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viernes, 4 de mayo de 2018

Dos ensayos diferentes: Judas y otros ensayos sobre lo divino y lo humano, Teoría y práctica de La Habana


Dos ensayos diferentes: Judas y otros ensayos sobre lo divino y lo humano, de Thomas De Quincey y Teoría y práctica de La Habana, de Rubén Gallo (ambos de Jus Ediciones)

Antes de caerme dentro de estos dos libros, absorbido por su potencia y radicalidad (porque son esa clase de libros que no te sueltan), conocía poco más que el nombre de Thomas De Quincey como autor de dos de esos libros que se citan mucho y no sé cuántos habrán leído realmente: Del asesinato como una de las bellas artes y Confesiones de un inglés comedor de opio. De Rubén Gallo no sabía absolutamente nada. Leídos en paralelo creo que sus efectos se han multiplicado, reforzando la lectura de uno la del otro.

Empiezo por De Quincey, por aquello de ser un autor clásico, venerable, admirado por Borges, como bien nos recuerda la edición de Jus. Thomas De Quincey fue esencialmente un ensayista de la primera mitad del siglo XIX, y llamarlo venerable debe ir acompañado de otras experiencias vitales como fueron su alcoholismo y adicción al opio. Su sentido del humor es fino, inteligente, y si se es lector de Borges no es difícil entender por qué sentía predilección por él. Los ensayos aquí recogidos, todos cercanos de una u otra manera a la idea de religión, están escritos desde la experiencia y reflexión exclusivamente personal. De Quincey lee a los clásicos, rastrea, saca conclusiones y las expone con gracia y con un ánimo provocador que en algunos momentos le cuesta disimular. Se agradece, no obstante, ese afán provocador.

Judas Iscariote, el primer ensayo del libro, retrata la figura del famoso traidor no como la de un traidor sino la de un incomprendido. Alguien al menos tan bueno como Jesucristo que solamente quiso acelerar un poco el proceso que sentía que estaban poniendo en marcha. Le parecía a Judas que Jesucristo tenía muy buenas intenciones pero le faltaba decisión, y le ayuda a acelerar el proceso. La idea, como se ve, es atractiva. Desde su ironía y lucidez, De Quincey es un pesimista, o eso me ha parecido, y los dos siguientes ensayos, Sobre la guerra y Sobre el suicidio, van en esa línea oscura. Sobre la guerra viene a intentar demostrar que da igual lo racionales y positivistas que los seres humanos se vuelvan, las guerras nunca desaparecerán (y más de 150 años después así sigue siendo), y Sobre el suicidio toma como partida un poema de John Donne para reflexionar sobre este hecho, adelantándose en algunos aspectos al Mito de Sísifo de Camus, compartiendo ambos, me parece, la idea de que no hay nada más humano que la tentación de acabar con la vida propia. La superstición moderna, el último ensayo, viene a oponerse a las ideas de luz e ilustración que traía su época, y no por oposición a las ideas, que De Quincey comparte en su mayoría, sino en cuanto a su optimismo, a la propia idea de que el raciocinio podría imponerse a la superstición. De Quincey incluye en una misma categoría a las religiones organizadas y a las supersticiones, y aunque en ese sentido se sitúa en el bando contrario, parece compartir el espíritu de la frase de Chesterton que dice: “Cuando se deja de creer en Dios enseguida se empieza a creer en cualquier cosa”. En este último ensayo De Quincey se resigna a que nunca desaparecerán de entre las costumbres humanas la tendencia a creer en lo sobrenatural, a pedir su protección, a dejarse guiar por sus intérpretes. Y casi considera que las religiones tradicionales vendrían a ser el mal menor.

Rubén Gallo es un profesor mexicano afincado en los Estados Unidos, donde trabaja en la Universidad de Princeton. Mirando un poco en la entrada que la wikipedia en inglés le dedica podemos ver que sus especialidades son los intercambios culturales entre Europa y Latinoamérica, ya que ha escrito libros sobre la influencia de Sigmund Freud y Marcel Proust en Latinoamérica, sobre las vanguardias mexicanas, escritores heterodoxos y la propia Ciudad de México. Su enfoque general parece partir de la postura de un típico liberal estadounidense (y cuidado con la palabra, que en España se asocia a otras posturas mucho más derechistas) y la llamada a leerlo en la faja de la editorial de Vargas Llosa (con quien compartió el libro Conversación en Princeton) podría hacer pensar que se trata de un observador mucho más ideologizado de lo que realmente es. Y se agradece.

