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domingo, 30 de junio de 2024

Declaración trimestral: lecturas de abril a junio de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de abril a junio de 2024


He cumplido con el propósito de volver a pasarme por aquí sin dejar pasar demasiado tiempo. Acaba el segundo trimestre del año y aprovecho para repasar lo leído y dejar algunas recomendaciones. Para quien ande buscando lecturas veraniegas le puede servir.

Me hace gracia que pensamos en lecturas veraniegas como mamotretos con poca exigencia. Novelas que se mojan al salir de la piscina o que se llenan de arena bajo la sombrilla en la playa. Pero la lectura y el verano dan para todo. O deberían. Y hay ediciones de bolsillo estupendas de clásicos y novelas ambiciosas que pueden ser igual de todoterreno para entrar y salir de mochilas, bolsas de tela y esconderse bajo toallas mientras nos damos un chapuzón. Tenemos que conseguir que se vea igual de normal estar leyendo Los ensayos de Montaigne, en alguna edición económica (y aunque no sea completa) que la enésima novela de detectives de ese mismo autor norteuropeo del que tanto hemos oído hablar.

Las lecturas de este trimestre han sido en general buenas. Las ha habido excelentes y las ha habido más normalitas. Intento que nunca las haya malas.

Os cuento algunas cosas.

Ensayo, entre lo matemático y lo filosófico: Nassim Nicholas Taleb. Que un libro ha trascendido de su público inicial se sabe cuando un tertuliano de radio cualquiera utiliza uno de sus conceptos como si supiera de qué está hablando. Es el caso de la idea de cisne negro que puso en circulación hace casi veinte años Nassim Nicholas Taleb, matemático americano de origen libanés. Resumiendo mucho, un cisne negro es un suceso altamente improbable, imposible de predecir por esa altísima improbabilidad pero que sin embargo se produce. Y al producirse, altera sustancialmente todo a su alrededor. Por ejemplificar: la pandemia del covid fue un cisne negro. Solo a posteriori vimos a tantos expertos decir cómo hubiera sido posible saber que algo así iba a suceder. En la práctica sabemos que la próxima pandemia nos pillará de nuevo por sorpresa (porque ahora solo visualizamos pandemias de virus aéreos, similares al covid), y si no es una pandemia será cualquier otro fenómeno. Taleb defiende, desde una visión muy personal, que encaja en una corriente del empirismo representada por Locke o Karl Popper, que los cisnes negros existen. No vamos a saber cuáles son, no podemos predecirlos en particular, pero sí sabemos y podemos predecir que cruzan la realidad. Y movernos en un mundo de modelos ideales, como si la humanidad obedeciera exclusivamente a leyes físicas (son muy interesantes sus diatribas contra los modelos económicos y en general toda clase de platonismos) y los cisnes negros no existieran, es simplemente absurdo. Por no decir estúpido. El cisne negro es un libro ágil, para cuya lectura no hacen falta conocimientos matemáticos, y Taleb expone con brillantez lo que quiere decir. Lo cual no implica que nos convenza siempre. Porque no siempre lo logrará. Y está bien que así sea, que podamos discutir con el autor y su libro. Después de El cisne negro leí Antifrágil, que es una continuación espiritual del primero, y aunque las ideas, por repetición, pierden fuerza, la escritura es igual de potente y hay imágenes y conceptos muy aprovechables.


Taleb me llevó a leer algo más de Karl Popper. Como alguien que estudió Físicas y que se interesó por su historia y su metodología y filosofía, había leído algo de él. Había leído un poco de Popper y al menos La historia de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn, para tomar partido en esa diatriba sobre qué es y qué no es la ciencia y sobre todo la realidad que nos sitúa más cerca de uno o del otro. Estos meses leí Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual, de Karl Popper. Es un libro que nos lleva a la centroeuropa de principios del siglo XX con todo lo que eso significa. Tiene las memorias personales e intelectuales de Popper, quien comenzó trabajando como aprendiz, fue maestro de escuela primaria y desde aquella escuela fue escribiendo sus ideas y primeros libros. Tiene algo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y tiene mucho de reconstrucción del pensamiento de alguien que se interesó por todas las grandes cuestiones del siglo XX.


Sin alejarnos mucho del antiguo Impero Austrohúngaro, llegué a Maniac, de Benjamín Labatut. Leí hace menos de dos años Un verdor terrible. Aquel me llenó más. Y creo que no soy el único lector al que le ha pasado. Es más poético, más concentrado, más potente. Pero Maniac es una lectura que vale la pena. Sobre todo para los decepcionados (que somos muchos) con la decepcionante película de Oppenheimer. En Maniac el protagonista, en paralelo con esa construcción del conocimiento que podía abrir las puertas del cielo como las del infierno, es John Von Neumann. No es el mejor libro para conocer a Von Neumann (ese quizá sea El dilema del prisionero: John Von Neumann, la teoría de juegos y la bomba, de William Poundstone), pero es un muy buen libro. Y es que Von Neumann es un gran personaje. Es el siglo XX. Un intelecto brillante (de los más brillantes del siglo XX, y esto lo decía Albert Einstein y casi cualquiera que coincidiera con él) y un tipo peligroso, capaz de poner en juego cualquier cosa con tal de experimentar un poco más. Un niño que disfruta destripando camiones de juguete, aunque pueda llevarse por delante a la humanidad.


Experimentos sociales y maltratos salen a montones en La llamada, de Leila Guerriero. No había leído nada de Guerriero (bueno, sí, algunas columnas en prensa, pero nada largo) y empiezo reconociendo mi pereza ante el libro. No ante él sino ante la unanimidad que lo señalaba como uno de los libros del año. Esos libros (vale igual para pelis, obras de teatro etc) que nacen unánimes me echan para atrás. Yo esperaría que fueran los lectores los que fueran señalando lo que les gusta. Sin meterme más en estrategias de marketing, terminé el libro diciéndole a todo el mundo que es uno de los libros del año. Y que difícilmente leeré algo mejor este 2024. Es la crónica de la militancia, tortura, malos tratos y vida posterior de Silvia Labayu. Chica bien, hija de familia de dinero, militante de montoneros, apresada durante más de un año, con unas condiciones particulares que hicieron que muchos de sus antiguos compañeros desconfiaran de ella. Leila Guerriero aprovecha muy bien al personaje de Labayu para construir una historia contraintuitiva. Las víctimas son los personajes principales del mundo que hemos construido. Y ella es víctima, se sabe y reclama ser víctima, pero no quiere ser y casi desprecia a quien es víctima profesional. En el libro aparecen mil temas interesantes. Machismo y la negación de lo que fueron violaciones, para empezar. Las sospechas. Los venenos. La capacidad de algunos para decir nos equivocamos y la incapacidad de otros para decirlo, porque sería reconocer que sus mejores años fueron desperdiciados. Silvia Labayu es un personaje de primera y con ese material Leila Guerriero hizo un libro de primera.


