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lunes, 26 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (I): Recomendaciones

Mis cuentos pendientes de 2022 (I). Recomendaciones.

Calienta la chimenea, lo mejor que puede, el salón de casa, y en el despacho me echo otra chaqueta por encima y me pongo a pensar en los libros que he leído este año. Los hay que dicen que se escribe mejor con hambre y con frío, con la amenaza de un desahucio. Bajo presión, en definitiva. Lo dijo algún escritor, algo así, pero no recuerdo quién era. Siempre que pienso en esa idea pienso en el agente de Joe Gillis en El crepúsculo de los dioses, cuando el guionista sin fortuna interpretado por William Holden le dice a su agente que está en las últimas y este le contesta que es lo mejor que podía pasarle, porque así se escribieron las grandes obras maestras. Creo que esto, caso de regir, solo tiene sentido en una comedia negra de Billy Wilder y solo lo hace para Dostoievski y demás rusos trascendentes y definitorios, y no para alguien que solo quiere ordenar un poco sus ideas sobre lo que ha leído este año.

Aún puede caer algún libro antes de que el año se acabe en un sentido literal, pero cuando me siento a escribir esta entrada, una tarde fría en la que ya no llueve después de dos semanas de agua sin tregua, son 106 los libros apuntados entre mis notas de lectura. Hay de todo, de cómic a poesía, aunque la mayoría es narrativa y ensayo, con las infinitas formas intermedias en las que la no – ficción, si existe, que es una cuestión muy dudosa, ha ido tomando en las últimas décadas.

Llevo ya demasiados años en este blog, y demasiados de esos años diciendo que cada vez leo más ensayo y menos narrativa. Llevo demasiados años diciendo que cada vez leo más clásicos y menos contemporánea, que hago menos caso de los suplementos y de las voces autorizadas, y que a toda obra maestra súbita (esa que ya nace con la condecoración de libro para la historia) es mejor darle seis meses de cuarentena antes de acercarse como para volver a considerar que ninguno de esos hábitos ya es una novedad.

Soy, y supongo que toca asumirlo, un lector escéptico, que conoce demasiado los trucos de la narrativa convencional y que no se engancha con facilidad a sus giros, por sabidos. Alguien que cuando oye las exageradas alabanzas sobre un libro recién salido tiene la tentación de buscar las relaciones personales y de interés entre quien dispara la salva de consagración y el consagrado. Si uno tuviera un perfil polémico, llevaría cuenta pública de cuántas maravillas de febrero son grandes olvidadas en las listas que los mismos suplementos hacen a final de año, o de la aberración que supone que comencemos el libro con reseñistas bien mandados diciéndonos qué libros leeremos en 2023 y qué nos harán sentir. De la crítica nos hemos olvidado.

Últimamente compro muchos de los libros que compro por wallapop, y una de las herramientas que he desarrollado, para saber cuánto de real hay en la apuesta por la última maravilla, es buscar ese libro maravilloso un mes después. Abundan los ejemplares a la mitad de precio del que cuestan en las librerías. Intuyo que muchos vienen de la promoción de las propias editoriales, y me gusta jugar a adivinar quién, de entre los periodistas que han declarado su admiración por esa obra y se han rendido a su maestría, han pensado sacarse 10 euros extra, que todo suma a final de mes y ese sector, como el editorial, no están para brindar con champán bueno, vendiendo el ejemplar que la editorial les envió como obsequio para su reseña.

Es bonito descubrir clásicos (y entiéndase por clásico cualquier libro suficientemente asentado por el tiempo, a veces dos siglos, a veces treinta o cuarenta años), o releerlos y tener ganas de tirarle algo a la cabeza (ese mismo clásico, si es contudente), a quien eras a los 20 años y lo leyó sin sacarle casi nada del jugo que ahora obtienes. Es interesante comprobar que toda la literatura es ficción, sobre todo la que grita que no lo es (volvemos al tema) y que muchas veces lo más interesante que podemos leer nos llega en esa forma.

Es triste no encontrar libros de entretenimiento que cumplan con ese sencillo objetivo, entretener, y tener que afinar mucho lo que uno elige un par de libros con ese modesto fin porque se va a ir unos días a la playa o tiene un viaje en tren largo con niños y solo aspira a un poco de lectura cuando las condiciones ambientales no son las mejores y la energía no está concentrada en la lectura.

Es descorazonador ver qué libros infantiles y juveniles le quieren colar a nuestros hijos y nuestros alumnos. Y es una aventura ir con el machete desbrozando esa jungla de intereses y ver que al final acaban funcionando, y ya sé que va a sonar viejo y mortecino, Julio Verne o La isla del tesoro. Pero es que lo mortecino acaba siendo lo que las editoriales quieren colarnos, y las fallidas intenciones pedagógicas, casi pretextos, con las que quieren que se pierden.

Acabará teniendo razón aquel Roberto Bolaño que ya veía la muerte cerca y decía que había que alabar a ese lector puro que sale a la calle a buscar una nueva edición del Diccionario filosófico de Voltaire, porque sabe que esa obra no va a fallarle. Estoy por apuntarla a mis lecturas pendientes para 2023.


Pero todo esto no iba a ir de lamentos, sino de celebración de lo bueno leído, que ha sido mucho, pues para eso hago tanta labor de filtrado previo.

Sin demasiado orden ni concierto (es mentira, mi sistema de anotaciones de lecturas tiene sus trucos para rescatar ahora con facilidad esta información, pero no vamos a contarlo todo), celebro haber leído en 2022:



 Ensayo, en sus distintas y variadas formas

Memorias de ultratumba (I – XII), de Chateaubriand

¿Por qué nada funciona?, de Marvin Harris

Ensayos, de George Orwell

Para escribir hay que leer, de Vanni Santoni

Nieve negra: Dioses, héroes y bastardos del ajedrez, de Jorge Benítez

La abolición del trabajo, de Bob Black

El mal dormir, de David Jiménez Torres

Vivir con nuestros muertos, de Delphine Horvilleur

Hay más cuernos en un buenas noches, de Manuel Jabois

Suspense, de Patricia Highsmith

Borges, de Adolfo Bioy Casares

 

Novela de ficción fácilmente identificable como tal

El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

Tres, de Dror Mishani

Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga

Debería haberme quedado en casa, de Horace McCoy

El club y Sylvia, de Leonard Michaels

El revés de la trama, de Graham Greene

El aire está lleno de agua, de Juan Miguel Contreras

Prolepsis, de Miguel Ángel González

Amor, de Maayan Eitan

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Mosfegh

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

Mi vida como hombre y Engaño, de Philip Roth

El cuchillo, de Patricia Highsmith

Mueren más por desamor, de Saul Bellow

El legado de Maude Donegal, de Joyce Carol Oates

Heredarás la tierra, de Jane Smiley

Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal

No dar de comer al oso, de Rachel Elliot

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

 

Relato corto

Fiesta en el jardín y otros cuentos, de Katherine Mansfield

Dime una adivinanza, de Tillie Olsen

Amor + odio, de Hanif Kureishi

Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh

Ha dejado de llover, de Andrés Barba

Ventanas y otros relatos, de Stephen Dixon

 

Libros de no – ficción, en su amplia variedad

No digas nada, de Patrick Radden Keefe

Todas nuestras maldiciones se cumplieron, de Tamara Tenenbaum

Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey, de Ander Izagirre

Valle inquietante, de Anna Wiener

Canción y Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon


Cualquiera de esos libros cuenta, si para alguien eso aporta algo, con mi sello particular de recomendación. Pasado el año, todos esos siguen significando algo positivo para mí. Sigo teniendo presentes las razones por las que los disfruté. Sigo sabiendo por qué funcionan y por qué lo hacen tan bien.

Mañana seguimos

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 19 de mayo de 2022

Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward

 Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward.

Quienes (todavía) me aguantan y bien me escuchan o bien me leen, me han oído hablar de este libro desde que lo leí por primera vez (lo recuerdo perfectamente) en enero de 2018. Lo encontré en la sección de biografías de mi biblioteca habitual, y fue la casualidad la que me llevó hasta él. Buscaba yo
Mi último suspiro, la biografía de Luis Buñuel (que pese a lo que el catálogo digital anunciaba, no estaba disponible; en general no estaba, o se había perdido cambiado de sitio entre las decenas de miles de volúmenes de la biblioteca, que viene a ser lo mismo) y me topé con una vieja edición, muy llamativa, de este libro. Había sido editado por una pequeña editorial (Papel de liar) y creo que circuló muy poco. Me alegra que se haya recuperado y que Libros del Kultrum haya optado por intentar promocionarlo. Espero que llegue a muchos lectores.

