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domingo, 19 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.


Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.

Cuentos completos, de Flannery O´Connor: Leí los Cuentos completos de Flannery O´Connor hace no menos de quince años. No he vuelto a releerlos, apenas algún texto suelto en alguna antología. Y como me pasa con los relatos de Carson McCullers (El aliento del cielo), aunque a esta la he releído más, mantengo cierta sensación de haber cerrado el libro no hace tanto. No recuerdo las tramas concretas de los relatos, pero guardo bastante vívido en el recuerdo el retrato piadoso de los parias, las desventuras de la enfermedad y el señalamiento, la claridad estética de sus historias bastante oscuras, el habla marcada de los poblados del Sur americano, la violencia latente de esa sociedad. Y ya que tengo el viejo libro de bolsillo que leí entonces en casa, quizá sea una buena idea volver a ellos.


Muerte a crédito, de Louis – Ferdinand Céline: Siempre me ha intrigado Céline. Gran esteta, nazi, son las dos cuestiones que uno identifica con él. A veces en el orden contrario, un nazi que era un escritor extraordinariamente dotado. Hace unos meses compré la edición de bolsillo de Muerte a crédito, prologada por Constatinto Bértolo, y he aprovechado para descubrirla. Céline fue médico y tenía complejas relaciones con sus orígenes familiares, y esos dos mundos aparecen volcados aquí, en las peripecias de médico de consultas, un tal Ferdinand que puede tomarse por alter ego del autor, y que cuenta aquí su infancia y su adolescencia, aunque sin dejar de echar viajes y miradas a la adultez. Realmente leer el libro ha sido una experiencia. En general una experiencia positiva. La prosa es brutal, te lleva, te hace bailar, te marea, insulta, escupe, falta a todo, pero en general con sentido, casi nunca pierde las riendas. Hay cuestiones estilísticas que se me hacen difíciles (la manía de dejar las frases en puntos suspensivos, entiendo que con la intención de que se lea como se escucha una conversación que te arrolla, que se para y vuelve, que no cesa), y temas donde asoma lo peor del escritor. Pero porque asoma lo peor del ser humano. Y conocer lo peor del ser humano, como conocer lo mejor, no dejar de ser uno de los motivos por los que (muchos) leemos. Céline era probablemente un mal bicho, y aquí hay una voz narrativa nihilista, en la que he encontrado, pese a ello, cierto asomo de esperanza. Un poco un vamos a morir todos, y somos odiosos, pero mientras tanto, bailemos.

Después de leer a Céline me dio por coger de la estantería Ampliación del campo de batalla, de Houellebecq, que me sigue pareciendo su mejor libro (tal vez el que más se le acerca en mi canon es El mapa y el territorio, pero es otra clase de libro). Es un librito fino, cortante, lleno de una prosa precisa y afilada, dolorosa. Ciento cincuenta páginas de derrota y soledad. Houellebecq es muy lúcido retratando los males del mundo en el cuerpo de un hombre cualquiera (creo que es lo más duro de Houellebecq, cómo retrata al cualquiera, al don nadie, el médico de Céline es un egomaníaco, se cree algo, hincha el pecho al andar, el personaje de Houellebecq se encoge de hombros y agacha la cabeza, aligera el paso nervioso y mira al suelo) derrotado una y otra vez por la maquinaria, ese sistema que todo lo mide en términos competitivos y que no le da un respiro. Comparando con la sensación que decía haber sacado del libro de Céline, la idea que saco de este libro de Houellebecq cada vez que me acerco es que no hay ninguna esperanza. No tiene sentido la celebración. Vamos a morir todos, y somos odiosos, y mientras tanto, ya que no servimos ni para celebrar, no nos merecemos ni follar ni bailar, bebamos y dejémonos caer.

Espía y traidor y Un espía entre amigos, de Ben Macintyre: No me encantan las historias de espías, aunque algunas (sobre todo películas) sí me han gustado mucho. Y no me interesan, desde luego, el tipo de libro que anuncian encuadernaciones y portadas como las que estos tienen. Podrían parecer, en una fila de libros, novelas de Frederick Forsyth, ni siquiera de John Le Carré. Pero me han sorprendido bastante por encima de esas expectativas (por eso fui a por el segundo). He leído los dos, y valen la pena. El verano pasado, durante un viaje a Londres, me compré el de Espía y traidor, y leyéndolo en inglés he tardado más de medio año en terminarlo. Cuenta la historia de un doble agente, un soviético (Gordievsky), aparentemente modélico, que fue reclutado por los británicos y ayudó a conocer desde dentro el sistema del KGB. La portada dice algo así como que fue el hombre que acabó con la Guerra fría, y no sería para tanto, pero el libro está muy bien. La psicología de los espías es muy compleja (aquí se explica muy bien en quiénes se fijan los reclutadores), la psicología de quienes deciden llevar una doble vida también, y con la historia terminada, sabiendo desde el principio lo que nos vamos a encontrar y no teniendo que sorprendernos con giros de guión, Macintyre se dedica a profundizar en la mente de Gordievsky y en general del espía, como arquetipo. Y esas personas con vidas personales vacías, o dispuestas a vaciarlas a la menor orden, que buscan el reconocimiento (cualquiera) de sus superiores, y lo buscan como sea, podrían encajar perfectamente en uno de esos fríos retratos que Carrére hace de sus personajes de no – ficción, esos a los que en ocasiones convierte en fascinantes personajes y otras en peleles que él, como autor, maneja a su antojo (valga Limónov, valga J. C. Romand). La finura de Macintyre es la que separa estas novelas de meras novelas de espías, y acerca su escritura más al modelo de la narrativa de no – ficción más potente. Un espía entre amigos narra una historia más conocida, quizá la más conocida dentro de las historias de agentes dobles, la de Kim Philby, el más famoso de los llamados Cinco de Cambridge, un agente británico de alto nivel, que trabajaba para los soviéticos, y cuya sombra recorre El topo, de Le Carré (con estupenda película de hace unos años).

Maniobras de evasión, de Pedro Mairal: A falta de bibliotecas a las que acudir, he descubierto el catálogo digital de las bibliotecas de Madrid. No dispongo de artefacto específico para su lectura, así que solo puedo leer los libros que cojo allí en el ordenador, y no tengo paciencia para leer ficción y textos largos en el ordenador. Asocio la lectura en pantalla con el trabajo, e inevitablemente trazo diagonales, me pierdo detalles, no pretendo hacer uno de esos babosos textos de cómo me gusta el papel porque me transmite sensaciones. Me gusta leer en papel porque es lo que mi cerebro entiende, y quizá si tuviera un kindle leería de otra manera porque podría irme al sofá, al sillón o a la cama, pero el ordenador se me aparece como lugar de trabajo. Dentro de esa limitación, sí he podido disfrutar de algunos textos más episódicos, que sí llego a paladear al completo, repartiéndomelos como caramelos antes o después de un rato de trabajo. Releí así El boxeador polaco, de Eduardo Halfon, un escritor que siempre es estupendo
Y encontré este Maniobras de evasión, que tenía apuntado para leer desde hace meses y no encontraba en ninguna biblioteca. De Pedro Mairal había leído La uruguaya sin entender el éxito que logró. Aquí me he encontrado con una serie de artículos, entre el ensayo corto y el texto periodístico o de revista de entretenimiento. El tono es ligero, el narrador es divertido, Mairal logra no resultar nunca demasiado literario (lo que sería la muerte del tipo de texto que presenta), y nos va contando cómo se fue convirtiendo en escritor, con altibajos, aceptando cualquier cosa que le ofrecieran, trabajando como profesor de redacción para equipos de abogados, leyendo libros para concursos literarios, escribiendo guiones que casi nunca lograba colocar, dejándolo al final todo por la escritura creativa y convirtiéndose, antes que en novelista de cierto éxito, en una especie de especialista argentino en textos de tono erótico. Lo acompañamos como escritor atareado, como adicto a las redes, como padre divorciado, adulto que nunca ha abandonado la adolescencia, lector torpe, lector muy lúcido, extraviado contemporáneo, especialista en el cuerpo femenino. Algunos textos son excelentes, como El sobrino de Bioy, Tocar a Gimena, El extranjero, El anatomista, La entrega o Quiero escribir pero me sale espuma. También hay textos de difícil concepción hoy, al menos en España (si pensamos en que aparecieran, como aparece este, en una edición de una editorial respetada, como Libros del Asteroide, y no viniera del otro lado del océano, y de otro tiempo, son textos de hace 10 o 15 años, según cuáles), que más que instructivos (un género, el instructivo, que parodian) resultan divertidos, propios de un tierno gañán, y tienen nombres como El culo de una arquitecta o Ensayo sobre las tetas. Otros textos no tienen ni demasiada personalidad ni demasiado encanto, pero en general el libro resulta una lectura amena y muy agradable.

