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jueves, 5 de diciembre de 2019

Paciente X, de David Peace


Paciente X: El caso clínico de Ryünosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)

No conocía a Ryünosuke Akutagawa (y aunque aparece citado en una lista de los autores top japoneses del siglo XX, al nivel de los Mishima, Kawabata, Tanizaki, Kenzaburo Oé o Kobo Abe, la falta de libros en España me hace sospechar que no es tan conocido como ellos en nuestro país). Llegué a este libro siguiendo el nombre de David Peace, y lo hice por casualidad, después de encontrarme casualmente con una nota de prensa sobre la aparición del libro en una pequeña editorial (que supongo bastante reciente). Aunque David Peace es para mí uno de los mejores escritores contemporáneos, no acaba de tener éxito en nuestro país, y su obra (inmensa en calidad, y este es otro ejemplo) va pasando por distintas editoriales, y sigue sin conseguir el éxito que merecería.

Si David Peace ha escrito el libro, yo quiero leerlo, sea una serie de novelas negras atormentadas (Cuarteto de Red Riding), una crónica politizada de las huelgas mineras y la definitiva derrota de la clase obrera (GB84), sus novelas negro – históricas sobre el Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial (Trilogía de Tokio), o hasta un libro sobre un equipo de fútbol y sus años gloriosos (The Damned United). Digo, siempre que puedo, que no creo que haya, entre los más reconocidos, un escritor mejor que James Ellroy. Y añado, también siempre, desde la primera vez que me encontré con su obra, que David Peace es aún mejor. Así que si David Peace ha escrito un libro sobre un escritor japonés del que no sé nada, quiero leerlo.

Y así, me compré en cuanto pude (porque no es la clase de libro que puedes esperar que llegue a las bibliotecas públicas) este libro y me puse a leerlo. Paciente X es una novela que se compone a base de relatos, hasta un total de 12, donde a veces la voz narradora reposa en el propio Akutagawa, otras veces en otros escritores, otras en testigos más o menos cercanos de sus últimos meses de vida. En esas voces que entran y salen, que van de lo poético a lo crudo, vamos acompañando a Akugatawa desde que era un niño que escapaba de los problemas de casa (el mayor, y el que más le agobió siempre, la locura de su madre, un trastorno que temía que heredaría) cruzando el río para leer todos (literalmente) los libros de la biblioteca más cercana hasta que empieza a estar devorado por los síntomas de esa locura (un insomnio crónico, unas alucinaciones crecientes, un estado nervioso deplorable). Vemos a Akutagawa acompañado de otros escritores con los que guardaba una relación cercana (Junichiro Tanizaki y Yasunari Kawabata, especialmente), aunque algunas de ellas se fueron enfriando.

La transcripción de algunos fragmentos y la recreación de otros de sus diarios y escritos sobre la escritura permiten hacerse una idea muy cercana de cómo se veía a sí mismo y cómo fue construyéndose como escritor, combinando tradiciones japonesas y escritores occidentales a los que se sentía muy cercano. También vemos, y el trabajo de narradores de Peace es fascinante por sutil, profundo y sangrante, su creciente obsesión por la figura de Cristo y de los kappas, unos pequeños demonios (o dioses, según la interpretación) acuáticos japoneses, bromistas pero también crueles, letales incluso, a quienes Akutagawa acabó por dar carta de naturaleza en su vida y a los que dedicó sus últimos textos, de los que habla hacia el final del libro con el médico a quien ha convencido para que visite a un amigo suyo, también escritor, que está delicado de los nervios y de quien teme que pueda suicidarse.

Quien finalmente se suicidó fue Akutagawa, a los treinta y cinco años, y el libro lo va anunciando, juega a ir administrando la tensión del inevitable desenlace. Y nos hace empatizar, al menos a quienes escribimos y leemos con espíritu samurái, con las desventuras de este escritor japonés. Peace vive desde hace más de 25 años en Tokio, conoce la ciudad, le ha dedicado una trilogía a su historia de postguerra (el tercer volumen está al salir en España, tengo entendido) y aquí se nota que está escribiendo desde la admiración y un conocimiento muy profundo de la obra de Akutagawa.

Algunas de las historias sobre las que se va armando el libro tienen entidad más que suficiente para valorarlas de manera individual, y aunque el libro es realmente una novela y crece por acumulación, y la lectura debe hacerse en el orden en el que está, que es en el que vamos entrando en las tribulaciones de Ryünosuke Akutagawa y vamos comprendiéndolo en la medida en que lo vamos a comprender, no deja de ser cierto que varias de ellas podrían leerse de manera independiente, y aunque carecerían de parte del contexto, se podrían apreciar como estupendos relatos. De hecho Peace había publicado anteriormente algunos de los textos en revistas o libros colectivos, y de cara a una próxima relectura me he dejado señalados Un cuento contado dos veces, Después del desastre, antes del desastre, San Kappa y Los espectros de Cristo, todos dotados de una espiritualidad especial y una sensibilidad literaria de primera.

