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lunes, 11 de diciembre de 2017

Solenoide, de Mircea Cartarescu

Solenoide, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)

Mi primera experiencia lectora con Cartarescu fue, como la de muchos, con el relato El ruletista. Es un relato del que se ha hablado mucho y del que no creo estar exagerando si digo que no desentonaría al lado de relatos de Borges, Kafka, Cortázar, Bioy o Buzzati en cualquier antología del género fantástico. Me compré después el volumen en el que este se incluye: Nostalgia, que es un libro que he ido leyendo y releyendo de manera discontinua durante los últimos dos años. Tuve la suerte de asistir a una pequeña charla de Cartarescu en la librería Alberti de Madrid con la que se presentaba el volumen de prosas (no son ensayos en su mayoría, tampoco son relatos propiamente dichos muchos de ellos) El ojo castaño de nuestro amor. Durante el último verano leí los volúmenes de textos más o menos vivenciales Las bellas extranjeras y Por qué nos gustan las mujeres y la novela Lulú.

No me he atrevido aún con El levante, una novela ensoñadora escrita al modo de La odisea de la que me han hablado maravillas, pero llegué a finales de octubre, como un fan acérrimo (que no lo soy, aunque tras este libro ya me sumo a la categoría de lector muy interesado en él) a uno de los primeros ejemplares de Solenoide, su última novela traducida. Lo leído hasta ahora de Cartarescu me hablaba de un autor irrealista (el excelente escritor de relatos de Nostalgia), que incluso bajo encargos de realismo (contar su experiencia como representante de la literatura rumana en Francia, en el caso de Las bellas extranjeras, sus relaciones con las mujeres en Por qué nos gustan las mujeres) siempre encuentra el modo de evadirse. Cartarescu es un soñador (una palabra clave en su producción), alguien que no sabe a veces en qué país vive. La figura tópica del poeta despistado con pelo largo.

Solenoide recoge esa apuesta de soñador irrealista y la dobla o la triplica o quizá hasta la cuadruplica. Mircea Cartarescu, de 60 años, autor reconocido en su país hasta el punto de que parece el actual poseedor del título de escritor patrio por excelencia, bien traducido en Europa (se habla mucho de la excelente labor de Marian Ochoa de Eribe, que parece dedicada por completo a la obra del rumano, como en una de sus historias, como otro personaje borgiano; aquí vuelve a hacer un trabajo delicado y casi invisible), candidato al Premio Nobel y probable ganador del galardón en la próxima década. Desde esa perspectiva se podría esperar un cierto acomodamiento (no hace falta pensar demasiado para llegar al nombre de autores acomodados de ese nivel de reconocimiento, citaré en cambio únicamente a un autor que con el Nobel en la mano ha seguido escribiendo ambiciosamente, J. M. Coetzee, que primero se sobre expuso en el tercer tomo de sus memorias, Verano, y luego se ha arriesgado a la incomprensión con los libros La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela) y un esperar a la posteridad pero ha sorprendido con una novela ambiciosa, desmesurada, universal. Un libro que convencerá más o menos a cada lector, pero que está escrito desde la convicción del autor de estar alumbrando su obra magna.

Quiero detenerme en el adjetivo universal, porque creo que lo que Cartarescu cuenta en Solenoide, aunque anclado a Rumanía y concretamente a Bucarest, una ciudad que parece adaptarse al estado de ánimo del narrador, y lo mismo es la más bella del mundo que un lugar gris y asfixiante, es algo alejado totalmente de la necesidad de conocer la realidad local para interpretarlo. Por otra parte, Solenoide construye un universo completo. No es que la novedad esté en el hecho de armar una novela, por larga que sea, que traza la vida completa o casi completa de alguien, pues novelas de esas hay muchas y las hay excelentes. Lo personal y arriesgado de Cartarescu es cómo permite que su narrador se deslice hacia la locura por párrafos y siempre sabe volver con él hacia la corriente principal de la historia, integrando las digresiones perfectamente en un marco general, permitiéndose verdaderos desvaríos (desvaríos, todo quede dicho, perfectamente asumibles, pues creo que a estas alturas de la historia todos sabemos lo estrecha que es la definición de normalidad).

