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martes, 27 de diciembre de 2022

Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos.

 Mis cuentos pendientes de 2022 (II). Los diez elegidos

 

Queda ahora la parte difícil, la de intentar cumplir con esta tradición anual y elegir diez libros e incluso ir más allá y ordenarlos. Sin pensarlo mucho más, vamos con ello.

 

10. Suspense, de Patricia Highsmith. No me gustan los libros que enseñan a escribir y tengo, más allá, serias dudas de que se pueda enseñar a escribir en un sentido parecido en el que se puede enseñar a cocinar o a hacer punto. Lo bueno de este libro es que no pretende ser uno de esos libros que te enseñan a escribir, sino que es una visita guiada al taller de trabajo literario de una buena autora, que tuvo bastante éxito popular y de ventas pero que no dejó de ser nunca una escritora comprometida con su oficio. Aquí nos va contando cómo fue encontrándose ante ciertas dificultades a la hora de escribir sus novelas y relatos y cómo las fue sorteando. No pretende enseñar, y se agradece, pero si te dedicas a escribir, se aprende, como siempre se aprende viendo a alguien que maneja bien el oficio y es original llevándolo a cabo, mientras trabaja. Y aunque el título alude al género en el que Highsmith más se especializó, lo que cuenta es extensible a toda clase de escritura narrativa.

 

9. El legado de Maude Donegal. El hijo superviviente: dos novelas de misterio, de Joyce Carol Oates. Si los escritores fueran tipos de coches, Joyce Carol Oates sería un todoterreno muy completo, capaz de hacer muchos kilómetros y hacerlos por toda clase de carreteras. De su inacabable producción he leído unos diez libros y puedo decir que es una buena escritora costumbrista, una original biógrafa, una cuentista muy acertada, una inmejorable teórica del boxeo y una escritora de misterio de primera categoría. Aquí se dedica a esta última faceta, y lo hace de una manera que convencería a Patricia Highsmith. El legado de Maude Donegal es una novela corta de tipo gótico, clásica, con elementos fantásticos y malsanos, muy bien planteada, sostenida y resuelta. El hijo superviviente se acerca más a la crónica de sucesos morbosa, al mundo contemporáneo y sus terrores familiares, y también te atrapa y mantiene tu atención de la primera a la última página.


8. Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon. Halfon lleva algo más de una década (década y media, más o menos) escribiendo uno de los proyectos más interesantes que se están haciendo dentro de la literatura en español, y más aún, de la literatura, sin apellidos. Halfon no ganará un Nobel dentro de 30 años, estoy casi convencido, como Annie Ernaux este año, por haber novelado su vida con distintas variaciones. Creo que lo único que podría conducir a Halfon al Nobel es que alguna causa más o menos política lo tomara como representante, y eso creo que es poco probable. Aunque hay mucha política (que no ideología, ni politiqueo) en todo lo que escribe. Hay Historia de esa que se infiltra en sus historias. Abuelos de distintos rincones del mundo que acaban en la conflictiva Guatemala de los setenta. Un exilio provocado por la violencia. Una historia nunca aclarada de supervivencia en Auschwitz. Una situación social desahogada en un país muy pobre. Todo eso sigue estando en Un hijo cualquiera, su entrega de este año, un libro muy destacable. Muy destacable pero, me atrevo a decir casi por primera vez con este proyecto en marcha. ¿Se está desgastando la voz, el tono, la idea? No lo sé. Pero me ha dado cierta sensación de que pudiera ir por ahí. La misma sensación que me ha dado de que Halfon se reinventará en otro proyecto después de este libro u otro más, y que todas estas novelas sin ficción que lleva quince años escribiendo en forma de cuentos, acabarán agrupadas en un único volumen enorme que le ganará una gloria no multitudinaria (porque hoy en día eso es impensable), pero sí muy amplia.