Un libro para descubrir a Peace, en el caso de quien aún no lo haya hecho (aunque todo libro de Peace es una gran oportunidad para hacerlo), y también un libro para ponerse sobre la pista de uno de los nombres básicos de la literatura japonesa, y quizá desde ese nombre ir saltando a otros.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 30 de noviembre de 2019

Los nuestros, de Serguéi Dovlátov


Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

En la editorial Fulgencio Pimentel han seguido este otoño publicando las obras de Dovlátov. Podría decir sin exagerar demasiado que este autor ruso ha sido mi gran descubrimiento de 2019, aunque ya había leído antes algo suyo. Y sin ninguna exageración también puedo decir que la labor editorial de este sello está siendo impecable con la obra del ruso. Espero cada nueva entrega ya con la devoción del fan entregado, y me gustaría (por si alguien de la editorial lee estas palabras y quiere tomar nota) que el siguiente libro fuese La zona.

La peripecia editorial de Dovlátov había sido hasta estas nuevas reediciones inconstante y variada. Si uno busca viejos ejemplares en bibliotecas, se da cuenta de que aparecieron, cuando lo hicieron, en editoriales pequeñas, que sacaron uno o dos libros y al no obtener con ellos ni ventas ni prestigio, renunciaron. Ya lo he contado, pero el primer libro de Dovlátov que leí, La extranjera, lo rescaté de un expurgo en una biblioteca municipal. Estaba ahí ya descatalogado, dejando pasar las horas hasta que un monstruo triturador se lo llevara por delante, o hasta que alguien lo rescatara.

El año pasado ya leí Retiro, en las ediciones de Fulgencio Pimentel, y confirmé que Dovlátov iba a ser alguien importante en esta etapa lectora de mi vida. Las lecturas a principios de año de Oficio y La maleta lo confirmaron y como contaba, me convirtieron en uno de esos fans irredentos que esperan cualquier novedad relacionada con su obsesión, su nueva obsesión. Y tampoco es que me pase el día pendiente de si salen nuevas traducciones de Dovlátov, pero este otoño, de paseo por librerías, vi que había llegado Los nuestros y rápidamente lo cogí y lo traje a casa.

Los nuestros, como La maleta, como tantas páginas de Dovlátov, es autoficción, de esa que ahora se cuestiona y critica tanto. Pero claro, no critiquemos lo colectivo y leamos a los autores. Y Dovlátov es un escritor de primera. Y como en La maleta, lo que Dovlátov hace en Los nuestros es escribir su autobiografía, o parte de la misma, de modo indirecto. En La maleta recurría a los objetos que definían su vida, los que le acompañarían en una modesta maleta de exiliado que abandonaba finalmente Leningrado y se marchaba a los Estados Unidos, y a través de esos objetos nos contaba lo que realmente le interesaba contarnos, su vida. Aquí recurre a parientes, amigos y seres cercanos, y a través de sus andanzas (o pensamientos, porque algunos se mueven más bien poco, hay algún aventurero en este libro de Dovlátov, pero hay más imprudentes sedentarios que aventureros, abundan en la estirpe de Dovlátov los bocazas capaces de buscarse la ruina sin apenas poner el pie en el portal, un rasgo que comparte con orgullo el escritor) dibuja su vida, su personalidad y hace un retrato colectivo de un momento concreto de la URSS.

El libro, aunque no alcanza el nivel (aunque lo releeré, porque no sé si la culpa será de que no estaba yo tan predispuesto al nirvana lector como con Oficio o La maleta) de otras obras que he ido leyendo de Dovlátov, es estupendo. Y Dovlátov brilla entre la mediocridad de novedades que se acumulan. Es un oasis para un lector como yo. Un lector que ya espera nuevas entregas (y vuelve a recomendar a la editorial que pase por La zona, los cuadernos de la época que Dovlátov pasó como guardia en un campo de concentración soviético) y seguirá atento a los nuevos rescates del autor ruso. Mientras tanto, releeré pronto este, y quizá también Oficio y La maleta.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 9 de noviembre de 2017

Degustación: La parte inventada, de Rodrigo Fresán

La parte inventada, de Rodrigo Fresán (DeBolsillo)

