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domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

jueves, 24 de enero de 2019

Fragmento de Lecturas de mí mismo, de Philip Roth


Una cosita de Philip Roth, 1959, incluida en Lecturas de mí mismo (Mondadori)

Me encuentro con este texto, que Philip Roth escribió en 1959, a cuenta de la publicación de su libro de relatos Goodbye, Columbus y el posterior escándalo (moderado y reducido al ámbito judío, reducido realmente a ciertos rabinos y ciertas personas influyentes) que se produjo al respecto. Lo encuentro en Lecturas de mí mismo (Mondadori), que creo que ha sido incluido junto a otros ensayos en el volumen Por qué escribir (también de Mondadori).

Repito, 1959. Invito a buscar los paralelismos con 2019 y la digestión de la ficción que hacemos actualmente. Decía Philip Roth:

Pero el señor Kaufmann, como novelista, probablemente no tenía ninguna intención de escribir un estudio sociológico ni, ya que eso parece más bien el tipo de lectura que el rabino realmente anhela, una muestra agradable y positiva. Tampoco Madame Bovary es reconocible como estudio sociológico, pues gira en torno a una francesa provinciana y soñadora, y ninguna otra representante de las demás clases de francesas provincianas. Sin embargo, esto no disminuye su brillantez como novela, como una exploración de la misma Madame Bovary. Las obras literarias no toman como temas personajes y acontecimientos que han impresionado al escritor por la frecuencia de su aparición. Por ejemplo, ¿cuántos judíos, tal como los conocemos, han estado a punto de hundir un cuchillo en su hijo solo porque creían que Dios les había exigido que lo hicieran? El significado del relato de Abraham e Isaac no tiene nada que ver con que sea un hecho familiar, reconocible, que sucede a diario. La prueba de cualquier obra literaria no estriba en lo amplia que sea su gama de representación, por más que la amplitud pueda ser característica de una clase de narrativa, sino en la profundidad con que el escritor revela lo que ha decidido representar.
Confundir un <<retrato equilibrado>> con una novela tiene como consecuencia final caer en el absurdo. <<Querido Fiodor Dostoievski: todos los estudiantes de nuestra facultad y la mayoría de los profesores creemos que ha sido usted injusto con nosotros. ¿Considera a Raskolnikov un retrato equilibrado de los estudiantes tal como los conocemos? ¿De los estudiantes rusos? ¿De los estudiantes pobres? ¿Qué me dice de los que nunca hemos asesinado a nadie, que hacemos cada noche nuestros deberes escolares?>>. <<Querido señor Mark Twain: ninguno de los esclavos de nuestra plantación se ha fugado jamás. Pero, ¿qué pensará nuestro amo cuando lea lo del Negro Jim?>>. <<Querido Vladimir Nabokov: las chicas de nuestra clase … >>. Y así sucesivamente. Lo que hace la ficción y lo que al rabino le gustaría que hiciera son dos cosas totalmente distintas. Los intereses de la ficción no son los de un estadístico ni los de una empresa de relaciones públicas. El novelista se pregunta: <<¿Qué piensa la gente?>>, el hombre de relaciones públicas pregunta: <<¿Qué pensará la gente?>>. Creo que esto es realmente lo que molesta al rabino cuando pide un <<retrato equilibrado de los judíos>>: qué pensará la gente.

Por ahí seguimos.

Y seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 20 de junio de 2018

Némesis, de Philip Roth


Némesis, de Philip Roth (Mondadori)

A veces te crees tus propias mentiras, o al menos tus propios prejuicios. Supongo que hay algo de inevitable en ello. He leído una gran parte de la obra novelística publicada de Philip Roth. Y en algún momento me convencí de que su última novela buena había sido La conjura contra América, publicada en 2004. Debo decir también que era la lectura de otras novelas de Roth, de esos primeros años de la década de los 2000, la que me llevó a concluir eso. Novelas como Elegía, Sale el espectro e Indignación me parecieron flojas, innecesarias. Incluso El animal moribundo, aunque más consistente, ya me lo había parecido.

