limónov, que estuvo firmando todo el fin de semana. Limónov no me interesa como escritor, y en las entrevistas parece un personaje en el peor sentido del término, y creo que todo lo que quería saber sobre él ya lo leí en el libro de Emmanuel Carrère (Limónov, Anagrama).
Astiberri: El invierno del dibujante, de Paco Roca, habla de una época de un gris con un tono bastante oscuro y de un puñado de pioneros, los dibujantes de cómic ligados (en mayor o menor medida) a la editorial Bruguera. Mercenarios a sueldo que escribían sin parar y que crearon a algunos de los personajes más populares del tebeo español de las décadas de los 50, 60 y 70. Hay impagos, trampas, cuestiones personales, creatividad y ternura. Es muy divertido, y descubrí una novela gráfica de aventuras del propio Roca (y Guillermo Corral), que no conocía y que tiene muy buena pinta y me recordó a Tintín por su línea de dibujo y ambientación. Se llama (y el título también suena al personaje de Hergé) El tesoro del cisne negro.
El último fin de semana de la Feria busqué algunos regalos para despedirme por este año:
Shirley Jackson: Es una de esas escritoras rescatadas de décadas de desmemoria (aunque nunca completa, pues algunos de sus cuentos o novelas nunca han dejado de aparecer en antologías y muchos autores muy populares siempre la han reivindicado como una importante influencia). El año pasado me compré y leí Cuentos escogidos (Minúscula), y este año he completado con Deja que te cuente (Minúscula), un libro que reúne más relatos, inéditos o poco conocidos, ensayos y simples notas. Los dos están muy bien, aunque siempre recomendaría empezar a leer a la autora por el volumen de Cuentos escogidos.
Sergio del Molino: No me posee la mitomanía, pero en los últimos años he ido leyendo más o menos todo lo que ha publicado Sergio del Molino, sigo sus columnas en prensa, escucho su Biblioterapia y sigo el programa de La Cultureta en el que es colaborador. Me apetecía acercarme a saludarlo, ya que vi que iba a estar firmando, y aproveché para comprar La memoria de los peces, que ya leí de la biblioteca, que probablemente no es su mejor libro, pero que no tenía, y es, sin duda, una novela con encanto, una de esas obras menores (quizá) que se te quedan en la memoria lectora.
Gadir: Un amor, de Dino Buzzati. Buzzati, aparte de novelista y periodista, fue desarrollando en la década de los sesenta su faceta como dibujante. Gadir tiene editado este libro, que es una rareza, una novela gráfica que recrea, en un prostíbulo y con músicos de rock, el mito de Orfeo y Eurídice.
Para niños: Tenemos en casa y le hemos sacado mucho partido a una vieja edición de los Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari. Rodari es una maravilla para los niños, imaginativo, un poco loco, y eterno. Y sus cuentos, muy divertidos, fomentan valores contrarios al materialismo y al consumo desbocado y lo hacen sin caer en lo obvio, sin resultar pedagógicos ni pesados. Simplemente muestran un mundo inocente y lleno de juegos, mejor que el nuestro. Paseando por la Feria nos encontramos con que Blackie Books había recopilado varios de sus libros de cuentos en un único volumen, Libro de la fantasía: los mejores cuentos. Creo que cualquier niño será siempre un poco más feliz con buenos cuentos a mano, y estos son estupendos.
Hoja de Lata: Una historia popular del fútbol, de Mickaël Correia. Hace años que me despegué del fútbol como un interés prioritario. Creo que incluso podría decir que como un interés. Veo, sin embargo, todo lo que mueve, en cuanto a temas materiales (dinero, corrupción) y sentimentales (pasiones). Creo realmente que sirve y se utiliza como narcotizante. Me da rabia que sea así, que mucha gente que debería estar protestando y preocupada por muchas circunstancias de su vida solo lo esté por el resultado de su equipo de fútbol el domingo que viene o por el siguiente galáctico que será fichado. Y me interesa también cómo ha cambiado la relación de la intelectualidad y la izquierda con el fútbol en las últimas tres décadas (más o menos, creo que Vázquez Montalbán tuvo mucho que ver en que ahora no haya escritor que no presuma de equipo de fútbol preferido). Y pensé que este libro trataría, al menos parcialmente, algunos de esos temas, y por eso decidí cerrar con él esta Feria del Libro 2019.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



domingo, 16 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. La lista fracasada. Los libros II

Una selección personal de novelas. Segunda parte.

