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domingo, 5 de enero de 2025

Mis cuentos pendientes de 2024. Repaso del año.

 Mis cuentos pendientes de 2024. Consideraciones.


Como no creo que haya nadie a quien le haya podido fastidiar el final de año por no llegar a tiempo con estos escritos sobre las lecturas del año, ni tampoco están las editoriales pendientes de comprar mi voluntad para que sus libros destaquen aquí, me he permitido que se me pase un poco el plazo y mi lista y reflexiones sobre las lecturas del año llegue un poco tarde. Pido disculpas si a alguien le he cambiado el paso con tal decisión. Llega el momento de hacer recuento de lo leído y ver cuánto ha marcado realmente mi memoria.  

Ha sido un año de muy buenas lecturas. De autores nuevos a los que nunca me había acercado y que se van a quedar para siempre conmigo. De libros que no esperaba y que se cruzaron por algún motivo y lo mismo, quedarán.

Han sido muchos los libros leídos este año. Tantos que me ha sorprendido. 118 libros tengo apuntados. Hay de todo. Y todos los años lo digo, pero este es más cierto que nunca, porque aunque siguen destacando la narrativa y el ensayo, hay algo más de poesía, continúa muy presente la escritura memorialística y por primera vez en mi vida adulta he estado leyendo teatro. Además, hay novela gráfica. Y bueno, libros de esos a los que es difícil encajar en ningún sitio.

Los primeros libros sobre los que tengo notas en este 2024 son El estrecho de Bering, de Emmanuele Carrère, Reloj sin manecillas, de Carson McCullers y Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González. El año lo cerré con dos novelas negras: El juego del escondite, de Patricia Highsmith y El perro canelo, de Georges Simenon y una obra de teatro: La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga.

2025, ya que estamos escribiendo desde el futuro, lo he empezado con una relectura de Javier Marías, Todas las almas, y La novia grulla, de CJ Hauser.


Descubrimientos: 2024 ha sido el año en el que he descubierto a André Dubus, Nassim Nicholas Taleb y Leila Guerriero. No es que yo haya descubierto nada, por supuesto. Pero he empezado a leerlos y en sus distintos niveles los tres me han impactado y he leído todo lo que he podido de cada uno. En el caso de Taleb y Guerriero, incluso venciendo ciertos prejuicios. Hay que confesarlo y hay que apuntar que está bien vencer ciertos prejuicios.

Voy a intentar destacar algunas lecturas agrupando por géneros, a ver si así consigo que todo quede más claro.

Relato breve: En enero descubrí a Dubus. Bellamente editado por Gallo Nero, me encontré en la biblioteca con Vuelos separados. Lo leí en un fin de semana y corrí a comprármelo para poder hacer una relectura anotando, subrayando y doblando hojas. En verano ya hice esa relectura. En febrero leí Adulterio, otro libro de cuentos excelente. Hay otra colección de Dubus, Encontrar una chica en América, que justamente se ha publicado en 2024, y que de momento dejo ahí, a la espera. Para no agotar toda su obra tan pronto. ¿Qué encontrá quien lea a Dubus? Hasta cierto punto a un clásico narrador americano, emparentado, cómo no, con Cheever o con Carver. Pero encontrará un toque muy particular. Un narrador lírico, muy detallista, melancólico, a veces francamente negativo, que sabe sacarle brillo a cada página.

Terminando el año me atreví a meterme con los cuentos completos de T. C. Boyle. Siempre es un poco arriesgado meterse en la narrativa completa de un autor. Sus cuentos, que edita Impedimenta, vienen bajo el título de Cuentos incompletos, pero son una narrativa casi completa. Y los cuentos de T. C. Boyle son únicos. Son el futuro visto desde los años ochenta. Son retos y desafíos técnicos resueltos con maestría. Hablaba con un amigo, también escritor, sobre ellos, y recuerdo que le dije que eso, exactamente eso, es lo que llevo veinte años intentando hacer. Que mis cuentos suenen así. Realistas pero alucinados. Idos pero lúcidos. Son una maravilla.

He anotado como destacados algunos otros libros de cuentos. Demasiada felicidad, de Alice Munro, El jardín, de Ismael Grasa, los libros de Magalí Etchebarne (Los mejores días y La vida por delante, especialmente el segundo), Una manada de ñus, de Juan Bonilla o Las chicas no lloran, de Olivia Gallo. Estas navidades leí con gusto, por si alguien quiere anotarlo para las próximas, Espíritu festivo, de Robertson Davies. Estupendo para leer junto a la chimenea.