 

7. Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra. Creo que Halfon es el heredero de Bolaño que más se acerca a su excelencia y al que menos le importa eso. Cabe recordar que Bolaño no era, ni mucho menos, un autor siempre excelente. Tiene cientos de páginas mediocres. Pero siempre tiene una gran fuerza. Zambra es probablemente el heredero de Bolaño que más empeño pone en que lo identifiquen con él. Es chileno y supongo que eso hace que lo tenga más fácil que un guatemalteco criado en Estados Unidos y que vivió durante un año en una casona abandonada por la Guardia Civil en un pueblo de La Rioja (esa historia la cuenta mejor Halfon). Nunca me interesó demasiado leer a Zambra por esa obsesión por salir en la foto cerca de Bolaño. Pero Formas de volver a casa, que he emparentado rápidamente con el Bolaño menos ambicioso, y con la también chilena María José Ferrada, es una novela corta que me ha ganado. A medio camino entre la literatura juvenil y la novela adulta, cuenta una historia de niños que crecen y sobreviven en el Chile dictatorial. Y lo hace con una fuerza poética envidiable, un tono contenido y poco sobreactuado. Una muy buena novela.

 

6. Ha dejado de llover, de Andrés Barba. Los relatos muy largos de esta colección comparten muchas de las virtudes del Zambra de Formas de volver a casa. ¿Llegamos a crecer alguna vez, o somos tantos los que somos eternos adolescentes? No es que sea importante responder a esa pregunta, pero sí es importante saber reflejar esa manera de moverse por el mundo. Andrés Barba lo logra perfectamente en estos cuatro relatos que se mueven en una longitud que quienes escribimos sabemos que es muy difícil, las más de 40 y menos de 60 páginas. No llegan a ser nouvelles, pero son más amplios (mucho) que los relatos. Empiezan a asomar las tramas secundarias, pero no se las deja crecer. Hay más personajes y más variedad. Pero la forma se contiene y la mirada es la que debe en cada página. Hay trabajo de artesanía y mirada al campo lejano. Muy buen libro.

 

5. Memorias de ultratumba, de René de Chateaubriand. No he leído la obra completa de Chateaubriand, lo confieso, sino que leí el primer volumen que Acantilado tiene publicado. Es esta una obra total, una reflexión sobre la vida, en forma de ensayo al modo clásico y distinto al que hoy le damos a esa palabra. Sobre todo y sobre nada, en forma de autobiografía, es un libro de aire a lo Montaigne y sus Ensayos, que fueron una lectura que descubrí y me enamoró en 2020. Esta es otra de esas lecturas que te impregnan y duran para siempre. Chateaubriand, que siente que lo ha sido todo (dentro de lo que aspiraba a ser), se encuentra viejo y acabado y obligado a poner por escrito sus memorias para obtener algo de dinero. Y lo hace con la condición de que no se publiquen hasta su muerte, como así sucedió. Acabó siendo, sobra decirlo, la obra que recordamos ligada a su nombre, un clásico que hizo olvidar sus libros anteriores, de los que habla aquí con nostalgia.  

 

4. Mueren más por desamor, de Saul Bellow. Cada vez me gusta más Bellow. Cuanto más releo lo ya conocido (sus Cuentos, Las aventuras de Augie March) y cuanto más descubro lo que no conocía, más me encuentro con un autor que maneja infinidad de registros, que mezcla como muy pocos la buena narración con las ideas profundas, con un aire irónico y un mundo judeoamericano propio, cercano aún a la inmigración a los Estados Unidos. Mueren más por desamor es una novela de ideas, de intelectuales que no saben moverse por el mundo real y que naufragan como amantes y como seres humanos. Un tío y un sobrino, un botánico célebre y un diletante, que no saben vivir uno sin el otro y que, en general, no saben vivir, y a través de los cuales aprendemos, por paradójico que sea, nuevos matices sobre la existencia. Por ejemplo, ese que da título a la novela y que nos dice que por peligrosas que sean algunas enfermedades y amenazas, por reales que suenen, muere más gente de soledad y desamor.

 

3. Borges, de Adolfo Bioy Casares. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares son probablemente la pareja de amigos íntimos que más ha aportado a la literatura del siglo XX. Borges, el Sherlock Holmes de esa pareja, Bioy, su fiel doctor Watson. Aficionados a la literatura policíaca, a la narrativa fantástica, a la poesía. Cultísimos. Un eremita y un vividor. Un autor consagrado ya en vida y otro, su escudero, del que a veces olvidamos lo magnífico escritor que fue. La idea del libro es sencilla, recoger y editar todas las entradas de los diarios de Bioy Casares en las que aparece nombrado Borges. Muchas son simples muestras de familiaridad (El famoso y centuplicado Hoy come Borges en casa), en otras los vemos en las pequeñas miserias de pelear con editores mediocres o prepararse un huequecito en la posteridad porteña. Un libro que es una vida que son dos vidas, la del contado y sobre todo la del que cuenta. Un libro que es, en una forma químicamente pura, literatura.

