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jueves, 11 de julio de 2019

Ensayo sobre el jukebox y Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke


Ensayo sobre el jukebox y Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke (Alianza)

Hay un viejo texto de Félix Romeo que circula con asiduidad por internet y que habla más de quién era Romeo (un escritor romántico, un personaje auténtico, a ratos extremo, tanto en sus textos como en sus filias y lecturas) que de Handke. En ese texto, Desesperadamente buscando a Peter Handke, que años después fue incluido en el libro Peter Handke y España, Romeo narra una excursión excéntrica y sin mucho sentido. Algo así como todo lo que debía hacer el escritor español, que decide ir a Soria a ver si se encuentra con Peter Handke.

Aquel viaje que emprende Félix Romeo se produjo en 2006, cuando Handke volvió a significarse políticamente a favor del bando serbio en la Guerra de los Balcanes y creo (apostaría a ello) que hundió definitivamente su carrera. Y me explico, porque no estoy hablando de su escritura sino que estoy hablando de su carrera literaria. Estoy convencido de que allá por 1975, teniendo Peter Handke poco más de treinta años y habiendo publicado ya El miedo del portero al penalty, La mujer zurda, El momento de la sensación verdadera o Desgracia impeorable, era una buena apuesta ponerle unos cuantos marcos a que sería ganador del Premio Nobel en las tres décadas siguientes. Si le quedaban opciones a mediados de la década de los 2000, las terminó de enterrar poniéndose otra vez al lado de Milosevic. ¿Y dejó de escribir bien Handke? Creo que no.

No me puedo definir como un experto en su obra, de la que he leído seis o siete de sus novelas más conocidas y ahora estos dos “ensayos” (y ya explicaremos más adelante las comillas), pero es una obra que se sostiene por sí misma de sobra. Las novelas de Handke, esas de los primeros setenta, son la obra de un hombre joven que ha decidido quemarlo todo, que apunta a Albert Camus y a un existencialismo vacío, que profundiza aún más en la idea del absurdo del escritor francés y le quita la poca esperanza que aquel dejaba. El miedo del portero al penalty, que releí hace unos meses, me hace pensar en El extranjero, y me parece aún más desoladora.

Llegaba, decía, a Ensayo sobre el jukebox desde el artículo de Félix Romeo. Romeo cuenta que en su adolescencia leía sin parar a Handke y le daba muy fuerte. Y es comprensible. Cuando eres adolescente, y ningún escritor vocacional deja de serlo del todo nunca, ese tipo de prosa, que aparte de hipnótica (y lo es) parece claramente entregada a la literatura. Handke es el escritor que lo apuesta todo al lápiz y su cuaderno, y es con eso con lo que sueña (aunque luego no lo haga) el escritor vocacional, ese lector adolescente en busca de modelos. Romeo va a Soria a buscar a Handke porque por allí pasó, a finales de los ochenta, el escritor austríaco durante la escritura de su Ensayo sobre el jukebox.

Y llegamos al primer libro. Este Ensayo sobre el jukebox es apenas un ensayo, apenas dedica unos pocos párrafos a hablar de la historia de las primeras máquinas de discos. Ni siquiera es un ensayo más o menos memorialístico, no se trata de un narrador que sea Peter Handke o un trasunto cercano contando sus experiencias con los jukebox, hay de eso pero es secundario. Ni le interesa demasiado la música popular, nos dice, ni el baile. Nunca ha sido coleccionista de discos pero sí de esos momentos presididos casi por el azar en los que dejaba caer una moneda y esperaba a que arrancara el disco que la máquina tuviera reservado para él. Tal vez por eso, por esa mezcla de destino y azar, le gustaban especialmente los jukeboxes en las ciudades fronterizas, en los lugares con puerto. ¿Y dónde encaja Soria en todo eso? Pues encaja en la medida en que la lógica de Handke al escribir es una lógica torcida que va concatenando causas y efectos, razones y consecuencias que funcionan en la página pero apenas lo harían o muy difícilmente en la vida real. Aunque mientras leemos a Handke esa es nuestra vida real y nos creemos que esa es su vida real. Handke va a Soria porque está viajando por España y le llama la atención el aislamiento histórico de esa ciudad y cree que será posible encontrar en ella un jukebox, un náufrago de un tiempo que ya estaba replegándose en 1989, cuando escribe el libro, y que ahora suena mucho más antiguo. Encontrar ese jukebox en Soria parece imprescindible para arrancar ese libro que quiere escribir, el ensayo que pretende lanzar. Y se trata de un libro en marcha, efectivamente, un libro que narra las peripecias, pero más los pensamientos y las sensaciones, de un Peter Handke que renuncia ya preventivamente a escribir de verdad el libro que había planeado y va escribiendo otro distinto, sugerente, lleno de párrafos que nos emborrachan y nos llevan y traen, estos sí, a algo que suena a música del azar.

