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lunes, 6 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Una lista con diez títulos.

Mis cuentos pendientes de 2024. Una lista con diez títulos. 



Van del 10 al 1. Hay truquitos y algunas trampas, por supuesto. Espero que las sepáis perdonar.


10. Jugadores de billar, de José Avello
9. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien
8. Las hijas de otros hombres, de Richard Stern
7. Tarántula, de Eduardo Halfon / Nada es verdad, de Veronica Raimo
6. Cuentos incompletos, de T. C. Boyle
5. Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer
4. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz
3. El cisne negro / Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb
2. Vuelos separados / Adulterio, de André Dubus
1. La llamada / Opus Gelber, de Leila Guerriero


Y hasta aquí. Mi deseo es poder darme un paseo trimestral (qué menos) por aquí. Para que no muera del todo. Espero que quede alguien al otro lado, también.

Os deseo a todos que tengáis un buen año lector.

Saludos cuentistas


Sr. E


domingo, 5 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Repaso del año.

 Mis cuentos pendientes de 2024. Consideraciones.


Como no creo que haya nadie a quien le haya podido fastidiar el final de año por no llegar a tiempo con estos escritos sobre las lecturas del año, ni tampoco están las editoriales pendientes de comprar mi voluntad para que sus libros destaquen aquí, me he permitido que se me pase un poco el plazo y mi lista y reflexiones sobre las lecturas del año llegue un poco tarde. Pido disculpas si a alguien le he cambiado el paso con tal decisión. Llega el momento de hacer recuento de lo leído y ver cuánto ha marcado realmente mi memoria.  

Ha sido un año de muy buenas lecturas. De autores nuevos a los que nunca me había acercado y que se van a quedar para siempre conmigo. De libros que no esperaba y que se cruzaron por algún motivo y lo mismo, quedarán.

Han sido muchos los libros leídos este año. Tantos que me ha sorprendido. 118 libros tengo apuntados. Hay de todo. Y todos los años lo digo, pero este es más cierto que nunca, porque aunque siguen destacando la narrativa y el ensayo, hay algo más de poesía, continúa muy presente la escritura memorialística y por primera vez en mi vida adulta he estado leyendo teatro. Además, hay novela gráfica. Y bueno, libros de esos a los que es difícil encajar en ningún sitio.

Los primeros libros sobre los que tengo notas en este 2024 son El estrecho de Bering, de Emmanuele Carrère, Reloj sin manecillas, de Carson McCullers y Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González. El año lo cerré con dos novelas negras: El juego del escondite, de Patricia Highsmith y El perro canelo, de Georges Simenon y una obra de teatro: La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga.

2025, ya que estamos escribiendo desde el futuro, lo he empezado con una relectura de Javier Marías, Todas las almas, y La novia grulla, de CJ Hauser.


Descubrimientos: 2024 ha sido el año en el que he descubierto a André Dubus, Nassim Nicholas Taleb y Leila Guerriero. No es que yo haya descubierto nada, por supuesto. Pero he empezado a leerlos y en sus distintos niveles los tres me han impactado y he leído todo lo que he podido de cada uno. En el caso de Taleb y Guerriero, incluso venciendo ciertos prejuicios. Hay que confesarlo y hay que apuntar que está bien vencer ciertos prejuicios.

Voy a intentar destacar algunas lecturas agrupando por géneros, a ver si así consigo que todo quede más claro.

Relato breve: En enero descubrí a Dubus. Bellamente editado por Gallo Nero, me encontré en la biblioteca con Vuelos separados. Lo leí en un fin de semana y corrí a comprármelo para poder hacer una relectura anotando, subrayando y doblando hojas. En verano ya hice esa relectura. En febrero leí Adulterio, otro libro de cuentos excelente. Hay otra colección de Dubus, Encontrar una chica en América, que justamente se ha publicado en 2024, y que de momento dejo ahí, a la espera. Para no agotar toda su obra tan pronto. ¿Qué encontrá quien lea a Dubus? Hasta cierto punto a un clásico narrador americano, emparentado, cómo no, con Cheever o con Carver. Pero encontrará un toque muy particular. Un narrador lírico, muy detallista, melancólico, a veces francamente negativo, que sabe sacarle brillo a cada página.

Terminando el año me atreví a meterme con los cuentos completos de T. C. Boyle. Siempre es un poco arriesgado meterse en la narrativa completa de un autor. Sus cuentos, que edita Impedimenta, vienen bajo el título de Cuentos incompletos, pero son una narrativa casi completa. Y los cuentos de T. C. Boyle son únicos. Son el futuro visto desde los años ochenta. Son retos y desafíos técnicos resueltos con maestría. Hablaba con un amigo, también escritor, sobre ellos, y recuerdo que le dije que eso, exactamente eso, es lo que llevo veinte años intentando hacer. Que mis cuentos suenen así. Realistas pero alucinados. Idos pero lúcidos. Son una maravilla.

He anotado como destacados algunos otros libros de cuentos. Demasiada felicidad, de Alice Munro, El jardín, de Ismael Grasa, los libros de Magalí Etchebarne (Los mejores días y La vida por delante, especialmente el segundo), Una manada de ñus, de Juan Bonilla o Las chicas no lloran, de Olivia Gallo. Estas navidades leí con gusto, por si alguien quiere anotarlo para las próximas, Espíritu festivo, de Robertson Davies. Estupendo para leer junto a la chimenea.


Novela: No he leído demasiada novela. Al menos de la que se identifica claramente como tal, de la que pone unas reglas claras y las cumple y se puede identificar como ficción ortodoxa. Aun así, las ha habido buenas y muy buenas. Destaco, repensando lo leído, Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González, una historia de venganza y mucho más, Muerte de atlante, de Rafael Balanzá, un claustrofóbico ejercicio de malabarismo narrativo del que se sale muy satisfecho, La conejera, de Tess Gunty, en la frontera entre la narrativa juvenil enloquecida y la reflexión lúcida sobre nuestro mundo, Arthur & George, de Julian Barnes, un novelista que siempre es sólido y siempre da satisfacción a quien lo lee o Las hijas de otros hombres, de Richard Stern, una novela que podría ser, repensada y releída, incluso una obra maestra. De esas que decimos menores, pero obra maestra. Pero necesitaría una relectura para llegar a decir tanto. No diría tanto como obra maestra, pero me sorprendió y me pareció de una gran solidez Jugadores de billar, de José Avello. Lo encontré en verano en una librería de casualidad, sin ninguna referencia, y me pareció una novela muy bien construida, que aguantaba perfectamente el tono durante más de seiscientas páginas. Y que es una gran desconocida de la narrativa española. Esa en la que se celebran con tantos aplausos novelas de seiscientas páginas de tono realista que se caen por todas partes.


Ensayos y divulgación: Decía que llegué a la obra de Nassim Nicholas Taleb con ciertos prejuicios. Conocía el concepto de cisne negro, y lo conocía por habérselo escuchado a alguno de esos periodistas que de todo opinan y devalúan cualquier idea. Eso, la verdad, me hacía desconfiar de la propia idea. Taleb presenta en El cisne negro una idea central. ¿Cuál? Que lo altamente improbable también sucede. Y que lo impredecible, por su naturaleza, impacta de manera definitiva en el mundo. Un cisne negro, para entendernos, es la pandemia del covid. Nadie la tenía en mente un año antes, pero sucedió. Y sucesos de esa magnitud suceden. Y nos pillan desprevenidos y alteran todo. Y quizá, y es la propuesta de Taleb, deberíamos intentar vivir con un marco mental menos gaussiano, siendo conscientes de que no siempre pasan las cosas que se supone que deben pasar. Y lo que viene a proponer en otros de los libros que he leído, Antifrágil y Jugarse la piel, es aprovechar lo improbable a nuestro favor. Esencialmente, siendo conscientes de que existe. Taleb escribe muy bien. Resulta brillante (aunque a veces se emborracha de brillantez y peca de poner un marco ellos (los académicos que no entienden el mundo) – yo (que estoy escribiendo este libro porque sí entiendo el mundo) demasiado simplista) y muy didáctico. Algunas ideas te convencerán, otras te resultarán excesivas. Pero creo que vale la pena leerlo. Sus ideas apuntan a las de Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, que ya me gustó mucho el año pasado, o yendo a pensadores más clásicos, a las de Karl Popper. Pensando en números y su manejo, también me ha parecido un libro de primera La señal y el ruido, de Nate Silver.

