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miércoles, 14 de septiembre de 2022

Algunos libros para la vuelta al cole

Algunos libros para la vuelta al cole


He estado, lo confieso, tentado en grado sumo, de escribir reentré en el título de esta entrada. Lo he escrito, de hecho, solo que lo he borrado, porque me hacía sentir un poco gilipollas. No estoy llamando, que nadie me malinterprete, gilipollas a quienes lo han escrito continuamente en los suplementos y páginas culturales de los diarios desde hace cosa de un mes. Entiendo que a ellos les va en el sueldo. Yo, como hago esto en mi tiempo libre y sin dinero a cambio, no estoy obligado.

He leído (¿masoquismo?) los mismos diez o doce nombres en decenas de artículos. Quizá podría decir en centenares, pero tampoco quiero pasarme de exagerado. Con algunos autores y sus niveles de ventas previos, me parece muy optimista y arriesgado apostar a que cambiarán el rumbo del mundo literario en los próximos meses. Otros suenan a la apuesta segura de siempre. El problema quizá sea ese, que todo suena a lo de siempre.

Como los libros que en enero (otra reentré) nos asegurarán un año lleno de bienes, o las lecturas imprescindibles para el día del libro.

Podéis consultar cualquiera de esas listas, con sus bestsellers prediseñados, sus resurrecciones (algunas literales) y demás trucos.

No las seguiré con demasiada atención, lo confieso, aunque sí tengo ganas de leer, cuando sea posible, La familia, de Sara Mesa y Montevideo, de Vila – Matas, dos de esos títulos que se han repetido mucho. Confieso que Un amor, de Sara Mesa, no acabó de convencerme, siendo una autora que normalmente me enamora desde el principio hasta el final de sus libros, y quiero ver por dónde va su acercamiento a esa institución tan central. Confieso también que me parece un poco feo que nos quieran vender Montevideo diciéndonos que Enrique Vila – Matas vuelve a su mejor nivel, ese que llevaba años sin alcanzar. Ojalá sea así, lo digo como lector apasionado de su obra que fui. Pero queda feo que quienes dicen eso ahora sean los mismos que han aplaudido sin pausa sus últimos cinco o seis libros, esos que ahora nos dicen que fueron un bache.

Realmente el objetivo (si lo tiene) de esta entrada era recordarle, a quien lo lea, que hay otros libros que también van a salir en estos próximos meses. Libros que deberían, quizá, estar entre esas diez o doce recomendaciones imprescindibles pero que no lo están. Mi relación lectora con Cormac McCarthy es irregular, la verdad, pero creo que si saca novela después de quince años habrá que estar pendiente (de hecho son dos novelas conectadas, que en España creo que saldrán en un único volumen; título: El pasajero).

J. M. Coetzee, uno de los grandes novelistas vivos, y uno de los que siguen dando sentido a que miremos si alguien tiene el Nobel en su currículum, también publica nueva novela, y se llama El polaco.

Personalmente, yo estoy muy pendiente de la reedición de Blonde, de Joyce Carol Oates, una biografía novelada de Marilyn Monroe que lleva algunos años descatalogada y se va a volver a publicar gracias al empuje de una serie de netflix (la lectura que podemos extraer de las prioridades culturales es desoladora, ya lo vemos). Sea como sea, quiero leerla.

También tengo un ojo puesto en el nuevo libro de Shirley Jackson que Minúscula va a sacar. Es una novela de misterio gótico, por lo que parece, y se titula Hangsaman. Hay que estarle agradecidos a la editorial por esta apuesta de rescate de la autora (que supongo que estará funcionando bien a nivel de ventas, pero había que apostar por ella). Me gustaron sus cuentos, me encantó la novela Siempre hemos vivido en el castillo, ella como personaje ha acabado resultando simpática y entrañable (aunque probablemente no fuera ninguna de las dos cosas) y hasta las novelas que menos me han transmitido (La maldición de Hill House) me ha merecido la pena leerlas. 

Y que no se nos pase que Eduardo Halfon, que quizá está construyendo uno de los grandes proyectos literarios de nuestro tiempo en el entorno hispanoamericano, también va a tener libro (novela, memoria, autoficción, lo que sea que escribe Halfon) nuevo, Un hijo cualquiera. Esa es seguramente la novedad a la que más ganas le tengo.

