Mostrando entradas con la etiqueta Dovlátov. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dovlátov. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de diciembre de 2019

Mis cuentos pendientes de 2019


Mis cuentos pendientes de 2019

Cerramos el año. Otro año. Otro año más de libros, lecturas y comentarios sobre esas lecturas. No sé cómo me he organizado, pero tengo registradas 126 lecturas de libros este año. Cuando la sensación subjetiva es que tengo menos tiempo que nunca para leer, esa cifra me ha descolocado para comenzar a hacer este balance. Quizá he leído libros más cortos (aunque no lo creo), quizá es que he registrado más relecturas, y siempre avanzas más rápido por los terrenos conocidos. Quizá he sido más generoso apuntando en mis lecturas lecturas que han sido parciales, esos ratos, esas ciento cincuenta páginas de una novela con la que sientes que ya sabes lo que necesitas saber antes de descartar el libro. 

Como en los últimos años, he ido leyendo más ensayo, y trato de leer de vez en cuando algo de novela gráfica, porque aunque no acuden a mi mente como un formato prioritario, luego siempre las disfruto. He leído, además de puro ensayo, bastantes obras de narrativa de no – ficción y he desarrollado una afición hasta ahora desconocida a leer Diarios de manera casi compulsiva en el segundo semestre del año, encontrando en algunas de sus páginas una forma más auténtica y depurada de comunicación y creación literaria.

Sin darme cuenta al haber ido haciéndolos, identifico algunos ciclos de lectura con ejes temáticos o estilísticos al repensar ahora en las lecturas, y aparte de los que vaya a listar en esta entrada, me encuentro con bastantes lecturas de algunos autores de los que no había tomado conciencia de estar haciendo ese recorrido. Cuatro novelas del británico Graham Greene en primavera, cuatro de la japonesa Yoko Ogawa a finales del verano, por ejemplo.

Hacía años, probablemente muchos, que no pasaban 12 meses y no leía ningún libro de Stephen King, Emmanuel Carrère, Don DeLillo o Haruki Murakami. Ha pasado este 2019. He mantenido, entre mis habituales, lecturas y relecturas de Etgar Keret, Roberto Bolaño, Kafka y Mario Levrero.
A finales de 2018 no quise lanzarme a la tarea de hacer una lista de 10 libros con un orden en concreto, como si fuera este pequeño blog uno de esos anticuados suplementos culturales. Pero este año me apetece más esa lista de recomendaciones que hacer recomendaciones parciales y temáticas, que al final son igual de arbitrarias que las otras.

Son 10 libros, con algunas trampas (como agrupar lecturas) y después unas cuantas recomendaciones más, a modo de extra.
Empezamos

1. Oficio + La maleta + Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
2019 ha sido el año de Dovlátov para mí. Sospechaba que seguiría leyendo al ruso desde mis primeras aproximaciones, y de hecho ya nombré Retiro y La extranjera en 2018 como lecturas destacadas. Pensaba que iba a gustarme más, pero no pensaba, hasta que caí en las páginas de Oficio, que iba a alcanzar ese nivel de éxtasis e identificación que creo que no sentía desde que me caí, como Obélix en la marmita de poción mágica, en La novela luminosa de Levrero en 2013. Dovlátov ha ensanchado un poco más mi canon de imprescindibles, porque ahí he situado la ya nombrada Oficio y La maleta. En tiempos en los que se cuestiona a la autoficción y hay algunos críticos que la consideran poco menos que una opción para vagos que no tienen ganas de pensar en otras tramas, estos dos libros nos recuerdan que la diferencia entre una gran obra y una menor no está en el género y la forma, y que la gran literatura, casi toda, bebe en gran medida de la experiencia personal del autor, que la transforma en tramas más o menos cercanas o reconocibles, pero nunca ajenas a lo que conoce y ha vivido.

