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viernes, 29 de diciembre de 2023

Mis cuentos pendientes de 2023

Mis cuentos pendientes de 2023 


Se nos ha pasado otro año leyendo y pensando sobre lo leído. Se ha ido rápido 2023. O eso me ha parecido. Comienzo diciendo que no leo en digital, porque ya trabajo bastante con pantallas como para añadir otra más a mis ojos. No leo en digital, por decirlo todo, con la excepción de algunas incursiones en el servicio e – biblio para ver cómo empieza algo y decidir si merece la pena la excursión a la biblioteca para cogerlo. Y en paralelo, casi siempre escribo directamente en el ordenador. Esa escritura es más ligera y seguramente más superficial. Y tiene problemas, claro, como que algo se pierda y no se pueda recuperar. Algo así me pasó este año con mi cuaderno de lecturas, y perdí las referencias de los libros leídos durante julio y agosto. Recuperé los que mi memoria no había desechado, y da miedo ver a qué velocidad nos olvidamos de algunos libros. También reconforta ver con qué solidez se nos han quedado algunos, que ya parecen clásicos de nuestra vida, y ahora vemos que leímos hace solo 8 o 10 meses. Aprovechamos estos últimos días del año para hacer balance y recomendar algunas cosas.

Con la posible pérdida de algunos libros poco memorables, durante 2023 he leído 92 libros. Dejo al margen relecturas parciales o lecturas abortadas después de treinta o cuarenta páginas, algo que cada vez practico con mayor frecuencia. Serán las cosas de hacerse mayor o de darse cuenta de que hay mucho que leer. Ahora mismo me siento capaz de retirarle la palabra a quien me diga que cuando empieza un libro se siente obligado a terminarlo. ¿Por qué? ¿Qué necesidad?

Hay novela, relato y ensayo entre mis lecturas. Algo haré mal cuando el porcentaje de malas elecciones es mucho mayor en la novela que en el relato o el ensayo. Algo haré mal yo como lector o algo harán mal los autores y sus editores permitiendo que en novela pasen el filtro obras mucho más flojas. Podremos echarle la culpa a Kundera y su concepto flexible de la novela. O podremos citar a Levrero cuando decía, en La novela luminosa, que cualquier cosa entre tapa y tapa es una novela.

He leído algunos diarios y cómics y después de bastante tiempo he leído poesía.

Voy a clasificar de manera fácil de comprender los libros que más me han gustado durante este año y que paso a recomendar a quien quiera tomarlos como tales recomendaciones. Aún quedan los reyes magos y hay mucha gente esperando buenos libros. Estos lo son.

Novelas clásicas, tanto en estructura como en escritura:

Este año he ido cubriendo algunas de mis lagunas lectoras. Y de esas lagunas que he ido cubriendo salen las novelas más sólidas que he leído. Aunque son novelas bastante modernas y contemporáneas en muchos de los aspectos de su escritura. Lo es Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y lo es aún más Cumbres borrascosas, de Emily Brönte. Del libro de Flaubert se puede hacer un tratado (y varios se han hecho) sobre el uso del punto de vista y el lenguaje. Pero vale la pena olvidarse de los aspectos técnicos y no leer esta novela como si fuera un libro frío, porque no lo es. Vale la pena meterse en sus páginas y dejarse llevar por las pasiones de Emma Bovary y quienes la acompañan. Pasiones hay también, aunque extrañas, entre Catherine y Heathcliff, protagonistas de Cumbres borrascosas, y ese micromundo rural en el que viven está retratado con viveza. Es, como decíamos, un libro con una estructura curiosa, muy innovadora para su época y francamente precisa.

Terminando el año leí otra novela clásica, decadente, muy americana y con evidentes aires a lo Scott Fitzgerald. Pero, ¿a quién no le gusta un buen imitador de Scott Fitzgerald? Lo difícil es imitarlo bien, como es difícil imitar bien a Bolaño o a Kafka. El libro se llama El desencantado y su autor Budd Schulberg. No conocía de nada ni al autor ni su obra, aunque las tenga en su catálogo Acantilado. Escuché su nombre en uno de esos programas de radio en los que colabora José Luis Garci. Y después vi que el prólogo lo escribía Anthony Burgess. Soy devoto de las memorias de Burgess y de su inteligencia como lector, no tanto de sus novelas. Pero me gustó encontrarlo como introductor de esta novela, que decía releer cada dos años o menos. La historia es sencilla, Hollywood, años cuarenta, un joven aspirante a escritor, recién licenciado, con dudas sobre su talento y mucha ilusión, es contratado para ayudar con la construcción del guión de una frívola comedia de chicos que conocen a chicas a un novelista legendario, el autor al que toda su generación leyó deslumbrado y al que ahora apenas se reconoce bajo las ruinas de un hombre alcoholizado incapaz de sentarse a trabajar. Aventuras, desventuras, desilusiones, muchas, y más de quinientas páginas que saben en todo momento a dónde quieren ir y regalan alguna perlita en todas y cada una de ellas. Una novela sólida, llena de literatura y vida.

 

Memorias, diarios y similares:

Comienzo otra vez con Budd Schulberg. Deslumbrado con su novela, acudí raudo a la biblioteca a ver qué más tenían suyo. Y tenían sus memorias, tituladas De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood. Que yo no conociera previamente a Budd Schulberg solo habla de mis lagunas y carencias. Fue un guionista que ganó un Oscar en su trabajo por La ley del silencio, con Marlon Brando. Fue el guionista de esa estupenda película que se llama Más dura será la caída, con Humphrey Bogart. ¿Y por qué un príncipe de Hollywood? Porque en sus memorias, que se detienen quizá más de lo deseable en su infancia y primerísima juventud (pero así es la memoria, y así nos almacena y construye) nos cuenta que su familia fue una de las pioneras de Hollywood tal y como se construyó en los años 20 y 30. No es un libro, pero este año me impactó y disfruté muchísimo con la película Babylon, de Damien Chazelle, con una Margot Robbie que se come la peli y no estuvo ni entre las candidatas a todos esos importantes premios que este año es posible que gane por hacer de muñeca. El caso es que reconstruye ese mismo mundo de pioneros y excesos. Y nos va enseñando cómo Hollywood pudo llegar a ser lo que fue. Y cómo fue crecer entre estrellas y el desierto. Y lo difícil que siempre resulta destacar en el mismo medio en el que tu familia lo ha hecho.

Una de las estanterías temáticas más pobladas de mi biblioteca es sin duda la de adicciones y crónicas sobre caídas y recaídas. Este año leí y añadí a esa estantería La huella de los días. La adicción y sus repercusiones, de Leslie Jamison. No es un libro top sobre el tema. Pero es una reflexión interesante sobre el alcoholismo. Y sobre cómo esa adicción se cruza con el hecho de ser mujer y con el tema quizá central del libro, cómo pasarse con la bebida y otras sustancias no despierta demasiadas alarmas cuando se hace dentro de un entorno artístico o seudoartístico.

Compré algunos tomos más de los diarios de Trapiello, a los que dediqué un importante tiempo de búsqueda. Quienes andamos detrás de ellos podremos decir que hay precios disparatados en librerías de segunda mano, y particulares que piden cifras obscenas por sus viejas ediciones de Pre – Textos. Leí Seré duda, el tomo de 2005. No es el mejor, pero creo que es la clase de lectura por qué me compré un sillón nuevo, reclinable y muy cómodo, para pasarme dos o tres horas seguidas por las tardes leyendo, cuando las tardes y las horas permiten ese dispendio. Compré también el último tomo, Éramos otros, que seguramente sea el próximo que lea.


Relatos:

Hacía bastantes años que no leía tantos cuentos. Ni tan buenos. El cuento es el género en el que más cómodo me siento, y no puedo evitarlo. Así soy como escritor y así soy como lector. Seguramente sea porque así es como soy como persona. Han caído, con los meses del año, muchos de los cuentos de Maupassant, los Cuentos completos de Dylan Thomas y los cuentos casi completos de Raymond Chandler, titulados como conjunto, en la edición que tengo, Nunca soñaron con la posteridad. Casi completos son también, aunque mucho menos numerosos, las compilaciones que la editorial argentina Chai ha hecho de las escritoras Ann Beattie, La casa en llamas, y Deborah Eisenberg, Relatos.

