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viernes, 29 de diciembre de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

Mis cuentos pendientes de 2017

2017 ha sido otro año con buenas lecturas (para eso me esfuerzo en pensar antes de ir a las bibliotecas o librerías lo que quiero leer, para que el porcentaje de desengaños sea el menor posible; trato de leer siempre libros que pienso que van a gustarme por uno u otro motivo, nunca totalmente a ciegas). Por empezar con las frías cifras, he consignado 102 libros en mis apuntes durante este 2017. Esos son libros empezados y terminados, y de los que luego me he acordado de tomar nota, que no son todos. Hay libros que empiezo y descarto a las 30 páginas como un cruel lector editorial y no creo que merezca la pena contabilizar. El primero apuntado fue La escoba del sistema, de David Foster Wallace, y el último ha sido el segundo volumen de la Antología de cuentos de terror de Rafael Llopis para Alianza.

Buscando con afán estadístico los autores más repetidos, descubro que he leído 5 libros de Sergio del Molino, al que he comenzado a leer este año y con el que si no he cumplido sus obras completas debe faltarme ya poco, 4 de William T. Vollmann, 3 de Stephen King, Mircea Cartarescu, Eduardo Halfon y Joyce Carol Oates. 

Cada vez leo más ensayo (literario y de otros temas), y me alegra ver que este año he retomado la lectura de libros de cuentos, que tenía un poco abandonada, aunque no me he metido en tantos proyectos de Cuentos completos como pretendía, y los de Nabokov esperan que algún día continúe con ellos. He descubierto al enorme cuentista que es Gógol, por ejemplo, y he confirmado al que fue Onetti. Algunos autores me siguen sorprendiendo por lo magníficos que resultan aunque cada vez que llego a ellos sea como por casualidad y sin ninguna continuidad, y esto me ha pasado volviendo a leer a Stanislaw Lem (Astronautas y Máscara), Ismail Kadaré (La cena equivocada, aunque bueno, con Kadaré sí soy más continuo, pero es que tiene una obra bastante extensa) o Torrente Ballester (Off – side). Siempre salgo contento de mis reencuentros narrativos con Rafael Balanzá (Los dioses carnívoros), Antonio Orejudo (Los cinco y yo) o Ismael Grasa (El jardín), aunque en ninguno de los tres casos creo que haya sido este el año de su mejor libro. Espero haber aprendido algo de los Cursos de Literatura Rusa y Europea de Nabokov.

En épocas de estrés, y 2017 las ha tenido, siempre me va bien leer novela negra o de terror. Entre las autoras más destacadas de este año, Gillian Flynn y Joyce Carol Oates (especialmente los excelentes relatos de El señor de las muñecas y otros cuentos de terror), frías y crueles en sus planteamientos y ejecuciones, y una muy buena novela para descubrir a Tana French (Silencio en el bosque) y otra más endeble para desconfiar de ella (En piel ajena). No había leído hasta ahora Misery, que me pareció sin duda una de las novelas top de Stephen King, y su ensayo Danza macabra me parece un libro a tener en cuenta para cualquier aficionado al género, y quizá para cualquier lector serio, y más si escribe, géneros aparte.

He leído bastantes libros que por uno u otro motivo podrían entrar en la categoría de raros, que parece ser viendo mi trayectoria una de las que más me interesa como lector. Lou Reed era español, de Manuel Vilas, Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet o incluso Clavícula, de Marta Sanz y La sangre del cordero, de Peter DeVries son libros extraños, pero al lado de otros como Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec, Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum o Continuación de ideas diversas, de César Aira, parecen casi novelas clásicas.

De esas recomendaciones que te llegan por muchos sitios a la vez (amigos, otros lectores, la unanimidad de la prensa), me han decepcionado, o al menos no han llegado a decirme nada que perdure ahora en mi memoria: La vegetariana, de Han Kang, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, El motel del voyeur, de Gay Talese, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, Capitalismo canalla, una historia personal de la literatura, de César Renduelles o un par de libros de David Vann que empecé y no acabé.

