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martes, 17 de diciembre de 2019

Cuentos, de John Cheever


Cuentos, de John Cheever (Mondadori)

Me regalaron este libro a principios de año y ha sido, desde entonces, una lectura más o menos continua. Ya había leído muchas veces los cuentos de Cheever, aunque visto ahora, con mi nueva perspectiva, había leído muchas veces algunos cuentos de Cheever, los incluidos en la antología La geometría del amor, de Emecé, prologada por Rodrigo Fresán (quien también prologa este volumen, en su condición de máximo experto y exégeta de la obra de Cheever).

Allí están muchos de los cuentos más reconocidos de John Cheever, y a ellos he ido acudiendo con regularidad desde hace al menos una década. Es uno de los libros más manoseados que tengo, y este ha venido en cierto modo a sustituirlo. La lectura, cuento a cuento, de este libro, ha hecho de 2019 un nuevo año Cheever para mí. Y me ha permitido tomar un nuevo ángulo de lectura y sentir que mi relación con él cambiaba, se hacía más profunda, se estrechaba. Si John Cheever ya era uno de mis escritores de relatos preferidos, ahora lo es más (mucho más). Nunca había entendido del todo la experiencia que Richard Ford relata en el prólogo a mis Cuentos escogidos de Chéjov, la de quien había leído unos cuentos y años después descubre en una relectura distintos planos de profundidad. Me ha pasado algo así. Debo decir que la (re)lectura detallada en el último trimestre de sus diarios, y parte de sus cartas (también editadas por Mondadori) me ha permitido ir viviendo casi en tiempo real, como si fuera además de uno de sus lectores uno de sus editores o confidentes, la lectura de estos cuentos, que están tan vivos que pese a los decorados tan propios de los años cincuenta y sesenta, parecen novedades.

Cuando pensamos en los relatos de Cheever pensamos en melancolía, epifanías, tristeza familiar, secretos y silencio. Y todo eso está en los relatos de Cheever, pero creo que si nos limitamos a leerlo desde ese marco mental nos estaremos perdiendo mucho, igual que si compramos sin cuestionarla una etiqueta como la de el Chéjov de los suburbios. Creo que Cheever es un escritor bastante mejor que Chéjov, y que no se enfade nadie, porque creo sobre todo que son dos escritores que hacen una labor diferente. Chéjov es el retrato realista, sin más (ni menos). Pero me parece muy dudosa la idea de realidad en las historias de Cheever. La realidad de Cheever siempre está deformada, es siempre una realidad muy poco objetiva. Sus relatos son y no son realistas. Suceden en entornos realistas, los conflictos que se ponen en marcha son casi siempre realistas (un enfado en una fiesta, la pérdida de un trabajo, una infidelidad, una deuda que hay que pagar, la muerte de un familiar), pero la resolución emocional y literaria que toma el cuento, que toma Cheever, casi nunca es canónica ni previsible. Sus famosas epifanías son verdaderas caídas del caballo, verdaderos momentos en los que parece que un personaje pierde el contacto con la realidad y sus modos más aburridos y decide tomar soluciones poco prácticas, que muchas veces pasan por no tomar ninguna.

Cheever es maestro en dibujar todo un contexto (social, geográfico, emocional) en dos párrafos. A veces se apresura y condensa demasiado esa información, pero su prosa siempre es luminosa y precisa. Cheever admiraba a Scott Fiztgerald y sus relatos tienen esa perfección estructural de El gran Gatsby. Creo que no hay un relato más cheeveriano, más magníficamente cheeveriano y en general mejor que El nadador, que probablemente hasta quienes no hayan leído conocerán. Ned Merrill, un hombre abandonado por su familia, alcoholizado y que lo ha perdido todo, decide emprender, desde la resaca de la mañana del domingo, el retorno a casa nadando de piscina en piscina a través de su condado. El dibujo social de esas casas con piscina que llegan a formar un mar ya daría para una tesis, y ese hombre decrépito que va haciendo el ridículo de casa en casa, ignorando bajo el agua las habladurías de todos, sintiéndose un titán en plena forma hasta que no tiene más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, que termina por derrotarle, ese nadador es uno de los grandes personajes del siglo XX, y convenientemente leído, de lo que llevamos de XXI.

Los relatos de Cheever son una experiencia literaria y humana profundamente emocionante, y no creo que tenga sentido hacer una pequeña sinopsis de más de sesenta relatos, ni de los más destacados. Solo aprovecharé la cercanía de las vacaciones navideñas para hacer un regalo a quienes lean este blog. Les propondría que se regalaran, durante los días libres que tengan, una pequeña selección de relatos básicos de Cheever, relatos que les permitan acercarse a la esencia del alma humana, al derrumbe de tantas ideas humanistas y a la individualidad competitiva que nos devora a todos.

Les propondría, a esos lectores, que se regalaran la lectura de cinco cuentos, todos clásicos en el canon de Cheever, todos de ese puñado de obras que sí le hacían sentirse orgulloso (cuando en general siempre fue un hombre inseguro, lleno de complejos, un escritor que en sus diarios se muestra envidioso de Saul Bellow, de J. D. Salinger, de Norman Mailer, un hombre que incluso cuando recibe alabanzas desconfía, y que siempre quiso escribir una gran novela, y solo la logró a través de sus cuentos, por más que con El escándalo de los Wapshot consiguiera premios y pensara que iba a confirmarse como novelista). Pongo en esa lista de regalos navideños, sin ningún orden en particular: El nadador, El ladrón de Shady Hill, Simplemente dime quién fue, La muerte de Justina y Tiempo de divorcio.

