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domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

lunes, 9 de mayo de 2022

El club, de Leonard Michaels

 El club, de Leonard Michaels.

Hablaba de la autoficción no hace mucho. Y hablaba de que la autoficción consistiría, en origen, en ficcionalizar algo que estuviera cerca de la vida del autor.

Creo que por seguir con ese juego El club es una autoficción. Su prólogo (escrito para la reedición) profundiza en esa idea, con un juego muy propio del Philip Roth que escribió Los hechos, con un personaje que pide tener voz para negar lo que sobre él han dicho. Me quedo con serias dudas sobre si el Harold Canterbury que firma el prólogo es realmente una persona airada porque se haya producido una grave confusión entre él y un personaje o es un requiebro posmoderno más. El libro juega a regatear la noción de realidad objetiva y a la confusión. Y en el fondo da lo mismo lo que quiera ser. Todos esos juegos son muy secundarios. Aquí vamos a leer una historia. Una novela.

Y además vamos a tener la suerte de leer una novela de primera. Y de esas que apenas se conocen, de las que te llegan de sorpresa, te golpean y te tumban.

La cogí en la biblioteca porque vi que tenía una introducción de Rodrigo Fresán, que seguía las clásicas normas de la introducción de Rodrigo Fresán. La información nos viene clasificada y en una escaleta numerada. Hay mil referencias externas a la novela. Y exuda entusiasmo. Creo que no hay un lector más entusiasta viviendo en España que Fresán. Y todo lo que le entusiasma lo hace de manera genuina. Aunque es cierto que en los últimos años me la ha colado alguna vez, sigo cayendo en sus recomendaciones. No dejará de ser, para mí, el autor que hizo que leyera Postales de invierno, de Ann Beattie (ahora volveremos sobre ella) y los cuentos de John Cheever (en aquella edición de mediados de los 2000 que se llamó La geometría del amor, con sus quince o veinte cuentos fundamentales).

De este Leonard Michaels creo que hubo hace unos años una edición de sus Cuentos completos (mi memoria me dice que en Lumen) y curioseando después de leer el libro veo que Libros del Asteroide ha editado recientemente otra novela (Sylvia). Después de mi encuentro fortuito (al mismo nivel que cuando chocas con un camión) con El club, buscaré más. Aunque antes releeré El club. Porque escribo estas líneas con la resaca de haberme acostado anoche a las tantas leyéndolo. Lo de leerlo del tirón fue literal. Hacía mucho (muchísimo) que no cogía un libro a las once de la noche y lo dejaba camino de las tres de la madrugada, siendo el día siguiente uno de esos en los que tenemos que madrugar quienes trabajamos para vivir.

¿Qué nos cuentan en El club? No es que la sinopsis que pueda hacer de la trama sea apasionante. Un grupo de hombres, en los últimos años de su treintena o en los primeros de su cuarentena, deciden fundar un club para hombres. En realidad lo decide uno de ellos, y convence a otro, y estos dos invitan a los demás, que van un poco por probar. Cuesta salir de casa después de la cena, dice uno de los nuevos miembros. Pero todos han ido. ¿Por qué un club y por qué para hombres? Porque los tiempos están cambiando y las mujeres tienen sus propios clubs y ellos también quieren sentirse especiales, básicamente.

La novela está escrita en 1975, y se nota que los tiempos habían cambiado, pero tampoco se sabía muy bien por qué ni hacia dónde. La marihuana, el intercambio de parejas, el sexo más o menos libre, las parejas abiertas, todo eso ha sido asimilado y todos ellos se mueven con naturalidad en ese mundo. ¿Y? Y poco más. Son, en esencia, y con todo lo que se supone que han avanzado, seres vacíos, llenos de heridas y resquemores. Todos han perdido más de lo que han ganado. Una de las cosas que tienen en común los miembros del club es que todos se han divorciado.

Todos, cuando se decide que la dinámica de la primera sesión del club (porque asistimos a la sesión inaugural) consista en ir hablando y contando una historia, como en una sesión de terapia (el anfitrión es psicoanalista, los invitados son médicos, abogados, profesores universitarios, hay dinero de sobra y buenas casas), mostrarán heridas. Heridas provocadas por mujeres y pérdidas, esencialmente, aunque no solo. Y no todas iguales.

La noche se irá volviendo rara, se hará demasiado larga, habrá historias patéticas, asaltos al frigorífico, mucha bebida, confesiones, juramentos de camaradería y alguna pelea. Y acabará, al amanecer, cuando la mujer del anfitrión vuelva y les diga que hagan el favor de recoger ese desastre. Suenan los ecos de aquella Lauren Bacall gritándole a Humphrey Bogart y sus amigotes que no eran más que una pandilla de ratas borrachas y a aquellos dándole la vuelta al insulto, luciendo la medalla y empezando a presentarse como el Rat pack.

El libro es crudo y no tiene compasión con lo que muestra. Me ha recordado, por esa mirada vitriólica, a Houellebecq, que ha profundizado aún más en el vacío existencial en el mundo posmoderno y aparentemente más libre que nunca. Por su escritura contenida y siempre bien medida, por la poesía de su vacío, me ha hecho pensar en La edad del desconsuelo, de Jane Smiley. Y porque viene a romper con todas las ilusiones de lo previo, si las hubo, al ya citado (y alabado por Fresán) Postales de invierno. Claro que allí quedaba esperanza. Era un libro melancólico pero lleno de esperanza. Poca hay aquí, en estas menos de doscientas páginas.

¿Es un libro misógino?, se pregunta Fresán, nos podemos preguntar los lectores. Es un libro en el que las mujeres solo aparecen como referencias, nunca como personajes. El único personaje femenino de hecho surge para cerrar el libro acabando con la fiesta. Pero no creo que se pueda leer como un libro que reivindica ninguna superioridad de los hombres. Al revés. La llegada de ella ilumina aún más el patetismo de todos ellos. Niños grandes, bobos, satisfechos de conocerse, necesitados de guía para no descarrilar constantemente.

Se lea como se lea y se interprete como se interprete, es una gran novela. De eso no me cabe ninguna duda. Y es de esas que te piden (a quienes escribimos) escribir. A su sombra o contra su modelo. Pero sentarte y escribir. Como pasa con La edad del desconsuelo y con Postales de invierno. Como pasa con los libros que son realmente grandes. Holden Caulfield decía aquello de que sus libros preferidos eran aquellos en los que sentía que quería ser amigo del autor. Creo que es algo común entre quienes escribimos que los libros que preferimos son aquellos que nos llevan a escribir. No creo que muchos quisiéramos conocer a quien los ha escrito. Este de momento me ha llevado a sentarme aquí, a teclear esto con urgencia, aunque solo sean unas líneas para conocer lo que pensamos, y a desear que llegue el momento de una relectura más pausada.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

martes, 17 de diciembre de 2019

Cuentos, de John Cheever


Cuentos, de John Cheever (Mondadori)

Me regalaron este libro a principios de año y ha sido, desde entonces, una lectura más o menos continua. Ya había leído muchas veces los cuentos de Cheever, aunque visto ahora, con mi nueva perspectiva, había leído muchas veces algunos cuentos de Cheever, los incluidos en la antología La geometría del amor, de Emecé, prologada por Rodrigo Fresán (quien también prologa este volumen, en su condición de máximo experto y exégeta de la obra de Cheever).

