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domingo, 19 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.


Cuentos para la cuarentena (V): Últimos libros, despedida y cierre.

Cuentos completos, de Flannery O´Connor: Leí los Cuentos completos de Flannery O´Connor hace no menos de quince años. No he vuelto a releerlos, apenas algún texto suelto en alguna antología. Y como me pasa con los relatos de Carson McCullers (El aliento del cielo), aunque a esta la he releído más, mantengo cierta sensación de haber cerrado el libro no hace tanto. No recuerdo las tramas concretas de los relatos, pero guardo bastante vívido en el recuerdo el retrato piadoso de los parias, las desventuras de la enfermedad y el señalamiento, la claridad estética de sus historias bastante oscuras, el habla marcada de los poblados del Sur americano, la violencia latente de esa sociedad. Y ya que tengo el viejo libro de bolsillo que leí entonces en casa, quizá sea una buena idea volver a ellos.


Muerte a crédito, de Louis – Ferdinand Céline: Siempre me ha intrigado Céline. Gran esteta, nazi, son las dos cuestiones que uno identifica con él. A veces en el orden contrario, un nazi que era un escritor extraordinariamente dotado. Hace unos meses compré la edición de bolsillo de Muerte a crédito, prologada por Constatinto Bértolo, y he aprovechado para descubrirla. Céline fue médico y tenía complejas relaciones con sus orígenes familiares, y esos dos mundos aparecen volcados aquí, en las peripecias de médico de consultas, un tal Ferdinand que puede tomarse por alter ego del autor, y que cuenta aquí su infancia y su adolescencia, aunque sin dejar de echar viajes y miradas a la adultez. Realmente leer el libro ha sido una experiencia. En general una experiencia positiva. La prosa es brutal, te lleva, te hace bailar, te marea, insulta, escupe, falta a todo, pero en general con sentido, casi nunca pierde las riendas. Hay cuestiones estilísticas que se me hacen difíciles (la manía de dejar las frases en puntos suspensivos, entiendo que con la intención de que se lea como se escucha una conversación que te arrolla, que se para y vuelve, que no cesa), y temas donde asoma lo peor del escritor. Pero porque asoma lo peor del ser humano. Y conocer lo peor del ser humano, como conocer lo mejor, no dejar de ser uno de los motivos por los que (muchos) leemos. Céline era probablemente un mal bicho, y aquí hay una voz narrativa nihilista, en la que he encontrado, pese a ello, cierto asomo de esperanza. Un poco un vamos a morir todos, y somos odiosos, pero mientras tanto, bailemos.

Después de leer a Céline me dio por coger de la estantería Ampliación del campo de batalla, de Houellebecq, que me sigue pareciendo su mejor libro (tal vez el que más se le acerca en mi canon es El mapa y el territorio, pero es otra clase de libro). Es un librito fino, cortante, lleno de una prosa precisa y afilada, dolorosa. Ciento cincuenta páginas de derrota y soledad. Houellebecq es muy lúcido retratando los males del mundo en el cuerpo de un hombre cualquiera (creo que es lo más duro de Houellebecq, cómo retrata al cualquiera, al don nadie, el médico de Céline es un egomaníaco, se cree algo, hincha el pecho al andar, el personaje de Houellebecq se encoge de hombros y agacha la cabeza, aligera el paso nervioso y mira al suelo) derrotado una y otra vez por la maquinaria, ese sistema que todo lo mide en términos competitivos y que no le da un respiro. Comparando con la sensación que decía haber sacado del libro de Céline, la idea que saco de este libro de Houellebecq cada vez que me acerco es que no hay ninguna esperanza. No tiene sentido la celebración. Vamos a morir todos, y somos odiosos, y mientras tanto, ya que no servimos ni para celebrar, no nos merecemos ni follar ni bailar, bebamos y dejémonos caer.