Y aunque en los suplementos culturales se cuidan mucho de decirlo, no está de más acordarse de que en las bibliotecas públicas hay muchos libros que hacen más llevadera la cuesta de septiembre. Hay clásicos, medio clásicos, libros que fueron novedades impactantes hace tres años y que hace dos que nadie se lleva a casa, y también suelen llegar con bastante agilidad las novedades de cada temporada. Quizá con demasiada agilidad y poco sentido crítico, vistos los expurgos que obligan a hacer en otros libros, pero ese es otro tema.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 28 de junio de 2019

Silencio administrativo, de Sara Mesa


Silencio administrativo, de Sara Mesa (Anagrama)

Sara Mesa es una de mis escritoras preferidas, entre las españolas y entre las no españolas. Me fascina la levedad y ligereza solo aparente de su prosa, su uso de una ironía que aparenta inocencia, de la melancolía como palanca sobre la que apoyar el cambio en el presente Me conmueve la belleza sencilla con la que escribe, y cómo nos recuerda, en todos sus textos de ficción, que la crueldad existe, que el mundo es un lugar cruel, duro y feo para muchos de sus habitantes, incluso en la infancia, ese lugar mitificado por tantos autores y donde ella sitúa siempre muchas de sus historias, también las más crueles.

Este cuadernillo de Anagrama (de poco más de 100 páginas, con tamaño pequeño y marginado generoso) sobrevuela la crueldad, pero no lo hace desde los rincones habituales de la escritura de Sara Mesa, porque: a) no se trata de una obra de ficción, sino de un pequeño trabajo casi periodístico, que como utiliza algunos mecanismos habituales de la ficción llamaremos obra de no – ficción, y b) la crueldad que se retrata aquí no es la habitual en su obra, la de los grupos organizados y cerrados frente al individuo que destaca y al que se puede atacar por la diferencia (la niña pobre en Cuatro por cuatro, la niña gorda en Cara de pan, la que sencillamente no es como los demás en muchos de sus relatos en Mala letra).

Todos sabemos que la pobreza existe, y seguramente todos (al menos una mayoría muy amplia) sentimos que eso es malo, que no debería ser así, que el mundo es un lugar injusto. Pero el libro nos demuestra, en sus pocas páginas, que lo que creíamos saber es poco, muy poco, y que ni nos imaginamos lo que de verdad es ser pobre y estar en la calle. Y no nos lo imaginamos porque no lo vivimos, y tampoco nos lo imaginamos porque no queremos pararnos a imaginarlo.

Escuchamos noticias en radio, televisión, leemos la prensa o las redes sociales, y nos creemos lo que nos cuentan cuando hablan de las mejoras en las condiciones vitales de los que no tienen nada, o tienen muy poco. Nos sentimos bien, nos consideramos civilizados, nuestra conciencia queda tranquila, mantenemos nuestra fe en el llamado estado del bienestar. Y lo que este libro viene a enseñarnos es que parece que vivimos en el estado del malestar. Los números, esa supuesta realidad objetiva, deberían rompernos el alma. Hay una gran cantidad de personas pobres, o incluso muy pobres, que viven en la calle, para los que no hay ayudas. Las ayudas están diseñadas para quienes pueden acceder a una plataforma desde la que solicitarla, para quienes tienen unos papeles que respalden su pobreza, su situación de necesidad. Pero excluyen, desde su definición, a quienes no tienen esa mínima estabilidad que se exige para poder hacer los papeles.

Sara Mesa nos va paseando por mostradores que se cierran, por teléfonos que no contestan, por plazos que se agotan antes de que la propia administración que exige los plazos emita los papeles que luego quiere verificar. Nos mete en un laberinto burocrático terrible y psicopático, y nos enseña lo que puede significar el silencio administrativo. Porque quien solicita una ayuda (quien está en la calle, muchas veces mendigando, y pide un salvavidas gritando socorro) tiene que cumplir puntualmente con todos los requisitos que le marca la misma administración que falla, no cumple, retrasa fechas, plazos, pagos, sin que pase nada.

Pero siendo eso terrible, lo que más debería inquietarnos del libro es tomar conciencia de la sociedad que estamos construyendo, de la culpabilización del pobre, de las noticias que oímos y no contrastamos (aunque esto, como bien apunta el libro, debería ser labor del periodismo), de las trampas de pensamiento cómodo en las que nos metemos, de los automatismos sociales, y también, de la frivolidad, la hipocresía y la confusión en las prioridades, porque no nos falta, como sociedad, nada de eso. Hay un pasaje que me parece, sin ser de los más graves, muy ejemplificador. El de muchos colectivos izquierdistas y bienintencionados, comprometidos en contra del maltrato animal, que solicitan año tras año que las ordenanzas municipales impidan que quienes practican la mendicidad puedan hacerlo acompañado de un perro. Porque los perros que viven con una persona pobre no tienen, por supuesto, las mejores condiciones. Pero, ¿y esa persona? ¿No inquieta a nadie? ¿Nadie se preocupará por ella? ¿De verdad le quieren quitar lo poco que tiene? Sara Mesa habla del dedo que señala a la luna y de quienes no ven la luna sino solo el dedo al hablar de ese tema, pero quizá podría usar palabras más feas y directas para describirlo.