Y quien los lea sentirá que Papá Noel ha acertado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 25 de octubre de 2018

Estabulario, de Sergi Puertas


Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta)

Un amigo me regaló este libro a principios de verano y me dijo: A ti, que te gusta Ballard, te gustará. Lo dejé en una estantería y no encontré el momento de cogerlo hasta finales de agosto. No vi solo a Ballard, aunque estaba su sombra. Pero sí, tenía razón, me gustó. Mucho. Como cuentista, y antes que como cuentista (o a la vez o en paralelo, porque en la lectura y escritura de cuentos es muy difícil distinguir al huevo de su gallina, y cuanto más lees más quieres escribir, y cuanto más metido estás en la escritura de relatos más lectura necesitas para ampliar horizontes y darte cuenta de todo lo que te falta por aprender) como lector, acabas valorando por encima de otras características la personalidad y la originalidad.

No sé (aunque lo sospecho) si los talleres literarios, su proliferación, los intercambios entre profesores y alumnos, los alumnos que acaban siendo profesores, los profesores que venden sus libros a sus propios alumnos, una cierta endogamia y circuitos cerrados, no tienen mucho que ver con la proliferación en la última década de libros de cuentos que utilizan recurrentemente ciertos trucos y artefactos, combinan las mismas estructuras, nos demuestran una y otra vez que sus autores se han estudiado bien la lección y han sacado provecho de los cursos de escritura creativa y han logrado, en definitiva, libros correctos y planos.

Frente a eso, un libro como Estabulario es una gozada. Los seis cuentos que Sergi Puertas nos ofrece en esta colección son extremos, a ratos desequilibrados, aceleran, frenan, son muy personales, dan un poco de miedo y un poco de asco. En algunas páginas nos impresiona y descoloca, mientras que en otras se repite o trata de forzar algunos giros que no le quedan redondos. Hasta en algún cuento ha llegado a aburrirme. Pero, ¿y qué? Gracias por este libro vivo y escrito con pasión. Una verdadera apuesta de autor.

¿Hay Ballard aquí? Con Ballard empieza a pasar como con todos los grandes autores, es difícil saber cuándo su influencia es directa o simplemente está en el aire (como lo está, por ejemplo, la de Kafka, la de Philip K. Dick, la de Sigmund Freud; da igual no haberlos leído directamente, pesa su influencia). Quienes dicen que este libro suena a Ballard supongo que se refieren a esos futuros cercanos y distópicos, a llevar al extremo más desagradable la realidad a base de pequeñas variaciones. Veo, sin embargo, más que a Ballard a su versión domesticada, la serie Black Mirror, al fondo de Estabulario. Y aparte de Ballard también está presente (aunque se diga menos) Don DeLillo. Porque el futuro no se entiende sin Ballard ni DeLillo. El futuro que ellos dibujaron para que se parezca cada vez más a nuestro presente. Y nosotros nos estamos empeñando en parecernos cada vez más a lo que ellos imaginaron.

Me gusta más Estabulario cuando se acerca más a Ballard y menos cuando se queda en un buen guión para un buen capítulo de Black Mirror (una serie que por cierto, hay que ver cómo ha bajado de nivel en sus dos últimas temporadas). Me gusta mucho Estabulario en cualquier caso. Cualquiera de sus seis cuentos me parece digno de mención, de especial atención y de lectura. Todos consiguen removerme durante la mayoría de sus páginas, haciéndome sentir incómodo. Sergi Puertas tiene una capacidad muy difícil (algo que está en la órbita de Philip K. Dick, de A. G. Porta y de Roberto Bolaño, autores con los que quizá se relacione menos en cuanto a estilo pero en los que se hermana aquí) de ejercer, que es la de escribir ciencia – ficción, que más o menos suene a tal y un verdadero aficionado (y yo no lo soy, a mí me gustan las obras que se separan del género como tal) al género pueda reconocer y asumir, y hacerlo desde la precariedad. Precariedad vital, emocional y laboral. Las tres patas sobre las que deben apoyar el taburete las generaciones a las que les ha pillado la crisis que empezó (o explotó) en 2008. Una combinación peligrosa que conduce a la inmadurez y la falta de compromisos, a la combustión de las ilusiones prometidas. Los personajes del libro de Puertas, entre visiones retrofuturistas, son comerciales que deben cerrar con urgencia una venta para que no los echen, son trabajadores temporales que han hipotecado su tiempo y su dignidad, están gordos, no entienden su entorno, son adictos, tienen familiares enfermos que dependen económica y afectivamente de ellos. Están entrampados en el presente y sin futuro.

