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martes, 17 de diciembre de 2019

Cuentos, de John Cheever


Cuentos, de John Cheever (Mondadori)

Me regalaron este libro a principios de año y ha sido, desde entonces, una lectura más o menos continua. Ya había leído muchas veces los cuentos de Cheever, aunque visto ahora, con mi nueva perspectiva, había leído muchas veces algunos cuentos de Cheever, los incluidos en la antología La geometría del amor, de Emecé, prologada por Rodrigo Fresán (quien también prologa este volumen, en su condición de máximo experto y exégeta de la obra de Cheever).

Allí están muchos de los cuentos más reconocidos de John Cheever, y a ellos he ido acudiendo con regularidad desde hace al menos una década. Es uno de los libros más manoseados que tengo, y este ha venido en cierto modo a sustituirlo. La lectura, cuento a cuento, de este libro, ha hecho de 2019 un nuevo año Cheever para mí. Y me ha permitido tomar un nuevo ángulo de lectura y sentir que mi relación con él cambiaba, se hacía más profunda, se estrechaba. Si John Cheever ya era uno de mis escritores de relatos preferidos, ahora lo es más (mucho más). Nunca había entendido del todo la experiencia que Richard Ford relata en el prólogo a mis Cuentos escogidos de Chéjov, la de quien había leído unos cuentos y años después descubre en una relectura distintos planos de profundidad. Me ha pasado algo así. Debo decir que la (re)lectura detallada en el último trimestre de sus diarios, y parte de sus cartas (también editadas por Mondadori) me ha permitido ir viviendo casi en tiempo real, como si fuera además de uno de sus lectores uno de sus editores o confidentes, la lectura de estos cuentos, que están tan vivos que pese a los decorados tan propios de los años cincuenta y sesenta, parecen novedades.

Cuando pensamos en los relatos de Cheever pensamos en melancolía, epifanías, tristeza familiar, secretos y silencio. Y todo eso está en los relatos de Cheever, pero creo que si nos limitamos a leerlo desde ese marco mental nos estaremos perdiendo mucho, igual que si compramos sin cuestionarla una etiqueta como la de el Chéjov de los suburbios. Creo que Cheever es un escritor bastante mejor que Chéjov, y que no se enfade nadie, porque creo sobre todo que son dos escritores que hacen una labor diferente. Chéjov es el retrato realista, sin más (ni menos). Pero me parece muy dudosa la idea de realidad en las historias de Cheever. La realidad de Cheever siempre está deformada, es siempre una realidad muy poco objetiva. Sus relatos son y no son realistas. Suceden en entornos realistas, los conflictos que se ponen en marcha son casi siempre realistas (un enfado en una fiesta, la pérdida de un trabajo, una infidelidad, una deuda que hay que pagar, la muerte de un familiar), pero la resolución emocional y literaria que toma el cuento, que toma Cheever, casi nunca es canónica ni previsible. Sus famosas epifanías son verdaderas caídas del caballo, verdaderos momentos en los que parece que un personaje pierde el contacto con la realidad y sus modos más aburridos y decide tomar soluciones poco prácticas, que muchas veces pasan por no tomar ninguna.

Cheever es maestro en dibujar todo un contexto (social, geográfico, emocional) en dos párrafos. A veces se apresura y condensa demasiado esa información, pero su prosa siempre es luminosa y precisa. Cheever admiraba a Scott Fiztgerald y sus relatos tienen esa perfección estructural de El gran Gatsby. Creo que no hay un relato más cheeveriano, más magníficamente cheeveriano y en general mejor que El nadador, que probablemente hasta quienes no hayan leído conocerán. Ned Merrill, un hombre abandonado por su familia, alcoholizado y que lo ha perdido todo, decide emprender, desde la resaca de la mañana del domingo, el retorno a casa nadando de piscina en piscina a través de su condado. El dibujo social de esas casas con piscina que llegan a formar un mar ya daría para una tesis, y ese hombre decrépito que va haciendo el ridículo de casa en casa, ignorando bajo el agua las habladurías de todos, sintiéndose un titán en plena forma hasta que no tiene más remedio que enfrentarse a la cruda realidad, que termina por derrotarle, ese nadador es uno de los grandes personajes del siglo XX, y convenientemente leído, de lo que llevamos de XXI.

Los relatos de Cheever son una experiencia literaria y humana profundamente emocionante, y no creo que tenga sentido hacer una pequeña sinopsis de más de sesenta relatos, ni de los más destacados. Solo aprovecharé la cercanía de las vacaciones navideñas para hacer un regalo a quienes lean este blog. Les propondría que se regalaran, durante los días libres que tengan, una pequeña selección de relatos básicos de Cheever, relatos que les permitan acercarse a la esencia del alma humana, al derrumbe de tantas ideas humanistas y a la individualidad competitiva que nos devora a todos.

Les propondría, a esos lectores, que se regalaran la lectura de cinco cuentos, todos clásicos en el canon de Cheever, todos de ese puñado de obras que sí le hacían sentirse orgulloso (cuando en general siempre fue un hombre inseguro, lleno de complejos, un escritor que en sus diarios se muestra envidioso de Saul Bellow, de J. D. Salinger, de Norman Mailer, un hombre que incluso cuando recibe alabanzas desconfía, y que siempre quiso escribir una gran novela, y solo la logró a través de sus cuentos, por más que con El escándalo de los Wapshot consiguiera premios y pensara que iba a confirmarse como novelista). Pongo en esa lista de regalos navideños, sin ningún orden en particular: El nadador, El ladrón de Shady Hill, Simplemente dime quién fue, La muerte de Justina y Tiempo de divorcio.

Y quien los lea sentirá que Papá Noel ha acertado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Cuentos completos, de Mario Levrero


Cuentos completos, de Mario Levrero (Mondadori)

Para mi último cumpleaños, en agosto, me regalaron los Cuentos completos de Mario Levrero. Llevaba años, y no exagero, esperando esta edición, de la que Ignacio Echevarría llevaba años comentando que estaba preparada en Mondadori pero nunca acababa de salir. Ha sido el verano de 2019, ya quince años después de la muerte de Levrero, cuando por fin ha llegado a nuestro mercado. Me alegro. Y creo que cualquiera que llegue hasta estos cuentos, sabiendo quien es Levrero de antes o descubriéndolo sobre la marcha, se alegrará. Los levreristas, que somos objetivamente pocos pero muy convencidos en esa fe y proselitistas, tenemos un nuevo libro que recomendar, que regalar, con el que invadir las conciencias de quienes no han experimentado aún el mágico momento de abrir ciertos pasajes de la obra de Mario Levrero. Desde mi conversión en 2013, he regalado muchos ejemplares de La novela luminosa y El discurso vacío, y de cada uno de ellos ha nacido un levrerista más, y en los casos en que no ha sido así, es solo porque no han leído todavía el libro, pero lo leerán y se harán seguidores de su obra.

Dejo la ironía del primer párrafo, para que no se me pueda confundir con un iluminado. Desconfío en general de quienes han visto la luz, salvo que no pretendan iluminarme con ella, y se limiten a contarme que se la encontraron, que refulgía y metieron la mano dentro. Levrero, como Philip K. Dick, creía realmente en lo sobrenatural, en lo paranormal (a la que dedicó parte de su vida de superviviente profesional, escribiendo en revistas de esa temática y escribiendo incluso un Manual de parapsicología a finales de los setenta) y en las señales que el más allá le enviaba a uno, a las puertas de la muerte. Por eso se puso a escribir La novela luminosa, para relatar su visita a esas luces y puertas antes de someterse a una delicada operación en la década de los ochenta.

Hasta ahora, yendo a los cuentos, había podido leer únicamente el primer libro de relatos de Levrero: La máquina de pensar en Gladys, de 1970, en una reedición montevideana de 2010 (Irrupciones Grupo Editor) que compré (a precio de caviar, aunque por suerte son cuentos – caviar) en una Feria del Libro de hace unos años. Me había encontrado algunas ediciones más en La Central pero me las había prohibido a mí mismo por esos precios, y porque ya había oído hablar de la futura edición de sus cuentos completos y la esperaba.