2. Cuentos, de John Cheever (Mondadori)
En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

3. Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward (Papel de liar) + La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO)
Agrupo estos dos libros porque los dos hablan, en el fondo, de un mismo impulso. El de meterse la vida en vena o por la nariz, el de evadirse de la realidad con la ayuda de las drogas y llegar a perder cualquier referencia más allá de quién te ha pasado la última dosis y a quién le vas a pedir la siguiente. Los dos libros me han parecido perturbadores porque no son libros moralistas ni tratan de convencernos de nada. También porque ambos usan las drogas en las que cayeron sus protagonistas como símbolos de muchas más cosas. Porque cualquiera puede verse reflejado en sus excesos, en sus adicciones, aunque no sean las mismas que las suyas. Porque quizá todos estamos más cerca de lo que queremos reconocer de caer por ciertas pendientes en la búsqueda de un poco más de felicidad. La trayectoria de Belushi apuntaba a tragedia y nadie hizo un esfuerzo real por evitar lo que podía pasar. Y pasó. El libro de Carr es además de impactante, muy interesante por su forma, pues el autor se lanza a aplicar su experiencia como autor de reportajes a investigar su propio pasado en los años 80. Su caída en las drogas, los trabajos que iba perdiendo, la familia a la que destrozaba, las hijas a las que irresponsablemente trajeron al mundo dos adictos al crack. Y vemos la salida de todo aquel mundo gracias a la disciplina y el sueño de la escritura. Y aprendemos cómo es posible contar dos historias como esas sin caer en la moralina.

4. Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
Esta novela corta, situada entre el terror psicológico y el costumbrismo, es una absoluta maravilla. Me impactó su historia, y me dejó francamente impresionado su perfección, su estructura imposible de mejorar, su lenguaje siempre bien medido, su voz narradora tan poco fiable como encantadora e irresistible. Creo que es uno de esos libros que puedes leer una y otra vez sin dejar de verte sorprendido, por más que sepas dónde están los giros y cuáles son las sorpresas que la trama te va a ir deparando. Hablaba en la reseña que hice del libro que era un ejemplo perfecto para trabajar en las escuelas de escritura creativa. Creo que recomendaría cambiar algunos meses de talleres de escritura por una lectura atenta y en profundidad de este libro.

5. Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)
La colección completa de todos los cuentos de Levrero llegó después de muchos años de esperarlos. Los cuentos de Levrero nos permiten asomarnos a la parte más imaginativa y surrealista de su producción, en general imaginativa y surrealista. Quienes ya conocemos y amamos a Levrero encontramos aquí más motivos para hacerlo. Quienes no lo conozcan pueden encontrar aquí un acceso divertido y fácil a su obra. La libertad absoluta, la búsqueda de lo lúdico, la reescritura de géneros literarios más trillados. La búsqueda de la verdad literaria, esa que está a veces en lo más disparatado, y hacerlo siempre sin renunciar nunca al estilo, aunque muchas veces sea un estilo contrario al ortodoxo, pero un estilo propio, lleno de marcas personales, que se relaciona con la literatura de kioskos, con el psicoanálisis, con lo detectivesco, con el absurdo de la existencia y las obligaciones que la sociedad nos impone. Leer a Levrero es un acto de rebeldía. Igual que escribir fue siempre uno de supervivencia para él.

6. Illska. La maldad, de Eirikur Örn Norddahl (Hoja de Lata)
Esta novela, que la editorial (en otro gran acierto de esta pequeña editorial gijonesa) presenta como la gran novela sobre el auge de la ultraderecha en Europa, me pareció mucho más que esa supuesta novela política. Es una novela política, quizá también, pero es una novela que trata sobre todo de la era de desarraigo y precariedad, también emocional, en la que nos ha tocado vivir. En ese mundo de relaciones frágiles y escasos valores duraderos, la ultraderecha, como movimiento que apela al pasado y a unas comunidades fuertes que ya no existen (ni volverán a hacerlo, y que quizá nunca lo hicieron), tiene su oportunidad. En Islandia, un pequeño país, muestra quizá poco válida pero perturbadora de cómo las comunidades se pueden ver afectadas por la amenaza externa, seguimos una historia de amor y odio entre tres personajes que vendrían a ocupar el lugar del nazi con labia, la estudiosa de los movimientos ultras que es descendiente de supervivientes del Holocausto y un pringado normal, no tan normal pero sí muy pringado, que irán avanzando por la oscura noche de los tiempos.

