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jueves, 8 de septiembre de 2022

Vuelta al cole: Algunas lecturas del verano

 Algunas lecturas del verano

 

Tiene el verano algo de canto de sirenas. Nos promete mucho, y nos imaginamos las horas de lectura de las que dispondremos, si no como infinitas, al menos como una fila muy larga en la que las horas disponibles para leer se presentan para que les pasemos revista y la vista se nos pierde antes de ver el final.

Después, la realidad es otra y las horas de lectura, aunque sean muchas, siempre son menos. Pero es que la realidad siempre es otra y las promesas nunca acaban de cumplir todo lo que nos imaginamos que nos darían.

Llegué al verano, como llego a los veranos, pero especialmente a este, con una lista enorme de libros pendientes para ir leyendo. Había novedades del invierno a las que decidí dejar al menos medio año de margen, clásicos pendientes, libros especialmente gordos o especialmente exigentes y libros de los que esperaba tanto, pero tanto, que quise guardarlos para un momento especial.

Quizá la lección a aprender (y que difícilmente aprenderemos) es que el momento especial debe ser siempre el más cercano y que haga posible esa lectura. Carpe diem, que decían los clásicos, también para la lectura.

El caso es que no he leído durante el verano muchos de los libros que había señalado para estas fechas, pero no hemos venido aquí a llorar. Algunos los empecé pero los dejé pronto. A veces notas que no es el momento, y no me da ningún miedo dejar los libros sin terminar de leer, ni me hace sentir mal darme cuenta de que no es su momento. Apunto en estas obras que serán para otra verano (que es posible que también nos decepcione respecto a las expectativas creadas) El cuarteto de Alejandría, que lleva probablemente una década entre los clásicos que esperarán al verano.

A cambio de esos libros previstos y finalmente no leídos, han aparecido otros que no esperaba. Las circunstancias, o un regalo, o cualquier lectura que te lleva a otra, va torciéndote los planes. Y bien está que así sea. Es famosa la fórmula de Javier Marías según la cual hay escritores que se mueven siguiendo una brújula y otros siguiendo un mapa. Como lectores creo que somos algo parecidos, y en mi caso, aunque me empeño en dedicar horas a trazar mapas, acabo echando mano de la brújula con mucha más frecuencia.

Terminé junio con dos libros que creo que están entre los más particulares que he leído en lo que va de año, y ya estamos empezando septiembre.

Uno es Amor, de Maayan Eitan. Una novela corta, muy directa, que juega a subvertir la idea de amor y a convertirla, como tantas otras, en negocio. Y que lo hace a través de las vivencias de una deslenguada prostituta israelí que analiza su llegada a ese negocio y la trayectoria que va siguiendo en él.

El otro es Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh. La autora sonó bastante hace un par de años con una novela que debía ser bastante diferente (Mi año de descanso y relajación). Esta es una colección de relatos, irregular, si se quiere (toda colección de relatos, con las conocidas y canonizadas excepciones, siempre nos lo va a aparecer) pero llena de viveza, mirada propia, narradoras con un voces muy bien caracterizadas, y variedad de tonos en relatos en los que siempre hay algo incómodo, que en ocasiones cruza hasta la sórdido. Hacía mucho que no leía un libro de cuentos que me descolocara tanto, y hacía más tiempo aún que un libro de relatos no me diera tanta envidia y me diera tantas ganas de sentarme a escribir cuentos para poder compararlos con lo que acababa de leer (y darme cuenta, pero esa es otra historia, de lo vergonzoso de la comparación).

He leído bastante relato este verano, y he aprovechado para hacer relecturas de Las armas secretas, de Cortázar, y una relectura casi completa (salvo por su último libro) de los cuentos editados en España de Etgar Keret. Aunque me da la sensación de que se está tendiendo en los últimos años a una cierta caricaturización de Cortázar, creo que cuando se leen sus cuentos sus páginas nos recuerdan lo que es un autor de primerísimo nivel. Keret es diferente, más directo y extraño, pero otro genio. Y uno con el que es fácil reír, para que después se te quede la sonrisa congelada y te des cuenta de cómo trabaja, con qué maestría, ideas como la de la soledad del ser humano.

No es lo mejor que he leído de Zadie Smith, pero sus relatos de Grand Union me parecen recomendables, y quizá una buena primera lectura de esta autora. Tal y como comentábamos sobre las colecciones, irregular, pero los que son buenos (en algunos se nota demasiado que fueron encargos de revistas y se le pidió ceñirse a ciertos temas, cierto número de palabras, o que debió pensar en la clase de lectores que iba a tener) son realmente buenos.

No he tenido tanta suerte con los cuentos de Francamente, Frank, de Richard Ford. Y el caso es que Ford, como cuentista, me ha gustado mucho otras veces (De mujeres con hombres es un libro al que vuelvo frecuentemente, recuerdo con gusto Pecados sin cuento). Pero su personaje Bascombe y yo no acabamos de entendernos. La lectura interrumpida de su novela El periodista deportivo suma más puntos a esa tesis.

He leído novelas de las que guardo una impresión positiva (Leña menuda, de Marta Barrio, La edad del alambre, de Bárbara Blasco) y otras que ya he olvidado. He leído novelitas de autores de los que en otras ocasiones (otros veranos, mismamente) había leído obras de más enjundia. Brighton Rock, de Graham Greene, quizá represente mejor que ninguna esa categoría. Como novela de misterio no deja de ser pasable (cualquier libro de Simenon funciona mejor en ese sentido), y no tiene mayores valores literarios, aunque intenta aparentarlo (que quizá es lo peor).


En los días de playa leí junto al mar, bajo la sombrilla, Hay más cuernos en un buenas noches, una selección de artículos de Manuel Jabois. Fue una lectura muy agradable. Ligera, divertida. Ni soy especialmente seguidor de Jabois ni suelo (quizá haya sido mi primera vez) leer selecciones de artículos. El caso es que disfruté con estas columnas.

Viajé hasta Irlanda y me compré un ejemplar de bolsillo (ediciones de clásicos, bien cuidados, con buena letra, a 3 euros, lo digo por si tenemos que replantearnos algo en España) de Dublineses. Lo había leído, traducido, hace quince (si no veinte) años. Y no recordaba que me hubiera dicho mucho. Esta segunda lectura me ha hecho pensar en que estaba ante una obra maestra. No habiendo sido capaz de leer completo el Ulises hasta ahora, esto al menos me acerca un poco más a la figura de Joyce (de quien sí había leído con gusto el Retrato de un artista adolescente). No creo que la diferencia esté en haberlo leído en inglés. Es posible que estas historias, tan contenidas, tan chejovianas, necesitaran un poco más de edad y bagaje lector por mi parte.

Releí, después del atentado que sufrió, Joseph Anton, de Salman Rushdie. Es un libro de memorias en el que habla de sus años perseguido y escondido. Y es un libro que creo que nos enseña por qué puede molestarle un autor como él a los fanáticos. Entre otras cosas porque no se toma nada (ni siquiera las amenazas de muerte recibidas) con especial solemnidad. Y los fanáticos se pierden ante la ironía y la inteligencia. Y esto no es algo que solo le pase a los fanáticos que utilizan cuchillos o pistolas, sino a todos.

Terminé el verano con un amigo de Rushdie, Hanif Kureishi. Hace unos años leí seguidos varios de sus libros, y me gustaron mucho. Subió mucho en la escala de mi consideración. Este verano he releído, desde esa nueva posición, El buda de los suburbios, la única de sus novelas que había leído antes de aquel atracón. Tiene mucho ritmo, retrata muy bien lo que es criarse en una familia desclasada y llena de contradicciones de origen y destino, y se ríe mucho tanto de los viejos ingleses como de los nuevos ingleses. Y todo sucede en unos confusos años setenta, con buen rock de fondo y muchos padres desorientados buscando nuevos rumbos amorosos y espirituales. Un muy buen libro.

Como también lo han sido las dos últimas novelas de las vacaciones. Mientras el mundo espera la publicación de la traducción de los diarios de Patricia Highsmith, yo decidí echar en la última maleta del verano dos de sus novelas. El cuchillo es una historia de suspense malsano muy propia de la autora. Con matrimonios envenenados, movimientos psicopáticos, y un punto de culpa dostoievskiana. Recuerda a algunos de los personajes de Extraños en un tren y me ha llevado a pensar en que Gillian Flynn la había leído cuando se puso a escribir Perdida (detecto una cierta familiaridad en el aire enrarecido de esas casas, sin más, igual que digo que Highsmith había leído Crimen y castigo). Y el segundo de estos libros fue El diario de Edith. Mucho menos de suspense y mucho más costumbrista. Perturbador y bastante enfermizo. He visto que es una novela escrita en 1977 y leída desde hoy tiene muchas lecturas posibles sobre el papel de la mujer en la sociedad, los cuidados y otros temas importantes para el feminismo. Un libro que te deja con muy mal cuerpo, eso seguro.