Hablaba en el párrafo anterior de retrofuturismo porque el futuro de Estabulario es un futuro que ya conocemos, que hemos visto y leído en muchos libros. Tenemos a Ballard y tenemos a Stanislaw Lem (al que veo un claro homenaje en el robot de cocina del último cuento, Estabulario). Tenemos mucha televisión, mucha más de la que hoy en día ya damos por sentada que la gente ve. Tenemos publicidad para satisfacer nuestros deseos y hacernos tener nuevas ansias. Hay personas que no quieren salir de su casa. Hay flujos de tiempo circulares, idas y vueltas al espacio, bucles, fantasmas, robots. Miedo. Pero sobre todo hay fragilidad. ¿Es acaso la fragilidad la más humana de las características? Me atrevería a decir que esa es una de las tesis de Sergi Puertas.

Creo que es mejor no desvelar demasiado sobre la trama concreta de los relatos. Son seis y algunos de ellos no se entienden hasta que no se han terminado de leer (y de algunos me imagino que mi interpretación será distinta a la de otros, al menos en muchos aspectos) y se piensan un poco. Sergi Puertas debió pasarlo bien apretándole las tuercas a sus personajes y a las situaciones, como un niño cruel que monta robots a partir de tuercas y mecanismos. El estilo está inflamado y es incendiario. Las historias llegan a ser hasta desagradables. Pero el voyeur enfermizo y el lector de paladar fino, cualquiera de los dos, no podrán soltar el libro. Obesidad Mórbida Modular me descolocó mucho. Me hizo darme cuenta de que estaba entrando en un libro diferente. Manos libres, el segundo, y quizá el que menos me ha gustado de todos ellos, me hizo sospechar que el libro se me cayera de las manos (cosa que me pasa a veces con libros de cuentos, el primero me impresiona y luego todo va bajando), pero Pegar como texto sin formato, el tercero, me hizo ver que estaba equivocado. Torremolinos, el cuarto, es el relato más parecido a una trama (de las lineales) de Black Mirror. Quizá es el menos sorprendente de todo el libro, pero funciona a la perfección. Nuestra canción, al contrario, une muy bien fondo y forma, haciendo que una serie de notas en apariencia dispersas acaben sonando ante el lector como una estructura que va y viene al estribillo, al modo de los temas pop. Estabulario, por último, es, este sí, el más realmente ballardiano de los relatos del libro, y logra el siempre difícil objetivo de terminar en alto. Y lo hace con nota.

Retomo mi idea inicial. Me he alegrado mucho de encontrarme con este libro de Sergi Puertas. Le agradezco su fuerte apuesta, que destaca mucho en el mar del conformismo que es la literatura española. Y espero con curiosidad cuáles puedan ser sus siguientes libros para seguir leyéndolo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 27 de abril de 2018

El elefante desaparece, de Haruki Murakami


El elefante desaparece, de Haruki Murakami (Tusquets)

En 31 canciones Nick Hornby decía que si alguien sin demasiado conocimiento musical ni de su persona se pusiera a limpiar su colección de discos podría llegar a la conclusión, totalmente errónea, de que su cantante preferido era Bob Dylan, por distintos motivos, pero entre otros: por la cantidad de discos que poseía, la amplitud que recorrían dentro de su carrera, por lo bien conservados que estaban e incluso por todo lo que sabía sobre ellos. Pero era algo totalmente erróneo, primero porque no le gustaba tanto Dylan, y segundo porque sabía que había verdaderos fanáticos de Dylan por ahí fuera, él los conocía, y ninguno lo tomaría por un verdadero seguidor. Creo que si esa misma persona pusiera orden en mi biblioteca podría llegar a la también exagerada conclusión de que uno de mis escritores preferidos es Haruki Murakami. Tengo un número bastante grande de sus libros, y más o menos estoy enterado de sus novedades (numerosísimas, entre nuevas obras, libros que nunca habían salido de Japón y ahora llegan a España, curiosidades). En 2011 ya escribí un cuento, titulado como este blog, Cuentos pendientes, en el que el narrador, un aspirante a escritor tras cuyo disfraz había quizá demasiado de mí, confesaba que leía con asiduidad a Stephen King y a Murakami y que seguía sin saber si le gustaban. Tantos años después tengo una opinión más formada sobre ellos, seguramente haya leído unos 10 libros de cada uno y siga sin poder contestar con un Me gusta / No me gusta.

En el caso de Murakami creo que eso me sitúa en una tercera España saludable. A Haruki Murakami parece que se le adora o se le odia a muerte. Y yo no estoy ni entre quienes le aplauden ni entre quienes le dispararían una bala por la espalda si pudieran. No me parece un escritor de los de primera ni me parece que sus libros sean malos. Algunos me gustan bastante (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1Q84, Sauce ciego, mujer dormida, Kafka en la orilla), otros menos (La caza del carnero salvaje, Baila, baila, baila) y otros me parecen poca cosa o algo menos (Tokio blues, After dark, Los años de peregrinación del chico sin color, Hombres sin mujeres).

De su labor como cuentista, Hombres sin mujeres es una colección de relatos en la que no llegué a interesarme en ningún momento. Algunos (la mayoría) de los cuentos de Sauce ciego, mujer dormida me parecen valiosos. Exagerando un poco podría decir que se aire buscadamente salingeriano alcanza por momentos el nivel del propio Salinger. El elefante desaparece busca seguir esa misma línea pero funciona algo peor. Aquí el número de cuentos que funcionan realmente bien es más escaso. Ya ha explicado muchas veces Murakami que empezó a escribir ficción obligándose a hacerlo en inglés para así ayudarse a construir la historia con escasos mimbres, al limitar sus propios recursos lingüísticos. Algunos giros (aunque es verdad que leemos a Murakami traducido al español desde el japonés) sí recuerdan a la prosa inglesa, algo que sucede también en autores españoles que se han educado (nos hemos educado) leyendo prosa anglosajona traducida.

