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lunes, 16 de septiembre de 2019

Las chicas, de Emma Cline


Las chicas, de Emma Cline (Anagrama)

Este verano, el de Érase una vez en Hollywood de Tarantino y la segunda temporada de Mindhunter de David Fincher, se han cumplido 50 años de la terrible matanza que cometieron Charles Manson y su llamada familia. No es casualidad, por lo tanto, que ambas obras fueran estrenadas este pasado mes de agosto. Aparte de otras muchas virtudes (y unos cuantos defectos), salí del cine contento tras ver la película de Tarantino al ver que aunque fuera en esa ficción, la luminosa Sharon Tate a la que interpreta Margot Robbie se salvaba gracias a la inesperada actuación de dos secundarios de la industria del cine. La historia real, como bien se sabe, no da pie ni a una pequeña sonrisa.

Las chicas, de Emma Cline, mira a aquellas chicas que se unieron a Manson a finales de los sesenta y lo siguieron hasta el abismo, pero un poco más allá mira en general a cualquier chica a mitad de la adolescencia que se siente incomprendida, sola, distinta y con ganas de experimentar. Lo que aquella California sesentera les daba fue un marco y una oportunidad, pero las inquietudes ya estaban. Y siguen estando. Creo que esa es la gran virtud de la novela, la universalidad de los sentimientos de curiosidad y fragilidad que se combinan en la protagonista adolescente, Evie, y lo bien que lo cuenta.

La novela se mueve entre dos tiempos, el presente, en el que Evie es una mujer de mediana edad que pasa unos días en casa de un viejo amigo, y aquel año 1969 en el que Evie tiene catorce años y una situación en casa que no le gusta demasiado, sola con su madre, que después de haber sido abandonada por el padre de Evie trata de recolocarse en la vida, está conociendo a otros hombres, dejándose llevar por cualquier moda, obsesionada por cuidarse, seguramente por primera vez en la vida, después de haberse dedicado antes a su marido y a su hija. Evie no se siente cómoda con esa madre, con los novios que trae (un desfile de quieroynopuedos de camisas demasiado ajustadas que la miran y juzgan en una sucesión de cenas que son de las más logradas del libro, en las que sientes como propio el desagrado de Evie). Tiene una amiga íntima, su amiga de siempre, de la que siente que se está distanciando desde hace un tiempo. Su amiga es demasiado perfecta y Evie empieza a ver que no quiere seguir cierto camino de perfección para las chicas.

Evie empieza a fijarse en otra clase de chicas, en otra clase de perfección. En una perfección luminosa, despreocupada, carnal. Paseando por el parque Evie ve al principio a un grupo de chicas de pelo larguísimo y aura resplandeciente. Van andando como si fueran las reinas del mundo, las protagonistas de una película realmente interesante, no como la vida de todas las chicas a las que Evie ha conocido hasta entonces. Una de ellas, en la que primero se ha fijado, se saca un pecho y lo saca al sol, y las demás se ríen. Evie queda impactada con la imagen. Las volverá a ver cogiendo comida de los contenedores, tan contentas, y se encontrará otra vez con la chica que primero le llamó la atención, Suzanne, en un supermercado, donde les comprará algo para su grupo (aunque Evie les dirá que lo ha robado). Cuando vuelvan a encontrarse, se irá con ellas hasta la granja en la que viven, muchas de esas chicas, jóvenes, jovencísimas, libres, todas bellas a los ojos de Evie, con un tal Russell, trasunto de Charles Manson, una especie de músico de personalidad magnética y mirada penetrante, capaz de ver la debilidad en el interior de las chicas. Será la primera visita de Evie a aquel grupo, Russell tendrá relaciones sexuales con ella por primera vez, y volverá a casa sintiendo que su vida ha cambiado.

Desde entonces vivirá cada vez más con el grupo de las chicas, y se dará cuenta de que la distancia con su madre ya era tan grande que podía pasar días y noches fuera sin que ella la eche en falta. Evie se va implicando más en la complicada y turbia atmósfera de ese grupo, que se convertirá en el centro de su mundo aunque ella siempre mantendrá cierta lucidez, nunca dejará de extrañarse por ciertos pasos que las demás dan sin cuestionárselos, aunque ella, en general, pese a que se los cuestione, también los da.

