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lunes, 23 de diciembre de 2019

Pedigrí, de Georges Simenon vs. Un pedigrí, de Patrick Modiano, junto con Las mañanas del café Rostand, de Ismail Kadaré


Pedigrí, de Georges Simenon (Acatilado) vs. Un pedigrí, de Patrick Modiano (Anagrama), acompañados ambos por Las mañanas del Café Rostand, de Ismail Kadaré (Alianza)

Hay un tipo de autor que gana los Premios Nobel (Modiano), uno que siempre aspirará aunque probablemente muera sin ganarlo (Kadaré) y otro tipo de escritor al que nadie se ha planteado nunca en serio (quizá como boutade) dárselo (Simenon). Esa diferencia no habla a favor ni en contra de la obra de ninguno de ellos, ni tiene por qué hablar a favor o en contra de los Premios Nobel, añadiría. Es algo que sencillamente es así. Los lectores lo sabemos, y puede importarnos más o menos (o nada) a la hora de leer. No creo, y empiezo provocador, que quien haya leído un número suficiente de libros de Kadaré, Modiano y Simenon sitúe a Modiano en el primer lugar de sus afectos. Según días, yo no tengo del todo claro si Kadaré estaría por encima de Simenon o sería al revés, pero sé que Modiano vendría después de los dos, a cierta distancia.

Y eso queda dicho antes de añadir que Modiano tiene claras virtudes como narrador, el manejo de la memoria, la sutilidad escribiendo, y el dominio absoluto de una época, un lugar y sus recursos. Hasta se podría decir que Modiano es el dueño de un cierto tipo de libros parisinos, de posguerra y con una fuerte carga autobiográfica. Y siempre es un mérito haber sido el creador de algo. Suponiendo que realmente hubiera dos tipos de escritores, los que viajan de libro en libro moviéndose con las mismas formas y obsesiones, y quienes cambian de tema y adaptan la forma entre una obra y la siguiente, sin duda Modiano estaría en el primero de los grupos. En el fondo, como Kadaré y Simenon, aunque estos pueda parecer, en una primera fase de lectura, o desde una cierta distancia, que se mueven más.

Un pedigrí, de Modiano, son unas memorias de infancia y juventud en las que el autor se coloca aún más en el papel de narrador de lo que hace en los otros libros suyos que he leído (Una juventud, Los bulevares periféricos, El café de la juventud perdida). Modiano explica y se explica a través de la historia de sus padres, personajes extraños, que nunca acabaron de encontrar su hueco en el mundo y con ello hicieron que Modiano nunca tuviera una referencia fuerte en la que apoyarse (ni contra la que rebelarse, llegado el momento). Y lo hace en unos años en los que cada pequeña historia se entremezclaba aún con la Guerra Mundial recién terminada, con historias de la ocupación y con míticas valentías y miserables cobardías. Un pedigrí trabaja desde la idea (siempre un tanto afectada, aunque en muchos casos tenga algo de cierto) de que la literatura salvó al autor y protagonista. Un pedigrí, que ni mucho menos es un mal libro, se me queda corto si lo comparo con la impresión que guardo de la lectura de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Pèrec, un autor al que Modiano creo que imita tomando formas casi opuestas (por incoherente que parezca), ya que también sentí que Los bulevares periféricos era como una versión reducida (y menor, y bastante peor) de Las cosas: una historia de los años sesenta y La vida: instrucciones de uso. Pero está claro que en Un pedigrí, Modiano, con el título elegido, más que con Pèrec, está dialogando con las memorias de Georges Simenon, tituladas, precisamente Pedigrí.

Pedigrí es un libro extraño en la narrativa de Simenon. Simenon, conocido en gran medida por su serie de novelas del inspector Maigret, uno de los grandes investigadores del alma humana del siglo XX, y más allá, por sus novelas negras – grises, en las que disecciona con habilidad de entomólogo las miserias y problemas de la clase media de provincias, y en las que no faltan referencias notables a los males del siglo XX (como por ejemplo en El tren, una novela sobre los campos de concentración) ni los experimentos casi existencialistas (La huida, un libro escrito a la sombra de Kafka y Camus y al que remite directamente El bigote, de Carrère). Pedigrí, de 1939, es una novela que Simenon aprovecha para escribir sus memorias de infancia y juventud bajo el nombre de otro niño y otro adolescente, al que trasvasa sus vivencias, las de su familia, sus inseguridades y heridas. Simenon le da al libro un tono íntimo que no es el habitual en sus novelas, en las que el dibujo psicológico de los personajes, siempre muy acertado, se hace desde fuera e incluso diría que con cierta frialdad. Tiene páginas magistrales y se cierra dejando paso a la continuación de esas memorias, una continuación que nunca escribió de manera directa, aunque Simenon sí escribió otros dos libros íntimos, tomando en esos casos la primera persona y su nombre propio, fue en Carta a mi madre y Memorias íntimas, libros que ahora mismo son imposibles de encontrar y que espero que en algún momento Acantilado (que ha decidido asumir a Simenon como lo que es, un autor de primera, un novelista fundamental del siglo XX, y ha ido reeditando algunos de sus libros) edite.

