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jueves, 31 de octubre de 2019

Los premios, de Julio Cortázar


Los premios, de Julio Cortázar (Suma de Letras)

Sin alejarme demasiado de la verdad podría decir que Julio Cortázar es mi cuentista preferido. Podría decir algo muy parecido de otros tres o cuatro autores de relato, y en cualquier caso siempre será cierto que Cortázar es uno de mis cinco cuentistas preferidos, y que alguno de los cuentos que más veces he leído en mi vida son suyos. Cortázar me reconcilia con los primeros años de violentos amores literarios y cada vez que vuelvo a pasearme por sus cuentos me reconcilia también con las lecturas en el presente, con la búsqueda inagotable de nuevas obras, porque muchos de sus cuentos vienen del pasado pero también me resultan tan nuevos como la primera vez.

Yo mismo he dicho muchas veces que Cortázar era mejor cuentista que novelista, quizá incluso mucho mejor cuentista que novelista, y creo, por lo que se puede leer en sus propios textos, que él no se sentía cómodo en esa definición. Cortázar, como Cheever, se sabía un excelente escritor de relatos, pero quería pensar que era un novelista igual de bueno. La novela más conocida y exitosa de Cortázar, aquella por la que medirlo, es Rayuela, ese libro mítico y de tanto éxito, un libro que funciona para muchos lectores como un rito de paso (algo que se hace por una tradición difusa a los veintipocos años, igual que un interrail) y que para muchos es su única lectura cortazariana, una de la que se pueden extraer frases descontextualizadas de las que antes se usaban para forrar carpetas. Rayuela, como ya anuncia la frase anterior, nunca me ha parecido para tanto. Es un libro que se lee bien, un tanto naif quizá, a ratos bonito, pero ni me parece gran literatura ni desde luego la mejor obra de Cortázar.

Así que con pereza mental me he ido reforzando con los años y las relecturas de los cuentos de Cortázar (y casi cualquiera de sus colecciones me vale en algún momento del año como relectura útil y a la vez refrescante) en la idea de que Cortázar es mejor cuentista que novelista.

Y que quede claro que esa idea no ha cambiado con la lectura reciente de Los premios, pero sí me ha hecho pensar que aunque Cortázar no se acerque como novelista a la excelencia que sí tuvo como cuentista, sí tiene, al menos, una muy buena novela, y es esta. Y me ha pasado algo parecido con Cheever y Los Wapshot (que reúne sus dos novelas dedicadas a esa saga familiar) y Oh, esto parece el paraíso, dos novelas a las que les reconozco méritos y a las que debo buenos momentos lectores, sin perder de vista que no se igualan en mi canon (si se puede seguir usando esa palabra) sus cuentos.

Los premios es una novela de aires kafkianos, algo que tienen muchos cuentos de Cortázar (aunque Cortázar los hace tan suyos que no se puede hablar de La autopista del sur, por ejemplo, y no sentir que aunque la inspiración de rama kafkiana está por ahí, el resultado es totalmente personal). En Los premios nos encontramos con una serie de personajes inconexos, o con conexiones mínimas entre ellos, que han ganado en una lotería un crucero en un viejo barco llamado Malcolm. El nombre y la apariencia del barco ya son el primer misterio, pues la única instrucción que han recibido es estar una tarde concreta en un café concreto con el equipaje listo para embarcarse.

El viaje de placer (y para algunos personajes de huida) empieza en una bruma de falta de información, y esa bruma se irá espesando con los días de viaje. No están claras ni las motivaciones de quienes les han dado ese premio, ni por qué algunas zonas del barco están prohibidas, ni cómo algunos momentos del pasado de los pasajeros, que van volviendo y nos son contados, influyen en toda la historia. Los pasajeros, de modo desorganizado pero simultáneo, quieren tomar la popa del barco, que les está prohibida.

Tenemos a una serie de personajes llenos de secretos en un ambiente cerrado, lo que nos recuerda novelas de misterio y viajes de Agatha Christie, y tenemos una habitación cerrada a la que no deben acceder, como en la historia de Barbazul, y con esos mimbres clásicos, la inspiración de Kafka, ciertos sinsentidos y el estilo narrativo de Cortázar, que se desenvuelve muy bien cuando nos narra, a modo de cuentos desgajados del centro de la novela, pasajes pasados de distintos personajes, o breves escaramuzas en el barco, acabamos teniendo un libro muy entretenido, que seguimos con interés hasta su desenlace.

