Stop – time,
de Frank Conroy (Libros del Asteroide)

Bromas
malvadas aparte, la verdad es que aunque no todo lo que recomienda y
alaba Fresán me gusta (ni puede gustarme, pues es un prescriptor que
descubre autores que le resultan maravillosos cada semana) y Libros
del Asteroide, como cualquier editorial, no siempre acierta, son
dos puntos de referencia bastante fiables. Por recordar ahora mismo
un libro que me pareció maravilloso y que venía de la unión de la
misma editorial con el mismo prologuista, nunca dejaré de recomendar
Postales de invierno, de Ann Beattie (aunque no debió ser
demasiado exitoso, pues nunca ha vuelto a aparecer un libro de la
autora canadiense en España). Unos días después de coger Stop -
time de la biblioteca, lo cogí para llevarlo en el metro por la
mañana. Y aunque al principio pudo costarme un poco entrar en él
(no fue uno de esos amores a primera línea, pero no todos los amores
tienen por qué ser fáciles ni inmediatos), en un par de capítulos
había caído rendido ante su fuerza y su belleza. Cuando te montas
en el metro a las siete o a las ocho de la mañana, dependiendo del
horario de trabajo de cada día, y un libro te lleva muy muy lejos y
a lugares exquisitos hasta el punto de estar deseando montarte en el
transporte público para retomar la sensación, es que tienes algo
valioso entre manos.
Stop
– time, que pasaría por ser un libro de referencia para quien
escriba autoficción desde que apareció en 1967, es una
autobiografía de la infancia, que empieza con la vida de Frank
Conroy y acaba cuando cumple 18 años y va a acceder a la
universidad. Es una novela de formación, como tantas primeras
novelas, solo que el autor decidió no esconderse bajo el nombre de
otro sino coger su historia tal cual y llamar a todo el mundo por su
nombre. Acompañamos al pequeño Frank Conroy de una casa a otra
durante todos esos años, con su madre (su padre pasó grandes
períodos de su vida en clínicas psiquiátricas y murió cuando él
aún era pequeño) y sus sucesivas parejas, con su hermana, haciendo
nuevos amigos en cada nueva ciudad, fracasando de un colegio en otro,
acostumbrándose de hecho a esa idea del fracaso y escapando de todo
gracias a las pilas de libros de bolsillo que va atesorando y sus
discos de jazz (Conroy fue casi más pianista de jazz que escritor,
apenas escribió cuatro libros en cuarenta años, aunque sí se
dedicó a la enseñanza de la escritura creativa en la famosa escuela
de Iowa, de la que fue director).
Asistimos
a la formación de un carácter y a los malos tragos que la infancia
va dando, porque no es ese lugar dulcificado y eternamente feliz que
se intenta vender, al menos no para todos, aunque por otro lado
siempre sea posible sacar de las circunstancias que a cada uno le
tocan una sensación de felicidad, por relativa que sea. Y lo mejor
del libro, que no se diferencia tanto de El guardián entre el
centeno o los relatos de formación de Bukowski, Fante o Tobias
Wolff, está en la escritura. Porque las historias al final son muy
limitadas en variantes, por más personales que sean, y aquí es la
prosa la que nos atrapa y arrastra, con su fuerza y lirismo. Me ha
gustado mucho más esta historia de infancia y primera adolescencia
que los relatos que siempre he sentido más histriónicos y forzados
de Fante y Bukowski. Me ha gustado tanto como Vieja escuela o
Vida de este chico, de Tobias Wolff, un autor al que no se
está reeditando en España y que vale mucho la pena.
La
escritura de Conroy me ha hecho pensar, por su aparente sencillez y
profunda complejidad, por su dulce amargura, en John Cheever, y en
cuanto al recurrente tema de los últimos años de si la autoficción
sí o no, creo que lo importante aquí es la potencia literaria del
libro, una obra de primera, no sé si realmente un clásico americano
contemporáneo, pero sí sé que un libro que merecería estar en
muchos cánones. Si lo que hace es tirar de memoria y usar su nombre
para contar una historia que va recorriendo espacios y tiempos
distintos, y queremos llamarlo autoficción, adelante. Sobre este
tema de la recepción de las obras en cada momento, libros como los
que citaba antes de Tobias Wolff fueron recibidos en España como
novelas en su momento, sin más. Pero volviendo a Stop – time,
si nos limitáramos a discutir si el libro es un galgo o un podenco,
estaríamos olvidando dos cosas muy importantes a mi parecer. La
primera, que quien recuerda y le da forma literaria a ese recuerdo
está haciendo literatura, pretenda ponerle la etiqueta de ficción o
no, y que esa memoria es la base sobre la que trabaja todo novelista
literario. La segunda, que se llame como se llame el género al que
adscribamos este libro, es un gran libro, uno que vale la pena leer y
paladear.
Seguiremos leyendo
Felices lecturas
Sr. E
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