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martes, 30 de marzo de 2021

Declaración trimestral: enero - marzo 2021

Declaración trimestral


Confieso que no echo de menos hacer una reseña semanal, ni estar pendiente de qué contar de los libros que voy leyendo, pero sí echo de menos asomarme de vez en cuando por aquí y hablar de algunas lecturas que creo que pueden resultar interesates. Puede que la manera de no alejarme del todo del blog ni tener una obligación sea una aparición trimestral, como las entregas de notas de los colegios o los pagos de impuestos en ciertos sectores.

El primer trimestre de 2021, donde la anormalidad sigue vigente, ha sido una buena época de lecturas. Reviso mi cuaderno de anotaciones y veo bastantes libros que me han dejado sensaciones muy positivas.

La idea es comentar algunos de ellos, y que le puedan servir a quien visite esta entrada como recomendaciones.

 

Relatos

¿Quién te crees que eres?, de Alice Munro. La editorial no la presenta como tal, pero el libro, aunque aspire a ser una novela, es una colección de relatos enlazados. No creo que tenga importancia, más allá de que en muchos artículos se presente como la única novela de Alice Munro. Da igual cuál sea el género al que se adscriba, es un muy buen libro.

 

Novelas bastante breves

Son libros que tienen en común, entre otras cosas, que son bastante breves, y que, además por su interés se leen en un par de ratos.

Esto es placer, de Mary Gaitskill. Este es un librito muy corto que cuenta un mismo caso desde dos perspectivas, la de un hombre y una mujer. Es un libro polémico que toma un papel delicado en la era del metoo. La diferencia entre placer y dolor es a veces muy fina, dice la autora en algún momento, y sobre eso investiga en sus páginas. Hay un caso de denuncia por acoso contra un veterano editor, y vamos leyendo, de manera alternada, la visión del denunciado y la de una vieja amiga que no acaba de comprender la situación.

Querido Miguel, de Natalia Ginzburg. Es una novela corta, escrita a modo de cartas, en la que vemos cómo una madre, dirigiéndose a su hijo Miguel, nos muestra cómo una vida, la suya, pero también la de su ex – marido, la de otros familiares, y en general la de una ciudad de provincias, se ha ido derrumbando, sin un motivo claro, simplemente porque el óxido ha ido haciendo su labor de desgaste.

La edad del desconsuelo, de Jane Smiley. Es posible que a todos nos haya de llegar esta edad del desconsuelo, un momento indefinido entre los treinta y los cincuenta años en el que parece que las emociones se hacen más grises, la vida se vuelve rutina y lo que nos daba la vida empieza a parecer lo mismo que nos la está robando. Puede acabarse el amor, y pueden acumularse los derrumbes. Un matrimonio de dentistas, Dana y Dave, con una buena posición económica y tres hijas, se dan cuenta, en un instante, de que quizá la vida que llevan no es tan feliz, o que esa no era la felicidad. Empiezan a re – evaluarlo todo, y a sospechar de su pareja. La escritura es finísima y siempre en la frontera entre la realidad y la lírica, y la lectura es deliciosa.

Personajes desesperados, de Paula Fox. La lectura del libro anterior me hizo acordarme de este, que había leído hace quince años, si no alguno más. Fui a la biblioteca a buscarlo y lo releí. La experiencia no podía haber sido mejor. En esta historia que transcurre en un fin de semana, nos encontramos con un matrimonio, los Bentwood, Otto y Sophie, burgueses entrando en la cuarentena en un Nueva York enfermo. A Sophie, el viernes por la noche, le muerde un gato callejero al que venía alimentando. La herida empieza a hincharse y ante la sospecha de que pueda ser rabia, y también ante la resistencia a ir al médico, va haciendo una valoración completa de su relación, del tipo de vida que tienen, y del tipo de vida que tienen todos los que viven como ellos.

El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon. Este librito es un pequeño ensayo novelizado, con un fuerte componente de eso que se llama literatura testimonial. Mercedes Halfon es una periodista y escritora argentina, que desde pequeña ha sufrido estrabismo. Utiliza esa circunstancia para reflexionar sobre los cánones, la mirada, un término siempre tan literario, el enfoque, y dónde se sitúa cada persona en función de problemas como los de visión. Halfon va mezclando recuerdos con apuntes casi técnicos, historia de la vista, y la influencia de esta en manifestaciones artísticas de todo tipo.

 

Clásicos

Corremos el riesgo, al final, de considerar clásico a todo lo que haya llegado al mundo antes que nosotros. Reconociendo lo poco definido que es llamar clásico a un libro, y no llamárselo a tantos otros, llevo los últimos años intentando completar mis carencias lectoras en cuanto a los clásicos.

Me han interesado especialmente dos novelas cortas de Thomas Wolfe, Hermana muerte y El viejo Rivers, que son dos buenos ejemplos de escritura económica, realismo poético y el siempre difícil arte de la novela corta, esas historias concentradas en poco más de ochenta páginas que construyen un mundo totalmente completo.

La escritura de Wolfe me recuerda a la de Henry James, de quien he leído últimamente Lo que Maisie sabía, la historia de una niña a la que sus padres usan como motivo de discordia, en una guerra posterior al divorcio, en la que estos no paran de lanzarse puñales, y donde decenas de personajes van poniendo su granito de arena en uno u otro lado del campo de batalla.


Algunas novelas negras

He combinado relecturas de clásicos (fue una maravilla volver a leer al completo El largo adiós, de Raymond Chandler), con la primera lectura de otras obras que no había leído antes.

¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, me pareció un libro ligero, quizá menor pero muy bien hilado, y un ejercicio de sabiduría narrativa que podría estudiarse en cualquiera del millón de cursos de escritura creativa en marcha.

La muerte de Belle y El hijo del relojero son otro par más de buenos ejemplos de por qué siempre es buena idea volver a leer a Simenon, en cuyos libros siempre encontraremos historias amargas y buena escritura.

Maderos, de Ken Bruen, me gustó mucho, y me hizo pensar que había encontrado a un nuevo autor al que seguir, aunque las siguientes novelas del autor que cogí de la biblioteca me disuadieron de tal idea.