Los dos grandes nombres que se evocan al hablar normalmente de Cartarescu son Borges y Kafka. En sus relatos (pienso en los incluidos en Nostalgia) Borges es quien más sombra da a la prosa de Cartarescu. El ruletista, quizá su obra más popular, es una narración digna de Borges, que juega con las paradojas lógicas al modo del argentino. Aquí es sin duda Kafka. Empezando por el simbolismo que los insectos toman en Solenoide, que se inaugura con un recuento de piojos, y que apuntan directamente a La metamorfosis. Pero sobre todo por el desdoblamiento al que se somete Mircea Cartarescu, que nos narra en Solenoide, simplificando mucho, una existencia paralela. El Mircea Cartarescu autor asentado de relativo éxito juzga sin un objetivo claro al Mircea Cartarescu que podría haber sido pero que finalmente no ha sido. Lo convierte en su propio Josef K. y lo somete a los tormentos del rechazo, el fracaso, la soledad, la frustración y las alucinaciones que le hacen dudar de su cordura. Cartarescu es, en cualquier caso, juez y parte, como diría el lugar común, y se aplica cierta piedad antes de condenarse. Trata de entender a aquel soñador inadaptado que fue desde su adolescencia y que quizá solo ha dejado de ser en parte y en gran medida gracias a casualidades.

Hay una noche que funciona como big bang y a mi entender determina el desdoblamiento autor – narrador – personaje, y es la noche en la que Mircea Cartarescu se muestra como poeta en público y lee sus composiciones ante un tribunal de la Inquisición formado por otros poetas igualmente jóvenes. El Mircea Cartarescu real salió bien parado de aquel trance. El Cartarescu del libro nunca superó las palabras de desprecio que le dedicaron. Se recogió dentro de sí mismo y lo único a lo que dedicó su tiempo de escritura desde entonces fue a este diario que ahora nos muestra. ¿Por qué el título, por cierto? Porque Cartarescu vive en la novela en una casa con forma de barco en el interior de la cual encuentra los extraños inventos de un antiguo habitante de tan extraña vivienda, uno de los cuales es un gigantesco solenoide que parece capaz de ordenar el mundo a partir de sus atracciones y repulsiones.

Cartarescu fue maestro de rumano en una escuela pública durante los años ochenta. El personaje de la novela lo ha seguido siendo, ha cruzado como un mueble el sistema educativo desde la época de Ceaucescu hasta la actualidad. Siempre se ha considerado un maestro sin vocación, torpe, despistado, incapaz de motivar a sus alumnos. Son sensacionales las escenas en las que está preocupado por si no es capaz de encontrar el aula en el que debe entrar a dar clase en la próxima hora. Nos sitúa ahí Cartarescu ante una paradoja. Parecería que debe ser más difícil ser un escritor de primera, reconocido, que un maestro (dicho sea simplemente porque los escritores de primera ampliamente reconocidos son muy pocos y cada país tiene millones de maestros) pero Cartarescu nos descoloca mostrándonos la absoluta incapacidad del protagonista para mejorar lo más mínimo como docente a lo largo del tiempo.

Como yo soy profesor de secundaria, he disfrutado mucho con las subtramas que se van dibujando en la novela relacionadas con la enseñanza, aunque más que con ella, con sus pequeñas miserias. El dibujo de los profesores es un bestiario de personajes extraños, en algunos casos vecinos de la sociopatía (y muchos profesores son personajes extraños, y no pocos son en el fondo sociópatas que mal disimulan). Las charlas y los silencios en la sala de profesores, el modo en que los alumnos miran a unos y a otros, la manera en que el propio profesor ve a sus alumnos dentro y fuera del colegio, las relaciones de poder y las guerras intestinas entre colegas y con y contra la dirección del centro. Creo que mi vida profesional afecta a mi percepción de estas partes de la novela, quizá no tan jugosas para otros lectores. Pero no son lo principal.

Lo principal es el peso del mundo y el lugar y la labor del creador. Cómo tratar de hacer algo creativo con ese mundo esencialmente hostil, gris, feo en contra. Desde la relativamente segura perdurabilidad (con todo lo relativa y segura que esta pueda ser) de la obra escrita de Mircea Cartarescu, este transmite al lector un mensaje esencial: el creador lo es si está suficientemente convencido de lo necesario (y esto puede ser algo únicamente personal) de su obra. Quedan fuera por lo tanto las novelas asépticas escritas con el único fin de entretener. Cartarescu aquí juega a suplantar su posibilidad y escribir desde el negativo de lo que realmente ha sido su única novela. Es por lo tanto una novela que debería valer para juzgar la valía (o no valía) de Mircea Cartarescu, escritor. Se habla de Borges y de Kafka y otro autor que sobrevuela la obra de Cartarescu, especialmente aquí, es Ernesto Sabato, un tanto olvidado pero un escritor al que el rumano ha leído mucho y con cuya obra Abbadón el exterminador me ha parecido que hay aquí conexiones claras (aunque Solenoide es una novela más luminosa y blanca).

