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jueves, 25 de octubre de 2018

Estabulario, de Sergi Puertas


Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)

Un amigo me regaló este libro a principios de verano y me dijo: A ti, que te gusta Ballard, te gustará. Lo dejé en una estantería y no encontré el momento de cogerlo hasta finales de agosto. No vi solo a Ballard, aunque estaba su sombra. Pero sí, tenía razón, me gustó. Mucho. Como cuentista, y antes que como cuentista (o a la vez o en paralelo, porque en la lectura y escritura de cuentos es muy difícil distinguir al huevo de su gallina, y cuanto más lees más quieres escribir, y cuanto más metido estás en la escritura de relatos más lectura necesitas para ampliar horizontes y darte cuenta de todo lo que te falta por aprender) como lector, acabas valorando por encima de otras características la personalidad y la originalidad.

No sé (aunque lo sospecho) si los talleres literarios, su proliferación, los intercambios entre profesores y alumnos, los alumnos que acaban siendo profesores, los profesores que venden sus libros a sus propios alumnos, una cierta endogamia y circuitos cerrados, no tienen mucho que ver con la proliferación en la última década de libros de cuentos que utilizan recurrentemente ciertos trucos y artefactos, combinan las mismas estructuras, nos demuestran una y otra vez que sus autores se han estudiado bien la lección y han sacado provecho de los cursos de escritura creativa y han logrado, en definitiva, libros correctos y planos.

Frente a eso, un libro como Estabulario es una gozada. Los seis cuentos que Sergi Puertas nos ofrece en esta colección son extremos, a ratos desequilibrados, aceleran, frenan, son muy personales, dan un poco de miedo y un poco de asco. En algunas páginas nos impresiona y descoloca, mientras que en otras se repite o trata de forzar algunos giros que no le quedan redondos. Hasta en algún cuento ha llegado a aburrirme. Pero, ¿y qué? Gracias por este libro vivo y escrito con pasión. Una verdadera apuesta de autor.

¿Hay Ballard aquí? Con Ballard empieza a pasar como con todos los grandes autores, es difícil saber cuándo su influencia es directa o simplemente está en el aire (como lo está, por ejemplo, la de Kafka, la de Philip K. Dick, la de Sigmund Freud; da igual no haberlos leído directamente, pesa su influencia). Quienes dicen que este libro suena a Ballard supongo que se refieren a esos futuros cercanos y distópicos, a llevar al extremo más desagradable la realidad a base de pequeñas variaciones. Veo, sin embargo, más que a Ballard a su versión domesticada, la serie Black Mirror, al fondo de Estabulario. Y aparte de Ballard también está presente (aunque se diga menos) Don DeLillo. Porque el futuro no se entiende sin Ballard ni DeLillo. El futuro que ellos dibujaron para que se parezca cada vez más a nuestro presente. Y nosotros nos estamos empeñando en parecernos cada vez más a lo que ellos imaginaron.

Me gusta más Estabulario cuando se acerca más a Ballard y menos cuando se queda en un buen guión para un buen capítulo de Black Mirror (una serie que por cierto, hay que ver cómo ha bajado de nivel en sus dos últimas temporadas). Me gusta mucho Estabulario en cualquier caso. Cualquiera de sus seis cuentos me parece digno de mención, de especial atención y de lectura. Todos consiguen removerme durante la mayoría de sus páginas, haciéndome sentir incómodo. Sergi Puertas tiene una capacidad muy difícil (algo que está en la órbita de Philip K. Dick, de A. G. Porta y de Roberto Bolaño, autores con los que quizá se relacione menos en cuanto a estilo pero en los que se hermana aquí) de ejercer, que es la de escribir ciencia – ficción, que más o menos suene a tal y un verdadero aficionado (y yo no lo soy, a mí me gustan las obras que se separan del género como tal) al género pueda reconocer y asumir, y hacerlo desde la precariedad. Precariedad vital, emocional y laboral. Las tres patas sobre las que deben apoyar el taburete las generaciones a las que les ha pillado la crisis que empezó (o explotó) en 2008. Una combinación peligrosa que conduce a la inmadurez y la falta de compromisos, a la combustión de las ilusiones prometidas. Los personajes del libro de Puertas, entre visiones retrofuturistas, son comerciales que deben cerrar con urgencia una venta para que no los echen, son trabajadores temporales que han hipotecado su tiempo y su dignidad, están gordos, no entienden su entorno, son adictos, tienen familiares enfermos que dependen económica y afectivamente de ellos. Están entrampados en el presente y sin futuro.

Hablaba en el párrafo anterior de retrofuturismo porque el futuro de Estabulario es un futuro que ya conocemos, que hemos visto y leído en muchos libros. Tenemos a Ballard y tenemos a Stanislaw Lem (al que veo un claro homenaje en el robot de cocina del último cuento, Estabulario). Tenemos mucha televisión, mucha más de la que hoy en día ya damos por sentada que la gente ve. Tenemos publicidad para satisfacer nuestros deseos y hacernos tener nuevas ansias. Hay personas que no quieren salir de su casa. Hay flujos de tiempo circulares, idas y vueltas al espacio, bucles, fantasmas, robots. Miedo. Pero sobre todo hay fragilidad. ¿Es acaso la fragilidad la más humana de las características? Me atrevería a decir que esa es una de las tesis de Sergi Puertas.