 

Diarios o similares

Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince. Este autor es sobre todo conocido por su libro El olvido que seremos, que aún no he leído, un libro en el que reconstruye el asesinato de su padre en Colombia. Lo que fue presente recoge sus diarios de los años ochenta, en los que comienza siendo un frívolo estudiante colombiano en Italia, sin preocupaciones, que se casa y es padre sin dejar de ser un adolescente inmaduro, y se ve sorprendido por el asesinato de su padre, por la vuelta a Colombia, por la mancha que la violencia deja sobre todos, por la imposibilidad de volver a tener una vida completa después de algo así, por la sensación de que hay muchos (demasiados) que quieren seguir como si no hubiera pasado nada.

Contemplaciones, de Zadie Smith. Es un libro con seis ensayos breves, anotaciones que Smith fue escribiendo durante los meses de confinamiento, que pasó en Nueva York. Se va fijando en las pequeñas cosas, en las comodidades, las incomodidades, los repartidores, la falta de intimidad cuando todo el mundo está en casa siempre, y también va haciendo recuento de las grandes desgracias que nos cayeron encima casi de golpe. No había leído nada de Zadie Smith, y me pareció una escritora muy aguda, una observadora fina y elegante, y de hecho después de este libro quise saber cómo era su escritura de ficción y leí su novela más conocida, Dientes blancos, que ha sido quizá la mejor novela de ficción larga (pasa de las quinientas páginas) que he leído en lo que va de año.

El colgajo, de Philippe Lançon. Lançon era periodista cultural. Iba al teatro, escribía reseñas, publicaba en distintas revistas y periódicos. Uno de los medios en los que escribía era la revista satírica Charlie Hebdo, en cuya redacción estaba Lançon una mañana de enero de 2015 cuando unos terroristas la asaltaron. Muchos de sus compañeros murieron, y a Lançon le dispararon en la cabeza, dejándole con vida pero sin mandíbula. El colgajo, que es el nombre que una de sus cirujanos le da a la reconstrucción que le hacen, da título a esta memoria de vuelta a la vida en la que acompañamos a Lançon entre camas de hospital, quirófanos y visitas de familiares y fantasmas de su vieja vida y temores de la nueva.

 

Otro tipo de libro

Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Llevo quince años viviendo en Madrid, y como tantos de los que vivimos en Madrid, no nací aquí. Madrid es una ciudad ambivalente, acogedora y dura, en el fondo como toda gran ciudad, donde vienen a parar millones de personas de distintos orígenes. Iñaki Domínguez analiza la composición de las ciudades, y cómo una de las formas de vida plenamente urbanas que surgen para sobrevivir entre sus calles es la del macarra. El libro sirve como guía sociológica de Madrid en los últimos cincuenta años, y siguiendo las bravuconadas y desventuras de distintas bandas callejeras por diferentes barrios y distritos, no deja de dar sorpresas. Muy diferente a cualquier otra clase de libro y muy recomendado.

 

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 4 de octubre de 2019

El papel amarillo vs. Su cuerpo y otras fiestas, además de Chicas muertas


El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman (Editorial Bestia Negra) vs. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado (Anagrama), con Chicas muertas, de Selva Almada (Mondadori) de propina

El papel amarillo es un relato que se puede identificar de manera bastante clara en la tradición gótica, y que se publicó por primera vez en 1892. Cuentan que Lovecraft alabó el relato. Se ha recuperado de un olvido de muchas décadas en los últimos años, y ahora mismo se lee desde dos perspectivas, la de relato de género de terror (o de pesadilla, pues más que miedo la lectura produce angustia por la deriva en la que va entrando la protagonista) y como relato protofeminista, una historia de reivindicación de la mujer ante su papel secundario en aquella época.

Creo que se puede leer de las dos maneras, que quizá es lo mejor, y de hecho yo lo he leído dos veces, aprovechando que es francamente breve (aunque la edición lo viste con prólogo, estudio y unas ilustraciones sobre las que habría mucho que hablar, porque son bonitas pero en su ánimo de resaltar continuamente la opresión de la protagonista acaban resultando un tanto condescendientes e infantilizantes). Lógicamente no lo he leído dos veces, una desde un punto de vista y el otro, sino uno simplemente siguiendo la historia, y jugando al juego que como narración propone (¿pasa todo en la cabeza de la protagonista o hay algo real más allá?) y otra fijándome más en los detalles costumbristas, en su modo de relacionarse con el marido, la manera en que se refiere a él y sus recomendaciones, y su propia relación con su naturaleza femenina y la posibilidad de que la escritura fuera algo terapéutico.

Como relato de terror, pasados más de 125 años, no deja de ser hoy en día un relato canónico, que sigue los pasos marcados por quienes crearon el modelo. Lo hace bien, dosificando la información, dejando algunos elementos sorpresa para el final, generando una atmósfera cada vez más enrarecida y haciéndonos dudar de la fiabilidad de la protagonista, de la que sabemos a través de un diario (un recurso también muy socorrido en la literatura de misterio decimonónica). Pero estas narraciones, salvo algunas excepciones, han perdido eficacia (necesariamente) en su cometido principal, darnos miedo. Le pasa a los cuentos de Poe, y le pasa a este. No puede ser de otra manera, cuando ya hemos pasado todos, como lectores y espectadores, por tantos horrores, con ritmos y miedos muy distintos al de estos relatos.

No obstante, y aunque no nos da miedo, la historia de la obsesión de esta mujer (a la que su marido, médico, ha diagnosticado que está delicada de los nervios, uno de esos males antiguos que le ocurrían sobre todo a las mujeres, y a la que ha recomendado, para que se recupere, unos meses de reposo absoluto en una casa de campo a las afueras de la ciudad) con su cuarto nos conmueve y nos inquieta. Se trata de una inversión del clásico cuento de Barbazul, aquí se trata de un cuarto del que apenas le permiten salir, y sobre el que no tiene opinión, pues todas sus pegas son respondidas con que son efecto de su debilidad, que si se sintiera más estimulada todo podría ir a peor. Y como no sale, acaba obsesionándose con el empapelado del cuarto, de un horrible color amarillo que ya la hizo sentir mal desde que entró ahí por primera vez.