Para terminar, me atrevo a recomendar (creo que es la primera vez que en el blog abro la ventanita musical) también el disco Apocalypse, de Bill Callahan, que reconocerán quienes hayan visto esa serie documental llamada Wild wild country, y en cuya compañía he ido dando forma a esta entrada.

Entrada esta, que creo que ya sí es, aún no superado el estado de alarma y la obligación de mantenernos confinados, pero sí superado lo que buenamente tenía que recomendar, la última entrada de este blog, que esta vez sí queda despedido como debe hacerse. Con un Hasta siempre. Espero que alguna de las lecturas que he propuesto en las últimas semanas haya ayudado a hacérselas más llevaderas a alguien.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 20 de marzo de 2020

Cuentos para una cuarentena (Los cuentos pendientes de mis cuentos pendientes)

Lecturas para una cuarentena (Los cuentos pendientes de mis cuentos pendientes)



No había escrito en el blog en todo lo que llevamos de 2020. La verdad es que no he encontrado el momento. Algunos lectores (increíble, pero así ha sido) me han escrito a la dirección de correo asociada al blog para preguntar si pasaba algo.

No pasaba nada en particular, pasaba la vida. Al final tienes demasiados compromisos, con el trabajo, la familia, tus ganas de escribir y la búsqueda de tiempo, y la propia lectura, además de otros intereses y aficiones.

El blog ha estado en marcha de forma regular durante casi cinco años, y me alegra pensar que habrá ayudado a contagiar mi entusiasmo por algún libro (por tantos libros, pues casi siempre se ha escrito aquí para celebrar, y hasta los comentarios más críticos han sido siempre debidamente contextualizados y ofrecidos bajo la milenaria tradición del palo y la zanahoria, y con mucha más zanahoria que palo; mis verdaderas fobias me las guardo) a un cierto número de lectores.

Leer para explicar un libro a otros es enriquecedor, porque te ayuda a profundizar, te obliga a ello, y seguramente no sea hoy mejor explicador y reseñador de libros que en 2015, pero sí soy mejor lector.
Por esas dos cuestiones, me alegro de lo que en el blog queda.
Por las cuestiones prácticas, era el momento de dejar de hacerlo. No deja de ser una forma de condicionar tu selección de lecturas, y lo que es enriquecedor como lector también te esclaviza, pues lees ciertos libros (los que reseñarás) pendiente de con qué detalle llamar la atención o cómo contarlo.
Ni entramos en el número de lectores del blog. Algunos fieles, otros anónimos, pero nunca demasiados. No se justifica mi trabajo leyendo con cuidado un cierto número de libros al mes, y las horas escribiendo las reseñas (que siempre he intentado que se leyeran bien, lo que exige un tiempo de escritura y corrección, y que he alejado de la versión exprés de la reseña, de igual manera que siempre, consciente de mis manías y limitaciones como lector, he tratado de huir del me gusta / no me gusta, explicando qué me gusta y qué no me gusta en base a razones de escritura, un reseñismo tranquilo, digamos, con filias personales, claro, pero con razones detrás, para que otros lectores puedan sumarse a esas filias, o discutírmelas, quizá en línea con el modelo de blogs que sigo con atención y de los que siempre aprendo, como el de David Pérez Vega, http://desdelaciudadsincines.blogspot.com/ ) si ese tiempo me puede venir mejor en otros menesteres.

Y ahí queda la explicación de por qué este silencio.

Y un sentimiento de melancolía por el abandono del blog y complicaciones personales me habían llevado a no tener ni el tiempo ni el ánimo para escribir esta despedida.

Había pensado cerrar el blog con una recopilación de recopilaciones, de los libros que ya había elegido como destacados en estos años. Y como estos días, con el encierro, he recibido mensajes de muchos amigos y conocidos pidiéndome recomendaciones de lecturas (igual que yo les he pedido a otros amigos series que puedan hacernos más llevadera la situación), he pensado (sí, como otro miembro de la cultura que decide poner su granito de arena) que tal vez no estaba de más hacer esa selección (la selección de selecciones) de lecturas que a alguien le puedan servir. A mí mismo me han entrado ganas de relecturas.

Dejo aquí 10 lecturas con una breve explicación de por qué pueden ser buenas lecturas en estos tiempos extraños. No hay un orden jerárquico, los he ido seleccionando en orden cronológico de lectura.

1. Cuentos completos, de J. G. Ballard, RBA (creo que ahora la edición la tiene Alianza): Me pasé 2015 leyendo este libro, cuento a cuento desde que me lo compré en el Día del Libro de aquel año. Si este momento tan extraño, que creo que ninguno preveíamos (y no digo hace dos semanas, quiero decir que no creo que ninguno de nosotros pensáramos hace un año que viviríamos una situación así) merece un adjetivo, es ballardiano. Todas las contradicciones y miedos del mundo globalizado, competitivo y capitalista, sus monstruos y sus guerras posmodernas. El pánico. Todo eso está en estos 95 cuentos.

2. Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem, Alianza Editorial: Copio lo que ya dije en 2015: Diarios de las estrellas relata los distintos viajes de Ijon Tichy en el tiempo y el espacio. Lem se sitúa en la gran tradición de la sátira desde la fantasía. Llevando a Tichy a otros mundos, aprovecha para criticar todo lo criticable de ese ser humano que habita y destroza la Tierra. Los textos del libro son relatos, se ajustan razonablemente a los parámetros de la ciencia ficción, pero sobre todo son reflexiones culturales y filosóficas de altísimo nivel. Lem disecciona el alma humana con un fino bisturí, y completa un libro divertidísimo, brillante, imposible de olvidar, adictivo.
Tal vez no es una mala idea viajar a la vez que se reflexiona sobre la vida, la muerte, la trascendencia, y el sentido (si lo tiene) de todo ello.

3. La piel, de Curzio Malaparte, Edición de Círculo de Lectores (está en Galaxia Gutenberg): La piel habla del fin de la 2ª Guerra Mundial y la reconstrucción (física, económica, moral) de un país, Italia, y lo hace desde la idiosincrasia de una ciudad tan particular como Nápoles, milenaria, indomable, siempre derrotada pero siempre buscando maneras de resucitar. Malaparte fue un personaje dudoso (como poco): soldado raso en la primera, ideólogo del primer fascismo italiano, creador de revistas, eso que hoy en día se llama agitador cultural (un término bastante más descafeinado, por suerte en muchos aspectos), oficial en la segunda guerra mundial, encarcelado, su camino ideológico lo llevó hacia el maoísmo. Pero es sobre todo un escritor con dos obras que hablan del horror y lo humano, Kaputt, y este. Es un libro de una densidad increíble, en el que cada línea transmite una gran cantidad de información y matices. Uno de esos a los que uno se traslada a vivir mientras lo está leyendo.

4. Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, Tusquets: Es un libro muy divertido, que siempre es algo difícil de conseguir que un libro sea. Me gustó mucho esta novela escrita en 1.996 por su falta de ubicación dentro del canon de los principales caminos de la literatura española. Leí este libro y pensé eso que no deberíamos pensar pero que no puedo evitar pensar muchas veces cuando alguna obra me está gustando así: no parece española. Orejudo es un autor ambicioso, un lector potente que ha decidido revolver cánones y convenciones, dispuesto a provocar con su primera novela (que fue esta), siendo un desconocido. Todos los lectores de esta novela con los que me he encontrado coinciden en que es un libro que no deja indiferente. Y en general gusta bastante. Fabulosas narraciones por historias nos acerca a aquello que se llama la edad de plata de la cultura española. En un paisaje por el que transitan como personajes Lorca, Buñuel, Juan Ramón Jiménez y tantos otros, sigue las aventuras de tres aspirantes a literatos en la famosa Residencia de Estudiantes. Es un libro divertido, ácido, crítico con lo que era, es y será, me temo, el mundillo literario. La literatura desemboca en el terrorismo menos veces de las que cabría esperar, viendo libros como éste. Le aplaudo a esta obra por ser atrevida, faltona, por meterse con santones de la literatura española a los que los novelistas actuales siguen citando en sus oraciones cada vez que presentan una nueva novela. Echo de menos esa mala leche en mucha de la literatura contemporánea española. Echo de menos que los profesores de instituto dejen de citar todos ellos las mismas novelas del siglo XIX como las cimas insuperables de la literatura española. El ritmo es muy ágil, el lenguaje está muy pulido, la estructura encaja perfectamente, y durante toda su lectura no nos abandonará la sonrisa.