Esta es la entrada número 100 de este blog, y creí adecuado acercarme a esa frontera con algunas recomendaciones que a mí me sirvieran como balance de una vida que se ha ido dibujando, hasta ahora, entre libros. 
Completo la labor de las últimas dos entradas, y espero que a algún lector le hayan servido para coger nuevas ideas lectoras y acercarse a novelas a las que no hubiera llegado de otra manera. Hubiera merecido la pena la labor de repaso y apuntes por un nuevo lector de cualquiera de los libros que a mí me han marcado y me marcan.

La saga/fuga de J.B. (1972), de Gonzalo Torrente Ballester. Punto de Lectura: Nunca me han gustado las lecturas que nos recomendaban en el instituto. Ni Cela ni Umbral ni Eduardo Mendoza ni Azorín ni Unamuno ni Pérez Galdós ni casi nada de Delibes ni La Celestina. Lo siento. Mea culpa. Y no puedo evitar sentir cierta náusea lectora al pensar en esos autores o en lo que representan. Las únicas lecturas escolares que recuerdo con agrado, de esos años, son los Artículos de costumbres de Larra, El buscón de Quevedo, El lazarillo y la poesía de Miguel Hernández y Federico García Lorca. En los márgenes de esos cánones se iban quedando otros autores a los que no leíamos directamente pero de los que aprendíamos el título de algunas obras. Sabíamos que Gonzalo Torrente Ballester había escrito Los gozos y las sombras y La saga/fuga de J. B. En esos márgenes de los libros de texto he ido leyendo con gusto y admiración a Juan Marsé y a Max Aub. Y a Gonzalo Torrente Ballester. Torrente Ballester es un escritor poderoso, con un ritmo arrollador, que utiliza el vocabulario con maestría, que construye historias bien armadas parece que con facilidad. Y La saga / fuga de J. B. sea quizá su obra más conocida. Es una novela que se mueve entre lo social, lo metaliterario, lo fantástico y lo épico. ¿Es la mejor novela española de los 70? ¿Y por qué no? Es una novela de su tiempo, hija de los avances técnicos (narrativamente, se entiende) de su época. Torrente Ballester es un escritor bastante moderno, mucho más de lo que uno asocia con los libros del Bachillerato. Mucho más moderno que la mayoría de narradores contemporáneos, que escriben como recién llegados de 1902. La primera vez que leí La saga/fuga me enteré de la mitad de lo que allí pasaba, si no de menos. Pero sabía que aquello me estaba gustando. Es sensacional cuando sucede eso con un libro. La segunda vez solo me perdí un 25% de lo importante. Y la volveré a leer, confiando en seguir perdiéndome algo en esa historia que no tiene freno, ni tiene por qué, que nos hace olvidarnos de que hay quien escribe con freno.

Postales de invierno (1976), de Ann Beattie. Libros del Asteroide: Postales de invierno es una novela de su tiempo, los años 70, y de una edad, esa en la que uno deja de sentirse joven y empieza a buscar estabilidades, a veces de manera sana y constructiva, y otras veces como quien busca unas muletas que le ayuden al caminar. A Bob Dylan le dieron el Premio Nobel y se armó el escándalo. No he dedicado demasiado tiempo a pensar en ello, la verdad. La novelista Ann Beattie (también es una reconocida cuentista, aunque en España aún no hemos podido leerla en esta faceta) hizo una novela a lo Dylan, en la que su figura es casi central, totémica, porque Dylan se había separado y estaba a punto de sacar un nuevo disco, Blood on the tracks, que todos, especialmente Charles, el protagonista, esperan. Todos se separan, miran hacia atrás, hacen balance de lo perdido, y esperan que el mismo espíritu de los tiempos, más tristes que los expansivos 60, y Dylan, más cínico que en sus orígenes, les ayuden. El personaje es un antihéroe memorable. La novela es ágil, entrañable, bien escrita, bien narrada, una joya a la que acercarse cuando se acaba el invierno.