Y en esto, se murió Philip Roth y en una biblioteca de las que suelo frecuentar montaron uno de esos stands con sus novelas, y curioseando, decidí coger Némesis. Y me encontré con una novela de un Philip Roth que si bien no está quizá en su primera división, no desmerece para nada, está bien construida, bien narrada, juega con la historia y sus historias. Es una muy buena novela, al margen de quien sea su autor y qué lugar ocupe en el ranking de sus obras. En Némesis, Philip Roth viaja al pasado, al suyo, aunque lo esconde y utiliza sin personalismos. Nos sitúa en 1944, última época de la Segunda Guerra Mundial, en el centro de la comunidad judía de Newark, Nueva Jersey. Una epidemia de polio se ceba durante ese verano con los niños locales, poniendo de los nervios a todos, haciendo dudar de lo divino y lo humano a los adultos, hasta extremos propios de Dostoievski, provocando que las autoridades se planteen cerrar los parques, espacios deportivos, campamentos, todos los lugares en los que suponen que el virus está contagiándose e infectando cada vez a más niños. Mientras, los jóvenes americanos mueren en el frente.

También uno de los mejores amigos de Bucky Cantor, que es monitor en uno de esos espacios infantiles, y que se hace mayor a los 23 años, de repente, cuando enterrar a sus alumnos se convierte en algo casi rutinario. Entonces, le llega la oportunidad de huir. A través de la familia de su novia recibe la oferta de encargarse de un campamento acuático en el campo, lejos de la ciudad y de la polio. Tras mucho pensarlo, lo acepta, sintiendo que ha abandonado a sus chicos. Aunque el narrador es uno de esos chicos judíos, que también contrajo la polio y acusa desde entonces cierta cojera, lo que no le ha permitido hacer una vida normal, el verdadero protagonista es Cantor.

Y el tema esencial es la culpa. La que siente por haber escapado Bucky Cantor y la que sentirá más adelante. Al campo le siguen llegando malas noticias. Más niños han enfermado y han decidido al final cerrar la escuela de verano en la que trabajaba. Cantor se siente culpable por cobarde, y además por haberse ido con tan poca diferencia de días, siente que podría haberse quedado, esperar a que cerraran y entonces haber escapado al campo con su novia. Y nadie hubiera pensado que estaba escapando. La vida en el campo va bien, es entretenida, bonita, pero un día llega allí también la desgracia. Uno de los niños enferma y también es polio. Las hermanas de su novia también contraen la enfermedad. Por último, él también la sufre.

Se aislará de todos, no querrá recibir visitas en el hospital, dejará a su novia, y se esconderá en sí mismo para prácticamente el resto de su vida, aunque de esto no nos enteraremos hasta muchos años después, cuando se reencuentre con su antiguo alumno y empiecen a quedar semanalmente para comer y hablar de la vida. Veremos cómo un mismo momento afectó de maneras casi contrapuestas a quien era un niño vulnerable y a un joven que había superado muchas dificultades hasta entonces en la vida (sin padres, había perdido a su abuelo hacía poco, pero parecía lleno de seguridad y confianza en sí mismo). La polio actúa en toda la novela como una enfermedad casi moral que saca lo peor de muchos vecinos de Nueva Jersey. Aquellos que prefieren aislar a los vecinos de un barrio (que además son judíos, en 1944, con la Segunda Guerra Mundial al fondo). Jóvenes americanos, sanos, bien formados, caen en ambas batallas. Y el país y su sociedad deben recomponerse después del horror, el mundial y el vecinal. Roth nos muestra que el país se levantó de un tiempo sin vacunas ni dioses tambaleándose, pero volvió a caminar.

Y lo hizo en su última novela, antes de anunciar que no se sentía con fuerzas de lanzarse al trabajo que exige una nueva obra. Y resultó un libro consistente, sólido, meritorio, complejo, un adiós con oficio, que merece la pena leer, y que me alegro de haber encontrado en estos días.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth, novelista


Philip Roth (1933 - 2018)

Por mi escritorio de trabajo rondan siempre 5 o 6 libros que me acompañan mientras escribo, porque a veces me detengo y me pongo a leer un rato, o simplemente me dan seguridad, parece que me aconsejan incluso con las tapas cerradas. Son libros que un día cojo de las estanterías y traigo para buscar algo en ellos y ahí se quedan durante meses, inmunes a limpiezas. Se ha muerto Philip Roth hoy y me he quedado mirando Pastoral americana y el volumen de Zuckerman encadenadado, que desde enero aproximadamente están sobre esa mesa, en labor guardiana (junto a Los detective salvajes, los Cuentos selectos de John Cheever y Tobias Wolff, El desierto de los tártaros y los Diarios de Kafka). Hace algo más de un año publiqué una entrada sobre mis novelistas preferidos, y dejando claro entonces (y ahora) que no sabría ordenarlos exactamente, sé que Philip Roth, junto con Don DeLillo, son quizá mis dos novelistas (analizados a través del conjunto de sus novelas, y siendo dos escritores de los que he leído prácticamente todo lo que han publicado) preferidos. Ni sabía ni sé cuál en el número 1 y cuál en el 2, y quizá es una cuestión de días y sensaciones. Roth es más carnal, más sensitivo, realista, y a cambio es menos mágico con la sintaxis, el lenguaje y el trabajo específicamente literario. Pero no pensemos que es un escritor que no poseía herramientas técnicas de primera, pues lo era. Siempre supo ajustar perfectamente narradores, puntos de vista, jugar a meter narradores interpuestos, confundir ficción y realidad como nadie, pasar del párrafo complejo a la oración sencilla, jugar a la metaliteratura, a la innovación. Ha retratado la cara oculta del hombre occidental durante más de cincuenta años. Supo retirarse. No le dieron el Premio Nobel, lo que le iguala por ejemplo a Nabokov, Borges o el propio DeLillo. Ni falta que le hacía el Nobel. Ganó todos los premios habidos en el mundo anglosajón y a nivel internacional salvo ese, y hace más de veinte años que nadie discutía su lugar en el panteón de los grandes narradores del siglo XX.