Allí están muchos de los cuentos más reconocidos de John Cheever, y a ellos he ido acudiendo con regularidad desde hace al menos una década. Es uno de los libros más manoseados que tengo, y este ha venido en cierto modo a sustituirlo. La lectura, cuento a cuento, de este libro, ha hecho de 2019 un nuevo año Cheever para mí. Y me ha permitido tomar un nuevo ángulo de lectura y sentir que mi relación con él cambiaba, se hacía más profunda, se estrechaba. Si John Cheever ya era uno de mis escritores de relatos preferidos, ahora lo es más (mucho más). Nunca había entendido del todo la experiencia que Richard Ford relata en el prólogo a mis Cuentos escogidos de Chéjov, la de quien había leído unos cuentos y años después descubre en una relectura distintos planos de profundidad. Me ha pasado algo así. Debo decir que la (re)lectura detallada en el último trimestre de sus diarios, y parte de sus cartas (también editadas por Mondadori) me ha permitido ir viviendo casi en tiempo real, como si fuera además de uno de sus lectores uno de sus editores o confidentes, la lectura de estos cuentos, que están tan vivos que pese a los decorados tan propios de los años cincuenta y sesenta, parecen novedades.

Cuando pensamos en los relatos de Cheever pensamos en melancolía, epifanías, tristeza familiar, secretos y silencio. Y todo eso está en los relatos de Cheever, pero creo que si nos limitamos a leerlo desde ese marco mental nos estaremos perdiendo mucho, igual que si compramos sin cuestionarla una etiqueta como la de el Chéjov de los suburbios. Creo que Cheever es un escritor bastante mejor que Chéjov, y que no se enfade nadie, porque creo sobre todo que son dos escritores que hacen una labor diferente. Chéjov es el retrato realista, sin más (ni menos). Pero me parece muy dudosa la idea de realidad en las historias de Cheever. La realidad de Cheever siempre está deformada, es siempre una realidad muy poco objetiva. Sus relatos son y no son realistas. Suceden en entornos realistas, los conflictos que se ponen en marcha son casi siempre realistas (un enfado en una fiesta, la pérdida de un trabajo, una infidelidad, una deuda que hay que pagar, la muerte de un familiar), pero la resolución emocional y literaria que toma el cuento, que toma Cheever, casi nunca es canónica ni previsible. Sus famosas epifanías son verdaderas caídas del caballo, verdaderos momentos en los que parece que un personaje pierde el contacto con la realidad y sus modos más aburridos y decide tomar soluciones poco prácticas, que muchas veces pasan por no tomar ninguna.

Cheever es maestro en dibujar todo un contexto (social, geográfico, emocional) en dos párrafos. A veces se apresura y condensa demasiado esa información, pero su prosa siempre es luminosa y precisa. Cheever admiraba a Scott Fiztgerald y sus relatos tienen esa perfección estructural de El gran Gatsby. Creo que no hay un relato más cheeveriano, más magníficamente cheeveriano y en general mejor que El nadador, que probablemente hasta quienes no hayan leído conocerán. Ned Merrill, un hombre abandonado por su familia, alcoholizado y que lo ha perdido todo, decide emprender, desde la resaca de la mañana del domingo, el retorno a casa nadando de piscina en piscina a través de su condado. El dibujo social de esas casas con piscina que llegan a formar un mar ya daría para una tesis, y ese hombre decrépito que va haciendo el ridículo de casa en casa, ignorando bajo el agua las habladurías de todos, sintiéndose un titán en plena forma hasta que no tiene más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, que termina por derrotarle, ese nadador es uno de los grandes personajes del siglo XX, y convenientemente leído, de lo que llevamos de XXI.

Los relatos de Cheever son una experiencia literaria y humana profundamente emocionante, y no creo que tenga sentido hacer una pequeña sinopsis de más de sesenta relatos, ni de los más destacados. Solo aprovecharé la cercanía de las vacaciones navideñas para hacer un regalo a quienes lean este blog. Les propondría que se regalaran, durante los días libres que tengan, una pequeña selección de relatos básicos de Cheever, relatos que les permitan acercarse a la esencia del alma humana, al derrumbe de tantas ideas humanistas y a la individualidad competitiva que nos devora a todos.

Les propondría, a esos lectores, que se regalaran la lectura de cinco cuentos, todos clásicos en el canon de Cheever, todos de ese puñado de obras que sí le hacían sentirse orgulloso (cuando en general siempre fue un hombre inseguro, lleno de complejos, un escritor que en sus diarios se muestra envidioso de Saul Bellow, de J. D. Salinger, de Norman Mailer, un hombre que incluso cuando recibe alabanzas desconfía, y que siempre quiso escribir una gran novela, y solo la logró a través de sus cuentos, por más que con El escándalo de los Wapshot consiguiera premios y pensara que iba a confirmarse como novelista). Pongo en esa lista de regalos navideños, sin ningún orden en particular: El nadador, El ladrón de Shady Hill, Simplemente dime quién fue, La muerte de Justina y Tiempo de divorcio.

Y quien los lea sentirá que Papá Noel ha acertado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 10 de noviembre de 2019

Stop - time, de Frank Conroy


Stop – time, de Frank Conroy (Libros del Asteroide)

Hablaba hace unos días con un buen amigo y buen lector de la cantidad de libros que nos llegan a España con la etiqueta de obras maestras de la narrativa norteamericana, la sensación en Estados Unidos, un clásico norteamericano, etc. Por no hablar de los maestros desconocidos de Faulkner, los eslabones perdidos del posmodernismo o los representantes de la última moda que acaba de salir y va a durar quince minutos. Nos preguntábamos también a cuántos de esos había prologado Rodrigo Fresán. Venía la malvada broma precisamente porque le decía que había cogido este libro de la biblioteca, y se rastreaban en él todos los lugares comunes de la excelencia desconocida en España, y el libro legendario americano, y estaba prologado (cómo no) por Rodrigo Fresán.

Bromas malvadas aparte, la verdad es que aunque no todo lo que recomienda y alaba Fresán me gusta (ni puede gustarme, pues es un prescriptor que descubre autores que le resultan maravillosos cada semana) y Libros del Asteroide, como cualquier editorial, no siempre acierta, son dos puntos de referencia bastante fiables. Por recordar ahora mismo un libro que me pareció maravilloso y que venía de la unión de la misma editorial con el mismo prologuista, nunca dejaré de recomendar Postales de invierno, de Ann Beattie (aunque no debió ser demasiado exitoso, pues nunca ha vuelto a aparecer un libro de la autora canadiense en España). Unos días después de coger Stop - time de la biblioteca, lo cogí para llevarlo en el metro por la mañana. Y aunque al principio pudo costarme un poco entrar en él (no fue uno de esos amores a primera línea, pero no todos los amores tienen por qué ser fáciles ni inmediatos), en un par de capítulos había caído rendido ante su fuerza y su belleza. Cuando te montas en el metro a las siete o a las ocho de la mañana, dependiendo del horario de trabajo de cada día, y un libro te lleva muy muy lejos y a lugares exquisitos hasta el punto de estar deseando montarte en el transporte público para retomar la sensación, es que tienes algo valioso entre manos.

Stop – time, que pasaría por ser un libro de referencia para quien escriba autoficción desde que apareció en 1967, es una autobiografía de la infancia, que empieza con la vida de Frank Conroy y acaba cuando cumple 18 años y va a acceder a la universidad. Es una novela de formación, como tantas primeras novelas, solo que el autor decidió no esconderse bajo el nombre de otro sino coger su historia tal cual y llamar a todo el mundo por su nombre. Acompañamos al pequeño Frank Conroy de una casa a otra durante todos esos años, con su madre (su padre pasó grandes períodos de su vida en clínicas psiquiátricas y murió cuando él aún era pequeño) y sus sucesivas parejas, con su hermana, haciendo nuevos amigos en cada nueva ciudad, fracasando de un colegio en otro, acostumbrándose de hecho a esa idea del fracaso y escapando de todo gracias a las pilas de libros de bolsillo que va atesorando y sus discos de jazz (Conroy fue casi más pianista de jazz que escritor, apenas escribió cuatro libros en cuarenta años, aunque sí se dedicó a la enseñanza de la escritura creativa en la famosa escuela de Iowa, de la que fue director).