7. Salón de los pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello (Pre - Textos)
Hace algunos años que llevo oyendo (leyendo) a alguna gente hablar muy bien de estos diarios de Andrés Trapiello, que van apareciendo bajo el título colectivo de Salón de los pasos perdidos. No pensaba que fuera a encontrar ningún interés en estos escritos, y pensaba que no empatizaría demasiado con la persona de Andrés Trapiello, a quien conocía como personaje (más o menos) público y con el que pensaba que no tendría demasiado en común. He confirmado que no tengo mucho que ver con él en cuanto a las características que lo sitúan como personaje público, aunque sí me he reconocido en muchas de sus interioridades. Pese a todas las reticencias, al terminar el año y mirar atrás, veo que he pasado muchas noches (sobre todo han sido libros que he leído por las noches, antes de dormir) de estos últimos meses leyendo páginas y más páginas de los diarios de Trapiello. He leído, concretamente, Locuras sin fundamento (editado en 1992, que narra el año de 1988), El tejado de vidrio (editado en 1994, que narra el año de 1989), Las nubes por dentro (1995, 1990), Los caballeros del punto fijo (1996, 1991), Las cosas más extrañas (1997, 1992), y La cosa en sí (2006, 2000). Hay páginas brillantes que se van alternando con momentos bastante inanes, y cierta cantidad de comentarios y ambientes un tanto rancios. Con todo, la finura del observador, la ironía para describir algunos males (que se reconocen desde una distancia de ya casi treinta años y se ven hoy en día aumentados y agravados), la verdadera vocación literaria, los sinsabores del escritor de fondo, y la prosa y la sintaxis, tan bien ajustadas, hacen que sean libros que valen mucho la pena. Al menos un poco, al menos durante un rato. Los juegos metaliterarios y las reflexiones del Trapiello diarista sobre las correcciones que el Trapiello escritor hará son muy valiosas. Aunque en el último que leí, del año 2000, ya se le ve demasiado pendiente de la reacción que despertarán sus comentarios cuando finalmente sean editados (todos han sido editados por Pre – Textos en una apuesta constante y valiente, por el tipo de libro del que se trata).

8. El giro de Italia, de Dino Buzzatti (Gallo Nero)
No hace falta que te guste el ciclismo para disfrutar de este libro. Deben interesarte, eso sí, la ambición, el drama, la tragedia, las reacciones humanas ante la victoria y ante la derrota, las trapacerías, indignarse por el servilismo de quienes acuden a aplaudir al ganador y por cómo le retiran, casi los mismos, el saludo a quienes empiezan a decaer. El Giro que Buzzati narró para Il Corriere della sera fue el del gran duelo Coppi – Bartali, que contó con la épica de un enfrentamiento entre héroes atenienses y troyanos. Lleno de simbolismos, en una Italia de posguerra, ciclotímica, que fingía haber olvidado su pasado fascista y buscaba nuevos talentos jóvenes con los que impresionar al mundo, el Giro no defraudó y cumplió con las expectativas, coronando a un nuevo rey. No hace falta que el ciclismo te interese, igual que no hace falta haber subido jamás a una montaña para disfrutar de Los indómitos de la montaña (también de Buzzati, también en Gallo Nero). La excelente prosa y el ritmo aventurero del que dota a sus historias, y la emoción que sabe darles, son universales, y quien las lea sabrá apreciarlo.

9. Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)
Si Merricat es una narradora de cuyo encanto es imposible escapar durante todo el libro de Siempre hemos vivido en el castillo, la Penny de Con rabia, con su descaro, su frescura, su espontaneidad y su sentido crítico, no se queda atrás. Con rabia es sin embargo lo contrario a una novela corta perfectamente medida, pues despliega una voz de primeras notas, como recién escritas, siempre cercanas a la conversación y al diario. Aunque ese tipo de voz, como las muy medidas y ajustadas, son muy difíciles de escribir. Este retrato adolescente de una vida aburrida en una ciudad señorial y burguesa, como es Florencia, encantará a cualquier adulto que no se haya olvidado de esos años determinantes que nos enseñan a movernos por la vida.

