domingo, 11 de septiembre de 2022

Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 Volver a Philip Roth: Engaño y Mi vida como hombre

 

Otra de las cosas que he hecho en verano ha sido volver a leer a Philip Roth. Leo tanto sus libros que no es novedad que diga que en verano he vuelto a él. Pero es que me sienta muy bien volver a leer a Roth.

En primer lugar porque el tiempo ya ha dejado un margen suficiente para que podamos identificar cuáles son sus mejores obras, cuáles sus intentos fallidos, cuáles son obras menores pero llenas de encanto (literario), en cuáles podemos ver el modelo previo e imperfecto de una obra que aparecería una década después.

Roth tiene una obra lo suficientemente amplia como para ir haciendo relecturas de tanto en cuanto y como para que aún me queden algunos libros a los que acercarme (aunque cada vez tengo más dudas de si me queda pendiente alguno de los importantes).

Ya escribimos sobre él y su trayectoria.

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/05/philip-roth-novelista.html  

Cuando Roth murió en mayo de 2018 leí Némesis, que tenía sin leer porque me había desconectado de sus últimos libros, y me pareció un libro estupendo, una novela corta llena de nostalgia por un mundo que debía haber sido seguro y se estaba volviendo inseguro. Creo que no por casualidad decidí volver a leerlo cuando llegó el COVID y nos encerraron en casa durante algunos meses. En aquel confinamiento también releí la trilogía de Zuckerman encadenado, encontrando nuevos matices y recordando que La visita al maestro ya me había parecido un juego estupendo y muy arriesgado cuando la leí por primera vez (un juego de autores reales y espejos fantasmales que tendría muchos problemas para ser publicada hoy, por irrespetuosa).

El verano pasado compré, sin tenerlo previsto (había ido buscando otros libros a la librería, quiero decir) Sale el espectro, otra de sus novelas de los últimos años. Y sin ser una gran novela de Roth, sí era una gran novela. Esa es una de las ventajas de leer y releer a Philip Roth (una de las ventajas de leer y releer a los escritores grandes), que siempre nos asegura una buena calidad de prosa y una gran narrativa, y aunque algunos de sus libros no sean grandes libros, están muy por encima de la mayoría de obras maestras que nos cambiarán la vida en los próximos meses, según las promesas de sus editoriales y voceros.

También consulto, con frecuencia, su libro ¿Por qué escribir?, ensayos y reflexiones sobre el oficio y su manera (muy personal) de verlo y afrontarlo.

Este verano traje de la biblioteca uno de los libros menos conocidos de Roth (desconozco si porque él renegara de esta novela o por misteriosos mecanismos editoriales), una novela que de hecho no se ha reeditado con la mayoría de su obra ni ha salido en bolsillo. Engaño es una novela dialógica sobre el adulterio. Aunque en realidad es una novela sobre el adulterio de una pareja, un escritor judeoamericano radicado temporalmente en Londres y su amante. La parte más interesante de la novela nos presenta, sin contexto ni explicaciones, diálogos entre estos dos personajes en la habitación de hotel donde se encuentran. Mucho más que deseo, vemos la soledad de cada uno, el aburrimiento de la vida, las crisis creativas, el miedo a hacerse mayor y dejar de sentir, y sobre todo de producir, deseo. Muy buen libro (encajable, probablemente, en la categoría de obras menores del autor).

Mi vida como hombre, que es la otra novela de Roth que leí este verano, encaja más bien en la categoría de ajuste de cuentas que el autor también practicó con cierta frecuencia. Es una novela amarga, llena de reflexiones sobre el deseo y de decisiones insensatas provocadas por ese mismo deseo, llena de espejos entre el narrador, el autor del libro que está escribiendo el narrador, y los distintos planos de la realidad y la literatura en los que se van situando. Cómo refleja un escritor sus heridas en lo que escribe, y a quién hiere al hacerlo, es uno de los temas centrales de la novela. Los dos cuentos que abren la novela están firmados por Nathan Zuckerman, y uno de ellos es una obra maestra. Lo que la novela hace luego es salir del plano de Zuckerman y convertirlo en un personaje al que ha creado otro escritor, Peter Tarnopol, de quien se nos cuenta su verdadera vida, y cómo su tortuoso (por no decir algo peor) matrimonio con Maureen lo llevó hasta crear esos relatos.

Para quienes hemos leído bastante a Roth, tiene además el aliciente de que lo que se cuenta atribuyéndolo aquí a Tarnopol es algo que Roth contó después en la novela (biográfica) Los hechos. También releí, ahora que lo recuerdo, Los hechos, en aquellos meses de confinamiento, y apunté en mi cuaderno de lecturas que ese libro valdría para reivindicar la palabra autoficción, tan denostada gracias a los tristes experimentos de mesa de café de gente contando que está en la mesa de su cocina, tomándose un café, e intentando ver cómo lo cuenta.

Para finales de mes (tengo que racionarme las adquisiciones) tengo pensado acercarme a alguna librería de las que frecuento a por El profesor del deseo, que no tengo claro si he leído, pero sé en cualquier caso que quiero leer con calma y profundidad. Me vale como propósito de inicio de curso.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Vuelta al cole: Algunas lecturas del verano

 Algunas lecturas del verano

 

Tiene el verano algo de canto de sirenas. Nos promete mucho, y nos imaginamos las horas de lectura de las que dispondremos, si no como infinitas, al menos como una fila muy larga en la que las horas disponibles para leer se presentan para que les pasemos revista y la vista se nos pierde antes de ver el final.