Leí por primera vez La parte inventada en la primavera de 2014, con un niño de 6 meses tendente al insomnio a mi lado, y disfruté del libro como disfruto de casi cualquier texto de Fresán. Leí el año pasado la segunda parte de esa trilogía en progreso, La parte soñada, y hace un par de semanas, en ruta por librerías vi que (¡al fin!) había llegado la edición en bolsillo de La parte inventada. Lanzo preguntas al aire: ¿cuánto debe vender un autor en edición grande para que su editorial considere que puede ser rentable la edición en bolsillo? Hace unos años todos los libros de Fresán estaban en bolsillo, este ha tardado más de tres años y hay otros de sus títulos totalmente desaparecidos. ¿No vende nada? ¿Ha dejado de ser interesante para ese mercado? ¿Antes sí vendía bien y era rentable?

Dejando al margen las cuestiones de marketing, la edición de bolsillo me ha permitido releer el libro, porque ahora lo tengo, ya no es de prestado de la biblioteca, y porque ahora es una edición relativamente cómoda de sacar al parque o llevar en el transporte público. Lo he releído con otro niño de 6 meses que duerme poco, como si fuera aquel primer niño, al lado. La literatura de Fresán está hecha para la relectura, como supongo que hubiera dicho Nabokov en caso de haberlo leído. Y no tanto porque una primera lectura requiera una especial concentración y seguimiento de una trama por lo general casi secundaria y unos personajes que se adscriben, en la mayoría de sus narraciones, a los estereotipos. Decía Alberto Olmos hace unas semanas en su blog Mala fama que si a un escritor le quitabas la narración solo quedaba la literatura. Pues Fresán es todo literatura. Y sus lectores le damos las gracias por ello.

Siempre ha sido así (lo es en esos libros infinitos que son La velocidad de las cosas o Mantra, lo es a una escala reducida en El fondo del cielo), pero lo es quizá un poco más en esta trilogía que está poniendo en marcha, basada en la figura del escritor. Rodrigo Fresán dice que escribió un primer libro, La parte inventada, y pensaba que eso era todo. Pero luego volvió a escribir y lo que le fue saliendo fue La parte soñada, y se dio cuenta de que seguía en el mismo mundo. Y ahora está trabajando en la tercera entrega, La parte recordada. Inventar, soñar, recordar, quizá los tres verbos clave en el momento de la creación literaria. Mezclándolos, si es posible. Recordar sueños. Inventar recuerdos. Etcétera.

La parte inventada es un libro inabarcable en todos sus niveles, plagado de referencias (a un nivel que hace que algunas páginas superen al pobre lector), lleno de digresiones que van devorando poco a poco la trama (una trama que vendría a ser la reconstrucción de la formación de El Escritor). Fresán es borgiano, y ya se dijo hace al menos dos décadas que era, probablemente un Borges pop, a lo que él contestó que Borges ya era pop. ¿Se hace viejo Fresán? Envejece, y se nota en este libro, y se nota en esta trilogía y se nota en las no demasiadas entrevistas que ha concedido en estos años, donde se le encuentra hastiado de la sociedad sin libros en la que le está tocando vivir. La parte inventada es un libro que habla de la muerte de la literatura. No de la novela, esta vez, sino de la literatura, de esa inversión de tiempo, neuronas, dinero, en buscar la mejor manera de escribir. Están los fantasmas de siempre de los libros de Fresán. Está 2001: La odisea en el espacio y está Bob Dylan y están The Beatles y está Francis Scott Fitzgerald, cuya novela Suave es la noche es una referencia constante en la vida y obra de El Escritor. Y están los nuevos fantasmas. Está ese envejecimiento y esa renuncia al pop contemporáneo, las diatribas contra las redes sociales y contra los que leen sin parar durante el día pero nunca libros con ideas complejas, contra los que escriben y pretenden que los lean pero ellos no leen y no trabajan su escritura.

Tratar de acercarse a un resumen de la trama es absurdo. El libro tiene 7 partes, en cierta medida tratando de reproducir esa idea que dice que toda historia viene esencialmente de esas 7 tramas básicas que se repiten desde Grecia o antes. Las referencias a la creación como aproximación a la trascendencia son constantes. A la trascendencia y a la paternidad, a la creación, el deicidio.

Y así El Niño no se parece en nada a sus padres. Y de acuerdo, lugar común, vista cansada: no puedes escoger a tus padres. Pero también es verdad que los padres tampoco pueden escoger a sus hijos. Y cabe preguntarse si estos dos, de haber podido acceder a otros modelos, habrían escogido a ese uno. O si este uno hubiera escogido a esos dos. Y cómo fue en primer lugar que los padres se escogieron entre ellos: ¿se sentían idénticos o complementarios o veían en el otro lo que querían que el otro viese en ellos? Haya sido lo que haya sido, ahora entienden – aunque no se atrevan a decirlo abiertamente – que todo fue un malentendido.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales – con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus – un <<Pero ¿has leído todos estos libros?>>. Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: <<¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en el lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos …?>>.