Hablaba de los libros que se van haciendo unánimes poco a poco frente a los que vienen con la unanimidad impuesta. He tardado un año en leer Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado. Y fue llegando la unanimidad a su alrededor. Y por lo que al fin leí, bien merecida. El año pasado quise ir a la presentación en Madrid, pero una combinación de horarios laborales y familiares lo hizo imposible. Y dije, a la próxima. Y al final pues tuve que ir a una librería a comprarlo cuando ya pensé que no quería postergarlo más. Yeguas exhaustas es un artefacto extraño. Muy cansado y bien ajustado. Es una novela, o es al menos una narración, y tiene mucho de memoria (imagino que personal, aunque prestada al personaje de Beatriz) y de reflexiones. De género, muchas, y eso está bien pero lo tenemos en muchos otros libros, y sobre todo de clase, que falta muchas veces en esas reflexiones de género. Si hablamos de feminismo interseccional, aquí lo tenemos. De la terreta, de cercanía, de una huerta valenciana a la universidad, de quien vio a sus padres deslomarse y llegó a tener un doctorado y dijo, aquí hay trampa. Me valen de poco las lecturas de quien nos cuenta lo duro que le resultó ser mujer siendo millonaria. Entre millonarios es más difícil ser mujer que hombre, no lo pongo en duda. Pero vistas en un contexto amplio, no son dificultades reales, compartibles por las lectoras comunes. Aquí hay mucha vida común. Mucho día a día. Mucha toxicidad y muchísimo cansancio. Lenguaje cuidado y perfectamente ajustado, veneno medido. Un libro muy particular y muy interesante. Para club de lectura y debate. Quizá no estaría de más que para club de lectura y debate en institutos (que sé que se ha utilizado en institutos, pero que no está de más pedir que se use en más institutos).


Más familia y más memoria es lo que hay en Nada es verdad, de Veronica Raimo. Nada es verdad es un título intercambiable con Todo es verdad. Todo en este librito suena a honesto y verdadero. Y como sabemos, lo honesto y lo verdadero es, a efectos literarios, mucho más importante que lo cierto y lo verídico. Estas memorias familiares, estas historias de un padre obsesionado con trocear los pisos, una madre angustiada por la desaparición de sus hijos del mundo y dos hijos brillantes pero que acaban siendo escritores (en vez de desarrollar todo ese talento que les ha sido dado, para disgusto de quienes los rodean) son divertidas, tiernas, y a su manera llenas de amor. Un muy buen libro para leer a la orilla del mar. O eso me parece ahora mismo.


Una autora clásica de la que no había leído nada es Marguerite Duras. Y leí Los caballitos de Tarquinia y me pareció un libro perfecto. Precioso, bien medido. Nada más que decir. Seguiré leyendo a la autora.


He estado releyendo cuentos (Todos los besos del mundo) y ensayos y no ficción (Por qué escribo) de Félix Romeo. Félix Romeo se murió joven y dejó poco publicado. Pero siempre vale la pena volver a leerlo. Conseguí y leí el único de sus libros que no tenía y no había leído. Es Amarillo. Se suele decir que es un libro sobre el suicidio de un amigo de Romeo, que se tiró por la ventana del piso que compartían en Barcelona cuando los dos tenían veinticuatro años. Pero es realmente un libro sobre la idea del suicidio y lo desamparados que nos deja saber que existe esa puerta. Es un libro triste, cómo si no. Es un libro bien escrito. Hay fragmentos del amigo y fragmentos de Félix Romeo, que se desarma para intentar entender lo que no se entiende o se entiende de sobra. Está la inmensa sombra de Camus y Sísifo y está la sombra de Handke y aquel libro tan difícil de olvidar cuando se ha leído que es Desgracia impeorable. Y está la inmensa figura de Félix Romeo y está la idea de pérdida.


También he aprovechado estos meses para releer a Eduardo Halfon. Estuve, en paralelo a la Feria del Libro de Madrid, en la presentación de su última novela, Tarántula. Halfon siempre escribe bien y siempre es interesante, pero yo no he leído todavía esa novela. Así que, aunque supongo que será un buen libro, me parece aventurado recomendarla. Sí aprovecho para recomendar casi cualquiera de sus libros. Yo he estado releyendo (algunos completos, otros solo a trozos) Signor Hoffman, El boxeador polaco (¿tal vez su obra magna?), Biblioteca bizarra (su libro menor estupendo) y Clases de chapín. Tal vez Halfon, por temas y miradas, no parezca muy veraniego. Sea contraclimático. Pero tal vez, bien leídos y metabolizados, Biblioteca bizarra o Clases de chapín sean estupendas lecturas para viajes cortos o largos, porque ocupan poco, pesan poco y pueden leerse muchas veces sin que se agoten.


Después de años sin leerlo (no por nada, sino porque me di un atracón hace cinco o seis años) encontré en la biblioteca algo de Georges Perec que no había leído. Pensar / clasificar es otro libro para aprender a mirar el mundo de manera diferente. Perec es un autor para aprender a mirar el mundo de otro modo. Como pequeños sociólogos aficionados, como paseantes observadores. ¿Qué mejor para el verano que aprender a mirar de otro modo?


Nunca había leído a Joan Didion como ensayista. Como novelista, que era lo que había en la biblioteca, nunca ha acabado de convencerme. Pero conseguí, después de mucho tiempo, hacerme con una copia de Los que sueñan el sueño dorado. Y es verdad que tiene algo. Es una recopilación de escritos periodísticos y pequeños ensayos y lógicamente los hay brillantísimos y más normalitos, pero los buenos son muy buenos. Me sorprende, eso sí, que la mirada clasista y siempre juzgadora que tiene Didion no haya sido repensada y recalificada en las últimas décadas. Más bien al revés, parece que siguen llegando legiones de seguidoras a sus textos.


Y voy terminando. Si queríais pensar en libros veraniegos, gordos, narrativos, llenos de giros, algo a lo que pasar páginas desde la orilla del mar, también he leído algunas cosas en este trimestre que os podrían ayudar en ese fin. Van listados, sin más. Todos están bien construidos, con todos se te van las horas de lectura.

¿Puedes oírme?, de Elena Varvello.

El explorador, de Tana French.

El reloj de sol, de Shirley Jackson.

Y ayer mismo, en una silla plegable a la orilla del mar, terminé de leer Después, de Stephen King.

Lo dicho, hay buenos libros recogidos en estos apuntes.

A la vuelta del verano habrá algunos más.

Ha habido libros decepcionantes, pero no vale la pena hacer sangre. Me los guardo, no lea alguien esta entrada en diagonal, los pille y luego me culpe.


Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.


Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 31 de julio de 2019

Algunos libros para el verano


Algunos libros para el verano

El blog se coge un mes de vacaciones, como cada verano, y me gusta decir Hasta la vista con una entrada con recomendaciones e ideas de lecturas para el mes de agosto, pensando en ese mes en el que muchos tomamos las vacaciones, aguantamos como buenamente podemos el calor y nos movemos un poco más de nuestro lugar habitual de residencia. Mezclo en esta lista, que vale lo mismo de apuntes propios que de sugerencias para los visitantes, algunas lecturas que he hecho en los últimos meses pero que no he reflejado en el blog, con otros libros que son más bien mis proyectos para leer este próximo mes, y algunos recuerdos de buenas lecturas veraniegas de otros años. De la idoneidad de algunos de estos libros para el verano puedo por lo tanto responder, de otros confío en que verdaderamente valgan la pena.

Empiezo por los cuentos, y comienzo con la que debería ser (pero no lo es, claro, que nadie se alarme) la noticia del verano en el mundo editorial. Después de años postergándolo, editan en España los Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori). Desde que me caí (como Obélix en la marmita del druida cuando era pequeño) en La novela luminosa en 2013, cambié como lector, como escritor y supongo que hasta como persona. Desde entonces fui completando mis lecturas levrerianas, echando siempre en falta poder devorar sus cuentos. Hasta ahora solo he podido leer el libro La máquina de pensar en Gladys, que compré de importación. Es una colección maravillosa, pero muy corta, en la que se ve que la manera de afrontar los cuentos de Levrero está (como lo estaban sus primeras novelas) cerca de Kafka. Ahora estoy deseando tener este libro entre mis manos para conocer todos los cuentos que me faltan, hasta más de sesenta dice la editorial, en los que me imagino que Montevideo se llenará de situaciones absurdas y filosóficamente fantásticas.