Después, la realidad es otra y las horas de lectura, aunque sean muchas, siempre son menos. Pero es que la realidad siempre es otra y las promesas nunca acaban de cumplir todo lo que nos imaginamos que nos darían.

Llegué al verano, como llego a los veranos, pero especialmente a este, con una lista enorme de libros pendientes para ir leyendo. Había novedades del invierno a las que decidí dejar al menos medio año de margen, clásicos pendientes, libros especialmente gordos o especialmente exigentes y libros de los que esperaba tanto, pero tanto, que quise guardarlos para un momento especial.

Quizá la lección a aprender (y que difícilmente aprenderemos) es que el momento especial debe ser siempre el más cercano y que haga posible esa lectura. Carpe diem, que decían los clásicos, también para la lectura.

El caso es que no he leído durante el verano muchos de los libros que había señalado para estas fechas, pero no hemos venido aquí a llorar. Algunos los empecé pero los dejé pronto. A veces notas que no es el momento, y no me da ningún miedo dejar los libros sin terminar de leer, ni me hace sentir mal darme cuenta de que no es su momento. Apunto en estas obras que serán para otra verano (que es posible que también nos decepcione respecto a las expectativas creadas) El cuarteto de Alejandría, que lleva probablemente una década entre los clásicos que esperarán al verano.

A cambio de esos libros previstos y finalmente no leídos, han aparecido otros que no esperaba. Las circunstancias, o un regalo, o cualquier lectura que te lleva a otra, va torciéndote los planes. Y bien está que así sea. Es famosa la fórmula de Javier Marías según la cual hay escritores que se mueven siguiendo una brújula y otros siguiendo un mapa. Como lectores creo que somos algo parecidos, y en mi caso, aunque me empeño en dedicar horas a trazar mapas, acabo echando mano de la brújula con mucha más frecuencia.

Terminé junio con dos libros que creo que están entre los más particulares que he leído en lo que va de año, y ya estamos empezando septiembre.

Uno es Amor, de Maayan Eitan. Una novela corta, muy directa, que juega a subvertir la idea de amor y a convertirla, como tantas otras, en negocio. Y que lo hace a través de las vivencias de una deslenguada prostituta israelí que analiza su llegada a ese negocio y la trayectoria que va siguiendo en él.

El otro es Nostalgia de otro mundo, de Ottessa Mosfegh. La autora sonó bastante hace un par de años con una novela que debía ser bastante diferente (Mi año de descanso y relajación). Esta es una colección de relatos, irregular, si se quiere (toda colección de relatos, con las conocidas y canonizadas excepciones, siempre nos lo va a aparecer) pero llena de viveza, mirada propia, narradoras con un voces muy bien caracterizadas, y variedad de tonos en relatos en los que siempre hay algo incómodo, que en ocasiones cruza hasta la sórdido. Hacía mucho que no leía un libro de cuentos que me descolocara tanto, y hacía más tiempo aún que un libro de relatos no me diera tanta envidia y me diera tantas ganas de sentarme a escribir cuentos para poder compararlos con lo que acababa de leer (y darme cuenta, pero esa es otra historia, de lo vergonzoso de la comparación).

He leído bastante relato este verano, y he aprovechado para hacer relecturas de Las armas secretas, de Cortázar, y una relectura casi completa (salvo por su último libro) de los cuentos editados en España de Etgar Keret. Aunque me da la sensación de que se está tendiendo en los últimos años a una cierta caricaturización de Cortázar, creo que cuando se leen sus cuentos sus páginas nos recuerdan lo que es un autor de primerísimo nivel. Keret es diferente, más directo y extraño, pero otro genio. Y uno con el que es fácil reír, para que después se te quede la sonrisa congelada y te des cuenta de cómo trabaja, con qué maestría, ideas como la de la soledad del ser humano.

No es lo mejor que he leído de Zadie Smith, pero sus relatos de Grand Union me parecen recomendables, y quizá una buena primera lectura de esta autora. Tal y como comentábamos sobre las colecciones, irregular, pero los que son buenos (en algunos se nota demasiado que fueron encargos de revistas y se le pidió ceñirse a ciertos temas, cierto número de palabras, o que debió pensar en la clase de lectores que iba a tener) son realmente buenos.

No he tenido tanta suerte con los cuentos de Francamente, Frank, de Richard Ford. Y el caso es que Ford, como cuentista, me ha gustado mucho otras veces (De mujeres con hombres es un libro al que vuelvo frecuentemente, recuerdo con gusto Pecados sin cuento). Pero su personaje Bascombe y yo no acabamos de entendernos. La lectura interrumpida de su novela El periodista deportivo suma más puntos a esa tesis.

He leído novelas de las que guardo una impresión positiva (Leña menuda, de Marta Barrio, La edad del alambre, de Bárbara Blasco) y otras que ya he olvidado. He leído novelitas de autores de los que en otras ocasiones (otros veranos, mismamente) había leído obras de más enjundia. Brighton Rock, de Graham Greene, quizá represente mejor que ninguna esa categoría. Como novela de misterio no deja de ser pasable (cualquier libro de Simenon funciona mejor en ese sentido), y no tiene mayores valores literarios, aunque intenta aparentarlo (que quizá es lo peor).