Lo primero que me llamó la atención es que el autor fuera Bob Woodward, ese famoso periodista del Washington Post al que interpretaba Robert Redford en Todos los hombres del presidente, uno de los que sacaron a la luz el caso Watergate. Supongo que me sorprendió por un problema de traslación del mundo cultural americano al español. Me costaba imaginarme a un Iñaki Gabilondo escribiendo sobre un humorista de vida interior atormentada y que terminó mal. ¿Quién fue el John Belushi español?, sería la siguiente pregunta que uno se haría. Y no vale la pena hacerse esas preguntas, aunque si veis el documental Eugenio, veréis algunos paralelismos.

Es un tópico ya muy usado ese del payaso triste. ¿Es que acaso todos los hombres que nos hacen reír están rotos por dentro y buscan la aprobación y el cariño de los demás en sus carcajadas?

Tampoco puedo decir que leyera por primera vez este libro, o que haya estado deseando que hubiera una reedición para poder conseguirlo y releerlo porque yo fuera un gran admirador de John Belushi. Apenas le ponía cara, y sobre todo lo conocía como Jake Blues en la película de los Blues brothers, una película muy divertida, con una gran banda sonora (Belushi se esforzó mucho por resultar convincente como cantante de blues, y aunque su fuerza es imitativa, hay que reconocer que es realmente poderoso) y en la que, después de leer el libro, es complicado no ver el rastro de varios kilos de cocaína. Belushi era, en Estados Unidos, un cómico muy popular gracias al formato del Saturday Night Live, poco visto por aquí (aunque estoy convencido de que habrá un ejército de exclusivos que dirán que lo conocían sobre todo por aquel programa) y peor adaptado (en el libro se comenta, y es para olvidar, a aquel Emilio Aragón noventero diciendo, a imitación de Chevy Chase, lo de Yo soy Emilio Aragón y usted no).

Belushi llevó el formato, y el humor que allí se hacía, al límite. Su fuerza estaba en la comedia física, pero también en lo rápido que sabía captar lo que iba a hacer gracia, a veces de manera directa y a veces incómoda. Sabía manejarse con la voz, con el cuerpo, con la música, con los juegos de palabra. Sabía buscar petróleo en algunas heridas familiares, como lo era la escasa adaptación de sus padres a la vida americana. Un famoso sketch de Belushi, en el que este regentaba una hamburguesería en la que solo se podían tomar cheeseburgers (y no fries, no Coke), con una imitación de un acento europeo poco determinado era una parodia de su padre, que tuvo (y perdió) dos restaurantes que fueron su vida. Los padres de Belushi, y aquí había una clave de la historia de todos ellos, venían de Albania, un pequeño y pobre país con un régimen comunista rayano a la locura, y nunca quisieron que se supiera en su pequeña ciudad americana, por lo que los hijos se acostumbraron a decir que eran de origen griego, que les parecía algo más normal y respetable. El restaurante del sketch cómico, el Olympia, sí era griego (aunque con una carta más que limitada).

Como una moto se puede leer como un tratado sobre la adicción. Y también como una novela. Funciona como una historia parecida a Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Como en aquella novela, aquí se está reconstruyendo lo que sucedió. Todo el mundo que habla y opina, todo el que convivió con el John Belushi que se hizo millonario al cumplir los treinta años, como él mismo lo describía, tenía la sensación de que acabaría muerto. Era cuestión de tiempo. Lo sabía su mujer. Lo sabía su hermano. Lo sabían sus amigos, sus productores, su manager. Pero nadie hizo nada por pararlo. Quizá, se decían, no era posible pararlo. Más que un loco en moto era un camión bajando una cuesta sin frenos. ¿Quién va a pararlo?

Además, no lo olvidemos, era el final de los setenta y el principio de los ochenta. La cocaína, la principal adicción de Belushi (junto a los quaaludes que le ayudaban a bajar y frenarse un poco) estaba bastante normalizada en el mundo del espectáculo. Belushi tenía pánico a actuar sin ella, que le ayudaba a estar siempre a tope, rápido, a no perder ni un chiste ni dejar que se le pasara una situación potencialmente graciosa.

Belushi no tenía una gran fuerza de voluntad, eso es un hecho. Le gustaban demasiado las drogas. Pero es otro hecho que nadie era capaz de ayudarle a detenerse.

En ocasiones trataba de dejar la cocaína, pero la gente seguía ofreciéndosela. Si la rechazaba, le apremiaban. Belushi no era divertido viendo cómo los otros se metían; era divertido cuando participaba. La cocaína le volvía más positivo; hacía que las cosas resultaran importantes e intensas.

Todos a su alrededor sabían que acabaría con él. Pero tampoco querían renunciar a la chispa de Belushi. Ni a su parte del negocio.

En un momento del libro se dice que el ritmo que llevaban en Saturday Night Live era imposible de seguir sin estimulantes, y que entre todos los posibles habían decidido que usarían la cocaína. Lo que realmente necesitaban era cogerse unas vacaciones, pero como no se las iban a poder tomar, las drogas eran sus vacaciones.

La sentencia, como en la novela de García Márquez, estaba escrita desde el principio, y todos se iban encontrando con el futuro cadáver y solo decían eso: por ahí va alguien que está sentenciado.

Este diálogo entre el médico del rodaje y el productor se produce casi al principio del libro. Sobre él se construye todo.

Tienes que apartarlo de las drogas –dijo el doctor quedamente–. Si no lo haces, sácale tantas películas como puedas porque solo le quedan dos o tres años de vida.

Belushi acabó reventando, y su nombre quedó asociado a la combinación de cocaína y heroína (speedball) que se lo llevó por delante. Woodward nos cuenta que con su muerte algo acabó en Hollywood. El abuso de drogas, hasta entonces bastante tolerado, empezó a verse de otra manera. Muchos de sus amigos pusieron sus barbas a remojar (el cómico Robin Williams, entonces en la cumbre de sus adicciones, fue uno de los interrogados durante la investigación de su muerte, ya que había pasado aquella noche con él, y contaba que ahí se dio cuenta de que tenía que moderar mucho sus hábitos) y buscaron ayuda médica, o redujeron mucho sus consumos.

Como sucedió con el asesinato de Sharon Tate quince años antes, en un sentido muy diferente, la muerte de Belushi marcó el final de algo. Nos queda este libro para comprender un mundo y una época. Y para ver cómo terminó. Y para tener un acercamiento más a un temperamento indomable, a una personalidad obsesiva y adictiva, y también a una brutal fuerza creadora.

Belushi murió a los treinta y tres años. Cuarenta años después, sigue siendo un mito.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E  


viernes, 4 de octubre de 2019

El papel amarillo vs. Su cuerpo y otras fiestas, además de Chicas muertas


El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman (Editorial Bestia Negra) vs. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado (Anagrama), con Chicas muertas, de Selva Almada (Mondadori) de propina

El papel amarillo es un relato que se puede identificar de manera bastante clara en la tradición gótica, y que se publicó por primera vez en 1892. Cuentan que Lovecraft alabó el relato. Se ha recuperado de un olvido de muchas décadas en los últimos años, y ahora mismo se lee desde dos perspectivas, la de relato de género de terror (o de pesadilla, pues más que miedo la lectura produce angustia por la deriva en la que va entrando la protagonista) y como relato protofeminista, una historia de reivindicación de la mujer ante su papel secundario en aquella época.

Creo que se puede leer de las dos maneras, que quizá es lo mejor, y de hecho yo lo he leído dos veces, aprovechando que es francamente breve (aunque la edición lo viste con prólogo, estudio y unas ilustraciones sobre las que habría mucho que hablar, porque son bonitas pero en su ánimo de resaltar continuamente la opresión de la protagonista acaban resultando un tanto condescendientes e infantilizantes). Lógicamente no lo he leído dos veces, una desde un punto de vista y el otro, sino uno simplemente siguiendo la historia, y jugando al juego que como narración propone (¿pasa todo en la cabeza de la protagonista o hay algo real más allá?) y otra fijándome más en los detalles costumbristas, en su modo de relacionarse con el marido, la manera en que se refiere a él y sus recomendaciones, y su propia relación con su naturaleza femenina y la posibilidad de que la escritura fuera algo terapéutico.

