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jueves, 6 de junio de 2019

El Giro de Italia, de Dino Buzzati


El Giro de Italia, de Dino Buzzati (Gallo Nero)

Hay libros que te esperan para sorprenderte. Este es uno. Coincidiendo con la celebración del Giro de Italia, y coincidiendo sobre todo con la llegada de esta obra a la biblioteca en la que me lo encontré, decidí leer las crónicas sobre el Giro que Dino Buzzati dedicó a la carrera de hace exactamente 70 años. Buzzati es uno de esos poetas (en un sentido amplio, épico) que están por encima de la obra concreta, un escritor que pone alma en todo lo que he leído hasta el momento de él, aunque nunca como en su obra maestra, una de mis novelas preferidas, El desierto de los tártaros.

Me gusta el ciclismo, al menos moderadamente, y hace unos años ya que el Giro de Italia es probablemente la mejor carrera por etapas de toda la temporada, aunque el Tour siga siendo la más conocida y la Vuelta la nuestra. Quiero decir con ello que no llego a un ensayo sobre un tema que desconozca totalmente, o que no me interese. Aunque creo que daría igual, porque me gusta el ciclismo, conozco más o menos a los ciclistas más importantes de los 90 de Induráin, de la época de dominio y dopaje de Armstrong y el US Postal, y los restos que vinieron después, pero no conozco, claro, la historia del ciclismo, no más allá de escasos nombres como Merckx, Anquetil, Hinault. Como los nombres de Coppi y Bartali, los dos corredores que cruzan como líderes heroicos por todo el libro de Buzzati.

Bartali era el campeón que venía bajando su rendimiento y Coppi estaba en un ascenso imparable. Buzzati dibuja un enfrentamiento que también simboliza hasta cierto punto el cruce de la Italia que venía de la Guerra Mundial con la ascendencia de la nueva política.

Buzzati se presenta modestamente como alguien a quien le han encargado que escribas las crónicas (porque el libro es la recopilación de sus crónicas diarias durante todo el Giro para Il Corriere della Sera) y que no ha visto, o apenas, ciclismo antes de ese primer día. Pero da igual, porque sus libros están llenos de héroes, de derrota, de espera y de sinsentidos, y el ciclismo es algo así. Así que encaja perfectamente el encargo con el autor al que se lo encargaron. Y mejor os dejo simplemente algunos de los momentos que van acompañando la larga espera del enemigo en el desierto, el asalto y victoria final de Coppi, un camino en el que se ve que hay cosas que cambian poco en setenta años, como las clases sociales, el papel de los gregarios y los líderes, la extraña justicia de la carretera, el cansancio, hasta el dopaje, y la poesía de los que se quedan en el arcén viendo pasar al único ganador.


Podría ser que incluso esas fantasías le estuvieran prohibidas y que aún en sueños no deje de ser un pobre gregario; podría ser que simplemente duerma con el abandono de un animal, cansado por el largo camino recorrido y aún más por el que le queda por recorrer. Porque sabe que no tiene esperanza. Así pues, mejor que se limite a dormir, a dormir nada más; y que no sueñe nada.


Son varias las cosas, tampoco muchas, que quien escribe ha visto correr, de un modo u otro, sobre la superficie del mar o de la tierra, pero nunca a los grandes ciclistas compitiendo bajo el sol, con el número colgado a la espalda, el tubular sobre los hombros y la cara rebozada de polvo. He visto correr, por ejemplo, a los niños que llegan tarde al colegio, los rayos de la tormenta en el cielo y a la gente en dirección a los refugios antiaéreos cuando aullaban las sirenas.


¿Y las bolsas de avituallamiento? El director deportivo de cada casa las ha dejado listas con celo paterno adecuando el tipo y la cantidad de los alimentos al gusto y al físico de cada corredor: para ese, filete; para el otro, pollo hervido; para todos, azúcar en terrones, pan con mantequilla y mermelada, galletas de arroz y fruta cocida. A punto está también el instrumental del masajista: tiritas, ungüentos, linimentos, purgas de emergencia, reconstituyentes milagrosos. Y por último las “bombas”, potentes brebajes capaces de hacer brincar a un muerto como si fuera un saltimbanqui.


