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domingo, 5 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Repaso del año.

 Mis cuentos pendientes de 2024. Consideraciones.


Como no creo que haya nadie a quien le haya podido fastidiar el final de año por no llegar a tiempo con estos escritos sobre las lecturas del año, ni tampoco están las editoriales pendientes de comprar mi voluntad para que sus libros destaquen aquí, me he permitido que se me pase un poco el plazo y mi lista y reflexiones sobre las lecturas del año llegue un poco tarde. Pido disculpas si a alguien le he cambiado el paso con tal decisión. Llega el momento de hacer recuento de lo leído y ver cuánto ha marcado realmente mi memoria.  

Ha sido un año de muy buenas lecturas. De autores nuevos a los que nunca me había acercado y que se van a quedar para siempre conmigo. De libros que no esperaba y que se cruzaron por algún motivo y lo mismo, quedarán.

Han sido muchos los libros leídos este año. Tantos que me ha sorprendido. 118 libros tengo apuntados. Hay de todo. Y todos los años lo digo, pero este es más cierto que nunca, porque aunque siguen destacando la narrativa y el ensayo, hay algo más de poesía, continúa muy presente la escritura memorialística y por primera vez en mi vida adulta he estado leyendo teatro. Además, hay novela gráfica. Y bueno, libros de esos a los que es difícil encajar en ningún sitio.

Los primeros libros sobre los que tengo notas en este 2024 son El estrecho de Bering, de Emmanuele Carrère, Reloj sin manecillas, de Carson McCullers y Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González. El año lo cerré con dos novelas negras: El juego del escondite, de Patricia Highsmith y El perro canelo, de Georges Simenon y una obra de teatro: La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga.

2025, ya que estamos escribiendo desde el futuro, lo he empezado con una relectura de Javier Marías, Todas las almas, y La novia grulla, de CJ Hauser.


Descubrimientos: 2024 ha sido el año en el que he descubierto a André Dubus, Nassim Nicholas Taleb y Leila Guerriero. No es que yo haya descubierto nada, por supuesto. Pero he empezado a leerlos y en sus distintos niveles los tres me han impactado y he leído todo lo que he podido de cada uno. En el caso de Taleb y Guerriero, incluso venciendo ciertos prejuicios. Hay que confesarlo y hay que apuntar que está bien vencer ciertos prejuicios.

Voy a intentar destacar algunas lecturas agrupando por géneros, a ver si así consigo que todo quede más claro.

Relato breve: En enero descubrí a Dubus. Bellamente editado por Gallo Nero, me encontré en la biblioteca con Vuelos separados. Lo leí en un fin de semana y corrí a comprármelo para poder hacer una relectura anotando, subrayando y doblando hojas. En verano ya hice esa relectura. En febrero leí Adulterio, otro libro de cuentos excelente. Hay otra colección de Dubus, Encontrar una chica en América, que justamente se ha publicado en 2024, y que de momento dejo ahí, a la espera. Para no agotar toda su obra tan pronto. ¿Qué encontrá quien lea a Dubus? Hasta cierto punto a un clásico narrador americano, emparentado, cómo no, con Cheever o con Carver. Pero encontrará un toque muy particular. Un narrador lírico, muy detallista, melancólico, a veces francamente negativo, que sabe sacarle brillo a cada página.

Terminando el año me atreví a meterme con los cuentos completos de T. C. Boyle. Siempre es un poco arriesgado meterse en la narrativa completa de un autor. Sus cuentos, que edita Impedimenta, vienen bajo el título de Cuentos incompletos, pero son una narrativa casi completa. Y los cuentos de T. C. Boyle son únicos. Son el futuro visto desde los años ochenta. Son retos y desafíos técnicos resueltos con maestría. Hablaba con un amigo, también escritor, sobre ellos, y recuerdo que le dije que eso, exactamente eso, es lo que llevo veinte años intentando hacer. Que mis cuentos suenen así. Realistas pero alucinados. Idos pero lúcidos. Son una maravilla.

He anotado como destacados algunos otros libros de cuentos. Demasiada felicidad, de Alice Munro, El jardín, de Ismael Grasa, los libros de Magalí Etchebarne (Los mejores días y La vida por delante, especialmente el segundo), Una manada de ñus, de Juan Bonilla o Las chicas no lloran, de Olivia Gallo. Estas navidades leí con gusto, por si alguien quiere anotarlo para las próximas, Espíritu festivo, de Robertson Davies. Estupendo para leer junto a la chimenea.


Novela: No he leído demasiada novela. Al menos de la que se identifica claramente como tal, de la que pone unas reglas claras y las cumple y se puede identificar como ficción ortodoxa. Aun así, las ha habido buenas y muy buenas. Destaco, repensando lo leído, Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González, una historia de venganza y mucho más, Muerte de atlante, de Rafael Balanzá, un claustrofóbico ejercicio de malabarismo narrativo del que se sale muy satisfecho, La conejera, de Tess Gunty, en la frontera entre la narrativa juvenil enloquecida y la reflexión lúcida sobre nuestro mundo, Arthur & George, de Julian Barnes, un novelista que siempre es sólido y siempre da satisfacción a quien lo lee o Las hijas de otros hombres, de Richard Stern, una novela que podría ser, repensada y releída, incluso una obra maestra. De esas que decimos menores, pero obra maestra. Pero necesitaría una relectura para llegar a decir tanto. No diría tanto como obra maestra, pero me sorprendió y me pareció de una gran solidez Jugadores de billar, de José Avello. Lo encontré en verano en una librería de casualidad, sin ninguna referencia, y me pareció una novela muy bien construida, que aguantaba perfectamente el tono durante más de seiscientas páginas. Y que es una gran desconocida de la narrativa española. Esa en la que se celebran con tantos aplausos novelas de seiscientas páginas de tono realista que se caen por todas partes.


Ensayos y divulgación: Decía que llegué a la obra de Nassim Nicholas Taleb con ciertos prejuicios. Conocía el concepto de cisne negro, y lo conocía por habérselo escuchado a alguno de esos periodistas que de todo opinan y devalúan cualquier idea. Eso, la verdad, me hacía desconfiar de la propia idea. Taleb presenta en El cisne negro una idea central. ¿Cuál? Que lo altamente improbable también sucede. Y que lo impredecible, por su naturaleza, impacta de manera definitiva en el mundo. Un cisne negro, para entendernos, es la pandemia del covid. Nadie la tenía en mente un año antes, pero sucedió. Y sucesos de esa magnitud suceden. Y nos pillan desprevenidos y alteran todo. Y quizá, y es la propuesta de Taleb, deberíamos intentar vivir con un marco mental menos gaussiano, siendo conscientes de que no siempre pasan las cosas que se supone que deben pasar. Y lo que viene a proponer en otros de los libros que he leído, Antifrágil y Jugarse la piel, es aprovechar lo improbable a nuestro favor. Esencialmente, siendo conscientes de que existe. Taleb escribe muy bien. Resulta brillante (aunque a veces se emborracha de brillantez y peca de poner un marco ellos (los académicos que no entienden el mundo) – yo (que estoy escribiendo este libro porque sí entiendo el mundo) demasiado simplista) y muy didáctico. Algunas ideas te convencerán, otras te resultarán excesivas. Pero creo que vale la pena leerlo. Sus ideas apuntan a las de Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, que ya me gustó mucho el año pasado, o yendo a pensadores más clásicos, a las de Karl Popper. Pensando en números y su manejo, también me ha parecido un libro de primera La señal y el ruido, de Nate Silver.

