Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XX. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de diciembre de 2019

Cuentos, de John Cheever


Cuentos, de John Cheever (Mondadori)

Me regalaron este libro a principios de año y ha sido, desde entonces, una lectura más o menos continua. Ya había leído muchas veces los cuentos de Cheever, aunque visto ahora, con mi nueva perspectiva, había leído muchas veces algunos cuentos de Cheever, los incluidos en la antología La geometría del amor, de Emecé, prologada por Rodrigo Fresán (quien también prologa este volumen, en su condición de máximo experto y exégeta de la obra de Cheever).

Allí están muchos de los cuentos más reconocidos de John Cheever, y a ellos he ido acudiendo con regularidad desde hace al menos una década. Es uno de los libros más manoseados que tengo, y este ha venido en cierto modo a sustituirlo. La lectura, cuento a cuento, de este libro, ha hecho de 2019 un nuevo año Cheever para mí. Y me ha permitido tomar un nuevo ángulo de lectura y sentir que mi relación con él cambiaba, se hacía más profunda, se estrechaba. Si John Cheever ya era uno de mis escritores de relatos preferidos, ahora lo es más (mucho más). Nunca había entendido del todo la experiencia que Richard Ford relata en el prólogo a mis Cuentos escogidos de Chéjov, la de quien había leído unos cuentos y años después descubre en una relectura distintos planos de profundidad. Me ha pasado algo así. Debo decir que la (re)lectura detallada en el último trimestre de sus diarios, y parte de sus cartas (también editadas por Mondadori) me ha permitido ir viviendo casi en tiempo real, como si fuera además de uno de sus lectores uno de sus editores o confidentes, la lectura de estos cuentos, que están tan vivos que pese a los decorados tan propios de los años cincuenta y sesenta, parecen novedades.

Cuando pensamos en los relatos de Cheever pensamos en melancolía, epifanías, tristeza familiar, secretos y silencio. Y todo eso está en los relatos de Cheever, pero creo que si nos limitamos a leerlo desde ese marco mental nos estaremos perdiendo mucho, igual que si compramos sin cuestionarla una etiqueta como la de el Chéjov de los suburbios. Creo que Cheever es un escritor bastante mejor que Chéjov, y que no se enfade nadie, porque creo sobre todo que son dos escritores que hacen una labor diferente. Chéjov es el retrato realista, sin más (ni menos). Pero me parece muy dudosa la idea de realidad en las historias de Cheever. La realidad de Cheever siempre está deformada, es siempre una realidad muy poco objetiva. Sus relatos son y no son realistas. Suceden en entornos realistas, los conflictos que se ponen en marcha son casi siempre realistas (un enfado en una fiesta, la pérdida de un trabajo, una infidelidad, una deuda que hay que pagar, la muerte de un familiar), pero la resolución emocional y literaria que toma el cuento, que toma Cheever, casi nunca es canónica ni previsible. Sus famosas epifanías son verdaderas caídas del caballo, verdaderos momentos en los que parece que un personaje pierde el contacto con la realidad y sus modos más aburridos y decide tomar soluciones poco prácticas, que muchas veces pasan por no tomar ninguna.

Cheever es maestro en dibujar todo un contexto (social, geográfico, emocional) en dos párrafos. A veces se apresura y condensa demasiado esa información, pero su prosa siempre es luminosa y precisa. Cheever admiraba a Scott Fiztgerald y sus relatos tienen esa perfección estructural de El gran Gatsby. Creo que no hay un relato más cheeveriano, más magníficamente cheeveriano y en general mejor que El nadador, que probablemente hasta quienes no hayan leído conocerán. Ned Merrill, un hombre abandonado por su familia, alcoholizado y que lo ha perdido todo, decide emprender, desde la resaca de la mañana del domingo, el retorno a casa nadando de piscina en piscina a través de su condado. El dibujo social de esas casas con piscina que llegan a formar un mar ya daría para una tesis, y ese hombre decrépito que va haciendo el ridículo de casa en casa, ignorando bajo el agua las habladurías de todos, sintiéndose un titán en plena forma hasta que no tiene más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, que termina por derrotarle, ese nadador es uno de los grandes personajes del siglo XX, y convenientemente leído, de lo que llevamos de XXI.

Los relatos de Cheever son una experiencia literaria y humana profundamente emocionante, y no creo que tenga sentido hacer una pequeña sinopsis de más de sesenta relatos, ni de los más destacados. Solo aprovecharé la cercanía de las vacaciones navideñas para hacer un regalo a quienes lean este blog. Les propondría que se regalaran, durante los días libres que tengan, una pequeña selección de relatos básicos de Cheever, relatos que les permitan acercarse a la esencia del alma humana, al derrumbe de tantas ideas humanistas y a la individualidad competitiva que nos devora a todos.

Les propondría, a esos lectores, que se regalaran la lectura de cinco cuentos, todos clásicos en el canon de Cheever, todos de ese puñado de obras que sí le hacían sentirse orgulloso (cuando en general siempre fue un hombre inseguro, lleno de complejos, un escritor que en sus diarios se muestra envidioso de Saul Bellow, de J. D. Salinger, de Norman Mailer, un hombre que incluso cuando recibe alabanzas desconfía, y que siempre quiso escribir una gran novela, y solo la logró a través de sus cuentos, por más que con El escándalo de los Wapshot consiguiera premios y pensara que iba a confirmarse como novelista). Pongo en esa lista de regalos navideños, sin ningún orden en particular: El nadador, El ladrón de Shady Hill, Simplemente dime quién fue, La muerte de Justina y Tiempo de divorcio.

Y quien los lea sentirá que Papá Noel ha acertado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 30 de noviembre de 2019

Los nuestros, de Serguéi Dovlátov


Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

En la editorial Fulgencio Pimentel han seguido este otoño publicando las obras de Dovlátov. Podría decir sin exagerar demasiado que este autor ruso ha sido mi gran descubrimiento de 2019, aunque ya había leído antes algo suyo. Y sin ninguna exageración también puedo decir que la labor editorial de este sello está siendo impecable con la obra del ruso. Espero cada nueva entrega ya con la devoción del fan entregado, y me gustaría (por si alguien de la editorial lee estas palabras y quiere tomar nota) que el siguiente libro fuese La zona.