Espía y traidor y Un espía entre amigos, de Ben Macintyre: No me encantan las historias de espías, aunque algunas (sobre todo películas) sí me han gustado mucho. Y no me interesan, desde luego, el tipo de libro que anuncian encuadernaciones y portadas como las que estos tienen. Podrían parecer, en una fila de libros, novelas de Frederick Forsyth, ni siquiera de John Le Carré. Pero me han sorprendido bastante por encima de esas expectativas (por eso fui a por el segundo). He leído los dos, y valen la pena. El verano pasado, durante un viaje a Londres, me compré el de Espía y traidor, y leyéndolo en inglés he tardado más de medio año en terminarlo. Cuenta la historia de un doble agente, un soviético (Gordievsky), aparentemente modélico, que fue reclutado por los británicos y ayudó a conocer desde dentro el sistema del KGB. La portada dice algo así como que fue el hombre que acabó con la Guerra fría, y no sería para tanto, pero el libro está muy bien. La psicología de los espías es muy compleja (aquí se explica muy bien en quiénes se fijan los reclutadores), la psicología de quienes deciden llevar una doble vida también, y con la historia terminada, sabiendo desde el principio lo que nos vamos a encontrar y no teniendo que sorprendernos con giros de guión, Macintyre se dedica a profundizar en la mente de Gordievsky y en general del espía, como arquetipo. Y esas personas con vidas personales vacías, o dispuestas a vaciarlas a la menor orden, que buscan el reconocimiento (cualquiera) de sus superiores, y lo buscan como sea, podrían encajar perfectamente en uno de esos fríos retratos que Carrére hace de sus personajes de no – ficción, esos a los que en ocasiones convierte en fascinantes personajes y otras en peleles que él, como autor, maneja a su antojo (valga Limónov, valga J. C. Romand). La finura de Macintyre es la que separa estas novelas de meras novelas de espías, y acerca su escritura más al modelo de la narrativa de no – ficción más potente. Un espía entre amigos narra una historia más conocida, quizá la más conocida dentro de las historias de agentes dobles, la de Kim Philby, el más famoso de los llamados Cinco de Cambridge, un agente británico de alto nivel, que trabajaba para los soviéticos, y cuya sombra recorre El topo, de Le Carré (con estupenda película de hace unos años).

Maniobras de evasión, de Pedro Mairal: A falta de bibliotecas a las que acudir, he descubierto el catálogo digital de las bibliotecas de Madrid. No dispongo de artefacto específico para su lectura, así que solo puedo leer los libros que cojo allí en el ordenador, y no tengo paciencia para leer ficción y textos largos en el ordenador. Asocio la lectura en pantalla con el trabajo, e inevitablemente trazo diagonales, me pierdo detalles, no pretendo hacer uno de esos babosos textos de cómo me gusta el papel porque me transmite sensaciones. Me gusta leer en papel porque es lo que mi cerebro entiende, y quizá si tuviera un kindle leería de otra manera porque podría irme al sofá, al sillón o a la cama, pero el ordenador se me aparece como lugar de trabajo. Dentro de esa limitación, sí he podido disfrutar de algunos textos más episódicos, que sí llego a paladear al completo, repartiéndomelos como caramelos antes o después de un rato de trabajo. Releí así El boxeador polaco, de Eduardo Halfon, un escritor que siempre es estupendo
Y encontré este Maniobras de evasión, que tenía apuntado para leer desde hace meses y no encontraba en ninguna biblioteca. De Pedro Mairal había leído La uruguaya sin entender el éxito que logró. Aquí me he encontrado con una serie de artículos, entre el ensayo corto y el texto periodístico o de revista de entretenimiento. El tono es ligero, el narrador es divertido, Mairal logra no resultar nunca demasiado literario (lo que sería la muerte del tipo de texto que presenta), y nos va contando cómo se fue convirtiendo en escritor, con altibajos, aceptando cualquier cosa que le ofrecieran, trabajando como profesor de redacción para equipos de abogados, leyendo libros para concursos literarios, escribiendo guiones que casi nunca lograba colocar, dejándolo al final todo por la escritura creativa y convirtiéndose, antes que en novelista de cierto éxito, en una especie de especialista argentino en textos de tono erótico. Lo acompañamos como escritor atareado, como adicto a las redes, como padre divorciado, adulto que nunca ha abandonado la adolescencia, lector torpe, lector muy lúcido, extraviado contemporáneo, especialista en el cuerpo femenino. Algunos textos son excelentes, como El sobrino de Bioy, Tocar a Gimena, El extranjero, El anatomista, La entrega o Quiero escribir pero me sale espuma. También hay textos de difícil concepción hoy, al menos en España (si pensamos en que aparecieran, como aparece este, en una edición de una editorial respetada, como Libros del Asteroide, y no viniera del otro lado del océano, y de otro tiempo, son textos de hace 10 o 15 años, según cuáles), que más que instructivos (un género, el instructivo, que parodian) resultan divertidos, propios de un tierno gañán, y tienen nombres como El culo de una arquitecta o Ensayo sobre las tetas. Otros textos no tienen ni demasiada personalidad ni demasiado encanto, pero en general el libro resulta una lectura amena y muy agradable.