 

2. No digas nada, de Patrick Radden Keefe. Los duros años del terrorismo del IRA y el protestante en Irlanda del Norte. Cielos grises, chimeneas, ladrillos, amenazas, chivatos. Falta de sentido común y una pareja de hermanas legendarias. Tan bellas como desquiciadas. Y la mirada de un libro que nos cuenta la historia y la política pero sobre todo nos habla de aquellos que no eran parte en el conflicto, que no querían saber nada, y que podían verse salpicados. Una madre de familia irlandesa, católica, que atiende a un soldado que ha quedado herido en una reyerta en aquellas colmenas de pisos. Los rumores, los chivatos profesionales, la mala baba de las comunidades pequeñas y envenenadas por la ideología y el odio al de fuera. Y el secuestro y desaparición que deriva de todo ello. Una investigación para tratar de darle respuesta a todo aquello. Muchas más preguntas. Gente con ideas venenosas capaz de salir bien en la foto. Y miles de víctimas a ambos lados de la cuneta. Una paz frágil. Un libro de primera.

 

1. Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Moshfegh. Voy a ser muy breve. Un libro de relatos en la estela de Lorrie Moore y David Foster Wallace. Una mirada lúcida e implacable al mundo contemporáneo y sus gilipolleces. Una colección de historias con tanto humor como mala leche. Una maravilla.

 

Seguiremos leyendo en 2023, y de vez en cuando comentándolo por aquí.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 30 de diciembre de 2021

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Mis cuentos pendientes de 2021 (II)

Vamos directamente a ello, que hay ganas de la cuenta atrás y el fin de año lector. Sin campanadas pero puede que con algún brindis.

Por motivos variados, recomiendo, de entre mis lecturas de este año:

Magia para lectores, de Kelly Link. Este libro lo escojo porque es una absoluta locura. Una maravilla sin límites narrativos. Quienes disfruten con las historias más locas de Neil Gaiman disfrutarán con esta autora. Está sonando mucho últimamente una novela de Laura Fernández, que no he leído, pero cuyos resúmenes y exégesis me han llevado a pensar en este. Y a sospechar que este debe superarlo. Estupendo.

Creadores de hits: Cómo triunfar en la era de la distracción, de Derek Thompson. No es un libro redondo, le falla la forma, a veces hay que esforzarse para no abandonarlo. Pero la idea central es muy potente y me tiene muy preocupado, qué está pasando con nuestra atención, qué están (y estamos) haciendo con ella, cómo se compra y se vende. Y relacionarlo con la incapacidad de que lo que llamamos viral sea realmente universal y duradero, como sí lo era la creación de hace apenas unas décadas.


La ola que lee, de César Aira. Apuntes de lectura de César Aira. Críticas y reseñas publicadas por aquí y allá, reunidas. Una joyita. Y un libro para pensar en por qué Aira es Aira y qué narrativa se hace en Argentina y por qué en España no hay un Aira ni se hacen demasiados libros realmente notables. Este es uno de esos libros que se celebran en España, pero que aquí serían imposibles. Porque un autor bien instalado, premiado (incluso aspirante al Nobel) le atiza a popes de la narrativa argentina cuando juzga que sus libros fallan (y lo hace razonadamente; Aira es histriónico, sí, pero también justo). Y sigue escribiendo sus extraños libritos. Aquí seguimos entretenidos con que Chirbes (muerto hace seis años) dijo algo malo de Pérez Reverte en un cuaderno personal, y dejando crípticos mensajes en redes sociales para que quien pueda entienda qué autor con novela muy esperada ha publicado un verdadero truño. Por si acaso, para no tener que ser el que pise la mierda y tenga que limpiarse la suela del zapato, yo ya no las leo.

Interesantes, recomendados, y a tener en cuenta: El ritmo perdido, de Santiago Auserón. Así se hacen las películas, de Sidney Lumet. Ensayos: Interpretaciones y pronósticos, de Lewis Mumford. Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris. Montaigne y Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig. Los terranautas, de T. C. Boyle. El colgajo, de Philippe Lançon.