Pedigrí, desde el título, nos lleva a la idea de los antecesores como seres determinantes, la posición de los padres como precursores de la personalidad de un niño y a largo plazo del adulto en el que se convertirá. Los problemas de la infancia siempre son difíciles de superar, y muchos se quedan ahí, marcándonos. En este libro podríamos decir que los principales son el sentimiento de soledad, la incomprensión entre el niño y sus padres, y la inseguridad que ello le va provocando.

Con las inseguridades, aislamientos e incomprensiones ha trabajado siempre mucho (y bien) Ismail Kadaré, tanto con las inseguridades e incomprensiones propias del artista y el escritor como con las históricas, comunitarias y nacionales de su Albania natal. Kadaré es en sí mismo una literatura nacional, la albanesa, en una medida mucho mayor que la que se me ocurre para ningún otro autor – país. Tanto es así que en este libro, el último que de momento se ha publicado en España, Las mañanas del café Rostand, incluso lo llevan como parte de una pequeña comitiva al Vaticano a reunirse con cardenales para hablar de los problemas de su país. Las mañanas del café Rostand es un conjunto de textos memorialísticos, vivenciales, relacionados en mayor o menor medida con París, ciudad en la que Kadaré vive, yendo y viniendo a Tirana (en función de las circunstancias del país, sobre todo) desde hace décadas.

El primero de esos textos es el que le da título al libro, y nos habla de ese café, uno de esos clásicos cafés de París para escritores y periodistas, del que Kadaré se hace habitual desde que llega (después de múltiples peripecias literario – burocráticas) a París. Nos va mostrando las miserias y excentricidades habituales de esta clase de establecimientos.

Las mañanas del café Rostand, en general, es un libro de recuerdos de un escritor ya mayor, que recuerda los grupos de jóvenes poetas albaneses a los que frecuentaba en su juventud, que habla de su experiencia en el Instituto Gorki de Moscú (experiencia iniciática en su vida, a la que dedicó el estupendo libro El ocaso de los dioses de la estepa). Es un libro de paseos, en el que el autor, desde una edad avanzada, mira con ironía las cuestiones referentes al éxito (o al fracaso) literario, a la perdurabilidad de la obra de uno, a la trascendencia, y que se lee también con un ritmo reposado, de mesa de café de aires intelectuales y paseos por bulevares y jardines.

Fue en uno de esos paseos leídos cuando se me ocurrió volver a leer a Modiano. Kadaré cuenta que se cruzaba con él por los Jardines de Luxemburgo con frecuencia, y que los dos se reconocían pero fingían no conocerse, y que él, Kadaré, alguna vez pensó en saludarlo, y estaba decidido a hacerlo cuando apareció la noticia de que Modiano era por primera vez candidato al Nobel, condición en la que Kadaré llevaba ya décadas. Pensó que estaría bien felicitarlo y hacerle ver, por otra parte, que lo normal era no pasar nunca de esa condición. Esa conversación no llega, pero empiezan a saludarse con un gesto. Y unos meses después Modiano gana el Nobel y cuando Kadaré quiere encontrárselo para felicitarlo, se da cuenta de que ha desaparecido, y no regresa a sus paseos hasta meses después, cuando todo ha quedado atrás. Es un momento de narración muy bonito, muy representativo de este libro y de la siempre detallista escritura de Kadaré, que te transporta a donde quiere en cada página. Y es a la vez un ejemplo perfecto de una relación entre dos escritores en la que “el perdedor” no se muestra envidioso ante la suerte del vencedor, y una muestra de literatura en la que se nota que Kadaré sabe, como quien le lee, que él es mejor escritor, y que esa estirpe de grandes escritores que nunca ganaron el Nobel quizá sea la suya.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 31 de mayo de 2019

El caso Maurizius, de Jakob Wassermann


El caso Maurizius, de Jakob Wassermann (Acantilado)

Después de terminar la lectura de El caso Maurizius, tras una semana con el libro encima a todas horas, hice uno de esos ejercicios estériles: me acerqué a la solapa que la editorial había preparado para hablarme del libro que ya había leído. Me encontré con que nos contaban (y eso será verdad en un grado variable y nunca conocible, porque las referencias a los prestigios pretéritos y las llamadas del tipo recuperamos un clásico olvidado, una voz ineludible, son baratas y difíciles de contrastar) que en su época (años 20 y 30 del siglo XX, aproximadamente) Wassermann había sido comparado con Dostoievski, y le encuentro una parte de razón a tal comparativa, por esa profundidad psicológica en el retrato que ambos manejan, porque muchos de los personajes de El caso Maurizius cargan con un sentimiento de culpa que condiciona en gran medida su manera de actuar y los problemas en los que se van metiendo, y también, en gran medida, porque ninguno de los dos huye de la estructura y el tono del culebrón, no temen ser exagerados en la exposición de sentimientos, no huyen de las damas que se desmayan ni sienten que deban rebajar el tono para sonar creíbles. Quizá todo era mucho más melodramático hace cien años y hace ciento cincuenta, o tal vez simplemente no necesitaban la verosimilitud para sentir que lo que estaban contando era verdadero.