Hay muchos criterios para editar los Cuentos completos de un autor. Hay ediciones de Cuentos completos que realmente no son tales, sino los cuentos completos que han sobrevivido a un cierto filtrado del autor u otros, y son por lo tanto los cuentos relativamente completos de un autor, o sus cuentos completos autorizados. Pasa con las ediciones de Cheever o de Fogwill, por ejemplo. Otros optan por hacer una antología en lugar de una edición realmente (o fingidamente) completa, como Tobias Wolff. Por último, en el caso de quienes sí pretenden entregar al lector una edición verdaderamente completa de los cuentos de un autor, surge también la duda de cómo hacerlo, entregándose a un orden cronológico (sea de pura escritura o de edición), o jugando a una cierta reescritura y buscando afinidades temáticas y bloques en los que presentar los cientos de relatos al lector. Creo que lo más honesto, o quizá no honesto pero sí lo más valioso para el lector que quiere empaparse de la cuentística de un autor, lo que incluye ver caminos, errores, crecimiento, rectificaciones, es ofrecer los cuentos tal cual, en orden de escritura. Así son por ejemplo los Cuentos completos de J. G. Ballard, así son también estos Cuentos completos de Mario Levrero.

Los más de sesenta cuentos de Mario Levrero que encontramos aquí recogen seis libros de cuentos y unos pocos textos sueltos, y se nos presentan en el orden en el que fueron publicados. Los libros son: La máquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982), Aguas salobres (1983), Espacios libres (1987), El portero y el otro (1992) y Los carros de fuego (2003). Se incluyen otros textos no recogidos en ediciones unitarias, Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica y Ya que estamos, que se intercalan entre Aguas salobres y Espacios libres respetando los años de su publicación en revistas. Levrero, como cualquiera, guardaba textos en los cajones, por lo que el orden cronológico nunca deja de ser relativo, ya que un texto escrito por primera vez en 1967 y descartado puede ser rescatado en 1989, vuelto a trabajar, reescrito, y aparece al fin en un libro en 1992. Pero esos detalles, para el lector llamemos estudioso de Levrero son interesantes y completan su visión.

La narrativa de Levrero tiene tres grandes fases, que quien ha leído sus novelas puede ver claramente y puede valorar de manera distinta (conozco lectores que adoran a Levrero en igual medida y prefieren una u otra vertiente de su escritura). La primera fase, la puramente kafkiana, está muy bien representada por su Trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar y El país). Son novelas esencialmente imitativas del modelo de Kafka, especialmente de El Castillo. En mi caso esas fueron las primeras obras de Levrero que leí, y aunque me gustaron, y lo hicieron, y me siguen gustando, no pasan para mí de ser buenas imitaciones (entiéndase por favor que hablo de imitaciones con un valor artístico propio) de Kafka, pero ni siquiera centrándome en las lecturas que he hecho de relatos con puntos absurdos en esa línea de evidente inspiración kafkiana me resultan los mejores que he leído. Levrero nunca ha abandonado las enseñanzas de Kafka, sus escritos nunca se han alejado ni de la línea de absurdo que se abre en él, ni ha dejado de lamentarse por el peso del mundo y la culpa que tan bien dibujó el checo en sus novelas, de quien Levrero se muestra un discípulo casi insuperable en la última parte (autobiográfica, más o menos) de su producción.

Lo que hizo Levrero, después de sus inicios, fue derivar durante décadas la mayor parte de su producción narrativa por esa línea absurda, pero con una intención más lúdica, creando un mundo surreal de intenciones a veces cómicas, en el que muchas veces usa como modelos de escritura novelas de detectives, sobre cuya percha va colgando historias absurdas (algunas de las cuales, como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo o La banda del ciempiés se me hicieron muy cuesta arriba cuando las leí). En sus cuentos, no se apoya tanto en este elemento detectivesco y nos da algunos relatos magníficos en los que el mundo fantástico y absurdo que nos ofrece es una maravilla (algo que hace también con buen resultado en las novelas Fauna y Desplazamientos, pero no con la brillantez de muchos de estos cuentos; es más fácil, debemos pensar, sostener un mundo absurdo y que no llegue a cansarnos en un cuento que en toda una novela). 

La máquina de pensar en Gladys tiene sus mejores puntos en este absurdo, con cuentos como La calle de los mendigos, Historia sin retorno nº 2 y Ese líquido verde. El absurdo crece y se vuelve pesadillesco en Gelatina. Y en este libro maneja estupendamente otros dos recursos: los cuentos de casas con alguna clase de encantamiento (pero no se piense en fantasmas, más bien en casas ilógicas llenas de trampillas y secretos), con dos cuentos estupendos: La casa abandonada y El sótano, y una especie de prosa poética minimalista que es la que mueve La máquina de pensar en Gladys (el cuento), que abre y cierra la colección, con el cuento y su versión alternativa (La máquina de pensar en Gladys (negativo)), apenas distinta. Son dos ejercicios de minimalismo, en los que acompañamos a un narrador en el momento previo a irse a la cama, revisando que todo en su casa está en orden, dejando abierta una pequeña rendija por la que intuimos que lo extraordinario se cuela en lo rutinario.

La máquina de pensar en Gladys, y me refiero ahora a la colección, es un libro compacto y lleno de sentidos, muy bien escrito, que domina registros muy variados sin dejar de ser coherente. Es sorprendente su redondez (y casi diría sabiduría) para ser el primer libro de cuentos de un autor, un autor que empezó a escribir como por casualidad y probando. Todo el tiempo (1982) reúne tres relatos y ocupa casi cien páginas. Aquí no hay minimalismo, son relatos que se extienden, que podrían estar más podados pero a los que, con la forma que tienen, no se les advierten tiempos muertos. Lo fantástico prima pero no es el mismo tipo de fantástico de La máquina de pensar en Gladys. Aquí hay menos imaginación surrealista y absurda y un acercamiento más canónico (“canónico”, en manos de Levrero) a algo parecido a la ciencia – ficción en el caso de La cinta de Moebius y Todo el tiempo. El primer cuento, por contra, aunque entra en rupturas de la realidad más o menos esperable, es un ejercicio de memoria y dolor, un salvaje cuento del oeste con el desamor y el desgarro como temas. Alice Springs (El circo, el demonio, las mujeres y yo) nos muestra a un Levrero enamorado y un Levrero desenamorado, en una historia que pone en marcha la marcha a Australia (a la ciudad de Alice Springs) de una amiga que acabaría siendo su mujer y madre de su hijo Nicolás, quien firma uno de los dos prólogos y el epílogo. Es un cuento buenísimo, que me ha entusiasmado desde el principio y que me parece, con toda la antología ya digerida, de los mejores textos de Levrero, un cuento que he encontrado emparentado con dos novelas cortas de Levrero, en las que lo fantástico toma forma onírica pero no llegan a las cotas del absurdo que en ocasiones hacía sus textos desmesurados. Me refiero a Desplazamientos (escrita más o menos en la misma época) y El alma de Gardel (de 1996).