No es una novela que justifique que dejemos de leer los cuentos de Cortázar, por supuesto, pero es una novela que puede complementarlos muy bien como lectura. Y es una novela, sobre todo, que entre tantas novelas magnificadas por los altavoces y los premios, los otros, los comerciales e institucionales, merece la pena leer para no perder la perspectiva y no olvidar lo que es un escritor indiscutible, de primera categoría, un referente de la literatura en español y del siglo XX. Y por contraste, lo que no lo es.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 24 de julio de 2019

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez


Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)

Hace dos o tres años sonó mucho el nombre de Mariana Enríquez, con el primer libro que Anagrama editaba en España, Las cosas que perdimos en el fuego. Debo reconocer que lo cogí de la biblioteca cuando lo pude pillar libre y no conecté con él. Tras mi nueva experiencia con la autora es algo que me extraña mucho, y creo que pudo ser una cuestión de que no me interesaran sus dos primeros cuentos, después de los cuales dejé el libro. Aunque a mí el libro no me transmitiera demasiado, funcionó bien y la editorial hizo una de las jugadas clásicas cuando esto sucede con una autora extranjera, reeditar un libro anterior, en este caso otro de relatos, el primero de la autora, de 2009, titulado Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama es una colección de 12 relatos de temas reconcentrados y que se repiten con cierta ansia cíclica y tonos y tratamientos muy variados. Hay narradores de todo tipo de voz y consistencia, y hay unos mundos reconocibles, urbanos, centrados en Buenos Aires, de donde se sale con frecuencia pero a donde siempre se vuelve, mundos que son a veces los de la adolescencia, con sus rarezas, a veces los del final de la adolescencia, otras los de la adultez precaria en la que se siguen moviendo profesionales de más de treinta que nunca van a dejar de ser adolescentes. La normalidad lo define todo, y supongo que eso hace que la referencia a Cortázar sea acertada.

Uno, como lector, encuentra en las páginas de Mariana Enríquez rastros de finura de Cortázar, roturas de lo cotidiano en forma fantástica que recuerdan al argentino pero también tienen algo de Shirley Jackson. Aunque en este libro Mariana Enríquez es mucho menos sutil que Jackson. Y eso no lo digo como algo malo, me parece una marca de estilo y construcción de la autora, la sutilidad está muy bien cuando es la marca natural de la historia, pero no hay por qué forzarla. En su falta de sutilidad, en que la idea potente del relato aparezca de repente, rompa la escena cuando es necesario y quede bien expuesta, a la vista, para nuestro horror, he pensado en muchos cuentos de Stephen King, Richard Matheson y Anna Starobinets. También, por el tono cruel y desapegado con el que las narradoras cuentan algún suceso, he pensado en Patricia Highsmith, y el retrato de la fuerza de los grupos de chicas adolescentes me ha hecho acordarme en lo que he leído de Mónica Ojeda.

Al final reconocemos en cada libro nuevo que leemos rastros de los muchos libros que ya hemos leído antes, pero eso no habla más que de nuestros sesgos lectores. En cualquier caso, para ir convenciendo al posible lector de esta entrada de la conveniencia de leer el libro de Mariana Enríquez, repito: Cortázar, Shirley Jackson, Stephen King, Richard Matheson, Anna Starobinets, Patricia Highsmith, Mónica Ojeda. Nada mal.

Agarrándonos a un horrible tópico, diríamos que los 12 cuentos de Los peligros de fumar en la cama son 12 puñaladas. 12 historias en las que aparecen con frecuencia los elementos fantásticos, extraordinarios, pero en muchos de ellos, cuando lo hace, sirve de escape, llega para resolver la historia, darle salida al malestar que la autora ha ido creando en nosotros. Lo inquietante, lo verdaderamente inquietante, y es la palabra, inquietante, que mejor describe estas historias, no se construye ni con espíritus ni con comportamientos perturbados, sino con la llamada normalidad, con la rutina, con las amigas, con la familia, con las relaciones diarias y con sus grietas y silencios. En algunos relatos la irrupción del elemento fantástico, que lleva a la resolución del relato (y en muchas historias lo hace al final, de repente, apareciendo, y por eso hablo de una cierta anti – sutilidad, porque la construcción de la atmósfera es suave y delicada, y su ruptura es un choque rápido y violento).