Como relato de terror, pasados más de 125 años, no deja de ser hoy en día un relato canónico, que sigue los pasos marcados por quienes crearon el modelo. Lo hace bien, dosificando la información, dejando algunos elementos sorpresa para el final, generando una atmósfera cada vez más enrarecida y haciéndonos dudar de la fiabilidad de la protagonista, de la que sabemos a través de un diario (un recurso también muy socorrido en la literatura de misterio decimonónica). Pero estas narraciones, salvo algunas excepciones, han perdido eficacia (necesariamente) en su cometido principal, darnos miedo. Le pasa a los cuentos de Poe, y le pasa a este. No puede ser de otra manera, cuando ya hemos pasado todos, como lectores y espectadores, por tantos horrores, con ritmos y miedos muy distintos al de estos relatos.

No obstante, y aunque no nos da miedo, la historia de la obsesión de esta mujer (a la que su marido, médico, ha diagnosticado que está delicada de los nervios, uno de esos males antiguos que le ocurrían sobre todo a las mujeres, y a la que ha recomendado, para que se recupere, unos meses de reposo absoluto en una casa de campo a las afueras de la ciudad) con su cuarto nos conmueve y nos inquieta. Se trata de una inversión del clásico cuento de Barbazul, aquí se trata de un cuarto del que apenas le permiten salir, y sobre el que no tiene opinión, pues todas sus pegas son respondidas con que son efecto de su debilidad, que si se sintiera más estimulada todo podría ir a peor. Y como no sale, acaba obsesionándose con el empapelado del cuarto, de un horrible color amarillo que ya la hizo sentir mal desde que entró ahí por primera vez.

Empezará a identificar a una mujer que vive en el empapelado y que intenta escapar, y se hará imposible saber, desde que se produce la ruptura hasta el final del relato, si está cayendo ella misma en la locura y está proyectando su situación en sus alucionaciones o si realmente se trata de una historia de espíritus. La escritura de corte costumbrista, con los incisos en los que no para de mostrarse como una mujer sumisa y obediente, es la que da lugar a que se pueda hablar desde nuestro presente de un libro feminista, o protofeminista o como lo queramos expresar, un libro en el que vemos la situación de una mujer casi sin voz y con nulo voto en el proceso de la curación de lo que parece, en el fondo, lo que hoy llamaríamos con más normalidad una depresión post – parto. Una situación que muy probablemente vivió la propia autora por la época en la que escribió el relato.

John no sabe lo mucho que sufro. Sabe que no hay razón para sufrir y con eso le basta.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Es un niño encantador!
Y sin embargo, no puedo estar con él. ¡Me pone tan nerviosa!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre se está arrastrando , y la mayoría de mujeres no se arrastran durante el día. Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro durante el día.

Relaciono este primer libro con el que ahora viene porque los he leído seguidos, en primer lugar, y porque ambos, aunque desde intenciones creo que muy distintas, utilizan los recursos de la literatura fantástica (en ocasiones una literatura fantástica que se parece bastante al terror) para exponer (no utilizaría el verbo denunciar, porque creo que la intención es expositiva, y ese hecho de contar es el que sirve para que el lector abra los ojos e interprete símbolos) la situación de la mujer, en distintos momentos y lugares. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado, ha recibido miles de elogios, ha ganado importantes premios y ha estado cerca de ganar otros aún más importantes, ha sido recibido como una revelación, y como bien anuncia cualquier referencia que pueda buscarse sobre él en la red, dará lugar a una serie de televisión, que parece el mecanismo de consagración definitivo para el trabajo literario de acuerdo a las leyes del mercado.

Su cuerpo y otras fiestas pertenece a ese género que se llama weird en inglés y que en español deberíamos llamar libros raros, narrativa rara, y que viene a anunciarnos que es literatura fantástica, quizá, pero desde luego no canónica, relatos que no obedecen a la lógica concreta de un género con fronteras bien definidas, y que pueden dar cabida a la poética cercana al realismo mágico de García Márquez y en otros momentos acercarse al gore.

Los ocho relatos de Su cuerpo y otras fiestas pasan por varios géneros y varias influencias más o menos reconocibles, y todos se relacionan en que comparten una cierta visión de que ser mujer es una batalla, que el campo de batalla es a veces el cuerpo de la propia mujer (lugar de goce y de sufrimiento, lugar siempre de inquietud) y en el uso de las herramientas de ese género difuso. Es un libro bastante irregular pero con relatos muy conseguidos. Y creo sobre todo que vale la pena leerlo porque es uno de esos libros que incluso cuando falla es potente, nos está diciendo algo. Es un libro que se atreve a dar ciertos gritos y a usar ciertos discursos formales (hay un relato, Especialmente perversos, que podría haber firmado David Foster Wallace, de más de sesenta páginas en el que se comentan sucintamente capítulos de una serie de televisión policíaca) y que a cambio, cuando intenta provocar al lector lo deja más frío, y cuando mejor funciona, en los cuentos indudablemente más redondos, no nos permite quitarnos la sensación de que ha habido tanta planificación, un uso tan medido y deliberado de los símbolos, que ese lugar mítico donde nace la literatura, el momento en que a la autora se le ocurriera la primera imagen de la historia, queda demasiado lejos. Los ha pulido tanto que están demasiado pulidos, tan perfectos, medidos y equilibrados que les cuesta respirar.

Creo que lo mejor del libro está ya concentrado en su primer cuento: El punto de más. Es un cuento al que no se le puede discutir una coma, quizá únicamente se le puede reprochar que sea demasiado perfecto. En ese relato y en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, los símbolos son tan buenos, redondos y potentes, que el relato se quedará en la memoria del lector (aunque creo que El punto de más será más duradero, en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, quizá la aparicicón de mujeres que se van volviendo transparentes es un símbolo más obvio)

Los cuentos me han llevado a pensar en distintos momentos en Shirley Jackson (aunque es mucho menos sutil), en Mariana Enríquez (aunque es menos cruel) y en Anna Starobinets (aunque es menos imaginativa, y menos explícita en ciertas descripciones físicas). Con esas tres comparaciones quiero decir que el libro está muy bien pero que no es el mejor libro de cuentos del mundo, ni del año ni de la vida de nadie que haya leído un cierto número de libros de cuentos. Con todo, es un libro más que notable y merece la pena leerlo para sentirse apelado, emocionado y aterrado en algunos momentos, quizá demasiado frío en otros.

Y termino el paseo por las historias de terror y mujeres con el que más miedo debería darnos de todas: Chicas muertas, de Selva Almada. Tenía el nombre de la autora apuntado por ahí y este libro llegó a la biblioteca en algún momento. Está muy bien construido, y sin caer en sensacionalismo ni en efectismos (al menos nada más que en los imprescindibles), y desde la reconstrucción de unos pocos casos escabrosos y terribles de feminicidios de adolescentes en la Argentina rural, va dibujando un mapa del horror, el machismo, el silencio y el olvido. Las sospechas habituales, las calumnias, las costumbres bárbaras de algunos pueblos y algunos hombres, el trato de la prensa, el olvido, el ruido y después todo el silencio. La autora juega (aunque no es un juego literario) con todos esos elementos y construye un libro escueto, denso, cortante. Que sangra y hace sangrar a quien se corta con sus páginas, que será cualquiera que lo lea y tenga algo de sensibilidad.

Mucho miedo, mucha vida y mucha muerte.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 22 de mayo de 2019

El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul


El escritor y el mundo, de V. S. Naipaul (Debate)

Este libro es en realidad la recopilación de varios libros de crónicas de Naipaul, que Debate recogió en un único volumen (y aquí volumen es la palabra clave y más adecuada, viendo el grosor del mismo) el verano pasado, pocos meses antes de la muerte de Naipaul. De lo que he leído de Naipaul, algo de ficción (Guerrilleros, Una casa para el Sr. Biswas, Los simuladores), memorias (El escritor y los suyos, Leer y escribir) y crónicas (Entre los creyentes, Al límite de la fe, ahora este), creo que donde destaca, donde realmente se convierte en un autor de primera, es en los libros de crónicas. Aunque, para que nadie se engañe, empecemos dejando claro que en su caso se trata de crónicas – viajes – ensayos en marcha – autoficciones, una mezcla peculiar en la que convierte sus libros de no – ficción y que se eleva sobre las expectativas iniciales.

