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domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

lunes, 25 de abril de 2022

Sobre la autoficción (aunque íbamos a ir por otros rumbos)

 Sobre la autoficción (aunque esto iba a ir sobre Experiencia, de Martin Amis)

Hablamos mucho, hablamos demasiado, de autoficción. Y no sé si todos pensamos en la misma clase de libros cuando hablamos de autoficción.

Entiendo que, como su nombre indica, la autoficción no debería renunciar a esa condición primera de ficción, y que desde ella, o hacia ella, construiría relatos del yo. Una autoficción, en ese sentido, serían muchas de las novelas de Philip Roth. O lo serían una mayoría de los relatos de Bolaño. O la última novela de Sally Rooney (Dónde estás, mundo bello), por ir a autoras más recientes, y por comentar otro libro que también he leído recientemente.

Autoficción sería también, si a eso vamos, El resplandor, de Stephen King, pues no es más que la novela que un autor en un momento de crisis empieza a imaginar. ¿De qué sería capaz por terminar este libro que me saque de aquí? Mucha ficción parte de la experiencia o los miedos o las preguntas que el autor se hace. Se va tirando del hilo de preguntas como ¿qué pasaría si…? y se acaba llegando a donde la literatura nos lleve. No vamos a decir que toda ficción es una forma de autoficción, pero tampoco me quedaría yo lejos de una postura que defendiera que las obras de Kafka o Solenoide, de Mircea Cartarescu, son formas de autoficción.

Decía, y no quiero desviarme más, que me da la sensación de que hace ya demasiado tiempo que llamamos autoficción a otra clase de libros. A aquellos que pretenden contarnos algo que les sucedió a sus autores tal y como estos recuerdan que les pasó. Donde hay memoria hay literatura, y la mirada del autor puede hacer que en esas páginas los rastreadores de hechos reales encuentren incoherencias o datos poco claros, o que los personajes secundarios del libro, esos que conviven con el autor o autora, digan que algo de lo relatado no fue así para nada.

La hora violeta, de Sergio del Molino (hace ya mucho que hablamos de ese libro aquí, 

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2017/12/la-hora-violeta-de-sergio-del-molino.html)

es literatura, no tengo duda, y gran literatura, si alguien quiere mi opinión, pero no es (por desgracia para quienes lo vivieron) autoficción. Diría lo mismo de aquella saga del agotamiento del yo de Karl Ove Knausgard, aunque solo leí un libro. A ese le faltaban incluso hechuras de gran literatura, pero esa solo fue mi opinión, ya sabemos que mucha gente lo vio como una obra maestra.

A donde quería llegar, pero ya no sé si llegaré, es que decimos autoficción cuando en ocasiones queremos decir no – ficción, o memoria, y no sé por qué sigue pareciendo necesaria la aparición de la palabra ficción, como si eso legitimara aún, aunque realmente hace dos décadas que la legitimidad parece haber cambiado de libros y que ahora lo importante es asegurar que algo fue así, es real, está lleno de vida, con sus heridas y sus crisis, con sus euforias y risas.

Quizá el problema sea sentirnos obligados a etiquetarlo todo. O que las editoriales se sientan obligadas a venderlo todo con su denominación de origen bien clara, para que nadie se confunda ni ofenda.

Quizá deberíamos leer más y etiquetar menos, y juzgar si un libro funciona o no, nos arrastra y nos emociona, es capaz de trascender, independientemente de qué nombre se le pueda poner.

Porque además todo esto venía porque releí hace un par de meses Experiencia, de Martin Amis, y después me fui a por Desde dentro, que es (muy relativamente) una especie de continuación de aquel, y son libros que no sabría cómo definir, que el mundo editorial no sabe muy bien cómo definir y qué más da, si lo que hay que hacer es zambullirse en ellos, calarse hasta los huesos con sus frases. Pero esto ya quedará para la siguiente entrada del blog, porque como me temía, me excedí en la introducción.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 2 de octubre de 2021

Un nublao de tiniebla y pedernal, de Miguel Ángel González

Un nublao de tiniebla y pedernal, de Miguel Ángel González


Vuelvo por unos instantes al blog, para compartir algunas notas de lectura que tomé cuando leí (hace ya unos meses, antes de acudir a la presentación de su libro) la novela Un nublao de tiniebla y pedernal, de Miguel Ángel González. 








Siempre me han parecido desdeñables, cuando no vomitivas, las críticas que tratan de vestir de objetividad los halagos a un amigo. Estoy seguro de que a Miguel Ángel González también. Lo cual no quita que leamos el libro de un amigo y este sea halagable, y lo conveniente sea tratarlo así. Es el caso, y eso hacemos.

No es fácil describir Un nublao de tiniebla y pedernal. Y me imagino que eso haría que las editoriales tuvieran dudas sobre si debían publicarlo o no, y que las librerías estén dudando aún si situarlo en los estantes de ficción o de no – ficción. Creo que si uno no es muy rígido en sus prejuicios, este libro es una novela, y cuánto hay de ficción y cuánto de no – ficción en lo que en ella nos cuentan es algo secundario. A mí no me importa demasiado saber si lo que me cuentan en una novela que quiere tener aires de realidad es cierto o no. Lo importante, y no sé qué hacemos discutiendo eso después de Aristóteles, es que sea verosímil. Que esté lleno de vida. Y este es un libro lleno de vida. ¿Qué es este libro? Diría que Un nublao de tiniebla y pedernal es un viaje por la memoria y las tabernas, por los tragos y las penas, por los sueños y las decepciones. Una copla, al cabo, y de ahí el acierto de titularlo así.

Conocí a Miguel Ángel González en una entrega de premios, hace diez años, donde él había conseguido un primer premio de poesía y yo el segundo premio en el de narrativa. Es bien conocido lo que los que nos llevamos los segundos premios pensamos de quienes se llevan los primeros. Bolaño hizo literatura y en algún momento fortuna con esas envidias.

Miguel Ángel González fue a esa entrega de premios acompañado de sus abuelos, y ante una organizadora algo extrañada, le dijo que si no aprovechaba para presumir delante de ellos en ese premio que era en Madrid… cuándo iba a encontrar mejor situación. Leyó, lo recuerdo, un poema sobre una chica guapa, pero tampoco tan guapa, con unas piernas muy largas, pero tampoco tan largas, que moría absurdamente asfixiada con un chicle. Me gustó el poema, sí, porque era como un tango triste, como una copla desnortada, y porque pensé que en mi clase hubo una chica cuya madre murió asfixiada por una gominola que se le pegó al paladar y le impidió seguir respirando.

Quizá solo escribamos los que fuimos niños a los que esas desgracias les pillaban cerca. O quizá no. Con los años nos fuimos tratando más y nos hicimos amigos.

Y he vuelto a pensar en esa entrega de premios y esa chica del poema, con tan mala suerte que sus piernas no eran tan bonitas como se merecía, porque esas, la mala suerte, la desgracia, y una cierta mirada fatalista a la vez que bienhumorada sobre la vida, siguen siendo las claves de la escritura de Miguel Ángel González.

Si buscáramos el aplauso fácil o la palmadita en la espalda, diríamos que ya era un autor con un mundo propio entonces. Y diríamos, para redondear la faena, que no es fácil tener ese mundo propio tan claro desde tan pronto.

