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jueves, 16 de febrero de 2017

Amberes, de Roberto Bolaño

Amberes, de Roberto Bolaño (Ed. Anagrama)


Amberes, de Roberto Bolaño, es una ¿novela? de apenas 120 páginas. Digo ¿novela? porque es un texto de naturaleza bastarda más que mixta, que se acerca al relato en ocasiones, que se acerca a veces más a la poesía, y que solo se define como novela si entendemos así una obra en la que se repiten motivos y temas, ligados de una u otra manera, en este caso mediante una estructura vaporosa. Tras la muerte de Bolaño, Amberes fue incluido en el volumen La Universidad Desconocida, un libro que trataba, en principio, de recoger la poesía del autor chileno, esa en la que decía poner lo mejor de sí mismo y esa que nunca le dio los mejores resultados.

Creo que a Bolaño le debía importar poco si escribía novela, relato o esas construcciones mixtas con aire poético. Esos monstruos que Rodrigo Fresán definiría como libros mutantes pensando en novelas como Los detectives salvajes. No sé con qué intención escribió Amberes. Bolaño era más sabio que todos los desocupados del futuro, los que tratan y a veces tratamos de sexar sus libros una vez leídos. Lo más recomendable es leer. Sin más. Por lo que escribe en el prólogo de la edición de 2002, la que he leído, era un texto destinado al cajón de inéditos de un autor. Ese prólogo vale mucho más que esta reseña y que muchas de las tesis doctorales que están escribiéndose sobre Bolaño en este momento. Amberes es en cierto modo una de las primeras publicaciones póstumas de Bolaño, tan primera que es previa a su muerte. Tras su explosivo éxito con Los detectives salvajes, Anagrama ya debió preocuparse por ir rebuscando en sus cajones, y de ahí extrajo Bolaño este libro, que en su momento se distribuyó como novela. Porque la poesía no vende. Aunque quizá él lo veía más cercano a su poesía. Su poesía es eminentemente narrativa. Pequeños fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos y por acumulación, como capítulos de una novela.

Amberes es un libro que no desentona con la producción contemporánea y posterior de Bolaño. Con los años escribió novelas más estructuradas en un sentido narrativo, y creo que eso explica en gran medida la preferencia que muchos escritores dicen tener por Estrella distante y Nocturno de Chile entre sus libros. A mí me sigue pareciendo que su obra maestra, la que seguirá haciendo que muchos se apasionen por escribir, y la que se recordará dentro de 50 años, es Los detectives salvajes. Cierto es que 2.666 es más ambiciosa y más oscura, también menos legible, como diría el propio Bolaño, y tal vez eso la ayude a mantenerse siempre joven en las discusiones de los seminarios de narrativa latinoamericana.

Amberes es un libro menos ambicioso pero en la forma emparentado con Los detectives salvajes. Hablaba hace unos meses de El espíritu de la ciencia – ficción y decía que era un borrador de aquella. Los sinsabores del verdadero policía me pareció un borrador de 2.666 en un sentido parecido. Amberes tiene más entidad propia. La búsqueda del qué es más confusa, porque el libro es más poético. Y toda esta reseña es un fracaso porque la novela o lo que sea Amberes es difícil, muy difícil de poner en palabras. Amberes son 55 fragmentos que iluminan muy poco algo que se queda siempre entre sombras. Hay uno de esos policías extraviados de Bolaño, esos detectives de homicidios con alma de poeta. Hay una pelirroja perdida. Hay Barcelona y alrededores. El título de la novela parece elegido para despistar al incauto. Hay un jorobado. Crímenes. Hay un aire de película de David Lynch. Imágenes bonitas analizadas una a una con poca conexión. Eso también es cine. Esto también es literatura.

Amberes es en cualquier caso un libro que Bolaño decía disfrutar. En wikipedia dicen que dijo que tal vez porque quien lo escribió no era la misma persona que quien lo releía en su edición de 2002. Probablemente sea su primer libro narrativo terminado, aunque sí él mismo lo incluía en los poéticos, no sería el primero entre aquellos. Amberes está escrita en 1980, cuando Bolaño trabajaba, como tantas veces se ha dicho, de vigilante nocturno de un camping. Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce es de 1984 y es su primera novela claramente identificable como tal, aunque cabe recordar que está escrita a medias con A.G. Porta.

Amberes es un librito extraño que se lee en dos horas. Se lee de pie o se lee sentado en un banco incómodo. O acostado en un suelo frío. No es un libro de sillones ni para la cama. Es un librito incómodo que deben leer los incondicionales de Bolaño. Es un libro que en realidad deben leer todos los que leen más allá del sujeto – verbo – predicado – introducción – nudo – desenlace. No es un libro que tiene sentido únicamente como pre proyecto de Bolaño, algo que sí le pasa a sus inéditos póstumos (a algunos, al menos). Yo lo había leído hace tiempo y el viernes pasado me levanté con la sensación de que debía ir a la biblioteca a volver a cogerlo sin falta. Pedí un día de asuntos propios en el trabajo, fui a la biblioteca, lo cogí y lo leí. Y ahora lo cuento. Es un rapto, Amberes, más que una novela o un libro de poesía.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 30 de enero de 2017

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Ed. Anagrama)


 Leí hace algunos años Submáquina, de Esther García Llovet, y solo recuerdo algunos detalles de la novela (lo protagonizaba una policía lectora, o una policía escritora, y retrataba el mundo con una mirada irónica y crítica). Recuerdo que me gustó y que desde entonces el nombre de Esther García Llovet estaba en mi lista de autores a los que seguir, y he leído que la autora afirma que aquella novela tuvo como 500 lectores, así que en cierto modo Esther García Llovet y yo somos familia, y por ese parentesco literario me alegré mucho cuando vi su nombre como finalista del último Premio Herralde de Novela. La novela no ha sido la finalista institucional del premio sino una de las novelas que llegaron a la última selección del jurado y que este recomendó que se publicara junto a la ganadora y la finalista. No recuerdo qué novelas ganaron este año ni tengo especial interés en leerlas ahora mismo, pero creo que conseguir ese reconocimiento fuera de lo establecido por las bases tiene un mérito especial. Algo habrá visto el jurado. Algo que no debe ser premiado. Hay que leerlo, urgentemente.