De entre ese mismo maremagnum de unanimidades sí me han parecido justos merecedores de esos elogios Canción dulce, de Leila Slimani (Premio Goncourt), Solenoide, de Mircea Cartarescu, La hora violeta y La españa vacía, ambos de Sergio del Molino y La mujer que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.

Acabo reconociendo que pese a que la lectura de William Gaddis despierta en mí la sensación de estar leyendo algo realmente grande, aún no he podido pasar de la mitad de Los reconocimientos, aunque hay pasajes que ya han pasado a formar parte de mi pensamiento y que he ido leyendo y releyendo con frecuencia desde que empecé con el libro allá por abril. Será quizá un libro a terminar en 2018.

Para terminar de confundir mis ideas, más que de aclararlas, haré una lista de 10 libros que resumen mis preferencias del año. Hago un breve comentario de los que no he reseñado en el blog, con los ya reseñados me remito a lo dicho.

1. Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta)

2. Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky)

3. Los pobres, de William T. Vollmann (Debate)

4. Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé (Anagrama)

5. La hora violeta, de Sergio del Molino (Mondadori)

6. Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti (DeBolsillo): Entre Vargas Llosa y García Márquez se escapa a veces reivindicar a Onetti como quizá el autor mayor de aquella generación (aunque en realidad en aquel movimiento del Boom no había exactamente una generación ni dos, sino varias). Onetti es un escritor poderosísimo, con una respiración única, del que leí varias novelas hace años, novelas de esas que se te quedan muy dentro y contra las que durante un tiempo tienes que luchar, cuando escribes, para no imitar. Había leído algunos cuentos sueltos pero nunca sus relatos completos. Son poco más de doscientas páginas, y para qué más, si es una de esas lecturas en las que cada página requiere a veces horas de reflexión. Los temas son los de las novelas de Onetti,. Y el tono, entre melancólico y ahogado, también. Los perdedores, los fantasmas, las mujeres que dejan a un hombre destrozado, la tentación más cercana a la que es más fácil abandonarse.

7. Clavícula, de Marta Sanz (Anagrama)

8. Danza macabra, de Stephen King (Valdemar): Siempre digo que creo que lo que más perdurará de la obra de Stephen King serán los relatos, más que las novelas (dicho así en general, sabiendo que tiene novelas que probablemente sí resistirán lecturas del futuro, como El Resplandor, Misery o Cementerio de animales, pero su porcentaje de acierto en la novela es considerablemente inferior al de sus relatos). Lo pienso y creo también que no es exagerado (no demasiado, al menos) situarlo a la altura como cuentista de Edgar Allan Poe. Y ya sé que la importancia de Poe radica más en su lugar en la historia que en sus cualidades de escritor artesanal. Pero en esa artesanía escribiendo relatos, que es en la que pretendo centrar el comentario, King no es un cuentista inferior. No sé si igual que Poe fue el primero en teorizar acerca del artefacto que tenía entre las manos, el relato corto moderno, King no quedará también como ensayista. Hace un par de años leí el imprescindible (para juntaletras) Mientras escribo (y la introducción que hace a su propia colección de cuentos El umbral de la noche también tiene algo de curso de escritura), y este año ha sido el de mi primer encuentro con Danza macabra, un ensayo que partía originalmente de la intención de recoger los 30 años que iban de 1950 a 1980 en cuanto al terror como arte se refiere (cine y novelas, principalmente). Pero es bastante más, pues King desvela sus lecturas, sus filias, fobias, algunas cuestiones sobre criarse en un hogar complicado y sin muchos recursos, el refugio que un niño o un adolescente pueden encontrar en la ficción más poderosa, donde el miedo es de mentira, por mucho miedo que dé. Lecturas originales de clásicos y de productos de baja calidad en lo literario pero de los que también se pueden sacar aprendizajes interesantes. Es otra ocasión de entrar al taller de un artesano que como él mismo dice, es bueno saber de dónde viene lo que uno hace, porque no viajará igual en el metro de Nueva York si sabe que su abuelo fue un inmigrante que llegó a la ciudad para construirlo. Hace una de las lecturas más profundas y menos académicas sobre las tres patas que cimentan el terror literario en el XIX y plantean tres de los temas más repetidos en la literatura y el cine desde entonces (los herederos de Frankenstein de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de R.L. Stevenson, respectivamente) y uno termina el libro con una inagotable lista de títulos que consultar, leer o buscar para ver en televisión. Un libro de esos para tener en casa y ojear de vez en cuando.