Solenoide es a la vez una repetición de temas clásicos en la prosa de Cartarescu y las variaciones sobre los mismos. Eso lo convierte en un libro doblemente disfrutable por quienes ya lo han leído (se citan rutinas y cuestiones presentes en sus dietarios, por darle un nombre a Por qué nos gustan las mujeres, Las bellas extranjeras y El ojo castaño de nuestro amor, y vemos técnicas de escritura tomadas de sus relatos de Nostalgia, y la intensidad adolescente e irrealista de Lulú) y quizá en una buena primera lectura para quienes aún no lo conocen. Aunque quizá, y perdón por la contradicción, sea justo lo contrario y se trate más bien de un libro en el que desembocar más que desde el que partir.

La prosa es poética y envolvente, es un placer leer cada una de sus páginas y dejarse mecer por ella. Y lo hace sin resultar alambicado (y Cartarescu a veces lo es, y quienes hayan leído el relato REM me darán la razón en que es un reto además de un placer, aquí el goce es mucho más accesible). En ese sentido, el de la accesibilidad de la escritura, tal vez Solenoide sí sea un mejor acceso a Cartarescu que Nostalgia, Lulú o El levante, y muestre mejor sus cualidades que los libros más realistas y de textos encargados. Los lectores de REM especialmente sabemos que Cartarescu vive una gran parte de su vida a través de sus sueños, y aquí no pierde oportunidad de entrar en ese mundo. Ha dicho (y por lo tanto puede ser verdad, o no) que aproximadamente un tercio de las páginas de Solenoide vienen directamente de sus diarios de sueños, cuadernos en los que escribe y trabaja sobre lo que ha soñado cada noche. Se enfrenta, y esto lo ha contado muchas veces, al sueño como a una oportunidad para escribir, y lleva años haciéndolo (hay al respecto un texto muy bonito incluido en Por qué nos gustan las mujeres, Para D. vingt ans après, en el que habla de la mujer, D., que le enseñó a soñar y a disfrutar de los sueños como relatos).

Tenemos, en resumen, una prosa potente y que trata de meter el mundo entero entre sus líneas, toda ella de primera división. Tenemos insectos, colegialas, profesores arrepentidos, frustraciones, luchas de poder, el cambio político en Rumanía al fondo, el absurdo de la creación artística, sueños, más insectos, alucinaciones, una casa en forma de barco y un misterioso inventor, la noche, los madrugones, el cielo sucio de Bucarest, el paso del tiempo y el peso de la muerte amenazando. Tenemos una historia de amor que se va afianzando. Tenemos muchas preguntas que empiezan con Por qué y muy pocas respuestas. Tenemos el enfrentamiento de alguien ante el espejo de lo que podía haber pasado. Todo eso encontraremos en este libro. Tenemos un capítulo, el 20, que me atrevería a decir que vale para explicar a cualquier escritor contemporáneo, de Kafka al último de los monos de la famosa paradoja. Mi recomendación está clara, hay que leer Solenoide. Pero cada lector es soberano, por supuesto.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 8 de agosto de 2016

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)


Asistí a un encuentro en la librería Alberti de Madrid a finales de abril con motivo de la presentación de este libro y me compré Nostalgia, que es la obra más conocida del autor (al menos para mí lo era, y eso hizo que me pareciera un inicio lógico de su obra). Aún lo tengo sin leer, no por pereza sino porque el primer relato, El ruletista, me pareció un relato tan potente que creo que el libro va a ser uno de esos que se marcan con la etiqueta de IMPORTANTE en la biografía lectora de uno, y necesito un cierto tipo de condiciones anímicas y externas para afrontar esas lecturas. Ya hablé del encuentro con Cartarescu y lo que me pareció en aquel momento.