En cambio, en el caso de Coppi y Bartali, y sobre todo en el del segundo, el mito resiste también entre los más íntimos. No es que los consideren genios, pero no dejan de demostrarles cierta reverencia.


¿Cuántas horas habrán pasado desde que han llegado los primeros? ¿Cuántos días? ¿O meses? Es ya noche cerrada y, por detrás de la multitud, se ven brillar las luces de los cafés. Y a cada momento una nueva avalancha de gente, una colada de lava negra que acude a su encuentro, hostil y tumultuosa. ¿Dónde está el estadio?, pregunta. ¿Qué estadio?, le responden. El del Giro de Italia. Ah, el Giro de Italia … ¡qué tiempos aquellos!, y sacuden la cabeza compadeciéndose. Ni horas, ni días, ni meses: años enteros han pasado desde la llegada de los primeros. Y él está solo. Y hace frío. Y su novia ha salido a pasear con otro, o a lo mejor se ha casado ya. ¿Dónde está el estadio?, suplica. ¿El estadio?, le responden. ¿Giro de Italia? ¿Y eso qué significa?


Pero los sabios niegan con la cabeza. Eso es absurdo, dicen. O Coppi o Bartali, en los Dolomitas no hay alternativa.


Mañana, pues, con ocasión del tramo más difícil del Giro, se celebra la vista de apelación por el caso Bartali. En estos días, tras su derrota en los Dolomitas, la pasión por el campeonísimo ha recibido, por extraño que pueda parecer, un impulso enorme.


Pero ¿para qué sirven los llamados estudios clásicos si los fragmentos que de ellos nos quedan no entran a formar parte de nuestra efímera vida? Por supuesto, Fausto Coppi no posee la fría crueldad de Aquiles; es más, de los dos campeones es sin duda el más amable y cordial. No obstante, Bartali lleva en sí, como Héctor, el drama del hombre vencido por los dioses. Contra la propia Atenea tuvo que combatir el héroe troyano, cuya derrota era inevitable. Bartali hoy a un poder sobrehumano contra el que por fuerza debía perder: el poder maléfico de los años.


Por completar la mitomanía, y por reivindicar la casualidad como modo de vida, me sucedió que después de esta lectura, y en mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid 2019, pasé por la caseta de la editorial Gallo Nero con la intención de hacerme con el libro para mi biblioteca particular, y más allá de que pudieran engañarme, si hago caso a sus palabras, me hice con el último ejemplar que quedaba a la venta en España de El Giro de Italia, al menos hasta que hagan (si la hacen) una segunda edición.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 22 de mayo de 2019

El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul


El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)

Este libro es en realidad la recopilación de varios libros de crónicas de Naipaul, que Debate recogió en un único volumen (y aquí volumen es la palabra clave y más adecuada, viendo el grosor del mismo) el verano pasado, pocos meses antes de la muerte de Naipaul. De lo que he leído de Naipaul, algo de ficción (Guerrilleros, Una casa para el Sr. Biswas, Los simuladores), memorias (El escritor y los suyos, Leer y escribir) y crónicas (Entre los creyentes, Al límite de la fe, ahora este), creo que donde destaca, donde realmente se convierte en un autor de primera, es en los libros de crónicas. Aunque, para que nadie se engañe, empecemos dejando claro que en su caso se trata de crónicas – viajes – ensayos en marcha – autoficciones, una mezcla peculiar en la que convierte sus libros de no – ficción y que se eleva sobre las expectativas iniciales.