En ese campo, las obras de Naipaul destacan por su capacidad de análisis, es un tipo profundo, que ve mucho más allá de donde miraría cualquiera, no tiene ningún miedo a embarrarse con lo que está dejando escrito, ni teme manchar al prójimo, a ese al que visita y que le presta hospitalidad, ni teme salir salpicado. A Naipaul, en las últimas lecturas de su obra se le ha acusado de colonialista y racista, en ese sentido extraño que se le da a estos términos en ciertos casos, se le ha acusado de ser un hombre nacido en una remota isla antillana que siempre soñó con irse de allí, donde no se reconocía, y acabar en la metrópoli. Por supuesto, cuando llega a Londres se topa con el rechazo, pero él prefiere estar allí que volver a su lugar de origen. ¿Se siente acaso superior a sus familiares, a los demás habitantes de su tierra natal? Sí, la verdad es que sí, pero en gran medida (y ahí está la demoledora biografía de Patrick French, que lo retrata como un déspota, en egomaníaco, y que lo más llamativo es que fuera una biografía autorizada) Naipaul se veía como se ven los elegidos, se veía por encima del ser humano medio, cualquiera, sin distinciones de raza, origen ni creencia. Cuando pensemos en Naipaul y un título como El escritor y el mundo, no perdamos de vista que a él no le incomodaría señalarse como El escritor, con su artículo determinado, y que casi se pondría a la misma altura que el mundo.

Creo que Naipaul es un ser profundamente desarraigado, solitario y más aún, solo, que escribe sin un sistema ni un proyecto previo, y eso dota a sus libros de crónicas de una maleabilidad muy característica. Fluyen. Naipaul escribe desde la altura de quien está por encima del bien y del mal, y los permisos que se concede a sí mismo para sobrevolar al hombre vulgar se detectan en sus crónicas. Nada le afecta. Sus crónicas no son para nada como esos libros de viajeros que llegan a un pueblo donde se está sufriendo y nos cuentan cómo empiezan a sufrir ellos al ver a los niños pasándolo mal. Naipaul no va a derramar ni una lágrima por nadie que no sea Naipaul. No es un narrador empático y no quiere fingir. No pretende, con sus libros, demostrar lo buena persona que es. No lo es, y no intenta que se le reconozca por nada que no sea su gran talento como escritor. Y no se le puede discutir que es un gran escritor.

Naipaul utiliza como arma principal de escritura la extrañeza. Como si fuera un extraterrestre más que un viajero o un forastero, llega a la India, llega a África, llega a Suramérica, llega a Estados Unidos y nos sitúa en la mirada de alguien ajeno. Nosotros, como lectores, adoptamos inmediatamente ese punto de vista y empezamos a extrañarnos con el narrador. Da igual que nos lleve a realidades que no conocemos (en mi caso como lector las crónicas de India, sobre todo) o a otras que nos suenan más, sobre las que ya hemos leído o incluso conocemos, Naipaul busca siempre un enfoque diferente, nos sorprende, nos hace replantearnos una idea previa, o sencillamente nos lleva a pensar en que quizá hay más factores en las ecuaciones de la realidad que los que miramos de manera automática.

La primera parte del libro es sobre India, un país enorme, desbordado, que siempre se afronta como lugar de pureza al que ir a volver transformado. Las crónicas de Naipaul, que nació en Trinidad pero es de familia hindú, y fue criado en sus creencias y tradiciones, son las de un hombre que llega por primera vez a ese país cuando ya es un adulto y siente que no conoce, en realidad, nada de lo que creía conocer. En esa tensión, y en esa sensación de engaño, es donde se mueve Naipaul como un maestro. Para él el mundo está lleno de engaños, de narraciones poco fiables, de supersticiones que dañan a quienes las siguen pero que les reconfortan. En el famoso Argentina y el fantasma de Eva Perón, incluido en Acontecimientos americanos, la tercera parte del libro, vemos cómo la idolatría lleva a convertir una figura muerta en la santa que debe guiar los destinos de un país, y cómo eso acaba siempre en parálisis. Las crónicas americanas son duras, viajan del Norte al Sur con naturalidad y detectan algunas cuestiones transversales, que también están en sus libros sobre la fe islámica, esencialmente el fanatismo, y cómo este cambia todo a su alrededor y normaliza lo inesperado. En Entre los creyentes Naipaul recuerda, llegando al Irán de los ayatolás a principios de los 80, que diez años antes Teherán era una ciudad fácil de confundir con cualquier ciudad europea de su tamaño, frívola, ligera, llena de luces y ruidos, y cómo la han convertido en algo totalmente distinto en nombre del pasado, un pasado que realmente no era así. Nos lleva de revoluciones por América, de las violentas y claras a las silenciosas y quizá mucho más difíciles de combatir. Naipaul ve (como en la novela Guerrilleros) a un impostor debajo de cualquier líder revolucionario, pero muestra más temor ante las revoluciones acomodadas, y el retrato de la Convención Republicana en Dallas, eligiendo a Reagan y apoyándose en todos los fanáticos evangelistas que tenían a mano, ese momento de unión entre un patriotismo simple y una fe dura, da miedo si además se leen los mensajes que mandaban (contra la corrección política, contra los progresistas, contra las amenazas externas) bajo la luz de un gobierno como el de Trump. Ya estaban prometiendo (literalmente) volver a hacer América grande, y para los americanos, y lo único que suena diferente es que entre las amenazas que cita un pastor evangélico encendido (la ruptura del modelo tradicional de familia, el abandono de las tradiciones, los gays, las feministas, las drogas, el libertinaje de la juventud) aún estaba la Unión Soviética y el comunismo. La tensión de las crónicas de América se compensa (y mucho) con lecturas muy inteligentes de las obras literarias de autores norteamericanos, particularmente de Norman Mailer y John Steinbeck, reflexionando en ambos casos sobre cómo es la ficción nuestra principal puerta de entrada a las realidades que no conocemos.

África y la diáspora es, sin quitarle mérito a ninguna de las otras dos, mi parte preferida del libro. Viajando por un continente en explosión (en muchos sentidos) poscolonialista, Naipaul va reconociendo en muchos países a los iluminados y profetas que prometen salvar a sus pueblos. Algunos reivindican cuestiones materiales de justicia, otros solamente a sí mismos. Un nuevo rey para el Congo: Mobutu y el nihilismo de África es en ese sentido un texto demoledor y representativo de la manera de procesar la realidad de Naipaul. Los europeos que vinieron, colonizaron y se fueron tienen mucha culpa, viene a decir, pero los africanos también. Y es la defensa de esa tesis la que lo coloca siempre en un lugar incómodo. Michael X y los asesinatos del Poder Negro en Trinidad: paz y poder es un texto brutal y violento, que aparte de probar que para Naipaul África tiene unos límites bastante flexibles y a veces más espirituales que de frontera geográfica, afectará al lector. Aunque también hay una cara casi entrañable de ese poscolonialismo que a veces llevó a situaciones ridículas, a islas de apenas dos kilómetros cuadrados reivindicando su independencia de la isla vecina (Los seis mil náufragos y La última colonia) y nos presenta a líderes que repiten los patrones de los peores dictadores africanos pero que a diferencia de los Mobutu o Idi Amin Dada, no son tan crueles y sangrientos (quién sabe si solo porque no disponen de sus medios), pero que sí sirven, como lectura, para entender de alguna manera los populismos más primarios, como sucede en Papá y el grupo de poder, y ver cuál es el papel que le toca a la oposición formal en esos juegos.

Un libro para tener en casa y leer sin prisa, dejándose cautivar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 12 de abril de 2019

Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère


Una semana en la nieve, y algo de pasada sobre El bigote, de Emmanuel Carrère (Anagrama)

Este es un breve comentario sobre dos novelas, y una pregunta abierta sobre el escritor que era y podía haber sido y el que ha acabado siendo Emmanuel Carrère. Lo haré desde la certeza de que aquel que podíamos haber sido y no hemos sido (en cualquier ámbito, no solo como escritor) siempre tiene más posibilidades que el que la realidad ha traído. Carrère es uno de los autores europeos actuales más indiscutibles, por buscarles algún adjetivo. Está en el top 10 de autores cuyos nuevos libros significan algo, en cuanto a expectativas entre los lectores, editores, la prensa y otros escritores. Eso, que está muy bien, no quiere decir nada sobre la calidad de sus libros, y quizá abre más reflexión sobre qué papel ocupan y cuánto importan (cuán poco) los escritores en la Europa contemporánea. ¿Qué porcentaje de la sociedad real conoce a Emmanuel Carrère y sabría nombrar dos libros que haya escrito? Todos podemos participar en el divertido juego de dar un número por debajo del 10% y acertar. Pero no se trata de eso.