Para terminar, me atrevo a recomendar (creo que es la primera vez que en el blog abro la ventanita musical) también el disco Apocalypse, de Bill Callahan, que reconocerán quienes hayan visto esa serie documental llamada Wild wild country, y en cuya compañía he ido dando forma a esta entrada.

Entrada esta, que creo que ya sí es, aún no superado el estado de alarma y la obligación de mantenernos confinados, pero sí superado lo que buenamente tenía que recomendar, la última entrada de este blog, que esta vez sí queda despedido como debe hacerse. Con un Hasta siempre. Espero que alguna de las lecturas que he propuesto en las últimas semanas haya ayudado a hacérselas más llevaderas a alguien.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 3 de abril de 2020

Cuentos para la cuarentena (III): Previsiones e imprevistos


Cuentos para la cuarentena (III): Previsiones e imprevistos.

Voy a seguir aún un poco más comentando las lecturas que llevo adelante en estas semanas de encierro y recomendando libros que creo que pueden ser una buena compañía para quien no los haya leído todavía.

El general del ejército muerto, de Ismail Kadaré: Siempre hablo bien de su obra y recomiendo a Ismail Kadaré. Me parece uno de esos autores de los que se puede sospechar que permanecerá, de entre aquellos que coinciden en una época. Su mundo literario es grave, oscuro, lleno de soledad, muerte, traición, resentimiento, odio. Aún así, lírico y bello. No hay un libro suyo que no valga la pena, pero siempre recomiendo entrar en su obra a través de esta novela o de El palacio de los sueños. El general del ejército muerto es una misión melancólica y condenada al fracaso, porque aunque triunfe será una derrota. Acompañamos, los lectores, a una misión del ejército italiano que viaja hasta Albania a rescatar los cadáveres de sus compañeros muertos durante la Segunda Guerra Mundial. Ha sido una relectura, después de muchos años, y creo que ha sido la primera novela que he disfrutado verdaderamente en estos días. Un libro que me fui administrando por las noches, poco a poco, durante algo más de una semana, a modo de sedante para antes de dormir.