Porque El caso Maurizius es una novela llena de verdad. O de vida, no lo sé muy bien. La trama puede ser enrevesada de resumir sin desvelarla, pero en realidad da lugar a una lectura bastante lineal y sencilla, capaz pese a esa linealidad y sencillez de levantar un mundo propio muy potente poblado por unos personajes complejos y que se presentan al principio casi como arquetipos (el padre autoritario que nunca se equivoca y jamás cambiará de opinión, el adolescente soñador, la abuela déspota, el profesor inteligente pero poco práctico, el hombre viejo que no ha perdido la fe si no en la justicia, al menos en algo parecido a la justicia) pero que van evolucionando.

La persona que leyó de la biblioteca (y no creería que fuera a ser un libro muy popular, pero hace cosa de un año que me enteré de su existencia y lo llevaba apuntado y siempre que lo he buscado ya estaba prestado) El caso Maurizius antes que yo se había ido haciendo un esquema con los nombres de los personajes y su papel en la trama. Lo sé porque ese esquema, perfectamente doblado y con una pulcra letra, se quedó dentro del libro. Creo que no es una novela que necesite guías de lectura. Nos encontramos con una familia de bien, los Van Andergast, personajes respetados en su ciudad de provincias: el padre, fiscal del Estado, el hijo, buen estudiante, un adolescente que no parece problemático, la abuela, que vive en una casa a la que acuden los domingos a modo de visita rutinaria, rinden pleitesía y salen, la madre del chico fue expulsada de la casa familiar y vive prácticamente en el exilio, escribe cartas a las que el padre casi no se molesta en contestar, el hijo sabe de ella a través de su abuela. El padre y el hijo tienen una criada en casa que se encarga de las cuestiones prácticas.

¿Quién es Maurizius y cuál es el caso que lleva su nombre? Un día aparece por casa de los Van Andergast un viejo hombre con gorra de plato en el que pronto Etzel, el hijo, se fija. Dice ser Maurizius, y cuando le pregunta a su padre, este no quiere contestarle ni darle demasiados detalles. Llevado por la curiosidad, Etzel va descubriendo que ese viejo es el padre de un hombre condenado, Maurizius, cuyo caso llevó su padre. El anciano defiende aún la inocencia de su hijo, y convence, sin mucha dificultad, a Etzel de que en aquel caso pasaron cosas extrañas. El caso juzgado, que el fiscal Van Andergast llevó con solvencia, consiguiendo una condena fácil, fue el del asesinato, por disparo de bala, de la mujer de Maurizius.

La novela nos va desvelando la vida de Maurizius, profesor universitario, intelectual, un hombre formado y amante de los placeres de la vida, que se casó con una mujer mayor que él, no particularmente llamativa, pero sí con una fortuna bastante mayor que la suya. La hermana de la mujer, la bella Anna, pronto acabaría viviendo con ellos, y poniendo en marcha un enredo de engaños y caídas que al principio parece fácil de seguir y previsible, pero que se va complicando.

Sin entrar en los detalles que puedan desvelar la trama por adelantado a quien quiera leer el libro, hay una niña, hija de la relación anterior de Maurizius con otra mujer, de la que se estaba encargando a través de Anna, y un misterio, ¿por qué tuvo un abogado tan incompetente? Hasta a Van Adergast quel abogado la elección de aquel abogado le extrañó mucho. Etzel decide escaparse de casa y acaba dando con aquel abogado, que se fue y volvió a Alemania bajo otro nombre, y Van Andergast, que se siente traicionado, se traga por una vez el orgullo y repasa el caso, y convencido de que sí había más que lo que se vio en el primer juicio, empieza a entrevistarse con el propio Maurizius en la cárcel.

Con esas dos grandes tramas abiertas, la familiar y la del caso, y las subtramas de cada una, con los viajes al pasado de ambas familias y reflexiones sobre el paso del tiempo, la novela va construyéndose con muy buena prosa, y nos absorbe. Es una novela muy recomendable y que nos tendrá en vilo hasta los giros finales. También es un libro que va dejándonos reflexiones sobre la familia, las relaciones, la sociedad y el tiempo que sorprenden por su vigencia (acompañadas de otras muchas que descolocan hoy en día).

Otra de las cosas que descubrí viendo la solapa después de leer la novela es que ya había leído otra novela de Wassermann, aunque no recordaba el nombre de aquel autor, se trata de Caspar Hauser, un libro sobre la extraña aparición de un joven de ese nombre en la Alemania del siglo XIX, que parecía venir de haber sido criado en los bosques, a quien nunca aceptaron y que dio lugar a muchas hipótesis y a historias llenas de sensacionalismo. Una novela de no – ficción centenaria, que se acerca al testimonio y al true – crime. También muy recomendable.