Evie habla en algún momento, desde el futuro de la Evie de catorce años, desde nuestro presente, de una superviviente de una catástrofe. Del estado de shock y de lo difícil que es mantener la lucidez bajo ciertas condiciones ambientales. Al principio de la novela el hijo de su amigo, un veinteañero, y su novia, al conocerla, le preguntan si ella fue la chica que estuvo en la secta. Y después le dicen que en internet no sale su nombre. Ni en los libros. Y eso dibuja su lugar, una chica que se quedó en un lateral contemplando, dentro pero sin caer del todo dentro de los mandatos de Russell.

Este Russell, por cierto, aparece como un manipulador, que busca a chicas débiles e inseguras. Un depredador sexual, también, pero por lo que se puede leer a poco que se eche un ojo a todo lo publicado sobre Manson, la novela de Emma Cline, que tampoco pretende ser un documento histórico, que es una historia con evidentes paralelismos pero nada más, nos ahorra los detalles más escabrosos, y no termina de enseñar las monstruosidades que Manson y sus chicas hicieron, y cómo llegaron a ese punto. Me gusta que la novela no se convierta en ningún momento en un libro sobre este sosias de Manson, que Evie y las chicas, que para eso le dan título, nunca dejen de ser las protagonistas.

Cuando se publicó Las chicas en 2016 desconfié del libro, lo reconozco, y por eso he tardado tres años en leerlo. Vino envuelto en todas las exageraciones de libro de la temporada, el libro más esperado del año, una nueva autora que nos va a sorprender, etcétera. No entiendo los mecanismos comerciales e industriales del mundo editorial con detalle, no sé qué hace que se precontraten dos años antes de que el libro como tal exista decenas de traducciones, se compren los derechos cinematográficos, cuando se trata de la primera novela de una autora de veinticinco años. Seguiré desconfiando de esos éxitos precocinados. Las chicas es, pese a que sí tiene algunos rasgos de libro precocinado, una novela de fórmula, un buen libro. Una historia ágil, bien escrita, que emociona en algunas páginas, pero que tampoco es una maravilla.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 27 de noviembre de 2017

Off - side, de Gonzalo Torrente Ballester

Off – side, de Gonzalo Torrente Ballester (Punto de Lectura)

De los autores de narrativa española que han llegado a los libros de secundaria (por poner la frontera del reconocimiento en algún sitio) siempre digo que los tres que más me interesan son (y se verá que su grado de reconocimiento actual es muy dispar): Juan Marsé, Max Aub y Gonzalo Torrente Ballester. La mayor cara de extrañeza me suele llegar cuando nombro a Torrente Ballester. Creo que está por un lado bastante olvidado (teniendo en cuenta que fue un autor bastante popular a nivel de calle en los años 70 y 80) y por otro suena a autor viejo, caducado (quizá en cierta medida por culpa de su imagen, con esas gafas y ese aspecto de profesor antiguo de instituto, que es lo que era).

Gonzalo Torrente Ballester es, sin embargo, y a lo que llevo leído de su obra, uno de los autores más modernos de su generación y momento. Hace casi una década ya leí La saga / fuga de J.B. y es una novela amplísima y tan potente que creo que sigue siendo una de las cimas de la narrativa española del siglo XX. Es un proyecto de relectura que acude a mí con frecuencia, y que abordaré en algún momento. La muerte del decano es una novela de campus que siendo menor no debe tener envidia de las novelas de campus de por ejemplo Saul Bellow (también menores en su narrativa). Yo no soy yo, evidentemente y Tal vez nos lleve el viento al infinito son dos novelas que aunque suenan a veces a pastiche (porque van detrás de las nuevas corrientes de la literatura que estaban afianzándose en aquellos años) resultan originales dentro de la producción novelística española del momento. Decía César Aira en su Continuación de ideas diversas, comentado hace poco en este blog, que quizá hablamos del pastiche como un defecto cuando quizá la novela es, esencialmente, pastiche.

