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jueves, 5 de diciembre de 2019

Paciente X, de David Peace


Paciente X: El caso clínico de Ryünosuke Akutagawa, de David Peace (Armaenia Editorial)

No conocía a Ryünosuke Akutagawa (y aunque aparece citado en una lista de los autores top japoneses del siglo XX, al nivel de los Mishima, Kawabata, Tanizaki, Kenzaburo Oé o Kobo Abe, la falta de libros en España me hace sospechar que no es tan conocido como ellos en nuestro país). Llegué a este libro siguiendo el nombre de David Peace, y lo hice por casualidad, después de encontrarme casualmente con una nota de prensa sobre la aparición del libro en una pequeña editorial (que supongo bastante reciente). Aunque David Peace es para mí uno de los mejores escritores contemporáneos, no acaba de tener éxito en nuestro país, y su obra (inmensa en calidad, y este es otro ejemplo) va pasando por distintas editoriales, y sigue sin conseguir el éxito que merecería.

Si David Peace ha escrito el libro, yo quiero leerlo, sea una serie de novelas negras atormentadas (Cuarteto de Red Riding), una crónica politizada de las huelgas mineras y la definitiva derrota de la clase obrera (GB84), sus novelas negro – históricas sobre el Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial (Trilogía de Tokio), o hasta un libro sobre un equipo de fútbol y sus años gloriosos (The Damned United). Digo, siempre que puedo, que no creo que haya, entre los más reconocidos, un escritor mejor que James Ellroy. Y añado, también siempre, desde la primera vez que me encontré con su obra, que David Peace es aún mejor. Así que si David Peace ha escrito un libro sobre un escritor japonés del que no sé nada, quiero leerlo.

Y así, me compré en cuanto pude (porque no es la clase de libro que puedes esperar que llegue a las bibliotecas públicas) este libro y me puse a leerlo. Paciente X es una novela que se compone a base de relatos, hasta un total de 12, donde a veces la voz narradora reposa en el propio Akutagawa, otras veces en otros escritores, otras en testigos más o menos cercanos de sus últimos meses de vida. En esas voces que entran y salen, que van de lo poético a lo crudo, vamos acompañando a Akugatawa desde que era un niño que escapaba de los problemas de casa (el mayor, y el que más le agobió siempre, la locura de su madre, un trastorno que temía que heredaría) cruzando el río para leer todos (literalmente) los libros de la biblioteca más cercana hasta que empieza a estar devorado por los síntomas de esa locura (un insomnio crónico, unas alucinaciones crecientes, un estado nervioso deplorable). Vemos a Akutagawa acompañado de otros escritores con los que guardaba una relación cercana (Junichiro Tanizaki y Yasunari Kawabata, especialmente), aunque algunas de ellas se fueron enfriando.

La transcripción de algunos fragmentos y la recreación de otros de sus diarios y escritos sobre la escritura permiten hacerse una idea muy cercana de cómo se veía a sí mismo y cómo fue construyéndose como escritor, combinando tradiciones japonesas y escritores occidentales a los que se sentía muy cercano. También vemos, y el trabajo de narradores de Peace es fascinante por sutil, profundo y sangrante, su creciente obsesión por la figura de Cristo y de los kappas, unos pequeños demonios (o dioses, según la interpretación) acuáticos japoneses, bromistas pero también crueles, letales incluso, a quienes Akutagawa acabó por dar carta de naturaleza en su vida y a los que dedicó sus últimos textos, de los que habla hacia el final del libro con el médico a quien ha convencido para que visite a un amigo suyo, también escritor, que está delicado de los nervios y de quien teme que pueda suicidarse.

Quien finalmente se suicidó fue Akutagawa, a los treinta y cinco años, y el libro lo va anunciando, juega a ir administrando la tensión del inevitable desenlace. Y nos hace empatizar, al menos a quienes escribimos y leemos con espíritu samurái, con las desventuras de este escritor japonés. Peace vive desde hace más de 25 años en Tokio, conoce la ciudad, le ha dedicado una trilogía a su historia de postguerra (el tercer volumen está al salir en España, tengo entendido) y aquí se nota que está escribiendo desde la admiración y un conocimiento muy profundo de la obra de Akutagawa.

