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domingo, 11 de marzo de 2018

Cómeme vs El club de los mentirosos


Cómeme, de Agnès Desarthe (Baile del Sol) vs. El club de los mentirosos, de Mary Karr (Errata Naturae & Periférica)

Las malditas expectativas. Ellas tienen la culpa de muchos desencantos como lector. Había oído maravillas, verdaderas maravillas, sobre El club de los mentirosos, de Mary Karr. Uno de esos libros que realmente podrían cambiarte la vida. Un libro realmente humano, crudo, divertido a su manera, disfuncional. Dice la autora en su prólogo que cualquier familia con dos miembros o más es en esencia disfuncional. Y la ocurrencia es buena, y quizá le compro la idea, y está claro que escribir sobre familias funcionales siempre dará como resultado un libro más atractivo que el que pudiera salir de las memorias de una familia perfectamente equilibrada (si existen, porque no hay nada más desagradable que esas familias de apariencia perfecta).

- Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala!
Lecia, que no dejaba pasar una, intervino:
- ¿Eso no es de cuando le disparaste a papá?
Y mamá entornó los ojos, bajó un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia:
No, eso es de cuando Larry.- Se giró y señaló otra pared-. A tu padre le disparé allí.

Esta es la anécdota con la que empieza a ilustrarnos sobre la naturaleza de su familia. Es esencialmente un libro sobre una persona, su madre, bebedora, con desórdenes mentales, que se casó siete veces y nunca encajó en el mundo en el que le tocó vivir. El club de los mentirosos que da título al libro es el grupo de amigos de su padre al que Mary Karr acompañaba frecuentemente a su padre durante sus seis – siete años. Un sitio en el que parecían competir a ver quién contaba la trola más gorda. Y su padre casi siempre ganaba, porque lo hacía con convicción, sin quebrar la voz ni doblar la mirada, que es el modo en el que deben actuar los buenos mentirosos. A ella le gustaba estar allí y analizar esas mentiras y ver su efecto. A eso se dedica la literatura, aunque este libro sea de memorias. Y quizá naufraga, en la medida en que lo hace (y que cada lector seleccione la fracción), porque se queda (hasta cierto punto) a medio camino, entre ambos impulsos.

El libro se despega pronto de ese club y se centra en ser una historia sobre la madre de Mary Karr. Una historia sobre ella y cómo fue arrastrando con la fuerza de los torbellinos a Mary y a su hermana Lecia. Durante años, con cambios de ciudad, con un padre que desapareció (prácticamente) de sus vidas, con noches en vela, ataques de nervios, hombres que entraban y salían de la vida de su madre, problemas económicos, comportamientos agresivos, líos en la escuela, aventuras con las drogas y la bebida, libros que parecían el único consuelo, una hermana que parecía de piedra, momentos divertidos y también sórdidas historias de abusos sexuales, porque eran las hijas de una madre ausente por largas temporadas y una presa fácil para desaprensivos (de toda condición, porque no hay un único episodio).

Todo eso da lugar a un libro interesante, sugerente, pero que no me ha parecido ni tan crudo ni tan catártico como me habían anunciado entusiastas lectores públicos. La autora, al presentarnos el libro, nos dice que con un material humano así pensó que no debía escribir una novela sino trabajarla desde la forma de memorias. Es comprensible. Pero el libro me ha parecido precisamente demasiado medido en su exposición para ser unas memorias que pretendían mostrar las entrañas de su autora. He tenido en todo momento la sensación de que todo estaba dispuesto para ir consiguiendo ciertos efectos un tanto previsibles en el lector. Me ha gustado, quede dicho, es un libro que se lee con interés pero que en ningún momento ha llegado a tocarme de verdad.

Casi a la vez que leía El club de los mentirosos, con un entusiasmo que se desinflaba según atravesaba sus páginas, empecé a leer Cómeme, de Agnès Desarthe. La salida de este libro coincidió con la publicación de mi novela Mil dolores pequeños en la misma editorial, Baile del Sol, y escuché a la poeta Inma Luna hablar con entusiasmo del libro. El título estaba en alguna de las estanterías de mi cabeza y se reactivó al verlo en la biblioteca hace unas semanas. Me lo llevé a casa y pronto estaba atrapado en sus páginas, devorado yo mismo por ese torrente de vivencias.

Cómeme es un libro denso, pringoso, crudo. Está trabajado como novela y el material será más o menos cercano a la autora, y eso es lo de menos, pero rezuma verdad (de la narrativa, la personal no es la que me interesa en un libro). Myriam, la protagonista, una mujer que pasa de los cuarenta y que ama la cocina, o quizá no la ama pero parece vivir orbitando alrededor de ella, y que ha sido cocinera para un circo (nada menos) empieza su peripecia mintiendo sobre su experiencia (que realmente es ninguna) y sus planes de negocio (malos) a un banco, consiguiendo el crédito necesario para abrir su propio restaurante en París, Mi casa. El nombre es genial y funciona perfectamente como broma porque ella vive durante esa época literalmente allí, ya que no tiene dinero para dos alquileres.

Son las doce menos cuarto de la noche y me estoy preparando un baño en mi fregadero gigante. En el lavabo solo se baña a los recién nacidos. A los recién nacidos y a mí. Tapono el desagüe y dejo que el nivel de agua tibia suba veinte centímetros por encima del fondo. Faltan treinta centímetros para alcanzar el borde. Me encaramo a la encimera. La persiana de hierro está echada. Estoy desnuda, de pie, sobre el escurridero, y me gustaría que alguien me viera porque se trata de una situación insólita que merece su público. Me siento en el fregadero con la espalda contra la superficie lisa de acero inoxidable, sin que el agua rebose. Me gusta la precisión aritmética del asunto.

Pronto nos topamos con los problemas elementales de tener un restaurante, y que empiezan lógicamente por qué comprar y en qué cantidad y cómo conservarlo. Aplica las ideas que buenamente va recordando de cosas que oyó a su abuela o lo que en cada momento le parecen buenas ideas. Recibe muebles de reciclaje e incluso las flores que ya no están frescas de la tienda de al lado (el florista es el hombre con el peor aliento del mundo, y ella no para de recordarlo cada vez que lo ve).

La faja del libro dice: “Un relato sobre sexo y comida alejado de toda corrección política”. No hay tanto sexo como comida. Porque hay comida a toneladas. Buena, mala, regular, amasada, horneada, cruda. Desarthe escribe un libro tremendamente sensitivo, para bien y para mal, que tan pronto nos hace salivar como nos hace detestar el olor del florista o algunos platos. Sí veo cierto alejamiento de la corrección política, aunque tal vez no en el sentido que ese anuncio hacía suponer; no se trata de escenas de sexo explícito ni nada así. Pero Myriam es una mujer que ha llegado a una cierta edad y pasa totalmente (y hace bien) de los convencionalismos y la moral burguesa. Es excéntrica y reivindica su derecho a ser rara. Tiene arrugas y tiene cicatrices y está acostumbrada a mentir. Como dice en algún momento, podría adoptar muchos papeles, aunque en algunos no se la creerían con tanta facilidad como en otros. Es una mujer de más de cuarenta años y siente el deseo sexual y lo expresa. Se replantea algunos postulados sobre la maternidad (que ahora mismo es un tema de tremenda actualidad literaria y social) y lo dice. Pero sobre todo cocina, y hay algo de ofrenda a los dioses en su manera de pensar los platos, estar en la cocina y su modo de acercarse a ella.