En los días de playa leí junto al mar, bajo la sombrilla, Hay más cuernos en un buenas noches, una selección de artículos de Manuel Jabois. Fue una lectura muy agradable. Ligera, divertida. Ni soy especialmente seguidor de Jabois ni suelo (quizá haya sido mi primera vez) leer selecciones de artículos. El caso es que disfruté con estas columnas.

Viajé hasta Irlanda y me compré un ejemplar de bolsillo (ediciones de clásicos, bien cuidados, con buena letra, a 3 euros, lo digo por si tenemos que replantearnos algo en España) de Dublineses. Lo había leído, traducido, hace quince (si no veinte) años. Y no recordaba que me hubiera dicho mucho. Esta segunda lectura me ha hecho pensar en que estaba ante una obra maestra. No habiendo sido capaz de leer completo el Ulises hasta ahora, esto al menos me acerca un poco más a la figura de Joyce (de quien sí había leído con gusto el Retrato de un artista adolescente). No creo que la diferencia esté en haberlo leído en inglés. Es posible que estas historias, tan contenidas, tan chejovianas, necesitaran un poco más de edad y bagaje lector por mi parte.

Releí, después del atentado que sufrió, Joseph Anton, de Salman Rushdie. Es un libro de memorias en el que habla de sus años perseguido y escondido. Y es un libro que creo que nos enseña por qué puede molestarle un autor como él a los fanáticos. Entre otras cosas porque no se toma nada (ni siquiera las amenazas de muerte recibidas) con especial solemnidad. Y los fanáticos se pierden ante la ironía y la inteligencia. Y esto no es algo que solo le pase a los fanáticos que utilizan cuchillos o pistolas, sino a todos.

Terminé el verano con un amigo de Rushdie, Hanif Kureishi. Hace unos años leí seguidos varios de sus libros, y me gustaron mucho. Subió mucho en la escala de mi consideración. Este verano he releído, desde esa nueva posición, El buda de los suburbios, la única de sus novelas que había leído antes de aquel atracón. Tiene mucho ritmo, retrata muy bien lo que es criarse en una familia desclasada y llena de contradicciones de origen y destino, y se ríe mucho tanto de los viejos ingleses como de los nuevos ingleses. Y todo sucede en unos confusos años setenta, con buen rock de fondo y muchos padres desorientados buscando nuevos rumbos amorosos y espirituales. Un muy buen libro.

Como también lo han sido las dos últimas novelas de las vacaciones. Mientras el mundo espera la publicación de la traducción de los diarios de Patricia Highsmith, yo decidí echar en la última maleta del verano dos de sus novelas. El cuchillo es una historia de suspense malsano muy propia de la autora. Con matrimonios envenenados, movimientos psicopáticos, y un punto de culpa dostoievskiana. Recuerda a algunos de los personajes de Extraños en un tren y me ha llevado a pensar en que Gillian Flynn la había leído cuando se puso a escribir Perdida (detecto una cierta familiaridad en el aire enrarecido de esas casas, sin más, igual que digo que Highsmith había leído Crimen y castigo). Y el segundo de estos libros fue El diario de Edith. Mucho menos de suspense y mucho más costumbrista. Perturbador y bastante enfermizo. He visto que es una novela escrita en 1977 y leída desde hoy tiene muchas lecturas posibles sobre el papel de la mujer en la sociedad, los cuidados y otros temas importantes para el feminismo. Un libro que te deja con muy mal cuerpo, eso seguro.

Voy a cruzar la frontera entre las vacaciones y la rutina del trabajo con Principiantes, de Raymond Carver. Hasta ahora me había resistido a leerlo. Para quien no lo sepa, son las versiones iniciales de los cuentos que acabarían formando parte del libro que conocemos como De qué hablamos cuando hablamos de amor. Releí esos cuentos, precisamente, hace un par de años, durante aquella época de confinamiento. Y volvieron a enamorarme de la prosa de Carver. Y al final me he decidido a leer esta versión. Para quienes no conozcan demasiado la historia, el editor Gordon Lish trabajó mucho en la labor de poda y recorte de los cuentos de Carver, dándole lo que los lectores hemos identificado durante años como el estilo de Carver, que quizá sea un estilo más de Lish que de Carver en algunos aspectos. Supongo que iré leyendo algunos cuentos con su hermano más breve en paralelo. De momento me estoy encontrando con buenos relatos, pero con relatos que no parecen de Carver en muchos momentos, quizá cuando son realmente más de Carver que otros muchos. Las contradicciones del sistema editorial y los caminos torcidos que llevan a la fama.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 19 de mayo de 2022

Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward

 Como una moto: la vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward.

Quienes (todavía) me aguantan y bien me escuchan o bien me leen, me han oído hablar de este libro desde que lo leí por primera vez (lo recuerdo perfectamente) en enero de 2018. Lo encontré en la sección de biografías de mi biblioteca habitual, y fue la casualidad la que me llevó hasta él. Buscaba yo
Mi último suspiro, la biografía de Luis Buñuel (que pese a lo que el catálogo digital anunciaba, no estaba disponible; en general no estaba, o se había perdido cambiado de sitio entre las decenas de miles de volúmenes de la biblioteca, que viene a ser lo mismo) y me topé con una vieja edición, muy llamativa, de este libro. Había sido editado por una pequeña editorial (Papel de liar) y creo que circuló muy poco. Me alegra que se haya recuperado y que Libros del Kultrum haya optado por intentar promocionarlo. Espero que llegue a muchos lectores.