Vuelvo también a ese acto de entrega de premios por los abuelos de Miguel Ángel. Un nublao de tiniebla y pedernal se abre con un glosario de personajes, al modo de las obras de teatro o las ediciones críticas de Cien años de soledad. No sé si era necesario. Entre los cientos de personajes que entran y salen de la obra, como si se subieran a escena, hicieran su parte y esperaran el aplauso antes de retirarse, hay uno que sirve de alambre central sobre el que construir la trama, el abuelo. Y hay un narrador, identificable en la medida que cada uno quiera con el autor, que va dando paso y entrada a cada uno de los demás.

Un nublao de tiniebla y pedernal es un libro bonito, a su manera muy bonito, aunque en él pasen cosas feas, porque es un homenaje a quienes no tuvieron vidas fáciles y a quienes fueron acumulando desgracias como quien colecciona sellos o agujeros en las suelas del zapato.

El clan, lleno de ramificaciones y que se va ampliando con fichajes más que interesantes, nómada, formado por culos de mal asiento, parece compartir el gen de la mala suerte. Las referencias a la misma durante la novela no son para nada casuales. Y la moraleja siempre es que cuando la buena suerte está funcionando hay que desconfiar, porque no durará. Y la segunda moraleja, aún más importante, es que nunca conviene pensar que las malas rachas están al acabar. Porque no se acaban nunca.

Hay palmas, coplas, copas, excursiones sin sentido, costumbrismo pop, apariciones estelares de Tony Manero y Camarón, de Zidane y Las Grecas, hay unos años ochenta y noventa en un barrio muy distinto a los barrios de hoy, hay deudas, y chistes y miradas infantiles, y enfermedades y muerte. Cuando parece que alguien va a morirse no se muere, pero la muerte está esperando a cobrarse la revancha en cualquier esquina. Como la vida misma.

Y se repiten otras de las claves de la escritura de Miguel Ángel González. La más importante, una trascendencia que no agobia, pero que no se pierde nunca de vista. La idea de que la vida es un suspiro y está, encima, llena de trampas. La sensación de que podemos identificarnos con aquellas palabras de Woody Allen en Annie Hall. Hay un viejo chiste: dos mujeres mayores están en un hotel de alta montaña y una comenta, "¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!", y contesta la otra: "¡Y además las raciones son muy pequeñas!". Pues básicamente así es como me parece la vida, llena de soledad, histeria, sufrimiento, tristeza y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa.

En Todos los miedos (2015), el protagonista de la segunda de esas dos terribles historias, pensaba ante el pronóstico de muerte inminente, que ya no iba a aprender a tocar la guitarra.

Esa filosofía, de superviviente al que tienen acorralado, sigue estando en este libro.

Si las historias que se van engarzando en Un nublao de tiniebla y pedernal no nos dieran los respiros de la sonrisa, serían agobiantes. Pero por mal que terminen nunca se ahogan en la pena. El humor negro (como el pelo y los dientes del marido de la hermana del narrador) siempre causa más efecto cuando apunta hacia el espejo, y eso es lo que no falta aquí.

La sensación que queda después de leer las poco más de ciento cincuenta páginas del libro es la de que se nos han escapado detalles, que no recordamos los nombres concretos, ni quién decía qué o a quién le pasaba tal historia terrible. La sensación es la de haber estado durante cuatro horas en una taberna de Carabanchel, sin gentrificación ni filtros de instagram, pequeña y mal ventilada, pero con raciones generosas y con mucha grasa que vaya absorbiendo el alcohol, escuchando a un amigo hablar entre cervezas, unas cañas que vacía a la velocidad del rayo, porque esa es, al cabo, la característica que define al clan, la incapacidad para tomarse las bebidas sin ansia, sin apurarlas de un trago, y sin entender del todo algunas de las historias que nos estaba contando, porque se mezclaban con las apuestas de las partidas de cartas de otras mesas y con nuestros propios recuerdos.

Si queremos retener más detalles, lo mejor será volver a leer el libro. Pero ese no nos parecerá un problema.

Antes de Un nublao de tiniebla y pedernal leí Duelo, de Eduardo Halfon, que también es un libro de muerte y abuelos, de apuestas perdidas y de mentirosos. Creo que son dos libros más parecidos de lo que puede parecer a priori. El de Halfon es más grave, más serio, más lleno de fatalidad. El de Miguel Ángel González es el de quien sabe que la fatalidad es inevitable, pero que mientras tanto bien vale la pena armar el tablao y que a la bruma de las cervezas y los envites se sumen un par de coplas más. Para que quede muy claro. En el de Halfon sale mucho el Holocausto. Y en el de González, un mago argentino al que le falta una mano. Hay que ser, me imagino, endiabladamente bueno para ser un gran ilusionista con una mano menos. Como hay que ser un muy buen mentiroso para creerte tus propias mentiras y empezar a vivir en ellas.

Pero parece que si eres suficientemente bueno como mentiroso, un día alguien intentará juntar todas tus mentiras y escribir con ellas un libro. Y eso es quizá, también y en definitiva, Un nublao de tiniebla y pedernal. Un homenaje al viejo arte de narrar, que es otra manera de decir mentir que se inventó en una reunión entre copas de vino.


Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 19 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.


Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.

Cuentos completos, de Flannery O´Connor: Leí los Cuentos completos de Flannery O´Connor hace no menos de quince años. No he vuelto a releerlos, apenas algún texto suelto en alguna antología. Y como me pasa con los relatos de Carson McCullers (El aliento del cielo), aunque a esta la he releído más, mantengo cierta sensación de haber cerrado el libro no hace tanto. No recuerdo las tramas concretas de los relatos, pero guardo bastante vívido en el recuerdo el retrato piadoso de los parias, las desventuras de la enfermedad y el señalamiento, la claridad estética de sus historias bastante oscuras, el habla marcada de los poblados del Sur americano, la violencia latente de esa sociedad. Y ya que tengo el viejo libro de bolsillo que leí entonces en casa, quizá sea una buena idea volver a ellos.


Muerte a crédito, de Louis – Ferdinand Céline: Siempre me ha intrigado Céline. Gran esteta, nazi, son las dos cuestiones que uno identifica con él. A veces en el orden contrario, un nazi que era un escritor extraordinariamente dotado. Hace unos meses compré la edición de bolsillo de Muerte a crédito, prologada por Constatinto Bértolo, y he aprovechado para descubrirla. Céline fue médico y tenía complejas relaciones con sus orígenes familiares, y esos dos mundos aparecen volcados aquí, en las peripecias de médico de consultas, un tal Ferdinand que puede tomarse por alter ego del autor, y que cuenta aquí su infancia y su adolescencia, aunque sin dejar de echar viajes y miradas a la adultez. Realmente leer el libro ha sido una experiencia. En general una experiencia positiva. La prosa es brutal, te lleva, te hace bailar, te marea, insulta, escupe, falta a todo, pero en general con sentido, casi nunca pierde las riendas. Hay cuestiones estilísticas que se me hacen difíciles (la manía de dejar las frases en puntos suspensivos, entiendo que con la intención de que se lea como se escucha una conversación que te arrolla, que se para y vuelve, que no cesa), y temas donde asoma lo peor del escritor. Pero porque asoma lo peor del ser humano. Y conocer lo peor del ser humano, como conocer lo mejor, no dejar de ser uno de los motivos por los que (muchos) leemos. Céline era probablemente un mal bicho, y aquí hay una voz narrativa nihilista, en la que he encontrado, pese a ello, cierto asomo de esperanza. Un poco un vamos a morir todos, y somos odiosos, pero mientras tanto, bailemos.