Los textos intermedios de Aguas salobres (1983) y los que no estaban recogidos en colecciones y ya nombré al principio me parecen interesantes, pero no redondos. Son interesantes para encontrar algunos caminos que Levrero estaba probando pero que no dominaba, que aparecerán más adelante en su narrativa pero aún no acababa de tener claros. Espacios libres (1987) me parece, junto a La máquina de pensar en Gladys, el otro gran libro recogido aquí. Casi doscientas páginas y 18 relatos, de muy variada confección. Levrero es un escritor de obsesiones, y aparecen en esta colección cuentos de personajes perdidos en alguna clase de trampa lógica (El laberinto), casas de las que no hay manera de escapar (Nuestro iglú en el Ártico), cuentos de dobles (El factor identidad), algún circo o feria ambulante (Feria ambulante). Una de sus principales obsesiones, de las que pueblan sus sueños y sus cuentos más parecidos a sueños (que son bastantes, cuentos en los que una escena sucede a otra sin cambio lógico) es el sexo. En las novelas y cuentos de Levrero aparece con frecuencia la mujer que hace perder la cabeza al protagonista y desencadena una serie de acontecimientos que se convierten en la trama que estamos leyendo. Esas mujeres, que en algunos casos tienen apuntes de mujer fatal de cine negro clásico, pero en muchos otros no, suelen ser exuberantes, hacen que pierda toda mesura el protagonista y se pone a perseguirlas de un modo obsesivo. Leídos algunos de estos cuentos (muchos tienen detalles, otros se basan casi por completo en la obsesión por una mujer) en 2019 llevan a pensar en que esas escenas de sexo, muchas veces forzado, tendrían pocas opciones de que se las hubieran publicado hoy. Y cuentos como Apuntes de un voyeur melancólico podrían haberle dado problemas. En este libro tenemos hasta una fábula de animales, Los ratones felices, en la que asoma un tema que también inquietó siempre a Levrero y que lo mantendrá siempre emparentado con Kafka, el miedo a la autoridad ajena, esa que no hemos elegido y que está en condiciones de mandarnos y condicionar nuestra vida. Levrero siempre entendió las obligaciones (laborales, familiares, sociales) como un obstáculo para su arte, y cualquier lector de La novela luminosa sabe cuánto le perturbaban esas invasiones de su ocio que los aspectos prácticos de la vida suponían. Aquí también están presentes esas ideas, que van de Dios (una especie de Dios nos habla en Irrupciones) a los jefes de la oficina o aquellos familiares que nos roban el tiempo. Capítulo XXX es un relato muy potente, denso y perfectamente dosificado que podría estar en una antología de relatos de terror de corte lovecraftiano (o bueno, de inspiración lovecraftiana). En Espacios libres hay hasta cuentos decididamente vanguardistas, aunque hay que dejar claro que la escritura de Levrero siempre (o con mucha frecuencia) tiene algo vanguardista, de interrupción de la realidad, discontinuidad del sueño, escritura automática, pero aquí me refiero a relatos posmodernos y experimentales como Ejercicios de natación en primera persona del singular y La nutria es un animal del crepúsculo (collage). Espacios libres, el cuento que da título, es de los más comedidos de toda la colección, y también uno muy divertido y bastante redondo. Una pequeña historia de búsqueda de una mujer, en la que se suceden malentendidos y secuencias de una historia detectivesca.

En El portero y el otro (1992) hay cuentos que repiten temas e ideas, y destaco la finura de Interminables tardes de verano, las parodias detectivescas de El inspector y Una confusión en la serie negra o un nuevo ejercicio de collage (me imagino de hecho a Levrero recomponiendo párrafos escritos y desechados para componer un nuevo texto, muy sugerente) que dibuja esos malentendidos del día a día, Confusiones cotidianas. Los más interesantes, de todas maneras, entre los textos, me parecen Entrevista imaginaria a Mario Levrero, una especie de manifiesto como escritor de Levrero que escribe en forma de una entrevista que él mismo realiza a Mario Levrero, el escritor, y dos textos de mediados de los ochenta en los que se empieza a ver esa escritura autobiográfica que centraría sus últimos años, que irrumpe en su obra de ficción parcialmente en El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos y que se hace manifiesta y central en El discurso vacío y La novela luminosa. Esos textos son Apuntes bonaerenses, que tiene además la curiosidad de presentar, veinte años antes, una especie de adelanto del capítulo de las palomas de La novela luminosa y Diario de un canalla, que yo ya había leído como segunda parte de Burdeos, 1972, y en el que un Levrero con una vida y un trabajo estable, quizá por primera vez en su vida, se lamenta de esa estabilidad y las traiciones a las que ha sometido a su arte para mantener una vida más estable. También son muy divertidos los Cuentos cansados, que he estado leyendo a mis hijos por la noche este último mes y se han convertido ya en textos tan clásicos para ellos como algunos de los Cuentos por teléfono de Gianni Rodari.

Los carros de fuego (2003) recoge cinco relatos finales, que no destacan dentro del conjunto de su faceta cuentística, quizá con la excepción del propio Los carros de fuego. Aún no abandonaría el libro después de cerrar el último cuento, pues las notas finales del hijo de Levrero, en las que relaciona algunos cuentos con momentos de la vida del hijo y la relación con su padre, me parecen tiernos y muy significativos de la vida y obra de un autor, Levrero, que nunca gozó de un reconocimiento masivo, que de hecho estuvo muy lejos de tenerlo, y que como nos cuenta su hijo solo disponía a veces de un único ejemplar de sus propios libros y solo se los podía prestar a él de uno en uno, y hasta que no le devolvía una de las novelas o colecciones de cuentos no podía llevarse el siguiente.

Un libro que ha tardado años en llegar a España pero que al fin ha llegado y que creo que es una obra imprescindible para los levreristas, seamos quienes seamos, y que puede ser un buen acercamiento, siempre original y divertido, para quien nunca se haya sentado a ver pasar la vida, con sus pasos, sus desvelos, sus presiones y molestias, al lado de Mario Levrero.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


jueves, 31 de enero de 2019

Sur y Oeste, de Joan Didion

Sur y Oeste, de Joan Didion (Mondadori)

Buenos lectores me han recomendado muchas veces leer a Joan Didion. Lo he intentado reiteradamente con El año del pensamiento mágico y Noches azules. Pero sin ningún éxito. Hasta este libro creo que lo más cerca que había estado de que me gustara un texto de Didion era el epígrafe con el que se inicia la película Ladybird (Quien quiera que hable sobre el hedonismo en California jamás ha pasado una Navidad en Sacramento). Me gustó mucho Ladybird (Greta Gerwig, 2018) y aunque Sur y Oeste me ha gustado, y es la primera vez que he conectado con Didion, queda bastante por debajo de la película en mi lista de afectos.

Sur y Oeste es un libro completo (Sur) y unas notas para un reportaje que nunca llegó a hacerse (Oeste). Me gustan esos libros que son libros fallidos, libros que alguien quería escribir, que quizá le habían encargado que escribiera, en los que estuvo trabajando y que acabaron por no cerrarse. Me gusta poder meterme en ellos muchos años después, normalmente por la autora se ha consagrado, sus libros ya se venden bien, tiene prestigio acumulado, y sus editores, a falta de nuevo material, me imagino que la llaman pidiéndole algo. Y es el momento, con comillas, de tomarse la venganza del sistema. Algo así me parece que es lo que va pasando hasta que nos encontramos con Sur y Oeste en España.

De vez en cuando se veía una coraza de armadillo tirada por la carretera.

Sur, la primera parte, el libro completo del que hablaba, nos cuenta un viaje que Didion y su marido decidieron hacer por el Sur (en el amplio concepto) de los Estados Unidos. Uno piensa en el Sur y le vienen a la mente todos los tópicos que pueden verse en las películas. Uno espera una sociedad decadente, llena de prejuicios, privilegios para unos pocos, calor y humedad, algún crimen horrible escondido debajo de la alfombra. Didion viaja con prejuicios parecidos, y los va más o menos confirmando; algunas realidades son peores de lo esperado. Hay un muro de incomprensión de fuera hacia adentro y viceversa que es difícil de traspasar. Pasan por Jackson, Mississippi, y piensan en visitar a la escritora Eudora Welty. Richard Ford también es de Jackson, Mississippi, y en Entre ellos cuenta que una vez, en una tienda, su madre le señaló a Welty y le dijo que era una importante escritora y eso, de niño, le fascinó, pensar en importantes escritoras en su ciudad. Van pasando por ciudades, tomando café en restaurantes, siendo invitados a cenar por personalidades locales, conociendo a la gente joven de la zona, enterándose de algunas cosas y no enterándose para nada de otras. Se van haciendo una imagen y un cuaderno de notas mientras pasa el verano. Cada pocos kilómetros piensan, probablemente, en volver a casa. No es que yo lo interprete así, lo dice ella, huye de los aeropuertos que podrían llevarla de vuelta a casa.

Nunca conseguimos ir – dijo la primera mujer –. Nunca he estado en ningún sitio al que quisiera ir.

