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miércoles, 24 de julio de 2019

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez


Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez (Anagrama)

Hace dos o tres años sonó mucho el nombre de Mariana Enríquez, con el primer libro que Anagrama editaba en España, Las cosas que perdimos en el fuego. Debo reconocer que lo cogí de la biblioteca cuando lo pude pillar libre y no conecté con él. Tras mi nueva experiencia con la autora es algo que me extraña mucho, y creo que pudo ser una cuestión de que no me interesaran sus dos primeros cuentos, después de los cuales dejé el libro. Aunque a mí el libro no me transmitiera demasiado, funcionó bien y la editorial hizo una de las jugadas clásicas cuando esto sucede con una autora extranjera, reeditar un libro anterior, en este caso otro de relatos, el primero de la autora, de 2009, titulado Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama es una colección de 12 relatos de temas reconcentrados y que se repiten con cierta ansia cíclica y tonos y tratamientos muy variados. Hay narradores de todo tipo de voz y consistencia, y hay unos mundos reconocibles, urbanos, centrados en Buenos Aires, de donde se sale con frecuencia pero a donde siempre se vuelve, mundos que son a veces los de la adolescencia, con sus rarezas, a veces los del final de la adolescencia, otras los de la adultez precaria en la que se siguen moviendo profesionales de más de treinta que nunca van a dejar de ser adolescentes. La normalidad lo define todo, y supongo que eso hace que la referencia a Cortázar sea acertada.

Uno, como lector, encuentra en las páginas de Mariana Enríquez rastros de finura de Cortázar, roturas de lo cotidiano en forma fantástica que recuerdan al argentino pero también tienen algo de Shirley Jackson. Aunque en este libro Mariana Enríquez es mucho menos sutil que Jackson. Y eso no lo digo como algo malo, me parece una marca de estilo y construcción de la autora, la sutilidad está muy bien cuando es la marca natural de la historia, pero no hay por qué forzarla. En su falta de sutilidad, en que la idea potente del relato aparezca de repente, rompa la escena cuando es necesario y quede bien expuesta, a la vista, para nuestro horror, he pensado en muchos cuentos de Stephen King, Richard Matheson y Anna Starobinets. También, por el tono cruel y desapegado con el que las narradoras cuentan algún suceso, he pensado en Patricia Highsmith, y el retrato de la fuerza de los grupos de chicas adolescentes me ha hecho acordarme en lo que he leído de Mónica Ojeda.

Al final reconocemos en cada libro nuevo que leemos rastros de los muchos libros que ya hemos leído antes, pero eso no habla más que de nuestros sesgos lectores. En cualquier caso, para ir convenciendo al posible lector de esta entrada de la conveniencia de leer el libro de Mariana Enríquez, repito: Cortázar, Shirley Jackson, Stephen King, Richard Matheson, Anna Starobinets, Patricia Highsmith, Mónica Ojeda. Nada mal.

Agarrándonos a un horrible tópico, diríamos que los 12 cuentos de Los peligros de fumar en la cama son 12 puñaladas. 12 historias en las que aparecen con frecuencia los elementos fantásticos, extraordinarios, pero en muchos de ellos, cuando lo hace, sirve de escape, llega para resolver la historia, darle salida al malestar que la autora ha ido creando en nosotros. Lo inquietante, lo verdaderamente inquietante, y es la palabra, inquietante, que mejor describe estas historias, no se construye ni con espíritus ni con comportamientos perturbados, sino con la llamada normalidad, con la rutina, con las amigas, con la familia, con las relaciones diarias y con sus grietas y silencios. En algunos relatos la irrupción del elemento fantástico, que lleva a la resolución del relato (y en muchas historias lo hace al final, de repente, apareciendo, y por eso hablo de una cierta anti – sutilidad, porque la construcción de la atmósfera es suave y delicada, y su ruptura es un choque rápido y violento).

El desentierro de la Angelita, el primer cuento, no da miedo, es un relato de extrañamiento, una familia descubre sin querer los huesos de una hermana de la abuela, que murió de niña, y ese espíritu, esa angelita, con la carne podrida, incapaz de comunicarse, empieza a convivir con la nieta, quien no sabe qué hacer para deshacerse de ella.