Más orientados hacia la divulgación científica, disfruté mucho, y creo que cualquiera puede hacerlo, con Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León Panal, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer, La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso, de Martin Gardner o Genes, chicas y laboratorios, de James D. Watson.

En otro mundo de intereses, he leído dos libros excelentes sobre la moda, la industria de la ropa y sus excesos. Libros que intentan animarte a valorar más lo bien hecho, y a buscar un modelo más sostenible. La moda justa, de Marta D. Riezu (que me ha parecido un libro mucho más redondo que Agua y jabón, la verdad) y Fashionpolis, de Danna Thomas. Merece la pena asomarse y pensar un poco sobre el exceso.


Memoria y no – ficción: Quizá sea esta sección (si lo es) aquella a la que dedico más tiempo desde hace algunos años. Este ha vuelto a pasar. Y quizá es aquí donde encuentro un mayor porcentaje de éxito en mi búsqueda de lecturas. No sé si este es el sitio de Por qué escribo, de Félix Romeo o En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte. Lo sea o no, que es lo de menos, son libros que se disfrutan. Textos cortos, textos bonitos, libros que se quedan contigo semanas después de haberlos leído. Nada es verdad, de Veronica Raimo, entra como otro libro bonito y ligero, pero te va haciendo heriditas por dentro. Es una de esas crónicas de vida familiar en las que cualquiera puede verse reflejado, en distintos grados. Y en las que no importa, o no debería, lo reflejado que te veas, sino cómo te arrastra. Un libro para leer en una tarde y releer al cabo de algunos meses. El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, de Stephen Koch es un libro que probablemente esté descatalogado o casi. Por suerte tenemos bibliotecas y tenemos iberlibro. Vale mucho la pena leerlo y ver lo profundamente humano que es engañarse por una ideología. Justificar lo que sea porque es lo que toca justificar al paso de la banda militar de una visión del mundo. Cosas que reconocemos a poco que miremos a nuestro alrededor, la verdad, y que Koch nos enseña de dónde vienen. Interesa tanto como da miedo. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien es uno de los mejores libros que he leído, no este año, sino en mi vida. Te arrastra. Son memorias de experiencias en Vietnam, no queda claro si del propio O´Brien o de aquellos a quienes conoció, no queda claro cuáles exactamente reales y cuáles más ficcionalizadas. Da igual. Rezuma verdad. Es auténtico. Duele. Mucho. En esa misma línea de duele y duele mucho está La llamada, de Leila Guerriero. De Leila Guerriero me alejaba la banda de música que acompaña celebrando cada una de sus columnas. ¿Son buenas? Seguro, pero no sé si para tanta celebración. El caso es que volví a vencer prejuicios y cogí La llamada. Y no lo sueltas. Es imposible soltarlo. Es horrible y es precioso. Es la historia de Silvia Labayru, montonera, quizá no mucho, quizá no con grandes convicciones. Tal vez una chica frívola. ¿Qué importa? Fue una mujer secuestrada, violada y torturada por los militares argentinos. Y fue (y es) una víctima de la dictadura a quien otras víctimas se sintieron con derecho a cuestionar. Ella es un personaje fascinante. Que no quiere ser, nada más, víctima. Una mala víctima, en muchos aspectos. Y eso la convierte en un personaje complejo, lleno de detalles. Un libro de primera. Quizá mi libro preferido del año, aunque me preocupe poder coincidir con un conocido semanario de libros. Después de este, quise leer más de la autora. Y leí Opus Gelber, un retrato menos truculento pero igualmente glorioso del pianista argentino Bruno Gelber. Y una de mis últimas lecturas del año ha sido, biblioteca mediante, otro de Guerriero. Los suicidas del fin del mundo. Patagonia, epidemia de jóvenes que se suicidan. La testigo que va allí a ver, a escuchar. Muy bueno también. Cierro con un libro que no esperaba. Lo normal es que nunca hubiera dado con él. Pero gracias a un podcast que aprovecho para recomendar, El trastero (solo por la música de blues que pone ya valdría la pena), me enteré de su existencia. Y lo encontré. Y lo devoré. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz, es un modelo de cómo escribir una biografía sobre alguien fascinante y hacer que el lector, que no sabía que lo necesitaba, tome conciencia de que necesitaba leer un libro sobre ese Edie Balchowsky. ¿Y quién es? Cabría preguntar quién no fue. Un músico americano, de formación clásica y origen judío, que se enroló en las brigadas internacionales y perdió un brazo en Aragón. Volvió a los Estados Unidos con una adicción a las drogas iniciada por aquellos calmantes para el dolor y un brazo de menos. Y siguió siendo pianista. Se dedicó al jazz. Como aquel mago argentino al que le faltaba un brazo y quiso aprender a hacer trucos con el que tenía. Balchowsky decidió que tocaría con una mano. Y lo hizo por clubes. Y aprendió a pintar y sus cuadros llegaron al museo de Chicago. Y fue un drogadicto. Y un mal padre. Y un mal amigo. Pero también fue un buen amigo. Y un buen padre. Y un tipo, como todos, complejo. Y un punto de referencia durante décadas en ciertos ambientes, ciertos clubes, ciertos callejones. El tipo del que se contaban toda clase de historias. El tipo que era una leyenda. Como el personaje de una canción de Tom Waits.


Y esto ha sido todo.


Mañana, eso sí, habrá una lista de las 10 mejores lecturas del año. Ha sido muy difícil elegir y ordenar. Y eso no podía ser mejor síntoma de lo bueno que ha sido el año en cuanto a lectura.


Saludos cuentistas


Sr. E

domingo, 30 de junio de 2024

Declaración trimestral: lecturas de abril a junio de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de abril a junio de 2024


He cumplido con el propósito de volver a pasarme por aquí sin dejar pasar demasiado tiempo. Acaba el segundo trimestre del año y aprovecho para repasar lo leído y dejar algunas recomendaciones. Para quien ande buscando lecturas veraniegas le puede servir.

Me hace gracia que pensamos en lecturas veraniegas como mamotretos con poca exigencia. Novelas que se mojan al salir de la piscina o que se llenan de arena bajo la sombrilla en la playa. Pero la lectura y el verano dan para todo. O deberían. Y hay ediciones de bolsillo estupendas de clásicos y novelas ambiciosas que pueden ser igual de todoterreno para entrar y salir de mochilas, bolsas de tela y esconderse bajo toallas mientras nos damos un chapuzón. Tenemos que conseguir que se vea igual de normal estar leyendo Los ensayos de Montaigne, en alguna edición económica (y aunque no sea completa) que la enésima novela de detectives de ese mismo autor norteuropeo del que tanto hemos oído hablar.

Las lecturas de este trimestre han sido en general buenas. Las ha habido excelentes y las ha habido más normalitas. Intento que nunca las haya malas.

Os cuento algunas cosas.