De esas partes recomiendo la lectura, como de una novela corta, casi como un libro de cuentos incompletos, porque eso es, un libro de brotes de cuentos, de la tercera parte: Algunas cosas que se te ocurren cuando deseas que nada te ocurra, un magnífico acercamiento al momento en el que el autor vislumbra la idea de la que tirar para tratar de conseguir alguna vez un texto. El Hombre Solo, enfrentado a pruebas médicas de las que puede esperar lo peor (cuando deseas que nada te ocurra) empieza a tomar notas para posibles historias. Ideas disparatadas pero otras no tanto, algunas son ideas realmente buenas para cuentos que ya no se escribirán. Ideas que surgen del contorno más extraño de la realidad, y que en sus breves 2 caras de anotación apresurada consuelan. Consuelan porque hablan de mañana, el momento sin desgracia en el que sentarse y escribirlas, el momento para desarrollar esa idea un poco más, lo suficiente, lo necesario para esa historia en particular. Rodrigo Fresán se aproxima aquí, otra vez más, a uno de los dioses recurrentes de su panteón, un imprescindible de las decenas de citas con las que se abren sus libros, John Cheever, aquel señor de mirada triste, incapaz de aceptar su vida real con sus problemas reales, aquel a quien llamaban el Chéjov de los suburbios, quien decía que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista. Aquí Fresán lo lleva al extremo, es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la antesala de los resultados médicos que pueden incluir las peores palabras, esas que normalmente comienzan con una C. Hay cuentos de terror y hay cuentos que nos alivian el terror de vivir.

Esa pequeña colección de cuentos en el interior de una novela ilustra perfectamente lo que es este libro, una colección de muñecas rusas que siempre esconden otra historia más en su interior. Rodrigo Fresán nos hace replantearnos aquí que no existe eso que llaman buena y mala literatura, alta o baja, sino sencillamente Literatura y las demás formas más o menos funcionales de escritura. Y él sigue apostando todo a la Literatura. Y personalmente espero que nunca deje de hacerlo, porque como él también dice siempre que lo entrevistan, la realidad está sobrevalorada, y ya tenemos todos bastante realidad cada día.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

jueves, 9 de febrero de 2017

Misery, de Stephen King

Misery, de Stephen King (DeBolsillo)


Conocía la historia de Misery, porque en algún momento de mi adolescencia vi varias veces la película inspirada en la novela, protagonizada por Cathy Bates (que ganó de hecho el Óscar por interpretar a Annie Wilkes) y James Caan, y por cierto muy recomendable. Últimamente he encontrado referencias muy directas a la novela en Rey de Picas, la novela de Joyce Carol Oates (a su vez una autora a la que Stephen King admira) y he oído hablar de que tiene también mucho peso en la novela Basada en hechos reales, de Delphine De Vigan, que ha recibido muy buenas críticas. Pero no había leído hasta ahora la novela de Stephen King. Siempre la he visto considerada entre sus obras más importantes, y después de leerla debo decir que así es. Misery está sin duda a la altura de las que para mí son sus mejores novelas: El misterio de Salem´s Lot, Cementerio de animales, La zona muerta y El resplandor. El canon de sus seguidores incluye a veces Apocalipsis o La torre oscura, pero no las he leído. Creo que Misery es un libro que tiene varios niveles de lectura, como Cementerio de animales, y en el que King se enfrenta a sus fantasmas como escritor, como sucedía en El resplandor.

Misery es un interesante juego metanarrativo que es a la vez una muy eficiente novela de terror. Lo peor que se puede decir de un libro de Stephen King es que está bien escrito y es eficaz. Cualquiera de sus obras funciona, avanza a buen ritmo y está construida para contar bien una historia. Aquí la historia nos lleva a conocer a Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas que ha acabado harto de ellas y que considera que es un mejor escritor de lo que sus lectores fieles le permiten ser y los críticos ven. Sheldon acaba de publicar la última novela de su famosa saga de novela histórico – romántica, la protagonizada por Misery Chastain, y por fin ha matado al personaje. También acaba de escribir la que considera que será su mejor novela, Automóviles veloces, por la que cree que puede optar al Pullitzer o el National Book Award o cualquiera de esos premios que Stephen King nunca ha ganado ni ganará.

