Mostrando entradas con la etiqueta Joyce Carol Oates. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joyce Carol Oates. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos.

 Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos

 

Queda ahora la parte difícil, la de intentar cumplir con esta tradición anual y elegir diez libros e incluso ir más allá y ordenarlos. Sin pensarlo mucho más, vamos con ello.

 

10. Suspense, de Patricia Highsmith. No me gustan los libros que enseñan a escribir y tengo, más allá, serias dudas de que se pueda enseñar a escribir en un sentido parecido en el que se puede enseñar a cocinar o a hacer punto. Lo bueno de este libro es que no pretende ser uno de esos libros que te enseñan a escribir, sino que es una visita guiada al taller de trabajo literario de una buena autora, que tuvo bastante éxito popular y de ventas pero que no dejó de ser nunca una escritora comprometida con su oficio. Aquí nos va contando cómo fue encontrándose ante ciertas dificultades a la hora de escribir sus novelas y relatos y cómo las fue sorteando. No pretende enseñar, y se agradece, pero si te dedicas a escribir, se aprende, como siempre se aprende viendo a alguien que maneja bien el oficio y es original llevándolo a cabo, mientras trabaja. Y aunque el título alude al género en el que Highsmith más se especializó, lo que cuenta es extensible a toda clase de escritura narrativa.

 

9. El legado de Maude Donegal. El hijo superviviente: dos novelas de misterio, de Joyce Carol Oates. Si los escritores fueran tipos de coches, Joyce Carol Oates sería un todoterreno muy completo, capaz de hacer muchos kilómetros y hacerlos por toda clase de carreteras. De su inacabable producción he leído unos diez libros y puedo decir que es una buena escritora costumbrista, una original biógrafa, una cuentista muy acertada, una inmejorable teórica del boxeo y una escritora de misterio de primera categoría. Aquí se dedica a esta última faceta, y lo hace de una manera que convencería a Patricia Highsmith. El legado de Maude Donegal es una novela corta de tipo gótico, clásica, con elementos fantásticos y malsanos, muy bien planteada, sostenida y resuelta. El hijo superviviente se acerca más a la crónica de sucesos morbosa, al mundo contemporáneo y sus terrores familiares, y también te atrapa y mantiene tu atención de la primera a la última página.


8. Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon. Halfon lleva algo más de una década (década y media, más o menos) escribiendo uno de los proyectos más interesantes que se están haciendo dentro de la literatura en español, y más aún, de la literatura, sin apellidos. Halfon no ganará un Nobel dentro de 30 años, estoy casi convencido, como Annie Ernaux este año, por haber novelado su vida con distintas variaciones. Creo que lo único que podría conducir a Halfon al Nobel es que alguna causa más o menos política lo tomara como representante, y eso creo que es poco probable. Aunque hay mucha política (que no ideología, ni politiqueo) en todo lo que escribe. Hay Historia de esa que se infiltra en sus historias. Abuelos de distintos rincones del mundo que acaban en la conflictiva Guatemala de los setenta. Un exilio provocado por la violencia. Una historia nunca aclarada de supervivencia en Auschwitz. Una situación social desahogada en un país muy pobre. Todo eso sigue estando en Un hijo cualquiera, su entrega de este año, un libro muy destacable. Muy destacable pero, me atrevo a decir casi por primera vez con este proyecto en marcha. ¿Se está desgastando la voz, el tono, la idea? No lo sé. Pero me ha dado cierta sensación de que pudiera ir por ahí. La misma sensación que me ha dado de que Halfon se reinventará en otro proyecto después de este libro u otro más, y que todas estas novelas sin ficción que lleva quince años escribiendo en forma de cuentos, acabarán agrupadas en un único volumen enorme que le ganará una gloria no multitudinaria (porque hoy en día eso es impensable), pero sí muy amplia.