La virgen de la tosquera, el segundo, ha sido mi primer encuentro con el verdadero malestar. Un grupo de amigas, celos por un chico, descubrimientos, humillaciones cruzadas, malas miradas, rencores y un final crudo en que el elemento sobrenatural no es más que el medio que encuentra la crueldad de una de las chicas para vengarse de las humillaciones sufridas. En este relato, como en otros muchos, la narradora es parte de la acción, está en el grupo, pero no es ni la víctima directa, o la víctima que se lleva la peor parte, ni la parte más activa de las castigadoras, porque hay un cierto elemento de castigo.

Carrito es uno de los que menos me ha impactado, aunque está muy bien narrado. Un mendigo es humillado en una calle de la ciudad y la desgracia se cierne sobre los habitantes del vecindario, que empiezan por perder trabajos y dinero y acaban desnaturalizados y llegando al primitivismo. La familia de la única mujer que defendió al mendigo es la única que se libra de su maldición, pero eso no significa ni mucho menos que puedan estar tranquilos, pues pueden despertar los celos de todos los demás.

El aljibe es una de esas historias de violencia familiar. Deja muy mal cuerpo. Una familia que parece cargar con la maldición del miedo, un miedo que tiene casi paralizadas a las mujeres del clan, decide hacer un viaje a la costa a visitar a una bruja que puede solucionarlo. Y lo soluciona, pero pasándole la maldición, concentrada, a la más pequeña de las hijas, que vivirá con ello, hasta que descubra que su madre y su abuela firmaron ese pacto con el diablo.

Rambla triste viaja hasta Barcelona, y más allá de la ambientación local, cuenta una historia muy bien hecha de barrios que se quedan atrapados en sus dinámicas locas en medio de ciudades cada vez más vendidas a los turistas. La identificación que la historia hace entre las fuerzas que llevan a alguien que se pasa el rato maldiciendo su entorno a no salir jamás de él y esos típicos duendes de historias que boicotean a los humanos me ha parecido brillante.

El mirador es una historia de fantasmas de la que mejor no contar mucho. Una chica que está pasando por una mala racha, depresiones y pastillas, se va de vacaciones a un hotel. Allí siempre se ha contado que hay un fantasma. La fantasma, porque también es una chica, se fija en ella.

Dónde estás, corazón, es un relato raro. Creo que uno de los que más me ha hecho pensar en la extraña crueldad de Highsmith y la relación de las narraciones de Anna Starobinets con la enfermedad y los problemas físicos. Es un relato sobre deseo y fetichismo. Una chica va descubriendo que le excitan los enfermos graves, aquellos que están cerca de la muerte, y que su mayor pasión son los enfermos del corazón, aquellos que tienen soplos, taquicardias, problemas para recuperar el pulso después del esfuerzo, aquellos que siempre están expuestos a que la vida les falle.

Carne es un cuento desagradable. Adolescencia, fanatismo, música rock y canibalismo. Una mezcla así. Perturba pero quizá es demasiado crudo para mi gusto.

Ni cumpleaños ni bautismos vuelve al mundo de los fetichismos. Un chico con una cámara de cine se ofrece para grabar cosas raras. Pronto tiene encargos de pedófilos, fetichistas, y el caso que centra la historia, una familia que quiere demostrarle a su hija que realmente no la posee ningún demonio. La graba durante sus posesiones, y no hay nada extraño, más allá de tabúes, silencios familiares, y mirones. Surgirá un extraño amor. Otra vez la opción de la narradora es la de la amiga del cámara, una segunda voz que se implica por momentos en la historia.

Las tres últimas historias son probablemente las más sutiles, las que sí insinúan más de lo que cuentan, y nunca explicitan.
Chicos que faltan es una historia de adolescentes que se han ido de casa, a los que las familias echan de menos, a los que buscan, y que un día, sin aviso previo, empiezan a volver, todos a la vez. Aparecen en lugares aleatorios, con la cara ausente, y pronto se va descubriendo que muchos de ellos estaban muertos. Las familias al principio los aceptan, pero pronto, asustadas, los van devolviendo.

Los peligros de fumar en la cama habla de soledad, silencio y camas. Corto y muy bonito.