Algunas de las historias sobre las que se va armando el libro tienen entidad más que suficiente para valorarlas de manera individual, y aunque el libro es realmente una novela y crece por acumulación, y la lectura debe hacerse en el orden en el que está, que es en el que vamos entrando en las tribulaciones de Ryünosuke Akutagawa y vamos comprendiéndolo en la medida en que lo vamos a comprender, no deja de ser cierto que varias de ellas podrían leerse de manera independiente, y aunque carecerían de parte del contexto, se podrían apreciar como estupendos relatos. De hecho Peace había publicado anteriormente algunos de los textos en revistas o libros colectivos, y de cara a una próxima relectura me he dejado señalados Un cuento contado dos veces, Después del desastre, antes del desastre, San Kappa y Los espectros de Cristo, todos dotados de una espiritualidad especial y una sensibilidad literaria de primera.

Un libro para descubrir a Peace, en el caso de quien aún no lo haya hecho (aunque todo libro de Peace es una gran oportunidad para hacerlo), y también un libro para ponerse sobre la pista de uno de los nombres básicos de la literatura japonesa, y quizá desde ese nombre ir saltando a otros.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 18 de julio de 2019

El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto


El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto (Libros del Asteroide)

Llegué a este libro de Seicho Matsumoto después de oír en un programa de radio que hablaban de él como del Simenon japonés. Desconfío de expresiones como esa, del García Márquez indio, del Philip Roth esloveno, del García Lorca argentino, etc. Pero es frecuente que me apetezca leer una novela de Simenon, que es una experiencia que quienes hagan con frecuencia conocerán qué quiere decir, y quise probar a otro Simenon. Busqué y vi que en la biblioteca había dos libros de Matsumoto editados por Libros del Asteroide y elegí este.

Hay un cierto parentesco entre la escritura de Matsumoto y Simenon, ciertamente, pero luego descubrí que aparte del cierto ambiente común y una cercanía en la escritura, una sencillez aparente, un retrato despiadado del hombre y la mujer grises, aparentemente inofensivos pero capaces, como todos, de lo peor, se habla de él como del Simenon japonés porque igual que el autor belga era muy prolífico (aunque no tanto).

El expreso de Tokio, por ir pasando al libro, no es una obra maestra de la literatura, ni lo pretende. Está diseñado para ser una obra popular y parece ser que a mediados de los años cincuenta consiguió serlo de sobra en Japón. Pero nunca olvidemos que Hitchcock también hacía cine con pretensiones populares, y eso no desmereció nunca su calidad. El expreso de Tokio es un bestseller, cierto, pero es un bestseller bien hecho.

Un hombre y una mujer, aparentemente amantes, aunque nadie en sus círculos más cercanos conocía dicha relación (podían sospechar que tenían un amante, pero no sabían nada sobre quién era), se suicidan, simultáneamente y se supone que de acuerdo, en una playa al sur de Japón. Los habían visto partir, casualmente, unas compañeras de trabajo de ella (que era camarera) y un cliente del restaurante que casualmente conocía al hombre, contacto suyo en un ministerio para el que es proveedor de maquinaria.

La policía, tirando del hilo hacia atrás, llega a esos testigos, y analizando el comportamiento un tanto errático de los dos suicidas desde que salieron de Tokio hasta que sucedió el hecho, empiezan a dudar de que realmente sea un suicidio. Hay una densa historia de corrupción en los ministerios japoneses, enfermos, visitas, y muchos viajes en tren. Ese testigo accidental de la salida de los dos amantes de Tokio se convierte en la clave para un policía al que todos los hilos sueltos que encuentra en la investigación están mosqueando. Pero su coartada en cada momento clave es perfecta. Siempre tiene testigos y siempre tiene pruebas de dónde estaba, que casi siempre era viajando. Sus coartadas son tan perfectas que solo hacen que el policía sospeche más. Son demasiado perfectas.

La novela se convierte en la historia de un policía tratando de resolver un puzzle, tirando del hilo de una madeja que quiere desenredar, una labor en la que siempre tropieza con un tren que salió puntualmente, con un revisor que vio al hombre, o con un viejo conocido que se lo encontró en el momento del trasbordo. El libro tiene algo más de doscientas páginas y es un policial perfecto (he leído mucho a Simenon y solo este libro de Matsumoto, pero diría desde ese desequilibrio que aquí pesa mucho más el elemento de novela policial y resolución de un enigma que en las novelas de Simenon, más dadas a recrearse en los ambientes y en los detalles, más negras, aunque casi siempre son grises, más que policiales). Termina con uno de esos dobles tirabuzones que cuestionan nuestra capacidad de creer en lo inverosímil o en lo rebuscado, pero se le perdona perfectamente. El juego estructural con los trenes, los horarios, los viajes y las coartadas encaja muy bien y nos guía en hora a cada nueva pista.