Concretando en el libro, El elefante desaparece contiene 17 relatos. El libro se publicó originalmente en Japón en 1993, y están escritos entre 1980 y 1991. Por situarnos en la bibliografía de Murakami, empezó a redactarlos tras sus primeras novelas cortas: Escucha la canción del viento y Pinball 73, y son anteriores a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Kafka en la orilla (2002) y 1Q84 (2009) (la que probablemente sea su mejor época, en mi opinión desde luego son sus tres mejores novelas). Los dos primeros relatos están precisamente como puente entre una época novelística y otra: El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes ya avisa en su título, y la historia de Nuevo ataque a la panadería tenía un cierto peso, a modo de pasado, en Escucha la canción del viento / Pinball 73. Son dos buenos relatos, independientemente de su relación con las novelas. Los protagonistas de todos estos relatos son los clásicos protagonistas de las historias de Murakami, hombres solos, en torno a la treintena, que parece que no acaban de madurar, melómanos o cinéfilos o lectores apasionados, y capaces de obsesionarse hasta el extremo con detalles por lo demás insignificantes de la vida, hasta el punto de reorganizar su existencia por las aventuras de un elefante del zoo.

La aparición de lo extraño en los relatos de Murakami es poco sutil. Simplemente, irrumpe. Son siempre mayoría las historias con un toque fantástico. Murakami utiliza con frecuencia (casi abusa) de la construcción de narradores a los que parece que el mundo, por trivial que sea, sorprende. Caen en epifanías de un modo continuo, y así, cuando sucede algo realmente sorprendente (si un gato empieza a hablarles, por ejemplo) entra en la lógica del relato con naturalidad. Es un recurso tramposo y que acaba agotando.

Como hacer recuento de 17 relatos sería un aburrimiento, me voy a limitar a señalar, aparte de las cuestiones generales ya marcadas, los relatos que me han parecido más destacados. Los dos primeros, como ya dije, están bien, y abren pasillos a otras novelas del autor, lo que siempre resulta interesante. Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril es un cuento bonito, sobre solitarios sin suerte. Funciona bien, se lee con agrado y me ha dejado la sensación de que la anécdota ya estaba tal cual, o muy parecida, en otro libro de Murakami que ya había leído, pero mi memoria no ha logrado identificar en cuál. Pese al empeño en lo fantástico y extravagante que tiene Murakami en este libro (El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión y El enanito bailarín son cuentos que por su trama podría haber abordado Mario Levrero), esa parte nunca despega. Tampoco destacan los relatos donde el narrador parece más despegado o en los que el autor se limita a una objetividad de guión de cine (Una ventana, El comunicado del canguro, La caída del Imperio Romano). Es en aquellos más próximos al realismo y a la tradición breve americana donde mejores resultados ha conseguido: Quemar graneros es un triángulo amoroso de jóvenes, uno de los cuales quema graneros como una forma de reacción a la sociedad. Puro Salinger y se lee muy bien. Silencio y Asunto de familia son relatos realistas, sobre la construcción de la personalidad en el entorno del colegio el primero y sobre las relaciones de dos hermanos, un chico y una chica, pasada la época de estudiantes, cuando ella está a punto de casarse y él se siente cuestionado por no sentar la cabeza. El elefante desaparece, pese a ser el elegido para titular la colección (lo que siempre me hace esperar como lector que tenga algo especial) no me ha parecido que tuviera demasiadas cualidades a destacar. Un hombre con una vida bastante estancada empieza a llenarla con las noticias sobre la desaparición del elefante del zoo.

Los dos mejores relatos del libro me han parecido, con bastante diferencia, y para terminar: Sueño, una historia de insomnio y libros. Aquí precisamente se sale Murakami de su habitual registro, dando el protagonismo y la voz narradora a una mujer, y le funciona mucho mejor que el nivel medio del libro. Y quizá mi preferido sea por encima de todos Último césped de la tarde, la aventura existencial de un chico joven que trabaja como jardinero, un trabajo que va a dejar pronto, y al que se entrega con la precisión y pasión de los samuráis, aunque sabe que así ganará menos dinero, pues cobra por jardín completado. Es un relato plácido, muy redondo, bien dosificado, en el que el interés del lector se consigue con casi nada, con lo difícil que eso es, y que vuelve a recordarme por encima de otros autores a Salinger.

Me imagino que volveré a leer a Murakami y que seguiré sin tener claro qué pienso de sus obras.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 29 de octubre de 2017

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore (Ed. Seix Barral)

Hablaba en la última entrada de la satisfactoria y necesaria sensación de volver al cuento, de redescubrir ese género mágico que utiliza las herramientas narrativas desde la óptica y el aliento de un poeta. Esta descripción es, obviamente, reduccionista, y deja fuera a cualquier autor que no se ajuste a ella, pero si se mira bien se verá que son mayoría los buenos cuentistas que tienen algo de ello. Desde luego Lorrie Moore. Hablaba también de los viejos amigos y en cierto modo, Lorrie Moore lo es, y descubrir este último libro suyo ha sido una alegría inesperada.