Creo que es mejor no desvelar demasiado sobre la trama concreta de los relatos. Son seis y algunos de ellos no se entienden hasta que no se han terminado de leer (y de algunos me imagino que mi interpretación será distinta a la de otros, al menos en muchos aspectos) y se piensan un poco. Sergi Puertas debió pasarlo bien apretándole las tuercas a sus personajes y a las situaciones, como un niño cruel que monta robots a partir de tuercas y mecanismos. El estilo está inflamado y es incendiario. Las historias llegan a ser hasta desagradables. Pero el voyeur enfermizo y el lector de paladar fino, cualquiera de los dos, no podrán soltar el libro. Obesidad Mórbida Modular me descolocó mucho. Me hizo darme cuenta de que estaba entrando en un libro diferente. Manos libres, el segundo, y quizá el que menos me ha gustado de todos ellos, me hizo sospechar que el libro se me cayera de las manos (cosa que me pasa a veces con libros de cuentos, el primero me impresiona y luego todo va bajando), pero Pegar como texto sin formato, el tercero, me hizo ver que estaba equivocado. Torremolinos, el cuarto, es el relato más parecido a una trama (de las lineales) de Black Mirror. Quizá es el menos sorprendente de todo el libro, pero funciona a la perfección. Nuestra canción, al contrario, une muy bien fondo y forma, haciendo que una serie de notas en apariencia dispersas acaben sonando ante el lector como una estructura que va y viene al estribillo, al modo de los temas pop. Estabulario, por último, es, este sí, el más realmente ballardiano de los relatos del libro, y logra el siempre difícil objetivo de terminar en alto. Y lo hace con nota.

Retomo mi idea inicial. Me he alegrado mucho de encontrarme con este libro de Sergi Puertas. Le agradezco su fuerte apuesta, que destaca mucho en el mar del conformismo que es la literatura española. Y espero con curiosidad cuáles puedan ser sus siguientes libros para seguir leyéndolo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 11 de diciembre de 2017

Solenoide, de Mircea Cartarescu

Solenoide, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)

Mi primera experiencia lectora con Cartarescu fue, como la de muchos, con el relato El ruletista. Es un relato del que se ha hablado mucho y del que no creo estar exagerando si digo que no desentonaría al lado de relatos de Borges, Kafka, Cortázar, Bioy o Buzzati en cualquier antología del género fantástico. Me compré después el volumen en el que este se incluye: Nostalgia, que es un libro que he ido leyendo y releyendo de manera discontinua durante los últimos dos años. Tuve la suerte de asistir a una pequeña charla de Cartarescu en la librería Alberti de Madrid con la que se presentaba el volumen de prosas (no son ensayos en su mayoría, tampoco son relatos propiamente dichos muchos de ellos) El ojo castaño de nuestro amor. Durante el último verano leí los volúmenes de textos más o menos vivenciales Las bellas extranjeras y Por qué nos gustan las mujeres y la novela Lulú.

No me he atrevido aún con El levante, una novela ensoñadora escrita al modo de La odisea de la que me han hablado maravillas, pero llegué a finales de octubre, como un fan acérrimo (que no lo soy, aunque tras este libro ya me sumo a la categoría de lector muy interesado en él) a uno de los primeros ejemplares de Solenoide, su última novela traducida. Lo leído hasta ahora de Cartarescu me hablaba de un autor irrealista (el excelente escritor de relatos de Nostalgia), que incluso bajo encargos de realismo (contar su experiencia como representante de la literatura rumana en Francia, en el caso de Las bellas extranjeras, sus relaciones con las mujeres en Por qué nos gustan las mujeres) siempre encuentra el modo de evadirse. Cartarescu es un soñador (una palabra clave en su producción), alguien que no sabe a veces en qué país vive. La figura tópica del poeta despistado con pelo largo.

Solenoide recoge esa apuesta de soñador irrealista y la dobla o la triplica o quizá hasta la cuadruplica. Mircea Cartarescu, de 60 años, autor reconocido en su país hasta el punto de que parece el actual poseedor del título de escritor patrio por excelencia, bien traducido en Europa (se habla mucho de la excelente labor de Marian Ochoa de Eribe, que parece dedicada por completo a la obra del rumano, como en una de sus historias, como otro personaje borgiano; aquí vuelve a hacer un trabajo delicado y casi invisible), candidato al Premio Nobel y probable ganador del galardón en la próxima década. Desde esa perspectiva se podría esperar un cierto acomodamiento (no hace falta pensar demasiado para llegar al nombre de autores acomodados de ese nivel de reconocimiento, citaré en cambio únicamente a un autor que con el Nobel en la mano ha seguido escribiendo ambiciosamente, J. M. Coetzee, que primero se sobre expuso en el tercer tomo de sus memorias, Verano, y luego se ha arriesgado a la incomprensión con los libros La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela) y un esperar a la posteridad pero ha sorprendido con una novela ambiciosa, desmesurada, universal. Un libro que convencerá más o menos a cada lector, pero que está escrito desde la convicción del autor de estar alumbrando su obra magna.

Quiero detenerme en el adjetivo universal, porque creo que lo que Cartarescu cuenta en Solenoide, aunque anclado a Rumanía y concretamente a Bucarest, una ciudad que parece adaptarse al estado de ánimo del narrador, y lo mismo es la más bella del mundo que un lugar gris y asfixiante, es algo alejado totalmente de la necesidad de conocer la realidad local para interpretarlo. Por otra parte, Solenoide construye un universo completo. No es que la novedad esté en el hecho de armar una novela, por larga que sea, que traza la vida completa o casi completa de alguien, pues novelas de esas hay muchas y las hay excelentes. Lo personal y arriesgado de Cartarescu es cómo permite que su narrador se deslice hacia la locura por párrafos y siempre sabe volver con él hacia la corriente principal de la historia, integrando las digresiones perfectamente en un marco general, permitiéndose verdaderos desvaríos (desvaríos, todo quede dicho, perfectamente asumibles, pues creo que a estas alturas de la historia todos sabemos lo estrecha que es la definición de normalidad).