Empezará a identificar a una mujer que vive en el empapelado y que intenta escapar, y se hará imposible saber, desde que se produce la ruptura hasta el final del relato, si está cayendo ella misma en la locura y está proyectando su situación en sus alucionaciones o si realmente se trata de una historia de espíritus. La escritura de corte costumbrista, con los incisos en los que no para de mostrarse como una mujer sumisa y obediente, es la que da lugar a que se pueda hablar desde nuestro presente de un libro feminista, o protofeminista o como lo queramos expresar, un libro en el que vemos la situación de una mujer casi sin voz y con nulo voto en el proceso de la curación de lo que parece, en el fondo, lo que hoy llamaríamos con más normalidad una depresión post – parto. Una situación que muy probablemente vivió la propia autora por la época en la que escribió el relato.

John no sabe lo mucho que sufro. Sabe que no hay razón para sufrir y con eso le basta.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Es un niño encantador!
Y sin embargo, no puedo estar con él. ¡Me pone tan nerviosa!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre se está arrastrando , y la mayoría de mujeres no se arrastran durante el día. Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro durante el día.

Relaciono este primer libro con el que ahora viene porque los he leído seguidos, en primer lugar, y porque ambos, aunque desde intenciones creo que muy distintas, utilizan los recursos de la literatura fantástica (en ocasiones una literatura fantástica que se parece bastante al terror) para exponer (no utilizaría el verbo denunciar, porque creo que la intención es expositiva, y ese hecho de contar es el que sirve para que el lector abra los ojos e interprete símbolos) la situación de la mujer, en distintos momentos y lugares. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado, ha recibido miles de elogios, ha ganado importantes premios y ha estado cerca de ganar otros aún más importantes, ha sido recibido como una revelación, y como bien anuncia cualquier referencia que pueda buscarse sobre él en la red, dará lugar a una serie de televisión, que parece el mecanismo de consagración definitivo para el trabajo literario de acuerdo a las leyes del mercado.

Su cuerpo y otras fiestas pertenece a ese género que se llama weird en inglés y que en español deberíamos llamar libros raros, narrativa rara, y que viene a anunciarnos que es literatura fantástica, quizá, pero desde luego no canónica, relatos que no obedecen a la lógica concreta de un género con fronteras bien definidas, y que pueden dar cabida a la poética cercana al realismo mágico de García Márquez y en otros momentos acercarse al gore.

Los ocho relatos de Su cuerpo y otras fiestas pasan por varios géneros y varias influencias más o menos reconocibles, y todos se relacionan en que comparten una cierta visión de que ser mujer es una batalla, que el campo de batalla es a veces el cuerpo de la propia mujer (lugar de goce y de sufrimiento, lugar siempre de inquietud) y en el uso de las herramientas de ese género difuso. Es un libro bastante irregular pero con relatos muy conseguidos. Y creo sobre todo que vale la pena leerlo porque es uno de esos libros que incluso cuando falla es potente, nos está diciendo algo. Es un libro que se atreve a dar ciertos gritos y a usar ciertos discursos formales (hay un relato, Especialmente perversos, que podría haber firmado David Foster Wallace, de más de sesenta páginas en el que se comentan sucintamente capítulos de una serie de televisión policíaca) y que a cambio, cuando intenta provocar al lector lo deja más frío, y cuando mejor funciona, en los cuentos indudablemente más redondos, no nos permite quitarnos la sensación de que ha habido tanta planificación, un uso tan medido y deliberado de los símbolos, que ese lugar mítico donde nace la literatura, el momento en que a la autora se le ocurriera la primera imagen de la historia, queda demasiado lejos. Los ha pulido tanto que están demasiado pulidos, tan perfectos, medidos y equilibrados que les cuesta respirar.

Creo que lo mejor del libro está ya concentrado en su primer cuento: El punto de más. Es un cuento al que no se le puede discutir una coma, quizá únicamente se le puede reprochar que sea demasiado perfecto. En ese relato y en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, los símbolos son tan buenos, redondos y potentes, que el relato se quedará en la memoria del lector (aunque creo que El punto de más será más duradero, en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, quizá la aparicicón de mujeres que se van volviendo transparentes es un símbolo más obvio)

Los cuentos me han llevado a pensar en distintos momentos en Shirley Jackson (aunque es mucho menos sutil), en Mariana Enríquez (aunque es menos cruel) y en Anna Starobinets (aunque es menos imaginativa, y menos explícita en ciertas descripciones físicas). Con esas tres comparaciones quiero decir que el libro está muy bien pero que no es el mejor libro de cuentos del mundo, ni del año ni de la vida de nadie que haya leído un cierto número de libros de cuentos. Con todo, es un libro más que notable y merece la pena leerlo para sentirse apelado, emocionado y aterrado en algunos momentos, quizá demasiado frío en otros.

Y termino el paseo por las historias de terror y mujeres con el que más miedo debería darnos de todas: Chicas muertas, de Selva Almada. Tenía el nombre de la autora apuntado por ahí y este libro llegó a la biblioteca en algún momento. Está muy bien construido, y sin caer en sensacionalismo ni en efectismos (al menos nada más que en los imprescindibles), y desde la reconstrucción de unos pocos casos escabrosos y terribles de feminicidios de adolescentes en la Argentina rural, va dibujando un mapa del horror, el machismo, el silencio y el olvido. Las sospechas habituales, las calumnias, las costumbres bárbaras de algunos pueblos y algunos hombres, el trato de la prensa, el olvido, el ruido y después todo el silencio. La autora juega (aunque no es un juego literario) con todos esos elementos y construye un libro escueto, denso, cortante. Que sangra y hace sangrar a quien se corta con sus páginas, que será cualquiera que lo lea y tenga algo de sensibilidad.