10. El salto de papá, de Martín Sivak (Seix Barral)
Martín Sivak abre las puertas del armario de la memoria familiar. Su papá, Jorge Sivak, banquero y comunista (extraña combinación, sí, pero cierta y duradera en su vida), se suicidó cuando Martín tenía quince años, saltando de palito desde las oficinas de su empresa, que había entrado en bancarrota. El libro comienza ahí, con ese salto, y más que comprenderlo, y menos justificarlo, trata de perdonarlo. Martín Sivak trata de descubrir algo en el pasado de su padre y la familia, en el secuestro y asesinato de su hermano, del que nunca se recuperó, en los problemas económicos del país, en las malas decisiones, en los viajes, en las reuniones familiares y en las creencias a las que nunca renunció. No descubre nada, no se siente capaz de explicar nada, pero mientras va reconstruyendo una Argentina que va pasando por los años 80 de una dificultad a otra, va cerrando las heridas de una vida marcada por el suicidio de su padre. La prosa es sencilla, directa, casi cruda, y perturba esta historia de silencios, problemas, ideales rotos y una gran tragedia.

Bonus: Érase una vez en Francia, de Fabien Nury (Norma)
Esta serie de novelas gráficas, seis historias en tres volúmenes, es la historia de Joseph Joanovici, y daría (y en algún momento dará) para un peliculón (o gran serie). Está basada en hechos reales. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, nos lleva a conocer a un chatarrero rumano que poco a poco va armando un gran emporio, a relacionarse con unos y otros, buenos y malos, y a convertirse en una especie de doble agente entre los franceses y los nazis, un colaboracionista que también salvó a muchos judíos. La historia nos enfrenta después con las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Y llevándonos de unos secretos a otros nos lleva a conocer a una importante colección de personajes con doble moral. El guión es estupendo, y los dibujos, expresivos y llenos de vida, parecen el storyboard de un clásico contemporáneo del cine negro.

Más libros: Del 11 al 20, sin mayor explicación (aunque muchos han salido reseñados)
11. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)
12. Paciente X: El caso clínico de Ryunosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)
13. Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)
14. La vista desde la última fila, de Neil Gaiman (Malpaso)

15. J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg)

16. El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)
17. El pozo: Novelas breves 1 y Tan triste como ella: Novelas breves 2, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo)

18. El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada (Mondadori)

19. Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

20. El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 30 de noviembre de 2019

Los nuestros, de Serguéi Dovlátov


Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

En la editorial Fulgencio Pimentel han seguido este otoño publicando las obras de Dovlátov. Podría decir sin exagerar demasiado que este autor ruso ha sido mi gran descubrimiento de 2019, aunque ya había leído antes algo suyo. Y sin ninguna exageración también puedo decir que la labor editorial de este sello está siendo impecable con la obra del ruso. Espero cada nueva entrega ya con la devoción del fan entregado, y me gustaría (por si alguien de la editorial lee estas palabras y quiere tomar nota) que el siguiente libro fuese La zona.

La peripecia editorial de Dovlátov había sido hasta estas nuevas reediciones inconstante y variada. Si uno busca viejos ejemplares en bibliotecas, se da cuenta de que aparecieron, cuando lo hicieron, en editoriales pequeñas, que sacaron uno o dos libros y al no obtener con ellos ni ventas ni prestigio, renunciaron. Ya lo he contado, pero el primer libro de Dovlátov que leí, La extranjera, lo rescaté de un expurgo en una biblioteca municipal. Estaba ahí ya descatalogado, dejando pasar las horas hasta que un monstruo triturador se lo llevara por delante, o hasta que alguien lo rescatara.