Los dos grandes nombres que se evocan al hablar normalmente de Cartarescu son Borges y Kafka. En sus relatos (pienso en los incluidos en Nostalgia) Borges es quien más sombra da a la prosa de Cartarescu. El ruletista, quizá su obra más popular, es una narración digna de Borges, que juega con las paradojas lógicas al modo del argentino. Aquí es sin duda Kafka. Empezando por el simbolismo que los insectos toman en Solenoide, que se inaugura con un recuento de piojos, y que apuntan directamente a La metamorfosis. Pero sobre todo por el desdoblamiento al que se somete Mircea Cartarescu, que nos narra en Solenoide, simplificando mucho, una existencia paralela. El Mircea Cartarescu autor asentado de relativo éxito juzga sin un objetivo claro al Mircea Cartarescu que podría haber sido pero que finalmente no ha sido. Lo convierte en su propio Josef K. y lo somete a los tormentos del rechazo, el fracaso, la soledad, la frustración y las alucinaciones que le hacen dudar de su cordura. Cartarescu es, en cualquier caso, juez y parte, como diría el lugar común, y se aplica cierta piedad antes de condenarse. Trata de entender a aquel soñador inadaptado que fue desde su adolescencia y que quizá solo ha dejado de ser en parte y en gran medida gracias a casualidades.

Hay una noche que funciona como big bang y a mi entender determina el desdoblamiento autor – narrador – personaje, y es la noche en la que Mircea Cartarescu se muestra como poeta en público y lee sus composiciones ante un tribunal de la Inquisición formado por otros poetas igualmente jóvenes. El Mircea Cartarescu real salió bien parado de aquel trance. El Cartarescu del libro nunca superó las palabras de desprecio que le dedicaron. Se recogió dentro de sí mismo y lo único a lo que dedicó su tiempo de escritura desde entonces fue a este diario que ahora nos muestra. ¿Por qué el título, por cierto? Porque Cartarescu vive en la novela en una casa con forma de barco en el interior de la cual encuentra los extraños inventos de un antiguo habitante de tan extraña vivienda, uno de los cuales es un gigantesco solenoide que parece capaz de ordenar el mundo a partir de sus atracciones y repulsiones.

Cartarescu fue maestro de rumano en una escuela pública durante los años ochenta. El personaje de la novela lo ha seguido siendo, ha cruzado como un mueble el sistema educativo desde la época de Ceaucescu hasta la actualidad. Siempre se ha considerado un maestro sin vocación, torpe, despistado, incapaz de motivar a sus alumnos. Son sensacionales las escenas en las que está preocupado por si no es capaz de encontrar el aula en el que debe entrar a dar clase en la próxima hora. Nos sitúa ahí Cartarescu ante una paradoja. Parecería que debe ser más difícil ser un escritor de primera, reconocido, que un maestro (dicho sea simplemente porque los escritores de primera ampliamente reconocidos son muy pocos y cada país tiene millones de maestros) pero Cartarescu nos descoloca mostrándonos la absoluta incapacidad del protagonista para mejorar lo más mínimo como docente a lo largo del tiempo.

Como yo soy profesor de secundaria, he disfrutado mucho con las subtramas que se van dibujando en la novela relacionadas con la enseñanza, aunque más que con ella, con sus pequeñas miserias. El dibujo de los profesores es un bestiario de personajes extraños, en algunos casos vecinos de la sociopatía (y muchos profesores son personajes extraños, y no pocos son en el fondo sociópatas que mal disimulan). Las charlas y los silencios en la sala de profesores, el modo en que los alumnos miran a unos y a otros, la manera en que el propio profesor ve a sus alumnos dentro y fuera del colegio, las relaciones de poder y las guerras intestinas entre colegas y con y contra la dirección del centro. Creo que mi vida profesional afecta a mi percepción de estas partes de la novela, quizá no tan jugosas para otros lectores. Pero no son lo principal.

Lo principal es el peso del mundo y el lugar y la labor del creador. Cómo tratar de hacer algo creativo con ese mundo esencialmente hostil, gris, feo en contra. Desde la relativamente segura perdurabilidad (con todo lo relativa y segura que esta pueda ser) de la obra escrita de Mircea Cartarescu, este transmite al lector un mensaje esencial: el creador lo es si está suficientemente convencido de lo necesario (y esto puede ser algo únicamente personal) de su obra. Quedan fuera por lo tanto las novelas asépticas escritas con el único fin de entretener. Cartarescu aquí juega a suplantar su posibilidad y escribir desde el negativo de lo que realmente ha sido su única novela. Es por lo tanto una novela que debería valer para juzgar la valía (o no valía) de Mircea Cartarescu, escritor. Se habla de Borges y de Kafka y otro autor que sobrevuela la obra de Cartarescu, especialmente aquí, es Ernesto Sabato, un tanto olvidado pero un escritor al que el rumano ha leído mucho y con cuya obra Abbadón el exterminador me ha parecido que hay aquí conexiones claras (aunque Solenoide es una novela más luminosa y blanca).

Solenoide es a la vez una repetición de temas clásicos en la prosa de Cartarescu y las variaciones sobre los mismos. Eso lo convierte en un libro doblemente disfrutable por quienes ya lo han leído (se citan rutinas y cuestiones presentes en sus dietarios, por darle un nombre a Por qué nos gustan las mujeres, Las bellas extranjeras y El ojo castaño de nuestro amor, y vemos técnicas de escritura tomadas de sus relatos de Nostalgia, y la intensidad adolescente e irrealista de Lulú) y quizá en una buena primera lectura para quienes aún no lo conocen. Aunque quizá, y perdón por la contradicción, sea justo lo contrario y se trate más bien de un libro en el que desembocar más que desde el que partir.