Voy a cruzar la frontera entre las vacaciones y la rutina del trabajo con Principiantes, de Raymond Carver. Hasta ahora me había resistido a leerlo. Para quien no lo sepa, son las versiones iniciales de los cuentos que acabarían formando parte del libro que conocemos como De qué hablamos cuando hablamos de amor. Releí esos cuentos, precisamente, hace un par de años, durante aquella época de confinamiento. Y volvieron a enamorarme de la prosa de Carver. Y al final me he decidido a leer esta versión. Para quienes no conozcan demasiado la historia, el editor Gordon Lish trabajó mucho en la labor de poda y recorte de los cuentos de Carver, dándole lo que los lectores hemos identificado durante años como el estilo de Carver, que quizá sea un estilo más de Lish que de Carver en algunos aspectos. Supongo que iré leyendo algunos cuentos con su hermano más breve en paralelo. De momento me estoy encontrando con buenos relatos, pero con relatos que no parecen de Carver en muchos momentos, quizá cuando son realmente más de Carver que otros muchos. Las contradicciones del sistema editorial y los caminos torcidos que llevan a la fama.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 30 de diciembre de 2021

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Vamos directamente a ello, que hay ganas de la cuenta atrás y el fin de año lector. Sin campanadas pero puede que con algún brindis.

Por motivos variados, recomiendo, de entre mis lecturas de este año:

Magia para lectores, de Kelly Link. Este libro lo escojo porque es una absoluta locura. Una maravilla sin límites narrativos. Quienes disfruten con las historias más locas de Neil Gaiman disfrutarán con esta autora. Está sonando mucho últimamente una novela de Laura Fernández, que no he leído, pero cuyos resúmenes y exégesis me han llevado a pensar en este. Y a sospechar que este debe superarlo. Estupendo.

Creadores de hits: Cómo triunfar en la era de la distracción, de Derek Thompson. No es un libro redondo, le falla la forma, a veces hay que esforzarse para no abandonarlo. Pero la idea central es muy potente y me tiene muy preocupado, qué está pasando con nuestra atención, qué están (y estamos) haciendo con ella, cómo se compra y se vende. Y relacionarlo con la incapacidad de que lo que llamamos viral sea realmente universal y duradero, como sí lo era la creación de hace apenas unas décadas.


La ola que lee, de César Aira. Apuntes de lectura de César Aira. Críticas y reseñas publicadas por aquí y allá, reunidas. Una joyita. Y un libro para pensar en por qué Aira es Aira y qué narrativa se hace en Argentina y por qué en España no hay un Aira ni se hacen demasiados libros realmente notables. Este es uno de esos libros que se celebran en España, pero que aquí serían imposibles. Porque un autor bien instalado, premiado (incluso aspirante al Nobel) le atiza a popes de la narrativa argentina cuando juzga que sus libros fallan (y lo hace razonadamente; Aira es histriónico, sí, pero también justo). Y sigue escribiendo sus extraños libritos. Aquí seguimos entretenidos con que Chirbes (muerto hace seis años) dijo algo malo de Pérez Reverte en un cuaderno personal, y dejando crípticos mensajes en redes sociales para que quien pueda entienda qué autor con novela muy esperada ha publicado un verdadero truño. Por si acaso, para no tener que ser el que pise la mierda y tenga que limpiarse la suela del zapato, yo ya no las leo.

Interesantes, recomendados, y a tener en cuenta: El ritmo perdido, de Santiago Auserón. Así se hacen las películas, de Sidney Lumet. Ensayos: Interpretaciones y pronósticos, de Lewis Mumford. Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris. Montaigne y Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig. Los terranautas, de T. C. Boyle. El colgajo, de Philippe Lançon.


Llegamos, que va tocando, a los diez libros del año (que como pasa últimamente vienen con alguno más escondido a modo de huevo de pascua). Sin dar demasiados detalles, y del 10 al 1 (un orden bastante arbitrario y que podría cambiar si rehiciera la lista en unos días, pero para eso hacemos las listas, para no volver a mirarlas y extrañarnos si lo hacemos):

10. Todos los besos del mundo, de Félix Romeo. Qué pena que no tengamos en nuestras letras a otro Félix Romeo. Que se muriera tan joven y se rompiera el molde. Este año he podido leer estos cuentos, una colección publicada por Xordica con detalle y amor donde se reúnen los cuentos que fue publicando por aquí y por allá. Me he encontrado con un libro precioso, lleno de hallazgos y puñaladas imprevistas (quienes lo conocían dicen que era muy besucón, de ahí el título, callan que también debía ser amigo de puñales), que es la marca de escritura de Romeo en Dibujos animados y en sus mejores textos, algunos de los cuales están en este volumen. Y también he visto cuentos que se salen del canon y apuntan hacia el observador / ensayista que fue y al que leímos en Por qué escribo (también disponible en Xordica).

9. Propiedad privada, de Lionel Shriver y Esto es placer, de Mary Gaitskill. Cada vez resulta más complicado que un libro pueda sorprenderme por su calidad como artefacto, por sus juegos técnicos o estructurales. Es uno de los problemas de leer mucho, que acabas por saberte todos los trucos. Estos dos libros me han sorprendido. Propiedad privada es probablemente, en esos aspectos técnicos, el mejor libro de cuentos que he leído este año. Me parecía muy complicado hacer una colección de cuentos con cohesión y sentido como conjunto y en el que los cuentos sean, a nivel individual, valiosos, y hacerlo con referencia a un mismo concepto, y uno en principio tan poco atractivo como el de la propiedad privada. Pero sale muy bien del desafío que ella misma se ha puesto. Solo la novela corta inicial justifica la existencia y lectura del libro. Esto es placer, de Mary Gaitskill, es un libro atrevidísimo, a nivel literario y político. Gaitskill huye de los malos que son muy malos y de los dibujos con lápices blancos y negros y traza la historia de un editor ya maduro al que un día, después de muchos años, alguien acusa de acoso. Una vieja amiga, que ha trabajado con él y lo conoce, querrá entender qué ha pasado. Y se dará cuenta de que a veces corremos demasiado a la hora de quemar a alguien, aunque lo conozcamos bien, en la hoguera. El libro es una trepidante sucesión de capítulos escritos por él y por ella, y salvando las muchas distancias me recordó a la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, por su desarrollo y peso. Merece la pena buscarlo, leerlo, y pensarlo durante días.

8. Sale el espectro, de Philip Roth. Creo que ya no me queda ningún libro de Roth que pueda entrar en mi canon personal de sus obras. Este faltaba entre mis lecturas y fue un reencuentro feliz. Con lo mejor de Roth. Aquí en una versión si se quiere modesta de su potencial, pero llena de sus virtudes clásicas. Una capacidad de análisis portentosa. Un gran sentido narrativo. Unos personajes que ni son perfectos ni se acercan, y hacia los que no siente la obligación de tener piedad. Una gran novela.

7. Poeta chileno, de Alejandro Zambra. Tenía, sin tener muy claro por qué, serias reservas con Alejandro Zambra. Creo que alguna vez intenté leer uno de esos pequeños artefactos que le fue publicando Anagrama y salí de allí, si no espantado, en un ánimo cercano al espanto. Este año leí No leer, que me pareció ingenioso. Y después de más de un año de acercarme a la estantería de la Z en la biblioteca y volver sin el libro, acabé por coger Poeta chileno. Y me alegro de haberlo hecho. Es un libro divertido, lleno de literatura y de vida, y de esos personajes que circulan perdidos por ambos. Los poetas chilenos de Zambra son evidentes homenajes a esos personajes de Bolaño que eran poetas y eran chilenos, pero ni son tan románticos ni están tan desesperados. Son poetas chilenos menores, síntoma de unos tiempos menores, con menos ideales y más cinismo. El libro de Zambra quizá sea, a su vez, una obra menor de Bolaño. Un apunte al pie de página de las grandes obras de este. Lo cual es lógico porque no todos podemos ser Bolaño, solo Bolaño podía, y porque Bolaño hablaba de poetas en una dictadura donde se jugaban la vida y Zambra habla de poetas en la post – dictadura y en la post – post – dictadura donde solo se juegan, y no siempre, la dignidad. A veces nada más que el amor propio. Pero cómo duele el amor propio. Qué buen libro. Y qué preocupante que vayan dos años que entre las mejores lecturas haya homenajes evidentes a Bolaño que no alcanzan su mejor nivel pero que nos lo recuerdan claramente. No sé si hablará de mi degeneración como lector quedarme prendado del Vivir debajo de Gustavo Faverón el año pasado y de Zambra y su Poeta chileno en este.