Seguiremos leyendo

jueves, 5 de julio de 2018

Un día en el atardecer del mundo, de William Saroyan


Un día en el atardecer del mundo, de William Saroyan (Acantilado)

He leído muchas veces los libros de cuentos El joven audaz sobre el trapecio volante y Me llamo Aram, de William Saroyan. Sus relatos me parecen bonitos, aunque esa sea una palabra ajena a lo que suelo buscar en mis lecturas. Entrañables, quizá, por buscar una palabra algo más válida en lo literario. Recomiendo por ejemplo, para conocerlo y entender a lo que me refiero, sus cuentos: Sesenta mil asirios, incluido en El joven audaz sobre el trapecio volante y Uno de nuestros futuros poetas, me atrevería a decir, incluido en Me llamo Aram.

William Saroyan fue un escritor descendiente de armenios que se crió en ciudades llenas de inmigrantes, en la provisionalidad, que abandonó pronto sus estudios y tuvo trabajos de esos que las editoriales suelen calificar de precarios pero que quizá podríamos limitarnos a llamar alimenticios. Cuenta la leyenda que William Saroyan recibió 7.000 cartas de rechazo antes de que le publicaran su primer relato. Quizá no fueran tantas, pero algo debió haber. Tuvo un momento de popularidad como autor de relatos especialmente en la década de los 30, y como dramaturgo en los 40, una década en la que ganó el Premio Pullitzer (por El momento de tu vida) y el Óscar por la adaptación de su propia novela La comedia humana. En los años 50 su éxito se esfumó, se refugió en el juego y la bebida, siguió escribiendo sin tanta fortuna y murió a principios de los años 80.

Creo que aparte de otras consideraciones, quizá su narrativa tuvo éxito en los años 30, durante la Gran Depresión, porque hablaba de gente pobre, precaria, de la necesidad, de problemas, de personas sencillas, y era la voz de esos tiempos. Y cuando la economía americana empezó a remontar tras la Segunda Guerra Mundial y Saroyan siguió contando las mismas historias, los lectores no querían que les recordaran por dónde habían pasado. Saroyan, como muchos escritores (y busco en internet información sobre si Salinger lo había leído, y no encuentro nada claro, aunque encuentro que sí era un autor al que había leído mucho y con admiración, sobre todo sus primeros trabajos, Charles Bukowski) vive en un punto infinito al final de la infancia y al principio de la adolescencia desde donde parecen nacer sus historias una y otra vez.

¿Qué tiene Saroyan? Sabe ser emotivo sin ser sentimental, con lo difícil que es moverse en la frontera entre ambos conceptos. Narrativamente es sencillo y directo, y se nota su experiencia como dramaturgo en el modo de plantear los diálogos, que siempre hacen avanzar la trama, e incluso cuando incurren en alguna perogrullada lo hacen con perogrulladas bien planteadas (un poco al revés que los diálogos epifánicos – un poco bobos de Haruki Murakami). Domina la famosa idea de que el relato debe hablar en primer plano de un tema e ir dibujando una historia oculta por detrás, siendo esa la realmente importante. Y habla de gente modesta, hasta pobre, desde un nivel real, sin la idealización que algunos autores de otras clases sociales más altas dedican a lo que no conocen en realidad, y sin caer en la sordidez (tipo Bukowski). Los mira de frente y los retrata, pobres o no, pero tan personas y personajes como cualesquiera otros.

Toda la narrativa de William Saroyan tuvo siempre una base autobiográfica importante, y Un día en el atardecer del mundo, también. En ella, Yep Muscat, un escritor de origen armenio que tuvo éxito y ya no lo tiene, dominado por sus adicciones y deudas, vuelve a Nueva York para intentar colocar algunas de sus nuevas obras de teatro. Llega desde un vacío de 20 años de ausencia. Se encuentra con el pasado, y todo el mundo le habla como si él mismo fuera un extraño fantasma llegado desde ese pasado. La novela, de 1964, tiene un claro paralelismo con la situación de Saroyan, y se mueve entre la melancolía y la fascinación por una ciudad, Nueva York y una pasión, la creadora. Tiene, en este tema, momentos muy interesantes sobre la negociación de derechos, productores que quieren que Muscat escriba poco menos que gratis para ellos (a cambio de visibilidad, como si fuera 2018) y a los que Muscat convence con argumentos tan obvios como que él escribe porque es su vida, va a escribir igualmente aunque no le paguen, pero no va a dar su trabajo a cambio de nada. La vida misma del creador, ayer, hoy y me temo que siempre.

En un pasaje de la novela, Yep Muscat se encuentra en un bar con la hija de un autor muerto al que leyó de modo discontinuo pero siempre con atención y admiración. Y le dice:

Tenía trece o catorce años cuando leí por primera vez un cuento de su padre. Desde entonces, de vez en cuando me encuentro alguno de sus cuentos, por lo general en una antología, y lo leo con avidez, y siempre tengo la sensación de que podría haberlo escrito yo.