De Submáquina recuerdo que el ritmo era cinematográfico (dicho esto como sinónimo de que muchas acciones quedaban más esbozadas que desarrolladas, como en un guión) y que la manera de expresarse y moverse por el mundo de su protagonista me recordaba la escritura de Roberto Bolaño, siempre entre lo policial y lo metaliterario. Curioseando ahora sobre la autora veo que estudió cine y que en un artículo en una revista cultural de hace unos años le echaba la culpa de haberse puesto a escribir a Roberto Bolaño, en concreto a Nocturno de Chile. La sombra de Bolaño es alargada y sigue sobrevolándonos a muchos de los que hemos llegado a la escritura en el siglo XXI.
  
Cómo dejar de escribir es una novela que sigue los pasos del gran Ronaldo, el último tótem de la literatura latinoamericana, el autor mítico, chileno para más detalle, que recuerda por su procedencia y por esa mitomanía que parece despertar, a Roberto Bolaño. Aunque en realidad sigue los pasos de su hijo, un escritor que no escribe. Esa es una de las claves de la novela, la figura de los que no escriben y rodean al mundillo literario. Ese negativo de la fotografía. Todo el mundo que habla sobre el gran Ronaldo parece que estuvo con él en algún momento clave. Todo el mundo lo vio en cierto momento, lugar y circunstancia y quiere contarlo mientras se toma una copa. Parece que lo de menos fue lo que escribió, porque él mismo, convertido en personaje, fue su obra. Su gran obra. Casi como en la vida de Bolaño, con la salvedad de que tras la figura y el mito un tanto disparatado del chileno hay una obra de peso.

El narrador de la novela, apático y distante, es el hijo del gran Ronaldo. Un personaje sin amigos, aparte de un ex – convicto y un vagabundo, y al que parece que todo le da bastante igual. Va a alguna fiesta en la que no paran de decirle que dónde se ha metido, que parece que vive encerrado. Y es que vive casi encerrado en la vieja casa de su padre. Investigando sobre el gran Ronaldo, sin descubrir nada demasiado sustancioso, y buscando su novela inédita, la búsqueda sobre la que precariamente se sustenta la trama. Y la trama se sustenta con precariedad sencillamente porque es lo de menos, es un falso esqueleto que usar como percha para escribir.

La escritura del libro se eleva constantemente, y va iluminando rincones de Madrid con ojos de turista, y va, sobre todo, iluminando rincones del alma humana. Esos rincones del alma que los turistas no suelen visitar. El gran mérito de Cómo dejar de escribir es que parece escrita con ligereza, se lee con ligereza, trata esencialmente de nada, pero cuando acabamos de leerla, sentimos que esa aparente nada era la misma nada de la que está hecha la vida, así que era un libro que trataba de la vida. De la del gran Ronaldo y de la de su hijo y de sus extraños amigos y por supuesto, de la nuestra.

Y así, como pretendía seguramente desde una intención inicial maquiavélica de su autora, Cómo dejar de escribir se convierte en el libro de autoayuda envenenado perfecto, pues como pasa con los textos de Bolaño, tanto con sus novelas como con sus relatos, es una narración perfectamente hilvanada que invita a la relectura y lanzará a escribir a quien acabe el libro. Suerte a los imprudentes en el empeño.

Seguiremos leyendo y escribiendo.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El ruido y el entorno me cansan. Abandono El espíritu de la ciencia - ficción

El espíritu de la ciencia - ficción, de Roberto Bolaño (Ed. Alfaguara)


Con toda mi ilusión cogí hace 10 días en la Biblioteca este nuevo rescate de la obra de Bolaño. Un inédito más. El primero que aparece en su nueva editorial, después de la polémica y el cambio. Lo iba leyendo combinado con otros tres o cuatro libros, y me iba gustando. 

¿Qué me han parecido en todos estos años los inéditos de Bolaño? Creo que ha habido de todo. No olvidemos que la misma 2666 ya apareció póstumamente, aunque estaba muy trabajada por su autor.

Leí La universidad desconocida y leí El espíritu del mal. Me parecieron buenos libros. No me parecieron libros menos defendibles ni menos bolañescos que Entre paréntesis o El gaucho insufrible, por ejemplo. Lo mejor de Bolaño en ese sentido es que siempre es bolañesco, valga la palabra, y esos libros eran parte de su territorio.

Leí El tercer Reich, que sí me pareció un libro flojo. Uno de esos libros que te llevan a pensar que por algo estaban en un cajón.

Leí La pista de hielo, novela con la que Bolaño ganó el Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá en 1993, un premio que yo gané en 2011 con una colección de relatos afortunadamente inédita, y que me hizo sentir un poco más cerca de él. Es un libro que funciona, sin más. No aporta nada.

También leí, y perdón por la repetición, Los sinsabores del verdadero policía. Me parece un libro muy interesante, quizá no una gran lectura independiente, pero sí un libro muy interesante para bolañistas, pues prefigura muchos temas e ideas de 2666.