Más orientados hacia la divulgación científica, disfruté mucho, y creo que cualquiera puede hacerlo, con Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León Panal, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer, La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso, de Martin Gardner o Genes, chicas y laboratorios, de James D. Watson.

En otro mundo de intereses, he leído dos libros excelentes sobre la moda, la industria de la ropa y sus excesos. Libros que intentan animarte a valorar más lo bien hecho, y a buscar un modelo más sostenible. La moda justa, de Marta D. Riezu (que me ha parecido un libro mucho más redondo que Agua y jabón, la verdad) y Fashionpolis, de Danna Thomas. Merece la pena asomarse y pensar un poco sobre el exceso.


Memoria y no – ficción: Quizá sea esta sección (si lo es) aquella a la que dedico más tiempo desde hace algunos años. Este ha vuelto a pasar. Y quizá es aquí donde encuentro un mayor porcentaje de éxito en mi búsqueda de lecturas. No sé si este es el sitio de Por qué escribo, de Félix Romeo o En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte. Lo sea o no, que es lo de menos, son libros que se disfrutan. Textos cortos, textos bonitos, libros que se quedan contigo semanas después de haberlos leído. Nada es verdad, de Veronica Raimo, entra como otro libro bonito y ligero, pero te va haciendo heriditas por dentro. Es una de esas crónicas de vida familiar en las que cualquiera puede verse reflejado, en distintos grados. Y en las que no importa, o no debería, lo reflejado que te veas, sino cómo te arrastra. Un libro para leer en una tarde y releer al cabo de algunos meses. El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, de Stephen Koch es un libro que probablemente esté descatalogado o casi. Por suerte tenemos bibliotecas y tenemos iberlibro. Vale mucho la pena leerlo y ver lo profundamente humano que es engañarse por una ideología. Justificar lo que sea porque es lo que toca justificar al paso de la banda militar de una visión del mundo. Cosas que reconocemos a poco que miremos a nuestro alrededor, la verdad, y que Koch nos enseña de dónde vienen. Interesa tanto como da miedo. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien es uno de los mejores libros que he leído, no este año, sino en mi vida. Te arrastra. Son memorias de experiencias en Vietnam, no queda claro si del propio O´Brien o de aquellos a quienes conoció, no queda claro cuáles exactamente reales y cuáles más ficcionalizadas. Da igual. Rezuma verdad. Es auténtico. Duele. Mucho. En esa misma línea de duele y duele mucho está La llamada, de Leila Guerriero. De Leila Guerriero me alejaba la banda de música que acompaña celebrando cada una de sus columnas. ¿Son buenas? Seguro, pero no sé si para tanta celebración. El caso es que volví a vencer prejuicios y cogí La llamada. Y no lo sueltas. Es imposible soltarlo. Es horrible y es precioso. Es la historia de Silvia Labayru, montonera, quizá no mucho, quizá no con grandes convicciones. Tal vez una chica frívola. ¿Qué importa? Fue una mujer secuestrada, violada y torturada por los militares argentinos. Y fue (y es) una víctima de la dictadura a quien otras víctimas se sintieron con derecho a cuestionar. Ella es un personaje fascinante. Que no quiere ser, nada más, víctima. Una mala víctima, en muchos aspectos. Y eso la convierte en un personaje complejo, lleno de detalles. Un libro de primera. Quizá mi libro preferido del año, aunque me preocupe poder coincidir con un conocido semanario de libros. Después de este, quise leer más de la autora. Y leí Opus Gelber, un retrato menos truculento pero igualmente glorioso del pianista argentino Bruno Gelber. Y una de mis últimas lecturas del año ha sido, biblioteca mediante, otro de Guerriero. Los suicidas del fin del mundo. Patagonia, epidemia de jóvenes que se suicidan. La testigo que va allí a ver, a escuchar. Muy bueno también. Cierro con un libro que no esperaba. Lo normal es que nunca hubiera dado con él. Pero gracias a un podcast que aprovecho para recomendar, El trastero (solo por la música de blues que pone ya valdría la pena), me enteré de su existencia. Y lo encontré. Y lo devoré. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz, es un modelo de cómo escribir una biografía sobre alguien fascinante y hacer que el lector, que no sabía que lo necesitaba, tome conciencia de que necesitaba leer un libro sobre ese Edie Balchowsky. ¿Y quién es? Cabría preguntar quién no fue. Un músico americano, de formación clásica y origen judío, que se enroló en las brigadas internacionales y perdió un brazo en Aragón. Volvió a los Estados Unidos con una adicción a las drogas iniciada por aquellos calmantes para el dolor y un brazo de menos. Y siguió siendo pianista. Se dedicó al jazz. Como aquel mago argentino al que le faltaba un brazo y quiso aprender a hacer trucos con el que tenía. Balchowsky decidió que tocaría con una mano. Y lo hizo por clubes. Y aprendió a pintar y sus cuadros llegaron al museo de Chicago. Y fue un drogadicto. Y un mal padre. Y un mal amigo. Pero también fue un buen amigo. Y un buen padre. Y un tipo, como todos, complejo. Y un punto de referencia durante décadas en ciertos ambientes, ciertos clubes, ciertos callejones. El tipo del que se contaban toda clase de historias. El tipo que era una leyenda. Como el personaje de una canción de Tom Waits.


Y esto ha sido todo.


Mañana, eso sí, habrá una lista de las 10 mejores lecturas del año. Ha sido muy difícil elegir y ordenar. Y eso no podía ser mejor síntoma de lo bueno que ha sido el año en cuanto a lectura.


Saludos cuentistas


Sr. E

sábado, 30 de marzo de 2024

Declaración trimestral: lecturas de enero a marzo de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de enero a marzo de 2024


Voy a intentar darme un paseo por aquí aunque sea cada tres meses y reflexionar un poco sobre lo que he ido leyendo. Escribir y explicar me ayudan a entender mejor lo que leí, supongo que como a todos.

Han salido buenas lecturas, muy buenas en muchos casos, al pensar en este trimestre. Novela, ensayo, relato, libros de esos que no sabes muy bien dónde poner pero que sin duda son de los más interesantes que uno se puede encontrar.

Como se trata de ordenar mis ideas y de que quien se acerque por aquí apunte algún título recomendado, voy a evitar hacerme mala sangre (ya me la hice en el momento de la decepcionante lectura) y no hablaré mal de algunos libros fenómeno que no justifican ningún tipo de pirotecnia alrededor. Y no hablo de bestsellers con escasa calidad o de subproductos variados. A esos no suelo acercarme. O si me acerco sé lo que son y lo que se puede esperar. Hablo más bien de libros que críticos, reseñistas, comentadores en radios y en podcasts y el habitual largo etcétera recomiendan y que no tienen sustancia alguna. No hablemos de los gustos de cada cual. A mí no me gusta Antonio Lobo Antunes pero veo que es literatura de primera. Y me gustan escritores que no son los mejores prosistas del planeta. Deberíamos saber qué es un buen libro, qué es una buena novela, un relato bien construido o un ensayo que aporta algo. Creo que con cierto bagaje lector encima sabemos de sobra, leyendo un capítulo o un par de páginas cuándo un libro es banal. Decíamos que no veníamos a hacernos mala sangre.

