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miércoles, 5 de diciembre de 2018

Magma y Oso vs. Tiburón


Magma, de Lars Iyer (Pálido Fuego) y Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder (Ed. Automática), sin olvidar del todo La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm (Ed. Crítica)


Hay libros a los que llegas sin tener muy claro cómo, ni por qué. ¿Qué puede llevar a alguien a querer, elegir, entre todas las novelas que se le presentan en la estantería de novedades de la biblioteca, un libro titulado Oso vs. Tiburón? ¿Puede un libro tener un título más horrible? ¿Y una portada más estridente? ¿Puede algo ser tan aparentemente horrible que resulte, al final, irresistible? No lo sé. Pero escogí Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder, y lo traje a casa. Empecé a leerlo y pocas horas después quería que no se terminara nunca. ¿Qué tenía a favor un libro así? Sinceramente, lo único que parecía poder jugar a favor de un libro así era su editorial, Automática, de la que leí este verano, de manera también casi casual, una distopía soviética, Moscú 2042, que es otra maravilla.

Pero hay maravillas que no son para todos los públicos. Desde luego que no. Me atrevo a decir que Moscú 2042 (de Vladimir Voivónich) es una maravilla, y lo será, claro, para un porcentaje reducido de lectores (que son, a su vez, como ya sabemos, un porcentaje pequeño y menguante de la población). Oso vs. Tiburón será una maravilla solo apta para aún menos personas. Y no pretendo hacer aquí un ejercicio de elitismo, simplemente de estadística. No creo, de hecho, que haya que ser un lector exquisito para que Oso vs. Tiburón te entusiasme. Quizá sea imposible que lo haga si es realmente un lector exquisito (pienso en los verdaderos degustadores de prosa, en esos que solamente disfrutan con las páginas de Proust, Nabokov o Cartarescu). ¿Es el mismo lector el que disfruta de El hombre sin atributos, de Robert Musil, o un libro así? Supongo que hay lectores capaces de disfrutar de ambos, y otros que se entusiasmarán con uno y no podrán leer el otro. Serán, en ambos casos, lectores ambiciosos y decididamente literarios.

Después de todas estas preguntas y consideraciones que no nos van a llevar a ningún sitio, empiezo por los libros. Oso vs. Tiburón, de Chris Bachelder, es un libro frenético, que se ramifica desde su escritura lacónica y acelerada (acelerada al modo en que está acelerado el ritmo de la telerrealidad respecto al de la realidad). La novela está llena de situaciones absurdas, diálogos estúpidos, expertos en idioteces (verdaderos filósofos capaces de dar un millón de argumentos a favor del oso o a favor del tiburón en un hipotético combate entre ambos), una televisión omnipresente y datos: datos falsos, datos auténticos que sirven para manipular igualmente, datos malinterpretados, datos que nadie entiende pero pasan de boca en boca. Esa sobre exposición a los datos y esa aparente incapacidad para comprender realmente de dónde vienen y a dónde van esos datos que promueven el verdadero terror, me han recordado, de modo inmediato a Don DeLillo, a Ruido de fondo, por ejemplo. Y la capacidad de fascinarse (buscando que como lectores empaticemos con esa fascinación y nos quedemos nosotros mismos fascinados) ante cualquier hecho extraño, o (peor) algo normal que pueda mirarse de un modo distinto y desconcertante, me ha remitido a Rodrigo Fresán. De mi altar de lecturas, Chris Bachelder me ha traído a la cabeza, de modo inmediato, a DeLillo, Fresán y también a David Foster Wallace. Bachelder, con esos nombres al lado, pertenece, sin duda, a lo que podemos llamar posmodernismo narrativo. Oso vs. Tiburón es una novela que intenta parecerse a un programa de televisión, o más que a un programa, a un canal que tenga que rellenar su programación durante 24 horas con marcianadas. Y si la hubieran escrito ahora, en vez de en 2001, esa forma sería la de conversaciones y discusiones sin fin en Twitter o cualquier red social en la que los seres humanos contemporáneos nos enzarzamos en discusiones sobre la verdad, el ángulo adecuado para tratar cualquier tema, vomitamos lecturas sin digerir de filósofos postmarxistas o postestructuralistas que se convierten en una papilla llena de palabrería, o simplemente nos arrojamos piedras unos a otros.