Asoman en el horizonte, como proyectos para 2024, los cuentos completos, o casi, de William Faulkner, y las historias completas del Padre Brown, que adquirí como quien compra una propiedad para disfrutar de ella en un futuro lleno de promesas y tiempo libre.

Me sorprendió mucho el libro Niña con monstruo dentro, de Rosa Navarro. Quienes escribimos creo que identificaremos una serie de libros y relatos que, más allá de sus bondades o debilidades, son libros que nos incitan a ponernos a escribir. Sea a favor o en contra de lo que hemos leído. Pues esa clase de libro. No debería estar descubriendo nada citándolo, puesto que fue finalista del premio Setenil y ganó el Premio Tigre Juan, pero como nadie de ningún suplemento literario parece haberlo leído, y han dejado el puesto de mejor libro de cuentos español del año o bien vacante o bien lleno de clichés, lo dejo apuntado, por si alguien lo quiere buscar.

Lionel Shriver:

No sabía si ponerla en novela o darle su propio lugar. Ha sido la escritora que ha definido mi año lector. Ya había leído un par de libros suyos con anterioridad. Propiedad privada, el primero que leí, quizá siga siendo mi preferido. Después de la pérdida de mis archivos lectores, si hubo un libro que tenía claro que había leído durante el verano, y cómo, con qué ansia piscinera y de siestas perdidas, fue Todo esto para qué. También leí Big Brother y rematé el año shriveriano con Tenemos que hablar de Kevin, su obra más famosa (y me atrevo a decir que de las más flojitas) y El movimiento del cuerpo a través del espacio, su última novela. Esta es sin duda un regalo perfecto para hacerle a ese amigo que ha decidido, después de años de sedentarismo, correr un maratón. O varios. Y a poder ser en Tokio. Como se suele decir, si no reconoces el perfil entre tu círculo de amistades, probablemente seas tú.

Lionel Shriver busca un tema incómodo y mete el palito y remueve la mierda alrededor. Y lo hace con una prosa limpia, muy americana, con un enfoque comercial poco disimulado. Se le pueden hacer algunos reproches estructurales, por la manera en la que cierra las historias. Pero construye novelas de 600 o 700 páginas sobre temas que a priori no te dicen nada y las mantiene en pie con nervio y sin que puedas alejarte de ellas.

Novelas cortas, de esas que puedes leer en una tarde:

Puedo repetir que este año decidí cubrir algunas de mis lagunas lectoras y que leí algunos de esos libritos breves de Tolstói que publica Acantilado. Cayeron Sonata a Kreutzer y La felicidad conyugal, y en ambos encontré un alma rusa quizá demasiado fría para mi gusto. Me ha pasado siempre algo parecido cuando he leído a Chéjov. No encuentro en ellos la fuerza que sí me llega cuando leo a Dostoievski o a Gógol.

Cuando yo tenía veinte años había muchos escritores y aspirantes que citaban a Bukowski como inspiración y referencia. No creo que hoy nadie lo haga. Y quizá el mundo sea mejor sin ese ejército de bukowskitos. Aunque no tiene la culpa Bukowski, claro, de sus apóstoles no solicitados. No he estado leyendo a Bukowski este año, no lo he leído nunca demasiado ni con demasiado interés. Pero me acuerdo de él porque siempre se ha contado que fue su éxito el que permitió que se rescatara a John Fante, su antepasado literario. Al que sí he leído este año ha sido a Fante. Me ha gustado mucho más que Bukowski. Es tierno, feroz, soñador. Un escritor ágil que retrata mundos pequeños, familias de inmigrantes, encierros domésticos, aventuras de corto alcance, éxitos de corta duración. Llenos de vida, Un año pésimo y sobre todo La hermandad de la uva me gustaron mucho. Son buenos libros y quizá no está mal tenerlos como referencias de un mundo empobrecido.

Fante me recordó a un escritor que me gusta aún más y en el que también hay sueños de grandeza, ternura, pequeños círculos familiares y un mundo de inmigrantes. William Saroyan, el armenio que vivía en California y tuvo durante un breve período éxito en lo que escribía. La comedia humana es un libro menor, cortito, excelente. Precioso.

Un amor cualquiera, de Jane Smiley, no es su obra más redonda ni la más ambiciosa. La leí hace algo más de dos años, quizá tres, después de quedar deslumbrado con La edad del desconsuelo. Me pareció un libro menor. La he releído y no lo es, para nada. Es un libro menor que La edad del desconsuelo pero para nada una obra menor. El amor y el desamor están presentes. Los engaños y desengaños. La vida, que pasa. La memoria, que pesa. Muy buena lectura.

Poesía:

Es triste llegar así a una autora nueva para ti, pero debo confesar que leí a Louise Glück porque murió y en la biblioteca prepararon un mostrador especial con su obra. Es una alegría que aunque sea así lleguemos a buenos libros. Leí tres poemarios y me gustó su estilo, su lirismo contemplativo, sus poemas más narrativos, su mirada pequeña. Vida de pueblo es el que más me gustó. Me gustó mucho.

Ensayo:

Comencé el año diciendo que notaba que ya estaba leyendo uno de los mejores libros que leería en todo 2023. Así fue. El artesano, de Richard Sennett. El autor lo describe como un estudio de la cultura material. Y es una descripción perfecta. Y dicho así, cultura material, puede sonar demasiado marxista y poco atractivo. Pero es un libro inteligente, agudo, lleno de valores sociológicos, filosóficos y literarios. Un libro para regalar, para tener, para leerlo y releerlo.

En verano leí un libro que me habían regalado y que me pareció de una absoluta brillantez. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman. Kahneman es Premio Nobel de Economía y presenta aquí la obra de una vida. Analizó, en el marco del ejército israelí, las maneras de pensar. Detectó y definió muchos de los sesgos cognitivos que aceleran y condicionan nuestra manera de pensar y que la hacen, muchas veces, ineficiente. Y otras, nos hacen peligrosos para nuestros propios intereses y para interpretar el mundo en el que nos movemos.

El ensayo que más me impactó durante el otoño fue Tu mente bajo los efectos de las plantas, de Michael Pollan. Son, realmente, tres pequeños ensayos, el primero dedicado al opio, el segundo a la cafeína y el tercero al peyote. Son la clase de artículos desarrollados en profundidad que algunos periodistas americanos pueden alojar en revistas tipo New Yorker y que después pueden tomar forma de libro. Tan divulgativo y reflexivo como bien narrado, vale la pena leerlo.

Los chicos de Hidden Valley Road, de Robert Kolker, es un estudio sobre el desarrollo de la esquizofrenia en la familia Galvin, con seis hijos afectados por esta enfermedad. El libro es tremendo y a ratos demoledor. La enfermedad mental siempre se encuentra en la frontera entre lo cultural y lo genético, y el libro no va a aclarar sus misterios. El libro sí va a valer para ver cómo se lleva décadas medicando a gente sin tener claro cómo funciona su cerebro ni qué es lo que provoca sus síntomas.

Relacionado con los dos últimos, tanto por el tema del opio como por el de las compañías farmacéuticas y los usos poco reflexionados de muchos medicamentos, El imperio del dolor, de Patrick Radden Keefe, investiga a la familia Sackler, los dueños de Purdue Pharma, creadores del Oxycontin, un medicamento del que hemos oído hablar mucho como causa inicial de la llamada epidemia de los opioides y relacionado con el nombre del fentanilo. Patrick Radden Keefe ya había escrito No digas nada, que es un libro trepidante y demoledor sobre los peores años de la violencia en Irlanda del Norte. En El imperio del dolor hay técnica periodística e investigación casi detectivesca. El mismo Radden Keefe sale en el premiado documental La belleza y el dolor, como fuente rigurosa a la que acudir buscando información, y cuenta algunas de sus conversaciones y experiencias con los Sackler.

No terminamos precisamente con el ánimo por todo lo alto.

Pero es hora de ir terminando y dejar que el año 2023 y sus lecturas acaben.

Pronto más.

Saludos cuentistas

Felices lecturas

Sr. E

martes, 30 de marzo de 2021

Declaración trimestral: enero - marzo 2021

Declaración trimestral


Confieso que no echo de menos hacer una reseña semanal, ni estar pendiente de qué contar de los libros que voy leyendo, pero sí echo de menos asomarme de vez en cuando por aquí y hablar de algunas lecturas que creo que pueden resultar interesates. Puede que la manera de no alejarme del todo del blog ni tener una obligación sea una aparición trimestral, como las entregas de notas de los colegios o los pagos de impuestos en ciertos sectores.