Empecé a leer El espíritu de la ciencia - ficción, novela escrita en 1984, y me estaba gustando. No era una obra maestra, ni lo necesitaba. Anticipaba cosas de Los detectives salvajes, y era divertido. Estaba un tanto deshilachado, pero mucha prosa de Bolaño es así, hecha de disparos sueltos. Era un libro menor que quizá tampoco era un gran libro pero sí una lectura interesante para los que ya conocen bien la obra del autor.


En El espíritu de la ciencia - ficción hay talleres literarios y enfermos de literatura. Aquí no son tanto poetas como autores de ciencia - ficción, como su título anuncia; un género que Bolaño leía mucho. El prólogo de la obra me parece un poco justificativo, como si se desconfiara de que lo que se ofrece es bueno. Y las fotos de sus cuadernos de notas que se ponen al final, que se pudieron ver en la exposición que se hizo hace un par de años en El Matadero de Madrid, apuntan en esa misma dirección. Un artículo de Ignacio Echevarría en El cultural hablaba de ello. Preferí no hacerle mucho caso. El libro estaba bien, se defendía.

Yo leía y trataba de evitar el ruido, pero los sucesivos artículos de Ignacio Echevarría y Carolina López sobre los últimos años de Bolaño, su legado, su novia o no - novia, su vida familiar, y que al final se haya pedido que se retiren de las librerías los ejemplares restantes de sus publicaciones en Anagrama, me han descentrado. Así que me vi obligado a cerrar el libro allá por la página 130 (en torno a un 65% de su longitud total) y pasar a nuevas lecturas. Dejo muchos libros sin terminar, pero siempre es por motivos de lectura, porque me cansan, aburren o no aportan nada. Me da rabia que me hayan estado molestando hasta hacerme abandonar. 

Una pena que los trapos sucios ya no se laven en casa. 

Seguiremos leyendo

Felices lecturas 

Sr. E

jueves, 31 de marzo de 2016

Cuentos pendientes de marzo

Mis lecturas de marzo:

Llego a las últimas horas del mes con una lista de buenas lecturas preparada. He releído con mucho gusto obras de Bolaño y de Levrero. He leído bastantes relatos, y todos de un buen nivel. He leído también una de las pocas obras de DeLillo que me quedaban por leer, un curioso libro sobre la llegada del campo a la ciudad en la Yugoslavia de Tito, y una de las que probablemente debieran estar entre las mejores novelas españolas del año, Todos los miedos.

Todos los miedos, de Miguel Ángel González, Ed. Siruela: Miguel Angel González ganó con Todos los miedos el último Premio de Novela Café Gijón. Dentro de los premios que valoro, y que en general son pocos, está sin duda este Café Gijón del que ya habían salido dos de las para mí mejores novelas españolas de la última década, Concierto del No – Mundo de A. G. Porta y Los asesinos lentos de Rafael Balanzá. Quizá no sea demasiado atrevido subir a esa misma lista de novelas españolas destacadas de la última década Todos los miedos. Miguel Ángel González parece un recién llegado, pero sólo lo es para el público de las grandes editoriales. La verdad es que lleva al menos diez años escribiendo y acumulando premios y experiencia por ello. Se le nota esa cantera en campos de tierra, como diría Bolaño, todos esos años marcando goles en 2ª B se detectan en su llegada a la Primera División de los narradores. Aún siendo un concepto del que desconfío profundamente, diría que en esta novela se detecta autenticidad. Leo el libro y leo a un narrador nato, a alguien incapaz de no estar inventando la realidad según transita por ella, y que lleva años haciéndolo, y seguirá haciéndolo, independientemente de que la fortuna lo premie con reconocimientos o lo ignore.
Todos los miedos es una novela en la que nos encontramos con dos historias que no aparecen entremezcladas, que podría haber sido una tentación comprensible por parte del autor, pues habría ayudado a que los puristas de lo que es una novela o lo que no lo es la hubieran asimilado con más facilidad. Son independientes, y así se nos presentan. Primero leemos una (¿Quién teme al lobo feroz?) y luego leemos la otra (Lo que sé del olvido). Son independientes pero sin duda orbitan en un mismo Sistema Solar. Cada una de esas historias se va escribiendo a base de pequeños fragmentos que muy acertadamente van dibujándolas. Todos los miedos, quien lo lea lo notará, es un título muy bien elegido. ¿Miedos a qué? A que le hagan daños a quienes más queremos, a no poder recuperarnos de un duro golpe, a vernos solos, a morirnos, a pensar que nadie nos recordará.
Miguel Ángel González nos presenta en la primera historia la destrucción de una familia. Una madre es raptada, maltratada y violada en unos larguísimos días de secuestro. Su marido y su hijo, el narrador de esta historia, tratarán de aguantar. Y cuando ella vuelve, deben estar ahí para levantarla. Aunque todos, ella la primera, saben que la vida no volverá a ser la misma. Porque ella nunca podrá volver a confiar en la humanidad ni volverá a caminar por las calles como si no fueran una selva. Ni ellos podrán olvidar los días que pasaron, ni la madre a la que se llevaron y a la que no les devolvieron del todo. No sabemos en ningún momento quiénes son los que la secuestran. Y ese es uno de los elementos que más contribuyen al terror existencial que nos produce la narración. No parece haber motivos especiales para hacer algo así. El autor apunta a la simple maldad. Una maldad estúpida e indiscriminada, que sabemos que existe.
La segunda narración es la de un hombre condenado a muerte por una terrible enfermedad. Alguien que parece joven y a quien vemos acercarse a esos últimos días en completa soledad. Mira hacia atrás y ve un paisaje desolado lleno de errores, malentendidos y más soledad. Un narrador que está pasando su última noche en el mundo en compañía de nosotros, los lectores, mientras busca un poco de compañía.
Puestos a elegir, y dentro del alto nivel del libro, me ha sugerido e inquietado mucho más la primera de las narraciones. El estilo de todo el libro va haciéndose poético a base de laconismo. Sugiere más que cuenta, y somos los lectores los que acabamos de dibujar la acción. Los epígrafes del libro son de Raymond Carver y Charles Bukowski, sin duda dos referencias claras para el autor. Con esas influencias y ese estilo, la obra final suena al Ray Loriga de los noventa (y para mí Loriga tiene dos o tres libros muy valiosos), y también me ha recordado, con ese raro lirismo que acaba produciendo, a dos libros de Félix Romeo, Discothèque y Dibujos animados, que leí hace mucho. Miguel Ángel González oxigena en algunos momentos dos historias de una alta carga emocional con apuntes que en principio no están relacionados con la trama, pues son anécdotas sobre escritores, personajes públicos (me parece brillante la introducción de la novela, antes de la llegada de las dos historias, que ya nos va situando en el mundo narrativo al que vamos entrando), películas. No esconde sus referencias, y se agradece, yo personalmente no me fio de los escritores de treinta años o aún menos que dicen haberlo aprendido todo de Delibes o Carmen Laforet o Pérez Galdós. Miguel Ángel González enseña claramente cuáles son sus referentes y desde ellos construye una obra personal, compleja, desasosegante y muy recomendable.