5. Todos los miedos, de Miguel Ángel González (Siruela): Todos tenemos miedo en estos días, ¿no? Por nosotros, pero creo que más por los que nos rodean y aquellos a quienes queremos. Este libro habla de ese miedo a que todo se joda. Que algunos tenemos, de manera inevitable, casi siempre, no solo cuando nos toca estar rodeados por el terror (lo cual no sé si es una ventaja para una situación así, o al contrario, la desventaja que nos faltaba). Miguel Ángel es mi amigo y eso hace (en mi manera de entender las cosas) que quede feo que recomiende este libro. Pero cuando leí este libro no era tan amigo, y cuando escribí la reseña tampoco, así que supongo que algo que puedo llamar honestidad intelectual me permite recomendarlo. Recupero un poco del texto que en 2016 presentaba el libro a los lectores del blog. ¿Tenemos más miedos de los que podemos permitirnos? ¿Tememos por encima de nuestras posibilidades? Si fuéramos a lo esencial, tenemos miedo, por encima de todo, a la idea de la muerte y a que le hagan daño a nuestros seres queridos. Todos los miedos se compone de dos novelas cortas en apariencia independientes que se suman y complementan. La primera de ellas, ¿Quién teme al lobo feroz?, nos lleva a la violencia arbitraria contra una familia que no podrá recuperarse nunca. La segunda, Lo que sé del olvido, nos mete en la cabeza de un hombre desahuciado. El estilo está hecho de breves pinceladas que nos van envolviendo entre el malestar y la crudeza sin perder la intención estética.
Yo ya la he releído en estos primeros días de cuarentena, aunque no es para agarrarla cualquier noche.

6. Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer (Zeta Bolsillo, ahora está en DeBolsillo): Sombras sobre el Hudson es una novela del siglo XIX escrita en la década de los 50. Narrativa tradicional rusa mezclada con la tradición oral judía para dar como resultado una novela absorbente, larga, compleja, llena de subtramas, llena de vida. Si has pensado que en estos días te apetecería coger uno de esos novelones clásicos que es difícil soltar, Drácula, El Conde de Montecristo, Los miserables, algo así, esta puede ser muy buena opción.
Tampoco serían nunca una mala opción los Cuentos (Lumen) del mismo autor.

7. Los pobres, de William T. Vollmann (Debate): Es este un libro poderoso y que también he recordado intensamente en estos días. Siempre hay alguien que está peor de lo que podamos estar nosotros, y siempre hay alguien que queda más lejos de ninguna protección y tenemos que tener previsto que muchos dramas que ya existían antes del virus no mejoran por eso, solamente han perdido (aún más) el interés de los medios. Y no perdamos de vista que cuando se salga de esta (porque se saldrá, por supuesto), mucha gente lo hará en peores condiciones materiales de las que entró. Una idea recurrente en Los pobres es el momento en que Vollmann mira hacia dentro y dice que al lado de todos esos pobres a los que está conociendo él es, qué duda cabe, un rico. Y el lector, casi seguro, también. Hay otros mucho más ricos, claro, y ni los muy ricos ni los simplemente más ricos que los pobres hacen demasiado. Vollmann no es un ensayista al uso, aquí no hay una tesis, aunque subyace, está centrado en narrar, su mirada y su prosa marcan el ritmo. No lo hace nunca pensando que está contando la realidad completa, compleja e inabarcable. Lo hace reduciendo su mirada a casos concretos. Les pregunta a los pobres por qué creen que son pobres, qué les hizo ser pobres, qué diferencia a los pobres de los ricos y qué solución hay al tema de la pobreza. Se detiene mucho en la autopercepción que tienen de su pobreza o no, que es un asunto fundamental. Los pobres con los que habla son en muchos casos fatalistas. Las cosas, para ellos, son así, y no tienen perspectivas de cambiar.
Esperemos que se equivoquen.

8. Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta): ¿Por qué no protegernos con un libro ensoñador, con fantasía fantásticamente escrita? Para Cartarescu, y en este libro más aún, lo principal es el peso del mundo y el lugar y la labor del creador. Cómo tratar de hacer algo creativo con ese mundo esencialmente hostil, gris, feo en contra. Desde la relativamente segura perdurabilidad (con todo lo relativa y segura que esta pueda ser) de la obra escrita de Mircea Cartarescu, este transmite al lector un mensaje esencial: el creador lo es si está suficientemente convencido de lo necesario (y esto puede ser algo únicamente personal) de su obra. Quedan fuera por lo tanto las novelas asépticas escritas con el único fin de entretener. Cartarescu aquí juega a suplantar su posibilidad y escribir desde el negativo de lo que realmente ha sido su única novela. Es por lo tanto una novela que debería valer para juzgar la valía (o no valía) de Mircea Cartarescu, escritor. Tenemos aquí, casi mil páginas de una prosa potente y poética (dos puntos que son muy difíciles de equilibrar) y que trata de meter el mundo entero entre sus líneas. Tenemos insectos, colegialas, profesores arrepentidos, frustraciones, luchas de poder, el cambio político en Rumanía al fondo, el absurdo de la creación artística, sueños, más insectos, alucinaciones, una casa en forma de barco y un misterioso inventor, la noche, los madrugones, el cielo sucio de Bucarest, el paso del tiempo y el peso de la muerte amenazando. Tenemos una historia de amor que se va afianzando. Tenemos muchas preguntas que empiezan con Por qué y muy pocas respuestas. Tenemos el enfrentamiento de alguien ante el espejo de lo que podía haber pasado. Todo eso (y más).

9. Némesis, de Philip Roth (DeBolsillo): Siempre es un buen momento para leer a Philip Roth. Siempre se disfruta y aprende leyéndolo. Incluso cuando no sea su mejor novela (y esta no lo es). Pero es la última que escribió, la que leí cuando murió, porque era la última que me quedaba por leer de su obra, y es una novela que habla de la expansión de la polio por el mundo suburbial de la ciudad de Newark, en la que Roth se crió, cuando él era un preadolescente, en el verano de 1944. Podremos reconocer, en esta novela, la ansiedad, el temor a ser el próximo contagiado, los rumores, el sentimiento de culpabilidad de quien cree haber expandido el brote, el señalamiento social. Y podremos ver cómo se sale de algo así. Seguro que alguien que ahora tiene esos 10 o 12 años estará sintiendo tantas cosas tan rápido que no es capaz de comprenderlas. Aquel Roth asustado acabó tardando seis décadas en cribar los sentimientos de la epidemia de polio y escribiéndolo en la que fue su última novela.

10. Cuentos, de John Cheever (Mondadori): Podría ponerme un poco cursi y decir que ningún sentimiento humano es ajeno a John Cheever. Lo dejo dicho. También, copiando lo que escribí hace unos meses sobre esta colección (de sus falsos completos), diré que: En un mundo triste y en gran medida en derrumbe, con trabajos precarios, relaciones que se rompen continuamente, calles agresivas, muchos gritos y discursos que promueven el odio desde la política y muchos medios de comunicación, los cuentos de John Cheever nunca pasarán de moda. Mientras exista la soledad, mientras la conozcamos, mientras mantengamos la mínima empatía para detectar los problemas y las dificultades por las que están pasando otras personas, los cuentos de Cheever serán a la vez diagnóstico y medicina. Los pequeños dramas, los secretos, la melancolía, serán siempre su territorio. Esa mirada acuosa es ideal para mecernos en una lectura en un buen sillón, junto al calor del hogar, mientras ahí fuera hace mucho frío y el viento y la lluvia rugen y nos recuerdan que todo es tan endeble que no deberíamos darlo nunca por seguro.

Por si alguien quiere pasar por encima de mi criterio de selección (o simplemente completarlo), pongo aquí las selecciones completas de cada año en que el blog ha estado en marcha:

Tal vez la semana que viene haya alguna selección de libros para encierros. No lo sé aún. Veremos.

Seguiremos leyendo, eso sí.

