Mostrando entradas con la etiqueta DeBolsillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DeBolsillo. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de febrero de 2019

Amor a primeras líneas: Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow


Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow (DeBolsillo) o cómo mudarse al interior de un libro

No soy uno de esos lectores exagerados, de esos que pierden el contacto con la realidad mientras leen, no me creo un personaje. No soy Madame Bovary, para resumir, y por muy abstraído que esté en la lectura de un libro, si llaman al timbre, me entero. Si suena el teléfono me entero, y por eso lo silencio cuando lo que quiero es leer sin que me interrumpan. Cuando llega la noche y tengo mucho sueño y cojo un libro, el libro no llega a despabilarme hasta tal punto que me quite el sueño. Nunca me ha pasado lo de: “cogí el libro a las once de la noche y me dio el amanecer leyéndolo, ya terminándolo”. Por eso me ha hecho pensar especialmente lo que me ha pasado esta mañana, de camino al trabajo. El metro (o bus o cercanías) es un buen lugar para leer, siempre, claro, que uno no se tenga que meter uno en una de esas líneas a una de esas horas en las que bien parecen los vagones latas de conservas y es imposible hasta pasar la página. Por suerte yo entro a las ocho menos cuarto en una línea de metro bastante vacía y puedo disponer de tiempo de lectura sentado hasta que llego.

Esta mañana me llevé para los viajes de ida y vuelta al trabajo Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow. Ya lo leí hace muchos años y me apetecía darle una segunda vuelta. No es una de las consideradas obras maestras de Bellow (que quizá suelen ser siempre Herzog y El legado de Humboldt), aunque sí un libro bastante reconocido (Bellow es en general siempre un buen novelista, y pasa como con Philip Roth o Don DeLillo, no es tan fácil señalar las cimas). Es, por resumirlo fácil, una novela de formación.

Pero no quería hablar del libro en su conjunto, porque solo acabo de volver a comenzarlo, sino de su inicio, de esas primeras páginas en las que los libros de teoría y los cursos de escritura dicen que se marca el tono y el punto de vista. Todos hemos sentido la diferencia entre un libro que sabe atraerte hacia su interior y uno que no lo hace tan bien. He leído recientemente Lecturas de mí mismo, de Philip Roth, en uno de cuyos artículos se habla de las novelas de Bellow y otros novelistas americanos contemporáneos a los inicios de Roth. Y Roth se preguntaba de dónde venía tanta exuberancia en la prosa, tanta potencia narrativa. Y es verdad que las páginas de Bellow son densas y están llenas de materia, a veces un tanto gratuita exhibición de músculo.

No sé si el resto del libro me seguirá teniendo así de absorbido, pero el caso es que esta mañana, de camino al trabajo, me he pasado de parada, y creo que en más de diez años de uso diario o casi diario del Metro de Madrid es la primera vez que me pasa algo así, tal cual, darme cuenta dos paradas después de que se había pasado mi parada. Menos mal que voy con margen suficiente.

Y el libro empieza así, e invito a todo el mundo a unirse a él:
Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad, Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica, pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido, ya fuera inocente o no tan inocente su llamado. Dice Heráclito que carácter es destino. A fin de cuentas, no hay cómo disfrazar el jaez de tal llamado, ni almohadillando la puerta ni enguantándose la mano.
Sabido es que toda supresión es burda: suprimes una cosa y en el acto estás suprimiendo la de al lado.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 21 de septiembre de 2018

Cementerio de animales, de Stephen King


Cementerio de animales, de Stephen King (DeBolsillo)

Si tuviera que elegir, creo que elegiría esta novela como mi preferida en la (irregular) producción de King. Así como pienso que en general es un cuentista de primer nivel, y sus ensayos son de lectura más que interesante para cierta categoría de lectores y escritores, su obra como novelista peca de repetitiva y demasiado abundante. No digo nada demasiado original si digo que tal vez King podría haber sido el autor de 8 o 10 excelentes novelas y decidió ser el autor de 5 o 6 muy buenas novelas y 40 que son más bien de relleno, de lectura entretenida (eso prácticamente siempre) y poco poso.

