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domingo, 30 de junio de 2024

Declaración trimestral: lecturas de abril a junio de 2024

Declaración trimestral: Lecturas de abril a junio de 2024


He cumplido con el propósito de volver a pasarme por aquí sin dejar pasar demasiado tiempo. Acaba el segundo trimestre del año y aprovecho para repasar lo leído y dejar algunas recomendaciones. Para quien ande buscando lecturas veraniegas le puede servir.

Me hace gracia que pensamos en lecturas veraniegas como mamotretos con poca exigencia. Novelas que se mojan al salir de la piscina o que se llenan de arena bajo la sombrilla en la playa. Pero la lectura y el verano dan para todo. O deberían. Y hay ediciones de bolsillo estupendas de clásicos y novelas ambiciosas que pueden ser igual de todoterreno para entrar y salir de mochilas, bolsas de tela y esconderse bajo toallas mientras nos damos un chapuzón. Tenemos que conseguir que se vea igual de normal estar leyendo Los ensayos de Montaigne, en alguna edición económica (y aunque no sea completa) que la enésima novela de detectives de ese mismo autor norteuropeo del que tanto hemos oído hablar.

Las lecturas de este trimestre han sido en general buenas. Las ha habido excelentes y las ha habido más normalitas. Intento que nunca las haya malas.

Os cuento algunas cosas.

Ensayo, entre lo matemático y lo filosófico: Nassim Nicholas Taleb. Que un libro ha trascendido de su público inicial se sabe cuando un tertuliano de radio cualquiera utiliza uno de sus conceptos como si supiera de qué está hablando. Es el caso de la idea de cisne negro que puso en circulación hace casi veinte años Nassim Nicholas Taleb, matemático americano de origen libanés. Resumiendo mucho, un cisne negro es un suceso altamente improbable, imposible de predecir por esa altísima improbabilidad pero que sin embargo se produce. Y al producirse, altera sustancialmente todo a su alrededor. Por ejemplificar: la pandemia del covid fue un cisne negro. Solo a posteriori vimos a tantos expertos decir cómo hubiera sido posible saber que algo así iba a suceder. En la práctica sabemos que la próxima pandemia nos pillará de nuevo por sorpresa (porque ahora solo visualizamos pandemias de virus aéreos, similares al covid), y si no es una pandemia será cualquier otro fenómeno. Taleb defiende, desde una visión muy personal, que encaja en una corriente del empirismo representada por Locke o Karl Popper, que los cisnes negros existen. No vamos a saber cuáles son, no podemos predecirlos en particular, pero sí sabemos y podemos predecir que cruzan la realidad. Y movernos en un mundo de modelos ideales, como si la humanidad obedeciera exclusivamente a leyes físicas (son muy interesantes sus diatribas contra los modelos económicos y en general toda clase de platonismos) y los cisnes negros no existieran, es simplemente absurdo. Por no decir estúpido. El cisne negro es un libro ágil, para cuya lectura no hacen falta conocimientos matemáticos, y Taleb expone con brillantez lo que quiere decir. Lo cual no implica que nos convenza siempre. Porque no siempre lo logrará. Y está bien que así sea, que podamos discutir con el autor y su libro. Después de El cisne negro leí Antifrágil, que es una continuación espiritual del primero, y aunque las ideas, por repetición, pierden fuerza, la escritura es igual de potente y hay imágenes y conceptos muy aprovechables.


Taleb me llevó a leer algo más de Karl Popper. Como alguien que estudió Físicas y que se interesó por su historia y su metodología y filosofía, había leído algo de él. Había leído un poco de Popper y al menos La historia de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn, para tomar partido en esa diatriba sobre qué es y qué no es la ciencia y sobre todo la realidad que nos sitúa más cerca de uno o del otro. Estos meses leí Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual, de Karl Popper. Es un libro que nos lleva a la centroeuropa de principios del siglo XX con todo lo que eso significa. Tiene las memorias personales e intelectuales de Popper, quien comenzó trabajando como aprendiz, fue maestro de escuela primaria y desde aquella escuela fue escribiendo sus ideas y primeros libros. Tiene algo de El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y tiene mucho de reconstrucción del pensamiento de alguien que se interesó por todas las grandes cuestiones del siglo XX.


Sin alejarnos mucho del antiguo Impero Austrohúngaro, llegué a Maniac, de Benjamín Labatut. Leí hace menos de dos años Un verdor terrible. Aquel me llenó más. Y creo que no soy el único lector al que le ha pasado. Es más poético, más concentrado, más potente. Pero Maniac es una lectura que vale la pena. Sobre todo para los decepcionados (que somos muchos) con la decepcionante película de Oppenheimer. En Maniac el protagonista, en paralelo con esa construcción del conocimiento que podía abrir las puertas del cielo como las del infierno, es John Von Neumann. No es el mejor libro para conocer a Von Neumann (ese quizá sea El dilema del prisionero: John Von Neumann, la teoría de juegos y la bomba, de William Poundstone), pero es un muy buen libro. Y es que Von Neumann es un gran personaje. Es el siglo XX. Un intelecto brillante (de los más brillantes del siglo XX, y esto lo decía Albert Einstein y casi cualquiera que coincidiera con él) y un tipo peligroso, capaz de poner en juego cualquier cosa con tal de experimentar un poco más. Un niño que disfruta destripando camiones de juguete, aunque pueda llevarse por delante a la humanidad.