6. El llano en llamas, de Juan Rulfo. Hay relecturas que he dejado aparte, porque eran relecturas conscientes, de libros que conozco a fondo y en los que siempre encuentro sorpresas, sí, pero tampoco grandes sorpresas. Al menos no de las que te cambian como lector. Lo de El llano en llamas, de Rulfo, ha sido otro tema. Leí a Rulfo en el pasado, sí, porque a Rulfo hay que leerlo, pero me he dado cuenta de que no había leído de verdad a Juan Rulfo. El llano en llamas es un mundo en miniatura, desolado y en el que parece que falta el aire a cada rato. Cada uno de los relatos es una piececita delicada y precisa, pero no son para nada juegos. No hay comodidad aquí. Hay dolor. Hay literatura que mancha. Mierda. Dolor. Miedo. Poco margen para el cariño. Y una escritura muy particular, que he visto esta vez muy emparentada con Kafka y con Salinger. Nada menos.

5. Contemplaciones, de Zadie Smith y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Seguimos (aunque los efectos sean, y crucemos los dedos para que todo vaya a mejor, menos graves y urgentes) en medio de una pandemia. La peste de nuestro tiempo. Y eso ha condicionado, como a tanta gente se lo habrá condicionado, mis ánimos lectores. Y mis intereses en algunas épocas. Diario del año de la peste, de Defoe, es un referente clásico sobre este tema (y el referente, por ejemplo, de La peste de Camus). Pese a su apariencia de relato testimonial y a que la distancia histórica nos haga pensar que es tal testimonio, la verdad es que es una novela. Y una de las buenas. Que me hizo retorcerme de angustia y valorar lo poco que hemos avanzado cuando se trata de combatir ciertos males, que nos superan por peligrosos y desconocidos, y a la hora de buscar culpables y pensar que la virtud, cómo no, está de nuestro lado. Contemplaciones, de Zadie Smith, sí es un testimonio en directo. Son unos ensayitos breves, escritos a vuelapluma durante el confinamiento. Smith estaba en Nueva York, donde da clases, y va comentando temas que todos reconocemos, la falta de intimidad en una casa siempre llena de gente, cómo la falta de rutina nos puede afectar, lo agradecidos y asustados que estábamos al volver a la calle, la incomprensión ante la situación, el miedo que todo genera. Y lo hace viendo un poco más de lo que podíamos ver cuando el mundo eran esos metros cuadrados en los que vivimos habitualmente y en los que nos vimos forzados a pasar muchas más horas seguidas de lo que nunca nos hubiéramos imaginado.

4. El largo adiós, de Raymond Chandler. Todos, para bien y para mal, somos un poco hijos de Billy Wilder y de Raymond Chandler. No sé si esto es cierto, pero me gustaría creer que sí. Ya había leído, claro, esta novela. Leí todo lo de Chandler como a los dieciocho años, y no saboreé, ni mucho menos, todos los matices (ahumados, complejos, amaderados) de esta obra maestra. No de la novela negra, no del género policíaco. Sino simplemente una obra maestra, sin más apellidos.

3. Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Este es un libro realmente sorprendente. Iñaki Domínguez logra aquí una historia apasionante sobre los macarras madrileños, a lo largo de sus décadas y barrios, de su esplendor y su gloria. Y sale de ese tema, que por limitado hubiera podido interesarme muy poco, y dibuja con gracia y precisión una sociedad que ha cambiado al compás de sus macarras, o en paralelo a ellos. Y cuesta mucho no verse reflejado en la decadencia callejera. Y cuesta mucho no pasear durante semanas, después de leer el libro, fijándose en detalles que pasaban antes inadvertidos, y que ahora hablan. 

2. Clics contra la humanidad, de James Williams. Williams, que trabajó en Google, y que es un hombre de una inteligencia superior, se dio cuenta en algún momento de que estaba convirtiéndose en un mutante. O quizá en un ciborg. Notó cómo su atención se dispersaba, pero no se trataba de que se dejara llevar por los estímulos inmediatos y se distrajera, se trataba de que todo a su alrededor era distracción y ese ruido continuo estaba cambiando su manera de estar en el mundo. De sentirlo y de relacionarse con él. Creo que a muchos nos resultará familiar la sensación. Él se mudó a Oxford, estudió filosofía, se doctoró y pensó mucho sobre el tema. Y la lectura de los ejemplos e imágenes que da James Williams, siempre muy finos, puede hacerte plantearte qué estamos haciendo con nuestro tiempo y nuestro cerebro. Muy recomendado. Muy importante. Tanto como silenciar las notificaciones de las aplicaciones, al menos.

1. La edad del desconsuelo, de Jane Smiley y Personajes desesperados, de Paula Fox. No sé con cuál de las dos quedarme, así que lo dejamos en un ex – aequo. Son dos novelas perfectas, concentradas, que tratan de momentos en la vida en los que parece que no sucede nada y lo que sucede es realmente importante. Puede, en algunos casos, que todo a tu alrededor se esté rompiendo y no te estés dando ni cuenta. Puede que tengas que replantearte qué estás haciendo con tu vida y qué vas a hacer con lo que queda de ella (que esperemos que sea mucho). Escrituras depuradas, poéticas, salingerianas. Historias que se desdoblan en subtramas que siempre suman. Libros perfectos. Lecturas de esas que se pueden repetir muchas veces.

 

Al modo de las tomas falsas al final de una película, hablaré de algunas decepciones: Yoga, de Emmanuel Carrère. Esta me la esperaba y podría decir que casi me merezco que no me gustara. El Carrère más ensimismado y con menos que contar de toda su producción. Ese. Para compensar, debo decir que leí con gusto a mediados de año la novela Fuera de juego, una de las que escribió al principio de su carrera. Siempre he dicho, y mantengo, que el Carrère novelista de ficción no era para nada un mal novelista. El bigote me parece un libro excelente. Y esta novela, que no inventa nada, es realmente sólida y me dio buenos momentos de lectura.

Me decepcionó también Segunda casa, de Rachel Cusk. Nunca ha llegado a enamorarme la trilogía anterior de Cusk, aunque le reconozco importantes valores literarios. Despojos sí fue un libro que me afectó y cuya lectura es de las que te hacen sangre. En esta novela, que continúa algunas de las líneas de la trilogía (no a nivel de trama ni de personajes, pero sí de mundo), no ha conseguido un libro redondo.

Este me ha dolido particularmente. Llegué a Parte de mí, de Marta Sanz, con muchas ganas. Esperaba algo parecido a Clavícula, que me gustó mucho. Pensaba que me encontraría con otro libro entre crudo, difícil y con el efecto fresco de la escritura en directo. Novela o no, que es lo de menos, Clavícula me gustó cuando lo leí y me gustó cuando lo releí, precisamente durante el confinamiento del que nos habla este Parte de mí, que recoge las anotaciones que la autora hizo durante el año 2020 en sus redes sociales. Con esa materia no debía esperar mucho, me dijo alguien a quien le comenté que el libro me había decepcionado. No es eso que solemos llamar obra menor, pues las hay muy valiosas. Es algo con escaso interés y poco que mostrar. Y creo que ni la autora ni la editorial necesitaban algo así. 

Y cierro estas decepciones con Lo que quiero decir, de Joan Didion. No pude leer El año del pensamiento mágico, ya lo siento, porque era incapaz de entrar en esa historia. Todo me parecía melodramático y un poco sobreactuado, y a la vez de una frivolidad inadecuada. Pero sigo escuchando hablar de las maravillas de la prosa de Didion. Y este volumen venía a ser (así nos lo ofrecieron) una selección de sus mejores páginas. Y hay buenas páginas, sí, buenas observaciones, alguna ocurrencia y dosis de intimismo pop. Pero no creo ni que estas sean las mejores páginas de una autora ni que si lo fueran justificaran el altar en el que está subida.

Y ya sí terminamos, que va tocando.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E


martes, 17 de diciembre de 2019

Cuentos, de John Cheever


Cuentos, de John Cheever (Mondadori)

Me regalaron este libro a principios de año y ha sido, desde entonces, una lectura más o menos continua. Ya había leído muchas veces los cuentos de Cheever, aunque visto ahora, con mi nueva perspectiva, había leído muchas veces algunos cuentos de Cheever, los incluidos en la antología La geometría del amor, de Emecé, prologada por Rodrigo Fresán (quien también prologa este volumen, en su condición de máximo experto y exégeta de la obra de Cheever).

Allí están muchos de los cuentos más reconocidos de John Cheever, y a ellos he ido acudiendo con regularidad desde hace al menos una década. Es uno de los libros más manoseados que tengo, y este ha venido en cierto modo a sustituirlo. La lectura, cuento a cuento, de este libro, ha hecho de 2019 un nuevo año Cheever para mí. Y me ha permitido tomar un nuevo ángulo de lectura y sentir que mi relación con él cambiaba, se hacía más profunda, se estrechaba. Si John Cheever ya era uno de mis escritores de relatos preferidos, ahora lo es más (mucho más). Nunca había entendido del todo la experiencia que Richard Ford relata en el prólogo a mis Cuentos escogidos de Chéjov, la de quien había leído unos cuentos y años después descubre en una relectura distintos planos de profundidad. Me ha pasado algo así. Debo decir que la (re)lectura detallada en el último trimestre de sus diarios, y parte de sus cartas (también editadas por Mondadori) me ha permitido ir viviendo casi en tiempo real, como si fuera además de uno de sus lectores uno de sus editores o confidentes, la lectura de estos cuentos, que están tan vivos que pese a los decorados tan propios de los años cincuenta y sesenta, parecen novedades.