Cementerio de animales forma parte para mí de sus mejores novelas (junto con El resplandor, Salem´s Lot y Misery, a veces con La zona muerta, Apocalipsis o incluso Ojos de fuego) y después de releerla este verano diría que la pongo en el primer puesto. Recuerdo hace ya años un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba, como lector de King, cuánto tiempo hacía que, estrictamente hablando, no daba miedo. Venía a cuestionarse, Fresán, si no se le habría quedado para siempre la etiqueta de rey del terror pero esta se había ido vaciando de contenido. King ha aspirado, tal vez, a escribir la gran novela americana desde la óptica de la narrativa de género. Y si bien la etiqueta de Gran Novela Americana le queda grande a El Resplandor, hay que admitir que resiste la comparación con las obras de otros muchos eximios candidatos a los que sin embargo nadie cuestiona. Aquella pregunta de Fresán tenía una gran parte de razón. King ha ido derivando hacia un costumbrismo que cada vez ocupa más espacio en sus novelas, en las que el terror, cuando aparece, parece llegar con prisa, para resolver algo, como si él mismo acabara de darse cuenta de que es el rey del terror y debe actuar como tal antes de acabar de contar su historia. Le quedan a veces novelas que no dan tanto miedo y sobre todo que quedan resueltas con prisa, con cierto atropello y por lo tanto con un resultado menos redondo del que podrían haber tenido (vuelvo a la idea inicial, la renuncia, honesta quizá, pero renuncia, a redondear más sus libros y conseguir una nota media de notable alto en vez de entregar con asombrosa periodicidad novelas que se mueven entre el bien alto y el notable bajo).

Este verano saqué de la estantería Cementerio de animales y me dispuse a su relectura. Las relecturas siempre dan un poco de miedo, y creo que dan más miedo cuando son relecturas de libros que tocan, al menos parcialmente, a aquel que fuimos en la adolescencia. Aquel que fui en la adolescencia lo pasó bien leyendo Cementerio de animales, sin duda. Peca de los excesos afectivo – sentimentales de muchos textos de King (ese inicio con la llegada a la nueva ciudad, la casa que nadie quería pero de la que todos se enamoran, y sobre todo ese vecino del que de inmediato se puede pensar, de puro encantador y cercano, que ojalá hubiera sido el padre de uno), pero pronto (muy pronto) empieza a dar mal rollo. King coge (en 1983) un tema tan manido (aunque no tanto en 1983 como hoy en día) como el cementerio indio sobre (o junto al, en este caso) el que el hombre blanco ha edificado imprudentemente. Un sitio del que sería mejor mantenerse lejos pero al que todos en ese pueblo han acudido en una u otra situación, porque quienes lo conocen bien, y son conocedores de su secreto, saben que allí, los animales muertos, resucitan.

La novela que daba miedo y mal rollo cuando yo tenía 17 o 18 años es de auténtico pavor a mi edad, y con 2 hijos pequeños. Porque King se mete de lleno en uno de los mayores miedos de la sociedad, la muerte de un niño pequeño. Y lo hace poco a poco, envolviéndonos en espirales malsanas que nos van abrazando y guiando hacia donde pretende.

Así que la novela nos lleva a un primer acto en el que el gato de la familia Creed, el gato adorado por la hija, es atropellado por un camión en la carretera (una carretera de la que les advierte el afable vecino desde el mismo momento en el que llegan) mientras la mujer y los dos hijos están fuera. Louis Creed, médico, hombre racional, no sabe qué hacer, y ese vecino adorable, Jud Crandall, haciendo el papel de Mefistófeles, le ofrece ir al viejo cementerio de animales y enterrar allí al gato. A la mañana siguiente un gato parecido al que fue, pero ya siempre más tonto, más frío, más desagradable y dado a mostrar un sadismo que antes no conocía, aparece por la casa como si no hubiera pasado nada. Y en cierto modos se ven más cómodos en el papel de fingir que no ha pasado nada, y que ese gato que huele a tierra húmeda y removida, es el de siempre.