Ruido de fondo, de Don DeLillo: Ruido de fondo (1985) comienza con una ciudad ansiosa, huyendo toda ella, de un modo desesperado y competitivo (parece que solo se salvarán los primeros en cruzar los puentes de salida), de un escape nuclear. Se trata de una historia llena de rumores, malentendidos, conversaciones confusas que no llevan a ningún sitio, familias que se caen, miedo, manipulación de los medios de comunicación, poderes económicos y políticos defendiéndose y atacándose, y como su título anuncia, de mucho ruido, de todo ese ruido y confusión que es el fondo sobre el que pasan nuestras existencias contemporáneas, con o sin epidemia, con o sin redes sociales, con o sin prensa en la mano. DeLillo te conduce suavemente (con esa prosa musical y llena de contrapuntos que te hipnotiza) por una novela que te emociona, te da miedo, te hace reconocerte y te hace desear no ser como los personajes a los que está describiendo (aunque sabes que sí, si no peor). Si alguien, en alguna medida, nos había preparado para una epidemia y el terror globales, había sido (además de Ballard), DeLillo. Y es una pena que se encuentre retirado (o casi retirado), porque lo que va a quedar del mundo después de este virus, en términos sociales, económicos y de todo tipo, le hubiera dado al escritor que era hace veinte años para explicarnos cómo serán nuestros próximos diez años, o cómo fueron los últimos cincuenta sin que nos diéramos cuenta, que es a lo que se ha dedicado DeLillo durante toda su vida, a explicarnos lo que va a venir a la vez que nos explica todo lo que ya había pasado sin que nos diéramos cuenta, porque estábamos mirando hacia dónde no había que estar mirando, y cómo ese pasado oculto explicaba ese futuro que aún no era obvio pero lo sería. Y de eso, recuerdo, trataba esencialmente Submundo (por mucho que aparentemente tratara de temas más frívolos, de baseball, de canción popular, de cine y televisión americana, de fontaneros políticos con traje y corbata, …).


El dilema del prisionero, de William Poundstone: A veces, cuando leo, también me gusta recordar que estudié la carrera de Físicas y que me gano la vida enseñando Matemáticas. Este es un libro que se relaciona con esa doble condición, pero que creo que podría interesar a cualquiera. El dilema del prisionero es un problema fundamental en la Teoría de juegos, y dice (copio un enunciado concreto de internet, hay variantes): “La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante un año por un cargo menor”. Es un juego de suma no – nula (no vamos a entrar en detalles), y lo más beneficioso para ambos sería que los dos se callaran (fijémenos en la suma de las penas, en este caso como mucho se sumarían dos años de suma total, las otras posibilidades dan totales de diez o doce años). Pero la experiencia, y en este caso la policía lo sabe, dice que es muy probable y muy frecuente que alguno de los dos acabe incriminando al otro, pensando que así se va a librar (consiguiéndose en muchas ocasiones que los dos, aislados, echen la culpa al otro, y compartan castigo). Este libro habla de esa clase de dilemas en nuestra vida diaria, y de cómo la lógica y el beneficio objetivo no son necesariamente las opciones más populares. También es una especie de biografía poco sistemática de John Von Neumann, matemático, pionero de la informática y la aeronáutica, genio y persona poco recomendable, amigo de Einstein y juerguista, uno de los principales participantes del Proyecto Manhattan y uno de los pocos que salieron de allí convencidos de que el mundo necesitaba apostar por la opción belicista para seguir existiendo (una lógica, relacionada con la teoría de juegos y el dilema del prisionero, que llevó a que durante décadas los dos grandes bloques se apuntaran con armas capaces de destruir la Tierra para así lograr un equilibrio basado en el miedo), y que una guerra atómica era poco menos que inevitable y había que seguir armándose para ella.


