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domingo, 1 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (I)


Vuelta al cole, vuelta al blog (I)

Todos los veranos son largos (más largos cuando uno trabaja como profesor, y ya pueden empezar las rondas de críticas populistas al gremio en este punto) y la lectura es una de las mejores maneras de llenarlos. Llevo una vida, la que tengo desde que aprendí a leer, llenando los veranos con libros. Libros que hacen que el tiempo pase a veces más rápido, a veces más lento, que lo vuelven casi siempre más completo.

Como cada año, había planeado ciertas lecturas y ciertos proyectos de escritura para el verano. He acabado arrancando dos proyectos nuevos de escritura, ninguno de los cuales es el que tenía planeado, y he seguido con laxitud mis propios planes de lectura, esos que inocentemente apuntaba aquí
No me inquieto, por supuesto, me gusta que unos libros me abran las puertas de otros, me gusta pasear sin rumbo por los pasillos de las bibliotecas, asomarme a sus mesas de novedades, leer reseñas y dejarme influir. Ya tenemos demasiados caminos estrechos y vías marcadas en la vida, seguimos demasiadas dietas como para convertir la lectura en otra actividad atlética, estresante o neutra y equilibrada.

He leído libros decepcionantes este verano, y también muy buenos libros. También esa clase de lecturas que ni te acaban de convencer ni atrapar, que quizá incluso podrías decir que no te han gustado, pero que te hacen repensarlas y dialogar con ellas, te convencen de que insistirás con el autor, tratando de entender por qué no has acabado de entrar en la obra.

He leído mucha narrativa, bastante ensayo, algunos cómics y ciertos libros de esos que son difíciles de clasificar. Resumo y destaco, y me valen como resumen del verano y espero que a alguien como lista de recomendaciones para la vuelta al cole los siguientes:

Relatos
Cuentos completos, de Mario Levrero: Me pilla el final del verano aún con los Cuentos completos de Mario Levrero en marcha, así que primero los terminaré y después tendrán su reseña propia. Adelanto, aunque no es sorpresa, que me están resultando apasionantes. Por varios motivos, el primero, porque en su composición, en su prólogo y su epílogo, dibujan a un Levrero entregado a su arte (¿?, quizá él rechazaría esa palabra), decidido a enfrentarse al sentido práctico del mundo, dispuesto a quemarlo todo por escribir un cuento más. Uno de los suyos, de los extraños, de los más extraños, lo que fuera salvo convertirse en lo que denominó (en ese texto ya editado y ahora recuperado, titulado Diario de un canalla, uno de sus primeros escritos en la línea de El discurso vacío y La novela luminosa, un texto semilla poderoso en el que ya aparecen la obsesión caligráfica y la operación que le hizo enfrentarse con la muerte, los puntos de partida de ambos textos) un canalla. Me fascina la imagen que de su padre dibuja su hijo Nicolás al final del libro, la de un escritor sin apenas reconocimiento, un creador que no tenía ni copias de sus propios libros para regalarle a su hijo cuando iba a pasar los veranos con él. Pero me fascinan mucho más los textos extraños, a veces simbólicos y a veces simplemente absurdos que forman los cuentos de Levrero, esa colección de disparates, malas ideas, imágenes poderosas y mala suerte. La manera en que lo fantástico rompe las puertas del cuarto de lo real y provoca destrozos. Los cuentos de Levrero pueden ser un buen punto de comienzo para quien quiera conocer cierta parte de su obra (la alocada, fantástica, en la que apenas asoma la reflexica, autoconsciente) y es sin duda un destino estupendo para quienes ya lo conozcan y quieran más.

Para seguir con cuentos, ya hablé de Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, que vuelvo a recomendar.

