Mostrando entradas con la etiqueta Terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Terror. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de marzo de 2020

Cuentos para la cuarentena (II): Libros encerrados


Cuentos para una cuarentena (II): Libros encerrados

¿Hay libros mejores que otros para leer cuando estás encerrado? No lo tengo nada claro. Creo, eso sí, que hay libros que son absolutamente inadecuados para leerlos en confinamiento. Creo que a los que nos mantenemos como lectores en base a los catálogos de las bibliotecas públicas, estos días nos pillan con las defensas bajas. Aunque siempre hay libros en casa, muchos por leer, porque los fuiste comprando para cuando juntaras varios meses en casa (circunstancia que improvisada y lamentablemente coincide con esta), clásicos que has acumulado para ponerte al día, libros que tienes para releer, e incluso algunos que te preguntas quién trajo (te parece imposible que fueras tú), cuándo y por qué.

Me ha costado mucho concentrarme en la lectura durante estas dos primeras semanas de encierro. Tardé en descubrir que estaba cerrando un libro que me había llevado muy lejos de las circunstancias, la preocupación, el miedo y las miradas casi constantes al móvil durante una hora. Después de ese primer momento de lectura plena, momentos parecidos se han ido sucediendo con mayor frecuencia, así que supongo que mis primeras recomendaciones deben ser para los libros que me está dando un rato de paz y descanso (que con todo lo que estamos teniendo que improvisar y aprender para seguir improvisando los profesores, más dos niños activos en casa, no están siendo demasiados).

Empezando por los clásicos, estoy leyendo, cogido de esa estantería de clásicos que algún día debería leer para tener una verdadera cultura libresca pero aún no lo había hecho, Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac. Ya he leído la primera parte (son tres novelas cortas relacionadas por la figura de su protagonista), Los dos poetas, en la que se reconocen los recelos, ilusiones, subidas y caídas de la vida literaria (aunque sea provinciana y casi íntima). De Balzac hasta ahora solo había leído La piel de zapa, que es un libro del que guardo muy buen recuerdo, que también podría ser una gran lectura en estos días, pero que creo que es poco representativo de su obra (realismo por encima de todo, dibujo de la vida, La comedia humana), pues es una novela con un fuerte elemento fantástico.

El siguiente clásico que descolgaré de esa estantería es Mujercitas, de Louisa May Alcott, una historia que de tan vista y oída damos por sabida, pero que tengo la esperanza de que pueda sorprenderme.

Otro libro que llevo entre manos es también un clásico, aunque nadie lo sabía en España hace dos años. Aquí no son tres novelas cortas enlazadas, como en el caso de Balzac, sino tres libros independientes que los editores españoles han agrupado bajo el título conjunto de Casos de pruebas circunstanciales. Son tres historias que desarrollan el medio de la novela de no – ficción cuando aún no se hablaba de ella y que transitan entre la investigación histórica y lo inverosímil. Todas son historias de impostores. Ya he leído el primer libro, La mujer de Martin Guerre, una extraña historia de la Francia medieval en la que unos adolescentes son casados por sus padres, se acostumbran a vivir juntos (como buenamente pueden), conviven con la familia de él (el tal Martin Guerre), trabajan, tienen un hijo, él desaparece y vuelve años después, todos lo reconocen, salvo ella, que cada vez está más convencida de que se trata de un impostor. Y considerada loca por el entorno familiar, intenta encontrar la verdad. La autora es Janet Lewis.

En la sección de mis autores clásicos, el libro que me está acompañando por las noches es El visitante, de Stephen King. No es una de sus mejores obras, y quizá no es un libro para perder la cabeza si se dispone de todos los libros del mundo para elegir, pero en condiciones de encierro y con solo unos cuantos libros para elegir, está siendo una lectura reconfortante. Empieza lento, eso sí lo advierto, la parte del primer crimen (monstruoso), va acompañada de una descripción costumbrista bien narrada (me inquieta pensar que si al King costumbrista se le quitan sus repetitivas referencias a marcas populares, hamburguesas y guiños a las clases populares que interpreta como sus lectores más numerosos, y se le dan unas cuantas horas de corrección de estilo, quedaría un libro de Jonathan Franzen, un autor al que se celebra por el hecho de ser tan costumbrista que leerlo resulta tan apasionante como hablar con el compañero más aburrido del trabajo), pero que nos apetece que acelere para llegar al conflicto, a la verdad que se va revelando y que es el enfrentamiento con un ser sobrenatural, el visitante, a quien rastrean en viejas leyendas mexicanas, un ser capaz de mutar y aparecer con distintas formas humanas, que se alimenta del miedo y sufrimiento ajenos.

Propuestas de Lecturas encerradas: Las primeras lecturas para encierros que me vienen a la cabeza están unidas por el hecho de ser, en forma y fondo, historias de terror. Así que hay cierto sesgo en esta selección.

El Resplandor, de Stephen King: Empiezo aquí con el mismo Stephen King con el que terminaba la sección anterior. Su gran novela, El resplandor, es la historia de un escritor que decide aceptar la oportunidad de aislarse durante todo un invierno en un hotel de montaña. Allí, con las carreteras cortadas por la nieve, solo tendrá que escribir y ocuparse de la manutención del hotel. Como saben todos los que ya han leído la novela, o han visto la película (en El visitante, King hace una referencia poco amable a la película de Kubrick, una adaptación que siempre ha dicho que le disgustó), la cosa no es precisamente plácida, y King consigue algo muy difícil, mezclar estupendamente dos géneros: el de la casa encantada (hotel poseído, en este caso) con el del escritor fracasado que busca a quién echarle las culpas (a su familia, que no le deja la paz suficiente para escribir.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson: Por motivos que no deben revelarse antes de comenzar la lectura, las hermanas Merricat y Constance Blackwood viven junto a su anciano tío Julian en la vieja casa familiar, aisladas del pueblo, al que solo acuden cuando no hay más remedio a comprar provisiones (¿nos va sonando la situación?). Los motivos que es mejor no revelar en principio, explican el aislamiento de las hermanas, y el desprecio y burla (sin olvidar un elemento de miedo) de las que son víctimas. El libro se va componiendo con un intimismo que a ratos resulta casi lírico, y va formando un terror doméstico muy bien construido, que nos atrapa página tras página y nos llevará a su final con un sobrecogimiento creciente.
http://cuentospendientessre.blogspot.com/2019/10/siempre-hemos-vivido-en-el-castillo-de.html

Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson (Valdemar): Me imagino que alguien ha hablado ya en estas últimas semanas de la novela Soy leyenda, de Matheson (de ella o de sus películas, de la entrañablemente antigua de Vincent Price a la insoportable de Will Smith). Es una buena novela, desde luego, pero no es la mejor obra de Matheson. Su obra cumbre, diría, está en su narrativa breve. Quien lea estos cuentos sentirá ese abrazo escalofriante de las mejores historias de terror, y descubrirá, en los modos y mundos, y en las versiones reconocidas y bastardas que de estas historias se han hecho, la gran influencia que Matheson ha tenido en una gran parte de la narrativa de terror posterior.

Drácula, de Bram Stoker: Hace cosa de un mes, vi la nueva serie de Netflix sobre Drácula. Me gustó mucho, la he recomendado y la recomiendo. Es ágil, divertida, juega contra el mito, se ve muy bien y no se convierte en un largo culebrón, que es uno de los principales problemas que tengo con las series de televisión. No soy un aburrido purista de las Dicho todo eso, me pareció que estaría genial volver a leer la novela. Que se convirtiera en un libro popular. Uno que todo el mundo leyera. Es un libro que he leído unas diez o doce veces en mi vida, quizá mi primer gran amor bibliófilo adulto (yo no era demasiado adulto, pero digamos que fue la primera lectura adulta que me marcó). Y puesto que la primera parte transcurre con el pobre Jonathan Harker encerrado en el castillo del conde, puede ser una lectura muy adecuada.

Agujero negro, de Charles Burns: Nunca diría que este cómic es bueno. No es especialmente atractivo en su diseño y dibujo, el guión no es una maravilla. Tiene más defectos de los que me habían prometido al llegar a su lectura, lo aviso. Como también aviso de que lo cogí una noche en la que no tenía otro libro al que echarle mano (o ganas de echarle mano a otro libro), estaba en casa porque lo había estado leyendo mi mujer, y me lo leí en esa misma noche. Era un cliché que no buscaba elevarse por encima de todos los lugares comunes de la plaga terrorífica que la paga con los adolescentes. Y no podía soltarlo. Algo tiene.

