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lunes, 26 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (I): Recomendaciones

Mis cuentos pendientes de 2022 (I). Recomendaciones.

Calienta la chimenea, lo mejor que puede, el salón de casa, y en el despacho me echo otra chaqueta por encima y me pongo a pensar en los libros que he leído este año. Los hay que dicen que se escribe mejor con hambre y con frío, con la amenaza de un desahucio. Bajo presión, en definitiva. Lo dijo algún escritor, algo así, pero no recuerdo quién era. Siempre que pienso en esa idea pienso en el agente de Joe Gillis en El crepúsculo de los dioses, cuando el guionista sin fortuna interpretado por William Holden le dice a su agente que está en las últimas y este le contesta que es lo mejor que podía pasarle, porque así se escribieron las grandes obras maestras. Creo que esto, caso de regir, solo tiene sentido en una comedia negra de Billy Wilder y solo lo hace para Dostoievski y demás rusos trascendentes y definitorios, y no para alguien que solo quiere ordenar un poco sus ideas sobre lo que ha leído este año.

Aún puede caer algún libro antes de que el año se acabe en un sentido literal, pero cuando me siento a escribir esta entrada, una tarde fría en la que ya no llueve después de dos semanas de agua sin tregua, son 106 los libros apuntados entre mis notas de lectura. Hay de todo, de cómic a poesía, aunque la mayoría es narrativa y ensayo, con las infinitas formas intermedias en las que la no – ficción, si existe, que es una cuestión muy dudosa, ha ido tomando en las últimas décadas.

Llevo ya demasiados años en este blog, y demasiados de esos años diciendo que cada vez leo más ensayo y menos narrativa. Llevo demasiados años diciendo que cada vez leo más clásicos y menos contemporánea, que hago menos caso de los suplementos y de las voces autorizadas, y que a toda obra maestra súbita (esa que ya nace con la condecoración de libro para la historia) es mejor darle seis meses de cuarentena antes de acercarse como para volver a considerar que ninguno de esos hábitos ya es una novedad.

Soy, y supongo que toca asumirlo, un lector escéptico, que conoce demasiado los trucos de la narrativa convencional y que no se engancha con facilidad a sus giros, por sabidos. Alguien que cuando oye las exageradas alabanzas sobre un libro recién salido tiene la tentación de buscar las relaciones personales y de interés entre quien dispara la salva de consagración y el consagrado. Si uno tuviera un perfil polémico, llevaría cuenta pública de cuántas maravillas de febrero son grandes olvidadas en las listas que los mismos suplementos hacen a final de año, o de la aberración que supone que comencemos el libro con reseñistas bien mandados diciéndonos qué libros leeremos en 2023 y qué nos harán sentir. De la crítica nos hemos olvidado.

Últimamente compro muchos de los libros que compro por wallapop, y una de las herramientas que he desarrollado, para saber cuánto de real hay en la apuesta por la última maravilla, es buscar ese libro maravilloso un mes después. Abundan los ejemplares a la mitad de precio del que cuestan en las librerías. Intuyo que muchos vienen de la promoción de las propias editoriales, y me gusta jugar a adivinar quién, de entre los periodistas que han declarado su admiración por esa obra y se han rendido a su maestría, han pensado sacarse 10 euros extra, que todo suma a final de mes y ese sector, como el editorial, no están para brindar con champán bueno, vendiendo el ejemplar que la editorial les envió como obsequio para su reseña.

Es bonito descubrir clásicos (y entiéndase por clásico cualquier libro suficientemente asentado por el tiempo, a veces dos siglos, a veces treinta o cuarenta años), o releerlos y tener ganas de tirarle algo a la cabeza (ese mismo clásico, si es contudente), a quien eras a los 20 años y lo leyó sin sacarle casi nada del jugo que ahora obtienes. Es interesante comprobar que toda la literatura es ficción, sobre todo la que grita que no lo es (volvemos al tema) y que muchas veces lo más interesante que podemos leer nos llega en esa forma.

Es triste no encontrar libros de entretenimiento que cumplan con ese sencillo objetivo, entretener, y tener que afinar mucho lo que uno elige un par de libros con ese modesto fin porque se va a ir unos días a la playa o tiene un viaje en tren largo con niños y solo aspira a un poco de lectura cuando las condiciones ambientales no son las mejores y la energía no está concentrada en la lectura.

Es descorazonador ver qué libros infantiles y juveniles le quieren colar a nuestros hijos y nuestros alumnos. Y es una aventura ir con el machete desbrozando esa jungla de intereses y ver que al final acaban funcionando, y ya sé que va a sonar viejo y mortecino, Julio Verne o La isla del tesoro. Pero es que lo mortecino acaba siendo lo que las editoriales quieren colarnos, y las fallidas intenciones pedagógicas, casi pretextos, con las que quieren que se pierden.