Y algo así le pasará al lector con la manera natural de narrar de Saroyan. Como decía Holden Caulfield (y vuelvo a insistir en que creo que Salinger habría leído a Saroyan en algún momento de su formación): Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras, y aquí se establece esa clase de complicidad que hace que te gustara poder compartir un café con él. 

Creo que William Saroyan escribía con gusto, con sentido narrativo, consciente quizá de no estar inventando nada, como un buen artesano que renunciaba a ser un artista de primera, pero creo que como con muchos buenos artesanos, su trabajo merece la pena, se puede disfrutar de él, aprender algo, y es una lectura muy recomendable para el verano.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Memorias musicales de Glenn Gould y Frank Zappa

Memorias musicales: No, no soy en absoluto un excéntrico, montaje de Bruno Monsaingeon sobre entrevistas de Glenn Gould (Ed. Acantilado) y La verdadera historia de Frank Zappa, de Frank Zappa (Malpaso Ed.)

He leído casi seguidos dos libros de memorias (en un sentido bastante amplio del término) de dos músicos muy influyentes a lo largo del siglo XX: Glenn Gould, quizá el concertista clásico más conocido de su época, y Frank Zappa, figura central de la contracultura americana, uno de los principales referentes del rock progresivo y sinfónico, y en general de los caminos que cruzaron la música clásica con la culta y el humor político (llamando humor político al que incomoda al poder, cualquier poder) en los sesenta y setenta. Uno es un músico al que escucho muy frecuentemente (Gould) y otro es un autor cuya importancia comprendo pero cuya obra no me dice demasiado (Zappa). Pero una de las cosas más interesantes de las memorias es que muchas veces no nos interesan más o menos por lo interesante que nos resulte el personaje en sí como por lo interesante de lo que cuente y cómo.

Leí también por las mismas semanas la entrevista que le hicieron en Jot Down al cantante Miguel Ángel Hernando, alias Lichis, que vale como interesante estudio sobre la fama de los músicos. 

Lichis parece obsesionado con la imagen que como músico ha transmitido a lo largo de su carrera, una imagen que juzga distorsionada y profundamente equivocada. Modestamente, yo también pienso que sus oyentes ocasionales nunca llegaron tampoco a tener una imagen completa de su labor musical. Pero, ¿justificaba eso que redirigiera su carrera para huir de la falsa imagen que otros se habían creado de él? ¿Tan importante es lo que los demás piensen? 

¿Es inevitable que todo el mundo opine sobre la realidad de los músicos y que los entienda mal? Leyendo los libros de Frank Zappa y Glenn Gould parece que sí. Aunque ellos se hicieron fuertes en su propia percepción de sí mismo y quizá se hartaron de desmentir falsas ideas y leyendas, pero no modificaron ni un poco su modo de actuar y estar.

Son dos personajes de los que se podría decir perfectamente aquello tan tópico de que son caleidoscópicos. Gould es el intérprete clásico excéntrico por excelencia, con caprichos y manías de diva del pop, y Zappa era un hombre encerrado en un personaje (que se encarga de desmentir repetidas veces en sus memorias) que aspiraba, probablemente, a ser reconocido como compositor de música culta para orquestas.

Se trata de dos libros de memorias con bastante comillas porque el libro de Gould está construido como un recorte y montaje de sus declaraciones en entrevistas por Bruno Monsaingeon, uno de sus principales estudiosos y cabría decir casi que evangelistas. Es curioso que se utilice una cierta técnica de collage para construir el libro, en perfecta sintonía con el modo de entender la música de Gould, quien siempre defendió que su labor como intérprete era darle la mejor obra posible al oyente, y si para ello tenía que repetir tomas, cortar y pegar trozos, era lo que debía hacer en el estudio, y nunca entendió la pureza que algunos pretenden que se alcance en los conciertos, donde pensaba que el único aliciente era muchas veces cazar al concertista en un error. El libro de Zappa no es un libro de memorias en tanto en cuanto no se trata de Zappa recordando su vida, rememorando hechos con el objetivo de ordenarlos. Más bien es un libro en el que Frank Zappa expone sus ideas sobre ciertos aspectos de la sociedad, la vida, el arte y la convivencia, y para ilustrar sus ideas se apoya muchas veces en sus recuerdos.

Para quienes no lo conozcan, Glenn Gould, intérprete canadiense, es considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, especializado en la interpretación de Beethoven, la música dodecafónica de Schönberg y sobre todo en Bach (sus grabaciones de Las Variaciones de Goldberg de este último se han convertido en canónicas, y casi cualquier aficionado habla de Las Variaciones de Goldberg de Glenn Gould como una obra diferente a cualquier otra grabación de las mismas, incluso distinguiendo las distintas grabaciones que hizo de la misma obra).