En ese campo, las obras de Naipaul destacan por su capacidad de análisis, es un tipo profundo, que ve mucho más allá de donde miraría cualquiera, no tiene ningún miedo a embarrarse con lo que está dejando escrito, ni teme manchar al prójimo, a ese al que visita y que le presta hospitalidad, ni teme salir salpicado. A Naipaul, en las últimas lecturas de su obra se le ha acusado de colonialista y racista, en ese sentido extraño que se le da a estos términos en ciertos casos, se le ha acusado de ser un hombre nacido en una remota isla antillana que siempre soñó con irse de allí, donde no se reconocía, y acabar en la metrópoli. Por supuesto, cuando llega a Londres se topa con el rechazo, pero él prefiere estar allí que volver a su lugar de origen. ¿Se siente acaso superior a sus familiares, a los demás habitantes de su tierra natal? Sí, la verdad es que sí, pero en gran medida (y ahí está la demoledora biografía de Patrick French, que lo retrata como un déspota, en egomaníaco, y que lo más llamativo es que fuera una biografía autorizada) Naipaul se veía como se ven los elegidos, se veía por encima del ser humano medio, cualquiera, sin distinciones de raza, origen ni creencia. Cuando pensemos en Naipaul y un título como El escritor y el mundo, no perdamos de vista que a él no le incomodaría señalarse como El escritor, con su artículo determinado, y que casi se pondría a la misma altura que el mundo.

Creo que Naipaul es un ser profundamente desarraigado, solitario y más aún, solo, que escribe sin un sistema ni un proyecto previo, y eso dota a sus libros de crónicas de una maleabilidad muy característica. Fluyen. Naipaul escribe desde la altura de quien está por encima del bien y del mal, y los permisos que se concede a sí mismo para sobrevolar al hombre vulgar se detectan en sus crónicas. Nada le afecta. Sus crónicas no son para nada como esos libros de viajeros que llegan a un pueblo donde se está sufriendo y nos cuentan cómo empiezan a sufrir ellos al ver a los niños pasándolo mal. Naipaul no va a derramar ni una lágrima por nadie que no sea Naipaul. No es un narrador empático y no quiere fingir. No pretende, con sus libros, demostrar lo buena persona que es. No lo es, y no intenta que se le reconozca por nada que no sea su gran talento como escritor. Y no se le puede discutir que es un gran escritor.

Naipaul utiliza como arma principal de escritura la extrañeza. Como si fuera un extraterrestre más que un viajero o un forastero, llega a la India, llega a África, llega a Suramérica, llega a Estados Unidos y nos sitúa en la mirada de alguien ajeno. Nosotros, como lectores, adoptamos inmediatamente ese punto de vista y empezamos a extrañarnos con el narrador. Da igual que nos lleve a realidades que no conocemos (en mi caso como lector las crónicas de India, sobre todo) o a otras que nos suenan más, sobre las que ya hemos leído o incluso conocemos, Naipaul busca siempre un enfoque diferente, nos sorprende, nos hace replantearnos una idea previa, o sencillamente nos lleva a pensar en que quizá hay más factores en las ecuaciones de la realidad que los que miramos de manera automática.

La primera parte del libro es sobre India, un país enorme, desbordado, que siempre se afronta como lugar de pureza al que ir a volver transformado. Las crónicas de Naipaul, que nació en Trinidad pero es de familia hindú, y fue criado en sus creencias y tradiciones, son las de un hombre que llega por primera vez a ese país cuando ya es un adulto y siente que no conoce, en realidad, nada de lo que creía conocer. En esa tensión, y en esa sensación de engaño, es donde se mueve Naipaul como un maestro. Para él el mundo está lleno de engaños, de narraciones poco fiables, de supersticiones que dañan a quienes las siguen pero que les reconfortan. En el famoso Argentina y el fantasma de Eva Perón, incluido en Acontecimientos americanos, la tercera parte del libro, vemos cómo la idolatría lleva a convertir una figura muerta en la santa que debe guiar los destinos de un país, y cómo eso acaba siempre en parálisis. Las crónicas americanas son duras, viajan del Norte al Sur con naturalidad y detectan algunas cuestiones transversales, que también están en sus libros sobre la fe islámica, esencialmente el fanatismo, y cómo este cambia todo a su alrededor y normaliza lo inesperado. En Entre los creyentes Naipaul recuerda, llegando al Irán de los ayatolás a principios de los 80, que diez años antes Teherán era una ciudad fácil de confundir con cualquier ciudad europea de su tamaño, frívola, ligera, llena de luces y ruidos, y cómo la han convertido en algo totalmente distinto en nombre del pasado, un pasado que realmente no era así. Nos lleva de revoluciones por América, de las violentas y claras a las silenciosas y quizá mucho más difíciles de combatir. Naipaul ve (como en la novela Guerrilleros) a un impostor debajo de cualquier líder revolucionario, pero muestra más temor ante las revoluciones acomodadas, y el retrato de la Convención Republicana en Dallas, eligiendo a Reagan y apoyándose en todos los fanáticos evangelistas que tenían a mano, ese momento de unión entre un patriotismo simple y una fe dura, da miedo si además se leen los mensajes que mandaban (contra la corrección política, contra los progresistas, contra las amenazas externas) bajo la luz de un gobierno como el de Trump. Ya estaban prometiendo (literalmente) volver a hacer América grande, y para los americanos, y lo único que suena diferente es que entre las amenazas que cita un pastor evangélico encendido (la ruptura del modelo tradicional de familia, el abandono de las tradiciones, los gays, las feministas, las drogas, el libertinaje de la juventud) aún estaba la Unión Soviética y el comunismo. La tensión de las crónicas de América se compensa (y mucho) con lecturas muy inteligentes de las obras literarias de autores norteamericanos, particularmente de Norman Mailer y John Steinbeck, reflexionando en ambos casos sobre cómo es la ficción nuestra principal puerta de entrada a las realidades que no conocemos.