Libros que terminé en enero pero venían casi del año pasado:

Me pasó con dos libros de Carrère. El estrecho de Bering es una buena lectura. No es un Carrère top pero se lee bien, y tiene interés por lo que cuenta, una historia de la ucronía y por lo tanto una historia de lo que no ha sucedido. Y es interesante porque Carrère parece que está tomando notas y escribiendo para sí mismo y nos va preguntando qué hubiera pasado si... enlazándolo con decenas de obras y situaciones históricas. El otro libro de Carrère que cambió conmigo de año fue V13. Son las crónicas del juicio por el atentado de la sala Bataclan de París, en noviembre de 2015. Confieso que llegué a él desde la pereza. Me parecía que sería un refrito de aprovechamiento de la editorial. Ya que Carrère había estado escribiendo para la prensa sobre el juicio, lo empaquetamos, encuadernamos y vendemos. Lo estuve viendo semanas en la biblioteca y me resistía. Y en un momento bajé la guardia y lo cogí y es un libro de primera. Son crónicas periodísticas del juicio pero todas juntas tienen una coherencia y una hondura que te va haciendo un nudo en la garganta. Seguramente fue el primer gran libro que he leído este año.


Algo divulgativo: Disfruté como un enano, algunas semanas después, de Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León. Mi formación académica es científica pero la Biología es una de las disciplinas de las que menos sé en el mundo. Posiblemente mi último curso reglado en Biología fue 3º de la ESO y nunca he sentido mucho interés por leer sobre ella. He leído mucho más, alejado de mi formación, sobre historia, sobre sociología, sobre cine y artes. Me encantan, eso sí, los libros de curiosidades. Y este lo es. Empieza con los hipopótamos del zoológico de Pablo Escobar, convertidos en reyes del entorno desde que se escaparon, y desde ahí va hacia arriba. Noto, cuando leo divulgación y ensayo, en general y con lo que tiene de injusta la generalización, una diferencia evidente entre el ensayo y la divulgación que viene del ámbito anglosajón y una tradición más centroeuropea y francesa, que marca más el molde en España. La diferencia se manifiesta en la calidad narrativa. En la intención de llevarte por el tema con imágenes potentes y un ritmo bien llevado. Cuando leo divulgación espero algo así. Y aquí está. Es un libro estupendo, supongo que poco conocido, y muy disfrutable para cualquiera con curiosidad. Edad de 10 a 99 años, como se suele decir.

En una línea parecida, brillante, entretenido y capaz de conducirme por el mundo de la biología, aquí especializándose en la genética y no en la zoología, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer es otro libro estupendo. Divertido, lleno de conocimiento y relacionando la herencia genética con todos los ámbitos en los que la herencia, desde lo más material a lo más espiritual, puede aparecer.

He leído estos meses un libro que no conocía de Carson McCullers, Reloj sin manecillas, y solo puedo decir que todo lo que se lee de Carson McCullers vale la pena. Es una novela delicada, brillante. Fue el último libro que Carson McCullers escribió y el tema central podríamos decir que es la muerte. Un farmacéutico de un pequeño pueblo sureño se enfrenta al diagnóstico de una enfermedad mortal y debe aprender a convivir con ello. Su visión del mundo cambiará (cómo no va a hacerlo) y me recordó a la película (estupenda), Living, de hace un par de años, remake de Vivir de Kurosawa.


Un gran descubrimiento: Llegué a su nombre por una recomendación vista en redes sociales, no recuerdo exactamente dónde. Algo bueno tienen también las redes, no se lo neguemos. Leí y apunté el nombre de André Dubus y viendo que lo editaba Gallo Nero y lo bonitas que eran las portadas fui a la biblioteca a por algo. Leí Vuelos separados, que fue la primera colección de relatos publicada por el autor, en 1975. Y fui a comprarla para poder releerla a no mucho tardar y subrayar y apuntar sobre ella. Hay al menos dos relatos ahí dentro a los que el calificativo de obra maestra no les queda grande. Y después pude leer Adulterio y puedo decir lo mismo. Estoy esperando la creo que inminente publicación de Encontrar una chica en América para volver a entrar en ese mundo de historias de parejas que se rompen, de tristezas íntimas y de decepciones y miedos. La obra de André Dubus, esos relatos tan estupendos, me llevaron a plantearme por qué unos autores americanos nos llegan y nos los venden como los grandes autores de su generación y otros nos acaban llegando casi cincuenta años después y son escritores de primera. Me gusta Carver, o me gustó Carver, pero me pregunto qué tenía Carver para que nos bombardearan con él y para que fuera la entrada a un canon en el que empezamos muchos a leer a finales de los noventa y primeros dosmiles y no tenían Tobias Wolff o Lorrie Moore o André Dubus o Deborah Eisenberg. Y ya sé que Lorrie Moore es muy conocida, pero no como Carver, y Tobias Wolff tuvo unas cuantas obras en España, y hasta sus cuentos completos, pero sin comparación con lo que había alrededor de Carver hace veinticinco años.


Algunos clásicos: He leído algunos clásicos. Y los he disfrutado. He vuelto a leer La casa lúgubre (anteriormente titulada como Casa desolada) y confirmo que me parece el mejor libro de Dickens. He leído, y nunca lo había hecho, Madame Bovary. Me encantó. Es absurdo que yo diga eso, ya lo sé, porque al final los clásicos son los que deben. Disfruté también la breve lectura de la edición con El crimen de la Calle Fuencarral y El crimen del cura Galeote, de Pérez Galdós. Algún día terminaré de leer, que lo cojo y suelto por temporadas, Las ilusiones perdidas, de Balzac.


Disfruté mucho, aunque: De Lake Success, de Gary Stheyngart. Lo leí con ansia. Lo devoré, como se suele decir. Es una novela muy bien armada. Una obra pop nihilista sobre yonquis del éxito y el dinero que descubren que la vida no va siempre cuesta abajo, esencialmente. El aunque, los peros, los tengo por ahí. Creo que no es para cualquiera. Pero creía que no era para mí. Lo cogí en la biblioteca sin tener muy claro por qué y lo disfruté. Pero dejo la advertencia de que no a todo el mundo le convencerá.


Libros anfibios: Tengo apuntados tres libros que me gustaron mucho, cada uno por sus motivos, y que creo que no pueden ser más distintos entre sí. Los últimos días de Roger Federer, de Geoff Dyer, toma a Federer como excusa e hilo conductor y escribe sobre el final. El final por la muerte, el final por el abandono, el final por el olvido, el final por la rendición. Es un libro corto, poético, con capítulos más cortos. Se lee a sorbitos, si puede ser al sol de invierno, con un té cargadito o un buen café en la mano. Buscaré más libros del autor, que parece tener intereses muy variados y obras sobre temas diversos. No creo que vaya a leer algo mejor este año que Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien. Es novela pero no es ficción pura. Tampoco es memoria ni crónica. Es un poco de todo y es una experiencia de lectura brutal sobre lo que tener 20 años y pasarte dieciocho meses en Vietnam puede suponer. ¿Cómo se vuelve de algo así? ¿Se vuelve? ¿Es posible? ¿Qué pasa con los fantasmas de los que no vuelven? Todo eso está en el libro, y la lectura tira tanto de ti como la sensación de que deberías dejar de mirar, porque resulta una experiencia violenta. En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte, es un libro pequeño y muy bonito. Habla, no hay sorpresa, de Franco Battiato. Y habla sobre todo de lo importante que el arte puede ser en la vida de una persona. El arte, aquí la música de Battiato, acompaña, consuela, enseña, nos lleva a pensar en nuevos caminos. Soy battiatiano tardío. Llegué a él después de su muerte. Por un amigo que representa lo mismo que gente como Laporte, que se vio tan afectado y ante un vacío tan grande que tuvo que sentarse y escribir un libro. Olé por el editor que decidió ir adelante con la idea, añado.


Los viejos amigos: Quienes paseáis de vez en cuando por el blog sabéis que no me gusta decir que este es el mejor libro del mundo y callarme que es de mi amigo. Me parece poco honrado. No soy objetivo con mis amigos porque son mis amigos. Cualquiera lo entiende. Tengo la suerte, con todo, de tener pocos amigos escritores (eso ya es una suerte, cualquier escritor con muchos amigos escritores os lo podría confirmar) y de que sean muy buenos. Baste decir que no tendré más de cuatro escritores en mi agenda del móvil y dos de ellos han sido ganadores del Premio Café Gijón. Hablamos de escritores de primera, miembros de ese selecto club. Los dos han sacado libro en este trimestre.