El desentierro de la Angelita, el primer cuento, no da miedo, es un relato de extrañamiento, una familia descubre sin querer los huesos de una hermana de la abuela, que murió de niña, y ese espíritu, esa angelita, con la carne podrida, incapaz de comunicarse, empieza a convivir con la nieta, quien no sabe qué hacer para deshacerse de ella.

La virgen de la tosquera, el segundo, ha sido mi primer encuentro con el verdadero malestar. Un grupo de amigas, celos por un chico, descubrimientos, humillaciones cruzadas, malas miradas, rencores y un final crudo en que el elemento sobrenatural no es más que el medio que encuentra la crueldad de una de las chicas para vengarse de las humillaciones sufridas. En este relato, como en otros muchos, la narradora es parte de la acción, está en el grupo, pero no es ni la víctima directa, o la víctima que se lleva la peor parte, ni la parte más activa de las castigadoras, porque hay un cierto elemento de castigo.

Carrito es uno de los que menos me ha impactado, aunque está muy bien narrado. Un mendigo es humillado en una calle de la ciudad y la desgracia se cierne sobre los habitantes del vecindario, que empiezan por perder trabajos y dinero y acaban desnaturalizados y llegando al primitivismo. La familia de la única mujer que defendió al mendigo es la única que se libra de su maldición, pero eso no significa ni mucho menos que puedan estar tranquilos, pues pueden despertar los celos de todos los demás.

El aljibe es una de esas historias de violencia familiar. Deja muy mal cuerpo. Una familia que parece cargar con la maldición del miedo, un miedo que tiene casi paralizadas a las mujeres del clan, decide hacer un viaje a la costa a visitar a una bruja que puede solucionarlo. Y lo soluciona, pero pasándole la maldición, concentrada, a la más pequeña de las hijas, que vivirá con ello, hasta que descubra que su madre y su abuela firmaron ese pacto con el diablo.

Rambla triste viaja hasta Barcelona, y más allá de la ambientación local, cuenta una historia muy bien hecha de barrios que se quedan atrapados en sus dinámicas locas en medio de ciudades cada vez más vendidas a los turistas. La identificación que la historia hace entre las fuerzas que llevan a alguien que se pasa el rato maldiciendo su entorno a no salir jamás de él y esos típicos duendes de historias que boicotean a los humanos me ha parecido brillante.

El mirador es una historia de fantasmas de la que mejor no contar mucho. Una chica que está pasando por una mala racha, depresiones y pastillas, se va de vacaciones a un hotel. Allí siempre se ha contado que hay un fantasma. La fantasma, porque también es una chica, se fija en ella.

Dónde estás, corazón, es un relato raro. Creo que uno de los que más me ha hecho pensar en la extraña crueldad de Highsmith y la relación de las narraciones de Anna Starobinets con la enfermedad y los problemas físicos. Es un relato sobre deseo y fetichismo. Una chica va descubriendo que le excitan los enfermos graves, aquellos que están cerca de la muerte, y que su mayor pasión son los enfermos del corazón, aquellos que tienen soplos, taquicardias, problemas para recuperar el pulso después del esfuerzo, aquellos que siempre están expuestos a que la vida les falle.

Carne es un cuento desagradable. Adolescencia, fanatismo, música rock y canibalismo. Una mezcla así. Perturba pero quizá es demasiado crudo para mi gusto.

Ni cumpleaños ni bautismos vuelve al mundo de los fetichismos. Un chico con una cámara de cine se ofrece para grabar cosas raras. Pronto tiene encargos de pedófilos, fetichistas, y el caso que centra la historia, una familia que quiere demostrarle a su hija que realmente no la posee ningún demonio. La graba durante sus posesiones, y no hay nada extraño, más allá de tabúes, silencios familiares, y mirones. Surgirá un extraño amor. Otra vez la opción de la narradora es la de la amiga del cámara, una segunda voz que se implica por momentos en la historia.