Historias del otro lugar, de José María Merino, Ed. DeBolsillo: Este libro recoge prácticamente la obra breve completa de José María Merino. Son en total 66 relatos que habían aparecido previamente en forma de 5 libros de relatos, y algunos que habían aparecido de manera suelta. Este libro supone, en su edición, una actualización de Cincuenta cuentos y una fábula, aparecido en 1.997. Estos relatos de José María Merino son los que más se ajustan a la idea clásica de relato, tanto en extensión como en temática y forma, pues sus microrrelatos han ido apareciendo en paralelo en los últimos años en Páginas de Espuma. Los relatos de José María Merino se acercan casi siempre a esa línea fantástica que sale de ver las pequeñas variaciones de la realidad y analizar la extrañeza de esas misma realidad. Merino, leído, sabe a Cortázar, aunque es más clásico que el argentino, sabe a un Cortázar menos arriesgado, sabe a Bioy Casares, sabe casi a Poe y Hoffman. José María Merino maneja unos pocos temas clásicos en el relato breve de corte fantástico, de modo que al recogerse aquí distintos libros hay relatos muy parecidos, pues en casi todas sus colecciones hay una historia de dobles, una historia de fantasmas, alguna de locura, pequeñas leyendas, temas que va variando poco pero con encanto. Si en los institutos españoles se estudiara relato breve, podrían utilizarse los cuentos de José María Merino, pues son relatos bien trabajados, muy bien escritos, con dominio técnico, que se pasean por los motivos clásicos del relato, en los que se detectan muchas y profundas lecturas de los maestros. No creo que ningún lector conocedor del mundo del relato breve tenga en la memoria marcados a fuego los relatos de José María Merino, pues quizá les falta siempre un detalle que los particularice, que se atreva a hacerlos volar en un lugar destacado. Pero sin duda ese mismo lector los leerá con gusto, con agrado, reconociendo en ellos a alguien que conoce, trabaja y respeta perfectamente la tradición del género. 


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La ley del deseo, de Andrej Blatnik, Ed. Baile del Sol: Este es el segundo libro que he leído de la colección Deleste de Baile del Sol. Es una colección especializada en literatura balcánica. Blatnik es esloveno, y bajo este almodovariano título se presenta una colección de relatos originalmente publicados a principios de la década de los 2.000. La narrativa de Blatnik no es exótica, y bebe claramente de sus modelos norteamericanos. El elemento decisivo de la trama del primer relato, metaliterario como la mayoría de ellos, es un encuentro entre un hombre y una mujer alrededor de un libro de relatos de Raymond Carver. Carver es sin duda la presencia dominante en el horizonte de Blatnik, quien aunque escribe de ese modo lacónico y minimalista que suele relacionarse automáticamente con Carver, introduce elementos más propios del posmodernismo (juegos narrador – autor, desdoblamientos, reflexión sobre la historia desde dentro de la misma) en la que se ven también las lecturas de otros autores, particularmente me ha recordado algunas historias de Lorrie Moore y David Foster Wallace. La Guerra de los Balcanes no es un gran tema en el libro, aunque su presencia es a veces un telón de fondo claro, y Blatnik nos muestra que la soledad y la incomunicación, también en Ljubliana, en tiempos de guerra y en tiempos de paz, son algunos de los grandes enemigos del ser humano contemporáneo. Destaco especialmente los relatos De qué hablamos nosotros dos, el relato que explota a partir de De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Carver, del que hablaba, que va hilando las vidas de dos solitarios, Más cerca, la historia de un hombre que parece que va continuamente de un lado a otro, pero siempre lejos de su mujer, con la que las cosas no van bien, y de su hijo, al que siempre está echando de menos, rehén de una guerra fría entre sus padres, y dos historias más breves, Cuando el hijo de Marta volvió, en el que la guerra se hace más presente, pero como una presencia fantasmal, lejana, de la que se vuelve como se vuelve directamente de la muerte, y El testigo principal, casi un microrrelato, de poco más de dos páginas (en un libro en que los hay del orden de las cuarenta) que reflexiona sobre lo difícil que es renunciar a ser igual a todos y mantener las diferencias.