Rubén Gallo llegó para pasar 6 meses a La Habana en 2015, y tratando de mirar la ciudad con ojos desprejuiciados, construye un recorrido divertido y desquiciado por los rincones ocultos de La Habana. Y según su mirada cualquiera de sus rincones puede serlo. No conozco La Habana y ni siquiera he leído demasiados libros sobre ella, pero la entrada en este libro, la irrupción de un cabaret astroso y lleno de seres marginados hasta no hace tanto en Cuba, no solo marginados sino perseguidos, ahora convertidos como le dice su interlocutor en los triunfadores, la nueva clase media, los gays, esa llegada a ese espectáculo musical entre decadente e irresistible, me parece una imagen insuperable de una ciudad y de una sociedad, y me ha llevado a recordar una lectura que en su momento me encantó, La Habana para un infante difunto, de Cabrera Infante.

2015 no pudo ser un año más señalado para llegar a La Habana, pues en ese verano se firmó el primer acuerdo de (más o menos) desbloqueo de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Rubén Gallo retrata en Teoría y práctica de La Habana a una sociedad caótica, donde se sobrevive como modo natural de existencia, y dibuja sin insistencia y alejado de dogmatismos a favor ni en contra los cambios que se han producido desde la Revolución de 1959, jugando con el título podemos decir que hay mucha más práctica habanera que teoría cubana. Fidel está muerto y la portada, ese Che Guevara maquillado en tonos rosas es perfecta, pues su imagen icónica, pura publicidad desde hace décadas, sirve de base para retratar los cambios. Y los cambios políticos, como suele suceder en las dictaduras, empiezan por los cambios en las costumbres. La apertura, por pequeña que sea, se nota. Y donde no está abierto los habaneros tienden a hacer como que sí, e igual que en los relatos de Pedro Juan Gutiérrez se goza y se palpita dando la espalda a la oficialidad, a un Estado que es un Todo que en teoría asfixia pero que prefiere no mirar hacia algunos lugares.

Gallo no trata de decir en su libro que ha entendido qué es La Habana en 6 meses, porque sería absurdo, sino que nos enseña su viaje interior y cuela testimonios, miradas, problemas que vio en ese tiempo. Va de lo personal para enseñarnos la colectividad, sin dar lecciones, recibiéndolas, más bien, lo que nos pone instintivamente de su lado como lectores y nos hace pedir más. Pero, por desgracia, el libro se acaba, la ventana se cierra, le tenemos que decir adiós a La Habana. Y nos despedimos con la risa en la boca y las lágrimas en los ojos.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



miércoles, 3 de mayo de 2017

Trilogía inacabada de Toronto, de Robertson Davies

Asesinato y ánimas en pena y Un hombre astuto, de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

Empecemos con una pregunta previa: ¿Quién le debe más a quién: La editorial Libros del Asteroide a las novelas de Robertson Davies, o nosotros a la editorial por traernos al autor canadiense? Lo pregunto porque sus libros son una base sólida de su catálogo, de los que mejor se venden (nunca en modo bestseller, pero sí como un fiable número de ventas anual), y de las que sin duda han ayudado a darle una imagen de editorial literaria sólida, con criterio propio y visión. El quinto en discordia, la primera entrega de La trilogía de Deptford, fue el primer éxito de la editorial y les hizo coger visibilidad. Pero a nosotros nos dio la posibilidad de leer esa magnífica trilogía. Así que probablemente estamos en tablas.

Hasta donde yo sé, antes de las ediciones de Libros del Asteroide, Destino había editado en los años 90 con escasa repercusión estas dos novelas (las dos que Davies llegó a escribir de su proyectada Trilogía de Toronto) que ahora he releído (y que había leído en las viejas ediciones en bibliotecas). Es un misterio por qué hay libros que en algunos momentos no funcionan. Pienso en estas novelas de Robertson Davies, o en las de William Gaddis que también se tradujeron en los 80 y 90 y nunca tuvieron demasiado eco. No es que hoy en día sean temas de conversación en cualquier mesa de café, pero las ediciones de Libros del Asteroide y Sexto Piso sí han tenido su éxito entre los lectores exigentes.