Asistimos a la formación de un carácter y a los malos tragos que la infancia va dando, porque no es ese lugar dulcificado y eternamente feliz que se intenta vender, al menos no para todos, aunque por otro lado siempre sea posible sacar de las circunstancias que a cada uno le tocan una sensación de felicidad, por relativa que sea. Y lo mejor del libro, que no se diferencia tanto de El guardián entre el centeno o los relatos de formación de Bukowski, Fante o Tobias Wolff, está en la escritura. Porque las historias al final son muy limitadas en variantes, por más personales que sean, y aquí es la prosa la que nos atrapa y arrastra, con su fuerza y lirismo. Me ha gustado mucho más esta historia de infancia y primera adolescencia que los relatos que siempre he sentido más histriónicos y forzados de Fante y Bukowski. Me ha gustado tanto como Vieja escuela o Vida de este chico, de Tobias Wolff, un autor al que no se está reeditando en España y que vale mucho la pena.

La escritura de Conroy me ha hecho pensar, por su aparente sencillez y profunda complejidad, por su dulce amargura, en John Cheever, y en cuanto al recurrente tema de los últimos años de si la autoficción sí o no, creo que lo importante aquí es la potencia literaria del libro, una obra de primera, no sé si realmente un clásico americano contemporáneo, pero sí sé que un libro que merecería estar en muchos cánones. Si lo que hace es tirar de memoria y usar su nombre para contar una historia que va recorriendo espacios y tiempos distintos, y queremos llamarlo autoficción, adelante. Sobre este tema de la recepción de las obras en cada momento, libros como los que citaba antes de Tobias Wolff fueron recibidos en España como novelas en su momento, sin más. Pero volviendo a Stop – time, si nos limitáramos a discutir si el libro es un galgo o un podenco, estaríamos olvidando dos cosas muy importantes a mi parecer. La primera, que quien recuerda y le da forma literaria a ese recuerdo está haciendo literatura, pretenda ponerle la etiqueta de ficción o no, y que esa memoria es la base sobre la que trabaja todo novelista literario. La segunda, que se llame como se llame el género al que adscribamos este libro, es un gran libro, uno que vale la pena leer y paladear.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 16 de septiembre de 2019

Las chicas, de Emma Cline


Las chicas, de Emma Cline (Anagrama)

Este verano, el de Érase una vez en Hollywood de Tarantino y la segunda temporada de Mindhunter de David Fincher, se han cumplido 50 años de la terrible matanza que cometieron Charles Manson y su llamada familia. No es casualidad, por lo tanto, que ambas obras fueran estrenadas este pasado mes de agosto. Aparte de otras muchas virtudes (y unos cuantos defectos), salí del cine contento tras ver la película de Tarantino al ver que aunque fuera en esa ficción, la luminosa Sharon Tate a la que interpreta Margot Robbie se salvaba gracias a la inesperada actuación de dos secundarios de la industria del cine. La historia real, como bien se sabe, no da pie ni a una pequeña sonrisa.

Las chicas, de Emma Cline, mira a aquellas chicas que se unieron a Manson a finales de los sesenta y lo siguieron hasta el abismo, pero un poco más allá mira en general a cualquier chica a mitad de la adolescencia que se siente incomprendida, sola, distinta y con ganas de experimentar. Lo que aquella California sesentera les daba fue un marco y una oportunidad, pero las inquietudes ya estaban. Y siguen estando. Creo que esa es la gran virtud de la novela, la universalidad de los sentimientos de curiosidad y fragilidad que se combinan en la protagonista adolescente, Evie, y lo bien que lo cuenta.

La novela se mueve entre dos tiempos, el presente, en el que Evie es una mujer de mediana edad que pasa unos días en casa de un viejo amigo, y aquel año 1969 en el que Evie tiene catorce años y una situación en casa que no le gusta demasiado, sola con su madre, que después de haber sido abandonada por el padre de Evie trata de recolocarse en la vida, está conociendo a otros hombres, dejándose llevar por cualquier moda, obsesionada por cuidarse, seguramente por primera vez en la vida, después de haberse dedicado antes a su marido y a su hija. Evie no se siente cómoda con esa madre, con los novios que trae (un desfile de quieroynopuedos de camisas demasiado ajustadas que la miran y juzgan en una sucesión de cenas que son de las más logradas del libro, en las que sientes como propio el desagrado de Evie). Tiene una amiga íntima, su amiga de siempre, de la que siente que se está distanciando desde hace un tiempo. Su amiga es demasiado perfecta y Evie empieza a ver que no quiere seguir cierto camino de perfección para las chicas.

Evie empieza a fijarse en otra clase de chicas, en otra clase de perfección. En una perfección luminosa, despreocupada, carnal. Paseando por el parque Evie ve al principio a un grupo de chicas de pelo larguísimo y aura resplandeciente. Van andando como si fueran las reinas del mundo, las protagonistas de una película realmente interesante, no como la vida de todas las chicas a las que Evie ha conocido hasta entonces. Una de ellas, en la que primero se ha fijado, se saca un pecho y lo saca al sol, y las demás se ríen. Evie queda impactada con la imagen. Las volverá a ver cogiendo comida de los contenedores, tan contentas, y se encontrará otra vez con la chica que primero le llamó la atención, Suzanne, en un supermercado, donde les comprará algo para su grupo (aunque Evie les dirá que lo ha robado). Cuando vuelvan a encontrarse, se irá con ellas hasta la granja en la que viven, muchas de esas chicas, jóvenes, jovencísimas, libres, todas bellas a los ojos de Evie, con un tal Russell, trasunto de Charles Manson, una especie de músico de personalidad magnética y mirada penetrante, capaz de ver la debilidad en el interior de las chicas. Será la primera visita de Evie a aquel grupo, Russell tendrá relaciones sexuales con ella por primera vez, y volverá a casa sintiendo que su vida ha cambiado.

Desde entonces vivirá cada vez más con el grupo de las chicas, y se dará cuenta de que la distancia con su madre ya era tan grande que podía pasar días y noches fuera sin que ella la eche en falta. Evie se va implicando más en la complicada y turbia atmósfera de ese grupo, que se convertirá en el centro de su mundo aunque ella siempre mantendrá cierta lucidez, nunca dejará de extrañarse por ciertos pasos que las demás dan sin cuestionárselos, aunque ella, en general, pese a que se los cuestione, también los da.

Evie habla en algún momento, desde el futuro de la Evie de catorce años, desde nuestro presente, de una superviviente de una catástrofe. Del estado de shock y de lo difícil que es mantener la lucidez bajo ciertas condiciones ambientales. Al principio de la novela el hijo de su amigo, un veinteañero, y su novia, al conocerla, le preguntan si ella fue la chica que estuvo en la secta. Y después le dicen que en internet no sale su nombre. Ni en los libros. Y eso dibuja su lugar, una chica que se quedó en un lateral contemplando, dentro pero sin caer del todo dentro de los mandatos de Russell.

Este Russell, por cierto, aparece como un manipulador, que busca a chicas débiles e inseguras. Un depredador sexual, también, pero por lo que se puede leer a poco que se eche un ojo a todo lo publicado sobre Manson, la novela de Emma Cline, que tampoco pretende ser un documento histórico, que es una historia con evidentes paralelismos pero nada más, nos ahorra los detalles más escabrosos, y no termina de enseñar las monstruosidades que Manson y sus chicas hicieron, y cómo llegaron a ese punto. Me gusta que la novela no se convierta en ningún momento en un libro sobre este sosias de Manson, que Evie y las chicas, que para eso le dan título, nunca dejen de ser las protagonistas.