África y la diáspora es, sin quitarle mérito a ninguna de las otras dos, mi parte preferida del libro. Viajando por un continente en explosión (en muchos sentidos) poscolonialista, Naipaul va reconociendo en muchos países a los iluminados y profetas que prometen salvar a sus pueblos. Algunos reivindican cuestiones materiales de justicia, otros solamente a sí mismos. Un nuevo rey para el Congo: Mobutu y el nihilismo de África es en ese sentido un texto demoledor y representativo de la manera de procesar la realidad de Naipaul. Los europeos que vinieron, colonizaron y se fueron tienen mucha culpa, viene a decir, pero los africanos también. Y es la defensa de esa tesis la que lo coloca siempre en un lugar incómodo. Michael X y los asesinatos del Poder Negro en Trinidad: paz y poder es un texto brutal y violento, que aparte de probar que para Naipaul África tiene unos límites bastante flexibles y a veces más espirituales que de frontera geográfica, afectará al lector. Aunque también hay una cara casi entrañable de ese poscolonialismo que a veces llevó a situaciones ridículas, a islas de apenas dos kilómetros cuadrados reivindicando su independencia de la isla vecina (Los seis mil náufragos y La última colonia) y nos presenta a líderes que repiten los patrones de los peores dictadores africanos pero que a diferencia de los Mobutu o Idi Amin Dada, no son tan crueles y sangrientos (quién sabe si solo porque no disponen de sus medios), pero que sí sirven, como lectura, para entender de alguna manera los populismos más primarios, como sucede en Papá y el grupo de poder, y ver cuál es el papel que le toca a la oposición formal en esos juegos.

Un libro para tener en casa y leer sin prisa, dejándose cautivar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 22 de abril de 2019

Algunas ideas para el Día del Libro 2019


Algunas ideas para el Día del Libro 2019:

Junto con las recomendaciones veraniegas y el balance de final de año, la entrada del Día del Libro es de las que repito cada año. Sigo participando, año tras año, en algo tan absurdo como las celebraciones del Día (y la Noche) del Libro, y lo hago con la ilusión de un niño más pequeño en la noche de los Reyes Magos. Iré a ver alguna conferencia, pasaré por librerías, aprovecharé para comprarme algún libro con descuento y haré regalos. Pensando en mis propios deseos y en ideas para regalar a otras personas, acabo encontrándome con una lista de libros que pueden ser buenas ideas, que quizá en alguien despierten las ganas de leer alguno de los títulos o sirvan a su vez como inspiración para regalar un libro.