Mientras llega el día de tener el libro de Levrero conmigo, estoy leyendo algunos relatos de los Cuentos completos de Roald Dahl (DeBolsillo), quien siempre es un autor muy divertido, con un punto cruel bastante evidente y un muy buen uso de la estructura clásica del cuento. Y aprovecho para recomendar otra vez a otro autor de tono kafkiano, como puede serlo Levrero, aunque lo combina con historias que parecen venir de la tradición oral judía, Isaac Bashevis Singer, un muy buen novelista, pero si se me permite decirlo así, todavía mejor cuentista. Es uno de esos ganadores del Premio Nobel (en 1978 en su caso) sobre cuyo merecimiento no nos queda ninguna duda después de leerlo. Siempre encuentro una sorpresa entre sus relatos, que tengo en la edición de Lumen (Cuentos, de Isaac Bashevis Singer).

Puestos a ponernos kafkianos, tal vez la mejor idea sea leer los Cuentos completos del propio Franz Kafka. Tengo la edición de Valdemar y es estupenda, y si Kafka es el novelista que dibujó el siglo XX, y lo fue, es sin duda un cuentista al menos igual de bueno. Releo sus cuentos con mucha más frecuencia que sus novelas, a las que apenas he vuelto desde mi primera (e impactante) lectura, con la sensación de que siguen suficientemente frescas en mi memoria. Pero no descarto darme un paseo este verano por América, que desde que compré y leí hace tantos años ha pasado a llamarse habitualmente El desaparecido. También quiero leer algunos cuentos de Guy de Maupassant, otro de los padres del género (Cuentos esenciales, DeBolsillo). 

Después de leer los cuentos de Mariana Enríquez, cuyo libro Los peligros de fumar en la cama vuelvo a recomendar, le daré una segunda oportunidad a Las cosas que perdimos en el fuego. Y la lectura del libro de Enríquez me hizo acordarme de Anna Starobinets. Recuerdo que Una edad difícil (Nevsky) me pareció un libro maravilloso (a ratos desagradable, pero maravilloso), y nunca he leído La glándula de Ícaro: el libro de las metamorfosis, y podría estar bien buscarlo por las bibliotecas y echarle un ojo. También tiene publicadas en España un par de novelas, pero como me gustaron mucho los primeros cuentos, seguiré en ese género.

Si alguien identifica las lecturas veraniegas con tumbonas, playas, desgana, el rumor del mar, las largas noches y las mañanas pesadas, tengo una recomendación. Leí hace un par de meses Agua salada, de Charles Simmons, una de esas historias de familias acomodadas que se están resquebrajando por dentro, con un padre que posee todos los privilegios del clan y una madre que los sobrelleva como puede. Hay una bonita historia de amor adolescente y un ahogamiento en el mar, está todo lo que uno puede esperar en esta clase de libros. La prosa es impecable, muy americana y pulida, y aunque las referencias insistían en emparentarlo con El guardián entre el centeno, creo que Holden Caulfield rechaza el modo de vida acomodado de sus padres, mientras que aquí el adolescente lo disfruta y apura. Pensé de modo mucho más directo en Buenos días, tristeza, de Francçoise Sagan, quizá la novela de verano y desgana más importante de la historia. La leí hace casi 20 años pero sigo recordando pasajes, momentos, y sobre todo sensaciones, porque creo que es un libro de sensaciones, fragilidad, tal vez sus palabras concretas puedan haberse quedado un poco desfasadas desde los años 50 pero recuerdo que traía cantos de poesía para esas mañanas en las que no se tiene la cabeza demasiado lúcida.

Somos muchos, creo, los que nos planteamos el verano como un tiempo para afrontar novelones: largos, decimonónicos, absorbentes, envolventes. Entre mis candidatos a tal tipo de lectura tengo en mente (luego no se hará todo, claro, pero qué ilusión hace planificar) darle una relectura veraniega a Moby Dick, de Herman Melville, volver a leer mucho tiempo después La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester o leer al fin completa Casa desolada, de Charles Dickens. También quiero volver a leer algo de Wilkie Collins, de quien leí hace mucho La dama de blanco y La piedra lunar, estupendos. Todos estos son libros exigentes, largos, literarios, completos, pero que recuerdo (o conozco parcialmente en el caso del de Dickens) además muy amenos. Quizá más complicados, aunque no creo que haya que huir de los libros complicados, y aunque se lean solo unos cientos de páginas se puede aprender mucho de algunos libros, rondan también por mi cabeza El hombre sin atributos, de Robert Musil y La trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch. Hablando de libros complicados y largos, se me ocurría, mientras escribía este párrafo, que en Casa desolada hay probablemente un antecedente de Su pasatiempo favorito, de William Gaddis. Gaddis, tan brillante como por momentos duro, puede ser también una muy buena apuesta de lectura (y puesto a empezar con él, recomendaría entrar por la puerta grande de Los reconocimientos (Sexto Piso)).

Una buena lectora con la que a veces cruzo recomendaciones me pedía que le recomendara una lectura de Bolaño que no fuera ni Los detectives salvajes ni 2666. Le recomendé que se pusiera con La literatura nazi en América, un librito borgiano, una divertida enciclopedia falsa de nombres, filiaciones y obras, y el primer libro con el que Bolaño tuvo algún reconocimiento. Tal vez también lo relea estas próximas semanas, es un libro que siempre me ha encantado. Y aunque no está entre mis preferidos de Bolaño, quizá también haga una relectura de Una novelita lumpen. Por recomendación de otro amigo estoy embarcado en la lectura nocturna y alevosa de El mito de Sísifo y El hombre rebelde, de Albert Camus, dos libros que (lo confieso) he leído con anterioridad y poco provecho y a los que creo que ahora estoy sacando mucho más jugo.

Estoy leyendo, aunque en inglés, con lo que avanzo más lento, Espía y traidor, de Ben Macintyre. Está muy bien escrita y la historia de mentiras, falsas apariencias, engaños y confianzas traicionadas que narra va mucho más allá de la típica novela de espías. Trasciende lo concreto de la trama (que es bastante impactante, todo quede dicho) y habla de temas fundamentales. Por construcción, es más bien una novela de no - ficción, de hecho. También tengo entre mis lecturas actuales Mientras agonizo, de William Faulkner. Me gustó mucho a finales del año pasado Las palmeras salvajes, y este me está pareciendo también brutal (desolador y brutal). Después de años intentando leer algo de Faulkner y sin conseguirlo, parece que estoy entrando en su mundo. No sé si el verano dará para más, pero siempre he oído hablar de la relación entre Cormac McCarthy y Faulkner. Leí (y me gustó, pero de un modo lejano, como algo que lees y te gusta pero desde luego no te marca) Meridiano de sangre hace mucho tiempo, y me apetece probar algo más.