Después de leer a Céline me dio por coger de la estantería Ampliación del campo de batalla, de Houellebecq, que me sigue pareciendo su mejor libro (tal vez el que más se le acerca en mi canon es El mapa y el territorio, pero es otra clase de libro). Es un librito fino, cortante, lleno de una prosa precisa y afilada, dolorosa. Ciento cincuenta páginas de derrota y soledad. Houellebecq es muy lúcido retratando los males del mundo en el cuerpo de un hombre cualquiera (creo que es lo más duro de Houellebecq, cómo retrata al cualquiera, al don nadie, el médico de Céline es un egomaníaco, se cree algo, hincha el pecho al andar, el personaje de Houellebecq se encoge de hombros y agacha la cabeza, aligera el paso nervioso y mira al suelo) derrotado una y otra vez por la maquinaria, ese sistema que todo lo mide en términos competitivos y que no le da un respiro. Comparando con la sensación que decía haber sacado del libro de Céline, la idea que saco de este libro de Houellebecq cada vez que me acerco es que no hay ninguna esperanza. No tiene sentido la celebración. Vamos a morir todos, y somos odiosos, y mientras tanto, ya que no servimos ni para celebrar, no nos merecemos ni follar ni bailar, bebamos y dejémonos caer.

Espía y traidor y Un espía entre amigos, de Ben Macintyre: No me encantan las historias de espías, aunque algunas (sobre todo películas) sí me han gustado mucho. Y no me interesan, desde luego, el tipo de libro que anuncian encuadernaciones y portadas como las que estos tienen. Podrían parecer, en una fila de libros, novelas de Frederick Forsyth, ni siquiera de John Le Carré. Pero me han sorprendido bastante por encima de esas expectativas (por eso fui a por el segundo). He leído los dos, y valen la pena. El verano pasado, durante un viaje a Londres, me compré el de Espía y traidor, y leyéndolo en inglés he tardado más de medio año en terminarlo. Cuenta la historia de un doble agente, un soviético (Gordievsky), aparentemente modélico, que fue reclutado por los británicos y ayudó a conocer desde dentro el sistema del KGB. La portada dice algo así como que fue el hombre que acabó con la Guerra fría, y no sería para tanto, pero el libro está muy bien. La psicología de los espías es muy compleja (aquí se explica muy bien en quiénes se fijan los reclutadores), la psicología de quienes deciden llevar una doble vida también, y con la historia terminada, sabiendo desde el principio lo que nos vamos a encontrar y no teniendo que sorprendernos con giros de guión, Macintyre se dedica a profundizar en la mente de Gordievsky y en general del espía, como arquetipo. Y esas personas con vidas personales vacías, o dispuestas a vaciarlas a la menor orden, que buscan el reconocimiento (cualquiera) de sus superiores, y lo buscan como sea, podrían encajar perfectamente en uno de esos fríos retratos que Carrére hace de sus personajes de no – ficción, esos a los que en ocasiones convierte en fascinantes personajes y otras en peleles que él, como autor, maneja a su antojo (valga Limónov, valga J. C. Romand). La finura de Macintyre es la que separa estas novelas de meras novelas de espías, y acerca su escritura más al modelo de la narrativa de no – ficción más potente. Un espía entre amigos narra una historia más conocida, quizá la más conocida dentro de las historias de agentes dobles, la de Kim Philby, el más famoso de los llamados Cinco de Cambridge, un agente británico de alto nivel, que trabajaba para los soviéticos, y cuya sombra recorre El topo, de Le Carré (con estupenda película de hace unos años).

Maniobras de evasión, de Pedro Mairal: A falta de bibliotecas a las que acudir, he descubierto el catálogo digital de las bibliotecas de Madrid. No dispongo de artefacto específico para su lectura, así que solo puedo leer los libros que cojo allí en el ordenador, y no tengo paciencia para leer ficción y textos largos en el ordenador. Asocio la lectura en pantalla con el trabajo, e inevitablemente trazo diagonales, me pierdo detalles, no pretendo hacer uno de esos babosos textos de cómo me gusta el papel porque me transmite sensaciones. Me gusta leer en papel porque es lo que mi cerebro entiende, y quizá si tuviera un kindle leería de otra manera porque podría irme al sofá, al sillón o a la cama, pero el ordenador se me aparece como lugar de trabajo. Dentro de esa limitación, sí he podido disfrutar de algunos textos más episódicos, que sí llego a paladear al completo, repartiéndomelos como caramelos antes o después de un rato de trabajo. Releí así El boxeador polaco, de Eduardo Halfon, un escritor que siempre es estupendo
Y encontré este Maniobras de evasión, que tenía apuntado para leer desde hace meses y no encontraba en ninguna biblioteca. De Pedro Mairal había leído La uruguaya sin entender el éxito que logró. Aquí me he encontrado con una serie de artículos, entre el ensayo corto y el texto periodístico o de revista de entretenimiento. El tono es ligero, el narrador es divertido, Mairal logra no resultar nunca demasiado literario (lo que sería la muerte del tipo de texto que presenta), y nos va contando cómo se fue convirtiendo en escritor, con altibajos, aceptando cualquier cosa que le ofrecieran, trabajando como profesor de redacción para equipos de abogados, leyendo libros para concursos literarios, escribiendo guiones que casi nunca lograba colocar, dejándolo al final todo por la escritura creativa y convirtiéndose, antes que en novelista de cierto éxito, en una especie de especialista argentino en textos de tono erótico. Lo acompañamos como escritor atareado, como adicto a las redes, como padre divorciado, adulto que nunca ha abandonado la adolescencia, lector torpe, lector muy lúcido, extraviado contemporáneo, especialista en el cuerpo femenino. Algunos textos son excelentes, como El sobrino de Bioy, Tocar a Gimena, El extranjero, El anatomista, La entrega o Quiero escribir pero me sale espuma. También hay textos de difícil concepción hoy, al menos en España (si pensamos en que aparecieran, como aparece este, en una edición de una editorial respetada, como Libros del Asteroide, y no viniera del otro lado del océano, y de otro tiempo, son textos de hace 10 o 15 años, según cuáles), que más que instructivos (un género, el instructivo, que parodian) resultan divertidos, propios de un tierno gañán, y tienen nombres como El culo de una arquitecta o Ensayo sobre las tetas. Otros textos no tienen ni demasiada personalidad ni demasiado encanto, pero en general el libro resulta una lectura amena y muy agradable.

Para terminar, me atrevo a recomendar (creo que es la primera vez que en el blog abro la ventanita musical) también el disco Apocalypse, de Bill Callahan, que reconocerán quienes hayan visto esa serie documental llamada Wild wild country, y en cuya compañía he ido dando forma a esta entrada.