Su mejor época de concertista estuvo determinada por la escasez de su trabajo en público, siempre huyendo de la sobre – exposición, y se retiró prácticamente años antes de su muerte, a una edad en la que estaba en condiciones de dar sus mejores interpretaciones. Acabó falleciendo a los cincuenta años. La palabra excéntrico acompaña a Glenn Gould desde que comenzó su carrera como pianista. Basta hacer en Google la búsqueda de su nombre acompañado de este adjetivo. Gould, sin embargo, nunca se reconoció (especialmente por lo que la excentricidad tiene muchas veces de pose, algo que él negaba, estar de postureo, como ahora se diría) como un excéntrico, de ahí el acertado título de sus memorias. Desde que era un músico de veintipocos años y sorprendió a la crítica y al público clásicos, tuvo que estar contestando a preguntas sobre sus manías y rarezas. Para él, según se ve en este libro, todo era perfectamente lógico y racional. Sus cuidados extremos con las manos eran necesarios pues tenía mala circulación y al fin y al cabo su trabajo lo hacía con las manos. ¿Su sillita desvencijada y enana para tocar en los conciertos, con la que iba a todas partes? Él lo explicaba diciendo que su modo de tocar necesitaba que él se apoyara desde más abajo del piano, pues había aprendido tocando el órgano, y trataba de trasladar esa sonoridad majestuosa al piano. Y así tenía respuestas para casi todo. Gould sorprende por su defensa de las técnicas de estudio y por lo autoexigente que es consigo mismo. Esto último es común a cualquier perfeccionista, y Gould le suma una dureza extrema con los demás pianistas de su época, a los que acusa de ser excesivamente románticos. 

Glenn Gould no compartía ese espíritu romántico (aunque según él ahí también había exageraciones) y sus intérpretes de cabecera eran pocos y siempre con Bach a la cabeza. La imagen de Glenn Gould que estas curiosas memorias transmiten, incluso tomando por lógicas y racionales todas sus explicaciones, son las del típico y tópico genio ensimismado. Para Gould era un desastre tener que salir de gira. Le perturbaba profundamente ir a Europa y a otras ciudades de Estados Unidos. Son muy curiosas sus reflexiones sobre el público con el que se encontró en la Unión Soviética cuando fue invitado a ir allí. Tardaba meses en volver a recuperar la calma en su casa, apartado de las molestias. No le gustaba especialmente tocar ante el público, y se resistía a hacerlo todo lo que podía. No parecía preocupado por la imagen que el mundo tenía de él y la posteridad guardara de él. Una de las cosas más bonitas del libro es que por poca música que uno sepa, llega a entender cuáles son sus ideas sobre armonía, interpretación, composición, y son ideas trasladables a campos como la pintura, la escritura, el cine. Hace 35 años de la muerte de Glenn Gould y cuesta imaginar ciertas obras interpretadas por otras manos. La fascinación por su figura continua, y basta ver el homenaje que Acantilado ha organizado estos próximos días en Barcelona y Madrid.

Frank Zappa era un personaje peculiar, ácrata, incómodo, convencido de que la libertad (creativa, personal, política) era el valor supremo, algo muy americano y algo por lo que como americano precisamente tuvo que luchar mucho. Las memorias de Frank Zappa están escritas en la segunda mitad de los años ochenta y se publicaron originalmente en 1989. Zappa ya tenía entonces, por lo que luego se vio, el cáncer que le costó la vida, pero no se le había detectado. Falleció en 1993, a los 53 años. Las memorias de Frank Zappa tocan temas como la familia, la política, la música, la vida del música en gira, el matrimonio, la educación, la censura, la tecnología, y las distintas relaciones entre unos y otros. Es un hombre lúcido, y también un hábil vendedor de sí mismo y de sus ideas. Se expresa con claridad y con brillantez, no tiene miedo a reírse de sí mismo. Se nota que se divirtió escribiendo partes del libro en las que se desmitifica. Le extraña cómo su música, que nunca pasó de minoritaria en el mejor de los casos (y si uno busca información en internet se vuelve a incurrir en ese exceso que es decir algo así como: fue ignorado en los Estados Unidos, su música fue mejor comprendida en Europa, algo parecido a lo que se suele decir de Woody Allen o de Leonard Cohen, como si en España en cualquier barra de bar se estuviera comentando a cualquier hora la última película de Woody Allen o se buscaran nuevos matices en viejas grabaciones de Frank Zappa), generó tantas polémicas a lo largo de sus tres décadas de carrera. Es un personaje que no se muerde la lengua y que dispara con bala contra colectivos contra los que sería impensable que un músico de su reputación lo hiciera hoy en día, como son otros músicos, tanto músicos que han trabajado con él, en su banda, como por así llamarlos competencia. También tiene una fijación con los sindicatos y su control de ciertos conciertos, acontecimientos públicos y los problemas que le dieron en su aventura como compositor para orquestas y director de las mismas, en Europa y en los Estados Unidos.