Fragmentos del Apocalipsis es un libro original, poético y brutal, al que no le queda grande la palabra único. No he leído la producción más realista de Torrente Ballester (Los gozos y las sombras, esencialmente), ni me atrae demasiado. Off – side es otra novela con aires de pastiche, que seguramente ha quedado un poco oscurecida por La colmena de Cela, con la que comparte técnicas de construcción y que ha quedado canonizada, se sigue estudiando con cierta profundidad y leyendo en los institutos (quizá en la misma medida que Camilo José Cela ha quedado en el santuario de las letras de esa generación, dejando fuera a otros como Torrente Ballester).

No es el momento de hablar de Cela, pero todos mis acercamientos a su obra han acabado en bostezo. Suena arcaico, deudor de obras extranjeras, cambiante, oportunista, y con una prosa recargada con palabras extrañas que parecen no tener otro objetivo que dificultar la propia lectura. La obra de Torrente Ballester, compuesta con una ambición más literaria que personal (el caso de Cela parece el contrario) ha envejecido menos. Dibuja, a mi entender, mucho mejor una época.

Off – side, y ya vamos a la novela, nos retrata de un modo que bebe sin mucho disimulo de Manhattan Transfer (y que por eso me ha llevado a pensar en la comparación con La colmena, bastante evidente) el Madrid de los años 60. Un Madrid particular, entre la canalla y el pequeño arte, en el que una trama central (la aparición de un cuadro de Goya, aparentemente verdadero, en los puestos del Rastro) nos permite ir recorriendo un pequeño mundo de aristas, escritores (la mayoría menores y frustrados), pillos, empresarios, prostitutas, y nos va enseñando cómo han ido adaptándose a los tiempos que aún descienden de la Guerra Civil, de la que los hechos están separados treinta años pero cuyos favores y malas acciones aún colean.

La modernidad no llega a España, nos retrata la novela, en una forma narrativamente moderna, que sirve para reforzar esa sensación de atraso en los hechos narrados. El ambiente es provinciano, casi pueblerino, de pillos, mentirosos, engañabobos. Todos aquellos que intentan encontrar su oportunidad en la debilidad de los otros. Son, esencialmente, se crean más o menos, hayan prosperado dentro del régimen de Franco o no, seres grises los que pueblan las páginas de Off – Side. Aunque dejaba a la novela fuera del realismo, en el sentido de que huye de lo peor de esta tradición literaria que con tanta frecuencia ha conducido al costumbrismo a la literatura española, es obvio que retrata (y es parte esencial de su fuerza) la realidad de aquel Madrid de los 60. Creo que a 50 años vista, son las obras (literarias, cinematográficas) que no tenían quizá una vocación pedagógica ni de denuncia, sino de dar testimonio de lo que pasaba, las que mejor nos pueden servir para conocerlo (pienso por ejemplo en esa trilogía de Fernando Fernán Gómez formada por La vida por delante, La vida alrededor y El mundo sigue).

Imaginemos que de verdad apareciera, un domingo cualquiera, un grabado de Goya en el Rastro. ¿Quiénes se movilizarían? La marchante en cuyas manos hubiera caído, que lo vería como una gran oportunidad, y querría creer que es verdadero. El tipo al que usan como cebo, que va y pregunta y paga por un cuadrito pequeño mucho más de lo que vale. El que presume de haber dibujado esa falsificación tan buena que puede pasar por una obra de Goya. Los empresarios afectos a la dictadura que invierten en arte, un poco por colocar el dinero sucio y un poco por sentirse menos miserables, por llamarse mecenas. Esos mismos mecenas están cercanos al mundo del teatro madrileño, y a algunos escritores.

Toda la novela tiene un cierto aire de teatro vodevilesco. Gran parte de su agilidad narrativa (porque son más de 600 páginas que se leen con avidez) se construye en base a diálogos que beben del habla popular pero sin llegar a la imitación que satura el oído lector. Los personajes parecen actores que van recibiendo las instrucciones de entrar y salir de escena, recitar su papel y esperar a la siguiente acción. Los personajes se expresan, como marcan los cánones de la novela, a través de sus acciones y sus palabras, no tanto por las descripciones del narrador, que es un narrador que va y viene, que se disuelve lo máximo posible.