Mucho miedo, mucha vida y mucha muerte.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 24 de julio de 2019

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez


Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)

Hace dos o tres años sonó mucho el nombre de Mariana Enríquez, con el primer libro que Anagrama editaba en España, Las cosas que perdimos en el fuego. Debo reconocer que lo cogí de la biblioteca cuando lo pude pillar libre y no conecté con él. Tras mi nueva experiencia con la autora es algo que me extraña mucho, y creo que pudo ser una cuestión de que no me interesaran sus dos primeros cuentos, después de los cuales dejé el libro. Aunque a mí el libro no me transmitiera demasiado, funcionó bien y la editorial hizo una de las jugadas clásicas cuando esto sucede con una autora extranjera, reeditar un libro anterior, en este caso otro de relatos, el primero de la autora, de 2009, titulado Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama es una colección de 12 relatos de temas reconcentrados y que se repiten con cierta ansia cíclica y tonos y tratamientos muy variados. Hay narradores de todo tipo de voz y consistencia, y hay unos mundos reconocibles, urbanos, centrados en Buenos Aires, de donde se sale con frecuencia pero a donde siempre se vuelve, mundos que son a veces los de la adolescencia, con sus rarezas, a veces los del final de la adolescencia, otras los de la adultez precaria en la que se siguen moviendo profesionales de más de treinta que nunca van a dejar de ser adolescentes. La normalidad lo define todo, y supongo que eso hace que la referencia a Cortázar sea acertada.

Uno, como lector, encuentra en las páginas de Mariana Enríquez rastros de finura de Cortázar, roturas de lo cotidiano en forma fantástica que recuerdan al argentino pero también tienen algo de Shirley Jackson. Aunque en este libro Mariana Enríquez es mucho menos sutil que Jackson. Y eso no lo digo como algo malo, me parece una marca de estilo y construcción de la autora, la sutilidad está muy bien cuando es la marca natural de la historia, pero no hay por qué forzarla. En su falta de sutilidad, en que la idea potente del relato aparezca de repente, rompa la escena cuando es necesario y quede bien expuesta, a la vista, para nuestro horror, he pensado en muchos cuentos de Stephen King, Richard Matheson y Anna Starobinets. También, por el tono cruel y desapegado con el que las narradoras cuentan algún suceso, he pensado en Patricia Highsmith, y el retrato de la fuerza de los grupos de chicas adolescentes me ha hecho acordarme en lo que he leído de Mónica Ojeda.

Al final reconocemos en cada libro nuevo que leemos rastros de los muchos libros que ya hemos leído antes, pero eso no habla más que de nuestros sesgos lectores. En cualquier caso, para ir convenciendo al posible lector de esta entrada de la conveniencia de leer el libro de Mariana Enríquez, repito: Cortázar, Shirley Jackson, Stephen King, Richard Matheson, Anna Starobinets, Patricia Highsmith, Mónica Ojeda. Nada mal.

Agarrándonos a un horrible tópico, diríamos que los 12 cuentos de Los peligros de fumar en la cama son 12 puñaladas. 12 historias en las que aparecen con frecuencia los elementos fantásticos, extraordinarios, pero en muchos de ellos, cuando lo hace, sirve de escape, llega para resolver la historia, darle salida al malestar que la autora ha ido creando en nosotros. Lo inquietante, lo verdaderamente inquietante, y es la palabra, inquietante, que mejor describe estas historias, no se construye ni con espíritus ni con comportamientos perturbados, sino con la llamada normalidad, con la rutina, con las amigas, con la familia, con las relaciones diarias y con sus grietas y silencios. En algunos relatos la irrupción del elemento fantástico, que lleva a la resolución del relato (y en muchas historias lo hace al final, de repente, apareciendo, y por eso hablo de una cierta anti – sutilidad, porque la construcción de la atmósfera es suave y delicada, y su ruptura es un choque rápido y violento).

El desentierro de la Angelita, el primer cuento, no da miedo, es un relato de extrañamiento, una familia descubre sin querer los huesos de una hermana de la abuela, que murió de niña, y ese espíritu, esa angelita, con la carne podrida, incapaz de comunicarse, empieza a convivir con la nieta, quien no sabe qué hacer para deshacerse de ella.

La virgen de la tosquera, el segundo, ha sido mi primer encuentro con el verdadero malestar. Un grupo de amigas, celos por un chico, descubrimientos, humillaciones cruzadas, malas miradas, rencores y un final crudo en que el elemento sobrenatural no es más que el medio que encuentra la crueldad de una de las chicas para vengarse de las humillaciones sufridas. En este relato, como en otros muchos, la narradora es parte de la acción, está en el grupo, pero no es ni la víctima directa, o la víctima que se lleva la peor parte, ni la parte más activa de las castigadoras, porque hay un cierto elemento de castigo.

Carrito es uno de los que menos me ha impactado, aunque está muy bien narrado. Un mendigo es humillado en una calle de la ciudad y la desgracia se cierne sobre los habitantes del vecindario, que empiezan por perder trabajos y dinero y acaban desnaturalizados y llegando al primitivismo. La familia de la única mujer que defendió al mendigo es la única que se libra de su maldición, pero eso no significa ni mucho menos que puedan estar tranquilos, pues pueden despertar los celos de todos los demás.

El aljibe es una de esas historias de violencia familiar. Deja muy mal cuerpo. Una familia que parece cargar con la maldición del miedo, un miedo que tiene casi paralizadas a las mujeres del clan, decide hacer un viaje a la costa a visitar a una bruja que puede solucionarlo. Y lo soluciona, pero pasándole la maldición, concentrada, a la más pequeña de las hijas, que vivirá con ello, hasta que descubra que su madre y su abuela firmaron ese pacto con el diablo.

Rambla triste viaja hasta Barcelona, y más allá de la ambientación local, cuenta una historia muy bien hecha de barrios que se quedan atrapados en sus dinámicas locas en medio de ciudades cada vez más vendidas a los turistas. La identificación que la historia hace entre las fuerzas que llevan a alguien que se pasa el rato maldiciendo su entorno a no salir jamás de él y esos típicos duendes de historias que boicotean a los humanos me ha parecido brillante.

El mirador es una historia de fantasmas de la que mejor no contar mucho. Una chica que está pasando por una mala racha, depresiones y pastillas, se va de vacaciones a un hotel. Allí siempre se ha contado que hay un fantasma. La fantasma, porque también es una chica, se fija en ella.