La gente apoya al oso porque se parece a nosotros. Tiene orejas y brazos y ojos. Los que apoyan al oso son sencillamente etnocéntricos, porque los osos son como los humanos. Los dos somos vertebrados.

Buscando la tesis profunda del libro, supongo que es algo así como que los pueblos necesitan entretenimientos que por un lado los cohesionen y por otro los mantengan alejados de los problemas reales, no vaya a darles por protestar. Por rara que parezca la relación, he encontrado en Oso vs. Tiburón rasgos del ensayo La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm y otros autores, un libro que he leído varias veces y que me fascina por cómo muestra los mecanismos que convierten una falsedad en algo de toda la vida, y cómo ese algo de toda la vida, investido de tradición, parece ser aceptado solo por eso. El libro de Hobsbawm explica cómo en algún momento de la historia se fueron inventando todas las tradiciones, y lo hace centrándose en los mitos del nacionalismo galés o escocés o de la monarquía británica, pero pueden extenderse a cualquier folclore admitido como propio, empezando por el español. Hay un momento en Oso vs. Tiburón en el que la novela se desnuda, y desnuda cualquier mito:

Los expertos no encuentran pruebas que demuestren la idea tan conocida que dice que Darwin le dijo una vez a Huxley: Si el indolente e inútil oso fuera capaz siquiera de arañar al terrible tiburón, me como mi sombrero. En esencia, la historia parece inventada.
¿Y dónde nos deja esto, Tom?
Bueno, los tipos que estudian la cuestión están esencialmente de acuerdo en que el problema Oso vs. Tiburón, tal y como se plantea por lo general en la actualidad, es decir: ¿Quién ganaría en una pelea entre un oso y un tiburón?; no proviene ni de la Antigüedad ni del medievo, ni siquiera de la época victoriana, sino que de hecho se remonta, en esencia, a no más de ocho o diez años.


Curtis dice: La cuestión es que es difícil saber qué creer.
Matthew dice: No, la cuestión es que hay un montón de cosas que creer.
El señor Norman dice: ¿La cuestión no es que no deberías creerte nada?
La camarera dice: ¿No son todos esos el mismo argumento?
El periodista del Televisor dice: Devolvemos la conexión, Derek.

Por su estilo dialógico, acelerado, televisivo, vacío y centrifugado, su lectura se ha mezclado en mi mente con otro libro que vino en esa misma visita a la biblioteca. Ese libro es Magma, de Lars Iyer, publicado por otra editorial que hila fino, Pálido fuego, referencia en España en la traducción de nuevos autores posmodernos y que ha ayudado a completar las ediciones de David Foster Wallace en nuestro país. Magma narra la historia de un alter ego de Lars Iyer, llamado Lars, y su mejor (y único) amigo, W. Los dos hablan sin parar, en una cháchara vacía, dotada de una trascendencia intelectual y una impostura que hace pensar a ratos en el propio Foster Wallace y en otros momentos en la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Estos Vladimir y Estragón con título superior hablan de lo divino y lo humano, tratan con reverencia a todos esos autores que deberían ser sus referentes pero a los que son conscientes que ni siquiera comprenden bien, de Kafka (estrella polar de esta navegación por los libros y el absurdo) al cineasta húngaro Béla Tarr.

¿Cuándo lo supiste?, dice W. con gran insistencia. ¿Cuándo supiste que no ibas a llegar a nada? ¿Lo supiste? Pues a veces sospecha que nunca lo he sabido.


¿Tendría el Mesías estúpido seguidores estúpidos?, se pregunta W. ¿Seguidores tan estúpidos que no sabrían a quién estarían siguiendo, ni qué significa seguir. Un misterio tras otro.