Cuando hablábamos con los muertos recupera la voz colectiva, en primera persona del plural, de un grupo de adolescentes, las que eran entonces, cuando hacían ouijas buscando espíritus. Hay una trama leve de desaparecidos de la dictadura argentina, rebeldía adolescente y encuentros frente a un tablero de ouija.

Vuelvo a insistir en que esta colección de cuentos me ha parecido muy buena y muy recomendable.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E


lunes, 23 de octubre de 2017

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic (Ed. Baile del Sol)

Hay épocas en las que se nos pasan incluso meses sin ver a nuestros amigos. A esos amigos de verdad, pocos, escogidos, decantados por el tiempo. Y no por ello dejan de ser nuestros amigos. A veces me pasa algo parecido con algunos autores, o incluso con todo un género (el relato corto) y una manera de entender la literatura y hasta diría que la vida (la del cuentista). En los últimos meses, después de más de un año trabajando en una novela larga, estoy dedicado, como escritor, al cuento. Por apetencia y por la beca de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, que también impulsa y hasta cierto punto dirige el enfoque creativo de estos meses de trabajo. En ocasiones estás escribiendo novela y te apetece leer de todo menos novela, ahora yo estaba escribiendo cuento y me apetecía leer cuentos mientras tanto, pero cuentos que ya conocía y a autores que ya he leído y releído mil veces (aprovecho para apuntar un valor del relato: por mucho que nos guste una novela, el número de veces que podremos releerla a lo largo de una vida es necesariamente limitada, y ciertos cuentos podríamos releerlos casi a diario), más pendiente de los recursos técnicos o de buscar soluciones narrativas a mis propios problemas que de simplemente leer y disfrutar. Esos pocos autores o esos pocos libros o incluso esos pocos relatos escogidos que forman lo que los psicólogos llamarían mi zona de confort, por la que mis ojos se deslizan sin esfuerzo, y que me permite detenerme solamente en aquellos detalles en los que quiero detenerme.

La mejor manera de salir de esa zona de confort siempre es con brusquedad, con una patada que desequilibre la silla en la que estás y te arroje al suelo. Me han tumbado dos autores que han vuelto a recolocarme como lector. El primero del que voy a hablar es Roman Simic. Tenía desde hace un par de meses en casa su libro Aliméntame, y no lo había abierto. Y es uno de esos libros que te recibe con un buen puñetazo. Es un libro violento, también poético, también tierno, también lleno de recovecos y detalles que vale la pena degustar como lector, pero no por ello menos violento.

En cualquier caso, hace tiempo ya, en tu calle había un perro callejero, y un niño escribió sobre él: Croacia; otro lo ahorcó por eso, y empezó la guerra, por el perro y los niños. En otoño de 1991 yo venía de alistarme en un cuartel del Ejército Popular Yugoslavo al sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar. Y dices desaparecía como si fuese algo durativo, y explicas que entonces, hasta cierto punto, aún existía.

Simic trabaja en el equilibrio de tiempos verbales entre pasados continuos y presentes estancados, y creo que ese párrafo lo representa muy bien. Roman Simic es un autor más o menos situado en el star system (un término muy lejano al mundo del cuento, lo sé; hablaba hace un par de meses con un amigo de quién podía ser, para nosotros, el Messi del relato breve, y acabamos coincidiendo en que muy probablemente lo fuera Etgar Keret; pues bien, no tiene problemas para llegar a los aeropuertos y que los fans lo acosen, en demasiadas bibliotecas públicas ni siquiera tienen ninguno de sus libros) del relato breve europeo actual. Nacido en Croacia a principios de los 70, Simic ha dirigido un festival europeo de relato. Ha ganado los mejores premios de narrativa en Croacia, está traducido en Alemania y como destacan en la solapa, incluso en Serbia (destacable por las tensiones que siguen existiendo).