La vida: instrucciones de uso (1978), de Georges Perec. Anagrama: La obra más famosa de Georges Perec, sin duda su novela más larga. Georges Perec, en La vida: instrucciones de uso, se mete en un edificio, al modo de 13, Rue del Percebe, y espiando desde las mirillas, se cuela en las casas de sus vecinos. La novela está escrita utilizando medios de asociación libre, y estructurada, como desde el principio nos avisa, en forma de rompecabezas, que solo cobrará sentido, o no, una vez que se haya leído todo. Es la novela de un ajedrecista, en la que unos escaques se relacionan con otros mediante saltos de caballo. De esta novela se aprende a sacar vida de los objetos, a disfrutar con listas, a objetivar, a entender que igual que en la serie de televisión Seinfeld, aquí no hay nunca una trama clara, porque la trama es la vida, y la vida no tiene un argumento bien diseñado.

El palacio de la Luna (1989) / La trilogía de Nueva York (1985 – 1986), de Paul Auster. Anagrama: Con los años he dejado de leer a Paul Auster. Me aburrí de sus trucos. Pero hubo un tiempo en el que estuve profundamente enamorado de su escritura, sencilla, musical, con nervio. Antes de Bolaño, ya estaba Auster. Mis primeras fantasías como escritor (creo que casi todos los que escribimos antes hemos fantaseado con ello, antes siquiera de pensar que escribir es un trabajo que consiste básicamente en eso, en sentarse y escribir) surgieron en el instituto. Recuerdo estar en Bachillerato y llegar por esos curiosos caminos por los que uno llegaba a los libros antes de leer suplementos culturales y antes de que existiera internet, hasta La trilogía de Nueva York. Y recuerdo leer su primera parte (porque en aquella biblioteca no tenían una edición conjunta, sino 3 novelas cortas) en una tarde. Y volver a la biblioteca a por las otras dos y leerlas ese fin de semana. Paul Auster habla de leer y escribir como si fueran drogas, y eso fueron para mí esos libros, que leí, releí, recomendé y regalé mil veces durante algunos años. Aquel tío de ojos penetrantes que había sido marino mercante me hablaba a mí. Y mucho más en El palacio de la Luna, una historia de pérdida, caída, resurrección y flote.

Mis rincones oscuros (1996), de James Ellroy. Zeta Bolsillo: Quien lea Mis rincones oscuros, de James Ellroy, no saldrá indemne. Como no debió salir indemne James Ellroy de su escritura, ni de su continuación (en cierto modo): A la caza de la mujer. Probablemente porque nadie sale indemne del asesinato de su madre cuando tenía 10 años. Su madre le dijo que iba a salir a divertirse con un amigo y a la mañana siguiente la policía encontró su cadáver. Después de conseguir un notable éxito como autor de novela negra, tras sus novelas iniciales y El cuarteto de Los Ángeles (que incluye novelas tan conocidas como L.A. Confidential y La dalia negra), Ellroy mira hacia adentro y se da cuenta de que todas esas mujeres a las que estaba intentando retratar en sus novelas, todas jóvenes, bellas, misteriosas y que acaban mal, normalmente de manera violenta, eran en realidad su madre. Y aprovecha esa figura para mirar hacia sí mismo, hacia sus cuarenta y muchos años de vida cuando la escribe, y lo hace con una crudeza increíble. Cualquiera camuflaría un poco sus locuras y sus problemas, pero Ellroy parece que acentúa los desequilibrios y los fondos que ha tocado en su recuerdo para hacer el viaje más asombroso.

Submundo (1997), de Don DeLillo. Austral: Hablaba de Don DeLillo como uno de mis novelistas preferidos. Y aunque quizá no sea la más redonda de sus novelas (esa es probablemente Ruido de fondo), Submundo es la novela en la que pienso cuando pienso en DeLillo. Submundo es La Gran Novela Americana de DeLillo, su intento de construir un mosaico que pasa por la mafia, la canción popular, los barrios de Nueva York, los secretos de la administración, el béisbol y mil asuntos más. Submundo es una novela infinita, descomunal, excesiva, en cuyas 1.000 páginas merece la pena perderse durante algunas semanas. Submundo habla con un ritmo musical, trepidante, de las vidas que quedan escondidas debajo de las vidas aparentes del ciudadano normal. La Moby Dick de finales del siglo XX.


Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño. Anagrama: Los bolañistas, entre los que supongo que me incluyo, aunque espero que sin fanatismos ni estupideces ni purezas de sangre, se dividen entre los que prefieren 2666 y los que prefieren Los detectives salvajes. Creo que la opción fácil es 2666, un libro mucho más oscuro, una novela más apegada a la muerte que a la vida, publicada ya de manera póstuma. Los detectives salvajes es más vital y divertida. Los detectives salvajes tiene mucho de lectura generacional, me imagino. Vila – Matas dijo que esta novela daba carpetazo a Rayuela, y algo de razón tiene. Después de haber leído varias veces Los detectives salvajes leí Rayuela y no me sentí fascinado. Reconozco que me sentí hasta mal, porque adoro a Julio Cortázar como cuentista. Roberto Bolaño en general, y Los detectives salvajes en particular, creo que ha lanzado al (absurdo) camino de la escritura a miles de jóvenes que lo leímos en el momento oportuno (o equivocado). Quien lea Los detectives salvajes y no se lance a escribir como un loco, no tiene corazón. Los detectives salvajes es una novela mutante, una antinovela que va de la poesía a la épica y que en el fondo es un libro de cuentos que uno devora de página en página. Y que cualquiera utilizará como pértiga para lanzarse al vacío.

El cuarteto de Red Riding (1999 – 2002), de David Peace. Alba Editorial: Leo, y he leído, mucha novela de género. Algo de ciencia ficción, especialmente la humanística (la de Ballard, particularmente), mucha novela de suspense y de terror, y especialmente novela negra. Nunca he entendido la popularidad de la fantasía épica, ni he podido acabar de leer ni de ver las películas de El señor de los anillos, y que sus devotos y los de Juego de Tronos me perdonen. Como lector y devorador de novela negra, creo que era de justicia buscar una que representara el género. Algunas, como siempre se dice, son la verdadera novela social de su tiempo. Pensemos en Simenon y su gris retrato de la vida en provincias y sus secretos. De los clásicos, Chandler me parece un autor con un gran estilo y un escritor de diálogos muy potente. Jim Thompson y Chester Himes tienen novelas muy buenas. Disfruto como un enano con cada nueva entrega de John Connolly y su detective Charlie Parker. Me gusta Dennis Lehane. Perdida, de Gillian Flynn, me parece una novela de primer orden (y la película de Fincher también). Ellroy es uno de los mejores escritores actuales, sea de novela negra o no. Pero si elijo una novela es este potentísimo cuarteto de David Peace. Son cuatro novelas brutales: 1974, 1977, 1980, 1983, con un estilo de alta calidad literaria, un fraseo frenético, que entra y sale de las mentes de una colección de personajes oscuros, asesinos, policías, periodistas sensacionalistas y un montón más. Y una historia horrorosa, que como pasa muchas veces está compuesta de los secretos que las ciudades de provincias, en este caso la comarca de York, en el frío, gris e industrial norte de Inglaterra. Ellroy es probablemente, sin discusión, el mejor escritor de novela negra del mundo. Pero ni Ellroy ha sido capaz de escribir esta obra feroz.

Mantra (2001), de Rodrigo Fresán. Mondadori: Rodrigo Fresán es uno de mis escritores preferidos. Me pierdo entre su fraseo, sus ideas, su sintaxis envolvente. Fresán también es un lector omnívoro y alguien a quien acercarse para buscar consejo sobre libros que merecen la pena. Quizá, de sus libros, el que más me obsesionó y obsesiona es La velocidad de las cosas, pero como él lo califica de libro de relatos (aunque en el caso de Fresán las fronteras son siempre terriblemente porosas), no seré yo quien lo contradiga y diga que es una novela. Mantra sí es una novela, y mi preferida entre las que él llama así, gustándome mucho también El fondo del cielo (muy contenida para ser una de sus obras) y La parte inventada (aún no he podido acceder a La parte soñada). Mantra es una novela de final de milenio, que desde un acontecimiento central bastante minúsculo, la figura de un extraño compañero del colegio, Martín Mantra, casi un fantasma, todo misterio y extrañas obsesiones culturales, va extendiendo sus cientos de tentáculos en forma de microhistorias dentro de la trama central. Fresán es un maestro novelista del macguffin del que hablaba Hitchcock. Decía el propio director que: Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro. ¿Qué hay en ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza? El otro contesta: Ah, eso es un McGuffin. El primero insiste: ¿Qué es un McGuffin?, y su compañero de viaje le responde: Un MacGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia. Pero si en Escocia no hay leones, le espeta el primer hombre. Entonces eso de ahí no es un McGuffin, le responde el otro. Pues eso son las novelas de Fresán, trampas para cazar leones en Escocia. Una cierta inconsistencia argumental, que para mí no es un defecto, aunque estoy seguro de que hay quien no le perdona, y que se deriva de su construcción hermanada con el cuento e hija del macguffin, y hace que sea posible leer casi todos sus libros, también Mantra, saltando páginas, yendo adelante y atrás, dejándose llevar por la prosa torrencial e hipnótica del autor. Una experiencia que hay que probar.