Felices lecturas

Sr. E

sábado, 12 de octubre de 2019

Peter Handke, Premio Nobel 2019

Peter Handke


Le hago el poco caso que todo el mundo (el mundo lector) al Premio Nobel, pero le hago todo el caso que todo el mundo le hace a dicho premio. Supongo que más que el que el premio merece, pero el inevitable ante el ruido que siempre mueve. Muy pocas veces le han dado, desde que le presto atención, el Nobel a escritores que me interesaran. Hay dos, Naipaul y Coetzee, que son autores a los que he seguido con atención y leído con profundidad, pero a los que ya conocí con el Nobel en la cartera. 

Peter Handke es un autor al que leo, al que he leído, y al que antes de leer ya sabía que algún día leería. Handke era un autor bastante popular en los años ochenta y noventa, y sus libros pasaban por la mesa de novedades de la Biblioteca Pública de Orihuela y eran de esos que se quedaban ahí durante meses, y a los que si prestabas atención oías llamar difíciles o duros.

El primer libro de Peter Handke que leí, o que intenté leer, aunque no conseguí terminarlo, fue El año que pasé en la bahía de nadie. Lo cogí en aquella biblioteca y me hizo pensar que Handke era un autor moroso, de reflexiones deliberadamente complejas y libros gruesos. No es su libro más representativo, desde luego, y no lo es en muchos de esos aspectos que yo malinterpreté.

Quizá Handke sea un escritor difícil, aunque creo que más que difícil es sobre todo un autor que requiere para su lectura un cierto grado de concentración. Su fraseo, al respiración de su prosa, son muy personales, y no es complicado de seguir, pero todo es fibra en sus textos, no hay grasas ni azúcares, y hay que ir leyendo activamente cada párrafo, cada frase, a ratos cada palabra. 

Igual que creo que Handke fue un autor relativamente popular en los ochenta y noventa, creo que estaba bastante olvidado. Alianza sobre todo mantenía sus libros en su fondo editorial, e iba actualizando las ediciones, pero no sé si añadía muchos lectores nuevos. Creo también que sus mejores libros hace ya tiempo que fueron escritos. 

No se trata de que Handke sea uno de mis escritores preferidos, pues no diría tanto, ni de que yo sea un gran experto en su obra (he leído menos de una decena de sus libros, que deben ser más de cincuenta). Pero sí se trata de que es uno de esos autores que piensas que deberían premiar con el Nobel. Y creía, y lo tengo escrito en el cuerpo de un libro que aún busca suerte o editor, si no ambas, que se trataba de alguien a quien en los años setenta, cuando irrumpió con tanta fuerza y brillantez se le podía augurar que lograría el Nobel, pero que cuando se posicionó como lo hizo en los noventa y dos miles respecto a Milosevic, Serbia y la Guerra de los Balcanes, había enterrado todas sus opciones de ganarlo.

Por eso me sorprendió tanto verlo como ganador. 

Y más allá de prejuicios y polémicas animo a los lectores exigentes a acercarse a El miedo del portero al penalti (al que considero una actualización de El extranjero de Camus), a la tremenda Desgracia impeorable (un título dedicado al suicidio de su madre, eslovena, y que creo que no puede perderse de vista a la hora de juzgar sus desafortunados análisis de la Guerra de los Balcanes), libros preciosistas de títulos jugosos como Carta breve para un largo adiós o El momento de la sensación verdadera, o el propio El año que pasé en la bahía de nadie, que finalmente leí completo, o a sus Ensayos sobre el jukebox o Ensayo sobre el cansancio, de los que hablaba aquí hace apenas tres meses. 


A mí esta semana me ha cogido con La tarde de un escritor entre manos. Es uno de sus textos representativos, soliloquios expuestos en una estructura concéntrica. Exigente, lleno de hallazgos y elecciones, con una escritura que queda muy lejos de cualquier automatismo. 

En la biblioteca a la que voy ahora solo tienen cuatro libros suyos, todos en ediciones viejas y gastadas. Supongo que este premio hará que se hagan con algunos libros más. Y al final es lo más interesante de estos premios, que convoquen a nuevos lectores.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E  




domingo, 1 de septiembre de 2019

Vuelta al cole, vuelta al blog (I)


Vuelta al cole, vuelta al blog (I)

Todos los veranos son largos (más largos cuando uno trabaja como profesor, y ya pueden empezar las rondas de críticas populistas al gremio en este punto) y la lectura es una de las mejores maneras de llenarlos. Llevo una vida, la que tengo desde que aprendí a leer, llenando los veranos con libros. Libros que hacen que el tiempo pase a veces más rápido, a veces más lento, que lo vuelven casi siempre más completo.

Como cada año, había planeado ciertas lecturas y ciertos proyectos de escritura para el verano. He acabado arrancando dos proyectos nuevos de escritura, ninguno de los cuales es el que tenía planeado, y he seguido con laxitud mis propios planes de lectura, esos que inocentemente apuntaba aquí
No me inquieto, por supuesto, me gusta que unos libros me abran las puertas de otros, me gusta pasear sin rumbo por los pasillos de las bibliotecas, asomarme a sus mesas de novedades, leer reseñas y dejarme influir. Ya tenemos demasiados caminos estrechos y vías marcadas en la vida, seguimos demasiadas dietas como para convertir la lectura en otra actividad atlética, estresante o neutra y equilibrada.

He leído libros decepcionantes este verano, y también muy buenos libros. También esa clase de lecturas que ni te acaban de convencer ni atrapar, que quizá incluso podrías decir que no te han gustado, pero que te hacen repensarlas y dialogar con ellas, te convencen de que insistirás con el autor, tratando de entender por qué no has acabado de entrar en la obra.

He leído mucha narrativa, bastante ensayo, algunos cómics y ciertos libros de esos que son difíciles de clasificar. Resumo y destaco, y me valen como resumen del verano y espero que a alguien como lista de recomendaciones para la vuelta al cole los siguientes:

Relatos
Cuentos completos, de Mario Levrero: Me pilla el final del verano aún con los Cuentos completos de Mario Levrero en marcha, así que primero los terminaré y después tendrán su reseña propia. Adelanto, aunque no es sorpresa, que me están resultando apasionantes. Por varios motivos, el primero, porque en su composición, en su prólogo y su epílogo, dibujan a un Levrero entregado a su arte (¿?, quizá él rechazaría esa palabra), decidido a enfrentarse al sentido práctico del mundo, dispuesto a quemarlo todo por escribir un cuento más. Uno de los suyos, de los extraños, de los más extraños, lo que fuera salvo convertirse en lo que denominó (en ese texto ya editado y ahora recuperado, titulado Diario de un canalla, uno de sus primeros escritos en la línea de El discurso vacío y La novela luminosa, un texto semilla poderoso en el que ya aparecen la obsesión caligráfica y la operación que le hizo enfrentarse con la muerte, los puntos de partida de ambos textos) un canalla. Me fascina la imagen que de su padre dibuja su hijo Nicolás al final del libro, la de un escritor sin apenas reconocimiento, un creador que no tenía ni copias de sus propios libros para regalarle a su hijo cuando iba a pasar los veranos con él. Pero me fascinan mucho más los textos extraños, a veces simbólicos y a veces simplemente absurdos que forman los cuentos de Levrero, esa colección de disparates, malas ideas, imágenes poderosas y mala suerte. La manera en que lo fantástico rompe las puertas del cuarto de lo real y provoca destrozos. Los cuentos de Levrero pueden ser un buen punto de comienzo para quien quiera conocer cierta parte de su obra (la alocada, fantástica, en la que apenas asoma la reflexica, autoconsciente) y es sin duda un destino estupendo para quienes ya lo conozcan y quieran más.

Para seguir con cuentos, ya hablé de Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, que vuelvo a recomendar.

Novelas
La mujer helada, de Annie Ernaux: Este es uno de esos libros de los que decía que no me han gustado, estrictamente hablando, porque el modo de escribir de la autora, alejado de lo que está contando, frío, a ratos casi objetivista, no me ha hecho entrar en la historia, me ha mantenido siempre detrás de una barrera desde la que se me permitía asomarme. Pero por otro lado su contención y el peculiar uso del lenguaje, con una composición casi carente de ritmo, una escritura quirúrgica que no busca la música sino la transparencia, y el enfoque con el que se enfrenta a esta remembranza / ajuste de cuentas con las mujeres de su infancia, me han hecho querer leer más libros de la autora.