Baile del Sol sigue aumentando su catálogo balcánico, alimentando su valiosa colección DelEste. Y yo sigo cayendo rendido a los pies de cualquiera que trate de explicarme un poco más esa guerra absurda e innecesaria (y sí, ya sé que todas lo son, claro, pero esta más, esta es una guerra post – caída del Muro, una guerra nacionalista en los albores de la globalización, la guerra de los poetas que a falta de un mayor talento le cantaban a su pueblo y la guerra que nació del patriotismo deportivo, una salvajada alimentada desde dentro y desde fuera como si todos pensaran: no serán capaces, y oh, vaya, sorpresa, fueron capaces) que fue la de Yugoslavia. Roman Simic era un niño o era un adolescente o era un joven al que alistaron, o se alistó, en aquella década de los 90. Pudo ser todo eso y juega a esas múltiples recreaciones. Roman Simic nos mete en la piel de todos esos posibles yugoslavos y nos deja sudar dentro de esa colección de trajes humanos. Pero también vemos que la gente, incluso en la guerra, es gente. Y los adolescentes son adolescentes que se mueren de deseo por su vecina, o se acuerdan de algo, y hay quien siempre saca provecho de cualquier situación. Y luego se acaba la guerra y a quien más y a quien menos se le queda cara de posguerra. Y hay que seguir viviendo. O sobreviviendo.

Abro un tema de debate: ¿estarán en Croacia, en Eslovenia, en Serbia, en Bosnia tan cansados de las historias que parece que brotan en sus múltiples ópticas y versiones sobre la guerra de Yugoslavia en los 90 como lo estamos aquí de las novelas y películas ambientadas en la Guerra Civil española? ¿O les faltan otros 40 o 50 años para llegar a ese punto de hartazgo? No lo sé, sinceramente, por motivos tan obvios como que no conozco los países ni su prensa, ni siquiera un poco de sus idiomas, no puedo acceder a esa información. Pero como lector, creo que no. O creo al menos que no tienen por qué estarlo. Todos los libros que he leído en los que este conflicto es parte importante de lo narrado, aunque a veces no lo sea todo, me transmiten la sensación de viveza, de complejidad, de trabajo narrativo bien hecho, de autenticidad. En los libros que Baile del Sol ha ido sacando en DelEste (el gran David Albahari, pero no solo), pero también en Manual de exilio y Los bosnios, de Velibor Coliç (Periférica), en Esquirlas, de Ismet Prsic (Blackie Books), en los libros de Miljenko Jergovic (Siruela), me encuentro con narradores que dicen: éramos todos unos hijos de puta. Y a la vez éramos todos unos idiotas a los que manipularon. Y se señala a los instigadores, y se reparten cartas de la baraja de la culpa, pero no se exime a nadie, y desde luego nunca se exime al nosotros, sea cual sea en cada caso. Las historias de la Guerra Civil son siempre tan maniqueas, los personajes tan acartonados, los escenarios tan copiados, los malos tan malos y los buenos tan idealistas y buenos, que no sé, cuando empieza la película o la novela ya sé por dónde va a ir siempre. Y lo digo desde el convencimiento personal de que hubo unos que fueron los malos que dieron un Golpe de Estado contra un gobierno democrático y legal.

El libro no es una colección de relatos de los tiempos de la guerra. Ese es un sesgo lector mío. Yo veo algo que viene de la península balcánica y pienso en Karadzic y Mladic, y en aquellos geniales deportistas que estuvieron alimentando odios, al menos no frenándolos, en aquellos Boban, Divac y tantos más irresponsables. La sombra de la guerra está, pero no es la única. Hay década de los 2.000 y hay crisis, económica, social, existencial, no pasan en Croacia cosas muy distintas a las de cualquier otro lugar de Europa. Hay parejas que se hacen y se deshacen, hay enfermos, hay falta de expectativas laborales, hay hijos, sueños, desilusiones, pensamientos sobre la creación artística, hay precariedad croata. Destaco la cuchillada inicial de Zorros, y destaco la historia de amor desesperado de Esas chicas. Destaco también la crudeza con la que se abre la puerta trasera de la paternidad y la maternidad en Dos niños, un tema muy poco tratado en la narrativa contemporánea, y mucho menos por un autor que sea hombre, disfruto con el juego cruel y desmemoriado de Aliméntame y la figura del poeta loco de ecos bíblicos en Así habló Mayakovski.