Fascinación, de Don DeLillo, Ed. Austral: Ya hablé aquí largo y tendido de mi fascinación (valga el juego fácil con este título concreto) por la obra de Don DeLillo.
Fascinación es la última novela de DeLillo a la que he llegado, y una de los pocos libros dentro de su obra que me quedaban por leer. Fascinación es una novela extraña, pero en general las novelas de DeLillo lo son. Como en muchas de sus historias, parece que nos metemos dentro de una historia propia del pulp y la serie B. Se entremezclan las escenas tópicas de novelas de espías y novelas negras. Nos movemos en los márgenes de la ley, entre agentes de inteligencia que se infiltran en cualquier clase de movimiento contestatario, vemos cómo es la vuelta a la realidad americana de quienes fueron a la guerra de Vietnam, conocemos a empresarios de éxito con secretos inconfesables, y vemos cómo todo se va mezclando. El título original de la novela es Running dog, el nombre de una revista de investigación con una gran carga política que parece estar a punto de destapar un escándalo. La novela, como la mayor parte de las historias de DeLillo, se construye a partir de un mcguffin que le permite al autor enseñar la realidad oculta del mundo que creemos conocer, los recovecos del poder, las fuerzas que nos manipulan y los constantes conflictos en los que nos meten. En este caso esa trama se arma a partir de la búsqueda desesperada por parte de algunos de los personajes de una supuesta y mitificada película pornográfica relacionada con Adolf Hitler. Cuando leí la contraportada por primera vez, en la librería, creo que pensé algo así como: “¡nazis y pornografía, debe ser un buen libro, sólo le faltan los extraterrestres y los dinosaurios para ser la mejor novela de la historia!”. Y la verdad es que es una buena novela. Los libros de DeLillo, a falta de extraterrestres y dinosaurios, sí funcionan por acumulación de elementos, como un buen cocido. La prosa tiene el mismo toque hipnótico que el autor iría perfeccionando con los libros, pues sin llegar a ser una de sus grandes novelas, y no llegando quizá ni a ser un DeLillo de segundo nivel, sino uno de sus libros de tercera fila, eso sigue dejándolo en un lugar muy destacado dentro de la narrativa del último medio siglo. El libro tardó muchos años en traducirse y publicarse en España, lo que quizá da una pista sobre el olfato de los editores (aunque hay que reconocer que ahora mismo casi toda su obra está en Seix Barral y llegando a ediciones de bolsillo a través de Austral). No es su mejor novela, y desde luego no es la mejor para empezar a leerla, pero es un libro interesante para quien ya lo haya leído antes, en el que se viaja poseído por esa manera tan particular de escribir, y del que se vuelve otra vez más con la convicción de que no nos enteramos ni de la mitad de lo que de verdad ocurre, y que el Bien y el Mal, no nos engañemos, desaparecieron hace mucho como conceptos puros, y viven en un continuo mestizaje.


El tiempo de las cabras, de Luan Starova, Ed. Libros del Asteroide: Luan Starova nació en Albania aunque desde muy joven vivió en Macedonia. Conoció desde su infancia la Yugoslavia de Tito, y en ella se enmarca esta obra, que parte de una anécdota aparentemente anodina pero cargada de significados. Los campesinos llegan a la ciudad, porque la sociedad perfecta comunista hermanaría por fin a los habitantes del campo con los proletarios de la ciudad, y la realidad entra en conflicto con los ideales. Los campesinos que van llegando a los arrabales de la capital van trayendo sus costumbres, sus familias, y por supuesto, también, a sus cabras, con las que habían vivido en cercanía y alimentándose de ellas durante generaciones. No conciben la vida sin cabras, y no entienden las pegas que las autoridades parecen ponerle a ese desembarco con animales. Así que como si nada hubiera cambiado para ellos por la llegada del comunismo y por el tránsito a la ciudad, empiezan a construirles establos y siguen viviendo de las cabras, como siempre hicieron. Los habitantes originales de la ciudad, al principio desprecian a esos paletos recién llegados, pero poco a poco irán aceptando su llegada, sus modos y sus ideas, quizá no tan alejadas de los ideales de solidaridad y hermandad entre pueblos que el régimen de Tito promovía. Es una novela costumbrista, agradable, simpática, de lectura cómoda y confortable, que nos permite conocer un tiempo y un lugar interesantes.


Relecturas

La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño, Ed. Anagrama: Siempre me ha parecido que los dos grandes referentes de Bolaño a la hora de escribir fueron Vargas Llosa (de quien hay rastros en la manera de estructurar sus novelas, aunque fuera una influencia que Bolaño no tendía a reconocer, pese a que sí reconocía su admiración por las grandes novelas del peruano, de quien lamentaba la evolución que había seguido, y por suerte nunca llegó a verlo con Isabel Preysler, convertido en un personaje de la prensa rosa) y Borges, a quien siempre consideró y declaró el gran autor latinoamericano. Si hay un libro decididamente borgeano en la obra de Bolaño es sin duda éste, un volumen en el que Bolaño inventa las biografías y bibliografías de decenas de autores de ideas nazis o seudonazis (aunque por la propia cronología de su obra algunos de ellos murieron antes de la existencia de los propios nazis) al modo de la Historia universal de la infamia. Los escritores que inventa Bolaño tienen vidas plagadas de detalles propios de perdedores, pues estos nazis y criptonazis, son, sobre todo, escritores mediocres, con aspiraciones de grandeza, a los que nadie hace demasiado caso, a los que todos, en este mundo del libro, parecen haber olvidado, lo que hace más necesaria (y completa aún más la poética de los perdedores, con otro perdedor haciendo de antólogo de fracasados) la labor de recuperación del autor.