Entrada esta, que creo que ya sí es, aún no superado el estado de alarma y la obligación de mantenernos confinados, pero sí superado lo que buenamente tenía que recomendar, la última entrada de este blog, que esta vez sí queda despedido como debe hacerse. Con un Hasta siempre. Espero que alguna de las lecturas que he propuesto en las últimas semanas haya ayudado a hacérselas más llevaderas a alguien.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E


jueves, 5 de diciembre de 2019

Paciente X, de David Peace


Paciente X: El caso clínico de Ryünosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)

No conocía a Ryünosuke Akutagawa (y aunque aparece citado en una lista de los autores top japoneses del siglo XX, al nivel de los Mishima, Kawabata, Tanizaki, Kenzaburo Oé o Kobo Abe, la falta de libros en España me hace sospechar que no es tan conocido como ellos en nuestro país). Llegué a este libro siguiendo el nombre de David Peace, y lo hice por casualidad, después de encontrarme casualmente con una nota de prensa sobre la aparición del libro en una pequeña editorial (que supongo bastante reciente). Aunque David Peace es para mí uno de los mejores escritores contemporáneos, no acaba de tener éxito en nuestro país, y su obra (inmensa en calidad, y este es otro ejemplo) va pasando por distintas editoriales, y sigue sin conseguir el éxito que merecería.

Si David Peace ha escrito el libro, yo quiero leerlo, sea una serie de novelas negras atormentadas (Cuarteto de Red Riding), una crónica politizada de las huelgas mineras y la definitiva derrota de la clase obrera (GB84), sus novelas negro – históricas sobre el Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial (Trilogía de Tokio), o hasta un libro sobre un equipo de fútbol y sus años gloriosos (The Damned United). Digo, siempre que puedo, que no creo que haya, entre los más reconocidos, un escritor mejor que James Ellroy. Y añado, también siempre, desde la primera vez que me encontré con su obra, que David Peace es aún mejor. Así que si David Peace ha escrito un libro sobre un escritor japonés del que no sé nada, quiero leerlo.

Y así, me compré en cuanto pude (porque no es la clase de libro que puedes esperar que llegue a las bibliotecas públicas) este libro y me puse a leerlo. Paciente X es una novela que se compone a base de relatos, hasta un total de 12, donde a veces la voz narradora reposa en el propio Akutagawa, otras veces en otros escritores, otras en testigos más o menos cercanos de sus últimos meses de vida. En esas voces que entran y salen, que van de lo poético a lo crudo, vamos acompañando a Akugatawa desde que era un niño que escapaba de los problemas de casa (el mayor, y el que más le agobió siempre, la locura de su madre, un trastorno que temía que heredaría) cruzando el río para leer todos (literalmente) los libros de la biblioteca más cercana hasta que empieza a estar devorado por los síntomas de esa locura (un insomnio crónico, unas alucinaciones crecientes, un estado nervioso deplorable). Vemos a Akutagawa acompañado de otros escritores con los que guardaba una relación cercana (Junichiro Tanizaki y Yasunari Kawabata, especialmente), aunque algunas de ellas se fueron enfriando.

La transcripción de algunos fragmentos y la recreación de otros de sus diarios y escritos sobre la escritura permiten hacerse una idea muy cercana de cómo se veía a sí mismo y cómo fue construyéndose como escritor, combinando tradiciones japonesas y escritores occidentales a los que se sentía muy cercano. También vemos, y el trabajo de narradores de Peace es fascinante por sutil, profundo y sangrante, su creciente obsesión por la figura de Cristo y de los kappas, unos pequeños demonios (o dioses, según la interpretación) acuáticos japoneses, bromistas pero también crueles, letales incluso, a quienes Akutagawa acabó por dar carta de naturaleza en su vida y a los que dedicó sus últimos textos, de los que habla hacia el final del libro con el médico a quien ha convencido para que visite a un amigo suyo, también escritor, que está delicado de los nervios y de quien teme que pueda suicidarse.

Quien finalmente se suicidó fue Akutagawa, a los treinta y cinco años, y el libro lo va anunciando, juega a ir administrando la tensión del inevitable desenlace. Y nos hace empatizar, al menos a quienes escribimos y leemos con espíritu samurái, con las desventuras de este escritor japonés. Peace vive desde hace más de 25 años en Tokio, conoce la ciudad, le ha dedicado una trilogía a su historia de postguerra (el tercer volumen está al salir en España, tengo entendido) y aquí se nota que está escribiendo desde la admiración y un conocimiento muy profundo de la obra de Akutagawa.

Algunas de las historias sobre las que se va armando el libro tienen entidad más que suficiente para valorarlas de manera individual, y aunque el libro es realmente una novela y crece por acumulación, y la lectura debe hacerse en el orden en el que está, que es en el que vamos entrando en las tribulaciones de Ryünosuke Akutagawa y vamos comprendiéndolo en la medida en que lo vamos a comprender, no deja de ser cierto que varias de ellas podrían leerse de manera independiente, y aunque carecerían de parte del contexto, se podrían apreciar como estupendos relatos. De hecho Peace había publicado anteriormente algunos de los textos en revistas o libros colectivos, y de cara a una próxima relectura me he dejado señalados Un cuento contado dos veces, Después del desastre, antes del desastre, San Kappa y Los espectros de Cristo, todos dotados de una espiritualidad especial y una sensibilidad literaria de primera.

Un libro para descubrir a Peace, en el caso de quien aún no lo haya hecho (aunque todo libro de Peace es una gran oportunidad para hacerlo), y también un libro para ponerse sobre la pista de uno de los nombres básicos de la literatura japonesa, y quizá desde ese nombre ir saltando a otros.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth, novelista


Philip Roth (1933 - 2018)

Por mi escritorio de trabajo rondan siempre 5 o 6 libros que me acompañan mientras escribo, porque a veces me detengo y me pongo a leer un rato, o simplemente me dan seguridad, parece que me aconsejan incluso con las tapas cerradas. Son libros que un día cojo de las estanterías y traigo para buscar algo en ellos y ahí se quedan durante meses, inmunes a limpiezas. Se ha muerto Philip Roth hoy y me he quedado mirando Pastoral americana y el volumen de Zuckerman encadenadado, que desde enero aproximadamente están sobre esa mesa, en labor guardiana (junto a Los detective salvajes, los Cuentos selectos de John Cheever y Tobias Wolff, El desierto de los tártaros y los Diarios de Kafka). Hace algo más de un año publiqué una entrada sobre mis novelistas preferidos, y dejando claro entonces (y ahora) que no sabría ordenarlos exactamente, sé que Philip Roth, junto con Don DeLillo, son quizá mis dos novelistas (analizados a través del conjunto de sus novelas, y siendo dos escritores de los que he leído prácticamente todo lo que han publicado) preferidos. Ni sabía ni sé cuál en el número 1 y cuál en el 2, y quizá es una cuestión de días y sensaciones. Roth es más carnal, más sensitivo, realista, y a cambio es menos mágico con la sintaxis, el lenguaje y el trabajo específicamente literario. Pero no pensemos que es un escritor que no poseía herramientas técnicas de primera, pues lo era. Siempre supo ajustar perfectamente narradores, puntos de vista, jugar a meter narradores interpuestos, confundir ficción y realidad como nadie, pasar del párrafo complejo a la oración sencilla, jugar a la metaliteratura, a la innovación. Ha retratado la cara oculta del hombre occidental durante más de cincuenta años. Supo retirarse. No le dieron el Premio Nobel, lo que le iguala por ejemplo a Nabokov, Borges o el propio DeLillo. Ni falta que le hacía el Nobel. Ganó todos los premios habidos en el mundo anglosajón y a nivel internacional salvo ese, y hace más de veinte años que nadie discutía su lugar en el panteón de los grandes narradores del siglo XX.