 

7. Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra. Creo que Halfon es el heredero de Bolaño que más se acerca a su excelencia y al que menos le importa eso. Cabe recordar que Bolaño no era, ni mucho menos, un autor siempre excelente. Tiene cientos de páginas mediocres. Pero siempre tiene una gran fuerza. Zambra es probablemente el heredero de Bolaño que más empeño pone en que lo identifiquen con él. Es chileno y supongo que eso hace que lo tenga más fácil que un guatemalteco criado en Estados Unidos y que vivió durante un año en una casona abandonada por la Guardia Civil en un pueblo de La Rioja (esa historia la cuenta mejor Halfon). Nunca me interesó demasiado leer a Zambra por esa obsesión por salir en la foto cerca de Bolaño. Pero Formas de volver a casa, que he emparentado rápidamente con el Bolaño menos ambicioso, y con la también chilena María José Ferrada, es una novela corta que me ha ganado. A medio camino entre la literatura juvenil y la novela adulta, cuenta una historia de niños que crecen y sobreviven en el Chile dictatorial. Y lo hace con una fuerza poética envidiable, un tono contenido y poco sobreactuado. Una muy buena novela.

 

6. Ha dejado de llover, de Andrés Barba. Los relatos muy largos de esta colección comparten muchas de las virtudes del Zambra de Formas de volver a casa. ¿Llegamos a crecer alguna vez, o somos tantos los que somos eternos adolescentes? No es que sea importante responder a esa pregunta, pero sí es importante saber reflejar esa manera de moverse por el mundo. Andrés Barba lo logra perfectamente en estos cuatro relatos que se mueven en una longitud que quienes escribimos sabemos que es muy difícil, las más de 40 y menos de 60 páginas. No llegan a ser nouvelles, pero son más amplios (mucho) que los relatos. Empiezan a asomar las tramas secundarias, pero no se las deja crecer. Hay más personajes y más variedad. Pero la forma se contiene y la mirada es la que debe en cada página. Hay trabajo de artesanía y mirada al campo lejano. Muy buen libro.

 

5. Memorias de ultratumba, de René de Chateaubriand. No he leído la obra completa de Chateaubriand, lo confieso, sino que leí el primer volumen que Acantilado tiene publicado. Es esta una obra total, una reflexión sobre la vida, en forma de ensayo al modo clásico y distinto al que hoy le damos a esa palabra. Sobre todo y sobre nada, en forma de autobiografía, es un libro de aire a lo Montaigne y sus Ensayos, que fueron una lectura que descubrí y me enamoró en 2020. Esta es otra de esas lecturas que te impregnan y duran para siempre. Chateaubriand, que siente que lo ha sido todo (dentro de lo que aspiraba a ser), se encuentra viejo y acabado y obligado a poner por escrito sus memorias para obtener algo de dinero. Y lo hace con la condición de que no se publiquen hasta su muerte, como así sucedió. Acabó siendo, sobra decirlo, la obra que recordamos ligada a su nombre, un clásico que hizo olvidar sus libros anteriores, de los que habla aquí con nostalgia.  

 

4. Mueren más por desamor, de Saul Bellow. Cada vez me gusta más Bellow. Cuanto más releo lo ya conocido (sus Cuentos, Las aventuras de Augie March) y cuanto más descubro lo que no conocía, más me encuentro con un autor que maneja infinidad de registros, que mezcla como muy pocos la buena narración con las ideas profundas, con un aire irónico y un mundo judeoamericano propio, cercano aún a la inmigración a los Estados Unidos. Mueren más por desamor es una novela de ideas, de intelectuales que no saben moverse por el mundo real y que naufragan como amantes y como seres humanos. Un tío y un sobrino, un botánico célebre y un diletante, que no saben vivir uno sin el otro y que, en general, no saben vivir, y a través de los cuales aprendemos, por paradójico que sea, nuevos matices sobre la existencia. Por ejemplo, ese que da título a la novela y que nos dice que por peligrosas que sean algunas enfermedades y amenazas, por reales que suenen, muere más gente de soledad y desamor.