Miguel Ángel González llegó a finales de enero con Perder el equilibrio. No es su primera novela, pero es quizá la primera de sus novelas que va a llegar a un público más grande. De momento ya está nominada al premio a la mejor novela negra del Festival Valencia Negra de este año. Perder el equilibrio es una historia de venganza. Jonás ha perdido mucho más que una pierna. Ha perdido una vida y quiere que alguien pague por ello. Y urde un plan que iremos descubriendo capítulo a capítulo, entre viajes a otros lugares y vueltas al pasado y el futuro. Seca y poética, se adapta perfectamente al molde de la novela negra pero lo enriquece. Chandler también escribía novela negra. James M. Cain. Este libro de Miguel Ángel se acerca más a Cain que a Chandler. Por si os suena menos, aprovecho para recordar que Cain es un autor enorme. La novela tiene poesía y bajeza. Vuelos transatlánticos y un plan que se va acercando a su resolución. Humor negro. Un muy buen libro.

Rafael Balanzá eligió el 29 de febrero, y apuesto a que no fue casual, para que saliera su nueva novela después de seis años. Muerte de atlante es un libro que a primera vista podría parecer también una novela negra. Pero creo que le encaja mejor la etiqueta de thriller. Balanzá se resiste siempre a los moldes y los subvierte desde dentro. Hay narración pura y thriller. Hay de hecho una historia super concentrada, doce tensas horas en el interior de un buque dedicado a la investigación en el que aparece el cadáver de una de sus tripulantes. No será, e intento no destripar demasiado, el único. No hay que averiguar quién ha sido. Lo sabemos. Hay que asistir a lo mejor y a lo peor, sobre todo a lo peor, de la condición humana. Los libros de Rafael Balanzá suelen ser profundamente humanos, y sirven para recordarnos lo peor de la especie. Algo que puede considerarse accidental pone en marcha la trama. Y hay que sobrevivir.


Lo que me dejo: apuntes sobre una serie de ensayos que estoy leyendo y que están modificando algunas de mis ideas sobre el mundo y la manera de estar en él, por grandilocuente que suene. Intentaré dedicarles un post cuando los acabe de pensar. Y la mala sangre que quería evitar al pensar en algunas lecturas fallidas, no por fallidas sino por celebradas en su insustancialidad. Hay un título, ahora vuelvo a verlo, que quizá necesite un ajuste de cuentas, pese a todo.

Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 26 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (I): Recomendaciones

Mis cuentos pendientes de 2022 (I). Recomendaciones.

Calienta la chimenea, lo mejor que puede, el salón de casa, y en el despacho me echo otra chaqueta por encima y me pongo a pensar en los libros que he leído este año. Los hay que dicen que se escribe mejor con hambre y con frío, con la amenaza de un desahucio. Bajo presión, en definitiva. Lo dijo algún escritor, algo así, pero no recuerdo quién era. Siempre que pienso en esa idea pienso en el agente de Joe Gillis en El crepúsculo de los dioses, cuando el guionista sin fortuna interpretado por William Holden le dice a su agente que está en las últimas y este le contesta que es lo mejor que podía pasarle, porque así se escribieron las grandes obras maestras. Creo que esto, caso de regir, solo tiene sentido en una comedia negra de Billy Wilder y solo lo hace para Dostoievski y demás rusos trascendentes y definitorios, y no para alguien que solo quiere ordenar un poco sus ideas sobre lo que ha leído este año.

Aún puede caer algún libro antes de que el año se acabe en un sentido literal, pero cuando me siento a escribir esta entrada, una tarde fría en la que ya no llueve después de dos semanas de agua sin tregua, son 106 los libros apuntados entre mis notas de lectura. Hay de todo, de cómic a poesía, aunque la mayoría es narrativa y ensayo, con las infinitas formas intermedias en las que la no – ficción, si existe, que es una cuestión muy dudosa, ha ido tomando en las últimas décadas.

Llevo ya demasiados años en este blog, y demasiados de esos años diciendo que cada vez leo más ensayo y menos narrativa. Llevo demasiados años diciendo que cada vez leo más clásicos y menos contemporánea, que hago menos caso de los suplementos y de las voces autorizadas, y que a toda obra maestra súbita (esa que ya nace con la condecoración de libro para la historia) es mejor darle seis meses de cuarentena antes de acercarse como para volver a considerar que ninguno de esos hábitos ya es una novedad.

Soy, y supongo que toca asumirlo, un lector escéptico, que conoce demasiado los trucos de la narrativa convencional y que no se engancha con facilidad a sus giros, por sabidos. Alguien que cuando oye las exageradas alabanzas sobre un libro recién salido tiene la tentación de buscar las relaciones personales y de interés entre quien dispara la salva de consagración y el consagrado. Si uno tuviera un perfil polémico, llevaría cuenta pública de cuántas maravillas de febrero son grandes olvidadas en las listas que los mismos suplementos hacen a final de año, o de la aberración que supone que comencemos el libro con reseñistas bien mandados diciéndonos qué libros leeremos en 2023 y qué nos harán sentir. De la crítica nos hemos olvidado.

Últimamente compro muchos de los libros que compro por wallapop, y una de las herramientas que he desarrollado, para saber cuánto de real hay en la apuesta por la última maravilla, es buscar ese libro maravilloso un mes después. Abundan los ejemplares a la mitad de precio del que cuestan en las librerías. Intuyo que muchos vienen de la promoción de las propias editoriales, y me gusta jugar a adivinar quién, de entre los periodistas que han declarado su admiración por esa obra y se han rendido a su maestría, han pensado sacarse 10 euros extra, que todo suma a final de mes y ese sector, como el editorial, no están para brindar con champán bueno, vendiendo el ejemplar que la editorial les envió como obsequio para su reseña.

Es bonito descubrir clásicos (y entiéndase por clásico cualquier libro suficientemente asentado por el tiempo, a veces dos siglos, a veces treinta o cuarenta años), o releerlos y tener ganas de tirarle algo a la cabeza (ese mismo clásico, si es contudente), a quien eras a los 20 años y lo leyó sin sacarle casi nada del jugo que ahora obtienes. Es interesante comprobar que toda la literatura es ficción, sobre todo la que grita que no lo es (volvemos al tema) y que muchas veces lo más interesante que podemos leer nos llega en esa forma.

Es triste no encontrar libros de entretenimiento que cumplan con ese sencillo objetivo, entretener, y tener que afinar mucho lo que uno elige un par de libros con ese modesto fin porque se va a ir unos días a la playa o tiene un viaje en tren largo con niños y solo aspira a un poco de lectura cuando las condiciones ambientales no son las mejores y la energía no está concentrada en la lectura.

Es descorazonador ver qué libros infantiles y juveniles le quieren colar a nuestros hijos y nuestros alumnos. Y es una aventura ir con el machete desbrozando esa jungla de intereses y ver que al final acaban funcionando, y ya sé que va a sonar viejo y mortecino, Julio Verne o La isla del tesoro. Pero es que lo mortecino acaba siendo lo que las editoriales quieren colarnos, y las fallidas intenciones pedagógicas, casi pretextos, con las que quieren que se pierden.

Acabará teniendo razón aquel Roberto Bolaño que ya veía la muerte cerca y decía que había que alabar a ese lector puro que sale a la calle a buscar una nueva edición del Diccionario filosófico de Voltaire, porque sabe que esa obra no va a fallarle. Estoy por apuntarla a mis lecturas pendientes para 2023.


Pero todo esto no iba a ir de lamentos, sino de celebración de lo bueno leído, que ha sido mucho, pues para eso hago tanta labor de filtrado previo.