La prosa es poética y envolvente, es un placer leer cada una de sus páginas y dejarse mecer por ella. Y lo hace sin resultar alambicado (y Cartarescu a veces lo es, y quienes hayan leído el relato REM me darán la razón en que es un reto además de un placer, aquí el goce es mucho más accesible). En ese sentido, el de la accesibilidad de la escritura, tal vez Solenoide sí sea un mejor acceso a Cartarescu que Nostalgia, Lulú o El levante, y muestre mejor sus cualidades que los libros más realistas y de textos encargados. Los lectores de REM especialmente sabemos que Cartarescu vive una gran parte de su vida a través de sus sueños, y aquí no pierde oportunidad de entrar en ese mundo. Ha dicho (y por lo tanto puede ser verdad, o no) que aproximadamente un tercio de las páginas de Solenoide vienen directamente de sus diarios de sueños, cuadernos en los que escribe y trabaja sobre lo que ha soñado cada noche. Se enfrenta, y esto lo ha contado muchas veces, al sueño como a una oportunidad para escribir, y lleva años haciéndolo (hay al respecto un texto muy bonito incluido en Por qué nos gustan las mujeres, Para D. vingt ans après, en el que habla de la mujer, D., que le enseñó a soñar y a disfrutar de los sueños como relatos).

Tenemos, en resumen, una prosa potente y que trata de meter el mundo entero entre sus líneas, toda ella de primera división. Tenemos insectos, colegialas, profesores arrepentidos, frustraciones, luchas de poder, el cambio político en Rumanía al fondo, el absurdo de la creación artística, sueños, más insectos, alucinaciones, una casa en forma de barco y un misterioso inventor, la noche, los madrugones, el cielo sucio de Bucarest, el paso del tiempo y el peso de la muerte amenazando. Tenemos una historia de amor que se va afianzando. Tenemos muchas preguntas que empiezan con Por qué y muy pocas respuestas. Tenemos el enfrentamiento de alguien ante el espejo de lo que podía haber pasado. Todo eso encontraremos en este libro. Tenemos un capítulo, el 20, que me atrevería a decir que vale para explicar a cualquier escritor contemporáneo, de Kafka al último de los monos de la famosa paradoja. Mi recomendación está clara, hay que leer Solenoide. Pero cada lector es soberano, por supuesto.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 4 de septiembre de 2016

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario

Proyecto Perec: Las cosas, Un hombre que duerme, El secuestro, Lo infraordinario. 

Leamos con atención el comienzo de El secuestro, de Georges Perec:
“Tres obispos, un religioso judío, un coronel del Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de morir por desnutrición. Primero se pensó en un mero rumor, elementos nocivos, según dijeron. Pero el pueblo se lo creyó. Todos se proveyeron de un sólido fuste. “Queremos comer”, gritó persistentemente el pueblo, profiriendo vituperios sobre jefes, ricos y poderes públicos. Por doquier, se urdieron complots e intentos de subversión. Los polis tuvieron miedo de los turnos de noche. En Bourg – en – Bresse se tomó un sitio público. En Grenoble se robó un stock: bonito, leche, kilos de dulces, montones de trigo, pero todo podrido. En Metz perecieron veintisiete jueces de un solo golpe en un cruce, luego se quemó un periódico vespertino que, según supusieron todos, se pronunció por el gobierno. Los rebeldes se hicieron por todo el territorio con depósitos, docks y comercios”.
Búsquese, como en uno de esos ejercicios de los tests de inteligencias que nos pasaban a los niños en los noventa, y que espero que ya no se utilicen, un elemento característico de dicho párrafo. La solución estará al final de la entrada.

Estoy saliendo de un momento Perec y uno sale confuso de ciertas experiencias. Durante el verano tengo varios tiempos y lugares de lectura a lo largo del día. Leo después de desayunar, o antes si me despierto demasiado temprano, en la cama. Leo en el sofá después de comer. Leo al final de la tarde en un sillón – mecedora. Leo en la cama antes de dormir. Leo en trenes. En playas y piscinas. En las terrazas de los bares. Y leo en el parque por las mañanas, mientras mi hijo sube y se lanza por toboganes y demás juguetes. Es una lectura ligera, un rato agradable que pasamos juntos antes de que el calor apriete demasiado, en las primeras horas de la mañana. Como la lectura no es más que una actividad secundaria, que en ningún caso puede interponerse con la principal –vigilarlo– los libros del parque no son los mismos que leo en el sofá después de comer o en la cama antes de dormir. Me convierto en un lector fragmentario. Este verano, aunque no ha sido lo único, he leído en el parque a Georges Perec. No sé por qué pensaba, leyéndolo allí, que a Perec le gustaría que lo leyeran en los parques. La literatura de Perec es callejera, es de paseo, es bastante vagabunda. Perec paseaba mucho, y se paraba en los parques de París.

Dicen que Roberto Bolaño dijo que Georges Perec era sin duda el escritor más importante de la segunda mitad del siglo XX. Seguramente es verdad que lo dijo. Seguramente lo pensaba cuando lo dijo, pero la verdad es que Bolaño decía demasiadas veces esas cosas, y probablemente no fue el único autor de quien lo afirmó. Creo que no comparto ese entusiasmo por Perec. No lo calificaría del mejor escritor de ninguna década del siglo XX. Pero sí me acerco a lo que dijo Enrique Vila – Matas: Entre los libros que me cambiaron la vida estuvieron siempre los de Perec. Recuerdo haberlos leído con fascinación. La lectura de Perec es fascinante. Perec es fascinante. Este proyecto veraniego es mi segunda lectura del autor. En la primera leí La vida: instrucciones de uso, su obra magna, que sí me pareció un libro del que alguien podría decir: esta es una de las mejores novelas de la segunda mitad del siglo XX. Creo que lo es. La veo una clara vecina de Rayuela de Cortázar y Los detectives salvajes de Bolaño. También leí Me acuerdo. Leí primero el Me acuerdo de Brainard y debo reconocer que aunque el de Perec me gustó, me gustó más el del americano. También debo reconocer que fue con el de Perec con el que me di cuenta del cuerpo que podían tomar algunas notas que estaba trabajando y de las que acabó naciendo mi novela Mil dolores pequeños.