Narrativa negra / negrísima: Aunque intenten colarnos la novela negra como una hermana cualquiera de la novela de misterio y de detectives, y en el fondo como otra forma más de entretenimiento (siendo el entretenimiento el hermano blando e inofensivo de la literatura y el arte), la novela negra de verdad, la buena, siempre ha mirado en los peores charcos, y los grandes herederos de esa novela con vocación social siguen haciéndolo. Me permito recomendar a mis dos autores preferidos en ese aspecto, y sus obras maestras: El Red Riding Quartet, de David Peace (Alba Editorial): Siempre hablo con admiración y maravilla del Cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980 y 1983), una saga brillante y oscura de novela negra (negrísima), de David Peace. La leí a finales de 2012 y vive desde entonces en mi memoria. Llevo años recomendándola en esta clase de entradas y este año he pensado que me la regalaré a mí mismo, con la intención de releerla en verano. Es prosa de primera con una trama que provoca arcadas en algunas páginas, de tan oscuro que pinta el mundo.

L. A. Confidencial y / o La Dalia Negra, de James Ellroy: Ellroy es uno de los antecesores más claros de lo que hace Peace. Los dos escriben de un modo excelente y crudo sobre asesinatos, compatibilizan de un modo impactante la parte más detestable de la sociedad y la psique humana con la prosa más artística, y lo mezclan con retratos costumbristas de épocas llenas de conflictos (el fin del mundo industrial británico en el caso de Peace, los suburbios de Hollywood y el anverso del sueño americano en el caso de Ellroy). No me gustan tanto el Ellroy más reciente, demasiado perro furioso para mi gusto, pero el reencuentro con todo su Cuarteto de Los Ángeles es una alegría, y la mejor manera de empezar su lectura creo que sería con estas dos novelas, ambas llevadas al cine, en una versión excelente (L. A. Confidential) y otra muy discutible (La Dalia Negra).

Narrativa contemporánea: Si lo que queremos es comprender mejor el mundo en el que vivimos, o recrearnos en sus conflictos, debemos acudir siempre a las estanterías de literatura contemporánea, pero no a las del los bestsellers, sino a las de aquellos libros que en las formas literarias que sean, explican y a la vez cuestionan nuestra sociedad. Propongo buscar un ejemplar de No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba) si queremos ver un retrato que ha cumplido los cuarenta años de lo que significa y significó ser madre y sentirse descolocada, y cómo salir (o no) de la sensación de desamparo y extrañeza. O Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire) si lo que queremos es no dormir durante un par de semanas si somos padres y dejamos a nuestros hijos algunas horas de la semana en las manos de una niñera encantadora, perfecta, que lo hace todo bien, pero, que nunca se sabe, ¿verdad?. Y por terminar con la contemporaneidad y la maternidad / paternidad y el miedo a todo lo que puede pasar y hacer que lo que tenemos se rompa, La casa de los lamentos, de la australiana Helen Garner (Libros del KO), es una maravilla a la vez que una bestialidad. Retrata, en la forma de una novela de no – ficción, uno de esos casos, que resumidos sin más, suenan a telefilm, y demuestran una vez más, que lo importante de la literatura no está (casi nunca) en qué se cuenta sino en la forma que se le puede llegar a dar y el conflicto que puede nacer y el desasosiego que puede generar en el lector.

En este caso, un padre recién separado va con sus tres hijos en el coche, pierde el control, se caen a un río y los tres niños mueren, solo él sobrevive. Hay serias sospechas sobre su versión de lo sucedido, y casi nadie quiere creele. ¿Ha sido un asesinato? ¿Hay crimen más horrible? En esta misma línea contemporánea y de mirar a los claroscuros, recomiendo un par de Novelas gráficas: Piruetas, de Tillie Walden (Norma Editorial), y Niño prodigio, de Michael Kupperman (Blackie Books).



Ensayos o crónicas: Me pillan ahora mismo leyendo estos dos libros. Uno es una maravilla, El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate). Se trata de una maravilla exigente, desbordante, llena de ironía, originalidad en la mirada, sarcasmo, y un desapego respecto a lo que está retratando que convierte sus crónicas en miradas muy originales y ricas sobre lo retratado, que va desde la India o América del Sur a una convención republicana en Dallas o el mundillo literario británico. La dulce ciencia, de A. J. Liebling (Capitán Swing) es un libro menor, una recolección de ensayitos sobre el boxeo y crónicas de combates célebres. Mi interés en el boxeo es pequeño, o menos que pequeño, pero el libro es uno de esos que consigue mantenerte atrapado alrededor de un tema ajeno, y eso, es magia. Retrata el fin de un imperio, de un modo de ver el mundo, de una afición, y siempre es interesante seguir la historia de los derrumbes pasados.