Las tres últimas historias son probablemente las más sutiles, las que sí insinúan más de lo que cuentan, y nunca explicitan.
Chicos que faltan es una historia de adolescentes que se han ido de casa, a los que las familias echan de menos, a los que buscan, y que un día, sin aviso previo, empiezan a volver, todos a la vez. Aparecen en lugares aleatorios, con la cara ausente, y pronto se va descubriendo que muchos de ellos estaban muertos. Las familias al principio los aceptan, pero pronto, asustadas, los van devolviendo.

Los peligros de fumar en la cama habla de soledad, silencio y camas. Corto y muy bonito.

Cuando hablábamos con los muertos recupera la voz colectiva, en primera persona del plural, de un grupo de adolescentes, las que eran entonces, cuando hacían ouijas buscando espíritus. Hay una trama leve de desaparecidos de la dictadura argentina, rebeldía adolescente y encuentros frente a un tablero de ouija.

Vuelvo a insistir en que esta colección de cuentos me ha parecido muy buena y muy recomendable.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 20 de noviembre de 2017

Continuación de ideas diversas, de César Aira

Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus Ediciones)

Hace algunas semanas hablaba de dos libros extraños. 
Uno de ellos, Breve manual del perfecto aventurero, llegaba de la mano de la editorial mexicana recientemente aterrizada en España Jus. Su atenta y estupenda agente de prensa, Diana Mizrahi, me facilitó tras esa lectura un nuevo título de su catálogo, un libro que quizá debería presentar bajo la etiqueta de un libro aún más extraño (aunque bueno, quizá Teoría del ascensor de Sergio Chejfec aún le gane). Se trata de Continuación de ideas diversas, de César Aira. Como su nombre hace pensar, más que de textos cerrados se trata de apuntes diversos que en algún momento cruzaron por la cabeza de César Aira y que este decidió recoger en sus cuadernos para acabar formando un libro con ellos. Lo que este libro no es, aunque su título prometa lo contrario, es la continuación de otro texto. No existe el volumen previo de Ideas diversas, de César Aira. ¿Continuó quizá el autor con sus propias ideas y las puso por primera vez en forma de libro? Puede ser. Son ideas que parecen ir surgiendo por asociación en muchos casos. Algunas parecen esas ocurrencias hijas del insomnio, un tema del que con frecuencia se habla aquí.
http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2017/10/dos-libros-extranos.html

Cómo me gustaría escribir una novela policial que se llame “La monja asesina”. Habría un homicidio, la investigación correría a cargo de un perspicaz detective, el grupo de posibles culpables incluiría a la esposa del muerto, a su amante, al hijo que no sabía que era su hijo, al socio, al cuñado policía y, la menos sospechosa, una monjita que recibía donaciones de caridad del difunto. Al final se descubre que, contra toda apariencia, la asesina era la monja. Fin. El lector no lo podría creer. El lector exclamaría: <<¡No puede ser! ¿Será una broma?>>. No se explicaría cómo la editorial pudo consentir en algo semejante. Evidentemente el autor ha hecho valer su prestigio, porque a un desconocido jamás se lo permitirían … Terminaría poniéndolo en la cuenta de mis vanguardismos.

Aira. Ni el propio Aira debe saber ya cuántos libros ha firmado y de qué genero exactamente eran algunos de ellos. He intentado leer en muchas ocasiones a Aira. He probado con media docena de sus novelas (por lo general breves, escritas a un ritmo frenético que él justifica diciendo que apenas corrige lo que va saliendo, que alguien bien ordenado puede escribir una novela de 400 páginas al año, pues él es capaz entonces de escribir 4 novelas de 100 páginas al año, eso es poco más de una página al día y ¿quién no es capaz de escribir una página diaria si se llama a sí mismo escritor?). Sí me gustaron, y bastante, sus Cuentos reunidos. Vislumbré en ellos una inteligencia narrativa de alto nivel, a un escritor inteligente y juguetón, bien entrenado. Porque 3 o 4 novelas al año deben dar al menos eso, un buen entrenamiento.

El auge de la crónica como género literario, en estos últimos años, coincide con la emergencia de esa figura que pulula en las ONG y otros subproductos de la globalización: el Entrometido. El que va a meterse donde no lo llaman sólo porque no tiene nada que hacer en su territorio propio y porque nunca le faltan buenas razones para entrometerse. Es un avatar de la desconolización, tan destructivo como el colonizador clásico. El mismo vampirismo. La misma ignorancia, aunque presuma profesionalmente de lo contrario. Peor, en realidad, porque no se limita a lo geográfico: lleva el mecanismo del entremetimiento hasta el interior de su propia vida doméstica, hasta el interior de sí mismo. Y todo de puro desocupado.