Dónde estás, corazón, es un relato raro. Creo que uno de los que más me ha hecho pensar en la extraña crueldad de Highsmith y la relación de las narraciones de Anna Starobinets con la enfermedad y los problemas físicos. Es un relato sobre deseo y fetichismo. Una chica va descubriendo que le excitan los enfermos graves, aquellos que están cerca de la muerte, y que su mayor pasión son los enfermos del corazón, aquellos que tienen soplos, taquicardias, problemas para recuperar el pulso después del esfuerzo, aquellos que siempre están expuestos a que la vida les falle.

Carne es un cuento desagradable. Adolescencia, fanatismo, música rock y canibalismo. Una mezcla así. Perturba pero quizá es demasiado crudo para mi gusto.

Ni cumpleaños ni bautismos vuelve al mundo de los fetichismos. Un chico con una cámara de cine se ofrece para grabar cosas raras. Pronto tiene encargos de pedófilos, fetichistas, y el caso que centra la historia, una familia que quiere demostrarle a su hija que realmente no la posee ningún demonio. La graba durante sus posesiones, y no hay nada extraño, más allá de tabúes, silencios familiares, y mirones. Surgirá un extraño amor. Otra vez la opción de la narradora es la de la amiga del cámara, una segunda voz que se implica por momentos en la historia.

Las tres últimas historias son probablemente las más sutiles, las que sí insinúan más de lo que cuentan, y nunca explicitan.
Chicos que faltan es una historia de adolescentes que se han ido de casa, a los que las familias echan de menos, a los que buscan, y que un día, sin aviso previo, empiezan a volver, todos a la vez. Aparecen en lugares aleatorios, con la cara ausente, y pronto se va descubriendo que muchos de ellos estaban muertos. Las familias al principio los aceptan, pero pronto, asustadas, los van devolviendo.

Los peligros de fumar en la cama habla de soledad, silencio y camas. Corto y muy bonito.

Cuando hablábamos con los muertos recupera la voz colectiva, en primera persona del plural, de un grupo de adolescentes, las que eran entonces, cuando hacían ouijas buscando espíritus. Hay una trama leve de desaparecidos de la dictadura argentina, rebeldía adolescente y encuentros frente a un tablero de ouija.

Vuelvo a insistir en que esta colección de cuentos me ha parecido muy buena y muy recomendable.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


miércoles, 30 de mayo de 2018

mucha muerte, de Max Aub


mucha muerte, de Max Aub (Cuadernos del Vigía)


De Max Aub leí en 2015, y me enamoró, La gallina ciega. Vi a un narrador escéptico, irónico, desencantado, lúcido, que veía venir, a finales de los años 60, después de tres décadas de exilio y en algunas ocasiones también penurias, lo que se estaba cociendo y preparando de cara a la Transición política, inevitable porque antes o después, y fueron casi 40 años, Franco se moriría (Max Aub murió antes, en 1972). La obra magna de Max Aub son las seis novelas que conforman El laberinto mágico, a las que reconozco no haberme acercado todavía. Después de que la Fundación Max Aub tuviera a bien concederme este año su prestigioso Premio de Cuento, pensé que era el momento de leer algo más de Aub.
Llamado por su título cogí de una mesa de novedades de la biblioteca, hace unas semanas, mucha muerte, un libro de relatos (¿? algún nombre hay que darles) alrededor de la idea de la muerte.

¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido
De Crímenes ejemplares

El libro original sobre el que se construye esta edición son los Crímenes ejemplares del autor, y a esta base se añaden selectos añadidos: más crímenes, infanticidios, suicidios, más infanticidios, epitafios y una extraña coda, Signos de ortografía, que será del gusto de todos aquellos aficionados a la tipografía, los errores, las imprentas y en general el papel y la tinta.

No se pudo dormir hasta acabar de leer aquella novela policíaca. La solución era tan absurda, tan contraria a la lógica, que Roberto Muñoz se levantó. Salió a la calle, fue hasta la esquina a esperar el regreso de Florentino Borrego, que firmaba Archibald MacLeish – para mayor inri y muestra de su ignaridad –; lo mató a las primeras de cambio: entre la sexta y la séptima costilla.
De Crímenes ejemplares

La idea inicial de los Crímenes ejemplares es ir mostrando, a modo de breves textos, lo que hoy llamaríamos micro – relatos y que entonces no se llamaban aún así, distintas motivaciones para matar. Con la intención, o al menos con el resultado, de dejar en el lector la sensación de que los motivos para inflingir daño, incluso para matar, a otro ser humano, no necesitan ser demasiado graves en muchos casos. Ni graves ni nobles ni elevados. En muchos casos parece que lo normal sería estar matando casi continuamente a otros, a todos aquellos que nos enervan, provocan con su estupidez, miran mal, hablan mal. Los textos, que a veces se acercan a lo narrativo y cuentan una historia completa en cuatro líneas y en otras parecen aforismos o hasta ensayos sobre lo estúpido de la vida y las creencias y barreras mentales que nos imponemos o nos imponen (Lo maté porque era de Vinaroz).

No se culpe a nadie de mi muerte. Mentira, siempre se suicida uno por culpa de alguien. Nadie siempre es alguien.
¿Quién es nadie? - clamaba el Comisario
De Suicidios

Los infanticidios vienen a subrayar aún más lo negro del conjunto, lleno de humor, sarcasmo, una mirada a la vez compasiva e implacable sobre la especie humana. Con los niños convertidos en especie sobreprotegida en las últimas décadas, desde que escasean, impacta la lectura de algunos de estos desahogos de padres y profesores superados. Los epitafios imaginativos son en sí mismo un género literario, y Aub lo trabaja con brillantez. El conjunto del libro brilla, hasta el punto de que a veces se atasca en su propia búsqueda de la sorpresa. Va resultando (lógico, por otro lado) menos sorprendente según se avanza por él, aunque en todo momento sorprende, regala una idea nunca antes pensada, o pone palabras a pensamientos ocultos.

