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lunes, 29 de febrero de 2016

Cuentos pendientes de febrero

Mis lecturas del mes de febrero:



No quería perder la oportunidad de reseñar estas lecturas de febrero en un día 29, ya que son tan escasos. Del mes de febrero destaco especialmente mi segundo libro de Malaparte, dos novelas breves de Levrero que aún no habían caído en mis manos, una novela muy divertida de Kurt Vonnegut y una magnífica colección de cuentos completos, los del autor norteamericano Bernard Malamud.
  

 Cuentos reunidos, de Bernard Malamud: La primera colección de relatos completos a la que me acercado este año (aunque es un libro que te atrapa a un nivel que hace que el verbo acercar se quede muy corto, no puedes acercarte a este libro sin caerte por alguno de sus precipicios) son estos Cuentos reunidos de Bernard Malamud. Malamud es otro más en esa línea de magníficos escritores judeoamericanos, igualmente influidos por los narradores rusos del XIX, por Hemingway y los cuentistas americanos y por las leyendas de tradición jasídica. Malamud es compañero generacional de Saul Bellow, con cuyo mundo comparte muchos puntos comunes (la editorial lo define como hermano mayor de Bellow y Bashevis Singer, cuando la realidad es que tenía sólo un año más que Bellow, y Bashevis Singer era más de diez años mayor que ambos). Malamud fue el hermano con menos éxito en esa familia de narradores judeoamericanos. Bashevis Singer y Bellow ganaron el Nobel, y Salinger o Phlip Roth son narradores inmensamente más populares que él. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que Malamud fuera ninguneado o nunca alcanzara el éxito. La popularidad del relato en Estados Unidos es inimaginable en España y él era uno de los autores de relato más respetados de su generación. Tanto que el PEN Club instituyó en 1.988, al poco de su muerte, el Premio Bernard Malamud que reconoce a los mejores libros de relatos publicados ese año. Y ganó el Pulitzer de novela. El escritor I. L. Lonoff al que el joven Nathan Zuckerman acude a ver en la novela La visita al maestro de Philip Roth parece que estaba inspirado en él.
Yendo a los cuentos, Cuentos reunidos recoge 65 relatos escritos a lo largo de unos 40 años. Estos relatos vienen de 6 colecciones de relatos, y otros no reunidos previamente, que Malamud fue escribiendo de manera bastante regular, y sin ser un autor demasiado prolífico, a lo largo de todos esos años. La narrativa de Malamud bebe de la tradición realista llamemos rusa, la de los Chéjov y Dostoievski, dos autores con los que siempre se declaró en deuda, y también está influida por las leyendas del pueblo judío, religiosas ó no, que había escuchado desde niño. Aunque si hubiera que definirla de una única manera diríamos que su narrativa breve es esencialmente realista, no hay que perder de vista que algunos de sus relatos están en antologías de relato fantástico como Aguas negras, de Alberto Manguel (donde se incluye El pájaro judío). La idea principal que recorre casi todos los relatos es la de la ilusión. Muchos de los personajes viven en entornos pobres, que podrían llevarlos, en una tradición del relato chejoviano – carveriana, a aceptar el papel de seres grises, irrelevantes, pero muchos de ellos deciden luchar por ser algo más. Luchar no es precisamente un verbo de acción en el caso de muchos de ellos, que son, sobre todo, soñadores convencidos de que las cosas irán mejor el día de mañana o que perciben su propia grandeza con una dosis de irrealidad que el autor deja clara, con la ironía del narrador (un narrador que por lo general los mira con cariño y condescendencia, nunca los desprecia o los mira por encima del hombro). Un relato donde esto se ve claramente es La vida literaria de Laban Goldman. También sucede algo parecido en El tonel mágico, uno de sus relatos más conocidos, incluido por Richard Ford en su Antología del relato norteamericano, o en Lectura de verano, donde un adolescente sin oficio ni beneficio se convierte en una especie de leyenda de su barrio porque le nombra a alguien todos los libros que piensa leer próximamente para forjarse una inteligencia y una cultura dignas de tal nombre. Malamud decía que había quien le criticaba que siempre escribiera sobre la miseria, y él se defendía alegando que uno debe escribir sobre aquello que conoce y de lo que puede escribir mejor. Los personajes de Malamud tienen ese sentido común que a veces, en determinados puntos del relato, puede pasar por sabiduría. En Ten compasión, uno de los interlocutores, harto de preguntas, dice: “¿De qué murió? … Murió, eso es todo”. Y el lector nota que ahí debe terminar la conversación. Pero el otro personaje sigue haciendo preguntas, mostrándose como el idiota que es. Malamud domina perfectamente el paisaje de esos barrios obreros, llenos de inmigrantes judíos, como el mismo Brooklyn de 1915 en que él nació. En estos entornos puede situar historias estrictamente realistas con otras más fantasiosas, y todas funcionan. Cuando intenta alejarse de ellos, supongo que motivado por un intento de que sus historias resulten más cosmopolitas, se desdibujan algunos de sus valores y el resultado se resiente. Lo universal no necesita moverse por todo el mundo para serlo, y las emociones que se manejan en sus relatos lo son, y lo son más cuanto más cercanos al autor resultan los personajes. Bernard Malamud tiene un muy buen dibujo de personajes, y la facilidad para meternos en una historia con dos frases. A veces con una, y a veces con esas frases en apariencia intrascendentes que dicen mucho, como cuando al comienzo de Los dolientes presenta al personaje: “Kessler, ex – clasificador de huevos, vivía solo y cobraba de la Seguridad Social”, y con una información casi burocrática nos permite imaginarnos sus días y sus noches. Merece la pena sumergirse en los Cuentos reunidos de Bernard Malamud e ir paladeando poco a poco, al ritmo que a cada uno le pida el libro, sus historias, dejarse llevar a su mundo, modesto, aparentemente sencillo, pero muy rico en sueños y en matices.
 

Don Camaleón, de Curzio Malaparte: En el prólogo de esta edición, Malaparte se reivindica como alguien que nunca fue sumiso al fascismo italiano de Mussolini, por mucho que en la década de los 20 fuera un colaborador y propagandista del mismo. Como muestra entrega esta novela, que según cuenta publicó en 1.928 pese a que sabía que podía enemistarle con Il duce. Aquella primera edición apenas llegó a nada, y en su reedición, ya en los años 50, llega a un público mayor. Podemos creernos lo que dice Malaparte o podemos no creérnoslo. Yo no me lo creo. Me suena a reinvención del pasado. En España sabemos mucho de colaboradores que luego, retrospectivamente, habían sido héroes de la resistencia, aunque en el momento de las dificultades nadie se hubiera dado cuenta.
Don Camaleón es, necesariamente, por su escritura, su tema y la motivación de su autor a la hora de publicarla, una novela política. O una novela antipolítica. Pues se basa en la idea de que al final cualesquiera políticos van a ser iguales. Según Malaparte se definan como liberales, socialistas, republicanos o monárquicos, serán trepas y advenedizos que apenas mirarán por su ombligo y por el bienestar de los suyos. Ese clima generalizado de corrupción es ideal para que un demagogo autoritario como Mussolini se presente como la solución a los problemas de la gente. Soluciones fáciles a problemas complejos.
El texto que presenta Malaparte lo sitúa como un personaje cercano a Mussolini, quien a semejanza de lo que hizo Napoleón (un invento para estructurar la historia), quiere educar a un camaleón para que asombre a la sociedad biempensante italiana con sus ideas políticas. Malaparte y un amigo, Sebastiano, deberán educarlo en la filosofía, el arte, la literatura y la política. Y a ello se dedican con empeño (sobre todo el amigo, Malaparte se reserva el papel de testigo). Don Camaleón, como así se llama, se va adaptando perfectamente a las distintas circunstancias por las que pasa, según hacía previsible su naturaleza. Esto, el ser capaz de parecer más republicano que los republicanos cuando está entre ellos, más clásico que los clásicos, más piadoso que nadie cuando asiste a una tertulia de jesuitas, y más fascista que los fascistas, lo convierte en el preferido de la sociedad italiana en poco tiempo. Ahí está la crítica y el mensaje central de la novela, que critica, como hace Malaparte desde el prólogo a la sociedad italiana (en general a cualquier sociedad más o menos próspera), que se deja llevar por quien dice lo que quieren oír, en un mundo ya gobernado entonces por las encuestas de popularidad y la opinión pública y publicada. El prólogo, releído después de la novela, puede ser reinterpretado como un Malaparte que viene a decir: muchos mediocres me acusaron de fascista, y lo fui, pero no menos que todos esos mediocres que se callaron entonces y ahora me señalan.
El libro, el segundo que leo del autor, parte de una idea original y tiene una escritura brillante. La narración es ágil y está llena de referencias históricas y culturales de valor. Los prejuicios ideológicos, no obstante, lo pierden, y en muchos momentos asoma demasiado la intención del autor de posicionarse como el último justo en Sodoma, y si bien es verdad que no debía ser el único fascista de Italia en los años 20, pues esas dictaduras siempre se sustentan sobre una mayoría acomodaticia y silente, tampoco parece que fuese el librepensador que, por casualidad, iba a coincidir desde su libertad insobornable con las ideas imperantes.
 