 

3. Borges, de Adolfo Bioy Casares. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares son probablemente la pareja de amigos íntimos que más ha aportado a la literatura del siglo XX. Borges, el Sherlock Holmes de esa pareja, Bioy, su fiel doctor Watson. Aficionados a la literatura policíaca, a la narrativa fantástica, a la poesía. Cultísimos. Un eremita y un vividor. Un autor consagrado ya en vida y otro, su escudero, del que a veces olvidamos lo magnífico escritor que fue. La idea del libro es sencilla, recoger y editar todas las entradas de los diarios de Bioy Casares en las que aparece nombrado Borges. Muchas son simples muestras de familiaridad (El famoso y centuplicado Hoy come Borges en casa), en otras los vemos en las pequeñas miserias de pelear con editores mediocres o prepararse un huequecito en la posteridad porteña. Un libro que es una vida que son dos vidas, la del contado y sobre todo la del que cuenta. Un libro que es, en una forma químicamente pura, literatura.

 

2. No digas nada, de Patrick Radden Keefe. Los duros años del terrorismo del IRA y el protestante en Irlanda del Norte. Cielos grises, chimeneas, ladrillos, amenazas, chivatos. Falta de sentido común y una pareja de hermanas legendarias. Tan bellas como desquiciadas. Y la mirada de un libro que nos cuenta la historia y la política pero sobre todo nos habla de aquellos que no eran parte en el conflicto, que no querían saber nada, y que podían verse salpicados. Una madre de familia irlandesa, católica, que atiende a un soldado que ha quedado herido en una reyerta en aquellas colmenas de pisos. Los rumores, los chivatos profesionales, la mala baba de las comunidades pequeñas y envenenadas por la ideología y el odio al de fuera. Y el secuestro y desaparición que deriva de todo ello. Una investigación para tratar de darle respuesta a todo aquello. Muchas más preguntas. Gente con ideas venenosas capaz de salir bien en la foto. Y miles de víctimas a ambos lados de la cuneta. Una paz frágil. Un libro de primera.

 

1. Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Moshfegh. Voy a ser muy breve. Un libro de relatos en la estela de Lorrie Moore y David Foster Wallace. Una mirada lúcida e implacable al mundo contemporáneo y sus gilipolleces. Una colección de historias con tanto humor como mala leche. Una maravilla.

 

Seguiremos leyendo en 2023, y de vez en cuando comentándolo por aquí.

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Algunos libros para la vuelta al cole

Algunos libros para la vuelta al cole


He estado, lo confieso, tentado en grado sumo, de escribir reentré en el título de esta entrada. Lo he escrito, de hecho, solo que lo he borrado, porque me hacía sentir un poco gilipollas. No estoy llamando, que nadie me malinterprete, gilipollas a quienes lo han escrito continuamente en los suplementos y páginas culturales de los diarios desde hace cosa de un mes. Entiendo que a ellos les va en el sueldo. Yo, como hago esto en mi tiempo libre y sin dinero a cambio, no estoy obligado.

He leído (¿masoquismo?) los mismos diez o doce nombres en decenas de artículos. Quizá podría decir en centenares, pero tampoco quiero pasarme de exagerado. Con algunos autores y sus niveles de ventas previos, me parece muy optimista y arriesgado apostar a que cambiarán el rumbo del mundo literario en los próximos meses. Otros suenan a la apuesta segura de siempre. El problema quizá sea ese, que todo suena a lo de siempre.

Como los libros que en enero (otra reentré) nos asegurarán un año lleno de bienes, o las lecturas imprescindibles para el día del libro.

Podéis consultar cualquiera de esas listas, con sus bestsellers prediseñados, sus resurrecciones (algunas literales) y demás trucos.

No las seguiré con demasiada atención, lo confieso, aunque sí tengo ganas de leer, cuando sea posible, La familia, de Sara Mesa y Montevideo, de Vila – Matas, dos de esos títulos que se han repetido mucho. Confieso que Un amor, de Sara Mesa, no acabó de convencerme, siendo una autora que normalmente me enamora desde el principio hasta el final de sus libros, y quiero ver por dónde va su acercamiento a esa institución tan central. Confieso también que me parece un poco feo que nos quieran vender Montevideo diciéndonos que Enrique Vila – Matas vuelve a su mejor nivel, ese que llevaba años sin alcanzar. Ojalá sea así, lo digo como lector apasionado de su obra que fui. Pero queda feo que quienes dicen eso ahora sean los mismos que han aplaudido sin pausa sus últimos cinco o seis libros, esos que ahora nos dicen que fueron un bache.