La pregunta que cualquiera se haría, conociendo como ahora lo conoce Louis Creed, el secreto del cementerio, es, ¿y las personas? ¿Funciona con las personas? ¿Alguien lo ha intentado? Cuando le pregunta a su vecino, primero recibe evasivas, y finalmente este le cuenta el caso de un vecino del pueblo que perdió a su hijo en la guerra y que decidió volver a tenerlo a su lado. Lo que volvió, aparte de torpe y frío, era malo, y conocía los secretos de todos. Pero hay cosas en las que es mejor no pensar. De las que no se habla. Y no se habla hasta que un día sucede algo horrible y Gage, el hijo pequeño de la familia Creed, acaba muerto. Todos se quedan en shock. Lo entierran. Lloran. No entienden nada. No entienden lo esencial de la muerte y lo monstruosa que resulta en circunstancias así. Pasados unos días, una idea empieza a rondar por la cabeza de Louis. El vecino, que sabe lo que piensa hacer el padre, decide hacer guardia para evitarlo, pero claro, como es viejo, se queda dormido en el instante preciso. Su mujer, que estaba fuera, de visita en casa de sus padres (con los que Louis no se lleva nada bien), nota algo extraño en su voz por teléfono y decide volver a toda prisa, entre tormentas de nieve, aviones y coches alquilados (una odisea contra el reloj y contra el mal que recuerda llamativamente a aquel Dick Hallorann cruzando el país para salvar al pequeño Danny Torrance y acabar con un hachazo en la espalda nada más cruzar las puertas del Overlook). Nada servirá. El pequeño Gage Creed ha vuelto y es un pequeño demonio, un zombi (aunque quede claro que esa terminología no se usa en la novela) insensible que busca lo peor de cada uno y lo azuza, que agrede y está más que dispuesto a hacer daño e incluso a matar. Louis Creed, que decidió resucitar (entre comillas) a su hijo, que se atrevió a ser, si no Dios, algo parecido, lo hizo pensando que sería mejor tener algo que no tener nada. Y ante ese hijo que ha vuelto debe replantearse sus creencias y pensar seriamente si no sería mejor estar con nada que con eso.

La parte final de la novela es angustiosa. Y se la dejamos intacta al lector que quiera que le revuelvan los sentimientos y le generen un malestar del que cuesta olvidarse.

Seguiremos leyendo. Y a veces, releyendo con temor.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 9 de noviembre de 2017

Degustación: La parte inventada, de Rodrigo Fresán

La parte inventada, de Rodrigo Fresán (DeBolsillo)

Leí por primera vez La parte inventada en la primavera de 2014, con un niño de 6 meses tendente al insomnio a mi lado, y disfruté del libro como disfruto de casi cualquier texto de Fresán. Leí el año pasado la segunda parte de esa trilogía en progreso, La parte soñada, y hace un par de semanas, en ruta por librerías vi que (¡al fin!) había llegado la edición en bolsillo de La parte inventada. Lanzo preguntas al aire: ¿cuánto debe vender un autor en edición grande para que su editorial considere que puede ser rentable la edición en bolsillo? Hace unos años todos los libros de Fresán estaban en bolsillo, este ha tardado más de tres años y hay otros de sus títulos totalmente desaparecidos. ¿No vende nada? ¿Ha dejado de ser interesante para ese mercado? ¿Antes sí vendía bien y era rentable?

Dejando al margen las cuestiones de marketing, la edición de bolsillo me ha permitido releer el libro, porque ahora lo tengo, ya no es de prestado de la biblioteca, y porque ahora es una edición relativamente cómoda de sacar al parque o llevar en el transporte público. Lo he releído con otro niño de 6 meses que duerme poco, como si fuera aquel primer niño, al lado. La literatura de Fresán está hecha para la relectura, como supongo que hubiera dicho Nabokov en caso de haberlo leído. Y no tanto porque una primera lectura requiera una especial concentración y seguimiento de una trama por lo general casi secundaria y unos personajes que se adscriben, en la mayoría de sus narraciones, a los estereotipos. Decía Alberto Olmos hace unas semanas en su blog Mala fama que si a un escritor le quitabas la narración solo quedaba la literatura. Pues Fresán es todo literatura. Y sus lectores le damos las gracias por ello.

