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domingo, 29 de diciembre de 2019

Mis cuentos pendientes de 2019


Mis cuentos pendientes de 2019

Cerramos el año. Otro año. Otro año más de libros, lecturas y comentarios sobre esas lecturas. No sé cómo me he organizado, pero tengo registradas 126 lecturas de libros este año. Cuando la sensación subjetiva es que tengo menos tiempo que nunca para leer, esa cifra me ha descolocado para comenzar a hacer este balance. Quizá he leído libros más cortos (aunque no lo creo), quizá es que he registrado más relecturas, y siempre avanzas más rápido por los terrenos conocidos. Quizá he sido más generoso apuntando en mis lecturas lecturas que han sido parciales, esos ratos, esas ciento cincuenta páginas de una novela con la que sientes que ya sabes lo que necesitas saber antes de descartar el libro. 

Como en los últimos años, he ido leyendo más ensayo, y trato de leer de vez en cuando algo de novela gráfica, porque aunque no acuden a mi mente como un formato prioritario, luego siempre las disfruto. He leído, además de puro ensayo, bastantes obras de narrativa de no – ficción y he desarrollado una afición hasta ahora desconocida a leer Diarios de manera casi compulsiva en el segundo semestre del año, encontrando en algunas de sus páginas una forma más auténtica y depurada de comunicación y creación literaria.

Sin darme cuenta al haber ido haciéndolos, identifico algunos ciclos de lectura con ejes temáticos o estilísticos al repensar ahora en las lecturas, y aparte de los que vaya a listar en esta entrada, me encuentro con bastantes lecturas de algunos autores de los que no había tomado conciencia de estar haciendo ese recorrido. Cuatro novelas del británico Graham Greene en primavera, cuatro de la japonesa Yoko Ogawa a finales del verano, por ejemplo.

Hacía años, probablemente muchos, que no pasaban 12 meses y no leía ningún libro de Stephen King, Emmanuel Carrère, Don DeLillo o Haruki Murakami. Ha pasado este 2019. He mantenido, entre mis habituales, lecturas y relecturas de Etgar Keret, Roberto Bolaño, Kafka y Mario Levrero.
A finales de 2018 no quise lanzarme a la tarea de hacer una lista de 10 libros con un orden en concreto, como si fuera este pequeño blog uno de esos anticuados suplementos culturales. Pero este año me apetece más esa lista de recomendaciones que hacer recomendaciones parciales y temáticas, que al final son igual de arbitrarias que las otras.

Son 10 libros, con algunas trampas (como agrupar lecturas) y después unas cuantas recomendaciones más, a modo de extra.
Empezamos

1. Oficio + La maleta + Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)
2019 ha sido el año de Dovlátov para mí. Sospechaba que seguiría leyendo al ruso desde mis primeras aproximaciones, y de hecho ya nombré Retiro y La extranjera en 2018 como lecturas destacadas. Pensaba que iba a gustarme más, pero no pensaba, hasta que caí en las páginas de Oficio, que iba a alcanzar ese nivel de éxtasis e identificación que creo que no sentía desde que me caí, como Obélix en la marmita de poción mágica, en La novela luminosa de Levrero en 2013. Dovlátov ha ensanchado un poco más mi canon de imprescindibles, porque ahí he situado la ya nombrada Oficio y La maleta. En tiempos en los que se cuestiona a la autoficción y hay algunos críticos que la consideran poco menos que una opción para vagos que no tienen ganas de pensar en otras tramas, estos dos libros nos recuerdan que la diferencia entre una gran obra y una menor no está en el género y la forma, y que la gran literatura, casi toda, bebe en gran medida de la experiencia personal del autor, que la transforma en tramas más o menos cercanas o reconocibles, pero nunca ajenas a lo que conoce y ha vivido.