Aira no es un posmoderno aunque su proyecto de escritura continua pueda parecer propio de alguna propuesta del arte contemporáneo. No es, tampoco, claro que no, un narrador al uso. Sus obras se parecen todas a la par que presentan mundos imaginativos y distintos. ¿A quién se parece César Aira? Diría que en algunos momentos el autor al que más se parece, de los que he leído, es a Levrero. Por sus tramas dignas de tebeos antiguos. Sin duda su estilo y su mundo encajarían perfectamente en la etiqueta de raro. Su imaginación escacharrada, sus ideas de sabio loco, su manera de presentar sus teorías como si fueran lo menos importante del mundo y también como si pese a su excentricidad fuesen las ideas más lógicas.

Esta es una idea que tengo desde hace mucho tiempo, casi podría decir que desde siempre. Su enunciado es por demás simple: todo el engorro y la dificultad de fabricar miniaturas podrían evitarse haciéndolas grandes. El problema de la fabricación de miniaturas está en la desproporción entre las manos, el ojo, el cuerpo en general del hombre y el detalle minúsculo del objeto a hacer. Es preciso usar instrumentos, lupas, métodos indirectos. Aunque yo nunca he hecho miniaturas, me pone nervioso pensarlo. Toda inadecuación me produce el mismo efecto, y siempre estoy corriendo imaginariamente a llevar socorro, pensando soluciones. Ésta es tan obvia que me asombra que nadie la haya propuesto antes, porque se ofrece por sí sola. En lugar de estar sufriendo con un objeto pequeñísimo en el que no entran los dedos y cada cosa es un sufrimiento, hacerla en tamaño humano; de sólo pensar en lo fácil que se haría se siente un importante alivio.

Se le agradece que en esta Continuación de ideas diversas se quite importancia a sí mismo y hasta que en algunos momentos devalúe la importancia de su obra. Una obra que, por qué no, podría llevarle en algún momento al Nobel. Es un asunto delicado el del Nobel argentino. No lo ganó Borges. No lo ganó Cortázar. No lo ganó Sabato. Ni siquiera lo ganó Bioy. No lo ganaron Fogwill ni Piglia. Pero de alguna manera sabemos que algún día un escritor argentino ganará el Nobel. Se me ocurren como grandes candidatos Fresán y Aira. Dos escritores, por lo demás, ampliamente alejados de lo académico. Aunque puestos a reconocer trayectorias y universos personalísimos, a veces casi unipersonales, Aira sería un buen candidato.

Leyendo novelas policiales, buenas apasionantes … me pregunto por qué yo no escribo así. ¿Qué razón hay para escribir estos vanguardismos que escribo yo? En alguna época creí que había razones histórico – políticas, de combate contra las viejas estructuras represivas etc. Ahora no puedo menos que reírme … Aun aceptando que nuevas formas en literatura reflejen o anticipen nuevas formas de pensar, sigo pensando en el fondo que, al menos yo, no escribo novelas convencionales porque no quiero trabajar, y quizás, seguramente, porque no podría hacerlo. Pero hay algo más. Una novela convencional … ¿por qué la leo (con placer)? Quizás hay una diferencia entre leer y escribir: leo una cosa, escribo otra. Se da por sentado, apresuradamente, que uno escribe, quiere escribir, cosas que se parezcan a las que le gusta leer. Pero son dos actividades radicalmente distintas, que parten de distintos puntos y buscan distintos objetivos. La literatura sería el <<cielo cubista>> que reúne, sin conciliar, las dos actividades.

Creo que fue Carlos Fuentes el que pronosticó que César Aira sería el primer argentino en ganar la gran medalla de la Literatura. Aira, por su parte, lo convirtió en un discutible objeto del deseo literario en El congreso de literatura, una parodia del mundo literario oficial, donde deciden clonar a Carlos Fuentes, epítome del intelectual de su generación. Un autor que siempre me resultó aburrido. También me gustó aquel extraño libro de Aira, por irreverente.