Ensayo, entre lo matemático y lo filosófico: Nassim Nicholas Taleb. Que un libro ha trascendido de su público inicial se sabe cuando un tertuliano de radio cualquiera utiliza uno de sus conceptos como si supiera de qué está hablando. Es el caso de la idea de cisne negro que puso en circulación hace casi veinte años Nassim Nicholas Taleb, matemático americano de origen libanés. Resumiendo mucho, un cisne negro es un suceso altamente improbable, imposible de predecir por esa altísima improbabilidad pero que sin embargo se produce. Y al producirse, altera sustancialmente todo a su alrededor. Por ejemplificar: la pandemia del covid fue un cisne negro. Solo a posteriori vimos a tantos expertos decir cómo hubiera sido posible saber que algo así iba a suceder. En la práctica sabemos que la próxima pandemia nos pillará de nuevo por sorpresa (porque ahora solo visualizamos pandemias de virus aéreos, similares al covid), y si no es una pandemia será cualquier otro fenómeno. Taleb defiende, desde una visión muy personal, que encaja en una corriente del empirismo representada por Locke o Karl Popper, que los cisnes negros existen. No vamos a saber cuáles son, no podemos predecirlos en particular, pero sí sabemos y podemos predecir que cruzan la realidad. Y movernos en un mundo de modelos ideales, como si la humanidad obedeciera exclusivamente a leyes físicas (son muy interesantes sus diatribas contra los modelos económicos y en general toda clase de platonismos) y los cisnes negros no existieran, es simplemente absurdo. Por no decir estúpido. El cisne negro es un libro ágil, para cuya lectura no hacen falta conocimientos matemáticos, y Taleb expone con brillantez lo que quiere decir. Lo cual no implica que nos convenza siempre. Porque no siempre lo logrará. Y está bien que así sea, que podamos discutir con el autor y su libro. Después de El cisne negro leí Antifrágil, que es una continuación espiritual del primero, y aunque las ideas, por repetición, pierden fuerza, la escritura es igual de potente y hay imágenes y conceptos muy aprovechables.


Taleb me llevó a leer algo más de Karl Popper. Como alguien que estudió Físicas y que se interesó por su historia y su metodología y filosofía, había leído algo de él. Había leído un poco de Popper y al menos La historia de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn, para tomar partido en esa diatriba sobre qué es y qué no es la ciencia y sobre todo la realidad que nos sitúa más cerca de uno o del otro. Estos meses leí Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual, de Karl Popper. Es un libro que nos lleva a la centroeuropa de principios del siglo XX con todo lo que eso significa. Tiene las memorias personales e intelectuales de Popper, quien comenzó trabajando como aprendiz, fue maestro de escuela primaria y desde aquella escuela fue escribiendo sus ideas y primeros libros. Tiene algo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y tiene mucho de reconstrucción del pensamiento de alguien que se interesó por todas las grandes cuestiones del siglo XX.


Sin alejarnos mucho del antiguo Impero Austrohúngaro, llegué a Maniac, de Benjamín Labatut. Leí hace menos de dos años Un verdor terrible. Aquel me llenó más. Y creo que no soy el único lector al que le ha pasado. Es más poético, más concentrado, más potente. Pero Maniac es una lectura que vale la pena. Sobre todo para los decepcionados (que somos muchos) con la decepcionante película de Oppenheimer. En Maniac el protagonista, en paralelo con esa construcción del conocimiento que podía abrir las puertas del cielo como las del infierno, es John Von Neumann. No es el mejor libro para conocer a Von Neumann (ese quizá sea El dilema del prisionero: John Von Neumann, la teoría de juegos y la bomba, de William Poundstone), pero es un muy buen libro. Y es que Von Neumann es un gran personaje. Es el siglo XX. Un intelecto brillante (de los más brillantes del siglo XX, y esto lo decía Albert Einstein y casi cualquiera que coincidiera con él) y un tipo peligroso, capaz de poner en juego cualquier cosa con tal de experimentar un poco más. Un niño que disfruta destripando camiones de juguete, aunque pueda llevarse por delante a la humanidad.


Experimentos sociales y maltratos salen a montones en La llamada, de Leila Guerriero. No había leído nada de Guerriero (bueno, sí, algunas columnas en prensa, pero nada largo) y empiezo reconociendo mi pereza ante el libro. No ante él sino ante la unanimidad que lo señalaba como uno de los libros del año. Esos libros (vale igual para pelis, obras de teatro etc) que nacen unánimes me echan para atrás. Yo esperaría que fueran los lectores los que fueran señalando lo que les gusta. Sin meterme más en estrategias de marketing, terminé el libro diciéndole a todo el mundo que es uno de los libros del año. Y que difícilmente leeré algo mejor este 2024. Es la crónica de la militancia, tortura, malos tratos y vida posterior de Silvia Labayu. Chica bien, hija de familia de dinero, militante de montoneros, apresada durante más de un año, con unas condiciones particulares que hicieron que muchos de sus antiguos compañeros desconfiaran de ella. Leila Guerriero aprovecha muy bien al personaje de Labayu para construir una historia contraintuitiva. Las víctimas son los personajes principales del mundo que hemos construido. Y ella es víctima, se sabe y reclama ser víctima, pero no quiere ser y casi desprecia a quien es víctima profesional. En el libro aparecen mil temas interesantes. Machismo y la negación de lo que fueron violaciones, para empezar. Las sospechas. Los venenos. La capacidad de algunos para decir nos equivocamos y la incapacidad de otros para decirlo, porque sería reconocer que sus mejores años fueron desperdiciados. Silvia Labayu es un personaje de primera y con ese material Leila Guerriero hizo un libro de primera.


Hablaba de los libros que se van haciendo unánimes poco a poco frente a los que vienen con la unanimidad impuesta. He tardado un año en leer Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado. Y fue llegando la unanimidad a su alrededor. Y por lo que al fin leí, bien merecida. El año pasado quise ir a la presentación en Madrid, pero una combinación de horarios laborales y familiares lo hizo imposible. Y dije, a la próxima. Y al final pues tuve que ir a una librería a comprarlo cuando ya pensé que no quería postergarlo más. Yeguas exhaustas es un artefacto extraño. Muy cansado y bien ajustado. Es una novela, o es al menos una narración, y tiene mucho de memoria (imagino que personal, aunque prestada al personaje de Beatriz) y de reflexiones. De género, muchas, y eso está bien pero lo tenemos en muchos otros libros, y sobre todo de clase, que falta muchas veces en esas reflexiones de género. Si hablamos de feminismo interseccional, aquí lo tenemos. De la terreta, de cercanía, de una huerta valenciana a la universidad, de quien vio a sus padres deslomarse y llegó a tener un doctorado y dijo, aquí hay trampa. Me valen de poco las lecturas de quien nos cuenta lo duro que le resultó ser mujer siendo millonaria. Entre millonarios es más difícil ser mujer que hombre, no lo pongo en duda. Pero vistas en un contexto amplio, no son dificultades reales, compartibles por las lectoras comunes. Aquí hay mucha vida común. Mucho día a día. Mucha toxicidad y muchísimo cansancio. Lenguaje cuidado y perfectamente ajustado, veneno medido. Un libro muy particular y muy interesante. Para club de lectura y debate. Quizá no estaría de más que para club de lectura y debate en institutos (que sé que se ha utilizado en institutos, pero que no está de más pedir que se use en más institutos).


Más familia y más memoria es lo que hay en Nada es verdad, de Veronica Raimo. Nada es verdad es un título intercambiable con Todo es verdad. Todo en este librito suena a honesto y verdadero. Y como sabemos, lo honesto y lo verdadero es, a efectos literarios, mucho más importante que lo cierto y lo verídico. Estas memorias familiares, estas historias de un padre obsesionado con trocear los pisos, una madre angustiada por la desaparición de sus hijos del mundo y dos hijos brillantes pero que acaban siendo escritores (en vez de desarrollar todo ese talento que les ha sido dado, para disgusto de quienes los rodean) son divertidas, tiernas, y a su manera llenas de amor. Un muy buen libro para leer a la orilla del mar. O eso me parece ahora mismo.


Una autora clásica de la que no había leído nada es Marguerite Duras. Y leí Los caballitos de Tarquinia y me pareció un libro perfecto. Precioso, bien medido. Nada más que decir. Seguiré leyendo a la autora.