Por si a alguien no hubiera leído aún a Roth y le interesara mi opinión sobre por dónde empezar con su obra, recomendaría, en riguroso orden personal:
1. Pastoral americana
2. La mancha humana
3. Me casé con un comunista
4. La contravida
5. Operación Shylock

Aprovecho aquel texto del año pasado como base, y añado algunos detalles más, simplemente.
Philip Roth: Los estadounidenses llevan doscientos años buscando a quien escriba La Gran Novela Americana. Tanto que al final el propio Roth tituló así una novela de 1973 sobre el baseball. No es esa, sin embargo, su gran novela. No sabría decir cuál es la gran novela de Philip Roth, que creo que es, en general, su obra. Sus novelas van formando un gran mural de los Estados Unidos en los últimos cincuenta años, y por extensión de Occidente. Desde su primera novela, que ya era muy buena, Deudas y dolores, aunque quizá no esté exactamente en su línea posterior, sino más clásica y aún sin la arrolladora personalidad narradora de Roth. Cuando ella era buena es una novela también extraña en su obra, antecesora de Me casé con un comunista, aunque bastante menos lograda. El lamento de Portnoy escandalizó al mundo, y sigue divirtiendo hoy a quien se acerque a sus trescientas páginas de disparates y mala leche. La saga de Zuckerman (particularmente me encanta La visita al maestro, en la que por primera vez aparece el personaje de Nathan Zuckerman, y que muestra el tránsito de escritor académico a fenómeno de masas que se produjo con Roth tras El lamento de Portnoy) es un ejemplo magnífico y extremo de autoficción. Operación Shylock es un juego metanarrativo que limita con la novela kafkiana, aunque quizá su texto más kafkiano (o casi gogoliano, por su clara base en La nariz, del autor ruso) sea El pecho, en la que David Kepesh, otro académico, viaja desde la incapacidad para relacionarse de manera profunda con las mujeres hasta una transformación (en principio divertida, pero luego terrible por lo que le supone de aislamiento) en un pecho, una teta enorme que se pasea por Manhattan. 
Quizá, si tuviera que elegir una de sus novelas, diría Pastoral americana: dura, profunda, triste, la destrucción de la familia, la vida. Para mí, perfecta. Junto con Me casé con un comunista, La mancha humana (una novela que impugna la mera idea del realismo literario, pues se lee con pasión, se vive, sufre, es quizá mi segunda novela preferida de Roth, y es, sin embargo, si se piensa bien, inverosímil en muchos aspectos) y El teatro de Sabbath demuestran que Roth tuvo unos años noventa (su sesentena) de primera división, quizá su mejor época como autor, escribiendo grandes novelas a un ritmo de una cada dos años. La conjura contra América, de 2004, es para mí su última gran novela, un juego antihistórico que ya hablaba de la América de Donald Trump, y que aparte del sexo, las relaciones destructivas con las mujeres y las bombas contra la familia, toca el que es otro de los temas más repetidos en su obra: la persecución a la que nos pueden someter en las sociedades supuestamente libres.

domingo, 13 de mayo de 2018

No, mamá, no, de Verity Bargate


No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)

Esta novela, primera de la autora, fue publicada en 1978. No había sido traducida hasta 2017, y creo que lo ha sido porque era el momento, en ese ambiente de debate social sobre los roles de la mujer, con ese debate tan encendido a veces sobre la maternidad, sus trampas y desengaños. Como digo, es un debate que se enciende cada pocas semanas y al que están acompañando muchos libros, pero intentaré dejarlo ahí lejos, al fondo de la reseña, como mero ruido ambiente. Alba va acompañando su bien conocido y ponderado catálogo de clásicos con narrativa contemporánea que encuentra en ellos su lugar natural. Aquí bajo el nombre de Rara avis para la colección.

Verity Bargate murió joven, a los 41 años, solo 3 después de publicar esta primera novela, y con solo otras dos obras de narrativa. Fue también directora y autora teatral, y esta fue de hecho su dedicación principal. Vamos al libro: No, mamá, no, es una novela corta, de poco más de 150 páginas, que se devora entre el asombro y el sobrecogimiento. Algunos adjetivos que están desgastados de tanto uso pero que encajarían perfectamente a la hora de describirla son: cruda, dolorosa, necesaria, auténtica.

Jodie, la protagonista, empieza a contarnos su historia en el hospital, después de dar a luz a su segundo hijo. Empieza el libro con uno de esos comienzos que quedan: “Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada”. No se trata, sin embargo, de un libro que juegue al efectismo con frases redondas para enmarcar, aunque tiene frases redondas y algunas deberían quedar enmarcadas. Con ese inicio parece que será la crónica de una depresión post – parto, y lo será, pero será algo muhco más profundo y complejo. Peor que detestar algo es no sentir nada. No hay nada menos humano que la ausencia total de empatía. De hecho, se llama psicopatía, y es lo que Jodie empieza a describirnos. Quiere que le quiten de encima al niño y la dejen leyendo, fumando, lejos. Acude a hablar con los médicos antes de salir del hospital y ya les advierte de que vive en un piso alto y no quiere para nada a ese niño feo y podría pasar lo peor. Pero más allá de sonrisas y comentarios condescendientes y una pastilla, la mandan de vuelta a casa con su hijo mayor, de 2 años, y su marido, a los que tampoco quiere. La relación matrimonial está rota. Y ese segundo intento de revivirla con un hijo no es más que otro fracaso.

¿Cuántas parejas han intentado resucitar algo que no funcionaba con un hijo? ¿Cuántas mujeres han buscado completarse mediante la maternidad? Esas son dos preguntas que quedan en el aire y que duelen en este libro. La madre de Jodie no la quiso, o no demasiado, o sencillamente estuvo totalmente ausente en su infancia, y ella quería hijas a las que querer de verdad. Pero no las tiene, tiene dos hijos, y un marido egoísta que sale, la mira con pena, cree que se ha vuelto loca y lo mejor que tiene para ofrecerle es la consulta de un psiquiatra amigo suyo. Jodie va y se siente mal, con sus secretos previamente revelados por su marido, casi casi violada. Y la violación es un tema que va más allá del sexo en este libro, aunque también va de sexo, del sexo marital impuesto, de los deberes conyugales, de una escena tremenda en la que ella se queda dormida mientras es penetrada.

Cansancio, hastío, falta de ilusión. Las miradas de los demás. Los juicios externos. El único refugio en algunos paseos, charlas puntuales con desconocidos amables, libros, especialmente uno, El fin del romance, de Graham Greene, por el que pasa una y otra vez con deleite. Y pasa el tiempo.