Cuando pensamos en los relatos de Cheever pensamos en melancolía, epifanías, tristeza familiar, secretos y silencio. Y todo eso está en los relatos de Cheever, pero creo que si nos limitamos a leerlo desde ese marco mental nos estaremos perdiendo mucho, igual que si compramos sin cuestionarla una etiqueta como la de el Chéjov de los suburbios. Creo que Cheever es un escritor bastante mejor que Chéjov, y que no se enfade nadie, porque creo sobre todo que son dos escritores que hacen una labor diferente. Chéjov es el retrato realista, sin más (ni menos). Pero me parece muy dudosa la idea de realidad en las historias de Cheever. La realidad de Cheever siempre está deformada, es siempre una realidad muy poco objetiva. Sus relatos son y no son realistas. Suceden en entornos realistas, los conflictos que se ponen en marcha son casi siempre realistas (un enfado en una fiesta, la pérdida de un trabajo, una infidelidad, una deuda que hay que pagar, la muerte de un familiar), pero la resolución emocional y literaria que toma el cuento, que toma Cheever, casi nunca es canónica ni previsible. Sus famosas epifanías son verdaderas caídas del caballo, verdaderos momentos en los que parece que un personaje pierde el contacto con la realidad y sus modos más aburridos y decide tomar soluciones poco prácticas, que muchas veces pasan por no tomar ninguna.

Cheever es maestro en dibujar todo un contexto (social, geográfico, emocional) en dos párrafos. A veces se apresura y condensa demasiado esa información, pero su prosa siempre es luminosa y precisa. Cheever admiraba a Scott Fiztgerald y sus relatos tienen esa perfección estructural de El gran Gatsby. Creo que no hay un relato más cheeveriano, más magníficamente cheeveriano y en general mejor que El nadador, que probablemente hasta quienes no hayan leído conocerán. Ned Merrill, un hombre abandonado por su familia, alcoholizado y que lo ha perdido todo, decide emprender, desde la resaca de la mañana del domingo, el retorno a casa nadando de piscina en piscina a través de su condado. El dibujo social de esas casas con piscina que llegan a formar un mar ya daría para una tesis, y ese hombre decrépito que va haciendo el ridículo de casa en casa, ignorando bajo el agua las habladurías de todos, sintiéndose un titán en plena forma hasta que no tiene más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, que termina por derrotarle, ese nadador es uno de los grandes personajes del siglo XX, y convenientemente leído, de lo que llevamos de XXI.

Los relatos de Cheever son una experiencia literaria y humana profundamente emocionante, y no creo que tenga sentido hacer una pequeña sinopsis de más de sesenta relatos, ni de los más destacados. Solo aprovecharé la cercanía de las vacaciones navideñas para hacer un regalo a quienes lean este blog. Les propondría que se regalaran, durante los días libres que tengan, una pequeña selección de relatos básicos de Cheever, relatos que les permitan acercarse a la esencia del alma humana, al derrumbe de tantas ideas humanistas y a la individualidad competitiva que nos devora a todos.

Les propondría, a esos lectores, que se regalaran la lectura de cinco cuentos, todos clásicos en el canon de Cheever, todos de ese puñado de obras que sí le hacían sentirse orgulloso (cuando en general siempre fue un hombre inseguro, lleno de complejos, un escritor que en sus diarios se muestra envidioso de Saul Bellow, de J. D. Salinger, de Norman Mailer, un hombre que incluso cuando recibe alabanzas desconfía, y que siempre quiso escribir una gran novela, y solo la logró a través de sus cuentos, por más que con El escándalo de los Wapshot consiguiera premios y pensara que iba a confirmarse como novelista). Pongo en esa lista de regalos navideños, sin ningún orden en particular: El nadador, El ladrón de Shady Hill, Simplemente dime quién fue, La muerte de Justina y Tiempo de divorcio.

Y quien los lea sentirá que Papá Noel ha acertado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 31 de octubre de 2019

Los premios, de Julio Cortázar


Los premios, de Julio Cortázar (Suma de Letras)

Sin alejarme demasiado de la verdad podría decir que Julio Cortázar es mi cuentista preferido. Podría decir algo muy parecido de otros tres o cuatro autores de relato, y en cualquier caso siempre será cierto que Cortázar es uno de mis cinco cuentistas preferidos, y que alguno de los cuentos que más veces he leído en mi vida son suyos. Cortázar me reconcilia con los primeros años de violentos amores literarios y cada vez que vuelvo a pasearme por sus cuentos me reconcilia también con las lecturas en el presente, con la búsqueda inagotable de nuevas obras, porque muchos de sus cuentos vienen del pasado pero también me resultan tan nuevos como la primera vez.

Yo mismo he dicho muchas veces que Cortázar era mejor cuentista que novelista, quizá incluso mucho mejor cuentista que novelista, y creo, por lo que se puede leer en sus propios textos, que él no se sentía cómodo en esa definición. Cortázar, como Cheever, se sabía un excelente escritor de relatos, pero quería pensar que era un novelista igual de bueno. La novela más conocida y exitosa de Cortázar, aquella por la que medirlo, es Rayuela, ese libro mítico y de tanto éxito, un libro que funciona para muchos lectores como un rito de paso (algo que se hace por una tradición difusa a los veintipocos años, igual que un interrail) y que para muchos es su única lectura cortazariana, una de la que se pueden extraer frases descontextualizadas de las que antes se usaban para forrar carpetas. Rayuela, como ya anuncia la frase anterior, nunca me ha parecido para tanto. Es un libro que se lee bien, un tanto naif quizá, a ratos bonito, pero ni me parece gran literatura ni desde luego la mejor obra de Cortázar.

Así que con pereza mental me he ido reforzando con los años y las relecturas de los cuentos de Cortázar (y casi cualquiera de sus colecciones me vale en algún momento del año como relectura útil y a la vez refrescante) en la idea de que Cortázar es mejor cuentista que novelista.

Y que quede claro que esa idea no ha cambiado con la lectura reciente de Los premios, pero sí me ha hecho pensar que aunque Cortázar no se acerque como novelista a la excelencia que sí tuvo como cuentista, sí tiene, al menos, una muy buena novela, y es esta. Y me ha pasado algo parecido con Cheever y Los Wapshot (que reúne sus dos novelas dedicadas a esa saga familiar) y Oh, esto parece el paraíso, dos novelas a las que les reconozco méritos y a las que debo buenos momentos lectores, sin perder de vista que no se igualan en mi canon (si se puede seguir usando esa palabra) sus cuentos.

Los premios es una novela de aires kafkianos, algo que tienen muchos cuentos de Cortázar (aunque Cortázar los hace tan suyos que no se puede hablar de La autopista del sur, por ejemplo, y no sentir que aunque la inspiración de rama kafkiana está por ahí, el resultado es totalmente personal). En Los premios nos encontramos con una serie de personajes inconexos, o con conexiones mínimas entre ellos, que han ganado en una lotería un crucero en un viejo barco llamado Malcolm. El nombre y la apariencia del barco ya son el primer misterio, pues la única instrucción que han recibido es estar una tarde concreta en un café concreto con el equipaje listo para embarcarse.

El viaje de placer (y para algunos personajes de huida) empieza en una bruma de falta de información, y esa bruma se irá espesando con los días de viaje. No están claras ni las motivaciones de quienes les han dado ese premio, ni por qué algunas zonas del barco están prohibidas, ni cómo algunos momentos del pasado de los pasajeros, que van volviendo y nos son contados, influyen en toda la historia. Los pasajeros, de modo desorganizado pero simultáneo, quieren tomar la popa del barco, que les está prohibida.

Tenemos a una serie de personajes llenos de secretos en un ambiente cerrado, lo que nos recuerda novelas de misterio y viajes de Agatha Christie, y tenemos una habitación cerrada a la que no deben acceder, como en la historia de Barbazul, y con esos mimbres clásicos, la inspiración de Kafka, ciertos sinsentidos y el estilo narrativo de Cortázar, que se desenvuelve muy bien cuando nos narra, a modo de cuentos desgajados del centro de la novela, pasajes pasados de distintos personajes, o breves escaramuzas en el barco, acabamos teniendo un libro muy entretenido, que seguimos con interés hasta su desenlace.