La peripecia editorial de Dovlátov había sido hasta estas nuevas reediciones inconstante y variada. Si uno busca viejos ejemplares en bibliotecas, se da cuenta de que aparecieron, cuando lo hicieron, en editoriales pequeñas, que sacaron uno o dos libros y al no obtener con ellos ni ventas ni prestigio, renunciaron. Ya lo he contado, pero el primer libro de Dovlátov que leí, La extranjera, lo rescaté de un expurgo en una biblioteca municipal. Estaba ahí ya descatalogado, dejando pasar las horas hasta que un monstruo triturador se lo llevara por delante, o hasta que alguien lo rescatara.

El año pasado ya leí Retiro, en las ediciones de Fulgencio Pimentel, y confirmé que Dovlátov iba a ser alguien importante en esta etapa lectora de mi vida. Las lecturas a principios de año de Oficio y La maleta lo confirmaron y como contaba, me convirtieron en uno de esos fans irredentos que esperan cualquier novedad relacionada con su obsesión, su nueva obsesión. Y tampoco es que me pase el día pendiente de si salen nuevas traducciones de Dovlátov, pero este otoño, de paseo por librerías, vi que había llegado Los nuestros y rápidamente lo cogí y lo traje a casa.

Los nuestros, como La maleta, como tantas páginas de Dovlátov, es autoficción, de esa que ahora se cuestiona y critica tanto. Pero claro, no critiquemos lo colectivo y leamos a los autores. Y Dovlátov es un escritor de primera. Y como en La maleta, lo que Dovlátov hace en Los nuestros es escribir su autobiografía, o parte de la misma, de modo indirecto. En La maleta recurría a los objetos que definían su vida, los que le acompañarían en una modesta maleta de exiliado que abandonaba finalmente Leningrado y se marchaba a los Estados Unidos, y a través de esos objetos nos contaba lo que realmente le interesaba contarnos, su vida. Aquí recurre a parientes, amigos y seres cercanos, y a través de sus andanzas (o pensamientos, porque algunos se mueven más bien poco, hay algún aventurero en este libro de Dovlátov, pero hay más imprudentes sedentarios que aventureros, abundan en la estirpe de Dovlátov los bocazas capaces de buscarse la ruina sin apenas poner el pie en el portal, un rasgo que comparte con orgullo el escritor) dibuja su vida, su personalidad y hace un retrato colectivo de un momento concreto de la URSS.

El libro, aunque no alcanza el nivel (aunque lo releeré, porque no sé si la culpa será de que no estaba yo tan predispuesto al nirvana lector como con Oficio o La maleta) de otras obras que he ido leyendo de Dovlátov, es estupendo. Y Dovlátov brilla entre la mediocridad de novedades que se acumulan. Es un oasis para un lector como yo. Un lector que ya espera nuevas entregas (y vuelve a recomendar a la editorial que pase por La zona, los cuadernos de la época que Dovlátov pasó como guardia en un campo de concentración soviético) y seguirá atento a los nuevos rescates del autor ruso. Mientras tanto, releeré pronto este, y quizá también Oficio y La maleta.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 31 de mayo de 2019

El caso Maurizius, de Jakob Wassermann


El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Después de terminar la lectura de El caso Maurizius, tras una semana con el libro encima a todas horas, hice uno de esos ejercicios estériles: me acerqué a la solapa que la editorial había preparado para hablarme del libro que ya había leído. Me encontré con que nos contaban (y eso será verdad en un grado variable y nunca conocible, porque las referencias a los prestigios pretéritos y las llamadas del tipo recuperamos un clásico olvidado, una voz ineludible, son baratas y difíciles de contrastar) que en su época (años 20 y 30 del siglo XX, aproximadamente) Wassermann había sido comparado con Dostoievski, y le encuentro una parte de razón a tal comparativa, por esa profundidad psicológica en el retrato que ambos manejan, porque muchos de los personajes de El caso Maurizius cargan con un sentimiento de culpa que condiciona en gran medida su manera de actuar y los problemas en los que se van metiendo, y también, en gran medida, porque ninguno de los dos huye de la estructura y el tono del culebrón, no temen ser exagerados en la exposición de sentimientos, no huyen de las damas que se desmayan ni sienten que deban rebajar el tono para sonar creíbles. Quizá todo era mucho más melodramático hace cien años y hace ciento cincuenta, o tal vez simplemente no necesitaban la verosimilitud para sentir que lo que estaban contando era verdadero.

Porque El caso Maurizius es una novela llena de verdad. O de vida, no lo sé muy bien. La trama puede ser enrevesada de resumir sin desvelarla, pero en realidad da lugar a una lectura bastante lineal y sencilla, capaz pese a esa linealidad y sencillez de levantar un mundo propio muy potente poblado por unos personajes complejos y que se presentan al principio casi como arquetipos (el padre autoritario que nunca se equivoca y jamás cambiará de opinión, el adolescente soñador, la abuela déspota, el profesor inteligente pero poco práctico, el hombre viejo que no ha perdido la fe si no en la justicia, al menos en algo parecido a la justicia) pero que van evolucionando.

La persona que leyó de la biblioteca (y no creería que fuera a ser un libro muy popular, pero hace cosa de un año que me enteré de su existencia y lo llevaba apuntado y siempre que lo he buscado ya estaba prestado) El caso Maurizius antes que yo se había ido haciendo un esquema con los nombres de los personajes y su papel en la trama. Lo sé porque ese esquema, perfectamente doblado y con una pulcra letra, se quedó dentro del libro. Creo que no es una novela que necesite guías de lectura. Nos encontramos con una familia de bien, los Van Andergast, personajes respetados en su ciudad de provincias: el padre, fiscal del Estado, el hijo, buen estudiante, un adolescente que no parece problemático, la abuela, que vive en una casa a la que acuden los domingos a modo de visita rutinaria, rinden pleitesía y salen, la madre del chico fue expulsada de la casa familiar y vive prácticamente en el exilio, escribe cartas a las que el padre casi no se molesta en contestar, el hijo sabe de ella a través de su abuela. El padre y el hijo tienen una criada en casa que se encarga de las cuestiones prácticas.

