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viernes, 7 de octubre de 2022

Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon

Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon

Leía hace unos días (no recuerdo si en algún diario o en alguna red social) el lamento de una hija que acababa de perder a su padre. Se quejaba esta hija por la frialdad con la que había sentido que las habían tratado, a ella y a toda su familia, en el momento en el que su padre murió en el hospital y durante los días previos. Una enfermera, en el colmo de la inhumanidad, le dijo algo así como que en ese sitio se moría gente todos los días. Y aunque alguien pueda tener razón literal diciendo algo así (tan terrible), nunca se podrá poner por encima de la verdad más importante, que es que morirá gente todos los días, como nace todos los días, pero ni todos los que mueren ni todos los que nacen son nuestros. No hay padres cualesquiera, ni un hijo cualquiera, como el que anuncia el título de la última novela (¿?) de Eduardo Halfon.

Tampoco el hijo del título de Halfon es un hijo cualquiera, por supuesto. Porque ese hijo es su hijo y lo retrata, y lo aprovecha como punto de partida desde el que desplegar su memoria literaria, y no es un hijo cualquiera. Nunca un hijo es un hijo cualquiera. Tampoco lo es cuando lo somos nosotros. Porque en el libro se ve ese cambio profundo que se produce en todos los que somos padres y que tiene que ver con nuestro cambio como hijos. Esa adquisición definitiva, y distinta, de una condición de hijo más compleja.

Hay una tensión, más vital que narrativa, en creer que nuestras andanzas como hijos y como padres son especiales. Y lo son, por supuesto, pero en general son tan especiales como las de cualquier hijo y padre de vecino. Quizá por eso en los últimos años se han multiplicado (llevadas al borde del crecimiento exponencial por ese mundo de espejos deformantes que son las redes sociales y la sensación de inmortalidad que potencian, como cualquier droga, los smartphones) las memorias de hijos que guardan luto por sus infancias y sus recuerdos, y de aquellos que estrenan paternidad y quieren compartir lo fascinante que criar a un niño resulta.

Aunque resulta complicado criticar esa clase de textos, porque se puede confundir el tema con la forma, hay textos que se mueven en esa línea de trabajo y que resultan, como poco, cuestionables.

No, es por supuesto, el caso de Halfon. Como no lo era ese otro ejercicio de paternidad cuarentona y primeriza que hacía Etgar Keret en Los siete años de abundancia, del que hablamos aquí hace muchísimo tiempo.

No es de extrañar que coincidan esos dos nombres en salvarse de la mediocridad y sus tentaciones. Si valiera la pena jugar a eso, podría decir que son dos de los mejores escritores del mundo. Cada uno en lo suyo. Keret escribiendo relatos cortos y Eduardo Halfon escribiendo libros de Eduardo Halfon.

Porque enlazo esto con la interrogación que dejé flotando junto a la palabra novela. El pasado 19 de septiembre pude ir a la presentación que el autor realizó, junto a su editor, de este libro en la librería Alberti de Madrid. Él defendió que lo que escribía eran, al cabo, cuentos, y que le incomodaba que alguien los considerara novela. No por él como autor sino por el lector que buscara novelas más novelas, más canónicas, y pudiera sentirse engañado. Novela en construcción, novela episódica. Qué más da, al cabo.

Qué más da tampoco qué porcentaje de lo que el Halfon narrador tiene del Halfon real. Todo es autobiografía y todo es también ficción, zanjó ese asunto. Y no se refería exclusivamente a sus libros, sino a lo que convenimos en llamar literatura. Literatura literaria, que es como vamos a tener que acabar definiéndola para que se entienda en qué nicho nos movemos, qué nos interesa leer y qué aspiramos a que quede en nuestras cabezas.