Siempre me ha parecido que se regala con alegría el término libros necesarios. No creo que los haya, sinceramente. Pero si los hubiera, esté probablemente fuera uno. Para abrirnos los ojos y espabilarnos un poco.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cara de pan, de Sara Mesa


Cara de pan, de Sara Mesa (Anagrama)
 
Mi relación con los libros de Sara Mesa es la de aquel que fue fan desde el momento en el que no la conocía nadie. O prácticamente nadie, claro. Siempre hay alguien que conoce a alguien a una autora, alguien que nos habla de ella. En este caso yo conocí el nombre de Sara Mesa a través de una entrevista y reseña que le hicieron en el extinto blog El síndrome Chéjov, que durante algunos años dio vida y eco en internet al mundo del relato en español (sobre todo español pero no solo). Miguel Ángel Muñoz, autor almeriense detrás de aquella página, buen cuentista él mismo y conocedor en aquellos años de cualquier cosa que se moviera en el universo del relato, encontró un libro inencontrable, No es fácil ser verde, lo leyó y lo compartió con todos. Entre esos todos (que debíamos ser en España en aquel momento y debemos seguir siendo a día de hoy unos 500) estaba yo, y busqué (infructuosamente) ese libro, por librerías, por la caseta de la editorial (Everest) en la Feria del Libro de Madrid, y resignado a que nunca podría comprarlo, acabé enterándome de que estaba en una biblioteca pública madrileña, y hasta allí me fui un día, como quien sale de excursión al campo a recoger setas (que es una afición que nunca he entendido pero que a mucha gente ocupa durante el otoño, y es posible que muchos de esos recogedores de setas no entiendan que alguien se cruce a la otra punta de Madrid para ir a una biblioteca a buscar un libro sobre el que ha leído en un blog dedicado al relato breve) y volví con el libro. Lo leí en éxtasis. Con los años se me va haciendo más difícil repetir ciertos éxtasis lectores, todo se ha vuelto más racional, supongo que también he escrito mucho más y eso modifica definitivamente la manera de leer. No es fácil ser verde era un libro soñador, desatado, imaginativo, juguetón, redondo, me atrevería a decir.

Desde la distancia, y casi diría que desde el cariño de fan de algo muy pequeñito, seguí la publicación de El trepanador de cerebros y Un incendio invisible. Los dos libros nunca se acercaron por las bibliotecas que frecuentaba, ni aparecieron por las mesas de novedades de las librerías que visitaba. Es triste, pero es la realidad de miles de libros al año. Entre esos miles, por supuesto, los habrá malos, pero da pena pensar en todos los que serán buenos y nadie se enterará. Quizá hoy en día, con amazon en nuestras rutinas, los hubiera conseguido, pero no entonces. En 2012 volví a oír hablar de Sara Mesa porque quedó finalista del Premio Herralde con Cuatro por cuatro, una historia colegial con internado clasista y crueldad de fondo (en realidad en primer plano).
Sobre esta novela ya escribí

Cicatriz, su siguiente novela, tuvo aún más éxito, obtuvo esa clase de reconocimientos como novela española del año en los suplementos culturales (un éxito al que parece que se sumará este año Cara de pan). A mí personalmente me pareció un paso en falso, al menos una historia menos acertada, desviada en algunos aspectos de su escritura fina y sensible. Mala letra, una colección de relatos de 2016, me parece que dibujaba perfectamente el camino que Sara Mesa había recorrido entre 2008, cuando publicó No es fácil ser verde, una colección de relatos, y esta. De un libro de cuentos redondo a otro lleno de aristas, mucho más rugoso pero igualmente conseguido. Un libro de cuentos de primera. En 2008 el libro desbordaba imaginación y fiesta literaria. Mala letra, otro gran libro de cuentos era totalmente distinto: era introspectivo, amargo, estaba plagado de personajes de los márgenes, no quedaba más imaginación que aquella que permite sobrevivir a los marginados. ¿Qué marginados? En muchos de estos cuentos adolescentes, preadolescentes y postadolescentes que habían optado por distanciarse de la tribu, y tenían que convivir con las consecuencias de esa decisión de separarse y hacerse notar. Hay quien se hace fuerte en su individualidad y se construye a partir de ese momento de separación, y hay a quien ese momento y las miradas que conlleva le pesan excesivamente durante todo lo que viene después.