Leí La vida: instrucciones de uso a finales de 2.011, y leí Me acuerdo en el verano de 2.012. Para eso vale ir apuntando lo que uno lee. Le dejé La vida: instrucciones de uso a una persona que se mostró muy interesado en leerlo y pasó lo que suele pasar, que no me lo devolvía, por lo que tuve que acabar colándome en su casa el pasado otoño y recuperarlo. Es posible que aún no haya notado su ausencia.

Y no había vuelto a Perec desde hace cuatro veranos. Hasta que en una visita a la biblioteca a principios de agosto estuve ojeando Las cosas, y acabé saliendo de allí con cuatro libros del autor francés. La lectura de Georges Perec es un estado de ánimo. No creo que tenga demasiado sentido entrar en detalles concretos de cada uno de los libros, aunque tocaré algunos que me ayuden a entender mejor a su autor. Es un autor engañoso. Leí un artículo de Vila – Matas en el que decía que Perec ponía normas arbitrarias que trataban de imponer cierto orden al mundo. Es verdad. Parece una lectura ligera, que se puede hacer en el parque sin más, y se puede hacer en el parque, pero porque parte de la labor de lectura de Perec es seguir pensando en sus páginas cada vez que se cierra el libro. Los cuatro libros que he leído seguidos me llevan a pensar que aunque Georges Perec es un autor divertido, que toca temas que parecen anodinos, es en realidad un representante juguetón de cierto existencialismo, pues nos enfrenta al sinsentido de la existencia, la nada, la pena, lo perdido, la desmemoria.

Perec es un escritor crítico con la sociedad, pero no uno de esos escritores críticos que sermonea y trata de imponer su visión del mundo. Las cosas fue su primera novela, y creo que da la clave en su subtítulo: una historia de los años sesenta. Y esa historia de los años sesenta, escrita en 1965, empieza con una enumeración de todos los objetos que una joven pareja querría tener en su casa soñada, una casa de ricos para la que se sienten preparados. Esa historia de los años sesenta es una historia crítica con el papel que los años sesenta, y esencialmente los jóvenes de los años sesenta, se estaban dando a sí mismos desde aquel mismo momento. Perec es uno de esos jóvenes que describe. Mira a su alrededor con ironía y eso salva su labor. Viene de una familia modesta, ha estudiado en la universidad, ha tenido trabajos mal pagados, tiene una pareja, van al cine, fuman y hablan con otras parejas parecidas, leen semanarios progresistas, se manifiestan en contra de algunas cosas y a favor de otras. Echan de menos no haber nacido en otras épocas en las que los conflictos morales estaban más claros y era más sencillo dónde estaba el bien y dónde estaba el mal y en qué lado había que posicionarse. Uno sabía en qué bando situarse en la primera guerra mundial o en la segunda. A uno le gusta pensar que habría estado en la resistencia, pero no sabe dónde situarse ante la guerra de Argelia. Las cosas están cambiando pero tampoco es para tanto, parece decir. No nos entusiasmemos demasiado.

Un hombre que duerme fue su tercer libro, y es en el que más veo al autor que bebe del existencialismo llevándolo a una mirada irónica, como si pensara que la vida tampoco es un asunto tan grave. Un estudiante de sociología (como Perec lo fue) decide no levantarse para acudir a sus exámenes y de alguna manera se borra de la vida. Al final acabará saliendo de la cama, y acabará hasta saliendo de su casa, pero lo hará como un hombre que está en mitad de un sueño. El sueño remite necesariamente a Kafka como otro autor referente, y debe serlo, pues a él pertenece el epígrafe con el que se inicia la novela. El personaje del libro, al que el narrador interpela con una segunda persona que llega a hacer sentir incómodo al lector, saldrá de casa, paseará, irá al cine, observará, pero todo parecerá parte de un proceso de desnaturalización. Está desprendiéndose de todas las necesidades superfluas, de todos los objetivos que la sociedad le ha marcado, camino de un mundo esencial e individual, como en una epopeya budista en mitad de la metrópolis. Vuelvo a detectar esa cierta decepción con todos los cambios, esa crítica irónica a la sociedad de consumo y sus nuevos modelos.

Decía Vila – Matas en ese mismo artículo que citaba antes que El secuestro era la mejor novela de Perec y por añadidura una de las mejores novelas europeas de las últimas décadas. Es sin duda una novela extraña, de lectura alucinada. Perec vuelve a enfrentarnos, en esta su cuarta novela, a la nada. Un hombre desaparece, aparentemente secuestrado. Y pronto todo se irá revelando como un sinsentido. Es un libro que parece jugar con unas reglas diferentes, propias, las de Perec, que de alguna manera nos permite jugar como lectores sin habernos explicado antes cómo se debe jugar. Es un placer volver a un estado de lectura propio de la infancia. Y quizá sea la manera adecuada de jugar, pues nadie estudia nunca las instrucciones de un videojuego antes de ponerse a jugar. Y Perec, como Cortázar y sus amigos parisinos, escribe jugando. El secuestro está relacionada con Un hombre que duerme y con Las cosas. Las tres fueron escritas en un intervalo de unos cinco años en la segunda mitad de los sesenta, y quizá la mejor manera de verlas sea como capítulos de una gran novela, introducción, nudo y desenlace sui generis a los años sesenta franceses. La narrativa de Perec en estas tres novelas evoluciona de lo poco a la nada, y consigue resultados excelentes con ese material.