El primer trimestre de 2021, donde la anormalidad sigue vigente, ha sido una buena época de lecturas. Reviso mi cuaderno de anotaciones y veo bastantes libros que me han dejado sensaciones muy positivas.

La idea es comentar algunos de ellos, y que le puedan servir a quien visite esta entrada como recomendaciones.

 

Relatos

¿Quién te crees que eres?, de Alice Munro. La editorial no la presenta como tal, pero el libro, aunque aspire a ser una novela, es una colección de relatos enlazados. No creo que tenga importancia, más allá de que en muchos artículos se presente como la única novela de Alice Munro. Da igual cuál sea el género al que se adscriba, es un muy buen libro.

 

Novelas bastante breves

Son libros que tienen en común, entre otras cosas, que son bastante breves, y que, además por su interés se leen en un par de ratos.

Esto es placer, de Mary Gaitskill. Este es un librito muy corto que cuenta un mismo caso desde dos perspectivas, la de un hombre y una mujer. Es un libro polémico que toma un papel delicado en la era del metoo. La diferencia entre placer y dolor es a veces muy fina, dice la autora en algún momento, y sobre eso investiga en sus páginas. Hay un caso de denuncia por acoso contra un veterano editor, y vamos leyendo, de manera alternada, la visión del denunciado y la de una vieja amiga que no acaba de comprender la situación.

Querido Miguel, de Natalia Ginzburg. Es una novela corta, escrita a modo de cartas, en la que vemos cómo una madre, dirigiéndose a su hijo Miguel, nos muestra cómo una vida, la suya, pero también la de su ex – marido, la de otros familiares, y en general la de una ciudad de provincias, se ha ido derrumbando, sin un motivo claro, simplemente porque el óxido ha ido haciendo su labor de desgaste.

La edad del desconsuelo, de Jane Smiley. Es posible que a todos nos haya de llegar esta edad del desconsuelo, un momento indefinido entre los treinta y los cincuenta años en el que parece que las emociones se hacen más grises, la vida se vuelve rutina y lo que nos daba la vida empieza a parecer lo mismo que nos la está robando. Puede acabarse el amor, y pueden acumularse los derrumbes. Un matrimonio de dentistas, Dana y Dave, con una buena posición económica y tres hijas, se dan cuenta, en un instante, de que quizá la vida que llevan no es tan feliz, o que esa no era la felicidad. Empiezan a re – evaluarlo todo, y a sospechar de su pareja. La escritura es finísima y siempre en la frontera entre la realidad y la lírica, y la lectura es deliciosa.

Personajes desesperados, de Paula Fox. La lectura del libro anterior me hizo acordarme de este, que había leído hace quince años, si no alguno más. Fui a la biblioteca a buscarlo y lo releí. La experiencia no podía haber sido mejor. En esta historia que transcurre en un fin de semana, nos encontramos con un matrimonio, los Bentwood, Otto y Sophie, burgueses entrando en la cuarentena en un Nueva York enfermo. A Sophie, el viernes por la noche, le muerde un gato callejero al que venía alimentando. La herida empieza a hincharse y ante la sospecha de que pueda ser rabia, y también ante la resistencia a ir al médico, va haciendo una valoración completa de su relación, del tipo de vida que tienen, y del tipo de vida que tienen todos los que viven como ellos.

El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon. Este librito es un pequeño ensayo novelizado, con un fuerte componente de eso que se llama literatura testimonial. Mercedes Halfon es una periodista y escritora argentina, que desde pequeña ha sufrido estrabismo. Utiliza esa circunstancia para reflexionar sobre los cánones, la mirada, un término siempre tan literario, el enfoque, y dónde se sitúa cada persona en función de problemas como los de visión. Halfon va mezclando recuerdos con apuntes casi técnicos, historia de la vista, y la influencia de esta en manifestaciones artísticas de todo tipo.

 

Clásicos

Corremos el riesgo, al final, de considerar clásico a todo lo que haya llegado al mundo antes que nosotros. Reconociendo lo poco definido que es llamar clásico a un libro, y no llamárselo a tantos otros, llevo los últimos años intentando completar mis carencias lectoras en cuanto a los clásicos.

Me han interesado especialmente dos novelas cortas de Thomas Wolfe, Hermana muerte y El viejo Rivers, que son dos buenos ejemplos de escritura económica, realismo poético y el siempre difícil arte de la novela corta, esas historias concentradas en poco más de ochenta páginas que construyen un mundo totalmente completo.

La escritura de Wolfe me recuerda a la de Henry James, de quien he leído últimamente Lo que Maisie sabía, la historia de una niña a la que sus padres usan como motivo de discordia, en una guerra posterior al divorcio, en la que estos no paran de lanzarse puñales, y donde decenas de personajes van poniendo su granito de arena en uno u otro lado del campo de batalla.


Algunas novelas negras

He combinado relecturas de clásicos (fue una maravilla volver a leer al completo El largo adiós, de Raymond Chandler), con la primera lectura de otras obras que no había leído antes.

¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, me pareció un libro ligero, quizá menor pero muy bien hilado, y un ejercicio de sabiduría narrativa que podría estudiarse en cualquiera del millón de cursos de escritura creativa en marcha.

La muerte de Belle y El hijo del relojero son otro par más de buenos ejemplos de por qué siempre es buena idea volver a leer a Simenon, en cuyos libros siempre encontraremos historias amargas y buena escritura.

Maderos, de Ken Bruen, me gustó mucho, y me hizo pensar que había encontrado a un nuevo autor al que seguir, aunque las siguientes novelas del autor que cogí de la biblioteca me disuadieron de tal idea.

 

Diarios o similares

Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince. Este autor es sobre todo conocido por su libro El olvido que seremos, que aún no he leído, un libro en el que reconstruye el asesinato de su padre en Colombia. Lo que fue presente recoge sus diarios de los años ochenta, en los que comienza siendo un frívolo estudiante colombiano en Italia, sin preocupaciones, que se casa y es padre sin dejar de ser un adolescente inmaduro, y se ve sorprendido por el asesinato de su padre, por la vuelta a Colombia, por la mancha que la violencia deja sobre todos, por la imposibilidad de volver a tener una vida completa después de algo así, por la sensación de que hay muchos (demasiados) que quieren seguir como si no hubiera pasado nada.

Contemplaciones, de Zadie Smith. Es un libro con seis ensayos breves, anotaciones que Smith fue escribiendo durante los meses de confinamiento, que pasó en Nueva York. Se va fijando en las pequeñas cosas, en las comodidades, las incomodidades, los repartidores, la falta de intimidad cuando todo el mundo está en casa siempre, y también va haciendo recuento de las grandes desgracias que nos cayeron encima casi de golpe. No había leído nada de Zadie Smith, y me pareció una escritora muy aguda, una observadora fina y elegante, y de hecho después de este libro quise saber cómo era su escritura de ficción y leí su novela más conocida, Dientes blancos, que ha sido quizá la mejor novela de ficción larga (pasa de las quinientas páginas) que he leído en lo que va de año.

El colgajo, de Philippe Lançon. Lançon era periodista cultural. Iba al teatro, escribía reseñas, publicaba en distintas revistas y periódicos. Uno de los medios en los que escribía era la revista satírica Charlie Hebdo, en cuya redacción estaba Lançon una mañana de enero de 2015 cuando unos terroristas la asaltaron. Muchos de sus compañeros murieron, y a Lançon le dispararon en la cabeza, dejándole con vida pero sin mandíbula. El colgajo, que es el nombre que una de sus cirujanos le da a la reconstrucción que le hacen, da título a esta memoria de vuelta a la vida en la que acompañamos a Lançon entre camas de hospital, quirófanos y visitas de familiares y fantasmas de su vieja vida y temores de la nueva.

 

Otro tipo de libro

Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Llevo quince años viviendo en Madrid, y como tantos de los que vivimos en Madrid, no nací aquí. Madrid es una ciudad ambivalente, acogedora y dura, en el fondo como toda gran ciudad, donde vienen a parar millones de personas de distintos orígenes. Iñaki Domínguez analiza la composición de las ciudades, y cómo una de las formas de vida plenamente urbanas que surgen para sobrevivir entre sus calles es la del macarra. El libro sirve como guía sociológica de Madrid en los últimos cincuenta años, y siguiendo las bravuconadas y desventuras de distintas bandas callejeras por diferentes barrios y distritos, no deja de dar sorpresas. Muy diferente a cualquier otra clase de libro y muy recomendado.