Yendo por fin a la Trilogía de Toronto, su primer volumen: Asesinato y ánimas en pena, empieza con el espíritu de un hombre que acaba de ser asesinado por el amante de su mujer de una manera inesperada y casi ridícula. La novela es una reflexión en tiempo propio sobre la muerte. Qué es estar muerto, cómo es la muerte, qué se descubre al llegar a ella, y cómo se interacciona con el mundo que uno ha dejado, desde ese ánimo de espíritu irónico y casi burlón, con los que se quedan vivos. Estructuralmente es muy hábil, porque empieza hablándonos desde la muerte, y no solo desde ella, sino desde una muerte ridícula que Connor Gilmartin, su narrador, parece haberse tomado con mucha filosofía y sentido del humor. Si algo nunca falta en las obras de Robertson Davies es filosofía y sentido del humor. Y quizá en esta última trilogía, tal vez por la avanzada edad del autor (rondando los 80 años, y que moriría sin completarla) las referencias a la muerte y a lo que pueda haber después son más frecuentes. Pero parece que todo el mundo en estos libros considera que puede afrontar la muerte, si no en paz, al menos con cierta perspectiva armónica.  

Connor Gilmartin es el jefe de la sección de cultura de un importante diario de Toronto, donde también trabaja su esposa, Esme, y el amante de esta que acabó matándolo, al que llaman burlonamente El husmeador, pues es crítico de teatro, y le encanta husmear referencias en cualquiera de las obras que va a ver. Connor Gilmartin se cuela, después de muerto, con su asesino, en un festival de cine, y ahí vamos entendiendo, poco a poco, cómo es su nueva percepción del mundo. Las películas van pasando pero él no las ve como tales, sino que se va metiendo en sus propias películas, películas de época que van retratando Toronto en los siglos anteriores y a sus antepasados. Con esa estructura de cuentos que se genera, unas historias son más brillantes o interesantes que otras, pero el libro avanza ágilmente. Poco a poco, por escenas, nos irá transmitiendo una idea de la vida y la muerte, la lucha por la existencia, la importancia de la historia y lo conquistado.

El padrino de Connor Gilmartin, Jonathan Hullah, es el narrador de la segunda parte de la Trilogía de Toronto, Un hombre astuto. Un hombre astuto es como lo llamaban (con ciertas dudas en la traducción, debo decir) dos vecinas que tuvo en su consulta durante años, una pareja de lesbianas inglesas llegadas a Canadá a conseguir cierta libertad. Las trilogías de Davies no son (por suerte) sagas que hay que leer en un cierto orden, son tres novelas que comparten algunas referencias, personajes, pero que son esencialmente novelas independientes.


Un hombre astuto me parece un libro más redondo que Asesinato y ánimas en pena, y en este caso es Esme, la viuda de Gilmartin, la que acude a Hullah para entrevistarlo para una serie de artículos titulados El Toronto que fue. Hullah va tirando del hilo de la memoria y acaba escribiendo, a partir de algunas diarios, sus memorias. En ellas se verá ayudado por cartas y anotaciones sobre su persona de sus vecinas inglesas. La excusa argumental es recuperar un momento sucedido en la vecina iglesia de St. Aiden a mediados del siglo XX, la muerte de un párroco al que muchos calificaron de santo y atribuyeron milagros casi instantáneos.

Hullah, un médico bastante particular, cercano al humanismo, interesado por la religión y la filosofía, analiza ese caso, pero antes hace un repaso por su vida. Desde su infancia en un lejano pueblo del interior de Ontario hasta su llegada a un internado en el que conoce a quienes serán sus mejores amigos, y donde en un guiño a La trilogía de Deptford se adivina la figura como profesor de Dunstan Ramsay, el narrador de aquella. Uno de aquellos amigos, Charlie, acabaría siendo sacerdote. Aparte de sacerdote, también alcohólico, y morirá bajo la vigilancia y cuidados postreros de Hullah, y su persona tuvo algo importante, fundamental, que ver con la muerte de aquel párroco al que calificaron de santo.