Cuando se publicó Las chicas en 2016 desconfié del libro, lo reconozco, y por eso he tardado tres años en leerlo. Vino envuelto en todas las exageraciones de libro de la temporada, el libro más esperado del año, una nueva autora que nos va a sorprender, etcétera. No entiendo los mecanismos comerciales e industriales del mundo editorial con detalle, no sé qué hace que se precontraten dos años antes de que el libro como tal exista decenas de traducciones, se compren los derechos cinematográficos, cuando se trata de la primera novela de una autora de veinticinco años. Seguiré desconfiando de esos éxitos precocinados. Las chicas es, pese a que sí tiene algunos rasgos de libro precocinado, una novela de fórmula, un buen libro. Una historia ágil, bien escrita, que emociona en algunas páginas, pero que tampoco es una maravilla.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 22 de febrero de 2019

Amor a primeras líneas: Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow


Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow (DeBolsillo) o cómo mudarse al interior de un libro

No soy uno de esos lectores exagerados, de esos que pierden el contacto con la realidad mientras leen, no me creo un personaje. No soy Madame Bovary, para resumir, y por muy abstraído que esté en la lectura de un libro, si llaman al timbre, me entero. Si suena el teléfono me entero, y por eso lo silencio cuando lo que quiero es leer sin que me interrumpan. Cuando llega la noche y tengo mucho sueño y cojo un libro, el libro no llega a despabilarme hasta tal punto que me quite el sueño. Nunca me ha pasado lo de: “cogí el libro a las once de la noche y me dio el amanecer leyéndolo, ya terminándolo”. Por eso me ha hecho pensar especialmente lo que me ha pasado esta mañana, de camino al trabajo. El metro (o bus o cercanías) es un buen lugar para leer, siempre, claro, que uno no se tenga que meter uno en una de esas líneas a una de esas horas en las que bien parecen los vagones latas de conservas y es imposible hasta pasar la página. Por suerte yo entro a las ocho menos cuarto en una línea de metro bastante vacía y puedo disponer de tiempo de lectura sentado hasta que llego.

Esta mañana me llevé para los viajes de ida y vuelta al trabajo Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow. Ya lo leí hace muchos años y me apetecía darle una segunda vuelta. No es una de las consideradas obras maestras de Bellow (que quizá suelen ser siempre Herzog y El legado de Humboldt), aunque sí un libro bastante reconocido (Bellow es en general siempre un buen novelista, y pasa como con Philip Roth o Don DeLillo, no es tan fácil señalar las cimas). Es, por resumirlo fácil, una novela de formación.

Pero no quería hablar del libro en su conjunto, porque solo acabo de volver a comenzarlo, sino de su inicio, de esas primeras páginas en las que los libros de teoría y los cursos de escritura dicen que se marca el tono y el punto de vista. Todos hemos sentido la diferencia entre un libro que sabe atraerte hacia su interior y uno que no lo hace tan bien. He leído recientemente Lecturas de mí mismo, de Philip Roth, en uno de cuyos artículos se habla de las novelas de Bellow y otros novelistas americanos contemporáneos a los inicios de Roth. Y Roth se preguntaba de dónde venía tanta exuberancia en la prosa, tanta potencia narrativa. Y es verdad que las páginas de Bellow son densas y están llenas de materia, a veces un tanto gratuita exhibición de músculo.

No sé si el resto del libro me seguirá teniendo así de absorbido, pero el caso es que esta mañana, de camino al trabajo, me he pasado de parada, y creo que en más de diez años de uso diario o casi diario del Metro de Madrid es la primera vez que me pasa algo así, tal cual, darme cuenta dos paradas después de que se había pasado mi parada. Menos mal que voy con margen suficiente.

Y el libro empieza así, e invito a todo el mundo a unirse a él:
Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad, Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica, pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido, ya fuera inocente o no tan inocente su llamado. Dice Heráclito que carácter es destino. A fin de cuentas, no hay cómo disfrazar el jaez de tal llamado, ni almohadillando la puerta ni enguantándose la mano.
Sabido es que toda supresión es burda: suprimes una cosa y en el acto estás suprimiendo la de al lado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 24 de enero de 2019

Fragmento de Lecturas de mí mismo, de Philip Roth


Una cosita de Philip Roth, 1959, incluida en Lecturas de mí mismo (Mondadori)

Me encuentro con este texto, que Philip Roth escribió en 1959, a cuenta de la publicación de su libro de relatos Goodbye, Columbus y el posterior escándalo (moderado y reducido al ámbito judío, reducido realmente a ciertos rabinos y ciertas personas influyentes) que se produjo al respecto. Lo encuentro en Lecturas de mí mismo (Mondadori), que creo que ha sido incluido junto a otros ensayos en el volumen Por qué escribir (también de Mondadori).

Repito, 1959. Invito a buscar los paralelismos con 2019 y la digestión de la ficción que hacemos actualmente. Decía Philip Roth:

Pero el señor Kaufmann, como novelista, probablemente no tenía ninguna intención de escribir un estudio sociológico ni, ya que eso parece más bien el tipo de lectura que el rabino realmente anhela, una muestra agradable y positiva. Tampoco Madame Bovary es reconocible como estudio sociológico, pues gira en torno a una francesa provinciana y soñadora, y ninguna otra representante de las demás clases de francesas provincianas. Sin embargo, esto no disminuye su brillantez como novela, como una exploración de la misma Madame Bovary. Las obras literarias no toman como temas personajes y acontecimientos que han impresionado al escritor por la frecuencia de su aparición. Por ejemplo, ¿cuántos judíos, tal como los conocemos, han estado a punto de hundir un cuchillo en su hijo solo porque creían que Dios les había exigido que lo hicieran? El significado del relato de Abraham e Isaac no tiene nada que ver con que sea un hecho familiar, reconocible, que sucede a diario. La prueba de cualquier obra literaria no estriba en lo amplia que sea su gama de representación, por más que la amplitud pueda ser característica de una clase de narrativa, sino en la profundidad con que el escritor revela lo que ha decidido representar.
Confundir un <<retrato equilibrado>> con una novela tiene como consecuencia final caer en el absurdo. <<Querido Fiodor Dostoievski: todos los estudiantes de nuestra facultad y la mayoría de los profesores creemos que ha sido usted injusto con nosotros. ¿Considera a Raskolnikov un retrato equilibrado de los estudiantes tal como los conocemos? ¿De los estudiantes rusos? ¿De los estudiantes pobres? ¿Qué me dice de los que nunca hemos asesinado a nadie, que hacemos cada noche nuestros deberes escolares?>>. <<Querido señor Mark Twain: ninguno de los esclavos de nuestra plantación se ha fugado jamás. Pero, ¿qué pensará nuestro amo cuando lea lo del Negro Jim?>>. <<Querido Vladimir Nabokov: las chicas de nuestra clase … >>. Y así sucesivamente. Lo que hace la ficción y lo que al rabino le gustaría que hiciera son dos cosas totalmente distintas. Los intereses de la ficción no son los de un estadístico ni los de una empresa de relaciones públicas. El novelista se pregunta: <<¿Qué piensa la gente?>>, el hombre de relaciones públicas pregunta: <<¿Qué pensará la gente?>>. Creo que esto es realmente lo que molesta al rabino cuando pide un <<retrato equilibrado de los judíos>>: qué pensará la gente.

Por ahí seguimos.

Y seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 8 de octubre de 2018

En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


En el corazón del corazón del país, de William H. Gass (Ed. La Navaja Suiza)

Mi único contacto con William H. Gass había sido como prologuista de mi edición (de la editorial Sexto Piso) de Los reconocimientos, de William Gaddis. Ambos, Gaddis y Gass (de hecho Gass bromeaba en el prólogo de Los reconocimientos con que lo habían confundido con Gaddis más de una vez) son dos de los autores más conocidos y nombrados del posmodernismo estadounidense, maestros de Foster Wallace, por ejemplo. No he leído las novelas de Gass (que en algunos casos no han sido traducidas al español, y en otros apenas lo han sido, y hace mucho tiempo), así que no puedo establecer la comparativa con las de Gaddis. En la medida en que su labor como cuentista sea representativa de su narrativa en general, el autor de En el corazón del corazón del país es un narrador más cercano a lo clásico, desde luego (aunque, por supuesto, hay peros).