2. Cuentos, de John Cheever (Mondadori)
En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

3. Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward (Papel de liar) + La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO)
Agrupo estos dos libros porque los dos hablan, en el fondo, de un mismo impulso. El de meterse la vida en vena o por la nariz, el de evadirse de la realidad con la ayuda de las drogas y llegar a perder cualquier referencia más allá de quién te ha pasado la última dosis y a quién le vas a pedir la siguiente. Los dos libros me han parecido perturbadores porque no son libros moralistas ni tratan de convencernos de nada. También porque ambos usan las drogas en las que cayeron sus protagonistas como símbolos de muchas más cosas. Porque cualquiera puede verse reflejado en sus excesos, en sus adicciones, aunque no sean las mismas que las suyas. Porque quizá todos estamos más cerca de lo que queremos reconocer de caer por ciertas pendientes en la búsqueda de un poco más de felicidad. La trayectoria de Belushi apuntaba a tragedia y nadie hizo un esfuerzo real por evitar lo que podía pasar. Y pasó. El libro de Carr es además de impactante, muy interesante por su forma, pues el autor se lanza a aplicar su experiencia como autor de reportajes a investigar su propio pasado en los años 80. Su caída en las drogas, los trabajos que iba perdiendo, la familia a la que destrozaba, las hijas a las que irresponsablemente trajeron al mundo dos adictos al crack. Y vemos la salida de todo aquel mundo gracias a la disciplina y el sueño de la escritura. Y aprendemos cómo es posible contar dos historias como esas sin caer en la moralina.

4. Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)
Esta novela corta, situada entre el terror psicológico y el costumbrismo, es una absoluta maravilla. Me impactó su historia, y me dejó francamente impresionado su perfección, su estructura imposible de mejorar, su lenguaje siempre bien medido, su voz narradora tan poco fiable como encantadora e irresistible. Creo que es uno de esos libros que puedes leer una y otra vez sin dejar de verte sorprendido, por más que sepas dónde están los giros y cuáles son las sorpresas que la trama te va a ir deparando. Hablaba en la reseña que hice del libro que era un ejemplo perfecto para trabajar en las escuelas de escritura creativa. Creo que recomendaría cambiar algunos meses de talleres de escritura por una lectura atenta y en profundidad de este libro.

5. Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)
La colección completa de todos los cuentos de Levrero llegó después de muchos años de esperarlos. Los cuentos de Levrero nos permiten asomarnos a la parte más imaginativa y surrealista de su producción, en general imaginativa y surrealista. Quienes ya conocemos y amamos a Levrero encontramos aquí más motivos para hacerlo. Quienes no lo conozcan pueden encontrar aquí un acceso divertido y fácil a su obra. La libertad absoluta, la búsqueda de lo lúdico, la reescritura de géneros literarios más trillados. La búsqueda de la verdad literaria, esa que está a veces en lo más disparatado, y hacerlo siempre sin renunciar nunca al estilo, aunque muchas veces sea un estilo contrario al ortodoxo, pero un estilo propio, lleno de marcas personales, que se relaciona con la literatura de kioskos, con el psicoanálisis, con lo detectivesco, con el absurdo de la existencia y las obligaciones que la sociedad nos impone. Leer a Levrero es un acto de rebeldía. Igual que escribir fue siempre uno de supervivencia para él.

6. Illska. La maldad, de Eirikur Örn Norddahl (Hoja de Lata)
Esta novela, que la editorial (en otro gran acierto de esta pequeña editorial gijonesa) presenta como la gran novela sobre el auge de la ultraderecha en Europa, me pareció mucho más que esa supuesta novela política. Es una novela política, quizá también, pero es una novela que trata sobre todo de la era de desarraigo y precariedad, también emocional, en la que nos ha tocado vivir. En ese mundo de relaciones frágiles y escasos valores duraderos, la ultraderecha, como movimiento que apela al pasado y a unas comunidades fuertes que ya no existen (ni volverán a hacerlo, y que quizá nunca lo hicieron), tiene su oportunidad. En Islandia, un pequeño país, muestra quizá poco válida pero perturbadora de cómo las comunidades se pueden ver afectadas por la amenaza externa, seguimos una historia de amor y odio entre tres personajes que vendrían a ocupar el lugar del nazi con labia, la estudiosa de los movimientos ultras que es descendiente de supervivientes del Holocausto y un pringado normal, no tan normal pero sí muy pringado, que irán avanzando por la oscura noche de los tiempos.