Vivir abajo, de Gustavo Faverón: Por circunstancias de salud y familiares, el encierro en mi casa comenzó un mes antes que en el mundo. Yo era la persona destinada a salir a trabajar unas cuantas horas fuera, pero era mi única distracción de eso que los políticos llaman tareas de cuidados. Y los ratos que podía leer en el metro de camino al trabajo y por la noche, antes de caer dormido, eran mis treguas. Me había comprado justo antes de empezar esa época (que hemos enlazado con el estado de alarma) Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, y este. Tenía grandes esperanzas en el de Enríquez después de que le dieran el Herralde y en base a lo mucho que me gustaron el verano pasado los cuentos (oscuros, viscosos, también relatos perfectos para un tiempo encerrado) de Los peligros de fumar en la cama. Después de 200 páginas que no me engancharon lo más mínimo, creo que puedo decir que no es un gran libro, es un producto que usa los moldes de la literatura comercial pero no promueve ninguna subversión de los mismos. Es Ojos de fuego, de Stephen King, por la historia que presenta, pero con la autoconciencia de una autora que cree estar escribiendo algo más valioso, y sin los momentos emotivos atrapalectores de aquella novela. Decepcionado con Nuestra parte de la noche, caer en las páginas de Vivir abajo fue una experiencia maravillosa. No sé si leeré en todo 2020 una novela mejor. Y se trata de una novela que transcurre, en la trama escrita y en lo que nos deja imaginar a los lectores, por túneles y sótanos en los que se encierran desde secretos íntimos hasta seres humanos a los que se piensa torturar. Vivir abajo está escrita con el ritmazo de Los detectives salvajes, y es una novela que no esconde su relación con aquella, pues aparte de escenas que son homenajes directos a la obra bolañesca (no había leído nada de Faverón, pero sabía que era el editor del volumen Bolaño salvaje, de Candaya), hay un aire general de presentación épica de la vida poética y literaria, viajes por toda Latinoamérica (y los Estados Unidos), búsqueda de extraños e inquietantes personajes que desaparecieron dejando tras de sí vacío y silencio, y a los que alguien siente que debe buscar como dedicación central de la vida (una búsqueda que tiene algo de vocacional, como la escritura y la poesía).

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati: No sé cuántas veces, ni con cuántas excusas, habré recomendado aquí El desierto de los tártaros. Fue uno de los primeros libros que reseñé en este blog http://cuentospendientessre.blogspot.com/2015/08/el-desierto-de-los-tartaros-de-dino.html
Lo he leído cuatro veces completo, y lo he leído parcialmente, a trozos, buscando algo concreto o simplemente dejándome perder, otras tantas. Es uno de mis libros preferidos, y es una de las grandes novelas del siglo XX (esto no lo digo yo, esto lo decía por ejemplo Borges). Se trata de un libro tan bien escrito, tan emocionante, y tan centrado en las ideas del vacío, de la espera, de la soledad, de aprender a tener paciencia y a obtener nada a cambio, que no sé cómo no voy a volver a usarlo para estos días, para recomendarlo y quizá para hacer otra relectura.

Lo dejamos aquí. Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

domingo, 20 de octubre de 2019

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson


Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)

Shirley Jackson fue una cuentista y novelista estadounidense que centró su obra en la narrativa de terror. De ella ya había leído sus Cuentos escogidos, y en los últimos meses me he traído varias veces de la biblioteca el libro Deja que te cuente, que viene a completar esos iniciales Cuentos escogidos con otros relatos, inéditos en formato de libro, otros inéditos en términos absolutos y pequeños ensayos y conferencias sobre la escritura, como oficio y arte. Leyendo esos ensayos y reflexiones uno se da cuenta pronto de que Shirley Jackson es de las que creía que la mejor manera de contar los dolores verdaderos de la vida era disfrazándolos de historias muy fantásticas, que resulten increíbles en su primera lectura, que queden fuera del mundo racional. La gran tradición cuentística y novelística de terror creo que siempre lo ha visto y trabajado así, usando ese mundo a veces solo onírico, a veces realmente agobiante, con una doble condición: como válvula de escape y como espacio seguro en el que desarrollar la escritura sin ser criticado y juzgado por los a menudo estrechos criterios que se aplican a la ficción realista.

Quien escribe novelas de terror puede contar ahí lo que quiera (casi lo que quiera) y ahorrarse las preguntas que se sucederían ante una cruda novela realista: ¿Cuánto de lo que hay aquí es autobiográfico? ¿En quién estabas pensando cuando diseñaste este personaje? Etcétera.

La novela más conocida de Jackson es probablemente La maldición de Hill House, una novela de casas encantadas / malditas de la que hubo una adaptación en forma de serie el año pasado, con bastante éxito. En el tema de casas encantadas y novelas de terror desbordadas, me quedo con La casa infernal, de Richard Matheson, adictiva, llena de sustos y muy loca. Matheson es uno de los autores que más reivindicó a Shirley Jackson durante unas décadas en las que estuvo bastante olvidada. Otro que lo hizo, igual que lo ha hecho siempre con el propio Matheson, es Stephen King.

Pero no vamos a hablar de La maldición de Hill House ni de La lotería u otro de sus cuentos. Vamos a hablar de Siempre hemos vivido en el castillo, una novela breve (de menos de doscientas páginas), que cuenta la historia de dos hermanas, últimas supervivientes de los Blackwood, una vieja familia local, junto con su tío.

No se lo vas a pedir –dijo finalmente–. Nosotras no le pedimos nada a nadie. Recuérdalo.
Estaba bromeando –contesté, y sonreí–. En realidad, de todos modos, lo que yo quiero es un caballo alado. Te llevaríamos a la Luna y te traeríamos, mi caballo y yo.

Nos encontramos con las dos hermanas, Constance, la mayor, y Mary Katherine (Merricat), la pequeña. No tardaremos mucho en darnos cuenta de que viven aisladas en el viejo caserón, en una vida – juego que es un continuo del que escapan las pocas veces que necesitan ir al pueblo a por víveres. Las visitas al pueblo están llenas de rechazo por parte de la comunidad, y esta es una de las cuestiones esenciales de la narrativa de Jackson, las comunidades cerradas en las que es difícil entrar y de las que es difícil salir, que acaban, por su propia tendencia a estar cerradas, generando los mayores odios en su interior. En uno de los ensayos de Deja que te cuente, Jackson explica que La lotería se le ocurrió una mañana paseando por su pueblo y fantaseando con las actitudes que muchos de los miembros respetables de la comunidad tomarían si se sintieran ante una situación de amenaza real. Nadie odia tanto ni tan profundamente como el vecino de al lado.

El pueblo era todo igual, de la misma época y el mismo estilo; era como si la gente necesitara la fealdad del pueblo y la alimentara.

La vida de las Blackwood se mueve con una Constance dedicada a la limpieza, cocina y cuidado de su tío y una Merricat que se pasa el día escondiéndose por todas partes, bajando al arroyo, al bosque, encontrando tesoros, enterrándolos y desenterrándolos, como cualquier niña, aunque ya no es tan niña, ni su hermana tan mayor. Su vida social incluye recibir algunos domingos las visitas de algunas señoras que siguen asistiendo allí, más por curiosidad malsana que por nada parecido a la amistad. Ejemplos perfectos de hipocresía, algo contra lo que Jackson siempre tomó partido y que siempre le sirvió de inspiración y material.

No tardaremos demasiado en enterarnos que el resto de la familia Blackwood murió una noche de hace algunos años después de una cena, envenenados. Constance, la hija mayor, fue la principal sospechosa, y fue llevada a juicio, aunque salió absuelta. Por el pueblo circulan mil cancioncillas relacionadas con aquel momento. Ni su tío ni Merricat dan información fiable, aunque el tío está escribiendo (de un modo que parece que se eternizará) una memoria personal de aquella noche y aquellas muertes, que se llevaron por delante también a su mujer.

Creo que empezaré con una pequeña exageración y a partir de ahí desarrollaré una mentira descarada. ¿Constance, querida?
Sí, tío Julian.
Voy a decir que mi esposa era bonita.

La falta de fiabilidad es un elemento muy destacado. Merricat es quien nos narra la historia, y lo hace con una voz narrativa que tiene en todo momento un encanto irresistible, en un punto indefinido entre una niña inocente que no recuerda los sucesos como pasaron y una niña cruel que se ríe de todos, salvo de su hermana, y especialmente de nosotros, los lectores, quienes están escuchando su narración. El tono de la narración es perfecto, viene estupendamente definido desde el inicio de la historia. Y si tuviera que buscar ejemplos de narradores poco fiables (pero bien construidos, no de esos que son tramposos y al final dan un giro a todo que no venía anunciado por ninguna parte) en las páginas de literatura que llevo leídas, Merricat estaría seguramente la primera entre las opciones disponibles.

¿Sucedió realmente?
Claro que sucedió. Te llevaré a la habitación y podrás echar un vistazo a tus recortes de periódico.

La novela tiene un ambiente terrorífico pero no pasa casi nada que llegue a justificar ese terror latente. Nos sentimos angustiados pero creo que es sobre todo por las dos grandes tensiones que la novela nos presenta: La primera, la sensación de saber que lo cotidiano puede ser malsano y terrorífico. La segunda, que esa mezcla de inocencia y crueldad resulta mucho más terrorífica de lo que la mera crueldad llega nunca a resultar.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson, es una de las mejores novelas que llevo leídas en este 2019, es un artefacto narrativo impecable y que funciona perfectamente, pero que también está lleno de vida (y muerte), que respira y acelera nuestra respiración, que llora amargamente y nos hace emocionarnos.