Clásicos que podrían ser buenas ideas: Desde luego Moby Dick, de Herman Melville, siempre será un buen regalo, y hay ediciones baratas muy cómodas de leer (las de Alianza, por ejemplo). Llevo un tiempo leyendo muchas críticas a la novela, que si le sobran páginas, que si se demora demasiado con la descripción de las ballenas, la vida de los pescadores, etc. Sigue siendo una maravilla, y siempre encontraremos quien no la haya leído y pueda sorprenderse con ella. Para sorprendernos con la plácida belleza de los cuentos bien hechos, una buena idea serían los Cuentos de San Petersburgo, de Nikolái Gógol (Cátedra), que contienen al menos tres obras maestras del género (El capote, La nariz, Avenida Nevski). Mi interés personal (esas lecturas y recomendaciones que te llevan a otras lecturas y recomendaciones) me han llevado en las últimas semanas a querer estrenarme con Balzac, y no sé si lanzarme a por La piel de zapa (Alianza) o Las ilusiones perdidas (DeBolsillo).


Philip Roth, I. B. Singer y algo más: El año pasado murió Philip Roth y aunque no sabría muy bien cuál es mi libro preferido o cuál recomendar a alguien para empezar a leer su obra, creo que no sería una mala idea para nadie interesado en una literatura de primera calidad, profundamente humana (también con todos los aspectos negativos de la especie humana, por lo tanto) pero accesible a casi cualquier lector probar suerte con Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana o la trilogía de Zuckerman encadenado. Mi último buen momento con Roth fue con Némesis, que también podría gustar a mucha gente. A modo de regalo propondría los Cuentos de Isaac Bashevis Singer (Lumen), que son una verdadera maravilla y seguramente su obra mayor, pero tampoco está nada mal y es también una experiencia lectora enriquecedora su novela Sombras sobre el Hudson. Su hermano, Israel Yehoshua Singer, no es tan conocido (entre otras cosas porque no ganó el Nobel), pero tiene también un par de novelones – sagas familiares que se leen muy bien y con mucho gusto, recomiendo especialmente La familia Karnowsky (Acantilado).


Apuesta a ciegas. Si alguien aún no los ha leído: Solo puedo recomendarle que corra inmediatamente a una librería y aproveche el descuento para hacerse con La novela luminosa, de Mario Levrero o Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Háganse el favor. Yo, que los tengo leídos y releídos, me he topado con la prosa hipnótica de Thomas Pynchon, a quien había evitado hasta ahora. Empecé con Al límite, que parece de las fáciles, pero me hizo pensar que quería subir la apuesta y me haré con El arcoiris de gravedad (Tusquets) o Mason y Dixon (Tusquets) en alguna edición de bolsillo que llevar en el metro en las próximas semanas. También animo a quien esté leyendo estas líneas a lanzarse a por algún libro de Dovlátov, mi gran apuesta de lo que va de 2019, valgan por ejemplo El oficio o La maleta (ambos en Fulgencio Pimentel), y espero que pronto lleguen a editar La zona. Y aunque es amigo y presenté en noviembre su libro, e intento que no parezca que el blog se alimenta de relaciones personales, sí animo a quien nunca lo haya leído a darle una lectura a Miguel Ángel González y probar con Todos los miedos (Siruela) o Cariño (Alianza).


Libros infantiles: Babar, todas las historias, de Jean de Brunhoff (Blackie Books).
¿De qué color es un beso? o La montaña de libros más alta del mundo, de Rocío Bonilla.
Soy un artista, de Marta Altés.
De vuelta a casa, Perdido y encontrado o Cómo atrapar una estrella, de Oliver Jeffers.
Inventario ilustrado de animales, Inventario ilustrado de insectos, Inventario ilustrado de aves, Inventario ilustrado de animales con cola, etc.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas, esta semana y todas las del año.