Sin demasiado orden ni concierto (es mentira, mi sistema de anotaciones de lecturas tiene sus trucos para rescatar ahora con facilidad esta información, pero no vamos a contarlo todo), celebro haber leído en 2022:



 Ensayo, en sus distintas y variadas formas

Memorias de ultratumba (I – XII), de Chateaubriand

¿Por qué nada funciona?, de Marvin Harris

Ensayos, de George Orwell

Para escribir hay que leer, de Vanni Santoni

Nieve negra: Dioses, héroes y bastardos del ajedrez, de Jorge Benítez

La abolición del trabajo, de Bob Black

El mal dormir, de David Jiménez Torres

Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur

Hay más cuernos en un buenas noches, de Manuel Jabois

Suspense, de Patricia Highsmith

Borges, de Adolfo Bioy Casares

 

Novela de ficción fácilmente identificable como tal

El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Tres, de Dror Mishani

Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga

Debería haberme quedado en casa, de Horace McCoy

El club y Sylvia, de Leonard Michaels

El revés de la trama, de Graham Greene

El aire está lleno de agua, de Juan Miguel Contreras

Prolepsis, de Miguel Ángel González

Amor, de Maayan Eitan

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Mosfegh

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

Mi vida como hombre y Engaño, de Philip Roth

El cuchillo, de Patricia Highsmith

Mueren más por desamor, de Saul Bellow

El legado de Maude Donegal, de Joyce Carol Oates

Heredarás la tierra, de Jane Smiley

Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal

No dar de comer al oso, de Rachel Elliot

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

 

Relato corto

Fiesta en el jardín y otros cuentos, de Katherine Mansfield

Dime una adivinanza, de Tillie Olsen

Amor + odio, de Hanif Kureishi

Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh

Ha dejado de llover, de Andrés Barba

Ventanas y otros relatos, de Stephen Dixon

 

Libros de no – ficción, en su amplia variedad

No digas nada, de Patrick Radden Keefe

Todas nuestras maldiciones se cumplieron, de Tamara Tenenbaum

Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey, de Ander Izagirre

Valle inquietante, de Anna Wiener

Canción y Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon


Cualquiera de esos libros cuenta, si para alguien eso aporta algo, con mi sello particular de recomendación. Pasado el año, todos esos siguen significando algo positivo para mí. Sigo teniendo presentes las razones por las que los disfruté. Sigo sabiendo por qué funcionan y por qué lo hacen tan bien.

Mañana seguimos

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Vuelta al cole: Algunas lecturas del verano

 Algunas lecturas del verano

 

Tiene el verano algo de canto de sirenas. Nos promete mucho, y nos imaginamos las horas de lectura de las que dispondremos, si no como infinitas, al menos como una fila muy larga en la que las horas disponibles para leer se presentan para que les pasemos revista y la vista se nos pierde antes de ver el final.

Después, la realidad es otra y las horas de lectura, aunque sean muchas, siempre son menos. Pero es que la realidad siempre es otra y las promesas nunca acaban de cumplir todo lo que nos imaginamos que nos darían.

Llegué al verano, como llego a los veranos, pero especialmente a este, con una lista enorme de libros pendientes para ir leyendo. Había novedades del invierno a las que decidí dejar al menos medio año de margen, clásicos pendientes, libros especialmente gordos o especialmente exigentes y libros de los que esperaba tanto, pero tanto, que quise guardarlos para un momento especial.

Quizá la lección a aprender (y que difícilmente aprenderemos) es que el momento especial debe ser siempre el más cercano y que haga posible esa lectura. Carpe diem, que decían los clásicos, también para la lectura.

El caso es que no he leído durante el verano muchos de los libros que había señalado para estas fechas, pero no hemos venido aquí a llorar. Algunos los empecé pero los dejé pronto. A veces notas que no es el momento, y no me da ningún miedo dejar los libros sin terminar de leer, ni me hace sentir mal darme cuenta de que no es su momento. Apunto en estas obras que serán para otra verano (que es posible que también nos decepcione respecto a las expectativas creadas) El cuarteto de Alejandría, que lleva probablemente una década entre los clásicos que esperarán al verano.

A cambio de esos libros previstos y finalmente no leídos, han aparecido otros que no esperaba. Las circunstancias, o un regalo, o cualquier lectura que te lleva a otra, va torciéndote los planes. Y bien está que así sea. Es famosa la fórmula de Javier Marías según la cual hay escritores que se mueven siguiendo una brújula y otros siguiendo un mapa. Como lectores creo que somos algo parecidos, y en mi caso, aunque me empeño en dedicar horas a trazar mapas, acabo echando mano de la brújula con mucha más frecuencia.

Terminé junio con dos libros que creo que están entre los más particulares que he leído en lo que va de año, y ya estamos empezando septiembre.

Uno es Amor, de Maayan Eitan. Una novela corta, muy directa, que juega a subvertir la idea de amor y a convertirla, como tantas otras, en negocio. Y que lo hace a través de las vivencias de una deslenguada prostituta israelí que analiza su llegada a ese negocio y la trayectoria que va siguiendo en él.

El otro es Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh. La autora sonó bastante hace un par de años con una novela que debía ser bastante diferente (Mi año de descanso y relajación). Esta es una colección de relatos, irregular, si se quiere (toda colección de relatos, con las conocidas y canonizadas excepciones, siempre nos lo va a aparecer) pero llena de viveza, mirada propia, narradoras con un voces muy bien caracterizadas, y variedad de tonos en relatos en los que siempre hay algo incómodo, que en ocasiones cruza hasta la sórdido. Hacía mucho que no leía un libro de cuentos que me descolocara tanto, y hacía más tiempo aún que un libro de relatos no me diera tanta envidia y me diera tantas ganas de sentarme a escribir cuentos para poder compararlos con lo que acababa de leer (y darme cuenta, pero esa es otra historia, de lo vergonzoso de la comparación).

He leído bastante relato este verano, y he aprovechado para hacer relecturas de Las armas secretas, de Cortázar, y una relectura casi completa (salvo por su último libro) de los cuentos editados en España de Etgar Keret. Aunque me da la sensación de que se está tendiendo en los últimos años a una cierta caricaturización de Cortázar, creo que cuando se leen sus cuentos sus páginas nos recuerdan lo que es un autor de primerísimo nivel. Keret es diferente, más directo y extraño, pero otro genio. Y uno con el que es fácil reír, para que después se te quede la sonrisa congelada y te des cuenta de cómo trabaja, con qué maestría, ideas como la de la soledad del ser humano.

No es lo mejor que he leído de Zadie Smith, pero sus relatos de Grand Union me parecen recomendables, y quizá una buena primera lectura de esta autora. Tal y como comentábamos sobre las colecciones, irregular, pero los que son buenos (en algunos se nota demasiado que fueron encargos de revistas y se le pidió ceñirse a ciertos temas, cierto número de palabras, o que debió pensar en la clase de lectores que iba a tener) son realmente buenos.

No he tenido tanta suerte con los cuentos de Francamente, Frank, de Richard Ford. Y el caso es que Ford, como cuentista, me ha gustado mucho otras veces (De mujeres con hombres es un libro al que vuelvo frecuentemente, recuerdo con gusto Pecados sin cuento). Pero su personaje Bascombe y yo no acabamos de entendernos. La lectura interrumpida de su novela El periodista deportivo suma más puntos a esa tesis.

He leído novelas de las que guardo una impresión positiva (Leña menuda, de Marta Barrio, La edad del alambre, de Bárbara Blasco) y otras que ya he olvidado. He leído novelitas de autores de los que en otras ocasiones (otros veranos, mismamente) había leído obras de más enjundia. Brighton Rock, de Graham Greene, quizá represente mejor que ninguna esa categoría. Como novela de misterio no deja de ser pasable (cualquier libro de Simenon funciona mejor en ese sentido), y no tiene mayores valores literarios, aunque intenta aparentarlo (que quizá es lo peor).


En los días de playa leí junto al mar, bajo la sombrilla, Hay más cuernos en un buenas noches, una selección de artículos de Manuel Jabois. Fue una lectura muy agradable. Ligera, divertida. Ni soy especialmente seguidor de Jabois ni suelo (quizá haya sido mi primera vez) leer selecciones de artículos. El caso es que disfruté con estas columnas.