La ocasión, de Juan José Saer: Pese a ser muy poco conocido en España, Saer es considerado uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX. Uno que tuvo mala suerte, pues es un poco posterior al boom (aunque empezó a publicar en los 60, y probablemente si los intereses comerciales hubieran remado a su favor hubiera podido estar ahí, con los más jóvenes de aquel momento, como Vargas Llosa, que es apenas un año mayor), y es mayor que los posteriores Piglia y Fogwill (otra vez una falsa impresión, pues apenas nació cuatro años antes que los otros dos). Por lo que sea, la obra de Juan José Saer nunca ha llegado en ninguna de las oleadas de narrativa suramericana que han llegado a España y han cosechado el beneplácito de la crítica y los lectores influyentes. Aunque ganó el Nadal en 1987, y nunca ha sido un premio pródigo en autores extranjeros. El caso es que Saer murió en 2.005 en París, donde vivía, sin ser uno de los indiscutibles de la narrativa argentina. Pese a que en 2.007 tres de sus novelas fueron elegidas entre las cien mejores obras en español del último cuarto de siglo por un número muy importante de destacados escritores (aquella famosa encuesta que encumbró a Bolaño con su 2666, sus Detectives salvajes y su Nocturno de Chile en el top ten). Quizá Saer fuera uno de esos que se consideran escritores para escritores.
La ocasión, la novela con la que Saer ganó el Nadal en 1.987, nos presenta a Bianco, un mentalista de origen indefinido, medio italiano medio inglés, quizá maltés, como el Corto, que se vio obligado a dejar sus actividades en Europa, como él dice, perseguido por los positivistas de París. Huyendo de esa conspiración positivista, llega a la pampa argentina, donde se hace amigo de un potentado, se casa con una mujer, se instala y va haciéndose cada vez más rico. En su nueva ciudad hay un par de hermanos conocidos por todos y protegidos por el párroco local, La violadita (cuya desgracia ya se anuncia con ese sobrenombre que asumiría después con naturalidad) y su hermano, un hombre que parece incapaz de relacionarse del modo que el mundo moderno necesita, que parece prácticamente tonto, en realidad, pero que hará lo que sea por protegerla y en quien parece haber alguna clase de poder que atrae hasta él a Bianco. Bianco quiere reflexionar sobre sus poderes, buscar el modo de defenderse de quienes lo acusaron y lo obligaron a dejar Europa. Bianco observa que a medida que su fortuna va creciendo sus poderes se debilitan.
La novela, sin parecerlo, y es su gran mérito, es una novela histórica, que nos da un paseo por algunas de las ideas de finales del siglo XIX y principios del XX, por el enfrentamiento entre teorías científicas e ideas mágicas, entre el mundo racional y el de los que afirman tener poderes. La prosa de Saer es hipnótica. Aún sin haberme atraído demasiado la historia, cada vez que estaba leyendo el libro me metía profundamente en él, gracias a una escritura que te va envolviendo y te lleva a su terreno.

 

Barbazul, de Kurt Vonnegut: No sé por qué pensaba, hasta que lo leí, que Vonnegut era un escritor de ciencia – ficción. Probablemente porque había leído alguna de esas listas de autores en los que se deja al pie de página, en los márgenes, a los autores con los que no se sabe muy bien qué hacer y a los que se puede relacionar a través de un finísimo hilo con alguno de esos géneros que consideran menores y casi despreciables. Y alguien a quien yo le leí una lista de autores contemporáneos debió decir: en las novelas de Vonnegut a veces hay un tío que dice ser capaz de comunicarse con extraterrestres. Y lo que en una novela de alguien a quien considerara indiscutiblemente serio lo haría calificarlo de personaje extravagante debió hacer que a Kurt Vonnegut Jr. lo situaran en el campo de la ciencia – ficción. Sé, bromas aparte, que Vonnegut escribió algunas colecciones más o menos adscritas al género en sus comienzos, y es cierto que hay extravagancias como ésa en sus novelas, pero Vonnegut fue siempre, sobre todo, un escritor sarcástico. Barbazul es, sin duda, una novela sarcástica.
Su protagonista, Rabo Karabekian, es un viejo pintor armenio, tuerto y viudo, que hace memoria de sus días en la Tierra. Lo hace a instancias de Circe Berman, una escritora que aparece en su lujosa propiedad, heredada de su mujer, y lo anima a escribir todo lo que ha vivido. Berman es una autora prácticamente desconocida pero que bajo pseudónimo escribe unas novelas juveniles que se venden por millones. Berman viene a romper la paz en la que vive Karabekian, casi sólo, apenas acompañado por su único amigo, un fracasado novelista, trasunto del propio Vonnegut.
Karabekian nos acerca a los primeros años 20, donde aprendió todo del dibujante de origen armenio Dan Gregory. Desde ahí, nos va mostrando cómo se desarrolló el expresionismo abstracto, del que el propio Karabekian fue parte fundamental, junto a autores como Mark Rothko y Jackson Pollock, hasta que la pintura que utilizaba, la que le habían prometido que duraría siglos, empezó a desprenderse de sus obras, dejándolo convertido en el hazmerreír de su generación y del mundo del arte. Eso sí, fue un gran coleccionista que fue acumulando multitud de obras de gran valor.
La historia de Karabekian, más que explicar con detalle un movimiento concreto, el expresionismo abstracto (aunque coincide en detalles con ellos, en el uso de graneros como grandes espacios de pintura en los que almacenar sus enormes obras, en el descubrimiento de la pistola de pintura como herramienta artística), es un retrato del mundo del arte, y esto incluye, me imagino, al mundo literario. Un mundo en el que el valor de las obras se mide por el precio que consiguen que se pague por ellas, donde las apariencias están por encima de lo verdaderamente valioso, y donde ya se ven las dinámicas que casi treinta años después de la escritura de la novela se han ido confirmando.
Barbazul también nos muestra la realidad de los inmigrantes que llegaron a California a principios del siglo XX, como los Karabekian, que pertenecían, en particular, a la minoría armenia que huyó de Turquía ante el genocidio que los turcos llevaron a cabo contra ellos. El padre de Karabekian ya era un perdedor, que dejó un trabajo de profesor de Matemáticas en Europa y se fue a la ciudad menos próspera de California, donde nunca encontró trabajo más que de zapatero. Un zapatero aburrido y triste, como su hijo cuenta en repetidas ocasiones. Y nos enseña la realidad de la matanza de los armenios, uno de los mayores genocidios del siglo XX que sigue siendo bastante desconocido y que en Turquía es delito nombrar como tal genocidio. Estas matanzas, la capacidad del ser humano para hacer el mal a escala industrial, es una de las ideas que más obsesionaban a Vonnegut, que fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, experiencia que retrata magníficamente en Matadero cinco. Por último, aclarar el origen del título de esta muy recomendable novela. Circe Berman le pregunta a Karabekian por la obra que guarda en uno de los graneros, siempre cerrado, y este le cuenta la historia de Barbazul, quien le dijo a su esposa, puedes entrar en cualquier lugar del castillo excepto en esa estancia. Y claro, ella entró al lugar prohibido, encontró a la primera esposa de Barbazul, y él tuvo que matarla. Su tercera esposa cayó en el mismo error. Etcétera. Como el propio Vonnegut nos recalca, la primera mujer de Barbazul debió ser asesinada por otros motivos. Aquí nadie muere decapitada por entrar allí. El gran cuadro de Karabekian es uno de esos mcguffins sobre los que hacer avanzar la trama.

 

Fauna y Desplazamientos, de Mario Levrero: Voy a hablar mal de un libro de Levrero. No tanto, realmente. Pero al menos no voy a hablar de él con entusiasmo. Fauna y Desplazamientos son dos novelas cortas reunidas en un mismo volumen por su editorial, que aparecieron recientemente en España. Son textos escritos a finales de los setenta (Fauna) y principios de los ochenta (Desplazamientos). Son dos novelas cortas que la editorial decide presentar agrupadas y que en la mayoría de las ediciones uruguayas y argentinas previas ya venían emparejadas. ¿Emparejadas por qué? Supongo que porque los editores no creyeron que novelas de poco más de cien páginas no funcionarían demasiado bien en cuanto a ventas, y que quizá eso iría mejor ofreciendo dos al lector. Aparte de eso, no se ve demasiado bien qué tienen en común. Porque tienen poco que ver, aunque se nos dice que son dos historias de fascinación por ciertos personajes femeninos. Pero eso es común en casi todas las novelas de Levrero, hay algún personaje femenino que atonta y hace actuar sin sentido al protagonista.
Hay dos Levreros que me interesan y me fascinan. El simbólico – fantástico de La trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar, París), que es también el de los relatos cortos que he podido leer (aunque en la narrativa corta es más abiertamente fantástico), y el confesional de sus diarios, probablemente sus obras maestras (no diré sus obras mayores porque Levrero no era alguien que aspirara a las obras mayores, sino más bien a conseguir que sus obras, todas menores, fueran radicalmente personales), El discurso vacío y La novela luminosa, un Levrero que se estaba ensayando a sí mismo en Burdeos, 1972 y Diario de un canalla, de los que hablé el mes pasado. Hay un tercer Levrero, el de las novelas menores, que se olvidaba de los simbolismos, que quizá reflexionaba menos sobre su labor, y aunque nunca dejaba de conectar con su subconsciente en esas narraciones, las apoyaba más abiertamente sobre estructuras y argumentos más o menos policiales, novelas que como lector adoraba. De ese Levrero sólo me han parecido destacables El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos, una novela que para muchos estudiosos de Levrero supuso un punto de inflexión definitivo en su obra, ya que después de ella se concentró en su nueva escritura, y empezó a trabajar en El discurso vacío. A ese Levrero pertenece Fauna. Fauna es, quizá, el texto que menos me ha gustado nunca de Levrero, es una novela corta de mero entretenimiento. Un parapsicólogo (Levrero fue muy aficionado a la parapsicología) con el que contacta una rubia despampanante para encargarle un trabajo que lo pondrá en apuros. La novela se desarrolla sobre los tópicos de la novela policial, o pseudopolicial. El personaje se ve atrapado en una trama de dobles mujeres, gemelas indistinguibles (Fauna y Flora) que quizá son las dos personalidades de una misma mujer, una de las cuales lo tiene obsesionado, otros personajes que aparecen y desaparecen, y malos malísimos. Es el Levrero más gamberro. Esta novela me ha recordado especialmente a Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La banda del ciempiés.
Desplazamientos enlaza más directamente con el Levrero simbólico – fantástico de La trilogía involuntaria. Desplazamientos es, si cabe, más experimental y oscura que las tres novelas que componen dicha trilogía. El protagonista debe ir a cobrar unos alquileres pendientes a una casa que gestionaba su padre hasta su muerte, una casa en la cual él se había criado. El protagonista va encontrándose con las miserias, variadas pero todas humanas, de los distintos inquilinos, que van reflejando sobre él lo que pensaban de su padre, un hombre con el que tampoco él tenía una buena relación. La narración es extraña, pues vuelve en ocasiones a puntos anteriores de la misma, como si el personaje hubiera cruzado una puerta que en vez de hacia delante lo llevara hacia atrás. Es una novela interesante, mucho más que Fauna, pero no produce la perturbación de las novelas de la Trilogía. Es un ejercicio de estilo interesante que se acerca al mundo de aquellas pero que no funciona tan bien. Una novela menor y otra en parte fallida, para resumir.