Ensayo sobre el cansancio se parece a Ensayo sobre el jukebox en que tampoco hay un estudio sistemático ni una tesis. No son esa clase de ensayos, simplemente. Supongo que Handke eligió la palabra porque pensó que necesitaba alguna con la que describir esos libros y quería que al menos quedara claro que no eran novelas. También se parecen los dos libros en que comparten la morosidad en la escritura (son libros que avanzan muy lentamente, de un modo artesano y sorprendente para sus escasas 100 páginas), la sensación de que las palabras nos están aletargando, y este libro aún más. Pero Ensayo sobre el cansancio sí se acerca más, ya que no a un ensayo al uso, sí a un libro sobre la experiencia personal de Handke con el cansancio. Supongo que en esta sociedad postindustrial y tan exigente en la que nunca se desconecta del todo y en la que el trabajo tiene largos tentáculos que nos persiguen en todo momento y lugar, todos nos hemos sentido alguna vez terriblemente cansados. Exhaustos. Esa clase de cansancio que es casi metafísico. Handke habla de esa sensación inaugural de cansancio, ese cansancio inmenso que no se cura con sueño porque no está pidiendo sueño, no solo sueño, no tiene un remedio tan fácil como tumbarse y cerrar los ojos y levantarse unas horas más tarde. Y se dedica a ir rastreándolo por su vida. A volver a él. Hay en general en los libros de Handke que he leído una tendencia a la idea de retorno, de repetición de un momento iniciático. Algo así como budista y relacionado con la reencarnación. La búsqueda permanente de la sensación verdadera de la que habla uno de sus títulos y que relaciono, no sé por qué, con la sensación que sus textos dejan de estar revisados unas mil veces cada uno, ajustando cada frase hasta que los adjetivos se han vuelto transparentes y los verbos corren con suavidad.

Vale la pena leer a Handke, y estos dos libros son un buen comienzo, menos áridos que algunas de sus novelas, más accesibles de lo que pueda parecer por la sinopsis de sus tramas (habría que escribir “sinopsis” en el caso de Handke). Ensayos poéticos o poesía pensada, como sea más adecuado decirlo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 27 de abril de 2017

Europa Central, de William T. Vollmann

Europa Central, de William T. Vollmann (Mondadori)


Ha sido mi segundo acercamiento a Europa Central, de William T. Vollmann, y después de una escaramuza de 200 páginas el pasado mes de octubre, esta vez he cruzado las fronteras del libro (de casi 900 páginas). Asomarse a esta novela es parecido a cruzar alguna fría cordillera y tratar de llegar con las tropas desde Alemania a Stalingrado. La novela es esencialmente eso, un largo movimiento de tropas. Una novela de guerra pero no en el sentido de la acción, sino en el sentido de hombres imprudentes que mueven sus piezas sobre un tablero de ajedrez gigante, jugando insensibles al hecho de que los alfiles que manejan sufren y sangran. Arriesgando en ocasiones en la estrategia por el sencillo motivo de que no les supone coste real.