Los diarios y memorias de Jonathan Hullah analizan en profundidad una ciudad, Toronto, un país, Canadá, y prácticamente un siglo, el XX. Con esa graciosa mezcla de erudición y narración eficiente, característica de Robertson Davies, iremos avanzando en los años rememorados, hasta llegar al presente de la narración, desvelando el misterio del párroco de Saint Aiden y dejándonos a la espera de una nueva novela que ya nunca llegó, y que me atrevo a aventurar que hubiera estado narrada por Esme, la mujer de Connor Gilmartin y cómplice de su asesinato al principio de la trilogía, que termina casándose con un importante hombre al final de Un hombre astuto.

La prosa de Davies es siempre firme y potente. Mezcla narración cercana con erudición, y habla desde una óptica que a veces es conservadora, a ratos es liberal (en un sentido anglosajón del término), en otros es descreída, a ratos parece abrazar la esperanza de la religión (aunque parece siempre más fascinado por los ritos que por las esencias, y de hecho el propio Hullah iguala en algunos aspectos religión y teatro, dos de sus intereses). No podemos leerlos sin que algunas de sus reflexiones nos chirríen por desfasadas o políticamente incorrectas, pero no podemos olvidar tampoco lo que estamos leyendo, puro siglo XX, con todo lo bueno y malo que tuvo, y no debemos olvidar que igual que Jonathan Hullah nos dice sobre las enfermedades, estas, sus nombres y sus definiciones, han cambiado con los años y los siglos. Han desaparecido males y han aparecido otros nuevos. Se han inventado tratamientos. Davies es un autor siempre notable, siempre brillante, siempre envolvente, al que leer si no se ha llegado aún a sus novelas. Mi recomendación sería empezar con El quinto en discordia (primera entrega de La trilogía de Deptford) o con Un hombre astuto, su último libro. Pero cualquiera de sus obras traducidas en Libros del Asteroide merecerá la pena.

Seguiremos leyendo y dejándonos atrapar.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E



miércoles, 16 de noviembre de 2016

Memorias de la casa muerta, de Fiodor Dostoievski

Memorias de la casa muerta, de Fiódor Dostoievski (Alba Editorial)


¿Cuestionamos el canon? ¿Debemos hacerlo? A veces resulta atractivo pensar que esos autores que están en los más altos altares de la Literatura lo están únicamente merced a alguna conspiración de filólogos, editores y catedráticos. Porque la verdad es que los filólogos, editores y catedráticos parecen gente dispuesta a las conspiraciones más oscuras por los temas más impensables. Pero la verdad es que por cuestionables que sean los cánones y cómo se forman, y sobre todo quienes los deciden, y aunque sea posible que algunos autores muy valiosos se hayan perdido por el camino, la realidad, me imagino, es tozuda y los autores que han ido quedando por ese proceso de filtración y decantación que dan los siglos, son los que son, y en la mayoría de los casos, los que deben ser.

Dejando esta enrevesada introducción aparte, creo que los que cuestionan los cánones o a algunos de sus autores, no lo hacen con otros. No sé si alguien cuestionaría realmente la presencia de Fiodor M. Dostoievski en cualquier canon de la literatura rusa, de la literatura del siglo XIX y en general de la novela universal. No hay novelista del siguiente siglo que haya escapado, ni lo haya pretendido, a su influencia. Quizá sea el mayor novelista de todos los tiempos, porque sin querer entrar en ninguna polémica innecesaria, no se me ocurre ahora mismo otro autor que pueda presentar cuatro grandes novelas como son Crimen y castigo, Los demonios, Los hermanos Karamazov o El idiota. A esas cuatro obras magnas habría que añadir otros libros como Memorias del subsuelo, Las noches blancas o el libro que he leído recientemente, Memorias de la casa muerta.

Memorias de la casa muerta es una obra muy cercana a la vida de Fiodor Dostoievski, quien la escribió para relatar sus ocho años de exilio y trabajos forzados en Siberia. Una de las cosas que creo que mejor funcionan siempre de Dostoievski es que aun cuando escribe sobre él mismo, como es aquí en gran medida, no se pone demasiado cerca de lo narrado. No se dedica exclusivamente a contar su experiencia en Siberia, sino que trata de retratar cómo era la vida en Siberia para los exiliados, y para ello elige a un exiliado que se parece a él, al noble ruso Gorianchicov.