Uno de los varios motivos por los que me opongo a la promoción de la lectura es el más evidente de todos, y por ello el menos visible: los libros están llenos de vulgaridad, prejuicios, estereotipos, falsedades. Su frecuentación no puede sino embotar el pensamiento y la sensibilidad, distorsionar las ideas, falsificar la experiencia. Se dirá que los buenos libros no son así, y que producen los efectos contrarios a éstos. De acuerdo, pero los únicos que leen buenos libros son los que leen desde siempre y no necesitan campañas de promoción de la lectura. Los que no han leído, y se deciden a hacerlo por una de estas campañas, necesariamente van a leer libros malos.

El libro contiene en sus escaso centenar de páginas ideas (por darles un nombre con el que todos podamos entendernos) sobre creación, lectura, escritura, la relación con los libros, el mundo editorial, la soledad, la vida, el arte. Algunas apenas pasan de la ocurrencia. Otras son ideas realmente interesantes. Casi al cien por cien todas sus píldoras nos hacen mirar el mundo de otro modo durante esos minutos que se tarda en leerlas. Nos incomodan en un principio porque nos descolocan, pero luego nos reconocemos, en muchas, dándole la razón. Es un caramelo intelectual que no pierde el sabor cuando después de la primera lectura se coge, se vuelve a abrir al azar y nos sorprende otra vez.

El arte de los locos pudo ser apreciado cuando se empezó a apreciar más la originalidad que la destreza. En ese momento todavía la división era clara. Las mujeres de De Kooning o los chorreados de Pollock, o los cuadrados de Albers, podrían haberse tomado como casi típicas producciones patológicas si no fuera porque se insertaban en un relato, el de la evolución de la pintura. Mientras que las obras equivalentes de los locos no formaban parte de ninguna historia. Llevaban a cabo una operación de descontextualización que era la clave de su proceder. También la clave de su éxito, lo que los diferenciaba de un aficionado, un pintor dominical, que se injertaba falazmente (ingenuamente) en el relato imitando a los impresionistas, o a Jackson Pollock … Con el postmodernismo, cuando dejó de haber un relato, la diferencia se borró. ¿O no?

Quizá es un libro para escritores, creo oír a alguien protestando. Quizá lo sea. Es un libro que los que escribimos deberíamos leer, sin duda. Pero creo que lo pueden disfrutar otros muchos lectores dispuestos a dejarse sorprender y embaucar.

¿Por qué son desdichados los escritores? Para que lo que escriben tenga que ser tan bueno como para que haya merecido la pena sacrificar por ello la felicidad. (¿Habrá un modo menos retorcido de decirlo? ¿Habrá un modo menos retorcido de hacer las cosas bien?)

Es, desde luego, un libro difícil de clasificar, de definir, un objeto literario no identificado, del que quizá lo mejor leer esas pequeñas citas que he ido intercalando para que los lectores empiecen a salivar. Es un libro para el que parece lo apropiado coger el pasaporte, pues se vuelve de él, una vez cerrado, como de un largo viaje, con el jet lag pegado al cuerpo.

Si se encuentran dos amigos a charlar, y uno de ellos viene de vivir aventuras curiosas, de viajar a lugares exóticos y conocer a personajes extraordinarios, mientras que el otro ha estado en su casa y no le ha pasado nada fuera de lo común, va a ser el segundo el que hable, y el primero no va a tener más remedio que quedarse callado y escucharlo. Siempre es así y es preferible no forzar las cosas para no quedar mal y perder un amigo. Esto tiene que ver con una observación de Borges sobre Las mil y una noches, obra de planteo radicalmente equivocado, según él, porque en la vida real a nadie le gusta que le cuenten nada: lo que quieren es contar ellos. De modo que si Scherezade quería ganar tiempo y preservar su vida y la de su hermana, lo que le convenía era dejar hablar al sultán, escucharlo con atención, genuina o simulada, estimularlo a seguir hablando con una pregunta … El gran tesoro de historias maravillosas seguiría en la memoria de Scherezade, pero callado y oculto, y lo que se haría oír sería la voz del sultán hablando de los disgustos que le daban sus ministros, de las complicaciones de la burocracia palaciega, de sus trastornos intestinales, o haciendo el relato circunstanciado de las incidencias del último partido de polo.

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Felices lecturas


Sr. E