No creo que podamos decir que William T. Vollmann es una celebridad de la literatura mundial. Parece más bien uno de esos secretos bien escondidos a los que se va entrando como se llega a una secta. Yo debo reconocer que no había oído hablar de él hasta el verano pasado. Y no oí hablar de él, nadie me lo recomendó en realidad, sino que leí sobre él en las entrevistas de David Foster Wallace. Me dio la sensación de que Foster Wallace, que tenía un alto concepto del valor de su obra, solo se medía de igual a igual, entre sus contemporáneos americanos, con William T. Vollmann. Vollmann es un personaje curioso, y un escritor inagotable, capaz de largarse novelas de casi 1.000 páginas con cierta frecuencia, además de relatos, ensayos y crónicas. No está demasiado traducido en España, y basta mirar en internet para ver que no sobran las reseñas sobre sus novelas. Europa central era el único de sus libros que había en la biblioteca. Quizá La familia real, editada hace poco por Pálido fuego aparezca en los próximos meses en las estanterías de novedades (esto es más un deseo que una previsión).

Cuando los generales dirigen se dice que hay movimientos de tropas, y también se habla de los movimientos en el ajedrez, y las sinfonías tienen movimientos. Europa central, esta fastuosa novela de William T. Vollmann, está en el punto en el que se cruzan esos tres planos: el de la estrategia militar, el ajedrez, y las grandes obras musicales. Uno podría pensar que no existe ese punto, pero si lee la novela comprende que sí, y encuentra ese vértice. Y uno comprende que si hablamos de estrategia militar no estamos hablando exclusivamente de soldados y de sus superiores, sino también de enfrentamientos ideológicos. Y claro, al hablar de enfrentamientos ideológicos, tenemos los realmente ideológicos y los que no son más que poses ideológicas distintas con las que esconder el verdadero enfrentamiento, el que se da por el poder. Poder sin más apellidos. En la Unión Soviética sabían bastante de eso.

Europa Central es un territorio que más o menos imaginamos, pero que no sabríamos decir exactamente dónde empieza y dónde termina. Es un territorio sobre el que los países han ido mutando a lo largo de toda la historia, también en la primera mitad del siglo XX. Desapareció el Imperio Austrohúngaro, surgió la Unión Soviética, nació el nazismo. Todos pelearon. Unos invadieron a otros. La novela es una invasión completa de nuestro tiempo y nuestra atención. Son casi 900 páginas y cada frase y cada párrafo son trabajos de orfebrería y hay que ir desentrañando relaciones, entendiendo con cierto retraso algunas referencias, sorteando las minas antipersonales que Vollmann nos ha dejado esperándonos. La novela es un ente enorme y mutante, que se va deformando y transformando, como la propia zona de la que toma el nombre.

Cuanto más ambiciosa y desmesurada es una novela, y Europa central es ambas cosas, resulta más difícil tratar de describirla. Ni su trama, ni su escritura, ni nada que no sea algo tan impreciso como su espíritu. Europa central es una novela que hay que vivir, sin que suene a imperativo pretencioso. No es una novela que mole ni de la que se puedan entresacar situaciones especialmente divertidas ni frases tremendamente ocurrentes. Es un reto para quien lo escribió, pues es una novela de 900 páginas pulida oración a oración. Y es un reto para quien la enfrente como lector. Está Hitler y está la Unión Soviética y están los poetas mediocres vendidos como sicarios intelectuales. Están las mujeres que amaron las ideas y está Shostakovich condenado al purgatorio. Están los lentos avances de las tropas y las reflexiones de algunos iluminados.

El narrador, que va y viene, al que no llegamos a situar exactamente nunca, y que en realidad es un clásico narrador omnisciente en tercera persona que todo lo ve y todo lo sabe y todo pensamiento conoce, pero que toma la forma de un flujo de conciencia que se va adaptando en cada capítulo (la novela tiene infinitos capítulos de 2 – 3 páginas, a veces menos, y la voz va variando de uno a otro) a lo narrado, como una voz narrativa que no se mantiene continua, otro movimiento sinfónico certero.

Está la novela por abrir y caerse dentro. Merece la pena. Yo volveré a vivir un par de semanas en Vollmann cuando encuentre La familia real. Me queda una pregunta por hacer. De esas que prefiero no pensar demasiado. Europa central ganó el National Book Award, uno de los más prestigiosos de Estados Unidos, si no el que más. ¿Por qué no nos importó? ¿Por qué a veces nos taladran las editoriales con que viene el Booker del año pasado, el Pullitzer de este o el National Book Award de hace tres, y otras veces ni nos enteramos? ¿Por qué seguimos haciéndole caso a esas etiquetas si ni ellos mismos se las toman realmente en serio y las usan arbitrariamente?