Relecturas:
 Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, de Roberto Bolaño y A. G. Porta: Consejos fue la primera obra publicada tanto por Bolaño como por A. G. Porta. Lo hicieron en 1.984, gracias a un Premio de Novela convocado por el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Las novelas escritas a cuatro manos son poco frecuentes. Bolaño y Porta nunca explicaron de manera clara cómo la escribieron, hablaban de que uno escribía unas páginas y se las mandaba al otro, y que no sabían al final quién había escrito qué y quién había corregido a quién. La verdad es que leída la novela, hay capítulos en los que se nota la mano dominante de Bolaño y otros en los que se nota el estilo de Porta como el mayoritario. Porta era el fanático de Joyce, así que suponemos que Bolaño era el discípulo de Morrison. Bolaño es uno de los gigante de la literatura hispanoamericana de las últimas décadas, y A. G. Porta escribió, después de muchos años alejado de la literatura, la que para mí es una de las mejores novelas españolas de las dos últimas décadas, Concierto del No – Mundo.
Es la tercera vez que me acerco a Consejos, y siempre lo he hecho esperando una obrita menor, una de esas novelas de Bolaño que no habían tenido visibilidad y que ante el crecimiento póstumo de su figura empezaron a aparecer. Y siempre me he encontrado con una novela más ambiciosa de lo esperado, bien hilada, ágil. Consejos es una novela que sigue a una joven pareja que empieza a asesinar como por casualidad y que una vez lanzados al mundo criminal parecen no saber parar. Todo ello entrelazado con las aventuras literarias de Dédalus, pues parece que en los bajos fondos de la Barcelona de principios de los ochenta no había un criminal sin ansia de posteridad. La edición de Acantilado va acompañada del Diario de bar, un texto que relata los días de un suramericano que acude puntualmente al bar después de pasarse la noche peleando con los fantasmas y escribiendo, sin duda un trasunto de Bolaño.

Felices lecturas en marzo

Hablaremos

Sr. E

lunes, 11 de enero de 2016

Buenos propósitos lectores

Mis propósitos lectores para 2.016

No suelo hacerme propósitos de año nuevo que luego poder incumplir alegremente. Ni como lector soy demasiado disciplinado. Raro es el mes en el que no planeo acercarme a cierta obra y bien no llego a sus cercanías o bien llego hasta ellas y siento que no es mi momento y sin mucho dolor devuelvo el libro a la estantería, bien sea la del salón o bien la de la biblioteca de la que lo cogí.

Pero no me canso de pensar en todo lo que tengo por leer y por releer y quizá no está mal dejármelo aquí apuntado para poder hacer balance a finales del año que empieza de lo cumplidor que he sido (advertido queda que no creo ni en la lectura ni en la escritura como disciplinas). Durante 2.016 me gustaría leer (o releer, según los casos):

James Ellroy: Devoré hace años el cuarteto de L.A. Me metí de lleno en Mis rincones oscuros, un libro que de vez en cuando hojeo, pero no he vuelto a lanzarme a la lectura de grandes libros de Ellroy. Y sé que aunque es un poco psicópata es el gran escritor de novela negra (de la que molesta, de la que duele) de esta época. Querría ponerme con alguno de los libros de su llamada Trilogía de los bajos fondos de EEUU (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda).

David Peace: Quiero releer el Red riding quartet, que fue la lectura que en 2.012 apunté como lo mejor de ese año. Una serie de 4 novelas negras (pero muy muy negras) escritas alrededor de crímenes oscuros en el norte de una Inglaterra que se deshacía. Desunión social, desmantelamiento de la industria, niebla, lluvia negra, y una prosa hipnótica, cercana a Ellroy, cercana a la mejor literatura que se escribe en el mundo.

El ciclo de El laberinto mágico de Max Aub: Después de haber quedado encandilado con La gallina ciega, intentaré ponerme con estas seis novelas, su obra cumbre, ambientadas en la Guerra civil, su postguerra, los campos de concentración que el propio autor conoció, el exilio, el desarraigo. Sé que será una lectura exigente, pero sé que puede ser muy satisfactoria.

Dostoievski: Sé que es un autor decisivo en la formación de toda la novelística posterior a su figura. Sea de manera directa o indirecta, está en mucho de lo que me interesa. Está en Kafka, está en Sabato, está en Menéndez Salmón, está en DeLillo, está en Balanzá, está en Roth, está en Coetzee. Pero debo reconocer que lo he leído poco. Algunos relatos, dos novelas cortas y de sus grandes novelas sólo Crimen y Castigo (ahora bien, fue una de esas lecturas que valen por un año de otras lecturas). Querría leer El idiota o Los demonios (de Los demonios he leído fragmentos muchas veces, querría leerla como novela completa de una vez). Los hermanos Karamazov, no sé por qué, y aunque sé que sonará a sacrilegio a algunos, me llama menos la atención.

El castillo, de Kafka: Hay libros que leo sin parar, con la esperanza de que me sirvan para aprender algo en esa carrera de fondo que es la escritura. Hay otros libros que he leído una única vez en mi vida y sé que cualquier relectura es inútil porque se me metieron en lo más profundo de la mente y allí siguen. De Kafka releo con mucha frecuencia sus relatos, y leí una única vez que me dejó marcado El proceso y América (que ahora creo que se llama El desaparecido). Nunca he leído El castillo, no sé muy bien por qué, quizá porque decidí reservarme algo para el futuro. Puede que haya llegado su momento.

Roberto Bolaño: Bolaño es probablemente el escritor que me acabó de contagiar la enfermedad de la escritura. Seguramente hay mucha gente de mi edad y parecida que se puso seriamente a escribir impulsada por Bolaño. No, al menos no en mi caso, con la intención (que sería estúpida) de tratar de escribir como él, aunque seguro que todos esos hijos bastardos tenemos dejes de su escritura. Pero sí con la fuerza que se desprende siempre de su escritura. Bolaño es un tipo que se lo jugaba todo a lo escrito, un escritor que empuja a escribir, que empuja sobre todo a leer más y más, de manera enfermiza. Me gustaría volver este año que empieza a leer una de las cumbres de Bolaño. Los detectives salvajes la he revisitado muchas veces, cada vez que se lo regalo a alguien lo releo, y lo he regalado varias veces. Seguramente relea 2.666, que sólo leí una vez, aunque mi primer Bolaño del año será La literatura nazi en América, un libro claramente borgiano que leí hace mucho y que se ha reeditado en bolsillo no hace demasiado.

Saul Bellow: Leí algunas de las grandes novelas de Bellow hace bastantes años: Herzog, Las aventuras de Augie March, puede que también El planeta de Mr. Sammler. Sé que no he leído El legado de Humboldt. Leí sus Cuentos reunidos hace un par de años y los disfruté mucho. Me pareció que sus textos estaban llenos de matices, espejos y profundidad. En 2015 leí un par de novelas breves. Creo que podría disfrutar mucho más de sus novelas ahora, con más años vividos, leídos y escritos.

V. S. Naipaul: Es un escritor por el que no acabo de decidirme. He leído algunos libros, pero nunca los centrales de su producción. Creo que leí un libro de viajes, unos relatos de sus comienzos y un breve texto sobre la lectura y la escritura. Me gustaron pero sé que no son los que lo convirtieron en un Premio Nobel. Admiro a muchos escritores que lo admiran, y a lectores y críticos que lo consideran probablemente el mejor escritor vivo. Me parecen razones más que suficientes para intentar que 2.016 sea el año en el que acercarme por fin a libros como Una casa para el Sr. Biswas o Entre los creyentes, que viven en mis estanterías desde hace tiempo.

Ernesto Sabato: Leí El túnel hace muchos años, cuando tenía dieciséis o diecisiete años y recuerdo aún la perturbación que me produjo. Leí El informe sobre ciegos en algún brumoso año, y también me pareció muy desasosegante. La lectura el año pasado de su ensayo El escritor y sus fantasmas me ha hecho verlo como un escritor cercano al mundo que me interesa, y me gustaría leer Sobre héroes y tumbas completo, y quizá incluso Abbadón el exterminador, aunque tal vez sea demasiada densidad para un mismo año y sea mejor separarlos.

Don DeLillo: He leído mucho y con atención a DeLillo en los últimos años, como ya he comentado alguna vez. Este próximo año quiero leer Americana, su primera novela, quizá alguno de sus breves ensayos sobre la creación, y su nueva novela, que creo que saldrá en breve.

Philip Roth: Roth es uno de los novelistas a los que más he leído. Me parece uno de los que mejor entiende las pequeñas y grandes guerras y tragedias que se producen en cada familia y en cada vida, día a día. Llega a un nivel de profundidad muy grande con un estilo bastante accesible, para nada complicado. Hace años, sin embargo, que terminé con todas sus novelas importantes, y me apetece rescatar alguna. Ahora mismo la elegida sería Pastoral americana, pero iremos viendo.

Kurt Vonnegut: Matadero cinco es para mí una novela de referencia. Y he leído un par de libros de relatos o similares que me parecieron brillantes. Me quedan muchos libros suyos por leer, y me gustaría ir entrando un poco más en su mundo. Combinado con ese deseo, también me gustaría leer de vez en cuando textos completos en inglés, y con tal fin tengo en la mesita desde hace meses Breakfast of champions, pero sigue en la página 30. Intentaré darle duro.