Son antológicos los capítulos sobre las relaciones con los padres, cómo la religión, la familia y las tendencias de consumo pueden ser más destructivas para las mentes juveniles que las drogas, y sus diatribas contra la educación normalizada. Zappa daba puntualmente clases en escuelas de música, pero se refiere a los institutos y universidades. Cuenta cómo huyó de la educación en cuanto pudo y cómo sacó a sus hijos del sistema educativo en cuanto aprobaron por libre el equivalente a la ESO en España, y les dio libros y películas y fomentó en ellos el interés por la cultura y ser críticos y esperaba que no les diera nunca por estudiar en la universidad, ya que desde luego él no iba a pagársela para que los convirtiera en individuos adocenados. Sus ideas sobre educación de los hijos (dejando libertad, estableciendo pactos con ellos en los que podían hacer o no hacer algo en función de que sus razones lógicas fueran mejores que las suyas) son muy jugosas, y a mediados de los 80 denuncia algo que ha ido a peor, la conversión del hijo en el tesoro de la familia, a través del que pretenden realizarse muchos padres, pero sin complicarse. La tendencia a pedir que se prohiba todo aquello que a uno le molesta, bajo la excusa de que puede ser nocivo para los niños.

Zappa llegó a estar en la comisión del Senado americano sobre las llamadas Guerras del Porno. El episodio se merece un pequeño ensayo sobre la imbecilidad y la mezquindad él mismo, y quizá lo tenga. La mujer de Al Gore (ese Al Gore) le compró a su hija Purple Rain, de Prince, y descubrió, escuchándolo con ella, referencias a la masturbación. Aquello la escandalizó, y escandalizó a algunas otras mujeres de senadores y gobernadores americanos,que empezaron a pedir que alguien protegiera a los niños de esas letras obscenas. Todo fue objeto de una comisión que ya tenía las conclusiones decididas de antemano y en la que Zappa apareció como invitado (incluye en el libro su declaración completa, que no le dejaron leer entera). De aquella comisión acabaron quedando las famosas pegatinas de Parental advisory en los discos que incluían letras con contenidos explícitos, que como bien dice Zappa, sirvieron esencialmente para darle publicidad a ciertos grupos y discos. Uno de los momentos culminantes del libro es en el que se dirige a Tipper Gore diciéndole que si le preocupa que su hija pueda escuchar discos con letras explícitas, que no se los compre, pues tiene 9 años, y para ello basta con que le compre mejor un libro, o un disco de música clásica o uno de jazz instrumental, o simplemente escuche las letras antes de dárselas a la niña, pero que no pretenda censurar todo el sistema musical para ahorrarse su labor como madre. Creo que sobra decir que Zappa perdió aquella batalla. Y curiosamente ninguno de sus discos tuvo nunca que salir a la venta con una de aquellas advertencias para padres.

Seguiremos leyendo y escuchando música

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 29 de julio de 2016

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta

Las dimensiones finitas, de A. G. Porta (Ed. Acantilado)

He hablado ya alguna vez de la fascinación que siento por Concierto del No – Mundo, la novela con la que A. G. Porta ganó el Premio Café Gijón en 2.005. Es un libro que he leído tres veces y que no ha perdido fuerza en ninguna de esas relecturas. Creo que es una de las novelas españolas más ambiciosas que se hayan escrito en los últimos treinta años. En ella, Porta nos llevaba de viaje por un mundo estético, filosófico y musical propio. Era una novela que buscaba la complicidad del lector dispuesto a dejarse fascinar por ella. Es una experiencia estética más que una narración sin más. Pero, se consiga o no, toda novela debería aspirar a ser una experiencia estética única, al margen de lo que lo consiga en mayor o menor medida o de que también sea, y eso no es menos importante, un vehículo mediante el cual contar una historia. No es, y esto creo que la convierte también en un libro tan destacable, un complicado ejercicio de estilo al que no pueda acceder un lector más o menos habitual, que es el camino al que muchas veces recurren los autores que no quieren ser confundidos con aquellos autores que buscan la aprobación general. Dejo Concierto del No – Mundo, que quizá debería releer una cuarta vez para comentar aquí.

Creo sin embargo que es posible que A. G. Porta sea más conocido por algunos lectores como el compañero de Roberto Bolaño en la escritura de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Ambos declararon siempre que si bien Bolaño no era un discípulo de Morrison, desde luego Porta sí era un fanático de Joyce.

En 2.008 A. G. Porta publicó una novela que podía considerarse una continuación de Concierto del No – Mundo, al menos de personajes y ambientes, aunque aquí trasladaba la trama al espacio, y el espacio de A. G. Porta es el espacio de Kubrick o hasta el de Tarkovski, por situarlo con una única imagen. Aquel libro se llamaba Geografía del tiempo. En 2.012 Porta firmó a medias con Gregorio Casamayor Otra vida en la maleta, una suerte de thriller carcelario con un leve tono paródico, que remite por la historia negra, por el tono y por haber sido escrita otra vez a cuatro manos, a Consejos. A finales de 2.015 ha vuelto a firmar solo, y ha vuelto al universo de sus dos anteriores novelas en solitario, aunque muy diluido, sólo presente en el pasado del personaje femenino, que sigue siendo aquella niña prodigio del piano sobre la que se construía el Concierto del No – Mundo. Parece demostrado que no es un autor con prisa por publicar, sino que pule sus obras. De hecho, es un autor que estuvo quince años retirado después de publicar Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, leyendo atentamente a Joyce, analizándolo, y sin ninguna tentación por publicar, aunque parece ser que Bolaño le ofreció que trabajaran nuevamente a medias en lo que acabó siendo La literatura nazi en América.