Felices lecturas

Sr. E

lunes, 30 de enero de 2017

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Ed. Anagrama)


 Leí hace algunos años Submáquina, de Esther García Llovet, y solo recuerdo algunos detalles de la novela (lo protagonizaba una policía lectora, o una policía escritora, y retrataba el mundo con una mirada irónica y crítica). Recuerdo que me gustó y que desde entonces el nombre de Esther García Llovet estaba en mi lista de autores a los que seguir, y he leído que la autora afirma que aquella novela tuvo como 500 lectores, así que en cierto modo Esther García Llovet y yo somos familia, y por ese parentesco literario me alegré mucho cuando vi su nombre como finalista del último Premio Herralde de Novela. La novela no ha sido la finalista institucional del premio sino una de las novelas que llegaron a la última selección del jurado y que este recomendó que se publicara junto a la ganadora y la finalista. No recuerdo qué novelas ganaron este año ni tengo especial interés en leerlas ahora mismo, pero creo que conseguir ese reconocimiento fuera de lo establecido por las bases tiene un mérito especial. Algo habrá visto el jurado. Algo que no debe ser premiado. Hay que leerlo, urgentemente.

De Submáquina recuerdo que el ritmo era cinematográfico (dicho esto como sinónimo de que muchas acciones quedaban más esbozadas que desarrolladas, como en un guión) y que la manera de expresarse y moverse por el mundo de su protagonista me recordaba la escritura de Roberto Bolaño, siempre entre lo policial y lo metaliterario. Curioseando ahora sobre la autora veo que estudió cine y que en un artículo en una revista cultural de hace unos años le echaba la culpa de haberse puesto a escribir a Roberto Bolaño, en concreto a Nocturno de Chile. La sombra de Bolaño es alargada y sigue sobrevolándonos a muchos de los que hemos llegado a la escritura en el siglo XXI.
  
Cómo dejar de escribir es una novela que sigue los pasos del gran Ronaldo, el último tótem de la literatura latinoamericana, el autor mítico, chileno para más detalle, que recuerda por su procedencia y por esa mitomanía que parece despertar, a Roberto Bolaño. Aunque en realidad sigue los pasos de su hijo, un escritor que no escribe. Esa es una de las claves de la novela, la figura de los que no escriben y rodean al mundillo literario. Ese negativo de la fotografía. Todo el mundo que habla sobre el gran Ronaldo parece que estuvo con él en algún momento clave. Todo el mundo lo vio en cierto momento, lugar y circunstancia y quiere contarlo mientras se toma una copa. Parece que lo de menos fue lo que escribió, porque él mismo, convertido en personaje, fue su obra. Su gran obra. Casi como en la vida de Bolaño, con la salvedad de que tras la figura y el mito un tanto disparatado del chileno hay una obra de peso.

El narrador de la novela, apático y distante, es el hijo del gran Ronaldo. Un personaje sin amigos, aparte de un ex – convicto y un vagabundo, y al que parece que todo le da bastante igual. Va a alguna fiesta en la que no paran de decirle que dónde se ha metido, que parece que vive encerrado. Y es que vive casi encerrado en la vieja casa de su padre. Investigando sobre el gran Ronaldo, sin descubrir nada demasiado sustancioso, y buscando su novela inédita, la búsqueda sobre la que precariamente se sustenta la trama. Y la trama se sustenta con precariedad sencillamente porque es lo de menos, es un falso esqueleto que usar como percha para escribir.

La escritura del libro se eleva constantemente, y va iluminando rincones de Madrid con ojos de turista, y va, sobre todo, iluminando rincones del alma humana. Esos rincones del alma que los turistas no suelen visitar. El gran mérito de Cómo dejar de escribir es que parece escrita con ligereza, se lee con ligereza, trata esencialmente de nada, pero cuando acabamos de leerla, sentimos que esa aparente nada era la misma nada de la que está hecha la vida, así que era un libro que trataba de la vida. De la del gran Ronaldo y de la de su hijo y de sus extraños amigos y por supuesto, de la nuestra.