Novela: No he leído demasiada novela. Al menos de la que se identifica claramente como tal, de la que pone unas reglas claras y las cumple y se puede identificar como ficción ortodoxa. Aun así, las ha habido buenas y muy buenas. Destaco, repensando lo leído, Perder el equilibrio, de Miguel Ángel González, una historia de venganza y mucho más, Muerte de atlante, de Rafael Balanzá, un claustrofóbico ejercicio de malabarismo narrativo del que se sale muy satisfecho, La conejera, de Tess Gunty, en la frontera entre la narrativa juvenil enloquecida y la reflexión lúcida sobre nuestro mundo, Arthur & George, de Julian Barnes, un novelista que siempre es sólido y siempre da satisfacción a quien lo lee o Las hijas de otros hombres, de Richard Stern, una novela que podría ser, repensada y releída, incluso una obra maestra. De esas que decimos menores, pero obra maestra. Pero necesitaría una relectura para llegar a decir tanto. No diría tanto como obra maestra, pero me sorprendió y me pareció de una gran solidez Jugadores de billar, de José Avello. Lo encontré en verano en una librería de casualidad, sin ninguna referencia, y me pareció una novela muy bien construida, que aguantaba perfectamente el tono durante más de seiscientas páginas. Y que es una gran desconocida de la narrativa española. Esa en la que se celebran con tantos aplausos novelas de seiscientas páginas de tono realista que se caen por todas partes.


Ensayos y divulgación: Decía que llegué a la obra de Nassim Nicholas Taleb con ciertos prejuicios. Conocía el concepto de cisne negro, y lo conocía por habérselo escuchado a alguno de esos periodistas que de todo opinan y devalúan cualquier idea. Eso, la verdad, me hacía desconfiar de la propia idea. Taleb presenta en El cisne negro una idea central. ¿Cuál? Que lo altamente improbable también sucede. Y que lo impredecible, por su naturaleza, impacta de manera definitiva en el mundo. Un cisne negro, para entendernos, es la pandemia del covid. Nadie la tenía en mente un año antes, pero sucedió. Y sucesos de esa magnitud suceden. Y nos pillan desprevenidos y alteran todo. Y quizá, y es la propuesta de Taleb, deberíamos intentar vivir con un marco mental menos gaussiano, siendo conscientes de que no siempre pasan las cosas que se supone que deben pasar. Y lo que viene a proponer en otros de los libros que he leído, Antifrágil y Jugarse la piel, es aprovechar lo improbable a nuestro favor. Esencialmente, siendo conscientes de que existe. Taleb escribe muy bien. Resulta brillante (aunque a veces se emborracha de brillantez y peca de poner un marco ellos (los académicos que no entienden el mundo) – yo (que estoy escribiendo este libro porque sí entiendo el mundo) demasiado simplista) y muy didáctico. Algunas ideas te convencerán, otras te resultarán excesivas. Pero creo que vale la pena leerlo. Sus ideas apuntan a las de Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, que ya me gustó mucho el año pasado, o yendo a pensadores más clásicos, a las de Karl Popper. Pensando en números y su manejo, también me ha parecido un libro de primera La señal y el ruido, de Nate Silver.

Más orientados hacia la divulgación científica, disfruté mucho, y creo que cualquiera puede hacerlo, con Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León Panal, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer, La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso, de Martin Gardner o Genes, chicas y laboratorios, de James D. Watson.

En otro mundo de intereses, he leído dos libros excelentes sobre la moda, la industria de la ropa y sus excesos. Libros que intentan animarte a valorar más lo bien hecho, y a buscar un modelo más sostenible. La moda justa, de Marta D. Riezu (que me ha parecido un libro mucho más redondo que Agua y jabón, la verdad) y Fashionpolis, de Danna Thomas. Merece la pena asomarse y pensar un poco sobre el exceso.