Esos marginados, los distintos, las distintas, que pululan por Mala letra y que estaban con fuerza en Cuatro por cuatro y también (aunque con menos fuerza) en Cicatriz, reaparecen en Cara de pan. Si en Cicatriz (que no es, tal vez, más que un ensayo para esta última novela) teníamos a dos solitarios, hombre y mujer, que se unían por el anonimato de internet y los libros, tenemos aquí a otros dos personajes, femenino y masculino, unidos por el estar fuera. ¿Fuera de qué? Prácticamente de todo. Ella, Casi, es una adolescente de casi catorce años que no quiere seguir yendo al instituto, donde la hacen sentir mal. ¿Sufre acoso, bullying? Me imagino que los protocolos que evalúan ambas palabras en el ámbito escolar y de la orientación no se pondrían en marcha con ella, pero hay un malestar pegajoso en su día a día, y decide romperlo dejando de ir a clase. Se va por las mañanas a un parque en vez de ir a clase, y como buena adolescente sabe que en el futuro eso acabará por desvelarse (pese a las ineficaces medidas que hay interpuesto entre la noticia y sus padres), pero de momento se siente mejor así. En ese parque, en el que se sienta, sin mucho que hacer, se encuentra con Viejo, un cincuentón raro, solitario, que ha estado en algún centro (y si sobre ella flota la palabra bullying sobre él pesa el estigma de la enfermedad mental, aunque no se concrete nada en ningún momento). A él le gustan Nina Simone y los pájaros, y le habla a Casi de ella y de ellos.

Casi decide que su rutina pase, todos los días, por su rato en el parque con el viejo. Un acierto de la novela es que él, en el fondo, no está hablando de Nina Simone ni de pájaros para tratar de explicarle a ella de qué va la vida. Ni ella está tomando grandes lecciones vitales, al menos no de un modo directo. Él habla de lo que le interesa y ella le escucha. Y él es feliz porque tiene quien le escuche y ella porque tiene quien hable para ella. Al menos parcialmente felices. Lo felices que un rato de exilio en el parque permite, entre gusanitos y botellines de agua. La historia avanza con sugerencias, con un estilo sutil y fino que es la marca de Sara Mesa como escritora, un modo de escribir que bebe de Fleur Jaeggy, de Flannery O´Connor, de Carson McCullers, de Scott Fitzgerald cuando despega hacia la luz. Nos hace sentir incómodos, porque el libro surge en un momento en el que se está releyendo Lolita bajo todo tipo de luces y lupas, y esta es una historia muy fácil de malinterpretar desde fuera. Ese es, me parece, el punto central de Cara de pan. ¿Acaso está limpia la mirada de quien mira? ¿Debe condicionar esa mirada nuestra manera de comportarnos?

Lo que hacen Casi y el Viejo es sospechoso, los dos lo saben y por eso lo ocultan. No se dicen: tenemos que ocultarlo pero saben que tienen que ocultarlo. Una persona de cincuenta años, sin trabajo, improductiva para el sistema, que se siente en un parque en el que hay niños ya es sospechosa. ¿El problema lo tiene él o lo tiene la sociedad que lo mira y lo etiqueta y decide que es peligroso? La historia de sus encuentros, sus conversaciones, se van acumulando como momentos de vida, respiros. Pero no nos abandona en ningún momento la sensación de que lo peor está por venir.

Y lo peor llega. En un giro que la acerca a esos llamados Relatos misóginos de Patricia Highsmith, cuando Casi siente que la van a pillar no duda en acusar al Viejo. Se pone el disfraz de víctima porque sabe que la salvará y nos deja descolocados. Traiciona a su amigo con el egoísmo de una niña malcriada. Él, que está acostumbrado a los golpes, recibe otro más. Nuevas visitas de la policía, instrucciones para no acercarse a ella, más miradas acusadoras. Casi retoma más o menos la rutina de una niña de su edad, clases, compañeras, familia, y él se queda, él sí, fuera del mundo. Otra vez.

La novela termina, a modo de epílogo, con una conversación entre ellos en una cafetería. Nada queda claro, salvo que lo que tuvieron, esa complicidad de parque, no puede volver. Las miradas pesan demasiado. El individualismo también. La lucha por la supervivencia social es una dura batalla de la que no todos salen bien. Nos queda, como lectores, la sensación de haber leído una gran novela. Una de esas que nos dejan con un sabor amargo y muchos interrogantes. Una de las que valen la pena.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de marzo de 2018

Agosto, octubre, de Andrés Barba y Cuatro por cuatro, de Sara Mesa


Dos buenos escritores, dos muy buenos libros: Cuatro por cuatro, de Sara Mesa y Agosto, octubre, de Andrés Barba

Tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que el catálogo de Anagrama siempre ha sido más potente en su vertiente de literatura extranjera que española. Quizá por el mero hecho estadístico de que puede haber 20 escritores de verdadera primera división en cada momento en el mundo pero es muy improbable que se concentren 20 de esos escritores en un mismo país. En cualquier caso creo que tanto Sara Mesa como Andrés Barba pertenecen a la categoría de narradores de primera división, en general, y que si fueran franceses o ingleses y nos los trajeran traducidos recibirían muchas más loas de las que ya reciben (y ya las reciben, no creo que tengan queja).