El año pasado ya leí Retiro, en las ediciones de Fulgencio Pimentel, y confirmé que Dovlátov iba a ser alguien importante en esta etapa lectora de mi vida. Las lecturas a principios de año de Oficio y La maleta lo confirmaron y como contaba, me convirtieron en uno de esos fans irredentos que esperan cualquier novedad relacionada con su obsesión, su nueva obsesión. Y tampoco es que me pase el día pendiente de si salen nuevas traducciones de Dovlátov, pero este otoño, de paseo por librerías, vi que había llegado Los nuestros y rápidamente lo cogí y lo traje a casa.

Los nuestros, como La maleta, como tantas páginas de Dovlátov, es autoficción, de esa que ahora se cuestiona y critica tanto. Pero claro, no critiquemos lo colectivo y leamos a los autores. Y Dovlátov es un escritor de primera. Y como en La maleta, lo que Dovlátov hace en Los nuestros es escribir su autobiografía, o parte de la misma, de modo indirecto. En La maleta recurría a los objetos que definían su vida, los que le acompañarían en una modesta maleta de exiliado que abandonaba finalmente Leningrado y se marchaba a los Estados Unidos, y a través de esos objetos nos contaba lo que realmente le interesaba contarnos, su vida. Aquí recurre a parientes, amigos y seres cercanos, y a través de sus andanzas (o pensamientos, porque algunos se mueven más bien poco, hay algún aventurero en este libro de Dovlátov, pero hay más imprudentes sedentarios que aventureros, abundan en la estirpe de Dovlátov los bocazas capaces de buscarse la ruina sin apenas poner el pie en el portal, un rasgo que comparte con orgullo el escritor) dibuja su vida, su personalidad y hace un retrato colectivo de un momento concreto de la URSS.

El libro, aunque no alcanza el nivel (aunque lo releeré, porque no sé si la culpa será de que no estaba yo tan predispuesto al nirvana lector como con Oficio o La maleta) de otras obras que he ido leyendo de Dovlátov, es estupendo. Y Dovlátov brilla entre la mediocridad de novedades que se acumulan. Es un oasis para un lector como yo. Un lector que ya espera nuevas entregas (y vuelve a recomendar a la editorial que pase por La zona, los cuadernos de la época que Dovlátov pasó como guardia en un campo de concentración soviético) y seguirá atento a los nuevos rescates del autor ruso. Mientras tanto, releeré pronto este, y quizá también Oficio y La maleta.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 15 de marzo de 2019

La maleta, de Dovlátov


La maleta, de Serguei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

Poco después (realmente fue el siguiente libro que leí, pero quise releerlo y pensarlo un poco más antes de compartirlo) de leer Oficio, de Dovlátov, llegó a la biblioteca La maleta, y fui el primero en cogerlo. No sé si hay alguien más en esa biblioteca a la caza de estas ediciones de Fulgencio Pimentel o si boxeo en soledad contra sombras, pero por si acaso lo cogí en cuanto llegué y lo vi entre las novedades, y me sentí satisfecho. Había leído, cuando el libro salió en España, que era considerada la obra maestra de Dovlátov. Yo ya tenía para mí Oficio como una obra maestra, ¿otra obra maestra? ¿una mayor?

-Si algo no le parece bien, ponga una reclamación.
-Todo me parece perfecto -dije.
Después de haber pasado por la cárcel todo me parecía perfecto.

Me imagino que no es fácil ser un estudioso de la obra de Dovlátov. Porque sus libros fueron, vinieron, muchas veces se recompusieron ya en los Estados Unidos y las versiones que se conocieron y circularon no fueron exactamente las originales, o sencillamente se han compuesto libros posteriormente a su fallecimiento. Quizá La maleta, junto con La zona, sí sea el libro más unitario de Dovlátov, escrito en el momento de marcharse, por fin, después de años fantaseando con ello, a Estados Unidos. Tampoco es del todo cierto que Dovlátov soñase en un sentido pleno y esperanzado con los Estados Unidos. Ya era un exiliado interior. Y siguió siéndolo. En cualquier sitio hubiera podido ser un paria y un inadaptado. La escritura de La maleta vuelve a moverse de la ironía al sarcasmo, nos da pena, nos da risa, nos duele, nos reconforta, nos saca la sonrisa y nos hace alzar las cejas.