No me gusta nada el título elegido para la colección, pero el autor manda, y el traductor (a lo que he colegido gracias a los traductores online) se ha limitado a respetarlo. No obstante, le doy la razón en que necesitamos quien nos alimente. Me inquieta esa mano casi zombi que nos saluda desde la portada. Uno de los instintos que siempre necesitan alimento es el del niño que fuimos al que le gustaba que le contaran cuentos antes de apagar la luz y tener que dormir. Ahora los cuentos nos los cuentan señores nacidos en un país que ya no existe y debemos leerlos nosotros mismos, pero parte de esa sensación se recupera cada vez. Decía John Cheever que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista, en ese momento de tensión y angustia casi máximo, solo comparable (y perdón por la frivolidad que esta comparación supone) al corredor de la muerte. Es una alegría que de vez en cuando autores tan buenos y tan crudos, tan terriblemente sinceros, bellos y crueles, te lo recuerden.

Seguiremos leyendo, no solo cuentos.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 20 de octubre de 2016

(Re)leyendo relatos clásicos

Leyendo relatos clásicos: E. A. Poe y R. L. Stevenson

Tengo un importante déficit de lectura de clásicos. He leído a algunos de los autores clásicos canónicos, por supuesto, pero a algunos llegué quizá demasiado pronto y a otros los leí en un nivel de lectura que quizá no era el adecuado. Dentro del relato clásico del siglo XIX, había leído, en la adolescencia, o casi en la preadolescencia, a Poe y a Stevenson. Dentro de aquellas largas listas de lecturas que nos proponían para el verano, recuerdo que fueron dos autores, junto con Conan Doyle o Stoker, que me entretuvieron mucho. Leí bastantes cuentos de Poe, y tengo el recuerdo de haberlo pasado bastante mal con El gato negro, aunque influye que en aquella época de mi vida a mí los gatos ya me daban bastante mal rollo. De Stevenson, aparte de La isla del tesoro, de la que algunos grandes novelistas se han declarado siempre fans, leí algunas novelas cortas cercanas al terror, como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde y Olalla, que ahora he reencontrado dentro de esta colección de sus cuentos.

Luego me puse a escribir relato y Poe siempre aparece como el precursor de una de las dos grandes corrientes de las que bebe el relato corto moderno, la que se acerca más al fantástico y se contrapone a la más realista de Chéjov. Aunque a mí siempre me gusta hablar de tres grandes corrientes y considerar que Kafka traza una tercera vía que integra una mirada fantástica en una realidad aparentemente prosaica, y merece su propio lugar. Quizá por esa presencia casi constante de Poe en todos los manuales y referencias, nunca lo había releído de adulto. Aunque hace un par de años me compré una edición con todos sus cuentos pensando en hacerlo alguna vez. A veces vas acumulando los cuentos completos de algunos autores para ir leyéndolos en el futuro y a conviene que el futuro llegue a hacerse presente. Y en junio de este año empecé a abrir algunos de los cuentos de Poe. No los he leído todos porque he ido leyendo títulos de manera salteada, repasando los que recordaba primero (El gato negro, La verdad sobre el caso del Señor Valdemar, La caída de la casa Usher, La carta robada, El escarabajo de oro o Los crímenes de la calle Morgue) y leyendo luego algunos de los más conocidos que no leía o no recordaba haber leído (como Berenice, El tonel de amontillado, El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether).

La prosa de Poe que he encontrado y reencontrado es siempre evocadora. En el primer párrafo te mete en la atmósfera de la historia concreta que va a contarte y no es fácil salir de ella. Poe habló de la unidad narrativa del relato y sus cuentos funcionan perfectamente como unidad y apetece leerlos siempre de una sentada. Algunos son apenas 5 – 6 páginas y otros se alargan bastante más, pero nunca cruzan la idea del cuento breve como un tema, una voz. Leyendo estos cuentos, que se van acercando a los dos siglos de existencia, se siente el peso de la historia. Y el peso de estar viviendo un acontecimiento histórico, que es (con todos los matices necesarios) el del establecimiento del cuento como género moderno (en inglés tendríamos el paso del tale a la short story y quizá se ve más fácil). Poe nos presenta algunos cuentos de los que podemos rastrear su poso en cientos de historias literarias y cinematográficas posteriores, viendo lo influyente que han sido relatos como El gato negro, Los crímenes de la Calle Morgue, La verdad sobre el caso del señor Valdemar o El corazón delator.  