No era la misma persona con treinta años. Era un ser muy particular a los ocho. Considero mi adolescencia autónoma con respecto a lo que siguió después. La mujer en que me he convertido está desarraigada, es desapegada, incomprensiblemente solitaria. Estuve muy rodeada. Fui extremadamente sociable. Fui reservada. Fui sensata. Estuve loca.

Desarthe es una escritora visceral. Buscando algo de información veo que ha habido libros suyos traducidos anteriormente en distintas editoriales. Parece que no funcionaron del todo (porque si hubieran funcionado lo lógico es que no hubiera cambiado de editorial española). Espero que a partir de este sí se estabilice su carrera en España y podamos leerla. Confío en que Baile del Sol la mantenga en el catálogo. Comparte nacionalidad y generación con Virginie Despentes y Delphine De Vigan, que están sonando bastante y por lo que he leído de las tres (no demasiado, pero algo de todas) también comparten algunas ideas de fondo y cierta tendencia a no morderse la lengua y ejercer su libertad. Y, ¿ qué debe ser una escritora más que alguien libre que pisa el acelerador desde el principio de la historia? Algo así es Cómeme. Un viaje acelerado entre fogones y neuronas. Un derrape continuo. Un desafío al que vale la pena jugar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 23 de octubre de 2017

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic (Ed. Baile del Sol)

Hay épocas en las que se nos pasan incluso meses sin ver a nuestros amigos. A esos amigos de verdad, pocos, escogidos, decantados por el tiempo. Y no por ello dejan de ser nuestros amigos. A veces me pasa algo parecido con algunos autores, o incluso con todo un género (el relato corto) y una manera de entender la literatura y hasta diría que la vida (la del cuentista). En los últimos meses, después de más de un año trabajando en una novela larga, estoy dedicado, como escritor, al cuento. Por apetencia y por la beca de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, que también impulsa y hasta cierto punto dirige el enfoque creativo de estos meses de trabajo. En ocasiones estás escribiendo novela y te apetece leer de todo menos novela, ahora yo estaba escribiendo cuento y me apetecía leer cuentos mientras tanto, pero cuentos que ya conocía y a autores que ya he leído y releído mil veces (aprovecho para apuntar un valor del relato: por mucho que nos guste una novela, el número de veces que podremos releerla a lo largo de una vida es necesariamente limitada, y ciertos cuentos podríamos releerlos casi a diario), más pendiente de los recursos técnicos o de buscar soluciones narrativas a mis propios problemas que de simplemente leer y disfrutar. Esos pocos autores o esos pocos libros o incluso esos pocos relatos escogidos que forman lo que los psicólogos llamarían mi zona de confort, por la que mis ojos se deslizan sin esfuerzo, y que me permite detenerme solamente en aquellos detalles en los que quiero detenerme.

La mejor manera de salir de esa zona de confort siempre es con brusquedad, con una patada que desequilibre la silla en la que estás y te arroje al suelo. Me han tumbado dos autores que han vuelto a recolocarme como lector. El primero del que voy a hablar es Roman Simic. Tenía desde hace un par de meses en casa su libro Aliméntame, y no lo había abierto. Y es uno de esos libros que te recibe con un buen puñetazo. Es un libro violento, también poético, también tierno, también lleno de recovecos y detalles que vale la pena degustar como lector, pero no por ello menos violento.

En cualquier caso, hace tiempo ya, en tu calle había un perro callejero, y un niño escribió sobre él: Croacia; otro lo ahorcó por eso, y empezó la guerra, por el perro y los niños. En otoño de 1991 yo venía de alistarme en un cuartel del Ejército Popular Yugoslavo al sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar. Y dices desaparecía como si fuese algo durativo, y explicas que entonces, hasta cierto punto, aún existía.

Simic trabaja en el equilibrio de tiempos verbales entre pasados continuos y presentes estancados, y creo que ese párrafo lo representa muy bien. Roman Simic es un autor más o menos situado en el star system (un término muy lejano al mundo del cuento, lo sé; hablaba hace un par de meses con un amigo de quién podía ser, para nosotros, el Messi del relato breve, y acabamos coincidiendo en que muy probablemente lo fuera Etgar Keret; pues bien, no tiene problemas para llegar a los aeropuertos y que los fans lo acosen, en demasiadas bibliotecas públicas ni siquiera tienen ninguno de sus libros) del relato breve europeo actual. Nacido en Croacia a principios de los 70, Simic ha dirigido un festival europeo de relato. Ha ganado los mejores premios de narrativa en Croacia, está traducido en Alemania y como destacan en la solapa, incluso en Serbia (destacable por las tensiones que siguen existiendo).

Baile del Sol sigue aumentando su catálogo balcánico, alimentando su valiosa colección DelEste. Y yo sigo cayendo rendido a los pies de cualquiera que trate de explicarme un poco más esa guerra absurda e innecesaria (y sí, ya sé que todas lo son, claro, pero esta más, esta es una guerra post – caída del Muro, una guerra nacionalista en los albores de la globalización, la guerra de los poetas que a falta de un mayor talento le cantaban a su pueblo y la guerra que nació del patriotismo deportivo, una salvajada alimentada desde dentro y desde fuera como si todos pensaran: no serán capaces, y oh, vaya, sorpresa, fueron capaces) que fue la de Yugoslavia. Roman Simic era un niño o era un adolescente o era un joven al que alistaron, o se alistó, en aquella década de los 90. Pudo ser todo eso y juega a esas múltiples recreaciones. Roman Simic nos mete en la piel de todos esos posibles yugoslavos y nos deja sudar dentro de esa colección de trajes humanos. Pero también vemos que la gente, incluso en la guerra, es gente. Y los adolescentes son adolescentes que se mueren de deseo por su vecina, o se acuerdan de algo, y hay quien siempre saca provecho de cualquier situación. Y luego se acaba la guerra y a quien más y a quien menos se le queda cara de posguerra. Y hay que seguir viviendo. O sobreviviendo.