Por si a alguien no hubiera leído aún a Roth y le interesara mi opinión sobre por dónde empezar con su obra, recomendaría, en riguroso orden personal:
1. Pastoral americana
2. La mancha humana
3. Me casé con un comunista
4. La contravida
5. Operación Shylock

Aprovecho aquel texto del año pasado como base, y añado algunos detalles más, simplemente.
Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior, sino más clásica y aún sin la arrolladora personalidad narradora de Roth. Cuando ella era buena es una novela también extraña en su obra, antecesora de Me casé con un comunista, aunque bastante menos lograda. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo, y sigue divirtiendo hoy a quien se acerque a sus trescientas páginas de disparates y mala leche. La saga de Zuckerman (particularmente me encanta La visita al maestro, en la que por primera vez aparece el personaje de Nathan Zuckerman, y que muestra el tránsito de escritor académico a fenómeno de masas que se produjo con Roth tras El lamento de Portnoy) es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana, aunque quizá su texto más kafkiano (o casi gogoliano, por su clara base en La nariz, del autor ruso) sea El pecho, en la que David Kepesh, otro académico, viaja desde la incapacidad para relacionarse de manera profunda con las mujeres hasta una transformación (en principio divertida, pero luego terrible por lo que le supone de aislamiento) en un pecho, una teta enorme que se pasea por Manhattan. 
Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Para mí, perfecta. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana (una novela que impugna la mera idea del realismo literario, pues se lee con pasión, se vive, sufre, es quizá mi segunda novela preferida de Roth, y es, sin embargo, si se piensa bien, inverosímil en muchos aspectos) y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, quizá su mejor época como autor, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump, y que aparte del sexo, las relaciones destructivas con las mujeres y las bombas contra la familia, toca el que es otro de los temas más repetidos en su obra: la persecución a la que nos pueden someter en las sociedades supuestamente libres.

domingo, 2 de abril de 2017

Diez novelistas y diez novelas. Una lista imperfecta I: Los novelistas

Diez novelistas y diez novelas: Una lista de novelistas.

El año pasado, más o menos por estas fechas, reflexionaba sobre los cuentistas y los cuentos a los que a lo largo de mi trayectoria lectora me había enfrentado. 
Hacer listas, ya lo decía entonces, es probablemente un empeño estúpido. No obstante, pensar sobre lo que uno ha leído durante un año, una década o una vida, y trata de jerarquizarlo, sí es útil, a mí al menos me ayuda a tomar perspectiva y a relativizar. Quizá en la lectura diaria y semanal, en recomendar un libro a los amigos con frecuencia, en escribir sobre lecturas en el blog, es fácil dejarse deslumbrar por falsos brillos. Hay libros que creemos que nos encantan pero que pasado un cierto tiempo, vemos que se han desdibujado mucho en la memoria. Hay otros que me dieron una primera lectura dificultosa pero que releídos al tiempo, o repensados muchas veces y revisados parcialmente, han ido escalando en mi bagaje lector, donde se han hecho importantes. Creo que un buen criterio para determinar si un libro realmente nos ha importado es determinar si pensamos en él ante ciertas circunstancias de la vida, o al leer otra novela, o al ver una película.

Elegir diez novelistas, claro, es gratuito. E injusto, como cualquier elección. Creo que es más fácil ser entusiasta con los libros concretos que con los escritores. No pretendo, que quede claro, señalar quiénes son los mejores novelistas de la historia. Nada más lejos. Ese empeño se lo dejo a los pedantes y ciberpedantes. Mis lecturas están muy sesgadas, siendo mayoritarias, desde siempre, la narrativa anglosajona y más o menos contemporánea. No he leído a algunos de los grandes nombres de la novelística mundial, como Proust. He leído poco a Tolstói, y Guerra y paz no me marcó.