¿Quién es Maurizius y cuál es el caso que lleva su nombre? Un día aparece por casa de los Van Andergast un viejo hombre con gorra de plato en el que pronto Etzel, el hijo, se fija. Dice ser Maurizius, y cuando le pregunta a su padre, este no quiere contestarle ni darle demasiados detalles. Llevado por la curiosidad, Etzel va descubriendo que ese viejo es el padre de un hombre condenado, Maurizius, cuyo caso llevó su padre. El anciano defiende aún la inocencia de su hijo, y convence, sin mucha dificultad, a Etzel de que en aquel caso pasaron cosas extrañas. El caso juzgado, que el fiscal Van Andergast llevó con solvencia, consiguiendo una condena fácil, fue el del asesinato, por disparo de bala, de la mujer de Maurizius.

La novela nos va desvelando la vida de Maurizius, profesor universitario, intelectual, un hombre formado y amante de los placeres de la vida, que se casó con una mujer mayor que él, no particularmente llamativa, pero sí con una fortuna bastante mayor que la suya. La hermana de la mujer, la bella Anna, pronto acabaría viviendo con ellos, y poniendo en marcha un enredo de engaños y caídas que al principio parece fácil de seguir y previsible, pero que se va complicando.

Sin entrar en los detalles que puedan desvelar la trama por adelantado a quien quiera leer el libro, hay una niña, hija de la relación anterior de Maurizius con otra mujer, de la que se estaba encargando a través de Anna, y un misterio, ¿por qué tuvo un abogado tan incompetente? Hasta a Van Adergast quel abogado la elección de aquel abogado le extrañó mucho. Etzel decide escaparse de casa y acaba dando con aquel abogado, que se fue y volvió a Alemania bajo otro nombre, y Van Andergast, que se siente traicionado, se traga por una vez el orgullo y repasa el caso, y convencido de que sí había más que lo que se vio en el primer juicio, empieza a entrevistarse con el propio Maurizius en la cárcel.

Con esas dos grandes tramas abiertas, la familiar y la del caso, y las subtramas de cada una, con los viajes al pasado de ambas familias y reflexiones sobre el paso del tiempo, la novela va construyéndose con muy buena prosa, y nos absorbe. Es una novela muy recomendable y que nos tendrá en vilo hasta los giros finales. También es un libro que va dejándonos reflexiones sobre la familia, las relaciones, la sociedad y el tiempo que sorprenden por su vigencia (acompañadas de otras muchas que descolocan hoy en día).

Otra de las cosas que descubrí viendo la solapa después de leer la novela es que ya había leído otra novela de Wassermann, aunque no recordaba el nombre de aquel autor, se trata de Caspar Hauser, un libro sobre la extraña aparición de un joven de ese nombre en la Alemania del siglo XIX, que parecía venir de haber sido criado en los bosques, a quien nunca aceptaron y que dio lugar a muchas hipótesis y a historias llenas de sensacionalismo. Una novela de no – ficción centenaria, que se acerca al testimonio y al true – crime. También muy recomendable.

Seguiremos leyendo

viernes, 15 de marzo de 2019

La maleta, de Dovlátov


La maleta, de Serguei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

Poco después (realmente fue el siguiente libro que leí, pero quise releerlo y pensarlo un poco más antes de compartirlo) de leer Oficio, de Dovlátov, llegó a la biblioteca La maleta, y fui el primero en cogerlo. No sé si hay alguien más en esa biblioteca a la caza de estas ediciones de Fulgencio Pimentel o si boxeo en soledad contra sombras, pero por si acaso lo cogí en cuanto llegué y lo vi entre las novedades, y me sentí satisfecho. Había leído, cuando el libro salió en España, que era considerada la obra maestra de Dovlátov. Yo ya tenía para mí Oficio como una obra maestra, ¿otra obra maestra? ¿una mayor?

-Si algo no le parece bien, ponga una reclamación.
-Todo me parece perfecto -dije.
Después de haber pasado por la cárcel todo me parecía perfecto.

Me imagino que no es fácil ser un estudioso de la obra de Dovlátov. Porque sus libros fueron, vinieron, muchas veces se recompusieron ya en los Estados Unidos y las versiones que se conocieron y circularon no fueron exactamente las originales, o sencillamente se han compuesto libros posteriormente a su fallecimiento. Quizá La maleta, junto con La zona, sí sea el libro más unitario de Dovlátov, escrito en el momento de marcharse, por fin, después de años fantaseando con ello, a Estados Unidos. Tampoco es del todo cierto que Dovlátov soñase en un sentido pleno y esperanzado con los Estados Unidos. Ya era un exiliado interior. Y siguió siéndolo. En cualquier sitio hubiera podido ser un paria y un inadaptado. La escritura de La maleta vuelve a moverse de la ironía al sarcasmo, nos da pena, nos da risa, nos duele, nos reconforta, nos saca la sonrisa y nos hace alzar las cejas.

De niño, tuve una niñera, Luíza Guénrijovna. Lo hacía todo sin prestar demasiada atención, porque vivía con miedo a que la arrestaran. En una ocasión me puso unos pantalones cortos. Y me hizo meter las dos piernas por la misma pernera. Pasé el día entero así. Tenía cuatro años y me acuerdo muy bien de aquello. Sabía que me habían vestido incorrectamente. Pero callaba. No quería tener que volver a vestirme. Algo parecido me pasa ahora.