La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag: En este libro, escrito a finales de los setenta y que leí hace un par de años, Susan Sontag se asoma, desde su experiencia personal con el cáncer (enfermedad que se le reprodujo y que tuvo en varias ocasiones), al análisis del lenguaje que se asocia a esa enfermedad (batalla, guerra, persona luchadora, el ejército de las células cancerosas, …) y rastrea sus orígenes en el romanticismo asociado a la tuberculosis (la gran enfermedad de su época, al nivel al que el cáncer podía serlo cuando Sontag escribió el libro) durante el siglo XIX y principios del XX (la tuberculosis era, en el imaginario popular, una enfermedad que asolaba a las almas sensibles, así que tenerla debía ser síntoma de una importante sensibilidad). Sontag reflexiona sobre qué se esconde realmente en esas metáforas, por qué cree que se asocia el proceso de la enfermedad al de una guerra, y también habla sobre la culpabilización a la que se somete con frecuencia al enfermo de cáncer que no lucha lo suficiente por vencer a la enfermedad, que no se comporta como un héroe, que está desanimado (por más décadas que pasen y más afianzado que esté ese tópico, sigue sin estar demostrado que un buen estado de ánimo y una actitud positiva ayuden a que un cáncer se cure con más facilidad), por no hablar de la asociación que la enfermedad (sobre todo ciertas enfermedades, ciertos tipos de cáncer, como el de pulmón) puede tener con un cierto castigo divino (aunque no se culpe a Dios de ello), a modo de castigo por los excesos (Sontag amplió el libro en los años 80 hablando del sida, enfermedad que estuvo muy ligada originalmente a la homosexualidad y que muchos integristas vieron como un justo castigo a su comportamiento), y cómo deja fuera de toda lógica a quienes enferman igualmente sin haberse salido nunca de lo marcado, todos esos, que también enferman, y que siempre han cuidado su alimentación, han hecho deporte, no han fumado, han sido abstemios y sin embargo, como por error, enferman. No tengo en casa el libro para releerlo, pero me gustaría hacerlo en estos tiempos de nuevos lenguajes bélicos y nuevas enfermedades, de héroes que se esfuerzan contra un villano invisible, sin rostro, apenas identificable, al que cuesta odiar con precisión por eso mismo, aunque da miedo, mucho, a todos, y nos iguala, nuevamente.


Serie Charlie Parker, de John Connolly: Supongo que de alguien que lee mucho, que incluso se atreve a recomendar lecturas, que escribe y pretende escribir más y mejor, se esperaría que dijera que había ido acumulando en su casa, para una hecatombe o para llevárselo a la cárcel si se daba el caso, para un largo verano en soledad o para la fractura de una pierna, para cualquiera de esas situaciones, los tomos de En busca del tiempo perdido o al menos El cuarteto de Alejandría. Me justificaré diciendo que al menos El cuarteto de Alejandría lo leí hace unos diez veranos (aunque lo fui leyendo de la biblioteca, así que no lo tengo por aquí ahora). Y ahora diré que la verdad es que lo más parecido que yo había hecho era ir acumulando los tomos de la serie de Charlie Parker, de John Connolly, en bolsillo. Intento, desde que los descubrí, ir leyéndolos cuando salen en las bibliotecas, y cuando aparecen en bolsillo, me los compro y los he ido guardando para un largo verano. Este puede ser un año sin verano, pero con mucho tiempo en casa, así que quizá sea el momento adecuado. No tengo toda la serie, porque me falta alguno de los últimos y porque mi hermano y algún amigo se han ido llevando algunos volúmenes y no han vuelto, pero tengo bastantes. No todos son igual de buenos, aunque todos dan unas horas de compañía y entretenimiento (y algo más que el entretenimiento, tienen algo), pero recomiendo mis preferidos, por si alguien quiere empezar con Parker y sus amigos (y enemigos): Todo lo que muere, Más allá del espejo, Los atormentados, Voces que susurran o La ira de los ángeles.

De un modo menos premeditado, también me encuentro con que tengo en casa la serie completa de El cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980, 1983), de David Peace, y El cuarteto de Los Ángeles (La dalia negra, El gran desierto, L. A. Confidential y Jazz blanco), de James Ellroy. Me los compré todos el año pasado, y he releído algunos libros en estos últimos meses. Me parece que aquellos que no he leído recientemente, pueden ser también una excelente compañía si esto se sigue alargando, y serán una alegría (aunque con lo oscuros que son no son exactamente la palabra, no desde luego una alegría sin más) para quien los coja por primera vez.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