He disfrutado mucho recordando libros y me ha costado más elegir novelistas en general, así que empiezo con lo duro. He intentado ponerme unas reglas y cumplirlas. Como reglas, son arbitrarias, pero es más fácil ceñirse a algunas. He intentado seguir criterios más o menos técnicos. Con los años uno sabe reconocer cuándo alguien es bueno, por encima de si simplemente le gusta, y he tratado de ser un buen lector. Que reconozca que alguien es un buen escritor, quizá sublime, tampoco me garantiza que vaya a parecerme un gran novelista. Cormac McCarthy o Antonio Lobo Antunes, cuando los he leído, me han parecido muy buenos técnicamente, muy particulares, dueños de una voz propia de verdad, pero nunca he entrado de verdad en sus libros. Dejo fuera a autores con prestigios que nunca he comprendido, por más que he intentado leerlos una y otra vez, por ejemplo José Saramago y Carlos Fuentes.

Elaborar esta lista ha venido en gran medida determinado porque estoy metiéndome en la obra de dos autores a los que hasta ahora no había leído, o muy poco, como son William T. Vollmann y William Gaddis, y tengo la impresión (de momento inicial y lejos de poder ser confirmada) de que bien ellos o bien alguno de sus libros pueden acabar en mi canon novelístico de dentro de diez años, y antes de seguir abriendo puertas quería cerrar alguna habitación y dejar los libros ordenados. Para considerar a un novelista he puesto como norma inicial haber leído al menos tres de sus novelas completas. Y como la novela es un artefacto con sus reglas, trucos y construcción, he primado el arte en la construcción de novelas. Eso he intentado, yendo incluso en contra de mis propios gustos como lector. Esta lista, ya lo digo, ha sido un fracaso, pero un fracaso del que he aprendido. Quería cerrar 10 libros y 10 autores, y he decidido cerrarla en el número de autores que me parecen más completos como novelistas, que han sido menos de 10, y en más de 20 novelas.

Yo soy más cuentista que novelista, y probablemente leo más relato que novela, o así ha sido durante años. Hay escritores a los que adoro, y que son quizá mis escritores preferidos (Kafka, Bolaño, Fresán, Levrero, Foster Wallace), que habiendo escrito novelas, no creo que sean especialmente buenos en la construcción de una novela, o no es en muchos casos su faceta novelística la que más me interesa, sino sus facetas de novelistas mutantes (con las especifidades de cada uno), y aunque sí hay alguna de sus novelas entre mis novelas preferidas, otras me han decepcionado sobradamente, y ellos no forman parte de mi canon de novelistas.

Con los años de lectura, compras de libros y supervivencia a mudanzas, una manera de medir al peso los escritores preferidos de alguien es acercarse a las baldas en las que guarda sus libros y ver qué escritores se repiten más. En algunos casos eso me ha funcionado como medidor. Si tengo nueve o diez novelas de alguien y todas me siguen pareciendo muy buenas, ese autor debe estar entre mis diez novelistas preferidos. Eso ha funcionado automática y rápidamente con algunos, como Don DeLillo, Philip Roth o J. M. Coetzee, sobre los que por otro lado no tenía dudas. También tengo muchos libros de autores a los que en algún momento he seguido mucho pero de los que he acabado un tanto desencantado, como Enrique Vila Matas o Paul Auster. Y tengo, por último, muchos libros de autores de los que he disfrutado y disfruto, como Stephen King, Georges Simenon, Patricia Highsmith, John Connolly o Haruki Murakami, que creo que no aspiran a la brillantez a la que aspiran los grandes novelistas. Son buenos novelistas, son autores con oficio, pero se copian mucho a sí mismos, repiten sus hallazgos de libro en libro, no arriesgan. Hay algo que separa a los autores que se leen con gusto de los que realmente nos están retando, y ellos no nos están retando como lectores. 

Muy pocos de mis autores de referencia han pasado por la bendición del Nobel, y a algunos casi parece que el Premio de Literatura por excelencia los ha ido rehuyendo. Quizá solo a Coetzee le ha ayudado ese premio a la hora de que su obra se difundiera más, al menos en España. García Márquez, que lo tiene, nunca me ha llenado como lector. No he metido a Saul Bellow en la lista como podría haberlo metido, porque es un novelista que me parece magnífico. Algo muy parecido podría decir de Juan Carlos Onetti. Ismail Kadaré dibuja una Europa de raíces épicas y futuro violento a la que me gusta mucho acercarme. Houellebecq, con todas sus particularidades, tiene una fuerza arrolladora. Pero en algún sitio tenía que cortar. Dejémonos de introducciones y pasemos a la lista. Sin ninguna clase de orden, porque ya me hubiera parecido excesivo.

Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo. La saga de Zuckerman es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana. Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump.

Don DeLillo: Harold Bloom, el crítico más importante (no entro en si el mejor o no) del mundo, habla de cuatro grandes nombres de la narrativa americana contemporánea: Roth, DeLillo, Cormac McCarthy y Thomas Pynchon. Roth y DeLillo están en mi top 10 y en mi top 5. Si Roth es un escritor naturalista, que describe lo feo de lo explícito, del mundo que se ve, DeLillo es el gran escritor de lo implícito y lo subterráneo. Siendo uno de los considerados maestros del posmodernismo, creo que es accesible para cualquiera que tenga un poco de interés en la literatura. DeLillo es, quizá, el novelista más arrollador al que yo he leído. Por discurso, por ritmo, por forma y por cómo con ellos dibuja el fondo. Ya hablé en profundidad de mis lecturas de DeLillo.

Mario Vargas Llosa: No pensemos, por un momento, en sus diatribas políticas, ni en su relación con Isabel Preysler. Creo que Vargas Llosa tiene dos obras maestras indiscutibles, de esas que durarán cien años, como diría Foster Wallace. Me refiero a Conversación en la catedral y La ciudad y los perros. Quien entra en ellas, sabe que está entrando en libros importantes, que dibujan su tiempo. También ha escrito La casa verde y La fiesta del Chivo, dos novelas que serían las mejores de casi cualquier otro autor. Y La guerra del fin del mundo. Y otras tres novelas que quizá no pelean por estar en un canon del siglo XX pero que me encantan, llenas de encanto y fuerza: La tía Julia y el escribidor, Travesuras de la niña mala y El paraíso en la otra esquina. De los novelistas a los que he leído, Vargas Llosa es el más exacto a la hora de montar sus historias. El mejor novelista estructurando al que me he acercado. Un gran arquitecto de mansiones narrativas. Quizá, en ocasiones, demasiado bueno, pues algunos de sus libros acaban dando en exceso la sensación de cierta frialdad que transmiten las obras demasiado bien diseñadas y ejecutadas.

Charles Dickens: Hablaba de mis deficientes lecturas de novelas clásicas. La novela como la conocemos, y la gran novela, quizá, es la del siglo XIX. Dickens es quizá uno de los novelistas más populares de la historia. Y es lógico, porque sus novelas son muy entretenidas, y en ellas construye personajes peculiares e inolvidables. La obra de Dickens es amplia, y no puedo calificarme de gran lector de la misma, pero todas las novelas que he leído han conseguido eso que se supone que una novela debe hacer, crear un mundo propio que se quede para siempre con el lector. Eso me ha pasado con Historia de dos ciudades, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles y Casa desolada (que actualmente se traduce como La casa lúgubre).

Juan Marsé: Mi novelista español preferido, analizada su obra en conjunto, es Juan Marsé. Esto queda dicho sabiendo que Marsé ha escrito libros regulares y algunos casi malos. Pero si de un buen novelista se espera que dibuje un mundo propio, Marsé tiene uno, y muy potente. Pero no es solo el retratista de Barcelona, como a veces queda reducido. Juan Marsé escribió Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse en pleno auge del boom, en la misma ciudad y las mismas compañías que García Márquez y Vargas Llosa, y no sale perdiendo en la comparación. Marsé incomoda en sus temas, que se repiten, buscando en el pasado colectivo más oscuro, el que calló y calló ante los abusos. Marsé es memoria y hace con ella, como si fuera plastilina, figuras de colores. Marsé demostró que podía escribir como un vanguardista más en Si te dicen que caí, y tiene otras tres novelas muy destacables: Rabos de lagartija, El embrujo de Shanghai y Un día volveré. Estas dos últimas, por cierto, deberían estar en las lecturas de los alumnos de la ESO y Bachillerato, porque son complejas a la vez que muy accesibles. Nadie cruza de la infancia a la adultez manteniendo la mirada del pasado como Marsé, y uno de los puntos clave de un buen novelista está en la mirada. Marsé tiene además una gran ventaja cuando uno quiere escribir, y es que en sus entrevistas, reflexiones, artículos, se puede aprender mucho sobre el oficio de escribir, no esconde nada, comparte herramientas, temores y planteamientos.