Un hijo cualquiera presenta motivos nuevos en comparación con los últimos libros de Halfon. La paternidad el más evidente. Una mayor sensación de hacerse mayor, por ese mismo motivo, una mayor gravedad para juzgar la vida y sus caminos. Y presenta motivos que vienen apareciendo en los libros de Halfon desde El boxeador polaco y Signor Hoffman. Sus orígenes familiares, tan mezclados como enrevesados, las historias múltiples de sus abuelos árabe y judío, el peso de la familia, los silencios, las palabras, la alquimia de combinar ambos. También la extrañeza ante las idas y las venidas, el sentirse y ser extranjero. Y algo que empezó a asomar en Canción, su anterior libro, la cercanía de las guerrillas y la violencia en Guatemala en los años setenta y ochenta.

Todo ajustado siempre a la palabra exacta, con frases llenas de música que repiquetean en tu oído cuando las vas leyendo, una poética digna del mejor Carver y emparentada con el Bolaño más ínimo con la que Halfon sigue construyendo una vida, otra vida de repuesto, que sigue creciendo libro a libro.

Hasta que llegue su siguiente libro, que también querremos leer.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 13 de diciembre de 2018

Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon


Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon (Jeckyll y Jill)

Desde que leí Signor Hoffman, a finales de 2015, Eduardo Halfon se ha quedado marcado en mi memoria y mi agenda de lecturas como un autor importante. Escribí el año pasado sobre algunos libros suyos que fui leyendo en el verano de 2017, y aún no me he animado, por la crudeza que les presupongo, a leer ni Duelo ni Saturno, aunque acabaré entrando en ellos. El que tenía claro que leería en cuanto fuera posible era Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon. Y tras unos meses en los que estaba permanentemente prestado en la biblioteca en la que lo tenía, pude cogerlo. Su portada, esa sí bizarra, extraña, no se explica hasta el último texto y prácticamente la última página del libro, pero nos sitúa perfectamente en el tipo de texto al que estamos entando.

Biblioteca bizarra no es, en principio, más que un libro de aprovechamiento, de reciclaje de materiales, seis textos que Eduardo Halfon había ido publicando entre 2010 y 2015 en distintas revistas e incluso en distintos idiomas (la genealogía de Halfon es complicada y pasa por mil sitios, pero por resumir a lo básico en cuanto a lenguas, nació en Guatemala pero a los 10 años se fue a Estados Unidos, donde estudió hasta graduarse en ingeniería, cuando volvió a Guatemala, con el inglés como lengua de relación habitual y el español como un recuerdo extraño). Esa relación con el lenguaje, según cuenta en uno de los textos, está en el origen de su trayectoria como escritor. Halfon llega a la literatura desde la extrañeza. Es ingeniero, trabaja en la fábrica de su padre, apenas le gusta leer, y decide, un poco paralizado en su vida, ponerse a estudiar Filosofía, pero el plan de estudios del país lo obliga a combinarlo con Letras y es ahí cuando empieza a leer y a escribir y ya no para.

Biblioteca bizarra es una recopilación de seis textos con distintos puntos de partida y distintos puntos de llegada pero unidos por esa lenta órbita alrededor de la escritura y la lectura. Para Halfon, como para la mayoría de los (buenos) escritores, la escritura no es más que la compañera natural de la lectura, una no existiría sin la otra, ni siquiera tendría sentido plantearse su posibilidad. El estilo de Halfon, en este libro, que es un ensayo (o una colección de ensayitos), es el mismo de sus novelas, porque la escritura de Halfon, en lo que la conozco, parece un continuo hipnótico y cadencioso, la sucesión de unos hechos que no parecen especiales, acompañados de parones reflexivos, entre amores y odios.

Hay pocos amores tan duraderos y odios tan arraigados como los literarios. Es más difícil (incluso) dejar de amar a un autor que a una pareja. Les perdonamos sus deslices, sus libros malos, e incluso cuando su deriva nos acaba espantando, nos quedan siempre aquellos libros que nos gustan, a los que podemos volver. Halfon tiene claros sus amores, y sus amores parecen infinitos, pero es que hay realmente casi infinitos libros que amar. Los de Halfon se suben a esa estantería.