W. se pregunta si nosotros también hemos descubierto el infinito a nuestro modo. Nuestra incesante charla. Nuestra incesante sensación de fracaso total.


¿Es él el Mesías? ¿Lo soy yo? El Mesías nunca llevaría una camisa como esa, dice W. Nunca llevaría los pantalones ondeando por los tobillos. El Mesías no se compraría la ropa en Primark, dice W., eso lo tiene claro.


Tienes que reconocer que no eres Kafka, dice W., eso es lo primero.


Naturalmente, W. nunca se confunde a sí mismo con Kafka, como yo hago. Él nunca ha pensado en sí mismo sino como en un Max Brod. Pero la cuestión es que los otros son siempre Kafka, de ahí que nunca debas escribir sobre ellos ni agarrarte a sus conversaciones, no digamos ya inventarlas. Sí, el otro es siempre Kafka, dice W., incluso yo. Él lo reconoce, ¿por qué yo no?


¿De qué pensábamos que éramos capaces? ¿De dónde venía esa esperanza feroz? La nuestra es una clase de idiotez bastante pura, admitimos. Somos idiotas, reconocemos, idiotas que no comprenden del todo la profundidad de su idiotez. Somos los místicos de la idiotez, admitimos, idiotas místicos, perdidos en nuestra nube de ignorancia.

Seguiremos leyendo, y dejándonos sorprender.

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 22 de febrero de 2018

Provocación, de Stanislaw Lem vs. Satin Island, de Tom McCarthy

Provocación, de Stanislaw Lem (Funambulista) vs. Satin Island, de Tom McCarthy (Pálido fuego)

Decidí en los primeros días de 2018 alejarme del blog. No sentirme obligado a leer pensando en lo que destacaría para una entrada. No pensar que llevo mucho sin escribir una entrada. Y ha pasado más de un mes y medio. Me he descontaminado. He leído en este tiempo algunos libros interesantes, claro. Y he pensado que sería interesante (empezando porque sería interesante para mí) hablar de estos dos libros. En principio son dos novelas, aunque solo en principio, ya que realmente son dos novelas que no solo son novelas, porque se acercan al ensayo, en su vertiente analítico – crítica y en su versión imaginaria. Quizá son dos de esos libros de los que por una vez no resultaría exagerado decir que son inclasificables.

El primer libro que leí en 2018 fue Provocación, de Lem, y el último que leí en enero Satin Island, de Tom McCarthy. Ya llevo algunos libros de Lem en la memoria lectora, y empiezo a estar convencido de que su punto fuerte está en los libros más cercanos a la filosofía y la parábola que en sus narraciones puras. Un amigo, buen lector, me preguntaba hace unas cervezas con qué libro de Stanislaw Lem podía empezar. Le dije que no con Solaris, que es quizá su obra más famosa. Le recomendé empezar por los Diarios de las estrellas.

Provocación, al menos en la edición de Funambulista (hago un apunte sobre el momento oportuno de las ediciones de algunos autores, observo que viejas ediciones que hay en bibliotecas de esta editorial, Funambulista, de Cartarescu y Lem, no tuvieron demasiada suerte, y unos años después en Impedimenta han empezado a funcionar con éxito) contiene 2 novelas cortas (por ponerles un nombre). Son realmente dos ensayos de ficción, escritos que adoptan la forma de ensayos, el primero al memorialístico y el segundo al científico. Realmente lo que Lem hace es comentar obras que han escrito otras, a las que no tenemos un acceso directo (obras imaginarias, al modo de Borges). En el primero Lem discute con la voz de Horst Aspernicus, un estudioso alemán que bucea en las raíces del nazismo en su obra El genocidio. Hay un estudio sobre los orígenes culturales del mal y un cierto diálogo con las ideas de Hannah Arendt y otros filósofos y escritores. Lem lleva al nazismo y sus bases a enfrentarse a un espejo deformante que los retrata en muchos casos como paletos con aires, provincianos, y el estudio del kitsch como paso previo al salvajismo me ha parecido muy interesante. El texto es efectivamente eso, una provocación, una parodia que nos lleva a pensar en la base ridícula del terror, en cómo se llega a lo peor del ser humano partiendo un muchos casos de algo que es tomarse a uno mismo demasiado en serio. En el clima de ofensa permanente en el que vivimos me ha dado por pensar que un libro así, hoy en día, en un país como España, Inglaterra o Francia, encontraría problemas para dar con un editor. El segundo texto, más breve, reseña Un minuto humano, de Johnson & Johnson, un estudio que desde la estadística pura trata de describir qué sucede simultáneamente en un minuto de la humanidad contemporánea, apoyándose en tablas y focos de atención originales y provocativos. Es un escrito brillante, que explora los límites del cientifismo y a la vez desafía el acomodamiento del humanismo desde el humor. Provocación forma parte de los 4 libros que Lem agrupó bajo el título global de Biblioteca del siglo XXI, lecturas y comentarios de libros imaginarios.