viernes, 27 de marzo de 2020

Cuentos para la cuarentena (II): Libros encerrados


Cuentos para una cuarentena (II): Libros encerrados

¿Hay libros mejores que otros para leer cuando estás encerrado? No lo tengo nada claro. Creo, eso sí, que hay libros que son absolutamente inadecuados para leerlos en confinamiento. Creo que a los que nos mantenemos como lectores en base a los catálogos de las bibliotecas públicas, estos días nos pillan con las defensas bajas. Aunque siempre hay libros en casa, muchos por leer, porque los fuiste comprando para cuando juntaras varios meses en casa (circunstancia que improvisada y lamentablemente coincide con esta), clásicos que has acumulado para ponerte al día, libros que tienes para releer, e incluso algunos que te preguntas quién trajo (te parece imposible que fueras tú), cuándo y por qué.

Me ha costado mucho concentrarme en la lectura durante estas dos primeras semanas de encierro. Tardé en descubrir que estaba cerrando un libro que me había llevado muy lejos de las circunstancias, la preocupación, el miedo y las miradas casi constantes al móvil durante una hora. Después de ese primer momento de lectura plena, momentos parecidos se han ido sucediendo con mayor frecuencia, así que supongo que mis primeras recomendaciones deben ser para los libros que me está dando un rato de paz y descanso (que con todo lo que estamos teniendo que improvisar y aprender para seguir improvisando los profesores, más dos niños activos en casa, no están siendo demasiados).

Empezando por los clásicos, estoy leyendo, cogido de esa estantería de clásicos que algún día debería leer para tener una verdadera cultura libresca pero aún no lo había hecho, Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac. Ya he leído la primera parte (son tres novelas cortas relacionadas por la figura de su protagonista), Los dos poetas, en la que se reconocen los recelos, ilusiones, subidas y caídas de la vida literaria (aunque sea provinciana y casi íntima). De Balzac hasta ahora solo había leído La piel de zapa, que es un libro del que guardo muy buen recuerdo, que también podría ser una gran lectura en estos días, pero que creo que es poco representativo de su obra (realismo por encima de todo, dibujo de la vida, La comedia humana), pues es una novela con un fuerte elemento fantástico.

El siguiente clásico que descolgaré de esa estantería es Mujercitas, de Louisa May Alcott, una historia que de tan vista y oída damos por sabida, pero que tengo la esperanza de que pueda sorprenderme.

Otro libro que llevo entre manos es también un clásico, aunque nadie lo sabía en España hace dos años. Aquí no son tres novelas cortas enlazadas, como en el caso de Balzac, sino tres libros independientes que los editores españoles han agrupado bajo el título conjunto de Casos de pruebas circunstanciales. Son tres historias que desarrollan el medio de la novela de no – ficción cuando aún no se hablaba de ella y que transitan entre la investigación histórica y lo inverosímil. Todas son historias de impostores. Ya he leído el primer libro, La mujer de Martin Guerre, una extraña historia de la Francia medieval en la que unos adolescentes son casados por sus padres, se acostumbran a vivir juntos (como buenamente pueden), conviven con la familia de él (el tal Martin Guerre), trabajan, tienen un hijo, él desaparece y vuelve años después, todos lo reconocen, salvo ella, que cada vez está más convencida de que se trata de un impostor. Y considerada loca por el entorno familiar, intenta encontrar la verdad. La autora es Janet Lewis.