Nos llenamos la boca, los cuentistas y las editoriales, los expertos y los críticos, de la buena salud del cuento. Cuando el cuento es un niño enfermizo y enclenque, que cuenta con apenas un millar de potenciales lectores repartidos por todo el país. Pongo un ejemplo, Lorrie Moore sacó este libro a finales de 2015 y yo, que estoy pendiente de las novedades del mercado, ni me enteré. Casi nadie se enteró, porque si se consulta en Google, hay 4, 5, no muchas más reseñas del momento. Y eso que es Lorrie Moore.

¿Y quién es Lorrie Moore? Para mí, sobre todas las cosas, la autora de Pájaros de América. Para mí esa es una de las colecciones de relatos más perfectas, conseguidas, delicadas a la vez que hirientes, que he leído y releído nunca. Pájaros de América era su anterior libro de relatos y entre ambos habían pasado 16 años. 16 años de silencio y trabajo fino para volver con una colección de 200 páginas y 8 relatos, desde luego una muestra de que los cuentos están trabajados, pulidos, bien pensados. Seguramente también la prueba de que muchos cuentos han quedado abortados por el camino en ese tiempo.

Para mi libro Desórdenes elegí un epígrafe de Lorrie Moore, uno que dice:
Por lo general, la gente no era mapas de carretera. La gente no era ni jeroglíficos ni libros. No era historias. Una persona era una colección de accidentes. Una persona era un montón infinito de rocas con cosas creciendo por debajo.
Lorrie Moore continúa escarbando bajo las capas visibles de las personas “normales”, buscando su alma, convencida de que la teoría del iceberg que tanto se cita en la construcción de relatos no es más que una máscara de la teoría del iceberg que nos esconde a todos.

Empiezo diciendo que para el lector enamorado de Pájaros de América que soy Gracias por la compañía no me ha parecido un libro tan redondo. Este es un libro sobresaliente pero aquel era una matrícula de honor indiscutible. Aquel era el libro de alguien que llegaba a la cuarentena preocupada por la sociedad y su entorno y con ganas de poner el dedo en la llaga, y este es un libro con el espíritu un poco más cansado. Pasan los protagonistas, como la autora, de los cincuenta, se acercan a los sesenta y hay divorcios, hartazgos, hipotecas, casas y propiedades que no han traído precisamente la felicidad, hijos distanciados, negocios fracasados, muertos.

Si obvio mis ideas sobre Lorrie Moore debo decir que Gracias por la compañía es un libro excelente, que se inicia con un divorciado que ha decidido no quitarse la alianza en un gesto absurdo de abrazo al pasado. Los personajes de Lorrie Moore en general, y en este cuento y este libro en particular, buscan algo a lo que aferrarse, por absurdo o extraño que suene. Este mismo divorciado acabará haciendo que su día a día gire, y en cierto modo se recupere, alrededor de la invasión americana de Irak en 2003. Por cierto, los cuentos no es que se ordenen cronológicamente, pero dan la sensación de ir avanzando por esa década que en un futuro se estudiará como determinante en algunos cambios, la que va del atentado de las Torres Gemelas a lo peor de la crisis económica. Un tonto (y por ponerlo en tercera persona no acabo de excluirme del grupo, uno de los más numerosos de la humanidad) con ínfulas diría que los personajes buscan algo más de la vida, algo que los deje satisfechos, si acaso por un tiempo, el momento de la sensación verdadera del que hablaba Peter Handke.

En lo técnico y narrativo, Moore suele empezar las historias en un punto intermedio del arco temporal que va a abarcar y mediante flash – backs va completando la información que juzga relevante entregarle al lector, mientras el día a día de esos personajes va pasando. Los temas que utiliza son los que han ido centrando la literatura realista desde siempre, las relaciones amor – odio de parejas, amigos, padres e hijos. La prosa es limpia, la atención al detalle siempre sugerente, y el título nos hace preguntarnos (a mí al menos) si debemos dar las gracias por la compañía de quienes nos soportan. Y la postura de estos relatos es que sí, pero a la vez que no, porque la compañía es necesaria y se agradece, pero también pesa y molesta y en ocasiones nos hace desear la soledad, y como bien se ve en estas historias ni siquiera es necesario en algunos casos que las personas cambien, solamente con las circunstancias es suficiente.

Lorrie Moore, que en Pájaros de América nos dejaba un escalofriante relato como Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica, no rehuye escarbar en la basura de la sociedad líquida y posmoderna ni mirar de frente a la enfermedad ni a la muerte, ni literal ni figuradamente. Lo típico y recurrente es recomendar alguno de los relatos de la colección en particular (que tiene 8 en total). Aunque tengo mis preferidos (Muda, el primero, y Enemigos, el cuarto) y también el que me parece más flojo (el que da título a la colección y la cierra, Gracias por la compañía), recomiendo leer el libro en el orden en que la autora nos lo presenta, pues la intrahistoria implícita va apareciendo ahí. El libro está lleno de un realismo irónico, a ratos patético, a ratos tierno, casi siempre irónico. No sé por qué Lorrie Moore no está mejor situada en el canon del relato breve norteamericano (aunque se la suele citar, claro), pues yo la situaría, por su sutileza, en un primer puesto compartido con Tobias Wolff, y por encima, en mi criterio lector, de un Raymond Carver que se ha quedado un poco viejo y acartonado de tanto usarlo y un Richard Ford que se ha demostrado mejor novelista que cuentista (la novela que leí de Lorrie Moore en algún momento de esos años entre Pájaros de América y Gracias por la compañía, Al pie de la escalera, me convenció de que su caso es el contrario, una cuentista excelente y una novelista mediana). Lorrie Moore es una aguda observadora digna de heredar el hipotético trono de Alice Munro, si aquella alguna vez deja de escribir libros tan buenos como siguen siendo los suyos y el puesto queda vacante.