Casa lúgubre (anteriormente traducida como Casa desolada), de Charles Dickens: Igual que me sucede con Los demonios de Dostoyevski, probablemente ya haya leído la novela entera a base de fragmentos. La cojo, leo doscientas páginas, me la llevo a un viaje, leo otras cien, vuelve a la estantería, allí reposa seis meses, leo cien páginas al azar en un par de noches, etc. Querría leerla al completo este año.
El reino, de Emmanuele Carrère: Me gustó mucho El adversario. Me encantó Limonov. No me interesó tanto pero me pareció un buen libro Una novela rusa. Tomando sobre todo como referencia Limonov, que recuerdo estar leyendo con verdadera pasión, sé que quiero leer El reino. Si Carrère, con su peculiar estilo, logró que me importaran tanto las andanzas de un personaje tan raro y difícil de definir como Edvard Limónov, creo que por fuerza debe interesarme su recreación de la vida de Jesucristo. Aunque no es tanto, por lo que he leído y oído, un libro sobre Jesucristo como sobre la creación de su leyenda, y por extensión, me imagino, de la creación de las leyendas, algo que me interesa mucho. Quiero conocer también cómo es el acercamiento intelectual que hace en ese libro un no – creyente como Carrère, y cómo compone con los distintos elementos a los que se va acercando un libro que ya imagino apasionante.
Y claro, muchos libros más. Algunos ya pensados en mayor o menor medida, y apuntados en mis interminables listas de títulos y autores con los que acudir a las bibliotecas que suelo visitar. Otros esperando aparecer casualmente en mi camino.

Iremos viendo por dónde van las lecturas de 2.016

Empezaremos a comentarlas a finales de enero.

Sr. E

jueves, 31 de diciembre de 2015

Mis libros de 2015


Mis cuentos pendientes de 2.015.

Terminada la temporada 2.015 de lectura, creo que debo calificarla de muy buena. Debo reconocer, también, que por suerte, no recuerdo ningún año lector que no me haya descubierto nuevas voces ni me haya dejado indiferente con sus historias. Supongo que por eso leemos, esperando que el próximo año nos traiga lecturas tan buenas como el que se cierra (o incluso mejores). Y por eso es importante y siempre recomiendo abandonar pronto los libros que no nos estén aportando nada.

El esfuerzo de reducir un año de experiencias lectoras a una lista de títulos puede ser un poco fútil, no lo niego, pero creo que nos aporta lo que siempre nos aporta elegir, filtrar, jerarquizar. Hacemos una reflexión final sobre lo vivido en el año, recordamos buenas sensaciones y deslumbramientos; también decepciones, claro. Agradezco, llegados a este momento, haber ido tomando breves notas de lectura durante todos los meses del año, al ir acabando cada lectura.

Elegir siempre es difícil, y elegir siempre resulta injusto, pues siempre se quedan fuera libros que nos han gustado, pero creo que merece la pena hacerlo y tratar de limitar el número de libros a destacar. Hay libros a los que he vuelto en 2.015 que siempre estarían entre mis 10 mejores lecturas de cualquier año, por lo que no los considero de cara a esta lista, que formo únicamente con libros que he leído (o que he leído completamente en algunos casos) por primera vez. Este año he releído con gusto y provecho mi edición de Cuentos completos de Kafka, La novela luminosa de Mario Levrero, La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, la Trilogía antiejemplar de Rafael Balanzá, American Gods de Neil Gaiman, algunos textos breves de Foster Wallace, un par de novelas de Houellebecq o El desierto de los tártaros, de Dino Buzzatti, por ejemplo.

Según termino mis lecturas, tomo unas anotaciones sobre el libro, y dejo marcados según un código de colores aquellos que me han parecido especialmente destacables. Llegados a estas alturas del año, esos títulos destacados (los que se habían adueñado totalmente de mi cabeza durante su lectura) eran un total de 16. Para mi lista – resumen he elegido sólo 10 libros, como la más tópica de las listas de final de año. En mis lecturas de este año veo algunas tendencias y novedades en mis lecturas. He leído mucho relato, como siempre. Aparte de algunas colecciones que me han interesado especialmente (La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas, Frente al espejo de una mujer, de Ismail Kadaré, El umbral de la noche, de Stephen King, Canción muda, de David Albahari, Los siete mensajeros y otros relatos, de Dino Buzzati), he leído algunas selecciones temáticas de relatos (Aguas negras: antología del relato fantástico, de Alberto Manguel, en Alianza, o Felices pesadillas, selección de terror de Valdemar) de un muy buen nivel medio, y capaces de encontrarle nuevos ángulos a géneros que consideramos ya conocidos, y también he leído los Cuentos completos de algunos autores (Graham Greene, J. G. Ballard), que me han parecido una manera muy interesante de abarcar la evolución narrativa de un mismo escritor, y una forma de lectura que repetiré en 2.016 (tal vez volver a leer los Cuentos completos de Borges, o leer todos los libros de relatos de Bolaño otra vez, o las selecciones de Fogwill o Tobias Wolff de Alfaguara, todos ellos libros de los que nunca me despego demasiado, tal vez releer a Poe, a quien creo que no leo desde los 15 años, de momento ya me compré los Cuentos completos de Bernard Malamud, debería ser el primero, para evitar ir acumulando libros de manera innecesaria en casa).

Entre mis lecturas preferidas hay dos autores de los que he elegido un libro suyo entre mis mejores lecturas desde 2.012, cuando los probé por primera vez (Don DeLillo y J. G. Ballard), y a los que seguiré leyendo. Después de algunos intentos, he llegado a disfrutar realmente de dos autores llamemos difíciles pero muy valorables una vez he entrado en su mundo: En el culo del mundo de Antonio Lobo Antunes y Señales que precederán el fin del mundo, de Yuri Herrera. Hay más autores españoles de lo que esperaba, y teniendo en cuenta que leo bastante más literatura anglosajona y en general extranjera que española, me sorprende ver tantos libros españoles entre los mejores que he leído, lo que supongo que significa que precisamente por no acercarme demasiado a ella, selecciono mucho más lo que voy a leer. Destaco especialmente como descubrimiento a dos autores a los que he llegado supongo que venciendo prejuicios y a los que quiero seguir leyendo: Gonzalo Torrente Ballester y Max Aub, quienes creo que están bastante olvidados de una forma bastante injusta.

No suelo leer demasiado ensayo, pero este año sí lo he hecho, tanto de temática sociológico – económica (Indies, hipsters, gafapastas, historia de una dominación cultural, de Víctor Lenore, La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo, de Gilles Lipovetsky, Chavs, la demonización de la clase obrera, de Owen Jones) como más cercana a la literatura y su práctica (Presencias reales, de George Steiner, Los mecanismos de la ficción, de James Woods, Sobre literatura, de Umberto Eco, Mientras escribo, de Stephen King, El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sábato).

Veo libros que no acaban de estar en géneros definidos, una literatura que siempre me ha interesado y por dónde creo que crecerá el futuro, por las difusas fronteras entre la narrativa, las formas memorialísticas y el ensayo, y dentro de la literatura de género negro a la que soy bastante aficionado, el descubrimiento más destacado fue Cold cold ground, de Adrian McKinty, un libro ambientado en el Ulster en la época del IRA. Este año no he leído ningún Ellroy ni a ningún peso pesado. Un par de Connollys, algún Simenon, autores que siempre me gustan. En ciencia ficción, dos buenos libros de Philip K. Dick (El hombre en el castillo y Fluyan mis lágrimas, dijo el policía), de quien hablé hace poco. He leído más clásicos y más rusos (Almas muertas, de Nicolai Gógol, El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov) que en otras ocasiones, y quiero seguir con la tendencia.

1. El día del Watusi, de Francisco Casavella, Ediciones Destino: Leí El día del Watusi en marzo. Mi mes de marzo sólo tiene apuntadas dos novelas, y seguro que leí más cosas, pero El día del Watusi es una de esas lecturas que absorbe toda la luz a su alrededor. Estoy por decir algo así como que es la mejor novela española de las dos últimas décadas. O de las tres últimas. No sé. No lo he leído todo en esos años, obviamente. Pero tampoco los que sí han elegido las mejores novelas de esa época. ¿Por qué me gustó? Porque tiene fuerza, autenticidad, chulería, potencia literaria, buen oído con el lenguaje, estilo, ambición. El día del Watusi es una novela de mil páginas de la que han dicho que resulta desequilibrada. Y muy probablemente lo sea, pero ese no puede ser su defecto. Su principal defecto es que no tenga otras doscientas o trescientas maravillosas páginas de desequilibrios. Porque retrata un mundo desequilibrado y la novela no puede estar perfectamente medida para hacerlo. El día del Watusi se publicó originalmente a partir de 2.002 como una trilogía. Tres novelas que giran principalmente, a mi entender, alrededor de la creación del mito. La novela está poblada de vividores que se creen sus mentiras y que venden motos sin parar. Y Casavella lee en las entrañas de Barcelona toda esas mentiras del pasado que construyeron su presente. Y quien dice Barcelona dice también España. Y quien dice mentiras dice política, y podríamos hablar de la cultura oficial, y puede leerse el trasfondo de todo eso que se llama la transición. La novela no tiene ni una página de desperdicio. Todo el mundo debería leerla. Dicen que quienes la leen se convierten al casavellismo. No me extraña que con un libro así escrito, así de ambicioso y así de crítico, Casavella no fuera el más popular de ninguna fiesta. Porque estuvo cerca de los del Kronen pero no fue de ellos. Ni por supuesto hubo un rincón para él en la oficialidad de la narrativa española. Sólo tuvo algo de reconocimiento cuando ganó el Nadal con Lo que sé de los vampiros (otra excelente novela, por cierto, aunque no tanto, mucho más medida, pero una de las pocas novelas históricas, si lo es, que me han gustado), poco antes de morir demasiado joven. Lo peor de este libro es pensar que Casavella no vaya a poder escribir nunca otra obra así. Cómo destaca un libro así entre el conformismo dominante en la narrativa española.


2. Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem, Alianza Editorial: Lem es uno de los principales escritores de ciencia ficción del siglo XX. Con la particularidad de haberlo sido desde detrás del telón de acero. Un autor del que Philip K. Dick llegó a decir que no existía, con todo lo que eso supone. Diarios de las estrellas relata los distintos viajes de Ijon Tichy en el tiempo y el espacio. Lem se sitúa en la gran tradición de la sátira desde la fantasía. Llevando a Tichy a otros mundos, aprovecha para criticar todo lo criticable de ese ser humano que habita y destroza la Tierra. Los textos del libro son relatos, se ajustan razonablemente a los parámetros de la ciencia ficción, pero sobre todo son reflexiones culturales y filosóficas de altísimo nivel. Lem disecciona el alma humana con un fino bisturí, y completa un libro divertidísimo, brillante, imposible de olvidar, adictivo.

3. La gallina ciega, de Max Aub, Alba Editorial: No hace demasiado que reseñé La gallina ciega.
Destaco especialmente su modernidad, su frescura, su visión crítica del postfranquismo que se estaba forjando en 1969 en España. Destaco que sea un libro de un importante autor español del siglo XX que ofrece una visión de la literatura mucho más contemporánea (mucho más en la línea de lo que se hace en el mundo) que lo que sigue considerando la literatura española a seguir, conformista, complaciente, que toma sus referencias en ella misma y así nos va.


4. Cuentos completos, de J. G. Ballard, RBA: Me lo compré el Día del Libro y me ha acompañado como lectura espaciada y continua prácticamente desde aquel día hasta el final del año.
En Ballard, y se ve perfectamente en sus relatos, tenemos la combinación de un profeta crítico con un prosista magnífico. La mayoría de escritores que me interesan son autores que siempre dan vueltas alrededor de unos pocos temas que se repiten. A lo largo de estos 95 relatos podemos ver la evolución y las circunvoluciones de un autor que siempre tenía algo importante de lo que advertirnos y una manera interesante de decírnoslo.

5. La piel, de Curzio Malaparte, Edición de Círculo de Lectores: Malaparte pertenecía a ese mundo intelectual que se generó entreguerras. Soldado raso en la primera, ideólogo del primer fascismo italiano, creador de revistas, eso que hoy en día se llama agitador cultural (un término bastante más descafeinado, por suerte en muchos aspectos), oficial en la segunda guerra mundial, encarcelado, cayó en una deriva ideológica que lo llevó hacia el maoísmo. Y entre medias escribió algunos libros magníficos por lo que cuentan. Desde luego éste lo es. Un libro de una densidad increíble, en el que cada línea transmite una gran cantidad de información y matices. Uno de esos a los que uno se traslada a vivir mientras lo está leyendo. http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2015/12/cuentos-pendientes-de-diciembre.html

6. Experiencia, de Martin Amis, Anagrama: Martin Amis escribió la que me parece una de las mejores novelas contemporáneas, La información. He leído otras novelas suyas muy buenas (Dinero, por ejemplo) aunque no de tanto nivel. Y he leído otros libros suyos que me han parecido insuficientes, siempre medidos desde el patrón de La información. Desde el mes de junio mediré sus libros (me han hablado muy bien de Campos de Londres, y está pendiente) en comparación con La información y también con este magnífico libro, Experiencia. Experiencia es un libro de memorias, o algo así. Amis no es seguramente el mejor escritor de su generación, aunque parece que él lo cree (no sé muy bien quién es el mejor escritor de su generación, la verdad, pero tengo claro que la anterior, la de los Roth o DeLillo les gana en fuerza y profundidad), pero sin duda es un gran prosista. Una página cualquiera de uno cualquiera de los libros de Amis que he leído tiene una calidad prosística muy alta. Amis es un estilista, y lo sabe, y reivindica a los estilistas, sitúandose en la estela de los Bellow (aunque considero que Bellow es un autor menos brillante pero mucho más fluido narrativamente que él) o Nabokov. Experiencia, las memorias de un hombre que apenas pasaba de los cincuenta años en el momento de escribirlas, nos regala imágenes y escenas dotadas de una gran viveza gracias a esa excelente prosa. Amis va repasando su experiencia vital, y la literaria, muy difícilmente desligables, desde su juventud de estudiante, hijo del novelista Kingsley Amis, casado en segundas nupcias con otra escritora. Habla de sus maestros, y de su padre. Habla de cómo escribió su primera novela, y de cómo se casó, de cómo tuvo hijos y su dentadura se fue pudriendo. Habla de muertes y reconstrucciones mandibulares. Habla de libros que triunfaron y amigos con los que se peleó. Habla de escritores a los que siempre admiró. De malentendidos y penas. De más libros. De Londres y Nueva York. De la relación con su padre. Del alcohol y la marihuana. De las modas. De las vacaciones en España. De los viajes. Del oscuro mundo de los agentes literarios. De la envidia. De la camaradería. De las ganas de seguir escribiendo. De la presión que supone creerse el mejor escritor del mundo. De lo que pasa cuando posiblemente, siendo un excelente escritor, no se es Bellow o Nabokov, como uno querría.

7. Libra, de Don DeLillo, Ediciones Austral: Este ha sido mi principal DeLillo del año. Una de sus cuatro grandes novelas. La gran novela sobre la mentira y la teoría de la conspiración por excelencia, la del asesinato de JFK. Igual que decía de El día del Watusi (quizá no sea casual que las dos únicas novelas sobre las que tengo anotaciones en el mes de marzo sean aquella y esta), creo que es una novela que se construye sobre la propia idea de la creación del mito. Y que no nos permite olvidar que al principio del mito, de cualquiera, con connotaciones religiosas o no, estuvo la mentira. No me extrañaría nada que Casavella hubiera sido un atento lector de Libra y de Submundo, quizá las dos novelas en las que el universo de DeLillo se deja fascinar más (y fascina más a sus lectores) por todo lo que no nos cuentan, por la penumbra, ya que DeLillo trabaja mucho más con la sombra que con la luz. Como ya dije en su momento, todo DeLillo es recomendable, es un autor al que cualquier lector dispuesto a dejarse deslumbrar por la gran literatura debería acercarse, aunque quizá Libra, como Submundo, no sean las más adecuadas como primer acercamiento. http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2015/10/el-planeta-delillo-iii.html
8. Felices pesadillas, relatos de terror de la Editorial Valdemar: Felices pesadillas es uno de los libros más conocidos de la que probablemente sea la editorial de referencia del género de terror y fantástico en España, Valdemar. El lector que se acerca a colecciones como El club Diógenes o Gótica sabe qué puede esperar, casi siempre libros de calidad. Felices pesadillas, publicado por primera vez en 2.003, recoge en casi mil páginas 40 relatos de 40 autores diferentes, la mayoría anglosajones, elegidos entre lo mejor del catálogo de los primeros 15 años de la editorial. La mayoría de los relatos se encuadran en la línea del relato gótico del siglo XIX, estén escritos en ese momento o después. Están los autores clásicos esperables. Y he leído con gusto a autores cuyos relatos no conocía, aunque sí sus novelas más populares (R. L. Stevenson, Bram Stoker, la editorial Valdemar tiene también algunas colecciones de relatos completas muy interesantes, estén más o menos cercanos al género). He leído autores de relatos clásicos a los que no había leído desde hacía mucho tiempo (E.T.A. Hoffman, Maupassant; aunque su cuento creo que es de los que menos se acerca al concepto de terror; Poe, de quien no recordaba lo bueno que me ha parecido en esta lectura Los hechos en el caso del Señor Valdemar). He leído un conocido cuento de fantasmas de Dickens (El guardavías) y uno de Wilkie Collins que es sobre todo un relato de misterio. Hay un relato clásico muy famoso: La pata de mono, de W.W. Jacobs, de quien muchas veces he oído decir que era un mal autor al que le salió una vez una historia redonda, ésta, que sin duda lo es. Uno de los cuentos que más extrañan en la selección es Ante la ley, de Kafka. Yo personalmente siento terror ante la burocracia y sus errores y sinsentidos, y supongo que por ahí va la idea. Están, aparte de los relatos que se salen más de lo canónico, todos los temas esperables en una selección de relatos de terror. De ellos, como bloque temático, quizá los que más me han gustado son los que se acercan al mundo vampírico. Pero lo mejor de estas antologías es que también nos dejan a los lectores una puerta abierta a autores que no conocíamos, en mi caso M. R. James o Le Fanu, aunque según parece son autores que los buenos conocedores del gótico del XIX tienen entre los básicos. Sigo sin verle la gracia a Lovecraft, con perdón de su legión de adoradores. Me gustó mucho el relato de género de Balzac, escritor realista donde los haya, y de los autores más recientes el más interesante sin duda es el relato de Richard Matheson, Grillos, que me decidió a buscar una selección de sus cuentos, también en Valdemar.