Mientras me ponía a escribir esta reseña he recordado una imagen: la de Cartarescu bajando por la Calle Marqués de Urquijo, con la cabeza gacha pero sin ningún ánimo melancólico, sino como una actitud de paseo interior. Después del encuentro con el autor habíamos aparcado en una terraza sin ningún encanto de dicha calle y una hora después del acto en Alberti lo vi pasar. Quizá podría haber interrumpido su paseo solitario y ahora podría estar hablando de la cerveza que compartí con él, o podría estar escribiendo un relato sobre dicho encuentro en vez de escribir una reseña sobre su libro, pero no me gusta molestar a la gente, y mis habilidades para relacionarme con escritores de primera son muy limitadas, y raramente afloran. Después del acto le ofrecí mi bolígrafo bic azul para que me firmara el ejemplar de Nostalgia y me dijo: “tengo mi bolígrafo, soy escritor”, y todo lo que le dije en el torpe inglés que me salía fue algo así como: “me ha gustado mucho oírte, ha sido muy interesante”.

A lo que íbamos, en la Feria del Libro me compré este libro, El ojo castaño de nuestro amor. Y lo leí al poco de tenerlo, pero no lo había comentado aún. Ahora lo he releído con la intención de refrescar un poco algunos fragmentos.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos pero no es del todo un libro de relatos. Es un libro de memorias pero no es exactamente un libro de memorias. Tampoco es una colección de prosas sin más. Es un libro de eso que llamarían misceláneas en las editoriales, pero me resisto a llamarlo así porque me remitiría a las sobras de otros escritos del autor, que ha empaquetado y editado para el lector español, porque eso sí, es una edición pensada para el público español. Ojeando la contraportada parece que la editorial tampoco tiene claro cómo etiquetar el volumen. Quizá no hay que meterse en etiquetas. Son escritos, son reflexiones. No hace falta ponerles muchos más apellidos. Me quedo con un término que sí emplea la editorial: paisaje biográfico. Porque sí está claro que aquí hay vida propia, y hay biografía. Cartarescu ha pasado la cincuentena y quizá ha sentido la necesidad de mirar un poco hacia atrás para impulsarse hacia el futuro y seguir escribiendo allí.

El ojo castaño de nuestro amor contiene 20 textos. Algunos fueron escritos por encargo, otros salieron de la voluntad directa de Mircea Cartarescu. Algunos rozan lo cómico, otros lo trágico. Estas doscientas páginas dibujan un paisaje emocional de lo que debió ser la Rumanía en la que se crió Cartarescu, entre los 60 y los 80, y de lo que esos mismos jóvenes, que dejaban de serlo, vieron que se iba abriendo ante sus ojos en los 90. Recibieron algunos cambios con esperanza y otros con desconfianza. Cartarescu mira al pasado y nos transmite que ese pasado fue triste, quizá no fue horrible pero sí fue triste. Ha elegido no llorar pero recuerda. No es que los rumanos se murieran de hambre pero algunos sí se morían por dentro ante la falta de perspectivas de futuro, ante la ausencia de cambios. En Los años robados, Cartarescu traza magistralmente el paso de un mal a otro.
En 1.989 yo tenía 33 años. Había nacido bajo el comunismo, y para ser sincero, pensaba que moriría también bajo el comunismo. Nunca había salido de Rumanía, ni siquiera tenía pasaporte. Creía que nunca viajaría al extranjero. No me habían permitido presentarme al concurso para una plaza de profesor en la universidad ni preparar el doctorado. Era maestro en una escuela y tenía todos los boletos para jubilarme en ella. Vivía en un apartamento en el octavo piso de un bloque que no tenía dos paredes en ángulo recto. El mundo parecía estancado en lo sórdido y lo previsible. El comunismo era la realidad. Todo lo demás eran fantasmagorías de películas americanas.
Ese era el pasado que querían dejar atrás. En la página siguiente lo han logrado, y esto nos cuenta:
En 1.990 entramos en el mundo libre y democrático sin saber qué eran la libertad y la democracia. Tras cincuenta años de dictaduras fascista y comunista, no éramos un pueblo, no éramos una sociedad. Éramos un rebaño. La dictadura comunista sobrevivió bajo un nickname transparente. Antes nos habían mentido, ahora nos estaban mintiendo. En la universidad recibía un sueldo de cincuenta dólares al mes. Mi mujer estaba en paro y teníamos una niña pequeña. La inflación era aterradora, nos corroía como un baño de ácido sulfúrico. Al poco tiempo, nos quedamos sin nada. Pero no me di cuenta de lo bajo que habíamos caído hasta que no vendí mi pala de ping – pong.