Viajé hasta Irlanda y me compré un ejemplar de bolsillo (ediciones de clásicos, bien cuidados, con buena letra, a 3 euros, lo digo por si tenemos que replantearnos algo en España) de Dublineses. Lo había leído, traducido, hace quince (si no veinte) años. Y no recordaba que me hubiera dicho mucho. Esta segunda lectura me ha hecho pensar en que estaba ante una obra maestra. No habiendo sido capaz de leer completo el Ulises hasta ahora, esto al menos me acerca un poco más a la figura de Joyce (de quien sí había leído con gusto el Retrato de un artista adolescente). No creo que la diferencia esté en haberlo leído en inglés. Es posible que estas historias, tan contenidas, tan chejovianas, necesitaran un poco más de edad y bagaje lector por mi parte.

Releí, después del atentado que sufrió, Joseph Anton, de Salman Rushdie. Es un libro de memorias en el que habla de sus años perseguido y escondido. Y es un libro que creo que nos enseña por qué puede molestarle un autor como él a los fanáticos. Entre otras cosas porque no se toma nada (ni siquiera las amenazas de muerte recibidas) con especial solemnidad. Y los fanáticos se pierden ante la ironía y la inteligencia. Y esto no es algo que solo le pase a los fanáticos que utilizan cuchillos o pistolas, sino a todos.

Terminé el verano con un amigo de Rushdie, Hanif Kureishi. Hace unos años leí seguidos varios de sus libros, y me gustaron mucho. Subió mucho en la escala de mi consideración. Este verano he releído, desde esa nueva posición, El buda de los suburbios, la única de sus novelas que había leído antes de aquel atracón. Tiene mucho ritmo, retrata muy bien lo que es criarse en una familia desclasada y llena de contradicciones de origen y destino, y se ríe mucho tanto de los viejos ingleses como de los nuevos ingleses. Y todo sucede en unos confusos años setenta, con buen rock de fondo y muchos padres desorientados buscando nuevos rumbos amorosos y espirituales. Un muy buen libro.

Como también lo han sido las dos últimas novelas de las vacaciones. Mientras el mundo espera la publicación de la traducción de los diarios de Patricia Highsmith, yo decidí echar en la última maleta del verano dos de sus novelas. El cuchillo es una historia de suspense malsano muy propia de la autora. Con matrimonios envenenados, movimientos psicopáticos, y un punto de culpa dostoievskiana. Recuerda a algunos de los personajes de Extraños en un tren y me ha llevado a pensar en que Gillian Flynn la había leído cuando se puso a escribir Perdida (detecto una cierta familiaridad en el aire enrarecido de esas casas, sin más, igual que digo que Highsmith había leído Crimen y castigo). Y el segundo de estos libros fue El diario de Edith. Mucho menos de suspense y mucho más costumbrista. Perturbador y bastante enfermizo. He visto que es una novela escrita en 1977 y leída desde hoy tiene muchas lecturas posibles sobre el papel de la mujer en la sociedad, los cuidados y otros temas importantes para el feminismo. Un libro que te deja con muy mal cuerpo, eso seguro.

Voy a cruzar la frontera entre las vacaciones y la rutina del trabajo con Principiantes, de Raymond Carver. Hasta ahora me había resistido a leerlo. Para quien no lo sepa, son las versiones iniciales de los cuentos que acabarían formando parte del libro que conocemos como De qué hablamos cuando hablamos de amor. Releí esos cuentos, precisamente, hace un par de años, durante aquella época de confinamiento. Y volvieron a enamorarme de la prosa de Carver. Y al final me he decidido a leer esta versión. Para quienes no conozcan demasiado la historia, el editor Gordon Lish trabajó mucho en la labor de poda y recorte de los cuentos de Carver, dándole lo que los lectores hemos identificado durante años como el estilo de Carver, que quizá sea un estilo más de Lish que de Carver en algunos aspectos. Supongo que iré leyendo algunos cuentos con su hermano más breve en paralelo. De momento me estoy encontrando con buenos relatos, pero con relatos que no parecen de Carver en muchos momentos, quizá cuando son realmente más de Carver que otros muchos. Las contradicciones del sistema editorial y los caminos torcidos que llevan a la fama.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 29 de abril de 2022

Desde dentro, de Martin Amis

 Desde dentro, de Martin Amis

 

Leí Experiencia, de Martin Amis, hace cosa de quince años (me parece que todos los libros que me han marcado, para bien y para mal, como lector y escribidor, los leí hace quince años, aunque esos quince años no son una referencia fiable, son solo una barrera mental, un tótem) y me convenció, junto con La información, de que Amis era realmente un escritor de primera, único en lo suyo (fuera lo que fuera) y que era la clase de escritor que nunca ganaría un Nobel (alguien de aquella generación tantas veces llamada Granta lo ganaría, porque esto es como cuando un equipo de fútbol gana todos los torneos a la vez, algún jugador se llevará el Balón de oro, hay que decidir cuál; el elegido aquí fue Ishiguro, hay mucho que comentar al respecto) y que acabaría mal (literariamente).

No sé por qué tenía yo ya aquellas dos sensaciones, pero se han ido cumpliendo. Cada vez se le hace menos caso y, no nos engañemos, cada vez ha ido haciendo libros más insustanciales, menos importantes, menos ambiciosos y menos conseguidos. Leí que incluso tuvo problemas para que Anagrama (su editorial de siempre en España) publicara alguna de sus últimas novelas. Amis, siempre lo digo, podría no volver a escribir nada bueno, que aun así tendría un póker para enseñar al final de la jugada y quedarse en un lugar muy alto entre los escritores de su generación. No hay tantos (hay muy pocos) autores vivos que puedan competir con una jugada compuesta por Dinero, Campos de Londres, La información y Experiencia.

Pasaron esos quince años (sean más reales o más simbólicos) y vi que había prestado (y perdido, no siempre es así, pero aquí sí) La información, y ahora es un libro bastante difícil de encontrar y que no tenía Experiencia (nunca lo había tenido, lo leí en la biblioteca y había releído pasajes de esa misma copia de la biblioteca; hay libros en los catálogos que deberían venir a nuestro nombre). Conseguí Experiencia a un precio de locura (no recuerdo exactamente si fueron 2 o 3 euros) en un mercadillo de libros y me puse a releerlo. Y como decíamos en la anterior entrada, qué más da si es autoficción, memoria, no – ficción o un ajuste de cuentas con el olvido y un padre novelista. Es un librazo y como tal hay que tratarlo, dejarlo que nos vapulee y manipule, disfrutarlo y decirle hasta la próxima, aunque nunca se va del todo.

Mientras lo releía, crecía en mí esa sensación que tenemos con algunos libros, ese miedo a que se nos acabe lo bueno. Y vi que era el momento de aprovechar y hacerme con Desde dentro, antes de que desapareciera, y leerlo.

En Desde dentro volvemos al terreno conocido de la memoria y la reflexión, de la experiencia, otra vez. Aunque en esta ocasión los temas centrales son otros. No hay tanta figura del padre (aunque sí la hay, pero son los padres únicamente literarios, los elegidos, esos Bellow y Nabokov con los que siempre le gusta relacionarse) ni tanto accidente como en aquel otro libro.

Desde dentro tiene una estructura peculiar, en la que se nos invita a entrar como si se nos fuera a explicar, desde el interior, cómo se construye una obra literaria. ¿De ficción o de no – ficción? Otra vez quedará esa pregunta sin responder. Tampoco va a salir uno de esta lectura habiendo aprendido nada que pueda aplicar a su escritura. Pero habrá entrado en el taller de palabras de Martin Amis. Y hay (lo reconocerá cualquiera, aunque sus libros no le entusiasmen, ni los pasados ni los futuros) pocos autores que le saquen tanto brillo a las palabras como él. Un buen amigo, que leyó La información (y no fue quien se quedó con mi ejemplar) me dijo que era difícil encontrar esa calidad de prosa en demasiados autores. Estoy de acuerdo.

Por su taller pasan sus obsesiones, sus amigos (aparece especialmente Christopher Hitchens, el amigo raro, el amigo perdido, el autor de otra maravilla de la ficción como son sus memorias, Hitch – 22), sus maestros, sus lecturas.