9. Mientras escribo, de Stephen King, Editorial DeBolsillo: Dentro de la serie de libros sobre literatura y el ejercicio de la escritura, tanto teóricos como centrados en el oficio y vida del escritor que he leído este año, puesto a elegir uno, elijo éste. Porque me parece el más sincero y el más accesible. Porque es divertido y podrían leerlo los alumnos de secundaria. Porque de él podrían aprender muchos escritores que miran a Stephen King por encima del hombro. King nos muestra lo que sabe del oficio, sin dejarse nada escondido. Y lo hace con buen oficio, sin tratar de impresionar a nadie, como sus obras de ficción, repitiendo mil veces que lo principal es leer y escribir. Tiene consejos útiles y tiene posibles relecturas. Es una lectura ágil y con interés para escritores, para aspirantes a escritores y en general para lectores, sean seguidores del autor o no.
10. Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, Tusquets: Me gustó mucho esta novela escrita en 1.996 por su falta de ubicación dentro del canon de los principales caminos de la literatura española. Leí este libro y pensé eso que no deberíamos pensar pero que no puedo evitar pensar muchas veces cuando alguna obra me está gustando así: no parece española. Antonio Orejudo se parece a Rafael Reig, sus Fabulosas narraciones me recuerdan al Manual de literatura caníbal, y ahí acaban las referencias que encuentro entre sus contemporáneos. Orejudo se muestra aquí como un autor ambicioso, un lector potente que ha decidido revolver cánones y convenciones, dispuesto a provocar con su primera novela, siendo un desconocido. El hecho de que una novela se reedite más de una década después de su primera edición es síntoma suficiente del interés de quienes la leyeron en su momento. Muchos de los cuales dejaron rastros y recomendaciones que llevaron a otros a buscarla, para encontrar durante un tiempo muchas dificultades para dar con ella. Ahora incluso está en bolsillo. Todos los lectores de esta novela con los que me he encontrado coinciden en que es un libro que no deja indiferente. Y en general gusta bastante. Fabulosas narraciones por historias nos acerca a aquello que se llama la edad de plata de la cultura española. En un paisaje por el que transitan como personajes Lorca, Buñuel, Juan Ramón Jiménez y tantos otros, sigue las aventuras de tres aspirantes a literatos en la famosa Residencia de Estudiantes. Es un libro divertido, ácido, crítico con lo que era, es y será, me temo, el mundillo literario. Vemos cómo se limosnan recomendaciones, cómo se alaban medianías, cómo se asiste a conferencias de unos para fastidiar a otros, cómo el artista debe vencer la incomprensión social. Y vemos cómo algunos enloquecen ante la falta de reconocimiento. La literatura desemboca en el terrorismo menos veces de las que cabría esperar, viendo libros como éste. Le aplaudo a esta obra por ser atrevida, faltona, por meterse con santones de la literatura española a los que los novelistas actuales siguen citando en sus oraciones cada vez que presentan una nueva novela. Echo de menos esa mala leche en mucha de la literatura contemporánea española. Echo de menos que los profesores de instituto dejen de citar todos las mismas novelas del siglo XIX como las cimas insuperables de la literatura española. El ritmo es muy ágil, el lenguaje está muy pulido, la estructura encaja perfectamente, y durante toda su lectura no nos abandonará una sonrisa. Muy recomendable.

Espero que os animéis a leer alguno de estos libros durante el próximo año.

Os deseo un feliz 2016 lleno de buenas lecturas.

Volveremos a encontrarnos en enero.

Sr. E

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuentos pendientes de diciembre

Lecturas de diciembre:

En diciembre he leído dos novelas que no puedo calificar de menos que excelentes (Almas muertas y La piel), he terminado al fin con los Cuentos completos de Ballard, creo que una de las lecturas que más han marcado mi 2.015, he disfrutado con una muy buena entrega de John Connolly, El invierno del lobo, y otros libros interesantes. También he releído uno de mis libros preferidos de uno de mis autores de referencia, La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán. Después de votar y antes de dedicarme a seguir desde las ocho los resultados, quería dejar cerradas las reflexiones sobre lo leído en diciembre, consciente de que con este día y esta semana que vendrá de hipótesis sobre pactos de gobierno, seguramente nadie vaya a acercarse por aquí.
Para la próxima semana, seguramente el fin de semana, quiero publicar una reflexión sobre las lecturas de 2.015 y una lista con los diez mejores libros que leí este año (he dejado que se adelanten los suplementos habituales con sus previsibles listas habituales), algo que vengo haciendo de manera más o menos informal desde algo así como 2.007 y que por primera vez pondré en público.



La piel, de Curzio Malaparte, Edición de Círculo de Lectores: Mi primer Malaparte ha sido una de sus obras más conocidas. La piel es una novela dura. Es una novela que se cruza literariamente con la forma de las memorias. Un narrador que es el propio Malaparte nos cuenta los meses posteriores a la derrota de la Italia fascista en la ciudad de Nápoles. Malaparte habla de la peste que se ha apropiado de una de las ciudades más antiguas del Mediterráneo desde que la ocupan americanos vencedores. Una peste que corrompe el alma y los ha dejado dispuestos a hacer cualquier cosa por tal de sobrevivir. Claro que como se deja ver a lo largo del libro, ese es el estado natural de los napolitanos y de muchos europeos, el de sobrevivir a cualquier precio, a costa de quien sea necesario. Malaparte se otorga el papel de personaje literario y dota a ese personaje de las cualidades de un refinado miserable. El Malaparte que se pasea por las páginas de La piel es culto, habla idiomas, conoce la literatura y la filosofía, entiende el mundo, sabe moverse por él, pero también sabe ser zafio y cruel. Y hasta un traidor. Aunque incluso en la piel de un traidor o un bellaco mantiene un cierto código de honor. Hasta los malos de las novelas y las películas de los años 40 seguían un código de honor. Eso lo sabemos todos los que hayamos visto películas en blanco y negro de la época. La prosa de Malaparte es muy potente, y es, por seguir el símil con el cine, una prosa que se expresa en un blanco y negro lleno de matices. Una prosa que se devora aún a sabiendas de que en algunos momentos duele y apesta. Malaparte tiene escasa fe en el ser humano. Sobre todo en el ser humano que no ha sido derrotado. Ese está dispuesto a cualquier cosa por tal de salvar la piel. Con una filosofía tan negativa, pero tan aplicable en algunos análisis todavía hoy, en una situación que no es de guerra pero en la que se generan perdedores constantemente en tantos órdenes de la vida, el libro de Malaparte acaba despertando al lector crítico que tenemos dentro y que se siente atraído y a ratos cercano a ese Malaparte que no se acerca a los comportamientos de la masa y está dispuesto a mantenerse, en los momentos en que la mayoría corre a sumarse a las victorias, del otro lado, el de los que pierden. Los que pierden porque no pueden hacer otra cosa, porque no saben hacer otra cosa, quizá, poniéndonos fatalistas, porque nacieron para perder una y otra vez, aunque a veces traten de engañarse y engañar a unos cuantos oficiales americanos convenciéndose de que han elegido volver a caer.


Cuentos completos, de J. G. Ballard, RBA Ediciones: Ha sido uno de mis proyectos de lectura principales a lo largo de 2.015. He llegado hasta el final de sus páginas satisfactoriamente extenuado. Con la sensación de haberle sacado mucho a la obra de Ballard. Y con la sensación de que es uno de los autores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX. Los cuentos completos siempre dan la oportunidad de ver a un autor evolucionando, dejando etapas atrás y afianzándose en obsesiones. Las obsesiones de Ballard son fronterizas con lo más enfermizo de la sociedad en lo que respecta a las relaciones de poder, al sexo, a la enajenación del individuo en ambientes hostiles, sean estos abiertamente hostiles o de indiferencia hacia la realidad personal, o sencillamente entornos automatizados en los que la relación humana se desdibuja. Ballard es considerado todavía por muchos un autor de ciencia ficción cuando lo cierto es que si lo podemos considerar todavía algo así, como autor de relatos (como autor de novelas creo que el calificativo es aún menos acertado), es de manera secundaria. Casi circunstancial. Algunos relatos de Ballard, es cierto, sobre todo al principio, pueden considerarse de ciencia ficción. Porque transcurren en el futuro, o en otros planetas, o en el espacio. Pero como Ballard mismo decía, la mayoría de sus escritos se desarrollaban en el espacio interior. Y ese es exactamente el lugar en el que se desarrolla también gran parte de la gran literatura, y nadie diría que Crimen y Castigo es ciencia – ficción. Y no debería decirlo aunque Dostoievski la hubiera situado en una futurista ciudad rusa del año 2114. Ballard habla de celos enfermizos, del crecimiento de los problemas, de las fantasías de control, del miedo a ser controlado, de la sociedad armada, de la hiperviolencia. Esa hiperviolencia se hace a veces más indigesta porque Ballard es un gran prosista, y ciertas verdades contadas con cierto estilo duelen más. Para Ballard no hay tema sobre el que no se pueda escribir. No hay nada sagrado para él. Hasta hace un relato humorístico (básicamente) sobre el asesinato de uno de los santos laicos del siglo XX, Kennedy, en el famoso El asesinato de John Fitzgerald Kennedy cosiderado como una carrera de automóviles cuesta abajo. Pero no lo hace, ni mucho menos, desde la frivolidad. Ballard es un escritor político en el mismo sentido en que lo es DeLillo o lo es Houellebecq. Porque algunos de sus textos hacen frontera con el terrorismo literario, el que cuestiona las verdades políticas del momento (Reagan por ejemplo aparece explícitamente en dos relatos: Por qué quiero joder a Ronald Reagan y La historia secreta de la Tercera Guerra Mundial; me imagino que a Thatcher tampoco le tendría un gran aprecio). Porque miraba a su alrededor y señalaba charcas. Y veía que en esas charcas inmundas podían crearse, más bien antes que después, nuevas formas de vida que no serían particularmente deseables. Cuando vi por primera vez la serie Black Mirror pensé: joder, es como un relato de Ballard. Y cuantos más capítulos veía más se acentuaba esa sensación. Ballard es un escritor profundamente perturbador que se iba adelantando a su tiempo. Pero no es sólo un escritor de ideas incómodas que no perdonaba una sociedad bienpensante convencida de que el progreso técnico, sin más, traerá el progreso social, como por contagio. Ballard cuestiona esa verdad, cuestiona la globalización y cuestiona el capitalismo neoliberal. Y lo hace de la manera más eficiente. Evitando ser panfletario, sino construyendo historias sólidas que van mostrando los claroscuros. Como Cuentos completos que son, muestran que algunas de las colecciones de Ballard de los que vienen eran mejores que otras. Yo destacaría especialmente los relatos que vienen de Vermilion sands, Exhibición de atrocidades y Mitos del futuro próximo. Eso ya debe dar del orden de 40 relatos recomendados. Y en total son 95. No hay ninguno malo o que resulte insustancial. Los relatos no vienen ordenados por colecciones, pero pueden consultarse fácilmente en Wikipedia a qué colecciones pertenecían originalmente. Destaco el hecho de que Ballard fuera durante toda su vida autor de relatos, que no los abandonara para lanzarse a la novela en exclusiva, sino que complementara ambas facetas. Y que fuera autor de colecciones de relatos, no exclusivamente de piezas sueltas destinadas a revistas. Son dos detalles que suelen dotar de coherencia interna un libro de relatos completos. Lo recomiendo vivamente. Por si cabe hacerlo aún más atractivo, el prólogo, del propio Ballard, también merece sin duda una atenta lectura (pese a comparar, a mi juicio desafortunadamente, a los buenos cuentos con la calderilla del tesoro de la ficción, lo que dice como algo positivo, pero no deja de colocar a los cuentos al nivel de la calderilla, querida y necesaria pero de escaso valor), pues descubre algunas claves de su escritura y obsesiones, sus cuentistas preferidos (Borges, Bradbury, Poe) y que su escritura primera fue la mayor de las partes en forma de relato, pues muchas de sus novelas surgieron de relatos primigenios.