Hay otros textos que nos muestran la apertura de Rumanía al mercado, y algunas anécdotas graciosas que rozan el patetismo, como en La época del nes, donde Cartarescu narra su primer encuentro con el café soluble, un seudocafé que llegaba a Rumanía en los ochenta y el subidón y la dependencia que aquella sustancia le producía, haciéndole sentir, como él mismo dice, Dios, el mejor escritor del mundo. En Mi primer vaquero nos habla del mercado negro al que acudió con lo ahorrado durante muchos meses para conseguir sus primeros vaqueros, todo para acabar engañado. El relato además nos muestra la paradoja de que a Cartarescu y sus coetáneos los llamaron cuando empezaron a escribir poesía La generación de los vaqueros, pese a lo cual nunca los tuvieron.

Otros textos también tocan la historia de Rumanía, una historia personal, vista por el ojo de Cartarescu. Por ejemplo habla del hundimiento de una isla, un suceso traumático para los rumanos y apenas conocido en Europa, en Ada – Kaleh, Ada Kaleh. En Mi Bucarest nos enseña lo reducido que es el mundo de un niño, que muchas veces no alcanza a una ciudad entera, sino apenas a sus cuatro calles de referencia, su barrio. Zaraza nos habla de la coexistencia en un mismo tiempo y espacio del horror y el gozo, de la guerra mundial y las noches de fiesta de la ciudad, entre bombas y tiros.

Donde más ha logrado conquistarme Cartarescu en este libro es en los textos donde su memoria personal se antepone a lo que pretende contar. Lo consigue en los relatos que muestran sus experiencias personales y lo hace en los que se acercan más a la disección de la labor creadora, a la relación que se establece entre el creador y la idea de trascendencia, a cómo otros leen e interpretan su mundo narrativo y a cómo este ha ido cambiando con los años. Cartarescu se declara discípulo de Kafka, de Sabato, de Borges, de Salinger, y tiene una relación complicada y a veces torturada con su propio trabajo, algo que lo emparenta especialmente con todos esos autores. En Oh Levante, dichoso Levante, nos cuenta cómo fueron los años de redacción de su obra El Levante, un poema épico que escribió al modo de La odisea en los ochenta. Nos cuenta el proceso de escritura, el de creación, cómo llegó a saber que ese era el tono que esa obra necesitaba, y el largo camino hasta que un editor confió en su idea. El gato muerto de la poesía de hoy reflexiona, a partir de una imagen de Salinger, sobre el papel y la importancia que la poesía, como experiencia estética sin aplicación práctica adquiere, precisamente por desarrollarse en un mundo en el que todo parece que necesita una aplicación práctica. Una ducha no – laodicea nos lleva a Nabokov y al poder de la palabra. Cartarescu explica el gozo que sintió al comprender uno de los juegos que Nabokov proponía en Lolita y se pregunta sobre cuántos de los lectores de hoy en día están en condiciones de seguir esos anzuelos, como él los llama, los de Nabokov y los suyos propios, y qué sentido tiene seguir escribiendo así, para cuántos se hace, y si es posible una escritura que permita que disfruten a la vez los dos tipos de lectores, los que buscan solazarse en el lenguaje y la forma y los que sólo quieren algo para leer después del trabajo. Forever young … habla de la relación del artista con el tiempo, y recomienda que el joven autor sea ambicioso, muy ambicioso, porque no se sabe lo que puede venir después.

Dos de mis textos preferidos del libro también van en esa línea que relaciona la vida real, tan insatisfactoria, con la de los libros, sean leídos o escritos. La ruina de una utopía es apenas un apunte de una página en el que Cartarescu habla de la sensación de levantarse y pensar en escribir El Libro, algo magnífico, descabellado, que deje atrás todo lo anterior, y cómo esa sensación de irrealidad creativa se ha ido disolviendo en la vida, estableciendo los límites de lo posible para la escritura, que es lo que le pasa a los libros escritos, que nunca serán tan infinitos como las ideas que los pusieron en marcha. Es un texto con mucha más lectura que su escasa longitud, y que conviene releer. Europa tiene la forma de mi cerebro nos enseña las lecturas que se han hecho de Cartarescu, y cómo este se ha resistido siempre a que lo ubiquen como un escritor de Europa del Este, y en general se ha resistido a esos localismos, también como lector, pues la riqueza, como afirma, está en poder aprender de toda la literatura universal.

Un escritor es otro texto corto que nos lleva a un pasaje distinto. En él Cartarescu señala que el escritor más misterioso de la historia es probablemente Jesucristo, de quien se dice en los evangelios que una vez se agachó, cogió un palo, escribió algo en el suelo pero nunca se supo qué era. Uso ese texto como cierre porque creo que representa la idea que Cartarescu tiene de los escritores. Cree en el escritor como medio, como alguien un poco loco que a veces se asoma a estados de alucinación y de ahí saca páginas valiosas, que no acaba de entender y que no debe explicar, sino sobre todo ofrecer para su lectura.