 

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 18 de enero de 2019

El adulto, de Gillian Flynn


El adulto, de Gillian Flynn (Reservoir Books)

De Gillian Flynn he leído hasta el momento todas sus novelas publicadas en España (Perdida, Lugares oscuros y Heridas abiertas). De momento puedo decir de ella que sus libros son adictivos, negros y mordaces. Me tiene ganado y hasta que me decepciones seguiré pendiente de sus novedades. El adulto es un cuento largo (o una novela muy corta) que escribió por encargo pero que funciona perfectamente (lo cual nunca tiene por qué ser contradictorio; Coppola hizo El padrino por encargo; hay un tema aquí abierto e interminable, pero al fin y al cabo un trabajo creativo libre surge en la mente del autor como una especie de autoencargo, si el encargo viene de fuera, dependerá de lo capaz que sea de llevarlo a su terreno). Nunca conocemos el nombre de la narradora, que nos va contando primero su vida, y cómo ha llegado a ella (haciendo un rápido repaso a su vida, dando una lección de sarcasmo y condensación literaria). La chica, que ha pasado una infancia y una adolescencia difíciles, con una madre difícil y cuando menos peculiar que la ha tenido siempre en un estrato marginal, ha acabado en un local que ofrece un peculiar doble servicio. En la parte delantera leen el futuro, en la trasera masturban a hombres solitarios, y no es casual el doble símbolo de la mano elegido para la portada.

Durante tres años, hice las mejores pajas en el área de los tres estados. La clave está en no pensar demasiado. Si empiezas a preocuparte por cuestiones técnicas, si te paras a analizar el ritmo y la presión, pierdes la naturaleza esencial del acto. Tienes que prepararte mentalmente de antemano y luego dejar de pensar, confiar en tu cuerpo y dejar que se haga cargo. Lo dejé porque cuando has hecho 23.546 pajas en un periodo de poco más de tres años, el síndrome del túnel carpiano pasa a ser un problema muy real.

Al principio de la novela vemos cómo ella está pasando de un negocio al otro. Le da casi pena dejar a algunos clientes amables y simpáticos, le alegra alejarse de otros. No cree en lo paranormal, no tiene poderes y lo sabe, pero cree que en el fondo quienes acuden a esos servicios solo quieren alguien que les escuche y oriente, y sirve para eso. Poco después, en el primer giro de la novela, una clienta empieza a contarle que se han mudado hace poco a una casa enorme y antigua, y que siente que la casa tiene algo enfermizo en su interior, algo que está perturbado a su hijastro, al que tiene miedo. Nuestra protagonista ve ahí una oportunidad de hacer negocio, en plazos irá limpiando el aura de aquella casa. Y empiezan las sesiones.

Otros buscan regodearse en tu desgracia. Solo aflojan la mosca si a cambio les das algo que les haga sentirse bien consigo mismos, y cuanto más triste sea tu historia, mejor se sentirán por haberte ayudado y más dinero sacarás. No les culpo. Si vas al teatro, quieres que te entretengan.

El tema de la casa encantada es un clásico de la literatura. El de los triángulos amorosos y los celos, las venganzas frías y calientes, otro. La novela comienza contando la historia de una chica decidida a prosperar y que se dedica, de forma simultánea, a las pajas y a la lectura de auras. Las dos historias se mezclan pronto (la mujer que la ha contratado es la esposa de uno de los pocos clientes a los que ha mantenido a su lado). El hijastro (de ella, hijo de él), parece realmente preocupante. Parece que en la casa pase algo, y eso nos remite a las historias de Shirley Jackson, a la que se nombra, porque una de las cosas que hace mientras se supone que está limpiando el espíritu de la casa es meterse en la biblioteca y leer, pronto reconoce que alguno de esos libros se los había prestado el marido (pues mientras duraba el servicio hablaban de lecturas, y él le dejaba libros). La mirada de la narradora, con la que empatizamos pronto, es ágil, irónica, inteligente. Sabe leer los secretos y miserias de la gente y se gana al lector.

El gato más afortunado del mundo: tiene una habitación propia solo para cagar.

Un par de giros muy bien dados nos van confundiendo, la van confundiendo a ella (los lectores vamos conociendo la historia a la vez que quien nos la cuenta, no hay reflexión sobre el pasado, tampoco disponemos de un segundo de adelanto) y nos aceleran el pulso. ¿Quién es realmente peligroso? ¿El hijo o la madre? Ella está en cualquier caso en medio y en peligro. Nosotros, que hemos leído la novelita en media tarde, no sabemos dónde va a desembocar la historia.

En tal caso, uno de los dos está mintiendo. Supongo que tendrás que decidir cuál de las dos versiones prefieres creer. ¿Quieres creer que Susan está completamente pirada o que el pirado soy yo? ¿Cuál de las dos teorías te haría sentir más cómoda?

Sin pasarme dando pistas ni anunciando finales, nos dejará con ganas de más. La historia queda abierta y con ganas de más. No sé cuándo tendremos a nuestra disposición el próximo libro de Gillian Flynn, pero en un mundo, el de la novela negra contemporánea, que tiende a la planicie (o serán mis manías de lector, que se acentúan con la edad y las páginas leídas), se agradece este sentido del humor negro, la mala leche y la buena narración de sus libros.

El chaval resultaba simpático. Era posiblemente un sociópata, pero muy simpático. Me daba buen rollo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 8 de octubre de 2018

En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (Ed. La Navaja Suiza)

Mi único contacto con William H. Gass había sido como prologuista de mi edición (de la editorial Sexto Piso) de Los reconocimientos, de William Gaddis. Ambos, Gaddis y Gass (de hecho Gass bromeaba en el prólogo de Los reconocimientos con que lo habían confundido con Gaddis más de una vez) son dos de los autores más conocidos y nombrados del posmodernismo estadounidense, maestros de Foster Wallace, por ejemplo. No he leído las novelas de Gass (que en algunos casos no han sido traducidas al español, y en otros apenas lo han sido, y hace mucho tiempo), así que no puedo establecer la comparativa con las de Gaddis. En la medida en que su labor como cuentista sea representativa de su narrativa en general, el autor de En el corazón del corazón del país es un narrador más cercano a lo clásico, desde luego (aunque, por supuesto, hay peros).

El primer relato de esta colección tiene casi cien páginas, lo que la acerca a la novela corta, aunque sus características (yendo a los cánones clásicos) la mantienen en mayor medida en el relato que en la novela corta. Se trata de El chico de los Pedersen, un texto que Richard Ford incluyó en su Antología del cuento norteamericano (Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, 2002). Es, con cierta diferencia, el mejor texto del libro, y su inclusión en esa antología está más que justificada, pues se trata de un relato que bien podría valer por un curso entero de narrativa y escritura creativa. Dividido en tres partes y narrado desde la perspectiva de un adolescente atemorizado por la realidad de su propia casa, nos cuenta una pequeña historia de terror doméstico. Digo terror porque es la principal sensación que produce en el lector, terror, agobio, angustia. Terror al modo que encontré hace unos meses en los cuentos de Shirley Jackson. Sin ningún elemento sobrenatural, no, pero con algo que podemos llamar una presencia que no se retira. La del entorno violento en el que se mueven estos personajes, al borde de la tormenta, personalizado en el padre del chico que nos cuenta la historia. Un borracho violento que se porta como un dios arbitrario repartiendo castigos y alguna que otra recompensa. Alguien que odia profundamente la vida, la suya y por extensión la de los demás. Un tipo con el que la convivencia y la comunicación son imposibles y que odia a sus vecinos, los Pedersen. Hay muchas teorías que relacionan el terror con el color blanco (un terror filosófico que puede seguirse desde Moby Dick, que está en La narración de Arthur Gordon Pym, un terror que emparenta la nieve con el espacio vacío en el que no se transmiten sonidos). El chico de los Pedersen es un relato con una presencia continua de la nieve y por lo tanto del frío y por extensión del terror. El chico de los Pedersen, ese chico, aparece en la casa del narrador, al borde de la congelación, casi helado, sin que se sepa muy bien en ningún momento de dónde llega, cómo ha llegado hasta allí. Ese chico de los Pedersen, al que intentan socorrer, parece estar muerto. Y los esfuerzos de quienes le ayudan, por lo tanto, condenados a la inutilidad.