Para celebrar que ha terminado su gran novela, Paul Sheldon abre una botella del mejor champán que tienen en el hotel y decide lanzarse a conducir hacia el oeste, en un impulso adolescente e idiota. Sheldon es un tópico escritor de éxito, aficionado a los coches, bebedor e incapaz de mantener un matrimonio en pie. Conduciendo a toda velocidad, con el Dom Perignon en una mano y el volante en la otra, y bajo una tormenta, su coche acabará estrellado. Alguien acudirá a su rescate y lo salvará de lo que hubiera sido una muerte segura, bajo la nieve, por hipotermia. Pero, y esto se lo preguntará muchas veces Paul Sheldon en los siguientes meses. ¿No hubiera sido preferible morir allí?

La persona que lo rescata es Annie Wilkes, una ex – enfermera que vive sola en mitad de las montañas, junto a su cerdo Misery. Qué casualidad, su fan número uno. Ella lo trasladó hasta su casa y allí le entablilló de manera rudimentaria sus piernas rotas y empezó a atiborrarlo de analgésicos y otras drogas. Cuando Paul Sheldon vuelve en sí y toma conciencia de su situación, empieza a inquietarse. ¿Por qué no lo llevó a un hospital? Ella tiene un oscuro pasado de muertes y sospechas que él irá descubriendo.

Annie Wilkes, la fan número uno de las novelas románticas que Paul Sheldon escribe, enfurece al ver que ha matado a su personaje favorito, Misery Chastain. Enfurece aún más cuando lee el manuscrito de la que será su nueva novela, y cuando comprueba que parece estar orgulloso de ese libro. Lo obliga a quemarlo en una barbacoa. Era su única copia. Después de dos años de trabajo. Una pesadilla para cualquier escritor. Una tortura. Pero no será la única. Ni la peor. Annie Wilkes tiene muy mal genio, y experiencia en usarlo. También cree que tiene a todo el mundo en contra. Solo encuentra consuelo en rezar (una característica muy repetida en algunos personajes de King, ese fanatismo religioso) y en las novelas románticas que Paul Sheldon escribía. Obligará, y sabe ser muy persuasiva, a que el autor retome las novelas de Misery y escriba la nueva entrega de la saga, en la que el personaje regrese de entre los muertos y le dé a la que será su única lectora más de lo mismo, lo único que quiere.

Así pues, ¿qué era la verdad? La verdad era que el rechazo creciente a su trabajo por parte de la crítica como “escritor popular”, lo que suponía, según él, catalogarlo por debajo de un auténtico escribidor, le había hecho daño. No concordaba con la imagen que tenía de sí mismo como “escritor serio” que inventaba todos esos romances de mierda como subsidio para su (fanfarria de trompetas, por favor) ¡VERDADERO TRABAJO!

Entre torturas y malos tratos que es mejor no desvelar, en una tensión creciente, veremos cómo Paul Sheldon va avanzando en la novela que le puede salvar la vida. Él mismo se compara con Sherezade. Cada capítulo que termina y ella lee le alarga un poco la vida, pero lo acerca más al fin. Una novela que le irá gustando poco a poco, porque a veces escribir trata de eso, de la tabla de salvación a la que los escritores pueden agarrarse para no hundirse. Podremos leer capítulos de la novela que Annie Wilkes quiere leer, El retorno de Misery. Veremos la prosa afectada que lo ha hecho un autor superventas entre lectoras fanáticas que no pueden vivir sin recurrir a ese otro mundo. La droga de Annie son las novelas de Misery. Paul se va enganchando a los calmantes que ella le suministra. Toma conciencia de esa adicción. Y a su vez, se va enganchando a su propia novela, y sabe que el tiempo se le irá agotando.

Paul Sheldon acabará saliendo de aquella casa vivo pero con terribles secuelas. Nunca dejará de vivir, en parte, en aquella habitación y en aquel sótano. La novela presenta el encierro de un escritor esclavizado por su propio éxito. Sus lectores, ese Lector Constante del que habla, incapaz de ver un poco más allá de más de lo mismo. Ese lector que no quiere que su escritor preferido pueda hacer otra cosa. Igual que ese espectador de cine que no quiere que un director haga otra cosa, o que la nueva película de su saga predilecta no sea calcada a las anteriores. Misery podría tener un subtítulo que fuera: Las esclavitudes del autor de éxito o Las tiranías del lector. Un lector que se queja si un párrafo tiene demasiadas subordinadas o que abandona libros que son complicados o de pensar. Un lector que no tiene interés en conocer los trucos del oficio que Paul Sheldon le explica y le explica King a los lectores de la novela, porque es un lector que cree que escribir es esencialmente inventar una historia, cuando eso es prácticamente lo de menos. Un lector que sigue existiendo y que quizá está creciendo aún más en los tiempos de internet y la falta de atención continuada. Un lector que probablemente no se daría por aludido al leer la peripecia de Paul Sheldon y pensaría que el lector simple y fanático son los otros. Siempre son los otros. Paul Sheldon tiene su propia entrada en wikipedia, quizá un guiño macabro.