Llegamos, que va tocando, a los diez libros del año (que como pasa últimamente vienen con alguno más escondido a modo de huevo de pascua). Sin dar demasiados detalles, y del 10 al 1 (un orden bastante arbitrario y que podría cambiar si rehiciera la lista en unos días, pero para eso hacemos las listas, para no volver a mirarlas y extrañarnos si lo hacemos):

10. Todos los besos del mundo, de Félix Romeo. Qué pena que no tengamos en nuestras letras a otro Félix Romeo. Que se muriera tan joven y se rompiera el molde. Este año he podido leer estos cuentos, una colección publicada por Xordica con detalle y amor donde se reúnen los cuentos que fue publicando por aquí y por allá. Me he encontrado con un libro precioso, lleno de hallazgos y puñaladas imprevistas (quienes lo conocían dicen que era muy besucón, de ahí el título, callan que también debía ser amigo de puñales), que es la marca de escritura de Romeo en Dibujos animados y en sus mejores textos, algunos de los cuales están en este volumen. Y también he visto cuentos que se salen del canon y apuntan hacia el observador / ensayista que fue y al que leímos en Por qué escribo (también disponible en Xordica).

9. Propiedad privada, de Lionel Shriver y Esto es placer, de Mary Gaitskill. Cada vez resulta más complicado que un libro pueda sorprenderme por su calidad como artefacto, por sus juegos técnicos o estructurales. Es uno de los problemas de leer mucho, que acabas por saberte todos los trucos. Estos dos libros me han sorprendido. Propiedad privada es probablemente, en esos aspectos técnicos, el mejor libro de cuentos que he leído este año. Me parecía muy complicado hacer una colección de cuentos con cohesión y sentido como conjunto y en el que los cuentos sean, a nivel individual, valiosos, y hacerlo con referencia a un mismo concepto, y uno en principio tan poco atractivo como el de la propiedad privada. Pero sale muy bien del desafío que ella misma se ha puesto. Solo la novela corta inicial justifica la existencia y lectura del libro. Esto es placer, de Mary Gaitskill, es un libro atrevidísimo, a nivel literario y político. Gaitskill huye de los malos que son muy malos y de los dibujos con lápices blancos y negros y traza la historia de un editor ya maduro al que un día, después de muchos años, alguien acusa de acoso. Una vieja amiga, que ha trabajado con él y lo conoce, querrá entender qué ha pasado. Y se dará cuenta de que a veces corremos demasiado a la hora de quemar a alguien, aunque lo conozcamos bien, en la hoguera. El libro es una trepidante sucesión de capítulos escritos por él y por ella, y salvando las muchas distancias me recordó a la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, por su desarrollo y peso. Merece la pena buscarlo, leerlo, y pensarlo durante días.

8. Sale el espectro, de Philip Roth. Creo que ya no me queda ningún libro de Roth que pueda entrar en mi canon personal de sus obras. Este faltaba entre mis lecturas y fue un reencuentro feliz. Con lo mejor de Roth. Aquí en una versión si se quiere modesta de su potencial, pero llena de sus virtudes clásicas. Una capacidad de análisis portentosa. Un gran sentido narrativo. Unos personajes que ni son perfectos ni se acercan, y hacia los que no siente la obligación de tener piedad. Una gran novela.

7. Poeta chileno, de Alejandro Zambra. Tenía, sin tener muy claro por qué, serias reservas con Alejandro Zambra. Creo que alguna vez intenté leer uno de esos pequeños artefactos que le fue publicando Anagrama y salí de allí, si no espantado, en un ánimo cercano al espanto. Este año leí No leer, que me pareció ingenioso. Y después de más de un año de acercarme a la estantería de la Z en la biblioteca y volver sin el libro, acabé por coger Poeta chileno. Y me alegro de haberlo hecho. Es un libro divertido, lleno de literatura y de vida, y de esos personajes que circulan perdidos por ambos. Los poetas chilenos de Zambra son evidentes homenajes a esos personajes de Bolaño que eran poetas y eran chilenos, pero ni son tan románticos ni están tan desesperados. Son poetas chilenos menores, síntoma de unos tiempos menores, con menos ideales y más cinismo. El libro de Zambra quizá sea, a su vez, una obra menor de Bolaño. Un apunte al pie de página de las grandes obras de este. Lo cual es lógico porque no todos podemos ser Bolaño, solo Bolaño podía, y porque Bolaño hablaba de poetas en una dictadura donde se jugaban la vida y Zambra habla de poetas en la post – dictadura y en la post – post – dictadura donde solo se juegan, y no siempre, la dignidad. A veces nada más que el amor propio. Pero cómo duele el amor propio. Qué buen libro. Y qué preocupante que vayan dos años que entre las mejores lecturas haya homenajes evidentes a Bolaño que no alcanzan su mejor nivel pero que nos lo recuerdan claramente. No sé si hablará de mi degeneración como lector quedarme prendado del Vivir debajo de Gustavo Faverón el año pasado y de Zambra y su Poeta chileno en este.