Sr. E

jueves, 10 de noviembre de 2016

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Editorial Mondadori)


Creo que sigo rodeando La broma infinita como modo de acercamiento antes de lanzarme hacia ella. De toda la obra de Foster Wallace me quedan por visitar La escoba del sistema, su primera novela, y La broma infinita, su obra magna, que duerme cerca de mí desde este pasado verano. Me quedaba uno de sus libros de no – ficción, Hablemos de langostas, y ha sido mi última lectura.

Tanto como narrador como en su labor de cronista, aparte de por su fascinante uso de la sintaxis, por la lógica perfectamente definida con la que encaja las frases en los párrafos y cómo va tejiendo la página de interrelaciones, creo que en lo que Foster Wallace más destaca es como observador agudo e ingenioso. Foster Wallace siempre encuentra un ángulo distinto de la realidad, un matiz que venía pasando inadvertido y sobre el que él pone el foco. Foster Wallace es también el maestro en conseguir que un tema que en principio no nos interesa o incluso nos despierta un bostezo se convierta en un texto que nos interesa hasta absorbernos. 

¿Qué interés tengo en conocer cómo funcionan los grandes cruceros del Caribe? Ninguno. Pero he leído varias veces Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De momento el único tema aburrido en el que Foster Wallace no ha conseguido embarcarme ha sido en el de los impuestos y las desgravaciones fiscales, como pretendía en aquella epopeya de la hacienda pública y el aburrimiento que es El rey pálido (queda un importante comentario al margen, que es que como novela póstuma que fue, fue montada y recompuesta desde sus fragmentos por los editores, no por el autor, que me imagino, por su tipo de inteligencia y escritura, que debía dedicar mucho tiempo a montar y desmontar la estructura de los textos, y quizá en El rey pálido está todo pero no está bien barajado, o le quedaban descartes por hacer).

Si te interesan los premios de la industria del cine porno, la decadencia de los grandes novelistas americanos, entender a Kafka como humorista, las autobiografías de tenistas retiradas, los festivales de la langosta, los tejemanejes que se traen entre manos los gramáticos y académicos para escribir los diccionarios y dictar las normas de uso del inglés, este puede ser tu libro.

Si no te interesa, a priori, cualquiera de esos temas, también. Leyendo a David Foster Wallace uno aprende, por ejemplo uno aprende que la langosta era una comida de pobres y que en los reglamentos carcelarios del siglo XIX estaba prohibido darles a los presos más de un día a la semana langosta, porque se consideraba cruel, o uno aprende que un festival de la langosta permite cenar por más o menos lo que cuesta un menú de McDonald´s, pero a cambio de soportar colas dignas de Disneyworld, o uno aprende que la vida media profesional de una actriz porno es de dos años, y que hay un alto número de suicidios entre los componentes del gremio. Y uno se sorprende donde él se sorprende, que es lo que pretende que hagamos. Una de las claves de cualquier escritura es la mirada de quien narra, y Foster Wallace sabe poner de manera magistral la mirada en un modo que se sorprende e ironiza sobre cualquier aspecto de la existencia. Foster Wallace es curioso y trata de disfrutar en cualquiera de las circunstancias a la que la escritura de las crónicas le llevaba. Las crónicas de eventos le han sido encargadas por distintas revistas que consideraron, por algún motivo, que él sería el mejor para acercarse hasta allí y contarlo. En todos esos casos Foster Wallace cuestiona su idoneidad para el encargo y nos hace entrar a la realidad desde el extrañamiento. Para situar a quien no ha leído nunca a Foster Wallace, el modo de llegar a la entrega de premios de la industria del cine porno es empezar hablando de las aproximadamente dos docenas de hombres que en Estados Unidos, cada año, se amputan los genitales de modos caseros y horriblemente dolorosos, ya que no son capaces de seguir conviviendo con su concupiscencia desbocada.