7. Salón de los pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello (Pre - Textos)
Hace algunos años que llevo oyendo (leyendo) a alguna gente hablar muy bien de estos diarios de Andrés Trapiello, que van apareciendo bajo el título colectivo de Salón de los pasos perdidos. No pensaba que fuera a encontrar ningún interés en estos escritos, y pensaba que no empatizaría demasiado con la persona de Andrés Trapiello, a quien conocía como personaje (más o menos) público y con el que pensaba que no tendría demasiado en común. He confirmado que no tengo mucho que ver con él en cuanto a las características que lo sitúan como personaje público, aunque sí me he reconocido en muchas de sus interioridades. Pese a todas las reticencias, al terminar el año y mirar atrás, veo que he pasado muchas noches (sobre todo han sido libros que he leído por las noches, antes de dormir) de estos últimos meses leyendo páginas y más páginas de los diarios de Trapiello. He leído, concretamente, Locuras sin fundamento (editado en 1992, que narra el año de 1988), El tejado de vidrio (editado en 1994, que narra el año de 1989), Las nubes por dentro (1995, 1990), Los caballeros del punto fijo (1996, 1991), Las cosas más extrañas (1997, 1992), y La cosa en sí (2006, 2000). Hay páginas brillantes que se van alternando con momentos bastante inanes, y cierta cantidad de comentarios y ambientes un tanto rancios. Con todo, la finura del observador, la ironía para describir algunos males (que se reconocen desde una distancia de ya casi treinta años y se ven hoy en día aumentados y agravados), la verdadera vocación literaria, los sinsabores del escritor de fondo, y la prosa y la sintaxis, tan bien ajustadas, hacen que sean libros que valen mucho la pena. Al menos un poco, al menos durante un rato. Los juegos metaliterarios y las reflexiones del Trapiello diarista sobre las correcciones que el Trapiello escritor hará son muy valiosas. Aunque en el último que leí, del año 2000, ya se le ve demasiado pendiente de la reacción que despertarán sus comentarios cuando finalmente sean editados (todos han sido editados por Pre – Textos en una apuesta constante y valiente, por el tipo de libro del que se trata).

8. El giro de Italia, de Dino Buzzatti (Gallo Nero)
No hace falta que te guste el ciclismo para disfrutar de este libro. Deben interesarte, eso sí, la ambición, el drama, la tragedia, las reacciones humanas ante la victoria y ante la derrota, las trapacerías, indignarse por el servilismo de quienes acuden a aplaudir al ganador y por cómo le retiran, casi los mismos, el saludo a quienes empiezan a decaer. El Giro que Buzzati narró para Il Corriere della sera fue el del gran duelo Coppi – Bartali, que contó con la épica de un enfrentamiento entre héroes atenienses y troyanos. Lleno de simbolismos, en una Italia de posguerra, ciclotímica, que fingía haber olvidado su pasado fascista y buscaba nuevos talentos jóvenes con los que impresionar al mundo, el Giro no defraudó y cumplió con las expectativas, coronando a un nuevo rey. No hace falta que el ciclismo te interese, igual que no hace falta haber subido jamás a una montaña para disfrutar de Los indómitos de la montaña (también de Buzzati, también en Gallo Nero). La excelente prosa y el ritmo aventurero del que dota a sus historias, y la emoción que sabe darles, son universales, y quien las lea sabrá apreciarlo.

9. Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)
Si Merricat es una narradora de cuyo encanto es imposible escapar durante todo el libro de Siempre hemos vivido en el castillo, la Penny de Con rabia, con su descaro, su frescura, su espontaneidad y su sentido crítico, no se queda atrás. Con rabia es sin embargo lo contrario a una novela corta perfectamente medida, pues despliega una voz de primeras notas, como recién escritas, siempre cercanas a la conversación y al diario. Aunque ese tipo de voz, como las muy medidas y ajustadas, son muy difíciles de escribir. Este retrato adolescente de una vida aburrida en una ciudad señorial y burguesa, como es Florencia, encantará a cualquier adulto que no se haya olvidado de esos años determinantes que nos enseñan a movernos por la vida.

10. El salto de papá, de Martín Sivak (Seix Barral)
Martín Sivak abre las puertas del armario de la memoria familiar. Su papá, Jorge Sivak, banquero y comunista (extraña combinación, sí, pero cierta y duradera en su vida), se suicidó cuando Martín tenía quince años, saltando de palito desde las oficinas de su empresa, que había entrado en bancarrota. El libro comienza ahí, con ese salto, y más que comprenderlo, y menos justificarlo, trata de perdonarlo. Martín Sivak trata de descubrir algo en el pasado de su padre y la familia, en el secuestro y asesinato de su hermano, del que nunca se recuperó, en los problemas económicos del país, en las malas decisiones, en los viajes, en las reuniones familiares y en las creencias a las que nunca renunció. No descubre nada, no se siente capaz de explicar nada, pero mientras va reconstruyendo una Argentina que va pasando por los años 80 de una dificultad a otra, va cerrando las heridas de una vida marcada por el suicidio de su padre. La prosa es sencilla, directa, casi cruda, y perturba esta historia de silencios, problemas, ideales rotos y una gran tragedia.