Experimentos sociales y maltratos salen a montones en La llamada, de Leila Guerriero. No había leído nada de Guerriero (bueno, sí, algunas columnas en prensa, pero nada largo) y empiezo reconociendo mi pereza ante el libro. No ante él sino ante la unanimidad que lo señalaba como uno de los libros del año. Esos libros (vale igual para pelis, obras de teatro etc) que nacen unánimes me echan para atrás. Yo esperaría que fueran los lectores los que fueran señalando lo que les gusta. Sin meterme más en estrategias de marketing, terminé el libro diciéndole a todo el mundo que es uno de los libros del año. Y que difícilmente leeré algo mejor este 2024. Es la crónica de la militancia, tortura, malos tratos y vida posterior de Silvia Labayu. Chica bien, hija de familia de dinero, militante de montoneros, apresada durante más de un año, con unas condiciones particulares que hicieron que muchos de sus antiguos compañeros desconfiaran de ella. Leila Guerriero aprovecha muy bien al personaje de Labayu para construir una historia contraintuitiva. Las víctimas son los personajes principales del mundo que hemos construido. Y ella es víctima, se sabe y reclama ser víctima, pero no quiere ser y casi desprecia a quien es víctima profesional. En el libro aparecen mil temas interesantes. Machismo y la negación de lo que fueron violaciones, para empezar. Las sospechas. Los venenos. La capacidad de algunos para decir nos equivocamos y la incapacidad de otros para decirlo, porque sería reconocer que sus mejores años fueron desperdiciados. Silvia Labayu es un personaje de primera y con ese material Leila Guerriero hizo un libro de primera.


Hablaba de los libros que se van haciendo unánimes poco a poco frente a los que vienen con la unanimidad impuesta. He tardado un año en leer Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado. Y fue llegando la unanimidad a su alrededor. Y por lo que al fin leí, bien merecida. El año pasado quise ir a la presentación en Madrid, pero una combinación de horarios laborales y familiares lo hizo imposible. Y dije, a la próxima. Y al final pues tuve que ir a una librería a comprarlo cuando ya pensé que no quería postergarlo más. Yeguas exhaustas es un artefacto extraño. Muy cansado y bien ajustado. Es una novela, o es al menos una narración, y tiene mucho de memoria (imagino que personal, aunque prestada al personaje de Beatriz) y de reflexiones. De género, muchas, y eso está bien pero lo tenemos en muchos otros libros, y sobre todo de clase, que falta muchas veces en esas reflexiones de género. Si hablamos de feminismo interseccional, aquí lo tenemos. De la terreta, de cercanía, de una huerta valenciana a la universidad, de quien vio a sus padres deslomarse y llegó a tener un doctorado y dijo, aquí hay trampa. Me valen de poco las lecturas de quien nos cuenta lo duro que le resultó ser mujer siendo millonaria. Entre millonarios es más difícil ser mujer que hombre, no lo pongo en duda. Pero vistas en un contexto amplio, no son dificultades reales, compartibles por las lectoras comunes. Aquí hay mucha vida común. Mucho día a día. Mucha toxicidad y muchísimo cansancio. Lenguaje cuidado y perfectamente ajustado, veneno medido. Un libro muy particular y muy interesante. Para club de lectura y debate. Quizá no estaría de más que para club de lectura y debate en institutos (que sé que se ha utilizado en institutos, pero que no está de más pedir que se use en más institutos).


Más familia y más memoria es lo que hay en Nada es verdad, de Veronica Raimo. Nada es verdad es un título intercambiable con Todo es verdad. Todo en este librito suena a honesto y verdadero. Y como sabemos, lo honesto y lo verdadero es, a efectos literarios, mucho más importante que lo cierto y lo verídico. Estas memorias familiares, estas historias de un padre obsesionado con trocear los pisos, una madre angustiada por la desaparición de sus hijos del mundo y dos hijos brillantes pero que acaban siendo escritores (en vez de desarrollar todo ese talento que les ha sido dado, para disgusto de quienes los rodean) son divertidas, tiernas, y a su manera llenas de amor. Un muy buen libro para leer a la orilla del mar. O eso me parece ahora mismo.


Una autora clásica de la que no había leído nada es Marguerite Duras. Y leí Los caballitos de Tarquinia y me pareció un libro perfecto. Precioso, bien medido. Nada más que decir. Seguiré leyendo a la autora.


He estado releyendo cuentos (Todos los besos del mundo) y ensayos y no ficción (Por qué escribo) de Félix Romeo. Félix Romeo se murió joven y dejó poco publicado. Pero siempre vale la pena volver a leerlo. Conseguí y leí el único de sus libros que no tenía y no había leído. Es Amarillo. Se suele decir que es un libro sobre el suicidio de un amigo de Romeo, que se tiró por la ventana del piso que compartían en Barcelona cuando los dos tenían veinticuatro años. Pero es realmente un libro sobre la idea del suicidio y lo desamparados que nos deja saber que existe esa puerta. Es un libro triste, cómo si no. Es un libro bien escrito. Hay fragmentos del amigo y fragmentos de Félix Romeo, que se desarma para intentar entender lo que no se entiende o se entiende de sobra. Está la inmensa sombra de Camus y Sísifo y está la sombra de Handke y aquel libro tan difícil de olvidar cuando se ha leído que es Desgracia impeorable. Y está la inmensa figura de Félix Romeo y está la idea de pérdida.