Seguiremos leyendo a los viejos conocidos y tratando de volver a dejarnos sorprender.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 28 de mayo de 2017

El jardín, de Ismael Grasa

El jardín, de Ismael Grasa (Ed. Xordica)

Uno de mis libros de relatos preferidos, una pequeña obra maestra de esas que sientes tuyas, es Trescientos días de sol, de Ismael Grasa (Xordica, 2007). Recuerdo que aquel libro sonó bastante (lo bastante que suena un libro de relatos en España, lo bastante como para ganar el Premio Ojo Crítico de Narrativa y como para que yo empezara a preguntar por él en librerías hasta que en la Feria del Libro de Madrid di con él).

Trescientos días de sol vive en mi estantería de los libros predilectos, y es uno de los libros de relatos con los que comparo las colecciones que escribo, y aunque sé que perderé en la comparación, lo que pretendo decir es que lo considero dentro del patrón oro de la narrativa breve española, junto a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá o Mala letra, de Sara Mesa. Entre otros.

Ismael Grasa fue finalista del Premio Herralde a los 26 años, en aquellos años 90 en los que los autores jóvenes copaban los premios literarios más importantes. No he leído aquellas novelas de Anagrama, solo lo conozco como cuentista. Puede parecer, que si uno empieza siendo finalista del Herralde y publicando en Anagrama, lo que venga después será una cierta caída. Menos distribución, menos medios. Pero quizá también más tranquilidad. Parece que Ismael Grasa escribe tranquilamente, a su ritmo (después del relativo éxito de Trescientos días de sol, pasaron 7 años hasta el siguiente libro de ficción, entre medias un ensayo sobre su experiencia dando clases, es profesor de instituto), sin presiones, lo que le va apeteciendo. Eso no tiene precio.

Lanzo una pregunta al aire. ¿Qué tiene Huesca para los cuentistas? Ismael Grasa, Carlos Castán, Cristina Grande, Óscar Sipán, todos nacieron en aquella provincia y forman, cada uno con su estilo y características, obras personales, apartadas de los carriles centrales de la literatura, en los márgenes en muchos sentidos.

Los relatos de Ismael Grasa son de estirpe inequívocamente realista. Uno coge un relato de Ismael Grasa y piensa en Cheever, en Carver, en Wolff. Los relatos son realistas pero no olvidan, en ningún momento, que la realidad está llena de dobleces y lugares oscuros. A veces el realismo peca de simplificador. No es el realismo de Ismael Grasa un realismo magro, lacónico, mínimo, que caiga en lugares comunes y frases que no arriesgan. Su estilo es lacónico, cierto, pero muy preciso y certero. El jardín, este libro, pasó desapercibido, o me pasó desapercibido. Es una pena que libros redondos se nos queden fuera del radar. Por suerte hay segundas oportunidades. No sabía de su existencia hasta que me lo tropecé en la biblioteca la semana pasada, y me dio una gran alegría. Me acompañó durante un viaje en tren y antes de llegar a mi destino ya estaba terminado. Luego repasé un par de cuentos durante el viaje de vuelta, y los he repensado. Es esa clase de libro.

El jardín es un libro que se sitúa en los márgenes. Desde un cierto distanciamiento, Ismael Grasa se torna en un observador agudo, y aunque no podemos decir que en sus relatos sucedan acontecimientos especialmente destacables, en el sentido narrativo sí están llenos de acción. La historia avanza constantemente, se desvía poco de su carril, no hay descripciones irrelevantes, no hay reflexiones gratuita. Son relatos magros, sin digresiones. Que conste que la digresión bien utilizada, bien engarzada, me parece un recurso muy bueno, y disfruto muchísimo con ellas. Soy un firme creyente en esa frase de Rodrigo Fresán que habla de ir de A a B, en lo narrativo, pasando por Z. Ismael Grasa no lo hace, utiliza un buen gps y llega de A a B. No resulta sin embargo previsible, no hay una receta que se adivine, es sencillo como lo es Chejov, no suena a solución fácil, a trillado.

De manera totalmente gratuita, y después de haber leído varias veces Trescientos días de sol, he establecido una especie de canon de Ismael Grasa. He decidido, arbitrariamente, que los relatos Mecedoras, Tablón de anuncios, Trescientos días de sol y No me gustan los psicólogos, incluidos entre los 12 de aquel libro, son la esencia, el destilado de la manera de escribir cuentos de Ismael Grasa. No sé ni explicar por qué, pero de alguna manera lo siento, como siento que si alguien me pidiera que le explicara qué es Cortázar con un relato, le diría: Los venenos, aunque estaría quizá apartando la mirada de otros muchos Cortázares posibles. Desde esa arbitrariedad, y sabiendo que me lo he inventado, he reconocido esas esencias de Grasa en El jardín.