Memoria y no – ficción: Quizá sea esta sección (si lo es) aquella a la que dedico más tiempo desde hace algunos años. Este ha vuelto a pasar. Y quizá es aquí donde encuentro un mayor porcentaje de éxito en mi búsqueda de lecturas. No sé si este es el sitio de Por qué escribo, de Félix Romeo o En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte. Lo sea o no, que es lo de menos, son libros que se disfrutan. Textos cortos, textos bonitos, libros que se quedan contigo semanas después de haberlos leído. Nada es verdad, de Veronica Raimo, entra como otro libro bonito y ligero, pero te va haciendo heriditas por dentro. Es una de esas crónicas de vida familiar en las que cualquiera puede verse reflejado, en distintos grados. Y en las que no importa, o no debería, lo reflejado que te veas, sino cómo te arrastra. Un libro para leer en una tarde y releer al cabo de algunos meses. El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, de Stephen Koch es un libro que probablemente esté descatalogado o casi. Por suerte tenemos bibliotecas y tenemos iberlibro. Vale mucho la pena leerlo y ver lo profundamente humano que es engañarse por una ideología. Justificar lo que sea porque es lo que toca justificar al paso de la banda militar de una visión del mundo. Cosas que reconocemos a poco que miremos a nuestro alrededor, la verdad, y que Koch nos enseña de dónde vienen. Interesa tanto como da miedo. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien es uno de los mejores libros que he leído, no este año, sino en mi vida. Te arrastra. Son memorias de experiencias en Vietnam, no queda claro si del propio O´Brien o de aquellos a quienes conoció, no queda claro cuáles exactamente reales y cuáles más ficcionalizadas. Da igual. Rezuma verdad. Es auténtico. Duele. Mucho. En esa misma línea de duele y duele mucho está La llamada, de Leila Guerriero. De Leila Guerriero me alejaba la banda de música que acompaña celebrando cada una de sus columnas. ¿Son buenas? Seguro, pero no sé si para tanta celebración. El caso es que volví a vencer prejuicios y cogí La llamada. Y no lo sueltas. Es imposible soltarlo. Es horrible y es precioso. Es la historia de Silvia Labayru, montonera, quizá no mucho, quizá no con grandes convicciones. Tal vez una chica frívola. ¿Qué importa? Fue una mujer secuestrada, violada y torturada por los militares argentinos. Y fue (y es) una víctima de la dictadura a quien otras víctimas se sintieron con derecho a cuestionar. Ella es un personaje fascinante. Que no quiere ser, nada más, víctima. Una mala víctima, en muchos aspectos. Y eso la convierte en un personaje complejo, lleno de detalles. Un libro de primera. Quizá mi libro preferido del año, aunque me preocupe poder coincidir con un conocido semanario de libros. Después de este, quise leer más de la autora. Y leí Opus Gelber, un retrato menos truculento pero igualmente glorioso del pianista argentino Bruno Gelber. Y una de mis últimas lecturas del año ha sido, biblioteca mediante, otro de Guerriero. Los suicidas del fin del mundo. Patagonia, epidemia de jóvenes que se suicidan. La testigo que va allí a ver, a escuchar. Muy bueno también. Cierro con un libro que no esperaba. Lo normal es que nunca hubiera dado con él. Pero gracias a un podcast que aprovecho para recomendar, El trastero (solo por la música de blues que pone ya valdría la pena), me enteré de su existencia. Y lo encontré. Y lo devoré. ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?, de Toni Orensanz, es un modelo de cómo escribir una biografía sobre alguien fascinante y hacer que el lector, que no sabía que lo necesitaba, tome conciencia de que necesitaba leer un libro sobre ese Edie Balchowsky. ¿Y quién es? Cabría preguntar quién no fue. Un músico americano, de formación clásica y origen judío, que se enroló en las brigadas internacionales y perdió un brazo en Aragón. Volvió a los Estados Unidos con una adicción a las drogas iniciada por aquellos calmantes para el dolor y un brazo de menos. Y siguió siendo pianista. Se dedicó al jazz. Como aquel mago argentino al que le faltaba un brazo y quiso aprender a hacer trucos con el que tenía. Balchowsky decidió que tocaría con una mano. Y lo hizo por clubes. Y aprendió a pintar y sus cuadros llegaron al museo de Chicago. Y fue un drogadicto. Y un mal padre. Y un mal amigo. Pero también fue un buen amigo. Y un buen padre. Y un tipo, como todos, complejo. Y un punto de referencia durante décadas en ciertos ambientes, ciertos clubes, ciertos callejones. El tipo del que se contaban toda clase de historias. El tipo que era una leyenda. Como el personaje de una canción de Tom Waits.


Y esto ha sido todo.