9. Las sillitas rojas, de Edna O´Brien (Errata Naturae)

10. La trilogía inacabada de Toronto (Un hombre astuto y Asesinato y ánimas en pena), de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

El año pasado di un segundo listado (del 11 al 20) de libros que perfectamente podrían haber estado en ese top 10. Por variar, haré algunas reflexiones sobre géneros o autores.

Un autor en general que no está en la lista: Eduardo Halfon es muy recomendable en general (he leído este año títulos de Pre – Textos y de Libros del Asteroide). Creo que sus libros son capítulos de un solo libro, su obra general, y es uno de esos autores casi silenciosos que están haciendo algo realmente interesante, un híbrido entre el relato, las memorias, la novela y la conversación de bar con algunas ramificaciones ensayísticas.

Otros libros de los mismos autores: Hay 2 autores de los que podría haber incluido perfectamente un libro distinto, o más de uno de cada uno, pero pensaba que sería más razonable un libro por autor como máximo (mi estupidez – mis normas). La españa vacía, de Sergio del Molino y Gloria o Historias del arcoiris, de William T. Vollmann son de lo mejor que he leído en todo el año.

Otro libro de cuentos: Máscara, de Stanislaw Lem (Impedimenta). Creo (casi seguro por el tipo de pensamiento que describe) que era Philip K. Dick quien decía que Stanislaw Lem no podía ser una persona, sino que debía tratarse de alguna clase de inteligencia colectiva escondida tras el Telón de acero. Hay que reconocer que a Lem no lo trataban con demasiado cariño tras ese Telón, y hay que darle la razón a Dick en que a veces parece un escritor tan bueno en tantos sentidos (filosófico, discursivo, en lo imaginativo, en lo meramente literario, en lo profético) que resulta atractiva la idea de que no fuera un único autor. Máscara es una colección de relatos preparada para el mercado español por Impedimenta con relatos de Lem que no habían ido apareciendo en su momento en las traducciones de sus colecciones. En unos casos por censuras, en otro por descartes de los editores del momento o del propio Lem. En cualquier caso son relatos de primer nivel, que me han devuelto al mundo de los Diarios de las estrellas, un libro que ya me enamoró.

Uno de género negro: Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral). Parece ser que es un clásico de la literatura australiana. Es una historia negra en el campo australiano con una clara influencia de Kafka y por momentos de Beckett, por lo vacío y absurdo que es todo. Es una de esas misiones aparentemente sencillas (dejar el pueblo de mala muerte en el que el protagonista ha estado trabajando ese curso como profesor y volver a Sidney para las vacaciones) que se va volviendo algo casi imposible de cumplir. Leí el libro tras encontrar las recomendaciones de J.M. Coetzee y Nick Cave, nada menos. Muy agobiante.

Otro de género negro: Rey de picas: una historia de suspense, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo). Porque no es más que una historia de detectives bastante clásica y tópica pero tiene un juego metaliterario muy potente que se va adueñando de ella y retorciéndolo todo hasta conventirlo en un libro que destaca.

Uno de terror: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba Contemporánea). Qué retorcida sabe ser esta autora. Y qué eficaz resulta como narradora en todo lo que he leído bajo su firma.