¿Puedes tú, Paul? -se preguntó en sueños-. Sí. Es así como sobrevivo. Es así como he llegado a mantener casa en Nueva York y en Los Ángeles y más hierro rodante del que hay en algunos parques de coches usados. Porque puedo y no es algo por lo que tenga que disculparme, maldición. Hay montones de tipos que escriben mejor prosa que yo y que entienden mejor lo que es la gente y el supuesto significado de la Humanidad, demonios, ya lo sé.

La novela también es una reivindicación que Stephen King hace de su oficio. Él no es un genio pero sí un gran artesano, eso nos dice. Eso dice como autor siempre que le preguntan. Y también nos dice que puede hacer algo más que historias terroríficas que aterroricen a los de siempre, aunque para ello se valga de una historia terrorífica. La novela es a la vez un escupitajo en la cara de los millones de lectores que pudieran considerar que debía ceñirse a hacer siempre lo mismo, y un juego irónico en esa misma línea. La novela es un agridulce retrato de la vida del escritor de éxito, y es quizá, a sus cuarenta años, hace ya casi treinta, la cima de la obra de Stephen King, quizá su última gran novela, a la vez una cumbre del género que igualo a las otras novelas que ya comentaba al principio (todas ellas del principio de su carrera) y a la vez una carta de renuncia.

Hay en este mundo un millón de cosas que no sé hacer. No puedo batear una pelota, ni siquiera en la secundaria. No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere alguien que lo saque del círculo, que lo asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. Claro que sí.

Hace ya años leí un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba cuánto hacía que Stephen King no nos daba realmente miedo. Quizá desde Misery.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 30 de enero de 2017

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Ed. Anagrama)


 Leí hace algunos años Submáquina, de Esther García Llovet, y solo recuerdo algunos detalles de la novela (lo protagonizaba una policía lectora, o una policía escritora, y retrataba el mundo con una mirada irónica y crítica). Recuerdo que me gustó y que desde entonces el nombre de Esther García Llovet estaba en mi lista de autores a los que seguir, y he leído que la autora afirma que aquella novela tuvo como 500 lectores, así que en cierto modo Esther García Llovet y yo somos familia, y por ese parentesco literario me alegré mucho cuando vi su nombre como finalista del último Premio Herralde de Novela. La novela no ha sido la finalista institucional del premio sino una de las novelas que llegaron a la última selección del jurado y que este recomendó que se publicara junto a la ganadora y la finalista. No recuerdo qué novelas ganaron este año ni tengo especial interés en leerlas ahora mismo, pero creo que conseguir ese reconocimiento fuera de lo establecido por las bases tiene un mérito especial. Algo habrá visto el jurado. Algo que no debe ser premiado. Hay que leerlo, urgentemente.

De Submáquina recuerdo que el ritmo era cinematográfico (dicho esto como sinónimo de que muchas acciones quedaban más esbozadas que desarrolladas, como en un guión) y que la manera de expresarse y moverse por el mundo de su protagonista me recordaba la escritura de Roberto Bolaño, siempre entre lo policial y lo metaliterario. Curioseando ahora sobre la autora veo que estudió cine y que en un artículo en una revista cultural de hace unos años le echaba la culpa de haberse puesto a escribir a Roberto Bolaño, en concreto a Nocturno de Chile. La sombra de Bolaño es alargada y sigue sobrevolándonos a muchos de los que hemos llegado a la escritura en el siglo XXI.
  
Cómo dejar de escribir es una novela que sigue los pasos del gran Ronaldo, el último tótem de la literatura latinoamericana, el autor mítico, chileno para más detalle, que recuerda por su procedencia y por esa mitomanía que parece despertar, a Roberto Bolaño. Aunque en realidad sigue los pasos de su hijo, un escritor que no escribe. Esa es una de las claves de la novela, la figura de los que no escriben y rodean al mundillo literario. Ese negativo de la fotografía. Todo el mundo que habla sobre el gran Ronaldo parece que estuvo con él en algún momento clave. Todo el mundo lo vio en cierto momento, lugar y circunstancia y quiere contarlo mientras se toma una copa. Parece que lo de menos fue lo que escribió, porque él mismo, convertido en personaje, fue su obra. Su gran obra. Casi como en la vida de Bolaño, con la salvedad de que tras la figura y el mito un tanto disparatado del chileno hay una obra de peso.