Novelas
La mujer helada, de Annie Ernaux: Este es uno de esos libros de los que decía que no me han gustado, estrictamente hablando, porque el modo de escribir de la autora, alejado de lo que está contando, frío, a ratos casi objetivista, no me ha hecho entrar en la historia, me ha mantenido siempre detrás de una barrera desde la que se me permitía asomarme. Pero por otro lado su contención y el peculiar uso del lenguaje, con una composición casi carente de ritmo, una escritura quirúrgica que no busca la música sino la transparencia, y el enfoque con el que se enfrenta a esta remembranza / ajuste de cuentas con las mujeres de su infancia, me han hecho querer leer más libros de la autora.

El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza: Es este un libro terrible, de dibujo oscuro y prosa plástica, en la línea de las obras de Ernesto Sabato, que remite a El túnel pero empeorando todo, volviéndolo todo más cercano y terrible, haciendo uso de esa maldición que siempre se invoca cuando una historia empieza diciendo que se basa en hechos reales. Aquí, Barón Biza, hijo, recrea el ataque brutal que su padre, también Barón Biza, también escritor, hizo a su madre a principios de los sesenta, rociándola con ácido, y el lento peregrinar de esa madre desfigurada con ese hijo que mira continuamente al abismo por clínicas y reconstrucciones. El desierto y su semilla, novela difícil de olvidar para quien entre en ella (con lo bueno y lo malo de esa frase hecha), fue la obra tardía de un novelista que estuvo preparándose toda su vida para contar esa historia horrible por escrito, y que poco después de hacerlo, vacío ya, se arrojó por la ventana de un edificio.

Vampiro, de Hanns Heinz Ewers: Valdemar tiene un fondo casi ilimitado de literatura gótica. El verano pasado disfruté mucho con El escarabajo, de Richard Marsh, una novela que en su tiempo compitió en popularidad con Drácula, y hoy prácticamente olvidada. Igual de olvidada, y emparentada con Drácula por motivos obvios, El vampiro, de Ewers, es una novela que mezcla la idea del vampiro con el derrumbe histórico de Europa a principios del siglo XX, trazando un dibujo de derrotas que va de un continente a otro entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ewers escribe una novela expresionista, y en ella no habla de nada sobrenatural, pero relaciona esa pestilencia ideológica que permitió que Alemania cayera en el nazismo con la presencia constante de manipuladores inmortales que van asumiendo una y otra forma, uno y otro discurso, dando como tesis de fondo que el mal nunca descansa, jamás se agota.

La hija de Jezabel, de Wilkie Collins: En la misma categoría de novelas de misterio decimonónicas (aunque esta es más una novela de detectives, sin serlo, que una novela fantástica, pues aquí no hay más fantasía que una concepción cercana a la brujería de la química primitiva, aunque es cierto que aquella química de principios del XIX era algo alejado de lo que hoy es esa ciencia) está esta. De Collins leí hace muchos años La piedra lunar y La dama de blanco, estas dos sí novelas de misterio detectivesco, de hecho para algunos críticos los primeros modelos de esa clase de novela, y he vuelto a leerlo con esta historia de amores folletinescos, envenenamientos, locos, clases sociales separadas por abismos, empresas familiares, secretos científicos y malas intenciones. Se lee con gusto e interés aunque es cierto que es previsible (casi demasiado, uno está esperando que la respuesta no sea la obvia y siempre es la obvia), pero está escrita con buen estilo, mucho ritmo (un ritmo que se mantiene bastante joven pese a los más de 150 años de la novela) y los trucos que estos novelistas victorianos utilizaban a final de cada capítulo para llamar la atención del lector (es una novela cuya primera vida fue en entregas con los periódicos, y querían asegurarse que alguien quisiera comprar la siguiente entrega), pese a lo baratos que resultan (al nivel de una serie como Cómo defender a un asesino, por compararla con más o menos actual y que peca de poca delicadeza a la hora de lanzar el anzuelo), funcionan.