Realmente el objetivo (si lo tiene) de esta entrada era recordarle, a quien lo lea, que hay otros libros que también van a salir en estos próximos meses. Libros que deberían, quizá, estar entre esas diez o doce recomendaciones imprescindibles pero que no lo están. Mi relación lectora con Cormac McCarthy es irregular, la verdad, pero creo que si saca novela después de quince años habrá que estar pendiente (de hecho son dos novelas conectadas, que en España creo que saldrán en un único volumen; título: El pasajero).

J. M. Coetzee, uno de los grandes novelistas vivos, y uno de los que siguen dando sentido a que miremos si alguien tiene el Nobel en su currículum, también publica nueva novela, y se llama El polaco.

Personalmente, yo estoy muy pendiente de la reedición de Blonde, de Joyce Carol Oates, una biografía novelada de Marilyn Monroe que lleva algunos años descatalogada y se va a volver a publicar gracias al empuje de una serie de netflix (la lectura que podemos extraer de las prioridades culturales es desoladora, ya lo vemos). Sea como sea, quiero leerla.

También tengo un ojo puesto en el nuevo libro de Shirley Jackson que Minúscula va a sacar. Es una novela de misterio gótico, por lo que parece, y se titula Hangsaman. Hay que estarle agradecidos a la editorial por esta apuesta de rescate de la autora (que supongo que estará funcionando bien a nivel de ventas, pero había que apostar por ella). Me gustaron sus cuentos, me encantó la novela Siempre hemos vivido en el castillo, ella como personaje ha acabado resultando simpática y entrañable (aunque probablemente no fuera ninguna de las dos cosas) y hasta las novelas que menos me han transmitido (La maldición de Hill House) me ha merecido la pena leerlas. 

Y que no se nos pase que Eduardo Halfon, que quizá está construyendo uno de los grandes proyectos literarios de nuestro tiempo en el entorno hispanoamericano, también va a tener libro (novela, memoria, autoficción, lo que sea que escribe Halfon) nuevo, Un hijo cualquiera. Esa es seguramente la novedad a la que más ganas le tengo.

Y aunque en los suplementos culturales se cuidan mucho de decirlo, no está de más acordarse de que en las bibliotecas públicas hay muchos libros que hacen más llevadera la cuesta de septiembre. Hay clásicos, medio clásicos, libros que fueron novedades impactantes hace tres años y que hace dos que nadie se lleva a casa, y también suelen llegar con bastante agilidad las novedades de cada temporada. Quizá con demasiada agilidad y poco sentido crítico, vistos los expurgos que obligan a hacer en otros libros, pero ese es otro tema.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 16 de enero de 2017

Rey de Picas: Una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

Rey de Picas: una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

 Leí hace menos de un mes otra novela de Carol Oates, Carthage. Rey de Picas confirma que es una escritora con un magnífico pulso narrativo, interesante, buena constructora de historias, y siempre un poco oscura. Cualquier comentario sobre Rey de Picas debe incluir en algún momento el término novela menor. Y ciertamente lo es. No por el resultado, que ahora entraremos en ello, sino por la ambición. Es una novela que funciona perfectamente como lo que pretende ser. Es un divertimento, una novela entretenida muy solvente, que es lo que pretende ser. Aún así, la vi entre las diez mejores novelas extranjeras del año para El Cultural. Carol Oates es una novelista importante, que se lanza casi anualmente a escribir una novela llena de rincones oscuros, compleja, enigmática, de 600 páginas o más. 

Comparada con eso, Rey de Picas está en la categoría de obras menores. Es un pequeño homenaje al oficio de escritor. Es una novela negra, bastante negra, que funciona perfectamente. Es un homenaje al terror gótico clásico, al de casas extrañas y comportamientos perturbados, al de maléficos gatos negros, y es, seguramente, un libro que Joyce Carol Oates se divirtió mucho escribiendo. Es una novela que engancha y que se lee de un tirón. Ya dije con Carthage, y me repito y reafirmo, que quizá hablar de esta autora para el Premio Nobel sea exagerado, pero no cabe duda de que juega en la élite. Por ponerla en unos términos futbolísticos que ciertamente no domino, Carol Oates no ganaría nunca ese famoso premio que se llama Balón de Oro, pero jugaría de titular y sería muy importante en un equipo como el Real Madrid o el Barcelona.