La maleta toma una idea sencilla, objetivista si queremos meternos en escuelas estéticas. Dovlátov ha conseguido al fin un visado para dejar la URSS, decir adiós a Leningrado y la censura y marcharse a los Estados Unidos. Y tiene que meter en una maleta lo que quiera llevarse. Desconsolado, descubre que después de una vida entera (deja la patria con 39 años) ni siquiera la llena hasta los topes. Y nos cuenta qué relación ha tenido con esos seis objetos especiales que viajaron con él a través del océano. ¿Pueden los objetos que almacenamos más cerca, aquellos que elgimos para que nos sigan en cada mudanza, por lejana que sea, hablar de nosotros? ¿Hablan bien o mal? Quizá nuestro presente tan consumista no permita imaginar la importancia que un puñado de posesiones tenían en un lugar como aquel Leningrado a finales de los años 70 del siglo XX. Pero algo podemos encontrar siempre en Dovlátov que remite a la universalidad.

Creía ser dueño de algunas propiedades. Pero todas cabían en una sola maleta. Para colmo, de muy modestas dimensiones. ¿Qué era yo? ¿Un pordiosero? ¿Cómo había llegado a aquella situación? ¿Libros? Básicamente tenía libros prohibidos.

El libro es de lectura ligera, se acerca a Dovlátov y abre planos para reflejarnos a todos nosotros, sus lectores, es una obra que representa a todos los que alguna vez escribimos, y por otro lado es un texto que remite a un único ser humano, un ser humano de difícil trato, ideas extrañas, poco sentido práctico y (eso sí, al menos, eso siempre) la capacidad de reírse de uno mismo y seguir siempre adelante. Cada pocas líneas nos encontramos con algún hallazgo de prosa, con una idea que rumiamos, con una verdad modesta, con una genialidad de vida diaria. No me parece un libro superior a Oficio, pero sí un libro de su altura, otra maravilla.

En aquella época, reservaba mis más encendidos elogios para las películas policíacas. Porque me ayudaban a relajarme. Sin embargo, me permitía referirme a las películas de Tarkovski en tono condescendiente. Y siempre dando a entender que Tarkovski llevaba seis años esperando un guión mío.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 14 de febrero de 2019

Oficio, de Serguei Dovlátov


Oficio, de Sergei Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

¿Es muy arriesgado decir que a mediados de febrero ya sé que he leído el que probablemente sea el mejor libro de este año para mí? Quizá sea mucho decir, no sé. Pero creo que no me equivoco demasiado afirmándolo. En la vida de todo lector hay x momentos especiales en los que se topa con libros o autores inesperados, esa clase de libros o autores que le hacen caerse de su sillón de lector, normalmente ya desgastado y acomodado por los mismos nombres, los mismos temas y los mismos títulos. Sería muy interesante poder acceder a esos x libros de cada lector y que nos explicara cómo, cuándo y por qué le llegó a las manos ese título y qué sintió. Hablo de esos pocos libros de los que decía Nabokov que se leían con la espina dorsal. Nabokov restringía el uso a esas llamadas obras maestras, y en junio tuve la suerte de escuchar a Cartarescu hablando en la Feria del Libro sobre esas sensaciones de lector, unas señales que recorren la columna y que él no sentía con Nabokov, aunque sí, siempre, con Dostoievski, a quien Nabokov aborrecía (o al menos valoraba escasamente). Más mundano, me imagino, la última vez que recordaba haber notado de verdad ese escalofrío había sido con La novela luminosa de Levrero y Submundo de Don DeLillo, en ciertas páginas de Solenoide de Cartarescu.

Leo muchos libros que me entretienen, otros que me obsesionan durante un tiempo, otros que solamente me acompañan y también leo muchos en los que encuentro, además de la compañía como lector de un buen libro, rastros de una muy buena labor literaria, méritos técnicos indudables, pero que son otra cosa. Ese latigazo que echaba en falta, me ha recorrido hasta cierto punto con Oficio, de Serguéi Dovlatov. No creo que Nabokov (quien falleció en 1977) llegase a leer a Dovlátov (cuya popularidad, si alguna vez ha pasado de los mínimos de la popularidad, empezó a ser tal en la década de los 80).

Tiene usted que confesar sus errores.
¿Qué errores?
Eso no importa. Lo esencial es confesar algún error. Reconocer algo. ¿Es usted un ángel o qué?
No soy ningún ángel.
Pues confiéselo. Todos tenemos algo que confesar.
Pero es que no me siento culpable de nada …
¿Fuma?
Fumo, sí. ¿Por qué?
Con eso basta. Fumar es un hábito nocivo e insensato. ¿Está de acuerdo? Entonces, escriba: “Arrepentido de mi insensatez, solicito que …”. Y luego mencione el libro. Confiese algo, pero en forma nebulosa, enigmática. Escriba al primer secretario, Kebin …
¿Usted también ha tenido que acusarse de algo alguna vez?
Cómo no. Montones de veces. Lo tengo casi por costumbre.
¿Y de qué tipo de cosas se ha acusado?
Pues … De preparar un atentado contra Uborévich. Menos mal que justo por esos días detuvieron a Uborévich. Si no recuerdo mal, por el atentado contra Blújer … Y a Blújer, por el atentado contra Yakir. Y a Yakir …

Me ha llegado ese momento Dovlátov y debo decir que hasta cierto punto me lo esperaba. Me explico: El año pasado leí dos novelas del autor ruso: La extranjera y Retiro. Ambas me gustaron, ambas me parecieron obra de uno de esos autores de los que se podría decir, parafraseando a Levrero, que iba bastante más allá de escribir bien o hacerlo mal, era uno de esos autores que estaba apostando la vida en lo que estaba escribiendo. Lo que he ido viendo de Dovlatov, y lo que este libro confirma (ampliado) es que Dovlatov es un autor y su material narrativo es, esencialmente, la vida de Serguéi Dovlatov, ciudadano soviético, después residente americano, pero esencialmente escritor, y dentro de esta gran familia, de la subespecie de los fracasados.

Estaba desconcertado. Había decidido vender mi alma a Satanás, ¿y a qué condujo todo aquello? A que acabé regalándosela. ¿Puede haber algo más patético?