He estado releyendo cuentos (Todos los besos del mundo) y ensayos y no ficción (Por qué escribo) de Félix Romeo. Félix Romeo se murió joven y dejó poco publicado. Pero siempre vale la pena volver a leerlo. Conseguí y leí el único de sus libros que no tenía y no había leído. Es Amarillo. Se suele decir que es un libro sobre el suicidio de un amigo de Romeo, que se tiró por la ventana del piso que compartían en Barcelona cuando los dos tenían veinticuatro años. Pero es realmente un libro sobre la idea del suicidio y lo desamparados que nos deja saber que existe esa puerta. Es un libro triste, cómo si no. Es un libro bien escrito. Hay fragmentos del amigo y fragmentos de Félix Romeo, que se desarma para intentar entender lo que no se entiende o se entiende de sobra. Está la inmensa sombra de Camus y Sísifo y está la sombra de Handke y aquel libro tan difícil de olvidar cuando se ha leído que es Desgracia impeorable. Y está la inmensa figura de Félix Romeo y está la idea de pérdida.


También he aprovechado estos meses para releer a Eduardo Halfon. Estuve, en paralelo a la Feria del Libro de Madrid, en la presentación de su última novela, Tarántula. Halfon siempre escribe bien y siempre es interesante, pero yo no he leído todavía esa novela. Así que, aunque supongo que será un buen libro, me parece aventurado recomendarla. Sí aprovecho para recomendar casi cualquiera de sus libros. Yo he estado releyendo (algunos completos, otros solo a trozos) Signor Hoffman, El boxeador polaco (¿tal vez su obra magna?), Biblioteca bizarra (su libro menor estupendo) y Clases de chapín. Tal vez Halfon, por temas y miradas, no parezca muy veraniego. Sea contraclimático. Pero tal vez, bien leídos y metabolizados, Biblioteca bizarra o Clases de chapín sean estupendas lecturas para viajes cortos o largos, porque ocupan poco, pesan poco y pueden leerse muchas veces sin que se agoten.


Después de años sin leerlo (no por nada, sino porque me di un atracón hace cinco o seis años) encontré en la biblioteca algo de Georges Perec que no había leído. Pensar / clasificar es otro libro para aprender a mirar el mundo de manera diferente. Perec es un autor para aprender a mirar el mundo de otro modo. Como pequeños sociólogos aficionados, como paseantes observadores. ¿Qué mejor para el verano que aprender a mirar de otro modo?


Nunca había leído a Joan Didion como ensayista. Como novelista, que era lo que había en la biblioteca, nunca ha acabado de convencerme. Pero conseguí, después de mucho tiempo, hacerme con una copia de Los que sueñan el sueño dorado. Y es verdad que tiene algo. Es una recopilación de escritos periodísticos y pequeños ensayos y lógicamente los hay brillantísimos y más normalitos, pero los buenos son muy buenos. Me sorprende, eso sí, que la mirada clasista y siempre juzgadora que tiene Didion no haya sido repensada y recalificada en las últimas décadas. Más bien al revés, parece que siguen llegando legiones de seguidoras a sus textos.


Y voy terminando. Si queríais pensar en libros veraniegos, gordos, narrativos, llenos de giros, algo a lo que pasar páginas desde la orilla del mar, también he leído algunas cosas en este trimestre que os podrían ayudar en ese fin. Van listados, sin más. Todos están bien construidos, con todos se te van las horas de lectura.

¿Puedes oírme?, de Elena Varvello.

El explorador, de Tana French.

El reloj de sol, de Shirley Jackson.

Y ayer mismo, en una silla plegable a la orilla del mar, terminé de leer Después, de Stephen King.

Lo dicho, hay buenos libros recogidos en estos apuntes.

A la vuelta del verano habrá algunos más.

Ha habido libros decepcionantes, pero no vale la pena hacer sangre. Me los guardo, no lea alguien esta entrada en diagonal, los pille y luego me culpe.


Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.


Felices lecturas


Sr. E

viernes, 10 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (IV): Libros para niños y para mayores. Hambre de lecturas.


Cuentos para la cuarentena (IV): Libros para niños y para mayores. Hambre de lecturas.

Sé que los servicios de compra online de todo tipo siguen funcionando, y que se pueden conseguir libros igual que se puede seguir comprando casi de todo. Pero he decidido no utilizar esos medios, y no contribuir a que esos repartidores tengan que estar paseando por las calles con la que tenemos encima (si nos surge alguna emergencia, tendremos que recurrir a esas compras, pero de momento no pensamos que los libros sean una). Eso no quita que siga pensando, como cuando se podía salir a casa, en nuevos libros que me gustaría leer. Y que eche así aún más de menos las bibliotecas públicas, de las que mentalmente me he despedido hasta dentro de bastantes meses (porque creo que por la clase de establecimiento que son, y el intercambio de libros tocados por lectores y bibliotecarios, no serán de los lugares que primero se abran cuando se pueda empezar a salir). Habitualmente, según voy leyendo libros, voy pensando en nuevas lecturas, buscando información sobre esos libros, no de un modo consciente, sino de ese modo en que las lecturas te van apareciendo, por referencias en otros libros, en webs, en conversaciones con amigos, …

Mantengo mentalmente la rutina, y aunque no puedo salir a buscarlos, he ido anotando en estos últimos días algunos libros, para que sean mis próximas lecturas. ¿Cuándo? Cuando pueda ser.

Memoria:
Por el pasado llorarás, de Chester Himes: Hubo una época en mi vida en la que casi todo lo que leía era relato breve o novela negra. Duró algunos años. Y además de los escritores más conocidos y reconocidos, di con otros, también reconocidos, aunque menos conocidos, pero de los que me enamoré y leí todo lo que encontré. Uno fue Chester Himes. Aunque Himes, hay que decirlo, tiene una obra muy irregular, llena de novelas en las que se nota que fueron escritas de manera rápida, siguiendo un molde y abusando de la violencia y del sexo (también violento). Pero algunos libros son estupendos. Tal vez este sea el mejor, una rememoración de sus años en la cárcel (a donde fue por robo a mano armada). Una experiencia que quienes nunca hemos pasado no podemos ni imaginar (por más que nos encante que nos digan que estamos siendo unos héroes quienes únicamente estamos en casa, sin salir más que a tirar la basura cuando se acumula o a hacer la compra una vez a la semana, y creamos que lo hemos aprendido todo sobre encierros). La cárcel (y más en los años 30, y más para un negro en Estados Unidos), era un sitio que llevaba al límite el aguante mental de una persona. Recuerdo que era un libro desolador. Terrible en lo que contaba, pero capaz de contarlo con cierta belleza casi lírica.

Salón de pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello: Hablé en algún momento del año pasado de que estos diarios de Trapiello llegaron a mi mesita de lecturas casi contra mi voluntad. Había oído hablar de ellos, había leído grandes elogios, pero nunca pensé que fueran a atraparme. Y el caso es que me atraparon. Leí seis o siete volúmenes durante 2019. Y si las bibliotecas siguieran abiertas, tengo claro que uno de los libros que me traería sería alguno de los que aún no he leído. No es que Trapiello sea un hombre excepcionalmente sabio (no lo es), ni muchas veces tampoco se trata de que sea especialmente lúcido (en muchas partes de estos escritos vive demasiado ensimismado en sus propios folios, en la recepción de los diarios, en menudencias, qué dice X sobre lo que escribí hace 7 años, …). Tal y como lo voy a decir sé que va a sonar frívolo, y algo de frívolo tiene, pero ya tengo curiosidad por saber qué dirán en 2026, 2027 o 2028, cuando toque, los diarios de este 2020 tan particular.