Los años indecisos, de Gonzalo Torrente Ballester, Editorial Planeta: No voy a definirme como un profundo conocedor de la obra de Gonzalo Torrente Ballester, porque ciertamente no lo soy. Dicho lo cual, es un autor del que todo lo que he leído me ha interesado. Desde que leí sin entenderla demasiado La saga/fuga de J.B., hace muchos años (quiero releerla en algún momento), me he acercado a algunos de sus libros, mayores o menores. Lo mínimo que he sacado de sus libros es un agradable rato de lectura, y eso es lo que también he obtenido con éste. Los años indecisos describe los años de formación de un periodista con aspiraciones literarios de provincias, el cual va conociendo la vida nocturna, las cantantes de los cafés, las prostitutas, las rencillas provincianas, las pequeñas miserias, los noviazgos sojuzgados, las aspiraciones literarias que no se cumplen, o nunca se cumplen lo suficiente. Por edad y situación cronológica ese personaje tiene mucho que ver, probablemente, con el joven Torrente Ballester, y supongo que hay mucha memoria de juventud volcada en la construcción de ese personaje. La novela también es interesante pues muestra la realidad del viejo periodismo, un oficio sin más, sin una formación específica, rodeado de humo y nocturnidad. Torrente Ballester escribió esta novela con más de ochenta y cinco años, ya lejos de sus obras principales, pero todavía con un dominio técnico envidiable. La historia fluye, no vamos a decir que deslumbra o sorprende, porque no lo hace, pero sí acompaña. Siempre he visto a Torrente Ballester, en sus fotos de mayor, como un Saul Bellow patrio, dicho esto desde la admiración que en general me despierta Bellow. Esta novela vale para recordarnos que hace veinte años un señor de más de ochenta y cinco escribía como un Saul Bellow gallego, un escritor verdaderamente de su tiempo, no como todos los autores dedicados al costumbrismo de mesa camilla en el que la corriente principal de la literatura español parece encharcada, y tan contenta de haberse conocida. Un libro fácil de leer, sólido, que da algunas pinceladas interesantes sobre la pequeña intelectualidad provinciana de los años 30. Un libro que da para pensar que a muchos autores a los que se apunta con los premios oficiales desde hace casi 30 años, opositores a la gloria chica, se les hubiera alabado insistentemente por poco más que esto, que no deja de ser una novela muy menor de un verdadero autor con poso al que me parece que los años han ido olvidando más de lo que sería justo.


El invierno del lobo, de John Connolly, Editorial Tusquets: El invierno del lobo es de momento la última entrega traducida de la serie de novelas del detective Charlie Parker. Después de unas novelas bastante irregulares (en mi opinión, desde Los amantes el nivel estaba un poco bajo, en comparación con la obra del propio Connolly, no con esos engendros que a veces tratan de colocarnos en los suplementos de libros como novela negra de calidad; a la mayoría de esos Connolly les sigue dando cien vueltas en sus libros malos), El invierno del lobo es definitivamente un buen Parker. Dos desapariciones de personas que viven en la calle llevan a Parker a husmear a un pequeño pueblo aislado en Maine, Prosperous. Estos pueblos idílicos a primera vista pero tan desasosegantes a partir de la segunda mirada se parecen cada vez más a algunas comunidades ideadas por Stephen King, no en vano también vecino de Maine, como Connolly durante gran parte del año y su personaje Parker. Parker es experto en merodear y despertar los recelos de quienes desean mantenerse ocultos. Esta vez el intento casi le cuesta la vida, todo quede dicho. Prosperous es un viejo pueblo de costumbres muy cerradas fundado por una pequeña secta anglicana que se trajo su propia iglesia desde Inglaterra. Fanáticos religiosos, seres oscuros cuya naturaleza nunca parece exclusivamente humana, vengadores que van tras Parker y sus amigos desde hace libros, los seres a los que estos también persiguen desde hace muchas entregas, en definitiva, los ingredientes clásicos de sus libros. Pero tratados con intensidad, enfrentando a Parker a las fauces de la bestia otra vez, de dónde recibe esta vez alguna dentellada seria. Los cabos siguen sin cerrarse pero dibujan cada vez un cuadro general más turbio, en el que las conexiones entre todos los enemigos de Parker, y esos que no son enemigos pero desde luego no son aliados, van dibujando un camino nada definido todavía hacia un centro común al que parece que unos obeden y que parece que otros pretenden dominar. No sé cuántas entregas de la serie quedan, ni si Connolly lo sabe o va a estirar la historia mientras le resulte rentable, pero elija lo que elija, mientras el nivel sea el de último libro, pese a que sienta que juega conmigo y que a veces fuerza la verosimilitud (en el sentido narrativo, en el otro ya sabemos el universo por el que camina Parker, lleno de demonios, ángeles caídos y fuerzas ocultas) más de lo recomendable, pese a ciertos manierismos en los que cae, seguiré atento a las andanzas de quien ya es un viejo amigo.



Almas muertas, de Nikolai Gogol, Alianza Editorial: Almas muertas es considerada la primera gran novela rusa. La precursora de todo lo que entendemos que conlleva el concepto de novela rusa del siglo XIX. Almas muertas es previa a Tolstoi y Dostoyevski, y no alcanza la profundidad de las grandes novelas que llegarían hacia la segunda mitad del siglo, pero ya anuncia algunas de sus claves. Almas muertas fue escrita publicada con una gran polémica, pues era un libro muy crítico con la sociedad rusa de su época. Critica las diferencias sociales entre las clases, los privilegios de algunos estamentos, y las costumbres del hombre ruso y su Estado. Parece que Almas muertas iba a ser una novela mucho más larga, ya que la edición que hoy en día conocemos es básicamente la primera parte de lo que iban a ser tres, pero Gogol, al final de sus días quemó la segunda y tercera parte, y sólo quedaron restos y notas. La edición que he leído, de Alianza, presenta esas segundas y terceras partes parciales como una segunda parte que sigue la primera parte, la que cuenta la historia principal. En esta historia principal, Chichikov, el protagonista, va por una región rusa negociando con terratenientes dispuestos a vender la compra de siervos. Esta es una de las primeras realidades históricas que refleja la novela, ya que los siervos no abandonarían su esclavitud hasta algunas décadas después, y se ve cómo se negocia abiertamente su compra y venta. Lo que hace particular a Chichikov es que no pregunta por siervos que puedan serle útiles para trabajar las tierras, porque básicamente no tiene tierras. No es tanto alguien que necesite mano de obra como alguien que quiere dárselas de importante en la capital, llegando allí presumiendo de su gran número de siervos, para impresionar a los funcionarios del gobierno y conseguir ayudas y prebendas. ¿Y cómo ha pensado hacerlo? Poniendo a su nombre a siervos que ya han fallecido, pero cuyo fallecimiento todavía no ha sido registrado en el censo. Chichikov compra así siervos de nombre, a precio de saldo, y le hace un favor a sus dueños, pues ya no deben pagar cuotas por ellos. Ventajas para todos. Las llamadas almas muertas. Como siempre que aparece un sinvergüenza en una ciudad, presumiendo de dinero y de traer nuevas oportunidades de negocio, muchos le abren las puertas esperando sacar provecho. Sin sospechar, al principio, que es Chichikov el que pretende aprovecharse de ellos. Y lo hace, claro, pero algunos empezarán a sospechar de él y de sus intenciones.



Cómo no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman, Editorial Seix Barral: Un libro divertido. Con falsos consejos para un escritor que pretenda escribir una novela que nadie quiera publicar ni leer. Consejos sobre construcción de tramas, personajes y estilo. Fallos y modos que tirarían para atrás al lector más imperturbable, profesional de la edición como lo han sido durante años los autores o aficionado al noble arte de abrir un libro. Si el lector del libro escribe, debe someter con ojo crítico sus textos al patrón de Mittelmark y Newman, y en cuanto encuentre la mínima similitud en alguna de sus páginas, eliminarla del archivo de su ordenador sin piedad. Aparte de la exageración, y admitiendo que toda regla está ahí esperando a ser violada, tampoco hay que olvidar que la transgresión de una norma no tiene sentido si no forma parte de un plan más general, y no es simplemente una acumulación de errores al tuntún. Da miedo, yéndonos a la realidad impresa, pensar en la cantidad de pasajes de famosas trilogías a los que nos remite la lectura de algunos de los párrafos inflados de errores de los autores.



Abandonos:

Los jardines estatuarios, de Jacques Abeille, Editorial Sexto Piso: Decía el mes pasado que me daba cierto miedo la comparación de este autor con Tolkien. No lo he visto especialmente relacionado con el viejo creador de la Comarca. Pero sí me ha acabado aburriendo como acabó aburriéndome la famosa trilogía. Los jardines estatuarios (las 100 páginas que he leído) me ha parecido demasiado consciente de sí misma. El autor maneja un simbolismo fácil de seguir en una zona extraña en la que hay jardineros que plantan y cuidan estatuas, y en la que se presenta una organización social bastante peculiar. Los paralelismos con la sociedad contemporánea me ha parecido que estaban demasiado subrayados, que más que escribir de un modo que pueda invitar al lector a leer de una manera fantástica o mágica y que él saque luego las conclusiones se le preparan trampas de pensamiento para que al leer ciertas cosas de aquella extraña región se diga: ah, esto es como … Que no digo que el autor lo hiciera de modo intencionado, y si lo hizo estaba en su derecho. Sólo digo que no entré en él.