En Biblioteca bizarra nos encontramos con apuntes sobre bibliotecas. Hay algo claramente fetichista en conocer las bibliotecas y los lugares de trabajo de los escritores. Aquí, Halfon llega como por casualidad a la biblioteca de algunos escritores, o cuenta una historia que ha oído o leído sobre algunas de ellas. También paseamos por barrios delicados (al menos) de Colombia, siguiendo una figura que buscó el puto de unión entre los libros y la violencia de la marginalidad. Hay reflexiones sobre la paternidad, sobre cómo se transmiten el amor y los prejuicios de padres a hijos y cómo eso tiene que ver, también, con los libros. Todo en este libro tiene que ver, más o menos, con los libros. Hasta la magia, como la que Chéjov alcanzaba a veces. Una de las grandes virtudes de Eduardo Halfon como narrador – escritor – ensayista – pensador – conversador (porque siempre parece que esté hablando con nosotros) es que no busca una moraleja, no subraya la enseñanza en lo que está contando, aunque su tono sea muchas veces casi el de una fábula. Dos ejemplos, Halfon nos cuenta que tiene un ejemplar de un viejo libro recopilatorio de un certamen de provincias, ese en el que Roberto Bolaño fue finalista y Antonio Di Benedetto también, el que dio origen a una amistad epistolar entre ambos y al final a la escritura de un cuento, Sensini, que está entre los mejores de Bolaño. En él está la metáfora de los cazadores de búfalos, y para los que participamos en estos concursos con cierta frecuencia es una especia de Biblia. Halfon nos cuenta que ese librito, con Kafka en la portada (además), le recuerda de vez en cuando dónde está y dónde no la literatura. En Saint – Nazaire, nos cuenta cómo Chéjov escribió algunos de sus mejores cuentos pensando que eran meros entretenimientos, cositas para salir del paso de un encargo que resolvía en unas horas, y otros, que le ocuparon días y semanas de preocupaciones, no acabaron teniendo esa redondez. Lo imprevisible, siempre, de la creación.

Seguiremos leyendo

jueves, 7 de septiembre de 2017

El boxeador polaco y Clases de chapin, de Eduardo Halfon

Mi verano con Eduardo Halfon: El boxeador polaco (Pre – Textos) y Clases de chapin (Fulgencio Pimentel)

Hace un par de años me encontré con Eduardo Halfon, fue con el libro Signor Hoffmann (Libros del Asteroide), una colección de relatos (por ponerle un nombre convencional) de la que hablé en el blog.
Algunos meses después leí Monasterio (Libros del Asteroide), un libro en el que el autor hacía un ejercicio de memoria literaria, entre la familia y el mundo. Fueron dos libros que me resultaron muy sugerentes.

A la espera de leer la nueva obra de Halfon en Libros del Asteroide (Duelo, que acaba de salir o estará a punto de hacerlo), este verano he aprovechado para leer antiguas publicaciones suyas. Se ha tratado, concretamente, de El boxeador polaco, editado en 2008 en Pre – Textos, y Clases de chapin, un libro editado este 2017 en Fulgencio Pimentel pero que recoge viejos libros a los que se han añadido otros textos.

Consultando la información que sobre Halfon está en Wikipedia vemos que ha ido saltando de editoriales a lo largo de su trayectoria. Casi al principio de la misma tuvo un libro en Anagrama (fue uno de los finalistas del Premio Herralde de aquel año), lo que debería ser un buen trampolín. Sus siguientes obras fueron sin embargo apareciendo en sellos casi mínimos, y me imagino que es uno de los motivos por los que ha querido reeditar algunos de ellos en Clases de chapin. Luego saltó a Pre – Textos, y ha acabado, de momento, en Libros del Asteroide. Estos dos últimos sellos me hablan, como lector conocedor (más o menos, claro) de sus catálogos, de un autor literario, minoritario pero con algo importante que decir. Y Eduardo Halfon es un escritor quizá para minorías pero para minorías que lo disfrutarán mucho. El ejército de los Halfonianos, al que me sumo, quizá no sea numeroso, pero sin duda será de fieles. Benditas minorías gozosas.