Ya no sirvo para nada
De Suicidios nuevos

Merece mucho la pena enfrentarse a un libro así, libre, literario, vivo (pese a la contradicción con el título), que ha resistido perfectamente el paso del tiempo, porque algunos de los textos fueron rescatados para la edición de 2011 no dejan por ello de estar escritos en los años 60, y algunos antes. Es un libro perfectamente contemporáneo, que puliendo ciertas incorrecciones políticas un autor joven y que quisiera pasar por moderno podría presentar como arriesgado e innovador todavía hoy (para poner nombres, y ya no jóvenes, este libro podría haberlo presentado este mismo año, como novedad dentro de su curioso proyecto de obra, un autor como César Aira). Porque lo vanguardista nunca acaba de asentarse, me temo, y vuelve cíclicamente a llamar a la puerta de los editores y lectores, esperando quizá que sea su momento, el de cierta renovación, el de asumir el siglo en que se vive y se escribe. No sé. Tal vez el camino adecuado sea el de Aub, escribir por delante, o en paralelo a las corrientes que dominan. Y quedar en el presente continuo, a la espera del futuro.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E

martes, 24 de enero de 2017

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Ed. Alfaguara)

Desconfío de los nuevos Raymond Carver, los nuevos Bukowskis, los escritores a los que nunca leyó nadie en vida pero a quienes descubren y redescubren después de su muerte, los autores de relato americano que llegan a España con avisos de sus editores informándonos de que son la última joya oculta de la narrativa americana. Desconfío también de los libros del año de Babelia y de las solapas en las que se destaca el número de hijos de la autora, si bebía demasiado o qué trabajos alimenticios tuvo que ejercer. Desconfío de los libros con una frase en la portada como: “En la profunda noche oscura del alma, las licorerías y los bares están cerrados”, una frase que me recuerda a aquella famosa cita de Charles Bukowski, aquella de: “Dios es un local vacío donde no hay filetes”. Me imagino que no soy el único lector al que se la ha recordado.

Todo esto para empezar la reseña diciendo que desconfiaba profundamente del libro, de este Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. Y la sigo alegrándome por no haberme dejado vencer por mis prejuicios. Esta colección de relatos, auténticos pedazos de vida, es un libro fantástico. Como tanto se ha destacado, cada historia parece salida de las entrañas de su autora, Lucia Berlin, pero no creo que haya que mirar si realmente salieron de su vida, porque como bien deberíamos saber ya, lo más importante es que esas historias suenen reales, se lean como un pedazo de historia personal, no que le hayan pasado, o no, a su autora.

Manual para mujeres de la limpieza se sitúa en esa línea de autores americanos que descienden de Chéjov después de pasar por una licorería a por una botella de whisky. Lucia Berlin recuerda a Carver y a Wolff. Sus protagonistas son infelices que no saben qué han hecho mal para estar donde están y que se esfuerzan por sobrevivir. Hay mucha clase obrera, gente que está siempre en la precariedad o al borde de la misma. Hay estados fronterizos con México, y parecen a veces casi estados del alma más que territorios. La prosa de Berlin, siendo cortante y fibrosa, no lo es tanto como la de Carver. Y esto lo digo como una virtud. Me parece que su escritura eleva a veces el vuelo y busca imágenes potentes, algunas metáforas que queden en la cabeza de quien las lee. No todo es laconismo, y eso, la emparenta, dentro de mis lecturas americanas, con Lorrie Moore, que se mete en las vidas difíciles de sus compatriotas sin olvidarse nunca de tratar de hacer poesía con ella. También veo esa mirada melancólica de quien perdió los sueños al terminar la adolescencia, si no incluso antes, que recuerdo de los relatos de Carson McCullers, aunque hace años que los leí.

Los relatos reunidos en Manual para mujeres de la limpieza son auténticos, es cierto, pero no lo fían todo a eso tan difícil de concretar que es la autenticidad, y que no siempre tiene por qué ser una virtud. Los relatos de Manual para mujeres de la limpieza son también cuentos que demuestran un muy buen dominio de la técnica, y un cierto estudio de las estructuras y las construcciones antes de abordarlos. Y es que, no olvidemos que por mucho que la editorial haya destacado tanto que Lucia Berlin se casó a los 17 años y fue madre de 4 niños y trabajó limpiando casas (y no quiero meterme en el clasismo que desprende una afirmación así por parte de los editores, pero creo que clama al cielo), también fue profesora de Letras y de Escritura Creativa en algunas universidades.

Uno de los relatos que más me ha gustado es precisamente un juego metaliterario, un ejercicio teórico – práctico de construcción de un relato, titulado Punto de vista. Hay muchos hospitales, muchas desintoxicaciones y muchas enfermedades. Hay internos y hay personal sanitario. Hay drogas y hay bebida. Hay relatos en los que todo eso aparece como elemento central, como en Mi jockey, Su primera desintoxicación o Apuntes de la sala de urgencias, 1977 o Paso.

Hay viajes a México, y frontera. Hay hasta una estudiante universitaria chilena en la universidad de Nuevo México, en el relato Querida Conchi, que como su  título sugiere, toma forma de relato epistolar. Hay mucha rebeldía adolescente, en general explosiva y poco productiva, que Berlin retrata magníficamente, en relatos como Doctor H. A. Moyniham, Buenos y malos o Gamberro adolescente. La autora es muy hábil convirtiendo en material narrativo interesante sus rutinas, algo que hace en Volver al hogar o en Lavandería Ángel, el relato que abre la colección.

De esa rutina también se alimentan dos relatos que hablan directamente de las mujeres de la limpieza, utilizando a una como voz narrativa y como personaje principal. Esos relatos son Luto y el que da título al libro, Manual de mujeres para la limpieza, que toma una original estructura de consejos que una descreída veterana le da a las que se incorporen al servicio doméstico. Tal vez sean dos de mis relatos preferidos de todo el libro, junto con Triste idiota, una melancólica celebración de un cumpleaños más, del paso de la vida.