No sé muy bien de qué se trata exactamente, quizá solo de leer y disfrutar leyendo. He leído bastante a Carrère y me gusta. No está entre mis indiscutibles pero me parece un autor sólido, lo he comentado aquí siempre que he reseñado alguno de sus libros, y siempre estaré pendiente de lo que vaya publicando. Aunque parece que no tiene prisa por volver a hacerlo. Él dice (de un modo que resulta tan teatral que hace sospechar que sea mentira) que se ha quedado sin ideas. Menuda mañana la de ese escritor que se levanta y no tiene una nueva idea a la que agarrarse, a modo de tablón de salvamento. No es desacertado el título de su libro de escritos periodísticos, sacado a modo de libro entre ediciones nuevas: Conviene tener un sitio a donde ir.

La historia de la fama de Carrère viene esencialmente de 1999, cuando publicó El adversario, una novela de no – ficción en la estela (con bastantes comillas) de la célebre A sangre fría, en la que recogía el monstruoso (y a priori inexplicable) crimen de Jean Claude Romand. Desde entonces Carrère, como autor, está asociado a ese título y a esa clase de libros, a unas novelas de no – ficción que se acercan en ciertas páginas mucho a la autoficción y que van de temas de un interés muy personales del autor (Limónov, El Reino) a otros muy cercanos directamente a su vida y su entorno más cercano (De vidas ajenas, Una novela rusa). Pero, ¿qué era como escritor Carrère antes de 1999? Hasta el éxito de El adversario, a los 42 años, Carrère era un escritor de cierto éxito (había ganado el premio Femina por Una semana en la nieve, por ejemplo), pero no tanto como luego lo fue, un discreto novelista y autor de ensayos. A medio camino entre ambos ha encontrado su sitio, que muchas veces es lo que buscan los escritores. Pero quizá ha dejado detrás otros caminos que fueron posibles y ya no lo son. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la biografía (novelada en gran medida) de Philip K. Dick, publicada en 1993, aparcada cogiendo polvo en bibliotecas públicas en la vieja edición de Minotauro y hace poco recuperada por Anagrama, era un buen libro, y tiene muchos puntos en común con libros muy posteriores como El Reino (con el que digamos que comparte ventana temporal). He leído en las últimas semanas (releído realmente, repasado para pensarlas mejor) dos novelas de su primera etapa en la narrativa, como autor puro de ficción: El bigote, de la que hablaré poco, y Una semana en la nieve, de la que hablaré un poco más.

El bigote es una novela que nace con aspecto de relato kafkiano y evoluciona como lo haría un relato kafkiano, es por lo tanto una novela (casi novela corta) de tono y corte kafkiano pero es una muy buena novela kafkiana, y no todos esos ejercicios de imitación de Kafka sacan tan buen resultado. Imaginemos a un hombre gris, aburrido, ese marido insulso y ese compañero de oficina al que conocemos desde hace diez años y que no nos ha dado ni una sorpresa ni esperamos que vaya a hacerlo en los próximos treinta. El protagonista, uno de esos, lleva toda la vida con bigote, y decide, para sorprender a todos en su entorno, quitárselo. Lo hace como un niño travieso que piensa: ¡ya verás qué sorpresa se llevan todos! Y parece que nadie se da ni cuenta. Esa es la primera impresión, y nos enfrenta a la deshumanización, esas historias de gente que no mira al vecino, incluso matrimonios que llevan años durmiendo de espaldas. Pero luego irá derivando hacia una de las opciones narrativas más atractivas, el entorno enrarecido que empieza a decirle: ¿qué bigote? Nunca has llevado bigote. ¿Será que se ha vuelto loco? Vale la pena leerla.

Una semana en la nieve es una novela en tiempo cerrado (esa semana) que se mueve entre el relato de formación, el horror y el costumbrismo. Me ha gustado mucho en esta relectura, más que El bigote, que me parece un buen libro que se lee bien pero sin más (ni menos). Una semana en la nieve es lo que va a pasar Nicolás con sus compañeros de clase. Nicolás es un niño todavía, apenas empieza a vislumbrar de qué irá la adolescencia, como sus compañeros, y no es el chico más popular de la clase. Llegó a su nueva ciudad hace poco más de un año sin que nadie le explicara por qué exactamente tuvieron que mudarse de repente. No tiene grandes amigos, casi no tiene amigos, de hecho, ni destacados enemigos. Quizá la etiqueta más adecuada para Nicolás sea la de pringado. Y se mea encima muchas noches. Tantas que cuando su madre habló con la maestra antes de la excursión a la nieve, esta le recomendó que le pusiera en la bolsa del equipaje sábanas de recambio y una funda plástica para el colchón.

El último día, una vez embalado todo en las cajas que tenían que venir a buscar los de la mudanza cuando ellos se hubieran marchado, Nicolas se sentó en medio de su cuarto vacío y lloró como se llora cuando se tienen siete años y ocurre algo horrible que uno no comprende. Su madre quiso abrazarlo para consolarlo, no cesaba de repetir: <<Nicolas, Nicolas>>, y él sabía que le ocultaba algo, que no podía fiarse de ella. Su madre también se echó a llorar, pero como no le decía la verdad, ni siquiera podían llorar juntos.

La novela nace en uno de esos momentos que son los que más temen los niños inadaptados, esas decisiones se diría que caprichosas de sus padres que no hacen más que ponerles el foco encima para que los demás vuelvan a reparar en él y en su falta de integración. Después de un reciente accidente de autobús, su padre no quiere que viaje en bus y decide llevarlo en su propio coche. El niño se resigna, y llega a la nieve un día después que los demás. Para colmo, su padre se va con su bolsa de viaje en el maletero, y estamos a mediados de los 90, no hay móviles y el padre, viajante, no vuelve para casa, y no saben dónde localizarlo. Pronto los monitores y la maestra deciden comprarle lo necesario y que la semana arranque.

La semana arranca extraña y se irá volviendo peor. Pero, a modo de consuelo, el chico malo del grupo, aquel al que temía, decide tomarlo bajo su protección, o algo así, porque nunca se sabe con él. También le cae en gracia al monitor de esquí. Con un malestar ilocalizado, pierde días de nieve y piensa. Va mostrando rastros de su vida pasada, de su familia, de su padre, de la relación entre ambos y con su hermano, de su caja de los secretos, de su madre y cómo se mueve por casa y por la vida. Fantasea Nicolás, que se ve como un personaje de Los cinco cuando la policía empieza a buscar por la zona a un chico de aproximadamente su edad que ha desaparecido.

Nicolas, sin despegar los ojos del plato, se comió las patatas gratinadas que había preparado el cocinero para que repusieran fuerzas los excursionistas. Al final, Patrick propuso que para darle las gracias gritaran:<<¡Hip, hip, hurra!>>, tres veces, y Nicolas gritó tres veces con los demás:<<¡Hip, hip, hurra!>>

¿Quién puede hacer algo así? ¿Quién puede ser ese monstruo? ¿Qué entienden realmente los niños de la monstruosidad? ¿Y los adultos, acaso entienden más profundamente el horror? ¿Quién es capaz de reconocer en el vecino a un verdadero ogro? ¿Y en la convivencia diaria? ¿Qué hay al día siguiente de descubrir lo peor? ¿Empieza la vida después del fin? Sin querer entrar en los detalles más concretos y escabrosos de la trama, en ese desenlace de los de helar la sonrisa, diré solamente que no me extraña que esta novela la escribiera Carrère durante los años en los que estaba pensando en Jean Claude Romand y se documentaba y trataba de entenderlo. El peor de los monstruos es el que se toma el café en la barra de nuestro bar, no hay duda. Ese.