Foster Wallace se declara en sus textos admirador de Kafka, al que califica de escritor de humor. Y Kafka es un escritor de humor en el mismo sentido en el que él pretende serlo. Porque mira el mundo, no lo comprende, le supera, y nos cuenta cómo le está superando. Pero Foster Wallace resulta mucho más divertido y ligero porque no se muestra sufriente y dolido por el mundo. Foster Wallace, en otro de sus textos, al hablar de Dostoievski, a quien parece haber leído mucho y en profundidad, se lamenta de no poder afrontar, como novelista americano posmoderno, los grandes temas y dilemas morales de la existencia. Porque sabe que Dostoievski lo hacía pero si alguien hoy en día lo hiciera, se reirían de él. Y tiene razón. Como él dice, y parece que en cierto modo lamenta, nos movemos en un mundo narrativo que igual que el mundo en general, está de vuelta de todo, y sólo acepta la ironía como modo profiláctico de acercarse a ciertas realidades e ideas. Y lo dice uno de los mayores representantes de esa ironía.

¿Uno de los mayores novelistas de finales del siglo XX leyendo insulsas autobiografías de deportistas? Sí. Por lo que cuenta, lo hacía frecuentemente, y especialmente cuando eran las de tenistas y ex – tenistas, un deporte que había practicado con bastante dedicación en su adolescencia. Pero hasta un fan de esos libros insulsos tiene un límite, y la autobiografía de Tracy Austin (al parecer una tenista famosa de finales de los 70) fue el suyo. Es demoledor cómo va recogiendo todos los clichés que la tenista va sembrando por las páginas, cómo se construye un discurso con tópicos y vacío. Y me parece genial cómo acaba por volcar eso hacia la pregunta definitiva, ¿son esas personas, esos deportistas profesionales, capaces de soportar toda la tensión que se acumula sobre ellos en determinados momentos, precisamente porque parecen a veces tener la cabeza vacía? ¿O el proceso es el contrario? En cierto modo, y desde la ironía, se adelanta una década a todas las ideas que están surgiendo hoy en día para explicar esos ciertos estados de éxtasis creativo y de concentración, lo que está dando en llamarse flujo o estar en la zona.

El texto más lúcido, leído 16 años después, y justo por los días en que lo he hecho, es Arriba, simba. David Foster Wallace fue contratado por la revista Rolling Stone para seguir a uno de los candidatos en las primarias presidenciales, en este caso John McCain. La idea de la revista era que periodistas y escritores jóvenes (o relativamente jóvenes, Foster Wallace tenía 38 años entonces) trataran de explicarse y explicar por qué los jóvenes votantes norteamericanos pasaban de la política. A cada uno de esos periodistas y escritores les asignaron un candidato. Y Foster Wallace siguió a McCain. McCain fue luego candidato presidencial. Era conocido por haber sido torturado durante cuatro años por el vietcong. Y se presentaba como un candidato auténtico. Foster Wallace detecta esa autenticidad y ese algo distinto en McCain. Hay jóvenes que le escuchan y le siguen. Y a veces dice auténticas burradas. Pero cuando es un idiota es un idiota que parece auténtico, y entre tanto cliché político muchos desinteresados lo agradecen. Uno de los fotógrafos con los que va le dice a Foster Wallace que McCain hace cosas como de humano, algo que ya le sitúa muy por encima de todos los demás. McCain toca ciertos aspectos que nadie más toca, dice que siempre va a decir la verdad, parece ir a la contra, promete que él no los engañará (en algún momento al principio Foster Wallace cuenta cómo dijo en un mítin que él no podía prometer extender la sanidad porque eso iba en contra de los intereses de las farmacéuticas y a él lo financiaban las farmacéuticas, pero que eso mismo le pasaba a todos los candidatos de todos los partidos, y los demás sí prometían mejoras sanitarias). Foster Wallace vuelve a aprovechar aquí para hablar del cliché y la ironía, y de cómo los jóvenes, tan acostumbrados a que intenten venderles cualquier cosa con técnicas de marketing, son refractarios a toda técnica de marketing que suene a conocida. Y ahí es donde le parece que McCain podría tener una oportunidad. Y McCain no la tuvo. Pero mucho de lo que Foster Wallace veía y contaba tiene mucho que ver con lo que ha pasado esta semana. ¿O no?

Me acerco al momento de abordar La broma infinita. Creo que será antes de que vuelva la primavera. Iremos hablando entre tanto de otros libros.

Felices lecturas

Sr.E