En cuanto a ensayos, llevo entre manos La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus), cuyo título ya cuenta de qué va, y que me está pareciendo que es muy interesante y que está muy bien contado. Y leí no hace mucho la biografía de J. D. Salinger de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg), y de ahí me puse a releer sus Nueve cuentos (Alianza) después de muchos años sin abrirlos. Combiné ese libro con La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO), un libro perturbador, a medio camino entre las memorias y la reflexión social sobre la adicción a las drogas, que creo que puede perturbar e interesar mucho a mucha gente, a todos los que nos planteamos, como estuve haciendo yo durante aquellas páginas, que todos somos, aunque estemos fuera de las drogas ilegales, adictos y dependientes en mayor o menor grado (pensemos desde los medicamentos y drogas legales que tomamos al uso que hacemos de las redes sociales, quizá también en nuestra propia relación con la lectura y la escritura, en los atracones de series de televisión, …). También me interesa el libro El ojo del observador, de Laura J. Snyder (Acantilado), un ensayo que nos lleva a la Holanda del siglo XVII y nos muestra la aparición de las ideas y técnicas de Vermeer, Van Leeuwenhoek, Huygens y Spinoza, los cuatro relacionados con la idea de la luz y el cambio en la mirada, en su concepto y su forma, desde el trabajo común de las artes, las humanidades y las ciencias.

Algunas de mis mejores lecturas de los últimos años las hice durante este mes de agosto, de vacaciones, a veces en casa y a veces de viaje. No me olvido de recomendar, de esa memoria de apuntes de otras temporadas: Canadá, de Richard Ford (Anagrama), un autor que a veces me interesa moderadamente, otras incluso menos y en este libro y algunos más me seduce totalmente. Esta me parece su mejor novela de lejos. Otro libro que me flipó (literalmente) durante toda una semana de vacaciones en Santander, de este recuerdo ese detalle perfectamente, fue El mago, de John Fowles (Anagrama). Estupendo, culto, divertido, muy bien escrito, que mezcla la mitología con la locura, el ansia por mandar y la creación artística, el deseo y la desorientación, y resulta muy difícil de soltar de las manos. También fue en verano cuando leí por primera vez a James Ellroy, y después de haber releído no hace mucho Jazz blanco, quizá haga ahora lo mismo con La dalia negra (Mondadori), la que creo que sigue siendo su mejor novela (de las de pura ficción, sigo viendo por encima Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer). Y hace aún más años leí los dos libros de memorias de Anthony Burgess, un autor conocido casi exclusivamente por La naranja mecánica pero que creo que tenía mucho más. En estas memorias muestra mucho sentido del humor, sarcasmo, mala leche, y muchas páginas de muy buena escritura y una visión muy personal de la vida. Se llaman El pequeño Wilson y el gran Dios (el primer volumen) y Ya viviste lo tuyo (el segundo). La pena es que solo están en bibliotecas que se han olvidado de que los tienen y en librerías de viejo. Alguna editorial de las que quieren vestirse de realmente literarias debería contratar los derechos y reeditarlos, porque son una maravilla. Quizá vaya esta misma tarde a por ellos a mi biblioteca habitual y comience así el mes de agosto lector.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 2 de septiembre de 2018

Vuelta al cole, vuelta al blog


VOLVEMOS AL COLE, REGRESAMOS AL BLOG

Se ha pasado el verano (tan rápido como siempre, tan improductivo como casi siempre). He leído bastante durante estos dos meses, y ahora, antes de lanzarme a la vuelta al cole, quiero ordenar un poco esas lecturas. Porque la memoria se desvanece y a veces antes de creer que sea posible has olvidado qué pensaste realmente de ese libro que durante su lectura creíste que seguro que recordarías siempre. He leído bastante ensayo (en general con buenos resultados), cuentos, he releído clásicos, retomado algunas novelas de la última temporada (ahí me he encontrado de todo), y como cada verano he tirado de novela negra y género de terror, aunque este año casi nada de género ha acabado de satisfacerme. Ha habido libros buenos, malos y regulares, libros malos que me han satisfecho durante su lectura, libros buenos que al día después de terminarlos empezaron a parecerme regulares, y viceversa.

Por resumir un poquito:

Ensayos:
Ensayos que me han gustado mucho, porque me han parecido francamente originales, me han ayudado a aprender cosas que desconocía mientras los leía con avidez, porque son muy ágiles y están bien escritos, con ritmo y mano de narrativa de primera, libros en resumen que recomiendo firmemente: Cronometrados: Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield e Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs.

Un ensayo que leí en una tarde (es cierto que son unas 150 páginas a un espaciado y tamaño de letra generoso), me absorbió, fascinó, del que señalé varios pasajes pero que no sé si recomendaría para cualquiera: Del boxeo, de Joyce Carol Oates.

Un libro entre las memorias y el ensayo, que me ha entretenido bastante en ratos junto a la piscina y con el que me he reído y emocionado: Sin embargo, también es un libro que no deja de ser en gran medida una cámara oculta en las cocinas y cotilleos de chefs, como un buen programa televisivo de Alberto Chicote, por lo que supongo que lo recomiendo especialmente para quienes puedan disfrutar de un buen programa de Chicote o acudiendo a Netflix de los que hacía el recientemente desaparecido Anthony Bourdain, autor del libro Confesiones de un chef.

Narrativa más o menos clásica:
Un clásico que no había leído y vaya, menudo libro: Solaris, de Stanislaw Lem. Me habían gustado mucho los libros de Lem que había leído hasta ahora. Pero nunca había conseguido entrar, cuando lo había intentado, en las páginas de la que es probablemente su novela más conocida. Este verano ha sido el momento, y es una novela de primerísima. Nivel caviar.
Relacionado con Solaris, también he leído un ensayo (una pequeña colección de ensayos, más bien), de Andrei Tarkovski, quien dirigió la película. Se llama Atrapad la vida: Lecciones de cine para escultores del tiempo, y aunque no ensaña nada (concreto) sobre cine, sí enseña mucho sobre los juegos artísticos con el tiempo y el modo de ver el mundo para crear arte con él.

Un clásico que no había leído y que me ha gustado pero tampoco colocaría en un altar: El agente secreto, de Joseph Conrad. El incidente en el que se inspira esta novela (la explosión de una bomba en el observatorio de Greenwich, algo relacionado con una organización anarquista pero que nunca se aclaró demasiado bien) apareció en mis lecturas de Cronometrados e Historia alternativa del siglo XX, y en ambos se citaba la novela. Así que decidí leerla. Y ciertamente me gustó. No había leído nada de Conrad (quizá algún relato de marineros, creo), y me ha parecido un narrador clásico, solvente, eficiente, de los que dice en cada momento lo que pretende, organiza perfectamente la estructura. Pero que quizá me ha dejado algo frío con su escritura. La novela, en cualquier caso, entre la historia reciente (para Conrad era casi actualidad), el misterio y la filosofía política, es interesante, y la situaría, de mi bagaje lector, en algún punto más o menos intermedio entre Dostoievski y Graham Greene, y si quizá Greene se parece demasiado a Dostoievski por la sensación que siempre transmite sobre la culpa del ser humano, podemos cambiarlo por Le Carré.

Relecturas que me ha encantado hacer: Ruido de fondo, de Don DeLillo, Cementerio de animales, de Stephen King, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá, La Isla del Tesoro de R.L. Stevenson y Me casé con un comunista, de Philip Roth. Aprovecho por cierto la escasa visibilidad de este blog para pedir a los editores de Rafael Balanzá (pasados, presentes y futuros) que se planteen la posibilidad de reeditar Crímenes triviales, este estupendo libro de cuentos, que fue un título minoritario en 2007 cuando salió, es muy difícil de encontrar pero encantará a cualquier lector de relato que no lo haya leído aún, y que contiene en gran medida las claves que ha ido desarrollando luego en sus novelas.