También he aprovechado estos meses para releer a Eduardo Halfon. Estuve, en paralelo a la Feria del Libro de Madrid, en la presentación de su última novela, Tarántula. Halfon siempre escribe bien y siempre es interesante, pero yo no he leído todavía esa novela. Así que, aunque supongo que será un buen libro, me parece aventurado recomendarla. Sí aprovecho para recomendar casi cualquiera de sus libros. Yo he estado releyendo (algunos completos, otros solo a trozos) Signor Hoffman, El boxeador polaco (¿tal vez su obra magna?), Biblioteca bizarra (su libro menor estupendo) y Clases de chapín. Tal vez Halfon, por temas y miradas, no parezca muy veraniego. Sea contraclimático. Pero tal vez, bien leídos y metabolizados, Biblioteca bizarra o Clases de chapín sean estupendas lecturas para viajes cortos o largos, porque ocupan poco, pesan poco y pueden leerse muchas veces sin que se agoten.


Después de años sin leerlo (no por nada, sino porque me di un atracón hace cinco o seis años) encontré en la biblioteca algo de Georges Perec que no había leído. Pensar / clasificar es otro libro para aprender a mirar el mundo de manera diferente. Perec es un autor para aprender a mirar el mundo de otro modo. Como pequeños sociólogos aficionados, como paseantes observadores. ¿Qué mejor para el verano que aprender a mirar de otro modo?


Nunca había leído a Joan Didion como ensayista. Como novelista, que era lo que había en la biblioteca, nunca ha acabado de convencerme. Pero conseguí, después de mucho tiempo, hacerme con una copia de Los que sueñan el sueño dorado. Y es verdad que tiene algo. Es una recopilación de escritos periodísticos y pequeños ensayos y lógicamente los hay brillantísimos y más normalitos, pero los buenos son muy buenos. Me sorprende, eso sí, que la mirada clasista y siempre juzgadora que tiene Didion no haya sido repensada y recalificada en las últimas décadas. Más bien al revés, parece que siguen llegando legiones de seguidoras a sus textos.


Y voy terminando. Si queríais pensar en libros veraniegos, gordos, narrativos, llenos de giros, algo a lo que pasar páginas desde la orilla del mar, también he leído algunas cosas en este trimestre que os podrían ayudar en ese fin. Van listados, sin más. Todos están bien construidos, con todos se te van las horas de lectura.

¿Puedes oírme?, de Elena Varvello.

El explorador, de Tana French.

El reloj de sol, de Shirley Jackson.

Y ayer mismo, en una silla plegable a la orilla del mar, terminé de leer Después, de Stephen King.

Lo dicho, hay buenos libros recogidos en estos apuntes.

A la vuelta del verano habrá algunos más.

Ha habido libros decepcionantes, pero no vale la pena hacer sangre. Me los guardo, no lea alguien esta entrada en diagonal, los pille y luego me culpe.


Seguiremos leyendo. Y comentándolo de vez en cuando.


Felices lecturas


Sr. E

viernes, 10 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (IV): Libros para niños y para mayores. Hambre de lecturas.


Cuentos para la cuarentena (IV): Libros para niños y para mayores. Hambre de lecturas.

Sé que los servicios de compra online de todo tipo siguen funcionando, y que se pueden conseguir libros igual que se puede seguir comprando casi de todo. Pero he decidido no utilizar esos medios, y no contribuir a que esos repartidores tengan que estar paseando por las calles con la que tenemos encima (si nos surge alguna emergencia, tendremos que recurrir a esas compras, pero de momento no pensamos que los libros sean una). Eso no quita que siga pensando, como cuando se podía salir a casa, en nuevos libros que me gustaría leer. Y que eche así aún más de menos las bibliotecas públicas, de las que mentalmente me he despedido hasta dentro de bastantes meses (porque creo que por la clase de establecimiento que son, y el intercambio de libros tocados por lectores y bibliotecarios, no serán de los lugares que primero se abran cuando se pueda empezar a salir). Habitualmente, según voy leyendo libros, voy pensando en nuevas lecturas, buscando información sobre esos libros, no de un modo consciente, sino de ese modo en que las lecturas te van apareciendo, por referencias en otros libros, en webs, en conversaciones con amigos, …

Mantengo mentalmente la rutina, y aunque no puedo salir a buscarlos, he ido anotando en estos últimos días algunos libros, para que sean mis próximas lecturas. ¿Cuándo? Cuando pueda ser.

Memoria:
Por el pasado llorarás, de Chester Himes: Hubo una época en mi vida en la que casi todo lo que leía era relato breve o novela negra. Duró algunos años. Y además de los escritores más conocidos y reconocidos, di con otros, también reconocidos, aunque menos conocidos, pero de los que me enamoré y leí todo lo que encontré. Uno fue Chester Himes. Aunque Himes, hay que decirlo, tiene una obra muy irregular, llena de novelas en las que se nota que fueron escritas de manera rápida, siguiendo un molde y abusando de la violencia y del sexo (también violento). Pero algunos libros son estupendos. Tal vez este sea el mejor, una rememoración de sus años en la cárcel (a donde fue por robo a mano armada). Una experiencia que quienes nunca hemos pasado no podemos ni imaginar (por más que nos encante que nos digan que estamos siendo unos héroes quienes únicamente estamos en casa, sin salir más que a tirar la basura cuando se acumula o a hacer la compra una vez a la semana, y creamos que lo hemos aprendido todo sobre encierros). La cárcel (y más en los años 30, y más para un negro en Estados Unidos), era un sitio que llevaba al límite el aguante mental de una persona. Recuerdo que era un libro desolador. Terrible en lo que contaba, pero capaz de contarlo con cierta belleza casi lírica.