Y así, como pretendía seguramente desde una intención inicial maquiavélica de su autora, Cómo dejar de escribir se convierte en el libro de autoayuda envenenado perfecto, pues como pasa con los textos de Bolaño, tanto con sus novelas como con sus relatos, es una narración perfectamente hilvanada que invita a la relectura y lanzará a escribir a quien acabe el libro. Suerte a los imprudentes en el empeño.

Seguiremos leyendo y escribiendo.

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 8 de enero de 2017

Gótico carpintero vs. La escoba del sistema

Gótico carpintero, de William Gaddis (Sexto Piso) vs. La escoba del sistema, de David Foster Wallace (Pálido Fuego)

He cruzado de 2016 a 2017 a lomos de estas dos novelas, que comencé a leer en los últimos días del año pasado y he terminado en los primeros del actual. Es la primera novela que leo de Gaddis y una de las pocas obras de Foster Wallace que me restaban (ya sólo me queda La broma infinita). Empecé con esta obra de Gaddis porque sus grandes novelas me intimidaban un poco, por su tamaño y ambición.

William Gaddis publicó su tercera novela, Gótico carpintero, en 1985. Gaddis fue, como quizá deberían serlo todos, un escritor sin prisa por publicar. Alguien que no tuvo problema en dejar pasar 20 años entre su primera y su segunda novela, y 10 más entre la segunda y la tercera.

Gótico carpintero toma su título de un estilo arquitectónico americano, nacido al amparo del neogótico, en el que lo importante era el envoltorio. Los arquitectos diseñaban bonitas casas de madera que resultaban atractivas desde fuera, y luego, en un ejercicio de habilidad, trataban de encajar en su interior los pilares, tabiques y muebles. Ese es un dato que se da cuando se ha pasado la mitad de la novela, como de pasada. El casero de la pareja protagonista lo dice como si no importara. Esa pareja protagonista es, claro, una pareja mal avenida: ella hija de una fortuna de la que la herencia de su padre la ha dejado fuera, él un veterano de la guerra amargado porque no tiene dinero, uno de esos tipos que siempre tiene un gran plan para forrarse al que sólo el egoísmo y estrechez de miras de los demás impiden prosperar. Ese marido busca que el Estado lo indemnice por las consecuencias de su paso por la guerra, y la novela es una sucesión de visitas a médicos, facturas sin pagar y vasos de whisky. Ella tiene un hermano gorrón y amigos que gustan más o menos a su marido en función de las oportunidades que le presentan de sacarles dinero.

El casero es otro personaje a no olvidar, una especie de genio desaparecido, alguien que iba a ser escritor y ahora es un no – escritor, un lector perfecto que se gana la vida escribiendo textos para manuales escolares de geología, porque también es geólogo, y parece que sobre todo dedica su tiempo a fumar y a la divagación.

Todos hablan y hablan sin escucharse. Los diálogos de la novela de Gaddis están mal puntuados y tratan de reproducir el habla de personas que hace años que no escuchan y sólo hablan y hablan tratando de atropellar el discurso de los demás. La novela de Gaddis se relaciona directamente con la de Foster Wallace, su ópera prima, en ese punto, en el de los diálogos inverosímiles, largos, recargados, artificiales pero adictivos, que también son marca de la casa de Don DeLillo. Tengo apuntada una cita de la novela Ruido de fondo, de DeLillo, también de 1985, que dice que: “La familia es la principal fuente de desinformación”, porque a veces todos hablan y hablan y nadie escucha al otro.