Me alegro de haber leído en último lugar Lo infraordinario. Por lo que comentaba de contemplar las tres novelas como partes de una misma obra, si sigue habiendo autores de los que tiene sentido hablar de una poética propia, Georges Perec es sin duda uno de ellos. El título ya dice todo, o dice mucho. A Perec le interesaba sobremanera lo anodino, lo que queda por debajo de la atención de los demás. Lo que sólo era suyo. Creo que hay dos grandes tipos de novelistas: los que inventan y los que miran la realidad de una manera distinta. Los del qué y los del cómo. Perec no necesita casi qué porque es un maestro del cómo. En el libro, publicado póstumamente, Perec se lanza a describir su barrio, o su escritorio, o trata de enumerar todo lo que comió y bebió en 1.974. Ejercicios que podrían ser insustanciales si no estuvieran tan bien dibujados. Lo infraordinario reúne ocho textos que vienen a enseñarnos quién era Perec, qué escribía, y por qué. Perec era hijo de judíos muertos en la Segunda Guerra Mundial (su madre murió en Auschwitz, su padre en el frente) y no debía ser fácil ser él. A veces parece que huía de sí mismo. Lo infraordinario nos permite saber qué le interesaba y por qué tenía esa alma de clasificador de la existencia. No debe ser casual que durante muchos años fuera archivero y documentalista, y no debe serlo tampoco que lo fuera en un importante laboratorio, pues su prosa tiene algo de científico, de ese lenguaje fascinante pero algo oscuro que insinúa la realidad más que la enseña.

La narrativa de Georges Perec funciona como una granada que después de activada espera para explotar. La granada va explotando a cámara lenta y aunque ya haya escrito estas palabras aún noto que su efecto persistirá por un tiempo. Quizá sea conveniente dejar pasar otros cuatro veranos antes de volver a leer a Perec y hacerlo en ese año 2.020 sólo en las orillas de piscinas y playas. Quizá haya que marcarse reglas sin sentido aparente y respetarlas como si fueran las palabras de un dios, así, con minúsculas, un dios modesto, hasta algo anodino, sin ansias de grandeza. Por cierto que el párrafo inicial no contiene ninguna a, igual que toda la novela. Y no se puede más que admirar al traductor que hizo tal labor, pues la novela original en francés carece de la e y el encaje de juegos y lugares debió de llevarle años.

Seguiremos leyendo y hablando de lo leído.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 8 de agosto de 2016

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)


Asistí a un encuentro en la librería Alberti de Madrid a finales de abril con motivo de la presentación de este libro y me compré Nostalgia, que es la obra más conocida del autor (al menos para mí lo era, y eso hizo que me pareciera un inicio lógico de su obra). Aún lo tengo sin leer, no por pereza sino porque el primer relato, El ruletista, me pareció un relato tan potente que creo que el libro va a ser uno de esos que se marcan con la etiqueta de IMPORTANTE en la biografía lectora de uno, y necesito un cierto tipo de condiciones anímicas y externas para afrontar esas lecturas. Ya hablé del encuentro con Cartarescu y lo que me pareció en aquel momento.

Mientras me ponía a escribir esta reseña he recordado una imagen: la de Cartarescu bajando por la Calle Marqués de Urquijo, con la cabeza gacha pero sin ningún ánimo melancólico, sino como una actitud de paseo interior. Después del encuentro con el autor habíamos aparcado en una terraza sin ningún encanto de dicha calle y una hora después del acto en Alberti lo vi pasar. Quizá podría haber interrumpido su paseo solitario y ahora podría estar hablando de la cerveza que compartí con él, o podría estar escribiendo un relato sobre dicho encuentro en vez de escribir una reseña sobre su libro, pero no me gusta molestar a la gente, y mis habilidades para relacionarme con escritores de primera son muy limitadas, y raramente afloran. Después del acto le ofrecí mi bolígrafo bic azul para que me firmara el ejemplar de Nostalgia y me dijo: “tengo mi bolígrafo, soy escritor”, y todo lo que le dije en el torpe inglés que me salía fue algo así como: “me ha gustado mucho oírte, ha sido muy interesante”.

A lo que íbamos, en la Feria del Libro me compré este libro, El ojo castaño de nuestro amor. Y lo leí al poco de tenerlo, pero no lo había comentado aún. Ahora lo he releído con la intención de refrescar un poco algunos fragmentos.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos pero no es del todo un libro de relatos. Es un libro de memorias pero no es exactamente un libro de memorias. Tampoco es una colección de prosas sin más. Es un libro de eso que llamarían misceláneas en las editoriales, pero me resisto a llamarlo así porque me remitiría a las sobras de otros escritos del autor, que ha empaquetado y editado para el lector español, porque eso sí, es una edición pensada para el público español. Ojeando la contraportada parece que la editorial tampoco tiene claro cómo etiquetar el volumen. Quizá no hay que meterse en etiquetas. Son escritos, son reflexiones. No hace falta ponerles muchos más apellidos. Me quedo con un término que sí emplea la editorial: paisaje biográfico. Porque sí está claro que aquí hay vida propia, y hay biografía. Cartarescu ha pasado la cincuentena y quizá ha sentido la necesidad de mirar un poco hacia atrás para impulsarse hacia el futuro y seguir escribiendo allí.