El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza: Es este un libro terrible, de dibujo oscuro y prosa plástica, en la línea de las obras de Ernesto Sabato, que remite a El túnel pero empeorando todo, volviéndolo todo más cercano y terrible, haciendo uso de esa maldición que siempre se invoca cuando una historia empieza diciendo que se basa en hechos reales. Aquí, Barón Biza, hijo, recrea el ataque brutal que su padre, también Barón Biza, también escritor, hizo a su madre a principios de los sesenta, rociándola con ácido, y el lento peregrinar de esa madre desfigurada con ese hijo que mira continuamente al abismo por clínicas y reconstrucciones. El desierto y su semilla, novela difícil de olvidar para quien entre en ella (con lo bueno y lo malo de esa frase hecha), fue la obra tardía de un novelista que estuvo preparándose toda su vida para contar esa historia horrible por escrito, y que poco después de hacerlo, vacío ya, se arrojó por la ventana de un edificio.

Vampiro, de Hanns Heinz Ewers: Valdemar tiene un fondo casi ilimitado de literatura gótica. El verano pasado disfruté mucho con El escarabajo, de Richard Marsh, una novela que en su tiempo compitió en popularidad con Drácula, y hoy prácticamente olvidada. Igual de olvidada, y emparentada con Drácula por motivos obvios, El vampiro, de Ewers, es una novela que mezcla la idea del vampiro con el derrumbe histórico de Europa a principios del siglo XX, trazando un dibujo de derrotas que va de un continente a otro entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ewers escribe una novela expresionista, y en ella no habla de nada sobrenatural, pero relaciona esa pestilencia ideológica que permitió que Alemania cayera en el nazismo con la presencia constante de manipuladores inmortales que van asumiendo una y otra forma, uno y otro discurso, dando como tesis de fondo que el mal nunca descansa, jamás se agota.

La hija de Jezabel, de Wilkie Collins: En la misma categoría de novelas de misterio decimonónicas (aunque esta es más una novela de detectives, sin serlo, que una novela fantástica, pues aquí no hay más fantasía que una concepción cercana a la brujería de la química primitiva, aunque es cierto que aquella química de principios del XIX era algo alejado de lo que hoy es esa ciencia) está esta. De Collins leí hace muchos años La piedra lunar y La dama de blanco, estas dos sí novelas de misterio detectivesco, de hecho para algunos críticos los primeros modelos de esa clase de novela, y he vuelto a leerlo con esta historia de amores folletinescos, envenenamientos, locos, clases sociales separadas por abismos, empresas familiares, secretos científicos y malas intenciones. Se lee con gusto e interés aunque es cierto que es previsible (casi demasiado, uno está esperando que la respuesta no sea la obvia y siempre es la obvia), pero está escrita con buen estilo, mucho ritmo (un ritmo que se mantiene bastante joven pese a los más de 150 años de la novela) y los trucos que estos novelistas victorianos utilizaban a final de cada capítulo para llamar la atención del lector (es una novela cuya primera vida fue en entregas con los periódicos, y querían asegurarse que alguien quisiera comprar la siguiente entrega), pese a lo baratos que resultan (al nivel de una serie como Cómo defender a un asesino, por compararla con más o menos actual y que peca de poca delicadeza a la hora de lanzar el anzuelo), funcionan.

Las hermanas Lacroix, de Georges Simenon: Es esta una de las novelas llamadas duras de Simenon. Una historia de podredumbre, asfixia en un clima pequeño, encierro en una familia llena de secretos, dobles intenciones, silencio, maldad. Un novelón de apenas 150 páginas que puede leerse en una tarde y que quizá sea una gran idea cogerla en una biblioteca y llevársela a un parque (o a una playa, ahora que se vacían considerablemente, quien pueda coger ahora las vacaciones y disfrutar de ellas) y merendársela en una tarde, antes de que acorten definitivamente. Se sigue incidiendo poco, me parece, en el gran autor que fue Simenon, autor de unas cuatrocientas novelas (más o menos oficialmente reconocidas) con un nivel medio siempre más que aceptable. Aprovecho también para recomendar una miniserie de episodios independientes con casos del comisario Maigret que vi este verano. Está protagonizada por Rowan Atkinson (sí, Mr. Bean).

Novelas negras discutibles, fáciles, entretenidas, placeres culpables: Una con una trama bien construida y una escritura bastante discutible, otra con una ambientación y un tono más duros y una escritura más sólida pero una trama más previsible, casi tópica. Las dos son de la colección Roja y Negra, que fundó, aunque no sé si sigue dirigiendo Rodrigo Fresán, a la que sigo mirando de cuando en cuando, siendo cierto que no ha repetido los niveles de excelencia de sus primeros títulos, aquella legendaria trilogía de Jake Arnott, el Sospechosos de David Thomson o la primera edición de El poder del perro de Don Winslow. Son Y tú, ¿qué clase de madre eres? (con un título bastante confuso, la verdad, aunque toma sentido en la trama), de Paula Daly, una novela muy oscura en entorno doméstico, que me ha recordado (aunque le falta mucha de su fuerza) las historias de Gillian Flynn, y Sirenas, de Joseph Knox, uno de esos retratos crudos y líricos de la noche en la ciudad, donde todos los gatos son pardos y la sangre de una víctima se confunde con la de la siguiente.

Relecturas:
Moby Dick, de Herman Melville. No ha sido una relectura completa, pero sí han sido más de doscientas páginas iniciales y algunos saltos hacia delante, y ha sido sobre todo un reencuentro plenamente satisfactorio con uno de mis libros preferidos, uno de esos ejemplos verdaderos de novela total, en los que cada idea apunta a muchas más, cada tema, por cerrado que parezca, se abre al mundo al completo, y nosotros, lectores limitados, tratamos de atrapar todos los sentidos que tememos que se nos estén escapando.

Rascacielos, de J. G. Ballard: No soy en realidad un gran experto en la obra de Ballard, aunque sí soy un entusiasta de aquellos libros que sí he leído. Sus cuentos (sus Cuentos completos, una mole que ocupa medio estante ella sola) me acompañan de cerca, y las novelas que he leído, que no han sido ni todas ni la mayoría, me han dejado huella. Una que leí hace años en una vieja edición y de la que luego vi una película interesante (aunque no buena), y que Alianza reeditó hace unos meses, es Rascacielos. Como casi todas las novelas setenteras (como la mayor parte de su obra posterior a los setenta, salvo la memorialística) de Ballard, dibuja una distopía cercana, en la que el principal problema es el egoísmo humano, el peligro y la sensación de que el aislamiento salvará a unos elegidos de la ira de los demás. Rasacielos dibuja a mediados de los setenta una nueva sociedad de clases, casi de castas, representadas físicamente por la planta en la que se pueden permitir en este futurista edificio. Y lo hace con la expresividad y la violencia poética con la que Ballard solía enfrentarse a los fantasmas.

Pre – lecturas
Caliento para la primera semana de trabajo. Compré en mi último viaje vacacional una novela, de esas clásicas, poderosas, inmensas, de las que dibujan el mundo que narran y la historia de la literatura. La cartuja de Parma, de Stendahl, de la que ya he leído algunas páginas, será mi primera lectura nueva del curso. Y de mi última visita veraniega a la biblioteca he vuelto con otro clásico, este del siglo XX y más cercano al culto, Trampa 22, de Joseph Heller. Y Las chicas, de Emma Cline, una novela que no es clásica pero que generó mucho revuelo (parecía uno de estos éxitos prefabricados, con autora novel a la que se estaba esperando para subirla a un pedestal, con mil traducciones contratadas en la Feria de Frankfurt antes de que el libro como tal existiese, etc.) y que me he decidido a leer ahora, habiendo dejado pasar un tiempo que me aleje del ruido inicial y me valga de colchón.

Y como me estoy extendiendo y esto se está haciendo muy largo, y así no habrá quien pueda ni quiera leerlo, seguiré en la próxima entrada.

Felices lecturas

Sr. E


domingo, 2 de septiembre de 2018

Vuelta al cole, vuelta al blog


VOLVEMOS AL COLE, REGRESAMOS AL BLOG

Se ha pasado el verano (tan rápido como siempre, tan improductivo como casi siempre). He leído bastante durante estos dos meses, y ahora, antes de lanzarme a la vuelta al cole, quiero ordenar un poco esas lecturas. Porque la memoria se desvanece y a veces antes de creer que sea posible has olvidado qué pensaste realmente de ese libro que durante su lectura creíste que seguro que recordarías siempre. He leído bastante ensayo (en general con buenos resultados), cuentos, he releído clásicos, retomado algunas novelas de la última temporada (ahí me he encontrado de todo), y como cada verano he tirado de novela negra y género de terror, aunque este año casi nada de género ha acabado de satisfacerme. Ha habido libros buenos, malos y regulares, libros malos que me han satisfecho durante su lectura, libros buenos que al día después de terminarlos empezaron a parecerme regulares, y viceversa.