Siempre ha sido así (lo es en esos libros infinitos que son La velocidad de las cosas o Mantra, lo es a una escala reducida en El fondo del cielo), pero lo es quizá un poco más en esta trilogía que está poniendo en marcha, basada en la figura del escritor. Rodrigo Fresán dice que escribió un primer libro, La parte inventada, y pensaba que eso era todo. Pero luego volvió a escribir y lo que le fue saliendo fue La parte soñada, y se dio cuenta de que seguía en el mismo mundo. Y ahora está trabajando en la tercera entrega, La parte recordada. Inventar, soñar, recordar, quizá los tres verbos clave en el momento de la creación literaria. Mezclándolos, si es posible. Recordar sueños. Inventar recuerdos. Etcétera.

La parte inventada es un libro inabarcable en todos sus niveles, plagado de referencias (a un nivel que hace que algunas páginas superen al pobre lector), lleno de digresiones que van devorando poco a poco la trama (una trama que vendría a ser la reconstrucción de la formación de El Escritor). Fresán es borgiano, y ya se dijo hace al menos dos décadas que era, probablemente un Borges pop, a lo que él contestó que Borges ya era pop. ¿Se hace viejo Fresán? Envejece, y se nota en este libro, y se nota en esta trilogía y se nota en las no demasiadas entrevistas que ha concedido en estos años, donde se le encuentra hastiado de la sociedad sin libros en la que le está tocando vivir. La parte inventada es un libro que habla de la muerte de la literatura. No de la novela, esta vez, sino de la literatura, de esa inversión de tiempo, neuronas, dinero, en buscar la mejor manera de escribir. Están los fantasmas de siempre de los libros de Fresán. Está 2001: La odisea en el espacio y está Bob Dylan y están The Beatles y está Francis Scott Fitzgerald, cuya novela Suave es la noche es una referencia constante en la vida y obra de El Escritor. Y están los nuevos fantasmas. Está ese envejecimiento y esa renuncia al pop contemporáneo, las diatribas contra las redes sociales y contra los que leen sin parar durante el día pero nunca libros con ideas complejas, contra los que escriben y pretenden que los lean pero ellos no leen y no trabajan su escritura.

Tratar de acercarse a un resumen de la trama es absurdo. El libro tiene 7 partes, en cierta medida tratando de reproducir esa idea que dice que toda historia viene esencialmente de esas 7 tramas básicas que se repiten desde Grecia o antes. Las referencias a la creación como aproximación a la trascendencia son constantes. A la trascendencia y a la paternidad, a la creación, el deicidio.

Y así El Niño no se parece en nada a sus padres. Y de acuerdo, lugar común, vista cansada: no puedes escoger a tus padres. Pero también es verdad que los padres tampoco pueden escoger a sus hijos. Y cabe preguntarse si estos dos, de haber podido acceder a otros modelos, habrían escogido a ese uno. O si este uno hubiera escogido a esos dos. Y cómo fue en primer lugar que los padres se escogieron entre ellos: ¿se sentían idénticos o complementarios o veían en el otro lo que querían que el otro viese en ellos? Haya sido lo que haya sido, ahora entienden – aunque no se atrevan a decirlo abiertamente – que todo fue un malentendido.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales – con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus – un <<Pero ¿has leído todos estos libros?>>. Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: <<¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en el lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos …?>>.

De esas partes recomiendo la lectura, como de una novela corta, casi como un libro de cuentos incompletos, porque eso es, un libro de brotes de cuentos, de la tercera parte: Algunas cosas que se te ocurren cuando deseas que nada te ocurra, un magnífico acercamiento al momento en el que el autor vislumbra la idea de la que tirar para tratar de conseguir alguna vez un texto. El Hombre Solo, enfrentado a pruebas médicas de las que puede esperar lo peor (cuando deseas que nada te ocurra) empieza a tomar notas para posibles historias. Ideas disparatadas pero otras no tanto, algunas son ideas realmente buenas para cuentos que ya no se escribirán. Ideas que surgen del contorno más extraño de la realidad, y que en sus breves 2 caras de anotación apresurada consuelan. Consuelan porque hablan de mañana, el momento sin desgracia en el que sentarse y escribirlas, el momento para desarrollar esa idea un poco más, lo suficiente, lo necesario para esa historia en particular. Rodrigo Fresán se aproxima aquí, otra vez más, a uno de los dioses recurrentes de su panteón, un imprescindible de las decenas de citas con las que se abren sus libros, John Cheever, aquel señor de mirada triste, incapaz de aceptar su vida real con sus problemas reales, aquel a quien llamaban el Chéjov de los suburbios, quien decía que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista. Aquí Fresán lo lleva al extremo, es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la antesala de los resultados médicos que pueden incluir las peores palabras, esas que normalmente comienzan con una C. Hay cuentos de terror y hay cuentos que nos alivian el terror de vivir.