Lo primero que me llamó la atención es que el autor fuera Bob Woodward, ese famoso periodista del Washington Post al que interpretaba Robert Redford en Todos los hombres del presidente, uno de los que sacaron a la luz el caso Watergate. Supongo que me sorprendió por un problema de traslación del mundo cultural americano al español. Me costaba imaginarme a un Iñaki Gabilondo escribiendo sobre un humorista de vida interior atormentada y que terminó mal. ¿Quién fue el John Belushi español?, sería la siguiente pregunta que uno se haría. Y no vale la pena hacerse esas preguntas, aunque si veis el documental Eugenio, veréis algunos paralelismos.

Es un tópico ya muy usado ese del payaso triste. ¿Es que acaso todos los hombres que nos hacen reír están rotos por dentro y buscan la aprobación y el cariño de los demás en sus carcajadas?

Tampoco puedo decir que leyera por primera vez este libro, o que haya estado deseando que hubiera una reedición para poder conseguirlo y releerlo porque yo fuera un gran admirador de John Belushi. Apenas le ponía cara, y sobre todo lo conocía como Jake Blues en la película de los Blues brothers, una película muy divertida, con una gran banda sonora (Belushi se esforzó mucho por resultar convincente como cantante de blues, y aunque su fuerza es imitativa, hay que reconocer que es realmente poderoso) y en la que, después de leer el libro, es complicado no ver el rastro de varios kilos de cocaína. Belushi era, en Estados Unidos, un cómico muy popular gracias al formato del Saturday Night Live, poco visto por aquí (aunque estoy convencido de que habrá un ejército de exclusivos que dirán que lo conocían sobre todo por aquel programa) y peor adaptado (en el libro se comenta, y es para olvidar, a aquel Emilio Aragón noventero diciendo, a imitación de Chevy Chase, lo de Yo soy Emilio Aragón y usted no).

Belushi llevó el formato, y el humor que allí se hacía, al límite. Su fuerza estaba en la comedia física, pero también en lo rápido que sabía captar lo que iba a hacer gracia, a veces de manera directa y a veces incómoda. Sabía manejarse con la voz, con el cuerpo, con la música, con los juegos de palabra. Sabía buscar petróleo en algunas heridas familiares, como lo era la escasa adaptación de sus padres a la vida americana. Un famoso sketch de Belushi, en el que este regentaba una hamburguesería en la que solo se podían tomar cheeseburgers (y no fries, no Coke), con una imitación de un acento europeo poco determinado era una parodia de su padre, que tuvo (y perdió) dos restaurantes que fueron su vida. Los padres de Belushi, y aquí había una clave de la historia de todos ellos, venían de Albania, un pequeño y pobre país con un régimen comunista rayano a la locura, y nunca quisieron que se supiera en su pequeña ciudad americana, por lo que los hijos se acostumbraron a decir que eran de origen griego, que les parecía algo más normal y respetable. El restaurante del sketch cómico, el Olympia, sí era griego (aunque con una carta más que limitada).

Como una moto se puede leer como un tratado sobre la adicción. Y también como una novela. Funciona como una historia parecida a Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Como en aquella novela, aquí se está reconstruyendo lo que sucedió. Todo el mundo que habla y opina, todo el que convivió con el John Belushi que se hizo millonario al cumplir los treinta años, como él mismo lo describía, tenía la sensación de que acabaría muerto. Era cuestión de tiempo. Lo sabía su mujer. Lo sabía su hermano. Lo sabían sus amigos, sus productores, su manager. Pero nadie hizo nada por pararlo. Quizá, se decían, no era posible pararlo. Más que un loco en moto era un camión bajando una cuesta sin frenos. ¿Quién va a pararlo?

Además, no lo olvidemos, era el final de los setenta y el principio de los ochenta. La cocaína, la principal adicción de Belushi (junto a los quaaludes que le ayudaban a bajar y frenarse un poco) estaba bastante normalizada en el mundo del espectáculo. Belushi tenía pánico a actuar sin ella, que le ayudaba a estar siempre a tope, rápido, a no perder ni un chiste ni dejar que se le pasara una situación potencialmente graciosa.

Belushi no tenía una gran fuerza de voluntad, eso es un hecho. Le gustaban demasiado las drogas. Pero es otro hecho que nadie era capaz de ayudarle a detenerse.

En ocasiones trataba de dejar la cocaína, pero la gente seguía ofreciéndosela. Si la rechazaba, le apremiaban. Belushi no era divertido viendo cómo los otros se metían; era divertido cuando participaba. La cocaína le volvía más positivo; hacía que las cosas resultaran importantes e intensas.

Todos a su alrededor sabían que acabaría con él. Pero tampoco querían renunciar a la chispa de Belushi. Ni a su parte del negocio.

En un momento del libro se dice que el ritmo que llevaban en Saturday Night Live era imposible de seguir sin estimulantes, y que entre todos los posibles habían decidido que usarían la cocaína. Lo que realmente necesitaban era cogerse unas vacaciones, pero como no se las iban a poder tomar, las drogas eran sus vacaciones.

La sentencia, como en la novela de García Márquez, estaba escrita desde el principio, y todos se iban encontrando con el futuro cadáver y solo decían eso: por ahí va alguien que está sentenciado.

Este diálogo entre el médico del rodaje y el productor se produce casi al principio del libro. Sobre él se construye todo.

Tienes que apartarlo de las drogas –dijo el doctor quedamente–. Si no lo haces, sácale tantas películas como puedas porque solo le quedan dos o tres años de vida.