No es una novela que justifique que dejemos de leer los cuentos de Cortázar, por supuesto, pero es una novela que puede complementarlos muy bien como lectura. Y es una novela, sobre todo, que entre tantas novelas magnificadas por los altavoces y los premios, los otros, los comerciales e institucionales, merece la pena leer para no perder la perspectiva y no olvidar lo que es un escritor indiscutible, de primera categoría, un referente de la literatura en español y del siglo XX. Y por contraste, lo que no lo es.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 1 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (I)


Vuelta al cole, vuelta al blog (I)

Todos los veranos son largos (más largos cuando uno trabaja como profesor, y ya pueden empezar las rondas de críticas populistas al gremio en este punto) y la lectura es una de las mejores maneras de llenarlos. Llevo una vida, la que tengo desde que aprendí a leer, llenando los veranos con libros. Libros que hacen que el tiempo pase a veces más rápido, a veces más lento, que lo vuelven casi siempre más completo.

Como cada año, había planeado ciertas lecturas y ciertos proyectos de escritura para el verano. He acabado arrancando dos proyectos nuevos de escritura, ninguno de los cuales es el que tenía planeado, y he seguido con laxitud mis propios planes de lectura, esos que inocentemente apuntaba aquí
No me inquieto, por supuesto, me gusta que unos libros me abran las puertas de otros, me gusta pasear sin rumbo por los pasillos de las bibliotecas, asomarme a sus mesas de novedades, leer reseñas y dejarme influir. Ya tenemos demasiados caminos estrechos y vías marcadas en la vida, seguimos demasiadas dietas como para convertir la lectura en otra actividad atlética, estresante o neutra y equilibrada.

He leído libros decepcionantes este verano, y también muy buenos libros. También esa clase de lecturas que ni te acaban de convencer ni atrapar, que quizá incluso podrías decir que no te han gustado, pero que te hacen repensarlas y dialogar con ellas, te convencen de que insistirás con el autor, tratando de entender por qué no has acabado de entrar en la obra.

He leído mucha narrativa, bastante ensayo, algunos cómics y ciertos libros de esos que son difíciles de clasificar. Resumo y destaco, y me valen como resumen del verano y espero que a alguien como lista de recomendaciones para la vuelta al cole los siguientes:

Relatos
Cuentos completos, de Mario Levrero: Me pilla el final del verano aún con los Cuentos completos de Mario Levrero en marcha, así que primero los terminaré y después tendrán su reseña propia. Adelanto, aunque no es sorpresa, que me están resultando apasionantes. Por varios motivos, el primero, porque en su composición, en su prólogo y su epílogo, dibujan a un Levrero entregado a su arte (¿?, quizá él rechazaría esa palabra), decidido a enfrentarse al sentido práctico del mundo, dispuesto a quemarlo todo por escribir un cuento más. Uno de los suyos, de los extraños, de los más extraños, lo que fuera salvo convertirse en lo que denominó (en ese texto ya editado y ahora recuperado, titulado Diario de un canalla, uno de sus primeros escritos en la línea de El discurso vacío y La novela luminosa, un texto semilla poderoso en el que ya aparecen la obsesión caligráfica y la operación que le hizo enfrentarse con la muerte, los puntos de partida de ambos textos) un canalla. Me fascina la imagen que de su padre dibuja su hijo Nicolás al final del libro, la de un escritor sin apenas reconocimiento, un creador que no tenía ni copias de sus propios libros para regalarle a su hijo cuando iba a pasar los veranos con él. Pero me fascinan mucho más los textos extraños, a veces simbólicos y a veces simplemente absurdos que forman los cuentos de Levrero, esa colección de disparates, malas ideas, imágenes poderosas y mala suerte. La manera en que lo fantástico rompe las puertas del cuarto de lo real y provoca destrozos. Los cuentos de Levrero pueden ser un buen punto de comienzo para quien quiera conocer cierta parte de su obra (la alocada, fantástica, en la que apenas asoma la reflexica, autoconsciente) y es sin duda un destino estupendo para quienes ya lo conozcan y quieran más.

Para seguir con cuentos, ya hablé de Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, que vuelvo a recomendar.

Novelas
La mujer helada, de Annie Ernaux: Este es uno de esos libros de los que decía que no me han gustado, estrictamente hablando, porque el modo de escribir de la autora, alejado de lo que está contando, frío, a ratos casi objetivista, no me ha hecho entrar en la historia, me ha mantenido siempre detrás de una barrera desde la que se me permitía asomarme. Pero por otro lado su contención y el peculiar uso del lenguaje, con una composición casi carente de ritmo, una escritura quirúrgica que no busca la música sino la transparencia, y el enfoque con el que se enfrenta a esta remembranza / ajuste de cuentas con las mujeres de su infancia, me han hecho querer leer más libros de la autora.

El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza: Es este un libro terrible, de dibujo oscuro y prosa plástica, en la línea de las obras de Ernesto Sabato, que remite a El túnel pero empeorando todo, volviéndolo todo más cercano y terrible, haciendo uso de esa maldición que siempre se invoca cuando una historia empieza diciendo que se basa en hechos reales. Aquí, Barón Biza, hijo, recrea el ataque brutal que su padre, también Barón Biza, también escritor, hizo a su madre a principios de los sesenta, rociándola con ácido, y el lento peregrinar de esa madre desfigurada con ese hijo que mira continuamente al abismo por clínicas y reconstrucciones. El desierto y su semilla, novela difícil de olvidar para quien entre en ella (con lo bueno y lo malo de esa frase hecha), fue la obra tardía de un novelista que estuvo preparándose toda su vida para contar esa historia horrible por escrito, y que poco después de hacerlo, vacío ya, se arrojó por la ventana de un edificio.

Vampiro, de Hanns Heinz Ewers: Valdemar tiene un fondo casi ilimitado de literatura gótica. El verano pasado disfruté mucho con El escarabajo, de Richard Marsh, una novela que en su tiempo compitió en popularidad con Drácula, y hoy prácticamente olvidada. Igual de olvidada, y emparentada con Drácula por motivos obvios, El vampiro, de Ewers, es una novela que mezcla la idea del vampiro con el derrumbe histórico de Europa a principios del siglo XX, trazando un dibujo de derrotas que va de un continente a otro entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ewers escribe una novela expresionista, y en ella no habla de nada sobrenatural, pero relaciona esa pestilencia ideológica que permitió que Alemania cayera en el nazismo con la presencia constante de manipuladores inmortales que van asumiendo una y otra forma, uno y otro discurso, dando como tesis de fondo que el mal nunca descansa, jamás se agota.

La hija de Jezabel, de Wilkie Collins: En la misma categoría de novelas de misterio decimonónicas (aunque esta es más una novela de detectives, sin serlo, que una novela fantástica, pues aquí no hay más fantasía que una concepción cercana a la brujería de la química primitiva, aunque es cierto que aquella química de principios del XIX era algo alejado de lo que hoy es esa ciencia) está esta. De Collins leí hace muchos años La piedra lunar y La dama de blanco, estas dos sí novelas de misterio detectivesco, de hecho para algunos críticos los primeros modelos de esa clase de novela, y he vuelto a leerlo con esta historia de amores folletinescos, envenenamientos, locos, clases sociales separadas por abismos, empresas familiares, secretos científicos y malas intenciones. Se lee con gusto e interés aunque es cierto que es previsible (casi demasiado, uno está esperando que la respuesta no sea la obvia y siempre es la obvia), pero está escrita con buen estilo, mucho ritmo (un ritmo que se mantiene bastante joven pese a los más de 150 años de la novela) y los trucos que estos novelistas victorianos utilizaban a final de cada capítulo para llamar la atención del lector (es una novela cuya primera vida fue en entregas con los periódicos, y querían asegurarse que alguien quisiera comprar la siguiente entrega), pese a lo baratos que resultan (al nivel de una serie como Cómo defender a un asesino, por compararla con más o menos actual y que peca de poca delicadeza a la hora de lanzar el anzuelo), funcionan.

Las hermanas Lacroix, de Georges Simenon: Es esta una de las novelas llamadas duras de Simenon. Una historia de podredumbre, asfixia en un clima pequeño, encierro en una familia llena de secretos, dobles intenciones, silencio, maldad. Un novelón de apenas 150 páginas que puede leerse en una tarde y que quizá sea una gran idea cogerla en una biblioteca y llevársela a un parque (o a una playa, ahora que se vacían considerablemente, quien pueda coger ahora las vacaciones y disfrutar de ellas) y merendársela en una tarde, antes de que acorten definitivamente. Se sigue incidiendo poco, me parece, en el gran autor que fue Simenon, autor de unas cuatrocientas novelas (más o menos oficialmente reconocidas) con un nivel medio siempre más que aceptable. Aprovecho también para recomendar una miniserie de episodios independientes con casos del comisario Maigret que vi este verano. Está protagonizada por Rowan Atkinson (sí, Mr. Bean).