Narrativa contemporánea:
Un libro que no conocía, me regalaron y me ha sorprendido muy gratamente: Estabulario, de Sergi Puertas. Un buen amigo, gran lector y estupendo escritor, me regaló este libro hace unos meses. No había encontrado su momento y llegó una de estas semanas de verano. El primer cuento tuvo esa cualidad de dejarme K.O. de la que hablaba Cortázar. Los demás cuentos son muy interesantes. Irregulares (lo normal y esperable en un libro de cuentos), pero muy personales (lo cual siempre es un valor a defender en tiempos de talleres literarios y uniformidad). Supongo que la tentación de hablar del fantasma de Ballard es muy fuerte, pero creo que más que Ballard hay que referirse a ese futuro – presente paralelo tecnificado y frío que representa la serie de Black mirror. Algo así son estos cuentos.

No tenía interés en este libro, lo cogí sin mucha esperanza en la biblioteca y me enamoró: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández. La historia es un poco más complicada, porque en mayo acudí a la presentación del libro en La Central, estaba sinceramente interesado en el libro, aquella presentación me aburrió soberanamente (lo siento), me salí a los 20 minutos, perdí interés en el libro, y por suerte la literatura sigue siendo mucho más potente que las impresiones personales y los circos. El libro (quizá porque habla de una zona vecina a la mía, de una realidad que no ha sido la mía pero sí la de mis abuelos, la vida en la huerta, quizá porque cualquier pequeña comunidad está llena de secretos, miradas y malentendidos) me apasionó, aunque no es (pese a lo que dice la editorial) El adversario, de Carrère, aunque recurre en exceso a la herramienta de decir: “no sé si debería estar escribiendo este libro”, aunque renuncia al final a esclarecer nada sobre el crimen que está investigando. Aunque podría ponerle muchas pegas, la lectura fue una de esas en las que te enfrascas y no quieres salir, de la que hablas con quien está contigo, un libro que recomiendas en el momento y que recomiendo ahora, un mes después, uno de los mejores que voy a leer, seguro, en 2018.

Dos compras veraniegas: Elegí mal algunos libros para algunos viajes y me vi obligado a acudir a librerías con la urgencia de no tener qué seguir leyendo (saludos a los amigos de Códex en Orihuela y a la gente de Cervantes, en Oviedo). Un mal nombre, la segunda novela de la saga Dos amigas de Elena Ferrante volvió a meterme en su mundo, al que accedí hace un par de años y al que no había vuelto, y supongo que sus libros (densos, pegajosos, bien escritos y adictivos) son lo que entiendo que debe tener una lectura veraniega. El otro libro que compré fue Guerrilleros, de V.S. Naipaul. Es un libro que relacioné con El corazón de las tinieblas, de Conrad, aunque como he dicho no lo he leído, así que realmente lo relacioné con la película de Coppola y con lo que sé de la novela, más bien. Naipaul es un escritor fascinante, me han gustado mucho algunos de sus libros de viajes, pero siempre que he leído su narrativa me ha parecido un narrador torpe, que se traba (entiéndase que dentro de un nivel altísimo de escritor, quiero decir que narra mucho peor de lo que reflexiona y ata ideas; es un observador muy original y un narrador un poco más ramplón). Guerrilleros, quizá porque es pura fibra, corta y toda ideas, no se ha atascado. La leí de seguido, fascinado por todo ese ruido de falsos revolucionarios (que me hizo pensar en los iluminados de DeLillo), por las realidades reales (valga la floja definición) e ideológicas de África, por las tensiones entre ambas.

Lecturas fallidas: Por distintos motivos (no excluyo que mi momento lector no haya sido el adecuado con ellos, nunca lo excluyo como motivo) no conseguí entrar del todo (y con algunos aguanté hasta bastante más allá de las 100 páginas) en El traje del muerto, de Joe Hill, La gran novela americana, de Philip Roth, Intrusión, de Tana French y Réplica, de Miguel Serrano Larraz.

No me ha parecido para tanto: Vuelvo a decir que seguramente sea mi culpa como lector, pero desde luego no me ha parecido que las novelas de Pedro Mairal que ha publicado Libros del Asteroide sean las maravillas de las que había oído hablar. La uruguaya me dejó bastante frío, y Una noche con Sabrina Love me pareció que tenía más alma, me tuvo más interesado, pero tampoco me pareció una joya.

Lecturas que cruzarán del verano al curso conmigo: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère. A finales de junio acudí a una charla de Carrère en la Casa de América de Madrid. Habló en general de su obra, de la ficción vs. la no – ficción, y de sus libros. Tanto él como la presentadora (Mercedes Monmany) parecieron coincidir en que se podía decir que su mejor libro era Una novela rusa. Recordaba haberlo leído (al menos parcialmente, al menos haberlo durante algunas páginas en algún affaire en la biblioteca), y no recordaba haber encontrado ahí nada parecido al diamante. Pero las primeras lecturas son peligrosas, y nunca se sabe. De Carrère hay libros que me encantan y otros que prácticamente detesto, lo que hace, supongo, que sea uno de esos pocos autores a los que siento la tentación de leer, por ver en qué bando caerán sus libros. Lo he empezado. Me mantengo neutral, de momento. En el corazón del corazón del país, de William Gass. De William Gass yo solo sabía que era el prologuista de la edición de Los reconocimientos de William Gaddis que tengo en casa, y que en dicho prólogo cuenta que los habían confundido varias veces (por la similitud de los nombres y su adscripción a una cierta corriente del posmodernismo americano). El título es magnífico, y eso no se puede discutir. Es una pequeña edición (de una para mí desconocida hasta ahora editorial, La navaja suiza, a la que prestaré atención en el futuro). El libro contiene un cuento bastante largo – prácticamente una novela corta (aunque si nos ceñimos a las condiciones del cuento clásico, es lo que es, un cuento, aunque tenga casi 100 páginas y no sea clásico, aunque tampoco para nada posmoderno) y cuatro relatos más fáciles de identificar. He leído, de momento, ese primer cuento tan largo, El chico de los Pedersen, que Richard Ford incluyó en aquella antología del cuento norteamericano de más de 1.000 páginas que he traído alguna vez de la biblioteca y de la que he leído cuentos desperdigados (y que acaso vuelva a traer y a leer, visto el nivel de uno de los cuentos que no había leído). El chico de los Pedersen es simplemente, y a la vez de un modo complejo, en muchos aspectos, magnífico. Magnífico a un nivel que permitiría que alguien se convirtiera en un buen cuentista simplemente leyéndolo con profundidad, desarmándolo y aprendiendo a armar un artefacto parecido. Magnífico al nivel de que si los demás cuentos se acercan siquiera un poco, diré que el libro es imprescindible. Por su tono y sordidez me ha recordado las páginas más famosas de Faulkner, pero por su aliento (no sé describirlo mejor, pero alguien me entenderá), lo he encontrado en la línea de los mejores cuentos de Saul Bellow.

Cuentos completos de: Isaac Bashevis Singer. Los estoy leyendo tranquilamente (habré leído unos 14, tiene 47 la colección). Es un cuentista de primer nivel, imaginativo, embaucador, realista, todo a la vez, dominador del lenguaje, mago de la estructura. Un libro para tener en casa y releer con frecuencia. Creo que me durará, cuento a cuento, al menos hasta final de año.