Satin Island, de Tom McCarthy, conecta con Un minuto humano en su ansia de abarcarlo todo (TODO). U., un antropólogo empresarial (esencialmente un antropólogo académico que ha acabado trabajando para una gran empresa y que se dedica a rastrear mediante sus estudios nuevos puntos de interés de los que obtener beneficio) es el encargado de redactar El gran informe, un documento de forma mutable que capture la esencia de la sociedad contemporánea. U., cuyo ídolo es Claude Levi – Strauss, va montando ante nuestros ojos, combinando técnicas de análisis, erudición, imaginación y escritura narrativa un libro asombroso, que las propias llamadas de la editorial no saben si llamar ensayo o novela o cómo, pero que definitivamente es un libro mayúsculo que más que leer nos llama a vivir en él, como gran parte de la sociedad occidental lo hace en el mundo virtual, que tan bien retrata.

Seguiremos leyendo y de vez en cuando comentándolo

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 8 de enero de 2017

Gótico carpintero vs. La escoba del sistema

Gótico carpintero, de William Gaddis (Sexto Piso) vs. La escoba del sistema, de David Foster Wallace (Pálido Fuego)

He cruzado de 2016 a 2017 a lomos de estas dos novelas, que comencé a leer en los últimos días del año pasado y he terminado en los primeros del actual. Es la primera novela que leo de Gaddis y una de las pocas obras de Foster Wallace que me restaban (ya sólo me queda La broma infinita). Empecé con esta obra de Gaddis porque sus grandes novelas me intimidaban un poco, por su tamaño y ambición.

William Gaddis publicó su tercera novela, Gótico carpintero, en 1985. Gaddis fue, como quizá deberían serlo todos, un escritor sin prisa por publicar. Alguien que no tuvo problema en dejar pasar 20 años entre su primera y su segunda novela, y 10 más entre la segunda y la tercera.

Gótico carpintero toma su título de un estilo arquitectónico americano, nacido al amparo del neogótico, en el que lo importante era el envoltorio. Los arquitectos diseñaban bonitas casas de madera que resultaban atractivas desde fuera, y luego, en un ejercicio de habilidad, trataban de encajar en su interior los pilares, tabiques y muebles. Ese es un dato que se da cuando se ha pasado la mitad de la novela, como de pasada. El casero de la pareja protagonista lo dice como si no importara. Esa pareja protagonista es, claro, una pareja mal avenida: ella hija de una fortuna de la que la herencia de su padre la ha dejado fuera, él un veterano de la guerra amargado porque no tiene dinero, uno de esos tipos que siempre tiene un gran plan para forrarse al que sólo el egoísmo y estrechez de miras de los demás impiden prosperar. Ese marido busca que el Estado lo indemnice por las consecuencias de su paso por la guerra, y la novela es una sucesión de visitas a médicos, facturas sin pagar y vasos de whisky. Ella tiene un hermano gorrón y amigos que gustan más o menos a su marido en función de las oportunidades que le presentan de sacarles dinero.