Eduardo Halfon es guatemalteco y estudió y vivió durante años en Estados Unidos. Su formación universitaria fue en ingeniería. Es descendiente de árabes y de judíos y ahí juega gran parte de su territorio literario, entre la memoria y la identidad. ¿Quién soy?, ¿quiénes son todos ellos?, como preguntas desde las que ir repartiendo las ideas y las páginas a su alrededor.

Signor Hoffman era un libro con cinco relatos sobre alguien tan parecido a Eduardo Halfon que perfectamente podría ser él y que en cierto modo se iba desdibujando ante la vida y viajaba para reordenarse. Monasterio (que es un libro previo) era aún más esencial. El viaje era aquí el motivo principal de la trama. Su hermana se casa en Israel y él asiste a esa boda. Pero no hablamos de esos libros, sino de El boxeador polaco y Clases de chapin.

Halfon explica al principio de El boxeador polaco (o quizá es en la contraportada), que Andrés Trapiello, oída la historia que da título al libro, le dijo que si no la escribía el propio Halfon, la escribiría él, pero que esa historia había que contarla. Dice Halfon, que leído siempre resulta inteligente y un tanto distante, bordeando la ironía, que ojalá la hubiera escrito Trapiello. ¿Por qué dice eso? ¿Le duelen a Eduardo Halfon los textos que escribe? Es posible que en gran medida. Los escritores escriben sobre lo que les duele con mucha frecuencia, y casi nunca con afán curativo, sino más bien con el ansia de quien escarba en una herida y no suele encontrar más que nuevo dolor.

La historia de El boxeador polaco, ese relato concreto, es de esas que se deberían leer en cualquier clase de Literatura de instituto y en cualquier clase de Ética, si la asignatura sigue existiendo después de la Lomce. El abuelo de Halfon (y eso es historia), estuvo preso en el campo de concentración de Auschwitz. Y fue uno de aquellos que milagrosamente salió vivo para contarlo. Y lo hizo, entre otras cosas, gracias a la ayuda de otro preso, este boxeador polaco, que desde su experiencia de preso más antiguo, lo preparó para conseguir que los nazis le perdonaran la vida un día más. El relato, sobra decirlo, estremece. Y no es solo por lo tremendo del tema, que lógicamente pesa, sino por la escritura de Halfon, que siempre toca algo. Se trata de un autor que siempre consigue conectar con las emociones del lector y lo logra sin recurrir a los sentimentalismos, sin cargar la prosa con excesos que nos obliguen a sentir lástima.

Los relatos incluidos en El boxeador polaco me han llevado a pensar casi siempre en los de Signor Hoffman. No hay una evolución aparente en la escritura de Eduardo Halfon, sus relatos son igual de sólidos y navegables en un libro de 2008 que en uno de 2015. Si algo transmite Halfon es la sensación de haber tenido siempre muy claro, como autor, qué quería ser y qué era. Y se ha agarrado a ello. Hay mucha extrañeza. Es extraño estar vivos, para empezar, y son extrañas las circunstancias vitales de cada uno de nosotros, siempre. Pero por mucho que digamos que siempre son extrañas, las hay más extrañas de vivir. No sabía que había judíos en Guatemala, le dice una israelí embarcada en una vuelta al mundo con la que se encuentra en un bar. No era la única que no lo sabía. La trayectoria vital de Eduardo Halfon está rodeada por la desubicación: judío en Guatemala, centroamericano en Estados Unidos, luego estadounidense en España, un autor que dice sentir como lengua más propia el inglés que el español pero que escribe en castellano, probablemente buscando sus propios límites, algo que hicieron como elección muchos autores antes (Beckett, por ejemplo, que se forzaba a escribir en francés). Eso son sus relatos, retratos desubicados.