Sus amores y desamores. El sexo como fuerza motriz de la vida. El miedo a la muerte (literal y literaria). El deseo. Las peleas. Los hijos y la relación cambiante con esos seres que van creciendo y llegan a la edad de cuestionarnos.

Estamos ante un libro que es la vida, que es una vida pero tiende puentes hacia la de casi cualquiera de sus lectores. Un libro que también es como una casa enorme y acogedora, llena de recovecos donde tumbarse a reflexionar, de ventanas desde las que mirar hacia fuera. También una casa que a veces nos quiere echar fuera, que nos duele.

Un libro que vale mucho la pena abrir, para caerse en su interior. Y que recomiendo que, quien pueda, lea en tándem con Experiencia, para doblar la apuesta y ver que la vida cambia tanto en veinte años como apenas cambia en veinte años. ¿Contradictorio? Claro. Pero también muy real.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 30 de diciembre de 2021

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Vamos directamente a ello, que hay ganas de la cuenta atrás y el fin de año lector. Sin campanadas pero puede que con algún brindis.

Por motivos variados, recomiendo, de entre mis lecturas de este año:

Magia para lectores, de Kelly Link. Este libro lo escojo porque es una absoluta locura. Una maravilla sin límites narrativos. Quienes disfruten con las historias más locas de Neil Gaiman disfrutarán con esta autora. Está sonando mucho últimamente una novela de Laura Fernández, que no he leído, pero cuyos resúmenes y exégesis me han llevado a pensar en este. Y a sospechar que este debe superarlo. Estupendo.

Creadores de hits: Cómo triunfar en la era de la distracción, de Derek Thompson. No es un libro redondo, le falla la forma, a veces hay que esforzarse para no abandonarlo. Pero la idea central es muy potente y me tiene muy preocupado, qué está pasando con nuestra atención, qué están (y estamos) haciendo con ella, cómo se compra y se vende. Y relacionarlo con la incapacidad de que lo que llamamos viral sea realmente universal y duradero, como sí lo era la creación de hace apenas unas décadas.


La ola que lee, de César Aira. Apuntes de lectura de César Aira. Críticas y reseñas publicadas por aquí y allá, reunidas. Una joyita. Y un libro para pensar en por qué Aira es Aira y qué narrativa se hace en Argentina y por qué en España no hay un Aira ni se hacen demasiados libros realmente notables. Este es uno de esos libros que se celebran en España, pero que aquí serían imposibles. Porque un autor bien instalado, premiado (incluso aspirante al Nobel) le atiza a popes de la narrativa argentina cuando juzga que sus libros fallan (y lo hace razonadamente; Aira es histriónico, sí, pero también justo). Y sigue escribiendo sus extraños libritos. Aquí seguimos entretenidos con que Chirbes (muerto hace seis años) dijo algo malo de Pérez Reverte en un cuaderno personal, y dejando crípticos mensajes en redes sociales para que quien pueda entienda qué autor con novela muy esperada ha publicado un verdadero truño. Por si acaso, para no tener que ser el que pise la mierda y tenga que limpiarse la suela del zapato, yo ya no las leo.

Interesantes, recomendados, y a tener en cuenta: El ritmo perdido, de Santiago Auserón. Así se hacen las películas, de Sidney Lumet. Ensayos: Interpretaciones y pronósticos, de Lewis Mumford. Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris. Montaigne y Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig. Los terranautas, de T. C. Boyle. El colgajo, de Philippe Lançon.


Llegamos, que va tocando, a los diez libros del año (que como pasa últimamente vienen con alguno más escondido a modo de huevo de pascua). Sin dar demasiados detalles, y del 10 al 1 (un orden bastante arbitrario y que podría cambiar si rehiciera la lista en unos días, pero para eso hacemos las listas, para no volver a mirarlas y extrañarnos si lo hacemos):

10. Todos los besos del mundo, de Félix Romeo. Qué pena que no tengamos en nuestras letras a otro Félix Romeo. Que se muriera tan joven y se rompiera el molde. Este año he podido leer estos cuentos, una colección publicada por Xordica con detalle y amor donde se reúnen los cuentos que fue publicando por aquí y por allá. Me he encontrado con un libro precioso, lleno de hallazgos y puñaladas imprevistas (quienes lo conocían dicen que era muy besucón, de ahí el título, callan que también debía ser amigo de puñales), que es la marca de escritura de Romeo en Dibujos animados y en sus mejores textos, algunos de los cuales están en este volumen. Y también he visto cuentos que se salen del canon y apuntan hacia el observador / ensayista que fue y al que leímos en Por qué escribo (también disponible en Xordica).

9. Propiedad privada, de Lionel Shriver y Esto es placer, de Mary Gaitskill. Cada vez resulta más complicado que un libro pueda sorprenderme por su calidad como artefacto, por sus juegos técnicos o estructurales. Es uno de los problemas de leer mucho, que acabas por saberte todos los trucos. Estos dos libros me han sorprendido. Propiedad privada es probablemente, en esos aspectos técnicos, el mejor libro de cuentos que he leído este año. Me parecía muy complicado hacer una colección de cuentos con cohesión y sentido como conjunto y en el que los cuentos sean, a nivel individual, valiosos, y hacerlo con referencia a un mismo concepto, y uno en principio tan poco atractivo como el de la propiedad privada. Pero sale muy bien del desafío que ella misma se ha puesto. Solo la novela corta inicial justifica la existencia y lectura del libro. Esto es placer, de Mary Gaitskill, es un libro atrevidísimo, a nivel literario y político. Gaitskill huye de los malos que son muy malos y de los dibujos con lápices blancos y negros y traza la historia de un editor ya maduro al que un día, después de muchos años, alguien acusa de acoso. Una vieja amiga, que ha trabajado con él y lo conoce, querrá entender qué ha pasado. Y se dará cuenta de que a veces corremos demasiado a la hora de quemar a alguien, aunque lo conozcamos bien, en la hoguera. El libro es una trepidante sucesión de capítulos escritos por él y por ella, y salvando las muchas distancias me recordó a la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, por su desarrollo y peso. Merece la pena buscarlo, leerlo, y pensarlo durante días.

8. Sale el espectro, de Philip Roth. Creo que ya no me queda ningún libro de Roth que pueda entrar en mi canon personal de sus obras. Este faltaba entre mis lecturas y fue un reencuentro feliz. Con lo mejor de Roth. Aquí en una versión si se quiere modesta de su potencial, pero llena de sus virtudes clásicas. Una capacidad de análisis portentosa. Un gran sentido narrativo. Unos personajes que ni son perfectos ni se acercan, y hacia los que no siente la obligación de tener piedad. Una gran novela.

7. Poeta chileno, de Alejandro Zambra. Tenía, sin tener muy claro por qué, serias reservas con Alejandro Zambra. Creo que alguna vez intenté leer uno de esos pequeños artefactos que le fue publicando Anagrama y salí de allí, si no espantado, en un ánimo cercano al espanto. Este año leí No leer, que me pareció ingenioso. Y después de más de un año de acercarme a la estantería de la Z en la biblioteca y volver sin el libro, acabé por coger Poeta chileno. Y me alegro de haberlo hecho. Es un libro divertido, lleno de literatura y de vida, y de esos personajes que circulan perdidos por ambos. Los poetas chilenos de Zambra son evidentes homenajes a esos personajes de Bolaño que eran poetas y eran chilenos, pero ni son tan románticos ni están tan desesperados. Son poetas chilenos menores, síntoma de unos tiempos menores, con menos ideales y más cinismo. El libro de Zambra quizá sea, a su vez, una obra menor de Bolaño. Un apunte al pie de página de las grandes obras de este. Lo cual es lógico porque no todos podemos ser Bolaño, solo Bolaño podía, y porque Bolaño hablaba de poetas en una dictadura donde se jugaban la vida y Zambra habla de poetas en la post – dictadura y en la post – post – dictadura donde solo se juegan, y no siempre, la dignidad. A veces nada más que el amor propio. Pero cómo duele el amor propio. Qué buen libro. Y qué preocupante que vayan dos años que entre las mejores lecturas haya homenajes evidentes a Bolaño que no alcanzan su mejor nivel pero que nos lo recuerdan claramente. No sé si hablará de mi degeneración como lector quedarme prendado del Vivir debajo de Gustavo Faverón el año pasado y de Zambra y su Poeta chileno en este.