6. El llano en llamas, de Juan Rulfo. Hay relecturas que he dejado aparte, porque eran relecturas conscientes, de libros que conozco a fondo y en los que siempre encuentro sorpresas, sí, pero tampoco grandes sorpresas. Al menos no de las que te cambian como lector. Lo de El llano en llamas, de Rulfo, ha sido otro tema. Leí a Rulfo en el pasado, sí, porque a Rulfo hay que leerlo, pero me he dado cuenta de que no había leído de verdad a Juan Rulfo. El llano en llamas es un mundo en miniatura, desolado y en el que parece que falta el aire a cada rato. Cada uno de los relatos es una piececita delicada y precisa, pero no son para nada juegos. No hay comodidad aquí. Hay dolor. Hay literatura que mancha. Mierda. Dolor. Miedo. Poco margen para el cariño. Y una escritura muy particular, que he visto esta vez muy emparentada con Kafka y con Salinger. Nada menos.

5. Contemplaciones, de Zadie Smith y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Seguimos (aunque los efectos sean, y crucemos los dedos para que todo vaya a mejor, menos graves y urgentes) en medio de una pandemia. La peste de nuestro tiempo. Y eso ha condicionado, como a tanta gente se lo habrá condicionado, mis ánimos lectores. Y mis intereses en algunas épocas. Diario del año de la peste, de Defoe, es un referente clásico sobre este tema (y el referente, por ejemplo, de La peste de Camus). Pese a su apariencia de relato testimonial y a que la distancia histórica nos haga pensar que es tal testimonio, la verdad es que es una novela. Y una de las buenas. Que me hizo retorcerme de angustia y valorar lo poco que hemos avanzado cuando se trata de combatir ciertos males, que nos superan por peligrosos y desconocidos, y a la hora de buscar culpables y pensar que la virtud, cómo no, está de nuestro lado. Contemplaciones, de Zadie Smith, sí es un testimonio en directo. Son unos ensayitos breves, escritos a vuelapluma durante el confinamiento. Smith estaba en Nueva York, donde da clases, y va comentando temas que todos reconocemos, la falta de intimidad en una casa siempre llena de gente, cómo la falta de rutina nos puede afectar, lo agradecidos y asustados que estábamos al volver a la calle, la incomprensión ante la situación, el miedo que todo genera. Y lo hace viendo un poco más de lo que podíamos ver cuando el mundo eran esos metros cuadrados en los que vivimos habitualmente y en los que nos vimos forzados a pasar muchas más horas seguidas de lo que nunca nos hubiéramos imaginado.

4. El largo adiós, de Raymond Chandler. Todos, para bien y para mal, somos un poco hijos de Billy Wilder y de Raymond Chandler. No sé si esto es cierto, pero me gustaría creer que sí. Ya había leído, claro, esta novela. Leí todo lo de Chandler como a los dieciocho años, y no saboreé, ni mucho menos, todos los matices (ahumados, complejos, amaderados) de esta obra maestra. No de la novela negra, no del género policíaco. Sino simplemente una obra maestra, sin más apellidos.

3. Macarras interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, de Iñaki Domínguez. Este es un libro realmente sorprendente. Iñaki Domínguez logra aquí una historia apasionante sobre los macarras madrileños, a lo largo de sus décadas y barrios, de su esplendor y su gloria. Y sale de ese tema, que por limitado hubiera podido interesarme muy poco, y dibuja con gracia y precisión una sociedad que ha cambiado al compás de sus macarras, o en paralelo a ellos. Y cuesta mucho no verse reflejado en la decadencia callejera. Y cuesta mucho no pasear durante semanas, después de leer el libro, fijándose en detalles que pasaban antes inadvertidos, y que ahora hablan. 