Acabará teniendo razón aquel Roberto Bolaño que ya veía la muerte cerca y decía que había que alabar a ese lector puro que sale a la calle a buscar una nueva edición del Diccionario filosófico de Voltaire, porque sabe que esa obra no va a fallarle. Estoy por apuntarla a mis lecturas pendientes para 2023.


Pero todo esto no iba a ir de lamentos, sino de celebración de lo bueno leído, que ha sido mucho, pues para eso hago tanta labor de filtrado previo.

Sin demasiado orden ni concierto (es mentira, mi sistema de anotaciones de lecturas tiene sus trucos para rescatar ahora con facilidad esta información, pero no vamos a contarlo todo), celebro haber leído en 2022:



 Ensayo, en sus distintas y variadas formas

Memorias de ultratumba (I – XII), de Chateaubriand

¿Por qué nada funciona?, de Marvin Harris

Ensayos, de George Orwell

Para escribir hay que leer, de Vanni Santoni

Nieve negra: Dioses, héroes y bastardos del ajedrez, de Jorge Benítez

La abolición del trabajo, de Bob Black

El mal dormir, de David Jiménez Torres

Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur

Hay más cuernos en un buenas noches, de Manuel Jabois

Suspense, de Patricia Highsmith

Borges, de Adolfo Bioy Casares

 

Novela de ficción fácilmente identificable como tal

El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Tres, de Dror Mishani

Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga

Debería haberme quedado en casa, de Horace McCoy

El club y Sylvia, de Leonard Michaels

El revés de la trama, de Graham Greene

El aire está lleno de agua, de Juan Miguel Contreras

Prolepsis, de Miguel Ángel González

Amor, de Maayan Eitan

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Mosfegh

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

Mi vida como hombre y Engaño, de Philip Roth

El cuchillo, de Patricia Highsmith

Mueren más por desamor, de Saul Bellow

El legado de Maude Donegal, de Joyce Carol Oates

Heredarás la tierra, de Jane Smiley

Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal

No dar de comer al oso, de Rachel Elliot

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

 

Relato corto

Fiesta en el jardín y otros cuentos, de Katherine Mansfield

Dime una adivinanza, de Tillie Olsen

Amor + odio, de Hanif Kureishi

Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh

Ha dejado de llover, de Andrés Barba

Ventanas y otros relatos, de Stephen Dixon

 

Libros de no – ficción, en su amplia variedad

No digas nada, de Patrick Radden Keefe

Todas nuestras maldiciones se cumplieron, de Tamara Tenenbaum

Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey, de Ander Izagirre

Valle inquietante, de Anna Wiener

Canción y Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon


Cualquiera de esos libros cuenta, si para alguien eso aporta algo, con mi sello particular de recomendación. Pasado el año, todos esos siguen significando algo positivo para mí. Sigo teniendo presentes las razones por las que los disfruté. Sigo sabiendo por qué funcionan y por qué lo hacen tan bien.

Mañana seguimos

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Algunos libros para la vuelta al cole

Algunos libros para la vuelta al cole


He estado, lo confieso, tentado en grado sumo, de escribir reentré en el título de esta entrada. Lo he escrito, de hecho, solo que lo he borrado, porque me hacía sentir un poco gilipollas. No estoy llamando, que nadie me malinterprete, gilipollas a quienes lo han escrito continuamente en los suplementos y páginas culturales de los diarios desde hace cosa de un mes. Entiendo que a ellos les va en el sueldo. Yo, como hago esto en mi tiempo libre y sin dinero a cambio, no estoy obligado.

He leído (¿masoquismo?) los mismos diez o doce nombres en decenas de artículos. Quizá podría decir en centenares, pero tampoco quiero pasarme de exagerado. Con algunos autores y sus niveles de ventas previos, me parece muy optimista y arriesgado apostar a que cambiarán el rumbo del mundo literario en los próximos meses. Otros suenan a la apuesta segura de siempre. El problema quizá sea ese, que todo suena a lo de siempre.

Como los libros que en enero (otra reentré) nos asegurarán un año lleno de bienes, o las lecturas imprescindibles para el día del libro.

Podéis consultar cualquiera de esas listas, con sus bestsellers prediseñados, sus resurrecciones (algunas literales) y demás trucos.

No las seguiré con demasiada atención, lo confieso, aunque sí tengo ganas de leer, cuando sea posible, La familia, de Sara Mesa y Montevideo, de Vila – Matas, dos de esos títulos que se han repetido mucho. Confieso que Un amor, de Sara Mesa, no acabó de convencerme, siendo una autora que normalmente me enamora desde el principio hasta el final de sus libros, y quiero ver por dónde va su acercamiento a esa institución tan central. Confieso también que me parece un poco feo que nos quieran vender Montevideo diciéndonos que Enrique Vila – Matas vuelve a su mejor nivel, ese que llevaba años sin alcanzar. Ojalá sea así, lo digo como lector apasionado de su obra que fui. Pero queda feo que quienes dicen eso ahora sean los mismos que han aplaudido sin pausa sus últimos cinco o seis libros, esos que ahora nos dicen que fueron un bache.