El ojo castaño de nuestro amor contiene 20 textos. Algunos fueron escritos por encargo, otros salieron de la voluntad directa de Mircea Cartarescu. Algunos rozan lo cómico, otros lo trágico. Estas doscientas páginas dibujan un paisaje emocional de lo que debió ser la Rumanía en la que se crió Cartarescu, entre los 60 y los 80, y de lo que esos mismos jóvenes, que dejaban de serlo, vieron que se iba abriendo ante sus ojos en los 90. Recibieron algunos cambios con esperanza y otros con desconfianza. Cartarescu mira al pasado y nos transmite que ese pasado fue triste, quizá no fue horrible pero sí fue triste. Ha elegido no llorar pero recuerda. No es que los rumanos se murieran de hambre pero algunos sí se morían por dentro ante la falta de perspectivas de futuro, ante la ausencia de cambios. En Los años robados, Cartarescu traza magistralmente el paso de un mal a otro.
En 1.989 yo tenía 33 años. Había nacido bajo el comunismo, y para ser sincero, pensaba que moriría también bajo el comunismo. Nunca había salido de Rumanía, ni siquiera tenía pasaporte. Creía que nunca viajaría al extranjero. No me habían permitido presentarme al concurso para una plaza de profesor en la universidad ni preparar el doctorado. Era maestro en una escuela y tenía todos los boletos para jubilarme en ella. Vivía en un apartamento en el octavo piso de un bloque que no tenía dos paredes en ángulo recto. El mundo parecía estancado en lo sórdido y lo previsible. El comunismo era la realidad. Todo lo demás eran fantasmagorías de películas americanas.
Ese era el pasado que querían dejar atrás. En la página siguiente lo han logrado, y esto nos cuenta:
En 1.990 entramos en el mundo libre y democrático sin saber qué eran la libertad y la democracia. Tras cincuenta años de dictaduras fascista y comunista, no éramos un pueblo, no éramos una sociedad. Éramos un rebaño. La dictadura comunista sobrevivió bajo un nickname transparente. Antes nos habían mentido, ahora nos estaban mintiendo. En la universidad recibía un sueldo de cincuenta dólares al mes. Mi mujer estaba en paro y teníamos una niña pequeña. La inflación era aterradora, nos corroía como un baño de ácido sulfúrico. Al poco tiempo, nos quedamos sin nada. Pero no me di cuenta de lo bajo que habíamos caído hasta que no vendí mi pala de ping – pong.

Hay otros textos que nos muestran la apertura de Rumanía al mercado, y algunas anécdotas graciosas que rozan el patetismo, como en La época del nes, donde Cartarescu narra su primer encuentro con el café soluble, un seudocafé que llegaba a Rumanía en los ochenta y el subidón y la dependencia que aquella sustancia le producía, haciéndole sentir, como él mismo dice, Dios, el mejor escritor del mundo. En Mi primer vaquero nos habla del mercado negro al que acudió con lo ahorrado durante muchos meses para conseguir sus primeros vaqueros, todo para acabar engañado. El relato además nos muestra la paradoja de que a Cartarescu y sus coetáneos los llamaron cuando empezaron a escribir poesía La generación de los vaqueros, pese a lo cual nunca los tuvieron.

Otros textos también tocan la historia de Rumanía, una historia personal, vista por el ojo de Cartarescu. Por ejemplo habla del hundimiento de una isla, un suceso traumático para los rumanos y apenas conocido en Europa, en Ada – Kaleh, Ada Kaleh. En Mi Bucarest nos enseña lo reducido que es el mundo de un niño, que muchas veces no alcanza a una ciudad entera, sino apenas a sus cuatro calles de referencia, su barrio. Zaraza nos habla de la coexistencia en un mismo tiempo y espacio del horror y el gozo, de la guerra mundial y las noches de fiesta de la ciudad, entre bombas y tiros.

Donde más ha logrado conquistarme Cartarescu en este libro es en los textos donde su memoria personal se antepone a lo que pretende contar. Lo consigue en los relatos que muestran sus experiencias personales y lo hace en los que se acercan más a la disección de la labor creadora, a la relación que se establece entre el creador y la idea de trascendencia, a cómo otros leen e interpretan su mundo narrativo y a cómo este ha ido cambiando con los años. Cartarescu se declara discípulo de Kafka, de Sabato, de Borges, de Salinger, y tiene una relación complicada y a veces torturada con su propio trabajo, algo que lo emparenta especialmente con todos esos autores. En Oh Levante, dichoso Levante, nos cuenta cómo fueron los años de redacción de su obra El Levante, un poema épico que escribió al modo de La odisea en los ochenta. Nos cuenta el proceso de escritura, el de creación, cómo llegó a saber que ese era el tono que esa obra necesitaba, y el largo camino hasta que un editor confió en su idea. El gato muerto de la poesía de hoy reflexiona, a partir de una imagen de Salinger, sobre el papel y la importancia que la poesía, como experiencia estética sin aplicación práctica adquiere, precisamente por desarrollarse en un mundo en el que todo parece que necesita una aplicación práctica. Una ducha no – laodicea nos lleva a Nabokov y al poder de la palabra. Cartarescu explica el gozo que sintió al comprender uno de los juegos que Nabokov proponía en Lolita y se pregunta sobre cuántos de los lectores de hoy en día están en condiciones de seguir esos anzuelos, como él los llama, los de Nabokov y los suyos propios, y qué sentido tiene seguir escribiendo así, para cuántos se hace, y si es posible una escritura que permita que disfruten a la vez los dos tipos de lectores, los que buscan solazarse en el lenguaje y la forma y los que sólo quieren algo para leer después del trabajo. Forever young … habla de la relación del artista con el tiempo, y recomienda que el joven autor sea ambicioso, muy ambicioso, porque no se sabe lo que puede venir después.

Dos de mis textos preferidos del libro también van en esa línea que relaciona la vida real, tan insatisfactoria, con la de los libros, sean leídos o escritos. La ruina de una utopía es apenas un apunte de una página en el que Cartarescu habla de la sensación de levantarse y pensar en escribir El Libro, algo magnífico, descabellado, que deje atrás todo lo anterior, y cómo esa sensación de irrealidad creativa se ha ido disolviendo en la vida, estableciendo los límites de lo posible para la escritura, que es lo que le pasa a los libros escritos, que nunca serán tan infinitos como las ideas que los pusieron en marcha. Es un texto con mucha más lectura que su escasa longitud, y que conviene releer. Europa tiene la forma de mi cerebro nos enseña las lecturas que se han hecho de Cartarescu, y cómo este se ha resistido siempre a que lo ubiquen como un escritor de Europa del Este, y en general se ha resistido a esos localismos, también como lector, pues la riqueza, como afirma, está en poder aprender de toda la literatura universal.