De niño, tuve una niñera, Luíza Guénrijovna. Lo hacía todo sin prestar demasiada atención, porque vivía con miedo a que la arrestaran. En una ocasión me puso unos pantalones cortos. Y me hizo meter las dos piernas por la misma pernera. Pasé el día entero así. Tenía cuatro años y me acuerdo muy bien de aquello. Sabía que me habían vestido incorrectamente. Pero callaba. No quería tener que volver a vestirme. Algo parecido me pasa ahora.

La maleta toma una idea sencilla, objetivista si queremos meternos en escuelas estéticas. Dovlátov ha conseguido al fin un visado para dejar la URSS, decir adiós a Leningrado y la censura y marcharse a los Estados Unidos. Y tiene que meter en una maleta lo que quiera llevarse. Desconsolado, descubre que después de una vida entera (deja la patria con 39 años) ni siquiera la llena hasta los topes. Y nos cuenta qué relación ha tenido con esos seis objetos especiales que viajaron con él a través del océano. ¿Pueden los objetos que almacenamos más cerca, aquellos que elgimos para que nos sigan en cada mudanza, por lejana que sea, hablar de nosotros? ¿Hablan bien o mal? Quizá nuestro presente tan consumista no permita imaginar la importancia que un puñado de posesiones tenían en un lugar como aquel Leningrado a finales de los años 70 del siglo XX. Pero algo podemos encontrar siempre en Dovlátov que remite a la universalidad.

Creía ser dueño de algunas propiedades. Pero todas cabían en una sola maleta. Para colmo, de muy modestas dimensiones. ¿Qué era yo? ¿Un pordiosero? ¿Cómo había llegado a aquella situación? ¿Libros? Básicamente tenía libros prohibidos.

El libro es de lectura ligera, se acerca a Dovlátov y abre planos para reflejarnos a todos nosotros, sus lectores, es una obra que representa a todos los que alguna vez escribimos, y por otro lado es un texto que remite a un único ser humano, un ser humano de difícil trato, ideas extrañas, poco sentido práctico y (eso sí, al menos, eso siempre) la capacidad de reírse de uno mismo y seguir siempre adelante. Cada pocas líneas nos encontramos con algún hallazgo de prosa, con una idea que rumiamos, con una verdad modesta, con una genialidad de vida diaria. No me parece un libro superior a Oficio, pero sí un libro de su altura, otra maravilla.

En aquella época, reservaba mis más encendidos elogios para las películas policíacas. Porque me ayudaban a relajarme. Sin embargo, me permitía referirme a las películas de Tarkovski en tono condescendiente. Y siempre dando a entender que Tarkovski llevaba seis años esperando un guión mío.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 14 de febrero de 2019

Oficio, de Serguei Dovlátov


Oficio, de Sergei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

¿Es muy arriesgado decir que a mediados de febrero ya sé que he leído el que probablemente sea el mejor libro de este año para mí? Quizá sea mucho decir, no sé. Pero creo que no me equivoco demasiado afirmándolo. En la vida de todo lector hay x momentos especiales en los que se topa con libros o autores inesperados, esa clase de libros o autores que le hacen caerse de su sillón de lector, normalmente ya desgastado y acomodado por los mismos nombres, los mismos temas y los mismos títulos. Sería muy interesante poder acceder a esos x libros de cada lector y que nos explicara cómo, cuándo y por qué le llegó a las manos ese título y qué sintió. Hablo de esos pocos libros de los que decía Nabokov que se leían con la espina dorsal. Nabokov restringía el uso a esas llamadas obras maestras, y en junio tuve la suerte de escuchar a Cartarescu hablando en la Feria del Libro sobre esas sensaciones de lector, unas señales que recorren la columna y que él no sentía con Nabokov, aunque sí, siempre, con Dostoievski, a quien Nabokov aborrecía (o al menos valoraba escasamente). Más mundano, me imagino, la última vez que recordaba haber notado de verdad ese escalofrío había sido con La novela luminosa de Levrero y Submundo de Don DeLillo, en ciertas páginas de Solenoide de Cartarescu.