Mañana, eso sí, habrá una lista de las 10 mejores lecturas del año. Ha sido muy difícil elegir y ordenar. Y eso no podía ser mejor síntoma de lo bueno que ha sido el año en cuanto a lectura.


Saludos cuentistas


Sr. E

sábado, 30 de marzo de 2024

Declaración trimestral: lecturas de enero a marzo de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de enero a marzo de 2024


Voy a intentar darme un paseo por aquí aunque sea cada tres meses y reflexionar un poco sobre lo que he ido leyendo. Escribir y explicar me ayudan a entender mejor lo que leí, supongo que como a todos.

Han salido buenas lecturas, muy buenas en muchos casos, al pensar en este trimestre. Novela, ensayo, relato, libros de esos que no sabes muy bien dónde poner pero que sin duda son de los más interesantes que uno se puede encontrar.

Como se trata de ordenar mis ideas y de que quien se acerque por aquí apunte algún título recomendado, voy a evitar hacerme mala sangre (ya me la hice en el momento de la decepcionante lectura) y no hablaré mal de algunos libros fenómeno que no justifican ningún tipo de pirotecnia alrededor. Y no hablo de bestsellers con escasa calidad o de subproductos variados. A esos no suelo acercarme. O si me acerco sé lo que son y lo que se puede esperar. Hablo más bien de libros que críticos, reseñistas, comentadores en radios y en podcasts y el habitual largo etcétera recomiendan y que no tienen sustancia alguna. No hablemos de los gustos de cada cual. A mí no me gusta Antonio Lobo Antunes pero veo que es literatura de primera. Y me gustan escritores que no son los mejores prosistas del planeta. Deberíamos saber qué es un buen libro, qué es una buena novela, un relato bien construido o un ensayo que aporta algo. Creo que con cierto bagaje lector encima sabemos de sobra, leyendo un capítulo o un par de páginas cuándo un libro es banal. Decíamos que no veníamos a hacernos mala sangre.

Libros que terminé en enero pero venían casi del año pasado:

Me pasó con dos libros de Carrère. El estrecho de Bering es una buena lectura. No es un Carrère top pero se lee bien, y tiene interés por lo que cuenta, una historia de la ucronía y por lo tanto una historia de lo que no ha sucedido. Y es interesante porque Carrère parece que está tomando notas y escribiendo para sí mismo y nos va preguntando qué hubiera pasado si... enlazándolo con decenas de obras y situaciones históricas. El otro libro de Carrère que cambió conmigo de año fue V13. Son las crónicas del juicio por el atentado de la sala Bataclan de París, en noviembre de 2015. Confieso que llegué a él desde la pereza. Me parecía que sería un refrito de aprovechamiento de la editorial. Ya que Carrère había estado escribiendo para la prensa sobre el juicio, lo empaquetamos, encuadernamos y vendemos. Lo estuve viendo semanas en la biblioteca y me resistía. Y en un momento bajé la guardia y lo cogí y es un libro de primera. Son crónicas periodísticas del juicio pero todas juntas tienen una coherencia y una hondura que te va haciendo un nudo en la garganta. Seguramente fue el primer gran libro que he leído este año.


Algo divulgativo: Disfruté como un enano, algunas semanas después, de Historia de las especies invasoras, de Ángel Luis León. Mi formación académica es científica pero la Biología es una de las disciplinas de las que menos sé en el mundo. Posiblemente mi último curso reglado en Biología fue 3º de la ESO y nunca he sentido mucho interés por leer sobre ella. He leído mucho más, alejado de mi formación, sobre historia, sobre sociología, sobre cine y artes. Me encantan, eso sí, los libros de curiosidades. Y este lo es. Empieza con los hipopótamos del zoológico de Pablo Escobar, convertidos en reyes del entorno desde que se escaparon, y desde ahí va hacia arriba. Noto, cuando leo divulgación y ensayo, en general y con lo que tiene de injusta la generalización, una diferencia evidente entre el ensayo y la divulgación que viene del ámbito anglosajón y una tradición más centroeuropea y francesa, que marca más el molde en España. La diferencia se manifiesta en la calidad narrativa. En la intención de llevarte por el tema con imágenes potentes y un ritmo bien llevado. Cuando leo divulgación espero algo así. Y aquí está. Es un libro estupendo, supongo que poco conocido, y muy disfrutable para cualquiera con curiosidad. Edad de 10 a 99 años, como se suele decir.