Belushi acabó reventando, y su nombre quedó asociado a la combinación de cocaína y heroína (speedball) que se lo llevó por delante. Woodward nos cuenta que con su muerte algo acabó en Hollywood. El abuso de drogas, hasta entonces bastante tolerado, empezó a verse de otra manera. Muchos de sus amigos pusieron sus barbas a remojar (el cómico Robin Williams, entonces en la cumbre de sus adicciones, fue uno de los interrogados durante la investigación de su muerte, ya que había pasado aquella noche con él, y contaba que ahí se dio cuenta de que tenía que moderar mucho sus hábitos) y buscaron ayuda médica, o redujeron mucho sus consumos.

Como sucedió con el asesinato de Sharon Tate quince años antes, en un sentido muy diferente, la muerte de Belushi marcó el final de algo. Nos queda este libro para comprender un mundo y una época. Y para ver cómo terminó. Y para tener un acercamiento más a un temperamento indomable, a una personalidad obsesiva y adictiva, y también a una brutal fuerza creadora.

Belushi murió a los treinta y tres años. Cuarenta años después, sigue siendo un mito.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E  


lunes, 9 de mayo de 2022

El club, de Leonard Michaels

 El club, de Leonard Michaels.

Hablaba de la autoficción no hace mucho. Y hablaba de que la autoficción consistiría, en origen, en ficcionalizar algo que estuviera cerca de la vida del autor.

Creo que por seguir con ese juego El club es una autoficción. Su prólogo (escrito para la reedición) profundiza en esa idea, con un juego muy propio del Philip Roth que escribió Los hechos, con un personaje que pide tener voz para negar lo que sobre él han dicho. Me quedo con serias dudas sobre si el Harold Canterbury que firma el prólogo es realmente una persona airada porque se haya producido una grave confusión entre él y un personaje o es un requiebro posmoderno más. El libro juega a regatear la noción de realidad objetiva y a la confusión. Y en el fondo da lo mismo lo que quiera ser. Todos esos juegos son muy secundarios. Aquí vamos a leer una historia. Una novela.

Y además vamos a tener la suerte de leer una novela de primera. Y de esas que apenas se conocen, de las que te llegan de sorpresa, te golpean y te tumban.

La cogí en la biblioteca porque vi que tenía una introducción de Rodrigo Fresán, que seguía las clásicas normas de la introducción de Rodrigo Fresán. La información nos viene clasificada y en una escaleta numerada. Hay mil referencias externas a la novela. Y exuda entusiasmo. Creo que no hay un lector más entusiasta viviendo en España que Fresán. Y todo lo que le entusiasma lo hace de manera genuina. Aunque es cierto que en los últimos años me la ha colado alguna vez, sigo cayendo en sus recomendaciones. No dejará de ser, para mí, el autor que hizo que leyera Postales de invierno, de Ann Beattie (ahora volveremos sobre ella) y los cuentos de John Cheever (en aquella edición de mediados de los 2000 que se llamó La geometría del amor, con sus quince o veinte cuentos fundamentales).

De este Leonard Michaels creo que hubo hace unos años una edición de sus Cuentos completos (mi memoria me dice que en Lumen) y curioseando después de leer el libro veo que Libros del Asteroide ha editado recientemente otra novela (Sylvia). Después de mi encuentro fortuito (al mismo nivel que cuando chocas con un camión) con El club, buscaré más. Aunque antes releeré El club. Porque escribo estas líneas con la resaca de haberme acostado anoche a las tantas leyéndolo. Lo de leerlo del tirón fue literal. Hacía mucho (muchísimo) que no cogía un libro a las once de la noche y lo dejaba camino de las tres de la madrugada, siendo el día siguiente uno de esos en los que tenemos que madrugar quienes trabajamos para vivir.

¿Qué nos cuentan en El club? No es que la sinopsis que pueda hacer de la trama sea apasionante. Un grupo de hombres, en los últimos años de su treintena o en los primeros de su cuarentena, deciden fundar un club para hombres. En realidad lo decide uno de ellos, y convence a otro, y estos dos invitan a los demás, que van un poco por probar. Cuesta salir de casa después de la cena, dice uno de los nuevos miembros. Pero todos han ido. ¿Por qué un club y por qué para hombres? Porque los tiempos están cambiando y las mujeres tienen sus propios clubs y ellos también quieren sentirse especiales, básicamente.

La novela está escrita en 1975, y se nota que los tiempos habían cambiado, pero tampoco se sabía muy bien por qué ni hacia dónde. La marihuana, el intercambio de parejas, el sexo más o menos libre, las parejas abiertas, todo eso ha sido asimilado y todos ellos se mueven con naturalidad en ese mundo. ¿Y? Y poco más. Son, en esencia, y con todo lo que se supone que han avanzado, seres vacíos, llenos de heridas y resquemores. Todos han perdido más de lo que han ganado. Una de las cosas que tienen en común los miembros del club es que todos se han divorciado.

Todos, cuando se decide que la dinámica de la primera sesión del club (porque asistimos a la sesión inaugural) consista en ir hablando y contando una historia, como en una sesión de terapia (el anfitrión es psicoanalista, los invitados son médicos, abogados, profesores universitarios, hay dinero de sobra y buenas casas), mostrarán heridas. Heridas provocadas por mujeres y pérdidas, esencialmente, aunque no solo. Y no todas iguales.