Todos los relatos del libro tienen un punto de lúcida melancolía y una prosa fluida, bien trabajada. El ritmo es ágil y hay metáforas muy buenas. Hay historias que quieres releer y otras que piensas mejor antes de pasar a la siguiente. Deja un regusto triste pero también abre los ojos de quien lo lee a vidas que a veces quedan fuera de los focos narrativos. No obstante, creo que los editores y periodistas deberían evitar recomendar el libro basándose en que su autora fuera mujer, en su clase social o en los trabajos alimenticios que desarrolló, porque todos esos énfasis suenan condescendientes, y este es un libro duro que sabe defenderse perfectamente solo, gracias a que está lleno de literatura.

Seguiremos leyendo y comentándolo

Felices lecturas

Sr. E



jueves, 22 de septiembre de 2016

El estado natural de las cosas, de Alejandro Morellón

El estado natural de las cosas, de Alejandro Morellón (Ed. Caballo de Troya)

Escuché (leí más bien, supongo) por primera vez el nombre de Alejandro Morellón cuando ganó en 2.013 el Premio de Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón con un libro titulado La noche en que caemos. Yo había participado en aquel certamen con alguna versión más o menos parecida a lo que luego fue Desórdenes, con el que obtuve el Premio Manuel Llano de Libro de Cuentos en 2.015. La portada de aquel libro me pareció muy sugerente, y la sinopsis muy interesante, pero como sucede muchas veces (demasiadas) con las ediciones que vienen de premios, no son fáciles de encontrar y nunca he podido leerlo.

Este año volví a leer el nombre de Alejandro Morellón como el de uno de los autores a los que Alberto Olmos había “fichado” para la editorial Caballo de Troya durante su año de editor invitado. Caballo de Troya siempre ha tenido, desde los tiempos de Constantino Bértolo, una cierta inquietud social, y ha estado muy pendiente de buscar jóvenes autores que de alguna manera reflejaran las preocupaciones del momento, con lo que eso tiene de elogiable y lo que puede tener de peligroso, porque a veces conduce a publicar libros con fecha de caducidad demasiado cercana si el mensaje es mucho más potente que la forma. La descripción del libro de Alejandro Morellón, así como las de su anterior libro, parecían situarlo en una órbita creadora más cercana al relato fantástico, y eso me incitó a querer leerlo, porque supongo, como lector, que si una editorial rompe su línea habitual con un autor en concreto debe ser porque ese autor concreto les ha llamado poderosamente la atención.

El estado natural de las cosas es, efectivamente, en ese sentido, un libro singular dentro de la línea de su editorial, porque se ajusta bastante bien a lo que clásicamente ha sido un libro de relatos de tono fantástico. El fantástico al que nos referimos en este libro es esencialmente esa clase de relato fantástico que pone un pie en la realidad y luego da un salto que rompe nuestra experiencia habitual. Es una de las estrategias clásicas de la narrativa fantástica, y en ese sentido es un libro muy agradable de leer para quien tiene costumbre de visitar a autores como Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares o José María Merino, pues conoce sus reglas. Unas reglas que podrían resumirse en: ahora, en este momento, el autor va a romper las reglas, y ya veremos a dónde nos lleva. No obstante, las historias de Alejandro Morellón destacan algunos aspectos (precariedad, juventud desorientada, control social) que enlazan con la tradición de la editorial Caballo de Troya y también es interesante buscar esas conexiones. Quizá podríamos decir, por no ceñirnos a una etiqueta única, que son relatos irrealistas.

El libro tiene siete relatos, seis de ellos bastante breves (todos de menos de diez páginas) y uno que está cerca de pelear por el nombre de nouvelle (pasando de las setenta en este caso). La estructura deja esa nouvelle en el medio del libro, y siendo además la que da título al conjunto, y siendo además el mejor texto, parece claro que es la principal apuesta del autor. El libro se presenta dividido en tres partes, y seguirlas me parece la manera más fácil de hacer un breve resumen del mismo:

Primera parte: Como el perro que olfatea al pájaro: Nos encontramos con los tres primeros relatos. Todos los relatos del libro son ocurrentes. En todos la situación de partida nos hace arquear una ceja. En unos la sorpresa permanece y en otros se desinfla. Estos primeros tres relatos funcionan bien, y son una buena puerta de entrada a lo que nos vamos a ir encontrando. El primer relato, Elogio del huracán, nos lleva al interior de una especie de secta, y desde ahí funciona como una prosa muy bien trabajada, que no cuenta nada que sea inesperado, es la espera de otra persona, alguien en quien hay puestas, quizá, demasiadas esperanzas. El principal valor de este relato creo que radica en que funciona, a su manera, como una poética del autor. Siempre he disfrutado de la violencia de lo cotidiano: por ejemplo, la de un vaso que se rompe en la oscuridad. Así empieza este relato, así empieza el libro, y aunque no sea directamente el autor quien nos habla, quizá sirva como aproximación a sus intenciones. Parece una puerta de entrada a su mundo, desde luego el vaso que se rompe en la oscuridad es una imagen que lo describe adecuadamente.
Aunque los relatos de Alejandro Morellón me han hecho pensar, desde que empecé a leer el libro, sobre todo en Julio Cortázar, hay dos cuentos que han dirigido de modo directo mi memoria hacia Kafka. Por una sensación de burocracia castrante por un lado, y por la tensión entre la historia y la desgracia que parecen correr en el exterior y las pequeñas miserias de la pequeña comunidad. Reprimir el gesto exterminador es el primero. Una chica se ríe como si fuera feliz y a los vecinos les molesta. Esa podría ser la sinopsis en una línea de lo que se cuenta.
Intervención nº 3 sobre mano izquierda de sujeto anónimo nos habla de un artista que busca voluntarios para cortarles una mano. Les pagará bien y lo hará en nombre del arte. El relato me ha parecido especialmente valioso por su violenta dialéctica del arte contemporáneo, al que imaginamos capaz de algo así. Este verano he leído también Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández, y planteaba algo similar. El drama personal está en la variedad de individuos que podrían verse acuciados por la necesidad a acceder a algo como dejarse cortar una mano a cambio de dinero. ¿Cuánto puede cambiar la vida de alguien sin una mano? ¿Cambiaría la propia persona? La respuesta está al otro lado de la recompensa. 15.000 € para ser exactos. El precio por el que se puede perder mucho más que una mano.