Otro de terror: Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Hace poco leí el título de esta novela en una lista de recomendaciones de novela negra. Y creo que no manejamos los mismos códigos para evaluar las novelas quien firmara aquella lista y yo. Canción dulce es una historia que da tanto miedo como Cementerio de animales de Stephen King porque te enfrenta a los mil peligros que puede correr tu hijo y lo relativamente fácil que sería que muriera. Aquí además no se le ofrece a los padres la posibilidad de recuperarlo en forma de zombi, como sí sucede en la historia de King. Es un libro que te hiela la sangre y te hace aún más desconfiado, y lo hace desde las convenciones del género de terror, porque el crimen está resuelto desde la primera página y todo lo que nos tienen que contar es cómo ha ido oscureciéndose el alma de la asesina, hay incluso momentos y escenas tópicas de una historia de terror. Y es, además, una crítica bastante feroz de la clase media acomodada con aires de superioridad, de la hipocresía, de los prejuicios apenas ocultos, de todo eso que normalmente no se nombra en el discurso público y que muy rara vez aparece en las novelas.

Ensayo: Podría decir La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine (Acantilado), porque es un libro que expresa perfectamente algunos pensamientos que tengo muy claros e interiorizados, y por así decirlo, me da la razón.
Podría decir quizá Vindicación del arte en la era del artificio, de J. F. Martel (Atalanta), por los motivos contrarios, porque me ha hecho ver algunos aspectos que no se me habían ocurrido a mí solo y me ha dejado pensando.
Podría decir también Anatomía de una epidemia, de Robert Whitaker (Capitán Swing), porque habla de la enfermedad mental y la sobremedicación y el sobrediagnóstico y me dejó muy preocupado, y ya sé que tiene un punto amarillista, pero aún así.

Una novela más o menos clásica: Off – side, de Gonzalo Torrente Ballester (Punto de Lectura).

Una novela rara: Mi amistad con Jesucristo, de Lars Husum (Alba Contemporánea). Un tipo que es una especie de ni – ni danés con mucho dinero (porque es el hijo de una estrella del pop femenino que acabó muerta prematuramente), y que es, además, por decirlo suavemente un hijoputa al que todo parece importarle muy poco, que trata mal a las pocas personas que se acercan a él con cariño, y eso es así desde sus novias a su hermana, que lo adora, y a las que va destrozando completamente. Vemos a ese tío siendo un capullo durante la primera parte de la novela, y cuando ha tocado fondo, aparece Jesucristo en su casa y lo guía hacia el pueblo del que huyó su madre, la futura estrella del pop que se ahogaba en ese provincianismo y conservadurismo, y allí va formando una especie de grupo de apóstoles que le siguen en su camino de purificación. Decir que se le aparece Jesucristo es mucho decir, claro, pero como el mismo Jesucristo del libro le dice: tú y yo sabemos que seguramente yo no soy Jesucristo, pero no tienes nada mejor a lo que agarrarte ahora mismo.

La mejor relectura del año: La parte inventada, de Rodrigo Fresán.

Autoficción o similar: Lou Reed era español, de Manuel Vilas (Malpaso). Esencialmente Vilas siempre escribe sobre su propio personaje, pero aquí se marca un juego que por un lado homenajea a Lou Reed, un cantante que a mí también me encanta y dibuja muy bien la evolución de España durante 40 años. No sé si a los que no conozcan o sean oyentes habituales de Lou Reed les dirá tanto el libro o es un requisito de entrada, me genera esa duda.

Libro raro que no sea novela: Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus Ediciones).

El libro con el que acabo 2017 y que terminaré en los primeros días de 2018 y me está haciendo pensar ya si no será uno de esos libros realmente importantes como lector: La ópera flotante / El final del camino, de John Barth (Sexto Piso), una edición de las dos primeras novelas de este precursor del posmodernismo americano, al que hasta ahora había oído en esas listas que incluyen a todos los antepasados de David Foster Wallace pero al que aún no había leído.

Y ya sí que lo dejamos aquí.

Feliz 2018 lleno de buenos libros para tod@s l@s lector@s que este blog haya podido tener a lo largo de estos 12 meses que estamos cerrando.