Aparece una pequeña esperanza. Una vieja amiga de la universidad, su mejor amiga, quizá la mujer a la que más unida ha estado nunca. La llama, da con ella después de una década, sienten que puede funcionar, que seguirán siendo tan íntimas. Organizan una visita a su ciudad en la costa. No era lo previsto inicialmente pero irá con los niños. Aunque antes de llegar los convertirá en niñas, poniéndoles las ropitas de niña que siempre tiene a su lado, y fingirá una vida que no tiene. Las dos encontrarán alivio en su amiga, hablando del pasado, aunque las dos sabrán también que hay algo que se ha roto, probablemente en el interior de cada una de ellas, y que no volverá a fluir la amistad como antes. El marido de ella, un actor con ínfulas, es un perfecto idiota. Ellas dos tratan de darle la espalda a los perfectos idiotas pero no es tan fácil.

Cada semana se llena de la esperanza de que llegue el próximo lunes. Y cada lunes, con sus pequeñas anécdotas, llena en el recuerdo los días que quedan por delante. De lunes a lunes. Hasta que en un tren de vuelta todo descarrila y lo simbólico se vuelve más real que nunca, la pesadilla se hace realidad quizá con un exceso de melodrama por parte de la autora, y Jodie acaba en una institución psiquiátrica, repudiada por su marido, con sus hijos lejos, loca. Porque eso es lo que todos habían pensado de ella desde el principio del libro, que estaba loca, que lo que le pasaba era antinatural, y parece que ellos han ganado. Sin remedio.

Un libro que leer y sobre el que pensar detenidamente.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 7 de septiembre de 2017

El boxeador polaco y Clases de chapin, de Eduardo Halfon

Mi verano con Eduardo Halfon: El boxeador polaco (Pre – Textos) y Clases de chapin (Fulgencio Pimentel)

Hace un par de años me encontré con Eduardo Halfon, fue con el libro Signor Hoffmann (Libros del Asteroide), una colección de relatos (por ponerle un nombre convencional) de la que hablé en el blog.
Algunos meses después leí Monasterio (Libros del Asteroide), un libro en el que el autor hacía un ejercicio de memoria literaria, entre la familia y el mundo. Fueron dos libros que me resultaron muy sugerentes.

A la espera de leer la nueva obra de Halfon en Libros del Asteroide (Duelo, que acaba de salir o estará a punto de hacerlo), este verano he aprovechado para leer antiguas publicaciones suyas. Se ha tratado, concretamente, de El boxeador polaco, editado en 2008 en Pre – Textos, y Clases de chapin, un libro editado este 2017 en Fulgencio Pimentel pero que recoge viejos libros a los que se han añadido otros textos.

Consultando la información que sobre Halfon está en Wikipedia vemos que ha ido saltando de editoriales a lo largo de su trayectoria. Casi al principio de la misma tuvo un libro en Anagrama (fue uno de los finalistas del Premio Herralde de aquel año), lo que debería ser un buen trampolín. Sus siguientes obras fueron sin embargo apareciendo en sellos casi mínimos, y me imagino que es uno de los motivos por los que ha querido reeditar algunos de ellos en Clases de chapin. Luego saltó a Pre – Textos, y ha acabado, de momento, en Libros del Asteroide. Estos dos últimos sellos me hablan, como lector conocedor (más o menos, claro) de sus catálogos, de un autor literario, minoritario pero con algo importante que decir. Y Eduardo Halfon es un escritor quizá para minorías pero para minorías que lo disfrutarán mucho. El ejército de los Halfonianos, al que me sumo, quizá no sea numeroso, pero sin duda será de fieles. Benditas minorías gozosas.

Eduardo Halfon es guatemalteco y estudió y vivió durante años en Estados Unidos. Su formación universitaria fue en ingeniería. Es descendiente de árabes y de judíos y ahí juega gran parte de su territorio literario, entre la memoria y la identidad. ¿Quién soy?, ¿quiénes son todos ellos?, como preguntas desde las que ir repartiendo las ideas y las páginas a su alrededor.

Signor Hoffman era un libro con cinco relatos sobre alguien tan parecido a Eduardo Halfon que perfectamente podría ser él y que en cierto modo se iba desdibujando ante la vida y viajaba para reordenarse. Monasterio (que es un libro previo) era aún más esencial. El viaje era aquí el motivo principal de la trama. Su hermana se casa en Israel y él asiste a esa boda. Pero no hablamos de esos libros, sino de El boxeador polaco y Clases de chapin.

Halfon explica al principio de El boxeador polaco (o quizá es en la contraportada), que Andrés Trapiello, oída la historia que da título al libro, le dijo que si no la escribía el propio Halfon, la escribiría él, pero que esa historia había que contarla. Dice Halfon, que leído siempre resulta inteligente y un tanto distante, bordeando la ironía, que ojalá la hubiera escrito Trapiello. ¿Por qué dice eso? ¿Le duelen a Eduardo Halfon los textos que escribe? Es posible que en gran medida. Los escritores escriben sobre lo que les duele con mucha frecuencia, y casi nunca con afán curativo, sino más bien con el ansia de quien escarba en una herida y no suele encontrar más que nuevo dolor.

La historia de El boxeador polaco, ese relato concreto, es de esas que se deberían leer en cualquier clase de Literatura de instituto y en cualquier clase de Ética, si la asignatura sigue existiendo después de la Lomce. El abuelo de Halfon (y eso es historia), estuvo preso en el campo de concentración de Auschwitz. Y fue uno de aquellos que milagrosamente salió vivo para contarlo. Y lo hizo, entre otras cosas, gracias a la ayuda de otro preso, este boxeador polaco, que desde su experiencia de preso más antiguo, lo preparó para conseguir que los nazis le perdonaran la vida un día más. El relato, sobra decirlo, estremece. Y no es solo por lo tremendo del tema, que lógicamente pesa, sino por la escritura de Halfon, que siempre toca algo. Se trata de un autor que siempre consigue conectar con las emociones del lector y lo logra sin recurrir a los sentimentalismos, sin cargar la prosa con excesos que nos obliguen a sentir lástima.

Los relatos incluidos en El boxeador polaco me han llevado a pensar casi siempre en los de Signor Hoffman. No hay una evolución aparente en la escritura de Eduardo Halfon, sus relatos son igual de sólidos y navegables en un libro de 2008 que en uno de 2015. Si algo transmite Halfon es la sensación de haber tenido siempre muy claro, como autor, qué quería ser y qué era. Y se ha agarrado a ello. Hay mucha extrañeza. Es extraño estar vivos, para empezar, y son extrañas las circunstancias vitales de cada uno de nosotros, siempre. Pero por mucho que digamos que siempre son extrañas, las hay más extrañas de vivir. No sabía que había judíos en Guatemala, le dice una israelí embarcada en una vuelta al mundo con la que se encuentra en un bar. No era la única que no lo sabía. La trayectoria vital de Eduardo Halfon está rodeada por la desubicación: judío en Guatemala, centroamericano en Estados Unidos, luego estadounidense en España, un autor que dice sentir como lengua más propia el inglés que el español pero que escribe en castellano, probablemente buscando sus propios límites, algo que hicieron como elección muchos autores antes (Beckett, por ejemplo, que se forzaba a escribir en francés). Eso son sus relatos, retratos desubicados.