El ojo castaño de nuestro amor es un libro para tener en casa y ojear de vez en cuando, para huir de pensamientos tópicos y para prepararse bien antes de ciertos viajes, ya sea como lector o como escritor.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 12 de junio de 2016

Se acabó la Feria 2016.

Feria del Libro 2016. Fin. Balance. Firmas. Contradicciones. Lecturas.

Este domingo se ha acabado la Feria del Libro 2016. La Feria del Libro es uno de esos lugares que de alguna manera me repugnan y de otra manera complementaria me atraen irremediablemente. Me repugna la mercantilización que supone, y sobre todo lo que siento al encontrarme con colas sin fin que no están esperando a recibir el autógrafo de autores sino de famosetes de turno, ahora también de youtubers. Casi nunca hay una gran cola tras la que aguarde un buen escritor, y ya no entro a valorarlo en función de mis gustos o intereses, sino que me refiero simplemente a alguien cuyo motivo principal para escribir un libro sea escribir el libro, no una oportunidad de sacar algo más de dinero a otras famas paralelas.

Me atrae, por el contrario, la oportunidad de acercarme a las casetas de las editoriales y preguntar por algunos libros de sus fondos que son difíciles de encontrar en librerías normalmente. Me encanta poder acercarme a algunos autores y charlar cinco minutos con ellos mientras me firman el libro. Me inquieta que los autores literarios que más firman sean los mismos desde hace veinte años, y que autores de los que se habla mucho y bien en la poca prensa especializada en literatura que queda, tengan sin embargo firmas por las que apenas pasamos 10 personas a lo largo de más de dos horas.

Me atrae y me incomoda por igual el momento de firmar, al que me he enfrentado por segundo año, con mi segundo libro, Mil dolores pequeños. Me invitó la librería Punto y coma, y fue un rato agradable, en el que me sentí más suelto que en mi primer año, y en el que vendimos en una sola tarde casi todo lo que el librero había pedido. Gracias, por cierto, a los que se acercaron. Estuve firmando el jueves 2 de junio por la tarde, junto a otros autores de Baile del Sol, la editorial que ha publicado Mil dolores pequeños, y que ya publicó Beber durante el embarazo.

El jueves siguiente, 9 de junio, la editorial organizó en el bar – librería Vergüenza ajena un pequeño acto de presentación de novedades de esta primavera – verano, y que ha servido también de pequeña presentación de mi libro en Madrid. El libro, por cierto, ya se puede comprar en la web de la editorial
La distribución más general en librerías empezará, por lo que me han contado, a principios de julio.

He pasado otras tres veces por la Feria del Libro en estos algo más de quince días, y he gastado más de lo que quiero reconocer, pero menos de lo que temía haber podido llegar a gastar. Mi primera visita tuvo como principal objetivo conseguir Mala letra, el nuevo libro de relatos de Sara Mesa, que pude traerme firmado por la autora, tras compartir cinco minutos de conversación con ella. Ya que había ido, compré un ejemplar de La novela luminosa de Mario Levrero en bolsillo, pues es un libro que prácticamente ha desaparecido de las librerías, y mi ejemplar está bastante deteriorado y no querría enfrentarme al momento de quedarme sin él, siendo un libro al que vuelvo con la frecuencia con la que otros recurren a sus textos sagrados, aunque sé que suena a histerismo de fan obsesivo – compulsivo.

El mismo día en que fui a firmar me traje como recuerdo El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu, del que aún tengo sin acabar de leer Nostalgia desde que fui al encuentro con el autor en la librería Alberti. El ojo castaño de nuestro amor es una recopilación de textos breves, unos relatos propiamente dichos y otros más cercanos a la reflexión o al pequeño ensayo memorialístico, en una edición especialmente preparada para el mercado español por el autor y sus editores de Impedimenta.