Realmente el objetivo (si lo tiene) de esta entrada era recordarle, a quien lo lea, que hay otros libros que también van a salir en estos próximos meses. Libros que deberían, quizá, estar entre esas diez o doce recomendaciones imprescindibles pero que no lo están. Mi relación lectora con Cormac McCarthy es irregular, la verdad, pero creo que si saca novela después de quince años habrá que estar pendiente (de hecho son dos novelas conectadas, que en España creo que saldrán en un único volumen; título: El pasajero).

J. M. Coetzee, uno de los grandes novelistas vivos, y uno de los que siguen dando sentido a que miremos si alguien tiene el Nobel en su currículum, también publica nueva novela, y se llama El polaco.

Personalmente, yo estoy muy pendiente de la reedición de Blonde, de Joyce Carol Oates, una biografía novelada de Marilyn Monroe que lleva algunos años descatalogada y se va a volver a publicar gracias al empuje de una serie de netflix (la lectura que podemos extraer de las prioridades culturales es desoladora, ya lo vemos). Sea como sea, quiero leerla.

También tengo un ojo puesto en el nuevo libro de Shirley Jackson que Minúscula va a sacar. Es una novela de misterio gótico, por lo que parece, y se titula Hangsaman. Hay que estarle agradecidos a la editorial por esta apuesta de rescate de la autora (que supongo que estará funcionando bien a nivel de ventas, pero había que apostar por ella). Me gustaron sus cuentos, me encantó la novela Siempre hemos vivido en el castillo, ella como personaje ha acabado resultando simpática y entrañable (aunque probablemente no fuera ninguna de las dos cosas) y hasta las novelas que menos me han transmitido (La maldición de Hill House) me ha merecido la pena leerlas. 

Y que no se nos pase que Eduardo Halfon, que quizá está construyendo uno de los grandes proyectos literarios de nuestro tiempo en el entorno hispanoamericano, también va a tener libro (novela, memoria, autoficción, lo que sea que escribe Halfon) nuevo, Un hijo cualquiera. Esa es seguramente la novedad a la que más ganas le tengo.

Y aunque en los suplementos culturales se cuidan mucho de decirlo, no está de más acordarse de que en las bibliotecas públicas hay muchos libros que hacen más llevadera la cuesta de septiembre. Hay clásicos, medio clásicos, libros que fueron novedades impactantes hace tres años y que hace dos que nadie se lleva a casa, y también suelen llegar con bastante agilidad las novedades de cada temporada. Quizá con demasiada agilidad y poco sentido crítico, vistos los expurgos que obligan a hacer en otros libros, pero ese es otro tema.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Vuelta al cole: Algunas lecturas del verano

 Algunas lecturas del verano

 

Tiene el verano algo de canto de sirenas. Nos promete mucho, y nos imaginamos las horas de lectura de las que dispondremos, si no como infinitas, al menos como una fila muy larga en la que las horas disponibles para leer se presentan para que les pasemos revista y la vista se nos pierde antes de ver el final.

Después, la realidad es otra y las horas de lectura, aunque sean muchas, siempre son menos. Pero es que la realidad siempre es otra y las promesas nunca acaban de cumplir todo lo que nos imaginamos que nos darían.

Llegué al verano, como llego a los veranos, pero especialmente a este, con una lista enorme de libros pendientes para ir leyendo. Había novedades del invierno a las que decidí dejar al menos medio año de margen, clásicos pendientes, libros especialmente gordos o especialmente exigentes y libros de los que esperaba tanto, pero tanto, que quise guardarlos para un momento especial.

Quizá la lección a aprender (y que difícilmente aprenderemos) es que el momento especial debe ser siempre el más cercano y que haga posible esa lectura. Carpe diem, que decían los clásicos, también para la lectura.

El caso es que no he leído durante el verano muchos de los libros que había señalado para estas fechas, pero no hemos venido aquí a llorar. Algunos los empecé pero los dejé pronto. A veces notas que no es el momento, y no me da ningún miedo dejar los libros sin terminar de leer, ni me hace sentir mal darme cuenta de que no es su momento. Apunto en estas obras que serán para otra verano (que es posible que también nos decepcione respecto a las expectativas creadas) El cuarteto de Alejandría, que lleva probablemente una década entre los clásicos que esperarán al verano.

A cambio de esos libros previstos y finalmente no leídos, han aparecido otros que no esperaba. Las circunstancias, o un regalo, o cualquier lectura que te lleva a otra, va torciéndote los planes. Y bien está que así sea. Es famosa la fórmula de Javier Marías según la cual hay escritores que se mueven siguiendo una brújula y otros siguiendo un mapa. Como lectores creo que somos algo parecidos, y en mi caso, aunque me empeño en dedicar horas a trazar mapas, acabo echando mano de la brújula con mucha más frecuencia.