Salón de pasos perdidos, Diarios de Andrés Trapiello: Hablé en algún momento del año pasado de que estos diarios de Trapiello llegaron a mi mesita de lecturas casi contra mi voluntad. Había oído hablar de ellos, había leído grandes elogios, pero nunca pensé que fueran a atraparme. Y el caso es que me atraparon. Leí seis o siete volúmenes durante 2019. Y si las bibliotecas siguieran abiertas, tengo claro que uno de los libros que me traería sería alguno de los que aún no he leído. No es que Trapiello sea un hombre excepcionalmente sabio (no lo es), ni muchas veces tampoco se trata de que sea especialmente lúcido (en muchas partes de estos escritos vive demasiado ensimismado en sus propios folios, en la recepción de los diarios, en menudencias, qué dice X sobre lo que escribí hace 7 años, …). Tal y como lo voy a decir sé que va a sonar frívolo, y algo de frívolo tiene, pero ya tengo curiosidad por saber qué dirán en 2026, 2027 o 2028, cuando toque, los diarios de este 2020 tan particular.

Experiencia, de Martin Amis: Me han entrado ganas de releer este libro, de volver a sumergirme en sus páginas de memoria, desmemoria, ajuste de cuentas y vivencias literarias. No lo tengo en casa, y además sé que la edición en bolsillo está descatalogada, porque la he buscado alguna vez ya. Así que esperaré a las bibliotecas para ir a por él y recrearme en su lento paso. De este libro, de su recuerdo, y de su difícil manera de relacionarse con otros escritores (empezando por su padre, Kingsley Amis), me nacen las ganas de leer por primera vez Hitch – 22, de Christopher Hitchens: Las memorias de este periodista y ensayista, muy amigo de Amis durante gran parte de su vida, un tanto distanciados por algunas polémicas hacia el final de los años de Hitchens, a quien no he leído como memorialista, pero sí como ensayista (alguno de sus tratados ateístas: Dios no existe y Dios no es bueno, y el libro que escribió cuando ya tenía claro que iba a morir por su cáncer, Mortalidad).

De los enfados que Amis tiene con amigos a lo largo de Experiencia, recuerdo y saco ganas de leer a Hitchens, y me acuerdo de su distanciamiento con Julian Barnes, amigo y compañero generacional, quien nunca le perdonaría que Amis dejara a su mujer (la de Barnes) como representante, para pasar a la nómina de Andrew Wyles, alias el chacal (en uno de esos escasos giros de la justicia poética, Amis dejó de ser un gran escritor poco después de ese cambio, quizá Experiencia es la coda de sus mejores escritos). También me encantaría poder leer ahora al melancólico Barnes de los últimos años, releer El sentido de un final o El ruido del tiempo, o acercarme por primera vez a La única historia.

Entre las admiraciones inquebrantables de Amis, personaje cambiante, sobreviven Nabokov y Saul Bellow. Me entero de que existen una colección con las Cartas, de Saul Bellow, un autor que siempre me ha gustado (que quizá no está en mi lista de 10 escritores preferidos, pero sí en una segunda lista, o en una lista en la que entraran mis 20 escritores preferidos). Y del que sí voy a releer, ya que están en casa, algunos de sus Cuentos completos, al menos El contacto Bella Rosa, El robo, Memorias de Mosby y Algo por lo que recordarme.

El arte de volar, de Antonio Altarriba: Esta novela gráfica, una de las más reconocidas en España durante la última década, sirve a Altarriba para ponerse al día con su padre, quien se suicidó tirándose por la ventana (de ahí el título) de la residencia de ancianos en la que residía. Altarriba aprovecha el duelo para recorrer la vida de su padre, una vida española que fue desde la Guerra Civil hasta el principio de la década de los 2000, de causa perdida en causa perdida, de derrota en derrota, hasta que decidió saltar. Altarriba cuenta que el impulso inicial de rabia que puso en marcha el libro fue recibir, a los pocos días de la muerte, una llamada de la residencia en la que su padre había estado, recordándole que debía abonar los 4 primeros días de ese mes en el que su padre saltó.

Entre la memoria y la ficción:
Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz: No sé por qué he pensado en este libro. No he leído hasta el momento nada de Amos Oz, pero he leído sobre este libro y he pensado que me gustaría saberlo todo sobre su niñez y adolescencia en un kibbutz, su padre que nunca consiguió plaza como profesor, su madre frustrada que acabó suicidándose, el mundo cerrado al que ponían paredes (literalmente) los miles de libros que esos dos padres incapacitados para la vida funcional atesoraban. Y cómo Amos Oz cuenta que antes que escritor quería ser libro, porque sentía que eran reverenciados. Y la sensación, finalmente, de que debía salir de aquel lugar para desarrollar su vida.