Segunda parte: Era la época de los maestros de la levitación: El estado natural de las cosas es el estado al que el protagonista de esta historia querría que todo volviera. ¿Cuál es el estado natural de las cosas? Aquel en el que las personas habitan a la altura del suelo y en los techos sólo hay lámparas y quizá algunos adornos. ¿En qué estado queda la vida cuando nos caemos y aparecemos en el techo? Esta nouvelle, de aire kafkiano, empieza con la elección de esa palabra, caída, que supone una inversión de valores, por usar términos de Nietzsche. Alguien que cae y aparece en el techo está marcando el tono del relato. El inicio no busca introducirnos de manera vertiginosa en esa nueva realidad utilizando una de esas frases directas, como podría ser la del inicio de La metamorfosis. Morellón nos mete poco a poco en la historia. Y nos subimos al techo con su protagonista. ¿Puede una relación de pareja sobrevivir a algo así? Está claro que no. ¿Puede llevarse una vida normal? Por muchos arreglos que se quieran hacer, está claro que tampoco. Leía hace poco el libro de Conversaciones con David Foster Wallace y me llamó la atención que hablara de que el escritor muchas veces querría ser el que puede ponerse en el techo y ver lo que pasa. Me llamó la atención la imagen que utiliza, y que aquí la tengamos tan directamente. Porque este relato largo habla, también, de la creación. Y de las obsesiones, tan inevitables (y seguramente necesarias) para quien crea. Me parece que El estado natural de las cosas es un texto que se presta a muchas lecturas, lo que es síntoma de su valía literaria. Entre esas lecturas no me parece de las más forzadas interpretarlo como una batalla entre el creador y el mundo que lo rodea. El creador que se queda fuera, alimentando sus obsesiones (aunque el relato las sublime en el cuerpo de una musa cibernética), reviviendo traumas infantiles, incomunicado. Esa lectura en clave creativa creo que ha hecho que lo relacione con un relato, que también recuerdo largo, de Quim Monzó, titulado Ante el rey de Suecia, incluido en El mejor de los mundos. Al escritor, como figura rara por excelencia, acaban sucediéndole cosas raras, como caer hacia arriba, una situación tan extraña que parece pedir medidas desesperadas que puedan resolverla.
Imperdonable: que el personaje escuche al bluesman Moody Waters, que supongo que será un hijo deforme de Muddy Waters y aquella banda llamada The moody blues.

Tercera parte: Los pájaros que saben: Estos tres últimos relatos me han parecido menos trabajados (aunque supongo que lo habrán sido en igual medida, quizá simplemente no han quedado tan redondos) que los tres primeros, con los que los comparo, dejando la nouvelle central al margen. Son relatos que parten de una situación inicial sugerente (a alguien le crece una preocupante sombra en La sombra de una imagen que se ahoga, los celos en la pareja de una mujer que se ha prestado con su marido a fabricar clones de ellos mismos en Fucksímil, a su manera un acercamiento al clásico tema del doble, casi obligatorio en cualquier colección fantástica, y una deformidad física que va creciencia y preocupando a quien la padece, a la vez que impresionando a todos, en Cuidado con el huevo) pero no me han parecido tan bien rematados. Quizá han salido perdiendo de mi experiencia lectora tras el paso por El estado natural de las cosas, y un libro que venía in crescendo ha acabado con unos relatos que me han parecido menos intensos por venir después de la cima.

En general me ha parecido un libro bien escrito en el que el autor ha sabido mezclar muy bien el clásico fantástico con algunos toques de realidad, consiguiendo que la realidad sea cuestionada por esas interrupciones de lo que nos gusta considerar normal. Es un libro que se mueve en el concepto de escritura lúdica que manejaba Cortázar, y para los lectores juguetones deja por ejemplo la labor de ir siguiendo los siete usos distintos del término Ehio. Merece la pena leerlo, y esperar los siguientes pasos de Alejandro Morellón, que no sé si seguirán en el mundo del relato o probarán en la novela.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



martes, 12 de julio de 2016

Desórdenes, Premio Manuel Llano de Libro de cuentos, ya a la venta

Desórdenes, XVIII Premio Manuel Llano de Libro de Cuentos, ya a la venta. 

Aprovecho el calor del verano y la ventana del blog para comentar que acaba (prácticamente) de salir a la venta el libro de relatos Desórdenes, con el que tuve la suerte de ganar en el mes de noviembre de 2.015 el XVIII Premio Manuel Llano de Libro de Cuentos del Gobierno de Cantabria. 

Está tan recién salido que aún no ha sido presentado en Santander junto a los ganadores de Novela y Poesía de los Premios del Gobierno de Cantabria, acto que se producirá en septiembre de este año. 

Es mi tercer libro en apenas doce meses, tras Beber durante el embarazo y Mil dolores pequeños. Me agobia tanta grafomanía, me hace sentir un César Aira pequeño y con dudoso talento. Yo, que soy el que escribe, sé que desecho la mayoría de lo que produzco, pero podría parecerle al lector externo que no tengo filtro y todo lo que hago acaba publicado. Supongo que hay ya muchos años a las espaldas de esfuerzo y escritura y obras terminadas, revisadas, corregidas y recorregidas en todos los armarios de casa. 

Ya describí con un poco de detalle los relatos incluidos en este volumen en una entrada pocos días después de que me anunciaran el fallo. Vuelvo a enlazar esas palabras aquí. 


Quiero agradecer a Ediciones Tantín, que ha sido la encargada de la publicación del libro, su labor. Han trabajado rápido y bien, y han tenido en cuenta todas mis sugerencias en cuanto a diseño y portada. El trabajo artístico del libro lo ha hecho mi mujer.

Todavía no he visto el libro físicamente yo mismo, debe llegarme a casa durante la semana que viene, y ya tengo ganas de abrirlo. 

Está a la venta en papel y en e - book. Enlazo a ambas versiones en la tienda de Tantín.




Si cualquiera de vosotros lo lee y quiere comentarlo, el blog será siempre un buen lugar donde ponerlo en común, o el email al que se remite desde este mismo sitio, un buen camino para dar conmigo.

Buenas lecturas

Sr. E