Experiencia, de Martin Amis: Me han entrado ganas de releer este libro, de volver a sumergirme en sus páginas de memoria, desmemoria, ajuste de cuentas y vivencias literarias. No lo tengo en casa, y además sé que la edición en bolsillo está descatalogada, porque la he buscado alguna vez ya. Así que esperaré a las bibliotecas para ir a por él y recrearme en su lento paso. De este libro, de su recuerdo, y de su difícil manera de relacionarse con otros escritores (empezando por su padre, Kingsley Amis), me nacen las ganas de leer por primera vez Hitch – 22, de Christopher Hitchens: Las memorias de este periodista y ensayista, muy amigo de Amis durante gran parte de su vida, un tanto distanciados por algunas polémicas hacia el final de los años de Hitchens, a quien no he leído como memorialista, pero sí como ensayista (alguno de sus tratados ateístas: Dios no existe y Dios no es bueno, y el libro que escribió cuando ya tenía claro que iba a morir por su cáncer, Mortalidad).

De los enfados que Amis tiene con amigos a lo largo de Experiencia, recuerdo y saco ganas de leer a Hitchens, y me acuerdo de su distanciamiento con Julian Barnes, amigo y compañero generacional, quien nunca le perdonaría que Amis dejara a su mujer (la de Barnes) como representante, para pasar a la nómina de Andrew Wyles, alias el chacal (en uno de esos escasos giros de la justicia poética, Amis dejó de ser un gran escritor poco después de ese cambio, quizá Experiencia es la coda de sus mejores escritos). También me encantaría poder leer ahora al melancólico Barnes de los últimos años, releer El sentido de un final o El ruido del tiempo, o acercarme por primera vez a La única historia.

Entre las admiraciones inquebrantables de Amis, personaje cambiante, sobreviven Nabokov y Saul Bellow. Me entero de que existen una colección con las Cartas, de Saul Bellow, un autor que siempre me ha gustado (que quizá no está en mi lista de 10 escritores preferidos, pero sí en una segunda lista, o en una lista en la que entraran mis 20 escritores preferidos). Y del que sí voy a releer, ya que están en casa, algunos de sus Cuentos completos, al menos El contacto Bella Rosa, El robo, Memorias de Mosby y Algo por lo que recordarme.

El arte de volar, de Antonio Altarriba: Esta novela gráfica, una de las más reconocidas en España durante la última década, sirve a Altarriba para ponerse al día con su padre, quien se suicidó tirándose por la ventana (de ahí el título) de la residencia de ancianos en la que residía. Altarriba aprovecha el duelo para recorrer la vida de su padre, una vida española que fue desde la Guerra Civil hasta el principio de la década de los 2000, de causa perdida en causa perdida, de derrota en derrota, hasta que decidió saltar. Altarriba cuenta que el impulso inicial de rabia que puso en marcha el libro fue recibir, a los pocos días de la muerte, una llamada de la residencia en la que su padre había estado, recordándole que debía abonar los 4 primeros días de ese mes en el que su padre saltó.

Entre la memoria y la ficción:
Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz: No sé por qué he pensado en este libro. No he leído hasta el momento nada de Amos Oz, pero he leído sobre este libro y he pensado que me gustaría saberlo todo sobre su niñez y adolescencia en un kibbutz, su padre que nunca consiguió plaza como profesor, su madre frustrada que acabó suicidándose, el mundo cerrado al que ponían paredes (literalmente) los miles de libros que esos dos padres incapacitados para la vida funcional atesoraban. Y cómo Amos Oz cuenta que antes que escritor quería ser libro, porque sentía que eran reverenciados. Y la sensación, finalmente, de que debía salir de aquel lugar para desarrollar su vida.

Ficción:

Caminaré entre las ratas, de David Pérez Vega: Hará 3 o 4 años que leí los cuentos del libro Koundara, de David Pérez Vega. Eran relatos escritos con mucha solvencia, y en la línea del relato breve estadounidense de los Carver y asociados, aunque con más desarrollo muscular que los relatos de Carver (eran relatos cortos más parecidos a Tobias Wolff y Richard Ford, para que me entiendan quienes manejan esos referentes). Ahora ha sacado una novela en la que ha invertido esos años que han pasado desde los cuentos, y por lo que ha contado en su blog, debe ser un libro sólido, que me remite más a referentes latinoamericanos (Bolaño, Rey Rosa) y a un mundo urbano y contemporáneo. Se llama Caminaré entre las ratas y habla de un teleoperador en crisis vital (su objetivo era ser profesor, no teleoperador), al que la muerte de un amigo pilla de sorpresa, que escribe sin éxito y al que preocupan cada vez más, en sus paseos por un angustioso Madrid, las consecuencias de la crisis económica, el auge de la ultraderecha, y una simbólica invasión de ratas de la que nadie parece estar dándose cuenta. La salida del libro ha coincidido de pleno con el encierro, así que la ansiedad habitual cuando un libro aparece en una editorial modesta (a cuántas librerías llegará, cuánto lo aguantarán en ellas) se habrá acentuado por la situación. El libro está ambientado en aquellos años 2009 – 2010 y alrededores, de penurias económicas para mucho. Pero puede ser una lectura muy adecuada para lo que nos viene. Me lo dejo apuntado para cuando sea posible celebrar el día del libro este año.
Por si alguien quiere un adelanto, él mismo grabó unos fragmentos de lectura para su blog la semana pasada

La vida entera, de David Grossman: De Grossman leí un par de novelas hace algunos años. Libros muy bien escritos, que se situaban entre la realidad y la irrealidad (no la fantasía), y que en general me gustaron (Delirio, sobre los celos dentro de un matrimonio, y Llévame contigo, una novela sobre un adolescente tímido que trabaja buscando perros desaparecidos en el ayuntamiento de Jerusalén y un día conoce a una chica y le pide que lo lleve con ella). Sé que David Grossman perdió a un hijo de 20 años en una de tantas guerras que el gobierno de Israel ha puesto en marcha en las últimas décadas. Y sé que, aunque no se trata de un libro sobre ese suceso, La vida entera trata del miedo a la muerte de un hijo soldado, y del duelo, y entre muchas historias sentimentales, cruzadas con guerras y muertos, la historia de una madre que cuando su hijo es reclutado, decide salir a caminar sin rumbo por Israel, para asegurarse de que así nadie podrá ir a su casa a comunicarle que su hijo ha muerto.

Ensayo:
Escribir en la oscuridad, de David Grossman: Desde la búsqueda de información sobre la última novela que comentaba, llegué a este ensayo. Que realmente es una recopilación de ensayos (6) sobre la labor de escribir en un mundo oscuro y violento, continuamente interrumpido en su normalidad (hasta el punto de que esa es su normalidad, como decía Etgar Keret) por explosiones, ataques y guerras.
Jared Diamond: Encontré que este profesor universitario es el maestro del famoso Yuvel Noah Harari (el autor de Sapiens, un libro que me pareció interesante, pero no estupendo; original en algunos planteamientos, eso sí, y muy bien contado). He buscado información sobre sus estudios y sus obras, y en un momento de incertidumbre como este, he pensado que algún día intentaré leer Armas, gérmenes y acero (1997), Colapso (2005) y Crisis (2019).
El mundo y sus demonios, de Carl Sagan: Tal vez estemos entrando, con el coronavirus, en una época en la que será adecuado revisar este clásico, que leí hace años, pero que creo que ahora miraría con otros ojos.
Y en una línea parecida, me ha parecido interesante (desconocía su existencia hasta que lo vi relacionado con el de Sagan): Conocimiento inventado: falacias históricas, ciencia amañada y pseudo – religiones, de Ronald H. Fritze, un libro que se centra más en cómo esos pseudoconocimientos se asentan y hacen fuertes y por qué el ser humano tiene una cierta tendencia a caer, siglo tras siglo, en las mismas trampas para el pensamiento.