Las hermanas Lacroix, de Georges Simenon: Es esta una de las novelas llamadas duras de Simenon. Una historia de podredumbre, asfixia en un clima pequeño, encierro en una familia llena de secretos, dobles intenciones, silencio, maldad. Un novelón de apenas 150 páginas que puede leerse en una tarde y que quizá sea una gran idea cogerla en una biblioteca y llevársela a un parque (o a una playa, ahora que se vacían considerablemente, quien pueda coger ahora las vacaciones y disfrutar de ellas) y merendársela en una tarde, antes de que acorten definitivamente. Se sigue incidiendo poco, me parece, en el gran autor que fue Simenon, autor de unas cuatrocientas novelas (más o menos oficialmente reconocidas) con un nivel medio siempre más que aceptable. Aprovecho también para recomendar una miniserie de episodios independientes con casos del comisario Maigret que vi este verano. Está protagonizada por Rowan Atkinson (sí, Mr. Bean).

Novelas negras discutibles, fáciles, entretenidas, placeres culpables: Una con una trama bien construida y una escritura bastante discutible, otra con una ambientación y un tono más duros y una escritura más sólida pero una trama más previsible, casi tópica. Las dos son de la colección Roja y Negra, que fundó, aunque no sé si sigue dirigiendo Rodrigo Fresán, a la que sigo mirando de cuando en cuando, siendo cierto que no ha repetido los niveles de excelencia de sus primeros títulos, aquella legendaria trilogía de Jake Arnott, el Sospechosos de David Thomson o la primera edición de El poder del perro de Don Winslow. Son Y tú, ¿qué clase de madre eres? (con un título bastante confuso, la verdad, aunque toma sentido en la trama), de Paula Daly, una novela muy oscura en entorno doméstico, que me ha recordado (aunque le falta mucha de su fuerza) las historias de Gillian Flynn, y Sirenas, de Joseph Knox, uno de esos retratos crudos y líricos de la noche en la ciudad, donde todos los gatos son pardos y la sangre de una víctima se confunde con la de la siguiente.

Relecturas:
Moby Dick, de Herman Melville. No ha sido una relectura completa, pero sí han sido más de doscientas páginas iniciales y algunos saltos hacia delante, y ha sido sobre todo un reencuentro plenamente satisfactorio con uno de mis libros preferidos, uno de esos ejemplos verdaderos de novela total, en los que cada idea apunta a muchas más, cada tema, por cerrado que parezca, se abre al mundo al completo, y nosotros, lectores limitados, tratamos de atrapar todos los sentidos que tememos que se nos estén escapando.

Rascacielos, de J. G. Ballard: No soy en realidad un gran experto en la obra de Ballard, aunque sí soy un entusiasta de aquellos libros que sí he leído. Sus cuentos (sus Cuentos completos, una mole que ocupa medio estante ella sola) me acompañan de cerca, y las novelas que he leído, que no han sido ni todas ni la mayoría, me han dejado huella. Una que leí hace años en una vieja edición y de la que luego vi una película interesante (aunque no buena), y que Alianza reeditó hace unos meses, es Rascacielos. Como casi todas las novelas setenteras (como la mayor parte de su obra posterior a los setenta, salvo la memorialística) de Ballard, dibuja una distopía cercana, en la que el principal problema es el egoísmo humano, el peligro y la sensación de que el aislamiento salvará a unos elegidos de la ira de los demás. Rasacielos dibuja a mediados de los setenta una nueva sociedad de clases, casi de castas, representadas físicamente por la planta en la que se pueden permitir en este futurista edificio. Y lo hace con la expresividad y la violencia poética con la que Ballard solía enfrentarse a los fantasmas.

Pre – lecturas
Caliento para la primera semana de trabajo. Compré en mi último viaje vacacional una novela, de esas clásicas, poderosas, inmensas, de las que dibujan el mundo que narran y la historia de la literatura. La cartuja de Parma, de Stendahl, de la que ya he leído algunas páginas, será mi primera lectura nueva del curso. Y de mi última visita veraniega a la biblioteca he vuelto con otro clásico, este del siglo XX y más cercano al culto, Trampa 22, de Joseph Heller. Y Las chicas, de Emma Cline, una novela que no es clásica pero que generó mucho revuelo (parecía uno de estos éxitos prefabricados, con autora novel a la que se estaba esperando para subirla a un pedestal, con mil traducciones contratadas en la Feria de Frankfurt antes de que el libro como tal existiese, etc.) y que me he decidido a leer ahora, habiendo dejado pasar un tiempo que me aleje del ruido inicial y me valga de colchón.