El primer y mayor de los esfuerzos, el que crea la sensación de inevitabilidad y de miedo a lo cotidiano en el lector es el de ir a despertar al padre, borracho, para pedirle whisky. El chico de los Pedersen, sobre la mesa de la cocina, como una pierna de cordero mal descongelada para alguna comilona navideña, agoniza, y el padre no colaborará fácilmente. La corporeidad de ese chico, la manera en la que lo manipulan, los golpes que le dan involuntariamente y que les hacen temer que la cosa pueda empeorar (pero, ¿realmente puede empeorar? ¿acaso está vivo?) van generando uno de los grandes malestares del texto, o al menos me lo han provocado a mí. Y mientras su cuerpo espera alguna ayuda concreta, mientras no saben muy bien qué hacer con él, van surgiendo las preguntas. ¿De dónde viene? ¿Por qué? ¿Cómo se le ocurrió salir de casa cuando se avecinaba esa tormenta? ¿Acaso huía de algo mucho peor que la nieve?

Y esa sospecha final los hace recorrer el camino inverso, ser ellos los que salen en la nieve rumbo al encuentro con la verdad, como exploradores en tierra ignota. Buscan encontrarse con la verdad o con algo que se parezca ligeramente a la verdad, aunque lo más verdadero con lo que se van a ir encontrando es con sus rencillas y odios, con sus limitaciones, y con cierta esperanza, la del hijo viendo que en el fondo su padre, alcohólico, violento, odioso, no es más que un infeliz, y que quizá más que miedo debería tenerle piedad. El chico de los Pedersen, en su lectura, me ha ido remitiendo por el lado obvio a Faulkner y Cormac McCarthy, pero también a un chejovismo trabado con el realismo sucio e incluso con los ecos del terror clásico.

El chico de los Pedersen ya es prácticamente un libro que merece lectura individual. Después del subidón literario que produce terminarlo, seguir con el libro se me hizo difícil, porque los relatos posteriores me parecieron mucho más planos, ramplones y poco interesantes. Lo achacaba, decía, a la comparación con El chico de los Pedersen, con el que siempre perderán. La señora Ruin, el segundo, una mirada satírica sobre las señoras correctas de los pueblos y las ciudades de provincias, no me dijo nada. Carámbanos, el siguiente, es quizá incluso más flojo. Repito que tal vez sean dos buenos relatos, pero leídos el día siguiente a El chico de los Pedersen, se me antojaron inanes. En Carámbanos nos encontramos con un vendedor atrapado (espiritualmente pero en un sentido que acaba revelándose también físico). Estuve a punto de dejar ahí el libro. Con el primer relato ya me había compensado la lectura. Pero pensé (y bien) que si el relato que daba título a la colección era el último, por algo sería.

Antes de llegar a ese último relato está El orden de los insectos. Este sí es un buen cuento. Uno de esos de asco e incomodidad, que se apoya en uno de los clásicos de la literatura, la invasión de seres que no han sido invitados, esos insectos que se adueñan de todo y nos producen asco. Algunas de las mejores páginas de la literatura han partido de ahí (de Casa tomada de Cortázar a La metamorfosis de Kafka). Un ama de casa va virando (al modo de una verdadera transformación, casi de una epifanía) del asco y el malestar inicial a una especie de fascinación, entre el morbo y el verdadero interés (casi diría afecto) por esos habitantes de su casa. El cuento se lee con un gesto de extrañeza en la cara (¿pero qué más le pedimos a un buen relato?) y es realmente bueno. Me hizo recuperar la fe en el libro y llegar con ganas al último relato.

En el corazón del corazón del país (que es un título que me encanta, que me parece muy difícil de superar) se recrea en la realidad del Medio Oeste, que es donde Gass sitúa esta pequeña historia escrita de América (me refiero en general al libro, todo él situado en pequeñas ciudades entre lo rural y lo urbano, en un paisaje medio, en ninguna parte, en lo que se podría llamar con tópica condescendencia el corazón del país) y allí nos mete en una especie de cuaderno de notas de un escritor que vive allí. Aislado, mirando por la ventana, filtrando el frío en sus páginas, nos asomamos a su corazón, que es un órgano que late de manera comunitaria (muchas de las entradas de ese texto entre el diario y la libreta de notas de un autor están escritas en la primera persona del plural). El texto va juntando textitos encabezados por un pequeño título. No están estrictamente relacionados pero van formando, poco a poco, algo en nuestra cabeza. Ese fragmentarismo en el corazón del país nos abre, poco a poco, la puerta al corazón de ese mismo corazón. El frío se va volviendo calidez, nos identificamos (porque ese lugar que no es ninguna parte es tan normal que podría ser el lugar en el que vive cualquiera) con los personajes que pasean por esas notas y acabamos sintiéndonos habitantes de esa misma realidad, y con el libro de cuentos en otro de sus máximos.

Aunque la diferencia de nivel entre tres de los relatos (El chico de los Pedersen, El orden de los insectos y En el corazón del corazón del país) y los otros dos sea casi un precipicio, la lectura del libro en su conjunto está más que justificada. Así como quizá esté justificada la carrera de un escritor si simplemente es capaz de escribir tres relatos de esa altura. Como también puede estar justificada la traducción de algunas de sus novelas premiadas (al menos esas), para que podamos juzgarlas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 12 de abril de 2018

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy


Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy (Tusquets)

Calculé mal mis lecturas para las vacaciones de Semana Santa (siempre pienso que con viaje en tren de por medio y más horas al aire libre me va a apetecer novela negra y quizá algo de terror y no siempre es así, y cuando la narrativa de género falla, falla de verdad) y acabé en una librería de El Corte Inglés, la tarde de jueves santo, buscando poner remedio a ese problema. Acabé con un libro de Murakami (El elefante desaparece, del que ya hablaremos) y dos ediciones de bolsillo de Fleur Jaeggy: Los hermosos años del castigo y El último de la estirpe.

No había leído nunca a Fleur Jaeggy pero en mi memoria estaba almacenado el nombre, citado hace muchos años en algún artículo (puede que más de uno) de Enrique Vila – Matas. De Vila – Matas se pueden criticar muchas cosas, pero no se puede dudar de que es un lector constante, siempre atento a encontrar nuevas voces y ejerce de tenaz recomendador de libros. Como puede pasar a veces con Rodrigo Fresán, se diría que todo le gusta, pero creo que es porque sólo hablan (con entusiasmo) de aquello que realmente les ha gustado. En ese mismo cajón de mi memoria en el que estaba el nombre de Fleur Jaeggy, constaba como una autora minimalista.

Me sorprendió encontrar dos libros de la autora en edición de bolsillo. Casi no tienen sus libros en las bibliotecas por las que suelo transitar, y no se puede decir que me tope con multitudes leyendo sus obras en el metro o el autobús (un tema a tratar es el de cómo se ha reducido, a simple ojo, el número de personas que leen en el transporte público desde hace diez años a hoy; los móviles inteligentes han vaciado de lectores los vagones). Me alegro, no obstante, de que autoras de decidida apuesta literaria acaben circulando en bolsillo. El caso es que cogí los dos libros de la autora que había, creo que pensando en que quizá no volviera a verlos y mejor aprovechar y estrenarme con ella.

Antes de apagar la luz por la noche ese mismo día ya había dado cuenta de Los hermosos años del castigo, que es el libro en el que me centraré hoy. Esa contradicción en el mismo título entre la hermosura y el castigo es la definición perfecta de la bella crueldad de la escritura que encontré en esa breve novela que juega a la memoria y dibuja un internado de clase alta, con sus normas arbitrarias y sus pequeñas tiranías, sus jerarquías, los caprichos de las de dentro, el respeto (y más el temor) debido a quienes ostentan el poder, sentirse abandonada por la vida y tener sin embargo que cumplir con sus caprichos (la narradora, el trasunto de la Fleur Jaeggy adolescente, tiene un padre con quien pasa las vacaciones y para el que parece no haber salvación, una especie de héroe trágico, un personaje catatónico que vive en hoteles salidos de una historia corta de Scott Fitzgerald, y una madre que desde Brasil, desde una vida nueva sin su hija, decide que su compañera de cuarto tiene que ser alemana, que le convienen unas actividades y no otras, etc.).