El primer relato de esta colección tiene casi cien páginas, lo que la acerca a la novela corta, aunque sus características (yendo a los cánones clásicos) la mantienen en mayor medida en el relato que en la novela corta. Se trata de El chico de los Pedersen, un texto que Richard Ford incluyó en su Antología del cuento norteamericano (Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, 2002). Es, con cierta diferencia, el mejor texto del libro, y su inclusión en esa antología está más que justificada, pues se trata de un relato que bien podría valer por un curso entero de narrativa y escritura creativa. Dividido en tres partes y narrado desde la perspectiva de un adolescente atemorizado por la realidad de su propia casa, nos cuenta una pequeña historia de terror doméstico. Digo terror porque es la principal sensación que produce en el lector, terror, agobio, angustia. Terror al modo que encontré hace unos meses en los cuentos de Shirley Jackson. Sin ningún elemento sobrenatural, no, pero con algo que podemos llamar una presencia que no se retira. La del entorno violento en el que se mueven estos personajes, al borde de la tormenta, personalizado en el padre del chico que nos cuenta la historia. Un borracho violento que se porta como un dios arbitrario repartiendo castigos y alguna que otra recompensa. Alguien que odia profundamente la vida, la suya y por extensión la de los demás. Un tipo con el que la convivencia y la comunicación son imposibles y que odia a sus vecinos, los Pedersen. Hay muchas teorías que relacionan el terror con el color blanco (un terror filosófico que puede seguirse desde Moby Dick, que está en La narración de Arthur Gordon Pym, un terror que emparenta la nieve con el espacio vacío en el que no se transmiten sonidos). El chico de los Pedersen es un relato con una presencia continua de la nieve y por lo tanto del frío y por extensión del terror. El chico de los Pedersen, ese chico, aparece en la casa del narrador, al borde de la congelación, casi helado, sin que se sepa muy bien en ningún momento de dónde llega, cómo ha llegado hasta allí. Ese chico de los Pedersen, al que intentan socorrer, parece estar muerto. Y los esfuerzos de quienes le ayudan, por lo tanto, condenados a la inutilidad.

El primer y mayor de los esfuerzos, el que crea la sensación de inevitabilidad y de miedo a lo cotidiano en el lector es el de ir a despertar al padre, borracho, para pedirle whisky. El chico de los Pedersen, sobre la mesa de la cocina, como una pierna de cordero mal descongelada para alguna comilona navideña, agoniza, y el padre no colaborará fácilmente. La corporeidad de ese chico, la manera en la que lo manipulan, los golpes que le dan involuntariamente y que les hacen temer que la cosa pueda empeorar (pero, ¿realmente puede empeorar? ¿acaso está vivo?) van generando uno de los grandes malestares del texto, o al menos me lo han provocado a mí. Y mientras su cuerpo espera alguna ayuda concreta, mientras no saben muy bien qué hacer con él, van surgiendo las preguntas. ¿De dónde viene? ¿Por qué? ¿Cómo se le ocurrió salir de casa cuando se avecinaba esa tormenta? ¿Acaso huía de algo mucho peor que la nieve?

Y esa sospecha final los hace recorrer el camino inverso, ser ellos los que salen en la nieve rumbo al encuentro con la verdad, como exploradores en tierra ignota. Buscan encontrarse con la verdad o con algo que se parezca ligeramente a la verdad, aunque lo más verdadero con lo que se van a ir encontrando es con sus rencillas y odios, con sus limitaciones, y con cierta esperanza, la del hijo viendo que en el fondo su padre, alcohólico, violento, odioso, no es más que un infeliz, y que quizá más que miedo debería tenerle piedad. El chico de los Pedersen, en su lectura, me ha ido remitiendo por el lado obvio a Faulkner y Cormac McCarthy, pero también a un chejovismo trabado con el realismo sucio e incluso con los ecos del terror clásico.

El chico de los Pedersen ya es prácticamente un libro que merece lectura individual. Después del subidón literario que produce terminarlo, seguir con el libro se me hizo difícil, porque los relatos posteriores me parecieron mucho más planos, ramplones y poco interesantes. Lo achacaba, decía, a la comparación con El chico de los Pedersen, con el que siempre perderán. La señora Ruin, el segundo, una mirada satírica sobre las señoras correctas de los pueblos y las ciudades de provincias, no me dijo nada. Carámbanos, el siguiente, es quizá incluso más flojo. Repito que tal vez sean dos buenos relatos, pero leídos el día siguiente a El chico de los Pedersen, se me antojaron inanes. En Carámbanos nos encontramos con un vendedor atrapado (espiritualmente pero en un sentido que acaba revelándose también físico). Estuve a punto de dejar ahí el libro. Con el primer relato ya me había compensado la lectura. Pero pensé (y bien) que si el relato que daba título a la colección era el último, por algo sería.

Antes de llegar a ese último relato está El orden de los insectos. Este sí es un buen cuento. Uno de esos de asco e incomodidad, que se apoya en uno de los clásicos de la literatura, la invasión de seres que no han sido invitados, esos insectos que se adueñan de todo y nos producen asco. Algunas de las mejores páginas de la literatura han partido de ahí (de Casa tomada de Cortázar a La metamorfosis de Kafka). Un ama de casa va virando (al modo de una verdadera transformación, casi de una epifanía) del asco y el malestar inicial a una especie de fascinación, entre el morbo y el verdadero interés (casi diría afecto) por esos habitantes de su casa. El cuento se lee con un gesto de extrañeza en la cara (¿pero qué más le pedimos a un buen relato?) y es realmente bueno. Me hizo recuperar la fe en el libro y llegar con ganas al último relato.

En el corazón del corazón del país (que es un título que me encanta, que me parece muy difícil de superar) se recrea en la realidad del Medio Oeste, que es donde Gass sitúa esta pequeña historia escrita de América (me refiero en general al libro, todo él situado en pequeñas ciudades entre lo rural y lo urbano, en un paisaje medio, en ninguna parte, en lo que se podría llamar con tópica condescendencia el corazón del país) y allí nos mete en una especie de cuaderno de notas de un escritor que vive allí. Aislado, mirando por la ventana, filtrando el frío en sus páginas, nos asomamos a su corazón, que es un órgano que late de manera comunitaria (muchas de las entradas de ese texto entre el diario y la libreta de notas de un autor están escritas en la primera persona del plural). El texto va juntando textitos encabezados por un pequeño título. No están estrictamente relacionados pero van formando, poco a poco, algo en nuestra cabeza. Ese fragmentarismo en el corazón del país nos abre, poco a poco, la puerta al corazón de ese mismo corazón. El frío se va volviendo calidez, nos identificamos (porque ese lugar que no es ninguna parte es tan normal que podría ser el lugar en el que vive cualquiera) con los personajes que pasean por esas notas y acabamos sintiéndonos habitantes de esa misma realidad, y con el libro de cuentos en otro de sus máximos.