J. M. Coetzee: No conozco un novelista más preciso en su escritura que Coetzee. La palabra que define a Coetzee es precisión. Porque no se limita a un laconismo sin demasiado estilo, neutro, no; es otra cosa. La prosa de Coetzee es afilada como un bisturí, y como un bisturí disecciona, abre, limpia heridas y a veces ayuda a que cierren. Otras veces no. Coetzee es un novelista de la estirpe de Kafka y Beckett, un escritor que considera, en el fondo, que la vida es absurda. Ha escrito novelas abiertamente kafkianas en sus inicios (Vida y época de Michael K., basta observar el nombre del protagonista, Esperando a los bárbaros), duros retratos de la realidad racial surafricana (La edad de hierro, en cierto modo también Desgracia, aunque Desgracia es una novela mucho más completa, quizá su mejor libro), una trilogía memorística despiadada consigo mismo (especialmente en su original tercera parte), homenajes abiertos a Dostoievski (El hombre de Petersburgo) y a Daniel Defoe y su Robinson (Foe), un magnífico libro que se vuelve novela por uno de los procedimientos más antiguos, la acumulación de relatos del mismo personaje: Elizabeth Costello, y dos novelas finales en su trayectoria, que creo que han descolocado a los lectores de todo el mundo: La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela, pero que creo que cuando hayamos salido de la incomprensión inicial, quedará señalada como otra obra cumbre en su narrativa.

Fiodor M. Dostoievski: Probablemente Dostoievseki sea EL NOVELISTA. Con él, en sus grandes novelas, se dibuja la idea de novela como obra de arte. Dostoievski desciende a los infiernos del hombre y traza retratos psicológicos de extrema dureza. Siendo un cristiano convencido, transformado profundamente por su condena a muerte y su posterior pena en Siberia, no encuentra esperanza para el ser humano. Con Dostoievski me pasa como con Dickens, que aún no he abordado no ya el total de su obra, sino que no he llegado a dos de sus novelas más significativas: Los demonios, de la que solo he leído fragmentos, por ejemplo su final, La confesión de Stavrogin, un solo capítulo del que ha salido un importante volumen de la narrativa del siglo XX (y de la buena). Tampoco he leído Los hermanos Karamazov. El idiota es un retrato perfecto de la hipocresía, los intereses cruzados, y las ansias del ser humano por medrar, engañando al prójimo cuando sea preciso. El jugador me parece una novela de perfecto funcionamiento, dura, sin concesiones, toda fibra, un retrato de la vida del adicto. Memorias de la casa muerta es una obra maestra, aunque quizá no sea tan perfecta como novela sino en lo que revela como libro sobre los padecimientos del pecador que Dostoievski consideraba que era. Crimen y castigo es, sin demasiada discusión una de las mayores novelas de la historia, aunque de eso hablaremos más adelante.

Martins Amis: Hasta aquí todo son nombres indiscutibles. Habrá a quien le gusten más y a quien le gusten menos pero todos estarán en un top 20 de novelistas de cualquier lector experimentado y exigente. ¿Y Martin Amis? ¿Martin Amis sí y Saul Bellow no, por ejemplo? Ya. Lo sé. Además, está bastante de moda darle palos a Martin Amis. Yo también lo hago. Y dije que entre mis reglas absurdas estaría considerar que me gustaran más o menos todos sus libros. Amis no la cumple. Está desorientado, y ha perdido la magia, como un futbolista que cambió de equipo y perdió el toque. Algo le ha pasado, sin duda. No sabemos qué es. Pero creo que Dinero, Campos de Londres y La información son tres novelas que retrataron el vacío del fin del siglo XX como ninguna otra trilogía, adelantándose en algunos enfoques a Houellebecq. Niños muertos es una provocación deliciosa. Perro callejero y La flecha del tiempo son dos novelas que sobreviven perfectamente al paso de los años. Y aunque no sea estrictamente una novela, Experiencia, dibuja también un momento de la literatura en un fin de siglo en Gran Bretaña. Amis es uno de los escritores (junto con Bellow, quizá, por eso lo comparaba al principio) que mejor equilibra, en sus buenos libros, la relación entre calidad de prosa y avance de la narración. Lleva casi 15 años desaparecido de los buenos libros, pero si miro sus grandes libros, me parecen realmente grandes. Y no iba a ser todo una lista de consenso, ¿no?