La noche se irá volviendo rara, se hará demasiado larga, habrá historias patéticas, asaltos al frigorífico, mucha bebida, confesiones, juramentos de camaradería y alguna pelea. Y acabará, al amanecer, cuando la mujer del anfitrión vuelva y les diga que hagan el favor de recoger ese desastre. Suenan los ecos de aquella Lauren Bacall gritándole a Humphrey Bogart y sus amigotes que no eran más que una pandilla de ratas borrachas y a aquellos dándole la vuelta al insulto, luciendo la medalla y empezando a presentarse como el Rat pack.

El libro es crudo y no tiene compasión con lo que muestra. Me ha recordado, por esa mirada vitriólica, a Houellebecq, que ha profundizado aún más en el vacío existencial en el mundo posmoderno y aparentemente más libre que nunca. Por su escritura contenida y siempre bien medida, por la poesía de su vacío, me ha hecho pensar en La edad del desconsuelo, de Jane Smiley. Y porque viene a romper con todas las ilusiones de lo previo, si las hubo, al ya citado (y alabado por Fresán) Postales de invierno. Claro que allí quedaba esperanza. Era un libro melancólico pero lleno de esperanza. Poca hay aquí, en estas menos de doscientas páginas.

¿Es un libro misógino?, se pregunta Fresán, nos podemos preguntar los lectores. Es un libro en el que las mujeres solo aparecen como referencias, nunca como personajes. El único personaje femenino de hecho surge para cerrar el libro acabando con la fiesta. Pero no creo que se pueda leer como un libro que reivindica ninguna superioridad de los hombres. Al revés. La llegada de ella ilumina aún más el patetismo de todos ellos. Niños grandes, bobos, satisfechos de conocerse, necesitados de guía para no descarrilar constantemente.

Se lea como se lea y se interprete como se interprete, es una gran novela. De eso no me cabe ninguna duda. Y es de esas que te piden (a quienes escribimos) escribir. A su sombra o contra su modelo. Pero sentarte y escribir. Como pasa con La edad del desconsuelo y con Postales de invierno. Como pasa con los libros que son realmente grandes. Holden Caulfield decía aquello de que sus libros preferidos eran aquellos en los que sentía que quería ser amigo del autor. Creo que es algo común entre quienes escribimos que los libros que preferimos son aquellos que nos llevan a escribir. No creo que muchos quisiéramos conocer a quien los ha escrito. Este de momento me ha llevado a sentarme aquí, a teclear esto con urgencia, aunque solo sean unas líneas para conocer lo que pensamos, y a desear que llegue el momento de una relectura más pausada.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

 

viernes, 29 de abril de 2022

Desde dentro, de Martin Amis

 Desde dentro, de Martin Amis

 

Leí Experiencia, de Martin Amis, hace cosa de quince años (me parece que todos los libros que me han marcado, para bien y para mal, como lector y escribidor, los leí hace quince años, aunque esos quince años no son una referencia fiable, son solo una barrera mental, un tótem) y me convenció, junto con La información, de que Amis era realmente un escritor de primera, único en lo suyo (fuera lo que fuera) y que era la clase de escritor que nunca ganaría un Nobel (alguien de aquella generación tantas veces llamada Granta lo ganaría, porque esto es como cuando un equipo de fútbol gana todos los torneos a la vez, algún jugador se llevará el Balón de oro, hay que decidir cuál; el elegido aquí fue Ishiguro, hay mucho que comentar al respecto) y que acabaría mal (literariamente).

No sé por qué tenía yo ya aquellas dos sensaciones, pero se han ido cumpliendo. Cada vez se le hace menos caso y, no nos engañemos, cada vez ha ido haciendo libros más insustanciales, menos importantes, menos ambiciosos y menos conseguidos. Leí que incluso tuvo problemas para que Anagrama (su editorial de siempre en España) publicara alguna de sus últimas novelas. Amis, siempre lo digo, podría no volver a escribir nada bueno, que aun así tendría un póker para enseñar al final de la jugada y quedarse en un lugar muy alto entre los escritores de su generación. No hay tantos (hay muy pocos) autores vivos que puedan competir con una jugada compuesta por Dinero, Campos de Londres, La información y Experiencia.

Pasaron esos quince años (sean más reales o más simbólicos) y vi que había prestado (y perdido, no siempre es así, pero aquí sí) La información, y ahora es un libro bastante difícil de encontrar y que no tenía Experiencia (nunca lo había tenido, lo leí en la biblioteca y había releído pasajes de esa misma copia de la biblioteca; hay libros en los catálogos que deberían venir a nuestro nombre). Conseguí Experiencia a un precio de locura (no recuerdo exactamente si fueron 2 o 3 euros) en un mercadillo de libros y me puse a releerlo. Y como decíamos en la anterior entrada, qué más da si es autoficción, memoria, no – ficción o un ajuste de cuentas con el olvido y un padre novelista. Es un librazo y como tal hay que tratarlo, dejarlo que nos vapulee y manipule, disfrutarlo y decirle hasta la próxima, aunque nunca se va del todo.

Mientras lo releía, crecía en mí esa sensación que tenemos con algunos libros, ese miedo a que se nos acabe lo bueno. Y vi que era el momento de aprovechar y hacerme con Desde dentro, antes de que desapareciera, y leerlo.

En Desde dentro volvemos al terreno conocido de la memoria y la reflexión, de la experiencia, otra vez. Aunque en esta ocasión los temas centrales son otros. No hay tanta figura del padre (aunque sí la hay, pero son los padres únicamente literarios, los elegidos, esos Bellow y Nabokov con los que siempre le gusta relacionarse) ni tanto accidente como en aquel otro libro.