El casero es otro personaje a no olvidar, una especie de genio desaparecido, alguien que iba a ser escritor y ahora es un no – escritor, un lector perfecto que se gana la vida escribiendo textos para manuales escolares de geología, porque también es geólogo, y parece que sobre todo dedica su tiempo a fumar y a la divagación.

Todos hablan y hablan sin escucharse. Los diálogos de la novela de Gaddis están mal puntuados y tratan de reproducir el habla de personas que hace años que no escuchan y sólo hablan y hablan tratando de atropellar el discurso de los demás. La novela de Gaddis se relaciona directamente con la de Foster Wallace, su ópera prima, en ese punto, en el de los diálogos inverosímiles, largos, recargados, artificiales pero adictivos, que también son marca de la casa de Don DeLillo. Tengo apuntada una cita de la novela Ruido de fondo, de DeLillo, también de 1985, que dice que: “La familia es la principal fuente de desinformación”, porque a veces todos hablan y hablan y nadie escucha al otro.

Algo estaba gestándose en 1985. Algo vieron en el aire, algo notaron DeLillo, Foster Wallace y Gaddis, que los llevó a escribir tres novelas en las que los personajes hablan y hablan. Creo que hay una crítica muy importante a la nueva sociedad que se estaba construyendo, y eso que los tiempos de whatsapp y twitter y demás redes sociales donde expresar el más mínimo de los pensamientos, y a veces pensamiento ya es un nombre excesivo, quedaba lejos. Creo que Gaddis, más que en el hecho de que uno de sus personajes sea un escritor, entra en la metanarrativa a través de esa reflexión, ese tono de cháchara sin sentido, quizá un ataque al ansia de publicar de los autores. Publicar como forma de evitar el olvido. Hablar mucho para tener más razón. Y también hace una apuesta metanarrativa en la elección del gótico carpintero, ese envoltorio sin sentido, que representa, sin duda, esa prosa experimental que no es más que forma. Y es muy significativo que autores tan buenos en la forma como DeLillo, Gaddis y Foster Wallace siempre hayan criticado la forma sin fondo.


Aunque La escoba del sistema no se publicó hasta 1987, Foster Wallace la escribió en 1985 como proyecto final de carrera y obtuvo con ella la nota máxima y la recomendación de muchos de sus profesores de que la enviara a algunos editores que podrían estar interesados. La edición de Pálido Fuego comienza, de hecho, con una carta de Foster Wallace a quien fue su primer editor, ofreciéndole uno de los capítulos de la novela para su lectura. Esta edición de la editorial Pálido Fuego ha sido la primera traducción de La escoba del sistema, y en ese sentido tiene un gran mérito, pues completa las obras de Foster Wallace, normalmente editadas en Mondadori. La edición tiene quizá más erratas de las deseables, pero espero que eso se corrija en reimpresiones.
David Foster Wallace es uno de esos escritores obsesivos, como casi todos los que acaban construyendo una obra perdurable. Sus temas han sido siempre unos pocos, y uno de ellos es la incomunicación y la presión social que los otros ejercen desde fuera, cómo lo que los demás piensan de uno lo dibujan y cómo el observador modifica a lo observado, sea una persona o sea toda la sociedad. La escoba del sistema vale como borrador de la obra completa de Foster Wallace, y ya nos mete en un ambiente de jóvenes desnortados llenos de palabrería vacía y hueca. La prosa de Foster Wallace ya es rítmica y presume de sintaxis musculosa y elástica. Su acercamiento a la juventud de la que forma parte y de la que se ríe sin dejar de verse reflejado en ella ya está ahí. Los tiempos de Foster Wallace ya son líquidos y la única herramienta de disección de la que dispone es la ironía feroz. El trabajo, el amor, la amistad, la literatura, ya no son para siempre.