No le he prestado nunca demasiada atención a los libros infantiles en el blog. Y eso que desde que tengo niños he pasado cientos de horas en las bibliotecas municipales (desde las bebetecas hasta las salas de lectura infantiles) con ellos, y leyendo después esos cuentos en casa, cada tarde un rato en el sofá (o suelo) y cada noche antes de que se acuesten en la cama.

Tenemos muchos cuentos en casa, por supuesto, pero llega el punto en el que los tienen demasiado vistos (aunque suele funcionar dejar de verlos durante un tiempo, en diez días vuelven a retomarlos con ilusión). Mis hijos echan de menos las bibliotecas, el acto de poder cambiar de libros una vez a la semana (que es más o menos la frecuencia con la que acudimos), y los ratos que pasan allí explorando, seleccionando, catando lecturas. Hasta ahí, nada muy distinto a lo que nos pasa a los mayores, la verdad.

Pensando en ellos, he pensado seleccionar algunos cuentos y autores que me parecen especialmente recomendables, de los que ellos han disfrutado mucho, y que a mí también me gustan:

Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari: Es una colección de cuentos estupendos. Todas las historias son breves (lo que permite leer varias antes de ir a la cama), llenas de imaginación, sin moralina pero con enseñanza. En ellas se mezclan la realidad con la fantasía más pura, se reinterpreta la historia, se anima a pensar. Maravillosos. Creo que empiezan a funcionar (depende de la madurez verbal, claro) a partir de los 3 o 4 años. Y sirven hasta mi edad, al menos. Para un poco antes, los Cuentos al revés.

El grúfalo, de Julia Donaldson: Un clásico de la literatura infantil. La historia de la creación de un ser mitológico (el grúfalo) por parte de un ratoncito que pretende con ello darle miedo a sus cazadores. La prueba de que la astucia vale muchas veces más que la fuerza. A partir de los 2 años gusta, por lo que tengo visto, y a los 6 sigue siendo atractivo. Hay una película muy bonita sobre el cuento (y también sobre otros cuentos de la autora, La hija del grúfalo, y Cómo mola tu escoba).

Todo Babar, de Jean de Brunhoff: Los cuentos de Babar el elefante son, en primer lugar, preciosos por su estética y sus dibujos. Después, por sus historias, perfectamente infantiles, narradas desde la mirada egocéntrica del niño, pero despertando el sentimiento de pertenecer a una comunidad que debe cuidarlo y de la que debe empezar a preocuparse. Sé (perfectamente) que vistos con la lupa deformada del tiempo, estos cuentos infantiles, de la década de los 20 del siglo XX, están escritos dentro de un sistema que era racista, clasista y machista. Si uno quiere, puede rastrearlo perfectamente. Pero creo que no dejan de ser rastros subliminales, que pueden explicarse a los niños cuando resulten demasiado obvios. Y no dejar de disfrutar por ello de unos cuentos tan estupendos. Desde los 2 – 3 años les prestan atención y se identifican con los personajes. La colección que tenemos en casa (de Blackie Books) tiene además una cosa muy interesante para quienes empiezan a leer, y es que está toda escrita con letra ligada, y facilita mucho la conexión con lo que aprenden en el colegio, y los niños se animan leyendo ellos mismos a Babar porque ven que cada vez lo hacen mejor.

De qué color es un beso, de Rocío Bonilla: Mini Moni, la protagonista de este cuento, es un personaje muy popular en casa desde hace años. Es un cuento estupendo, con una protagonista arrebatadora, y muy bien dibujado (todos los libros de la autora lo están). Hace años que los libros infantiles se escriben con intenciones pedagógicas. Y no tengo nada en contra, faltaba. Pero hay productos muy populares (en las bibliotecas, las librerías, las guarderías y las aulas de infantil de colegio) a los que se les ha olvidado añadir una historia atractiva, se han quedado en lo pedagógico. Los libros de Rocío Bonilla contienen ese elemento de enseñanza, pero no pierden nunca de vista que lo principal es contar un cuento, que los niños quieran saber qué va a pasar después. También nos gustan mucho La montaña de libros más alta del mundo o Mi amigo el extraterrestre.

De vuelta a casa, de Oliver Jeffers: En casa, este cuento se llama, desde que se leyó por primera vez, Rotomotor y singasolina, porque cuenta la historia de un marciano al que se le rompe la nave y un niño imaginativo, perdido en su mundo, que vuela con su avión hasta la Luna, donde se queda sin combustible. Y habla, con ironía, el lenguaje y la manera de pensar de un niño de 4 años (aunque en algunos gestos sirve igual decir que es la manera de pensar de cualquier ser humano), de cómo dos desconocidos tienen que colaborar para encontrar la solución más adecuada y original al problema. Las rupturas de la realidad son constantes y divertidísimas. Ese mismo niño aparece en otras historias, como Cómo atrapar una estrella (preciosa) o un par de aventuras junto a un pingüino: Perdido y encontrado y Arriba y abajo. El dibujo es muy sencillo, casi imitando el trazo infantil, y los guiones estupendos. También es del mismo autor, y muy divertido, Los Huguis y el jersey nuevo.

Mitología griega: A mi hijo mayor (6 años) le encantan desde hace tiempo las leyendas de los héroes griegos, las grandes historias épicas de aquella civilización, y los cuentos de su mitología. Hay muchas ediciones, hemos visto muchas, leído bastantes, y estuve estudiando características antes de comprarle la que más nos gusta: Las historias más bellas de la Mitología Griega, de Luisa Mattia.

Charlie y la fábrica de chocolate y El superzorro, de Roald Dahl: Aún no leemos estos cuentos, pero a mi hijo mayor ya le han gustado las dos versiones cinematográficas (acompañado en su visionado, explicándole algunas cuestiones), las de Tim Burton y Wes Anderson, respectivamente. Lo que más me gusta de Roald Dahl, aparte de su gran sentido narrativo, es que no le esconde a los niños que la infancia puede tener momentos difíciles, o ser directamente desagradable, como topes con gente mala. Pero en sus historias, los que se mantienen buenos acaban saliendo bien, y además sus historias están llenas de mala leche para que los malos se lleven su merecido.

Astérix, de René Goscinny y Albert Uderzo: No hay demasiado que explicar ni que aportar. Hay que ser un poquito mayor (un poco mayor que mis hijos quiero decir, aunque hablo en general, porque a mi hijo mayor le apasionan ya sus tebeos), pero nunca está de más recomendar algunas de sus aventuras. Para niños de 4 – 5 años, propiamente, es una iniciación estupenda Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, un cuento precioso que desvela uno de los grandes misterios de la serie. Yo nunca he sabido cuál era mi preferido entre los 24 cómics de la serie original (propiamente la de Goscinny y Uderzo). Quizá Astérix y Cleopatra, o Astérix en Bretaña, aunque también me han gustado mucho desde siempre Astérix legionario o Astérix en los Juegos Olímpicos. Desde mi visión adulta (no eran de los que más me gustaban de niño, pero ahora me encantan) La residencia de los dioses y Obélix y Compañía son maravillosos. Incluso tengo muchas ganas de dar en la biblioteca con el nuevo, Astérix y la hija de Vercingetórix. Me gustó bastante Astérix y los pictos, también de los mismos autores que están llevando ahora la serie, con un guión bastante más sólido que la mayoría de álbumes que Uderzo hizo en solitario. Aunque ninguno ha alcanzado el encanto que tenían aquellas historias concebidas por Goscinny.