Por resumir un poquito:

Ensayos:
Ensayos que me han gustado mucho, porque me han parecido francamente originales, me han ayudado a aprender cosas que desconocía mientras los leía con avidez, porque son muy ágiles y están bien escritos, con ritmo y mano de narrativa de primera, libros en resumen que recomiendo firmemente: Cronometrados: Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield e Historia alternativa del siglo XX, de John Higgs.

Un ensayo que leí en una tarde (es cierto que son unas 150 páginas a un espaciado y tamaño de letra generoso), me absorbió, fascinó, del que señalé varios pasajes pero que no sé si recomendaría para cualquiera: Del boxeo, de Joyce Carol Oates.

Un libro entre las memorias y el ensayo, que me ha entretenido bastante en ratos junto a la piscina y con el que me he reído y emocionado: Sin embargo, también es un libro que no deja de ser en gran medida una cámara oculta en las cocinas y cotilleos de chefs, como un buen programa televisivo de Alberto Chicote, por lo que supongo que lo recomiendo especialmente para quienes puedan disfrutar de un buen programa de Chicote o acudiendo a Netflix de los que hacía el recientemente desaparecido Anthony Bourdain, autor del libro Confesiones de un chef.

Narrativa más o menos clásica:
Un clásico que no había leído y vaya, menudo libro: Solaris, de Stanislaw Lem. Me habían gustado mucho los libros de Lem que había leído hasta ahora. Pero nunca había conseguido entrar, cuando lo había intentado, en las páginas de la que es probablemente su novela más conocida. Este verano ha sido el momento, y es una novela de primerísima. Nivel caviar.
Relacionado con Solaris, también he leído un ensayo (una pequeña colección de ensayos, más bien), de Andrei Tarkovski, quien dirigió la película. Se llama Atrapad la vida: Lecciones de cine para escultores del tiempo, y aunque no ensaña nada (concreto) sobre cine, sí enseña mucho sobre los juegos artísticos con el tiempo y el modo de ver el mundo para crear arte con él.

Un clásico que no había leído y que me ha gustado pero tampoco colocaría en un altar: El agente secreto, de Joseph Conrad. El incidente en el que se inspira esta novela (la explosión de una bomba en el observatorio de Greenwich, algo relacionado con una organización anarquista pero que nunca se aclaró demasiado bien) apareció en mis lecturas de Cronometrados e Historia alternativa del siglo XX, y en ambos se citaba la novela. Así que decidí leerla. Y ciertamente me gustó. No había leído nada de Conrad (quizá algún relato de marineros, creo), y me ha parecido un narrador clásico, solvente, eficiente, de los que dice en cada momento lo que pretende, organiza perfectamente la estructura. Pero que quizá me ha dejado algo frío con su escritura. La novela, en cualquier caso, entre la historia reciente (para Conrad era casi actualidad), el misterio y la filosofía política, es interesante, y la situaría, de mi bagaje lector, en algún punto más o menos intermedio entre Dostoievski y Graham Greene, y si quizá Greene se parece demasiado a Dostoievski por la sensación que siempre transmite sobre la culpa del ser humano, podemos cambiarlo por Le Carré.

Relecturas que me ha encantado hacer: Ruido de fondo, de Don DeLillo, Cementerio de animales, de Stephen King, Crímenes triviales, de Rafael Balanzá, La Isla del Tesoro de R.L. Stevenson y Me casé con un comunista, de Philip Roth. Aprovecho por cierto la escasa visibilidad de este blog para pedir a los editores de Rafael Balanzá (pasados, presentes y futuros) que se planteen la posibilidad de reeditar Crímenes triviales, este estupendo libro de cuentos, que fue un título minoritario en 2007 cuando salió, es muy difícil de encontrar pero encantará a cualquier lector de relato que no lo haya leído aún, y que contiene en gran medida las claves que ha ido desarrollando luego en sus novelas.

Narrativa contemporánea:
Un libro que no conocía, me regalaron y me ha sorprendido muy gratamente: Estabulario, de Sergi Puertas. Un buen amigo, gran lector y estupendo escritor, me regaló este libro hace unos meses. No había encontrado su momento y llegó una de estas semanas de verano. El primer cuento tuvo esa cualidad de dejarme K.O. de la que hablaba Cortázar. Los demás cuentos son muy interesantes. Irregulares (lo normal y esperable en un libro de cuentos), pero muy personales (lo cual siempre es un valor a defender en tiempos de talleres literarios y uniformidad). Supongo que la tentación de hablar del fantasma de Ballard es muy fuerte, pero creo que más que Ballard hay que referirse a ese futuro – presente paralelo tecnificado y frío que representa la serie de Black mirror. Algo así son estos cuentos.

No tenía interés en este libro, lo cogí sin mucha esperanza en la biblioteca y me enamoró: El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández. La historia es un poco más complicada, porque en mayo acudí a la presentación del libro en La Central, estaba sinceramente interesado en el libro, aquella presentación me aburrió soberanamente (lo siento), me salí a los 20 minutos, perdí interés en el libro, y por suerte la literatura sigue siendo mucho más potente que las impresiones personales y los circos. El libro (quizá porque habla de una zona vecina a la mía, de una realidad que no ha sido la mía pero sí la de mis abuelos, la vida en la huerta, quizá porque cualquier pequeña comunidad está llena de secretos, miradas y malentendidos) me apasionó, aunque no es (pese a lo que dice la editorial) El adversario, de Carrère, aunque recurre en exceso a la herramienta de decir: “no sé si debería estar escribiendo este libro”, aunque renuncia al final a esclarecer nada sobre el crimen que está investigando. Aunque podría ponerle muchas pegas, la lectura fue una de esas en las que te enfrascas y no quieres salir, de la que hablas con quien está contigo, un libro que recomiendas en el momento y que recomiendo ahora, un mes después, uno de los mejores que voy a leer, seguro, en 2018.

Dos compras veraniegas: Elegí mal algunos libros para algunos viajes y me vi obligado a acudir a librerías con la urgencia de no tener qué seguir leyendo (saludos a los amigos de Códex en Orihuela y a la gente de Cervantes, en Oviedo). Un mal nombre, la segunda novela de la saga Dos amigas de Elena Ferrante volvió a meterme en su mundo, al que accedí hace un par de años y al que no había vuelto, y supongo que sus libros (densos, pegajosos, bien escritos y adictivos) son lo que entiendo que debe tener una lectura veraniega. El otro libro que compré fue Guerrilleros, de V.S. Naipaul. Es un libro que relacioné con El corazón de las tinieblas, de Conrad, aunque como he dicho no lo he leído, así que realmente lo relacioné con la película de Coppola y con lo que sé de la novela, más bien. Naipaul es un escritor fascinante, me han gustado mucho algunos de sus libros de viajes, pero siempre que he leído su narrativa me ha parecido un narrador torpe, que se traba (entiéndase que dentro de un nivel altísimo de escritor, quiero decir que narra mucho peor de lo que reflexiona y ata ideas; es un observador muy original y un narrador un poco más ramplón). Guerrilleros, quizá porque es pura fibra, corta y toda ideas, no se ha atascado. La leí de seguido, fascinado por todo ese ruido de falsos revolucionarios (que me hizo pensar en los iluminados de DeLillo), por las realidades reales (valga la floja definición) e ideológicas de África, por las tensiones entre ambas.

Lecturas fallidas: Por distintos motivos (no excluyo que mi momento lector no haya sido el adecuado con ellos, nunca lo excluyo como motivo) no conseguí entrar del todo (y con algunos aguanté hasta bastante más allá de las 100 páginas) en El traje del muerto, de Joe Hill, La gran novela americana, de Philip Roth, Intrusión, de Tana French y Réplica, de Miguel Serrano Larraz.

No me ha parecido para tanto: Vuelvo a decir que seguramente sea mi culpa como lector, pero desde luego no me ha parecido que las novelas de Pedro Mairal que ha publicado Libros del Asteroide sean las maravillas de las que había oído hablar. La uruguaya me dejó bastante frío, y Una noche con Sabrina Love me pareció que tenía más alma, me tuvo más interesado, pero tampoco me pareció una joya.