¿Es entonces un (otro) libro de autoficción? En gran medida, pero tampoco nos dejemos confundir por las etiquetas, ni perdamos de vista que autoficción son algunas de las mejores novelas de Philip Roth o de Bolaño. No se trata de ejercicios de desnudez y exhibicionismo, para nada. La mirada literaria se nota, se ve el embellecimiento (el formal, el que a veces exige que se rebajen las condiciones de la realidad para acercarlas a la parodia) de lo escrito, hay un autor trabajando sobre el material, descartando a veces el camino verosímil por considerar que no es el más adecuado.

En horas perdidas traté de dilucidar un asunto: ¿quién tiene realmente posibilidades de ser publicado?
Pude documentar siete categorías:
1. Autor conocido, burócrata literario eminente, cuyo mismo nombre ya sirve como salvoconducto. (Ciento por ciento de probabilidad).
2. Profesional del aparato de bajo nivel, amigo personal de Sajarnov. (Probabilidad del sesenta por ciento).
3. Funcionario de organismo paralelo, con el que haya que vivir en armonía. (Cincuenta por ciento).
4. Autor desconocido, que milagrosamente haya creado una obra a la vez talentosa y ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Cuarenta por ciento).
5. Autor desconocido, que haya creado una obra falta de interés pero ajustada a las exigencias de la coyuntura. (Treinta por ciento).
6. Auto con talento, sin más. (Probabilidad cercana a cero. Caso prácticamente insólito. Objetivo seguro de represalias por parte del Comité Regional).
7. Autor inepto, e indiferente ante las exigencias de la coyuntura, además. (No considero la variante. En ese supuesto, las probabilidades se expresan en cantidades negativas).

Oficio son las memorias de Dovlátov formándose como escritor. Y ¿cómo se forma uno, sea soviético o español, sea Dovlátov o un Cualquiera, como escritor? Esencialmente escribiendo. Y a eso se dedica Dovlátov, a escribir de manera cáustica en su Leningrado, a llegar tarde a todos los círculos, a tener encargos en los periódicos, a recibir palmaditas en la espalda y explicaciones de por qué sería impensable que nunca la burocracia y la censura aprueben uno de sus libros. Dovlátov se va labrando un lugar seguro y casi un prestigio como sombra. Todo el mundo dice de sus relatos que tienen valor pero que no son lo que el sistema quiere promocionar. Dovlatov escribe La zona rememorando su experiencia como vigilante en un campo de castigo, y se le señala repetidamente que llega después de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsin, pero sin su humanismo, sino como un libro aún más oscuro, sin ningún atisbo de esperanza y un extraño sentido del humor.

Sus dotes literarias eran del mejor de los tipos. La completa ausencia de valía no suele ser recompensada. El talento pone nerviosa a la gente. El genio infunde espanto. La divisa que mejor cotiza es una discreta aptitud literaria.

Los repetidos intentos y tropiezos de Dovlátov no distan mucho, realmente, de los de cualquier aspirante a escritor. Los mecanismos de censura de la dictadura soviética no distan tampoco tanto de los que el mercado marca hoy en día. Dovlátov no es un enemigo del pueblo, no es un perseguido, simplemente es alguien que escribe bien, en eso coinciden todos los que leen y evalúan sus textos, pero que escribe algo que no interesa a quienes deben publicarlo porque entienden que no va a tener salida (en aquel Leningrado porque irritaría a las autoridades, hoy en día porque no lo querría el lector medio al que se dirige el editor). Las idas y venidas y los encuentros de Dovlátov con otros escritores también son los esperables en un escritor novel y en formación. Su manera de no saber combinar las ansias literarias con la vida diaria tampoco sorprenden a estas alturas. La envidia que siente por quienes sí están triunfando, las normales. Todo es aparantemente lo esperado y todo lo conocemos, pero el contexto en el que lo pone y la mirada de Dovlátov, capaz de mantener un tono irónico durante 400 páginas, con lo difícil que resulta algo así sin cansar al lector ni entrar en una dinámica de gracietas.

América era nuestra idea del paraíso. Porque el paraíso es, al fin y al cabo, lo que no tenemos.

En la segunda parte del libro Dovlátov acaba a finales de los setenta exiliándose en los Estados Unidos, y allí tampoco se encuentra con facilidades. Participa en un periódico para los exiliados rusos, bebe, desespera a su mujer, no se integra, sufre estúpidos accidentes más o menos domésticos, intenta salir lo menos posible de casa, bebe más, escribe, tampoco parece que sus escritos despierten ningún entusiasmo, aunque quizá sí, un poco, encuentra a una traductora que se interesa por su trabajo, vende algunos libros, llega a publicar algún relato en el New Yorker, sigue comunicándose casi siempre con los mismos exiliados rusos, bebe, se da cuenta de que la vida es al final en un gran porcentaje soledad y silencio, incomprensión y nada, pero que debe vivirla. Y la vive. Escribiéndola. Tal vez, decía al principio, sea demasiado decir que este es el mejor libro que leeré en 2019. Ojalá haya muchos más. Pero no lo creo.

A caballo de otros cuatro dobles me vi abordando el asunto de la soledad. Un asunto, como es sabido, inagotable. Otra cosa no, pero soledad hay siempre de sobra. El dinero se acaba. La soledad, nunca …

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 3 de mayo de 2017

Trilogía inacabada de Toronto, de Robertson Davies

Asesinato y ánimas en pena y Un hombre astuto, de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

Empecemos con una pregunta previa: ¿Quién le debe más a quién: La editorial Libros del Asteroide a las novelas de Robertson Davies, o nosotros a la editorial por traernos al autor canadiense? Lo pregunto porque sus libros son una base sólida de su catálogo, de los que mejor se venden (nunca en modo bestseller, pero sí como un fiable número de ventas anual), y de las que sin duda han ayudado a darle una imagen de editorial literaria sólida, con criterio propio y visión. El quinto en discordia, la primera entrega de La trilogía de Deptford, fue el primer éxito de la editorial y les hizo coger visibilidad. Pero a nosotros nos dio la posibilidad de leer esa magnífica trilogía. Así que probablemente estamos en tablas.