Y como me estoy extendiendo y esto se está haciendo muy largo, y así no habrá quien pueda ni quiera leerlo, seguiré en la próxima entrada.

Felices lecturas

Sr. E


miércoles, 31 de julio de 2019

Algunos libros para el verano


Algunos libros para el verano

El blog se coge un mes de vacaciones, como cada verano, y me gusta decir Hasta la vista con una entrada con recomendaciones e ideas de lecturas para el mes de agosto, pensando en ese mes en el que muchos tomamos las vacaciones, aguantamos como buenamente podemos el calor y nos movemos un poco más de nuestro lugar habitual de residencia. Mezclo en esta lista, que vale lo mismo de apuntes propios que de sugerencias para los visitantes, algunas lecturas que he hecho en los últimos meses pero que no he reflejado en el blog, con otros libros que son más bien mis proyectos para leer este próximo mes, y algunos recuerdos de buenas lecturas veraniegas de otros años. De la idoneidad de algunos de estos libros para el verano puedo por lo tanto responder, de otros confío en que verdaderamente valgan la pena.

Empiezo por los cuentos, y comienzo con la que debería ser (pero no lo es, claro, que nadie se alarme) la noticia del verano en el mundo editorial. Después de años postergándolo, editan en España los Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori). Desde que me caí (como Obélix en la marmita del druida cuando era pequeño) en La novela luminosa en 2013, cambié como lector, como escritor y supongo que hasta como persona. Desde entonces fui completando mis lecturas levrerianas, echando siempre en falta poder devorar sus cuentos. Hasta ahora solo he podido leer el libro La máquina de pensar en Gladys, que compré de importación. Es una colección maravillosa, pero muy corta, en la que se ve que la manera de afrontar los cuentos de Levrero está (como lo estaban sus primeras novelas) cerca de Kafka. Ahora estoy deseando tener este libro entre mis manos para conocer todos los cuentos que me faltan, hasta más de sesenta dice la editorial, en los que me imagino que Montevideo se llenará de situaciones absurdas y filosóficamente fantásticas.

Mientras llega el día de tener el libro de Levrero conmigo, estoy leyendo algunos relatos de los Cuentos completos de Roald Dahl (DeBolsillo), quien siempre es un autor muy divertido, con un punto cruel bastante evidente y un muy buen uso de la estructura clásica del cuento. Y aprovecho para recomendar otra vez a otro autor de tono kafkiano, como puede serlo Levrero, aunque lo combina con historias que parecen venir de la tradición oral judía, Isaac Bashevis Singer, un muy buen novelista, pero si se me permite decirlo así, todavía mejor cuentista. Es uno de esos ganadores del Premio Nobel (en 1978 en su caso) sobre cuyo merecimiento no nos queda ninguna duda después de leerlo. Siempre encuentro una sorpresa entre sus relatos, que tengo en la edición de Lumen (Cuentos, de Isaac Bashevis Singer).

Puestos a ponernos kafkianos, tal vez la mejor idea sea leer los Cuentos completos del propio Franz Kafka. Tengo la edición de Valdemar y es estupenda, y si Kafka es el novelista que dibujó el siglo XX, y lo fue, es sin duda un cuentista al menos igual de bueno. Releo sus cuentos con mucha más frecuencia que sus novelas, a las que apenas he vuelto desde mi primera (e impactante) lectura, con la sensación de que siguen suficientemente frescas en mi memoria. Pero no descarto darme un paseo este verano por América, que desde que compré y leí hace tantos años ha pasado a llamarse habitualmente El desaparecido. También quiero leer algunos cuentos de Guy de Maupassant, otro de los padres del género (Cuentos esenciales, DeBolsillo). 