En una línea parecida, brillante, entretenido y capaz de conducirme por el mundo de la biología, aquí especializándose en la genética y no en la zoología, Tiene la sonrisa de su madre: poder, deformación y potencial de la herencia, de Carl Zimmer es otro libro estupendo. Divertido, lleno de conocimiento y relacionando la herencia genética con todos los ámbitos en los que la herencia, desde lo más material a lo más espiritual, puede aparecer.

He leído estos meses un libro que no conocía de Carson McCullers, Reloj sin manecillas, y solo puedo decir que todo lo que se lee de Carson McCullers vale la pena. Es una novela delicada, brillante. Fue el último libro que Carson McCullers escribió y el tema central podríamos decir que es la muerte. Un farmacéutico de un pequeño pueblo sureño se enfrenta al diagnóstico de una enfermedad mortal y debe aprender a convivir con ello. Su visión del mundo cambiará (cómo no va a hacerlo) y me recordó a la película (estupenda), Living, de hace un par de años, remake de Vivir de Kurosawa.


Un gran descubrimiento: Llegué a su nombre por una recomendación vista en redes sociales, no recuerdo exactamente dónde. Algo bueno tienen también las redes, no se lo neguemos. Leí y apunté el nombre de André Dubus y viendo que lo editaba Gallo Nero y lo bonitas que eran las portadas fui a la biblioteca a por algo. Leí Vuelos separados, que fue la primera colección de relatos publicada por el autor, en 1975. Y fui a comprarla para poder releerla a no mucho tardar y subrayar y apuntar sobre ella. Hay al menos dos relatos ahí dentro a los que el calificativo de obra maestra no les queda grande. Y después pude leer Adulterio y puedo decir lo mismo. Estoy esperando la creo que inminente publicación de Encontrar una chica en América para volver a entrar en ese mundo de historias de parejas que se rompen, de tristezas íntimas y de decepciones y miedos. La obra de André Dubus, esos relatos tan estupendos, me llevaron a plantearme por qué unos autores americanos nos llegan y nos los venden como los grandes autores de su generación y otros nos acaban llegando casi cincuenta años después y son escritores de primera. Me gusta Carver, o me gustó Carver, pero me pregunto qué tenía Carver para que nos bombardearan con él y para que fuera la entrada a un canon en el que empezamos muchos a leer a finales de los noventa y primeros dosmiles y no tenían Tobias Wolff o Lorrie Moore o André Dubus o Deborah Eisenberg. Y ya sé que Lorrie Moore es muy conocida, pero no como Carver, y Tobias Wolff tuvo unas cuantas obras en España, y hasta sus cuentos completos, pero sin comparación con lo que había alrededor de Carver hace veinticinco años.


Algunos clásicos: He leído algunos clásicos. Y los he disfrutado. He vuelto a leer La casa lúgubre (anteriormente titulada como Casa desolada) y confirmo que me parece el mejor libro de Dickens. He leído, y nunca lo había hecho, Madame Bovary. Me encantó. Es absurdo que yo diga eso, ya lo sé, porque al final los clásicos son los que deben. Disfruté también la breve lectura de la edición con El crimen de la Calle Fuencarral y El crimen del cura Galeote, de Pérez Galdós. Algún día terminaré de leer, que lo cojo y suelto por temporadas, Las ilusiones perdidas, de Balzac.


Disfruté mucho, aunque: De Lake Success, de Gary Stheyngart. Lo leí con ansia. Lo devoré, como se suele decir. Es una novela muy bien armada. Una obra pop nihilista sobre yonquis del éxito y el dinero que descubren que la vida no va siempre cuesta abajo, esencialmente. El aunque, los peros, los tengo por ahí. Creo que no es para cualquiera. Pero creía que no era para mí. Lo cogí en la biblioteca sin tener muy claro por qué y lo disfruté. Pero dejo la advertencia de que no a todo el mundo le convencerá.