No tiene demasiado sentido, por su naturaleza, dar demasiados detalles sobre las tramas concretas de los relatos de Eduardo Halfon. O tiene, por decirlo de otra manera, tanto sentido como desentrañar la trama de un documental de animales marinos. ¿De qué tratan esos documentales? De la vida de los peces. Hay equipos de vídeo y sonido localizándolos y grabándolos, y una voz en off monótona y que nunca parece encontrar nada de encanto en los animales marinos a los que describe que relata la escena. Eduardo Halfon retrata la vida de los seres humanos con los que se cruza con una mezcla de ironía, compasión y desapego de la que muchas veces se hace la mejor literatura. Uno se imagina a Halfon con los ojos muy abiertos en cualquier rincón del mundo por el que esté en este instante. Esa es su cámara. Y su mirada inquieta irá convirtiéndose en su escritura aplicada y afilada a modo de voz en off que narra con cierto hastío las mediocres aventuras vitales de la mayoría.

Clases de chapin recoge dos libritos editados en 2007 y 2009 con escasa distribución: Clases de hebreo y Clases de dibujo, aquí completados a modo de trilogía con Clases de machete, hasta ahora inédito. Chapin es como se llama a los guatemaltecos en muchos lugares de Hispanoamérica, un nombre empleado a veces como meramente descriptivo, otras casi como un insulto. Y desde esa doble vertiente entiendo que lo recoge el libro, que se complace otra vez más en viajar de la infancia al futuro, retratando lo íntimo de un modo modesto y fragmentario, sin darse aires de verdad y solemnidad, que son dos tentaciones del relato autobiográfico. La memoria, la identidad, el yo y el otro y los inevitables conflictos. La editorial (Fulgencio Pimentel) habla de Eduardo Halfon, al respecto de este libro, como de un maestro de la omisión. No debería uno nunca fiarse de las editoriales y sus llamadas de atención sobre la maestría de sus autores, esos de los que esperan vender libros, pero en este caso compro totalmente la descripción y la hago mía. Eduardo Halfon es uno de esos que relata perfectamente en dos realidades complementarias, la de lo que está presente y la de lo que está ausente, que es algo muy diferente a lo no – presente, pues pesa en su ausencia.

Desde ese uso de la elipsis tan bien administrada Eduardo Halfon se acerca a los canones del cuento contemporáneo. Es un narrador realista con mirada obtusa, al modo de Kafka o el propio Beckett. He leído una referencia bastante continua a Bolaño entre los reseñistas de Halfon. Y bueno, hay Bolaño, como en mayor o menor medida lo hay en cualquier escritor en español menor de 50 años, pero más que en la escritura creo que hay Bolaño en el sentido de que Eduardo Halfon parece haber convertido su proyecto de escritura en un proyecto vital, y viceversa, y eso es algo que nos lleva a pensar en los relatos del chileno.

Hay autoficción en la literatura de Halfon, como creo que ha quedado claro en lo comentado hasta ahora, pues ni siquiera se esconde tras alter egos más o menos reconocibles. Es Eduardo Halfon quien viaja, narra y escribe y al final firma la obra. Quien muestra y juzga cuando considera que debe, aunque es poco. Si queremos entrar en el delicado y algo aburrido tema de las etiquetas, la de autoficción estará presente. Y la de relato habrá puristas que la discutan. Pero yo he leído estos dos libros como relatos, igual que hice con Signor Hoffman, y me alegro de que el cuento vaya ampliando sus fronteras y dé cabida a estos proyectos de biografía literaria que recoge fragmentos por todas partes, los procesa y los sirve en fragmentos que a veces tienen continuidad en otros y a veces no, a veces nos deja en suspenso a los lectores, quizá hasta otro libro. Me gusta ese relato que es mutante y se escapa de sus formas acartonadas. Me gusta en definitiva la escritura de Halfon: precisa, certera, sugerente (esto es mucho decir, pero creo que es verdad, en las 400 – 500 páginas que debo sumar leídas de Halfon en los 4 libros que hasta ahora llevo, no he encontrado una mala línea) y seguiré cayendo en sus redes siempre que un libro se me ponga a mano. Supongo que Duelo será el siguiente.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E