El jardín está compuesto por cinco relatos que se van a las 25 – 30 páginas. Una característica de los relatos de Ismael Grasa que lo aleja, quizá, de sus compañeros de generación y camino, es que sus narradores no son escritores. Son seres más o menos anónimos, que miran, apuntan, observan, tienen miedo y se equivocan. Hay conserjes, jardineros, funcionarios aburridos, kioskeros, clase obrera ahora que está desaparecida. Hablan de ciudades medianas y de pueblos en la montaña. De hijos que no se comunican bien con sus padres, parejas que no funcionan, amigos que se odian, profesores que no se enteran de lo que va el juego. Sus personajes no paran de equivocarse, y la mirada del autor es siempre compasiva, o por lo menos comprensiva. ¿Quién no se equivoca 100 veces al día?, nos dice de alguna manera. Y como lectores, y como seres humanos equivocados, le damos la razón.

Los relatos de El Jardín se llaman Instrucciones de verano, El vigilante, Reflejo nocturno, Huellas de jabalí y El jardín. Los cinco merecen la pena, los cinco nos dejarán un rato pensando. Creo que es muy importante que las historias de un autor sean capaces de establecer un diálogo con nosotros. Y estas, y todas las que yo he leído de Ismael Grasa, nos hablan. Nos preguntan qué somos a base de mostrarnos qué son ellas. Totalmente recomendado.


Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


martes, 7 de marzo de 2017

Piscinas vacías, de Laura Ferrero

Piscinas vacías, de Laura Ferrero (Ed. Alfaguara)

Piscinas vacías es el primer libro publicado de Laura Ferrero. Es, concretamente, el primer libro de Laura Ferrero, que se ha publicado por segunda vez. Algo así. Yo he llegado a la edición de Alfaguara por recomendaciones personales y tras ver algunas buenas opiniones en periódicos y blogs, pero parece ser que hubo una primera edición del libro, que no sé si es exactamente la misma, que la autora autopublicó y que se vendió bastante bien en amazon (reconozco mi total desconocimiento sobre qué volumen de descargas tiene un libro que se ha vendido bien en amazon). Entiendo, por lo que cuenta la solapa, que alguien en Alfaguara debió fijarse en el libro por ese éxito, lo leyó y decidió contratarlo. Hay un debate por hacer sobre la autoedición, me figuro. Y varios sobre la labor de las editoriales tradicionales, pero este blog no va de eso.

Piscinas vacías es una colección de 26 relatos. 26 relatos en unas 190 páginas dan una longitud media de unas 7 páginas y poco. Ese es un dato absolutamente inútil, lo sé. Me gusta el título. Me decidí a leerlo porque el título me gusta. Me hizo pensar en aquella frase de Raymond Chandler, esa de que: “No hay nada más vacío que una piscina vacía”. Como un macguffin de los de Hitchcock, he ido leyendo el libro esperando encontrar la referencia a Chandler en algún momento (principalmente en el relato que da título a la colección), y no he dado con ella. Pero ese no es un problema del libro, sino mío como lector.

Los relatos de Piscinas vacías nos suenan un poco a música jazz y whisky en un sillón de escay. Son narrativa breve influida de manera muy directa por la narrativa americana breve de las últimas décadas. Richard Ford, Raymond Carver, Richard Yates, John Cheever. Algunas novelas de Paul Auster. Los relatos buscan situarse en esa línea, y en ella se sitúan. Familias que se comunican poco o mal. Parejas que han acabado aunque parece que no se han dado cuenta. Jóvenes enamoradas de chicos a los que no se atreven a decírselo. Matrimonios separados con hijos, sin ellos, complicadas relaciones entre padres e hijos, madres e hijas, viejas fotos, recuerdos.

Si hay una palabra que define estos relatos es fluidez. Los relatos van variando de primera a segunda y a tercera persona y los protagonistas y los narradores son a veces más internos y a veces más externos a la historia. A veces son mujeres y a veces hombres. Todo es un poco desesperanzado, pero es esa desesperanza que se detecta después de la primera copa en el jardín en los relatos de Cheever. Una especie de incomodidad anestesiada. “Si me disculpan, me serviré otro whisky”, dice un personaje de Cheever. Hay poca esperanza pero parece que hay resignación, nadie protesta ni lucha demasiado. Mirando un poco en la web se habla de retrato generacional, pero creo que esa es la etiqueta que le va a caer encima a cualquier libro de una autora de treinta y pocos años que hable de gente de treinta y pocos años. A mí no me lo parece. Ni me hace falta como lector de esa generación. Ni creo que sea la intención de la autora. ¿Es la nueva novela de Luis Landero un retrato de su generación? Nadie se lo plantea. Pues en este caso creo que es una pregunta igual de estúpida.