La trama se sustenta sobre una familia en la que nadie se comunica, y para que quede claro, el patriarca es un altísimo ejecutivo al que es casi imposible acceder por teléfono. Siempre está fuera, siempre está reunido, nunca contesta, ni sus más estrechos colaboradores parecen saber dónde está en cada momento. Están aislados de una manera hasta física, como los habitantes de la ciudad universitaria en la que se produce el escape nuclear en Ruido de fondo, de DeLillo.

La palabra envenena y hasta mata y la gente se empeña en hablar e incluso en escribir, y en la editorial en la que trabaja la protagonista, lo saben de sobra. Algunos de los capítulos, en general independientes, en general escenas que no sustentan una trama clásica, son parafraseos que el editor hace de las historias que recibe. Por situar una trama central en La escoba del sistema, la abuela de la protagonista ha huido de su residencia de ancianos, a su vez propiedad de la familia, de ese padre omnipotente y ausente, llevándose con ella a unos veinte residentes y a varios trabajadores. Parece que los ha convencido con su palabrería y parece que tratan de ocultarse los hechos.

En las historias de Foster Wallace, como en las de DeLillo, hay muchas historias que se quieren tapar. Lo demás, la televisión, las novelas que leemos, son un gran mcguffin. Son las historias que suceden por debajo de la superficie las que dibujan realmente el momento en el que vivimos. Un momento al que Foster Wallace, Gaddis y DeLillo parecen buscarle su origen, con cierta capacidad profética, a mediados de la década de los 80, cuando todos empezamos a no escucharnos y a subir el volumen de nuestra inanidad.

Seguiremos leyendo como forma de escucha.

Felices lecturas


Sr. E

viernes, 16 de septiembre de 2016

Conversaciones con David Foster Wallace

Conversaciones con David Foster Wallace, Stephen J. Burn (Editor), Ed. Pálido fuego

Cuesta hablar de un libro que nos ha dicho tanto que si no fuera porque estamos mayores para ciertas cosas podríamos hasta decir que nos ha cambiado, en cierto grado, la manera de leer. No soy un fanático de David Foster Wallace pero sí soy, desde luego, un lector de muchas de sus obras. Un lector y un relector, lo que indica que es un autor que siempre me interesa. Nunca me he lanzado todavía a abordar su gran novela, La broma infinita, aunque me la he comprado durante este verano para acercarme a ella en las largas tardes de invierno. Sí he leído, y releído, sus relatos de La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción, así como su genial crónica de cruceros Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, uno de los textos más divertidos y a la vez tristes que nunca he leído.

En 2.013 escribí un relato, sin apenas haber leído a Foster Wallace, con el que gané el X Certamen Jóvenes Talentos Booket – Ámbito Cultural. Aquel relato se llamaba Literatopatías (Estudio Psiquiátrico sobre la Situación Coyuntural de la Literatura Contemporánea) y bajo ese título inequívocamente inspirado en David Foster Wallace, me burlaba (llevándolo a su versión psicopática) de aquellos que en esos momentos adoraban a David Foster Wallace por encima de todas las cosas. Es difícil ser un mártir, y supongo que uno no elige a sus seguidores o supuestos seguidores. Veo cómo parece que en el último año se ha abierto la veda para criticarlo. Y como pasa siempre, después de que un autor haya estado en el altar de los intocables durante un tiempo, cuando lo bajan, los que se lanzan a criticarlo (que muchas veces son los mismos que antes lo encumbraron) se exceden y pierden toda objetividad.

Conversaciones con David Foster Wallace es un libro en el que se recogen entrevistas realizadas al autor durante toda su vida, desde que publicó su primera novela, La escoba del sistema, hasta después de su último libro de relatos, Extinción. Foster Wallace habla en uno de esos encuentros sobre Raymond Carver y afirma que Carver era un genio, que creó algo perdurable, pero que él no tiene la culpa de sus miles de imitadores y discípulos mediocres. Y esto quizá sea aplicable a Foster Wallace, y aunque cueste, hay que acercarse a su obra, y a su personalidad como autor, que aquí revela en gran medida, sin tener en cuenta a quienes lo loan como el último gran escritor nacido en el siglo XX, como un genio cuya obra pervivirá cien años.