Las historias se van cruzando de un modo divertido, intrigante, entre lo cómico y lo dramático. Supongo que como se suele decir la verdadera protagonista es la ciudad de Madrid. La inteligencia narrativa de Torrente Ballester es de primera, y vuelvo a afirmar que Off – side es una novela mucho más interesante (y menos ensimismada) que La colmena, siendo como son, sin disimulo, herederas del Manhattan Transfer de Dos Passos (hecho que habla del atraso en las vanguardias artísticas españolas, herederas de una novela que tenía 40 años en aquel momento). Torrente Ballester no era un novelista que hubiera inventado nada, ni lo pretendía, pero sí era un buen artesano, un narrador de primera, con amplias lecturas bien digeridas.

Merece la pena entrar en este libro y merece la pena entrar en la obra de este autor, quizá a reivindicar. Esta edición es de Punto de Lectura de hace unos años y estuvieron disponibles en ese momento sus obras más conocidas en formato de bolsillo. Ahora mismo es bastante más difícil acceder a sus obras, quitando las que han cruzado la frontera del canon académico y tienen ediciones de Austral o Alianza. A los lectores nos merecería la pena que alguien tuviera sus obras accesibles en cualquier librería, donde quizá pudiéramos tropezar con ellas y sentirnos llamados a su lectura.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 4 de septiembre de 2016

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario. 

Leamos con atención el comienzo de El secuestro, de Georges Perec:
“Tres obispos, un religioso judío, un coronel del Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de morir por desnutrición. Primero se pensó en un mero rumor, elementos nocivos, según dijeron. Pero el pueblo se lo creyó. Todos se proveyeron de un sólido fuste. “Queremos comer”, gritó persistentemente el pueblo, profiriendo vituperios sobre jefes, ricos y poderes públicos. Por doquier, se urdieron complots e intentos de subversión. Los polis tuvieron miedo de los turnos de noche. En Bourg – en – Bresse se tomó un sitio público. En Grenoble se robó un stock: bonito, leche, kilos de dulces, montones de trigo, pero todo podrido. En Metz perecieron veintisiete jueces de un solo golpe en un cruce, luego se quemó un periódico vespertino que, según supusieron todos, se pronunció por el gobierno. Los rebeldes se hicieron por todo el territorio con depósitos, docks y comercios”.
Búsquese, como en uno de esos ejercicios de los tests de inteligencias que nos pasaban a los niños en los noventa, y que espero que ya no se utilicen, un elemento característico de dicho párrafo. La solución estará al final de la entrada.

Estoy saliendo de un momento Perec y uno sale confuso de ciertas experiencias. Durante el verano tengo varios tiempos y lugares de lectura a lo largo del día. Leo después de desayunar, o antes si me despierto demasiado temprano, en la cama. Leo en el sofá después de comer. Leo al final de la tarde en un sillón – mecedora. Leo en la cama antes de dormir. Leo en trenes. En playas y piscinas. En las terrazas de los bares. Y leo en el parque por las mañanas, mientras mi hijo sube y se lanza por toboganes y demás juguetes. Es una lectura ligera, un rato agradable que pasamos juntos antes de que el calor apriete demasiado, en las primeras horas de la mañana. Como la lectura no es más que una actividad secundaria, que en ningún caso puede interponerse con la principal –vigilarlo– los libros del parque no son los mismos que leo en el sofá después de comer o en la cama antes de dormir. Me convierto en un lector fragmentario. Este verano, aunque no ha sido lo único, he leído en el parque a Georges Perec. No sé por qué pensaba, leyéndolo allí, que a Perec le gustaría que lo leyeran en los parques. La literatura de Perec es callejera, es de paseo, es bastante vagabunda. Perec paseaba mucho, y se paraba en los parques de París.

Dicen que Roberto Bolaño dijo que Georges Perec era sin duda el escritor más importante de la segunda mitad del siglo XX. Seguramente es verdad que lo dijo. Seguramente lo pensaba cuando lo dijo, pero la verdad es que Bolaño decía demasiadas veces esas cosas, y probablemente no fue el único autor de quien lo afirmó. Creo que no comparto ese entusiasmo por Perec. No lo calificaría del mejor escritor de ninguna década del siglo XX. Pero sí me acerco a lo que dijo Enrique Vila – Matas: Entre los libros que me cambiaron la vida estuvieron siempre los de Perec. Recuerdo haberlos leído con fascinación. La lectura de Perec es fascinante. Perec es fascinante. Este proyecto veraniego es mi segunda lectura del autor. En la primera leí La vida: instrucciones de uso, su obra magna, que sí me pareció un libro del que alguien podría decir: esta es una de las mejores novelas de la segunda mitad del siglo XX. Creo que lo es. La veo una clara vecina de Rayuela de Cortázar y Los detectives salvajes de Bolaño. También leí Me acuerdo. Leí primero el Me acuerdo de Brainard y debo reconocer que aunque el de Perec me gustó, me gustó más el del americano. También debo reconocer que fue con el de Perec con el que me di cuenta del cuerpo que podían tomar algunas notas que estaba trabajando y de las que acabó naciendo mi novela Mil dolores pequeños.