Terminé junio con dos libros que creo que están entre los más particulares que he leído en lo que va de año, y ya estamos empezando septiembre.

Uno es Amor, de Maayan Eitan. Una novela corta, muy directa, que juega a subvertir la idea de amor y a convertirla, como tantas otras, en negocio. Y que lo hace a través de las vivencias de una deslenguada prostituta israelí que analiza su llegada a ese negocio y la trayectoria que va siguiendo en él.

El otro es Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh. La autora sonó bastante hace un par de años con una novela que debía ser bastante diferente (Mi año de descanso y relajación). Esta es una colección de relatos, irregular, si se quiere (toda colección de relatos, con las conocidas y canonizadas excepciones, siempre nos lo va a aparecer) pero llena de viveza, mirada propia, narradoras con un voces muy bien caracterizadas, y variedad de tonos en relatos en los que siempre hay algo incómodo, que en ocasiones cruza hasta la sórdido. Hacía mucho que no leía un libro de cuentos que me descolocara tanto, y hacía más tiempo aún que un libro de relatos no me diera tanta envidia y me diera tantas ganas de sentarme a escribir cuentos para poder compararlos con lo que acababa de leer (y darme cuenta, pero esa es otra historia, de lo vergonzoso de la comparación).

He leído bastante relato este verano, y he aprovechado para hacer relecturas de Las armas secretas, de Cortázar, y una relectura casi completa (salvo por su último libro) de los cuentos editados en España de Etgar Keret. Aunque me da la sensación de que se está tendiendo en los últimos años a una cierta caricaturización de Cortázar, creo que cuando se leen sus cuentos sus páginas nos recuerdan lo que es un autor de primerísimo nivel. Keret es diferente, más directo y extraño, pero otro genio. Y uno con el que es fácil reír, para que después se te quede la sonrisa congelada y te des cuenta de cómo trabaja, con qué maestría, ideas como la de la soledad del ser humano.

No es lo mejor que he leído de Zadie Smith, pero sus relatos de Grand Union me parecen recomendables, y quizá una buena primera lectura de esta autora. Tal y como comentábamos sobre las colecciones, irregular, pero los que son buenos (en algunos se nota demasiado que fueron encargos de revistas y se le pidió ceñirse a ciertos temas, cierto número de palabras, o que debió pensar en la clase de lectores que iba a tener) son realmente buenos.

No he tenido tanta suerte con los cuentos de Francamente, Frank, de Richard Ford. Y el caso es que Ford, como cuentista, me ha gustado mucho otras veces (De mujeres con hombres es un libro al que vuelvo frecuentemente, recuerdo con gusto Pecados sin cuento). Pero su personaje Bascombe y yo no acabamos de entendernos. La lectura interrumpida de su novela El periodista deportivo suma más puntos a esa tesis.

He leído novelas de las que guardo una impresión positiva (Leña menuda, de Marta Barrio, La edad del alambre, de Bárbara Blasco) y otras que ya he olvidado. He leído novelitas de autores de los que en otras ocasiones (otros veranos, mismamente) había leído obras de más enjundia. Brighton Rock, de Graham Greene, quizá represente mejor que ninguna esa categoría. Como novela de misterio no deja de ser pasable (cualquier libro de Simenon funciona mejor en ese sentido), y no tiene mayores valores literarios, aunque intenta aparentarlo (que quizá es lo peor).


En los días de playa leí junto al mar, bajo la sombrilla, Hay más cuernos en un buenas noches, una selección de artículos de Manuel Jabois. Fue una lectura muy agradable. Ligera, divertida. Ni soy especialmente seguidor de Jabois ni suelo (quizá haya sido mi primera vez) leer selecciones de artículos. El caso es que disfruté con estas columnas.

Viajé hasta Irlanda y me compré un ejemplar de bolsillo (ediciones de clásicos, bien cuidados, con buena letra, a 3 euros, lo digo por si tenemos que replantearnos algo en España) de Dublineses. Lo había leído, traducido, hace quince (si no veinte) años. Y no recordaba que me hubiera dicho mucho. Esta segunda lectura me ha hecho pensar en que estaba ante una obra maestra. No habiendo sido capaz de leer completo el Ulises hasta ahora, esto al menos me acerca un poco más a la figura de Joyce (de quien sí había leído con gusto el Retrato de un artista adolescente). No creo que la diferencia esté en haberlo leído en inglés. Es posible que estas historias, tan contenidas, tan chejovianas, necesitaran un poco más de edad y bagaje lector por mi parte.