Cambiarían otra vez de ciudad, cambiarían quizá de apellido, con la esperanza de burlar el silencio y la vergüenza que los acompañarían a partir de ahora, pero eso ya no tendría nada que ver con él; él se callaría, se callaría siempre.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 21 de marzo de 2019

Libros que te llevan a otros libros que te llevan a otros libros


Libros que te llevan a libros que te llevan a libros y a veces te devuelven a libros a los que ya fuiste y de los que creías que ya habías vuelto: El adversario, de Emmanuel Carrère, El periodista y el asesino, de Janet Malcolm, Campo de cebollas, de Joseph Wambaugh y Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer, de James Ellroy

Me sucede a veces (como supongo que le sucede a todos, o al menos a muchos lectores) que un libro, por una referencia, te empuja a otro, y así te van marcando unas cuantas semanas de lecturas. El pasado mes de junio fui a una charla que Emmanuele Carrère dio en La Casa de América de Madrid. Allí habló de un libro, El periodista y el asesino, de Janet Malcolm, que le había hecho siempre reflexionar sobre la relación que puede (y no puede) establecerse entre un autor de no – ficción, como él es, y los sujetos que son centrales en su obra. El autor, como el periodista de Malcolm, necesita colaborar con esos sujetos, pero no tiene ni por qué adoptar el punto de vista de aquellos ni tiene por qué tener, en realidad, unas intenciones claras, o al menos no tiene por qué revelarlas de manera preventiva. Habló de su relación con Jean – Claude Romand para la construcción de El adversario, que me sigue pareciendo el más equilibrado (y por lo tanto probablemente el mejor) de sus libros.

Releí El adversario durante el verano y después de meses y peregrinaciones por distintas bibliotecas di con el libro de Malcolm, picado por la curiosidad que Carrère había despertado en mí. El periodista y el asesino habla del caso de un médico que mató a su mujer y sus hijas y fue condenado por ello, y que en pleno proceso de apelaciones acuerda que un periodista escriba su libro. Espera, el asesino, que el periodista sea su amigo y ayude a mejorar su imagen. Las cartas y las conversaciones que cruzan invitan a pensar que así será, pero cuando el libro del periodista sale, este afirma que tiene claro que MacDonald (que así se llama) mató a su familia. Este, aconsejado por abogados, decide demandar a McGinnis (el periodista y novelista) por difamación. Y el juicio, que tiene algo de surrealista (¿se puede realmente dañar la imagen de alguien que ya ha sido condenado por matar a su mujer y a sus hijas?) se lleva a cabo y Malcolm va reconstruyendo la relación entre ambos y más allá entre la escritura y la verdad.

Uno de los escritores a los que les había llegado el encargo de MacDonald antes que a McGinnis es Joseph Wambaugh, que aparece en el libro y aparece en el juicio hablando de cómo escribe sus novelas de no – ficción. Y así me fui, después de terminar con El periodista y el asesino, a la biblioteca a traer conmigo Campo de cebollas, de Wambaugh, que es el libro del que más se habla en el de Malcolm y parece que su mejor obra. La novela, lo primero, no me ha parecido una maravilla, y lo segundo, no creo que ni se acerque a lo que entiendo que es una novela de no – ficción (El adversario de Carrère, por ejemplo). Hay reconstrucción continua de pensamientos y diálogos que el narrador no conoce (no puede conocer), hay ganchos sentimentales continuos, se busca al lector, se toma partido … Se me podrá decir que algo parecido hace Truman Capote en A sangre fría, y probablemente sea cierto. Por eso quizá nunca me ha parecido modelo de nada esa novela.

En la portada del libro de Wambaugh había una recomendación del mismo Capote y una de esas llamadas que nunca se sabe si son exageradas o de dónde se habrán recortado, esta era de James Ellroy diciendo: “Los libros de Joseph Wambaugh me salvaron la vida”. Como Ellroy es muy poco amigo de elogiar a nadie que no sea Beethoven o él mismo, me dejó casi impresionado. Y acabé volviendo a mis estanterías a releer Mis rincones oscuros, que me parece la cima de Ellroy, el libro (junto con A la caza de la mujer, aunque este me parece menos logrado) que explica todas sus obsesiones y temas, el origen del que vienen y al que vuelven todos sus cuartetos. Hace tiempo que las obras de ficción de Ellroy (las nuevas, quiero decir, puedo volver a leer con deleite El cuarteto de Los Ángeles al completo y quizá lo haga el próximo verano) me superan en sequedad, desparrame de tramas, apuntes y prosa desnuda. Pero siempre volveré, creo, gustosamente, a bucear en sus rincones oscuros y la caza psicoanalítica del cadáver de su madre.

Así que al final el viaje de libro en libro me ha salido redondo, supongo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 6 de marzo de 2019

El viaje a Echo Spring: Por qué beben los escritores, de Olivia Laing


El viaje a Echo Springs: por qué beben los escritores, de Olivia Laing (Ático de los Libros)

El viaje a Echo Springs es una expresión que un personaje de la obra La gata sobre el tejado de zinc de Tennesse Williams utiliza para anunciar que va al minibar a por una más. Tennesse Williams es uno de los seis autores de los que habla este libro, quizá aquel del que se hace un retrato más interesante y humano (o tal vez simplemente el que más me ha interesado a mí en esta lectura).

El libro parte de una tesis conocida y muy extendida, la de que alguna relación debe haber entre escritura y alcoholismo cuando hay tantos (pero tantos) escritores a lo largo de la historia que se han pasado bebiendo, muchos hasta el punto de que la botella fuera el eje central de sus vidas, mucho más que la máquina de escribir o las páginas escritas. ¿Por qué es eso? Hemingway, uno de los más célebres y más alcohólicos entre esta subespecie de escritores, decía, como nos cuenta Olivia Laing, que la vida moderna (y la vida contemporánea es más moderna que aquella de la que hablaba Hemingway, necesariamente) es en ocasiones una opresión mecánica, y el alcohol supone el único alivio mecánico capaz de hacerla más llevable. Hay algo de eso. Hay algo también de personalidades ultrasensibles, dispuestas a vivir en carne propia el infierno, o atormentadas por otros demonios y que buscan en el alcohol un relajante, una pequeña escapada, y encuentran una receta que funciona con facilidad y que lo único que pide a cambio es una dosis cada vez mayor.

El libro oscila entre el ensayo, la reflexión, la crónica personal y algunas memorias compartidas. Comienza en la famosa Escuela de Escritura Creativa de Iowa, en la década de los setenta, cuando John Cheever, a sus sesenta años, compartió curso con Raymond Carver, un poco conocido autor treintañero. Ambos se dedicaron mucho más a beber que a escribir, cumplieron con sus clases y las obligaciones con los alumnos pero hicieron poco más. Pocos años después Cheever se rehabilitaría completamente y cambiaría el whisky por el té. Carver tardaría un poco más, pero también acabó dejando la bebida. Otros de los autores a los que se retrata en el libro no lo consiguieron, murieron alcoholizados (Fitzgerald) o acabaron suicidándose (Berryman y muy probablemente Hemingway y Williams).

Por qué beben los escritores es un título excesivo para el libro. Pero quizá sea cosa de los traductores o editores españoles, ya que en los créditos de la edición que he leído se cita The trip to Echo spring, sin más, como el título original. Ediciones británicas posteriores le añaden un más moderado On writers and drinking. Así que en principio asumiré que la intención de la autora nunca fue explicarnos por qué beben los escritores, así como idea general, puesto que primero: no todos los escritores que han dejado su huella en la historia han sido alcohólicos, ni tampoco pretende en el libro dar algo así como una respuesta general. Se limita (y es una buena idea hacerlo así) a retratar el caso de seis autores, todos hombres, todos norteamericanos, todos del siglo XX. Los elegidos son John Berryman, Ernest Hemingway, John Cheever, Tennesse Williams, Francis Scott Fitzgerald y Raymond Carver.

A modo de tesis nunca explicitada parece que Laing trata de convencernos de que una sexualidad conflictiva y nunca del todo aceptada, o un acontecimiento traumático o vergonzoso del pasado son los nexos de unión entre el alcohol (alivio) y la escritura (modo de redimirse). Cuando intenta dar explicaciones el libro pierde interés, aunque se agradecen algunos incisos técnicos sobre la acción del alcohol en el cerebro y sus daños a largo plazo. Funciona mucho mejor cuando es una crónica de seis talentos artísticos perdidos en lo personal. Me ha vuelto a hacer leer a Cheever y a Fitzgerald, siempre tan detallistas, tan acomplejados, tan finos, me ha reafirmado en mi fobia contra Hemingway, me ha contado la historia de siempre de Carver y me ha presentado a Tennesse Williams (de quien conocía, por supuesto, algunas obras, pero nada sobre él) y a John Berryman (de quien no sabía absolutamente nada).