Ficción:

Caminaré entre las ratas, de David Pérez Vega: Hará 3 o 4 años que leí los cuentos del libro Koundara, de David Pérez Vega. Eran relatos escritos con mucha solvencia, y en la línea del relato breve estadounidense de los Carver y asociados, aunque con más desarrollo muscular que los relatos de Carver (eran relatos cortos más parecidos a Tobias Wolff y Richard Ford, para que me entiendan quienes manejan esos referentes). Ahora ha sacado una novela en la que ha invertido esos años que han pasado desde los cuentos, y por lo que ha contado en su blog, debe ser un libro sólido, que me remite más a referentes latinoamericanos (Bolaño, Rey Rosa) y a un mundo urbano y contemporáneo. Se llama Caminaré entre las ratas y habla de un teleoperador en crisis vital (su objetivo era ser profesor, no teleoperador), al que la muerte de un amigo pilla de sorpresa, que escribe sin éxito y al que preocupan cada vez más, en sus paseos por un angustioso Madrid, las consecuencias de la crisis económica, el auge de la ultraderecha, y una simbólica invasión de ratas de la que nadie parece estar dándose cuenta. La salida del libro ha coincidido de pleno con el encierro, así que la ansiedad habitual cuando un libro aparece en una editorial modesta (a cuántas librerías llegará, cuánto lo aguantarán en ellas) se habrá acentuado por la situación. El libro está ambientado en aquellos años 2009 – 2010 y alrededores, de penurias económicas para mucho. Pero puede ser una lectura muy adecuada para lo que nos viene. Me lo dejo apuntado para cuando sea posible celebrar el día del libro este año.
Por si alguien quiere un adelanto, él mismo grabó unos fragmentos de lectura para su blog la semana pasada

La vida entera, de David Grossman: De Grossman leí un par de novelas hace algunos años. Libros muy bien escritos, que se situaban entre la realidad y la irrealidad (no la fantasía), y que en general me gustaron (Delirio, sobre los celos dentro de un matrimonio, y Llévame contigo, una novela sobre un adolescente tímido que trabaja buscando perros desaparecidos en el ayuntamiento de Jerusalén y un día conoce a una chica y le pide que lo lleve con ella). Sé que David Grossman perdió a un hijo de 20 años en una de tantas guerras que el gobierno de Israel ha puesto en marcha en las últimas décadas. Y sé que, aunque no se trata de un libro sobre ese suceso, La vida entera trata del miedo a la muerte de un hijo soldado, y del duelo, y entre muchas historias sentimentales, cruzadas con guerras y muertos, la historia de una madre que cuando su hijo es reclutado, decide salir a caminar sin rumbo por Israel, para asegurarse de que así nadie podrá ir a su casa a comunicarle que su hijo ha muerto.

Ensayo:
Escribir en la oscuridad, de David Grossman: Desde la búsqueda de información sobre la última novela que comentaba, llegué a este ensayo. Que realmente es una recopilación de ensayos (6) sobre la labor de escribir en un mundo oscuro y violento, continuamente interrumpido en su normalidad (hasta el punto de que esa es su normalidad, como decía Etgar Keret) por explosiones, ataques y guerras.
Jared Diamond: Encontré que este profesor universitario es el maestro del famoso Yuvel Noah Harari (el autor de Sapiens, un libro que me pareció interesante, pero no estupendo; original en algunos planteamientos, eso sí, y muy bien contado). He buscado información sobre sus estudios y sus obras, y en un momento de incertidumbre como este, he pensado que algún día intentaré leer Armas, gérmenes y acero (1997), Colapso (2005) y Crisis (2019).
El mundo y sus demonios, de Carl Sagan: Tal vez estemos entrando, con el coronavirus, en una época en la que será adecuado revisar este clásico, que leí hace años, pero que creo que ahora miraría con otros ojos.
Y en una línea parecida, me ha parecido interesante (desconocía su existencia hasta que lo vi relacionado con el de Sagan): Conocimiento inventado: falacias históricas, ciencia amañada y pseudo – religiones, de Ronald H. Fritze, un libro que se centra más en cómo esos pseudoconocimientos se asentan y hacen fuertes y por qué el ser humano tiene una cierta tendencia a caer, siglo tras siglo, en las mismas trampas para el pensamiento.

No le he prestado nunca demasiada atención a los libros infantiles en el blog. Y eso que desde que tengo niños he pasado cientos de horas en las bibliotecas municipales (desde las bebetecas hasta las salas de lectura infantiles) con ellos, y leyendo después esos cuentos en casa, cada tarde un rato en el sofá (o suelo) y cada noche antes de que se acuesten en la cama.

Tenemos muchos cuentos en casa, por supuesto, pero llega el punto en el que los tienen demasiado vistos (aunque suele funcionar dejar de verlos durante un tiempo, en diez días vuelven a retomarlos con ilusión). Mis hijos echan de menos las bibliotecas, el acto de poder cambiar de libros una vez a la semana (que es más o menos la frecuencia con la que acudimos), y los ratos que pasan allí explorando, seleccionando, catando lecturas. Hasta ahí, nada muy distinto a lo que nos pasa a los mayores, la verdad.