Releí, después del atentado que sufrió, Joseph Anton, de Salman Rushdie. Es un libro de memorias en el que habla de sus años perseguido y escondido. Y es un libro que creo que nos enseña por qué puede molestarle un autor como él a los fanáticos. Entre otras cosas porque no se toma nada (ni siquiera las amenazas de muerte recibidas) con especial solemnidad. Y los fanáticos se pierden ante la ironía y la inteligencia. Y esto no es algo que solo le pase a los fanáticos que utilizan cuchillos o pistolas, sino a todos.

Terminé el verano con un amigo de Rushdie, Hanif Kureishi. Hace unos años leí seguidos varios de sus libros, y me gustaron mucho. Subió mucho en la escala de mi consideración. Este verano he releído, desde esa nueva posición, El buda de los suburbios, la única de sus novelas que había leído antes de aquel atracón. Tiene mucho ritmo, retrata muy bien lo que es criarse en una familia desclasada y llena de contradicciones de origen y destino, y se ríe mucho tanto de los viejos ingleses como de los nuevos ingleses. Y todo sucede en unos confusos años setenta, con buen rock de fondo y muchos padres desorientados buscando nuevos rumbos amorosos y espirituales. Un muy buen libro.

Como también lo han sido las dos últimas novelas de las vacaciones. Mientras el mundo espera la publicación de la traducción de los diarios de Patricia Highsmith, yo decidí echar en la última maleta del verano dos de sus novelas. El cuchillo es una historia de suspense malsano muy propia de la autora. Con matrimonios envenenados, movimientos psicopáticos, y un punto de culpa dostoievskiana. Recuerda a algunos de los personajes de Extraños en un tren y me ha llevado a pensar en que Gillian Flynn la había leído cuando se puso a escribir Perdida (detecto una cierta familiaridad en el aire enrarecido de esas casas, sin más, igual que digo que Highsmith había leído Crimen y castigo). Y el segundo de estos libros fue El diario de Edith. Mucho menos de suspense y mucho más costumbrista. Perturbador y bastante enfermizo. He visto que es una novela escrita en 1977 y leída desde hoy tiene muchas lecturas posibles sobre el papel de la mujer en la sociedad, los cuidados y otros temas importantes para el feminismo. Un libro que te deja con muy mal cuerpo, eso seguro.

Voy a cruzar la frontera entre las vacaciones y la rutina del trabajo con Principiantes, de Raymond Carver. Hasta ahora me había resistido a leerlo. Para quien no lo sepa, son las versiones iniciales de los cuentos que acabarían formando parte del libro que conocemos como De qué hablamos cuando hablamos de amor. Releí esos cuentos, precisamente, hace un par de años, durante aquella época de confinamiento. Y volvieron a enamorarme de la prosa de Carver. Y al final me he decidido a leer esta versión. Para quienes no conozcan demasiado la historia, el editor Gordon Lish trabajó mucho en la labor de poda y recorte de los cuentos de Carver, dándole lo que los lectores hemos identificado durante años como el estilo de Carver, que quizá sea un estilo más de Lish que de Carver en algunos aspectos. Supongo que iré leyendo algunos cuentos con su hermano más breve en paralelo. De momento me estoy encontrando con buenos relatos, pero con relatos que no parecen de Carver en muchos momentos, quizá cuando son realmente más de Carver que otros muchos. Las contradicciones del sistema editorial y los caminos torcidos que llevan a la fama.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Con rabia, de Lorenza Mazzetti


Con rabia, de Lorenza Mazzetti (Periférica)

Qué alegría te dan esos libros que aparecen sin estar esperándolos, pero que sientes casi en cuanto los coges que estaban ahí para ti. Esos libros que se convierten en especiales y a los que llegas sin saber muy bien por qué, a veces por un detalle, en este caso porque alguien en mi biblioteca habitual lo había colocado en un stand especial cerca de la entrada y la portada, con esa foto de una chica mirando con un gesto intermedio entre el asombro y el desprecio, me hizo quedarme.

En cuanto empecé a leerlo me di cuenta de que la foto de la portada no podría estar mejor elegida. La mujer que mira desde la portada del libro está mirando, me imaginé de inmediato, a un hombre que o bien le ha dicho algo inadecuado por la calle o bien está haciendo alguna estupidez. La mirad que ella le lanza (y tuve claro instintivamente que se la lanzaba a un él) dice algo claro y directo, dice:gilipollas. En cuanto empecé a leer el libro vi claro que la narradora era así, tenía claras las ideas. Y desde que entré en su voz me di cuenta, por último, de que se trataba de uno de esos libros de los que quieres hablar a todo el mundo. Uno de esos libros que quieres leer a todas horas para ir avanzando por sus páginas a la vez que te sientes preocupado porque cada vez te quedan menos páginas por delante.