Leí La vida: instrucciones de uso a finales de 2.011, y leí Me acuerdo en el verano de 2.012. Para eso vale ir apuntando lo que uno lee. Le dejé La vida: instrucciones de uso a una persona que se mostró muy interesado en leerlo y pasó lo que suele pasar, que no me lo devolvía, por lo que tuve que acabar colándome en su casa el pasado otoño y recuperarlo. Es posible que aún no haya notado su ausencia.

Y no había vuelto a Perec desde hace cuatro veranos. Hasta que en una visita a la biblioteca a principios de agosto estuve ojeando Las cosas, y acabé saliendo de allí con cuatro libros del autor francés. La lectura de Georges Perec es un estado de ánimo. No creo que tenga demasiado sentido entrar en detalles concretos de cada uno de los libros, aunque tocaré algunos que me ayuden a entender mejor a su autor. Es un autor engañoso. Leí un artículo de Vila – Matas en el que decía que Perec ponía normas arbitrarias que trataban de imponer cierto orden al mundo. Es verdad. Parece una lectura ligera, que se puede hacer en el parque sin más, y se puede hacer en el parque, pero porque parte de la labor de lectura de Perec es seguir pensando en sus páginas cada vez que se cierra el libro. Los cuatro libros que he leído seguidos me llevan a pensar que aunque Georges Perec es un autor divertido, que toca temas que parecen anodinos, es en realidad un representante juguetón de cierto existencialismo, pues nos enfrenta al sinsentido de la existencia, la nada, la pena, lo perdido, la desmemoria.

Perec es un escritor crítico con la sociedad, pero no uno de esos escritores críticos que sermonea y trata de imponer su visión del mundo. Las cosas fue su primera novela, y creo que da la clave en su subtítulo: una historia de los años sesenta. Y esa historia de los años sesenta, escrita en 1965, empieza con una enumeración de todos los objetos que una joven pareja querría tener en su casa soñada, una casa de ricos para la que se sienten preparados. Esa historia de los años sesenta es una historia crítica con el papel que los años sesenta, y esencialmente los jóvenes de los años sesenta, se estaban dando a sí mismos desde aquel mismo momento. Perec es uno de esos jóvenes que describe. Mira a su alrededor con ironía y eso salva su labor. Viene de una familia modesta, ha estudiado en la universidad, ha tenido trabajos mal pagados, tiene una pareja, van al cine, fuman y hablan con otras parejas parecidas, leen semanarios progresistas, se manifiestan en contra de algunas cosas y a favor de otras. Echan de menos no haber nacido en otras épocas en las que los conflictos morales estaban más claros y era más sencillo dónde estaba el bien y dónde estaba el mal y en qué lado había que posicionarse. Uno sabía en qué bando situarse en la primera guerra mundial o en la segunda. A uno le gusta pensar que habría estado en la resistencia, pero no sabe dónde situarse ante la guerra de Argelia. Las cosas están cambiando pero tampoco es para tanto, parece decir. No nos entusiasmemos demasiado.

Un hombre que duerme fue su tercer libro, y es en el que más veo al autor que bebe del existencialismo llevándolo a una mirada irónica, como si pensara que la vida tampoco es un asunto tan grave. Un estudiante de sociología (como Perec lo fue) decide no levantarse para acudir a sus exámenes y de alguna manera se borra de la vida. Al final acabará saliendo de la cama, y acabará hasta saliendo de su casa, pero lo hará como un hombre que está en mitad de un sueño. El sueño remite necesariamente a Kafka como otro autor referente, y debe serlo, pues a él pertenece el epígrafe con el que se inicia la novela. El personaje del libro, al que el narrador interpela con una segunda persona que llega a hacer sentir incómodo al lector, saldrá de casa, paseará, irá al cine, observará, pero todo parecerá parte de un proceso de desnaturalización. Está desprendiéndose de todas las necesidades superfluas, de todos los objetivos que la sociedad le ha marcado, camino de un mundo esencial e individual, como en una epopeya budista en mitad de la metrópolis. Vuelvo a detectar esa cierta decepción con todos los cambios, esa crítica irónica a la sociedad de consumo y sus nuevos modelos.