El narrador de la novela, apático y distante, es el hijo del gran Ronaldo. Un personaje sin amigos, aparte de un ex – convicto y un vagabundo, y al que parece que todo le da bastante igual. Va a alguna fiesta en la que no paran de decirle que dónde se ha metido, que parece que vive encerrado. Y es que vive casi encerrado en la vieja casa de su padre. Investigando sobre el gran Ronaldo, sin descubrir nada demasiado sustancioso, y buscando su novela inédita, la búsqueda sobre la que precariamente se sustenta la trama. Y la trama se sustenta con precariedad sencillamente porque es lo de menos, es un falso esqueleto que usar como percha para escribir.

La escritura del libro se eleva constantemente, y va iluminando rincones de Madrid con ojos de turista, y va, sobre todo, iluminando rincones del alma humana. Esos rincones del alma que los turistas no suelen visitar. El gran mérito de Cómo dejar de escribir es que parece escrita con ligereza, se lee con ligereza, trata esencialmente de nada, pero cuando acabamos de leerla, sentimos que esa aparente nada era la misma nada de la que está hecha la vida, así que era un libro que trataba de la vida. De la del gran Ronaldo y de la de su hijo y de sus extraños amigos y por supuesto, de la nuestra.

Y así, como pretendía seguramente desde una intención inicial maquiavélica de su autora, Cómo dejar de escribir se convierte en el libro de autoayuda envenenado perfecto, pues como pasa con los textos de Bolaño, tanto con sus novelas como con sus relatos, es una narración perfectamente hilvanada que invita a la relectura y lanzará a escribir a quien acabe el libro. Suerte a los imprudentes en el empeño.

Seguiremos leyendo y escribiendo.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 8 de enero de 2017

Gótico carpintero vs. La escoba del sistema

Gótico carpintero, de William Gaddis (Sexto Piso) vs. La escoba del sistema, de David Foster Wallace (Pálido Fuego)

He cruzado de 2016 a 2017 a lomos de estas dos novelas, que comencé a leer en los últimos días del año pasado y he terminado en los primeros del actual. Es la primera novela que leo de Gaddis y una de las pocas obras de Foster Wallace que me restaban (ya sólo me queda La broma infinita). Empecé con esta obra de Gaddis porque sus grandes novelas me intimidaban un poco, por su tamaño y ambición.

William Gaddis publicó su tercera novela, Gótico carpintero, en 1985. Gaddis fue, como quizá deberían serlo todos, un escritor sin prisa por publicar. Alguien que no tuvo problema en dejar pasar 20 años entre su primera y su segunda novela, y 10 más entre la segunda y la tercera.

Gótico carpintero toma su título de un estilo arquitectónico americano, nacido al amparo del neogótico, en el que lo importante era el envoltorio. Los arquitectos diseñaban bonitas casas de madera que resultaban atractivas desde fuera, y luego, en un ejercicio de habilidad, trataban de encajar en su interior los pilares, tabiques y muebles. Ese es un dato que se da cuando se ha pasado la mitad de la novela, como de pasada. El casero de la pareja protagonista lo dice como si no importara. Esa pareja protagonista es, claro, una pareja mal avenida: ella hija de una fortuna de la que la herencia de su padre la ha dejado fuera, él un veterano de la guerra amargado porque no tiene dinero, uno de esos tipos que siempre tiene un gran plan para forrarse al que sólo el egoísmo y estrechez de miras de los demás impiden prosperar. Ese marido busca que el Estado lo indemnice por las consecuencias de su paso por la guerra, y la novela es una sucesión de visitas a médicos, facturas sin pagar y vasos de whisky. Ella tiene un hermano gorrón y amigos que gustan más o menos a su marido en función de las oportunidades que le presentan de sacarles dinero.

El casero es otro personaje a no olvidar, una especie de genio desaparecido, alguien que iba a ser escritor y ahora es un no – escritor, un lector perfecto que se gana la vida escribiendo textos para manuales escolares de geología, porque también es geólogo, y parece que sobre todo dedica su tiempo a fumar y a la divagación.

Todos hablan y hablan sin escucharse. Los diálogos de la novela de Gaddis están mal puntuados y tratan de reproducir el habla de personas que hace años que no escuchan y sólo hablan y hablan tratando de atropellar el discurso de los demás. La novela de Gaddis se relaciona directamente con la de Foster Wallace, su ópera prima, en ese punto, en el de los diálogos inverosímiles, largos, recargados, artificiales pero adictivos, que también son marca de la casa de Don DeLillo. Tengo apuntada una cita de la novela Ruido de fondo, de DeLillo, también de 1985, que dice que: “La familia es la principal fuente de desinformación”, porque a veces todos hablan y hablan y nadie escucha al otro.