No tiene demasiado sentido, por su naturaleza, dar demasiados detalles sobre las tramas concretas de los relatos de Eduardo Halfon. O tiene, por decirlo de otra manera, tanto sentido como desentrañar la trama de un documental de animales marinos. ¿De qué tratan esos documentales? De la vida de los peces. Hay equipos de vídeo y sonido localizándolos y grabándolos, y una voz en off monótona y que nunca parece encontrar nada de encanto en los animales marinos a los que describe que relata la escena. Eduardo Halfon retrata la vida de los seres humanos con los que se cruza con una mezcla de ironía, compasión y desapego de la que muchas veces se hace la mejor literatura. Uno se imagina a Halfon con los ojos muy abiertos en cualquier rincón del mundo por el que esté en este instante. Esa es su cámara. Y su mirada inquieta irá convirtiéndose en su escritura aplicada y afilada a modo de voz en off que narra con cierto hastío las mediocres aventuras vitales de la mayoría.

Clases de chapin recoge dos libritos editados en 2007 y 2009 con escasa distribución: Clases de hebreo y Clases de dibujo, aquí completados a modo de trilogía con Clases de machete, hasta ahora inédito. Chapin es como se llama a los guatemaltecos en muchos lugares de Hispanoamérica, un nombre empleado a veces como meramente descriptivo, otras casi como un insulto. Y desde esa doble vertiente entiendo que lo recoge el libro, que se complace otra vez más en viajar de la infancia al futuro, retratando lo íntimo de un modo modesto y fragmentario, sin darse aires de verdad y solemnidad, que son dos tentaciones del relato autobiográfico. La memoria, la identidad, el yo y el otro y los inevitables conflictos. La editorial (Fulgencio Pimentel) habla de Eduardo Halfon, al respecto de este libro, como de un maestro de la omisión. No debería uno nunca fiarse de las editoriales y sus llamadas de atención sobre la maestría de sus autores, esos de los que esperan vender libros, pero en este caso compro totalmente la descripción y la hago mía. Eduardo Halfon es uno de esos que relata perfectamente en dos realidades complementarias, la de lo que está presente y la de lo que está ausente, que es algo muy diferente a lo no – presente, pues pesa en su ausencia.

Desde ese uso de la elipsis tan bien administrada Eduardo Halfon se acerca a los canones del cuento contemporáneo. Es un narrador realista con mirada obtusa, al modo de Kafka o el propio Beckett. He leído una referencia bastante continua a Bolaño entre los reseñistas de Halfon. Y bueno, hay Bolaño, como en mayor o menor medida lo hay en cualquier escritor en español menor de 50 años, pero más que en la escritura creo que hay Bolaño en el sentido de que Eduardo Halfon parece haber convertido su proyecto de escritura en un proyecto vital, y viceversa, y eso es algo que nos lleva a pensar en los relatos del chileno.

Hay autoficción en la literatura de Halfon, como creo que ha quedado claro en lo comentado hasta ahora, pues ni siquiera se esconde tras alter egos más o menos reconocibles. Es Eduardo Halfon quien viaja, narra y escribe y al final firma la obra. Quien muestra y juzga cuando considera que debe, aunque es poco. Si queremos entrar en el delicado y algo aburrido tema de las etiquetas, la de autoficción estará presente. Y la de relato habrá puristas que la discutan. Pero yo he leído estos dos libros como relatos, igual que hice con Signor Hoffman, y me alegro de que el cuento vaya ampliando sus fronteras y dé cabida a estos proyectos de biografía literaria que recoge fragmentos por todas partes, los procesa y los sirve en fragmentos que a veces tienen continuidad en otros y a veces no, a veces nos deja en suspenso a los lectores, quizá hasta otro libro. Me gusta ese relato que es mutante y se escapa de sus formas acartonadas. Me gusta en definitiva la escritura de Halfon: precisa, certera, sugerente (esto es mucho decir, pero creo que es verdad, en las 400 – 500 páginas que debo sumar leídas de Halfon en los 4 libros que hasta ahora llevo, no he encontrado una mala línea) y seguiré cayendo en sus redes siempre que un libro se me ponga a mano. Supongo que Duelo será el siguiente.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 8 de agosto de 2016

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)


Asistí a un encuentro en la librería Alberti de Madrid a finales de abril con motivo de la presentación de este libro y me compré Nostalgia, que es la obra más conocida del autor (al menos para mí lo era, y eso hizo que me pareciera un inicio lógico de su obra). Aún lo tengo sin leer, no por pereza sino porque el primer relato, El ruletista, me pareció un relato tan potente que creo que el libro va a ser uno de esos que se marcan con la etiqueta de IMPORTANTE en la biografía lectora de uno, y necesito un cierto tipo de condiciones anímicas y externas para afrontar esas lecturas. Ya hablé del encuentro con Cartarescu y lo que me pareció en aquel momento.

Mientras me ponía a escribir esta reseña he recordado una imagen: la de Cartarescu bajando por la Calle Marqués de Urquijo, con la cabeza gacha pero sin ningún ánimo melancólico, sino como una actitud de paseo interior. Después del encuentro con el autor habíamos aparcado en una terraza sin ningún encanto de dicha calle y una hora después del acto en Alberti lo vi pasar. Quizá podría haber interrumpido su paseo solitario y ahora podría estar hablando de la cerveza que compartí con él, o podría estar escribiendo un relato sobre dicho encuentro en vez de escribir una reseña sobre su libro, pero no me gusta molestar a la gente, y mis habilidades para relacionarme con escritores de primera son muy limitadas, y raramente afloran. Después del acto le ofrecí mi bolígrafo bic azul para que me firmara el ejemplar de Nostalgia y me dijo: “tengo mi bolígrafo, soy escritor”, y todo lo que le dije en el torpe inglés que me salía fue algo así como: “me ha gustado mucho oírte, ha sido muy interesante”.

A lo que íbamos, en la Feria del Libro me compré este libro, El ojo castaño de nuestro amor. Y lo leí al poco de tenerlo, pero no lo había comentado aún. Ahora lo he releído con la intención de refrescar un poco algunos fragmentos.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos pero no es del todo un libro de relatos. Es un libro de memorias pero no es exactamente un libro de memorias. Tampoco es una colección de prosas sin más. Es un libro de eso que llamarían misceláneas en las editoriales, pero me resisto a llamarlo así porque me remitiría a las sobras de otros escritos del autor, que ha empaquetado y editado para el lector español, porque eso sí, es una edición pensada para el público español. Ojeando la contraportada parece que la editorial tampoco tiene claro cómo etiquetar el volumen. Quizá no hay que meterse en etiquetas. Son escritos, son reflexiones. No hace falta ponerles muchos más apellidos. Me quedo con un término que sí emplea la editorial: paisaje biográfico. Porque sí está claro que aquí hay vida propia, y hay biografía. Cartarescu ha pasado la cincuentena y quizá ha sentido la necesidad de mirar un poco hacia atrás para impulsarse hacia el futuro y seguir escribiendo allí.