El día del Watusi (2002-2003), de Francisco Casavella. Destino: Hablé de El día del Watusi como de mi lectura preferida de todo el 2015. Mantengo mis razones para elegirla entre mis libros de cabecera desde aquella primera lectura. Es una novela desenfrenada, que cuenta y cuenta sin pausa, una narración digresiva que se acerca en círculos a su núcleo, que no acaba de verse nunca bien. Es una fiesta que celebra lo cutre de la vida. Un libro sobre bailar en medio de las dificultades. Es una novela llamativa en el panorama español por su desmesura, por su falta de conservadurismo. Es una novela que cuando el consenso aún parecía unánime, empezó a resquebrajar algunas ideas aceptadas sobre todo lo que nos habían contado, de la transición política al mundo cultural español, desmontando una a una las razones por las que la llamada nueva narrativa española, esa que a los que tenemos menos de 40 años nos parece anticuada y lo de siempre, era la verdad y el camino. Agrietó el suelo y nos hizo asomarnos con vértigo a otra manera de medir y contar.

La novela luminosa (2004), de Mario Levrero. DeBolsillo: Hay un camino hecho de libros que te han ido cambiando como lector y otro camino hecho también de libros de los que, desde que escribes, también has ido aprendiendo. Algunos de esos libros cruzaron sendas, y son tan importantes a nivel de lector (que es como decir como persona) que de escritor. Otros solo pesan en una de las opciones. Con los años, parece que es más difícil que algo nos sorprenda. Aunque me mantengo con los ojos abiertos y el ánimo dispuesto a ser perturbado. Mi última gran sorpresa, el último libro que me descolocó de verdad y me hizo darle una vuelta a mi manera de leer, y me abrió puertas realmente nuevas a la hora de escribir, fue La novela luminosa, de Mario Levrero. No tanto la novela, que es notable, como su Prólogo, un texto de más de 400 páginas que es la obra cumbre de Levrero y el gran escrito kafkiano de principios del siglo XXI, y quienes ya han entrado en él entienden de lo que hablo. Y los que aún no han llegado a este libro, deberían aprovechar que DeBolsillo lo reeditó hace algunos meses para llevárselo a casa y perderse en sus páginas.

Verano (2009), de J. M. Coetzee. DeBolsillo: Verano cierra las llamadas Memorias de una vida de provincias. Así que es, en teoría, un libro de memorias. Pero Verano parte de la idea de las memorias para elevarse como una potentísima novela. Así como Infancia y Juventud, las dos primeras partes, sí novelan la memoria del niño y joven Coetzee, Verano viaja al futuro y desde la muerte del autor, lo recuerda. Y lo recuerda de manera cruda y ridícula. Las mujeres de su vida lo recuerdan y no lo ponen en buen lugar. Coetzee se expone cuando no tenía necesidad, cuando ya hacía años que había ganado el Nobel y podía limitarse a esperar la posteridad. Pero nunca ha dejado de pelear con la literatura, de excavar dentro y escupir fuera y darnos libros arriesgados, siempre notables. Este en particular, magnífico.

Ahora, a leer y a debatir. Y a seguir leyendo y a recomendar lecturas a quien todavía nos escuche. Pronto nos cae encima el Día del Libro.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E