Libros anfibios: Tengo apuntados tres libros que me gustaron mucho, cada uno por sus motivos, y que creo que no pueden ser más distintos entre sí. Los últimos días de Roger Federer, de Geoff Dyer, toma a Federer como excusa e hilo conductor y escribe sobre el final. El final por la muerte, el final por el abandono, el final por el olvido, el final por la rendición. Es un libro corto, poético, con capítulos más cortos. Se lee a sorbitos, si puede ser al sol de invierno, con un té cargadito o un buen café en la mano. Buscaré más libros del autor, que parece tener intereses muy variados y obras sobre temas diversos. No creo que vaya a leer algo mejor este año que Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien. Es novela pero no es ficción pura. Tampoco es memoria ni crónica. Es un poco de todo y es una experiencia de lectura brutal sobre lo que tener 20 años y pasarte dieciocho meses en Vietnam puede suponer. ¿Cómo se vuelve de algo así? ¿Se vuelve? ¿Es posible? ¿Qué pasa con los fantasmas de los que no vuelven? Todo eso está en el libro, y la lectura tira tanto de ti como la sensación de que deberías dejar de mirar, porque resulta una experiencia violenta. En presencia de Battiato, de Eduardo Laporte, es un libro pequeño y muy bonito. Habla, no hay sorpresa, de Franco Battiato. Y habla sobre todo de lo importante que el arte puede ser en la vida de una persona. El arte, aquí la música de Battiato, acompaña, consuela, enseña, nos lleva a pensar en nuevos caminos. Soy battiatiano tardío. Llegué a él después de su muerte. Por un amigo que representa lo mismo que gente como Laporte, que se vio tan afectado y ante un vacío tan grande que tuvo que sentarse y escribir un libro. Olé por el editor que decidió ir adelante con la idea, añado.


Los viejos amigos: Quienes paseáis de vez en cuando por el blog sabéis que no me gusta decir que este es el mejor libro del mundo y callarme que es de mi amigo. Me parece poco honrado. No soy objetivo con mis amigos porque son mis amigos. Cualquiera lo entiende. Tengo la suerte, con todo, de tener pocos amigos escritores (eso ya es una suerte, cualquier escritor con muchos amigos escritores os lo podría confirmar) y de que sean muy buenos. Baste decir que no tendré más de cuatro escritores en mi agenda del móvil y dos de ellos han sido ganadores del Premio Café Gijón. Hablamos de escritores de primera, miembros de ese selecto club. Los dos han sacado libro en este trimestre.

Miguel Ángel González llegó a finales de enero con Perder el equilibrio. No es su primera novela, pero es quizá la primera de sus novelas que va a llegar a un público más grande. De momento ya está nominada al premio a la mejor novela negra del Festival Valencia Negra de este año. Perder el equilibrio es una historia de venganza. Jonás ha perdido mucho más que una pierna. Ha perdido una vida y quiere que alguien pague por ello. Y urde un plan que iremos descubriendo capítulo a capítulo, entre viajes a otros lugares y vueltas al pasado y el futuro. Seca y poética, se adapta perfectamente al molde de la novela negra pero lo enriquece. Chandler también escribía novela negra. James M. Cain. Este libro de Miguel Ángel se acerca más a Cain que a Chandler. Por si os suena menos, aprovecho para recordar que Cain es un autor enorme. La novela tiene poesía y bajeza. Vuelos transatlánticos y un plan que se va acercando a su resolución. Humor negro. Un muy buen libro.

Rafael Balanzá eligió el 29 de febrero, y apuesto a que no fue casual, para que saliera su nueva novela después de seis años. Muerte de atlante es un libro que a primera vista podría parecer también una novela negra. Pero creo que le encaja mejor la etiqueta de thriller. Balanzá se resiste siempre a los moldes y los subvierte desde dentro. Hay narración pura y thriller. Hay de hecho una historia super concentrada, doce tensas horas en el interior de un buque dedicado a la investigación en el que aparece el cadáver de una de sus tripulantes. No será, e intento no destripar demasiado, el único. No hay que averiguar quién ha sido. Lo sabemos. Hay que asistir a lo mejor y a lo peor, sobre todo a lo peor, de la condición humana. Los libros de Rafael Balanzá suelen ser profundamente humanos, y sirven para recordarnos lo peor de la especie. Algo que puede considerarse accidental pone en marcha la trama. Y hay que sobrevivir.


Lo que me dejo: apuntes sobre una serie de ensayos que estoy leyendo y que están modificando algunas de mis ideas sobre el mundo y la manera de estar en él, por grandilocuente que suene. Intentaré dedicarles un post cuando los acabe de pensar. Y la mala sangre que quería evitar al pensar en algunas lecturas fallidas, no por fallidas sino por celebradas en su insustancialidad. Hay un título, ahora vuelvo a verlo, que quizá necesite un ajuste de cuentas, pese a todo.

Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.

Felices lecturas

Sr. E