Abro un tema de debate: ¿estarán en Croacia, en Eslovenia, en Serbia, en Bosnia tan cansados de las historias que parece que brotan en sus múltiples ópticas y versiones sobre la guerra de Yugoslavia en los 90 como lo estamos aquí de las novelas y películas ambientadas en la Guerra Civil española? ¿O les faltan otros 40 o 50 años para llegar a ese punto de hartazgo? No lo sé, sinceramente, por motivos tan obvios como que no conozco los países ni su prensa, ni siquiera un poco de sus idiomas, no puedo acceder a esa información. Pero como lector, creo que no. O creo al menos que no tienen por qué estarlo. Todos los libros que he leído en los que este conflicto es parte importante de lo narrado, aunque a veces no lo sea todo, me transmiten la sensación de viveza, de complejidad, de trabajo narrativo bien hecho, de autenticidad. En los libros que Baile del Sol ha ido sacando en DelEste (el gran David Albahari, pero no solo), pero también en Manual de exilio y Los bosnios, de Velibor Coliç (Periférica), en Esquirlas, de Ismet Prsic (Blackie Books), en los libros de Miljenko Jergovic (Siruela), me encuentro con narradores que dicen: éramos todos unos hijos de puta. Y a la vez éramos todos unos idiotas a los que manipularon. Y se señala a los instigadores, y se reparten cartas de la baraja de la culpa, pero no se exime a nadie, y desde luego nunca se exime al nosotros, sea cual sea en cada caso. Las historias de la Guerra Civil son siempre tan maniqueas, los personajes tan acartonados, los escenarios tan copiados, los malos tan malos y los buenos tan idealistas y buenos, que no sé, cuando empieza la película o la novela ya sé por dónde va a ir siempre. Y lo digo desde el convencimiento personal de que hubo unos que fueron los malos que dieron un Golpe de Estado contra un gobierno democrático y legal.

El libro no es una colección de relatos de los tiempos de la guerra. Ese es un sesgo lector mío. Yo veo algo que viene de la península balcánica y pienso en Karadzic y Mladic, y en aquellos geniales deportistas que estuvieron alimentando odios, al menos no frenándolos, en aquellos Boban, Divac y tantos más irresponsables. La sombra de la guerra está, pero no es la única. Hay década de los 2.000 y hay crisis, económica, social, existencial, no pasan en Croacia cosas muy distintas a las de cualquier otro lugar de Europa. Hay parejas que se hacen y se deshacen, hay enfermos, hay falta de expectativas laborales, hay hijos, sueños, desilusiones, pensamientos sobre la creación artística, hay precariedad croata. Destaco la cuchillada inicial de Zorros, y destaco la historia de amor desesperado de Esas chicas. Destaco también la crudeza con la que se abre la puerta trasera de la paternidad y la maternidad en Dos niños, un tema muy poco tratado en la narrativa contemporánea, y mucho menos por un autor que sea hombre, disfruto con el juego cruel y desmemoriado de Aliméntame y la figura del poeta loco de ecos bíblicos en Así habló Mayakovski.

No me gusta nada el título elegido para la colección, pero el autor manda, y el traductor (a lo que he colegido gracias a los traductores online) se ha limitado a respetarlo. No obstante, le doy la razón en que necesitamos quien nos alimente. Me inquieta esa mano casi zombi que nos saluda desde la portada. Uno de los instintos que siempre necesitan alimento es el del niño que fuimos al que le gustaba que le contaran cuentos antes de apagar la luz y tener que dormir. Ahora los cuentos nos los cuentan señores nacidos en un país que ya no existe y debemos leerlos nosotros mismos, pero parte de esa sensación se recupera cada vez. Decía John Cheever que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista, en ese momento de tensión y angustia casi máximo, solo comparable (y perdón por la frivolidad que esta comparación supone) al corredor de la muerte. Es una alegría que de vez en cuando autores tan buenos y tan crudos, tan terriblemente sinceros, bellos y crueles, te lo recuerden.

Seguiremos leyendo, no solo cuentos.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 25 de octubre de 2016

Punto de control, de David Albahari, y otras lecturas balcánicas

Punto de control, de David Albahari (Ed. Baile del Sol) y una cierta trilogía balcánica.


Esta reseña va a hablar de una novela, Punto de control, aunque no sólo de ella. A veces acumulamos lecturas y no es de manera casual. Al terminar la novela y pensar en reseñarla me di cuenta de que otros dos libros con los que andaba entre manos tenían una conexión evidente con ella. No siempre leo narrativa, aunque casi siempre lo haga. Y cuando no leo narrativa suelo dejarme caer por el ensayo. Aún así, a veces leo poesía u otros formatos, como cómic (o como ahora se dice, novela gráfica). Debería leer más poesía, porque me ayuda a luchar contra mi tendencia a la dispersión, ya que si el relato obliga a concentrar las ideas en la escritura, la poesía obliga mucho más a buscar la palabra que transmita todo, y sé que en los últimos años están apareciendo novelas gráficas que tratan temas muy interesantes y son quizá una muy buena aproximación a ellos, fácil y cómoda.

Basta ver la sobria y sugerente portada de Punto de control para comprender que será un libro duro e incómodo. Desde niño me ha fascinado lo que sucedió en los Balcanes en los años 90 (y digo fascinado como un término medio entre algo que me ha horrorizado y algo que no alcanzo a comprender del todo, sobre lo que hay muchas versiones y las verdades me parece que son siempre poco fiables). Nunca he entendido de dónde surgió tanto odio, y siempre he intuido que se trataba de odios ancestrales que no habían sido resueltos y que periódicamente se purgan. Esperemos al menos que la guerra de los 90 sea la última vez que llegan a tanto.

El año pasado leí Canción muda, una antología de relatos del autor serbio David Albahari, que me interesó mucho, y me descubrió a un autor brillante, dominador de técnicas narrativas muy variadas, cercanas a lo posmoderno sin olvidar lo importante, que al final es contar una historia que interese. Punto de control es una novela publicada originalmente en 2011 que nos lleva a acompañar a una serie de personajes que deben cruzar un punto de control en un conflicto bélico que aunque no se concreta temporalmente, es muy fácil identificar con la guerra de Yugoslavia en los años 90. Ha sido traducida hace poco por Baile del Sol dentro de su muy interesante colección Deleste. En Punto de control nos encontramos con las dudas de los soldados a los que han obligado a estar ahí y no acaban nunca de entender qué sucede, y se cuestionan qué es lo que ha empujado a sus dirigentes a utilizarlos como carne de cañón. Una guerra siempre es una suspensión de la vida normal, y ser enviado al frente, o ni siquiera, como en este caso, sino a un punto de control entre dos fronteras difusas, debe producir, entre otros muchos sentimientos, el de extrañeza. La gente que iba a la mili, cuando en este país había servicio militar obligatorio, parecía dejar su vida aparcada, a la espera de retomarla después de un período de año o año y medio. Imaginemos aparcarla durante un tiempo mayor y para ir a una Guerra, en mayúsculas, con la tensión permanente de no saber si te matarán allí, o casi peor, si al volver a casa no habrán matado a los tuyos.