En la sección de mis autores clásicos, el libro que me está acompañando por las noches es El visitante, de Stephen King. No es una de sus mejores obras, y quizá no es un libro para perder la cabeza si se dispone de todos los libros del mundo para elegir, pero en condiciones de encierro y con solo unos cuantos libros para elegir, está siendo una lectura reconfortante. Empieza lento, eso sí lo advierto, la parte del primer crimen (monstruoso), va acompañada de una descripción costumbrista bien narrada (me inquieta pensar que si al King costumbrista se le quitan sus repetitivas referencias a marcas populares, hamburguesas y guiños a las clases populares que interpreta como sus lectores más numerosos, y se le dan unas cuantas horas de corrección de estilo, quedaría un libro de Jonathan Franzen, un autor al que se celebra por el hecho de ser tan costumbrista que leerlo resulta tan apasionante como hablar con el compañero más aburrido del trabajo), pero que nos apetece que acelere para llegar al conflicto, a la verdad que se va revelando y que es el enfrentamiento con un ser sobrenatural, el visitante, a quien rastrean en viejas leyendas mexicanas, un ser capaz de mutar y aparecer con distintas formas humanas, que se alimenta del miedo y sufrimiento ajenos.

Propuestas de Lecturas encerradas: Las primeras lecturas para encierros que me vienen a la cabeza están unidas por el hecho de ser, en forma y fondo, historias de terror. Así que hay cierto sesgo en esta selección.

El Resplandor, de Stephen King: Empiezo aquí con el mismo Stephen King con el que terminaba la sección anterior. Su gran novela, El resplandor, es la historia de un escritor que decide aceptar la oportunidad de aislarse durante todo un invierno en un hotel de montaña. Allí, con las carreteras cortadas por la nieve, solo tendrá que escribir y ocuparse de la manutención del hotel. Como saben todos los que ya han leído la novela, o han visto la película (en El visitante, King hace una referencia poco amable a la película de Kubrick, una adaptación que siempre ha dicho que le disgustó), la cosa no es precisamente plácida, y King consigue algo muy difícil, mezclar estupendamente dos géneros: el de la casa encantada (hotel poseído, en este caso) con el del escritor fracasado que busca a quién echarle las culpas (a su familia, que no le deja la paz suficiente para escribir.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson: Por motivos que no deben revelarse antes de comenzar la lectura, las hermanas Merricat y Constance Blackwood viven junto a su anciano tío Julian en la vieja casa familiar, aisladas del pueblo, al que solo acuden cuando no hay más remedio a comprar provisiones (¿nos va sonando la situación?). Los motivos que es mejor no revelar en principio, explican el aislamiento de las hermanas, y el desprecio y burla (sin olvidar un elemento de miedo) de las que son víctimas. El libro se va componiendo con un intimismo que a ratos resulta casi lírico, y va formando un terror doméstico muy bien construido, que nos atrapa página tras página y nos llevará a su final con un sobrecogimiento creciente.
http://cuentospendientessre.blogspot.com/2019/10/siempre-hemos-vivido-en-el-castillo-de.html

Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson (Valdemar): Me imagino que alguien ha hablado ya en estas últimas semanas de la novela Soy leyenda, de Matheson (de ella o de sus películas, de la entrañablemente antigua de Vincent Price a la insoportable de Will Smith). Es una buena novela, desde luego, pero no es la mejor obra de Matheson. Su obra cumbre, diría, está en su narrativa breve. Quien lea estos cuentos sentirá ese abrazo escalofriante de las mejores historias de terror, y descubrirá, en los modos y mundos, y en las versiones reconocidas y bastardas que de estas historias se han hecho, la gran influencia que Matheson ha tenido en una gran parte de la narrativa de terror posterior.

Drácula, de Bram Stoker: Hace cosa de un mes, vi la nueva serie de Netflix sobre Drácula. Me gustó mucho, la he recomendado y la recomiendo. Es ágil, divertida, juega contra el mito, se ve muy bien y no se convierte en un largo culebrón, que es uno de los principales problemas que tengo con las series de televisión. No soy un aburrido purista de las Dicho todo eso, me pareció que estaría genial volver a leer la novela. Que se convirtiera en un libro popular. Uno que todo el mundo leyera. Es un libro que he leído unas diez o doce veces en mi vida, quizá mi primer gran amor bibliófilo adulto (yo no era demasiado adulto, pero digamos que fue la primera lectura adulta que me marcó). Y puesto que la primera parte transcurre con el pobre Jonathan Harker encerrado en el castillo del conde, puede ser una lectura muy adecuada.