Las novedades, por escasas, se parecen mucho a la llegada de un meteorito, y la llegada de Fredérique, una muchacha altiva, bella, en apariencia frágil pero en realidad mucho más segura que las que ya estaban allí, aunque como en todo el libro hay muchos peros que hacer, una montaña de peros tan alta como las montañas heladas por las que la narradora sale a pasear cada mañana a las cinco, antes de que toque despertarse para ir a clase, y luego se pasa las mañanas en el aula adormilada, y no se sabe si disfruta más de la sensación de aire y libertad y frío en la piel de las cinco de la mañana o de la somnolencia provocada por sus decisiones a media mañana. Fredérique se convertirá en su mejor amiga durante un tiempo, para sorpresa de todas en la institución, incluso de la narradora, que se mueve entre la sorpresa y la falta de recursos emocionales con los que gestionar una relación que se mueve entre el amor y la admiración y nunca llega a verse del todo clara.

Nada se ve del todo claro. Solo que el futuro de esas alumnas parece estar predestinado por otros y que algunas niñas se resisten a lo que han decidido para ellas. Y desde esa resistencia no saben muy bien cómo manejar la vida. El baile de sensaciones y emociones baila perfectamente con la prosa, sugerente, que no cuenta todo, que oscila como en manos de un experimentado pianista que recorre escalas de jazz. No es casual, en ese sentido, que Fréderique sea la mejor pianista que nunca han visto entre esas paredes. Y supongo que no es extraño tampoco el aire de familiaridad con la prosa de Thomas Bernhard, esa que siempre me ha parecido que transmite mucho y que a la vez me ha impedido terminar ninguno de sus libros. Algo que no sucede con Jaeggy, que me encandiló durante todo el libro y me hizo desear abrir el siguiente (pero esa será otra historia). Las montañas heladas acrecentan la sensación de irrealidad, y como en el propio libro se cuenta, cerca de ese internado para señoritas hay un manicomio en el que estuvo internado Robert Walser.

Cuando la vida irreal del internado acaba, y la sensación dominante es la de que les han robado diez años de su vida, un período que nunca será del todo suyo ni del todo recuperable, la narradora sale a la vida y sigue caminando y encuentra en las salas oscuras de cine un refugio contra el exceso de charlatanería y luz de la vida. En una de sus excursiones al cine es cuando se reencuentra con Fredérique, y conoce al fin a su madre, porque uno de los grandes pasatiempos de la vida en el internado es escuchar las historias de familia de las demás e imaginar cómo son en realidad esas familias, y compararlas, claro, con la propia. Y la madre de Fredérique le dice que su hija intentó quemar la casa con ella dentro. Y no lo dice con intención de escandalizar a nadie, ni de culpar a su hija, sino simplemente como algo que sucedió. Y se trata de un momento que dibuja la cumbre de la novela, ese en el que falta el aire del todo.

Cerrada (a su manera) la historia, con Fredérique interna en un centro que bien podría ser una continuación del internado suizo, la narradora vuelve allí, muchos años después, y pregunta por aquel colegio, en medio de las solitarias y heladas montañas de ese país siempre neutral, siempre ajeno, y la respuesta que obtiene es que nunca hubo un colegio, la memoria de lo que ella vivió se ha perdido incluso en el pueblo, por lo que parece. Manicomios es lo que tienen allí, le aclaran. Porque la frontera entre lo restrictivo, entre la imposición de la corrección y la locura es fina, mucho, y ese parece una de las claves de la novela. La principal, probablemente. La más terrible de todas.

Seguiremos leyendo. A otros pero ahora también a Jaeggy.

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 29 de agosto de 2016

Escucha la canción del viento y Pinball 73, de Haruki Murakami

Escucha la canción del viento y Pinball 73, de Haruki Murakami (Ed. Tusquets)


Este libro reúne las dos primeras obras, novelas breves ambas, de Haruki Murakami. Casi lo más interesante de esta clase de libros es poder leer las palabras de autores hoy en día consagrados y célebres sobre aquellas primeras obras. Murakami, como Paul Auster o Stephen King, hoy superventas (cada uno en su escala), siempre que pueden recuerdan sus inicios, cuando ser escritor era un sueño y escribir una apasionante aventura para la que robaban tiempo a otras actividades. Parece que realmente lo echan de menos, aunque me imagino que de vez en cuando echan un ojo a sus cuentas corrientes, a sus premios, a sus libros traducidos a tantos idiomas, y piensan que tal vez todo les va mejor ahora.

Esta es la primera edición en castellano de estas novelas, que hasta el momento sólo habían aparecido en japonés y en inglés. Haruki Murakami nos cuenta en un interesante prólogo que las escribió entre los veinte y los treinta años, cuando regentaba su famoso bar de jazz, ese que siempre se nombra, al volver a casa, por las noches. Son novelas, como él las define, de la mesa de la cocina. Novelas de deshoras. Esos libros que los que intentamos escribir y tenemos que trabajar siempre muchas más horas de las que nos gustaría reconocemos, pues todos tenemos nuestra mesa de la cocina llena de folios y disciplina, de trasnoches o madrugones para escribir. La primera de estas novelas fue finalista de un premio para nuevos narradores en Japón y lo animó a seguir profundizando en la escritura. Después de estas dos, y de lograr publicarlas en japonés, pensó en dedicarse a tiempo completo a la escritura, y se puso a escribir La caza del carnero salvaje, que considera la primera novela propiamente suya.

Lo más interesante de ese prólogo me ha parecido que Murakami confiesa que no leía apenas literatura japonesa, y no sabía lo que se escribía en Japón. Se puso a escribir un poco a ciegas y no sabía muy bien cómo dar con su voz. Confiesa que su cabeza iba mucho más deprisa que su capacidad de escribir, y que entre tantas palabras y expresiones, no acababa nunca de dar con la que le convenciera. Como ejercicio, escribió una historia en inglés y se puso a traducirla. Su inglés era bueno, pero mucho más limitado. Más que traducirla, la readaptó al japonés, y se dio cuenta de que ese estilo, más pobre, era el suyo. Bromea con que muchas veces le han criticado que su escritura parece una traducción. Y es verdad que la construcción de sus frases, aunque lo leemos en castellano, es muchas veces rara. Leí alguna vez que Samuel Beckett había elegido escribir muchas de sus obras en francés por un motivo semejante, para verse más limitado que en inglés y tratar de sacarle el máximo a esa segunda lengua.

Sólo por las 13 páginas de introducción me hubiera merecido la pena leer este libro de Murakami. Mi relación con Murakami es extraña. Parece que es un autor al que hay que adorar u odiar, y yo me encuentro bastante lejos de ambos extremos. He leído bastantes de sus libros, y algunos me han parecido buenos y me han interesado mucho (particularmente Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y 1Q84, algunos de sus cuentos de Sauce ciego, mujer dormida). Otros menos (Tokio Blues, Baila, Baila, Baila, Kafka en la orilla). Otros casi nada (After Dark, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas). Sólo una vez me ha obligado a dejar uno de sus libros (Los años de peregrinación del año sin color). Es verdad que Murakami se nos va desgastando como lectores. Creo que, sean los que sean, para sus lectores sus mejores libros siempre son los primeros a los que nos acercamos. Luego repite tantos trucos que cansa. En cualquier caso, incluso en sus libros menos interesantes, siempre me ha atrapado frente a la página mientras estaba con ellos. Es eficaz como narrador. Tiene un estilo que a veces parece brillante y poético y otras veces, por esa especie de simple extrañeza que maneja, parece escrito por un tonto, o para tontos. Ante algunas de sus frases no puedo evitar la sensación de que me han dicho una de esas obviedades que pretenden pasar por sabias, como en los libros de autoayuda. Tiene un mundo propio, eso es indudable, y cualquiera de sus historias repite sus cuatro o cinco elementos básicos: fin de la adolescencia, chica misteriosa, la música, alguna casualidad o extraña coincidencia, ciertos bares, la sensación de soledad, la hostilidad de la gran ciudad.