Esa pequeña colección de cuentos en el interior de una novela ilustra perfectamente lo que es este libro, una colección de muñecas rusas que siempre esconden otra historia más en su interior. Rodrigo Fresán nos hace replantearnos aquí que no existe eso que llaman buena y mala literatura, alta o baja, sino sencillamente Literatura y las demás formas más o menos funcionales de escritura. Y él sigue apostando todo a la Literatura. Y personalmente espero que nunca deje de hacerlo, porque como él también dice siempre que lo entrevistan, la realidad está sobrevalorada, y ya tenemos todos bastante realidad cada día.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

jueves, 9 de febrero de 2017

Misery, de Stephen King

Misery, de Stephen King (DeBolsillo)


Conocía la historia de Misery, porque en algún momento de mi adolescencia vi varias veces la película inspirada en la novela, protagonizada por Cathy Bates (que ganó de hecho el Óscar por interpretar a Annie Wilkes) y James Caan, y por cierto muy recomendable. Últimamente he encontrado referencias muy directas a la novela en Rey de Picas, la novela de Joyce Carol Oates (a su vez una autora a la que Stephen King admira) y he oído hablar de que tiene también mucho peso en la novela Basada en hechos reales, de Delphine De Vigan, que ha recibido muy buenas críticas. Pero no había leído hasta ahora la novela de Stephen King. Siempre la he visto considerada entre sus obras más importantes, y después de leerla debo decir que así es. Misery está sin duda a la altura de las que para mí son sus mejores novelas: El misterio de Salem´s Lot, Cementerio de animales, La zona muerta y El resplandor. El canon de sus seguidores incluye a veces Apocalipsis o La torre oscura, pero no las he leído. Creo que Misery es un libro que tiene varios niveles de lectura, como Cementerio de animales, y en el que King se enfrenta a sus fantasmas como escritor, como sucedía en El resplandor.

Misery es un interesante juego metanarrativo que es a la vez una muy eficiente novela de terror. Lo peor que se puede decir de un libro de Stephen King es que está bien escrito y es eficaz. Cualquiera de sus obras funciona, avanza a buen ritmo y está construida para contar bien una historia. Aquí la historia nos lleva a conocer a Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas que ha acabado harto de ellas y que considera que es un mejor escritor de lo que sus lectores fieles le permiten ser y los críticos ven. Sheldon acaba de publicar la última novela de su famosa saga de novela histórico – romántica, la protagonizada por Misery Chastain, y por fin ha matado al personaje. También acaba de escribir la que considera que será su mejor novela, Automóviles veloces, por la que cree que puede optar al Pullitzer o el National Book Award o cualquiera de esos premios que Stephen King nunca ha ganado ni ganará.

Para celebrar que ha terminado su gran novela, Paul Sheldon abre una botella del mejor champán que tienen en el hotel y decide lanzarse a conducir hacia el oeste, en un impulso adolescente e idiota. Sheldon es un tópico escritor de éxito, aficionado a los coches, bebedor e incapaz de mantener un matrimonio en pie. Conduciendo a toda velocidad, con el Dom Perignon en una mano y el volante en la otra, y bajo una tormenta, su coche acabará estrellado. Alguien acudirá a su rescate y lo salvará de lo que hubiera sido una muerte segura, bajo la nieve, por hipotermia. Pero, y esto se lo preguntará muchas veces Paul Sheldon en los siguientes meses. ¿No hubiera sido preferible morir allí?

La persona que lo rescata es Annie Wilkes, una ex – enfermera que vive sola en mitad de las montañas, junto a su cerdo Misery. Qué casualidad, su fan número uno. Ella lo trasladó hasta su casa y allí le entablilló de manera rudimentaria sus piernas rotas y empezó a atiborrarlo de analgésicos y otras drogas. Cuando Paul Sheldon vuelve en sí y toma conciencia de su situación, empieza a inquietarse. ¿Por qué no lo llevó a un hospital? Ella tiene un oscuro pasado de muertes y sospechas que él irá descubriendo.