La nueva novela de A. G. Porta se llama Las dimensiones finitas. El título está tomado de un relato de J. D. Salinger, como explica el mismo narrador de la novela. Al principio de la novela el narrador ya nos dice a sus lectores que perdonemos si su estilo es demasiado parecido al de Salinger, a quien en principio no nombra pero cuya sombra detectamos inmediatamente quienes lo hemos leído. Salinger y sus obras toman luego un papel central en la historia, al ser el primer nexo de unión entre el narrador y Albertine, aquella pequeña pianista que ahora se dedica a la escritura, la dirección de documentales, la vida diletante y el estudio de la obra de Salinger. El nombre de Albertine, nada casual, remite a Proust, y fija un marco de referencia, el de la gran literatura, un mundo por el que ella se mueve con soltura, que choca con el del narrador, un hombre que apenas ha leído y que se lanza a ello impulsado por su fascinación por Albertine. ¿Cómo llega ese narrador poco aficionado a la lectura hasta Albertine? Ese protagonista, consultor empresarial, ha empezado a ver llegar la crisis, y rastrea los pasos que esa crisis va dando en todos los periódicos europeos, y decidido a mejorar su inglés para entender mejor los avances del derrumbe, va a una librería y acaba llevándose un libro de Salinger. Empieza a leerlo y a comentarlo y en un viaje de autobús se encuentra con otra chica que va leyendo a Salinger y se atreve a acercarse a ella. Es Albertine. Se caen bien y empiezan a quedar.

Albertine ha sido educada en el arte, en la música, en los libros. Él parece haber estado demasiado ocupado trabajando. Está bastante solo, tiene escasa relación con su familia, llama a su madre pero lleva años sin ir a verla, tiene los discos de Primal Scream de su hermano mayor, por el que siente una fascinación que no excluye la crítica, lo que establece un juego con la que siente Holden Caulfield por su hermano mayor, el escritor vendido al mundo del cine. Apenas tiene una especie de padrino en Barcelona, donde vive, un antiguo amigo de su familia, que está en Valencia.

Como en Casablanca, el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. La crisis va a más y él lo ve claro desde el principio. Caen empresas, Madoff entra en la cárcel, parece que no es la única estafa piramidal del sistema. Parece que todo el sistema es una estafa piramidal. Mientras, él va descubriendo a Abertine y el mundo que ella le propone. Va leyendo para estar a su altura, para tener algo de lo que hablar con ella, van a una casa, a la otra, hacen el amor, escuchan música, viajan. Destaca la fascinación que él va sintiendo por los discos de Nacho Vegas que ella va poniendo y que ambos bailan con ese tono de futura derrota que su música transmite. Y todo ello sin dejar de leer a Salinger, a quien en algunos libros entiende más, en otros menos, pero que en todos le produce una cierta fascinación, esa fascinación que con frecuencia produce lo que no se acaba de comprender.

El estilo, la voz narrativa, es claramente salingeriano. Eso, respecto a otras novelas de Porta, simplifica el estilo. El narrador, como el mítico Holden Caulfield, analiza todo y a todos sin acabar de comprender nada. Siempre desde un poco fuera, siempre desde una mirada distinta, siempre con una cierta mirada poética. Una poética sencilla, pulida, como la de Salinger.

El narrador parece uno de los pocos analistas lúcidos de la crisis, y cabalgando sobre ella y sus consecuencias desarrolla su propia teoría, la Ingeniería de los Soportes Mutables, una idea que empezará vendiendo en su propia empresa y que lo irá llevando como conferenciante por otras empresas. Luego acabará teniendo su propio libro. Es uno de esos complejos artefactos económicos con nombre poético que nadie llega a comprender totalmente. Él inventa algo que los demás no llegan a comprender mientras anda metido en una aventura literario - amorosa que no llega a dominar completamente. Otro espejo.

La relación con Albertine avanza entre más libros, más canciones, más futuros proyectos de viajes a lugares que todo el mundo debería visitar antes de morir, como ella los llama. Llega un punto en el que sus mundos vuelven a separarse. Eran mundos que coincidieron pero que parecían condenados a perderse de vista. Ella se irá a Nueva York a seguir la pista definitiva de Salinger. Él se quedará en Barcelona, con su pequeño éxito empresarial, con sus recuerdos. Siempre le quedarán sus recuerdos. Ella seguirá viviendo y él seguirá soñando con viajar, con llegar a ese sitio que le obsesiona desde que lo escuchó por primera vez en la canción de Nacho Vegas, ese punto al norte del norte, lejos de todo, lejos de ti.

Nos quedamos a la espera del próximo libro de A. G. Porta. Merecerá la pena la espera, aunque pueda ser larga.

Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas

Sr. E