Laing mezcla las anécdotas y las anotaciones de diarios de los autores con sus propias experiencias a la hora de ir escribiendo el libro, los viajes (que son muy importantes para el avance del libro) que debe ir haciendo, lo que va encontrando y lo que más la sorprende, y el recuerdo siempre difuso de unos años de su infancia en que hubo problemas en casa con un padre que bebía demasiado. El libro resulta irregular, descompensado en la presencia de la crónica personal vs. crónica de los autores pero resulta interesante y permite acercarse más a algunos autores, con el doble valor de mostrarnos algunos matices de quienes creemos saberlo todo y presentarnos a otros que quizá no conocíamos.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 31 de enero de 2019

Sur y Oeste, de Joan Didion

Sur y Oeste, de Joan Didion (Mondadori)

Buenos lectores me han recomendado muchas veces leer a Joan Didion. Lo he intentado reiteradamente con El año del pensamiento mágico y Noches azules. Pero sin ningún éxito. Hasta este libro creo que lo más cerca que había estado de que me gustara un texto de Didion era el epígrafe con el que se inicia la película Ladybird (Quien quiera que hable sobre el hedonismo en California jamás ha pasado una Navidad en Sacramento). Me gustó mucho Ladybird (Greta Gerwig, 2018) y aunque Sur y Oeste me ha gustado, y es la primera vez que he conectado con Didion, queda bastante por debajo de la película en mi lista de afectos.

Sur y Oeste es un libro completo (Sur) y unas notas para un reportaje que nunca llegó a hacerse (Oeste). Me gustan esos libros que son libros fallidos, libros que alguien quería escribir, que quizá le habían encargado que escribiera, en los que estuvo trabajando y que acabaron por no cerrarse. Me gusta poder meterme en ellos muchos años después, normalmente por la autora se ha consagrado, sus libros ya se venden bien, tiene prestigio acumulado, y sus editores, a falta de nuevo material, me imagino que la llaman pidiéndole algo. Y es el momento, con comillas, de tomarse la venganza del sistema. Algo así me parece que es lo que va pasando hasta que nos encontramos con Sur y Oeste en España.

De vez en cuando se veía una coraza de armadillo tirada por la carretera.

Sur, la primera parte, el libro completo del que hablaba, nos cuenta un viaje que Didion y su marido decidieron hacer por el Sur (en el amplio concepto) de los Estados Unidos. Uno piensa en el Sur y le vienen a la mente todos los tópicos que pueden verse en las películas. Uno espera una sociedad decadente, llena de prejuicios, privilegios para unos pocos, calor y humedad, algún crimen horrible escondido debajo de la alfombra. Didion viaja con prejuicios parecidos, y los va más o menos confirmando; algunas realidades son peores de lo esperado. Hay un muro de incomprensión de fuera hacia adentro y viceversa que es difícil de traspasar. Pasan por Jackson, Mississippi, y piensan en visitar a la escritora Eudora Welty. Richard Ford también es de Jackson, Mississippi, y en Entre ellos cuenta que una vez, en una tienda, su madre le señaló a Welty y le dijo que era una importante escritora y eso, de niño, le fascinó, pensar en importantes escritoras en su ciudad. Van pasando por ciudades, tomando café en restaurantes, siendo invitados a cenar por personalidades locales, conociendo a la gente joven de la zona, enterándose de algunas cosas y no enterándose para nada de otras. Se van haciendo una imagen y un cuaderno de notas mientras pasa el verano. Cada pocos kilómetros piensan, probablemente, en volver a casa. No es que yo lo interprete así, lo dice ella, huye de los aeropuertos que podrían llevarla de vuelta a casa.

Nunca conseguimos ir – dijo la primera mujer –. Nunca he estado en ningún sitio al que quisiera ir.

Nombraba en el párrafo interior Entre ellos, de Richard Ford, y lo veo relacionado con Sur y Oeste. He leído los dos libros con cierto gusto pero me han dejado poco poso. Veo que hay más escritor que el libro que han escrito. Son, tal vez, aproximaciones superficiales a temas que requerirían más profundidad, algo más de hueso y sangre. El viaje por el Sur nos va deslumbrando con su luz decadente, comparte con nosotros la mirada, nos deja algunas imágenes muy bellas (en este libro Didion resulta muy plástica y visual), nos contagia la extrañeza, pero el contagio no ha sido efectivo al 100% en mi caso. Mientras lo leía me planteaba cuánto había de clasismo en estas notas y cuánto de lo que se escribe aquí no sería condenado a la hoguera contemporánea si se cambiaran algunos términos o tal vez, simplemente, si un periodista – novelista español, madrileño o castellano, escribiera una temporada viajando por Andalucía y volviera confirmando tópicos.

No ponemos rock porque a nuestra gente no le gusta. No ponemos esos grupos underground vuestros como Jefferson Airplane.

La realidad, en un libro de crónicas, debería empapar parcialmente la conciencia de quien está escribiendo. Otra película que me gustó bastante de 2018 fue The Florida project. Allí tenemos una narración casi impersonal, que deja la voz en los personajes y sus hechos, y no los juzga. En algunas situaciones y relaciones el libro me ha hecho pensar en la película, pero el acercamiento es muy distinto. Didion juzga en este libro constantemente, desde la superioridad, con (perdón) un cierto tufillo de pija viajando entre pobres, jugando además con la ventaja de que a estos puede sentirlos abiertamente como inferiores, algo que no podría hacer con otros grupos de pobres.

Antes de mi viaje al Sur, hacía un tiempo considerable que nadie pensaba que tuviera diecisiete años, pero durante aquel mes tuve que demostrar varias veces que tenía más de dieciocho. La única explicación que se me ocurrió era que las mujeres adultas se arreglaban el pelo.

Sin acabar de encajarme, me ha parecido un libro bien escrito, con momentos de muy buena prosa, ligero, y que me hace seguir queriendo leer Los que buscan el sueño dorado, otro libro de crónicas del que ya me han hablado muy bien anteriormente. La segunda parte, Oeste, son notas de trabajo. A Joan Didion le pidieron que siguiera el juicio contra Patty Hearst (sobre el caso no se dan detalles, pero es fácil dar con millones de páginas de información en internet) y ella lo hace, por así decirlo, viendo qué refleja Patty Hearst, su juicio, la situación, la ciudad y el tribunal, de ella misma. Es una estrategia que funciona entre la autoficción y la crónica, pero que en general no me entusiasma. Emmanuele Carrère lo hace con frecuencia en sus novelas de no – ficción, apareciendo con frecuencia en mitad de lo que está contando para contarnos cómo se siente él en ese momento. Creo que hay momentos absolutamente personales que pueden resultar universales leídos, pero creo también que no hay que abusar, porque no todos los momentos personales, por inspiradores que resulten a quien los vive, son realmente universales. Si yo quisiera leer un reportaje sobre un juicio querría que quien lo escribe se apartara y me dejara ver el juicio (aprovecho ahora para recomendar un libro perturbador que sí sigue un juicio con una frialdad que resulta angustiosa, La casa de los lamentos, de Helen Garner, que leí a finales del año pasado), pero aquí solo son notas de trabajo, y en algunos aspectos (la mirada de la Didion adulta sobre la Didion niña – adolescente que se crió en California) me gusta. Y acaba cerrando el círculo con aquella cita inicial que abre la película Ladybird.

Yo creía en los tejidos de algodón oscuro. Creía en los sombreros pequeños y en los guantes blancos. Creía que los viajeros transcontinentales no se ponían zapatos blancos para ir a Nueva York.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E




lunes, 18 de septiembre de 2017

Para Gloria y Los pobres, de William T. Vollmann

Mi verano con William T. Vollmann: Los pobres (Debate) y Para Gloria (Muchnik Editores)

Este verano conseguí a través de librerías de internet tres títulos de William T. Vollmann. Leí su novelón Europa Central en primavera y quería seguir avanzando con él. Lo primero que hay que decir es que es difícil conseguir libros de Vollmann traducidos, solo son accesibles los libros que ha editado últimamente Pálido fuego. Uno de los libros que compré fue precisamente de estos, Historias del arcoiris, una colección de relatos que aún estoy leyendo y a la que dedicaré una entrada específica.