El recurso de recurrir a Gorianchicov, cuyo manuscrito sobre Siberia es encontrado y presentado para los lectores en este libro, tiene también, conocido el clima de censura y persecución de la época, y que el propio Dostoievski venía del exilio y el castigo, la función de alejar las posibles consecuencias de la publicación del libro de su autor, quien ya no era directamente el narrador del libro, sino alguien que ha inventado una obra de ficción y para ello ha creado a un narrador que es Gorianchicov.

Las memorias de la casa muerta comienzan en un extremo que es el de la extrañeza que esos lugares y esas compañías le producen a un hombre culto, leído, que nunca consideró que su destino pudiera estar entre los delincuentes, y a lo largo de los capítulos va derivando hacia sentirse parte de ellos, de un colectivo del que inevitablemente forma parte, aunque en algunos pasajes se ve una cierta amargura, la del doble castigado, por la autoridad, que lo ha condenado a Siberia, y por sus propios compañeros, que nunca acaban de verlo como un igual, sino que siempre lo ven desde lejos, nunca es para ellos un igual, un camarada, como si su origen, más acomodado, le impidiera comprender las penurias del presidio, cuando es probablemente al revés, ese origen más acomodado marca una caída más elevada y hace que sea más consciente de todas las privaciones a las que están sometidos.

El libro está dividido en dos partes, y en la primera Gorianchicov se muestra mucho más sorprendido por la galería de personajes que le acompañan y comparten su pena. Aunque no sea totalmente cierta esa separación, en la primera se centra un poco más en describir a las personas a las que va encontrándose y conociendo y en la segunda narra más sucesos y sensaciones.

Una de las características que a veces me distraen en la lectura de Dostoeivski es su tendencia a los grandes diálogos. Los personajes de sus novelas, como en el teatro, llegan a la escena y sueltan un discurso. Esos discursos suenan, a nuestras mentes de lectores posmodernos y seguramente más cínicos que los de Dostoievski, demasiado trascendentales y grandilocuentes. Y siempre que me topo con ellos no puedo evitar distraerme de la lectura y pensar que el tono no encaja. Y es porque no encaja con nuestro mundo, pero estamos leyendo otro mundo. Memorias de la casa muerta tiene para mí, como lector, la ventaja de no estar concebida como esa clase de novela, con esos elementos estructurales apoyados en las intervenciones discursivas de los personajes, sino ser literalmente la memoria de alguien que va contando, capítulo a capítulo, escenas de su vida en la prisión.

Las escenas que recuerda y narra Dostoievski a través de su personaje son todas vívidas y te trasladan automáticamente a la vida en aquellos campos y a las sensaciones que el ser humano debe tener en situaciones así. Dostoievski es siempre compasivo con los seres con los que comparte la existencia en Siberia y aún con los peores trata de buscar algún punto de conexión que le permita comprenderlos, o al menos no condenarlos. Y eso que algunos de ellos son malos bichos, y otros se encuentran tan lejos de su comprensión que no le producen más que extrañeza, y los ve como un entomólogo vería a los insectos a los que estudia.

Los mejores momentos como lector me los han proporcionado aquellos en los que los internos se olvidan de que lo son, y disfrutan de sus escasas libertades, y se creen ciudadanos, o se creen artistas, o hasta se creen libres. También se ve en este libro la triste conclusión de que el ser humano es explotador cuando puede, y que aún dentro de la prisión y castigados en algunos casos a un exilio y a hacer trabajos forzados hasta la muerte, quien puede intenta tener sus privilegios, trata de tener sus criados, pisa a quien se deja pisar, maltrata al débil, se ríe del diferente, y en definitiva, nunca ve cómo se despierta un sentimiento de solidaridad y de vida común entre quienes están bajo unas mismas condiciones.

Después de terminar un libro como Memorias de la casa muerta te queda el vacío de haberlo terminado y te surge la pregunta de qué leer después que no palidezca por la comparación.

Intentaremos encontrar buenos libros para las próximas semanas.

Felices lecturas


Sr. E