Se lee en poco más de tres horas y nos dejará un buen sabor de boca. Se puede disfrutar en una tarde larga en el sillón que más nos guste para leer en casa o en un parque a la sombra. Lo recomiendo para una lectura ligera, quizá, por qué no, como una compañía perfecta para un viaje en tren.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 27 de abril de 2018

El elefante desaparece, de Haruki Murakami


El elefante desaparece, de Haruki Murakami (Tusquets)

En 31 canciones Nick Hornby decía que si alguien sin demasiado conocimiento musical ni de su persona se pusiera a limpiar su colección de discos podría llegar a la conclusión, totalmente errónea, de que su cantante preferido era Bob Dylan, por distintos motivos, pero entre otros: por la cantidad de discos que poseía, la amplitud que recorrían dentro de su carrera, por lo bien conservados que estaban e incluso por todo lo que sabía sobre ellos. Pero era algo totalmente erróneo, primero porque no le gustaba tanto Dylan, y segundo porque sabía que había verdaderos fanáticos de Dylan por ahí fuera, él los conocía, y ninguno lo tomaría por un verdadero seguidor. Creo que si esa misma persona pusiera orden en mi biblioteca podría llegar a la también exagerada conclusión de que uno de mis escritores preferidos es Haruki Murakami. Tengo un número bastante grande de sus libros, y más o menos estoy enterado de sus novedades (numerosísimas, entre nuevas obras, libros que nunca habían salido de Japón y ahora llegan a España, curiosidades). En 2011 ya escribí un cuento, titulado como este blog, Cuentos pendientes, en el que el narrador, un aspirante a escritor tras cuyo disfraz había quizá demasiado de mí, confesaba que leía con asiduidad a Stephen King y a Murakami y que seguía sin saber si le gustaban. Tantos años después tengo una opinión más formada sobre ellos, seguramente haya leído unos 10 libros de cada uno y siga sin poder contestar con un Me gusta / No me gusta.

En el caso de Murakami creo que eso me sitúa en una tercera España saludable. A Haruki Murakami parece que se le adora o se le odia a muerte. Y yo no estoy ni entre quienes le aplauden ni entre quienes le dispararían una bala por la espalda si pudieran. No me parece un escritor de los de primera ni me parece que sus libros sean malos. Algunos me gustan bastante (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1Q84, Sauce ciego, mujer dormida, Kafka en la orilla), otros menos (La caza del carnero salvaje, Baila, baila, baila) y otros me parecen poca cosa o algo menos (Tokio blues, After dark, Los años de peregrinación del chico sin color, Hombres sin mujeres).

De su labor como cuentista, Hombres sin mujeres es una colección de relatos en la que no llegué a interesarme en ningún momento. Algunos (la mayoría) de los cuentos de Sauce ciego, mujer dormida me parecen valiosos. Exagerando un poco podría decir que se aire buscadamente salingeriano alcanza por momentos el nivel del propio Salinger. El elefante desaparece busca seguir esa misma línea pero funciona algo peor. Aquí el número de cuentos que funcionan realmente bien es más escaso. Ya ha explicado muchas veces Murakami que empezó a escribir ficción obligándose a hacerlo en inglés para así ayudarse a construir la historia con escasos mimbres, al limitar sus propios recursos lingüísticos. Algunos giros (aunque es verdad que leemos a Murakami traducido al español desde el japonés) sí recuerdan a la prosa inglesa, algo que sucede también en autores españoles que se han educado (nos hemos educado) leyendo prosa anglosajona traducida.