Annie Wilkes, la fan número uno de las novelas románticas que Paul Sheldon escribe, enfurece al ver que ha matado a su personaje favorito, Misery Chastain. Enfurece aún más cuando lee el manuscrito de la que será su nueva novela, y cuando comprueba que parece estar orgulloso de ese libro. Lo obliga a quemarlo en una barbacoa. Era su única copia. Después de dos años de trabajo. Una pesadilla para cualquier escritor. Una tortura. Pero no será la única. Ni la peor. Annie Wilkes tiene muy mal genio, y experiencia en usarlo. También cree que tiene a todo el mundo en contra. Solo encuentra consuelo en rezar (una característica muy repetida en algunos personajes de King, ese fanatismo religioso) y en las novelas románticas que Paul Sheldon escribía. Obligará, y sabe ser muy persuasiva, a que el autor retome las novelas de Misery y escriba la nueva entrega de la saga, en la que el personaje regrese de entre los muertos y le dé a la que será su única lectora más de lo mismo, lo único que quiere.

Así pues, ¿qué era la verdad? La verdad era que el rechazo creciente a su trabajo por parte de la crítica como “escritor popular”, lo que suponía, según él, catalogarlo por debajo de un auténtico escribidor, le había hecho daño. No concordaba con la imagen que tenía de sí mismo como “escritor serio” que inventaba todos esos romances de mierda como subsidio para su (fanfarria de trompetas, por favor) ¡VERDADERO TRABAJO!

Entre torturas y malos tratos que es mejor no desvelar, en una tensión creciente, veremos cómo Paul Sheldon va avanzando en la novela que le puede salvar la vida. Él mismo se compara con Sherezade. Cada capítulo que termina y ella lee le alarga un poco la vida, pero lo acerca más al fin. Una novela que le irá gustando poco a poco, porque a veces escribir trata de eso, de la tabla de salvación a la que los escritores pueden agarrarse para no hundirse. Podremos leer capítulos de la novela que Annie Wilkes quiere leer, El retorno de Misery. Veremos la prosa afectada que lo ha hecho un autor superventas entre lectoras fanáticas que no pueden vivir sin recurrir a ese otro mundo. La droga de Annie son las novelas de Misery. Paul se va enganchando a los calmantes que ella le suministra. Toma conciencia de esa adicción. Y a su vez, se va enganchando a su propia novela, y sabe que el tiempo se le irá agotando.

Paul Sheldon acabará saliendo de aquella casa vivo pero con terribles secuelas. Nunca dejará de vivir, en parte, en aquella habitación y en aquel sótano. La novela presenta el encierro de un escritor esclavizado por su propio éxito. Sus lectores, ese Lector Constante del que habla, incapaz de ver un poco más allá de más de lo mismo. Ese lector que no quiere que su escritor preferido pueda hacer otra cosa. Igual que ese espectador de cine que no quiere que un director haga otra cosa, o que la nueva película de su saga predilecta no sea calcada a las anteriores. Misery podría tener un subtítulo que fuera: Las esclavitudes del autor de éxito o Las tiranías del lector. Un lector que se queja si un párrafo tiene demasiadas subordinadas o que abandona libros que son complicados o de pensar. Un lector que no tiene interés en conocer los trucos del oficio que Paul Sheldon le explica y le explica King a los lectores de la novela, porque es un lector que cree que escribir es esencialmente inventar una historia, cuando eso es prácticamente lo de menos. Un lector que sigue existiendo y que quizá está creciendo aún más en los tiempos de internet y la falta de atención continuada. Un lector que probablemente no se daría por aludido al leer la peripecia de Paul Sheldon y pensaría que el lector simple y fanático son los otros. Siempre son los otros. Paul Sheldon tiene su propia entrada en wikipedia, quizá un guiño macabro.

¿Puedes tú, Paul? -se preguntó en sueños-. Sí. Es así como sobrevivo. Es así como he llegado a mantener casa en Nueva York y en Los Ángeles y más hierro rodante del que hay en algunos parques de coches usados. Porque puedo y no es algo por lo que tenga que disculparme, maldición. Hay montones de tipos que escriben mejor prosa que yo y que entienden mejor lo que es la gente y el supuesto significado de la Humanidad, demonios, ya lo sé.