En la fiesta de presentación de Baile del Sol aproveché para comprar y me traje firmadas dos de las novedades que más llamaron mi atención. Fueron la novela La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras, que me llamó mucho la atención porque la trama que el autor explicó me resultó muy parecida a la imagen que puso en marcha mi relato Rescate, incluido en Beber durante el embarazo, la de un cosmonauta soviético en una misión fracasada, solo y perdido, y el libro de relatos Koundara, de David Pérez Vega, del que me gustó mucho la descripción inicial del primer relato, y hojeándolo me interesaron un par de relatos que parecían de corte realista del tipo escuela americana, y de hecho el autor me confirmó que uno de ellos, Cazadores, era un homenaje a Cazadores en la nieve, de Tobias Wolff, que es un relato que siempre me ha impresionado. También compré la colección de relatos Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen, aunque la autora había huido para cuando quise que me lo firmara.

Suerte de cazador la mía, en uno de mis paseos por la Feria en este último fin de semana, mi vista fue a dar casualmente con un libro, El trepanador de cerebros, la primera novela de Sara Mesa, prácticamente inencontrable. No me fijé en el nombre de la librería, lo cual fue un error, pues hubiera sido una buena apuesta para futuras visitas. Ese mismo día, en el stand de Debolsillo, compré Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Vi hace un par de meses la película biográfica sobre la filósofa, que está articulada alrededor de este libro y su experiencia escribiéndolo, y me interesó mucho. En esta obra es donde presenta la noción de banalidad del mal, que es una de sus ideas más célebres, y de la que estuve hablando no hace muchos días, a lo largo de una charla de borrachos ilustrados.

El último sábado fui a acompañar a unos amigos que estaban de visita en Madrid y querían ir a la Feria. Ellos adquirieron un ejemplar de Mil dolores pequeños y yo me pasé por la editorial Impedimenta. Estaba firmando Jon Bilbao, sobre quien he leído muy buenas críticas aunque aún no lo he podido leer a él, y compré y me traje firmado su último libro de relatos, Estrómboli. Sólo le he echado una mirada de aproximación al inicio del primer relato, pero promete mucho. Le pedí al editor que me orientara por dónde seguir leyendo a Stanislaw Lem, después de la fascinación que me produjo Diarios de las estrellas, y me dijo que por lo que le expliqué que más me había gustado de aquel libro, el que más podría interesarme era Máscara, una colección de relatos que Lem había ido dejando al margen de sus colecciones por ser demasiado largos, o demasiado fáciles de censurar, y que compartían con Diarios de las estrellas el gusto por el relato filosófico, la fábula sin moraleja obvia y los juegos que van de lo moral a lo humorístico.

Además de estos libros, he comprado ejemplares de Todos los miedos, de Miguel Ángel González, La novela luminosa de Mario Levrero y Los asesinos lentos de Rafael Balanzá para regalar a amigos y familiares.

Resumiendo, se acaban estos quince días y prefiero no echar cuentas. Sé, eso sí, que a otras muchas lecturas por abordar, he sumado, dejando al margen regalos y ejemplares de Levrero para cubrir posibles pérdidas:
Mala letra, de Sara Mesa (Ed. Anagrama)
El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)
El trepanador de cerebros, de Sara Mesa (Ed. Tropo)
Koundara, de David Pérez Vega (Ed. Baile del Sol)
La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)
Lo que nos detiene, de Blanca Bettschen (Ed. Baile del Sol)
Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt (Ed. Debolsillo)
Estrómboli, de Jon Bilbao (Ed. Impedimenta)
Máscara, de Stanislaw Lem (Ed. Impedimenta)

Los iré leyendo en estos próximos meses (como los camellos que se guardan el agua para las travesías del desierto, así algunos reservamos libros para el verano, como si en verano no se pudiera ir también a la biblioteca, o a una librería, o releer), y de algunos seguro que me apetece hablar un poco aquí.

La Feria volverá el año que viene. De momento no parece que me vaya a tocar volver a firmar en ella, pues aunque tengo algunos proyectos de escritura, e incluso dos más o menos cerrados, de momento no hay nuevas publicaciones a la vista. Quizá conviene respirar hondo antes de dar el siguiente paso, o esperar señales del destino. Dos años seguidos han sido de momento una experiencia que debo asimilar. Tocará volver como lector atento que pregunta y hace colas para pedir firmas.

Iremos hablando
Buenas lecturas
Sr. E

sábado, 30 de abril de 2016

Las palabras de un futuro Premio Nobel. Encuentro con Mircea Cartarescu.