Algo estaba gestándose en 1985. Algo vieron en el aire, algo notaron DeLillo, Foster Wallace y Gaddis, que los llevó a escribir tres novelas en las que los personajes hablan y hablan. Creo que hay una crítica muy importante a la nueva sociedad que se estaba construyendo, y eso que los tiempos de whatsapp y twitter y demás redes sociales donde expresar el más mínimo de los pensamientos, y a veces pensamiento ya es un nombre excesivo, quedaba lejos. Creo que Gaddis, más que en el hecho de que uno de sus personajes sea un escritor, entra en la metanarrativa a través de esa reflexión, ese tono de cháchara sin sentido, quizá un ataque al ansia de publicar de los autores. Publicar como forma de evitar el olvido. Hablar mucho para tener más razón. Y también hace una apuesta metanarrativa en la elección del gótico carpintero, ese envoltorio sin sentido, que representa, sin duda, esa prosa experimental que no es más que forma. Y es muy significativo que autores tan buenos en la forma como DeLillo, Gaddis y Foster Wallace siempre hayan criticado la forma sin fondo.


Aunque La escoba del sistema no se publicó hasta 1987, Foster Wallace la escribió en 1985 como proyecto final de carrera y obtuvo con ella la nota máxima y la recomendación de muchos de sus profesores de que la enviara a algunos editores que podrían estar interesados. La edición de Pálido Fuego comienza, de hecho, con una carta de Foster Wallace a quien fue su primer editor, ofreciéndole uno de los capítulos de la novela para su lectura. Esta edición de la editorial Pálido Fuego ha sido la primera traducción de La escoba del sistema, y en ese sentido tiene un gran mérito, pues completa las obras de Foster Wallace, normalmente editadas en Mondadori. La edición tiene quizá más erratas de las deseables, pero espero que eso se corrija en reimpresiones.
David Foster Wallace es uno de esos escritores obsesivos, como casi todos los que acaban construyendo una obra perdurable. Sus temas han sido siempre unos pocos, y uno de ellos es la incomunicación y la presión social que los otros ejercen desde fuera, cómo lo que los demás piensan de uno lo dibujan y cómo el observador modifica a lo observado, sea una persona o sea toda la sociedad. La escoba del sistema vale como borrador de la obra completa de Foster Wallace, y ya nos mete en un ambiente de jóvenes desnortados llenos de palabrería vacía y hueca. La prosa de Foster Wallace ya es rítmica y presume de sintaxis musculosa y elástica. Su acercamiento a la juventud de la que forma parte y de la que se ríe sin dejar de verse reflejado en ella ya está ahí. Los tiempos de Foster Wallace ya son líquidos y la única herramienta de disección de la que dispone es la ironía feroz. El trabajo, el amor, la amistad, la literatura, ya no son para siempre.

La trama se sustenta sobre una familia en la que nadie se comunica, y para que quede claro, el patriarca es un altísimo ejecutivo al que es casi imposible acceder por teléfono. Siempre está fuera, siempre está reunido, nunca contesta, ni sus más estrechos colaboradores parecen saber dónde está en cada momento. Están aislados de una manera hasta física, como los habitantes de la ciudad universitaria en la que se produce el escape nuclear en Ruido de fondo, de DeLillo.

La palabra envenena y hasta mata y la gente se empeña en hablar e incluso en escribir, y en la editorial en la que trabaja la protagonista, lo saben de sobra. Algunos de los capítulos, en general independientes, en general escenas que no sustentan una trama clásica, son parafraseos que el editor hace de las historias que recibe. Por situar una trama central en La escoba del sistema, la abuela de la protagonista ha huido de su residencia de ancianos, a su vez propiedad de la familia, de ese padre omnipotente y ausente, llevándose con ella a unos veinte residentes y a varios trabajadores. Parece que los ha convencido con su palabrería y parece que tratan de ocultarse los hechos.

En las historias de Foster Wallace, como en las de DeLillo, hay muchas historias que se quieren tapar. Lo demás, la televisión, las novelas que leemos, son un gran mcguffin. Son las historias que suceden por debajo de la superficie las que dibujan realmente el momento en el que vivimos. Un momento al que Foster Wallace, Gaddis y DeLillo parecen buscarle su origen, con cierta capacidad profética, a mediados de la década de los 80, cuando todos empezamos a no escucharnos y a subir el volumen de nuestra inanidad.

Seguiremos leyendo como forma de escucha.

Felices lecturas


Sr. E