Un escritor es otro texto corto que nos lleva a un pasaje distinto. En él Cartarescu señala que el escritor más misterioso de la historia es probablemente Jesucristo, de quien se dice en los evangelios que una vez se agachó, cogió un palo, escribió algo en el suelo pero nunca se supo qué era. Uso ese texto como cierre porque creo que representa la idea que Cartarescu tiene de los escritores. Cree en el escritor como medio, como alguien un poco loco que a veces se asoma a estados de alucinación y de ahí saca páginas valiosas, que no acaba de entender y que no debe explicar, sino sobre todo ofrecer para su lectura.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro para tener en casa y ojear de vez en cuando, para huir de pensamientos tópicos y para prepararse bien antes de ciertos viajes, ya sea como lector o como escritor.

Felices lecturas


Sr. E

sábado, 30 de abril de 2016

Las palabras de un futuro Premio Nobel. Encuentro con Mircea Cartarescu.

Las palabras de un futuro Premio Nobel

No acudo con demasiada frecuencia a acontecimientos literarios; ni firmas, ni presentaciones, ni encuentros con autores. Pero este último jueves fui a la librería Alberti de Madrid a un encuentro con el escritor rumano Mircea Cartarescu. Me enteré de que su editorial (Impedimenta) organizaba ese encuentro el miércoles por la noche, y pese a que mi jueves iba a ser largo y exigente, pensé que sería un buen plan para después del trabajo. El título de la entrada pretende hacer referencia a algo que últimamente he oído apuntar sobre el autor: que será Premio Nobel en los próximos diez años. No sé si será verdad, ni me importa, porque algunos de mis escritores preferidos nunca han estado cerca de dicho Premio, y quienes han estado cerca (según los rumores) entre mis lecturas habituales (Philip Roth, Don DeLillo) ni lo han ganado ni van a ganarlo. El único Premio Nobel contemporáneo al que leo con atención es a J. M. Coetzee, aparte de novelas concretas de Vargas Llosa, y mi eternamente pendiente lectura de Naipaul.

Uno esperaría que un futuro Premio Nobel fuese un señor distante y soberbio, pero Cartarescu me pareció un escritor cercano, pese a lo difícil que era teniendo en cuenta que iban traduciendo sus palabras después de cada frase, que trataba de explicar su oficio y sus artes. Y uso la palabra arte porque insistió varias veces en que él se consideraba un artista, un poeta y narrador que piensa que la primera y principal obligación de un escritor es la obligación estética. Cartarescu nos contó que esa idea chocaba con las dominantes en la Rumanía en la que él se crió. Cartarescu habló mucho de esa Rumanía que ya sólo existe en su memoria, y de cómo esa Bucarest que fue se ha ido filtrando en sus escritos. Nos tuvo en vilo con dos pequeñas historias que parecía estar inventando en ese momento para nosotros, la de la compra de un pantalón vaquero en el mercado negro, y la de su primera experiencia con el café soluble. Dos realidades anodinas que para él, en algún momento de la vida, fueron novedades mágicas, y que con la mirada adecuada convenientemente aplicada, se convierten, como él hizo, sin descubrirnos el truco, como haría un buen mago, en alta literatura.

Cartarescu desarrolló algunas de sus obsesiones, como la memoria, las ruinas, las ruinas de la memoria y cómo los discursos construyen la realidad, y construyen distintas realidades dependiendo del tipo de discurso que formen. Habló de los sueños, de la influencia que tienen en una obra que todos los lectores califican de onírica, pero no tanto porque los sueños sean imágenes potentes sobre las que escribir, sino porque construye mundos en los que los sueños funcionan como una realidad que se entrecruza con la que habitualmente vemos, deformándola y cambiándola para siempre.

El autor habló de la necesidad de soledad que tienen los escritores para poder crear, y de cómo esa soledad es cada vez más difícil de conseguir. Aparte de para crear literatura, también habló de que esa soledad es necesaria para cualquier persona que quiera tener una vida interior, y esa vida interior queda muy deteriorada por la necesidad constante de estar en contacto con los demás y compartiendo. Cartarescu fue honesto al reconocer sus modelos. Habló de Kafka y de Borges, y también de otros autores, pero está bien que un autor reconozca como influencias a quienes todos los críticos han visto que son sus antepasados literarios. También nos explicó de dónde habían surgido algunos textos de su nuevo libro, El ojo castaño de nuestro amor.

Fui al encuentro con Cartarescu movido por la curiosidad de ver y oír a un autor sobre el que sólo he recibido recomendaciones, aunque apenas haya entrado en su obra. Debo reconocer que sólo he leído hasta ahora dos textos de Cartarescu. Un viejo libro que encontré hace unos años en la biblioteca, titulado Por qué nos gustan las mujeres, que Impedimenta no ha recuperado y de momento no sé si piensa publicar, pues su editor anunció que de aquí a 2.020 tienen previsto editar a Cartarescu y no se habló de ese libro (quizá los derechos de dicha obra pertenecen aún a la editorial que lo editó en esa primera ocasión), y el relato El ruletista. Creo que El ruletista es el texto más famoso de Cartarescu, y es un relato bastante largo, soberbio. Alguien se gana la vida en Bucarest jugando a la ruleta rusa en oscuros locales. Sobrevive una y otra vez, hasta que logra suspender toda sensación de realidad en el lector. El libro que compré el jueves para que Cartarescu me firmara es Nostalgia, una colección de relatos que incluye como primer texto El ruletista, que releeré con gusto. Tengo curiosidad por conocer otros libros de Cartarescu, ya iremos comentando algunas impresiones.

Buenas lecturas
Sr. E