Conocía el camino hubiera luz o estuviese oscuro.
Me alegré de haber ordenado y limpiado mi escondite, porque así Constance se sentiría a gusto. La cubriría con hojas, como a los niños en los cuentos, allí estaría a salvo y arropada. A lo mejor podría cantarle una canción o contarle un cuento; le llevaría frutas brillantes y bayas, y agua en una taza hecha con una hoja. Algún día iríamos a la Luna.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 4 de octubre de 2019

El papel amarillo vs. Su cuerpo y otras fiestas, además de Chicas muertas


El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman (Editorial Bestia Negra) vs. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado (Anagrama), con Chicas muertas, de Selva Almada (Mondadori) de propina

El papel amarillo es un relato que se puede identificar de manera bastante clara en la tradición gótica, y que se publicó por primera vez en 1892. Cuentan que Lovecraft alabó el relato. Se ha recuperado de un olvido de muchas décadas en los últimos años, y ahora mismo se lee desde dos perspectivas, la de relato de género de terror (o de pesadilla, pues más que miedo la lectura produce angustia por la deriva en la que va entrando la protagonista) y como relato protofeminista, una historia de reivindicación de la mujer ante su papel secundario en aquella época.

Creo que se puede leer de las dos maneras, que quizá es lo mejor, y de hecho yo lo he leído dos veces, aprovechando que es francamente breve (aunque la edición lo viste con prólogo, estudio y unas ilustraciones sobre las que habría mucho que hablar, porque son bonitas pero en su ánimo de resaltar continuamente la opresión de la protagonista acaban resultando un tanto condescendientes e infantilizantes). Lógicamente no lo he leído dos veces, una desde un punto de vista y el otro, sino uno simplemente siguiendo la historia, y jugando al juego que como narración propone (¿pasa todo en la cabeza de la protagonista o hay algo real más allá?) y otra fijándome más en los detalles costumbristas, en su modo de relacionarse con el marido, la manera en que se refiere a él y sus recomendaciones, y su propia relación con su naturaleza femenina y la posibilidad de que la escritura fuera algo terapéutico.

Como relato de terror, pasados más de 125 años, no deja de ser hoy en día un relato canónico, que sigue los pasos marcados por quienes crearon el modelo. Lo hace bien, dosificando la información, dejando algunos elementos sorpresa para el final, generando una atmósfera cada vez más enrarecida y haciéndonos dudar de la fiabilidad de la protagonista, de la que sabemos a través de un diario (un recurso también muy socorrido en la literatura de misterio decimonónica). Pero estas narraciones, salvo algunas excepciones, han perdido eficacia (necesariamente) en su cometido principal, darnos miedo. Le pasa a los cuentos de Poe, y le pasa a este. No puede ser de otra manera, cuando ya hemos pasado todos, como lectores y espectadores, por tantos horrores, con ritmos y miedos muy distintos al de estos relatos.

No obstante, y aunque no nos da miedo, la historia de la obsesión de esta mujer (a la que su marido, médico, ha diagnosticado que está delicada de los nervios, uno de esos males antiguos que le ocurrían sobre todo a las mujeres, y a la que ha recomendado, para que se recupere, unos meses de reposo absoluto en una casa de campo a las afueras de la ciudad) con su cuarto nos conmueve y nos inquieta. Se trata de una inversión del clásico cuento de Barbazul, aquí se trata de un cuarto del que apenas le permiten salir, y sobre el que no tiene opinión, pues todas sus pegas son respondidas con que son efecto de su debilidad, que si se sintiera más estimulada todo podría ir a peor. Y como no sale, acaba obsesionándose con el empapelado del cuarto, de un horrible color amarillo que ya la hizo sentir mal desde que entró ahí por primera vez.

Empezará a identificar a una mujer que vive en el empapelado y que intenta escapar, y se hará imposible saber, desde que se produce la ruptura hasta el final del relato, si está cayendo ella misma en la locura y está proyectando su situación en sus alucionaciones o si realmente se trata de una historia de espíritus. La escritura de corte costumbrista, con los incisos en los que no para de mostrarse como una mujer sumisa y obediente, es la que da lugar a que se pueda hablar desde nuestro presente de un libro feminista, o protofeminista o como lo queramos expresar, un libro en el que vemos la situación de una mujer casi sin voz y con nulo voto en el proceso de la curación de lo que parece, en el fondo, lo que hoy llamaríamos con más normalidad una depresión post – parto. Una situación que muy probablemente vivió la propia autora por la época en la que escribió el relato.

John no sabe lo mucho que sufro. Sabe que no hay razón para sufrir y con eso le basta.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Es un niño encantador!
Y sin embargo, no puedo estar con él. ¡Me pone tan nerviosa!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre se está arrastrando , y la mayoría de mujeres no se arrastran durante el día. Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro durante el día.

Relaciono este primer libro con el que ahora viene porque los he leído seguidos, en primer lugar, y porque ambos, aunque desde intenciones creo que muy distintas, utilizan los recursos de la literatura fantástica (en ocasiones una literatura fantástica que se parece bastante al terror) para exponer (no utilizaría el verbo denunciar, porque creo que la intención es expositiva, y ese hecho de contar es el que sirve para que el lector abra los ojos e interprete símbolos) la situación de la mujer, en distintos momentos y lugares. Su cuerpo y otras fiestas, de Carmen María Machado, ha recibido miles de elogios, ha ganado importantes premios y ha estado cerca de ganar otros aún más importantes, ha sido recibido como una revelación, y como bien anuncia cualquier referencia que pueda buscarse sobre él en la red, dará lugar a una serie de televisión, que parece el mecanismo de consagración definitivo para el trabajo literario de acuerdo a las leyes del mercado.

Su cuerpo y otras fiestas pertenece a ese género que se llama weird en inglés y que en español deberíamos llamar libros raros, narrativa rara, y que viene a anunciarnos que es literatura fantástica, quizá, pero desde luego no canónica, relatos que no obedecen a la lógica concreta de un género con fronteras bien definidas, y que pueden dar cabida a la poética cercana al realismo mágico de García Márquez y en otros momentos acercarse al gore.

Los ocho relatos de Su cuerpo y otras fiestas pasan por varios géneros y varias influencias más o menos reconocibles, y todos se relacionan en que comparten una cierta visión de que ser mujer es una batalla, que el campo de batalla es a veces el cuerpo de la propia mujer (lugar de goce y de sufrimiento, lugar siempre de inquietud) y en el uso de las herramientas de ese género difuso. Es un libro bastante irregular pero con relatos muy conseguidos. Y creo sobre todo que vale la pena leerlo porque es uno de esos libros que incluso cuando falla es potente, nos está diciendo algo. Es un libro que se atreve a dar ciertos gritos y a usar ciertos discursos formales (hay un relato, Especialmente perversos, que podría haber firmado David Foster Wallace, de más de sesenta páginas en el que se comentan sucintamente capítulos de una serie de televisión policíaca) y que a cambio, cuando intenta provocar al lector lo deja más frío, y cuando mejor funciona, en los cuentos indudablemente más redondos, no nos permite quitarnos la sensación de que ha habido tanta planificación, un uso tan medido y deliberado de los símbolos, que ese lugar mítico donde nace la literatura, el momento en que a la autora se le ocurriera la primera imagen de la historia, queda demasiado lejos. Los ha pulido tanto que están demasiado pulidos, tan perfectos, medidos y equilibrados que les cuesta respirar.

Creo que lo mejor del libro está ya concentrado en su primer cuento: El punto de más. Es un cuento al que no se le puede discutir una coma, quizá únicamente se le puede reprochar que sea demasiado perfecto. En ese relato y en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, los símbolos son tan buenos, redondos y potentes, que el relato se quedará en la memoria del lector (aunque creo que El punto de más será más duradero, en Las mujeres de verdad tienen cuerpo, quizá la aparicicón de mujeres que se van volviendo transparentes es un símbolo más obvio)

Los cuentos me han llevado a pensar en distintos momentos en Shirley Jackson (aunque es mucho menos sutil), en Mariana Enríquez (aunque es menos cruel) y en Anna Starobinets (aunque es menos imaginativa, y menos explícita en ciertas descripciones físicas). Con esas tres comparaciones quiero decir que el libro está muy bien pero que no es el mejor libro de cuentos del mundo, ni del año ni de la vida de nadie que haya leído un cierto número de libros de cuentos. Con todo, es un libro más que notable y merece la pena leerlo para sentirse apelado, emocionado y aterrado en algunos momentos, quizá demasiado frío en otros.

Y termino el paseo por las historias de terror y mujeres con el que más miedo debería darnos de todas: Chicas muertas, de Selva Almada. Tenía el nombre de la autora apuntado por ahí y este libro llegó a la biblioteca en algún momento. Está muy bien construido, y sin caer en sensacionalismo ni en efectismos (al menos nada más que en los imprescindibles), y desde la reconstrucción de unos pocos casos escabrosos y terribles de feminicidios de adolescentes en la Argentina rural, va dibujando un mapa del horror, el machismo, el silencio y el olvido. Las sospechas habituales, las calumnias, las costumbres bárbaras de algunos pueblos y algunos hombres, el trato de la prensa, el olvido, el ruido y después todo el silencio. La autora juega (aunque no es un juego literario) con todos esos elementos y construye un libro escueto, denso, cortante. Que sangra y hace sangrar a quien se corta con sus páginas, que será cualquiera que lo lea y tenga algo de sensibilidad.