No sé hasta qué edad un autor sigue siendo etiquetado como joven escritor o joven escritora. A veces parece un recurso que servirá hasta los cincuenta años. Si yo fuera un autor que ha ganado (por poner un ejemplo) el Premio Herralde de Novela y que antes de eso ya llevaba más de quince años publicando en Anagrama, me preocuparía por esa tendencia a hacer la referencia constantemente a la juventud. Sobre todo si ya he cumplido los cuarenta años. Pero no está en la mano del joven escritor decidir algo así. Es más bien un (otro) lugar común al que recurre la crítica y las agencias de comunicación para ahorrar neuronas. A Sara Mesa le pasa algo parecido, da igual lo buenas que sean sus novelas, la joven escritora madrileña afincada en Sevilla desde la infancia le persigue. No tengo nada en contra de los jóvenes escritores, sobre todo teniendo en cuenta que aún soy uno (según las bases de algunos certámenes de narrativa al menos), pero me da la sensación de que se hace un tanto de menos a aquel cuya obra se va a comentar si se empieza con el joven / la joven, como si todo lo que pudiera decirse ya fuera: para ser joven no está mal. Quizá influye el hecho de que la generación de los críticos de los principales periódicos y los escritores más asentados en España estén por encima de los sesenta y desde ahí les parecerán siempre autores jóvenes, porque por definición joven es todo aquel que lo es más que nosotros.

De Andrés Barba había leído hace muchos años el libro de nouvelles La recta intención, que me gustó mucho, y las novelas Versiones de Teresa y Las manos pequeñas, que gustándome menos me parecieron destacables, valiosas en su trabajo de orfebrería narrativa y condensación, diferentes a lo que habitualmente se publica en las grandes editoriales. Las manos pequeñas es un libro que ha crecido en mi recuerdo (y que debería releer) como uno de esos libros que retratan la infancia como una época no necesariamente feliz, a los niños como seres no necesariamente inocentes, y la vida, en general, no como un valle de rosas que se van marchitando con la llegada de la adultez. Aquella niña, Marina, y sus desventuras, eran quizá el contrapunto negro y ácido a una película que ha tenido mucho éxito en el último año, Verano 1993, y que particularmente a mí me ha dicho bastante menos que a otros. 

Con ese recuerdo de Las manos pequeñas creo que Agosto, octubre se conecta con esa narración. Aquí no hay una desgracia tan repentina y el protagonista, Tomás, es un adolescente, pero el libro también tiene algo de despertar. En este caso Tomás va de veraneo al mismo pueblo gallego de todos los años, pero lo hace desde el principio sabiendo que no será como los anteriores. ¿Por qué? Probablemente porque él no es como era. Todos hemos pasado por esos momentos, y todos hemos visto que intentar repetir ciertas rutinas o experiencias que fueron placenteras no hace sino convertirlas en una versión doméstica y personal de aquello que decía Karl Marx de que la historia se repite, y la segunda vez como farsa. Tomás está incómodo con su familia, mucho más incómodo de lo que lo había estado nunca, no quiere volver a ver a los chicos con los que se juntaba en los veranos anteriores, está a punto de ahogarse en uno de esos momentos tragicómicos de la adolescencia, en un a que no pasa nada si … y empieza a frecuentar un grupo de macarras del pueblo. A partes iguales le fascinan y repugnan. Le abren algunas puertas de la vida. Las de las chicas, esencialmente. Aunque Tomás nunca pasa del nivel de pardillo.

La última noche que pasa con ellos cruzan una puerta, la de la violación, y aunque estrictamente hablando él no participa, está allí, en el grupo, no trata de detener a nadie, los jalea, pide su turno. Después se ceñirá sobre él el silencio. Mientras él salía con aquellos chicos su tía, hermana de su padre, se estaba muriendo. A principios de verano estaba mala y antes de que volvieran a Madrid estaba muerta. No queda claro si por esa tendencia de los padres de los adolescentes a seguir tratándolos como niños y ocultarles lo que realmente está pasando o porque no sabían que la enfermedad era tan grave. Agosto, la primera parte (y que ocupa más de tres cuartas partes), narra ese verano, y es quizá la más valiosa de la novela. Podría de hecho haber sido una novela ella sola, sin más, y tal vez sería una novela más perturbadora. Octubre es la vuelta a Madrid, que todo lo confunde y olvida, al instituto, al silencio, a los pequeños cambios que se han producido en él y en su familia, especialmente en su padre. Se trata de un libro corto, como un café concentrado y bien aromático, intenso.