Penny, la narradora, es una adolescente inteligente, llena de frescura, lúcida en medio de la grisura, que hace pensar casi inmediatamente en el Holden Caulfield de Salinger, aunque también en la Cécile de Buenos días, tristeza. Comparte con una cierta perspectiva feminista, que suena preocupantemente contemporánea en muchos aspectos, aunque muestra que el mundo ha evolucionado en otros, y con el otro un desprecio indisimulado por el mundo que los adultos le proponen. Penny, que vive con su hermana Baby, prácticamente la única persona a la que aprecia de verdad (como le pasa a Holden con su hermana Phoebe), va al colegio sin ganas, hace las tareas sin ganas, siente que le esconden mucha información sobre el deseo y el sexo, y piensa continuamente en el absurdo y el vacío de la existencia, casi como una existencialista (de hecho habla de sus lecturas de Kafka y Camus durante las páginas del libro). Y Pennny tiene además una razón de peso (de enorme peso) para sentir que el mundo es un lugar hostil y frío, y la vida a veces una experiencia absurda. A sus tíos, con los que vivían como si fueran sus padres adoptivos ya que eran huérfanas, entraron a buscarlos unos soldados nazis y los mataron.

Esto, para darle mayor dureza a la historia, es lo que le pasó a Lorenza Mazzetti y a su hermana gemela, Paola. Los nazis mataron a tiros a sus tíos, en represalia por la huida de Albert Einstein a Estados Unidos, ya que su tío era primo de Einstein. Por lo que se nos cuenta en la solapa del libro, y como es lógico, este fue un acontecimiento al que Mazzetti volvió repetidamente en su literatura (no tan extensa, además de escritora es pintora, fotógrafa y directora de cine), señaladamente en el libro El cielo se cae.

Con rabia, de 1963, se mantiene fresco y lleno de vida, y su narradora ha envejecido mucho menos que el Holden Caulfield de Salinger (al que no sé si no convendría actualizarle la traducción, porque muchos de los modismos que usa, traducidos por expresiones juveniles de hace 60 años, suenan viejunos). Y la voz de su narradora enamora. Y como no pretendo más que invitar a cuantas más personas mejor a su lectura, os dejo con ella.


¿Qué será eso que llaman adolescencia? Jóvenes vagando por la nada entre frías maquinarias, café y engranajes. Con las mismas máquinas con las que nos machacan, nos llaman adolescentes, mientras ellos, los adultos, han hecho todo lo demás, han hecho la guerra, la han ganado, la han perdido, han creado los mitos, los han destruido, han vuelto a crear otros, deciden, hacen, se apresuran, ponen en marcha los motores, viran, frenan, parten, gritan, creen, comen, se comen, se mueven, se reúnen, se casan, se detienen sólo un momento, ajustan la velocidad, dan discursos, se marchan, frenan. 

Debo vivir intensamente, y cada minuto que pasa me da la sensación de estar perdiendo el tiempo y consumiéndome en un ansia estéril hasta que aparezca mi verdadero hombre.

Para ser sincera, a veces me parece que la humanidad tiene rostros horribles; preferiría salir a la calle con gafas oscuras. Y, además, están sus gestos, sus vestimentas, sus calzados, los lacitos de sus zapatos… Todo eso me deprime profundamente.
Baby dice que soy insoportable y que no me gusta nunca nadie. Pero no es verdad. Para empezar, me gusta mucho Baby.

Luego me he acordado de que el lobo era yo, y de que el tío está muerto, y no sólo él, sino también Annie, Marie, Katchen, Aly, el viejo San Bernardo que a mí me recordaba tanto a un lobo, y entonces he pensado que incluso los peores sueños eran mejores que la realidad.

Los soldados entraron por la puerta abierta. Dios es un vacío donde retumban sus botas militares.

Baby y yo, si continuamos tragándonos todo lo que nos dan, espaguetis y latín, idioteces y mentiras, caeremos irremediablemente en ese letargo también. Por eso Hamlet se preguntaba: ¿Ser o no ser?, que quería decir idiotizarse o no.

Alucino con estos escritores – críticos, que en vez de tener su propia opinión sobre Dante te citan a un fulano que ha escrito un libro sobre otro fulano, el cual a su vez ha escrito un ensayo sobre Dante.

Mis compañeras son todas burguesas. Anillo de compromiso lo primero. Las detesto.
Siempre están frente al espejo, peinándose. Se casarán con uno de esos cretinos que todo el día están hablando de coches y motores y cuando ya tengan un coche querrán un frigorífico y después del frigorífico quién sabe cuántas cosas más.

Estaba hablando con un muchacho hundido en un sillón, que aseguraba no avergonzarse de ser fascista y que nadie, sino el Duce, había arreglado las autopistas y los puentes. Entonces, el tal Roberto dijo que lo único que quería era un coche de carreras y que a él no le importaba un pimiento nada de nada, solo le interesaba divertirse y ganar dinero, y me ha agarrado por un brazo para zarandearme en una danza extraña.