Punto de control también nos acerca a refugiados que tratan de entrar a un país saliendo de otro, y eso, dada la situación de los últimos años, enriquece aún más su lectura, aunque fuera quizá un punto secundario en la escritura original. Punto de control es una novela que busca generar extrañeza en el lector, y lo consigue. En una entrevista (que debe ser la única que se le ha hecho) que la poeta Inma Luna le hizo para Revista de Letras, decía que sus principales influencias venían de Kafka y Beckett, y se nota que viene de ese mundo y a ese mundo nos acerca. La actitud de extrañeza ante la guerra, por absurda, es un clásico en la literatura, y Albahari se suma a esa tradición. Siendo un libro al que inicialmente cuesta un poco entrar, por esa extrañeza de la que hablaba, es un libro al que una vez pillado el ritmo y el tono, resulta muy difícil abandonar. Apetece leerlo de manera continua hasta que se acaba, y creo que se entiende mejor después de pensarlo durante unos días tras su lectura, o tras releer algunos pasajes. Albahari tiene un mundo narrativo propio y poderoso, es un novelista importante, que espero que sigan traduciendo al español y al que podamos seguir acercándonos.

Los escritores de la península balcánica parecen estar muy ligados al exilio. Albahari se fue en 1994 a Canadá, que acogió a muchos refugiados de aquel conflicto (como está haciendo ahora con Siria), donde vivió durante una década, hasta su regreso a Belgrado. Después de Punto de control leí dos libros también de autores de origen serbio ligados a Canadá y Estados Unidos. 


La autora de la novela gráfica Patria (Ed. Turner), Nina Bunjevac, también vivió en Canadá, aunque ella llegó antes de la guerra de la década de los 90. Patria nos acerca a una realidad previa a esa época, y que quizá nos ayuda a entenderla. Nina Bunjevac, con un estilo de dibujo sobrio, utilizando el blanco y negro y con muchas referencias a su vida personal, nos cuenta el pasado de su familia, que es la historia de su padre y es también, en gran medida, la de Yugoslavia. Bunjevac nació en Canadá y a los pocos años se mudó a Yugoslavia con su madre, que estaba preocupada por el radicalismo de su marido, implicado en atentados y complots con grupos terroristas serbios, anticomunistas, anti – Tito y quizá por encima de todo nacionalistas. Las ideas con las que el padre de Bunjevac simpatizaba son las ideas que acabaron llevando a la guerra. Una vez que se fueron a Yugoslavia (la madre con sus dos hijas, el padre no dejó salir a su hijo), conocen un mundo distinto. Y allí, esperando, algo pasa. El padre muere preparando explosivos para un atentado. La familia se reúne con el hijo y se quedan en Yugoslavia hasta que Bunjevac tiene edad de estudiar en la Universidad y elige volver a Canadá. Y en el silencio trata de comprender qué pasa en aquel país y qué pasó con su padre. Es un cómic que esencialmente trata sobre la incomunicación y las murallas que el silencio construye dentro de muchas familias.


El poeta Charles Simic nació en Belgrado y a los dieciséis años se marchó a los Estados Unidos y allí se quedó. La historia de Simic no es la de un exilio provocado por la guerra, sino la de un emigrante lejano. De hecho cuando se habla de Simic se habla de un importante poeta americano. 1938, una antología de sus mejores poemas editada por Valparaíso, también hace referencias, no obstante, a Yugoslavia. A lo que fue y a lo que se convirtió tras la guerra. Simic es un poeta sencillo, de ideas afiladas pero metáforas controladas. Sus poemas tienen fuerza y se apoyan en la memoria, la desmemoria, la vida del individuo, el insomnio y la indefensión ante el mundo y el sistema. Simic no confía en la memoria y la cuestiona, y eso hace su lectura necesaria y útil. La poesía de Simic se acerca muchas veces al relato poético, y maneja referencias de la cultura popular americana. Simic va buscando la belleza, o la trascendencia, si a veces no son lo mismo, en cada esquina de cada ciudad gris por la que camina. Parece un poeta que camina y mira de manera aguda y toma notas con las que construir la realidad.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 10 de octubre de 2016

Reseña de "Mil dolores pequeños" en 1000 y un libros y reseñas

El pasado viernes 7 de octubre, mi novela Mil dolores pequeños apareció reseñada en el blog 1000 y un libros y reseñas.

Su responsable tuvo la buena voluntad de leer Mil dolores pequeños y compartir brevemente sus impresiones con los lectores.

Podéis echarle un ojo a la reseña en esta página
http://1000yunlibros.blogspot.com.es/2016/10/mil-dolores-pequenos-pablo-escudero.html

Espero que abra las ganas de acercarse a la novela a nuevos lectores.

Agradezco a Fulgencio, el entusiasta lector que mantiene el blog, su tiempo y palabras.

Podéis comprar el libro, si es de vuestro interés, en la web de Baile del Sol:
http://www.latiendadebailedelsol.org/372-escudero-abenza-pablo-mil-dolores-peque%C3%B1os-.html

Felices lecturas

Sr. E


domingo, 2 de octubre de 2016

Dios ha vuelto al barrio, en la revista Narrativas

Dios ha vuelto al barrio, incluido en el número 43 de la Revista Narrativas.


Hace cosa de un año, para el cuarto número anual de la Revista Narrativas en 2.015, sus editores decidieron publicar mi relato Rescate, relato incluido en Beber durante el embarazo.


En este cuarto número de 2.016, han decidido publicar otro relato del libro, en esta ocasión Dios ha vuelto al barrio

Dios ha vuelto al barrio está incluido en la tercera parte del libro Beber durante el embarazo, y es uno de esos relatos de fascinación que está escrito desde la mirada de un adolescente. Un adolescente que ya es adulto y que revive cómo se sintió atraído por un personaje mesiánico que habitaba por su barrio como si no tuviera nada que ver con la mediocridad del lugar, y que tanto lo fascinó que llegó a confundirlo con un Dios. 
Ese adolescente ya no es un adolescente cuando vuelve a encontrarse con aquel viejo Dios de barrio, que ha vuelto, quizá a traerles la esperanza a los que la perdieron. 

Es uno de mis relatos preferidos del libro, y uno de los relatos de los que más satisfecho me siento de cuantos he escrito. Sé que algunos de los lectores de Beber durante el embarazo también lo consideraron entre los más destacados del libro.

Podéis descargar el número 43 de la Revista Narrativas aquí:


Dios ha vuelto al barrio aparece a partir de la página 60.

Gracias a los editores de la Revista Narrativas por su trabajo y por elegir mi relato para este número. Es una pena que no haya más revistas y con más visibilidad para dar un escaparate a la narrativa breve. 

Si alguien se animara a hacerse con Beber durante el embarazo a partir de la lectura del relato, recuerdo que puede adquirirse a un inmejorable precio en la propia web de la editorial Baile del Sol:


Felices lecturas

Sr. E 

martes, 13 de septiembre de 2016

Reseña de Mil dolores pequeños en LibrosyLiteratura

Los responsables de la revista web LibrosyLiteratura tuvieron la buena idea de encargarle a su redactor Sergio Sancor que leyera Mil dolores pequeños para compartir sus impresiones con los lectores.