Mucho miedo, mucha vida y mucha muerte.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 21 de septiembre de 2018

Cementerio de animales, de Stephen King


Cementerio de animales, de Stephen King (DeBolsillo)

Si tuviera que elegir, creo que elegiría esta novela como mi preferida en la (irregular) producción de King. Así como pienso que en general es un cuentista de primer nivel, y sus ensayos son de lectura más que interesante para cierta categoría de lectores y escritores, su obra como novelista peca de repetitiva y demasiado abundante. No digo nada demasiado original si digo que tal vez King podría haber sido el autor de 8 o 10 excelentes novelas y decidió ser el autor de 5 o 6 muy buenas novelas y 40 que son más bien de relleno, de lectura entretenida (eso prácticamente siempre) y poco poso.

Cementerio de animales forma parte para mí de sus mejores novelas (junto con El resplandor, Salem´s Lot y Misery, a veces con La zona muerta, Apocalipsis o incluso Ojos de fuego) y después de releerla este verano diría que la pongo en el primer puesto. Recuerdo hace ya años un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba, como lector de King, cuánto tiempo hacía que, estrictamente hablando, no daba miedo. Venía a cuestionarse, Fresán, si no se le habría quedado para siempre la etiqueta de rey del terror pero esta se había ido vaciando de contenido. King ha aspirado, tal vez, a escribir la gran novela americana desde la óptica de la narrativa de género. Y si bien la etiqueta de Gran Novela Americana le queda grande a El Resplandor, hay que admitir que resiste la comparación con las obras de otros muchos eximios candidatos a los que sin embargo nadie cuestiona. Aquella pregunta de Fresán tenía una gran parte de razón. King ha ido derivando hacia un costumbrismo que cada vez ocupa más espacio en sus novelas, en las que el terror, cuando aparece, parece llegar con prisa, para resolver algo, como si él mismo acabara de darse cuenta de que es el rey del terror y debe actuar como tal antes de acabar de contar su historia. Le quedan a veces novelas que no dan tanto miedo y sobre todo que quedan resueltas con prisa, con cierto atropello y por lo tanto con un resultado menos redondo del que podrían haber tenido (vuelvo a la idea inicial, la renuncia, honesta quizá, pero renuncia, a redondear más sus libros y conseguir una nota media de notable alto en vez de entregar con asombrosa periodicidad novelas que se mueven entre el bien alto y el notable bajo).

Este verano saqué de la estantería Cementerio de animales y me dispuse a su relectura. Las relecturas siempre dan un poco de miedo, y creo que dan más miedo cuando son relecturas de libros que tocan, al menos parcialmente, a aquel que fuimos en la adolescencia. Aquel que fui en la adolescencia lo pasó bien leyendo Cementerio de animales, sin duda. Peca de los excesos afectivo – sentimentales de muchos textos de King (ese inicio con la llegada a la nueva ciudad, la casa que nadie quería pero de la que todos se enamoran, y sobre todo ese vecino del que de inmediato se puede pensar, de puro encantador y cercano, que ojalá hubiera sido el padre de uno), pero pronto (muy pronto) empieza a dar mal rollo. King coge (en 1983) un tema tan manido (aunque no tanto en 1983 como hoy en día) como el cementerio indio sobre (o junto al, en este caso) el que el hombre blanco ha edificado imprudentemente. Un sitio del que sería mejor mantenerse lejos pero al que todos en ese pueblo han acudido en una u otra situación, porque quienes lo conocen bien, y son conocedores de su secreto, saben que allí, los animales muertos, resucitan.

La novela que daba miedo y mal rollo cuando yo tenía 17 o 18 años es de auténtico pavor a mi edad, y con 2 hijos pequeños. Porque King se mete de lleno en uno de los mayores miedos de la sociedad, la muerte de un niño pequeño. Y lo hace poco a poco, envolviéndonos en espirales malsanas que nos van abrazando y guiando hacia donde pretende.

Así que la novela nos lleva a un primer acto en el que el gato de la familia Creed, el gato adorado por la hija, es atropellado por un camión en la carretera (una carretera de la que les advierte el afable vecino desde el mismo momento en el que llegan) mientras la mujer y los dos hijos están fuera. Louis Creed, médico, hombre racional, no sabe qué hacer, y ese vecino adorable, Jud Crandall, haciendo el papel de Mefistófeles, le ofrece ir al viejo cementerio de animales y enterrar allí al gato. A la mañana siguiente un gato parecido al que fue, pero ya siempre más tonto, más frío, más desagradable y dado a mostrar un sadismo que antes no conocía, aparece por la casa como si no hubiera pasado nada. Y en cierto modos se ven más cómodos en el papel de fingir que no ha pasado nada, y que ese gato que huele a tierra húmeda y removida, es el de siempre.

La pregunta que cualquiera se haría, conociendo como ahora lo conoce Louis Creed, el secreto del cementerio, es, ¿y las personas? ¿Funciona con las personas? ¿Alguien lo ha intentado? Cuando le pregunta a su vecino, primero recibe evasivas, y finalmente este le cuenta el caso de un vecino del pueblo que perdió a su hijo en la guerra y que decidió volver a tenerlo a su lado. Lo que volvió, aparte de torpe y frío, era malo, y conocía los secretos de todos. Pero hay cosas en las que es mejor no pensar. De las que no se habla. Y no se habla hasta que un día sucede algo horrible y Gage, el hijo pequeño de la familia Creed, acaba muerto. Todos se quedan en shock. Lo entierran. Lloran. No entienden nada. No entienden lo esencial de la muerte y lo monstruosa que resulta en circunstancias así. Pasados unos días, una idea empieza a rondar por la cabeza de Louis. El vecino, que sabe lo que piensa hacer el padre, decide hacer guardia para evitarlo, pero claro, como es viejo, se queda dormido en el instante preciso. Su mujer, que estaba fuera, de visita en casa de sus padres (con los que Louis no se lleva nada bien), nota algo extraño en su voz por teléfono y decide volver a toda prisa, entre tormentas de nieve, aviones y coches alquilados (una odisea contra el reloj y contra el mal que recuerda llamativamente a aquel Dick Hallorann cruzando el país para salvar al pequeño Danny Torrance y acabar con un hachazo en la espalda nada más cruzar las puertas del Overlook). Nada servirá. El pequeño Gage Creed ha vuelto y es un pequeño demonio, un zombi (aunque quede claro que esa terminología no se usa en la novela) insensible que busca lo peor de cada uno y lo azuza, que agrede y está más que dispuesto a hacer daño e incluso a matar. Louis Creed, que decidió resucitar (entre comillas) a su hijo, que se atrevió a ser, si no Dios, algo parecido, lo hizo pensando que sería mejor tener algo que no tener nada. Y ante ese hijo que ha vuelto debe replantearse sus creencias y pensar seriamente si no sería mejor estar con nada que con eso.

La parte final de la novela es angustiosa. Y se la dejamos intacta al lector que quiera que le revuelvan los sentimientos y le generen un malestar del que cuesta olvidarse.

Seguiremos leyendo. Y a veces, releyendo con temor.

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 30 de julio de 2018

Mandíbula, de Mónica Ojeda


Mandíbula, de Mónica Ojeda (Candaya)

Uno de los libros que me compré en la última Feria del Libro fue Mandíbula, de Mónica Ojeda. Ya había oído muy buenos comentarios sobre la anterior novela de esta autora ecuatoriana, Nefando, aunque no he podido leerla, y decidí empezar por esta, de la que me dijeron que era más madura, con una voz y una construcción más propias, con unas influencias igualmente sólidas pero quizá menos evidentes.

La mandíbula, como ya sabemos, es el nombre que recibe cada una de las dos piezas óseas o cartilaginosas que forman la boca de los vertebrados, y en las que están encajados los dientes. La idea de la mandíbula de un cocodrilo o de un tiburón nos remiten a un mundo agresivo de bocados y de los más fuertes devorando a los más débiles. La novela juega con esa idea de quién devora a quién, de mordiscos, trozos de carne arrancados, dolor, sangre.

Mandíbula toma la forma, por momentos, de una novela de terror, algo casi de género. Sirve, además de como narración, como lectura – contenedor de ideas que vienen apareciendo en el género desde Poe y Lovecraft, incluso desde el Moby Dick de Melville, pasando por Stephen King y llegando a las narraciones basadas en leyendas urbanas que se amontonan en internet casi desde sus primeros días. La idea central de la novela no es, sin embargo, la del terror. Aunque hay mucho terror, del psicológico, del que se sugiere, del que nace de la cotidaneidad. ¿Qué hay más cotidiano que una madre y una hija? ¿Qué hay a veces más envenenado que la relación entre ellas? Ahí está la clave de la novela, en cómo las madres ven a las hijas como amenazas que crecen, cómo hay madres que temen a sus hijas, madres que cortan el crecimiento de sus hijas, conflictos de todo tipo, violencias larvadas y violencias bastante explícitas, rencores, hipocresías. ¿Y qué hay de las madres que no son madres y ven en su profesión de profesora una idea sustitutiva de la maternidad? ¿Por qué esa profesora se viste exactamente como su madre, que también fue profesora, con su misma ropa y complementos, con sus peinados?