Pensando en ellos, he pensado seleccionar algunos cuentos y autores que me parecen especialmente recomendables, de los que ellos han disfrutado mucho, y que a mí también me gustan:

Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari: Es una colección de cuentos estupendos. Todas las historias son breves (lo que permite leer varias antes de ir a la cama), llenas de imaginación, sin moralina pero con enseñanza. En ellas se mezclan la realidad con la fantasía más pura, se reinterpreta la historia, se anima a pensar. Maravillosos. Creo que empiezan a funcionar (depende de la madurez verbal, claro) a partir de los 3 o 4 años. Y sirven hasta mi edad, al menos. Para un poco antes, los Cuentos al revés.

El grúfalo, de Julia Donaldson: Un clásico de la literatura infantil. La historia de la creación de un ser mitológico (el grúfalo) por parte de un ratoncito que pretende con ello darle miedo a sus cazadores. La prueba de que la astucia vale muchas veces más que la fuerza. A partir de los 2 años gusta, por lo que tengo visto, y a los 6 sigue siendo atractivo. Hay una película muy bonita sobre el cuento (y también sobre otros cuentos de la autora, La hija del grúfalo, y Cómo mola tu escoba).

Todo Babar, de Jean de Brunhoff: Los cuentos de Babar el elefante son, en primer lugar, preciosos por su estética y sus dibujos. Después, por sus historias, perfectamente infantiles, narradas desde la mirada egocéntrica del niño, pero despertando el sentimiento de pertenecer a una comunidad que debe cuidarlo y de la que debe empezar a preocuparse. Sé (perfectamente) que vistos con la lupa deformada del tiempo, estos cuentos infantiles, de la década de los 20 del siglo XX, están escritos dentro de un sistema que era racista, clasista y machista. Si uno quiere, puede rastrearlo perfectamente. Pero creo que no dejan de ser rastros subliminales, que pueden explicarse a los niños cuando resulten demasiado obvios. Y no dejar de disfrutar por ello de unos cuentos tan estupendos. Desde los 2 – 3 años les prestan atención y se identifican con los personajes. La colección que tenemos en casa (de Blackie Books) tiene además una cosa muy interesante para quienes empiezan a leer, y es que está toda escrita con letra ligada, y facilita mucho la conexión con lo que aprenden en el colegio, y los niños se animan leyendo ellos mismos a Babar porque ven que cada vez lo hacen mejor.

De qué color es un beso, de Rocío Bonilla: Mini Moni, la protagonista de este cuento, es un personaje muy popular en casa desde hace años. Es un cuento estupendo, con una protagonista arrebatadora, y muy bien dibujado (todos los libros de la autora lo están). Hace años que los libros infantiles se escriben con intenciones pedagógicas. Y no tengo nada en contra, faltaba. Pero hay productos muy populares (en las bibliotecas, las librerías, las guarderías y las aulas de infantil de colegio) a los que se les ha olvidado añadir una historia atractiva, se han quedado en lo pedagógico. Los libros de Rocío Bonilla contienen ese elemento de enseñanza, pero no pierden nunca de vista que lo principal es contar un cuento, que los niños quieran saber qué va a pasar después. También nos gustan mucho La montaña de libros más alta del mundo o Mi amigo el extraterrestre.

De vuelta a casa, de Oliver Jeffers: En casa, este cuento se llama, desde que se leyó por primera vez, Rotomotor y singasolina, porque cuenta la historia de un marciano al que se le rompe la nave y un niño imaginativo, perdido en su mundo, que vuela con su avión hasta la Luna, donde se queda sin combustible. Y habla, con ironía, el lenguaje y la manera de pensar de un niño de 4 años (aunque en algunos gestos sirve igual decir que es la manera de pensar de cualquier ser humano), de cómo dos desconocidos tienen que colaborar para encontrar la solución más adecuada y original al problema. Las rupturas de la realidad son constantes y divertidísimas. Ese mismo niño aparece en otras historias, como Cómo atrapar una estrella (preciosa) o un par de aventuras junto a un pingüino: Perdido y encontrado y Arriba y abajo. El dibujo es muy sencillo, casi imitando el trazo infantil, y los guiones estupendos. También es del mismo autor, y muy divertido, Los Huguis y el jersey nuevo.

Mitología griega: A mi hijo mayor (6 años) le encantan desde hace tiempo las leyendas de los héroes griegos, las grandes historias épicas de aquella civilización, y los cuentos de su mitología. Hay muchas ediciones, hemos visto muchas, leído bastantes, y estuve estudiando características antes de comprarle la que más nos gusta: Las historias más bellas de la Mitología Griega, de Luisa Mattia.

Charlie y la fábrica de chocolate y El superzorro, de Roald Dahl: Aún no leemos estos cuentos, pero a mi hijo mayor ya le han gustado las dos versiones cinematográficas (acompañado en su visionado, explicándole algunas cuestiones), las de Tim Burton y Wes Anderson, respectivamente. Lo que más me gusta de Roald Dahl, aparte de su gran sentido narrativo, es que no le esconde a los niños que la infancia puede tener momentos difíciles, o ser directamente desagradable, como topes con gente mala. Pero en sus historias, los que se mantienen buenos acaban saliendo bien, y además sus historias están llenas de mala leche para que los malos se lleven su merecido.