Leyendo a Poe también me he dado cuenta de cuantos imitadores sigue teniendo, y uso la palabra imitadores y no deudores porque quiero darle un matiz negativo. Escribir en una tradición que viene de Poe y lo asume es lícito y es necesario, y ahí podemos marcar a autores más cercanos al fantástico de terror, como Stephen King o Richard Matheson a autores más literarios, como Cortázar (que lo tradujo) o Bioy Casares. Pero limitarse a escribir como él, buscar dar las sorpresas que sorprendían hace más de cientocincuenta años no tiene sentido más allá del ejercicio de estilo. Seguiré leyendo sus cuentos en los próximos meses, pero de momento ya dejo marcados tres relatos que me han parecido perfectamente válidos hoy en día, como son El sistema del doctor Tarr y el Profesor Fether, El tonel de amontillado y Nunca apuestes tu cabeza al diablo, que comienza con una reflexión metaliteraria que me tiene enamorado.


Para mi último cumpleaños me regalaron la edición con los Cuentos completos de Robert Louis Stevenson de la editorial Valdemar. Valdemar suele cuidar mucho sus selecciones y ediciones y aquí también lo hace. Tampoco he leído aún todos los relatos del libro, pero he disfrutado mucho de los que he leído en tardes reposadas. ¿Había leído Robert Louis Stevenson a Edgar Allan Poe? Aunque Poe no fue especialmente popular en el Reino Unido en esa primera época, es probable que sí. El prólogo de la edición de Valdemar, a cargo de Vicente Molina Foix, señala a Robert Louis Stevenson como el gran cuentista inglés, por extensión de su obra y por la calidad de la misma.

Sus temas van de la aventura al terror, y llamar cuentos a algunos de estos textos es un poco llamativo según los parámetros habituales, pero se editan por tradición juntos. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde es prácticamente una novela corta, no sólo por su extensión sino por su estructura y concepción, y tanto El club de los suicidas como El dinamitero son realmente novelas, aunque es verdad que novelas formadas a base de cuentos, una manera que hoy en día se sigue utilizando para estructurar novelas (pensemos sin ir más lejos en Rayuela, La vida: instrucciones de uso o Los detectives salvajes).

Es sabido que en los mares del sur, donde acabó sus días, a Stevenson, un aventurero que escribía aventuras, lo llamaban Tusitala (el que cuenta historias), y es fácil imaginar algunas de estas historias naciendo en una conversación en una taberna con un whisky por medio, o como una de esas historias que se cuentan al abrigo de un buen fuego. Molina Foix habla en el prólogo de que Stevenson es un maestro en utilizar las palabras justas para expresar lo que pretende, y la verdad es que consigue una gran expresividad con una admirable economía. Una novela corta de 70 y pocas páginas, como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde sería una historia de 200 en manos de casi cualquier novelista, y sería otra lectura.

Sin saberlo, algunas de las historias que he ido leyendo me remitían a otras lecturas contemporáneas a él o posteriores, lo que indica que su obra ha trascendido y se mantiene. Olalla me ha recordado la lectura de Otra vuelta de tuerca de Henry James. El diablillo de la botella es un cuento en el que parece que está inspirado directamente La pata de mono de W. W. Jacobs, de donde Stephen King reconoce que nace Cementerio de animales, una de sus mejores novelas. El sótano de la peste me ha recordado a mi reciente lectura de El tonel de amontillado de Poe, no sólo por el ambiente de sótano, claro, sino también por la manera de ir presentando el misterio. Historia de Tod Lapraik es un perfecto ejercicio de concisión, de concentración extrema de una novela de una vida en un cuento de ocho páginas, e Historia de una mentira me ha parecido una maravilla de relato corto, de los largos, de más de cincuenta páginas, sólido, que se va dibujando capa a capa, de los que cualquiera debería leer y disfrutar más de una vez en la vida, y si escribe o lo pretende, del que se puede aprender mucho.

Seguiré leyendo los relatos de Stevenson y de Poe, y en algún momento sumaré la edición que tengo de los Cuentos completos de Maupassant. Y seguiré compartiendo mis impresiones.

Felices lecturas


Sr. E