Tener hambre era alojar la nada y escuchar regurgitar anfibios en su estómago. Una vez, en el patio del edificio, Natalia cumplió el reto de llevarse a la boca los renacuajos de la charca.

Esa profesora, Miss Clara, llega nueva a un colegio privado, bilingüe, religioso y disciplinado, para impartir Literatura. Viene de una mala experiencia (una malísima experiencia) que no es capaz de sacarse de la cabeza ni de superar. En su anterior colegio, dos alumnas (las M&M´s) llegaron a colarse en su casa, secuestrarla y vejarla. Temió por su vida, pero lo peor, o eso me ha transmitido la lectura en todos los momentos en que se vuelve a este punto, fue la sensación de vulnerabilidad y exposición. No acaba de relajarse ante sus nuevas alumnas, algunas de las cuales son retorcidas, y ellas lo notan.

Un grupo de estas alumnas, de clase acomodada (muy acomodada), pero medio abandonadas por sus padres, por distintos motivos, encuentran en una casa vacía un lugar isla – refugio – puerta al vacío, donde empiezan a reunirse todas las tardes, aunque luego ya no puede ser todas las tardes y empieza a ser algunas tardes, y se proponen juegos raros, morbosos, a veces terroríficos y se cuentan historias del Dios blanco y de madres que devoran a sus hijas, historias que escuchan con los ojos cerrados, que algunas han adaptado de la red y otras han creado. Entre las chicas las hay que prefieren distanciarse un poco, las que estrechan aún más su relación, las que se sienten incómodas y las que sienten que por fin han llegado a su hogar.

Una de esas chicas, Anne – Lisse, está castigada los viernes por la tarde con Miss Clara, la profesora de Literatura, y a fuerza de cercanía su relación se hace un poco más estrecha. Anne Lisse escribe un pequeño ensayo sobre el terror para su profesora, que la perturba, y le cuenta qué pasó entre ella y su mejor amiga, pero que ya no es ni su amiga, Fernanda. Y es esta revelación la que acaba con Fernanda secuestrada en una cabaña, indefensa, sin entender nada, por su maestra. Esto, que es un destripe de la trama en toda regla, aparece al principio del libro. La novela de Mónica Ojeda es no tanto descubrir qué va a pasar y cómo, sino qué habita en la cabeza de esa profesora y ese grupo de alumnas y cómo una y otras se ven.

Usted habría podido cargar a Ximena, Miss Clara, o al menos intentarlo, que es lo que se supone que debe hacer una maestra: intentar.

El libro es violento, desagradable por momentos, pero a la vez adictivo y muy bien hilvanado. La prosa es certera, todo está bien escrito, el ritmo sube y baja cuando se necesita, apenas hay humor ni demasiada vida fuera de las mentes de las protagonistas. Todas ellas, solipsistas, crean su propia realidad, y es la colisión de las distintas realidades que han ido creando la que hace saltar las chispas. La escritura está muy cerca de un plano físico, duele, sangra, huele.

Nunca imaginó que el hambre fuera un peso perfecto trepando desde el estómago hasta la sien.

No es una de esas lecturas ligeras que muchos escogen para el verano. Quizá ni siquiera es una lectura para muchos, sino para pocos. Pero esos pocos para los que pueda ser (y ojalá sea para muchos) tendrán un libro rondándoles por la cabeza durante semanas. Y si tienen amigos que también lo lean, un entretenido tema de tertulia, esta sí veraniega, en una terraza.

Felices lecturas. Incluso con aquellos libros que le dan la espalda a cualquier felicidad.

Seguiremos leyendo

Sr. E



lunes, 21 de mayo de 2018

Cuentos escogidos, de Shirley Jackson


Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula)

Si todos los cuentistas descendemos, directa o indirectamente, con mayor o menor éxito, de Edgar Allan Poe, no debe extrañarnos que muchos de los grandes logros de la narrativa breve se sitúen, de un modo natural y cómodo, en el ámbito de lo fantástico y / o el terror. Pienso en gran parte de la producción de Kafka, de Borges, en Cortázar, en Dino Buzzatti, y en un porcentaje amplio del cuento anglosajón de los últimos sesenta o setenta años, como Stephen King o Richard Matheson. 7 cuentos y otros 4 textos de naturaleza más o menos crítica me han valido para atreverme a situarla en un escalón parecido a ellos dos. Al menos.

King es uno de los que recomiendan los textos de Shirley Jackson y hablan de ella como una maestra. Stephen King es quizá demasiado generoso en sus referencias a maestros y escritores de primera, y así algunas de sus recomendaciones me han decepcionado. Pero no es el caso. Empezaba hablando de Shirley Jackson como autora de género de terror, y su libro más famoso, Siempre hemos vivido en el castillo, es una novela gótica clásica, igual que La maldición de Hill House es una novela de casas encantadas perfectamente asimilable al género. En estos cuentos, sin embargo, habiendo terror, se trata más de una pequeña selección de cuentos realmente incómodos, tocados por el desasosiego y la incomodidad. El terror se produce en el lector por la falta de suelo que se adivina en lo que se está leyendo. Son esa clase de cuentos bien construidos que buscan (y necesitan) la complicidad del lector para completar lo que se está contando en ellos. Nunca termina de suceder nada abiertamente monstruoso, pero uno, como lector, siempre llega a la última página intranquilo, preocupado por esos personajes, intuyendo lo que queda más allá. Sabe que lo que está pasando un poco más allá de la página es aún peor. Sufre por la vida más allá de los personajes. Los cuentos de Shirley Jackson quizá destacan por eso, porque nos están contando algo importante pero nos están transmitiendo que lo realmente decisivo no está ahí, en lo obvio, en la página.

La edición de Minúscula (detallada y bonita) incluye realmente solo siete cuentos: El amante demoníaco, La bruja, Después de usted, mi querido Alphonse, Charles, Siete tipos de ambigüedad, La muela y La lotería. La lotería es quizá el relato más conocido, y su influencia se palpa claramente en esos relatos más rurales de Stephen King, aquellos con los que empezó en El umbral de la noche (siendo quizá el más famoso Los chicos del maíz). Volveremos a él en unas líneas.

Hago un breve comentario sobre los cuentos incluidos. El más flojo me ha parecido, con diferencia, La muela, que retrata el viaje, agobiante, en autobús, de una mujer desde su casa en los suburbios al centro de Nueva York a que le extraigan una muela que le está doliendo. Bien cargado de simbolismo y bien ejecutado, no tiene sin embargo el vuelo literario que en general tiene de sobra el libro.

Los relatos, descontando La lotería, son, en esencia, realistas. Quiero decir que si cuento brevemente la trama de cada uno de ellos, parecerían historias de Lorrie Moore o John Cheever. Y no cito arbitrariamente a estos dos autores, pues creo que Shirley Jackson comparte con ellos la manera de enseñar las heridas del malestar íntimo de la clase media. Shirley Jackson era una mujer casada, que vivía en las afueras de una ciudad de provincias y se encargaba de sus hijos. Y escribía sobre las limitaciones que esa vida le imponía. Se muestra clara al respecto en los cuatro textos entre ensayísticos y confesionales que siguen a los relatos propiamente dichos. Pero volvemos a los relatos y a su aparente realismo. Y decimos aparente y sabemos, como lectores del género inquietante (más que fantástico o de terror), que la mejor manera de empezar a inquietarnos es que todo parezca, al principio, muy normal. Porque quizá el gris es el color más inquietante de la paleta con la que puede ambientar sus historias un autor.

El amante demoníaco retrata la búsqueda, desasosegada en un principio, desesperada al final, de una mujer en la mañana de su boda. Se le ha extraviado el novio. Y no hay rastros más allá de su propia voluntad. Y no sabemos si todo ha sido una especie de broma pesada que un caradura le ha gastado a una solterona o las propias ensoñaciones de la protagonista, que la han hecho imaginarse vestida de novia, hasta que el choque con la realidad es inevitable.

La bruja nos muestra una conversación casual entre un niño que juega en la calle bajo la vigilancia de su madre y un anciano que pasa por allí y se pasa. ¡Menudas cosas dicen los niños! ¡Y menudas cosas dicen los viejos! ¿O hay algo de verdad en las terribles frases que a modo de broma (espera la madre) salen por la boca del viejo, que recuerda su infancia, cruel como lo son muchas veces?