Después de leer los cuentos de Mariana Enríquez, cuyo libro Los peligros de fumar en la cama vuelvo a recomendar, le daré una segunda oportunidad a Las cosas que perdimos en el fuego. Y la lectura del libro de Enríquez me hizo acordarme de Anna Starobinets. Recuerdo que Una edad difícil (Nevsky) me pareció un libro maravilloso (a ratos desagradable, pero maravilloso), y nunca he leído La glándula de Ícaro: el libro de las metamorfosis, y podría estar bien buscarlo por las bibliotecas y echarle un ojo. También tiene publicadas en España un par de novelas, pero como me gustaron mucho los primeros cuentos, seguiré en ese género.

Si alguien identifica las lecturas veraniegas con tumbonas, playas, desgana, el rumor del mar, las largas noches y las mañanas pesadas, tengo una recomendación. Leí hace un par de meses Agua salada, de Charles Simmons, una de esas historias de familias acomodadas que se están resquebrajando por dentro, con un padre que posee todos los privilegios del clan y una madre que los sobrelleva como puede. Hay una bonita historia de amor adolescente y un ahogamiento en el mar, está todo lo que uno puede esperar en esta clase de libros. La prosa es impecable, muy americana y pulida, y aunque las referencias insistían en emparentarlo con El guardián entre el centeno, creo que Holden Caulfield rechaza el modo de vida acomodado de sus padres, mientras que aquí el adolescente lo disfruta y apura. Pensé de modo mucho más directo en Buenos días, tristeza, de Francçoise Sagan, quizá la novela de verano y desgana más importante de la historia. La leí hace casi 20 años pero sigo recordando pasajes, momentos, y sobre todo sensaciones, porque creo que es un libro de sensaciones, fragilidad, tal vez sus palabras concretas puedan haberse quedado un poco desfasadas desde los años 50 pero recuerdo que traía cantos de poesía para esas mañanas en las que no se tiene la cabeza demasiado lúcida.

Somos muchos, creo, los que nos planteamos el verano como un tiempo para afrontar novelones: largos, decimonónicos, absorbentes, envolventes. Entre mis candidatos a tal tipo de lectura tengo en mente (luego no se hará todo, claro, pero qué ilusión hace planificar) darle una relectura veraniega a Moby Dick, de Herman Melville, volver a leer mucho tiempo después La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester o leer al fin completa Casa desolada, de Charles Dickens. También quiero volver a leer algo de Wilkie Collins, de quien leí hace mucho La dama de blanco y La piedra lunar, estupendos. Todos estos son libros exigentes, largos, literarios, completos, pero que recuerdo (o conozco parcialmente en el caso del de Dickens) además muy amenos. Quizá más complicados, aunque no creo que haya que huir de los libros complicados, y aunque se lean solo unos cientos de páginas se puede aprender mucho de algunos libros, rondan también por mi cabeza El hombre sin atributos, de Robert Musil y La trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch. Hablando de libros complicados y largos, se me ocurría, mientras escribía este párrafo, que en Casa desolada hay probablemente un antecedente de Su pasatiempo favorito, de William Gaddis. Gaddis, tan brillante como por momentos duro, puede ser también una muy buena apuesta de lectura (y puesto a empezar con él, recomendaría entrar por la puerta grande de Los reconocimientos (Sexto Piso)).

Una buena lectora con la que a veces cruzo recomendaciones me pedía que le recomendara una lectura de Bolaño que no fuera ni Los detectives salvajes ni 2666. Le recomendé que se pusiera con La literatura nazi en América, un librito borgiano, una divertida enciclopedia falsa de nombres, filiaciones y obras, y el primer libro con el que Bolaño tuvo algún reconocimiento. Tal vez también lo relea estas próximas semanas, es un libro que siempre me ha encantado. Y aunque no está entre mis preferidos de Bolaño, quizá también haga una relectura de Una novelita lumpen. Por recomendación de otro amigo estoy embarcado en la lectura nocturna y alevosa de El mito de Sísifo y El hombre rebelde, de Albert Camus, dos libros que (lo confieso) he leído con anterioridad y poco provecho y a los que creo que ahora estoy sacando mucho más jugo.