Nombraba en el párrafo interior Entre ellos, de Richard Ford, y lo veo relacionado con Sur y Oeste. He leído los dos libros con cierto gusto pero me han dejado poco poso. Veo que hay más escritor que el libro que han escrito. Son, tal vez, aproximaciones superficiales a temas que requerirían más profundidad, algo más de hueso y sangre. El viaje por el Sur nos va deslumbrando con su luz decadente, comparte con nosotros la mirada, nos deja algunas imágenes muy bellas (en este libro Didion resulta muy plástica y visual), nos contagia la extrañeza, pero el contagio no ha sido efectivo al 100% en mi caso. Mientras lo leía me planteaba cuánto había de clasismo en estas notas y cuánto de lo que se escribe aquí no sería condenado a la hoguera contemporánea si se cambiaran algunos términos o tal vez, simplemente, si un periodista – novelista español, madrileño o castellano, escribiera una temporada viajando por Andalucía y volviera confirmando tópicos.

No ponemos rock porque a nuestra gente no le gusta. No ponemos esos grupos underground vuestros como Jefferson Airplane.

La realidad, en un libro de crónicas, debería empapar parcialmente la conciencia de quien está escribiendo. Otra película que me gustó bastante de 2018 fue The Florida project. Allí tenemos una narración casi impersonal, que deja la voz en los personajes y sus hechos, y no los juzga. En algunas situaciones y relaciones el libro me ha hecho pensar en la película, pero el acercamiento es muy distinto. Didion juzga en este libro constantemente, desde la superioridad, con (perdón) un cierto tufillo de pija viajando entre pobres, jugando además con la ventaja de que a estos puede sentirlos abiertamente como inferiores, algo que no podría hacer con otros grupos de pobres.

Antes de mi viaje al Sur, hacía un tiempo considerable que nadie pensaba que tuviera diecisiete años, pero durante aquel mes tuve que demostrar varias veces que tenía más de dieciocho. La única explicación que se me ocurrió era que las mujeres adultas se arreglaban el pelo.

Sin acabar de encajarme, me ha parecido un libro bien escrito, con momentos de muy buena prosa, ligero, y que me hace seguir queriendo leer Los que buscan el sueño dorado, otro libro de crónicas del que ya me han hablado muy bien anteriormente. La segunda parte, Oeste, son notas de trabajo. A Joan Didion le pidieron que siguiera el juicio contra Patty Hearst (sobre el caso no se dan detalles, pero es fácil dar con millones de páginas de información en internet) y ella lo hace, por así decirlo, viendo qué refleja Patty Hearst, su juicio, la situación, la ciudad y el tribunal, de ella misma. Es una estrategia que funciona entre la autoficción y la crónica, pero que en general no me entusiasma. Emmanuele Carrère lo hace con frecuencia en sus novelas de no – ficción, apareciendo con frecuencia en mitad de lo que está contando para contarnos cómo se siente él en ese momento. Creo que hay momentos absolutamente personales que pueden resultar universales leídos, pero creo también que no hay que abusar, porque no todos los momentos personales, por inspiradores que resulten a quien los vive, son realmente universales. Si yo quisiera leer un reportaje sobre un juicio querría que quien lo escribe se apartara y me dejara ver el juicio (aprovecho ahora para recomendar un libro perturbador que sí sigue un juicio con una frialdad que resulta angustiosa, La casa de los lamentos, de Helen Garner, que leí a finales del año pasado), pero aquí solo son notas de trabajo, y en algunos aspectos (la mirada de la Didion adulta sobre la Didion niña – adolescente que se crió en California) me gusta. Y acaba cerrando el círculo con aquella cita inicial que abre la película Ladybird.

Yo creía en los tejidos de algodón oscuro. Creía en los sombreros pequeños y en los guantes blancos. Creía que los viajeros transcontinentales no se ponían zapatos blancos para ir a Nueva York.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E




jueves, 24 de enero de 2019

Fragmento de Lecturas de mí mismo, de Philip Roth


Una cosita de Philip Roth, 1959, incluida en Lecturas de mí mismo (Mondadori)

Me encuentro con este texto, que Philip Roth escribió en 1959, a cuenta de la publicación de su libro de relatos Goodbye, Columbus y el posterior escándalo (moderado y reducido al ámbito judío, reducido realmente a ciertos rabinos y ciertas personas influyentes) que se produjo al respecto. Lo encuentro en Lecturas de mí mismo (Mondadori), que creo que ha sido incluido junto a otros ensayos en el volumen Por qué escribir (también de Mondadori).

Repito, 1959. Invito a buscar los paralelismos con 2019 y la digestión de la ficción que hacemos actualmente. Decía Philip Roth:

Pero el señor Kaufmann, como novelista, probablemente no tenía ninguna intención de escribir un estudio sociológico ni, ya que eso parece más bien el tipo de lectura que el rabino realmente anhela, una muestra agradable y positiva. Tampoco Madame Bovary es reconocible como estudio sociológico, pues gira en torno a una francesa provinciana y soñadora, y ninguna otra representante de las demás clases de francesas provincianas. Sin embargo, esto no disminuye su brillantez como novela, como una exploración de la misma Madame Bovary. Las obras literarias no toman como temas personajes y acontecimientos que han impresionado al escritor por la frecuencia de su aparición. Por ejemplo, ¿cuántos judíos, tal como los conocemos, han estado a punto de hundir un cuchillo en su hijo solo porque creían que Dios les había exigido que lo hicieran? El significado del relato de Abraham e Isaac no tiene nada que ver con que sea un hecho familiar, reconocible, que sucede a diario. La prueba de cualquier obra literaria no estriba en lo amplia que sea su gama de representación, por más que la amplitud pueda ser característica de una clase de narrativa, sino en la profundidad con que el escritor revela lo que ha decidido representar.
Confundir un <<retrato equilibrado>> con una novela tiene como consecuencia final caer en el absurdo. <<Querido Fiodor Dostoievski: todos los estudiantes de nuestra facultad y la mayoría de los profesores creemos que ha sido usted injusto con nosotros. ¿Considera a Raskolnikov un retrato equilibrado de los estudiantes tal como los conocemos? ¿De los estudiantes rusos? ¿De los estudiantes pobres? ¿Qué me dice de los que nunca hemos asesinado a nadie, que hacemos cada noche nuestros deberes escolares?>>. <<Querido señor Mark Twain: ninguno de los esclavos de nuestra plantación se ha fugado jamás. Pero, ¿qué pensará nuestro amo cuando lea lo del Negro Jim?>>. <<Querido Vladimir Nabokov: las chicas de nuestra clase … >>. Y así sucesivamente. Lo que hace la ficción y lo que al rabino le gustaría que hiciera son dos cosas totalmente distintas. Los intereses de la ficción no son los de un estadístico ni los de una empresa de relaciones públicas. El novelista se pregunta: <<¿Qué piensa la gente?>>, el hombre de relaciones públicas pregunta: <<¿Qué pensará la gente?>>. Creo que esto es realmente lo que molesta al rabino cuando pide un <<retrato equilibrado de los judíos>>: qué pensará la gente.

Por ahí seguimos.

Y seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Autoficción: El dolor de los demás vs. El último samurái


Dos acercamientos a la novela de autoficción: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández (Anagrama) vs. El último samurai, de Helen DeWitt (Mondadori)

Desde hace un par de años (al menos, o quizá han sido menos pero se me han hecho muy largos) se cuestiona mucho la narrativa de autoficción. Se habla como cuestionándola, intentando que los lectores (y aún más los que también escribimos) pensemos qué, cómo y por qué de la autoficción. Me interesa (moderadamente) la autoficción. Igual que me interesa la narrativa de no – ficción, el ensayo, la novela negra, el relato, las grandes novelas rusas del siglo XIX o el posmodernismo. Hay géneros que me gustan más que otros, pero en general en un libro me centro en si ese libro en particular me toca o no, y por qué. Pienso que hay buena y mala autoficción, igual que hay buenas y malas novelas negras, buenas y malas novelas de terror, buenas y malas novelas de buenos y malos autores que ganaron (o ganarán) el Premio Nobel.

En este caso me he fijado en dos libros que he leído en los últimos meses (el de Miguel Ángel Hernández en verano, el de Helen DeWitt a mediados de octubre), dos libros de los que se ha hablado muy bien, uno que me ha gustado bastante y otro que me ha gustado bastante poco. De Miguel Ángel Hernández había leído su primera novela, Intento de escapada, con la que fue finalista del premio Herralde. Aquel libro me gustó más en unos aspectos que en otros (la idea sobre la que planeaba me pareció muy interesante, bien buscada, bien tirada, pero la consecución del libro no me pareció redonda). No conocía el nombre de Helen DeWitt hasta que hace unos meses lo leí en una reseña sobre esta novela, que acababa de ser reeditada.