Después de usted, mi querido Alphonse y Charles son dos muestras de una autora que sabe moverse perfectamente en el mundo infantil, retratando sus claroscuros (con tendencia a reforzar la parte oscura, por supuesto). Conoce el lenguaje y la forma de ver el mundo, muchas veces entre la ensoñación y la incomprensión de algunos comportamientos adultos. Después de usted, mi querido Alphonse, es un relato sutil en el que Shirley Jackson despedaza la corrección aparente y las buenas intenciones de la clase media blanca bienpensante. Cumple perfectamente la máxima del relato de contar lo que está sucediendo, mostrarlo, en vez de decir qué debe pensar el lector. Un niño lleva a casa a comer (lo más normal entre niños) a un amigo, que es negro, y su madre asumirá desde el instante en que entra en casa todos los tópicos y diferencias entre su familia y la del niño, en cuanto a clase social, comportamientos. Y el niño negro le irá desmontando, uno a uno, esos prejuicios que quizá no son ni conscientes de serlo, mostrándole una cotidianidad muy parecida a la de ellos. Me ha recordado (aunque no pasa a la parte terrorífica), el planteamiento de la familia a la que llega el protagonista de la película Get out. Charles no es más que el nombre de un niño, un compañero de clase del hijo de una familia, un niño que acaba de empezar el preescolar, aunque quizá sea un amigo imaginario del niño, o quizá algo más, una máscara tras la que esconder sus malos comportamientos y con cuyas historias entretener a su familia.

Y llegamos a La lotería. Leído hoy es un relato que ya ha escapado de la definición de escandaloso (empezando porque puso muchas semillas en muchos relatos posteriores y lo tenemos muy asimilado). La lotería se celebra en un pueblo del Medio Oeste americano y elige cada año a una familia que a modo de ritual (probablemente para mantener a salvo a todos los demás) será apedreada. La lotería relata el sorteo de un año concreto, y es una maravilla de concisión y tensión ambiental sostenida. Fue publicado en The New Yorker y obtuvo gran número de reacciones indignadas. Y resulta casi enternecedor ver por qué cosas se escandalizaban en los años cincuenta, y preocupante pensar que hoy en día, con el ruido y la furia concentrados en las redes sociales, se le podría pedir la cárcel o al menos la desaparición del texto (y no sé muy bien qué petición es peor) por parte de los ofendidos por esas páginas. Por lo demás, un texto ejemplar, perfecto, de relato en el que lo poco dice muchísimo, y como pasa con la mayoría de cuentos del libro, y ya se ha comentado, mucho más de lo que queda por escrito, como si la autora quisiera señalar lo horribles que somos los humanos pero no quisiera dejar demasiadas pruebas por escrito de que lo ha dicho.

La edición (que aún así pasa escasamente de las 150 páginas) se complementa con cuatro textos, recogidos bajo el título de: Tres conferencias y un cuento. Experiencia y ficción, el primero, es una bonita oda al oficio de narradora, y sus ventajas sobre la vida “normal”. La noche en que todos tuvimos gripe no me ha parecido que pase de ser una anécdota familiar, en la que quizá se rastrean algunas costumbres y modos de Shirley Jackson que podrían tener que ver (o no) con su modo de enfrentarse a la escritura, pero que más allá de que alguien quisiera escribir un artículo académico no creo que presenten gran interés. Biografía de una historia narra la sucesión de reacciones a la publicación de La lotería (algo horrible, le dicen muchas veces). Cartas que llegan a su casa (bueno, a un apartado postal dispuesto para ello) por decenas al día, enviadas directamente por lectores o reenviadas en muchas ocasiones por su editor en The New Yorker. Están desde los que no parecen entender qué es una obra de ficción y qué se debe esperar de ella, hasta los que tienen serios problemas de comprensión lectora, aquellos para quienes las historias siempre deberían ser bonitas y animar al mundo, y nunca mostrar su reverso tenebroso, y los pocos que vieron algo bueno en esa historia y se lo quisieron transmitir a la autora. El texto que cierra el libro, Notas para un joven escritor, es uno de tantos textos de consejos para escritores, pero hay que reconocerle que es valioso en el modo en que muestra de modo sencillo cómo distinguir una historia que solo tiene interés para quien la cuenta de otra con interés para los lectores y como consejos para limpiar el estilo y hacerlo significativo.

Haciendo balance, los Cuentos escogidos de Shirley Jackson un libro valiosísimo, para tener en casa, y supongo que lo apropiado es buscar pronto el reciente: Deja que te cuente: Cuentos inéditos, ensayos y otros escritos, también en Minúscula, y dejar que se complementen, a la espera, quizá de una edición de su narrativa breve completa y antologada.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 9 de febrero de 2017

Misery, de Stephen King

Misery, de Stephen King (DeBolsillo)


Conocía la historia de Misery, porque en algún momento de mi adolescencia vi varias veces la película inspirada en la novela, protagonizada por Cathy Bates (que ganó de hecho el Óscar por interpretar a Annie Wilkes) y James Caan, y por cierto muy recomendable. Últimamente he encontrado referencias muy directas a la novela en Rey de Picas, la novela de Joyce Carol Oates (a su vez una autora a la que Stephen King admira) y he oído hablar de que tiene también mucho peso en la novela Basada en hechos reales, de Delphine De Vigan, que ha recibido muy buenas críticas. Pero no había leído hasta ahora la novela de Stephen King. Siempre la he visto considerada entre sus obras más importantes, y después de leerla debo decir que así es. Misery está sin duda a la altura de las que para mí son sus mejores novelas: El misterio de Salem´s Lot, Cementerio de animales, La zona muerta y El resplandor. El canon de sus seguidores incluye a veces Apocalipsis o La torre oscura, pero no las he leído. Creo que Misery es un libro que tiene varios niveles de lectura, como Cementerio de animales, y en el que King se enfrenta a sus fantasmas como escritor, como sucedía en El resplandor.

Misery es un interesante juego metanarrativo que es a la vez una muy eficiente novela de terror. Lo peor que se puede decir de un libro de Stephen King es que está bien escrito y es eficaz. Cualquiera de sus obras funciona, avanza a buen ritmo y está construida para contar bien una historia. Aquí la historia nos lleva a conocer a Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas que ha acabado harto de ellas y que considera que es un mejor escritor de lo que sus lectores fieles le permiten ser y los críticos ven. Sheldon acaba de publicar la última novela de su famosa saga de novela histórico – romántica, la protagonizada por Misery Chastain, y por fin ha matado al personaje. También acaba de escribir la que considera que será su mejor novela, Automóviles veloces, por la que cree que puede optar al Pullitzer o el National Book Award o cualquiera de esos premios que Stephen King nunca ha ganado ni ganará.

Para celebrar que ha terminado su gran novela, Paul Sheldon abre una botella del mejor champán que tienen en el hotel y decide lanzarse a conducir hacia el oeste, en un impulso adolescente e idiota. Sheldon es un tópico escritor de éxito, aficionado a los coches, bebedor e incapaz de mantener un matrimonio en pie. Conduciendo a toda velocidad, con el Dom Perignon en una mano y el volante en la otra, y bajo una tormenta, su coche acabará estrellado. Alguien acudirá a su rescate y lo salvará de lo que hubiera sido una muerte segura, bajo la nieve, por hipotermia. Pero, y esto se lo preguntará muchas veces Paul Sheldon en los siguientes meses. ¿No hubiera sido preferible morir allí?

La persona que lo rescata es Annie Wilkes, una ex – enfermera que vive sola en mitad de las montañas, junto a su cerdo Misery. Qué casualidad, su fan número uno. Ella lo trasladó hasta su casa y allí le entablilló de manera rudimentaria sus piernas rotas y empezó a atiborrarlo de analgésicos y otras drogas. Cuando Paul Sheldon vuelve en sí y toma conciencia de su situación, empieza a inquietarse. ¿Por qué no lo llevó a un hospital? Ella tiene un oscuro pasado de muertes y sospechas que él irá descubriendo.

Annie Wilkes, la fan número uno de las novelas románticas que Paul Sheldon escribe, enfurece al ver que ha matado a su personaje favorito, Misery Chastain. Enfurece aún más cuando lee el manuscrito de la que será su nueva novela, y cuando comprueba que parece estar orgulloso de ese libro. Lo obliga a quemarlo en una barbacoa. Era su única copia. Después de dos años de trabajo. Una pesadilla para cualquier escritor. Una tortura. Pero no será la única. Ni la peor. Annie Wilkes tiene muy mal genio, y experiencia en usarlo. También cree que tiene a todo el mundo en contra. Solo encuentra consuelo en rezar (una característica muy repetida en algunos personajes de King, ese fanatismo religioso) y en las novelas románticas que Paul Sheldon escribía. Obligará, y sabe ser muy persuasiva, a que el autor retome las novelas de Misery y escriba la nueva entrega de la saga, en la que el personaje regrese de entre los muertos y le dé a la que será su única lectora más de lo mismo, lo único que quiere.

Así pues, ¿qué era la verdad? La verdad era que el rechazo creciente a su trabajo por parte de la crítica como “escritor popular”, lo que suponía, según él, catalogarlo por debajo de un auténtico escribidor, le había hecho daño. No concordaba con la imagen que tenía de sí mismo como “escritor serio” que inventaba todos esos romances de mierda como subsidio para su (fanfarria de trompetas, por favor) ¡VERDADERO TRABAJO!