Qué ganas de volver a las bibliotecas, de verdad.

Y de salir a celebrar los descuentos del día del libro.

Habrá que seguir esperando.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 29 de diciembre de 2019

Mis cuentos pendientes de 2019


Mis cuentos pendientes de 2019

Cerramos el año. Otro año. Otro año más de libros, lecturas y comentarios sobre esas lecturas. No sé cómo me he organizado, pero tengo registradas 126 lecturas de libros este año. Cuando la sensación subjetiva es que tengo menos tiempo que nunca para leer, esa cifra me ha descolocado para comenzar a hacer este balance. Quizá he leído libros más cortos (aunque no lo creo), quizá es que he registrado más relecturas, y siempre avanzas más rápido por los terrenos conocidos. Quizá he sido más generoso apuntando en mis lecturas lecturas que han sido parciales, esos ratos, esas ciento cincuenta páginas de una novela con la que sientes que ya sabes lo que necesitas saber antes de descartar el libro. 

Como en los últimos años, he ido leyendo más ensayo, y trato de leer de vez en cuando algo de novela gráfica, porque aunque no acuden a mi mente como un formato prioritario, luego siempre las disfruto. He leído, además de puro ensayo, bastantes obras de narrativa de no – ficción y he desarrollado una afición hasta ahora desconocida a leer Diarios de manera casi compulsiva en el segundo semestre del año, encontrando en algunas de sus páginas una forma más auténtica y depurada de comunicación y creación literaria.

Sin darme cuenta al haber ido haciéndolos, identifico algunos ciclos de lectura con ejes temáticos o estilísticos al repensar ahora en las lecturas, y aparte de los que vaya a listar en esta entrada, me encuentro con bastantes lecturas de algunos autores de los que no había tomado conciencia de estar haciendo ese recorrido. Cuatro novelas del británico Graham Greene en primavera, cuatro de la japonesa Yoko Ogawa a finales del verano, por ejemplo.

Hacía años, probablemente muchos, que no pasaban 12 meses y no leía ningún libro de Stephen King, Emmanuel Carrère, Don DeLillo o Haruki Murakami. Ha pasado este 2019. He mantenido, entre mis habituales, lecturas y relecturas de Etgar Keret, Roberto Bolaño, Kafka y Mario Levrero.
A finales de 2018 no quise lanzarme a la tarea de hacer una lista de 10 libros con un orden en concreto, como si fuera este pequeño blog uno de esos anticuados suplementos culturales. Pero este año me apetece más esa lista de recomendaciones que hacer recomendaciones parciales y temáticas, que al final son igual de arbitrarias que las otras.

Son 10 libros, con algunas trampas (como agrupar lecturas) y después unas cuantas recomendaciones más, a modo de extra.
Empezamos

1. Oficio + La maleta + Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
2019 ha sido el año de Dovlátov para mí. Sospechaba que seguiría leyendo al ruso desde mis primeras aproximaciones, y de hecho ya nombré Retiro y La extranjera en 2018 como lecturas destacadas. Pensaba que iba a gustarme más, pero no pensaba, hasta que caí en las páginas de Oficio, que iba a alcanzar ese nivel de éxtasis e identificación que creo que no sentía desde que me caí, como Obélix en la marmita de poción mágica, en La novela luminosa de Levrero en 2013. Dovlátov ha ensanchado un poco más mi canon de imprescindibles, porque ahí he situado la ya nombrada Oficio y La maleta. En tiempos en los que se cuestiona a la autoficción y hay algunos críticos que la consideran poco menos que una opción para vagos que no tienen ganas de pensar en otras tramas, estos dos libros nos recuerdan que la diferencia entre una gran obra y una menor no está en el género y la forma, y que la gran literatura, casi toda, bebe en gran medida de la experiencia personal del autor, que la transforma en tramas más o menos cercanas o reconocibles, pero nunca ajenas a lo que conoce y ha vivido.

2. Cuentos, de John Cheever (Mondadori)
En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

3. Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward (Papel de liar) + La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO)
Agrupo estos dos libros porque los dos hablan, en el fondo, de un mismo impulso. El de meterse la vida en vena o por la nariz, el de evadirse de la realidad con la ayuda de las drogas y llegar a perder cualquier referencia más allá de quién te ha pasado la última dosis y a quién le vas a pedir la siguiente. Los dos libros me han parecido perturbadores porque no son libros moralistas ni tratan de convencernos de nada. También porque ambos usan las drogas en las que cayeron sus protagonistas como símbolos de muchas más cosas. Porque cualquiera puede verse reflejado en sus excesos, en sus adicciones, aunque no sean las mismas que las suyas. Porque quizá todos estamos más cerca de lo que queremos reconocer de caer por ciertas pendientes en la búsqueda de un poco más de felicidad. La trayectoria de Belushi apuntaba a tragedia y nadie hizo un esfuerzo real por evitar lo que podía pasar. Y pasó. El libro de Carr es además de impactante, muy interesante por su forma, pues el autor se lanza a aplicar su experiencia como autor de reportajes a investigar su propio pasado en los años 80. Su caída en las drogas, los trabajos que iba perdiendo, la familia a la que destrozaba, las hijas a las que irresponsablemente trajeron al mundo dos adictos al crack. Y vemos la salida de todo aquel mundo gracias a la disciplina y el sueño de la escritura. Y aprendemos cómo es posible contar dos historias como esas sin caer en la moralina.

4. Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
Esta novela corta, situada entre el terror psicológico y el costumbrismo, es una absoluta maravilla. Me impactó su historia, y me dejó francamente impresionado su perfección, su estructura imposible de mejorar, su lenguaje siempre bien medido, su voz narradora tan poco fiable como encantadora e irresistible. Creo que es uno de esos libros que puedes leer una y otra vez sin dejar de verte sorprendido, por más que sepas dónde están los giros y cuáles son las sorpresas que la trama te va a ir deparando. Hablaba en la reseña que hice del libro que era un ejemplo perfecto para trabajar en las escuelas de escritura creativa. Creo que recomendaría cambiar algunos meses de talleres de escritura por una lectura atenta y en profundidad de este libro.

5. Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)
La colección completa de todos los cuentos de Levrero llegó después de muchos años de esperarlos. Los cuentos de Levrero nos permiten asomarnos a la parte más imaginativa y surrealista de su producción, en general imaginativa y surrealista. Quienes ya conocemos y amamos a Levrero encontramos aquí más motivos para hacerlo. Quienes no lo conozcan pueden encontrar aquí un acceso divertido y fácil a su obra. La libertad absoluta, la búsqueda de lo lúdico, la reescritura de géneros literarios más trillados. La búsqueda de la verdad literaria, esa que está a veces en lo más disparatado, y hacerlo siempre sin renunciar nunca al estilo, aunque muchas veces sea un estilo contrario al ortodoxo, pero un estilo propio, lleno de marcas personales, que se relaciona con la literatura de kioskos, con el psicoanálisis, con lo detectivesco, con el absurdo de la existencia y las obligaciones que la sociedad nos impone. Leer a Levrero es un acto de rebeldía. Igual que escribir fue siempre uno de supervivencia para él.