2. Clics contra la humanidad, de James Williams. Williams, que trabajó en Google, y que es un hombre de una inteligencia superior, se dio cuenta en algún momento de que estaba convirtiéndose en un mutante. O quizá en un ciborg. Notó cómo su atención se dispersaba, pero no se trataba de que se dejara llevar por los estímulos inmediatos y se distrajera, se trataba de que todo a su alrededor era distracción y ese ruido continuo estaba cambiando su manera de estar en el mundo. De sentirlo y de relacionarse con él. Creo que a muchos nos resultará familiar la sensación. Él se mudó a Oxford, estudió filosofía, se doctoró y pensó mucho sobre el tema. Y la lectura de los ejemplos e imágenes que da James Williams, siempre muy finos, puede hacerte plantearte qué estamos haciendo con nuestro tiempo y nuestro cerebro. Muy recomendado. Muy importante. Tanto como silenciar las notificaciones de las aplicaciones, al menos.

1. La edad del desconsuelo, de Jane Smiley y Personajes desesperados, de Paula Fox. No sé con cuál de las dos quedarme, así que lo dejamos en un ex – aequo. Son dos novelas perfectas, concentradas, que tratan de momentos en la vida en los que parece que no sucede nada y lo que sucede es realmente importante. Puede, en algunos casos, que todo a tu alrededor se esté rompiendo y no te estés dando ni cuenta. Puede que tengas que replantearte qué estás haciendo con tu vida y qué vas a hacer con lo que queda de ella (que esperemos que sea mucho). Escrituras depuradas, poéticas, salingerianas. Historias que se desdoblan en subtramas que siempre suman. Libros perfectos. Lecturas de esas que se pueden repetir muchas veces.

 

Al modo de las tomas falsas al final de una película, hablaré de algunas decepciones: Yoga, de Emmanuel Carrère. Esta me la esperaba y podría decir que casi me merezco que no me gustara. El Carrère más ensimismado y con menos que contar de toda su producción. Ese. Para compensar, debo decir que leí con gusto a mediados de año la novela Fuera de juego, una de las que escribió al principio de su carrera. Siempre he dicho, y mantengo, que el Carrère novelista de ficción no era para nada un mal novelista. El bigote me parece un libro excelente. Y esta novela, que no inventa nada, es realmente sólida y me dio buenos momentos de lectura.

Me decepcionó también Segunda casa, de Rachel Cusk. Nunca ha llegado a enamorarme la trilogía anterior de Cusk, aunque le reconozco importantes valores literarios. Despojos sí fue un libro que me afectó y cuya lectura es de las que te hacen sangre. En esta novela, que continúa algunas de las líneas de la trilogía (no a nivel de trama ni de personajes, pero sí de mundo), no ha conseguido un libro redondo.

Este me ha dolido particularmente. Llegué a Parte de mí, de Marta Sanz, con muchas ganas. Esperaba algo parecido a Clavícula, que me gustó mucho. Pensaba que me encontraría con otro libro entre crudo, difícil y con el efecto fresco de la escritura en directo. Novela o no, que es lo de menos, Clavícula me gustó cuando lo leí y me gustó cuando lo releí, precisamente durante el confinamiento del que nos habla este Parte de mí, que recoge las anotaciones que la autora hizo durante el año 2020 en sus redes sociales. Con esa materia no debía esperar mucho, me dijo alguien a quien le comenté que el libro me había decepcionado. No es eso que solemos llamar obra menor, pues las hay muy valiosas. Es algo con escaso interés y poco que mostrar. Y creo que ni la autora ni la editorial necesitaban algo así. 

Y cierro estas decepciones con Lo que quiero decir, de Joan Didion. No pude leer El año del pensamiento mágico, ya lo siento, porque era incapaz de entrar en esa historia. Todo me parecía melodramático y un poco sobreactuado, y a la vez de una frivolidad inadecuada. Pero sigo escuchando hablar de las maravillas de la prosa de Didion. Y este volumen venía a ser (así nos lo ofrecieron) una selección de sus mejores páginas. Y hay buenas páginas, sí, buenas observaciones, alguna ocurrencia y dosis de intimismo pop. Pero no creo ni que estas sean las mejores páginas de una autora ni que si lo fueran justificaran el altar en el que está subida.

Y ya sí terminamos, que va tocando.

Seguiremos leyendo.

Felices lecturas

Sr. E