Y no hay esperanza para mí si no voy a un psiquiatra para que me reinserte en la sociedad. ¿En qué sociedad? En la suya, naturalmente, con su calma presuntuosa de ¡indiferente – democrático – burgués – católico – intelectual! Superado el fascismo, se extendió el mito de ser normales, de vivir relajados, de disfrutar, de conseguir un coche … ¡la filosofía de la Coca – Cola!

Paso al ataque, me paro en mitad de la calle, no, no me apartaré del coche que viene, ellos frenan, me atraviesan, hablan, tienen prisa, ellos hacen, hablan, sobre todo hablan, tienen sus opiniones, y lo que es peor: enseñan.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr E

sábado, 30 de noviembre de 2019

Los nuestros, de Serguéi Dovlátov


Los nuestros, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel)

En la editorial Fulgencio Pimentel han seguido este otoño publicando las obras de Dovlátov. Podría decir sin exagerar demasiado que este autor ruso ha sido mi gran descubrimiento de 2019, aunque ya había leído antes algo suyo. Y sin ninguna exageración también puedo decir que la labor editorial de este sello está siendo impecable con la obra del ruso. Espero cada nueva entrega ya con la devoción del fan entregado, y me gustaría (por si alguien de la editorial lee estas palabras y quiere tomar nota) que el siguiente libro fuese La zona.

La peripecia editorial de Dovlátov había sido hasta estas nuevas reediciones inconstante y variada. Si uno busca viejos ejemplares en bibliotecas, se da cuenta de que aparecieron, cuando lo hicieron, en editoriales pequeñas, que sacaron uno o dos libros y al no obtener con ellos ni ventas ni prestigio, renunciaron. Ya lo he contado, pero el primer libro de Dovlátov que leí, La extranjera, lo rescaté de un expurgo en una biblioteca municipal. Estaba ahí ya descatalogado, dejando pasar las horas hasta que un monstruo triturador se lo llevara por delante, o hasta que alguien lo rescatara.

El año pasado ya leí Retiro, en las ediciones de Fulgencio Pimentel, y confirmé que Dovlátov iba a ser alguien importante en esta etapa lectora de mi vida. Las lecturas a principios de año de Oficio y La maleta lo confirmaron y como contaba, me convirtieron en uno de esos fans irredentos que esperan cualquier novedad relacionada con su obsesión, su nueva obsesión. Y tampoco es que me pase el día pendiente de si salen nuevas traducciones de Dovlátov, pero este otoño, de paseo por librerías, vi que había llegado Los nuestros y rápidamente lo cogí y lo traje a casa.

Los nuestros, como La maleta, como tantas páginas de Dovlátov, es autoficción, de esa que ahora se cuestiona y critica tanto. Pero claro, no critiquemos lo colectivo y leamos a los autores. Y Dovlátov es un escritor de primera. Y como en La maleta, lo que Dovlátov hace en Los nuestros es escribir su autobiografía, o parte de la misma, de modo indirecto. En La maleta recurría a los objetos que definían su vida, los que le acompañarían en una modesta maleta de exiliado que abandonaba finalmente Leningrado y se marchaba a los Estados Unidos, y a través de esos objetos nos contaba lo que realmente le interesaba contarnos, su vida. Aquí recurre a parientes, amigos y seres cercanos, y a través de sus andanzas (o pensamientos, porque algunos se mueven más bien poco, hay algún aventurero en este libro de Dovlátov, pero hay más imprudentes sedentarios que aventureros, abundan en la estirpe de Dovlátov los bocazas capaces de buscarse la ruina sin apenas poner el pie en el portal, un rasgo que comparte con orgullo el escritor) dibuja su vida, su personalidad y hace un retrato colectivo de un momento concreto de la URSS.

El libro, aunque no alcanza el nivel (aunque lo releeré, porque no sé si la culpa será de que no estaba yo tan predispuesto al nirvana lector como con Oficio o La maleta) de otras obras que he ido leyendo de Dovlátov, es estupendo. Y Dovlátov brilla entre la mediocridad de novedades que se acumulan. Es un oasis para un lector como yo. Un lector que ya espera nuevas entregas (y vuelve a recomendar a la editorial que pase por La zona, los cuadernos de la época que Dovlátov pasó como guardia en un campo de concentración soviético) y seguirá atento a los nuevos rescates del autor ruso. Mientras tanto, releeré pronto este, y quizá también Oficio y La maleta.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 17 de octubre de 2017

Dos libros extraños

Dos libros extraños: Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan (Jus Ediciones) y Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec (Jeckyll & Jill)

Hay escritores raros (hay incluso una corriente de la literatura uruguaya a la que la crítica, con la comodidad de las etiquetas, ha calificado como los raros, y siendo cierto que son autores raros es bastante discutible calificarlos de corriente) que tratan de escribir libros más o menos normalizados. Hay autores normalizados que de vez en cuando escriben un libro raro, disonante en su trayectoria, aunque a veces de una valía incalculable. Y luego hay autores raros que escriben, o eso parece, siempre, libros raros. Creo que me he encontrado con dos de ellos.