Seguiremos leyendo y discutiendo

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 11 de enero de 2016

Buenos propósitos lectores

Mis propósitos lectores para 2.016

No suelo hacerme propósitos de año nuevo que luego poder incumplir alegremente. Ni como lector soy demasiado disciplinado. Raro es el mes en el que no planeo acercarme a cierta obra y bien no llego a sus cercanías o bien llego hasta ellas y siento que no es mi momento y sin mucho dolor devuelvo el libro a la estantería, bien sea la del salón o bien la de la biblioteca de la que lo cogí.

Pero no me canso de pensar en todo lo que tengo por leer y por releer y quizá no está mal dejármelo aquí apuntado para poder hacer balance a finales del año que empieza de lo cumplidor que he sido (advertido queda que no creo ni en la lectura ni en la escritura como disciplinas). Durante 2.016 me gustaría leer (o releer, según los casos):

James Ellroy: Devoré hace años el cuarteto de L.A. Me metí de lleno en Mis rincones oscuros, un libro que de vez en cuando hojeo, pero no he vuelto a lanzarme a la lectura de grandes libros de Ellroy. Y sé que aunque es un poco psicópata es el gran escritor de novela negra (de la que molesta, de la que duele) de esta época. Querría ponerme con alguno de los libros de su llamada Trilogía de los bajos fondos de EEUU (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda).

David Peace: Quiero releer el Red riding quartet, que fue la lectura que en 2.012 apunté como lo mejor de ese año. Una serie de 4 novelas negras (pero muy muy negras) escritas alrededor de crímenes oscuros en el norte de una Inglaterra que se deshacía. Desunión social, desmantelamiento de la industria, niebla, lluvia negra, y una prosa hipnótica, cercana a Ellroy, cercana a la mejor literatura que se escribe en el mundo.

El ciclo de El laberinto mágico de Max Aub: Después de haber quedado encandilado con La gallina ciega, intentaré ponerme con estas seis novelas, su obra cumbre, ambientadas en la Guerra civil, su postguerra, los campos de concentración que el propio autor conoció, el exilio, el desarraigo. Sé que será una lectura exigente, pero sé que puede ser muy satisfactoria.

Dostoievski: Sé que es un autor decisivo en la formación de toda la novelística posterior a su figura. Sea de manera directa o indirecta, está en mucho de lo que me interesa. Está en Kafka, está en Sabato, está en Menéndez Salmón, está en DeLillo, está en Balanzá, está en Roth, está en Coetzee. Pero debo reconocer que lo he leído poco. Algunos relatos, dos novelas cortas y de sus grandes novelas sólo Crimen y Castigo (ahora bien, fue una de esas lecturas que valen por un año de otras lecturas). Querría leer El idiota o Los demonios (de Los demonios he leído fragmentos muchas veces, querría leerla como novela completa de una vez). Los hermanos Karamazov, no sé por qué, y aunque sé que sonará a sacrilegio a algunos, me llama menos la atención.

El castillo, de Kafka: Hay libros que leo sin parar, con la esperanza de que me sirvan para aprender algo en esa carrera de fondo que es la escritura. Hay otros libros que he leído una única vez en mi vida y sé que cualquier relectura es inútil porque se me metieron en lo más profundo de la mente y allí siguen. De Kafka releo con mucha frecuencia sus relatos, y leí una única vez que me dejó marcado El proceso y América (que ahora creo que se llama El desaparecido). Nunca he leído El castillo, no sé muy bien por qué, quizá porque decidí reservarme algo para el futuro. Puede que haya llegado su momento.

Roberto Bolaño: Bolaño es probablemente el escritor que me acabó de contagiar la enfermedad de la escritura. Seguramente hay mucha gente de mi edad y parecida que se puso seriamente a escribir impulsada por Bolaño. No, al menos no en mi caso, con la intención (que sería estúpida) de tratar de escribir como él, aunque seguro que todos esos hijos bastardos tenemos dejes de su escritura. Pero sí con la fuerza que se desprende siempre de su escritura. Bolaño es un tipo que se lo jugaba todo a lo escrito, un escritor que empuja a escribir, que empuja sobre todo a leer más y más, de manera enfermiza. Me gustaría volver este año que empieza a leer una de las cumbres de Bolaño. Los detectives salvajes la he revisitado muchas veces, cada vez que se lo regalo a alguien lo releo, y lo he regalado varias veces. Seguramente relea 2.666, que sólo leí una vez, aunque mi primer Bolaño del año será La literatura nazi en América, un libro claramente borgiano que leí hace mucho y que se ha reeditado en bolsillo no hace demasiado.