Seguiremos leyendo

Sr. E


domingo, 4 de junio de 2017

Cuentos completos, de Nikolái Gógol

Cuentos completos, de Nikolái Gógol (Nevsky Ediciones)

Antecedentes lectores: Me interesé por leer los Cuentos de Gógol a partir de mis lecturas invernales de los Cursos de Literatura Europea y Rusa de Vladimir Nabokov. Nabokov llegaba a afirmar, en alguno de esos textos, que los únicos textos inatacables, verdaderamente perfectos, de la literatura universal, eran La metamorfosis de Kafka y El capote de Gógol. Las opiniones de Nabokov eran opiniones, y ya sabemos lo que decía Harry el sucio de ellas. Las opiniones de Nabokov sobre literatura rusa pecan de tajantes, pero muestran un criterio personal que no se deja influir por los criterios dominantes (considera, por ejemplo, que la obra de Dostoievski no es para tanto). En cualquier caso, me entró la curiosidad por leer el relato El capote. La editorial también tira de Nabokov en la contraportada, donde afirma que: Cuando Gógol se dejó llevar y se asomó al borde de su abismo personal, fue el más grande artista salido de Rusia hasta ahora.

De Gógol leí hace un par de años su novela más importante, con la que prácticamente aparece en cualquier manual de Literatura Universal: Almas muertas. La recuerdo como una lectura interesante, satisfactoria, pero debo reconocer que no me impresionó ni marcó especialmente. Me gustan más algunas novelas de Dostoievski (que Nabokov me perdone), y en cuanto a clásicos y rusos, leí según mi registro en las mismas fechas El rojo y el negro de Stendahl y El maestro y Margarita de Bulgákov y ambos me gustaron más. Algo que sí llamó mi atención es que Almas muertas, de 1842, está bastante más cerca en lo narrativo, en la concepción del mundo y su forma, de El maestro y Margarita (de los años 30 del siglo XX) que de El rojo y el negro (de los años 30 del siglo XIX). Otra cosa llamativa es que muchos novelistas de 2017 parecen todavía imitadores del modelo de El rojo y el negro, pero ese es otro tema.

Por terminar con los precedentes, es famosa la afirmación de Dostoievski: Todos hemos salido de debajo del capote de Gógol. Y, el año pasado, en La noche de los libros, asistí a una conferencia de una profesora de literaturas eslavas que daba un carácter central en la literatura rusa a Gógol y Pushkin, por encima quizá de esa separación entre Tolstoi o Dostoievski en la que caemos en España, como si fuéramos el libro de George Steiner.

La edición de los Cuentos completos de Gógol de Nevsky pasa de las 800 páginas, y recoge libros originales de cuentos de Gógol y relatos que aparecieron en su momento dentro de publicaciones periódicas. Entre los más famosos está el propio Avenida Nevski, del que la editorial toma su nombre, aunque sea cambiando la grafía entre el título y el nombre de la editorial (pero ya se sabe que la escritura en caracteres latinos de los nombres rusos pasa por distintos modos). La avenida Nevski es la arteria principal de San Petersburgo, por lo tanto una de las calles más famosas de Rusia, y en el siglo XIX de Gógol era una calle en la que bullía la vida, se intercambiaba el oxígeno, la mercancía, la conversación. La aportación más original de Gógol en este caso es que la propia avenida es un personaje, habla, siente, sufre, y eso, visto hoy, en un relato contemporáneo, podría recibir aún el calificativo de moderno o incluso posmoderno.

Los relatos de la colección van evolucionando con el autor, y lo acompañan desde sus orígenes de burgués rural en Ucrania hasta la gran ciudad, con sus aires, libertades e ideas, en este caso San Petersburgo. Los primeros cuentos, siendo estos aproximadamente un 60% de la edición, me han sonado a cuentos rusos, a historias como las que luego compondrían, unas décadas después, Chéjov o Isaak Bábel. Hay costumbrismo, campesinos, retratos de terratenientes que enlazan con Almas muertas, también la misma mirada irónica de esa novela, quizá la búsqueda de la descripción de eso que se ha llamado, durante siglos, el alma rusa. Una noche de mayo o La ahogada, Una terrible venganza, Terratenientes del viejo mundo o Tarás Bulba son esa clase de relatos. La mirada compasiva a la vez que irónica y crítica son la marca de escritura de Gógol en estos relatos.