El resultado de esa lectura de su profunda lectura de finales de verano se puede leer aquí
http://www.librosyliteratura.es/mil-dolores-pequenos.html 

Espero que abra las ganas de acercarse a la novela a nuevos lectores.

Gracias a la gente de LibrosyLiteratura y especialmente a Sergio

Podéis comprar el libro, si es de vuestro interés, en
http://www.latiendadebailedelsol.org/372-escudero-abenza-pablo-mil-dolores-peque%C3%B1os-.html

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 17 de agosto de 2016

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)


Nunca sabremos lo que piensa un astronauta soviético perdido que contempla la Tierra desde el espacio, pero podemos suponer que se verá desbordado por la soledad y la sensación de punto final. La muñeca rusa fue la novedad del catálogo de Baile del Sol que más llamó mi atención durante la fiesta de presentación de las novedades de primavera – verano que la editorial organizó en la librería Vergüenza ajena en junio, a la que acudí a presentar Mil dolores pequeños. Juan Miguel Contreras, en su turno de intervención, nos habló de un astronauta soviético que va a la Luna y nunca vuelve, y de cómo esa figura, y sobre todo la manera de borrarla de la historia, se convierte en la obsesión de su hija, a la que acaban tomando por loca.

Esa trama no es ni mucho menos la única que aparece en La muñeca rusa, pero me hizo querer leer la novela. Esa trama parcial me recordó inevitablemente a mi relato Rescate, incluido en Beber durante el embarazo, en el que un hijo reconstruye la vida de su padre, cosmonauta soviético, que fue el primero en llegar a la Luna pero que no pudo regresar y al que también condenaron al olvido.
Un escritor está buscando muchas veces, como lector, mundos estéticos y de intereses parecidos al suyo. Otras veces no, claro, otras veces quiere leer justo lo contrario a lo que intenta escribir. Pero una novela con esa historia en la trama no podía dejarla pasar, así que la compré y Juan Miguel pudo firmármela. Atrasos y conflictos entre lo que uno quiere hacer y lo que la realidad dicta que haga, una dinámica que a veces se mete hasta en nuestras lecturas, ha hecho que no me haya puesto a leerla hasta agosto. Quizá agosto sea un buen mes, con su calor y sus ciudades desiertas, para leer un libro que rescata el mundo del telón de acero, que nos llena la cabeza de secretos y de cosmonautas. El año pasado, también en agosto, vi esta exposición en La casa encendida de Madrid, http://www.lacasaencendida.es/exposiciones/arstronomy-incursiones-el-cosmos-4512, de la que me he acordado mientras leía esta novela.

La muñeca rusa es, según la solapa del libro, algo así como la segunda novela de Juan Miguel Contreras, que también ha publicado un libro de relatos, además de ser librero, tramoyista y editor. Comparte con el narrador de su novela por tanto el interés por el teatro y la profesión de librero. ¿Qué quiere decir algo así como la segunda novela de un autor? No lo sé exactamente, pero se habla de una primera novela, Cuando acabe el invierno, y se habla también de una primigenia versión de La muñeca rusa. Que el autor permita que se hable de una primigenia versión del libro que vamos a leer creo que indica que considera que aquel era un libro sustancialmente distinto al que vamos a leer, y por eso no sé si hablar de segunda o tercera novela. ¿Qué más da, en realidad?

La muñeca rusa es una novela corta, de unas 170 páginas, cuyo título remite a dos ideas, o así me lo ha parecido. Por un lado a Irina Belokoneva, la hija del astronauta desaparecido, y por otro a la estructura de la historia y su semejanza con las matrioskas, haciendo de la novela una historia en el interior de otra y en el interior de otra.

La muñeca rusa empieza en Praga en 1.968, con la invasión de los tanques soviéticos tras la llamada primavera de Praga. Allí, en Praga, está ingresada en un hospital psiquiátrico, Irina Belokoneva, que apareció contando una disparatada historia de astronautas desaparecidos, y en particular la historia de su padre, Alexei Belokonev. En ese hospital hay un celador, Milos Meisner, que es el personaje central de la novela. Uno de los dos. Diría que el importante, pues el narrador se guarda un discreto papel de observador. Nos habla un poco de su vida, contextualiza (y muy bien) la historia, pero no le quita protagonismo a Milos, que muchos años después será un artista que ha pasado por Londres, por París, por Toulouse, entre otras muchas ciudades, y que ha llegado a un pequeño pueblo de Almería persiguiendo una de esas becas que le permiten a los artistas ponerse a crear sin preocuparse por cómo subsistir.

Allí, en Almería, a través de la mujer que lo aloja como parte del programa, una actriz retirada, llega hasta el narrador, librero en esa pequeña localidad costera. La estructura de historias que encajan en otras me dificulta avanzar en el resumen de la trama, pues me viene a la memoria, hablando del pasado como actriz de Greta, que es su amante, que el librero insinúa en algún momento que es hijo de un famoso actor, a quien no pone nombre pero a quien, desde mi relativa incultura cinéfila, he identificado como Omar Sharif. Esa clase de detalles, en apariencia innecesarios, y que narrativamente es posible que lo sean, dibujan con mucha más profundidad a los personajes y hacen que la novela esté llena de vida, y van completando el juego de apariencias, verdades y mentiras.

El librero ha llegado allí como por casualidad. Parece que se mueve así por el mundo. Heredó la casa de su abuela y decidió poner allí una librería. Vive encima de su negocio y vende, sobre todo, libros en inglés y alemán para extranjeros que pasan allí unos días. Se aburre. Sueña. Habla de una enfermedad renal que le obliga a estar cerca de un hospital donde tienen que tratarlo a menudo. No puede viajar. Por eso le fascina la historia de Milos y las historias que se esconden en Milos. La de Irina, la de los cosmonautas soviéticos, la de Praga, la Praga en la que Milos se juntaba con artistas y aprendía de Bohumil Hrabal, aquella Praga post – 68 en la que le retiraron el carnet del partido a muchos escritores, como Kundera, y fueron tomando el camino de la huida. Hrabal, que intuyo que es un autor que interesa mucho a Juan Miguel Contreras, pues uno de los epígrafes iniciales de la novela es suyo y otro es del recientemente fallecido Peter Esterhazy sobre Hrabal, tiene un peso importante en la novela. Es una especie de referencia que va y viene, como escritor y amigo, en la vida de Milos.

El lector se siente parte de esas conversaciones entre cafés en el mostrador de la librería. La prosa es contenida y dibuja muy bien matices y sensaciones. Hay constantes referencias al olvido y a cómo la historia se va dibujando entre olvidos y recuerdos. La memoria funciona en ese caso como un escultor que del bloque de piedra va quitando lo que le sobra, y uso esa imagen por relacionarla con el trabajo artístico de Milos.