¿Sobrevivirá la obra de Foster Wallace cien años? Por lo que nos cuenta este libro, era uno de sus objetivos. En algún momento de sus páginas afirma que quiere escribir una novela que se siga leyendo dentro de cien años. No sabemos qué pasará dentro de ochenta, pero de momento hace veinte de la primera publicación de La broma infinita y se sigue estudiando con interés, y este año se han hecho reediciones conmemorativas de su vigésimo aniversario. Hay y hubo mucho de moda en la figura de David Foster Wallace, por su manera de analizar la modernidad, por su relación con los medios de comunicación, por su figura, por su pañuelo en la cabeza, por su aire de gigantón frágil, por haber sido lo más parecido a una rock star del sistema literario, por su suicidio.

Antecedentes: Durante los aproximadamente veinte años que abarcan las entrevistas con David Foster Wallace recogidas en el libro se repiten muchos clichés. Creo que al propio autor le divertiría ver cómo se repitió tantas veces durante dos décadas que sus padres eran profesores, que leían el Ulises de Joyce, que Foster Wallace fue un jugador de tenis bastante brillante en la adolescencia, que terminó dos licenciaturas, una en lógica matemática y otra en literatura, y que fue el trabajo de final de carrera de esta segunda, la que acabó siendo su primera novela, La escoba del sistema, que publicó a los veintitrés años.

Los inicios: Tras sus primeras publicaciones Foster Wallace se acostumbró a dar entrevistas. En las primeras es más abierto, seguramente por edad se sentía cercano a quienes le entrevistaban, muchas veces periodistas que acababan de terminar sus estudios. Con los años fue cubriéndose de un caparazón, y restringiendo la información que daba abiertamente. En el prólogo al libro Stephen J. Burn cuenta que fue un periodista el que le dijo a Foster Wallace en algún momento de la promoción de La broma infinita que no debía decir ciertas cosas, pues lo ponían en una situación de debilidad ante el entrevistador. Creo que Foster Wallace se arrepintió de ciertos comentarios, igual que según cuenta en el libro se arrepintió de ciertas apreciaciones en sus libros de no – ficción, y dejó de hacerlas.

¿Qué se puede aprender sobre David Foster Wallace leyendo este libro?: Creo que se puede ver dónde se situaba él en una línea de evolución de la literatura, y cómo sus lecturas y referencias fueron cambiando. Empieza hablando, seguramente considerándose parte de algo que por darle un nombre se llamaba posmodernismo y que venía de manera más o menos directa de autores como Thomas Pynchon, Robert Coover, William Gaddis o Donald Barthelme. Aunque es consciente de que el posmodernismo es a veces demasiado solipsista y no anda hacia delante sino que traza círculos y espera la admiración de los críticos y Foster Wallace quería avanzar en su obra. En algún momento habla de los hijos de Nabokov, y entendemos que son aquellos autores que trabajan una buena prosa en la que narran sin perder de vista los juegos de autoconciencia. Nombra por encima de todos quizá a DeLillo. DeLillo y Cynthia Ozick son dos autores a los que siempre nombra con gran admiración en esos veinte años de palabras. Al final acaba hablando de la manera de abordar la trascendencia con un discurso limpio que ha encontrado leyendo a San Pablo, Dostoievski y Camus, y quizá estaba por ahí la línea que pretendía seguir en el futuro. Tampoco duda nunca en hablar bien de autores contemporáneos, de su edad, a los que lee con interés aunque no se ve relacionado en lo que escriben unos y otros, autores como Jonathan Franzen, Lorrie Moore, George Saunders o William T. Vollmann.