La novela también es una reivindicación que Stephen King hace de su oficio. Él no es un genio pero sí un gran artesano, eso nos dice. Eso dice como autor siempre que le preguntan. Y también nos dice que puede hacer algo más que historias terroríficas que aterroricen a los de siempre, aunque para ello se valga de una historia terrorífica. La novela es a la vez un escupitajo en la cara de los millones de lectores que pudieran considerar que debía ceñirse a hacer siempre lo mismo, y un juego irónico en esa misma línea. La novela es un agridulce retrato de la vida del escritor de éxito, y es quizá, a sus cuarenta años, hace ya casi treinta, la cima de la obra de Stephen King, quizá su última gran novela, a la vez una cumbre del género que igualo a las otras novelas que ya comentaba al principio (todas ellas del principio de su carrera) y a la vez una carta de renuncia.

Hay en este mundo un millón de cosas que no sé hacer. No puedo batear una pelota, ni siquiera en la secundaria. No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere alguien que lo saque del círculo, que lo asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. Claro que sí.

Hace ya años leí un artículo de Rodrigo Fresán en el que se preguntaba cuánto hacía que Stephen King no nos daba realmente miedo. Quizá desde Misery.

Seguiremos leyendo y hablando de libros.

Felices lecturas

Sr. E



lunes, 26 de diciembre de 2016

Carthage, de Joyce Carol Oates

Carthage, de Joyce Carol Oates (DeBolsillo)


Las hermanas Mayfield eran dos: Juliet, la guapa, y Cressida, la lista. Así podría empezar un cuento de hadas cualquiera. Uno de esos cuentos que llamamos de hadas pero que esconden en su interior oscuras realidades. Cuentos de hadas negras. Cuentos peligrosos. Carthage, el título de esta novela de Joyce Carol Oates, es el nombre de una pequeña ciudad al norte el estado de Nueva York. Un sitio entre bosques en el que la familia Mayfield es una de las principales familias de esa ciudad. Zeno, el padre, ha sido alcalde, es un hombre importante. Vive con Arlette, su religiosa mujer, y sus dos hijas, Juliet, la guapa, que estudió fuera pero volvió a la ciudad para ser maestra en una escuela infantil, y Cressida, la lista, una chica introvertida, con cuerpo de chico y afición por el dibujo, que ha estudiado su primer curso en una universidad en la que tampoco ha encontrado su lugar. La mayor, Juliet, está prometida con el cabo del ejército americano Brett Kincaid. Pero el cabo Brett Kincaid vuelve destrozado física y psíquicamente de su estancia en Irak, y después de meses de intentar reconstruir la relación, Juliet decide romper el compromiso. Unas semanas después, ven a su hermana, la del nombre extraño, la lista, Cressida, en un bar con el cabo Kincaid y algunos de sus amigotes. Esa misma noche Cressida no vuelve a casa y el cabo Kincaid es encontrado desorientado, magullado, con manchas de sangre en su coche. No recuerda qué ha pasado exactamente. Zeno Mayfield y su familia lo tienen claro desde el principio. Algunos agentes de la policía también. Aparece un suéter de Cressida en la reserva. El mismo que llevaba aquella noche. Por mucho que su madre y su abogado se resisten a ello, y por mucho que la ciudad, Carthage, que es uno de esos organismos vivos que miran y cuchichean, diga que era un héroe de guerra, Brett Kincaid al final se rinde y confiesa que sí, que él mató a Cressida Mayfield, aunque no recuerda por qué, y que la dejó en algún sitio que no recuerda cerca de donde han aparecido los restos de su ropa. Fin del primer acto. 200 páginas de tensión, de preguntarnos qué pasó exactamente, de querer saber qué nos están ocultando. Y la respuesta.