Dejen todo en mis manos, de Mario Levrero (primera novela corta del volumen Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y otras novelas), Ed. DeBolsillo: Los estudiosos de la obra de Levrero, entre los que muy probablemente y de modo humilde me encuentro, aunque sea de una manera caótica y desordenada (claro que no puedo imaginarme otra manera de ser experto en Levrero) suelen localizar un cambio decisivo en la obra de Levrero a partir de las novelas breves El alma de Gardel y especialmente en Dejen todos en mis manos. En estas dos novelas cortas, Levrero empieza a introducir elementos autorreflexivos intercalados en su narración, que hasta entonces había sido más lúdica (teniendo claro que el sentido lúdico de Levrero muchas veces es absurdo y pesimista, kafkiano). El protagonista de Dejen todo en mis manos es un trasunto del propio Levrero, un autor uruguayo que lamenta su mala suerte y la falta de comprensión de críticos, editores y público, a quien uno de esos mismos editores, después de rechazar su nuevo libro, le encarga un trabajo. Tiene que localiza al autor o autora de una novela (ésta sí una obra maestra indiscutible, no como las suyas) que llegó hasta allí sin señas. El protagonista debe llegar (penosamente, como siempre que un personaje de Levrero debe dejar su casa y viajar, sin duda uno de sus demonios constantes) hasta una ciudad perdida en mitad de la nada, y al modo de un detective clásico, investigar la verdadera identidad de quien hizo llegar esa novela a la editorial. Como siempre en sus narraciones, distintas situaciones humorísticas en la línea absurdo – existencialista irán haciendo que lo que parecía un simple encargo vaya complicándose hasta casi desesperar al protagonista, quien tendrá que reflexionar sobre el propio sentido (y la falta de sentido en muchas ocasiones) de la vida.

Os deseo felices lecturas en abril

Iremos comentándolas

Sr. E

jueves, 17 de marzo de 2016

Una lista de diez cuentistas, y una larga explicación



Diez cuentistas

Estuve releyendo estos días algunos de esos divertidos decálogos de escritores que dan consejos sobre cómo escribir cuentos (“no olviden la frase, justamente célebre: dos más dos son cuatro, pero ¿y si fueran cinco?”, decía Onetti), o más en general, sobre cómo escribir. Llegué al famoso punto de las reglas de Bolaño que dice: Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”. Seguido de aquel que remata: “Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”.


He intentado, inspirado en esa frase, hacer una lista con mis diez relatos preferidos, pero la lista se iba desviando en ramificaciones descontroladas (cuento que es un relato maestro técnicamente; cuento con el que aprendes a que la coherencia de la voz narrativa deje de parecerte algo tan fundamental, cuento menor pero que no puedes evitar releer,  cuento que envidias profundamente no haber escrito tú, etc.). Seguiré intentando filtrar alguna vez esa lista hasta que dé un número al menos parecido a diez (creo que al final el sentimiento más honesto es la envidia, y si acabara llegando a esa lista, sería la de los diez relatos que más envidia me producen como autor). Pero de momento me siento incapaz. He intentado el más modesto proyecto de listar mis diez autores de relatos preferidos, supongo que también porque se acerca el día del padre y la persona sólo tiene un padre, pero el cuentista es hijo de todo aquel al que roba ideas, y aún este proyecto, en su modestia, se me ha ido un poco de las manos. Porque sé cosas como que: Raymond Carver fue muy importante en mi primer impulso hacia el cuento, aunque haga años que me interesa poco. Otro tanto podría decir de Salinger. Nunca me marcó Bukowski. Me gusta más William Saroyan como cronista de los pequeños fracasos que nacen en la adolescencia que todos ellos.

También sé que hay escritores de los que admiro libros de relatos magníficos pero de los que no he leído otro, a veces porque no han escrito otro, y en tales circunstancias no me parece justo enfrentarlos a autores de los que he leído todos sus libros de relatos y esos libros de relatos suman muchos cuentos y muchísimas páginas. Por ejemplo adoro Pájaros de América de Lorrie Moore, Trescientos días de sol de Ismael Grasa, La máquina de pensar en Gladys de Mario Levrero, Crímenes triviales de Rafael Balanzá, Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas de Óscar Sipán, Gritar de Ricardo Menéndez Salmón, No es fácil ser verde de Sara Mesa  o El ángel esmeralda de Don DeLillo. He intentado dejar fuera a escritores canónicos que me interesan, pero no tienen un lugar destacado en mis referencias cuando me siento a escribir, aunque he sentido la tentación de incluirlos por una cierta sensación de deber, sabiendo que los he leído y volveré a leerlos, particularmente pienso en Chéjov. Quizá también en Poe.

Luego hay autores que tienen relatos que podrían tener cabida entre mis diez relatos preferidos, si alguna vez llegara a decidirme por ellos, como Fogwill, Onetti, Dino Buzzatti, Saul Bellow, Richard Matheson, Neil Gaiman, Stephen King o Joe Hill pero cuyos relatos, así en general, no siempre me convencen. Hay otros autores de los que he leído, si no sus cuentos completos sí sus cuentos reunidos y cuasi completos, con gran satisfacción, como Carson McCullers, Flannery O´Connor, Gabriel García Márquez o últimamente Bernard Malamud, pero a los que será el tiempo, y quizá las veces que ese tiempo me pida releerlos, el que pueda llegar a situar entre mis diez autores de referencia a la hora de abordar un cuento. 