Las misiones soviéticas que fracasaban desaparecían de la historia. Porque los soviéticos eran maestros en el arte de borrar a los colaboradores caídos en desgracia de las fotos. Y por eso nadie hablaba del padre de Irina Belokoneva, y hasta tuvieron suerte, porque a las familias de otros astronautas desaparecidos las borraron directamente del mundo. Me parece fascinante la recreación de una ciudad secreta, en el Asia Central, hacia la que van a preparar aquella misión suicida, Belokonev y su familia, una ciudad que se llama como otra ciudad que no es, para que nadie sepa exactamente dónde están, de modo que así el borrado de las huellas sea más fácil. Es tan fácil borrar el pasado como matar a la gente y dejar de hablar de ella. Tan fácil como usar el mismo nombre para la misma misión, olvidando que la anterior fracasó. Hay un Gagarin que tapa a los Belokonev. Tres misiones Vostok 1 antes de la que realmente funcionó.

El dibujo de algunos proyectos artísticos está muy bien hecho. El narrador nos habla de la reproducción de la Luna que Milos hizo en Toulouse, o el trabajo artístico que emprende sobre la gente que forra los libros, cómo lo hace y por qué lo hace, y las fotografías que trata de tomar de esos lectores ocultos, y ahí hay un nuevo punto de conexión con mi particular mundo de obsesiones y preguntas.

El trabajo del fotógrafo Josef Koudelka sobre la invasión soviética de Praga y las detenciones y huidas de la ciudad. Otra exposición que vi en el otoño pasado en la Fundación Mapfre. Otro punto para apoyar la obsesión.

La muñeca rusa es una novela que se lee en una larga tarde de agosto en la que la luz del sol no se acaba de poner y se piensa y reconstruye durante la semana siguiente. Es una de esas novelas que cogen la historia, la desmontan, y nos llevan a preguntarnos cuánto hay de leyenda. Al lado del libro tienes un cuaderno y un bolígrafo y apuntas nombres de artistas checos, astronautas y misiones soviéticas, y por la noche buscas en Google lo que has apuntado para saber qué es verdad y qué está inventado para hacer la realidad más digerible. Dedico veinte minutos de mi vida a buscar información sobre el libro Gravedad, de Armand Coppens, y parece que no existe. Es el libro que Milos quiere leer, es el libro que le consiguen. Para que se vea que la estructura de muñecas rusas es la descripción adecuada, no sólo a la novela, sino a la realidad, el tal Armand Coppens, según mi breve investigación y algunos textos que leí en ella, parece ser un autor fantasma, que muy probablemente no se llamaba así, que no se sabe quién fue, y que escribió un libro llamado Memorias de un librero pornógrafo. El juego final.

Seguiremos leyendo y disfrutando de buenos libros como éste.

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 22 de julio de 2016

Koundara, de David Pérez Vega

Koundara, de David Pérez Vega (Ed. Baile del Sol).

Koundara es una ciudad de Guinea Conakry, y es también el título del primer relato de este libro de David Pérez Vega, el que le da título al conjunto. Cuando un autor de relatos elige el título de uno de los cuentos incluidos en la colección como título del libro en su conjunto, suele hacerlo pensando que es el que mejor ilustra el espíritu común de la obra. Koundara es el primer libro de relatos de David Pérez Vega, después de dos poemarios y tres novelas. Es el primer libro del autor que leo, aunque tengo referencias de su mundo literario porque sigo con asiduidad su blog, http://desdelaciudadsincines.blogspot.com.es/.

Los lectores de su blog habremos leído alguna vez que Pérez Vega empezó en la literatura escribiendo relatos, aunque no esta clase de relatos sino relatos de género fantástico. Creo que casi todos los narradores empiezan a probarse en el relato. Los que perseveran en la escritura y van llegando al mundo de los autores publicados, siguen dos caminos que no se tocan: los que continúan manteniendo un pie en el mundo del relato, y los que lo ven como un camino juvenil, una especie de iniciación, al que quizá no van a volver nunca.

Coincidí en la Fiesta de la Editorial Baile del Sol (editorial con la que ambos hemos sacado libro este año, Koundara en su caso, Mil dolores pequeños en el mío) con David Pérez Vega y me dijo que pensaba que probablemente Koundara fuera el mejor de sus libros. No creo que el propio autor sea un gran juez a la hora de elegir su mejor libro. En general, para un escritor que se tome en serio su trabajo y lo ponga todo en lo que hace, su mejor libro siempre será el último, primero porque es un libro que habrá aprendido de los errores de los anteriores, y sobre todo porque será el más cercano a su mundo narrativo actual. Koundara, sea o no su mejor libro, que es algo que no puedo juzgar pues es de momento el único que he leído, sí es, no cabe duda, un buen libro.

¿Qué hay en Koundara? Siete relatos de corte realista repartidos en dos partes. Los relatos se van por encima de las veinte páginas con frecuencia. He leído a quien destaca este hecho pero no me parece demasiado relevante para saber si un relato será bueno o malo. Hay buenos relatos de cinco páginas y buenos relatos de treinta. Pasa lo mismo con los malos. Un relato que tienda a las treinta páginas permitirá escapar un poco más de la necesidad de concentrarlo todo y permitirá perfilar más detalles de los personajes y las situaciones. Es un tipo de relato, seguimos hablando de su longitud, que no es demasiado frecuente en la mayoría de libros de cuentos, no al menos como longitud más frecuente como sucede aquí, y que a mí, como lector, me remite a autores como Alice Munro o Richard Ford, autores que se mueven con maestría en ese número de páginas.

La primera parte del libro se llama Los viajes, y como bien indica su nombre, las tres historias se articulan alrededor de un viaje. Los viajes representan circunstancias muy distintas en cada uno de ellos. Porque los viajes representan momentos muy distintos en la vida de una persona dependiendo de las circunstancias en las que llegamos a ellos. En Koundara nos encontramos con una española que ha ido hasta allí a colaborar a través de una ONG cristiana. Ella colabora en cuestiones sociales, y ha llegado a apuntarse a este viaje y a esta manera de pasar el verano, empujada por una amiga. Eso hace que no acabe de sentir el viaje como un proyecto propio, sino como algo a lo que ha sido invitada, y en lo que participa con gusto pero que no se toma con la seriedad de algo que hubiera surgido de ella misma. Lo que más me ha gustado de la historia ha sido la capacidad descriptiva del mismo, que se despliega desde el principio, y el juego que establece entre deseo, hipocresía y amistad.