Los otros dos libros son textos de 1991, en el caso de Para Gloria (una traducción bastante mojigata del título original y mucho más adecuado, y aunque no lo fuera, es el que eligió el autor: Putas para Gloria) y de 2007, Los pobres. Otra dificultad es poder seguir una lectura coherente de su obra, pues su última novela traducida, La familia real, es de 2.000, la colección de relatos Historias del arcoiris, el anterior libro en llegar, es de 1989, y así. También ese cierto alejamiento de su figura nos permite leerlo sin tener muy claro cuáles son sus libros canónicos, y eso tiene su encanto, frente a tantas lecturas que comenzamos condicionados por gigas de información sobre el autor y sus libros.

Los pobres se anuncia como un libro de No – Ficción en una colección de la editorial Debate que parece que no tuvo un gran éxito (el gran momento de la No – Ficción ha llegado algunos años después) y Para Gloria es un libro de ficción que comienza, como los telefilms, que salvo los nombres, está basado en historias reales.

Vollmann, en Europa Central, convertía en personajes literarios a los jerarcas y propagandistas nazis y soviéticos. Como afirma James Ellroy para justificar sus incursiones en la historia reciente americana desde la forma de la novela, si un personaje público está muerto, él tiene derecho a convertirlo en personaje literario. Aquí convierte en personajes literarios a personas anónimas de los barrios bajos de San Francisco (Para Gloria) y a pobres de todo el mundo (Los pobres). La mirada de Vollmann dota de una poesía realista y sucia (con permiso de Bukowski), aquellas realidades sobre las que posa su atención. Es un prosista que en cada uno de los libros que he leído (que son tres y medio, pues aún sigo con sus relatos) adopta el estilo justo para lo que quiere contar en cada momento, con la estructura y el toque de prosa preciso en cada realidad. Una gran orquesta sinfónica toca con perfecta sincronía en Europa Central. Una mirada que se vuelve neutra en ocasiones, aunque se implica personalmente en otros, trata de mostrarnos la realidad de todos los pobres del mundo en Los pobres. Un pobre desgraciado, Jimmy, romántico y fatal, busca el amor de su vida por el Tenderloin, el barrio de las prostitutas de San Francisco, y su voz es febril y poética, en Para Gloria.

Centrándome un poco en los libros, Para Gloria es una novela de menos de 200 páginas que no da tregua. Cada línea y cada párrafo sangran, y ya lo avisa desde el principio el autor, antes de empezar a seguir la aventura sin sentido de Jimmy.







Todos sabemos la historia de la puta que, al encontrar en el caballo un amigo cada vez menos de fiar, fuera mucho o poco lo que se inyectara en el brazo, se acordó desesperada del dicho “meterse mierda”, así que llenó la aguja con su propio excremento líquido y se lo inyectó, lo que le produjo magníficos abscesos. Menos conocido es el cuento del hombre que decidió suicidarse tragándose el medicamento para el pie de atleta. Amante de Gloria, murió tras una increíble agonía. Cuando recogieron una muestra de su orina, ésta derritió el recipiente de plástico. Eso, puede decirse sin temor a equivocarse, es desesperación. Más oscuro todavía, por ser ficticio, es lo que viene a continuación. Sin embargo, todas las historias de putas aquí contadas son reales.

No es para cualquier paladar lector, claro. Jimmy conoció a la tal Gloria en aquellos antros y debió marcarle, porque trata de reconstruirla en la memoria de las demás putas. Va buscando rastros de su piel en las heridas de los seres con los que se cruza. El libro, a modo de oración para Gloria, acaba dibujando su perfil por los descartes que de su figura hacen todas las demás, las que no son Gloria. Esas putas del título que el editor en español decidió eliminar. Los capítulos son cortos, poéticos, duros, descomunales, y van desde la reflexión sobre Jimmy y sus traumas y secuelas, hasta cierta mirada sociológica sobre el mundo de la prostitución, la droga, la violencia inmanente a las relaciones humanas, pagadas o no, la pobreza como causa y consecuencia en muchos casos.

La pobreza como material común y como origen de los males es el leit motiv de Los pobres, que se conecta en algunas de sus ideas con Para Gloria. Vollmann no es, y por eso estos libros se leen tan bien, un moralista. No juzga a las prostitutas como narrador ficcional en Para Gloria, y en su amplio trabajo de campo periodístico para Los pobres nunca juzga a un pobre, ni casi a la sociedad. Solo señala cuestiones y duda, incluso y principalmente de sí mismo. Una idea recurrente en Los pobres es esa en la que mira hacia dentro y dice que al lado de todos esos pobres a los que está conociendo él es, qué duda cabe, un rico. Y el lector, casi seguro, también. Hay otros mucho más ricos, claro, y ni los muy ricos ni los simplemente más ricos que los pobres hacen demasiado. Cada vez que Vollmann ayuda a uno de esos pobres, se fustiga diciendo que lo hizo, sobre todas las cosas, porque no le costaba demasiado hacerlo. Y es incómodamente cierto que es la actitud general de quienes ayudan, pero no es menos cierto que hay otros muchos que sencillamente no ayudan.

Vollmann, por lo que se lee en su biografía, es aficionado a viajar y escribir sobre el terreno. Se habla de cómo acompañó a los muyahidines a principios de los ochenta (en la campaña en la que Bin Laden empezó a tener poder e influencia en la zona). Los pobres es un libro viajado, en el que Vollmann viaja por distintos países del mundo (sureste asiático, Rusia y otras repúblicas ex – soviéticas, México, …) y describe algunas realidades. No lo hace nunca pensando que está contando la realidad completa, compleja e inabarcable. Lo hace reduciendo su mirada a casos concretos. Les pregunta a los pobres por qué creen que son pobres, qué les hizo ser pobres, qué diferencia a los pobres de los ricos y qué solución hay al tema de la pobreza. Se detiene mucho en la autopercepción que tienen de su pobreza o no, que es un asunto fundamental. Los pobres con los que habla son en muchos casos fatalistas. Las cosas, para ellos, son así, y no tienen perspectivas de cambiar.

En ese caso, las personas con casi nada y las personas con casi todo quizá vivan mejor que quienes padecen pobreza relativa: quienes tienen suficiente para perder pero no bastante para ser felices.

Hay, por ponernos teóricos, un pensamiento marxista subyacente en la idea de este libro. Vollmann busca pobres de todo el mundo y muestra que la realidad de esos pobres es muchas veces más cercana entre sí que la de esos pobres con quienes no lo son en su mismo territorio (un tema muy de actualidad con las contradicciones de la izquierda en las últimas décadas en sus relaciones con el nacionalismo). Los pobres, como en el siglo XIX, parecen alienados y ajenos a su realidad. Vollmann nos evita el papelón de ver a alguien del primer mundo explicándoles cuál es esa realidad y qué deberían hacer para modificarla. Por distintas cuestiones religiosas, sociales, y propias de la cultura de cada zona del mundo, algunos han decidido aceptar que no van a cambiar.

Dado que la esperanza es lo último que se pierde, ¿por qué no situarla en primer lugar?
El paciente de cáncer terminal que cree en las curas, ¿no está mejor? El alma “sana” que mira adelante, al día de mañana, que es un día más cerca de la tumba, el hombre que sabe que los americanos harán algo, el indigente que se casa con prostitutas por dinero, los esforzados y los adictos al opio por igual, los devotos de los placebos y los estrategas capaces de resolver todas las dificultades siempre que les sea dado dispensar más ayuda, mejor dirigida, ¿por qué no aplaudirlos en vez de compadecerlos?
Yo propongo que las falsas esperanzas son tan buenas como las verdaderas, siempre que no causen daño, y que, de todas formas, entre verdadero y falso muy rara vez podemos apreciar la diferencia.

El libro es honesto y perturbador. Uno de los que más me han tocado en lo que llevamos de 2017, y ya estamos en septiembre. Se acerca en su tono y tratamiento al reportaje, pero la persona de Vollmann y su personalidad están demasiado presentes como para confundirlo con un ensayo sin más. Vollmann es un autor de recorrido, que nos brinda una lectura (por lo que llevo comprobado) siempre potente, que nos deja pensando. Los pobres, no lo he comentado, es un texto de unas 300 páginas acompañado de otras 200 de fotografías y notas.

Cuando acabe con sus cuentos y los digiera (porque vuelve a terrenos duros), volveré a hablar de su obra. Mientras tanto, os recomiendo acercaros a alguno de sus libros (mirad en las bibliotecas, a veces hay sorpresas, en una de las que suelo visitar tienen La familia real, espero que también caiga pronto).

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E