Las palabras de un futuro Premio Nobel

No acudo con demasiada frecuencia a acontecimientos literarios; ni firmas, ni presentaciones, ni encuentros con autores. Pero este último jueves fui a la librería Alberti de Madrid a un encuentro con el escritor rumano Mircea Cartarescu. Me enteré de que su editorial (Impedimenta) organizaba ese encuentro el miércoles por la noche, y pese a que mi jueves iba a ser largo y exigente, pensé que sería un buen plan para después del trabajo. El título de la entrada pretende hacer referencia a algo que últimamente he oído apuntar sobre el autor: que será Premio Nobel en los próximos diez años. No sé si será verdad, ni me importa, porque algunos de mis escritores preferidos nunca han estado cerca de dicho Premio, y quienes han estado cerca (según los rumores) entre mis lecturas habituales (Philip Roth, Don DeLillo) ni lo han ganado ni van a ganarlo. El único Premio Nobel contemporáneo al que leo con atención es a J. M. Coetzee, aparte de novelas concretas de Vargas Llosa, y mi eternamente pendiente lectura de Naipaul.

Uno esperaría que un futuro Premio Nobel fuese un señor distante y soberbio, pero Cartarescu me pareció un escritor cercano, pese a lo difícil que era teniendo en cuenta que iban traduciendo sus palabras después de cada frase, que trataba de explicar su oficio y sus artes. Y uso la palabra arte porque insistió varias veces en que él se consideraba un artista, un poeta y narrador que piensa que la primera y principal obligación de un escritor es la obligación estética. Cartarescu nos contó que esa idea chocaba con las dominantes en la Rumanía en la que él se crió. Cartarescu habló mucho de esa Rumanía que ya sólo existe en su memoria, y de cómo esa Bucarest que fue se ha ido filtrando en sus escritos. Nos tuvo en vilo con dos pequeñas historias que parecía estar inventando en ese momento para nosotros, la de la compra de un pantalón vaquero en el mercado negro, y la de su primera experiencia con el café soluble. Dos realidades anodinas que para él, en algún momento de la vida, fueron novedades mágicas, y que con la mirada adecuada convenientemente aplicada, se convierten, como él hizo, sin descubrirnos el truco, como haría un buen mago, en alta literatura.

Cartarescu desarrolló algunas de sus obsesiones, como la memoria, las ruinas, las ruinas de la memoria y cómo los discursos construyen la realidad, y construyen distintas realidades dependiendo del tipo de discurso que formen. Habló de los sueños, de la influencia que tienen en una obra que todos los lectores califican de onírica, pero no tanto porque los sueños sean imágenes potentes sobre las que escribir, sino porque construye mundos en los que los sueños funcionan como una realidad que se entrecruza con la que habitualmente vemos, deformándola y cambiándola para siempre.

El autor habló de la necesidad de soledad que tienen los escritores para poder crear, y de cómo esa soledad es cada vez más difícil de conseguir. Aparte de para crear literatura, también habló de que esa soledad es necesaria para cualquier persona que quiera tener una vida interior, y esa vida interior queda muy deteriorada por la necesidad constante de estar en contacto con los demás y compartiendo. Cartarescu fue honesto al reconocer sus modelos. Habló de Kafka y de Borges, y también de otros autores, pero está bien que un autor reconozca como influencias a quienes todos los críticos han visto que son sus antepasados literarios. También nos explicó de dónde habían surgido algunos textos de su nuevo libro, El ojo castaño de nuestro amor.

Fui al encuentro con Cartarescu movido por la curiosidad de ver y oír a un autor sobre el que sólo he recibido recomendaciones, aunque apenas haya entrado en su obra. Debo reconocer que sólo he leído hasta ahora dos textos de Cartarescu. Un viejo libro que encontré hace unos años en la biblioteca, titulado Por qué nos gustan las mujeres, que Impedimenta no ha recuperado y de momento no sé si piensa publicar, pues su editor anunció que de aquí a 2.020 tienen previsto editar a Cartarescu y no se habló de ese libro (quizá los derechos de dicha obra pertenecen aún a la editorial que lo editó en esa primera ocasión), y el relato El ruletista. Creo que El ruletista es el texto más famoso de Cartarescu, y es un relato bastante largo, soberbio. Alguien se gana la vida en Bucarest jugando a la ruleta rusa en oscuros locales. Sobrevive una y otra vez, hasta que logra suspender toda sensación de realidad en el lector. El libro que compré el jueves para que Cartarescu me firmara es Nostalgia, una colección de relatos que incluye como primer texto El ruletista, que releeré con gusto. Tengo curiosidad por conocer otros libros de Cartarescu, ya iremos comentando algunas impresiones.

Buenas lecturas
Sr. E