Leo muchos libros que me entretienen, otros que me obsesionan durante un tiempo, otros que solamente me acompañan y también leo muchos en los que encuentro, además de la compañía como lector de un buen libro, rastros de una muy buena labor literaria, méritos técnicos indudables, pero que son otra cosa. Ese latigazo que echaba en falta, me ha recorrido hasta cierto punto con Oficio, de Serguéi Dovlatov. No creo que Nabokov (quien falleció en 1977) llegase a leer a Dovlátov (cuya popularidad, si alguna vez ha pasado de los mínimos de la popularidad, empezó a ser tal en la década de los 80).

Tiene usted que confesar sus errores.
¿Qué errores?
Eso no importa. Lo esencial es confesar algún error. Reconocer algo. ¿Es usted un ángel o qué?
No soy ningún ángel.
Pues confiéselo. Todos tenemos algo que confesar.
Pero es que no me siento culpable de nada …
¿Fuma?
Fumo, sí. ¿Por qué?
Con eso basta. Fumar es un hábito nocivo e insensato. ¿Está de acuerdo? Entonces, escriba: “Arrepentido de mi insensatez, solicito que …”. Y luego mencione el libro. Confiese algo, pero en forma nebulosa, enigmática. Escriba al primer secretario, Kebin …
¿Usted también ha tenido que acusarse de algo alguna vez?
Cómo no. Montones de veces. Lo tengo casi por costumbre.
¿Y de qué tipo de cosas se ha acusado?
Pues … De preparar un atentado contra Uborévich. Menos mal que justo por esos días detuvieron a Uborévich. Si no recuerdo mal, por el atentado contra Blújer … Y a Blújer, por el atentado contra Yakir. Y a Yakir …

Me ha llegado ese momento Dovlátov y debo decir que hasta cierto punto me lo esperaba. Me explico: El año pasado leí dos novelas del autor ruso: La extranjera y Retiro. Ambas me gustaron, ambas me parecieron obra de uno de esos autores de los que se podría decir, parafraseando a Levrero, que iba bastante más allá de escribir bien o hacerlo mal, era uno de esos autores que estaba apostando la vida en lo que estaba escribiendo. Lo que he ido viendo de Dovlatov, y lo que este libro confirma (ampliado) es que Dovlatov es un autor y su material narrativo es, esencialmente, la vida de Serguéi Dovlatov, ciudadano soviético, después residente americano, pero esencialmente escritor, y dentro de esta gran familia, de la subespecie de los fracasados.

Estaba desconcertado. Había decidido vender mi alma a Satanás, ¿y a qué condujo todo aquello? A que acabé regalándosela. ¿Puede haber algo más patético?

¿Es entonces un (otro) libro de autoficción? En gran medida, pero tampoco nos dejemos confundir por las etiquetas, ni perdamos de vista que autoficción son algunas de las mejores novelas de Philip Roth o de Bolaño. No se trata de ejercicios de desnudez y exhibicionismo, para nada. La mirada literaria se nota, se ve el embellecimiento (el formal, el que a veces exige que se rebajen las condiciones de la realidad para acercarlas a la parodia) de lo escrito, hay un autor trabajando sobre el material, descartando a veces el camino verosímil por considerar que no es el más adecuado.

En horas perdidas traté de dilucidar un asunto: ¿quién tiene realmente posibilidades de ser publicado?
Pude documentar siete categorías:
1. Autor conocido, burócrata literario eminente, cuyo mismo nombre ya sirve como salvoconducto. (Ciento por ciento de probabilidad).
2. Profesional del aparato de bajo nivel, amigo personal de Sajarnov. (Probabilidad del sesenta por ciento).
3. Funcionario de organismo paralelo, con el que haya que vivir en armonía. (Cincuenta por ciento).
4. Autor desconocido, que milagrosamente haya creado una obra a la vez talentosa y ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Cuarenta por ciento).
5. Autor desconocido, que haya creado una obra falta de interés pero ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Treinta por ciento).
6. Auto con talento, sin más. (Probabilidad cercana a cero. Caso prácticamente insólito. Objetivo seguro de represalias por parte del Comité Regional).
7. Autor inepto, e indiferente ante las exigencias de la coyuntura, además. (No considero la variante. En ese supuesto, las probabilidades se expresan en cantidades negativas).