A partir de La avenida Nevski (página 498 de la colección), la escritura de Gógol da un paso adelante, quizá hacia le abismo del que hablaba Nabokov, o eso me parece, y nos enseña algunas de las herramientas, técnicas y miradas de los siguientes 100 años. Además del propio relato Avenida Nevski, encontramos La nariz, El retrato, El capote, La calesa, Diario de un loco y Roma. Hay ahí cuatro cuentos que son dignos de cualquier antología universal del relato corto. Avenida Nevski, La nariz, El retrato y El capote. La historia de La nariz es más o menos conocida (yo conocía la versión infantil de Gianni Rodari): un barbero se encuentra con una nariz que cree haber cortado esa mañana, al afeitar a un militar. El militar se despierta sin nariz y la vergüenza se superpone al asombro en su nueva existencia sin nariz. Tanto La nariz como El capote, que son probablemente los dos relatos más conocidos y reconocibles, anticipan a Kafka. El propio Kafka habla en sus diarios de la influencia de Gógol en su obra. La nariz dialoga con La metamorfosis, y El capote es una de esas desventuras de funcionarios a las que hoy en día se sigue llamando kafkianas. Un funcionario gris de nivel medio necesita un capote nuevo para presentarse en público y seguir en su trabajo. Su trabajo es su medio de vida y para él necesita el nuevo abrigo, y necesita el trabajo y su dinero para comprarse el nuevo abrigo. Es una situación parecida a la del personaje de Plácido con su motocarro y las letras del mismo en la película de Berlanga. ¿Es un cuento tan perfecto como anunciaba Nabokov? Es un cuento bastante perfecto, si se me permite la incongruencia en el uso de un adjetivo absoluto por definición. Pero creo que no lo calificaría como el mejor de su autor, opinión que reservaría para Avenida Nevski o incluso para El retrato.

El retrato es un relato que hoy en día calificaríamos de metanarrativo. Un pintor, que podemos entender que comparte sus dudas y aspiraciones con el autor literario, pinta o trata de pintar y se pregunta dónde estará esperándolo el reconocimiento, y cómo será. Cuando este llega, le agobia, ya que como suele suceder, le alcanza por una obra que considera menor. Las opiniones vacías, los lugares comunes, las esclavitudes de la fama y las dudas del arte, se van entrelazando perfectamente en una historia que ha coincidido en mis lecturas con Los reconocimientos, de William Gaddis, una novela de 1.400 páginas que a modo de caleidoscopio repite esos mismos temas.

A poco que uno haya leído, reconoce en estos cuentos de Gógol antecedentes claros de Dostoievski, Chéjov, Kafka o el propio Gaddis. Me da la sensación de que no tiene el reconocimiento en la genealogía de la literatura universal de la que sí disfrutan Chéjov o Dostoievski. Estamos hartos de oír adjetivos como chejoviano y dostoyevskiano pero no oímos que tal historia es gogoliana, cuando probablemente fuera lo justo reconocer esa deuda. La edición de Nevski está muy cuidada, es ideal para una lectura cómoda, los cuentos parecen bien traducidos (nada más lejos de mí que saber ruso, pero la escritura es fluida en todo momento), aunque en ocasiones ha faltado una buena labor de revisión, ya que se han colado erratas e inconcordancias que no deberían estar en una edición de esta presencia. Es un libro a leer, a tener a mano y repasar con frecuencia. Otro clásico a tener en cuenta por todos aquellos que aún no lo hayan hecho.

Seguiremos leyendo y comentando.

Felices lecturas


Sr. E