Novelas negras discutibles, fáciles, entretenidas, placeres culpables: Una con una trama bien construida y una escritura bastante discutible, otra con una ambientación y un tono más duros y una escritura más sólida pero una trama más previsible, casi tópica. Las dos son de la colección Roja y Negra, que fundó, aunque no sé si sigue dirigiendo Rodrigo Fresán, a la que sigo mirando de cuando en cuando, siendo cierto que no ha repetido los niveles de excelencia de sus primeros títulos, aquella legendaria trilogía de Jake Arnott, el Sospechosos de David Thomson o la primera edición de El poder del perro de Don Winslow. Son Y tú, ¿qué clase de madre eres? (con un título bastante confuso, la verdad, aunque toma sentido en la trama), de Paula Daly, una novela muy oscura en entorno doméstico, que me ha recordado (aunque le falta mucha de su fuerza) las historias de Gillian Flynn, y Sirenas, de Joseph Knox, uno de esos retratos crudos y líricos de la noche en la ciudad, donde todos los gatos son pardos y la sangre de una víctima se confunde con la de la siguiente.

Relecturas:
Moby Dick, de Herman Melville. No ha sido una relectura completa, pero sí han sido más de doscientas páginas iniciales y algunos saltos hacia delante, y ha sido sobre todo un reencuentro plenamente satisfactorio con uno de mis libros preferidos, uno de esos ejemplos verdaderos de novela total, en los que cada idea apunta a muchas más, cada tema, por cerrado que parezca, se abre al mundo al completo, y nosotros, lectores limitados, tratamos de atrapar todos los sentidos que tememos que se nos estén escapando.

Rascacielos, de J. G. Ballard: No soy en realidad un gran experto en la obra de Ballard, aunque sí soy un entusiasta de aquellos libros que sí he leído. Sus cuentos (sus Cuentos completos, una mole que ocupa medio estante ella sola) me acompañan de cerca, y las novelas que he leído, que no han sido ni todas ni la mayoría, me han dejado huella. Una que leí hace años en una vieja edición y de la que luego vi una película interesante (aunque no buena), y que Alianza reeditó hace unos meses, es Rascacielos. Como casi todas las novelas setenteras (como la mayor parte de su obra posterior a los setenta, salvo la memorialística) de Ballard, dibuja una distopía cercana, en la que el principal problema es el egoísmo humano, el peligro y la sensación de que el aislamiento salvará a unos elegidos de la ira de los demás. Rasacielos dibuja a mediados de los setenta una nueva sociedad de clases, casi de castas, representadas físicamente por la planta en la que se pueden permitir en este futurista edificio. Y lo hace con la expresividad y la violencia poética con la que Ballard solía enfrentarse a los fantasmas.

Pre – lecturas
Caliento para la primera semana de trabajo. Compré en mi último viaje vacacional una novela, de esas clásicas, poderosas, inmensas, de las que dibujan el mundo que narran y la historia de la literatura. La cartuja de Parma, de Stendahl, de la que ya he leído algunas páginas, será mi primera lectura nueva del curso. Y de mi última visita veraniega a la biblioteca he vuelto con otro clásico, este del siglo XX y más cercano al culto, Trampa 22, de Joseph Heller. Y Las chicas, de Emma Cline, una novela que no es clásica pero que generó mucho revuelo (parecía uno de estos éxitos prefabricados, con autora novel a la que se estaba esperando para subirla a un pedestal, con mil traducciones contratadas en la Feria de Frankfurt antes de que el libro como tal existiese, etc.) y que me he decidido a leer ahora, habiendo dejado pasar un tiempo que me aleje del ruido inicial y me valga de colchón.

Y como me estoy extendiendo y esto se está haciendo muy largo, y así no habrá quien pueda ni quiera leerlo, seguiré en la próxima entrada.

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 3 de agosto de 2018

Algunos libros para el verano


Lecturas para el verano, alguna propuesta

El blog se va a tomar el mes de agosto de vacaciones. Antes, dejará algunas ideas para leer en días libres. Los libros no ayudarán a que bajen las temperaturas de una ola de calor, pero la harán más llevadera. Esta breve (por rápida, aunque será extensa en cuanto a títulos recogidos) lista de libros es esencialmente la lista de mis intereses y posibles lecturas para esta época. Son vacaciones, y aunque realmente no leo más en vacaciones (incluso según semanas y lugares diría que a veces leo menos), sí intento leer distinto. Se reduce el tiempo de lectura diario en el transporte público (esa bendición de las grandes ciudades, en las que, ya que no hay mal que por bien no venga, disponemos de una hora o más muchos para leer tranquilamente cada día) y aumentan momentos de lectura en parques, playas, piscinas, etc. Cambian también mis preferencias, o quizá no tanto, pero al menos parte de ellas. Y trato, de alguna manera, recuperar aquellos veranos de mi infancia en los que pasaba horas seguidas leyendo, muchas veces tumbado en el suelo, que era el lugar más fresco de la casa en aquellos años sin internet ni aire acondicionado. Ahora leo por la tarde con el aire acondicionado puesto y el móvil insistiendo en romper mi concentración (aunque por suerte es posible silenciarlo). No obstante, una de mis constantes de lector de verano sí trata de conectar con aquel niño y lo hace a través de libros del siglo XIX, clásicos entretenidos, de misterio, terror o aventuras, que me retraigan a las lecturas iniciales de Drácula, El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde o El conde de Montecristo. Como profesor, mis años mentales empiezan en septiembre y acaban en junio, y el verano me vale como prórroga en la que terminar ciclos de lectura, así que también aprovecho el verano para intentar leer libros a los que no he podido acercarme durante el invierno (para lo cual ayuda que la afluencia a las bibliotecas se reduce, y libros que siempre están prestados vuelven a sus estanterías), tanto narrativa como ensayo. Por último, me encanta abandonarme en verano a la lectura de Cuentos completos de algún autor, y cada verano trato de elegir uno o dos en los que concentrarme.

Pasamos a los libros, que organizaremos más o menos temáticamente.

Narrativa contemporánea:
Homo Lubitz, de Ricardo Menéndez Salmón: He leído (siempre con gusto e interés) las novelas y los relatos de Ricardo Menéndez Salmón. Hasta El sistema, que me pareció floja. Pero todo el mundo tiene un mal libro. Y este libro, con aires cercanos a Don DeLillo (la editorial, que es la de ambos, ha querido también marcarlo con la portada), me ha interesado.

Departamento de especulaciones, de Jenny Offill: Hace como un par de años que escuché por primera vez buenas cosas sobre este libro. Su nombre ha surgido periódicamente en conversaciones, lecturas, y me esperaba. Siempre que lo he buscado ha estado prestado en la biblioteca, pero casualmente estaba disponible en mi última visita.

El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuele Carrère: A finales de junio asistí a la charla que Carrère dio en Casa de América. Allí se habló mucho (claro), de no – ficción, de sus novelas y proyectos. Y hablaron de sus primeros trabajos, todavía en los años ochenta, particularmente de estas dos novelas, de las que se dijo que eran buenas, sólidas, y tuvieron cierto reconocimiento. Me dieron ganas de averiguar si aquel Carrère de treinta y pocos años era un buen narrador y si quizá no hemos perdido a un novelista de ficción de valor.

Fuego, de Joe Hill: Hill, el hijo talentoso de Stephen King (hay otro hijo que firma libros con su padre, un libro cuando menos prescindible), publicó esta novela hace un par de años. Es de esos libros a los que no te puedes acercar en la biblioteca, pero espero que el verano cambie eso. Todo lo que he leído hasta ahora de Joe Hill está bien armado, es adictivo, entretenido, es narrativa de terror de primera, con todas las virtudes de los mejores libros de King y quizá incluso algunas más.

Todo lo que no te conté y Pequeños incendios por todas partes, de Celeste Ng: La colección de Literatura Contemporánea de Alba se está convirtiendo en una garantía de buena lectura para mí. En la Feria del Libro estuve ojeando estos libros, aunque terminé por no comprarlos cuando vi que estaban en la biblioteca que más visito. Historias de terror cotidiano, de incomunicación familiar, odios larvados, explosiones. Vida y muerte.

Posesión. Un romance. De A. S. Byatt: Mucha gente (amigos, conocidos, y también escritores a los que leo) han ido recomendándome con un nivel de entusiasmo que te hace sentir mal no seguir a A. S. Byatt. No sé muy bien por qué, pero no ha entrado todavía en mi dieta de lecturas. Investigando un poco parece que esta es la novela ideal para empezar con ella.


Libros sobre escribir y escritores:
No creo que sea necesario explicar demasiado de libros con estos títulos y nombres. Simplemente intentaré aprovechar que tienen ediciones bastante recientes y están en el mercado.
Diarios de Kafka
Cartas de John Cheever

Cuentos completos (o escogidos) de:
Vladimir Nabokov
Joy Williams
Isaac Bashevis Singer

Ensayos sobre temas variados:
Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield.
Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs
Del boxeo, de Joyce Carol Oates
Confesiones de un chef, de Anthony Bourdain
Manifiesto Redneck, de Jim Goad
Las especias: historia de una tentación, de Jack Turner

Clásicos que no he leído todavía:
El agente secreto, de Joseph Conrad
Trilogía de Los sonámbulos, de Hermann Broch
El escarabajo, de Richard Marsh
Oblómov, de Ivan Goncharov

Libros (clásicos, al menos de mi vida, aunque no todos ellos tengan esa consideración) que me planteo releer en verano:
La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson
La novela luminosa, de Mario Levrero
Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain
Cuentos completos, de Nikolai Gogol
La mancha humana y Me casé con un comunista, de Philip Roth
Ruido de fondo, de Don DeLillo
Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett
Historia argentina, de Rodrigo Fresán
El umbral de la noche, de Stephen King
Cuentos completos, de J. G. Ballard

Seguiremos leyendo y comentaremos algunos de estos libros en septiembre.