Algo estaba gestándose en 1985. Algo vieron en el aire, algo notaron DeLillo, Foster Wallace y Gaddis, que los llevó a escribir tres novelas en las que los personajes hablan y hablan. Creo que hay una crítica muy importante a la nueva sociedad que se estaba construyendo, y eso que los tiempos de whatsapp y twitter y demás redes sociales donde expresar el más mínimo de los pensamientos, y a veces pensamiento ya es un nombre excesivo, quedaba lejos. Creo que Gaddis, más que en el hecho de que uno de sus personajes sea un escritor, entra en la metanarrativa a través de esa reflexión, ese tono de cháchara sin sentido, quizá un ataque al ansia de publicar de los autores. Publicar como forma de evitar el olvido. Hablar mucho para tener más razón. Y también hace una apuesta metanarrativa en la elección del gótico carpintero, ese envoltorio sin sentido, que representa, sin duda, esa prosa experimental que no es más que forma. Y es muy significativo que autores tan buenos en la forma como DeLillo, Gaddis y Foster Wallace siempre hayan criticado la forma sin fondo.


Aunque La escoba del sistema no se publicó hasta 1987, Foster Wallace la escribió en 1985 como proyecto final de carrera y obtuvo con ella la nota máxima y la recomendación de muchos de sus profesores de que la enviara a algunos editores que podrían estar interesados. La edición de Pálido Fuego comienza, de hecho, con una carta de Foster Wallace a quien fue su primer editor, ofreciéndole uno de los capítulos de la novela para su lectura. Esta edición de la editorial Pálido Fuego ha sido la primera traducción de La escoba del sistema, y en ese sentido tiene un gran mérito, pues completa las obras de Foster Wallace, normalmente editadas en Mondadori. La edición tiene quizá más erratas de las deseables, pero espero que eso se corrija en reimpresiones.
David Foster Wallace es uno de esos escritores obsesivos, como casi todos los que acaban construyendo una obra perdurable. Sus temas han sido siempre unos pocos, y uno de ellos es la incomunicación y la presión social que los otros ejercen desde fuera, cómo lo que los demás piensan de uno lo dibujan y cómo el observador modifica a lo observado, sea una persona o sea toda la sociedad. La escoba del sistema vale como borrador de la obra completa de Foster Wallace, y ya nos mete en un ambiente de jóvenes desnortados llenos de palabrería vacía y hueca. La prosa de Foster Wallace ya es rítmica y presume de sintaxis musculosa y elástica. Su acercamiento a la juventud de la que forma parte y de la que se ríe sin dejar de verse reflejado en ella ya está ahí. Los tiempos de Foster Wallace ya son líquidos y la única herramienta de disección de la que dispone es la ironía feroz. El trabajo, el amor, la amistad, la literatura, ya no son para siempre.

La trama se sustenta sobre una familia en la que nadie se comunica, y para que quede claro, el patriarca es un altísimo ejecutivo al que es casi imposible acceder por teléfono. Siempre está fuera, siempre está reunido, nunca contesta, ni sus más estrechos colaboradores parecen saber dónde está en cada momento. Están aislados de una manera hasta física, como los habitantes de la ciudad universitaria en la que se produce el escape nuclear en Ruido de fondo, de DeLillo.

La palabra envenena y hasta mata y la gente se empeña en hablar e incluso en escribir, y en la editorial en la que trabaja la protagonista, lo saben de sobra. Algunos de los capítulos, en general independientes, en general escenas que no sustentan una trama clásica, son parafraseos que el editor hace de las historias que recibe. Por situar una trama central en La escoba del sistema, la abuela de la protagonista ha huido de su residencia de ancianos, a su vez propiedad de la familia, de ese padre omnipotente y ausente, llevándose con ella a unos veinte residentes y a varios trabajadores. Parece que los ha convencido con su palabrería y parece que tratan de ocultarse los hechos.

En las historias de Foster Wallace, como en las de DeLillo, hay muchas historias que se quieren tapar. Lo demás, la televisión, las novelas que leemos, son un gran mcguffin. Son las historias que suceden por debajo de la superficie las que dibujan realmente el momento en el que vivimos. Un momento al que Foster Wallace, Gaddis y DeLillo parecen buscarle su origen, con cierta capacidad profética, a mediados de la década de los 80, cuando todos empezamos a no escucharnos y a subir el volumen de nuestra inanidad.