Koundara es el primer viaje, y es un viaje elegido. Acrópolis, el segundo relato, es un viaje en la memoria. El personaje que protagoniza el relato recuerda con nostalgia su viaje de novios a Grecia. Miramos atrás y vemos que los tiempos pasados eran realmente buenos. Si no estrictamente buenos, eran mejores que los que tenemos ahora. La eterna trampa de la nostalgia. El último relato de esta primera parte, La balada de Upton Park, habla de viajes por obligación, de jóvenes que ya no se sienten del todo jóvenes que se han visto obligados a salir del país para ganarse la vida. Esto genera una sensación de incertidumbre permanente, de no saber si se va o se viene, dónde se está y de dónde se sigue siendo. Hoy en día creo que casi todos los que estamos entre los veinte y los cuarenta años hemos vivido fuera un tiempo a la espera de oportunidades, o tenemos amigos o familia viviendo fuera, o tenemos proyectos propios o a nuestro alrededor de salir a buscarse la vida. El retrato que el autor realiza de esta realidad me parece cercano sin caer en el sentimentalismo, realista y acertado.

¿Cómo es el estilo? ¿Cómo es la escritura?: El estilo de estos primeros relatos marca ya el de todo el libro. Es un estilo sencillo, narrativo, eficaz en esa narración, limpio, descriptivo. La prosa es funcional y ayuda a avanzar a la historia que se está contando. Los narradores del libro son variados, son hombres y mujeres, hay historias en primera y en tercera persona. Todos funcionan correctamente. Son creíbles y coherentes en todo momento. Se nota que el autor tiene oficio y maneja bien la caja de herramientas.

La segunda parte del libro, Bajo determinadas circunstancias, deja de enseñarnos el mundo y nos trae a ciudades que son Madrid o están en sus alrededores. Los protagonistas no son diferentes a los de la primera parte. Siguen siendo jóvenes o cuasi – jóvenes, y muchos siguen viviendo en la incertidumbre. Algunos de esos personajes hace bastante que cumplieron los treinta años y quizá pensaban que sus vidas estarían más asentadas al acercarse a los cuarenta. Pero no. Porque tal vez no existe la vida sin incertidumbre, por más que nos gustara. Los personajes van y vienen de unos trabajos a otros, tienen dudas, se plantean algunas realidades de su vida y no saben si atreverse a hacer algo distinto. Son esa clase media más o menos preparada académicamente que no ha sabido muy bien cómo moverse con la crisis y dónde queda su lugar con el cambio que ha supuesto. Las circunstancias a las que se enfrentan en las cuatro historias de esta segunda parte del libro son conocidas por todos. El realismo del libro es real. Y esto puede sonar a perogrullada, lo sé, pero no todo lo que se nos ofrece como realismo suena verdadero. Aquí se consigue.

¿A qué se parecen las historias del libro? Entre las dos grandes corrientes del relato, por simplificar la fantástica que nade de Poe y la realista que entronca con Chéjov, los relatos de David Pérez Vega apuntan claramente a Chéjov. Sus referentes creo que están más en los finales del siglo XX y en Estados Unidos. No es mi tipo de relato preferido como lector. Mis relatos preferidos no siguen ni a Chéjov ni a Poe sino a Kafka. Y quizá la escuela que menos me interesa es la del realismo puro. Lo cual no quita para que sepa reconocer una colección de relatos realistas bien hechos, como es el caso. Todas las historias funcionan, y si quizá me ha gustado más la primera parte del libro es porque allí los personajes viven un poco más en el interior de sus cabezas, lo que dirige la referencia de esos relatos más a John Cheever o a Tobias Wolff, autores a los que seguro que el autor ha leído (Cazadores parece un homenaje a Cazadores en la nieve, uno de los mejores relatos de Wolff). Los relatos de la segunda parte son más objetivos, más descriptivos, más cercanos a Richard Ford, en general menos interesantes para mí. Tetras de ojos rojos, el último del conjunto, quizá es que más se me ha atragantado en su lectura. Cazadores, que también está en esta segunda parte del libro, ha sido, sin embargo, probablemente el relato que más me ha gustado a nivel individual.

Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 12 de junio de 2016

Se acabó la Feria 2016.

Feria del Libro 2016. Fin. Balance. Firmas. Contradicciones. Lecturas.

Este domingo se ha acabado la Feria del Libro 2016. La Feria del Libro es uno de esos lugares que de alguna manera me repugnan y de otra manera complementaria me atraen irremediablemente. Me repugna la mercantilización que supone, y sobre todo lo que siento al encontrarme con colas sin fin que no están esperando a recibir el autógrafo de autores sino de famosetes de turno, ahora también de youtubers. Casi nunca hay una gran cola tras la que aguarde un buen escritor, y ya no entro a valorarlo en función de mis gustos o intereses, sino que me refiero simplemente a alguien cuyo motivo principal para escribir un libro sea escribir el libro, no una oportunidad de sacar algo más de dinero a otras famas paralelas.

Me atrae, por el contrario, la oportunidad de acercarme a las casetas de las editoriales y preguntar por algunos libros de sus fondos que son difíciles de encontrar en librerías normalmente. Me encanta poder acercarme a algunos autores y charlar cinco minutos con ellos mientras me firman el libro. Me inquieta que los autores literarios que más firman sean los mismos desde hace veinte años, y que autores de los que se habla mucho y bien en la poca prensa especializada en literatura que queda, tengan sin embargo firmas por las que apenas pasamos 10 personas a lo largo de más de dos horas.

Me atrae y me incomoda por igual el momento de firmar, al que me he enfrentado por segundo año, con mi segundo libro, Mil dolores pequeños. Me invitó la librería Punto y coma, y fue un rato agradable, en el que me sentí más suelto que en mi primer año, y en el que vendimos en una sola tarde casi todo lo que el librero había pedido. Gracias, por cierto, a los que se acercaron. Estuve firmando el jueves 2 de junio por la tarde, junto a otros autores de Baile del Sol, la editorial que ha publicado Mil dolores pequeños, y que ya publicó Beber durante el embarazo.

El jueves siguiente, 9 de junio, la editorial organizó en el bar – librería Vergüenza ajena un pequeño acto de presentación de novedades de esta primavera – verano, y que ha servido también de pequeña presentación de mi libro en Madrid. El libro, por cierto, ya se puede comprar en la web de la editorial
La distribución más general en librerías empezará, por lo que me han contado, a principios de julio.

He pasado otras tres veces por la Feria del Libro en estos algo más de quince días, y he gastado más de lo que quiero reconocer, pero menos de lo que temía haber podido llegar a gastar. Mi primera visita tuvo como principal objetivo conseguir Mala letra, el nuevo libro de relatos de Sara Mesa, que pude traerme firmado por la autora, tras compartir cinco minutos de conversación con ella. Ya que había ido, compré un ejemplar de La novela luminosa de Mario Levrero en bolsillo, pues es un libro que prácticamente ha desaparecido de las librerías, y mi ejemplar está bastante deteriorado y no querría enfrentarme al momento de quedarme sin él, siendo un libro al que vuelvo con la frecuencia con la que otros recurren a sus textos sagrados, aunque sé que suena a histerismo de fan obsesivo – compulsivo.