Agujero negro, de Charles Burns: Nunca diría que este cómic es bueno. No es especialmente atractivo en su diseño y dibujo, el guión no es una maravilla. Tiene más defectos de los que me habían prometido al llegar a su lectura, lo aviso. Como también aviso de que lo cogí una noche en la que no tenía otro libro al que echarle mano (o ganas de echarle mano a otro libro), estaba en casa porque lo había estado leyendo mi mujer, y me lo leí en esa misma noche. Era un cliché que no buscaba elevarse por encima de todos los lugares comunes de la plaga terrorífica que la paga con los adolescentes. Y no podía soltarlo. Algo tiene.

Vivir abajo, de Gustavo Faverón: Por circunstancias de salud y familiares, el encierro en mi casa comenzó un mes antes que en el mundo. Yo era la persona destinada a salir a trabajar unas cuantas horas fuera, pero era mi única distracción de eso que los políticos llaman tareas de cuidados. Y los ratos que podía leer en el metro de camino al trabajo y por la noche, antes de caer dormido, eran mis treguas. Me había comprado justo antes de empezar esa época (que hemos enlazado con el estado de alarma) Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, y este. Tenía grandes esperanzas en el de Enríquez después de que le dieran el Herralde y en base a lo mucho que me gustaron el verano pasado los cuentos (oscuros, viscosos, también relatos perfectos para un tiempo encerrado) de Los peligros de fumar en la cama. Después de 200 páginas que no me engancharon lo más mínimo, creo que puedo decir que no es un gran libro, es un producto que usa los moldes de la literatura comercial pero no promueve ninguna subversión de los mismos. Es Ojos de fuego, de Stephen King, por la historia que presenta, pero con la autoconciencia de una autora que cree estar escribiendo algo más valioso, y sin los momentos emotivos atrapalectores de aquella novela. Decepcionado con Nuestra parte de la noche, caer en las páginas de Vivir abajo fue una experiencia maravillosa. No sé si leeré en todo 2020 una novela mejor. Y se trata de una novela que transcurre, en la trama escrita y en lo que nos deja imaginar a los lectores, por túneles y sótanos en los que se encierran desde secretos íntimos hasta seres humanos a los que se piensa torturar. Vivir abajo está escrita con el ritmazo de Los detectives salvajes, y es una novela que no esconde su relación con aquella, pues aparte de escenas que son homenajes directos a la obra bolañesca (no había leído nada de Faverón, pero sabía que era el editor del volumen Bolaño salvaje, de Candaya), hay un aire general de presentación épica de la vida poética y literaria, viajes por toda Latinoamérica (y los Estados Unidos), búsqueda de extraños e inquietantes personajes que desaparecieron dejando tras de sí vacío y silencio, y a los que alguien siente que debe buscar como dedicación central de la vida (una búsqueda que tiene algo de vocacional, como la escritura y la poesía).

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati: No sé cuántas veces, ni con cuántas excusas, habré recomendado aquí El desierto de los tártaros. Fue uno de los primeros libros que reseñé en este blog http://cuentospendientessre.blogspot.com/2015/08/el-desierto-de-los-tartaros-de-dino.html
Lo he leído cuatro veces completo, y lo he leído parcialmente, a trozos, buscando algo concreto o simplemente dejándome perder, otras tantas. Es uno de mis libros preferidos, y es una de las grandes novelas del siglo XX (esto no lo digo yo, esto lo decía por ejemplo Borges). Se trata de un libro tan bien escrito, tan emocionante, y tan centrado en las ideas del vacío, de la espera, de la soledad, de aprender a tener paciencia y a obtener nada a cambio, que no sé cómo no voy a volver a usarlo para estos días, para recomendarlo y quizá para hacer otra relectura.

Lo dejamos aquí. Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E