No soy un gran conocedor de la obra de Sergio Chejfec (este es el tercero de sus libros que leo) y mucho menos de la de Mac Orlan (con quien me estreno), pero parecen dos tipos raros. El anterior libro de Chejfec editado era una reflexión sobre la escritura como acto físico, desde los manuscritos hasta las ultimísimas pantallas inteligentes (Últimas noticias de la escritura, Jeckyll & Jill), un libro fácilmente relacionable con El discurso vacío, de Levrero, aunque con un afán enciclopédico y casi pedagógico, frente al vacío real al que se abocaba Levrero escribiendo a mano un cuaderno que luego sería mecanografiado para su difusión en forma de libro.

Pierre Mac Orlan (que en realidad no se llamaba así) parece que fue de todo en la vida, y también bohemio y escritor. Tan escritor como que según informa la editorial en la solapa, fue autor de 130 libros. Este es de 1920, es prácticamente un cuadernillo, se lee en una hora de concentración, y se digiere durante semanas. Si no desconfiara de términos como un librito delicioso, diría que Breve manual del perfecto aventurero es un librito delicioso. Es un juego, un entretenimiento de aire pedagógico que evalúa, ensalza y desmonta la literatura de aventuras. Mac Orlan escribió este libro cuando parecía que el amor de la literatura por las aventuras, grandes, pequeñas, medianas, del siglo XIX se desvanecía definitivamente. Tenía razón en que el amor por aquella literatura de los Jack London, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, estaba en decaimiento, y lo sigue estando, pese a meritorios intentos de escribir buenas novelas de aventuras. Como buen libro provocador, empieza diciéndonos que la aventura, como tal, no existe, solo está en el ánimo del aventurero, y esa es la esencia del libro. Mac Orlan escribe un manual de uso para quienes quieran escribir una aventura sin moverse de su escritorio. Los aventureros sedentarios, de los que aprenderemos y en lo que podemos aspirar a convertirnos con esta lectura, son sus protagonistas. Nos enseñan sus secretos, sus recetas. El tono es irónico y parece una obra digna del adjetivo borgiano.

Hay algo de heroico en escribir libros enciclopédicos sobre saberes inútiles en pleno siglo XXI, con internet en el bolsillo del pantalón de cada lector, con el smartphone a punto de integrarse en nuestro mismo organismo. Chejfec tiene algo de sabio loco. Teoría del ascensor, pese a que anuncia en su título una teoría (la del ascensor), nos hace terminar sus páginas sin poder contestar a la pregunta de: ¿en qué consiste esa teoría? ¿Es el resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura? Es al menos un resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura. Lo que Chejfec escribe, si hay que buscarle un nombre, es un ensayo narrativo. Aporta información, la pone sobre la mesa, desarrolla algunos puntos de pensamiento ajenos, busca conexiones, extrae algunas conclusiones, y eso es a lo que se dedica un ensayo. Pero a la vez nunca llega a una conclusión, y todo está escrito con la pasión de la narrativa. Chejfec nos está contando una historia, la suya. Para él lo apasionante es mirar y leer, y contagia esa pasión. No es extraño que en la contraportada Vila – Matas alabe el libro y al autor, pues en cierto modo Chejfec es un claro heredero de esos libros que Vila – Matas escribió en los ochenta y en los noventa, especialmente libros adictivos y llenos de erudita nada como Historia abreviada de la literatura portátil y Bartleby y compañía. Para mí, como lector, esas son las obras cumbre de Vila – Matas y en los últimos años se ha ido imitando y amanerando en la imitación y yo personalmente he perdido interés en lo que va publicando. Chejfec es sangre nueva para esos libros y para quienes somos sus potenciales lectores. Habita un incierto punto medio en el desierto que en las letras argentinas separa a Ricardo Piglia de César Aira. Todo lo que escribe Chejfec parece estar escrito muy en serio, como si los libros fueran el único asunto de vida o muerte, algo que lo acerca a Piglia. Escribe y reflexiona sobre lo que acaba de escribir, y esa es la respiración de Teoría del ascensor, aunque muchas veces reflexione sobre lo que ha escrito (o dicho o filmado o fotografiado) otro. Pero todo tiene un poso irónico, un no – es – para – tanto – solo – son – libros – e – ideas, sin la exageración de un César Aira que parece empeñado en superar los mil libros publicados y que presume de no corregir lo que escribe porque total, solo son libros.

Chejfec es una experiencia y Mac Orlan es desde luego otra. Son dos libros que en su aparente fragilidad esconden una gran densidad.

Seguiremos leyendo libros raros, y libros no tan raros. Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E