Aunque la diferencia de nivel entre tres de los relatos (El chico de los Pedersen, El orden de los insectos y En el corazón del corazón del país) y los otros dos sea casi un precipicio, la lectura del libro en su conjunto está más que justificada. Así como quizá esté justificada la carrera de un escritor si simplemente es capaz de escribir tres relatos de esa altura. Como también puede estar justificada la traducción de algunas de sus novelas premiadas (al menos esas), para que podamos juzgarlas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 5 de julio de 2018

Un día en el atardecer del mundo, de William Saroyan


Un día en el atardecer del mundo, de William Saroyan (Acantilado)

He leído muchas veces los libros de cuentos El joven audaz sobre el trapecio volante y Me llamo Aram, de William Saroyan. Sus relatos me parecen bonitos, aunque esa sea una palabra ajena a lo que suelo buscar en mis lecturas. Entrañables, quizá, por buscar una palabra algo más válida en lo literario. Recomiendo por ejemplo, para conocerlo y entender a lo que me refiero, sus cuentos: Sesenta mil asirios, incluido en El joven audaz sobre el trapecio volante y Uno de nuestros futuros poetas, me atrevería a decir, incluido en Me llamo Aram.

William Saroyan fue un escritor descendiente de armenios que se crió en ciudades llenas de inmigrantes, en la provisionalidad, que abandonó pronto sus estudios y tuvo trabajos de esos que las editoriales suelen calificar de precarios pero que quizá podríamos limitarnos a llamar alimenticios. Cuenta la leyenda que William Saroyan recibió 7.000 cartas de rechazo antes de que le publicaran su primer relato. Quizá no fueran tantas, pero algo debió haber. Tuvo un momento de popularidad como autor de relatos especialmente en la década de los 30, y como dramaturgo en los 40, una década en la que ganó el Premio Pullitzer (por El momento de tu vida) y el Óscar por la adaptación de su propia novela La comedia humana. En los años 50 su éxito se esfumó, se refugió en el juego y la bebida, siguió escribiendo sin tanta fortuna y murió a principios de los años 80.

Creo que aparte de otras consideraciones, quizá su narrativa tuvo éxito en los años 30, durante la Gran Depresión, porque hablaba de gente pobre, precaria, de la necesidad, de problemas, de personas sencillas, y era la voz de esos tiempos. Y cuando la economía americana empezó a remontar tras la Segunda Guerra Mundial y Saroyan siguió contando las mismas historias, los lectores no querían que les recordaran por dónde habían pasado. Saroyan, como muchos escritores (y busco en internet información sobre si Salinger lo había leído, y no encuentro nada claro, aunque encuentro que sí era un autor al que había leído mucho y con admiración, sobre todo sus primeros trabajos, Charles Bukowski) vive en un punto infinito al final de la infancia y al principio de la adolescencia desde donde parecen nacer sus historias una y otra vez.

¿Qué tiene Saroyan? Sabe ser emotivo sin ser sentimental, con lo difícil que es moverse en la frontera entre ambos conceptos. Narrativamente es sencillo y directo, y se nota su experiencia como dramaturgo en el modo de plantear los diálogos, que siempre hacen avanzar la trama, e incluso cuando incurren en alguna perogrullada lo hacen con perogrulladas bien planteadas (un poco al revés que los diálogos epifánicos – un poco bobos de Haruki Murakami). Domina la famosa idea de que el relato debe hablar en primer plano de un tema e ir dibujando una historia oculta por detrás, siendo esa la realmente importante. Y habla de gente modesta, hasta pobre, desde un nivel real, sin la idealización que algunos autores de otras clases sociales más altas dedican a lo que no conocen en realidad, y sin caer en la sordidez (tipo Bukowski). Los mira de frente y los retrata, pobres o no, pero tan personas y personajes como cualesquiera otros.

Toda la narrativa de William Saroyan tuvo siempre una base autobiográfica importante, y Un día en el atardecer del mundo, también. En ella, Yep Muscat, un escritor de origen armenio que tuvo éxito y ya no lo tiene, dominado por sus adicciones y deudas, vuelve a Nueva York para intentar colocar algunas de sus nuevas obras de teatro. Llega desde un vacío de 20 años de ausencia. Se encuentra con el pasado, y todo el mundo le habla como si él mismo fuera un extraño fantasma llegado desde ese pasado. La novela, de 1964, tiene un claro paralelismo con la situación de Saroyan, y se mueve entre la melancolía y la fascinación por una ciudad, Nueva York y una pasión, la creadora. Tiene, en este tema, momentos muy interesantes sobre la negociación de derechos, productores que quieren que Muscat escriba poco menos que gratis para ellos (a cambio de visibilidad, como si fuera 2018) y a los que Muscat convence con argumentos tan obvios como que él escribe porque es su vida, va a escribir igualmente aunque no le paguen, pero no va a dar su trabajo a cambio de nada. La vida misma del creador, ayer, hoy y me temo que siempre.

En un pasaje de la novela, Yep Muscat se encuentra en un bar con la hija de un autor muerto al que leyó de modo discontinuo pero siempre con atención y admiración. Y le dice:

Tenía trece o catorce años cuando leí por primera vez un cuento de su padre. Desde entonces, de vez en cuando me encuentro alguno de sus cuentos, por lo general en una antología, y lo leo con avidez, y siempre tengo la sensación de que podría haberlo escrito yo.

Y algo así le pasará al lector con la manera natural de narrar de Saroyan. Como decía Holden Caulfield (y vuelvo a insistir en que creo que Salinger habría leído a Saroyan en algún momento de su formación): Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras, y aquí se establece esa clase de complicidad que hace que te gustara poder compartir un café con él. 

Creo que William Saroyan escribía con gusto, con sentido narrativo, consciente quizá de no estar inventando nada, como un buen artesano que renunciaba a ser un artista de primera, pero creo que como con muchos buenos artesanos, su trabajo merece la pena, se puede disfrutar de él, aprender algo, y es una lectura muy recomendable para el verano.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 20 de junio de 2018

Némesis, de Philip Roth


Némesis, de Philip Roth (Mondadori)

A veces te crees tus propias mentiras, o al menos tus propios prejuicios. Supongo que hay algo de inevitable en ello. He leído una gran parte de la obra novelística publicada de Philip Roth. Y en algún momento me convencí de que su última novela buena había sido La conjura contra América, publicada en 2004. Debo decir también que era la lectura de otras novelas de Roth, de esos primeros años de la década de los 2000, la que me llevó a concluir eso. Novelas como Elegía, Sale el espectro e Indignación me parecieron flojas, innecesarias. Incluso El animal moribundo, aunque más consistente, ya me lo había parecido.

Y en esto, se murió Philip Roth y en una biblioteca de las que suelo frecuentar montaron uno de esos stands con sus novelas, y curioseando, decidí coger Némesis. Y me encontré con una novela de un Philip Roth que si bien no está quizá en su primera división, no desmerece para nada, está bien construida, bien narrada, juega con la historia y sus historias. Es una muy buena novela, al margen de quien sea su autor y qué lugar ocupe en el ranking de sus obras. En Némesis, Philip Roth viaja al pasado, al suyo, aunque lo esconde y utiliza sin personalismos. Nos sitúa en 1944, última época de la Segunda Guerra Mundial, en el centro de la comunidad judía de Newark, Nueva Jersey. Una epidemia de polio se ceba durante ese verano con los niños locales, poniendo de los nervios a todos, haciendo dudar de lo divino y lo humano a los adultos, hasta extremos propios de Dostoievski, provocando que las autoridades se planteen cerrar los parques, espacios deportivos, campamentos, todos los lugares en los que suponen que el virus está contagiándose e infectando cada vez a más niños. Mientras, los jóvenes americanos mueren en el frente.

También uno de los mejores amigos de Bucky Cantor, que es monitor en uno de esos espacios infantiles, y que se hace mayor a los 23 años, de repente, cuando enterrar a sus alumnos se convierte en algo casi rutinario. Entonces, le llega la oportunidad de huir. A través de la familia de su novia recibe la oferta de encargarse de un campamento acuático en el campo, lejos de la ciudad y de la polio. Tras mucho pensarlo, lo acepta, sintiendo que ha abandonado a sus chicos. Aunque el narrador es uno de esos chicos judíos, que también contrajo la polio y acusa desde entonces cierta cojera, lo que no le ha permitido hacer una vida normal, el verdadero protagonista es Cantor.