Concretando en el libro, El elefante desaparece contiene 17 relatos. El libro se publicó originalmente en Japón en 1993, y están escritos entre 1980 y 1991. Por situarnos en la bibliografía de Murakami, empezó a redactarlos tras sus primeras novelas cortas: Escucha la canción del viento y Pinball 73, y son anteriores a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Kafka en la orilla (2002) y 1Q84 (2009) (la que probablemente sea su mejor época, en mi opinión desde luego son sus tres mejores novelas). Los dos primeros relatos están precisamente como puente entre una época novelística y otra: El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes ya avisa en su título, y la historia de Nuevo ataque a la panadería tenía un cierto peso, a modo de pasado, en Escucha la canción del viento / Pinball 73. Son dos buenos relatos, independientemente de su relación con las novelas. Los protagonistas de todos estos relatos son los clásicos protagonistas de las historias de Murakami, hombres solos, en torno a la treintena, que parece que no acaban de madurar, melómanos o cinéfilos o lectores apasionados, y capaces de obsesionarse hasta el extremo con detalles por lo demás insignificantes de la vida, hasta el punto de reorganizar su existencia por las aventuras de un elefante del zoo.

La aparición de lo extraño en los relatos de Murakami es poco sutil. Simplemente, irrumpe. Son siempre mayoría las historias con un toque fantástico. Murakami utiliza con frecuencia (casi abusa) de la construcción de narradores a los que parece que el mundo, por trivial que sea, sorprende. Caen en epifanías de un modo continuo, y así, cuando sucede algo realmente sorprendente (si un gato empieza a hablarles, por ejemplo) entra en la lógica del relato con naturalidad. Es un recurso tramposo y que acaba agotando.

Como hacer recuento de 17 relatos sería un aburrimiento, me voy a limitar a señalar, aparte de las cuestiones generales ya marcadas, los relatos que me han parecido más destacados. Los dos primeros, como ya dije, están bien, y abren pasillos a otras novelas del autor, lo que siempre resulta interesante. Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril es un cuento bonito, sobre solitarios sin suerte. Funciona bien, se lee con agrado y me ha dejado la sensación de que la anécdota ya estaba tal cual, o muy parecida, en otro libro de Murakami que ya había leído, pero mi memoria no ha logrado identificar en cuál. Pese al empeño en lo fantástico y extravagante que tiene Murakami en este libro (El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión y El enanito bailarín son cuentos que por su trama podría haber abordado Mario Levrero), esa parte nunca despega. Tampoco destacan los relatos donde el narrador parece más despegado o en los que el autor se limita a una objetividad de guión de cine (Una ventana, El comunicado del canguro, La caída del Imperio Romano). Es en aquellos más próximos al realismo y a la tradición breve americana donde mejores resultados ha conseguido: Quemar graneros es un triángulo amoroso de jóvenes, uno de los cuales quema graneros como una forma de reacción a la sociedad. Puro Salinger y se lee muy bien. Silencio y Asunto de familia son relatos realistas, sobre la construcción de la personalidad en el entorno del colegio el primero y sobre las relaciones de dos hermanos, un chico y una chica, pasada la época de estudiantes, cuando ella está a punto de casarse y él se siente cuestionado por no sentar la cabeza. El elefante desaparece, pese a ser el elegido para titular la colección (lo que siempre me hace esperar como lector que tenga algo especial) no me ha parecido que tuviera demasiadas cualidades a destacar. Un hombre con una vida bastante estancada empieza a llenarla con las noticias sobre la desaparición del elefante del zoo.

Los dos mejores relatos del libro me han parecido, con bastante diferencia, y para terminar: Sueño, una historia de insomnio y libros. Aquí precisamente se sale Murakami de su habitual registro, dando el protagonismo y la voz narradora a una mujer, y le funciona mucho mejor que el nivel medio del libro. Y quizá mi preferido sea por encima de todos Último césped de la tarde, la aventura existencial de un chico joven que trabaja como jardinero, un trabajo que va a dejar pronto, y al que se entrega con la precisión y pasión de los samuráis, aunque sabe que así ganará menos dinero, pues cobra por jardín completado. Es un relato plácido, muy redondo, bien dosificado, en el que el interés del lector se consigue con casi nada, con lo difícil que eso es, y que vuelve a recordarme por encima de otros autores a Salinger.