6. El llano en llamas, de Juan Rulfo. Hay relecturas que he dejado aparte, porque eran relecturas conscientes, de libros que conozco a fondo y en los que siempre encuentro sorpresas, sí, pero tampoco grandes sorpresas. Al menos no de las que te cambian como lector. Lo de El llano en llamas, de Rulfo, ha sido otro tema. Leí a Rulfo en el pasado, sí, porque a Rulfo hay que leerlo, pero me he dado cuenta de que no había leído de verdad a Juan Rulfo. El llano en llamas es un mundo en miniatura, desolado y en el que parece que falta el aire a cada rato. Cada uno de los relatos es una piececita delicada y precisa, pero no son para nada juegos. No hay comodidad aquí. Hay dolor. Hay literatura que mancha. Mierda. Dolor. Miedo. Poco margen para el cariño. Y una escritura muy particular, que he visto esta vez muy emparentada con Kafka y con Salinger. Nada menos.

5. Contemplaciones, de Zadie Smith y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Seguimos (aunque los efectos sean, y crucemos los dedos para que todo vaya a mejor, menos graves y urgentes) en medio de una pandemia. La peste de nuestro tiempo. Y eso ha condicionado, como a tanta gente se lo habrá condicionado, mis ánimos lectores. Y mis intereses en algunas épocas. Diario del año de la peste, de Defoe, es un referente clásico sobre este tema (y el referente, por ejemplo, de La peste de Camus). Pese a su apariencia de relato testimonial y a que la distancia histórica nos haga pensar que es tal testimonio, la verdad es que es una novela. Y una de las buenas. Que me hizo retorcerme de angustia y valorar lo poco que hemos avanzado cuando se trata de combatir ciertos males, que nos superan por peligrosos y desconocidos, y a la hora de buscar culpables y pensar que la virtud, cómo no, está de nuestro lado. Contemplaciones, de Zadie Smith, sí es un testimonio en directo. Son unos ensayitos breves, escritos a vuelapluma durante el confinamiento. Smith estaba en Nueva York, donde da clases, y va comentando temas que todos reconocemos, la falta de intimidad en una casa siempre llena de gente, cómo la falta de rutina nos puede afectar, lo agradecidos y asustados que estábamos al volver a la calle, la incomprensión ante la situación, el miedo que todo genera. Y lo hace viendo un poco más de lo que podíamos ver cuando el mundo eran esos metros cuadrados en los que vivimos habitualmente y en los que nos vimos forzados a pasar muchas más horas seguidas de lo que nunca nos hubiéramos imaginado.

4. El largo adiós, de Raymond Chandler. Todos, para bien y para mal, somos un poco hijos de Billy Wilder y de Raymond Chandler. No sé si esto es cierto, pero me gustaría creer que sí. Ya había leído, claro, esta novela. Leí todo lo de Chandler como a los dieciocho años, y no saboreé, ni mucho menos, todos los matices (ahumados, complejos, amaderados) de esta obra maestra. No de la novela negra, no del género policíaco. Sino simplemente una obra maestra, sin más apellidos.

3. Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Este es un libro realmente sorprendente. Iñaki Domínguez logra aquí una historia apasionante sobre los macarras madrileños, a lo largo de sus décadas y barrios, de su esplendor y su gloria. Y sale de ese tema, que por limitado hubiera podido interesarme muy poco, y dibuja con gracia y precisión una sociedad que ha cambiado al compás de sus macarras, o en paralelo a ellos. Y cuesta mucho no verse reflejado en la decadencia callejera. Y cuesta mucho no pasear durante semanas, después de leer el libro, fijándose en detalles que pasaban antes inadvertidos, y que ahora hablan. 

2. Clics contra la humanidad, de James Williams. Williams, que trabajó en Google, y que es un hombre de una inteligencia superior, se dio cuenta en algún momento de que estaba convirtiéndose en un mutante. O quizá en un ciborg. Notó cómo su atención se dispersaba, pero no se trataba de que se dejara llevar por los estímulos inmediatos y se distrajera, se trataba de que todo a su alrededor era distracción y ese ruido continuo estaba cambiando su manera de estar en el mundo. De sentirlo y de relacionarse con él. Creo que a muchos nos resultará familiar la sensación. Él se mudó a Oxford, estudió filosofía, se doctoró y pensó mucho sobre el tema. Y la lectura de los ejemplos e imágenes que da James Williams, siempre muy finos, puede hacerte plantearte qué estamos haciendo con nuestro tiempo y nuestro cerebro. Muy recomendado. Muy importante. Tanto como silenciar las notificaciones de las aplicaciones, al menos.

1. La edad del desconsuelo, de Jane Smiley y Personajes desesperados, de Paula Fox. No sé con cuál de las dos quedarme, así que lo dejamos en un ex – aequo. Son dos novelas perfectas, concentradas, que tratan de momentos en la vida en los que parece que no sucede nada y lo que sucede es realmente importante. Puede, en algunos casos, que todo a tu alrededor se esté rompiendo y no te estés dando ni cuenta. Puede que tengas que replantearte qué estás haciendo con tu vida y qué vas a hacer con lo que queda de ella (que esperemos que sea mucho). Escrituras depuradas, poéticas, salingerianas. Historias que se desdoblan en subtramas que siempre suman. Libros perfectos. Lecturas de esas que se pueden repetir muchas veces.

 

Al modo de las tomas falsas al final de una película, hablaré de algunas decepciones: Yoga, de Emmanuel Carrère. Esta me la esperaba y podría decir que casi me merezco que no me gustara. El Carrère más ensimismado y con menos que contar de toda su producción. Ese. Para compensar, debo decir que leí con gusto a mediados de año la novela Fuera de juego, una de las que escribió al principio de su carrera. Siempre he dicho, y mantengo, que el Carrère novelista de ficción no era para nada un mal novelista. El bigote me parece un libro excelente. Y esta novela, que no inventa nada, es realmente sólida y me dio buenos momentos de lectura.

Me decepcionó también Segunda casa, de Rachel Cusk. Nunca ha llegado a enamorarme la trilogía anterior de Cusk, aunque le reconozco importantes valores literarios. Despojos sí fue un libro que me afectó y cuya lectura es de las que te hacen sangre. En esta novela, que continúa algunas de las líneas de la trilogía (no a nivel de trama ni de personajes, pero sí de mundo), no ha conseguido un libro redondo.

Este me ha dolido particularmente. Llegué a Parte de mí, de Marta Sanz, con muchas ganas. Esperaba algo parecido a Clavícula, que me gustó mucho. Pensaba que me encontraría con otro libro entre crudo, difícil y con el efecto fresco de la escritura en directo. Novela o no, que es lo de menos, Clavícula me gustó cuando lo leí y me gustó cuando lo releí, precisamente durante el confinamiento del que nos habla este Parte de mí, que recoge las anotaciones que la autora hizo durante el año 2020 en sus redes sociales. Con esa materia no debía esperar mucho, me dijo alguien a quien le comenté que el libro me había decepcionado. No es eso que solemos llamar obra menor, pues las hay muy valiosas. Es algo con escaso interés y poco que mostrar. Y creo que ni la autora ni la editorial necesitaban algo así. 

Y cierro estas decepciones con Lo que quiero decir, de Joan Didion. No pude leer El año del pensamiento mágico, ya lo siento, porque era incapaz de entrar en esa historia. Todo me parecía melodramático y un poco sobreactuado, y a la vez de una frivolidad inadecuada. Pero sigo escuchando hablar de las maravillas de la prosa de Didion. Y este volumen venía a ser (así nos lo ofrecieron) una selección de sus mejores páginas. Y hay buenas páginas, sí, buenas observaciones, alguna ocurrencia y dosis de intimismo pop. Pero no creo ni que estas sean las mejores páginas de una autora ni que si lo fueran justificaran el altar en el que está subida.

Y ya sí terminamos, que va tocando.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E