Sociofobia, de César Renduelles, Editorial Capitán Swing: Este fue el ensayo estrella del año 2.013 en España. Y Renduelles ha saltado este año a una editorial con mayor difusión y ha escrito un ensayo creo que sobre construcción ideológica a través de la historia de la Literatura (me imagino que a través de algunas obras concretas). Me acercaré a ese libro porque me parece un autor con ideas interesantes. Sociofobia nos plantea que la sociedad actual nos lleva a desconfiar más que nunca de lo comunitario, lo social, y nos lanza en manos de lo individualista. Comparto la tesis. Comparto la tesis de que muchas veces las redes sociales crean en algunas personas la idea de estar formando parte de algo socialmente activo y útil pero que no es así. Conocemos a muchos que se sienten activistas por darle a un me gusta en facebook o retwitear una noticia. Pero me parece que el libro no acaba de plasmarlo con la suficiente claridad. Algunas ideas secundarias se embrollan y no dejan ver con claridad las principales. Algunas tesis no me parece que estén lo suficientemente razonadas, sino que se limitan a ser afirmaciones acopañadas de citas de filósofos un poco traídas por los pelos que tratan de darle fuerza a lo dicho. La fuerza que quizá por sí mismo no tiene. El libro no profundiza en las causas de este estado, ni la crítica construye otra alternativa. He leído el libro prácticamente al completo, pero me ha dejado la sensación de que podía haber sido mucho más redondo. Veo zonas que podrían haber sido mucho más ágiles y se hacen más confusas que complejas. Entiendo por qué mucha gente ha hablado de él estos últimos dos años, pero no sé si todos los que lo hacen lo han leído al completo. Creo que es un libro con una buena sinopsis. Tiene una sinopsis genial, que todos querríamos leer y que asumiríamos, pero esas ideas no tienen luego toda la fuerza que yo esperaba.


Relecturas: 

La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán, Editorial DeBolsillo: En la contraportada de este libro Vila – Matas presume de ser quien más veces ha leído este libro. Creo no pecar de exageración diciendo que lo he superado con esta última visita. Es uno de los pocos libros firmados que tengo, desde que en 2.009 coincidí con Fresán en el primer festival Eñe del Círculo de Bellas Artes (para el que había conseguido invitaciones ganando un trivial literario). Tuve que reducir mi frecuencia de visita a los libros de Fresán porque es uno de esos autores cuya manera de frasear y de hacer fluir las ideas se te meten en la cabeza y en la mano a la hora de escribir y contamina lo que estabas haciendo y lo deja al nivel de un mediocre imitador de. La velocidad de las cosas, como Vidas de santos, es un libro de relatos infinito. Principalmente porque las tramas no son claras, y saltan de relato en relato, y porque muchas veces no están siendo cuentos narrativos sino que se limitan a describir con maestría trozos de vidas exageradas e improbables. Ahora que he leído en El Cultural que parece que están preparando otro movimiento al que adherirse (el postcuento) y con el que tratar de empaquetar una serie de libros, los buenos y los malos, todos revueltos, y del que espero pronto un manifiesto altamente reivindicativo e inoperante, en contra de la dictadura de la unidad de acción que promulgaba Poe, de los esclavizantes conceptos de introducción, nudo y desenlace. Ahora, decía, que algunos se caen del caballo y dicen: “no vale escribir relato como en el siglo XIX porque resulta que estamos en el siglo XXI”, convendría que leyeran más a Fresán. Fresán ya hablaba de La velocidad de las cosas como de un libro mutante en 1.998, cuando se publicó por primera vez. Porque no está nada claro qué tiene de novela y qué tiene de relato. Y la verdad es que no sé por qué hay que imponerle a nadie cómo escribir, si le apetece a alguien escribir como Poe, adelante. Si quiere matar a Poe, adelante también. Pero ya está bien de sermonear y de oponerse a convenciones derribadas hace décadas. Porque basta leer a Fresán. Y a Foster Wallace. Y antes a Vonnegut. Y si a eso vamos, muchos textos de Borges o de Cortázar. Que lean La memoria de la especie, de Manuel Moyano, que es generalmente sin embargo un autor bastante narrativo en el sentido clásico, y digan que ha seguido recetas que le vienen impuestas (con lo que eso conlleva de idea ajena que uno nunca va a manejar con soltura). Que lean los relatos de Ricardo Piglia, de César Aira, de Mario Levrero o de Fogwill. De Samuel Beckett. E incluso de Kafka. Y hasta de Chéjov, en realidad, que muchas veces se acerca más al concepto pictórico de apunte al natural que al de relato con inicio y fin claramente definido. Que lean sobre todo, que no quería perderme en enfados inútiles, este magnífico libro de Fresán. Y cuando lo acaben que lo empiecen otra vez, por otro punto, otro punto cualquiera. Y así hasta que le hayan sacado la última gota de jugo. De Fresán aprenderán a irse por las ramas como modo natural de ser. Como yo, me temo, que como dice el argentino, he elegido para ir de A a B, de la presentación del libro a su recomendación, por la circunvalación de la Z. Sé que volveré a leer este libro y otros de Fresán pronto, a la espera de que publique nueva obra.



American gods, de Neil Gaiman, Editorial Roca Bolsillo: Gaiman es un narrador muy ágil. Cuenta lo que pretende sin que el lector se desvíe de la narración. Es un escritor muy ameno. Y para ser un escritor ameno, al menos de los que a mí me resultan amenos, hay que ser en primer lugar un buen escritor. No un buen juntaletras o un redactor decente, sino un buen escritor. Gaiman lo es de sobra. Y esta es probablemente su novela más ambiciosa. Es la más claramente adulta, y la más oscura. También es la más trabajada literariamente, y la más larga. Seguramente es el único de sus libros que no se puede encontrar entre la narrativa juvenil en las librerías (y tiene otros libros cuyo lugar natural creo que no es ése). En American gods se cruzan decenas de subtramas y personajes secundarios que van acompañando el periplo de Sombra por una América profunda que ha renunciado a sus viejos dioses paganos, los que se fueron al nuevo mundo para ser adorados allí, para ahora ser olvidados y reemplazados por nuevos dioses, básicamente el éxito y el dinero, que exigen prisas y competitividad. Pero algunos de esos viejos dioses han decidido luchar para seguir siendo lo que llevan siglos siendo, porque alguien ha decidido matarlos y que sean olvidados pero no quieren que sea así. Y han escogido a Sombra, recién salido de prisión, viudo reciente, traicionado, para que sea quien los ayude. Habrá serie de TV, que parece que es hoy en día la garantía de calidad de cualquier producto cultural. Espero que sirva para que muchos más lean este libro.


Me acercaré a:
Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer: Premio Nobel de 1978. Único autor yiddish premiado. Una historia post holocausto. La vida que le queda a un grupo de supervivientes. Un tema que quizá se ha tratado muchas veces pero pocas desde ese punto temporal. Narrativa americana judía, una tradición que en general siempre me ha dado grandes alegrías como lector (Bellow, Roth, Salinger, Auster). Tenemos un tema y tenemos una tradición en la que insertarlo que creo que me interesarán. He leído que la novela no se publicó como tal hasta después de la muerte de Singer, que antes había sido una novela publicada por entregas en un diarios. Creo que si fue capaz de mantener la atención de los lectores durante seguramente un tiempo largo (en versión libro pasa de las 600 páginas) la construcción de la trama será atractiva. Confío en que sea una buena lectura navideña.

Sodoma y Gomorra, de Curzio Malaparte: Después de quedar fascinado con La piel quiero seguir leyendo a Malaparte. En la biblioteca encontré este libro de relatos. 8 relatos. En el que da título al conjunto parece que Malaparte pasea con Voltaire por encima de las ruinas de la Europa post – bélica. Me lo imagino como un paseo denso y que sin duda quiero espiar, para ver hacia dónde fueron y de qué hablaron.

El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell: Hace siete u ocho años leí si no todas las novelas de Wallander sí la gran mayoría. Me acabaron cansando, pero en aquel momento me dieron buenos momentos de lectura. Quiero leer alguna otra novela de Mankell, algo que no sea de Wallander. Estuve curioseando por alguna librería y esta fue la que más me interesó. Creo que puede funcionar bien para vacaciones.

El geco, de Rafael Sánchez Ferlosio: El crítico Ignacio Echeverría (pero no sólo) insiste en la idea de que Ferlosio es el mejor prosista español contemporáneo. Creo que alguna vez en el colegio leímos Alfanhuí o algún fragmento de El jarama. No me dijo nada. Estoy seguro. Pero he leído últimamente un reportaje relacionado con la publicación de textos que Ferlosio compuso en los años setenta. Textos que se explica que fueron saliendo del retiro del mundo literario en el que parecía condenado a triunfar y alcanzar una posición preponderante. Pero se fue, se explica, a su casa, a estudiar gramática y profundidad y a tomar anfetaminas. Y a escribir tranquilamente bajo el influjo de las anfetaminas y el estudio obsesivo de la gramática. Claro, los periodistas describen la prosa de aquellos años como anfetamínica. ¿Para qué pensar algo más? Me interesa leer a alguien que un día decidió no coger el camino fácil y escoger otro cuando menos particular. El geco tengo entendido que recoge prosas y relatos de toda su producción, que funciona a modo de mejores páginas seleccionadas por el propio autor. Se me antoja la mejor manera de empezar con él.

Relatos de Alberto Laiseca: He visto recientemente una extraña película argentina: Cariño, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Está basada en un relato del tal Laiseca, que no sólo es el autor de la trama sino que aparece en varios momentos de la película cual deus ex machina explicando sus intenciones al escribir ciertas escenas. Me seduce la idea de un tío que se cuela en la película y va contando por qué el protagonista hace lo que hace (a menudo nos cuenta por qué el protagonista es tan idiota), y lo hace tranquilamente desde su despacho. Creo que en el fondo, todo escritor aspira a ser Dios. Y no se puede expresar de manera más clara que interrumpiendo la historia para decir: “yo pretendía … pero el idiota del protagonista …” No sé si será posible acercarme a sus relatos en las bibliotecas de la comunidad de Madrid, pero lo buscaré, me gustaría leerlo.

Hasta la próxima semana, cuando hagamos revisión y cierre del año.
Sr. E