Rey de Picas es el seudónimo con el que Andrew J. Rush, el Stephen King de los caballeros, firma sus novelas más crudas y salvajes. Y no es uno de esos seudónimos que algunos autores como el mismo King o la propia Oates han escrito algunos libros, seudónimos que todo el mundo conoce e identifica. No es un John Banville jugando a escribir novela negra y no firmando con su nombre. Es un seudónimo que nadie reconoce. Andrew J. Rush es un escritor con 28 novelas de misterio a sus espaldas. Tiene un éxito razonable, sin ser un Stephen King. Es un escritor concienzudo, que planifica sus libros perfectamente y los escribe con un ritmo espartano. Le molesta un poco, quizá, que nunca lo hayan considerado un escritor serio. Este juego remite continuamente a la figura de Stephen King, un escritor que ha mostrado su admiración por Joyce Carol Oates en ocasiones, y al que en cierto modo ella homenajea aquí. La contracubierta del libro habla de un homenaje a la novela gótica de Poe, y quizá lo hay, pero siempre por persona interpuesta. Es un libro que homenajea a Poe porque homenajea, a mi entender, a los escritores de terror actuales, especialmente a Stephen King. También es cierto que hay un gato negro que juega un cierto papel en el descenso a la locura de Andrew J. Rush, y eso, claro, a un reseñista de contracubiertas le ha dejado abierta la puerta de relacionarlo con Poe.

La novela es toda ella un juego de espejos, y quizá por eso es mejor encuadrarla en el apartado de novelas menores, de obras menos ambiciosas, de novelas que son juegos para aficionados al género, que reconocerán trucos, clichés e imágenes ya utilizados. Para mí, particularmente, la novela homenaje más a Misery, de Stephen King, que a Poe.
Las novelas de Rey de Picas son unas novelas editadas de manera casi secreta, sin ninguna publicidad, en una editorial pequeña, y están alejadas de la narrativa para caballeros que ha hecho famoso a Andrew J. Rush, caracterizada, además de por su pulcritud narrativa, porque los malos siempre pierden. Las novelas de Rey de Picas son más sangrientas, más crueles, más vengativas. La hija de Andrew J. Rush, que estudia Literatura Comparada en la Universidad, encuentra una de ellas y la lee y se escandaliza. Entre otras cosas se escandaliza porque encuentra allí un oscuro momento del pasado de su familia. Y cuando lee otra, encuentra otro suceso del pasado familiar. Hay un interesante juego en la novela entre la esposa y la hija de Andrew J. Rush, ambas licenciadas universitarias en Literatura, y él, el novelista, que siente que ninguna de las dos aprecia sinceramente lo que él escribe, aunque claro, viven cómodamente gracias a sus beneficios.

Rey de Picas, y eso es un hecho que no hará más que ir ganando peso en la historia según avance, es más que un seudónimo de un escritor. Es prácticamente el Mr. Hyde de ese Dr. Jeckyll que es Andrew J. Rush, la voz interior que le susurra que todos están en mayor o menor medida en su contra y que en algún momento debe tomar medidas para asegurarse el éxito.

Después de presentarnos una vida apacible, quizá un tanto mediocre, quizá alejada de la ambición con la que empezó su carrera, a Andrew J. Rush le aparece una acosadora que lo acusa de haber entrado en su casa y plagiado sus novelas, las oficiales. El juicio se desestima rápidamente y Andrew J. Rush ve a la acusadora, una mujer de buena familia que parece fuera de sus cabales. Por un lado le da pena, y por otro le hace sentir cierto orgullo ser el objeto de la obsesión de una desequilibrada, y más cuando se entera de que ya había acusado a otros autores, como por ejemplo, otra vez, King. Andrew J. Rush, empujado por las frases que Rey de Picas va poniendo en su cabeza, va un poco más allá, y va a su casa mientras la mujer está internada en un psiquiátrico. Allí encuentra algunos de sus manuscritos, incluido uno que recuerda a El Resplandor, y que está fechado en 1974, antes de la famosa novela. Y lo que más envidia Rush, una buena colección de primeras ediciones y libros firmados por autores clásicos del género de misterio y terror. Roba algunos ejemplares y se los lleva a casa, para incluirlos con los suyos, mucho menos valiosos en todos los casos.