Decía Vila – Matas en ese mismo artículo que citaba antes que El secuestro era la mejor novela de Perec y por añadidura una de las mejores novelas europeas de las últimas décadas. Es sin duda una novela extraña, de lectura alucinada. Perec vuelve a enfrentarnos, en esta su cuarta novela, a la nada. Un hombre desaparece, aparentemente secuestrado. Y pronto todo se irá revelando como un sinsentido. Es un libro que parece jugar con unas reglas diferentes, propias, las de Perec, que de alguna manera nos permite jugar como lectores sin habernos explicado antes cómo se debe jugar. Es un placer volver a un estado de lectura propio de la infancia. Y quizá sea la manera adecuada de jugar, pues nadie estudia nunca las instrucciones de un videojuego antes de ponerse a jugar. Y Perec, como Cortázar y sus amigos parisinos, escribe jugando. El secuestro está relacionada con Un hombre que duerme y con Las cosas. Las tres fueron escritas en un intervalo de unos cinco años en la segunda mitad de los sesenta, y quizá la mejor manera de verlas sea como capítulos de una gran novela, introducción, nudo y desenlace sui generis a los años sesenta franceses. La narrativa de Perec en estas tres novelas evoluciona de lo poco a la nada, y consigue resultados excelentes con ese material.


Me alegro de haber leído en último lugar Lo infraordinario. Por lo que comentaba de contemplar las tres novelas como partes de una misma obra, si sigue habiendo autores de los que tiene sentido hablar de una poética propia, Georges Perec es sin duda uno de ellos. El título ya dice todo, o dice mucho. A Perec le interesaba sobremanera lo anodino, lo que queda por debajo de la atención de los demás. Lo que sólo era suyo. Creo que hay dos grandes tipos de novelistas: los que inventan y los que miran la realidad de una manera distinta. Los del qué y los del cómo. Perec no necesita casi qué porque es un maestro del cómo. En el libro, publicado póstumamente, Perec se lanza a describir su barrio, o su escritorio, o trata de enumerar todo lo que comió y bebió en 1.974. Ejercicios que podrían ser insustanciales si no estuvieran tan bien dibujados. Lo infraordinario reúne ocho textos que vienen a enseñarnos quién era Perec, qué escribía, y por qué. Perec era hijo de judíos muertos en la Segunda Guerra Mundial (su madre murió en Auschwitz, su padre en el frente) y no debía ser fácil ser él. A veces parece que huía de sí mismo. Lo infraordinario nos permite saber qué le interesaba y por qué tenía esa alma de clasificador de la existencia. No debe ser casual que durante muchos años fuera archivero y documentalista, y no debe serlo tampoco que lo fuera en un importante laboratorio, pues su prosa tiene algo de científico, de ese lenguaje fascinante pero algo oscuro que insinúa la realidad más que la enseña.

La narrativa de Georges Perec funciona como una granada que después de activada espera para explotar. La granada va explotando a cámara lenta y aunque ya haya escrito estas palabras aún noto que su efecto persistirá por un tiempo. Quizá sea conveniente dejar pasar otros cuatro veranos antes de volver a leer a Perec y hacerlo en ese año 2.020 sólo en las orillas de piscinas y playas. Quizá haya que marcarse reglas sin sentido aparente y respetarlas como si fueran las palabras de un dios, así, con minúsculas, un dios modesto, hasta algo anodino, sin ansias de grandeza. Por cierto que el párrafo inicial no contiene ninguna a, igual que toda la novela. Y no se puede más que admirar al traductor que hizo tal labor, pues la novela original en francés carece de la e y el encaje de juegos y lugares debió de llevarle años.

Seguiremos leyendo y hablando de lo leído.

Felices lecturas


Sr. E