De escritura concentrada y aromática podría dar clases Sara Mesa. Con su estilo limpio y en principio claro, dibuja unas telarañas poéticas que la convierten en una de las escritoras que más sigo y de las que siempre espero lo mejor dentro del panorama narrativo actual. Así como de Andrés Barba he leído libros como de modo casual, un total de ellos que no es parte sustancial de su producción publicada, de Sara Mesa he leído sus obras completas, salvo Un incendio invisible. Descubrí a Sara Mesa en la entrevista que le hicieron en el blog El síndrome Chéjov (y que parece desaparecida del histórico de los buscadores) hace muchos años y rebusqué en los fondos de todas las bibliotecas de la Comunidad de Madrid (ya que en librerías no existía, no constaba, era un libro fantasma) hasta poder leer No es fácil ser verde. No sé cuántas personas lo habremos leído en España, pero es una maravilla. Me pareció un libro lleno de extravagante imaginación, de fantasía y una escritura que ya entonces me enamoró. Tuve la ocasión de comentárselo a la autora en la Feria del Libro 2016, a donde acudí a que me firmara Mala letra. No sé, por cierto, por qué no he escrito nada sobre ese otro libro de cuentos, un libro que en una primera lectura es menos impactante que No es fácil ser verde pero en el que luego reencontré rasgos de aquella primera escritora mezclados con los aires melancólicos y pausados de otra escritora más segura y madura en la que reconocía ecos de Carson McCullers especialmente, tan proclive a recrear las vidas de seres extraños y apartados.


Dejando al margen mi trayectoria lectora con Sara Mesa, que espero que no haya sonado a un: “Yo la leía antes de que fuera mainstream”, fue con la novela Cuatro por cuatro con la que Sara Mesa se hizo precisamente una autora del mainstream, con la que quedó finalista del Premio Herralde y pasó de editoriales pequeñas a Anagrama. Creo que es muy valorable que en los últimos años autores con poca obra previa, o con poca obra previa con visibilidad, como Miguel Ángel Hernández, Sara Mesa o Esther García Llovet hayan llegado a publicar con la editorial a través del Premio, sin haberlo ganado.

Cuatro por cuatro es un libro de lectura absorbente y digestión difícil. Nos situamos en el interior de un colegio – internado de lujo, o que así se presenta. Aunque, como toda institución carísima, trata de presentarse ante el exterior como de élite más que de lujo. Como si los alumnos llegaran allí por su talento y no por el dinero de sus padres. Aunque hay una excepción, los becados, hijos de trabajadores del centro. Estos conviven allí con los alumnos de pago, conformando dos grupos separados por la frontera más importante que queda hoy en día, la del origen de cada uno y el dinero. El entorno del Wybrany College (no sé si Sara Mesa es profesora cuando no escribe, y si lo es no sé si ha trabajado en esta clase de centros, pero el nombre es perfecto, dada la querencia por todo lo que suene anglosajón y sofisticado de quienes los dirigen) es cerrado y asfixiante. En teoría no debe ser así, solo debe ser ordenado, pero de la construcción de una sociedad fuera de la sociedad, cerrada y con niveles de separación infranqueables no puede salir nada más que esa falta de aire.

La escritura es fragmentaria y elíptica. Hay frases cortas y separación de ideas. Eso transmite a veces la sensación de la espontaneidad y a veces deja en el aire reflexiones que el lector mastica. La primera parte de la novela está escrita por una alumna insatisfecha de ese colegio, que va sembrando dudas sobre su funcionamiento real, sobre el comportamiento de algunos de sus profesores y especialmente del Guía, un orientador y factótum que levanta nuestras sospechas en esta primera parte, algo que no hará más que confirmarse a lo largo del libro. Celia, que así se llama la niña, se muestra como una retratista de momentos inconformista, protestona, y a la vez sensible. Como todo testimonio en la novela, nos genera la duda de lo fiable que será. Pero el cruce de la versión de la alumna con los demás testimonios irá dibujando un retrato coherente, que se refuerza y nos asusta sin llegar a ser del todo completo.