Estoy leyendo, aunque en inglés, con lo que avanzo más lento, Espía y traidor, de Ben Macintyre. Está muy bien escrita y la historia de mentiras, falsas apariencias, engaños y confianzas traicionadas que narra va mucho más allá de la típica novela de espías. Trasciende lo concreto de la trama (que es bastante impactante, todo quede dicho) y habla de temas fundamentales. Por construcción, es más bien una novela de no - ficción, de hecho. También tengo entre mis lecturas actuales Mientras agonizo, de William Faulkner. Me gustó mucho a finales del año pasado Las palmeras salvajes, y este me está pareciendo también brutal (desolador y brutal). Después de años intentando leer algo de Faulkner y sin conseguirlo, parece que estoy entrando en su mundo. No sé si el verano dará para más, pero siempre he oído hablar de la relación entre Cormac McCarthy y Faulkner. Leí (y me gustó, pero de un modo lejano, como algo que lees y te gusta pero desde luego no te marca) Meridiano de sangre hace mucho tiempo, y me apetece probar algo más.

En cuanto a ensayos, llevo entre manos La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus), cuyo título ya cuenta de qué va, y que me está pareciendo que es muy interesante y que está muy bien contado. Y leí no hace mucho la biografía de J. D. Salinger de Kenneth Slawenski (Galaxia Gutenberg), y de ahí me puse a releer sus Nueve cuentos (Alianza) después de muchos años sin abrirlos. Combiné ese libro con La noche de la pistola, de David Carr (Libros del KO), un libro perturbador, a medio camino entre las memorias y la reflexión social sobre la adicción a las drogas, que creo que puede perturbar e interesar mucho a mucha gente, a todos los que nos planteamos, como estuve haciendo yo durante aquellas páginas, que todos somos, aunque estemos fuera de las drogas ilegales, adictos y dependientes en mayor o menor grado (pensemos desde los medicamentos y drogas legales que tomamos al uso que hacemos de las redes sociales, quizá también en nuestra propia relación con la lectura y la escritura, en los atracones de series de televisión, …). También me interesa el libro El ojo del observador, de Laura J. Snyder (Acantilado), un ensayo que nos lleva a la Holanda del siglo XVII y nos muestra la aparición de las ideas y técnicas de Vermeer, Van Leeuwenhoek, Huygens y Spinoza, los cuatro relacionados con la idea de la luz y el cambio en la mirada, en su concepto y su forma, desde el trabajo común de las artes, las humanidades y las ciencias.

Algunas de mis mejores lecturas de los últimos años las hice durante este mes de agosto, de vacaciones, a veces en casa y a veces de viaje. No me olvido de recomendar, de esa memoria de apuntes de otras temporadas: Canadá, de Richard Ford (Anagrama), un autor que a veces me interesa moderadamente, otras incluso menos y en este libro y algunos más me seduce totalmente. Esta me parece su mejor novela de lejos. Otro libro que me flipó (literalmente) durante toda una semana de vacaciones en Santander, de este recuerdo ese detalle perfectamente, fue El mago, de John Fowles (Anagrama). Estupendo, culto, divertido, muy bien escrito, que mezcla la mitología con la locura, el ansia por mandar y la creación artística, el deseo y la desorientación, y resulta muy difícil de soltar de las manos. También fue en verano cuando leí por primera vez a James Ellroy, y después de haber releído no hace mucho Jazz blanco, quizá haga ahora lo mismo con La dalia negra (Mondadori), la que creo que sigue siendo su mejor novela (de las de pura ficción, sigo viendo por encima Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer). Y hace aún más años leí los dos libros de memorias de Anthony Burgess, un autor conocido casi exclusivamente por La naranja mecánica pero que creo que tenía mucho más. En estas memorias muestra mucho sentido del humor, sarcasmo, mala leche, y muchas páginas de muy buena escritura y una visión muy personal de la vida. Se llaman El pequeño Wilson y el gran Dios (el primer volumen) y Ya viviste lo tuyo (el segundo). La pena es que solo están en bibliotecas que se han olvidado de que los tienen y en librerías de viejo. Alguna editorial de las que quieren vestirse de realmente literarias debería contratar los derechos y reeditarlos, porque son una maravilla. Quizá vaya esta misma tarde a por ellos a mi biblioteca habitual y comience así el mes de agosto lector.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 3 de mayo de 2017