Lecturas que cruzarán del verano al curso conmigo: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère. A finales de junio acudí a una charla de Carrère en la Casa de América de Madrid. Habló en general de su obra, de la ficción vs. la no – ficción, y de sus libros. Tanto él como la presentadora (Mercedes Monmany) parecieron coincidir en que se podía decir que su mejor libro era Una novela rusa. Recordaba haberlo leído (al menos parcialmente, al menos haberlo durante algunas páginas en algún affaire en la biblioteca), y no recordaba haber encontrado ahí nada parecido al diamante. Pero las primeras lecturas son peligrosas, y nunca se sabe. De Carrère hay libros que me encantan y otros que prácticamente detesto, lo que hace, supongo, que sea uno de esos pocos autores a los que siento la tentación de leer, por ver en qué bando caerán sus libros. Lo he empezado. Me mantengo neutral, de momento. En el corazón del corazón del país, de William Gass. De William Gass yo solo sabía que era el prologuista de la edición de Los reconocimientos de William Gaddis que tengo en casa, y que en dicho prólogo cuenta que los habían confundido varias veces (por la similitud de los nombres y su adscripción a una cierta corriente del posmodernismo americano). El título es magnífico, y eso no se puede discutir. Es una pequeña edición (de una para mí desconocida hasta ahora editorial, La navaja suiza, a la que prestaré atención en el futuro). El libro contiene un cuento bastante largo – prácticamente una novela corta (aunque si nos ceñimos a las condiciones del cuento clásico, es lo que es, un cuento, aunque tenga casi 100 páginas y no sea clásico, aunque tampoco para nada posmoderno) y cuatro relatos más fáciles de identificar. He leído, de momento, ese primer cuento tan largo, El chico de los Pedersen, que Richard Ford incluyó en aquella antología del cuento norteamericano de más de 1.000 páginas que he traído alguna vez de la biblioteca y de la que he leído cuentos desperdigados (y que acaso vuelva a traer y a leer, visto el nivel de uno de los cuentos que no había leído). El chico de los Pedersen es simplemente, y a la vez de un modo complejo, en muchos aspectos, magnífico. Magnífico a un nivel que permitiría que alguien se convirtiera en un buen cuentista simplemente leyéndolo con profundidad, desarmándolo y aprendiendo a armar un artefacto parecido. Magnífico al nivel de que si los demás cuentos se acercan siquiera un poco, diré que el libro es imprescindible. Por su tono y sordidez me ha recordado las páginas más famosas de Faulkner, pero por su aliento (no sé describirlo mejor, pero alguien me entenderá), lo he encontrado en la línea de los mejores cuentos de Saul Bellow.

Cuentos completos de: Isaac Bashevis Singer. Los estoy leyendo tranquilamente (habré leído unos 14, tiene 47 la colección). Es un cuentista de primer nivel, imaginativo, embaucador, realista, todo a la vez, dominador del lenguaje, mago de la estructura. Un libro para tener en casa y releer con frecuencia. Creo que me durará, cuento a cuento, al menos hasta final de año.


Por fin he terminado de leer: GB84, de David Peace. He tardado meses en concluirlo, y no porque no me haya gustado, que me ha ido encantando en todo momento, sino por su densidad, en dos aspectos, el formal – literario, y el del substrato ideológico. Las huelgas mineras que David Peace cuenta, aquellos duros enfrentamientos anti – Thatcher, las trapacerías que llegó a cometer el Estado británico contra algunos de sus ciudadanos con tal de no darles la razón (una idea que he encontrado en el documental Wild wild country, no soy un fanático de las series y creo que el 95% del catálogo de Netflix es perfectamente prescindible, pero este documental me ha ocupado mucho, porque lo he visto lentamente, poco a poco, tratando de encajarlo, al revés de como parece que deben verse las series, y en él también he encontrado esas trampas que el Estado estaba dispuesto a cometer sin sonrojarse). GB84 no es el Red Riding Quartet de David Peace (que es un monumento), pero es una novela – testimonio de primerísima, un reto, un réquiem por la clase obrera que desaparecía, que desapareció, que ya no existe. Relacionándolo con esta idea, y siendo el prologuista Daniel Bernabé (reconozco que no leí el prólogo antes de la novela y no lo he leído todavía), llego a dos libros sobre los que he oído muchos comentarios (y leído artículos) este verano, que de momento dejo en lecturas pendientes, porque son temas que me resultan interesantes pero sobre los que prefiero no leer con todo el ruido ambiental encima (aunque por la naturaleza de los libros no sé si alguna vez se podrán leer sin ruido), La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé y Arden las redes, de Juan Soto Ivars.

Han quedado pendientes, cuando los consideré libros a leer en algún momento de este verano; serán, supongo, lecturas de otoño: Los Buddenbrook, de Thomas Mann, Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch e Historia argentina, de Rodrigo Fresán.

De muchos de estos libros he ido tomando notas de lecturas, y bastantes de ellas se convertirán (me imagino) en reseñas en las próximas semanas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 31 de agosto de 2017

Clavícula, de Marta Sanz

Clavícula, de Marta Sanz (Ed. Anagrama)

Es el primer libro de la autora que leo. Cogí Clavícula un viernes por la mañana en la biblioteca y aproximadamente el sábado después de comer estaba terminando el libro. No es para tanto, dirá alguien, porque el libro tiene apenas 200 páginas, los capítulos son cortos y algunos cortan a media página. Cierto. No es para tanto porque internet está lleno de “lectores” que leen como quien practica una disciplina deportiva: a ver quién completa más libros por semana, en definitiva a ver quién la tiene más larga. Supongo que así se explican los seguidores de sagas con miles de páginas y escasa calidad literaria. Pero no iba de esto la entrada.

No sé nunca como lector si decir de un libro que se lee de un tirón será interpretado por el autor como un cumplido o como un desprecio. Si como el mayor de los cumplidos (cogí el libro y no pude soltarlo) o como el mayor de los desprecios (ese lector idiota ha devorado en pocas horas lo que me llevó años construir con referencias cruzadas, distintos niveles de lectura, búsqueda de información y una estructura compleja; todo ha sido deglutido por ese idiota superficial como si fuera un menú del día). Un artículo veraniego de El Cultural hablaba sobre ello el año pasado, y no me meto más en el tema

Sobra decir, entiendo, que cuando yo digo que he devorado Clavícula, de Marta Sanz, queda dicho como un elogio, como una prueba de cómo me ha interesado, y más que interesado, infectado, durante su lectura. Lo aclaro, no obstante, porque alguna de las reflexiones que me ha despertado el libro van en la línea de si los lectores (así dicho, en general, como masa, pero peor aún, únicamente la masa que lee literatura trabajada, ciertas editoriales, ciertos premios, no el lector de bestseller o de verano) nos estamos volviendo idiotas.

¿Qué vamos a encontrarnos en Clavícula? Clavícula nos lleva al interior de Marta Sanz, escritora madrileña de cincuenta años, autora más o menos asentada en el panorama literario (lo más o menos asentada que el mundo cultural permite hoy en día, por lo que se deduce de algunas de sus páginas), ganadora reciente del Premio Herralde de Novela, autora editada por buenos sellos desde el principio de su carrera. Marta Sanz está cruzando el Océano Atlántico para participar en algún congreso literario y nota un dolor intenso y punzante en su interior. Uno de esos dolores que le lleva a preguntarse si no se estará enfrentando en realidad al Dolor, el último. ¿Se está muriendo?

Sobrevive al vuelo y regresa a Madrid, donde la espera como siempre su marido. Se derrumba. Se está muriendo. Piensa en los cientos de posibles causas que se le ocurren para ese dolor sordo que no desaparece y que va protagonizando sus días. Va a un médico, a otro, pasa por varios especialistas, distintos médicos de cabecera, le hacen pruebas, habla con enfermos habituales, piensa en los antecedentes familiares que fueron matando a sus abuelos, tíos abuelos, bisabuelos. Todo el mundo tiene una palabra que a veces es de consuelo y a veces es simplemente una palabra para decirle que si no le pasa nada realmente, no se queje.