Hasta donde yo sé, antes de las ediciones de Libros del Asteroide, Destino había editado en los años 90 con escasa repercusión estas dos novelas (las dos que Davies llegó a escribir de su proyectada Trilogía de Toronto) que ahora he releído (y que había leído en las viejas ediciones en bibliotecas). Es un misterio por qué hay libros que en algunos momentos no funcionan. Pienso en estas novelas de Robertson Davies, o en las de William Gaddis que también se tradujeron en los 80 y 90 y nunca tuvieron demasiado eco. No es que hoy en día sean temas de conversación en cualquier mesa de café, pero las ediciones de Libros del Asteroide y Sexto Piso sí han tenido su éxito entre los lectores exigentes.

Yendo por fin a la Trilogía de Toronto, su primer volumen: Asesinato y ánimas en pena, empieza con el espíritu de un hombre que acaba de ser asesinado por el amante de su mujer de una manera inesperada y casi ridícula. La novela es una reflexión en tiempo propio sobre la muerte. Qué es estar muerto, cómo es la muerte, qué se descubre al llegar a ella, y cómo se interacciona con el mundo que uno ha dejado, desde ese ánimo de espíritu irónico y casi burlón, con los que se quedan vivos. Estructuralmente es muy hábil, porque empieza hablándonos desde la muerte, y no solo desde ella, sino desde una muerte ridícula que Connor Gilmartin, su narrador, parece haberse tomado con mucha filosofía y sentido del humor. Si algo nunca falta en las obras de Robertson Davies es filosofía y sentido del humor. Y quizá en esta última trilogía, tal vez por la avanzada edad del autor (rondando los 80 años, y que moriría sin completarla) las referencias a la muerte y a lo que pueda haber después son más frecuentes. Pero parece que todo el mundo en estos libros considera que puede afrontar la muerte, si no en paz, al menos con cierta perspectiva armónica.  

Connor Gilmartin es el jefe de la sección de cultura de un importante diario de Toronto, donde también trabaja su esposa, Esme, y el amante de esta que acabó matándolo, al que llaman burlonamente El husmeador, pues es crítico de teatro, y le encanta husmear referencias en cualquiera de las obras que va a ver. Connor Gilmartin se cuela, después de muerto, con su asesino, en un festival de cine, y ahí vamos entendiendo, poco a poco, cómo es su nueva percepción del mundo. Las películas van pasando pero él no las ve como tales, sino que se va metiendo en sus propias películas, películas de época que van retratando Toronto en los siglos anteriores y a sus antepasados. Con esa estructura de cuentos que se genera, unas historias son más brillantes o interesantes que otras, pero el libro avanza ágilmente. Poco a poco, por escenas, nos irá transmitiendo una idea de la vida y la muerte, la lucha por la existencia, la importancia de la historia y lo conquistado.

El padrino de Connor Gilmartin, Jonathan Hullah, es el narrador de la segunda parte de la Trilogía de Toronto, Un hombre astuto. Un hombre astuto es como lo llamaban (con ciertas dudas en la traducción, debo decir) dos vecinas que tuvo en su consulta durante años, una pareja de lesbianas inglesas llegadas a Canadá a conseguir cierta libertad. Las trilogías de Davies no son (por suerte) sagas que hay que leer en un cierto orden, son tres novelas que comparten algunas referencias, personajes, pero que son esencialmente novelas independientes.


Un hombre astuto me parece un libro más redondo que Asesinato y ánimas en pena, y en este caso es Esme, la viuda de Gilmartin, la que acude a Hullah para entrevistarlo para una serie de artículos titulados El Toronto que fue. Hullah va tirando del hilo de la memoria y acaba escribiendo, a partir de algunas diarios, sus memorias. En ellas se verá ayudado por cartas y anotaciones sobre su persona de sus vecinas inglesas. La excusa argumental es recuperar un momento sucedido en la vecina iglesia de St. Aiden a mediados del siglo XX, la muerte de un párroco al que muchos calificaron de santo y atribuyeron milagros casi instantáneos.

Hullah, un médico bastante particular, cercano al humanismo, interesado por la religión y la filosofía, analiza ese caso, pero antes hace un repaso por su vida. Desde su infancia en un lejano pueblo del interior de Ontario hasta su llegada a un internado en el que conoce a quienes serán sus mejores amigos, y donde en un guiño a La trilogía de Deptford se adivina la figura como profesor de Dunstan Ramsay, el narrador de aquella. Uno de aquellos amigos, Charlie, acabaría siendo sacerdote. Aparte de sacerdote, también alcohólico, y morirá bajo la vigilancia y cuidados postreros de Hullah, y su persona tuvo algo importante, fundamental, que ver con la muerte de aquel párroco al que calificaron de santo.

Los diarios y memorias de Jonathan Hullah analizan en profundidad una ciudad, Toronto, un país, Canadá, y prácticamente un siglo, el XX. Con esa graciosa mezcla de erudición y narración eficiente, característica de Robertson Davies, iremos avanzando en los años rememorados, hasta llegar al presente de la narración, desvelando el misterio del párroco de Saint Aiden y dejándonos a la espera de una nueva novela que ya nunca llegó, y que me atrevo a aventurar que hubiera estado narrada por Esme, la mujer de Connor Gilmartin y cómplice de su asesinato al principio de la trilogía, que termina casándose con un importante hombre al final de Un hombre astuto.

La prosa de Davies es siempre firme y potente. Mezcla narración cercana con erudición, y habla desde una óptica que a veces es conservadora, a ratos es liberal (en un sentido anglosajón del término), en otros es descreída, a ratos parece abrazar la esperanza de la religión (aunque parece siempre más fascinado por los ritos que por las esencias, y de hecho el propio Hullah iguala en algunos aspectos religión y teatro, dos de sus intereses). No podemos leerlos sin que algunas de sus reflexiones nos chirríen por desfasadas o políticamente incorrectas, pero no podemos olvidar tampoco lo que estamos leyendo, puro siglo XX, con todo lo bueno y malo que tuvo, y no debemos olvidar que igual que Jonathan Hullah nos dice sobre las enfermedades, estas, sus nombres y sus definiciones, han cambiado con los años y los siglos. Han desaparecido males y han aparecido otros nuevos. Se han inventado tratamientos. Davies es un autor siempre notable, siempre brillante, siempre envolvente, al que leer si no se ha llegado aún a sus novelas. Mi recomendación sería empezar con El quinto en discordia (primera entrega de La trilogía de Deptford) o con Un hombre astuto, su último libro. Pero cualquiera de sus obras traducidas en Libros del Asteroide merecerá la pena.