El mismo día en que fui a firmar me traje como recuerdo El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu, del que aún tengo sin acabar de leer Nostalgia desde que fui al encuentro con el autor en la librería Alberti. El ojo castaño de nuestro amor es una recopilación de textos breves, unos relatos propiamente dichos y otros más cercanos a la reflexión o al pequeño ensayo memorialístico, en una edición especialmente preparada para el mercado español por el autor y sus editores de Impedimenta.

En la fiesta de presentación de Baile del Sol aproveché para comprar y me traje firmadas dos de las novedades que más llamaron mi atención. Fueron la novela La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras, que me llamó mucho la atención porque la trama que el autor explicó me resultó muy parecida a la imagen que puso en marcha mi relato Rescate, incluido en Beber durante el embarazo, la de un cosmonauta soviético en una misión fracasada, solo y perdido, y el libro de relatos Koundara, de David Pérez Vega, del que me gustó mucho la descripción inicial del primer relato, y hojeándolo me interesaron un par de relatos que parecían de corte realista del tipo escuela americana, y de hecho el autor me confirmó que uno de ellos, Cazadores, era un homenaje a Cazadores en la nieve, de Tobias Wolff, que es un relato que siempre me ha impresionado. También compré la colección de relatos Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen, aunque la autora había huido para cuando quise que me lo firmara.

Suerte de cazador la mía, en uno de mis paseos por la Feria en este último fin de semana, mi vista fue a dar casualmente con un libro, El trepanador de cerebros, la primera novela de Sara Mesa, prácticamente inencontrable. No me fijé en el nombre de la librería, lo cual fue un error, pues hubiera sido una buena apuesta para futuras visitas. Ese mismo día, en el stand de Debolsillo, compré Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Vi hace un par de meses la película biográfica sobre la filósofa, que está articulada alrededor de este libro y su experiencia escribiéndolo, y me interesó mucho. En esta obra es donde presenta la noción de banalidad del mal, que es una de sus ideas más célebres, y de la que estuve hablando no hace muchos días, a lo largo de una charla de borrachos ilustrados.

El último sábado fui a acompañar a unos amigos que estaban de visita en Madrid y querían ir a la Feria. Ellos adquirieron un ejemplar de Mil dolores pequeños y yo me pasé por la editorial Impedimenta. Estaba firmando Jon Bilbao, sobre quien he leído muy buenas críticas aunque aún no lo he podido leer a él, y compré y me traje firmado su último libro de relatos, Estrómboli. Sólo le he echado una mirada de aproximación al inicio del primer relato, pero promete mucho. Le pedí al editor que me orientara por dónde seguir leyendo a Stanislaw Lem, después de la fascinación que me produjo Diarios de las estrellas, y me dijo que por lo que le expliqué que más me había gustado de aquel libro, el que más podría interesarme era Máscara, una colección de relatos que Lem había ido dejando al margen de sus colecciones por ser demasiado largos, o demasiado fáciles de censurar, y que compartían con Diarios de las estrellas el gusto por el relato filosófico, la fábula sin moraleja obvia y los juegos que van de lo moral a lo humorístico.

Además de estos libros, he comprado ejemplares de Todos los miedos, de Miguel Ángel González, La novela luminosa de Mario Levrero y Los asesinos lentos de Rafael Balanzá para regalar a amigos y familiares.

Resumiendo, se acaban estos quince días y prefiero no echar cuentas. Sé, eso sí, que a otras muchas lecturas por abordar, he sumado, dejando al margen regalos y ejemplares de Levrero para cubrir posibles pérdidas:
Mala letra, de Sara Mesa (Ed. Anagrama)
El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)
El trepanador de cerebros, de Sara Mesa (Ed. Tropo)
Koundara, de David Pérez Vega (Ed. Baile del Sol)
La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)
Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen (Ed. Baile del Sol)
Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt (Ed. Debolsillo)
Estrómboli, de Jon Bilbao (Ed. Impedimenta)
Máscara, de Stanislaw Lem (Ed. Impedimenta)

Los iré leyendo en estos próximos meses (como los camellos que se guardan el agua para las travesías del desierto, así algunos reservamos libros para el verano, como si en verano no se pudiera ir también a la biblioteca, o a una librería, o releer), y de algunos seguro que me apetece hablar un poco aquí.

La Feria volverá el año que viene. De momento no parece que me vaya a tocar volver a firmar en ella, pues aunque tengo algunos proyectos de escritura, e incluso dos más o menos cerrados, de momento no hay nuevas publicaciones a la vista. Quizá conviene respirar hondo antes de dar el siguiente paso, o esperar señales del destino. Dos años seguidos han sido de momento una experiencia que debo asimilar. Tocará volver como lector atento que pregunta y hace colas para pedir firmas.

Iremos hablando
Buenas lecturas
Sr. E

martes, 31 de mayo de 2016

Firma de ejemplares de "Mil dolores pequeños"

Hola lectores:



Este próximo jueves 2 de junio, a partir de las 19:00, estaré en la Caseta 270 de la Feria del Libro firmando en primicia ejemplares de mi primera novela, "Mil dolores pequeños", que prácticamente estará recién salida de la imprenta. 

Los editores de Baile del Sol han decidido volver a apostar por una obra mía. Será mi segunda experiencia como autor publicado y como firmante en tales menesteres, y será, igual que el año pasado con el libro de relatos "Beber durante el embarazo", en la caseta de la librería Punto y coma. 

Todos los lectores de Madrid están invitados a darse un paseo por la Feria del Libro, y acercarse por allí a echarle un ojo a esta novela. 

Os copio el texto de la contraportada, por si a alguien le despierta la curiosidad de acercarse a ella:

La vida nos va dibujando un camino de cicatrices en la espalda. Los mil dolores pequeños de los que habla el título de esta novela, primera del autor tras el libro de relatos "Beber durante el embarazo", van marcando nuestro rumbo y nuestros días. Crecemos entre rasguños y avanzamos en busca del siguiente tropezón.

El protagonista de esta novela de tono onírico debe acudir cada mañana, como un funcionario kafkiano, al Museo de la Memoria y el Olvido, donde está obligado a transcribir los recuerdos de una vida. Conectando con la poética de I remember de Joe Brainard y Je me souviens de Georges Perec, la narración avanza de manera no – lineal, caótica y trompicante, al modo en que la memoria y los sueños funcionan. Mil dolores pequeños nos traslada a la mente de un narrador incapacitado para olvidar y que, como un Sísifo posmoderno, carga con su maldición y revive constantemente los mismos momentos, algunos ni siquiera vividos directamente por él.


Este narrador y protagonista debe convivir con su memoria sin fin, mientras su padre sufre de Alzheimer. Debe sobrevivir a su maldición, que le sobrecarga el cerebro y pone en peligro su vida, poniéndolo a jugar a la ruleta rusa cada vez que vuelve a recorrer un pasaje conocido, un rostro de la infancia, una vieja canción. Y también debe asumir su condición de paria, como testigo impertinente que lo recuerda todo en un mundo empeñado en girar a la velocidad del olvido.
 

Feliz Feria del Libro y felices lecturas.

Sr. E