Astérix, de René Goscinny y Albert Uderzo: No hay demasiado que explicar ni que aportar. Hay que ser un poquito mayor (un poco mayor que mis hijos quiero decir, aunque hablo en general, porque a mi hijo mayor le apasionan ya sus tebeos), pero nunca está de más recomendar algunas de sus aventuras. Para niños de 4 – 5 años, propiamente, es una iniciación estupenda Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, un cuento precioso que desvela uno de los grandes misterios de la serie. Yo nunca he sabido cuál era mi preferido entre los 24 cómics de la serie original (propiamente la de Goscinny y Uderzo). Quizá Astérix y Cleopatra, o Astérix en Bretaña, aunque también me han gustado mucho desde siempre Astérix legionario o Astérix en los Juegos Olímpicos. Desde mi visión adulta (no eran de los que más me gustaban de niño, pero ahora me encantan) La residencia de los dioses y Obélix y Compañía son maravillosos. Incluso tengo muchas ganas de dar en la biblioteca con el nuevo, Astérix y la hija de Vercingetórix. Me gustó bastante Astérix y los pictos, también de los mismos autores que están llevando ahora la serie, con un guión bastante más sólido que la mayoría de álbumes que Uderzo hizo en solitario. Aunque ninguno ha alcanzado el encanto que tenían aquellas historias concebidas por Goscinny.

Qué ganas de volver a las bibliotecas, de verdad.

Y de salir a celebrar los descuentos del día del libro.

Habrá que seguir esperando.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 12 de abril de 2019

Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère


Una semana en la nieve, y algo de pasada sobre El bigote, de Emmanuel Carrère (Anagrama)

Este es un breve comentario sobre dos novelas, y una pregunta abierta sobre el escritor que era y podía haber sido y el que ha acabado siendo Emmanuel Carrère. Lo haré desde la certeza de que aquel que podíamos haber sido y no hemos sido (en cualquier ámbito, no solo como escritor) siempre tiene más posibilidades que el que la realidad ha traído. Carrère es uno de los autores europeos actuales más indiscutibles, por buscarles algún adjetivo. Está en el top 10 de autores cuyos nuevos libros significan algo, en cuanto a expectativas entre los lectores, editores, la prensa y otros escritores. Eso, que está muy bien, no quiere decir nada sobre la calidad de sus libros, y quizá abre más reflexión sobre qué papel ocupan y cuánto importan (cuán poco) los escritores en la Europa contemporánea. ¿Qué porcentaje de la sociedad real conoce a Emmanuel Carrère y sabría nombrar dos libros que haya escrito? Todos podemos participar en el divertido juego de dar un número por debajo del 10% y acertar. Pero no se trata de eso.

No sé muy bien de qué se trata exactamente, quizá solo de leer y disfrutar leyendo. He leído bastante a Carrère y me gusta. No está entre mis indiscutibles pero me parece un autor sólido, lo he comentado aquí siempre que he reseñado alguno de sus libros, y siempre estaré pendiente de lo que vaya publicando. Aunque parece que no tiene prisa por volver a hacerlo. Él dice (de un modo que resulta tan teatral que hace sospechar que sea mentira) que se ha quedado sin ideas. Menuda mañana la de ese escritor que se levanta y no tiene una nueva idea a la que agarrarse, a modo de tablón de salvamento. No es desacertado el título de su libro de escritos periodísticos, sacado a modo de libro entre ediciones nuevas: Conviene tener un sitio a donde ir.

La historia de la fama de Carrère viene esencialmente de 1999, cuando publicó El adversario, una novela de no – ficción en la estela (con bastantes comillas) de la célebre A sangre fría, en la que recogía el monstruoso (y a priori inexplicable) crimen de Jean Claude Romand. Desde entonces Carrère, como autor, está asociado a ese título y a esa clase de libros, a unas novelas de no – ficción que se acercan en ciertas páginas mucho a la autoficción y que van de temas de un interés muy personales del autor (Limónov, El Reino) a otros muy cercanos directamente a su vida y su entorno más cercano (De vidas ajenas, Una novela rusa). Pero, ¿qué era como escritor Carrère antes de 1999? Hasta el éxito de El adversario, a los 42 años, Carrère era un escritor de cierto éxito (había ganado el premio Femina por Una semana en la nieve, por ejemplo), pero no tanto como luego lo fue, un discreto novelista y autor de ensayos. A medio camino entre ambos ha encontrado su sitio, que muchas veces es lo que buscan los escritores. Pero quizá ha dejado detrás otros caminos que fueron posibles y ya no lo son. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la biografía (novelada en gran medida) de Philip K. Dick, publicada en 1993, aparcada cogiendo polvo en bibliotecas públicas en la vieja edición de Minotauro y hace poco recuperada por Anagrama, era un buen libro, y tiene muchos puntos en común con libros muy posteriores como El Reino (con el que digamos que comparte ventana temporal). He leído en las últimas semanas (releído realmente, repasado para pensarlas mejor) dos novelas de su primera etapa en la narrativa, como autor puro de ficción: El bigote, de la que hablaré poco, y Una semana en la nieve, de la que hablaré un poco más.