Seguiremos leyendo y dejándonos atrapar.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E



domingo, 4 de septiembre de 2016

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario. 

Leamos con atención el comienzo de El secuestro, de Georges Perec:
“Tres obispos, un religioso judío, un coronel del Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de morir por desnutrición. Primero se pensó en un mero rumor, elementos nocivos, según dijeron. Pero el pueblo se lo creyó. Todos se proveyeron de un sólido fuste. “Queremos comer”, gritó persistentemente el pueblo, profiriendo vituperios sobre jefes, ricos y poderes públicos. Por doquier, se urdieron complots e intentos de subversión. Los polis tuvieron miedo de los turnos de noche. En Bourg – en – Bresse se tomó un sitio público. En Grenoble se robó un stock: bonito, leche, kilos de dulces, montones de trigo, pero todo podrido. En Metz perecieron veintisiete jueces de un solo golpe en un cruce, luego se quemó un periódico vespertino que, según supusieron todos, se pronunció por el gobierno. Los rebeldes se hicieron por todo el territorio con depósitos, docks y comercios”.
Búsquese, como en uno de esos ejercicios de los tests de inteligencias que nos pasaban a los niños en los noventa, y que espero que ya no se utilicen, un elemento característico de dicho párrafo. La solución estará al final de la entrada.

Estoy saliendo de un momento Perec y uno sale confuso de ciertas experiencias. Durante el verano tengo varios tiempos y lugares de lectura a lo largo del día. Leo después de desayunar, o antes si me despierto demasiado temprano, en la cama. Leo en el sofá después de comer. Leo al final de la tarde en un sillón – mecedora. Leo en la cama antes de dormir. Leo en trenes. En playas y piscinas. En las terrazas de los bares. Y leo en el parque por las mañanas, mientras mi hijo sube y se lanza por toboganes y demás juguetes. Es una lectura ligera, un rato agradable que pasamos juntos antes de que el calor apriete demasiado, en las primeras horas de la mañana. Como la lectura no es más que una actividad secundaria, que en ningún caso puede interponerse con la principal –vigilarlo– los libros del parque no son los mismos que leo en el sofá después de comer o en la cama antes de dormir. Me convierto en un lector fragmentario. Este verano, aunque no ha sido lo único, he leído en el parque a Georges Perec. No sé por qué pensaba, leyéndolo allí, que a Perec le gustaría que lo leyeran en los parques. La literatura de Perec es callejera, es de paseo, es bastante vagabunda. Perec paseaba mucho, y se paraba en los parques de París.

Dicen que Roberto Bolaño dijo que Georges Perec era sin duda el escritor más importante de la segunda mitad del siglo XX. Seguramente es verdad que lo dijo. Seguramente lo pensaba cuando lo dijo, pero la verdad es que Bolaño decía demasiadas veces esas cosas, y probablemente no fue el único autor de quien lo afirmó. Creo que no comparto ese entusiasmo por Perec. No lo calificaría del mejor escritor de ninguna década del siglo XX. Pero sí me acerco a lo que dijo Enrique Vila – Matas: Entre los libros que me cambiaron la vida estuvieron siempre los de Perec. Recuerdo haberlos leído con fascinación. La lectura de Perec es fascinante. Perec es fascinante. Este proyecto veraniego es mi segunda lectura del autor. En la primera leí La vida: instrucciones de uso, su obra magna, que sí me pareció un libro del que alguien podría decir: esta es una de las mejores novelas de la segunda mitad del siglo XX. Creo que lo es. La veo una clara vecina de Rayuela de Cortázar y Los detectives salvajes de Bolaño. También leí Me acuerdo. Leí primero el Me acuerdo de Brainard y debo reconocer que aunque el de Perec me gustó, me gustó más el del americano. También debo reconocer que fue con el de Perec con el que me di cuenta del cuerpo que podían tomar algunas notas que estaba trabajando y de las que acabó naciendo mi novela Mil dolores pequeños.

Leí La vida: instrucciones de uso a finales de 2.011, y leí Me acuerdo en el verano de 2.012. Para eso vale ir apuntando lo que uno lee. Le dejé La vida: instrucciones de uso a una persona que se mostró muy interesado en leerlo y pasó lo que suele pasar, que no me lo devolvía, por lo que tuve que acabar colándome en su casa el pasado otoño y recuperarlo. Es posible que aún no haya notado su ausencia.

Y no había vuelto a Perec desde hace cuatro veranos. Hasta que en una visita a la biblioteca a principios de agosto estuve ojeando Las cosas, y acabé saliendo de allí con cuatro libros del autor francés. La lectura de Georges Perec es un estado de ánimo. No creo que tenga demasiado sentido entrar en detalles concretos de cada uno de los libros, aunque tocaré algunos que me ayuden a entender mejor a su autor. Es un autor engañoso. Leí un artículo de Vila – Matas en el que decía que Perec ponía normas arbitrarias que trataban de imponer cierto orden al mundo. Es verdad. Parece una lectura ligera, que se puede hacer en el parque sin más, y se puede hacer en el parque, pero porque parte de la labor de lectura de Perec es seguir pensando en sus páginas cada vez que se cierra el libro. Los cuatro libros que he leído seguidos me llevan a pensar que aunque Georges Perec es un autor divertido, que toca temas que parecen anodinos, es en realidad un representante juguetón de cierto existencialismo, pues nos enfrenta al sinsentido de la existencia, la nada, la pena, lo perdido, la desmemoria.