Desde dentro tiene una estructura peculiar, en la que se nos invita a entrar como si se nos fuera a explicar, desde el interior, cómo se construye una obra literaria. ¿De ficción o de no – ficción? Otra vez quedará esa pregunta sin responder. Tampoco va a salir uno de esta lectura habiendo aprendido nada que pueda aplicar a su escritura. Pero habrá entrado en el taller de palabras de Martin Amis. Y hay (lo reconocerá cualquiera, aunque sus libros no le entusiasmen, ni los pasados ni los futuros) pocos autores que le saquen tanto brillo a las palabras como él. Un buen amigo, que leyó La información (y no fue quien se quedó con mi ejemplar) me dijo que era difícil encontrar esa calidad de prosa en demasiados autores. Estoy de acuerdo.

Por su taller pasan sus obsesiones, sus amigos (aparece especialmente Christopher Hitchens, el amigo raro, el amigo perdido, el autor de otra maravilla de la ficción como son sus memorias, Hitch – 22), sus maestros, sus lecturas.

Sus amores y desamores. El sexo como fuerza motriz de la vida. El miedo a la muerte (literal y literaria). El deseo. Las peleas. Los hijos y la relación cambiante con esos seres que van creciendo y llegan a la edad de cuestionarnos.

Estamos ante un libro que es la vida, que es una vida pero tiende puentes hacia la de casi cualquiera de sus lectores. Un libro que también es como una casa enorme y acogedora, llena de recovecos donde tumbarse a reflexionar, de ventanas desde las que mirar hacia fuera. También una casa que a veces nos quiere echar fuera, que nos duele.

Un libro que vale mucho la pena abrir, para caerse en su interior. Y que recomiendo que, quien pueda, lea en tándem con Experiencia, para doblar la apuesta y ver que la vida cambia tanto en veinte años como apenas cambia en veinte años. ¿Contradictorio? Claro. Pero también muy real.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 25 de abril de 2022

Sobre la autoficción (aunque íbamos a ir por otros rumbos)

 Sobre la autoficción (aunque esto iba a ir sobre Experiencia, de Martin Amis)

Hablamos mucho, hablamos demasiado, de autoficción. Y no sé si todos pensamos en la misma clase de libros cuando hablamos de autoficción.

Entiendo que, como su nombre indica, la autoficción no debería renunciar a esa condición primera de ficción, y que desde ella, o hacia ella, construiría relatos del yo. Una autoficción, en ese sentido, serían muchas de las novelas de Philip Roth. O lo serían una mayoría de los relatos de Bolaño. O la última novela de Sally Rooney (Dónde estás, mundo bello), por ir a autoras más recientes, y por comentar otro libro que también he leído recientemente.

Autoficción sería también, si a eso vamos, El resplandor, de Stephen King, pues no es más que la novela que un autor en un momento de crisis empieza a imaginar. ¿De qué sería capaz por terminar este libro que me saque de aquí? Mucha ficción parte de la experiencia o los miedos o las preguntas que el autor se hace. Se va tirando del hilo de preguntas como ¿qué pasaría si…? y se acaba llegando a donde la literatura nos lleve. No vamos a decir que toda ficción es una forma de autoficción, pero tampoco me quedaría yo lejos de una postura que defendiera que las obras de Kafka o Solenoide, de Mircea Cartarescu, son formas de autoficción.

Decía, y no quiero desviarme más, que me da la sensación de que hace ya demasiado tiempo que llamamos autoficción a otra clase de libros. A aquellos que pretenden contarnos algo que les sucedió a sus autores tal y como estos recuerdan que les pasó. Donde hay memoria hay literatura, y la mirada del autor puede hacer que en esas páginas los rastreadores de hechos reales encuentren incoherencias o datos poco claros, o que los personajes secundarios del libro, esos que conviven con el autor o autora, digan que algo de lo relatado no fue así para nada.

La hora violeta, de Sergio del Molino (hace ya mucho que hablamos de ese libro aquí, 

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2017/12/la-hora-violeta-de-sergio-del-molino.html)

es literatura, no tengo duda, y gran literatura, si alguien quiere mi opinión, pero no es (por desgracia para quienes lo vivieron) autoficción. Diría lo mismo de aquella saga del agotamiento del yo de Karl Ove Knausgard, aunque solo leí un libro. A ese le faltaban incluso hechuras de gran literatura, pero esa solo fue mi opinión, ya sabemos que mucha gente lo vio como una obra maestra.

A donde quería llegar, pero ya no sé si llegaré, es que decimos autoficción cuando en ocasiones queremos decir no – ficción, o memoria, y no sé por qué sigue pareciendo necesaria la aparición de la palabra ficción, como si eso legitimara aún, aunque realmente hace dos décadas que la legitimidad parece haber cambiado de libros y que ahora lo importante es asegurar que algo fue así, es real, está lleno de vida, con sus heridas y sus crisis, con sus euforias y risas.

Quizá el problema sea sentirnos obligados a etiquetarlo todo. O que las editoriales se sientan obligadas a venderlo todo con su denominación de origen bien clara, para que nadie se confunda ni ofenda.

Quizá deberíamos leer más y etiquetar menos, y juzgar si un libro funciona o no, nos arrastra y nos emociona, es capaz de trascender, independientemente de qué nombre se le pueda poner.