Empiezo haciendo una pequeña sinopsis de cada uno de los libros. El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, es la rememoración (más que reconstrucción) de lo que sucedió justo al lado de su casa en la Nochebuena de 1995. El que era su mejor amigo (leyendo el libro parece que casi su único amigo) mató a su hermana y luego se suicidó. Aquello se quedó enterrado en el pasado del futuro autor, cerca de donde enterró su infancia, sus vergüenzas, su pasado en la huerta murciana (que tiene en la novela el peso de lo tradicional, lo inmutable, con todas esas gentes que no se mueven nunca de allí y cada vez que lo ven de visita lo encuentran más extraño), sus creencias trascendentales, su gordura adolescente, el deseo por cualquier chica que le hiciera algo de caso, su vida familiar con hermanos mucho mayores que él, con un padre serio, con una madre con continuas depresiones. La historia que nos cuenta Miguel Ángel Hernández nos va mostrando que él en realidad quería escribir una novela de no – ficción, algo así como un A sangre fría en la huerta murciana. Pero incapaz de encontrar respuestas en aquel suceso terrible del pasado, Miguel Ángel Hernández se limita a mirar fotos, a abrir heridas (las suyas, las de algunos parientes, seres cercanos), a pasear por el pasado, preguntar, escuchar las habladurías del pueblo (esa clase de pueblo que es cualquier pueblo, en el que nunca se calla pero todo queda casi silenciado), a darse cuenta de que en realidad no sabía nada de aquel amigo suyo, que nunca se preocupó por lo que le había pasado a su hermana, que dejar el pueblo tiene siempre un poco de huida vergonzosa, de abandono de quienes lo quisieron. En ese sentido es magistral la sinceridad con la que mira las enfermedades de sus padres, la pena que le producen, pero cómo dice: yo no voy a ocuparme de eso.

Creo que lo que me gusta del libro de Miguel Ángel Hernández es que se mira en un espejo poco favorecedor. Es despiadado con aquel adolescente de la huerta que no se enteraba de nada y es condescendiente con el profesor de universidad moderno en el que se ha convertido. No deja de señalar los nexos entre uno y otro. No duda en dejarse en mal lugar. Es cruel cuando toca. Y lo es especialmente consigo mismo. Tiene piedad con todos, incluso con el asesino, pero se guarda poca para él. Lo que menos me gustó del libro no tuvo que ver con esa voz ni con la trama, sino con la estructura, con ese permamente: “querría escribir otro libro pero no sé, solo me sale este”; “no sé si debería estar escribiendo este libro pero aquí estoy”. Es un juego que ya está quizá demasiado visto, y que se lleva demasiadas páginas, pero aún así la lectura mereció mucho la pena. Lo universal que puede llegar a ser una pequeña pedanía de la huerta murciana, con sus construcciones sociales, convenios no explicitados, tradiciones etc. da bastante miedo. El libro me perturbó, me sigo acordando de él casi tres meses después de haberlo leído.

Lo que más me gustó en El dolor de los demás es lo mismo que me disgustó en El último samurai. El último samurai (una referencia a una película, Los siete samurais, de Akira Kurosawa que tiene un peso bastante grande en la trama) me gusta como forma y me aburre en el fondo. Creo que lo que hay que aplaudirle a Miguel Ángel Hernández, ese narrador que mira a lo feo de sí mismo y lo expone, es lo que hay que criticarle a la narradora de DeWitt, el contarnos que es una mujer super brillante, hija de un hombre super brillante y madre de un chico que es un genio. Son todos tan inteligentes que me aburren. Y supongo que la pregunta es si acaso esos seres super inteligentes no se merecen una novela, y supongo que la respuesta será que sí, pero que no es un libro que a mí me interese excesivamente. Creo que es muy fácil escribir en la frontera de la autoficción diciendo: “¡qué listos somos todos aquí, qué difícil es nuestra vida!”.

Luego, como artefacto, el libro está muy bien trabajado, bien hilado, mezcla la voz de la madre con recuerdos del padre de la narradora, con reflexiones agudas sobre películas, libros, músicos, genios precoces, descarrilamientos, conversaciones con un pequeño talento precoz de cinco años, y el propio diario del niño, que se pregunta quién es, de dónde ha salido, quién es su padre. Y me parece que se hace también una montaña de un hecho que por supuesto es importante, no tener padre, pero que comparten muchas personas, sin que parezcan desquiciados por dar con un buen modelo masculino sustitutivo. He leído en críticas comparaciones con El guardían entre el centeno (que no veo por ninguna parte) y sobre que no es más que una historia (otra más) que trata de comprender algo tan difícil de entender como qué es (y qué no es) un padre. ¿Para qué sirve un padre?, podría titularse. Formalmente, repito, está muy bien ligada, es brillante (al modo en el que los textos de David Foster Wallace son brillantes, hasta el punto de que a veces cansan por su propia brillantez) y se lee con agrado. Pero una vez pasadas unas horas, la supuesta aventura autoral me parece una labor bastante cómoda. Un libro para enseñar y decir: Mira qué brillante me ha quedado esto, mira qué inteligentes somos todos los que salimos en él. Lo contrario de lo que encontré en el libro de Miguel Ángel Hernández, un libro incómodo de escribir y de enseñar, lleno de heridas purulentas, menos conseguido como novela pero más duradero en mi memoria.

Claro, esto no es más que mi percepción como lector. Pero de eso va este blog, me temo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 20 de junio de 2018

Némesis, de Philip Roth


Némesis, de Philip Roth (Mondadori)

A veces te crees tus propias mentiras, o al menos tus propios prejuicios. Supongo que hay algo de inevitable en ello. He leído una gran parte de la obra novelística publicada de Philip Roth. Y en algún momento me convencí de que su última novela buena había sido La conjura contra América, publicada en 2004. Debo decir también que era la lectura de otras novelas de Roth, de esos primeros años de la década de los 2000, la que me llevó a concluir eso. Novelas como Elegía, Sale el espectro e Indignación me parecieron flojas, innecesarias. Incluso El animal moribundo, aunque más consistente, ya me lo había parecido.

Y en esto, se murió Philip Roth y en una biblioteca de las que suelo frecuentar montaron uno de esos stands con sus novelas, y curioseando, decidí coger Némesis. Y me encontré con una novela de un Philip Roth que si bien no está quizá en su primera división, no desmerece para nada, está bien construida, bien narrada, juega con la historia y sus historias. Es una muy buena novela, al margen de quien sea su autor y qué lugar ocupe en el ranking de sus obras. En Némesis, Philip Roth viaja al pasado, al suyo, aunque lo esconde y utiliza sin personalismos. Nos sitúa en 1944, última época de la Segunda Guerra Mundial, en el centro de la comunidad judía de Newark, Nueva Jersey. Una epidemia de polio se ceba durante ese verano con los niños locales, poniendo de los nervios a todos, haciendo dudar de lo divino y lo humano a los adultos, hasta extremos propios de Dostoievski, provocando que las autoridades se planteen cerrar los parques, espacios deportivos, campamentos, todos los lugares en los que suponen que el virus está contagiándose e infectando cada vez a más niños. Mientras, los jóvenes americanos mueren en el frente.

También uno de los mejores amigos de Bucky Cantor, que es monitor en uno de esos espacios infantiles, y que se hace mayor a los 23 años, de repente, cuando enterrar a sus alumnos se convierte en algo casi rutinario. Entonces, le llega la oportunidad de huir. A través de la familia de su novia recibe la oferta de encargarse de un campamento acuático en el campo, lejos de la ciudad y de la polio. Tras mucho pensarlo, lo acepta, sintiendo que ha abandonado a sus chicos. Aunque el narrador es uno de esos chicos judíos, que también contrajo la polio y acusa desde entonces cierta cojera, lo que no le ha permitido hacer una vida normal, el verdadero protagonista es Cantor.