La segunda parte de la novela la escribe Isidro Bedragare, un sustituto que llega a ese colegio como tantos jornaleros de la educación que van enlanzando sustituciones en colegios públicos, concertados o privados, lo que se puede en cada momento. Viene a sustituir a García Medrano, un profesor desaparecido (y de nombre creo que inequívocamente bolañesco). Registrará en su diario entradas sobre el profesorado, la dirección, el Guía, los alumnos de pago y los becados, el funcionamiento y el clima interno, y sobre los rumores sobre el propio García Medrano, que funciona como macguffin de la novela. Este profesor sustituto va dibujando un arco de sentimientos desde la primera fascinación hasta casi el asco, y es en ese pre – asco en el que llegamos a la tercera parte, donde a modo de epílogo se nos presentan los papeles de García Medrano, se confirman algunos de nuestros temores y aún se dejan cabos sueltos, según ha decidido la autora. A mí personalmente me parece que la narración queda suficientemente completa y que precisamente con el modo de escribir y presentarnos la historia no hubiera sido coherente un cierre total con explicación de todos los detalles. Aunque sí se explica, la elección del título, que hasta aquí puede resultar algo enigmática.

La escritura es de primera y es probablemente el mejor libro para llegar a la literatura de Sara Mesa, aunque quizá mis preferencias sigan estando en su faceta de cuentista, y prometo que no pasará demasiado hasta que aborde una relectura comentada de Mala letra.

Entre tanto, celebremos a estos dos autores con mundos propios encerrados entre la infancia y la adultez, con una mirada en ocasiones cruel y una prosa depurada e intensa, para nada exhibicionista pero que da la sensación de ser en cada página la que la historia va necesitando.

Recomendados quedan como lecturas para estos días de vacaciones. Los dos están además disponibles en edición de bolsillo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 12 de junio de 2016

Se acabó la Feria 2016.

Feria del Libro 2016. Fin. Balance. Firmas. Contradicciones. Lecturas.

Este domingo se ha acabado la Feria del Libro 2016. La Feria del Libro es uno de esos lugares que de alguna manera me repugnan y de otra manera complementaria me atraen irremediablemente. Me repugna la mercantilización que supone, y sobre todo lo que siento al encontrarme con colas sin fin que no están esperando a recibir el autógrafo de autores sino de famosetes de turno, ahora también de youtubers. Casi nunca hay una gran cola tras la que aguarde un buen escritor, y ya no entro a valorarlo en función de mis gustos o intereses, sino que me refiero simplemente a alguien cuyo motivo principal para escribir un libro sea escribir el libro, no una oportunidad de sacar algo más de dinero a otras famas paralelas.

Me atrae, por el contrario, la oportunidad de acercarme a las casetas de las editoriales y preguntar por algunos libros de sus fondos que son difíciles de encontrar en librerías normalmente. Me encanta poder acercarme a algunos autores y charlar cinco minutos con ellos mientras me firman el libro. Me inquieta que los autores literarios que más firman sean los mismos desde hace veinte años, y que autores de los que se habla mucho y bien en la poca prensa especializada en literatura que queda, tengan sin embargo firmas por las que apenas pasamos 10 personas a lo largo de más de dos horas.

Me atrae y me incomoda por igual el momento de firmar, al que me he enfrentado por segundo año, con mi segundo libro, Mil dolores pequeños. Me invitó la librería Punto y coma, y fue un rato agradable, en el que me sentí más suelto que en mi primer año, y en el que vendimos en una sola tarde casi todo lo que el librero había pedido. Gracias, por cierto, a los que se acercaron. Estuve firmando el jueves 2 de junio por la tarde, junto a otros autores de Baile del Sol, la editorial que ha publicado Mil dolores pequeños, y que ya publicó Beber durante el embarazo.

El jueves siguiente, 9 de junio, la editorial organizó en el bar – librería Vergüenza ajena un pequeño acto de presentación de novedades de esta primavera – verano, y que ha servido también de pequeña presentación de mi libro en Madrid. El libro, por cierto, ya se puede comprar en la web de la editorial
La distribución más general en librerías empezará, por lo que me han contado, a principios de julio.

He pasado otras tres veces por la Feria del Libro en estos algo más de quince días, y he gastado más de lo que quiero reconocer, pero menos de lo que temía haber podido llegar a gastar. Mi primera visita tuvo como principal objetivo conseguir Mala letra, el nuevo libro de relatos de Sara Mesa, que pude traerme firmado por la autora, tras compartir cinco minutos de conversación con ella. Ya que había ido, compré un ejemplar de La novela luminosa de Mario Levrero en bolsillo, pues es un libro que prácticamente ha desaparecido de las librerías, y mi ejemplar está bastante deteriorado y no querría enfrentarme al momento de quedarme sin él, siendo un libro al que vuelvo con la frecuencia con la que otros recurren a sus textos sagrados, aunque sé que suena a histerismo de fan obsesivo – compulsivo.