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 20 de julio de 2018

Desorden moral, de Margaret Atwood


Desorden moral, de Margaret Atwood (Bruguera)

Margaret Atwood es una de esas escritoras a las que se les podría aplicar lo de Eterna candidata al Premio Nobel. Me imagino que no lo ganará, que esos académicos que tienen en cuenta miles de factores al margen de la escritura de un autor, tuvieron que elegir entre ella y Alice Munro, y al ganarlo Munro en 2013, la suerte de Atwood quedó echada. Ambas son mujeres canadienses de una edad parecida, y aunque en sus temas y tramas creo que no se parecen demasiado (Munro es puramente chejoviana y solo retrata lo más cercano, es una de esas autoras que puede parecer que escriben siempre el mismo cuento, aunque como toda verdad obvia es mucho más compleja; y Munro es como una pintora que parece haber dibujado un simple paisaje pero cuántas capas superpuestas tiene ese simple paisaje, qué complejidades técnicas encierran sus relatos; si lees sobre las tramas de Atwood, tira más de imaginación y se aleja más de su propia realidad). Leí bastante en una época de mi vida a Alice Munro y apenas había leído hasta ahora a Margaret Atwood. Leí los cuentos de Érase una vez, originales aunque un tanto repetitivos, y empecé el verano pasado a leer El cuento de la criada, en pleno éxito de la serie de televisión. El primer capítulo de la serie me aburrió soberanamente, y la dejé, y creo que influyó en mi lectura, que se me hizo pesada, predecible, y acabé por dejar la novela, aunque quiero volver a intentarlo en el futuro.

Con ese escaso bagaje lector de la obra de Atwood (más el cuento infantil Arriba del árbol) cogí de la biblioteca Desorden moral. Es, para empezar, un libro que es una novela y una colección de relatos a la vez. Supongo que una de las maneras más sencillas de estructurar una novela (no por esa sencillez menos válida y si se hace bien, como es el caso, sirve para alcanzar cotas de brillantez tanto como cualquier otra más sofisticada). Vamos siguiendo, a modo de postales, o de fotografías que uno se encuentra al cabo de los años apiladas en una vieja caja, tal vez en un desván, la evolución (o no tanto, porque tampoco toda trama debe dibujar una evolución, la construcción de un arco narrativo está muy bien pero a veces puede olvidarse en nombre de otras cualidades de un libro) de una mujer, Nell, desde que es una chica canadiense, hasta que llega a ser una mujer casi anciana.

Son once relatos en el que Atwood huye del recurso quizá más sencillo, que sería ir enlanzando anécdotas de tramas de un relato al siguiente. Mantiene a la protagonista y nos va presentando momentos aislados en distintas épocas, y así vamos conociendo a su alrededor los personajes que completan su vida, su hermana, sus padres, profesores.

La escritura de estos relatos (o capítulos) es limpia, casi transparente en muchos momentos, alcanzando esa cima que es que el autor prácticamente desaparezca y el estilo sea la perfección del mismo, su aparente desaparición. La descripción es ágil, sin recreos, pero suficientemente expresiva y llena de matices (y ahí encuentro un parecido más que razonable con Alice Munro, en esa manera de recrear vivencias sencillas con un lenguaje sencillo y una sintaxis que tiende a la sencillez, aunque no a la telegrafía, y a la vez que vamos leyendo esas capas de escritura sencilla sobre existencias sencillas vamos dibujando nosotros, lectores, montañas de realidades que se cuelan por ella como plantas entre las grietas). Veo, leyendo sobre Atwood, que quizá no es este el libro más representativo ni de sus inquietudes formales ni temáticas, aunque quizá sí sea uno de los más cercanos a lo memorialístico o autobiográfico. Los relatos avanzan como toda narración bien engranada, y generan una sensación de placidez y recreo en quien los lee, aunque no sean necesariamente plácidos ni recreativos. Atwood, en estos textos, parte de la idea de no describir el comportamiento de un personaje, sino mostrarlo tal y como se comporta, y que se describa por sus acciones más que por las palabras de una voz externa.

Se acaba de leer Desorden moral y se piensa una vez más en cuántos escritores y escritoras quedan por ir descubriendo, y se investiga un poco más en la bibliografía de Margaret Atwood tratando de elegir bien la próxima lectura que se haga de esta autora canadiense. Porque quedan las ganas de recomendar firmemente Desorden moral y de seguir leyendo a su autora.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 7 de julio de 2017

Recomendaciones para el verano (I)

Recomendaciones para el verano (I)

Este verano el blog va a tomarse vacaciones. Por distintos motivos, pero especialmente para oxigenarlo y para disponer de tiempo para determinar si merece la pena seguir con un empeño que nadie me pide que lleve a cabo y que como tal siempre despierta en uno mismo la sospecha de si no se tratará de una labor absurda.

Algunos de estos libros ya estaban reseñados. Otras recomendaciones son las de siempre. También aprovecharé para recomendar algunos libros que he leído en lo que va de 2017 pero que se han ido quedando fuera del blog.

Algunas recomendaciones van más explicadas, otras menos. Espero que alguien pase por este blog casualmente, se detenga a leer esta entrada, que no tengo claro si no será la última, al menos por un largo tiempo, y se decida a escoger alguno de estos libros para que le haga compañía durante estos dos próximos meses.

¿Qué buscamos leer en verano? Depende de cada cual. Hay quien quiere libros ligeros. Quien quiere libros de género negro o de terror, quien prefiere leer ensayo o repasar las novedades del curso. Otros eligen relatos, novelas filosóficas, completar la obra completa de autores a los que admiran. Muchos optan por dedicar el verano a los clásicos a los que nunca se acercan en invierno.


Cuentos
Cuentos completos de Nikolái Gógol (Nevsky): Si alguien me dijera: Recomiéndame, por favor, un único libro para leer este verano, y me especificara que quiere que ese libro sea largo, denso, complejo, pero también divertido, como el mundo, triste, alegre, poliédrico, como la vida. Si alguien me dijera eso, le recomendaría sin duda este.


Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret (Siruela): Si queremos cuentos cortos, que se lean deprisa y se piensen lentamente, debemos leer a Keret. En verano y en invierno. Imagina que tu situación es la de: Solo puedo llevarme un libro a esos días de hotel de playa. Puedes elegir llevarte a Keret. En sus páginas tendrás toda clase de situaciones, sensaciones, subidas y bajadas. Tiene algo mágico el escritor israelí. Es capaz de coger una historia, desplegarla en toda su riqueza, dejarla caer, resucitarla, darle el fin que se merece, y hacerlo en solo 2 o 3 páginas. Este libro reúne todas sus colecciones de cuentos traducidas hasta el momento. Un caramelo que no pierde sabor.

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino, de Diego Sánchez Aguilar (Balduque): Tras ese título tan horrible, que parodia los titulares de las revistas tipo Cosmopolitan, se esconde una colección de relatos que nos habla, o así lo entiendo, de las relaciones de pareja, de trabajo, de las esclavitudes y relaciones de poder que se establecen en todas ellas. Habla de la sociedad del policonsumo, en la que todo se enfoca en términos de compra y triunfo, todo, tristemente todo. El libro no se limita a desarrollar ideas interesantes, que ya sería una muy buena noticia, sino que añade además un dominio de la forma admirable. Es un libro de siete cuentos bastante largos, variados en su escritura, muy rico literariamente. No por nada, dicho libro, el primero de narrativa de Diego Sánchez Aguilar, se llevó el Premio Setenil 2016 al mejor libro de relatos publicado ese año.


Tejidos y novedades, de Cristina Grande (Xordica): Qué pocos autores saben condensar en 2 páginas cuentos completos. Qué gusto da tener amigos que te cuentan una anécdota y lo hacen tan bien que no los interrumpes ni un instante, sino que callas y escuchas. Cristina Grande es una autora capaz de desarrollar todo un relato en 2 páginas o menos. Y a la vez es esa amiga que nos cuenta una anécdota aparentemente trivial pero que queremos saber cómo sigue y de la que alguna lección sacamos siempre, aunque solo sea la convicción de que la vida no nos enseña nada casi nunca. En Tejidos y novedades, la autora recogió sus dos primeros libros de cuentos, prácticamente inencontrables (La novia parapente y Dirección noche) y algunos otros textos. Un librito delicioso del que ir tomando una lectura al día durante el verano, a modo de vitaminas para el cerebro.

Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica): Qué sol hace en verano. Y cómo nos molesta a algunos, que no sabemos ya qué hacer para huir de él. Hablé hace poco de El jardín, de Ismael Grasa, y allí dejaba de pasada una referencia a mi absoluta devoción por este libro.





Me gustan los cuentos, y me gustan los cuentos de terror. No olvidemos que el padre en muchos sentidos del relato moderno es Edgar Allan Poe, y construyó su referencia desde el terror y lo fantástico. Sin dar muchos más motivos, se me ocurre que son buenas lecturas o relecturas para este próximo verano:

Pesadilla a 20.000 pies y otros cuentos insólitos y terroríficos, de Richard Matheson (Valdemar): Matheson es uno de los padres del relato de terror americano contemporáneo. En esta recopilación de la editorial Valdemar Stephen King escribe el prólogo y reconoce su deuda con él. Algunos de sus cuentos están en cualquier antología de relato fantástico y de terror, y quien los lea reconocerá su influencia directa e indirecta en muchas películas y series de televisión.




Fantasmas, de Joe Hill (Suma de Letras): Joe Hill es el hijo de Stephen King. Muchos escritores de terror jóvenes lo son en un sentido figurado, y él también lo es en ese sentido, pero él además lo es literalmente. Tan pesado debió ver el fardo de expectativas que le cargarían si publicaba con su nombre, que eligió un pseudónimo para publicar sus libros. Y este fue el primero. Una colección que recorre los lugares comunes del género fantástico, y le aporta algunos enfoques sutiles, originales, realmente valorables.




Relatos de Stephen King: Si recomiendo los libros del hijo de Stephen King y uno de sus padres literarios, deberíamos cerrar con los libros de relatos del propio King. Aparte de un novelista solvente, que lo es, creo que Stephen King es uno de los mejores escritores de cuentos de su generación. A mi entender, así como la calidad de sus novelas ha bajado bastante desde los años 80 (después de Misery, aproximadamente), nunca ha dejado de ser un cuentista a tener muy en cuenta. ¿Qué colecciones leer? Yo he leído y todas merecen la pena El umbral de la noche (1978), Pesadillas y alucinaciones (1993), Todo es eventual (2003), Después del anochecer (2008). Todos los veranos pasamos una semana en una casa en el campo, sin wifi ni teléfono, y siempre me llevo uno de ellos conmigo.


El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, de Joyce Carol Oates (Alba): Fue un descubrimiento casual en la biblioteca. Últimamente he leído varios libros de Joyce Carol Oates, pero tiene tanto escrito, tanto traducido ya y publicado en tantas editoriales que es muy difícil tener algo parecido a un plan de lectura con ella. Este librito es perfecto. Nada falla en él. Todo nos toca, nos tensa, nos perturba.




Un libro de difícil clasificación

Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem (Alianza): ¿Por qué no dedicar el verano a leer relatos que son a la vez cuentos, reflexiones filosóficas, estudios mitológicos y teológicos, aventuras desvariadas, reflejos deformados del mundo y críticas a la autoridad? ¿Por qué no? Y, ¿por qué no empezar con los Diarios de las estrellas?





Novela contemporánea

Pánico al amanecer, de Kenneth Cook (Seix Barral): Llegué a esta novela a través de alguna reseña. Apunté el título hace meses y por fin lo leí hace unas semanas. La cubierta de la edición española (primera traducción, 50 años después, de una novela de amplio éxito en el mundo anglosajón) nos muestra la admiración de J. M. Coetzee y Nick Cave por este clásico de la literatura australiana. Para mí es suficiente con eso. La novela nos presenta a John Grant, un profesor destinado a un pequeño pueblo del interior de Australia, donde da clases en una escuela rural entre silencio, polvo y sol abrasador. Se muere de asco, pero debe cumplir 2 años antes de regresar del exilio. Después del primer curso, tiene 6 semanas de vacaciones por delante. Pero, algo pasará. Tiene que pasar una noche, antes de ir hacia Sidney, en la ciudad de referencia del condado. Allí todo se lía y acaba perdiendo hasta el dinero para el billete de autobús en una timba. Sin dinero y atrapado en esa falsa amabilidad, irá descubriendo un mundo de violencia sorda, ciega, mientras va cayendo poco a poco en la locura.

La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami (Tusquets): La última vez que pasé de 50 páginas en un libro de Murakami fue en 1Q84. Nunca he sido uno de sus fanáticos lectores, pero sí lo he leído con gusto muchas veces. Pero se me había acabado el gusto por sus historias. El verano pasado leí sus dos primeras novelas cortas, recién traducidas, y sin entusiasmarme, me hicieron reencontrar ciertas sensaciones de lectura. La caza del carnero salvaje, que ha sido reeditada hace poco, es una de las primeras novelas de Murakami. Se trata de un libro extraño, pero que me enganchó. Como en muchos libros del autor, la extrañeza acaba siendo forzada y hay puntos en los que no se sabe si calificar lo que se está leyendo de imaginativo o ridículo. Me ha gustado la novela, de todas maneras. Como sus novelas se van traduciendo y editando en un orden no estrictamente cronológico, se pierde a veces la referencia de la evolución de su escritura. Y he encontrado en ella conexiones con las dos primeras novelas cortas del autor (Escucha la canción del viento y Pinball 73) y con otra novela que estaba bastante bien como Baila, baila, baila. No hay que ser un sutil lector para encontrarlas, la verdad, pues aparecen en esta Caza del carnero salvaje personajes de las primeras y paisajes de la segunda. Leídas estas tres obras como trilogía dibujan un interesante Murakami, bastante distinto del que luego ha sido (no pretendo decir que mejor, pero sí otro).

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Anagrama): El verano es una época propicia para que muchos juntaletras aborden la escritura de su primera novela. Quizá lo primero que deberían hacer es echarse a la cara esta novela de Esther García Llovet y ahorrarse en muchos casos el esfuerzo. No es, por desgracia, un libro cuya lectura anule las ganas de escribir. De hecho esta magra novela bolañesca consigue lo contrario.


Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (Anagrama): Si recomendamos una novela de indudable aire bolañesco, por qué no ir directamente a por una del propio Roberto Bolaño. Entre los escritores parece haberse puesto de moda citar Nocturno de Chile y Estrella distante como las novelas más perfectas de Bolaño (que puede que lo sean, pero en cuanto a novelas no siempre lo más perfecto es lo mejor). Los lectores snobs se decantaron casi desde el principio por la muy oscura 2666 como novela superior del mito. Y parece, entre tanto, que Los detectives salvajes queda como una novela poco reivindicada. Cuando es lo contrario, la novela a reivindicar, a leer, releer, regalar y comentar. Creo que si dentro de 50 años sigue quedando un único Bolaño será el de esta novela. Excesiva, divertida, llena de digresiones, de viajes sin terminar y caminos abiertos que no se cerraron. El propio Bolaño dijo alguna vez que desconfiaba de quienes elegían Bartleby el escribiente, cerrado, pequeño y perfecto, frente a Moby Dick, descompensada y apabullante. Irónicamente parece que está pasando algo así con su propia obra, y el verano puede ser una buena oportunidad para volver a los orígenes del mito. Yo desde luego la releeré en ratos de fresco en los bancos de los parques.

Los cinco y yo, de Antonio Orejudo (Tusquets): ¿Es Antonio Orejudo el mejor escritor de su generación? No lo sé, pero digamos que sí. Por no perder el tiempo en discusiones bobas, digamos que está entre los mejores escritores de su generación, junto con Rafael Reig, Marta Sanz, Rafael Balanzá, Belén Gopegui o Javier Cercas. La pregunta que Los cinco y yo nos lanza a los lectores, a los de la novela y en general de novela española, es: ¿y qué? ¿A quién le importa qué has escrito, Antonio Orejudo? Y es verdad, no le importa a nadie. Ha dejado de importarle a nadie quiénes son los mejores novelistas de este país. Para el gran público la nueva narrativa española se cerró con Javier Marías, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina etc. Ellos agotan ediciones, tienen premios, escriben en El País. Los demás se tienen que joder. Con la excepción de Cercas, que sí ha saltado a esa oficialidad. La novela de Orejudo parte de un mito que otorga únicamente a su generación, las novelas de Los cinco, de Enid Blyton, y a partir de ahí construye una autoficción en la que se ve que esos niños del baby boom y la tan cacareada EGB se quedaron en medio de un sandwich bien triste. Los que eran 5 – 10 mayores que ellos se situaron bien en la Transición y se quedaron con todos los cargos políticos y el prestigio cultural de los siguientes 40 años. Los que son 10 años más jóvenes empezaron a hacer ruido hace unos años y a escupir hacia atrás, salpicándolos también a ellos. Les quedan Los cinco y los partidos de fútbol en los descampados del extrarradio de las ciudades como consuelo. Magro consuelo, me temo.

La semana que viene más.

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Sr. E