La queja es una de las cuestiones centrales de la novela (a mí me parece una novela, por más que se haya discutido si es o no, al final iré con eso, con las lecturas ajenas que habían condicionado inicialmente la mía). Marta Sanz, la autora, narradora y enferma, se cuestiona muchas veces si tiene derecho a quejarse. Hay gente con enfermedades invasivas y horribles claramente declaradas que sin embargo no se quejan. Ella las conoce. ¿Si el suyo es un dolor imaginario no es egoísta darle tanta importancia? ¿Los dolores imaginarios no duelen igualmente? ¿Dónde queda lo psicosomático? ¿Por qué la mandan indistintamente a ver a traumatólogos y a psiquiatras? Pero, ¿y su amiga, la que se quejó durante tres años de un dolor en la pierna, a la que los médicos tomaban por loca y consiguió, solo gracias a su insistencia, que siguieran evaluándola hasta que dieron con un proceso canceroso en dicha pierna (un proceso además provocado por una atención negligente durante el parto, para rematar)? Marta Sanz reivindica el derecho a quejarse y a tener dolores imaginarios, que no inventados. Y solo faltaba eso, que también perdiéramos el derecho a la queja. Una de las cosas que más he escuchado y más rabia me han dado en los últimos años (bueno, en mi experiencia personal son todos los de mi vida laboral, pero quiero referirme a los que vienen de la crisis, desde 2007 – 2008) es que ante cualquier queja (de las mayores y muy series a las más nimias) alguien cercano me dijera: Bueno, no te quejes, que tienes trabajo. ¿Que no me queje? ¿Por qué? ¿Para que gane el miedo? Entiendo que el grito de dolor imaginario de Marta Sanz va también en esa línea.

Para mí la novela habla de la identidad, de las múltiples identidades que cada uno de nosotros tenemos (en ese sentido el juego de la autoficción es muy útil para el libro) y del dolor y el miedo. Esencialmente de eso, y de cómo los dolores y los miedos condicionan nuestra identidad. Y viceversa.

A lo largo de la novela vamos viendo la frágil vida de Marta Sanz. Su prestigio literario, su posición en ese mundillo, no es para nada holgada, y se ve forzada a aceptar cualquier colaboración que le ofrecen (las buenas y las malas, las que le apetecen y las que no), en muchas ocasiones no tanto porque necesite el dinero de ese mes como por el miedo a que si rechaza un encargo, no le hagan más. Algo que conoce perfectamente cualquier emprendedor, freelance o como queramos llamar a lo que antes llamábamos esclavos (y sí, ya sé que es una hipérbole, pero estamos terminando el verano y apetece exagerar). Tiene dudas sobre algunos caminos de los elegidos a lo largo de la vida (la maternidad, por ejemplo), su marido está en paro y sin derecho a más prestaciones. Nos enseña las relaciones con sus padres y con sus amigos. Con otros escritores. Todo es más precario de lo que se suponía que debía ser para una mujer de cincuenta años con una vida hecha. Pero es que todo es más precario para cualquiera desde hace al menos una década, desde que la crisis nos cambió de camino (personalmente creo que para muchos la vida nunca dejó de ser frágil y precaria, ni en aquellos años de la burbuja inmobiliaria y las ventas récord de coches alemanes y embutido ibérico en hogares de clase media). Enlazo con los males que Marta Sanz califica de pequeñoburgueses, con las pérdidas quizá accesorias pero que no dejan de ser pérdidas, con los males sociales, imaginarios, personales, familiares, con el derecho a alzar la voz y a decir que se tiene miedo cuando se tiene miedo.

Recogemos una inquietud de época y escribimos estas cosas porque algo nos duele, porque somos mujeres, porque tenemos o no tenemos pareja, escribimos, tenemos y no tenemos trabajo, somos españolas y blancas, posiblemente feministas, posiblemente de izquierdas.

Autoficción: Por autoficcionarme, y perdón por el abuso de lenguaje, diré que Marta Sanz premió allá por 2011 una pequeña colección de relatos que bajo el título Cuentos pendientes (el mismo del blog) presenté al Certamen de Creación Joven del Injuve. Marta Sanz era (creo) la presidenta de aquel jurado que decidió darle el primer premio a Matías Candeira y a mí el segundo. Nos conocimos, nos saludamos, Marta Sanz ha seguido siendo jurado en certámenes según vemos en el libro, yo he seguido participando en certámenes literarios, y a veces ganando alguno. Marta Sanz se cruzó indirectamente en mi vida, sin ella saberlo, el pasado mes de mayo. La Fundación Antonio Ródenas García – Nieto tuvo a bien hacerme merecedor de su beca de creación literaria para escribir un libro de cuentos (tarea en la que me encuentro inmerso hasta finales de año)
Una de las referencias que presenté para optar a ella fueron las palabras que en su momento Marta Sanz escribió para presentar mis relatos. Así que Marta Sanz algo tuvo que ver (involuntariamente) con el libro en el que ahora trabajo. Somos lo que dejamos escrito, queramos o no.

¿Qué es la autoficción? Creo que algunos están confundiendo en los últimos meses, al hacer reseñas, la autoficción con la no – ficción y están intentando dejar fuera del concepto de novela todo lo que escape de un clásico Introducción – Nudo – Desenlace. Entiendo que la autoficción es la modalidad de la narrativa en la que un autor, que se identifica y por lo tanto confunde con el narrador y personaje, se presenta a sí mismo, y su vida, como material narrable. Autoficción han hecho Philip Roth, Enrique Vila – Matas, Paul Auster. Autoficción hacen, en algún grado, casi todos los autores. Hasta Stephen King, si atendemos a sus explicaciones sobre sus novelas más conocidas. Creo que mirar las etiquetas en vez de al libro es empobrecer la lectura, y es algo propio de este tiempo de redes sociales. Pasaremos de etiquetas. Marta Sanz hace autoficción en este libro, claro, pero no creo que se deba centrar el análisis en eso. Se habla mucho de si la autoficción ha encontrado sus límites. Y es una pregunta tan legítima como si el relato corto los ha encontrado o si eso que venden como poesía de éxito tiene algo de literatura en sus páginas. Leer Clavícula en clave de averiguar qué es verdad o no me parece una lectura pobre. Lo importante de cualquier novela, y esto viene al menos desde Aristóteles, es si resulta verosímil, no si es o no es verdadera. Clavícula es un libro interesante, bien presentado, bien ligado, por ratos fascinante, que funciona mucho más allá del interés (siempre relativo) por si lo que se cuenta es cierto o no, porque no es lo importante. Marta Sanz ha sacado mucho jugo al personaje Marta Sanz, a sus miedos y dolores, y es lo fundamental.

Cuando escribo – cuando escribimos – no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva. No me interesa la manipulación de los selfies a través del Photoshop. Me importa más la mueca que el lenguaje que la adecenta. Me interesa más la pipa que la pipa que no es una pipa.

Terminamos: Antes de llegar al libro había leído muchas reseñas (con muchas quiero decir más de cinco o seis, pero demasiadas me parecen) que hacían mucho énfasis en la feminidad del texto. Un cierto tipo de reseñas que destacaban que Marta Sanz habla en Clavícula de ciertas realidades sociales y físicas de las mujeres que no suelen estar en la narrativa. Y reseñas, lo que me parece peor, que venían a decir que eso los hacía un texto en el que se identificarían las mujeres. Y claro, lo harán, pero no creo que el hecho de que yo no sea mujer me impida sentir lo que Marta Sanz describe o empatizar con el texto. Lógicamente no sé ni sabré qué es la menopausia, pero eso no quita que pueda saborear el libro o entender lo que describe. Porque lo importante del libro es el miedo, el temor, el dolor, la necesidad de expresarlo, y creo que eso es propio de los humanos. Planteo como tema si no estamos reduciendo mucho la capacidad de empatía, esa que se supone que se nos amplía leyendo, y volvemos a centrarnos en las etiquetas y nos movemos por la vida como por redes sociales, y queremos que los libros de los hombres de sesenta años los entiendan los hombres de sesenta años y así para cada modalidad. Sería una idea empobrecedora de la literatura, algo de lo que por suerte Clavícula no tiene nada.

Clavícula me parece un libro importante, universal (que es una palabra que sé que suena grandilocuente, pero que es la que toca, porque es un libro que nos puede tocar a todos los lectores, seamos quienes seamos, con nuestra edad, sexo, etiquetas, identidades), que retrata el malestar de los tiempos que nos ha tocado vivir, y que lo hace de una manera literariamente muy eficaz. Un libro que recomiendo muy seriamente.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E