Rey de Picas irá sembrando más confusión y acusando a cada vez más gente de estar en contra de Andrew J. Rush, hasta que este acabe derrotado, superado, prácticamente enloquecido. Eso no es ninguna sorpresa, la verdad, por lo que tampoco estoy destripándole la novela a nadie. No daré detalles sobre qué sucede exactamente, ni sobre quién entra en casa de quién, ni qué peleas y acusaciones se producen, ni cómo acaba todo. 

Es una novela muy entretenida, que engancha desde el principio y que nos recuerda una realidad, la de que cada vez más escritores “serios” están reconociendo abiertamente las influencias y las formas de lo popular y más comercial en sus obras, jugando con sus reglas y homenajeándolas, no sé si con un mero afán comercial o con la intención de demostrar que al final, dentro de los marcos que se elijan, siempre se pueden hacer libros buenos y malos, y que normalmente los escritores buenos siempre escribirán buenos libros.

Seguiremos leyendo y dejándonos embaucar.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 26 de diciembre de 2016

Carthage, de Joyce Carol Oates

Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)


Las hermanas Mayfield eran dos: Juliet, la guapa, y Cressida, la lista. Así podría empezar un cuento de hadas cualquiera. Uno de esos cuentos que llamamos de hadas pero que esconden en su interior oscuras realidades. Cuentos de hadas negras. Cuentos peligrosos. Carthage, el título de esta novela de Joyce Carol Oates, es el nombre de una pequeña ciudad al norte el estado de Nueva York. Un sitio entre bosques en el que la familia Mayfield es una de las principales familias de esa ciudad. Zeno, el padre, ha sido alcalde, es un hombre importante. Vive con Arlette, su religiosa mujer, y sus dos hijas, Juliet, la guapa, que estudió fuera pero volvió a la ciudad para ser maestra en una escuela infantil, y Cressida, la lista, una chica introvertida, con cuerpo de chico y afición por el dibujo, que ha estudiado su primer curso en una universidad en la que tampoco ha encontrado su lugar. La mayor, Juliet, está prometida con el cabo del ejército americano Brett Kincaid. Pero el cabo Brett Kincaid vuelve destrozado física y psíquicamente de su estancia en Irak, y después de meses de intentar reconstruir la relación, Juliet decide romper el compromiso. Unas semanas después, ven a su hermana, la del nombre extraño, la lista, Cressida, en un bar con el cabo Kincaid y algunos de sus amigotes. Esa misma noche Cressida no vuelve a casa y el cabo Kincaid es encontrado desorientado, magullado, con manchas de sangre en su coche. No recuerda qué ha pasado exactamente. Zeno Mayfield y su familia lo tienen claro desde el principio. Algunos agentes de la policía también. Aparece un suéter de Cressida en la reserva. El mismo que llevaba aquella noche. Por mucho que su madre y su abogado se resisten a ello, y por mucho que la ciudad, Carthage, que es uno de esos organismos vivos que miran y cuchichean, diga que era un héroe de guerra, Brett Kincaid al final se rinde y confiesa que sí, que él mató a Cressida Mayfield, aunque no recuerda por qué, y que la dejó en algún sitio que no recuerda cerca de donde han aparecido los restos de su ropa. Fin del primer acto. 200 páginas de tensión, de preguntarnos qué pasó exactamente, de querer saber qué nos están ocultando. Y la respuesta.

Esa respuesta no es para nada la respuesta final. Por no estropearle la novela a quien quiera leerla, sólo diré que la novela no ha acabado así, y que sus tres partes funcionan como tres actos que se complementan y contradicen. Unas 200 páginas cada uno. Cuando termina el primero ya hemos contenido la respiración muchas veces. Y nos quedan las confusas explicaciones de unos y otros. Nos queda saber cómo se reconstruye la vida después de una muerte así en la familia. Nos falta incluso saber cómo reconstruye una mujer joven su vida cuando es ella la que ha muerto. Tenemos que ver si hay arrepentimiento en quien ha hecho algo así, aunque no lo recuerde con claridad. Tenemos que ver si su familia puede perdonar. Tenemos que quedarnos impresionados viendo cómo el ser humano es capaz de olvidar o fingir que olvida.  