Luego están esos autores que nos llevan a la pregunta de: ¿escriben relatos? Porque algo así son Vidas de santos y La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, o Diarios de las estrellas de Stanislaw Lem, pero creo que no están escritos con la intención de que sean libros de relatos, entendidos estos como algo más o menos reconocible y más o menos clásicos. Hace años que no he vuelto a leer los relatos de Paul Bowles pero sé que me marcaron. Me gusta el Vila – Matas cuentista y Exploradores del abismo es uno de mis libros de cabecera, pero me siento cada vez más alejado de su obra en general. Algunos relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Murakami, me absorben. Quim Monzó me hace gracia en ocasiones y en otras me parece insufrible. Sergi Pàmies tiene libros excelentes, pero otros parecen imitaciones de sí mismo. Suele gustarme todo lo que leo de Cristina Fernández Cubas. Adoro al Bioy Casares fantástico, pero el más realista me deja frío. No soporto a Hemingway y sus icebergs. Más que Chéjov, que nunca ha pasado de dejarme un tanto frío, me impresionó, como cuentista, dentro de los rusos, Caballería roja de Isaak Babel. 

Quiero decir, con todo esto, y como defensa última, que mi lista de diez autores es discutible como toda lista, y es una lista que si la escribiera mañana incluiría a alguno de esos autores recién nombrados a cambio de excluir a otros (tengo la sensación de que los cánones, hasta los más personales, se forman a velocidad geológica, y el único autor al que he llegado por primera vez en los últimos dos años es Ballard, y de algún modo siento que en un futuro es posible que Malamud esté ahí dentro, pero no hoy), pero quiero que quede claro que es la lista de alguien que ha leído mucho relato en los últimos doce – quince años de su vida, aunque también me quede mucho por leer, y para quien el relato es muy importante y el cuento casi un modo de vida. 

Mis cuentistas preferidos, de los que recomiendo lectura constante, sin ningún orden particular, porque sólo faltaba eso, ordenarlos del primero al décimo, son, muy probablemente, a estas horas de este día:

John Cheever
Roberto Bolaño
Tobias Wolff
Augusto Monterroso
Julio Cortázar
Franz Kafka
Etgar Keret
Borges
J. G. Ballard
David Foster Wallace


lunes, 11 de enero de 2016

Buenos propósitos lectores

Mis propósitos lectores para 2.016

No suelo hacerme propósitos de año nuevo que luego poder incumplir alegremente. Ni como lector soy demasiado disciplinado. Raro es el mes en el que no planeo acercarme a cierta obra y bien no llego a sus cercanías o bien llego hasta ellas y siento que no es mi momento y sin mucho dolor devuelvo el libro a la estantería, bien sea la del salón o bien la de la biblioteca de la que lo cogí.

Pero no me canso de pensar en todo lo que tengo por leer y por releer y quizá no está mal dejármelo aquí apuntado para poder hacer balance a finales del año que empieza de lo cumplidor que he sido (advertido queda que no creo ni en la lectura ni en la escritura como disciplinas). Durante 2.016 me gustaría leer (o releer, según los casos):

James Ellroy: Devoré hace años el cuarteto de L.A. Me metí de lleno en Mis rincones oscuros, un libro que de vez en cuando hojeo, pero no he vuelto a lanzarme a la lectura de grandes libros de Ellroy. Y sé que aunque es un poco psicópata es el gran escritor de novela negra (de la que molesta, de la que duele) de esta época. Querría ponerme con alguno de los libros de su llamada Trilogía de los bajos fondos de EEUU (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda).

David Peace: Quiero releer el Red riding quartet, que fue la lectura que en 2.012 apunté como lo mejor de ese año. Una serie de 4 novelas negras (pero muy muy negras) escritas alrededor de crímenes oscuros en el norte de una Inglaterra que se deshacía. Desunión social, desmantelamiento de la industria, niebla, lluvia negra, y una prosa hipnótica, cercana a Ellroy, cercana a la mejor literatura que se escribe en el mundo.

El ciclo de El laberinto mágico de Max Aub: Después de haber quedado encandilado con La gallina ciega, intentaré ponerme con estas seis novelas, su obra cumbre, ambientadas en la Guerra civil, su postguerra, los campos de concentración que el propio autor conoció, el exilio, el desarraigo. Sé que será una lectura exigente, pero sé que puede ser muy satisfactoria.

Dostoievski: Sé que es un autor decisivo en la formación de toda la novelística posterior a su figura. Sea de manera directa o indirecta, está en mucho de lo que me interesa. Está en Kafka, está en Sabato, está en Menéndez Salmón, está en DeLillo, está en Balanzá, está en Roth, está en Coetzee. Pero debo reconocer que lo he leído poco. Algunos relatos, dos novelas cortas y de sus grandes novelas sólo Crimen y Castigo (ahora bien, fue una de esas lecturas que valen por un año de otras lecturas). Querría leer El idiota o Los demonios (de Los demonios he leído fragmentos muchas veces, querría leerla como novela completa de una vez). Los hermanos Karamazov, no sé por qué, y aunque sé que sonará a sacrilegio a algunos, me llama menos la atención.

El castillo, de Kafka: Hay libros que leo sin parar, con la esperanza de que me sirvan para aprender algo en esa carrera de fondo que es la escritura. Hay otros libros que he leído una única vez en mi vida y sé que cualquier relectura es inútil porque se me metieron en lo más profundo de la mente y allí siguen. De Kafka releo con mucha frecuencia sus relatos, y leí una única vez que me dejó marcado El proceso y América (que ahora creo que se llama El desaparecido). Nunca he leído El castillo, no sé muy bien por qué, quizá porque decidí reservarme algo para el futuro. Puede que haya llegado su momento.