Oficio son las memorias de Dovlátov formándose como escritor. Y ¿cómo se forma uno, sea soviético o español, sea Dovlátov o un Cualquiera, como escritor? Esencialmente escribiendo. Y a eso se dedica Dovlátov, a escribir de manera cáustica en su Leningrado, a llegar tarde a todos los círculos, a tener encargos en los periódicos, a recibir palmaditas en la espalda y explicaciones de por qué sería impensable que nunca la burocracia y la censura aprueben uno de sus libros. Dovlátov se va labrando un lugar seguro y casi un prestigio como sombra. Todo el mundo dice de sus relatos que tienen valor pero que no son lo que el sistema quiere promocionar. Dovlatov escribe La zona rememorando su experiencia como vigilante en un campo de castigo, y se le señala repetidamente que llega después de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsin, pero sin su humanismo, sino como un libro aún más oscuro, sin ningún atisbo de esperanza y un extraño sentido del humor.

Sus dotes literarias eran del mejor de los tipos. La completa ausencia de valía no suele ser recompensada. El talento pone nerviosa a la gente. El genio infunde espanto. La divisa que mejor cotiza es una discreta aptitud literaria.

Los repetidos intentos y tropiezos de Dovlátov no distan mucho, realmente, de los de cualquier aspirante a escritor. Los mecanismos de censura de la dictadura soviética no distan tampoco tanto de los que el mercado marca hoy en día. Dovlátov no es un enemigo del pueblo, no es un perseguido, simplemente es alguien que escribe bien, en eso coinciden todos los que leen y evalúan sus textos, pero que escribe algo que no interesa a quienes deben publicarlo porque entienden que no va a tener salida (en aquel Leningrado porque irritaría a las autoridades, hoy en día porque no lo querría el lector medio al que se dirige el editor). Las idas y venidas y los encuentros de Dovlátov con otros escritores también son los esperables en un escritor novel y en formación. Su manera de no saber combinar las ansias literarias con la vida diaria tampoco sorprenden a estas alturas. La envidia que siente por quienes sí están triunfando, las normales. Todo es aparantemente lo esperado y todo lo conocemos, pero el contexto en el que lo pone y la mirada de Dovlátov, capaz de mantener un tono irónico durante 400 páginas, con lo difícil que resulta algo así sin cansar al lector ni entrar en una dinámica de gracietas.

América era nuestra idea del paraíso. Porque el paraíso es, al fin y al cabo, lo que no tenemos.

En la segunda parte del libro Dovlátov acaba a finales de los setenta exiliándose en los Estados Unidos, y allí tampoco se encuentra con facilidades. Participa en un periódico para los exiliados rusos, bebe, desespera a su mujer, no se integra, sufre estúpidos accidentes más o menos domésticos, intenta salir lo menos posible de casa, bebe más, escribe, tampoco parece que sus escritos despierten ningún entusiasmo, aunque quizá sí, un poco, encuentra a una traductora que se interesa por su trabajo, vende algunos libros, llega a publicar algún relato en el New Yorker, sigue comunicándose casi siempre con los mismos exiliados rusos, bebe, se da cuenta de que la vida es al final en un gran porcentaje soledad y silencio, incomprensión y nada, pero que debe vivirla. Y la vive. Escribiéndola. Tal vez, decía al principio, sea demasiado decir que este es el mejor libro que leeré en 2019. Ojalá haya muchos más. Pero no lo creo.

A caballo de otros cuatro dobles me vi abordando el asunto de la soledad. Un asunto, como es sabido, inagotable. Otra cosa no, pero soledad hay siempre de sobra. El dinero se acaba. La soledad, nunca …

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E