Me imagino que volveré a leer a Murakami y que seguiré sin tener claro qué pienso de sus obras.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

martes, 21 de marzo de 2017

Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé

Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé (Ed. Anagrama)

Los grandes libros sobre la paternidad son libros de miedo. Son novelas llenas de terror a lo que está por venir, a lo que puede venir y cómo puede venir. Miedo a que algo falle, o a que todo vaya bien y la vida cambie demasiado. Los novelistas que se enfrentan por escrito a la paternidad temen también, muchas veces, tener que verse desplazado de su papel de grandes bebés, inútiles para la vida que escriben y lloran y se apoyan en las mujeres para la subsistencia.

Hay grandes novelas que afrontan la figura del padre – habitualmente ausente, distante, autoritario, lejano – desde la perspectiva del hijo. Pensemos en Kafka. Pensemos en Dostoievski. Pensemos en Paul Auster. Hay grandes novelas que hablan de la maternidad. De la maternidad como realidad, antes y durante la misma. Del recuerdo que deja. Hay menos libros que se centren en cómo se prepara el padre para serlo. Hay excelentes novelas sobre la pérdida y el duelo de esos padres que perdieron un hijo: Mortal y rosa, de Francisco Umbral, La hora violeta, de Sergio del Molino. Hay novelas sobre padres sobreprotectores, como El mundo según Garp, de John Irving. Y novelas que toman directamente la forma de historias de terror para hablar, esencialmente, de la paternidad. Pienso en El Resplandor y especialmente en Cementerio de animales, de Stephen King. Personalmente, la paternidad, su preparación, está muy presente en varios de los relatos de mi libro Beber durante el embarazo, y es uno de los temas que lo cruzan en diagonal.

Una cuestión personal es un libro que es una confesión abierta en canal, que es una historia de terror, que es el viaje alucinante al fondo del alma de alguien perdido, que como siempre hacen los que están perdidos en los libros y en la vida, recurre a la bebida, a mucha bebida, y al amor que pueda encontrar en el cuerpo de otra mujer. Me ha recordado a El jugador, de Dostoievski, por su manera de mirar dentro de lo peor del propio personaje y escupirle. A Las noches blancas del mismo Dostoievski, por la estructura. También a Crimen y castigo, y dejemos ya quieto al ruso, por el modo en que la culpa condiciona la vida. Me ha hecho pensar en Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, por la pérdida total de conciencia hacia la que el protagonista, Bird, se va viendo abocado. Me ha recordado La metamorfosis de Kafka por el extrañamiento ante los cambios físicos, por la sensación de repugnancia, por el vacío al que nos enfrenta la vida.

Si hablo de Dostoievski, de Lowry y de Kafka, creo que estoy dando a entender que Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé, puede jugar en la gran liga de las mejores novelas. Sin duda juega en ella. Es un libro de los que abren una puerta que luego no se puede cerrar durante toda la lectura, ni durante los días siguientes a terminarlo. Es un libro que leí hipnotizado y releí a la semana siguiente, para seguir en la borrachera intelectual que logra. Una sensación muy parecida a sumergirse con Lowry en la locura alcohólica de México en Bajo el volcán.

Bird, el protagonista, es un hombre desorientado, aún joven, metido en un matrimonio demasiado convencional, un tanto forzado, fruto del cual su mujer está embarazada. Fruto de ese matrimonio, Bird también tiene su trabajo, conseguido por su suegro. Es profesor en una academia preuniversitaria. Parecía que apuntaba más alto. Todos lo pensaban; él también. Pero se ha conformado. Bird tiene además una mancha en su pasado. Según vamos descubriendo son muchas manchas, pero desde el principio está marcado por la mancha con la que dio inicio a su matrimonio, varias semanas de borrachera continua que dejaron asombrados a su nueva esposa y a sus suegros. Una mancha que hace que ya siempre sea sospechoso para ellos. Y también para él, que no se fía de sí mismo. Sabe que es débil y no tiene voluntad. Sabe que le gusta dejarse caer.

La novela comienza con Bird caminando entre bares y borrachos pensando en que va a ser padre. Espera la llamada del hospital y la espera bebiendo y recordando aquella borrachera continua, de la que él mismo reconoce que pretendía salir con un trago más. Mientras la llamada no llega, unos jóvenes pandilleros le dan una paliza y lo dejan tirado. Magullado y con mal aspecto, asiste resacoso a clase al día siguiente. Uno de los alumnos lo denunciará y él reconocerá que sí, que acudió a clase aún casi borracho, más que resacoso, y renunciará a su trabajo.