Bonus: Érase una vez en Francia, de Fabien Nury (Norma)
Esta serie de novelas gráficas, seis historias en tres volúmenes, es la historia de Joseph Joanovici, y daría (y en algún momento dará) para un peliculón (o gran serie). Está basada en hechos reales. La historia nos lleva a la Francia ocupada, pero antes nos pasea por las penurias de la Europa de entreguerras, nos lleva a conocer a un chatarrero rumano que poco a poco va armando un gran emporio, a relacionarse con unos y otros, buenos y malos, y a convertirse en una especie de doble agente entre los franceses y los nazis, un colaboracionista que también salvó a muchos judíos. La historia nos enfrenta después con las conciencias limpias de quienes nunca quisieron reconocer ninguna mancha en la Guerra. Y llevándonos de unos secretos a otros nos lleva a conocer a una importante colección de personajes con doble moral. El guión es estupendo, y los dibujos, expresivos y llenos de vida, parecen el storyboard de un clásico contemporáneo del cine negro.

Más libros: Del 11 al 20, sin mayor explicación (aunque muchos han salido reseñados)
11. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)
12. Paciente X: El caso clínico de Ryunosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)
13. Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)
14. La vista desde la última fila, de Neil Gaiman (Malpaso)

15. J. D. Salinger: una vida oculta, de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg)

16. El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)
17. El pozo: Novelas breves 1 y Tan triste como ella: Novelas breves 2, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo)

18. El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada (Mondadori)

19. Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

20. El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 29 de diciembre de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

2017 ha sido otro año con buenas lecturas (para eso me esfuerzo en pensar antes de ir a las bibliotecas o librerías lo que quiero leer, para que el porcentaje de desengaños sea el menor posible; trato de leer siempre libros que pienso que van a gustarme por uno u otro motivo, nunca totalmente a ciegas). Por empezar con las frías cifras, he consignado 102 libros en mis apuntes durante este 2017. Esos son libros empezados y terminados, y de los que luego me he acordado de tomar nota, que no son todos. Hay libros que empiezo y descarto a las 30 páginas como un cruel lector editorial y no creo que merezca la pena contabilizar. El primero apuntado fue La escoba del sistema, de David Foster Wallace, y el último ha sido el segundo volumen de la Antología de cuentos de terror de Rafael Llopis para Alianza.

Buscando con afán estadístico los autores más repetidos, descubro que he leído 5 libros de Sergio del Molino, al que he comenzado a leer este año y con el que si no he cumplido sus obras completas debe faltarme ya poco, 4 de William T. Vollmann, 3 de Stephen King, Mircea Cartarescu, Eduardo Halfon y Joyce Carol Oates. 

Cada vez leo más ensayo (literario y de otros temas), y me alegra ver que este año he retomado la lectura de libros de cuentos, que tenía un poco abandonada, aunque no me he metido en tantos proyectos de Cuentos completos como pretendía, y los de Nabokov esperan que algún día continúe con ellos. He descubierto al enorme cuentista que es Gógol, por ejemplo, y he confirmado al que fue Onetti. Algunos autores me siguen sorprendiendo por lo magníficos que resultan aunque cada vez que llego a ellos sea como por casualidad y sin ninguna continuidad, y esto me ha pasado volviendo a leer a Stanislaw Lem (Astronautas y Máscara), Ismail Kadaré (La cena equivocada, aunque bueno, con Kadaré sí soy más continuo, pero es que tiene una obra bastante extensa) o Torrente Ballester (Off – side). Siempre salgo contento de mis reencuentros narrativos con Rafael Balanzá (Los dioses carnívoros), Antonio Orejudo (Los cinco y yo) o Ismael Grasa (El jardín), aunque en ninguno de los tres casos creo que haya sido este el año de su mejor libro. Espero haber aprendido algo de los Cursos de Literatura Rusa y Europea de Nabokov.