Roberto Bolaño: Bolaño es probablemente el escritor que me acabó de contagiar la enfermedad de la escritura. Seguramente hay mucha gente de mi edad y parecida que se puso seriamente a escribir impulsada por Bolaño. No, al menos no en mi caso, con la intención (que sería estúpida) de tratar de escribir como él, aunque seguro que todos esos hijos bastardos tenemos dejes de su escritura. Pero sí con la fuerza que se desprende siempre de su escritura. Bolaño es un tipo que se lo jugaba todo a lo escrito, un escritor que empuja a escribir, que empuja sobre todo a leer más y más, de manera enfermiza. Me gustaría volver este año que empieza a leer una de las cumbres de Bolaño. Los detectives salvajes la he revisitado muchas veces, cada vez que se lo regalo a alguien lo releo, y lo he regalado varias veces. Seguramente relea 2.666, que sólo leí una vez, aunque mi primer Bolaño del año será La literatura nazi en América, un libro claramente borgiano que leí hace mucho y que se ha reeditado en bolsillo no hace demasiado.

Saul Bellow: Leí algunas de las grandes novelas de Bellow hace bastantes años: Herzog, Las aventuras de Augie March, puede que también El planeta de Mr. Sammler. Sé que no he leído El legado de Humboldt. Leí sus Cuentos reunidos hace un par de años y los disfruté mucho. Me pareció que sus textos estaban llenos de matices, espejos y profundidad. En 2015 leí un par de novelas breves. Creo que podría disfrutar mucho más de sus novelas ahora, con más años vividos, leídos y escritos.

V. S. Naipaul: Es un escritor por el que no acabo de decidirme. He leído algunos libros, pero nunca los centrales de su producción. Creo que leí un libro de viajes, unos relatos de sus comienzos y un breve texto sobre la lectura y la escritura. Me gustaron pero sé que no son los que lo convirtieron en un Premio Nobel. Admiro a muchos escritores que lo admiran, y a lectores y críticos que lo consideran probablemente el mejor escritor vivo. Me parecen razones más que suficientes para intentar que 2.016 sea el año en el que acercarme por fin a libros como Una casa para el Sr. Biswas o Entre los creyentes, que viven en mis estanterías desde hace tiempo.

Ernesto Sabato: Leí El túnel hace muchos años, cuando tenía dieciséis o diecisiete años y recuerdo aún la perturbación que me produjo. Leí El informe sobre ciegos en algún brumoso año, y también me pareció muy desasosegante. La lectura el año pasado de su ensayo El escritor y sus fantasmas me ha hecho verlo como un escritor cercano al mundo que me interesa, y me gustaría leer Sobre héroes y tumbas completo, y quizá incluso Abbadón el exterminador, aunque tal vez sea demasiada densidad para un mismo año y sea mejor separarlos.

Don DeLillo: He leído mucho y con atención a DeLillo en los últimos años, como ya he comentado alguna vez. Este próximo año quiero leer Americana, su primera novela, quizá alguno de sus breves ensayos sobre la creación, y su nueva novela, que creo que saldrá en breve.

Philip Roth: Roth es uno de los novelistas a los que más he leído. Me parece uno de los que mejor entiende las pequeñas y grandes guerras y tragedias que se producen en cada familia y en cada vida, día a día. Llega a un nivel de profundidad muy grande con un estilo bastante accesible, para nada complicado. Hace años, sin embargo, que terminé con todas sus novelas importantes, y me apetece rescatar alguna. Ahora mismo la elegida sería Pastoral americana, pero iremos viendo.

Kurt Vonnegut: Matadero cinco es para mí una novela de referencia. Y he leído un par de libros de relatos o similares que me parecieron brillantes. Me quedan muchos libros suyos por leer, y me gustaría ir entrando un poco más en su mundo. Combinado con ese deseo, también me gustaría leer de vez en cuando textos completos en inglés, y con tal fin tengo en la mesita desde hace meses Breakfast of champions, pero sigue en la página 30. Intentaré darle duro.

Casa lúgubre (anteriormente traducida como Casa desolada), de Charles Dickens: Igual que me sucede con Los demonios de Dostoyevski, probablemente ya haya leído la novela entera a base de fragmentos. La cojo, leo doscientas páginas, me la llevo a un viaje, leo otras cien, vuelve a la estantería, allí reposa seis meses, leo cien páginas al azar en un par de noches, etc. Querría leerla al completo este año.
El reino, de Emmanuele Carrère: Me gustó mucho El adversario. Me encantó Limonov. No me interesó tanto pero me pareció un buen libro Una novela rusa. Tomando sobre todo como referencia Limonov, que recuerdo estar leyendo con verdadera pasión, sé que quiero leer El reino. Si Carrère, con su peculiar estilo, logró que me importaran tanto las andanzas de un personaje tan raro y difícil de definir como Edvard Limónov, creo que por fuerza debe interesarme su recreación de la vida de Jesucristo. Aunque no es tanto, por lo que he leído y oído, un libro sobre Jesucristo como sobre la creación de su leyenda, y por extensión, me imagino, de la creación de las leyendas, algo que me interesa mucho. Quiero conocer también cómo es el acercamiento intelectual que hace en ese libro un no – creyente como Carrère, y cómo compone con los distintos elementos a los que se va acercando un libro que ya imagino apasionante.
Y claro, muchos libros más. Algunos ya pensados en mayor o menor medida, y apuntados en mis interminables listas de títulos y autores con los que acudir a las bibliotecas que suelo visitar. Otros esperando aparecer casualmente en mi camino.

Iremos viendo por dónde van las lecturas de 2.016

Empezaremos a comentarlas a finales de enero.

Sr. E