Esa respuesta no es para nada la respuesta final. Por no estropearle la novela a quien quiera leerla, sólo diré que la novela no ha acabado así, y que sus tres partes funcionan como tres actos que se complementan y contradicen. Unas 200 páginas cada uno. Cuando termina el primero ya hemos contenido la respiración muchas veces. Y nos quedan las confusas explicaciones de unos y otros. Nos queda saber cómo se reconstruye la vida después de una muerte así en la familia. Nos falta incluso saber cómo reconstruye una mujer joven su vida cuando es ella la que ha muerto. Tenemos que ver si hay arrepentimiento en quien ha hecho algo así, aunque no lo recuerde con claridad. Tenemos que ver si su familia puede perdonar. Tenemos que quedarnos impresionados viendo cómo el ser humano es capaz de olvidar o fingir que olvida.  

 Es, que recuerde, el cuarto libro de Joyce Carol Oates que leo, tres novelas y una colección de relatos. En los últimos años he oído su nombre en las quinielas de última hora de los Nobel. Me parecería una exageración pensando en que no lo tienen Philip Roth o Don DeLillo. Carol Oates me parece una narradora muy eficaz, con oficio, con dominio técnico, que estructura muy bien sus novelas. En muchas de esas virtudes no está muy lejos de Stephen King u otros narradores comerciales que hacen de su profesionalidad un valor. En cuanto a estilo, ideas y ambición está por encima, pero creo que lejos de una verdadera primera línea. Aunque es verdad que el enorme volumen de su producción hace mucho más meritorio ese nivel de calidad.

Lo mejor de Carthage, y de las novelas de Joyce Carol Oates que he leído hasta ahora, es su buen manejo de la estructura. Todo en la novela es atractivo para el lector, todo te incita a querer sabiendo, la información se va distribuyendo de manera eficaz y sin caer en trampas. La novela tiene una estructura en tres actos: Primer acto: Desaparece Cressida y nos imaginamos qué pasó. Segundo acto: Nos enteramos de qué pasó realmente con Cressida. Tercer acto: Fin de la historia. ¿Posibilidades de redención, de perdón?

La historia es oscura y su fraseo es oscuro. A veces parece una serpiente que nos susurra posibilidades al oído. El lenguaje es el necesario en cada punto, la voz que narra es elástica y se mueve de dentro de la cabeza de los personajes a un objetivismo descriptivo sin chirriar en ningún momento. Los personajes que aparecen dando contexto, especialmente en la segunda parte del libro, esos intelectuales izquierdistas y esos secretos de los que nadie habla, son por sí mismo interesantes, y enriquecen el resultado final.

Quizá no hay nada que destacar como lo peor de Carthage. La novela no es más ambiciosa y no cruza la frontera entre una muy buena novela y un libro que aspire a más porque la autora no lo pretende. Es una de esas novelas que se disfrutan mucho mientras se leen y que quizá se desdibujan con demasiada rapidez una vez terminada, seguramente porque es un artefacto bien dibujado pero los personajes no alcanzan a dejarnos nada memorable. La única pega que le pongo es el final, el perdón mutuo que no alcanzo a creerme. La insistencia de la madre de Cressida por seguir en su fe y ver al cabo Brett Kincaid en la cárcel y perdonarlo porque lo sigue considerando parte de su familia. ¿Es ese el perdón cristiano? ¿Es una postura hipócrita decir como dice ella, que ahora que no está, Cressida, donde quiera que esté (ella está pensando en el otro mundo al decirlo) habrá entendido por fin que la querían? La familia Mayfield representa muy bien las distintas opciones ante la tragedia. La hermana mayor, Juliet, huye de Carthage, porque no lo soporta. Su ex – prometido ha matado, o eso parece, a su hermana pequeña, y no puede convivir con esa idea en el paisaje habitual, donde todo sucedió. Arlette, la madre, reza por todos, y parece que lo hace por todos por igual. Zeno, el padre, no se rinde, resiste y piensa que Cressida volverá. Los psicólogos tendrían mucho que decir sobre la imposibilidad de cerrar el duelo cuando no hay un cadáver que enterrar. Carthage, como personaje colectivo, sigue juzgándolos, y por eso el título más adecuado de la novela ese ese, ni Cressida ni Los Mayfield. La vida sigue o la vida se termina pero los pueblos siguen murmurando.

Ha sido una muy buena novela para cerrar el año. Es uno de esos libros recomendables para vacaciones y chimenea.

Antes de fin de año trataré de convertir mis lecturas de 2016 en una lista de 10 libros.

Felices lecturas


Sr. E