Entre torturas y malos tratos que es mejor no desvelar, en una tensión creciente, veremos cómo Paul Sheldon va avanzando en la novela que le puede salvar la vida. Él mismo se compara con Sherezade. Cada capítulo que termina y ella lee le alarga un poco la vida, pero lo acerca más al fin. Una novela que le irá gustando poco a poco, porque a veces escribir trata de eso, de la tabla de salvación a la que los escritores pueden agarrarse para no hundirse. Podremos leer capítulos de la novela que Annie Wilkes quiere leer, El retorno de Misery. Veremos la prosa afectada que lo ha hecho un autor superventas entre lectoras fanáticas que no pueden vivir sin recurrir a ese otro mundo. La droga de Annie son las novelas de Misery. Paul se va enganchando a los calmantes que ella le suministra. Toma conciencia de esa adicción. Y a su vez, se va enganchando a su propia novela, y sabe que el tiempo se le irá agotando.

Paul Sheldon acabará saliendo de aquella casa vivo pero con terribles secuelas. Nunca dejará de vivir, en parte, en aquella habitación y en aquel sótano. La novela presenta el encierro de un escritor esclavizado por su propio éxito. Sus lectores, ese Lector Constante del que habla, incapaz de ver un poco más allá de más de lo mismo. Ese lector que no quiere que su escritor preferido pueda hacer otra cosa. Igual que ese espectador de cine que no quiere que un director haga otra cosa, o que la nueva película de su saga predilecta no sea calcada a las anteriores. Misery podría tener un subtítulo que fuera: Las esclavitudes del autor de éxito o Las tiranías del lector. Un lector que se queja si un párrafo tiene demasiadas subordinadas o que abandona libros que son complicados o de pensar. Un lector que no tiene interés en conocer los trucos del oficio que Paul Sheldon le explica y le explica King a los lectores de la novela, porque es un lector que cree que escribir es esencialmente inventar una historia, cuando eso es prácticamente lo de menos. Un lector que sigue existiendo y que quizá está creciendo aún más en los tiempos de internet y la falta de atención continuada. Un lector que probablemente no se daría por aludido al leer la peripecia de Paul Sheldon y pensaría que el lector simple y fanático son los otros. Siempre son los otros. Paul Sheldon tiene su propia entrada en wikipedia, quizá un guiño macabro.

¿Puedes tú, Paul? -se preguntó en sueños-. Sí. Es así como sobrevivo. Es así como he llegado a mantener casa en Nueva York y en Los Ángeles y más hierro rodante del que hay en algunos parques de coches usados. Porque puedo y no es algo por lo que tenga que disculparme, maldición. Hay montones de tipos que escriben mejor prosa que yo y que entienden mejor lo que es la gente y el supuesto significado de la Humanidad, demonios, ya lo sé.

La novela también es una reivindicación que Stephen King hace de su oficio. Él no es un genio pero sí un gran artesano, eso nos dice. Eso dice como autor siempre que le preguntan. Y también nos dice que puede hacer algo más que historias terroríficas que aterroricen a los de siempre, aunque para ello se valga de una historia terrorífica. La novela es a la vez un escupitajo en la cara de los millones de lectores que pudieran considerar que debía ceñirse a hacer siempre lo mismo, y un juego irónico en esa misma línea. La novela es un agridulce retrato de la vida del escritor de éxito, y es quizá, a sus cuarenta años, hace ya casi treinta, la cima de la obra de Stephen King, quizá su última gran novela, a la vez una cumbre del género que igualo a las otras novelas que ya comentaba al principio (todas ellas del principio de su carrera) y a la vez una carta de renuncia.

Hay en este mundo un millón de cosas que no sé hacer. No puedo batear una pelota, ni siquiera en la secundaria. No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere alguien que lo saque del círculo, que lo asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. Claro que sí.

Hace ya años leí un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba cuánto hacía que Stephen King no nos daba realmente miedo. Quizá desde Misery.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



jueves, 15 de diciembre de 2016

Material sensible, de Neil Gaiman

Material sensible, de Neil Gaiman (Salamandra)


Neil Gaiman da la sensación, toda la sensación, de ser un tipo que se lo pasa genial escribiendo. Gaiman es uno de esos tipos que ha hecho cierto lo de hacer de tu pasión tu trabajo para así disfrutar, porque te dará la sensación de que nunca estás trabajando. Creo que Ray Bradbury, que es un autor  al que se refiere varias veces en el prólogo de Material sensible, era también de esos.

¿Qué es Material sensible? Una colección de relatos, la última por el momento, de Neil Gaiman. No soy alguien que haya leído todo lo que ha escrito Neil Gaiman, pero sí soy alguien que ha disfrutado mucho de Los hijos de Anansi y Buenos presagios (escrita a medias con Terry Pratchett) y que admira la profundidad de American Gods. Había leído otra colección de Gaiman, Objetos frágiles, que combinaba relatos que me apasionaron y algunos de los cuales se han quedado en mi selección mental y continuamente mutante de relatos que envidias y amas, y otros que no eran más que fórmulas resueltas con más o menos gracia. En Material sensible pasa lo mismo. Hay relatos francamente buenos mezclados con otros que funcionan sin más. Pero tampoco despreciemos lo que funciona sin más. El mismo Gaiman habla en el prólogo de la obra de que va a traicionar uno de los principios en los que más firmemente cree respecto a las colecciones de relatos, que es que no deben ser recopilaciones sin más, sin ton ni son, sino libros más o menos ordenados y más o menos homogéneos. Gaiman ya nos avisa de que su libro no va a ser así y se disculpa por ello. El prólogo es uno de esos prólogos que ya merecen la pena como obra. En unas treinta páginas encontramos algunos estados de ánimo de Gaiman como creador, de Gaiman como vendedor de su mercancía literaria, de Gaiman como lector de otros autores y finalmente de Gaiman como relector, revisor y editor de sus propios relatos.

¿Por qué Material sensible? Gaiman habla de que son relatos que van a tocar la sensibilidad de los lectores, y lo advierte, como esas películas y discos que advierten sobre su contenido. Gaiman, por cierto, dice que excluyendo las advertencias para que los niños no se acerquen a ciertos contenidos, deberían eliminarse los avisos. Es verdad que eso invalidaría los prólogos como medio de llegar a una colección de relatos, y hay colecciones en las que el prólogo enriquece mucho el libro, como es el caso. Los relatos de Gaiman siempre son emotivos. En eso se parece a Bradbury o a Stephen King. Por muy fantásticas que puedan ser sus tramas y sus personajes, en realidad siempre está contando la historia de un puñado de personajes que lo están pasando bien, empiezan a pasarlo mal y tienen que salir de esa fase. Hay relatos en los que Gaiman se ahorra la primera fase y los personajes lo pasan directamente mal desde el principio. Como él mismo reconoce en el prólogo, en todos los relatos de la colección la historia termina mal para al menos uno de los personajes. No esperábamos menos de la vida.

Me declaro fan de Gaiman como me declaro fan de Stephen King o fan de John Connolly. No creo que ninguno de los tres vaya a cambiar la historia de la literatura, pero como tampoco ninguno de los tres lo pretende, juzgarlos en esos términos es injusto. Teniendo en cuenta los libros que muchas veces nos venden como entretenimiento, o peor aún, como grandes obras literarias, no creo que estemos en condiciones de criticar a un Gaiman o a un King así como así. Son, antes de nada, trabajadores serios e incansables. Gente que sigue ilusionándose con cada nuevo libro que comienza. Gaiman pretende escribir historias que emocionen a millones de personas. Y creo que llega a un público enorme al que a ratos fascina, a ratos da miedo y a ratos hace pensar. Neil Gaiman crea siempre un mundo propio en cada relato que afronta. Es un narrador muy eficaz. Tiene muy buena mano para llevarnos a un pasaje de la infancia, consigue generar recuerdos muy vívidos. Y tiene esa capacidad no tantos escritores tienen de romper muy pronto el pacto con la realidad introduciéndonos en un mundo ajeno que asumimos de inmediato como el terreno de juego.

Gaiman también sabe jugar muy bien con los elementos del mundo literario, y bien porque algunos de los relatos que aparecen en la colección se los han encargado o bien por su naturaleza de fan, saca muy buen partido a reinterpretar algunos mitos ya muy vistos (Diamantes y perlas: un cuento de hadas, La joven durmiente y el huso, El oficio de bruja), o darle nuevas vidas a personajes ajenos. En Objetos frágiles tenía un relato en el que releía a Sherlock Holmes, y Material sensible tiene su propia ración de Holmes (El caso de la muerte y la miel). Aprovecha cada oportunidad para rendir homenajes a escritores que le gustan (Un calendario de cuentos, El hombre que olvidó a Ray Bradbury, Un laberinto lunar). Incluso reescribe parte de su propia obra, recuperando el personaje de Sombra, protagonista de su novela American Gods, sin duda una gran novela, que aparece en Black dog, el relato más largo de la colección, y que parece un pasaje descartado del montaje final de la novela. Neil Gaiman también se mete en el mundo del pop y recrea ideas de su mujer, la artista Amanda Palmer, canciones de David Bowie (El retorno del delgado duque blanco) o de la serie británica Doctor Who (Las nada en punto). Acepta encargos de viajes (Jerusalén) o lee extrañas historias sobre monjes irlandeses del siglo VI y las recrea (En Rehlig Odhráin).