Y el tema esencial es la culpa. La que siente por haber escapado Bucky Cantor y la que sentirá más adelante. Al campo le siguen llegando malas noticias. Más niños han enfermado y han decidido al final cerrar la escuela de verano en la que trabajaba. Cantor se siente culpable por cobarde, y además por haberse ido con tan poca diferencia de días, siente que podría haberse quedado, esperar a que cerraran y entonces haber escapado al campo con su novia. Y nadie hubiera pensado que estaba escapando. La vida en el campo va bien, es entretenida, bonita, pero un día llega allí también la desgracia. Uno de los niños enferma y también es polio. Las hermanas de su novia también contraen la enfermedad. Por último, él también la sufre.

Se aislará de todos, no querrá recibir visitas en el hospital, dejará a su novia, y se esconderá en sí mismo para prácticamente el resto de su vida, aunque de esto no nos enteraremos hasta muchos años después, cuando se reencuentre con su antiguo alumno y empiecen a quedar semanalmente para comer y hablar de la vida. Veremos cómo un mismo momento afectó de maneras casi contrapuestas a quien era un niño vulnerable y a un joven que había superado muchas dificultades hasta entonces en la vida (sin padres, había perdido a su abuelo hacía poco, pero parecía lleno de seguridad y confianza en sí mismo). La polio actúa en toda la novela como una enfermedad casi moral que saca lo peor de muchos vecinos de Nueva Jersey. Aquellos que prefieren aislar a los vecinos de un barrio (que además son judíos, en 1944, con la Segunda Guerra Mundial al fondo). Jóvenes americanos, sanos, bien formados, caen en ambas batallas. Y el país y su sociedad deben recomponerse después del horror, el mundial y el vecinal. Roth nos muestra que el país se levantó de un tiempo sin vacunas ni dioses tambaleándose, pero volvió a caminar.

Y lo hizo en su última novela, antes de anunciar que no se sentía con fuerzas de lanzarse al trabajo que exige una nueva obra. Y resultó un libro consistente, sólido, meritorio, complejo, un adiós con oficio, que merece la pena leer, y que me alegro de haber encontrado en estos días.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth, novelista


Philip Roth (1933 - 2018)

Por mi escritorio de trabajo rondan siempre 5 o 6 libros que me acompañan mientras escribo, porque a veces me detengo y me pongo a leer un rato, o simplemente me dan seguridad, parece que me aconsejan incluso con las tapas cerradas. Son libros que un día cojo de las estanterías y traigo para buscar algo en ellos y ahí se quedan durante meses, inmunes a limpiezas. Se ha muerto Philip Roth hoy y me he quedado mirando Pastoral americana y el volumen de Zuckerman encadenadado, que desde enero aproximadamente están sobre esa mesa, en labor guardiana (junto a Los detective salvajes, los Cuentos selectos de John Cheever y Tobias Wolff, El desierto de los tártaros y los Diarios de Kafka). Hace algo más de un año publiqué una entrada sobre mis novelistas preferidos, y dejando claro entonces (y ahora) que no sabría ordenarlos exactamente, sé que Philip Roth, junto con Don DeLillo, son quizá mis dos novelistas (analizados a través del conjunto de sus novelas, y siendo dos escritores de los que he leído prácticamente todo lo que han publicado) preferidos. Ni sabía ni sé cuál en el número 1 y cuál en el 2, y quizá es una cuestión de días y sensaciones. Roth es más carnal, más sensitivo, realista, y a cambio es menos mágico con la sintaxis, el lenguaje y el trabajo específicamente literario. Pero no pensemos que es un escritor que no poseía herramientas técnicas de primera, pues lo era. Siempre supo ajustar perfectamente narradores, puntos de vista, jugar a meter narradores interpuestos, confundir ficción y realidad como nadie, pasar del párrafo complejo a la oración sencilla, jugar a la metaliteratura, a la innovación. Ha retratado la cara oculta del hombre occidental durante más de cincuenta años. Supo retirarse. No le dieron el Premio Nobel, lo que le iguala por ejemplo a Nabokov, Borges o el propio DeLillo. Ni falta que le hacía el Nobel. Ganó todos los premios habidos en el mundo anglosajón y a nivel internacional salvo ese, y hace más de veinte años que nadie discutía su lugar en el panteón de los grandes narradores del siglo XX.

Por si a alguien no hubiera leído aún a Roth y le interesara mi opinión sobre por dónde empezar con su obra, recomendaría, en riguroso orden personal:
1. Pastoral americana
2. La mancha humana
3. Me casé con un comunista
4. La contravida
5. Operación Shylock

Aprovecho aquel texto del año pasado como base, y añado algunos detalles más, simplemente.
Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior, sino más clásica y aún sin la arrolladora personalidad narradora de Roth. Cuando ella era buena es una novela también extraña en su obra, antecesora de Me casé con un comunista, aunque bastante menos lograda. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo, y sigue divirtiendo hoy a quien se acerque a sus trescientas páginas de disparates y mala leche. La saga de Zuckerman (particularmente me encanta La visita al maestro, en la que por primera vez aparece el personaje de Nathan Zuckerman, y que muestra el tránsito de escritor académico a fenómeno de masas que se produjo con Roth tras El lamento de Portnoy) es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana, aunque quizá su texto más kafkiano (o casi gogoliano, por su clara base en La nariz, del autor ruso) sea El pecho, en la que David Kepesh, otro académico, viaja desde la incapacidad para relacionarse de manera profunda con las mujeres hasta una transformación (en principio divertida, pero luego terrible por lo que le supone de aislamiento) en un pecho, una teta enorme que se pasea por Manhattan. 
Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Para mí, perfecta. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana (una novela que impugna la mera idea del realismo literario, pues se lee con pasión, se vive, sufre, es quizá mi segunda novela preferida de Roth, y es, sin embargo, si se piensa bien, inverosímil en muchos aspectos) y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, quizá su mejor época como autor, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump, y que aparte del sexo, las relaciones destructivas con las mujeres y las bombas contra la familia, toca el que es otro de los temas más repetidos en su obra: la persecución a la que nos pueden someter en las sociedades supuestamente libres.

lunes, 21 de mayo de 2018

Cuentos escogidos, de Shirley Jackson


Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula)

Si todos los cuentistas descendemos, directa o indirectamente, con mayor o menor éxito, de Edgar Allan Poe, no debe extrañarnos que muchos de los grandes logros de la narrativa breve se sitúen, de un modo natural y cómodo, en el ámbito de lo fantástico y / o el terror. Pienso en gran parte de la producción de Kafka, de Borges, en Cortázar, en Dino Buzzatti, y en un porcentaje amplio del cuento anglosajón de los últimos sesenta o setenta años, como Stephen King o Richard Matheson. 7 cuentos y otros 4 textos de naturaleza más o menos crítica me han valido para atreverme a situarla en un escalón parecido a ellos dos. Al menos.

King es uno de los que recomiendan los textos de Shirley Jackson y hablan de ella como una maestra. Stephen King es quizá demasiado generoso en sus referencias a maestros y escritores de primera, y así algunas de sus recomendaciones me han decepcionado. Pero no es el caso. Empezaba hablando de Shirley Jackson como autora de género de terror, y su libro más famoso, Siempre hemos vivido en el castillo, es una novela gótica clásica, igual que La maldición de Hill House es una novela de casas encantadas perfectamente asimilable al género. En estos cuentos, sin embargo, habiendo terror, se trata más de una pequeña selección de cuentos realmente incómodos, tocados por el desasosiego y la incomodidad. El terror se produce en el lector por la falta de suelo que se adivina en lo que se está leyendo. Son esa clase de cuentos bien construidos que buscan (y necesitan) la complicidad del lector para completar lo que se está contando en ellos. Nunca termina de suceder nada abiertamente monstruoso, pero uno, como lector, siempre llega a la última página intranquilo, preocupado por esos personajes, intuyendo lo que queda más allá. Sabe que lo que está pasando un poco más allá de la página es aún peor. Sufre por la vida más allá de los personajes. Los cuentos de Shirley Jackson quizá destacan por eso, porque nos están contando algo importante pero nos están transmitiendo que lo realmente decisivo no está ahí, en lo obvio, en la página.