Perec es un escritor crítico con la sociedad, pero no uno de esos escritores críticos que sermonea y trata de imponer su visión del mundo. Las cosas fue su primera novela, y creo que da la clave en su subtítulo: una historia de los años sesenta. Y esa historia de los años sesenta, escrita en 1965, empieza con una enumeración de todos los objetos que una joven pareja querría tener en su casa soñada, una casa de ricos para la que se sienten preparados. Esa historia de los años sesenta es una historia crítica con el papel que los años sesenta, y esencialmente los jóvenes de los años sesenta, se estaban dando a sí mismos desde aquel mismo momento. Perec es uno de esos jóvenes que describe. Mira a su alrededor con ironía y eso salva su labor. Viene de una familia modesta, ha estudiado en la universidad, ha tenido trabajos mal pagados, tiene una pareja, van al cine, fuman y hablan con otras parejas parecidas, leen semanarios progresistas, se manifiestan en contra de algunas cosas y a favor de otras. Echan de menos no haber nacido en otras épocas en las que los conflictos morales estaban más claros y era más sencillo dónde estaba el bien y dónde estaba el mal y en qué lado había que posicionarse. Uno sabía en qué bando situarse en la primera guerra mundial o en la segunda. A uno le gusta pensar que habría estado en la resistencia, pero no sabe dónde situarse ante la guerra de Argelia. Las cosas están cambiando pero tampoco es para tanto, parece decir. No nos entusiasmemos demasiado.

Un hombre que duerme fue su tercer libro, y es en el que más veo al autor que bebe del existencialismo llevándolo a una mirada irónica, como si pensara que la vida tampoco es un asunto tan grave. Un estudiante de sociología (como Perec lo fue) decide no levantarse para acudir a sus exámenes y de alguna manera se borra de la vida. Al final acabará saliendo de la cama, y acabará hasta saliendo de su casa, pero lo hará como un hombre que está en mitad de un sueño. El sueño remite necesariamente a Kafka como otro autor referente, y debe serlo, pues a él pertenece el epígrafe con el que se inicia la novela. El personaje del libro, al que el narrador interpela con una segunda persona que llega a hacer sentir incómodo al lector, saldrá de casa, paseará, irá al cine, observará, pero todo parecerá parte de un proceso de desnaturalización. Está desprendiéndose de todas las necesidades superfluas, de todos los objetivos que la sociedad le ha marcado, camino de un mundo esencial e individual, como en una epopeya budista en mitad de la metrópolis. Vuelvo a detectar esa cierta decepción con todos los cambios, esa crítica irónica a la sociedad de consumo y sus nuevos modelos.

Decía Vila – Matas en ese mismo artículo que citaba antes que El secuestro era la mejor novela de Perec y por añadidura una de las mejores novelas europeas de las últimas décadas. Es sin duda una novela extraña, de lectura alucinada. Perec vuelve a enfrentarnos, en esta su cuarta novela, a la nada. Un hombre desaparece, aparentemente secuestrado. Y pronto todo se irá revelando como un sinsentido. Es un libro que parece jugar con unas reglas diferentes, propias, las de Perec, que de alguna manera nos permite jugar como lectores sin habernos explicado antes cómo se debe jugar. Es un placer volver a un estado de lectura propio de la infancia. Y quizá sea la manera adecuada de jugar, pues nadie estudia nunca las instrucciones de un videojuego antes de ponerse a jugar. Y Perec, como Cortázar y sus amigos parisinos, escribe jugando. El secuestro está relacionada con Un hombre que duerme y con Las cosas. Las tres fueron escritas en un intervalo de unos cinco años en la segunda mitad de los sesenta, y quizá la mejor manera de verlas sea como capítulos de una gran novela, introducción, nudo y desenlace sui generis a los años sesenta franceses. La narrativa de Perec en estas tres novelas evoluciona de lo poco a la nada, y consigue resultados excelentes con ese material.


Me alegro de haber leído en último lugar Lo infraordinario. Por lo que comentaba de contemplar las tres novelas como partes de una misma obra, si sigue habiendo autores de los que tiene sentido hablar de una poética propia, Georges Perec es sin duda uno de ellos. El título ya dice todo, o dice mucho. A Perec le interesaba sobremanera lo anodino, lo que queda por debajo de la atención de los demás. Lo que sólo era suyo. Creo que hay dos grandes tipos de novelistas: los que inventan y los que miran la realidad de una manera distinta. Los del qué y los del cómo. Perec no necesita casi qué porque es un maestro del cómo. En el libro, publicado póstumamente, Perec se lanza a describir su barrio, o su escritorio, o trata de enumerar todo lo que comió y bebió en 1.974. Ejercicios que podrían ser insustanciales si no estuvieran tan bien dibujados. Lo infraordinario reúne ocho textos que vienen a enseñarnos quién era Perec, qué escribía, y por qué. Perec era hijo de judíos muertos en la Segunda Guerra Mundial (su madre murió en Auschwitz, su padre en el frente) y no debía ser fácil ser él. A veces parece que huía de sí mismo. Lo infraordinario nos permite saber qué le interesaba y por qué tenía esa alma de clasificador de la existencia. No debe ser casual que durante muchos años fuera archivero y documentalista, y no debe serlo tampoco que lo fuera en un importante laboratorio, pues su prosa tiene algo de científico, de ese lenguaje fascinante pero algo oscuro que insinúa la realidad más que la enseña.

La narrativa de Georges Perec funciona como una granada que después de activada espera para explotar. La granada va explotando a cámara lenta y aunque ya haya escrito estas palabras aún noto que su efecto persistirá por un tiempo. Quizá sea conveniente dejar pasar otros cuatro veranos antes de volver a leer a Perec y hacerlo en ese año 2.020 sólo en las orillas de piscinas y playas. Quizá haya que marcarse reglas sin sentido aparente y respetarlas como si fueran las palabras de un dios, así, con minúsculas, un dios modesto, hasta algo anodino, sin ansias de grandeza. Por cierto que el párrafo inicial no contiene ninguna a, igual que toda la novela. Y no se puede más que admirar al traductor que hizo tal labor, pues la novela original en francés carece de la e y el encaje de juegos y lugares debió de llevarle años.

Seguiremos leyendo y hablando de lo leído.

Felices lecturas


Sr. E