 Es, que recuerde, el cuarto libro de Joyce Carol Oates que leo, tres novelas y una colección de relatos. En los últimos años he oído su nombre en las quinielas de última hora de los Nobel. Me parecería una exageración pensando en que no lo tienen Philip Roth o Don DeLillo. Carol Oates me parece una narradora muy eficaz, con oficio, con dominio técnico, que estructura muy bien sus novelas. En muchas de esas virtudes no está muy lejos de Stephen King u otros narradores comerciales que hacen de su profesionalidad un valor. En cuanto a estilo, ideas y ambición está por encima, pero creo que lejos de una verdadera primera línea. Aunque es verdad que el enorme volumen de su producción hace mucho más meritorio ese nivel de calidad.

Lo mejor de Carthage, y de las novelas de Joyce Carol Oates que he leído hasta ahora, es su buen manejo de la estructura. Todo en la novela es atractivo para el lector, todo te incita a querer sabiendo, la información se va distribuyendo de manera eficaz y sin caer en trampas. La novela tiene una estructura en tres actos: Primer acto: Desaparece Cressida y nos imaginamos qué pasó. Segundo acto: Nos enteramos de qué pasó realmente con Cressida. Tercer acto: Fin de la historia. ¿Posibilidades de redención, de perdón?

La historia es oscura y su fraseo es oscuro. A veces parece una serpiente que nos susurra posibilidades al oído. El lenguaje es el necesario en cada punto, la voz que narra es elástica y se mueve de dentro de la cabeza de los personajes a un objetivismo descriptivo sin chirriar en ningún momento. Los personajes que aparecen dando contexto, especialmente en la segunda parte del libro, esos intelectuales izquierdistas y esos secretos de los que nadie habla, son por sí mismo interesantes, y enriquecen el resultado final.

Quizá no hay nada que destacar como lo peor de Carthage. La novela no es más ambiciosa y no cruza la frontera entre una muy buena novela y un libro que aspire a más porque la autora no lo pretende. Es una de esas novelas que se disfrutan mucho mientras se leen y que quizá se desdibujan con demasiada rapidez una vez terminada, seguramente porque es un artefacto bien dibujado pero los personajes no alcanzan a dejarnos nada memorable. La única pega que le pongo es el final, el perdón mutuo que no alcanzo a creerme. La insistencia de la madre de Cressida por seguir en su fe y ver al cabo Brett Kincaid en la cárcel y perdonarlo porque lo sigue considerando parte de su familia. ¿Es ese el perdón cristiano? ¿Es una postura hipócrita decir como dice ella, que ahora que no está, Cressida, donde quiera que esté (ella está pensando en el otro mundo al decirlo) habrá entendido por fin que la querían? La familia Mayfield representa muy bien las distintas opciones ante la tragedia. La hermana mayor, Juliet, huye de Carthage, porque no lo soporta. Su ex – prometido ha matado, o eso parece, a su hermana pequeña, y no puede convivir con esa idea en el paisaje habitual, donde todo sucedió. Arlette, la madre, reza por todos, y parece que lo hace por todos por igual. Zeno, el padre, no se rinde, resiste y piensa que Cressida volverá. Los psicólogos tendrían mucho que decir sobre la imposibilidad de cerrar el duelo cuando no hay un cadáver que enterrar. Carthage, como personaje colectivo, sigue juzgándolos, y por eso el título más adecuado de la novela ese ese, ni Cressida ni Los Mayfield. La vida sigue o la vida se termina pero los pueblos siguen murmurando.

Ha sido una muy buena novela para cerrar el año. Es uno de esos libros recomendables para vacaciones y chimenea.

Antes de fin de año trataré de convertir mis lecturas de 2016 en una lista de 10 libros.

Felices lecturas


Sr. E