Y el tema esencial es la culpa. La que siente por haber escapado Bucky Cantor y la que sentirá más adelante. Al campo le siguen llegando malas noticias. Más niños han enfermado y han decidido al final cerrar la escuela de verano en la que trabajaba. Cantor se siente culpable por cobarde, y además por haberse ido con tan poca diferencia de días, siente que podría haberse quedado, esperar a que cerraran y entonces haber escapado al campo con su novia. Y nadie hubiera pensado que estaba escapando. La vida en el campo va bien, es entretenida, bonita, pero un día llega allí también la desgracia. Uno de los niños enferma y también es polio. Las hermanas de su novia también contraen la enfermedad. Por último, él también la sufre.

Se aislará de todos, no querrá recibir visitas en el hospital, dejará a su novia, y se esconderá en sí mismo para prácticamente el resto de su vida, aunque de esto no nos enteraremos hasta muchos años después, cuando se reencuentre con su antiguo alumno y empiecen a quedar semanalmente para comer y hablar de la vida. Veremos cómo un mismo momento afectó de maneras casi contrapuestas a quien era un niño vulnerable y a un joven que había superado muchas dificultades hasta entonces en la vida (sin padres, había perdido a su abuelo hacía poco, pero parecía lleno de seguridad y confianza en sí mismo). La polio actúa en toda la novela como una enfermedad casi moral que saca lo peor de muchos vecinos de Nueva Jersey. Aquellos que prefieren aislar a los vecinos de un barrio (que además son judíos, en 1944, con la Segunda Guerra Mundial al fondo). Jóvenes americanos, sanos, bien formados, caen en ambas batallas. Y el país y su sociedad deben recomponerse después del horror, el mundial y el vecinal. Roth nos muestra que el país se levantó de un tiempo sin vacunas ni dioses tambaleándose, pero volvió a caminar.

Y lo hizo en su última novela, antes de anunciar que no se sentía con fuerzas de lanzarse al trabajo que exige una nueva obra. Y resultó un libro consistente, sólido, meritorio, complejo, un adiós con oficio, que merece la pena leer, y que me alegro de haber encontrado en estos días.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 19 de diciembre de 2017

La hora violeta, de Sergio del Molino

La hora violeta, de Sergio del Molino (Literatura Mondadori)

Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá nunca a una chica, que no irá a la universidad y no se irá de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicamos.

Así empieza el libro. La hora violeta de la que habla Sergio del Molino está tomada de un poema de T.S. Eliot, y es la hora en la que en el intermedio de la vida las espaldas empiezan a despegarse del lugar de trabajo y las cabezas empiezan a pensar en lo que viene por delante. El motor humano espera como un taxi parado en marcha, dice la cita del poeta que abre el libro. Las horas no avanzan, siempre marcan la misma los relojes, confiesa el autor al principio.

La hora violeta de la que realmente habla este libro es la hora más terrible de todas, la de enterrar a un hijo. La que se genera entre ese trance y la vida que queda después. Porque queda vida después. Sergio del Molino escribió este libro en 2013, desde la vida de después, con un ánimo que es esencialmente terapéutico. Terapéutico porque le ayuda en algún grado a dejarlo atrás o al menos a repensarlo, y terapéutico porque fija la imagen de Pablo que él, su padre, el escritor, quiere fijar, después de que una leucemia lo matara con algo menos de 2 años.

Sergio del Molino escribió esta novela en 2013, y fue un libro que sonó bastante y obtuvo reconocimientos (el premio El ojo crítico, por ejemplo). En 2013 yo iba a ser (y lo fui) padre por primera vez y no me sentía capaz de coger en esos momentos un libro que hablaba de algo tan tremendo. Este año he sido padre por segunda vez, y ya he leído tres libros de Sergio del Molino antes de diciembre (este es el cuarto y cogí en la biblioteca el quinto, La mirada de los peces), y el hecho de que La hora violeta sea un libro que me han seguido recomendado a lo largo de estos cuatro años me ha hecho confiar en que su calidad literaria estaría sin duda por encima de la tragedia y el melodrama. Y lo está. Es un libro que tiene un gran valor como testimonio pero es un libro que tiene un gran valor como obra narrativa sin tener en cuenta otras consideraciones (aunque es casi imposible no pensar en que lo que aquí se cuenta fue sucediendo así).

¿Cómo nos atrevemos nosotros, lectores, a asomarnos al drama de un padre pero por extensión al drama de una familia, porque el autor se desnuda él e igualmente desnuda a su mujer, a su hijo, a su entorno familiar y de amigos, a las médicas y enfermeras (porque el entorno médico en el que se mueve en ese horrible lugar llamado planta de oncología pediátrica es casi todo el tiempo femenino). Supongo que lo único que nos legitima es que el padre haya decidido dejarnos entrar ahí.

Y entramos en la cámara de los horrores. Entramos a un libro que no es una novela y que descubre el final de la historia desde el principio, con la intención de explicar al autor y sus motivaciones y para que sepamos dónde nos estamos metiendo. El libro está narrado en primera persona y en un tiempo presente que ya estaba pasado y que ya sabemos que estaba pasado y que es uno de esos pactos autor – lector que aceptamos gustosamente. La prosa no peca de cargada ni de sentimental, y se agradece. Uno de los leit motivs que van acompañando la escritura de Del Molino y sus reflexiones sobre el mismo hecho de estar escribiendo sobre lo que lo está haciendo es no caer por la pendiente del sentimentalismo, no buscar dar pena a nadie, usar las palabras más neutras posibles. Usar también las palabras que no se suelen usar por un sentimiento de respeto a los enfermos y a sus familias, lo que lo hace duro por momentos, pero más duros resultan a menudo los eufemismos.

El diagnóstico es un momento terrible en estas enfermedades y lo peor es que no es más que el comienzo. Lo que va a venir después, incluso si acabara de la mejor manera posible, nunca va a ser bueno. Como se dice en el libro, la quimioterapia es una medicación que en cualquier dosis, por ínfima que sea, es mala para el organismo, pero es la única capaz de afrontar lo que está pasando con el crecimiento celular. Quienes hemos estado cerca de estos tratamientos sabemos lo que son.

La hora violeta no se merece que lo estropee tratando de explicarlo, porque se explica desde sus presupuestos. Quien quiera leerlo, y no es para todos, sabe a lo que se expone. Quien entre también se verá recompensado por momentos tiernos y casi divertidos, por extraño que pueda sonar. Porque un niño que se ve obligado a pasar en el hospital la mayor parte de su tiempo acaba haciendo de eso su normalidad y los niños de 1 y 2 años son esencialmente divertidos. Porque esos padres intentaron todo lo que estuvo en sus manos para que ese niño, Pablo, no sufriera más de lo necesario, para que no los viera hundirse. Y porque también es a veces una recompensa verte superado y llorar ante lo que se está contando en esas páginas. Porque es la prueba de que el libro quizá debía ser escrito (por más que desconfiemos de los libros necesarios) y esta era la manera de hacerlo.

Las reflexiones sobre las condiciones sociales del cáncer son valiosas por sí mismas y además no entorpecen la historia principal. Como bien dice Sergio del Molino, las metáforas bélicas acompañan siempre al cáncer, desde el momento del diagnóstico, y los pacientes son empujados a comportarse como luchadores que se ven en el frente sin quererlo y en el caso de los niños casi sin comprenderlo. Y porque como dice, a veces parece que el cáncer fuese el castigo de un dios vengativo, pero nunca lo puede ser más que cuando es el castigo tras los primeros meses de existencia de un niño.

He llorado varias veces durante la lectura de este libro (y debo reconocer que para mí eso de llorar leyendo un libro era una expresión cursi que no recordaba haber experimentado en la realidad hasta ahora). Sin embargo, no me he sentido manipulado emocionalmente en ningún momento como lector. Esto hubiera sido lo más fácil, lo hubiera pretendido o no el autor, pero todo el libro mide exactamente dónde parar antes de abrirle las puertas al melodrama y al recurso fácil que nos haga sentir pena y llorar. Sentimos compasión en todo momento por ese niño y esos padres, y por los (sobre todo las) profesionales que trabajan con ellos hasta el último día, y por la cantidad de vidas devastadas que cada año se pierden.