Trilogía inacabada de Toronto, de Robertson Davies

Asesinato y ánimas en pena y Un hombre astuto, de Robertson Davies (Libros del Asteroide)

Empecemos con una pregunta previa: ¿Quién le debe más a quién: La editorial Libros del Asteroide a las novelas de Robertson Davies, o nosotros a la editorial por traernos al autor canadiense? Lo pregunto porque sus libros son una base sólida de su catálogo, de los que mejor se venden (nunca en modo bestseller, pero sí como un fiable número de ventas anual), y de las que sin duda han ayudado a darle una imagen de editorial literaria sólida, con criterio propio y visión. El quinto en discordia, la primera entrega de La trilogía de Deptford, fue el primer éxito de la editorial y les hizo coger visibilidad. Pero a nosotros nos dio la posibilidad de leer esa magnífica trilogía. Así que probablemente estamos en tablas.

Hasta donde yo sé, antes de las ediciones de Libros del Asteroide, Destino había editado en los años 90 con escasa repercusión estas dos novelas (las dos que Davies llegó a escribir de su proyectada Trilogía de Toronto) que ahora he releído (y que había leído en las viejas ediciones en bibliotecas). Es un misterio por qué hay libros que en algunos momentos no funcionan. Pienso en estas novelas de Robertson Davies, o en las de William Gaddis que también se tradujeron en los 80 y 90 y nunca tuvieron demasiado eco. No es que hoy en día sean temas de conversación en cualquier mesa de café, pero las ediciones de Libros del Asteroide y Sexto Piso sí han tenido su éxito entre los lectores exigentes.

Yendo por fin a la Trilogía de Toronto, su primer volumen: Asesinato y ánimas en pena, empieza con el espíritu de un hombre que acaba de ser asesinado por el amante de su mujer de una manera inesperada y casi ridícula. La novela es una reflexión en tiempo propio sobre la muerte. Qué es estar muerto, cómo es la muerte, qué se descubre al llegar a ella, y cómo se interacciona con el mundo que uno ha dejado, desde ese ánimo de espíritu irónico y casi burlón, con los que se quedan vivos. Estructuralmente es muy hábil, porque empieza hablándonos desde la muerte, y no solo desde ella, sino desde una muerte ridícula que Connor Gilmartin, su narrador, parece haberse tomado con mucha filosofía y sentido del humor. Si algo nunca falta en las obras de Robertson Davies es filosofía y sentido del humor. Y quizá en esta última trilogía, tal vez por la avanzada edad del autor (rondando los 80 años, y que moriría sin completarla) las referencias a la muerte y a lo que pueda haber después son más frecuentes. Pero parece que todo el mundo en estos libros considera que puede afrontar la muerte, si no en paz, al menos con cierta perspectiva armónica.  

Connor Gilmartin es el jefe de la sección de cultura de un importante diario de Toronto, donde también trabaja su esposa, Esme, y el amante de esta que acabó matándolo, al que llaman burlonamente El husmeador, pues es crítico de teatro, y le encanta husmear referencias en cualquiera de las obras que va a ver. Connor Gilmartin se cuela, después de muerto, con su asesino, en un festival de cine, y ahí vamos entendiendo, poco a poco, cómo es su nueva percepción del mundo. Las películas van pasando pero él no las ve como tales, sino que se va metiendo en sus propias películas, películas de época que van retratando Toronto en los siglos anteriores y a sus antepasados. Con esa estructura de cuentos que se genera, unas historias son más brillantes o interesantes que otras, pero el libro avanza ágilmente. Poco a poco, por escenas, nos irá transmitiendo una idea de la vida y la muerte, la lucha por la existencia, la importancia de la historia y lo conquistado.