La trascendencia y la ironía: Foster Wallace es consciente de que su estilo, y quizá es algo generacional, está muy apoyado en la ironía. Quizá demasiado, se lamenta en algún momento, pero cree que la narrativa no puede seguir haciendo ciertas cosas: escenas, giros, presentaciones de personajes, sin tomárselos un poco a broma, sin jugar con el lector, sin decirle: sé lo que estás pensando. Quizá, dice, la ironía sea una respuesta a toda esa narrativa tan seria que pretendía reproducir el mundo, y la respuesta a esa ironía acabe siendo una vuelta a la narrativa clásica, con todas sus convenciones. Uno no puede escribir dejando de lado la autoconsciencia, viene a decir. A Foster Wallace no le parece realista el Realismo, por decirlo de alguna manera. Le parece que la realidad en la que vive, de finales del siglo XX, está llena de referencias y metarreferencias, y no tiene sentido tratar de esconderlo. Hay arte que perdurará y hay arte que no perdurará y es difícil saber qué lo hará y qué no, pero él cree que su obligación es narrar su tiempo como lo siente, y que eso puede darle lugar a que su obra permanezca.

David Foster Wallace, la persona: Leer algunas de las afirmaciones que hace, sobre la soledad o la tristeza, sobre algunos personajes que terminan mal y que como él mismo dice, no sé de dónde salen, pero sin duda salen de algo que está mal dentro de mí, provoca un cierto escalofrío. Por usar sus propias ideas, no se puede leer este libro con mirada limpia, obviando cómo terminó su vida el autor, y es difícil no buscar señales que vayan anunciando algunos de sus estados de ánimo depresivos. Tenemos demasiadas referencias externas y no podemos dejar de usarlas. No hace falta buscar demasiado, están a un nivel superficial de lectura.

David Foster Wallace, el autor: Todos los que lo conocieron destacan que era una persona muy inteligente. Y lo parece. Es también un escritor inteligente, y como él mismo reconoce, a veces eso puede hacer que el lector piense que intenta pasar por listillo. Y a nadie le gustan los listillos. Una de las cosas que decía revisar mucho como autor antes de publicar eran esas páginas en las que pensaba que el lector podía pensar que era un listillo haciendo una demostración de virtuosismo. Y aún así sabía que muchas de sus páginas podían dar lugar a esa sensación. Resulta muy gracioso cómo explica qué llegó a esas notas a pie de página que marcan en gran medida La broma infinita y durante un tiempo después no era capaz de escribir otra cosa que páginas llenas de notas, y que tuvo que plantarse muy seriamente y volver a aprender a escribir sin ellas, para no acabar siendo cargante. Creo que la inteligencia de Foster Wallace era ese tipo de inteligencia que relaciona información de manera muy rápida, y que sobre todo sabe hacerlo, a veces, de manera original, dando lugar a algo verdadero, artístico, perdurable. Cuenta que hay días que recibía 50.000 impactos de información al día y que su labor muchas veces era filtrar todo eso y sacar de ahí 20 o 25 datos útiles. Cuando lo conseguía, todo funcionaba. Escribo buscando el clic, cuenta en algunas entrevistas. A veces noto cómo al avanzar en la escritura suena ese clic. Y era capaz de detectarlo en la obra de otros. Sobre la obra de otros y sobre la suya, Foster Wallace tiene desde el comienzo de su carrera una idea bastante clara de las cosas que sabe hacer bien como autor y de las que no hace tan bien. Es capaz de admirar algunos aspectos de otros escritores y ser consciente de que eso no sabría hacerlo bien, o no sería natural incorporado a su obra. Eso es algo que un escritor debe aprender y que normalmente tarda mucho más en aprender, pero parece que David Foster Wallace lo vio fácilmente.

Es un libro interesante para cualquiera, pues permite acceder a una mente brillante que muestra algunas de las claves de su funcionamiento y algunos de sus temas de escritura. Creo que Conversaciones con David Foster Wallace es un libro que despertará el interés por leer su narrativa a quienes nunca la hayan leído. Y es sin duda un libro que complementará perfectamente la lectura de su obra. Para aquellos que ya lo hemos leído, nos permite comprender mejor ciertos aspectos, y nos despierta las ganas de seguir leyéndolo.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E