Seguiremos leyendo como forma de escucha.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 10 de noviembre de 2016

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace

Hablemos de langostas, de David Foster Wallace (Editorial Mondadori)


Creo que sigo rodeando La broma infinita como modo de acercamiento antes de lanzarme hacia ella. De toda la obra de Foster Wallace me quedan por visitar La escoba del sistema, su primera novela, y La broma infinita, su obra magna, que duerme cerca de mí desde este pasado verano. Me quedaba uno de sus libros de no – ficción, Hablemos de langostas, y ha sido mi última lectura.

Tanto como narrador como en su labor de cronista, aparte de por su fascinante uso de la sintaxis, por la lógica perfectamente definida con la que encaja las frases en los párrafos y cómo va tejiendo la página de interrelaciones, creo que en lo que Foster Wallace más destaca es como observador agudo e ingenioso. Foster Wallace siempre encuentra un ángulo distinto de la realidad, un matiz que venía pasando inadvertido y sobre el que él pone el foco. Foster Wallace es también el maestro en conseguir que un tema que en principio no nos interesa o incluso nos despierta un bostezo se convierta en un texto que nos interesa hasta absorbernos. 

¿Qué interés tengo en conocer cómo funcionan los grandes cruceros del Caribe? Ninguno. Pero he leído varias veces Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De momento el único tema aburrido en el que Foster Wallace no ha conseguido embarcarme ha sido en el de los impuestos y las desgravaciones fiscales, como pretendía en aquella epopeya de la hacienda pública y el aburrimiento que es El rey pálido (queda un importante comentario al margen, que es que como novela póstuma que fue, fue montada y recompuesta desde sus fragmentos por los editores, no por el autor, que me imagino, por su tipo de inteligencia y escritura, que debía dedicar mucho tiempo a montar y desmontar la estructura de los textos, y quizá en El rey pálido está todo pero no está bien barajado, o le quedaban descartes por hacer).

Si te interesan los premios de la industria del cine porno, la decadencia de los grandes novelistas americanos, entender a Kafka como humorista, las autobiografías de tenistas retiradas, los festivales de la langosta, los tejemanejes que se traen entre manos los gramáticos y académicos para escribir los diccionarios y dictar las normas de uso del inglés, este puede ser tu libro.

Si no te interesa, a priori, cualquiera de esos temas, también. Leyendo a David Foster Wallace uno aprende, por ejemplo uno aprende que la langosta era una comida de pobres y que en los reglamentos carcelarios del siglo XIX estaba prohibido darles a los presos más de un día a la semana langosta, porque se consideraba cruel, o uno aprende que un festival de la langosta permite cenar por más o menos lo que cuesta un menú de McDonald´s, pero a cambio de soportar colas dignas de Disneyworld, o uno aprende que la vida media profesional de una actriz porno es de dos años, y que hay un alto número de suicidios entre los componentes del gremio. Y uno se sorprende donde él se sorprende, que es lo que pretende que hagamos. Una de las claves de cualquier escritura es la mirada de quien narra, y Foster Wallace sabe poner de manera magistral la mirada en un modo que se sorprende e ironiza sobre cualquier aspecto de la existencia. Foster Wallace es curioso y trata de disfrutar en cualquiera de las circunstancias a la que la escritura de las crónicas le llevaba. Las crónicas de eventos le han sido encargadas por distintas revistas que consideraron, por algún motivo, que él sería el mejor para acercarse hasta allí y contarlo. En todos esos casos Foster Wallace cuestiona su idoneidad para el encargo y nos hace entrar a la realidad desde el extrañamiento. Para situar a quien no ha leído nunca a Foster Wallace, el modo de llegar a la entrega de premios de la industria del cine porno es empezar hablando de las aproximadamente dos docenas de hombres que en Estados Unidos, cada año, se amputan los genitales de modos caseros y horriblemente dolorosos, ya que no son capaces de seguir conviviendo con su concupiscencia desbocada.