El padrino de Connor Gilmartin, Jonathan Hullah, es el narrador de la segunda parte de la Trilogía de Toronto, Un hombre astuto. Un hombre astuto es como lo llamaban (con ciertas dudas en la traducción, debo decir) dos vecinas que tuvo en su consulta durante años, una pareja de lesbianas inglesas llegadas a Canadá a conseguir cierta libertad. Las trilogías de Davies no son (por suerte) sagas que hay que leer en un cierto orden, son tres novelas que comparten algunas referencias, personajes, pero que son esencialmente novelas independientes.


Un hombre astuto me parece un libro más redondo que Asesinato y ánimas en pena, y en este caso es Esme, la viuda de Gilmartin, la que acude a Hullah para entrevistarlo para una serie de artículos titulados El Toronto que fue. Hullah va tirando del hilo de la memoria y acaba escribiendo, a partir de algunas diarios, sus memorias. En ellas se verá ayudado por cartas y anotaciones sobre su persona de sus vecinas inglesas. La excusa argumental es recuperar un momento sucedido en la vecina iglesia de St. Aiden a mediados del siglo XX, la muerte de un párroco al que muchos calificaron de santo y atribuyeron milagros casi instantáneos.

Hullah, un médico bastante particular, cercano al humanismo, interesado por la religión y la filosofía, analiza ese caso, pero antes hace un repaso por su vida. Desde su infancia en un lejano pueblo del interior de Ontario hasta su llegada a un internado en el que conoce a quienes serán sus mejores amigos, y donde en un guiño a La trilogía de Deptford se adivina la figura como profesor de Dunstan Ramsay, el narrador de aquella. Uno de aquellos amigos, Charlie, acabaría siendo sacerdote. Aparte de sacerdote, también alcohólico, y morirá bajo la vigilancia y cuidados postreros de Hullah, y su persona tuvo algo importante, fundamental, que ver con la muerte de aquel párroco al que calificaron de santo.

Los diarios y memorias de Jonathan Hullah analizan en profundidad una ciudad, Toronto, un país, Canadá, y prácticamente un siglo, el XX. Con esa graciosa mezcla de erudición y narración eficiente, característica de Robertson Davies, iremos avanzando en los años rememorados, hasta llegar al presente de la narración, desvelando el misterio del párroco de Saint Aiden y dejándonos a la espera de una nueva novela que ya nunca llegó, y que me atrevo a aventurar que hubiera estado narrada por Esme, la mujer de Connor Gilmartin y cómplice de su asesinato al principio de la trilogía, que termina casándose con un importante hombre al final de Un hombre astuto.

La prosa de Davies es siempre firme y potente. Mezcla narración cercana con erudición, y habla desde una óptica que a veces es conservadora, a ratos es liberal (en un sentido anglosajón del término), en otros es descreída, a ratos parece abrazar la esperanza de la religión (aunque parece siempre más fascinado por los ritos que por las esencias, y de hecho el propio Hullah iguala en algunos aspectos religión y teatro, dos de sus intereses). No podemos leerlos sin que algunas de sus reflexiones nos chirríen por desfasadas o políticamente incorrectas, pero no podemos olvidar tampoco lo que estamos leyendo, puro siglo XX, con todo lo bueno y malo que tuvo, y no debemos olvidar que igual que Jonathan Hullah nos dice sobre las enfermedades, estas, sus nombres y sus definiciones, han cambiado con los años y los siglos. Han desaparecido males y han aparecido otros nuevos. Se han inventado tratamientos. Davies es un autor siempre notable, siempre brillante, siempre envolvente, al que leer si no se ha llegado aún a sus novelas. Mi recomendación sería empezar con El quinto en discordia (primera entrega de La trilogía de Deptford) o con Un hombre astuto, su último libro. Pero cualquiera de sus obras traducidas en Libros del Asteroide merecerá la pena.

Seguiremos leyendo y dejándonos atrapar.

Felices lecturas


Sr. E