Hay dos modelos de escritura claros en La hora violeta, dos libros que han marcado durante décadas la idea de libro de luto, que Sergio del Molino no esconde, porque los ha leído, y porque sería ridículo fingir que no los había leído. El primero es un libro español, Mortal y rosa, de Francisco Umbral, del que se toma una cita para abrir el libro junto al poema de Eliot. Como el propio autor comenta en el libro, ha tratado de huir del lirismo de Mortal y rosa, otro libro dedicado al hijo muerto por un padre; huye Del Molino del lirismo igual que ha decidido, desde el principio, mostrar a su hijo muerto como una persona concreta, Pablo, no con términos genéricos, como hace Umbral. El otro es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, el libro en el que esta periodista relata cómo su marido murió de un infarto, en un instante, mientras cenaban después de venir del hospital en el que su hija estaba ingresada en un estado muy grave. Me reconozco incapaz de haber pasado nunca de la página 40 del libro de Didion, mientras que sí he leído completo el de Umbral, y he pensado algunas veces sobre él. Didion, en cualquier caso, se nota como una influencia también importante en este libro de Sergio del Molino, y ese pensamiento mágico aparece como nexo con aquel libro, todas esas esperanzas sin aparente conexión con la realidad que mantienen en la brecha a los enfermos y a sus familias.

Por quitar algo de oscuridad a la reseña en vísperas de Navidades, pues este es un libro sobre un tema grave, quizá el peor de los temas, y tratando a la vez de no desviarme demasiado, encontré en las últimas semanas un ataque a Joan Didion en las páginas de Danza macabra, de Stephen King. Como de pasada, pero todo un puñetazo, unas pocas palabras casi violentas para el lector actual, escritas en 1980, y que hablan de una presencia inconsciente de las clases sociales y sus conflictos en gran parte de las historias de King, algo por otra parte muy común en los productos más populares del género de terror.

Esas cosas son para los ricos. Hace poco, Joan Didion escribió un libro sobre su propia odisea a través de los sesenta, The white album. Para los ricos, supongo que resultará un libro muy interesante: es la historia de una mujer blanca acomodada que se pudo permitir tener un ataque de nervios en Hawai …

Didion se lleva el golpe en el libro de King un poco sin necesidad, pero tiene razón el novelista en el contexto general en el que inserta ese comentario. El verdadero terror depende mucho de la vida habitual de quien lo sufra. Ante los verdaderos problemas los problemas menores se vuelven invisibles. Y ante ciertas realidades el terror crece hasta hacerse insoportable. La hora violeta nos habla de los verdaderos problemas y del terror auténtico. La sociedad actual, correcta y llena de lemas positivos, no nos prepara para afrontar lo malo. Y no conviene olvidarlo antes de empezar a leer este libro.

Seguiremos leyendo.
Lo próximo ya será una entrada con lo más interesante que he leído en este 2017.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 27 de abril de 2017

Europa Central, de William T. Vollmann

Europa Central, de William T. Vollmann (Mondadori)


Ha sido mi segundo acercamiento a Europa Central, de William T. Vollmann, y después de una escaramuza de 200 páginas el pasado mes de octubre, esta vez he cruzado las fronteras del libro (de casi 900 páginas). Asomarse a esta novela es parecido a cruzar alguna fría cordillera y tratar de llegar con las tropas desde Alemania a Stalingrado. La novela es esencialmente eso, un largo movimiento de tropas. Una novela de guerra pero no en el sentido de la acción, sino en el sentido de hombres imprudentes que mueven sus piezas sobre un tablero de ajedrez gigante, jugando insensibles al hecho de que los alfiles que manejan sufren y sangran. Arriesgando en ocasiones en la estrategia por el sencillo motivo de que no les supone coste real.


No creo que podamos decir que William T. Vollmann es una celebridad de la literatura mundial. Parece más bien uno de esos secretos bien escondidos a los que se va entrando como se llega a una secta. Yo debo reconocer que no había oído hablar de él hasta el verano pasado. Y no oí hablar de él, nadie me lo recomendó en realidad, sino que leí sobre él en las entrevistas de David Foster Wallace. Me dio la sensación de que Foster Wallace, que tenía un alto concepto del valor de su obra, solo se medía de igual a igual, entre sus contemporáneos americanos, con William T. Vollmann. Vollmann es un personaje curioso, y un escritor inagotable, capaz de largarse novelas de casi 1.000 páginas con cierta frecuencia, además de relatos, ensayos y crónicas. No está demasiado traducido en España, y basta mirar en internet para ver que no sobran las reseñas sobre sus novelas. Europa central era el único de sus libros que había en la biblioteca. Quizá La familia real, editada hace poco por Pálido fuego aparezca en los próximos meses en las estanterías de novedades (esto es más un deseo que una previsión).

Cuando los generales dirigen se dice que hay movimientos de tropas, y también se habla de los movimientos en el ajedrez, y las sinfonías tienen movimientos. Europa central, esta fastuosa novela de William T. Vollmann, está en el punto en el que se cruzan esos tres planos: el de la estrategia militar, el ajedrez, y las grandes obras musicales. Uno podría pensar que no existe ese punto, pero si lee la novela comprende que sí, y encuentra ese vértice. Y uno comprende que si hablamos de estrategia militar no estamos hablando exclusivamente de soldados y de sus superiores, sino también de enfrentamientos ideológicos. Y claro, al hablar de enfrentamientos ideológicos, tenemos los realmente ideológicos y los que no son más que poses ideológicas distintas con las que esconder el verdadero enfrentamiento, el que se da por el poder. Poder sin más apellidos. En la Unión Soviética sabían bastante de eso.

Europa Central es un territorio que más o menos imaginamos, pero que no sabríamos decir exactamente dónde empieza y dónde termina. Es un territorio sobre el que los países han ido mutando a lo largo de toda la historia, también en la primera mitad del siglo XX. Desapareció el Imperio Austrohúngaro, surgió la Unión Soviética, nació el nazismo. Todos pelearon. Unos invadieron a otros. La novela es una invasión completa de nuestro tiempo y nuestra atención. Son casi 900 páginas y cada frase y cada párrafo son trabajos de orfebrería y hay que ir desentrañando relaciones, entendiendo con cierto retraso algunas referencias, sorteando las minas antipersonales que Vollmann nos ha dejado esperándonos. La novela es un ente enorme y mutante, que se va deformando y transformando, como la propia zona de la que toma el nombre.

Cuanto más ambiciosa y desmesurada es una novela, y Europa central es ambas cosas, resulta más difícil tratar de describirla. Ni su trama, ni su escritura, ni nada que no sea algo tan impreciso como su espíritu. Europa central es una novela que hay que vivir, sin que suene a imperativo pretencioso. No es una novela que mole ni de la que se puedan entresacar situaciones especialmente divertidas ni frases tremendamente ocurrentes. Es un reto para quien lo escribió, pues es una novela de 900 páginas pulida oración a oración. Y es un reto para quien la enfrente como lector. Está Hitler y está la Unión Soviética y están los poetas mediocres vendidos como sicarios intelectuales. Están las mujeres que amaron las ideas y está Shostakovich condenado al purgatorio. Están los lentos avances de las tropas y las reflexiones de algunos iluminados.

El narrador, que va y viene, al que no llegamos a situar exactamente nunca, y que en realidad es un clásico narrador omnisciente en tercera persona que todo lo ve y todo lo sabe y todo pensamiento conoce, pero que toma la forma de un flujo de conciencia que se va adaptando en cada capítulo (la novela tiene infinitos capítulos de 2 – 3 páginas, a veces menos, y la voz va variando de uno a otro) a lo narrado, como una voz narrativa que no se mantiene continua, otro movimiento sinfónico certero.

Está la novela por abrir y caerse dentro. Merece la pena. Yo volveré a vivir un par de semanas en Vollmann cuando encuentre La familia real. Me queda una pregunta por hacer. De esas que prefiero no pensar demasiado. Europa central ganó el National Book Award, uno de los más prestigiosos de Estados Unidos, si no el que más. ¿Por qué no nos importó? ¿Por qué a veces nos taladran las editoriales con que viene el Booker del año pasado, el Pullitzer de este o el National Book Award de hace tres, y otras veces ni nos enteramos? ¿Por qué seguimos haciéndole caso a esas etiquetas si ni ellos mismos se las toman realmente en serio y las usan arbitrariamente?