Porque además todo esto venía porque releí hace un par de meses Experiencia, de Martin Amis, y después me fui a por Desde dentro, que es (muy relativamente) una especie de continuación de aquel, y son libros que no sabría cómo definir, que el mundo editorial no sabe muy bien cómo definir y qué más da, si lo que hay que hacer es zambullirse en ellos, calarse hasta los huesos con sus frases. Pero esto ya quedará para la siguiente entrada del blog, porque como me temía, me excedí en la introducción.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 22 de abril de 2022

Algunas ideas para el Día del Libro

 Recomendaciones para el Día del Libro

Esta era una entrada clásica del blog.


Me gustaba, la verdad, aprovechar esta celebración (que tiene tanto sentido como San Valentín o hacer regalos en el lugar de Papá Noel pero es la de quienes celebramos los libros) para hacer recuento de lo que quería leer próximamente, de algunas novedades que me hubieran llamado la atención, de lecturas que no había comentado o de libros que pensaba que podrían funcionar como regalos.

Aquí tenéis muestras (y muchas ideas)

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2019/04/algunas-ideas-para-el-dia-del-libro-2019.html

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2018/04/algunas-ideas-para-el-dia-del-libro.html

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2017/04/algunos-libros-para-el-dia-del-libro.html

http://cuentospendientessre.blogspot.com/2016/04/libros-para-el-dia-del-libro.html

El caso es que este año, será por la pospandemia o será por la edad, será el cinismo o que quiero ahorrar, me he sentado ante el teclado y me he dado cuenta de que estamos, como siempre, atropellados por las novedades. Y eso no es lo peor. Lo peor es que estamos atropellados por libros que nos dicen que son obras maestras que permanecerán y libros que marcarán una época y sobre los que discutiremos dentro de tres décadas. Y no es así, por supuesto.

¿Cuántos libros de los que se publiquen este año despertarán el interés de los lectores dentro de veinte años? ¿Los doce o quince que cada mes nos dicen que marcarán las tendencias y el rumbo de la narrativa moderna?

Y no me estoy refiriendo, claro, a los libros que escriben supermodelos, actores, futbolistas o políticos en retirada, que esos van por su propio carril. Me refiero a los que nos venden como literatura duradera, casi de la que hay que escribir con mayúsculas. Da un poco de reparo consultar las listas de grandes libros que vendrán este año que tantos periódicos y suplementos sacan a principios de año.

Da mucho más reparo consultar las listas de los grandes libros que se han publicado este año que todos esos mismos sacan a finales de año.

¿Quién va a leer Patria dentro de diez años? ¿O Feria? ¿O Panza de burro? ¿O…? Solo doy algunos títulos para situar la cuestión. Y no son malos libros ninguno de esos (Patria no lo he leído, así que no puedo saberlo). Es solo que son productos bastante pasajeros, que vienen de temporada y con la temporada se acaban. Como las naranjas, que ya pasaron. Como las mandarinas y las fresas, que están terminando su ciclo. Como las cerezas, que aún no asoman en la frutería.

El año pasado fui a tres librerías a por el último libro de cuentos de Etgar Keret. Creo que nadie que lo haya leído se escandalizará demasiado si digo que Keret es el mejor cuentista vivo. Y creo que incluso si alguien se escandaliza podrá darme la razón en que Keret es un best seller (en su escala, a su manera) escribiendo relatos. Y eso ya justificaría que sus libros tuvieran una distribución amplia y cuidadosa. Creo que debe ser un caso único en el mundo actual (quizá solo comparable a las ventas de Sergi Pàmies en catalán), el de alguien que vende bien con relatos de aire kafkiano. El libro llevaba menos de seis meses en el mercado español, y ya no estaba en ninguna parte. No solo eso, sino que en una de esas librerías que llaman a sus dependientes asesores, la chica que me atendía me pidió que le repitiera varias veces el nombre del autor por el que preguntaba antes de escribirlo en el ordenador y decirme que no estaba ese libro, que les quedaba una copia de su antología (Un libro largo de cuentos cortos).

Es una anécdota, sí. De acuerdo con que no se puede ir sacando conclusiones generales de situaciones particulares. Pero me desanimó de una manera quizá exagerada, pero duradera.

Así que no he mirado novedades este año. Me he ido a la Cuesta de Moyano con veinte euros (porque irte ahí sin un presupuesto cerrado puede ser una sangría) y la he recorrido dos veces de arriba abajo, he ido anotando libros que veía interesantes y al final he comprado un buen puñado de libros que no podría encontrar en otro sitio, que no están en las bibliotecas que frecuento, o que simplemente no conocía y me han llamado la atención.

He venido muy satisfecho con mi cosecha (al final he excedido un poco el presupuesto y han sido veintidós los euros invertidos). Y quizá me lo marque como nueva rutina para estas fechas de fiesta y desenfreno.

Por supuesto, si alguien quiere leer novedades, creo que no fallará si busca los últimos libros de Rodrigo Fresán (Melvill, y no, no me falta una e al final, es el inicio del juego) o Martin Amis (Desde dentro). Pero es que esos dos autores ya son casi clásicos. Desde luego hacen una literatura que va camino del museo de los escritores ambiciosos y antiguos. Y si nos fijamos, tampoco es que se les haya hecho demasiado caso. No recuerdo haberlos visto entre los libros que nos cambiarán la vida en 2022. Quizá solo por eso ya sean apuestas fiables.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E