El ojo castaño de nuestro amor contiene 20 textos. Algunos fueron escritos por encargo, otros salieron de la voluntad directa de Mircea Cartarescu. Algunos rozan lo cómico, otros lo trágico. Estas doscientas páginas dibujan un paisaje emocional de lo que debió ser la Rumanía en la que se crió Cartarescu, entre los 60 y los 80, y de lo que esos mismos jóvenes, que dejaban de serlo, vieron que se iba abriendo ante sus ojos en los 90. Recibieron algunos cambios con esperanza y otros con desconfianza. Cartarescu mira al pasado y nos transmite que ese pasado fue triste, quizá no fue horrible pero sí fue triste. Ha elegido no llorar pero recuerda. No es que los rumanos se murieran de hambre pero algunos sí se morían por dentro ante la falta de perspectivas de futuro, ante la ausencia de cambios. En Los años robados, Cartarescu traza magistralmente el paso de un mal a otro.
En 1.989 yo tenía 33 años. Había nacido bajo el comunismo, y para ser sincero, pensaba que moriría también bajo el comunismo. Nunca había salido de Rumanía, ni siquiera tenía pasaporte. Creía que nunca viajaría al extranjero. No me habían permitido presentarme al concurso para una plaza de profesor en la universidad ni preparar el doctorado. Era maestro en una escuela y tenía todos los boletos para jubilarme en ella. Vivía en un apartamento en el octavo piso de un bloque que no tenía dos paredes en ángulo recto. El mundo parecía estancado en lo sórdido y lo previsible. El comunismo era la realidad. Todo lo demás eran fantasmagorías de películas americanas.
Ese era el pasado que querían dejar atrás. En la página siguiente lo han logrado, y esto nos cuenta:
En 1.990 entramos en el mundo libre y democrático sin saber qué eran la libertad y la democracia. Tras cincuenta años de dictaduras fascista y comunista, no éramos un pueblo, no éramos una sociedad. Éramos un rebaño. La dictadura comunista sobrevivió bajo un nickname transparente. Antes nos habían mentido, ahora nos estaban mintiendo. En la universidad recibía un sueldo de cincuenta dólares al mes. Mi mujer estaba en paro y teníamos una niña pequeña. La inflación era aterradora, nos corroía como un baño de ácido sulfúrico. Al poco tiempo, nos quedamos sin nada. Pero no me di cuenta de lo bajo que habíamos caído hasta que no vendí mi pala de ping – pong.

Hay otros textos que nos muestran la apertura de Rumanía al mercado, y algunas anécdotas graciosas que rozan el patetismo, como en La época del nes, donde Cartarescu narra su primer encuentro con el café soluble, un seudocafé que llegaba a Rumanía en los ochenta y el subidón y la dependencia que aquella sustancia le producía, haciéndole sentir, como él mismo dice, Dios, el mejor escritor del mundo. En Mi primer vaquero nos habla del mercado negro al que acudió con lo ahorrado durante muchos meses para conseguir sus primeros vaqueros, todo para acabar engañado. El relato además nos muestra la paradoja de que a Cartarescu y sus coetáneos los llamaron cuando empezaron a escribir poesía La generación de los vaqueros, pese a lo cual nunca los tuvieron.

Otros textos también tocan la historia de Rumanía, una historia personal, vista por el ojo de Cartarescu. Por ejemplo habla del hundimiento de una isla, un suceso traumático para los rumanos y apenas conocido en Europa, en Ada – Kaleh, Ada Kaleh. En Mi Bucarest nos enseña lo reducido que es el mundo de un niño, que muchas veces no alcanza a una ciudad entera, sino apenas a sus cuatro calles de referencia, su barrio. Zaraza nos habla de la coexistencia en un mismo tiempo y espacio del horror y el gozo, de la guerra mundial y las noches de fiesta de la ciudad, entre bombas y tiros.

Donde más ha logrado conquistarme Cartarescu en este libro es en los textos donde su memoria personal se antepone a lo que pretende contar. Lo consigue en los relatos que muestran sus experiencias personales y lo hace en los que se acercan más a la disección de la labor creadora, a la relación que se establece entre el creador y la idea de trascendencia, a cómo otros leen e interpretan su mundo narrativo y a cómo este ha ido cambiando con los años. Cartarescu se declara discípulo de Kafka, de Sabato, de Borges, de Salinger, y tiene una relación complicada y a veces torturada con su propio trabajo, algo que lo emparenta especialmente con todos esos autores. En Oh Levante, dichoso Levante, nos cuenta cómo fueron los años de redacción de su obra El Levante, un poema épico que escribió al modo de La odisea en los ochenta. Nos cuenta el proceso de escritura, el de creación, cómo llegó a saber que ese era el tono que esa obra necesitaba, y el largo camino hasta que un editor confió en su idea. El gato muerto de la poesía de hoy reflexiona, a partir de una imagen de Salinger, sobre el papel y la importancia que la poesía, como experiencia estética sin aplicación práctica adquiere, precisamente por desarrollarse en un mundo en el que todo parece que necesita una aplicación práctica. Una ducha no – laodicea nos lleva a Nabokov y al poder de la palabra. Cartarescu explica el gozo que sintió al comprender uno de los juegos que Nabokov proponía en Lolita y se pregunta sobre cuántos de los lectores de hoy en día están en condiciones de seguir esos anzuelos, como él los llama, los de Nabokov y los suyos propios, y qué sentido tiene seguir escribiendo así, para cuántos se hace, y si es posible una escritura que permita que disfruten a la vez los dos tipos de lectores, los que buscan solazarse en el lenguaje y la forma y los que sólo quieren algo para leer después del trabajo. Forever young … habla de la relación del artista con el tiempo, y recomienda que el joven autor sea ambicioso, muy ambicioso, porque no se sabe lo que puede venir después.

Dos de mis textos preferidos del libro también van en esa línea que relaciona la vida real, tan insatisfactoria, con la de los libros, sean leídos o escritos. La ruina de una utopía es apenas un apunte de una página en el que Cartarescu habla de la sensación de levantarse y pensar en escribir El Libro, algo magnífico, descabellado, que deje atrás todo lo anterior, y cómo esa sensación de irrealidad creativa se ha ido disolviendo en la vida, estableciendo los límites de lo posible para la escritura, que es lo que le pasa a los libros escritos, que nunca serán tan infinitos como las ideas que los pusieron en marcha. Es un texto con mucha más lectura que su escasa longitud, y que conviene releer. Europa tiene la forma de mi cerebro nos enseña las lecturas que se han hecho de Cartarescu, y cómo este se ha resistido siempre a que lo ubiquen como un escritor de Europa del Este, y en general se ha resistido a esos localismos, también como lector, pues la riqueza, como afirma, está en poder aprender de toda la literatura universal.

Un escritor es otro texto corto que nos lleva a un pasaje distinto. En él Cartarescu señala que el escritor más misterioso de la historia es probablemente Jesucristo, de quien se dice en los evangelios que una vez se agachó, cogió un palo, escribió algo en el suelo pero nunca se supo qué era. Uso ese texto como cierre porque creo que representa la idea que Cartarescu tiene de los escritores. Cree en el escritor como medio, como alguien un poco loco que a veces se asoma a estados de alucinación y de ahí saca páginas valiosas, que no acaba de entender y que no debe explicar, sino sobre todo ofrecer para su lectura.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro para tener en casa y ojear de vez en cuando, para huir de pensamientos tópicos y para prepararse bien antes de ciertos viajes, ya sea como lector o como escritor.

Felices lecturas


Sr. E