Toda esa clase de cuentos están muy bien escritos, son eficaces, entretenidos, pero aún hay más. Hay un Neil Gaiman que recrea las angustias y las satisfacciones de la creación y que mira a la cara los lugares comunes de la vida adulta y los desafía, que ve que el arte y la vida se retan y cruzan con frecuencia. Ese es el Neil Gaiman que me parece que alcanza, con esa manera de mirar a la vida más real, cotas más altas de magia. Es el minoritario, hay que avisarlo. Pero produce algunos cuentos que sé que seguiré recordando dentro de años, como Terminaciones femeninas, Naranja, Mi última casera, Cómo montar una silla (que anuncia efectivamente en el título de dónde viene y a dónde va la historia) y especialmente Lo que pasa con Cassandra, en el que nos habla de una novia que nunca tuvo pero que intentó que todos creyeran que tenía cuando era adolescente, llamada Cassandra, que parece materializarse cuando ya es un hombre adulto y a la que sus amigos y familiares no paran de encontrarse.

Un libro muy recomendable. Uno de esos libros para pasar unos días fuera de casa en vacaciones o para pequeños viajes en cercanías o en metro. Una buena compañía que divierte y que comprendiendo que como toda colección tiene altibajos, no baja del notable en ningún momento.  

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 20 de octubre de 2016

(Re)leyendo relatos clásicos

Leyendo relatos clásicos: E. A. Poe y R. L. Stevenson

Tengo un importante déficit de lectura de clásicos. He leído a algunos de los autores clásicos canónicos, por supuesto, pero a algunos llegué quizá demasiado pronto y a otros los leí en un nivel de lectura que quizá no era el adecuado. Dentro del relato clásico del siglo XIX, había leído, en la adolescencia, o casi en la preadolescencia, a Poe y a Stevenson. Dentro de aquellas largas listas de lecturas que nos proponían para el verano, recuerdo que fueron dos autores, junto con Conan Doyle o Stoker, que me entretuvieron mucho. Leí bastantes cuentos de Poe, y tengo el recuerdo de haberlo pasado bastante mal con El gato negro, aunque influye que en aquella época de mi vida a mí los gatos ya me daban bastante mal rollo. De Stevenson, aparte de La isla del tesoro, de la que algunos grandes novelistas se han declarado siempre fans, leí algunas novelas cortas cercanas al terror, como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde y Olalla, que ahora he reencontrado dentro de esta colección de sus cuentos.

Luego me puse a escribir relato y Poe siempre aparece como el precursor de una de las dos grandes corrientes de las que bebe el relato corto moderno, la que se acerca más al fantástico y se contrapone a la más realista de Chéjov. Aunque a mí siempre me gusta hablar de tres grandes corrientes y considerar que Kafka traza una tercera vía que integra una mirada fantástica en una realidad aparentemente prosaica, y merece su propio lugar. Quizá por esa presencia casi constante de Poe en todos los manuales y referencias, nunca lo había releído de adulto. Aunque hace un par de años me compré una edición con todos sus cuentos pensando en hacerlo alguna vez. A veces vas acumulando los cuentos completos de algunos autores para ir leyéndolos en el futuro y a conviene que el futuro llegue a hacerse presente. Y en junio de este año empecé a abrir algunos de los cuentos de Poe. No los he leído todos porque he ido leyendo títulos de manera salteada, repasando los que recordaba primero (El gato negro, La verdad sobre el caso del Señor Valdemar, La caída de la casa Usher, La carta robada, El escarabajo de oro o Los crímenes de la calle Morgue) y leyendo luego algunos de los más conocidos que no leía o no recordaba haber leído (como Berenice, El tonel de amontillado, El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether).

La prosa de Poe que he encontrado y reencontrado es siempre evocadora. En el primer párrafo te mete en la atmósfera de la historia concreta que va a contarte y no es fácil salir de ella. Poe habló de la unidad narrativa del relato y sus cuentos funcionan perfectamente como unidad y apetece leerlos siempre de una sentada. Algunos son apenas 5 – 6 páginas y otros se alargan bastante más, pero nunca cruzan la idea del cuento breve como un tema, una voz. Leyendo estos cuentos, que se van acercando a los dos siglos de existencia, se siente el peso de la historia. Y el peso de estar viviendo un acontecimiento histórico, que es (con todos los matices necesarios) el del establecimiento del cuento como género moderno (en inglés tendríamos el paso del tale a la short story y quizá se ve más fácil). Poe nos presenta algunos cuentos de los que podemos rastrear su poso en cientos de historias literarias y cinematográficas posteriores, viendo lo influyente que han sido relatos como El gato negro, Los crímenes de la Calle Morgue, La verdad sobre el caso del señor Valdemar o El corazón delator.  

Leyendo a Poe también me he dado cuenta de cuantos imitadores sigue teniendo, y uso la palabra imitadores y no deudores porque quiero darle un matiz negativo. Escribir en una tradición que viene de Poe y lo asume es lícito y es necesario, y ahí podemos marcar a autores más cercanos al fantástico de terror, como Stephen King o Richard Matheson a autores más literarios, como Cortázar (que lo tradujo) o Bioy Casares. Pero limitarse a escribir como él, buscar dar las sorpresas que sorprendían hace más de cientocincuenta años no tiene sentido más allá del ejercicio de estilo. Seguiré leyendo sus cuentos en los próximos meses, pero de momento ya dejo marcados tres relatos que me han parecido perfectamente válidos hoy en día, como son El sistema del doctor Tarr y el Profesor Fether, El tonel de amontillado y Nunca apuestes tu cabeza al diablo, que comienza con una reflexión metaliteraria que me tiene enamorado.


Para mi último cumpleaños me regalaron la edición con los Cuentos completos de Robert Louis Stevenson de la editorial Valdemar. Valdemar suele cuidar mucho sus selecciones y ediciones y aquí también lo hace. Tampoco he leído aún todos los relatos del libro, pero he disfrutado mucho de los que he leído en tardes reposadas. ¿Había leído Robert Louis Stevenson a Edgar Allan Poe? Aunque Poe no fue especialmente popular en el Reino Unido en esa primera época, es probable que sí. El prólogo de la edición de Valdemar, a cargo de Vicente Molina Foix, señala a Robert Louis Stevenson como el gran cuentista inglés, por extensión de su obra y por la calidad de la misma.

Sus temas van de la aventura al terror, y llamar cuentos a algunos de estos textos es un poco llamativo según los parámetros habituales, pero se editan por tradición juntos. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde es prácticamente una novela corta, no sólo por su extensión sino por su estructura y concepción, y tanto El club de los suicidas como El dinamitero son realmente novelas, aunque es verdad que novelas formadas a base de cuentos, una manera que hoy en día se sigue utilizando para estructurar novelas (pensemos sin ir más lejos en Rayuela, La vida: instrucciones de uso o Los detectives salvajes).

Es sabido que en los mares del sur, donde acabó sus días, a Stevenson, un aventurero que escribía aventuras, lo llamaban Tusitala (el que cuenta historias), y es fácil imaginar algunas de estas historias naciendo en una conversación en una taberna con un whisky por medio, o como una de esas historias que se cuentan al abrigo de un buen fuego. Molina Foix habla en el prólogo de que Stevenson es un maestro en utilizar las palabras justas para expresar lo que pretende, y la verdad es que consigue una gran expresividad con una admirable economía. Una novela corta de 70 y pocas páginas, como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde sería una historia de 200 en manos de casi cualquier novelista, y sería otra lectura.

Sin saberlo, algunas de las historias que he ido leyendo me remitían a otras lecturas contemporáneas a él o posteriores, lo que indica que su obra ha trascendido y se mantiene. Olalla me ha recordado la lectura de Otra vuelta de tuerca de Henry James. El diablillo de la botella es un cuento en el que parece que está inspirado directamente La pata de mono de W. W. Jacobs, de donde Stephen King reconoce que nace Cementerio de animales, una de sus mejores novelas. El sótano de la peste me ha recordado a mi reciente lectura de El tonel de amontillado de Poe, no sólo por el ambiente de sótano, claro, sino también por la manera de ir presentando el misterio. Historia de Tod Lapraik es un perfecto ejercicio de concisión, de concentración extrema de una novela de una vida en un cuento de ocho páginas, e Historia de una mentira me ha parecido una maravilla de relato corto, de los largos, de más de cincuenta páginas, sólido, que se va dibujando capa a capa, de los que cualquiera debería leer y disfrutar más de una vez en la vida, y si escribe o lo pretende, del que se puede aprender mucho.

Seguiré leyendo los relatos de Stevenson y de Poe, y en algún momento sumaré la edición que tengo de los Cuentos completos de Maupassant. Y seguiré compartiendo mis impresiones.

Felices lecturas


Sr. E