En épocas de estrés, y 2017 las ha tenido, siempre me va bien leer novela negra o de terror. Entre las autoras más destacadas de este año, Gillian Flynn y Joyce Carol Oates (especialmente los excelentes relatos de El señor de las muñecas y otros cuentos de terror), frías y crueles en sus planteamientos y ejecuciones, y una muy buena novela para descubrir a Tana French (Silencio en el bosque) y otra más endeble para desconfiar de ella (En piel ajena). No había leído hasta ahora Misery, que me pareció sin duda una de las novelas top de Stephen King, y su ensayo Danza macabra me parece un libro a tener en cuenta para cualquier aficionado al género, y quizá para cualquier lector serio, y más si escribe, géneros aparte.

He leído bastantes libros que por uno u otro motivo podrían entrar en la categoría de raros, que parece ser viendo mi trayectoria una de las que más me interesa como lector. Lou Reed era español, de Manuel Vilas, Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet o incluso Clavícula, de Marta Sanz y La sangre del cordero, de Peter DeVries son libros extraños, pero al lado de otros como Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec, Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum o Continuación de ideas diversas, de César Aira, parecen casi novelas clásicas.

De esas recomendaciones que te llegan por muchos sitios a la vez (amigos, otros lectores, la unanimidad de la prensa), me han decepcionado, o al menos no han llegado a decirme nada que perdure ahora en mi memoria: La vegetariana, de Han Kang, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, El motel del voyeur, de Gay Talese, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, Capitalismo canalla, una historia personal de la literatura, de César Renduelles o un par de libros de David Vann que empecé y no acabé.

De entre ese mismo maremagnum de unanimidades sí me han parecido justos merecedores de esos elogios Canción dulce, de Leila Slimani (Premio Goncourt), Solenoide, de Mircea Cartarescu, La hora violeta y La españa vacía, ambos de Sergio del Molino y La mujer que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.

Acabo reconociendo que pese a que la lectura de William Gaddis despierta en mí la sensación de estar leyendo algo realmente grande, aún no he podido pasar de la mitad de Los reconocimientos, aunque hay pasajes que ya han pasado a formar parte de mi pensamiento y que he ido leyendo y releyendo con frecuencia desde que empecé con el libro allá por abril. Será quizá un libro a terminar en 2018.

Para terminar de confundir mis ideas, más que de aclararlas, haré una lista de 10 libros que resumen mis preferencias del año. Hago un breve comentario de los que no he reseñado en el blog, con los ya reseñados me remito a lo dicho.

1. Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta)

2. Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky)

3. Los pobres, de William T. Vollmann (Debate)

4. Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé (Anagrama)

5. La hora violeta, de Sergio del Molino (Mondadori)

6. Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo): Entre Vargas Llosa y García Márquez se escapa a veces reivindicar a Onetti como quizá el autor mayor de aquella generación (aunque en realidad en aquel movimiento del Boom no había exactamente una generación ni dos, sino varias). Onetti es un escritor poderosísimo, con una respiración única, del que leí varias novelas hace años, novelas de esas que se te quedan muy dentro y contra las que durante un tiempo tienes que luchar, cuando escribes, para no imitar. Había leído algunos cuentos sueltos pero nunca sus relatos completos. Son poco más de doscientas páginas, y para qué más, si es una de esas lecturas en las que cada página requiere a veces horas de reflexión. Los temas son los de las novelas de Onetti,. Y el tono, entre melancólico y ahogado, también. Los perdedores, los fantasmas, las mujeres que dejan a un hombre destrozado, la tentación más cercana a la que es más fácil abandonarse.