El narrador de las dos novelas es el mismo. En la primera, ha vuelto a su ciudad natal para pasar sus vacaciones universitarias. Allí, entre el tedio y los recuerdos, no tendrá mucho más que hacer para pasar sus horas que leer, estar en un bar en el que va afianzando su amistad con alguien a quien llaman El Rata, y a donde llegará una noche, completamente borracha, una chica a la que le falta un dedo en una de las manos y a la que será el encargado de llevar a casa. Esos dos personajes se convertirán en el desahogo del hastío existencial del narrador, que no le ve demasiado sentido ni a sus estudios ni a su vida, en general. Con ellos podrá hablar de sus amores pasados, de la gente que se muere, de los libros que lee y de lo que piensa de escribir, pues valora la opción de escribir una novela, que es la que acabaremos leyendo, y su amigo El Rata escribe una todos los años. La novela tiene un personaje que hace de referente de escritor al narrador, que es el misterioso Derek Hartfield, literato fracasado coetáneo de Hemingway y Scott Fitzgerald y que es un invento de Murakami, quizá el hallazgo más interesante de la novela.
En general lo más interesante está más en la labor de construcción de una identidad escritora, muy relacionada con lo que el propio Murakami cuenta en el prólogo. Destaco una reflexión, que habla de Murakami y habla de su narrador, y tal vez habla de todo aquel que empieza a enfrentarse a la aventura de escribir, y al que siempre le parece que le faltan tiempo y fuerzas para llevarlo a cabo:
Si te interesan el arte, o la literatura, lee a los griegos. Porque, para que sea posible crear verdadero arte, la esclavitud resulta imprescindible. Como en la Antigua Grecia. Allí los esclavos cultivaban la tierra, preparaban la comida, remaban en los barcos y, mientras tanto, los ciudadanos, bajo el sol del Mediterráneo, se dedicaban a componer poemas, a resolver poemas matemáticos.
Alguien que a las tres de la mañana rebusca en el interior de la nevera de su cocina no puede escribir más que esto que escribo.
Y esto que escribo soy yo.

Pinball 73 es la continuación de aquella primera historia, en la que el narrador vuelve a vivir en Tokio, en un piso que comparte con dos gemelas. El inicio de la novela es muy prometedor, y en él el narrador nos cuenta que tiene una pasión casi enfermiza por escuchar los recuerdos de los demás, y que los demás deben sentirse bastante solos puesto que acuden a él para que les escuche. Y nos cuenta algunos de esos recuerdos, algunos francamente extravagantes, propios de locos.

Pinball 73 vuelve al mismo mundo estancado que Escucha la canción del viento. La vida parece no avanzar, o no avanzar de manera productiva. El narrador sigue pensando en los libros que escribe El Rata, en los que él podría escribir, sigue en la barra del Jay´s bar, reflexiona sobre lo que ha ido perdiendo con el paso del tiempo. Ahora comparte piso con dos gemelas, y eso ya suena a Murakami, esas dos gemelas ya hablan de una cierta simetría en el mundo. Una simetría triste que los personajes nunca acaban de comprender y que parecen incapaces de romper. Se echa de menos a la chica de los cuatro dedos.

Pinball 73 contiene todos los elementos de la narrativa murakamiana. Las dos novelas breves de este libro son interesantes porque sirven para localizar sus elementos típicos desde un principio. Dan ganas de jugar con aquel bingo que diseñaron en el suplemento literario del NY Times. http://graphics8.nytimes.com/images/2012/06/03/books/review/Snider-sub/Snider-sub-custom1.jpg La editorial nos cuenta, no sin cierta ironía, que Pinball 73 contiene las mejores escenas de pinball de la historia de la literatura. Lo cual es, por absurdo, probablemente cierto. Murakami trata de dotar, como siempre, lo más trivial de alguna lectura poética, y aquí consigue relacionar el juego del pinball con la eternidad.

Es un libro interesante para los que ya hayan leído alguna de las novelas más ambiciosas de Murakami, pues se pueden rastrear algunos temas y modos de tratarlos desde un principio. En octubre volverán a hablar de él como candidato al Nobel. Siempre que leo a Murakami, y lo leo con asiduidad, pienso que los del Nobel son rumores exagerados.

Seguiremos comentando libros.

Felices lecturas.

Sr. E

domingo, 19 de junio de 2016

Filtraciones, de Marta Caparrós

Filtraciones, de Marta Caparrós (Ed. Caballo de Troya)

Filtraciones es el primer libro de la escritora madrileña Marta Caparrós. Iba a añadir un tópico joven a escritora y madrileña y convertirla en la joven escritora madrileña Marta Caparrós, pero prefiero no hacerlo. Me explico: seguramente el 95% de las reseñas sobre el libro empiecen por ahí. Marta Caparrós tiene mi edad, ambos pasamos ya de los treinta, y no sé si será su caso, pero por si lo fuera y en previsora solidaridad, yo no soporto que se hable de mí como un joven autor, porque me da la sensación de que lo que venga detrás ya viene devaluado, que todo va a ser un: “bueno, para ser joven no está mal”. Y creo que un joven autor, o una joven autora como se habrá dicho mucho de Marta Caparrós, tiene que ser sólido aparte de su edad. Si quisiéramos tener motivos suficientes para dejar de escribir, o casi para suicidarnos, podríamos recordar que Albert Camus escribió El extranjero, Vargas Llosa La ciudad y los perros, o Rodrigo Fresán Historia argentina antes de los treinta. Perdón por la digresión, sólo quería dejar claro que un libro debe ser juzgado por su consistencia, lo que logra transmitir y lo bien escrito que está, nunca por la edad de quien lo ha escrito. También, en esa línea, sobraría quizá la referencia al sexo de la autora o su ciudad de procedencia, pero sí creo que el hecho de que sea mujer y madrileña son datos que aportan una información de valor. Creo que es un libro inequívocamente escrito por una mujer, y no voy a entrar en esa estupidez de la narrativa femenina, pero está claro que aquí sí hay una mirada femenina, y un libro cuyo mundo es muy madrileño.

¿Qué es Filtraciones? Filtraciones es un libro que reúne cuatro novelas cortas. La más larga se va casi a las cien páginas, y la más breve apenas pasa de las treinta. Es un libro original en España, por su extensión, ya que apenas se publican eso que los franceses llaman nouvelles y para lo que nosotros no tenemos una palabra propia, y deben ser muy pocas las colecciones de varias de ellas. En ese sentido creo que el hecho de que Caballo de Troya, en aquel momento bajo la dirección de Elvira Navarro, se decidiera por un libro de un formato tan poco común indica que a su editora creía firmemente en él. Continúa en ese sentido esta editorial con la labor por la que viene apostando desde su fundación, la búsqueda de nuevas voces. Las cuatro novelas cortas aquí recogidas se titulan, respectivamente: Vacaciones, Atrevimiento, Filtraciones y Los mejores deseos. Ya digo que la que más me ha gustado ha sido Vacaciones, la que menos Atrevimiento, y la que me parece que tenía más potencial aunque creo que no ha acabado de explotarlo es Filtraciones. Por darle una medalla a todas, Los mejores deseos ha sido la que me ha dejado más frío.

¿Qué nos enseña Marta Caparrós como escritora en este libro? Creo que tiene buenas intenciones, literarias y políticas. Y esto es un arma de doble filo. Es necesario tener buenas intenciones, por lo que es, sin duda, una virtud. Pero no es suficiente con esas buenas intenciones, y me queda la sensación de que en ocasiones no pasa de ahí. Marta Caparrós tiene una escritura que en algunas páginas consigue ser muy sutil, y tiene un muy buen ojo para fijarse en el detalle. Los decorados y ambientes de sus historias están vivos porque la autora sabe en qué fijarse y qué contarnos para conseguir que resulten realistas y vívidos. Creo que no ha hecho un trabajo tan bueno con los personajes, que a veces pecan de moverse en un único plano, de ser demasiado esquemáticos tópicos. A veces los personajes representan a determinados sectores, y eso les resta profundidad y hasta credibilidad.