La edición de Minúscula (detallada y bonita) incluye realmente solo siete cuentos: El amante demoníaco, La bruja, Después de usted, mi querido Alphonse, Charles, Siete tipos de ambigüedad, La muela y La lotería. La lotería es quizá el relato más conocido, y su influencia se palpa claramente en esos relatos más rurales de Stephen King, aquellos con los que empezó en El umbral de la noche (siendo quizá el más famoso Los chicos del maíz). Volveremos a él en unas líneas.

Hago un breve comentario sobre los cuentos incluidos. El más flojo me ha parecido, con diferencia, La muela, que retrata el viaje, agobiante, en autobús, de una mujer desde su casa en los suburbios al centro de Nueva York a que le extraigan una muela que le está doliendo. Bien cargado de simbolismo y bien ejecutado, no tiene sin embargo el vuelo literario que en general tiene de sobra el libro.

Los relatos, descontando La lotería, son, en esencia, realistas. Quiero decir que si cuento brevemente la trama de cada uno de ellos, parecerían historias de Lorrie Moore o John Cheever. Y no cito arbitrariamente a estos dos autores, pues creo que Shirley Jackson comparte con ellos la manera de enseñar las heridas del malestar íntimo de la clase media. Shirley Jackson era una mujer casada, que vivía en las afueras de una ciudad de provincias y se encargaba de sus hijos. Y escribía sobre las limitaciones que esa vida le imponía. Se muestra clara al respecto en los cuatro textos entre ensayísticos y confesionales que siguen a los relatos propiamente dichos. Pero volvemos a los relatos y a su aparente realismo. Y decimos aparente y sabemos, como lectores del género inquietante (más que fantástico o de terror), que la mejor manera de empezar a inquietarnos es que todo parezca, al principio, muy normal. Porque quizá el gris es el color más inquietante de la paleta con la que puede ambientar sus historias un autor.

El amante demoníaco retrata la búsqueda, desasosegada en un principio, desesperada al final, de una mujer en la mañana de su boda. Se le ha extraviado el novio. Y no hay rastros más allá de su propia voluntad. Y no sabemos si todo ha sido una especie de broma pesada que un caradura le ha gastado a una solterona o las propias ensoñaciones de la protagonista, que la han hecho imaginarse vestida de novia, hasta que el choque con la realidad es inevitable.

La bruja nos muestra una conversación casual entre un niño que juega en la calle bajo la vigilancia de su madre y un anciano que pasa por allí y se pasa. ¡Menudas cosas dicen los niños! ¡Y menudas cosas dicen los viejos! ¿O hay algo de verdad en las terribles frases que a modo de broma (espera la madre) salen por la boca del viejo, que recuerda su infancia, cruel como lo son muchas veces?

Después de usted, mi querido Alphonse y Charles son dos muestras de una autora que sabe moverse perfectamente en el mundo infantil, retratando sus claroscuros (con tendencia a reforzar la parte oscura, por supuesto). Conoce el lenguaje y la forma de ver el mundo, muchas veces entre la ensoñación y la incomprensión de algunos comportamientos adultos. Después de usted, mi querido Alphonse, es un relato sutil en el que Shirley Jackson despedaza la corrección aparente y las buenas intenciones de la clase media blanca bienpensante. Cumple perfectamente la máxima del relato de contar lo que está sucediendo, mostrarlo, en vez de decir qué debe pensar el lector. Un niño lleva a casa a comer (lo más normal entre niños) a un amigo, que es negro, y su madre asumirá desde el instante en que entra en casa todos los tópicos y diferencias entre su familia y la del niño, en cuanto a clase social, comportamientos. Y el niño negro le irá desmontando, uno a uno, esos prejuicios que quizá no son ni conscientes de serlo, mostrándole una cotidianidad muy parecida a la de ellos. Me ha recordado (aunque no pasa a la parte terrorífica), el planteamiento de la familia a la que llega el protagonista de la película Get out. Charles no es más que el nombre de un niño, un compañero de clase del hijo de una familia, un niño que acaba de empezar el preescolar, aunque quizá sea un amigo imaginario del niño, o quizá algo más, una máscara tras la que esconder sus malos comportamientos y con cuyas historias entretener a su familia.

Y llegamos a La lotería. Leído hoy es un relato que ya ha escapado de la definición de escandaloso (empezando porque puso muchas semillas en muchos relatos posteriores y lo tenemos muy asimilado). La lotería se celebra en un pueblo del Medio Oeste americano y elige cada año a una familia que a modo de ritual (probablemente para mantener a salvo a todos los demás) será apedreada. La lotería relata el sorteo de un año concreto, y es una maravilla de concisión y tensión ambiental sostenida. Fue publicado en The New Yorker y obtuvo gran número de reacciones indignadas. Y resulta casi enternecedor ver por qué cosas se escandalizaban en los años cincuenta, y preocupante pensar que hoy en día, con el ruido y la furia concentrados en las redes sociales, se le podría pedir la cárcel o al menos la desaparición del texto (y no sé muy bien qué petición es peor) por parte de los ofendidos por esas páginas. Por lo demás, un texto ejemplar, perfecto, de relato en el que lo poco dice muchísimo, y como pasa con la mayoría de cuentos del libro, y ya se ha comentado, mucho más de lo que queda por escrito, como si la autora quisiera señalar lo horribles que somos los humanos pero no quisiera dejar demasiadas pruebas por escrito de que lo ha dicho.

La edición (que aún así pasa escasamente de las 150 páginas) se complementa con cuatro textos, recogidos bajo el título de: Tres conferencias y un cuento. Experiencia y ficción, el primero, es una bonita oda al oficio de narradora, y sus ventajas sobre la vida “normal”. La noche en que todos tuvimos gripe no me ha parecido que pase de ser una anécdota familiar, en la que quizá se rastrean algunas costumbres y modos de Shirley Jackson que podrían tener que ver (o no) con su modo de enfrentarse a la escritura, pero que más allá de que alguien quisiera escribir un artículo académico no creo que presenten gran interés. Biografía de una historia narra la sucesión de reacciones a la publicación de La lotería (algo horrible, le dicen muchas veces). Cartas que llegan a su casa (bueno, a un apartado postal dispuesto para ello) por decenas al día, enviadas directamente por lectores o reenviadas en muchas ocasiones por su editor en The New Yorker. Están desde los que no parecen entender qué es una obra de ficción y qué se debe esperar de ella, hasta los que tienen serios problemas de comprensión lectora, aquellos para quienes las historias siempre deberían ser bonitas y animar al mundo, y nunca mostrar su reverso tenebroso, y los pocos que vieron algo bueno en esa historia y se lo quisieron transmitir a la autora. El texto que cierra el libro, Notas para un joven escritor, es uno de tantos textos de consejos para escritores, pero hay que reconocerle que es valioso en el modo en que muestra de modo sencillo cómo distinguir una historia que solo tiene interés para quien la cuenta de otra con interés para los lectores y como consejos para limpiar el estilo y hacerlo significativo.

Haciendo balance, los Cuentos escogidos de Shirley Jackson un libro valiosísimo, para tener en casa, y supongo que lo apropiado es buscar pronto el reciente: Deja que te cuente: Cuentos inéditos, ensayos y otros escritos, también en Minúscula, y dejar que se complementen, a la espera, quizá de una edición de su narrativa breve completa y antologada.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E