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 10 de noviembre de 2016

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Editorial Mondadori)


Creo que sigo rodeando La broma infinita como modo de acercamiento antes de lanzarme hacia ella. De toda la obra de Foster Wallace me quedan por visitar La escoba del sistema, su primera novela, y La broma infinita, su obra magna, que duerme cerca de mí desde este pasado verano. Me quedaba uno de sus libros de no – ficción, Hablemos de langostas, y ha sido mi última lectura.

Tanto como narrador como en su labor de cronista, aparte de por su fascinante uso de la sintaxis, por la lógica perfectamente definida con la que encaja las frases en los párrafos y cómo va tejiendo la página de interrelaciones, creo que en lo que Foster Wallace más destaca es como observador agudo e ingenioso. Foster Wallace siempre encuentra un ángulo distinto de la realidad, un matiz que venía pasando inadvertido y sobre el que él pone el foco. Foster Wallace es también el maestro en conseguir que un tema que en principio no nos interesa o incluso nos despierta un bostezo se convierta en un texto que nos interesa hasta absorbernos. 

¿Qué interés tengo en conocer cómo funcionan los grandes cruceros del Caribe? Ninguno. Pero he leído varias veces Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De momento el único tema aburrido en el que Foster Wallace no ha conseguido embarcarme ha sido en el de los impuestos y las desgravaciones fiscales, como pretendía en aquella epopeya de la hacienda pública y el aburrimiento que es El rey pálido (queda un importante comentario al margen, que es que como novela póstuma que fue, fue montada y recompuesta desde sus fragmentos por los editores, no por el autor, que me imagino, por su tipo de inteligencia y escritura, que debía dedicar mucho tiempo a montar y desmontar la estructura de los textos, y quizá en El rey pálido está todo pero no está bien barajado, o le quedaban descartes por hacer).

Si te interesan los premios de la industria del cine porno, la decadencia de los grandes novelistas americanos, entender a Kafka como humorista, las autobiografías de tenistas retiradas, los festivales de la langosta, los tejemanejes que se traen entre manos los gramáticos y académicos para escribir los diccionarios y dictar las normas de uso del inglés, este puede ser tu libro.

Si no te interesa, a priori, cualquiera de esos temas, también. Leyendo a David Foster Wallace uno aprende, por ejemplo uno aprende que la langosta era una comida de pobres y que en los reglamentos carcelarios del siglo XIX estaba prohibido darles a los presos más de un día a la semana langosta, porque se consideraba cruel, o uno aprende que un festival de la langosta permite cenar por más o menos lo que cuesta un menú de McDonald´s, pero a cambio de soportar colas dignas de Disneyworld, o uno aprende que la vida media profesional de una actriz porno es de dos años, y que hay un alto número de suicidios entre los componentes del gremio. Y uno se sorprende donde él se sorprende, que es lo que pretende que hagamos. Una de las claves de cualquier escritura es la mirada de quien narra, y Foster Wallace sabe poner de manera magistral la mirada en un modo que se sorprende e ironiza sobre cualquier aspecto de la existencia. Foster Wallace es curioso y trata de disfrutar en cualquiera de las circunstancias a la que la escritura de las crónicas le llevaba. Las crónicas de eventos le han sido encargadas por distintas revistas que consideraron, por algún motivo, que él sería el mejor para acercarse hasta allí y contarlo. En todos esos casos Foster Wallace cuestiona su idoneidad para el encargo y nos hace entrar a la realidad desde el extrañamiento. Para situar a quien no ha leído nunca a Foster Wallace, el modo de llegar a la entrega de premios de la industria del cine porno es empezar hablando de las aproximadamente dos docenas de hombres que en Estados Unidos, cada año, se amputan los genitales de modos caseros y horriblemente dolorosos, ya que no son capaces de seguir conviviendo con su concupiscencia desbocada.

Foster Wallace se declara en sus textos admirador de Kafka, al que califica de escritor de humor. Y Kafka es un escritor de humor en el mismo sentido en el que él pretende serlo. Porque mira el mundo, no lo comprende, le supera, y nos cuenta cómo le está superando. Pero Foster Wallace resulta mucho más divertido y ligero porque no se muestra sufriente y dolido por el mundo. Foster Wallace, en otro de sus textos, al hablar de Dostoievski, a quien parece haber leído mucho y en profundidad, se lamenta de no poder afrontar, como novelista americano posmoderno, los grandes temas y dilemas morales de la existencia. Porque sabe que Dostoievski lo hacía pero si alguien hoy en día lo hiciera, se reirían de él. Y tiene razón. Como él dice, y parece que en cierto modo lamenta, nos movemos en un mundo narrativo que igual que el mundo en general, está de vuelta de todo, y sólo acepta la ironía como modo profiláctico de acercarse a ciertas realidades e ideas. Y lo dice uno de los mayores representantes de esa ironía.

¿Uno de los mayores novelistas de finales del siglo XX leyendo insulsas autobiografías de deportistas? Sí. Por lo que cuenta, lo hacía frecuentemente, y especialmente cuando eran las de tenistas y ex – tenistas, un deporte que había practicado con bastante dedicación en su adolescencia. Pero hasta un fan de esos libros insulsos tiene un límite, y la autobiografía de Tracy Austin (al parecer una tenista famosa de finales de los 70) fue el suyo. Es demoledor cómo va recogiendo todos los clichés que la tenista va sembrando por las páginas, cómo se construye un discurso con tópicos y vacío. Y me parece genial cómo acaba por volcar eso hacia la pregunta definitiva, ¿son esas personas, esos deportistas profesionales, capaces de soportar toda la tensión que se acumula sobre ellos en determinados momentos, precisamente porque parecen a veces tener la cabeza vacía? ¿O el proceso es el contrario? En cierto modo, y desde la ironía, se adelanta una década a todas las ideas que están surgiendo hoy en día para explicar esos ciertos estados de éxtasis creativo y de concentración, lo que está dando en llamarse flujo o estar en la zona.

El texto más lúcido, leído 16 años después, y justo por los días en que lo he hecho, es Arriba, simba. David Foster Wallace fue contratado por la revista Rolling Stone para seguir a uno de los candidatos en las primarias presidenciales, en este caso John McCain. La idea de la revista era que periodistas y escritores jóvenes (o relativamente jóvenes, Foster Wallace tenía 38 años entonces) trataran de explicarse y explicar por qué los jóvenes votantes norteamericanos pasaban de la política. A cada uno de esos periodistas y escritores les asignaron un candidato. Y Foster Wallace siguió a McCain. McCain fue luego candidato presidencial. Era conocido por haber sido torturado durante cuatro años por el vietcong. Y se presentaba como un candidato auténtico. Foster Wallace detecta esa autenticidad y ese algo distinto en McCain. Hay jóvenes que le escuchan y le siguen. Y a veces dice auténticas burradas. Pero cuando es un idiota es un idiota que parece auténtico, y entre tanto cliché político muchos desinteresados lo agradecen. Uno de los fotógrafos con los que va le dice a Foster Wallace que McCain hace cosas como de humano, algo que ya le sitúa muy por encima de todos los demás. McCain toca ciertos aspectos que nadie más toca, dice que siempre va a decir la verdad, parece ir a la contra, promete que él no los engañará (en algún momento al principio Foster Wallace cuenta cómo dijo en un mítin que él no podía prometer extender la sanidad porque eso iba en contra de los intereses de las farmacéuticas y a él lo financiaban las farmacéuticas, pero que eso mismo le pasaba a todos los candidatos de todos los partidos, y los demás sí prometían mejoras sanitarias). Foster Wallace vuelve a aprovechar aquí para hablar del cliché y la ironía, y de cómo los jóvenes, tan acostumbrados a que intenten venderles cualquier cosa con técnicas de marketing, son refractarios a toda técnica de marketing que suene a conocida. Y ahí es donde le parece que McCain podría tener una oportunidad. Y McCain no la tuvo. Pero mucho de lo que Foster Wallace veía y contaba tiene mucho que ver con lo que ha pasado esta semana. ¿O no?

Me acerco al momento de abordar La broma infinita. Creo que será antes de que vuelva la primavera. Iremos hablando entre tanto de otros libros.

Felices lecturas

Sr.E