Por fin he terminado de leer: GB84, de David Peace. He tardado meses en concluirlo, y no porque no me haya gustado, que me ha ido encantando en todo momento, sino por su densidad, en dos aspectos, el formal – literario, y el del substrato ideológico. Las huelgas mineras que David Peace cuenta, aquellos duros enfrentamientos anti – Thatcher, las trapacerías que llegó a cometer el Estado británico contra algunos de sus ciudadanos con tal de no darles la razón (una idea que he encontrado en el documental Wild wild country, no soy un fanático de las series y creo que el 95% del catálogo de Netflix es perfectamente prescindible, pero este documental me ha ocupado mucho, porque lo he visto lentamente, poco a poco, tratando de encajarlo, al revés de como parece que deben verse las series, y en él también he encontrado esas trampas que el Estado estaba dispuesto a cometer sin sonrojarse). GB84 no es el Red Riding Quartet de David Peace (que es un monumento), pero es una novela – testimonio de primerísima, un reto, un réquiem por la clase obrera que desaparecía, que desapareció, que ya no existe. Relacionándolo con esta idea, y siendo el prologuista Daniel Bernabé (reconozco que no leí el prólogo antes de la novela y no lo he leído todavía), llego a dos libros sobre los que he oído muchos comentarios (y leído artículos) este verano, que de momento dejo en lecturas pendientes, porque son temas que me resultan interesantes pero sobre los que prefiero no leer con todo el ruido ambiental encima (aunque por la naturaleza de los libros no sé si alguna vez se podrán leer sin ruido), La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé y Arden las redes, de Juan Soto Ivars.

Han quedado pendientes, cuando los consideré libros a leer en algún momento de este verano; serán, supongo, lecturas de otoño: Los Buddenbrook, de Thomas Mann, Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch e Historia argentina, de Rodrigo Fresán.

De muchos de estos libros he ido tomando notas de lecturas, y bastantes de ellas se convertirán (me imagino) en reseñas en las próximas semanas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 20 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (II)

Recomendaciones para el verano (II)

Seguimos con la labor interrumpida de dar algunas ideas para aquellos que dicen: me gustaría leer algo en verano, pero no sé qué. Espero que alguno de estos libros os despierte los apetitos lectores.



Clásicos

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens (Alba): En esa competición de citas literarias tomadas a toda prisa de Wikiquote que fue la moción de censura presentada por Pablo Iglesias, Albert Rivera se calzó un Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, el célebre comienzo de esta novela. Quizá merece la pena leer el libro completo, en verano, aunque solo sea para recordar tiempos más nobles de la política (aunque nobles quizá no sea el término, en esta historia con tantas traiciones, dobleces, espionajes; dejémoslo en tiempos más inocentes) y para sentirnos nosotros, los lectores sin partido, algo por encima de nuestras señorías, diputados y diputadas.

Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain (Valdemar): De Mark Twain había leído hace muchos años Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Pocos autores deben estar tan ampliamente citados (y probablemente tan mal citados, como todos aquellos cuyas citas inundan las columnas periodísticas y las bocas de los tertulianos de radio) como Twain, que ya sabemos que no se llamaba así. Hace cosa de un mes me hice con este librito en la biblioteca y me resultó una lectura fresca, moderna, irónica, ágil, que nos habla de las relaciones de pareja, los problemas de la convivencia, la creación de los mitos. Un librito muy adecuado para las mañanas en la playa.

Los Miserables, de Víctor Hugo (Alba): Llevo algo así como 10 veranos diciendo que este verano leeré Los Miserables. Por el camino he visto varias versiones cinematográficas y sigo sin leer el libro. Este verano vuelve a mirarme desde la estantería, invitándome a abrirlo. Os invito a todos a ir a por él.







Una autora olvidada

Rosa Chacel: Llegué al nombre de Rosa Chacel gracias a Mario Levrero, quien la admira ciegamente en La novela luminosa. He leído de momento dos libros que se mueven entre la memoria y la ficción, recreando su infancia y adolescencia, con voces narrativas ágiles, fluidas, con una prosa muy trabajada y mucha personalidad. Esos libros son Memorias de Leticia Valle y Barrio de Maravillas. Y como el verano también es un buen momento para echar la vista atrás y recordar veranos pasados, recomendados quedan.



Novela negra

La serie del detective Charlie Parker, de John Connolly (Tusquets): Todos los veranos leo una o dos de las novelas de esta serie. John Connolly mete en una coctelera el género negro, bastante imaginería fantástica, con demonios y ángeles en lucha permanente, y el propio Parker entre ambos mundos sin saber demasiado bien dónde encaja, libros satánicos y evangelios apócrifos. Todo ello mezclado con estructuras cuidadas, buenas frases, y servido frío. Los primeros libros nos enseñan a un Charlie Parker destrozado por el asesinato de su mujer y su hija, que se le aparecen como fantasmas. Resentido y violento, empieza a trabajar como detective privado, siempre en casos oscuros. Pasada la fase del duelo, por así decirlo, la figura de su mujer y su hija van perdiendo fuerza. Tiene otra mujer y otra hija, pero la oscuridad sigue a su lado. La oscuridad nunca lo abandona, así como esos casos en los que siempre asoma, junto a un caso de desaparición, o asesinato, un mundo extraño, violento, milenario, que trata de atraerlo.

Novelas de Gillian Flynn (Mondadori): Perdida es una novela que funciona como un instrumento de relojería. Pone la bomba, hace muy rápido la cuenta atrás y estás atrapado, lector. Leí la novela antes de que saliera la película (que también te atrapa) y me gustó mucho, fue una novela perfecta de verano. Estos últimos meses he leído las dos novelas anteriores de Gillian Flynn, Heridas abiertas y Lugares oscuros. Ambas funcionan con mecanismos turnpage de bestseller (y perdón por la acumulación de anglicismos, pero son la terminología al uso) pero son bastante más. Con miradas frías, casi psicopáticas por momentos de lo alejadas que se encuentran emocionalmente (me recuerdan el comienzo de la película de Fincher, con Ben Affleck acariciando el pelo de Rosamund Pike y preguntándose qué hay dentro de su cabeza y por qué no se la revienta).

El cuarteto de Red Riding, de David Peace (Alba): Nunca me cansaré de recomendaros a quienes no lo habéis hecho y decís que os gusta el género negro, que leáis estas cuatro novelas. Magníficas. Distintas a todo.

American Gods, de Neil Gaiman (Roca): Ahora que la novela tiene serie de televisión, que parece la aspiración de gloria más duradera de las obras escritas en la actualidad, puede ser un buen momento para ponerse con su lectura. Esta lucha entre viejos y nuevos dioses, escrita a modo de road movie que cruza América sin ahorrar en muertos y desperfectos, es sin duda un libro que contentará a esos que le piden al verano un libro que sea difícil soltar de las manos.
Nota: Ya sé que no es novela negra estrictamente hablando, pero era por no seguir creando categorías.


Otro libro de difícil clasificación

La novela luminosa, de Mario Levrero (DeBolsillo): También es verano quedarse en casa, en la ciudad, encerrado, con el aire acondicionado a tope, durmiendo hasta tarde, leyendo y viendo cine o tonteando en el ordenador hasta la madrugada, comiendo mal, sin saber exactamente qué día es o dónde vive uno. Pensando sobre todo y nada y anotándolo. Eso también es el verano, y eso y mucho más es La novela luminosa.



A su particular manera, libros de viajes

La España vacía, de Sergio del Molino (Turner): Ya lo dije todo sobre este libro, sigo pensando en él, me sigue gustando cada vez más.






Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace (DeBolsillo): La gente se acerca al mar en verano. Algunos se van de crucero. Como David Foster Wallace, aunque él lo hizo por encargo de una revista. Pocos libros tan divertidos y desoladores, tan ocurrentes, tan David Foster Wallace en su mejor momento, mirando la realidad con una mirada muy particular, muy inteligente.





Un poco de Física

Richard Feynman es probablemente el físico teórico más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y fue también un personaje, en prácticamente cualquier sentido de la palabra. Uno capaz de ser expulsado del ejército americano, luego estar en el Proyecto Manhattan, que se le juzgara por espionaje para los soviéticos, de ganar premios como percusionista en los Carnavales de Río, escribir la electrodinámica cuántica y ganar un Premio Nobel de Física. Feynman fue una inteligencia preclara, un genio sin demasiadas dudas, y sobre todo, durante toda su vida, un tipo con una curiosidad extrema que le hacía preguntarse continuamente qué hacía que algo funcionara como lo hacía. Fue también un profesor y un divulgador empeñado en hacer comprensible lo que iba descubriendo, y en estos dos libros de entrevistas, ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y ¿Qué te importan lo que piensen los demás?, ambos editados en Alianza, podemos seguir perfectamente, y vernos fascinados, por sus procesos mentales, su búsqueda de la verdad y la belleza, y esto nos ocurrirá independientemente del interés y conocimientos concretos de cada uno en la Física, pues la mente de Feynman trasciende con mucho lo particular.

Para ir terminando: Dos de los autores que más me han sorprendido en lo que va de 2017 han sido Kenzaburo Oé y Edna O´Brien. Buscaré más novelas suyas para este verano, y os recomiendo hacerlo a todos.

Ahora sí, para terminar, Americana, de Don DeLillo (Seix Barral): Es la última novela de DeLillo que me queda por leer, su primera novela publicada, interesante paradoja.


Espero que toméis alguna idea para leer estas próximas semanas. Disfrutad de los libros del verano. Disfrutad de la lectura y del descanso siempre que podáis.





Felices lecturas

Hasta pronto. O hasta siempre, lo que acabe siendo.


Sr. E  

viernes, 7 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (I)

Recomendaciones para el verano (I)

Este verano el blog va a tomarse vacaciones. Por distintos motivos, pero especialmente para oxigenarlo y para disponer de tiempo para determinar si merece la pena seguir con un empeño que nadie me pide que lleve a cabo y que como tal siempre despierta en uno mismo la sospecha de si no se tratará de una labor absurda.

Algunos de estos libros ya estaban reseñados. Otras recomendaciones son las de siempre. También aprovecharé para recomendar algunos libros que he leído en lo que va de 2017 pero que se han ido quedando fuera del blog.

Algunas recomendaciones van más explicadas, otras menos. Espero que alguien pase por este blog casualmente, se detenga a leer esta entrada, que no tengo claro si no será la última, al menos por un largo tiempo, y se decida a escoger alguno de estos libros para que le haga compañía durante estos dos próximos meses.

¿Qué buscamos leer en verano? Depende de cada cual. Hay quien quiere libros ligeros. Quien quiere libros de género negro o de terror, quien prefiere leer ensayo o repasar las novedades del curso. Otros eligen relatos, novelas filosóficas, completar la obra completa de autores a los que admiran. Muchos optan por dedicar el verano a los clásicos a los que nunca se acercan en invierno.


Cuentos
Cuentos completos de Nikolái Gógol (Nevsky): Si alguien me dijera: Recomiéndame, por favor, un único libro para leer este verano, y me especificara que quiere que ese libro sea largo, denso, complejo, pero también divertido, como el mundo, triste, alegre, poliédrico, como la vida. Si alguien me dijera eso, le recomendaría sin duda este.


Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret (Siruela): Si queremos cuentos cortos, que se lean deprisa y se piensen lentamente, debemos leer a Keret. En verano y en invierno. Imagina que tu situación es la de: Solo puedo llevarme un libro a esos días de hotel de playa. Puedes elegir llevarte a Keret. En sus páginas tendrás toda clase de situaciones, sensaciones, subidas y bajadas. Tiene algo mágico el escritor israelí. Es capaz de coger una historia, desplegarla en toda su riqueza, dejarla caer, resucitarla, darle el fin que se merece, y hacerlo en solo 2 o 3 páginas. Este libro reúne todas sus colecciones de cuentos traducidas hasta el momento. Un caramelo que no pierde sabor.

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, de Diego Sánchez Aguilar (Balduque): Tras ese título tan horrible, que parodia los titulares de las revistas tipo Cosmopolitan, se esconde una colección de relatos que nos habla, o así lo entiendo, de las relaciones de pareja, de trabajo, de las esclavitudes y relaciones de poder que se establecen en todas ellas. Habla de la sociedad del policonsumo, en la que todo se enfoca en términos de compra y triunfo, todo, tristemente todo. El libro no se limita a desarrollar ideas interesantes, que ya sería una muy buena noticia, sino que añade además un dominio de la forma admirable. Es un libro de siete cuentos bastante largos, variados en su escritura, muy rico literariamente. No por nada, dicho libro, el primero de narrativa de Diego Sánchez Aguilar, se llevó el Premio Setenil 2016 al mejor libro de relatos publicado ese año.


Tejidos y novedades, de Cristina Grande (Xordica): Qué pocos autores saben condensar en 2 páginas cuentos completos. Qué gusto da tener amigos que te cuentan una anécdota y lo hacen tan bien que no los interrumpes ni un instante, sino que callas y escuchas. Cristina Grande es una autora capaz de desarrollar todo un relato en 2 páginas o menos. Y a la vez es esa amiga que nos cuenta una anécdota aparentemente trivial pero que queremos saber cómo sigue y de la que alguna lección sacamos siempre, aunque solo sea la convicción de que la vida no nos enseña nada casi nunca. En Tejidos y novedades, la autora recogió sus dos primeros libros de cuentos, prácticamente inencontrables (La novia parapente y Dirección noche) y algunos otros textos. Un librito delicioso del que ir tomando una lectura al día durante el verano, a modo de vitaminas para el cerebro.

Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica): Qué sol hace en verano. Y cómo nos molesta a algunos, que no sabemos ya qué hacer para huir de él. Hablé hace poco de El jardín, de Ismael Grasa, y allí dejaba de pasada una referencia a mi absoluta devoción por este libro.





Me gustan los cuentos, y me gustan los cuentos de terror. No olvidemos que el padre en muchos sentidos del relato moderno es Edgar Allan Poe, y construyó su referencia desde el terror y lo fantástico. Sin dar muchos más motivos, se me ocurre que son buenas lecturas o relecturas para este próximo verano:

Pesadilla a 20.000 pies y otros cuentos insólitos y terroríficos, de Richard Matheson (Valdemar): Matheson es uno de los padres del relato de terror americano contemporáneo. En esta recopilación de la editorial Valdemar Stephen King escribe el prólogo y reconoce su deuda con él. Algunos de sus cuentos están en cualquier antología de relato fantástico y de terror, y quien los lea reconocerá su influencia directa e indirecta en muchas películas y series de televisión.




Fantasmas, de Joe Hill (Suma de Letras): Joe Hill es el hijo de Stephen King. Muchos escritores de terror jóvenes lo son en un sentido figurado, y él también lo es en ese sentido, pero él además lo es literalmente. Tan pesado debió ver el fardo de expectativas que le cargarían si publicaba con su nombre, que eligió un pseudónimo para publicar sus libros. Y este fue el primero. Una colección que recorre los lugares comunes del género fantástico, y le aporta algunos enfoques sutiles, originales, realmente valorables.