7. Clavícula, de Marta Sanz (Anagrama)

8. Danza macabra, de Stephen King (Valdemar): Siempre digo que creo que lo que más perdurará de la obra de Stephen King serán los relatos, más que las novelas (dicho así en general, sabiendo que tiene novelas que probablemente sí resistirán lecturas del futuro, como El Resplandor, Misery o Cementerio de animales, pero su porcentaje de acierto en la novela es considerablemente inferior al de sus relatos). Lo pienso y creo también que no es exagerado (no demasiado, al menos) situarlo a la altura como cuentista de Edgar Allan Poe. Y ya sé que la importancia de Poe radica más en su lugar en la historia que en sus cualidades de escritor artesanal. Pero en esa artesanía escribiendo relatos, que es en la que pretendo centrar el comentario, King no es un cuentista inferior. No sé si igual que Poe fue el primero en teorizar acerca del artefacto que tenía entre las manos, el relato corto moderno, King no quedará también como ensayista. Hace un par de años leí el imprescindible (para juntaletras) Mientras escribo (y la introducción que hace a su propia colección de cuentos El umbral de la noche también tiene algo de curso de escritura), y este año ha sido el de mi primer encuentro con Danza macabra, un ensayo que partía originalmente de la intención de recoger los 30 años que iban de 1950 a 1980 en cuanto al terror como arte se refiere (cine y novelas, principalmente). Pero es bastante más, pues King desvela sus lecturas, sus filias, fobias, algunas cuestiones sobre criarse en un hogar complicado y sin muchos recursos, el refugio que un niño o un adolescente pueden encontrar en la ficción más poderosa, donde el miedo es de mentira, por mucho miedo que dé. Lecturas originales de clásicos y de productos de baja calidad en lo literario pero de los que también se pueden sacar aprendizajes interesantes. Es otra ocasión de entrar al taller de un artesano que como él mismo dice, es bueno saber de dónde viene lo que uno hace, porque no viajará igual en el metro de Nueva York si sabe que su abuelo fue un inmigrante que llegó a la ciudad para construirlo. Hace una de las lecturas más profundas y menos académicas sobre las tres patas que cimentan el terror literario en el XIX y plantean tres de los temas más repetidos en la literatura y el cine desde entonces (los herederos de Frankenstein de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de R.L. Stevenson, respectivamente) y uno termina el libro con una inagotable lista de títulos que consultar, leer o buscar para ver en televisión. Un libro de esos para tener en casa y ojear de vez en cuando.

9. Las sillitas rojas, de Edna O´Brien (Errata Naturae)

10. La trilogía inacabada de Toronto (Un hombre astuto y Asesinato y ánimas en pena), de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

El año pasado di un segundo listado (del 11 al 20) de libros que perfectamente podrían haber estado en ese top 10. Por variar, haré algunas reflexiones sobre géneros o autores.

Un autor en general que no está en la lista: Eduardo Halfon es muy recomendable en general (he leído este año títulos de Pre – Textos y de Libros del Asteroide). Creo que sus libros son capítulos de un solo libro, su obra general, y es uno de esos autores casi silenciosos que están haciendo algo realmente interesante, un híbrido entre el relato, las memorias, la novela y la conversación de bar con algunas ramificaciones ensayísticas.

Otros libros de los mismos autores: Hay 2 autores de los que podría haber incluido perfectamente un libro distinto, o más de uno de cada uno, pero pensaba que sería más razonable un libro por autor como máximo (mi estupidez – mis normas). La españa vacía, de Sergio del Molino y Gloria o Historias del arcoiris, de William T. Vollmann son de lo mejor que he leído en todo el año.

Otro libro de cuentos: Máscara, de Stanislaw Lem (Impedimenta). Creo (casi seguro por el tipo de pensamiento que describe) que era Philip K. Dick quien decía que Stanislaw Lem no podía ser una persona, sino que debía tratarse de alguna clase de inteligencia colectiva escondida tras el Telón de acero. Hay que reconocer que a Lem no lo trataban con demasiado cariño tras ese Telón, y hay que darle la razón a Dick en que a veces parece un escritor tan bueno en tantos sentidos (filosófico, discursivo, en lo imaginativo, en lo meramente literario, en lo profético) que resulta atractiva la idea de que no fuera un único autor. Máscara es una colección de relatos preparada para el mercado español por Impedimenta con relatos de Lem que no habían ido apareciendo en su momento en las traducciones de sus colecciones. En unos casos por censuras, en otro por descartes de los editores del momento o del propio Lem. En cualquier caso son relatos de primer nivel, que me han devuelto al mundo de los Diarios de las estrellas, un libro que ya me enamoró.

Uno de género negro: Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral). Parece ser que es un clásico de la literatura australiana. Es una historia negra en el campo australiano con una clara influencia de Kafka y por momentos de Beckett, por lo vacío y absurdo que es todo. Es una de esas misiones aparentemente sencillas (dejar el pueblo de mala muerte en el que el protagonista ha estado trabajando ese curso como profesor y volver a Sidney para las vacaciones) que se va volviendo algo casi imposible de cumplir. Leí el libro tras encontrar las recomendaciones de J.M. Coetzee y Nick Cave, nada menos. Muy agobiante.

Otro de género negro: Rey de picas: una historia de suspense, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo). Porque no es más que una historia de detectives bastante clásica y tópica pero tiene un juego metaliterario muy potente que se va adueñando de ella y retorciéndolo todo hasta conventirlo en un libro que destaca.