El mismo día en que fui a firmar me traje como recuerdo El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu, del que aún tengo sin acabar de leer Nostalgia desde que fui al encuentro con el autor en la librería Alberti. El ojo castaño de nuestro amor es una recopilación de textos breves, unos relatos propiamente dichos y otros más cercanos a la reflexión o al pequeño ensayo memorialístico, en una edición especialmente preparada para el mercado español por el autor y sus editores de Impedimenta.

En la fiesta de presentación de Baile del Sol aproveché para comprar y me traje firmadas dos de las novedades que más llamaron mi atención. Fueron la novela La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras, que me llamó mucho la atención porque la trama que el autor explicó me resultó muy parecida a la imagen que puso en marcha mi relato Rescate, incluido en Beber durante el embarazo, la de un cosmonauta soviético en una misión fracasada, solo y perdido, y el libro de relatos Koundara, de David Pérez Vega, del que me gustó mucho la descripción inicial del primer relato, y hojeándolo me interesaron un par de relatos que parecían de corte realista del tipo escuela americana, y de hecho el autor me confirmó que uno de ellos, Cazadores, era un homenaje a Cazadores en la nieve, de Tobias Wolff, que es un relato que siempre me ha impresionado. También compré la colección de relatos Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen, aunque la autora había huido para cuando quise que me lo firmara.

Suerte de cazador la mía, en uno de mis paseos por la Feria en este último fin de semana, mi vista fue a dar casualmente con un libro, El trepanador de cerebros, la primera novela de Sara Mesa, prácticamente inencontrable. No me fijé en el nombre de la librería, lo cual fue un error, pues hubiera sido una buena apuesta para futuras visitas. Ese mismo día, en el stand de Debolsillo, compré Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Vi hace un par de meses la película biográfica sobre la filósofa, que está articulada alrededor de este libro y su experiencia escribiéndolo, y me interesó mucho. En esta obra es donde presenta la noción de banalidad del mal, que es una de sus ideas más célebres, y de la que estuve hablando no hace muchos días, a lo largo de una charla de borrachos ilustrados.

El último sábado fui a acompañar a unos amigos que estaban de visita en Madrid y querían ir a la Feria. Ellos adquirieron un ejemplar de Mil dolores pequeños y yo me pasé por la editorial Impedimenta. Estaba firmando Jon Bilbao, sobre quien he leído muy buenas críticas aunque aún no lo he podido leer a él, y compré y me traje firmado su último libro de relatos, Estrómboli. Sólo le he echado una mirada de aproximación al inicio del primer relato, pero promete mucho. Le pedí al editor que me orientara por dónde seguir leyendo a Stanislaw Lem, después de la fascinación que me produjo Diarios de las estrellas, y me dijo que por lo que le expliqué que más me había gustado de aquel libro, el que más podría interesarme era Máscara, una colección de relatos que Lem había ido dejando al margen de sus colecciones por ser demasiado largos, o demasiado fáciles de censurar, y que compartían con Diarios de las estrellas el gusto por el relato filosófico, la fábula sin moraleja obvia y los juegos que van de lo moral a lo humorístico.

Además de estos libros, he comprado ejemplares de Todos los miedos, de Miguel Ángel González, La novela luminosa de Mario Levrero y Los asesinos lentos de Rafael Balanzá para regalar a amigos y familiares.

Resumiendo, se acaban estos quince días y prefiero no echar cuentas. Sé, eso sí, que a otras muchas lecturas por abordar, he sumado, dejando al margen regalos y ejemplares de Levrero para cubrir posibles pérdidas:
Mala letra, de Sara Mesa (Ed. Anagrama)
El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)
El trepanador de cerebros, de Sara Mesa (Ed. Tropo)
Koundara, de David Pérez Vega (Ed. Baile del Sol)
La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)
Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen (Ed. Baile del Sol)
Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt (Ed. Debolsillo)
Estrómboli, de Jon Bilbao (Ed. Impedimenta)
Máscara, de Stanislaw Lem (Ed. Impedimenta)

Los iré leyendo en estos próximos meses (como los camellos que se guardan el agua para las travesías del desierto, así algunos reservamos libros para el verano, como si en verano no se pudiera ir también a la biblioteca, o a una librería, o releer), y de algunos seguro que me apetece hablar un poco aquí.

La Feria volverá el año que viene. De momento no parece que me vaya a tocar volver a firmar en ella, pues aunque tengo algunos proyectos de escritura, e incluso dos más o menos cerrados, de momento no hay nuevas publicaciones a la vista. Quizá conviene respirar hondo antes de dar el siguiente paso, o esperar señales del destino. Dos años seguidos han sido de momento una experiencia que debo asimilar. Tocará volver como lector atento que pregunta y hace colas para pedir firmas.

Iremos hablando
Buenas lecturas
Sr. E