La prosa es correcta, pero quizá se echa en falta algo más de riesgo en el estilo. Todos los relatos están bien escritos, están equilibrados estructuralmente, quizá demasiado armados siguiendo los modelos, pero apetece un poco más de invención formal. La ambientación de los relatos es más o menos parecida en todos ellos, familias de clase media y media – alta, con casas de veraneo en la Costa Brava, con viajes a países exóticos, seguidores de tendencias. Podríamos decir que el tono medio es el de estudiantes de humanidades con Erasmus hecho y algún máster en los Estados Unidos. Uno de los cuentos que más me han gustado en su construcción y sutileza, Prostitución, me distancia un poco por su ambientación en una casa con jardinero, hijos que van al tenis y dejan a su madre sola en casa, sin mucho que hacer, con un marido que imaginamos muy ocupado, un triunfador distante. Quizá demasiado cercano a Cheever. 26 relatos tal vez son demasiados para un libro y algunas historias acaban pareciéndose a otras.

La narración nace del conflicto y creo que los mejores relatos son aquellos en los que los conflictos son más serios, más profundos, algunos terriblemente serios y profundos. La tostadora nos lleva a las parejas quemadas de los cuentos de Carver (y no sé si la relación entre el electrodoméstico elegido y las relaciones quemadas solo se me ocurre a mí o es la que encendió el relato para la autora). Un conflicto muy bien dibujado y resuelto que prende en una cocina. Polen nos habla de manera acertada de quienes no se resignan a hacerse viejos, apagarse, morir.

Laura Ferrero tiene buena pluma para recordar infancias y desde ahí traernos la historia que va a contarnos. Lo hace en El rastro de los caracoles y lo hace en Piscinas vacías. Piscinas vacías es un relato desolado, como una piscina vacía. Es un relato terrorífico en el que pronto se adivina que ha pasado algo muy malo, como es la muerte de un hijo ahogado. Pero el relato redobla la apuesta y demuestra que hay algo peor que una piscina vacía, y son las vidas vacías que quedan después de algo así. Vidas vacías que se complementan con una piscina vacía en la que todos van dejando sus trastos, mientras la tristeza los sigue consumiendo. Es probablemente el relato más redondo y el adecuado para dar título al conjunto. Quizá, con lo terrible que es, no es el más terrible, pues Sofía también resulta ser, en su formato de carta a la hija que nunca llegó a tener la narradora, sobrecogedor. Ausencias, vacíos, silencios.

Actualmente, Laura Ferrero trabaja en su primera novela, que aparecerá en Alfaguara, dice la solapa del libro.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 21 de enero de 2016

Caprichos

Caprichos lectores

No suelo comprarme libros caros. Renuncio a algunas lecturas porque me parece obsceno el precio de determinados libros. La mayoría de mis lecturas son gratuitas (benditas bibliotecas, por peor dotadas que estén cada vez, hace años que apenas se compran novedades, lo que se dice mucho, y hace años que no se renuevan ciertos fondos, hay clásicos y ediciones españolas de hace 30 años que dan vergüenza, y esto se dice menos). Y cuando me compro libros, me limito a buscarlos entre las colecciones de bolsillo. Eso me proporciona el colchón de que ha pasado cierto tiempo desde la novedad, y eso me da algo de seguridad. Me da miedo dejarme llevar por las novedades urgentes.

Los que reflexionan sobre ello, dicen que al menos hacen falta 10 años para ver si un libro ha merecido la pena. 10 años para valorar si ha dejado una mínima huella. Conozco bastante bien el catálogo de bolsillo de las principales editoriales, y voy rastreando las novedades en ese mercado de reestreno. De vez en cuando me paseo por los mercadillos de libros y por algunas librerías de segunda mano, una manera muy entretenida de pasar la tarde, y donde he encontrado grandes oportunidades (La trilogía de El día del Watusi en una cuidada edición que no había sido abierta por su comprador original por 5 euros, La piel de Malaparte por 2).


Pero el pasado lunes decidí salir de rebajas y comprarme unos libros que en ese momento sentí que iba a necesitar leer en los próximos meses, libros que no van a llegar a las bibliotecas por las que suelo andar, libros que nunca llegarán al mercado de libros de bolsillo. Cayeron: Los Cuentos completos, de Isaac Bashevis Singer, un autor al que estoy descubriendo tras la provechosa lectura de Sombras sobre el Hudson, y del que algunos lectores consideran que lo mejor de su obra está en su narrativa breve, y dos novedades en papel de Mario Levrero que sólo podían conseguirse hasta ahora en ediciones importadas, a precio de caviar, por lo que, me consuelo, he conseguido a precios casi de saldo: el volumen que recoge las novelas cortas Fauna y Desplazamientos, y el que recoge los diarios (a falta de otra palabra para definir eso que tan bien dominaba Levrero) Diario de un canalla y Burdeos, 1972.


He visto, por cierto, que el grupo Mondadori ha descatalogado la mayor parte de los libros de Levrero que ya estaban en España. Mi insistencia ha convencido a algunos amigos de la absoluta necesidad de leer a Levrero, y han preguntado por ellos en distintas librerías, obteniendo como respuesta que obras como La novela luminosa, El discurso vacío y La trilogía involuntaria están descatalogadas en Mondadori, Caballo de Troya y Debolsillo. Yo también he preguntado por alguno de ellos últimamente, pensando en regalarlos, y he obtenido que ni están ni se les espera próximamente. Quiero pensar que porque se hayan agotado y estén preparando nuevas ediciones con las que acompañar estas últimas novedades. Aunque sé que probablemente me estoy equivocando.