Relatos de Stephen King: Si recomiendo los libros del hijo de Stephen King y uno de sus padres literarios, deberíamos cerrar con los libros de relatos del propio King. Aparte de un novelista solvente, que lo es, creo que Stephen King es uno de los mejores escritores de cuentos de su generación. A mi entender, así como la calidad de sus novelas ha bajado bastante desde los años 80 (después de Misery, aproximadamente), nunca ha dejado de ser un cuentista a tener muy en cuenta. ¿Qué colecciones leer? Yo he leído y todas merecen la pena El umbral de la noche (1978), Pesadillas y alucinaciones (1993), Todo es eventual (2003), Después del anochecer (2008). Todos los veranos pasamos una semana en una casa en el campo, sin wifi ni teléfono, y siempre me llevo uno de ellos conmigo.


El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba): Fue un descubrimiento casual en la biblioteca. Últimamente he leído varios libros de Joyce Carol Oates, pero tiene tanto escrito, tanto traducido ya y publicado en tantas editoriales que es muy difícil tener algo parecido a un plan de lectura con ella. Este librito es perfecto. Nada falla en él. Todo nos toca, nos tensa, nos perturba.




Un libro de difícil clasificación

Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem (Alianza): ¿Por qué no dedicar el verano a leer relatos que son a la vez cuentos, reflexiones filosóficas, estudios mitológicos y teológicos, aventuras desvariadas, reflejos deformados del mundo y críticas a la autoridad? ¿Por qué no? Y, ¿por qué no empezar con los Diarios de las estrellas?





Novela contemporánea

Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral): Llegué a esta novela a través de alguna reseña. Apunté el título hace meses y por fin lo leí hace unas semanas. La cubierta de la edición española (primera traducción, 50 años después, de una novela de amplio éxito en el mundo anglosajón) nos muestra la admiración de J. M. Coetzee y Nick Cave por este clásico de la literatura australiana. Para mí es suficiente con eso. La novela nos presenta a John Grant, un profesor destinado a un pequeño pueblo del interior de Australia, donde da clases en una escuela rural entre silencio, polvo y sol abrasador. Se muere de asco, pero debe cumplir 2 años antes de regresar del exilio. Después del primer curso, tiene 6 semanas de vacaciones por delante. Pero, algo pasará. Tiene que pasar una noche, antes de ir hacia Sidney, en la ciudad de referencia del condado. Allí todo se lía y acaba perdiendo hasta el dinero para el billete de autobús en una timba. Sin dinero y atrapado en esa falsa amabilidad, irá descubriendo un mundo de violencia sorda, ciega, mientras va cayendo poco a poco en la locura.

La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami (Tusquets): La última vez que pasé de 50 páginas en un libro de Murakami fue en 1Q84. Nunca he sido uno de sus fanáticos lectores, pero sí lo he leído con gusto muchas veces. Pero se me había acabado el gusto por sus historias. El verano pasado leí sus dos primeras novelas cortas, recién traducidas, y sin entusiasmarme, me hicieron reencontrar ciertas sensaciones de lectura. La caza del carnero salvaje, que ha sido reeditada hace poco, es una de las primeras novelas de Murakami. Se trata de un libro extraño, pero que me enganchó. Como en muchos libros del autor, la extrañeza acaba siendo forzada y hay puntos en los que no se sabe si calificar lo que se está leyendo de imaginativo o ridículo. Me ha gustado la novela, de todas maneras. Como sus novelas se van traduciendo y editando en un orden no estrictamente cronológico, se pierde a veces la referencia de la evolución de su escritura. Y he encontrado en ella conexiones con las dos primeras novelas cortas del autor (Escucha la canción del viento y Pinball 73) y con otra novela que estaba bastante bien como Baila, baila, baila. No hay que ser un sutil lector para encontrarlas, la verdad, pues aparecen en esta Caza del carnero salvaje personajes de las primeras y paisajes de la segunda. Leídas estas tres obras como trilogía dibujan un interesante Murakami, bastante distinto del que luego ha sido (no pretendo decir que mejor, pero sí otro).

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Anagrama): El verano es una época propicia para que muchos juntaletras aborden la escritura de su primera novela. Quizá lo primero que deberían hacer es echarse a la cara esta novela de Esther García Llovet y ahorrarse en muchos casos el esfuerzo. No es, por desgracia, un libro cuya lectura anule las ganas de escribir. De hecho esta magra novela bolañesca consigue lo contrario.


Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (Anagrama): Si recomendamos una novela de indudable aire bolañesco, por qué no ir directamente a por una del propio Roberto Bolaño. Entre los escritores parece haberse puesto de moda citar Nocturno de Chile y Estrella distante como las novelas más perfectas de Bolaño (que puede que lo sean, pero en cuanto a novelas no siempre lo más perfecto es lo mejor). Los lectores snobs se decantaron casi desde el principio por la muy oscura 2666 como novela superior del mito. Y parece, entre tanto, que Los detectives salvajes queda como una novela poco reivindicada. Cuando es lo contrario, la novela a reivindicar, a leer, releer, regalar y comentar. Creo que si dentro de 50 años sigue quedando un único Bolaño será el de esta novela. Excesiva, divertida, llena de digresiones, de viajes sin terminar y caminos abiertos que no se cerraron. El propio Bolaño dijo alguna vez que desconfiaba de quienes elegían Bartleby el escribiente, cerrado, pequeño y perfecto, frente a Moby Dick, descompensada y apabullante. Irónicamente parece que está pasando algo así con su propia obra, y el verano puede ser una buena oportunidad para volver a los orígenes del mito. Yo desde luego la releeré en ratos de fresco en los bancos de los parques.

Los cinco y yo, de Antonio Orejudo (Tusquets): ¿Es Antonio Orejudo el mejor escritor de su generación? No lo sé, pero digamos que sí. Por no perder el tiempo en discusiones bobas, digamos que está entre los mejores escritores de su generación, junto con Rafael Reig, Marta Sanz, Rafael Balanzá, Belén Gopegui o Javier Cercas. La pregunta que Los cinco y yo nos lanza a los lectores, a los de la novela y en general de novela española, es: ¿y qué? ¿A quién le importa qué has escrito, Antonio Orejudo? Y es verdad, no le importa a nadie. Ha dejado de importarle a nadie quiénes son los mejores novelistas de este país. Para el gran público la nueva narrativa española se cerró con Javier Marías, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina etc. Ellos agotan ediciones, tienen premios, escriben en El País. Los demás se tienen que joder. Con la excepción de Cercas, que sí ha saltado a esa oficialidad. La novela de Orejudo parte de un mito que otorga únicamente a su generación, las novelas de Los cinco, de Enid Blyton, y a partir de ahí construye una autoficción en la que se ve que esos niños del baby boom y la tan cacareada EGB se quedaron en medio de un sandwich bien triste. Los que eran 5 – 10 mayores que ellos se situaron bien en la Transición y se quedaron con todos los cargos políticos y el prestigio cultural de los siguientes 40 años. Los que son 10 años más jóvenes empezaron a hacer ruido hace unos años y a escupir hacia atrás, salpicándolos también a ellos. Les quedan Los cinco y los partidos de fútbol en los descampados del extrarradio de las ciudades como consuelo. Magro consuelo, me temo.

La semana que viene más.

Ahora a leer

Sr. E