Foster Wallace se declara en sus textos admirador de Kafka, al que califica de escritor de humor. Y Kafka es un escritor de humor en el mismo sentido en el que él pretende serlo. Porque mira el mundo, no lo comprende, le supera, y nos cuenta cómo le está superando. Pero Foster Wallace resulta mucho más divertido y ligero porque no se muestra sufriente y dolido por el mundo. Foster Wallace, en otro de sus textos, al hablar de Dostoievski, a quien parece haber leído mucho y en profundidad, se lamenta de no poder afrontar, como novelista americano posmoderno, los grandes temas y dilemas morales de la existencia. Porque sabe que Dostoievski lo hacía pero si alguien hoy en día lo hiciera, se reirían de él. Y tiene razón. Como él dice, y parece que en cierto modo lamenta, nos movemos en un mundo narrativo que igual que el mundo en general, está de vuelta de todo, y sólo acepta la ironía como modo profiláctico de acercarse a ciertas realidades e ideas. Y lo dice uno de los mayores representantes de esa ironía.

¿Uno de los mayores novelistas de finales del siglo XX leyendo insulsas autobiografías de deportistas? Sí. Por lo que cuenta, lo hacía frecuentemente, y especialmente cuando eran las de tenistas y ex – tenistas, un deporte que había practicado con bastante dedicación en su adolescencia. Pero hasta un fan de esos libros insulsos tiene un límite, y la autobiografía de Tracy Austin (al parecer una tenista famosa de finales de los 70) fue el suyo. Es demoledor cómo va recogiendo todos los clichés que la tenista va sembrando por las páginas, cómo se construye un discurso con tópicos y vacío. Y me parece genial cómo acaba por volcar eso hacia la pregunta definitiva, ¿son esas personas, esos deportistas profesionales, capaces de soportar toda la tensión que se acumula sobre ellos en determinados momentos, precisamente porque parecen a veces tener la cabeza vacía? ¿O el proceso es el contrario? En cierto modo, y desde la ironía, se adelanta una década a todas las ideas que están surgiendo hoy en día para explicar esos ciertos estados de éxtasis creativo y de concentración, lo que está dando en llamarse flujo o estar en la zona.

El texto más lúcido, leído 16 años después, y justo por los días en que lo he hecho, es Arriba, simba. David Foster Wallace fue contratado por la revista Rolling Stone para seguir a uno de los candidatos en las primarias presidenciales, en este caso John McCain. La idea de la revista era que periodistas y escritores jóvenes (o relativamente jóvenes, Foster Wallace tenía 38 años entonces) trataran de explicarse y explicar por qué los jóvenes votantes norteamericanos pasaban de la política. A cada uno de esos periodistas y escritores les asignaron un candidato. Y Foster Wallace siguió a McCain. McCain fue luego candidato presidencial. Era conocido por haber sido torturado durante cuatro años por el vietcong. Y se presentaba como un candidato auténtico. Foster Wallace detecta esa autenticidad y ese algo distinto en McCain. Hay jóvenes que le escuchan y le siguen. Y a veces dice auténticas burradas. Pero cuando es un idiota es un idiota que parece auténtico, y entre tanto cliché político muchos desinteresados lo agradecen. Uno de los fotógrafos con los que va le dice a Foster Wallace que McCain hace cosas como de humano, algo que ya le sitúa muy por encima de todos los demás. McCain toca ciertos aspectos que nadie más toca, dice que siempre va a decir la verdad, parece ir a la contra, promete que él no los engañará (en algún momento al principio Foster Wallace cuenta cómo dijo en un mítin que él no podía prometer extender la sanidad porque eso iba en contra de los intereses de las farmacéuticas y a él lo financiaban las farmacéuticas, pero que eso mismo le pasaba a todos los candidatos de todos los partidos, y los demás sí prometían mejoras sanitarias). Foster Wallace vuelve a aprovechar aquí para hablar del cliché y la ironía, y de cómo los jóvenes, tan acostumbrados a que intenten venderles cualquier cosa con técnicas de marketing, son refractarios a toda técnica de marketing que suene a conocida. Y ahí es donde le parece que McCain podría tener una oportunidad. Y McCain no la tuvo. Pero mucho de lo que Foster Wallace veía y contaba tiene mucho que ver con lo que ha pasado esta semana. ¿O no?

Me acerco al momento de abordar La broma infinita. Creo que será antes de que vuelva la primavera. Iremos hablando entre tanto de otros libros.

Felices lecturas

Sr.E