¿Dónde está la política en este libro? Si uno lee la contraportada de este libro, uno lee algo sobre el 15 – M y que aún estaba por narrar y que ese cambio social está llegando a la narrativa española. Y el libro tiene sin duda una intención de narrar estos últimos años, y de narrar a una generación. Pero en el esfuerzo de retratar a la gente de la edad de Marta, que es la gente de mi edad, creo que acierta en algunos rasgos y creo que yerra en otros. Retrata la preocupación de una generación por hacerse mayor sin alcanzar la estabilidad laboral ni sentimental, pero creo que no acaba de atreverse a cuestionar que quizá hay un error en estar buscando una estabilidad muy parecida a la que tenían sus padres cuando probablemente el propio mundo ha cambiado demasiado como para que ciertas instituciones laborales y de pareja puedan ser iguales. Atrevimiento es el relato más claramente político según lo plantea la editorial, y lo es, pero se le descubren demasiado pronto las cartas. Y quiero dejar claro que no se trata de que yo quiera una literatura que huya de la realidad, que sea de evasión, que evite la política, porque creo que la política se da cuando hay conflicto, y como todo escritor sabe, la narración surge cuando al personaje de la historia le surge un conflicto. Es sólo que creo que cuando alguien se esfuerza demasiado por colar un cierto elemento en una historia cuyo principal camino quizá es otro, acaba sonando forzado. Y me parece que en esa historia se trata de magnificar algo que supone un conflicto entre el personaje femenino y el masculino, que hace que los dos acaben sonando tópicos y un poco huecos, a cámaras de eco. Yo creo en la literatura política, y en el arte político, desde el punto de vista de que todo es político, pero creo que el arte y la literatura son esencialmente literatura o arte. Yo escucho Dirty Boulevard de Lou Reed, Rockin´in the free world de Neil Young o Pedro Navaja de Rubén Blades, y sé que hay una visión política y crítica del mundo debajo, pero sé, sobre todo, que son grandes canciones, y que fueron compuestas para ser grandes canciones, no manifiestos.

En lo literario: El primer relato, Vacaciones, es el que más me ha gustado. ¿Por qué? Creo que la palabra es sutileza. La historia se dibuja suavemente, nunca sale de lo personal, va del pasado de las niñas que veraneaban en Conil al presente de una hermana con una vida estable y aburrida y la hermana sin estabilidad que en lo moral se sabe mirada por encima del hombro pero que a su vez también mira ella por encima del hombro, porque ve a su hermana mojigata y conservadora. Se ha quedado embarazada y vuelven a aquellas mismas playas a pasar el verano. El relato es el que más se acerca a un tratamiento personal, y el que menos impone una dialéctica, sino que permite que la historia fluya y se filtre en la cabeza del lector. Y por supuesto, sugiere en esa cabeza las mismas ideas y cuestionamientos que los que tocan un modo más político, pero lo hace de una manera mucho más acertada, más literaria. Me ha dado la sensación de que Vacaciones, o un primer borrador de Vacaciones, era una historia escrita en un momento distinto a las otras tres, y que seguramente fuese el texto que antes escribió la autora. La historia es una historia, no trata de recoger las ideas del mundo en su interior, y funciona. Es un poco tramposa en lo emocional, por ponerle alguna pega, pero se lee muy bien. 

Decía que Filtraciones me parecía el relato con mayor potencial porque la historia empieza y el mundo ya está en marcha a su alrededor. Hay españoles que emigraron fuera, están sus hijos, está la gente de Madrid y están los barrios. Hay una sensación de que todo se repite y de que aunque nos habíamos creído un país rico en realidad nunca dejamos de ser un país de pobres y ahora sencillamente somos pobres con estudios que se plantean otra vez irse fuera a ser mano de obra barata pero cualificada. Y ahí es donde esta historia toca con la última, Los mejores deseos, que habla de españoles que se han ido a Berlín a buscarse una vida mejor, y de alguna manera no saben si acabar de dar el paso de integrarse del todo allí o dejar que la melancolía y el pasado pesen más. Filtraciones está vivo, y como en todo relato vivo hay un pequeño detalle que pone en riesgo una frágil estabilidad. Porque la precariedad no está tanto en cobrar un poco más o un poco menos o en que los contratos caduquen o se renueven como en la sensación de inseguridad permanente, en saber positivamente que el pequeño aleteo de una mariposa en la habitación de al lado puede hacernos saltar por la ventana en medio de un huracán. Me parece que Marta Caparrós construye un inicio del relato muy prometedor, con un pequeño contratiempo casero por el que puede filtrarse, y el verbo es el que debe ser, y está muy bien elegido como título ese sustantivo Filtraciones, la desgracia en un pequeño mundo que parecía sólido. El relato se va poniendo más discursivo y categorizante según avanza, como pasaba en Atrevimiento, y acaba desaprovechando su gran potencial, resultando, pese a ello, una buena historia.

Referencias: En la contraportada del libro se habla del modelo de Belén Gopegui, a la que debo reconocer que apenas he leído, por lo que no puedo establecer una comparación. Pero también he oído comparar a Marta Caparrós con Elvira Navarro, que sí es una escritora a la que he leído con atención y además fue la editora de esta obra. Si comparo Filtraciones con La ciudad en invierno, que fue el primer libro de Navarro y que también estaba formado por una serie de novelas cortas o relatos largos, veo una diferencia esencial que funciona a favor de Navarro. Marta Caparrós trata de hablarnos desde un yo colectivo, generacional, que suena por lo general impostado, mientras que Navarro presentaba historias pequeñas y sutiles, con un nombre y un apellido, con el rostro y la mirada de un personaje en particular, y que desde esa individualidad podían estar dibujando algunos temas similares, como el desarraigo en la ciudad, o adolescentes haciéndose mayores en esas ciudades. Creo que la literatura debe ir claramente hacia lo universal desde lo individual, y que casi nunca funciona en el sentido contrario.

Para ir terminando: Una de estas nouvelles fue finalista del Premio Encina de Plata, aunque en el libro no se cita cuál es. Por la pequeña biografía que se aporta de la autora y en la que se cita este dato, no parece que Marta Caparrós haya llegado a este libro después de años de pulir el libro y pelearse en esos concursos que son una de las canteras a las que los aspirantes a escritores pueden asomarse en busca de experiencia y alguna pequeña rendija por la que asomar. La lectura de Filtraciones me lleva a pensar que es la primera obra que la autora aborda. Lo digo por algunas frases, esas frases que el autor primerizo no sacrificaría nunca, porque resultan brillantes, porque quieren llamar nuestra atención de lectores diciéndonos: ¡eh, que soy la mejor frase de esta página!, pero que un autor un poco más experimentado estaría dispuesto a arrojar a la hoguera en la fase de revisión, porque como frase funciona pero entorpece el párrafo y la página en la que está. Y no quiero resultar más tópico aún, pero he olido en algunos momentos el paso por los talleres de escritura. Que por supuesto son muy respetables, y seguramente son un buen lugar en el que coger oficio, hacer hábito de escritura y conocer gente interesante. Pero me parece que uniformizan el estilo, aplanándolo. Leo a Marta Caparrós y veo sus lecturas de Raymond Carver y esa generación y veo muy pocas más, y seguro que tiene mucho más leído y asimilado. Me da la sensación de que la mayoría de los escritores que pasan por los talleres de relato acaban saliendo con un excesivo tufo a Raymond Carver. No digo que sea ni bueno ni malo, sino que suena a algo ya escuchado. Y haciendo mías unas palabras que le leí a Manuel Vilas, eso acaba sonando a narrativa socialdemócrata (que es un adjetivo que estos días se escucha mucho pero que hace unos pocos años hubiera sido utilizado como sinónimo de timorato y biempensante por algunos de los que se reivindican como tales, y es en ese sentido en el que se lo cojo prestado a Manuel Vilas). Este primer libro de Marta Caparrós me ha interesado, me ha gustado por momentos, me ha aburrido en otros, me ha sonado a un discurso que escucho en la calle pero que ya traigo escuchado antes de ponerme a leer y que por tanto no me aporta demasiado como lectura, me ha mostrado a una narradora que sabe ser eficaz y que tiene un buen oído para las inquietudes sociales y una buena mano para componer sobre todo ambientes y momentos, pero que quizá tiene que darle una vida más propia a sus personajes. El libro le ha quedado a Marta Caparrós, entrando al trapo de la narrativa política post 15 – M en la que veo que la encuadran, un poco socialdemócrata, demasiado pactista. La literatura debe arriesgar en lo formal, en la escritura. Debe intentar, aunque sea una aspiración fútil, a ser novedosa, a ser única. Leí hace meses El agua que falta, de Noelia Pena, también de esta misma editorial, también de una autora joven, también etiquetada como literatura política hecha por alguien joven. Y encontré en ese libro, me gustara más o menos en general, una apuesta más fuerte por hacer algo distinto. Animo a Marta Caparrós, como si yo fuera alguien para dar consejos, desde este rinconcito que probablemente nunca visitará, a arriesgarse un poco más en sus siguientes aventuras narrativas, y le digo que estaré pendiente de esas nuevas aventuras, porque en este libro he visto más motivos para la esperanza que para la crítica, y la seguiré leyendo.

Felices lecturas
Sr. E