La llamada del hospital llega. Todo es tétrico al llegar. Su suegra, los médicos, unas noticias difíciles sobre el bebé. Ha pasado algo. Ha nacido con una hernia cerebral, le anuncian. Morirá en los próximos días o tendrá una existencia casi vegetal. Bird apoya la decisión de los médicos de llevarlo al hospital universitario, donde al menos su caso servirá para que la ciencia siga aprendiendo. Esperan que muera en los próximos días. A Bird le repugna la presencia de ese niño. Quiere, por duro que suene, que muera pronto. Quiere evadir el problema.

Bird sueña con ir a África. Colecciona mapas y libros sobre África. Desde que se casó y desde que supo que iban a tener un hijo, ha renunciado prácticamente a aspirar a una vida aventurera. Se ha resignado a eso también. Si ese hijo que se le antoja monstruoso sale adelante, tendrán que cuidarlo. Invertirán toda su existencia en él. El compromiso no podrá romperse jamás. Cuando los médicos le preguntan, Bird contesta que cree que es mejor que lo dejen morir. Pero el niño se va fortaleciendo y parece que será posible operarlo. Una operación muy complicada, muy arriesgada, pero posible.

Bird bebe. Bebe y deambula hasta llegar a casa de una vieja amiga de la universidad, Himiko. Una chica a la que prácticamente violó, según nos enteramos, una lejana noche de estudiantes borrachos, sobre un abrigo, en un lugar húmedo y mojado. Él prácticamente lo había olvidado. Ella no. Himiko bebe y conduce su llamativo coche deportivo por las noches. Desde que eran amigos ha ido coleccionando hombres. Cualquier clase de hombre. Pasado un cierto límite, le dice, dejas de tener ningún miramiento. Su marido, bajo el peso de la vergüenza, se suicidó. Hay otras vidas en este mundo, defiende ella, y Bird la escucha. Será prácticamente su única compañía en los próximos días. Beberán, se acostarán, conducirán, reirán, mirarán mapas de África, llorarán. Excavarán muy adentro del otro y de ellos mismos.

El niño se va poniendo fuerte y los médicos acometen la operación. Bird reconoce que no quiere que vaya bien. No quiere que ese niño monstruoso venga con su existencia vegetal a condicionar el resto de su vida. La hernia cerebral no era tal finalmente, sino un par de tumores benignos que abultaban en su frente de bebé. El niño vivirá. Probablemente, dicen los padres, tendrá un coeficiente intelectual muy bajo, pero podrá llevar una vida normal. Bird llega al final de esta odisea transformado, convertido prácticamente en otra persona. Himiko se lo dice. Su suegro también. Parece que por fin dejará de ser Bird. Ha dejado la docencia. Ya que nunca podrá ir a África, ha decidido ser guía en Tokio para extranjeros. De alguna manera, con eso, completa el giro total que su vida ha dado.

Tienes razón. Es una cuestión personal. Cuando estás solo dentro de una cueva privada, al final llegas a una salida lateral que conduce a una verdad que te concierne a ti y a todo el mundo. Eso recompensa los sufrimientos padecidos. ¿No le ocurrió así a Tom Sawyer? Tuvo que sufrir en una cueva oscura, pero al mismo tiempo encontró el camino hacia la luz y un saco de oro. Sin embargo, lo que experimento ahora es como cavar en solitario el pozo vertical de una mina, recta hacia abajo, hacia una profundidad sin esperanzas y que nunca se abrirá al mundo de nadie más. pg. 144

He dejado para el final comentar algunos aspectos del autor. Porque creo que en este libro en particular puede distraer un poco. Kenzaburo Oé, que ganó el Premio Nobel en 1994, escribió Una cuestión personal en 1964, a los 29 años, un año después de que naciera su hijo Hikari, con una problemática y unas perspectivas de supervivencia muy parecidas a las descritas en la novela. Una cuestión personal es probablemente, junto a Arrancad las semillas, fusilad a los niños (de 1958) su novela más conocida. Y es, desde luego, una gran novela, cruda, terrorífica, para nada reconfortante, puntiaguda, que recomiendo leer sin tener en cuenta los paralelismos entre el autor y su personaje, entre su vida y su obra.

Un libro de los que dejan cicatriz.

Seguiremos leyendo y dejándonos marcar.


Sr. E