Saul Bellow: Leí algunas de las grandes novelas de Bellow hace bastantes años: Herzog, Las aventuras de Augie March, puede que también El planeta de Mr. Sammler. Sé que no he leído El legado de Humboldt. Leí sus Cuentos reunidos hace un par de años y los disfruté mucho. Me pareció que sus textos estaban llenos de matices, espejos y profundidad. En 2015 leí un par de novelas breves. Creo que podría disfrutar mucho más de sus novelas ahora, con más años vividos, leídos y escritos.

V. S. Naipaul: Es un escritor por el que no acabo de decidirme. He leído algunos libros, pero nunca los centrales de su producción. Creo que leí un libro de viajes, unos relatos de sus comienzos y un breve texto sobre la lectura y la escritura. Me gustaron pero sé que no son los que lo convirtieron en un Premio Nobel. Admiro a muchos escritores que lo admiran, y a lectores y críticos que lo consideran probablemente el mejor escritor vivo. Me parecen razones más que suficientes para intentar que 2.016 sea el año en el que acercarme por fin a libros como Una casa para el Sr. Biswas o Entre los creyentes, que viven en mis estanterías desde hace tiempo.

Ernesto Sabato: Leí El túnel hace muchos años, cuando tenía dieciséis o diecisiete años y recuerdo aún la perturbación que me produjo. Leí El informe sobre ciegos en algún brumoso año, y también me pareció muy desasosegante. La lectura el año pasado de su ensayo El escritor y sus fantasmas me ha hecho verlo como un escritor cercano al mundo que me interesa, y me gustaría leer Sobre héroes y tumbas completo, y quizá incluso Abbadón el exterminador, aunque tal vez sea demasiada densidad para un mismo año y sea mejor separarlos.

Don DeLillo: He leído mucho y con atención a DeLillo en los últimos años, como ya he comentado alguna vez. Este próximo año quiero leer Americana, su primera novela, quizá alguno de sus breves ensayos sobre la creación, y su nueva novela, que creo que saldrá en breve.

Philip Roth: Roth es uno de los novelistas a los que más he leído. Me parece uno de los que mejor entiende las pequeñas y grandes guerras y tragedias que se producen en cada familia y en cada vida, día a día. Llega a un nivel de profundidad muy grande con un estilo bastante accesible, para nada complicado. Hace años, sin embargo, que terminé con todas sus novelas importantes, y me apetece rescatar alguna. Ahora mismo la elegida sería Pastoral americana, pero iremos viendo.

Kurt Vonnegut: Matadero cinco es para mí una novela de referencia. Y he leído un par de libros de relatos o similares que me parecieron brillantes. Me quedan muchos libros suyos por leer, y me gustaría ir entrando un poco más en su mundo. Combinado con ese deseo, también me gustaría leer de vez en cuando textos completos en inglés, y con tal fin tengo en la mesita desde hace meses Breakfast of champions, pero sigue en la página 30. Intentaré darle duro.

Casa lúgubre (anteriormente traducida como Casa desolada), de Charles Dickens: Igual que me sucede con Los demonios de Dostoyevski, probablemente ya haya leído la novela entera a base de fragmentos. La cojo, leo doscientas páginas, me la llevo a un viaje, leo otras cien, vuelve a la estantería, allí reposa seis meses, leo cien páginas al azar en un par de noches, etc. Querría leerla al completo este año.
El reino, de Emmanuele Carrère: Me gustó mucho El adversario. Me encantó Limonov. No me interesó tanto pero me pareció un buen libro Una novela rusa. Tomando sobre todo como referencia Limonov, que recuerdo estar leyendo con verdadera pasión, sé que quiero leer El reino. Si Carrère, con su peculiar estilo, logró que me importaran tanto las andanzas de un personaje tan raro y difícil de definir como Edvard Limónov, creo que por fuerza debe interesarme su recreación de la vida de Jesucristo. Aunque no es tanto, por lo que he leído y oído, un libro sobre Jesucristo como sobre la creación de su leyenda, y por extensión, me imagino, de la creación de las leyendas, algo que me interesa mucho. Quiero conocer también cómo es el acercamiento intelectual que hace en ese libro un no – creyente como Carrère, y cómo compone con los distintos elementos a los que se va acercando un libro que ya imagino apasionante.
Y claro, muchos libros más. Algunos ya pensados en mayor o menor medida, y apuntados en mis interminables listas de títulos y autores con los que acudir a las bibliotecas que suelo visitar. Otros esperando aparecer casualmente en mi camino.

Iremos viendo por dónde van las lecturas de 2.016

Empezaremos a comentarlas a finales de enero.

Sr. E