El bigote es una novela que nace con aspecto de relato kafkiano y evoluciona como lo haría un relato kafkiano, es por lo tanto una novela (casi novela corta) de tono y corte kafkiano pero es una muy buena novela kafkiana, y no todos esos ejercicios de imitación de Kafka sacan tan buen resultado. Imaginemos a un hombre gris, aburrido, ese marido insulso y ese compañero de oficina al que conocemos desde hace diez años y que no nos ha dado ni una sorpresa ni esperamos que vaya a hacerlo en los próximos treinta. El protagonista, uno de esos, lleva toda la vida con bigote, y decide, para sorprender a todos en su entorno, quitárselo. Lo hace como un niño travieso que piensa: ¡ya verás qué sorpresa se llevan todos! Y parece que nadie se da ni cuenta. Esa es la primera impresión, y nos enfrenta a la deshumanización, esas historias de gente que no mira al vecino, incluso matrimonios que llevan años durmiendo de espaldas. Pero luego irá derivando hacia una de las opciones narrativas más atractivas, el entorno enrarecido que empieza a decirle: ¿qué bigote? Nunca has llevado bigote. ¿Será que se ha vuelto loco? Vale la pena leerla.

Una semana en la nieve es una novela en tiempo cerrado (esa semana) que se mueve entre el relato de formación, el horror y el costumbrismo. Me ha gustado mucho en esta relectura, más que El bigote, que me parece un buen libro que se lee bien pero sin más (ni menos). Una semana en la nieve es lo que va a pasar Nicolás con sus compañeros de clase. Nicolás es un niño todavía, apenas empieza a vislumbrar de qué irá la adolescencia, como sus compañeros, y no es el chico más popular de la clase. Llegó a su nueva ciudad hace poco más de un año sin que nadie le explicara por qué exactamente tuvieron que mudarse de repente. No tiene grandes amigos, casi no tiene amigos, de hecho, ni destacados enemigos. Quizá la etiqueta más adecuada para Nicolás sea la de pringado. Y se mea encima muchas noches. Tantas que cuando su madre habló con la maestra antes de la excursión a la nieve, esta le recomendó que le pusiera en la bolsa del equipaje sábanas de recambio y una funda plástica para el colchón.

El último día, una vez embalado todo en las cajas que tenían que venir a buscar los de la mudanza cuando ellos se hubieran marchado, Nicolas se sentó en medio de su cuarto vacío y lloró como se llora cuando se tienen siete años y ocurre algo horrible que uno no comprende. Su madre quiso abrazarlo para consolarlo, no cesaba de repetir: <<Nicolas, Nicolas>>, y él sabía que le ocultaba algo, que no podía fiarse de ella. Su madre también se echó a llorar, pero como no le decía la verdad, ni siquiera podían llorar juntos.

La novela nace en uno de esos momentos que son los que más temen los niños inadaptados, esas decisiones se diría que caprichosas de sus padres que no hacen más que ponerles el foco encima para que los demás vuelvan a reparar en él y en su falta de integración. Después de un reciente accidente de autobús, su padre no quiere que viaje en bus y decide llevarlo en su propio coche. El niño se resigna, y llega a la nieve un día después que los demás. Para colmo, su padre se va con su bolsa de viaje en el maletero, y estamos a mediados de los 90, no hay móviles y el padre, viajante, no vuelve para casa, y no saben dónde localizarlo. Pronto los monitores y la maestra deciden comprarle lo necesario y que la semana arranque.

La semana arranca extraña y se irá volviendo peor. Pero, a modo de consuelo, el chico malo del grupo, aquel al que temía, decide tomarlo bajo su protección, o algo así, porque nunca se sabe con él. También le cae en gracia al monitor de esquí. Con un malestar ilocalizado, pierde días de nieve y piensa. Va mostrando rastros de su vida pasada, de su familia, de su padre, de la relación entre ambos y con su hermano, de su caja de los secretos, de su madre y cómo se mueve por casa y por la vida. Fantasea Nicolás, que se ve como un personaje de Los cinco cuando la policía empieza a buscar por la zona a un chico de aproximadamente su edad que ha desaparecido.

Nicolas, sin despegar los ojos del plato, se comió las patatas gratinadas que había preparado el cocinero para que repusieran fuerzas los excursionistas. Al final, Patrick propuso que para darle las gracias gritaran:<<¡Hip, hip, hurra!>>, tres veces, y Nicolas gritó tres veces con los demás:<<¡Hip, hip, hurra!>>

¿Quién puede hacer algo así? ¿Quién puede ser ese monstruo? ¿Qué entienden realmente los niños de la monstruosidad? ¿Y los adultos, acaso entienden más profundamente el horror? ¿Quién es capaz de reconocer en el vecino a un verdadero ogro? ¿Y en la convivencia diaria? ¿Qué hay al día siguiente de descubrir lo peor? ¿Empieza la vida después del fin? Sin querer entrar en los detalles más concretos y escabrosos de la trama, en ese desenlace de los de helar la sonrisa, diré solamente que no me extraña que esta novela la escribiera Carrère durante los años en los que estaba pensando en Jean Claude Romand y se documentaba y trataba de entenderlo. El peor de los monstruos es el que se toma el café en la barra de nuestro bar, no hay duda. Ese.

Cambiarían otra vez de ciudad, cambiarían quizá de apellido, con la esperanza de burlar el silencio y la vergüenza que los acompañarían a partir de ahora, pero eso ya no tendría nada que ver con él; él se callaría, se callaría siempre.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E