Uno de terror: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba Contemporánea). Qué retorcida sabe ser esta autora. Y qué eficaz resulta como narradora en todo lo que he leído bajo su firma.

Otro de terror: Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Hace poco leí el título de esta novela en una lista de recomendaciones de novela negra. Y creo que no manejamos los mismos códigos para evaluar las novelas quien firmara aquella lista y yo. Canción dulce es una historia que da tanto miedo como Cementerio de animales de Stephen King porque te enfrenta a los mil peligros que puede correr tu hijo y lo relativamente fácil que sería que muriera. Aquí además no se le ofrece a los padres la posibilidad de recuperarlo en forma de zombi, como sí sucede en la historia de King. Es un libro que te hiela la sangre y te hace aún más desconfiado, y lo hace desde las convenciones del género de terror, porque el crimen está resuelto desde la primera página y todo lo que nos tienen que contar es cómo ha ido oscureciéndose el alma de la asesina, hay incluso momentos y escenas tópicas de una historia de terror. Y es, además, una crítica bastante feroz de la clase media acomodada con aires de superioridad, de la hipocresía, de los prejuicios apenas ocultos, de todo eso que normalmente no se nombra en el discurso público y que muy rara vez aparece en las novelas.

Ensayo: Podría decir La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine (Acantilado), porque es un libro que expresa perfectamente algunos pensamientos que tengo muy claros e interiorizados, y por así decirlo, me da la razón.
Podría decir quizá Vindicación del arte en la era del artificio, de J. F. Martel (Atalanta), por los motivos contrarios, porque me ha hecho ver algunos aspectos que no se me habían ocurrido a mí solo y me ha dejado pensando.
Podría decir también Anatomía de una epidemia, de Robert Whitaker (Capitán Swing), porque habla de la enfermedad mental y la sobremedicación y el sobrediagnóstico y me dejó muy preocupado, y ya sé que tiene un punto amarillista, pero aún así.

Una novela más o menos clásica: Off – side, de Gonzalo Torrente Ballester (Punto de Lectura).

Una novela rara: Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum (Alba Contemporánea). Un tipo que es una especie de ni – ni danés con mucho dinero (porque es el hijo de una estrella del pop femenino que acabó muerta prematuramente), y que es, además, por decirlo suavemente un hijoputa al que todo parece importarle muy poco, que trata mal a las pocas personas que se acercan a él con cariño, y eso es así desde sus novias a su hermana, que lo adora, y a las que va destrozando completamente. Vemos a ese tío siendo un capullo durante la primera parte de la novela, y cuando ha tocado fondo, aparece Jesucristo en su casa y lo guía hacia el pueblo del que huyó su madre, la futura estrella del pop que se ahogaba en ese provincianismo y conservadurismo, y allí va formando una especie de grupo de apóstoles que le siguen en su camino de purificación. Decir que se le aparece Jesucristo es mucho decir, claro, pero como el mismo Jesucristo del libro le dice: tú y yo sabemos que seguramente yo no soy Jesucristo, pero no tienes nada mejor a lo que agarrarte ahora mismo.

La mejor relectura del año: La parte inventada, de Rodrigo Fresán.

Autoficción o similar: Lou Reed era español, de Manuel Vilas (Malpaso). Esencialmente Vilas siempre escribe sobre su propio personaje, pero aquí se marca un juego que por un lado homenajea a Lou Reed, un cantante que a mí también me encanta y dibuja muy bien la evolución de España durante 40 años. No sé si a los que no conozcan o sean oyentes habituales de Lou Reed les dirá tanto el libro o es un requisito de entrada, me genera esa duda.

Libro raro que no sea novela: Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus Ediciones).

El libro con el que acabo 2017 y que terminaré en los primeros días de 2018 y me está haciendo pensar ya si no será uno de esos libros realmente importantes como lector: La ópera flotante / El final del camino, de John Barth (Sexto Piso), una edición de las dos primeras novelas de este precursor del posmodernismo americano, al que hasta ahora había oído en esas listas que incluyen a todos los antepasados de David Foster Wallace pero al que aún no había leído.

Y ya sí que lo dejamos aquí.

Feliz 2018 lleno de buenos libros para tod@s l@s lector@s que este blog haya podido tener a lo largo de estos 12 meses que estamos cerrando.

Seguiremos leyendo

Sr. E