6. Illska. La maldad, de Eirikur Örn Norddahl (Hoja de Lata)
Esta novela, que la editorial (en otro gran acierto de esta pequeña editorial gijonesa) presenta como la gran novela sobre el auge de la ultraderecha en Europa, me pareció mucho más que esa supuesta novela política. Es una novela política, quizá también, pero es una novela que trata sobre todo de la era de desarraigo y precariedad, también emocional, en la que nos ha tocado vivir. En ese mundo de relaciones frágiles y escasos valores duraderos, la ultraderecha, como movimiento que apela al pasado y a unas comunidades fuertes que ya no existen (ni volverán a hacerlo, y que quizá nunca lo hicieron), tiene su oportunidad. En Islandia, un pequeño país, muestra quizá poco válida pero perturbadora de cómo las comunidades se pueden ver afectadas por la amenaza externa, seguimos una historia de amor y odio entre tres personajes que vendrían a ocupar el lugar del nazi con labia, la estudiosa de los movimientos ultras que es descendiente de supervivientes del Holocausto y un pringado normal, no tan normal pero sí muy pringado, que irán avanzando por la oscura noche de los tiempos.

7. Salón de los pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello (Pre - Textos)
Hace algunos años que llevo oyendo (leyendo) a alguna gente hablar muy bien de estos diarios de Andrés Trapiello, que van apareciendo bajo el título colectivo de Salón de los pasos perdidos. No pensaba que fuera a encontrar ningún interés en estos escritos, y pensaba que no empatizaría demasiado con la persona de Andrés Trapiello, a quien conocía como personaje (más o menos) público y con el que pensaba que no tendría demasiado en común. He confirmado que no tengo mucho que ver con él en cuanto a las características que lo sitúan como personaje público, aunque sí me he reconocido en muchas de sus interioridades. Pese a todas las reticencias, al terminar el año y mirar atrás, veo que he pasado muchas noches (sobre todo han sido libros que he leído por las noches, antes de dormir) de estos últimos meses leyendo páginas y más páginas de los diarios de Trapiello. He leído, concretamente, Locuras sin fundamento (editado en 1992, que narra el año de 1988), El tejado de vidrio (editado en 1994, que narra el año de 1989), Las nubes por dentro (1995, 1990), Los caballeros del punto fijo (1996, 1991), Las cosas más extrañas (1997, 1992), y La cosa en sí (2006, 2000). Hay páginas brillantes que se van alternando con momentos bastante inanes, y cierta cantidad de comentarios y ambientes un tanto rancios. Con todo, la finura del observador, la ironía para describir algunos males (que se reconocen desde una distancia de ya casi treinta años y se ven hoy en día aumentados y agravados), la verdadera vocación literaria, los sinsabores del escritor de fondo, y la prosa y la sintaxis, tan bien ajustadas, hacen que sean libros que valen mucho la pena. Al menos un poco, al menos durante un rato. Los juegos metaliterarios y las reflexiones del Trapiello diarista sobre las correcciones que el Trapiello escritor hará son muy valiosas. Aunque en el último que leí, del año 2000, ya se le ve demasiado pendiente de la reacción que despertarán sus comentarios cuando finalmente sean editados (todos han sido editados por Pre – Textos en una apuesta constante y valiente, por el tipo de libro del que se trata).

8. El giro de Italia, de Dino Buzzatti (Gallo Nero)
No hace falta que te guste el ciclismo para disfrutar de este libro. Deben interesarte, eso sí, la ambición, el drama, la tragedia, las reacciones humanas ante la victoria y ante la derrota, las trapacerías, indignarse por el servilismo de quienes acuden a aplaudir al ganador y por cómo le retiran, casi los mismos, el saludo a quienes empiezan a decaer. El Giro que Buzzati narró para Il Corriere della sera fue el del gran duelo Coppi – Bartali, que contó con la épica de un enfrentamiento entre héroes atenienses y troyanos. Lleno de simbolismos, en una Italia de posguerra, ciclotímica, que fingía haber olvidado su pasado fascista y buscaba nuevos talentos jóvenes con los que impresionar al mundo, el Giro no defraudó y cumplió con las expectativas, coronando a un nuevo rey. No hace falta que el ciclismo te interese, igual que no hace falta haber subido jamás a una montaña para disfrutar de Los indómitos de la montaña (también de Buzzati, también en Gallo Nero). La excelente prosa y el ritmo aventurero del que dota a sus historias, y la emoción que sabe darles, son universales, y quien las lea sabrá apreciarlo.

9. Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)
Si Merricat es una narradora de cuyo encanto es imposible escapar durante todo el libro de Siempre hemos vivido en el castillo, la Penny de Con rabia, con su descaro, su frescura, su espontaneidad y su sentido crítico, no se queda atrás. Con rabia es sin embargo lo contrario a una novela corta perfectamente medida, pues despliega una voz de primeras notas, como recién escritas, siempre cercanas a la conversación y al diario. Aunque ese tipo de voz, como las muy medidas y ajustadas, son muy difíciles de escribir. Este retrato adolescente de una vida aburrida en una ciudad señorial y burguesa, como es Florencia, encantará a cualquier adulto que no se haya olvidado de esos años determinantes que nos enseñan a movernos por la vida.

10. El salto de papá, de Martín Sivak (Seix Barral)
Martín Sivak abre las puertas del armario de la memoria familiar. Su papá, Jorge Sivak, banquero y comunista (extraña combinación, sí, pero cierta y duradera en su vida), se suicidó cuando Martín tenía quince años, saltando de palito desde las oficinas de su empresa, que había entrado en bancarrota. El libro comienza ahí, con ese salto, y más que comprenderlo, y menos justificarlo, trata de perdonarlo. Martín Sivak trata de descubrir algo en el pasado de su padre y la familia, en el secuestro y asesinato de su hermano, del que nunca se recuperó, en los problemas económicos del país, en las malas decisiones, en los viajes, en las reuniones familiares y en las creencias a las que nunca renunció. No descubre nada, no se siente capaz de explicar nada, pero mientras va reconstruyendo una Argentina que va pasando por los años 80 de una dificultad a otra, va cerrando las heridas de una vida marcada por el suicidio de su padre. La prosa es sencilla, directa, casi cruda, y perturba esta historia de silencios, problemas, ideales rotos y una gran tragedia.

Bonus: Érase una vez en Francia, de Fabien Nury (Norma)
Esta serie de novelas gráficas, seis historias en tres volúmenes, es la historia de Joseph Joanovici, y daría (y en algún momento dará) para un peliculón (o gran serie). Está basada en hechos reales. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, nos lleva a conocer a un chatarrero rumano que poco a poco va armando un gran emporio, a relacionarse con unos y otros, buenos y malos, y a convertirse en una especie de doble agente entre los franceses y los nazis, un colaboracionista que también salvó a muchos judíos. La historia nos enfrenta después con las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Y llevándonos de unos secretos a otros nos lleva a conocer a una importante colección de personajes con doble moral. El guión es estupendo, y los dibujos, expresivos y llenos de vida, parecen el storyboard de un clásico contemporáneo del cine negro.

Más libros: Del 11 al 20, sin mayor explicación (aunque muchos han salido reseñados)
11. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)
12. Paciente X: El caso clínico de Ryunosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)
13. Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)
14. La vista desde la última fila, de Neil Gaiman (Malpaso)

15. J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg)

16. El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)
17. El pozo: Novelas breves 1 y Tan triste como ella: Novelas breves 2, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo)

18. El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada (Mondadori)

19. Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

20. El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E